El uso capitalista de la máquina: Marx frente a los “objetivistas”

Si nos detenemos a pensar en la historia del desarrollo humano, del progreso de la humanidad, es indudable el papel preponderante jugado por la tecnología y la ciencia. Y maquinismo proccomo no, Marx y el marxismo algo habrá tenido que decir al respecto, aunque a priori no parece éste -la tecnología- un tema al que Marx le haya dedicado mucho tiempo.

Para saber algo más sobre estas cuestiones, vamos a difundir un trabajo que tiene un triple sentido: el primero, darnos a conocer a un marxista poco conocido: Raniero Panzieri a través del estudio introductorio “Raniero Panzieri: una crítica de la tecnología” de Mario Domínguez Sánchez; en segundo lugar, un texto del propio Panzieri y que da título a esta entrada y por último, el tratamiento de la cuestión de la tecnología en los dos textos. ¿Te apuntas al tripartito textual?…

Abrazos, A. Olivé

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EL USO CAPITALISTA DE LA MAQUINARIA:

MARX FRENTE A LOS “OBJETIVISTAS”

RANIERO PANZIERI

 

Raniero Panzieri: una crítica de la tecnología*

A pesar de las divisiones existentes en cuanto al legado de Marx, existe un extraño consenso en el tema de la tecnología que ha dominado durante todo un siglo aunque sólo sea por defecto. No es que el vocablo tecnología se halle ausente del análisis marxista, al contrario, está presente en los debates sobre la transición al socialismo y figura como una cuestión de principios básicos. Sin embargo, la tecnología en sí misma apenas se ha considerado un problema para la teoría marxista, y cuando se aborda el tema, se retrocede a un nivel pre-crítico: al igual que la economía política se agota en la intuición de que el contenido de la forma-valor es el trabajo, el marxismo se agota en la concepción de que el contenido de la tecnología es “racionalidad científica”. Así, se puede decir desde el punto de vista marxista sobre la tecnología lo que Marx dijo de la perspectiva económica sobre el valor: “nunca se ha cuestionado la pregunta de por qué este contenido ha asumido esa forma particular”. De ahí que la comprensión marxista de la tecnología permanezca al nivel de las apariencias inmediatas, de los fenómenos.

De acuerdo con el esquema evolucionista de la “dialéctica de la historia” las sociedades clasistas “desarrollan” los medios de producción de acuerdo al objetivo de extraer el máximo plusvalor de los productores. Este interés, lejos de determinar los medios de producción, es el inconsciente portador del último objetivo trascendental que es la perfección del dominio técnico de la naturaleza por el ser humano; todo lo cual obviamente implica la existencia de relaciones sociales de producción, aunque estas se hallan impresas en forma de “circunstancias concomitantes” en el proceso técnico autónomo que constituye el “núcleo esencial” del actual desarrollo histórico. De esta forma la perspectiva crítica del materialismo histórico considera subordinada la subsiguiente teleología de la “técnica” y es por esta razón por la cual la crítica de la tecnología supone la destrucción de una ilusión ideológica que puede denominarse “tecnicismo”.

Aún hoy la tarea de elaborar la importancia de la crítica de la economía política marxiana sigue siendo todavía algo novedoso a aplicar en la crítica de la tecnología, sin embargo sea quizá a partir de los años sesenta del siglo pasado cuando se haya roto de forma consciente el hechizo del tecnicismo. Gracias en gran medida a una generación comprometida con la ruptura y la subversión de lo existente, desencantada de las grandes narraciones comunistas de principios de siglo.

Es algo bien conocido que para Marx el capitalismo revoluciona tanto “las agrupaciones en las que se divide la sociedad”, como “los procesos técnicos del trabajo”. Lo que es menos conocido es que teoriza la unidad de estos dos momentos (agrupaciones sociales y procesos técnicos) en tanto que “constituyen un modo de producción específicamente capitalista”. Tomados de manera aislada de los procesos técnicos del trabajo, las agrupaciones sociales –esto es, los trabajadores asalariados y los capitalistas– constituyen lo que Marx denomina una subsunción formal del trabajo bajo el capital; pero sobre la base de esta subsunción formal se ha erigido un conjunto de “métodos, medios y condiciones” de producción que Marx denomina subsunción real del trabajo bajo el capital (a). Todo ello aparece elaborado por extenso en el famoso Capítulo VI (inédito) del libro I de El Capital titulado “Resultados del proceso inmediato de producción” (b), pero la misma perspectiva es bastante obvia en el resto de esta obra, tal y como demostró Raniero Panzieri en el artículo que publicamos a continuación.

Nacido en Roma (Italia) en 1921, la vida adulta de Panzieri (trágicamente desvanecida por su repentina e inesperada muerte en octubre de 1964 a la edad de 43 años) (c) fue la de un teórico y militante marxista del movimiento obrero. Su afiliación formal al Partido Socialista Italiano (PSI), del que llegó a ser miembro del Comité Central y portavoz de asuntos culturales durante la década de 1950, no impidió que se situara siempre en el ala izquierda representada por Morandi. Sin embargo Panzieri rompió con la estrategia, común al PSI, al Partido Comunista Italiano (PCI) y a los sindicatos de izquierdas, de una alianza corporativista que pretendía “desarrollar” Italia a nivel nacional mediante una consolidación “planificada” de la “racionalidad” que el capitalismo había establecido a nivel de fábrica. Para basar teóricamente su rechazo a esta estrategia, Panzieri volvió con entusiasmo a la lectura directa de Marx. Por una parte, hizo su propia contribución al ampliar el conocimiento que existía en Italia de los textos de Marx, traduciendo el segundo volumen de El Capital (que se demostró clave en su comprensión del capitalismo); por otra parte, complementó tales textos con toda una serie de elaboraciones teóricas, en principio en el periódico socialista Mondo Operaio (Mundo Obrero), y más tarde, cuando dichos artículos crearon tal tensión con la cúpula del PSI que se le obligó a dejar Roma y desplazarse a Turín, como animador de la revista Quaderni Rossi (Cuadernos Rojos), de la que Panzieri fue cofundador y redactor jefe, y en la cual participaron entre otros Sergio Bologna, Maximo Cacciari, Toni Negri y Mario Tronti.

Con un estilo no siempre fácil pero sensible a los aspectos pedagógicos, su actividad y elaboración creativa son decisivas en la gestación y desarrollo de la corriente marxista autónoma. Sus obras, en gran medida dispersas, son La ripresa del marxismo leninismo in Italia (La reactivación del marxismo-leninismo en Italia) (Milán, Sapere, 1972; Roma, Nuove Edizioni Operaie, 1977); La crisis del movimiento operaio (La crisis del movimiento obrero) (Scritti interventi lettere, 1956-1960); Lotte operaie nello sviluppo capitalistico (Lucha obrera en el desarrollo del capitalismo) (Turín, Einaudi, 1976). Mucho más elocuentes, pero aún lejos de conocer una exposición definitiva para comprender las leyes fundamentales de la sociedad capitalista, sus artículos se fueron publicando en los Quaderni Rossi hasta 1964, el año de su muerte.

La vuelta a Marx no fue tan sólo filológica o hermenéutica; su objetivo era verificar la posibilidad para una crítica teórica que pudiera a su vez funcionar como intervención política (“teoría entendida como pensamiento de la revolución”), de ahí su propuesta de verificar la validez de El Capital respecto al nivel de la lucha del movimiento, la relación clase-partido, el uso ingenuo de la “objetividad” tecnicista y la asunción de la fábrica como centro de gravedad y laboratorio de constatación científica dado que la fábrica es la forma más general con la cual del capital se conduce como modo dominante de producción.

Así, centrándose en las categorías favoritas del movimiento obrero, a saber la “anarquía” y la “planificación”, la preocupación de Panzieri era desmontar la versión reformista dominante que producía una tesis doble: en principio y a nivel social, el capital no es simplemente “anarquía”, sino capital social (d); como tal, el capital es capaz de planificar y mientras no se niegue esto de alguna forma, las leyes contradictorias de la acumulación capitalista mostrarán de una manera cada vez más clara que no hay nada inherentemente “transicional” en la “planificación”, en el sentido abstracto de esta palabra. La proposición complementaria de Panzieri es que a nivel social, la planificación capitalista sigue siendo capitalista, al igual que lo es a nivel de fábrica. Frente a la perspectiva marxista dominante de que las fuerzas productivas son el motor autónomo de la historia, Panzieri antepone que las relaciones de producción están dentro de las fuerzas productivas. E igualmente, ante la hegemónica idea de la inherente racionalidad de la tecnología, contrapuso la objetividad capitalista del mecanismo productivo con respecto a los trabajadores.

En todas estas intervenciones Panzieri ofrece una discusión quizá demasiado condensada de la tecnología; ello se debe a que ya había dedicado en el primer número de los Quaderni Rossi (1961) un artículo entero a dicha cuestión, que es el que editamos a continuación. Así pues, la significación del siguiente artículo es triple:

1.- Establece la base sobre la que se teoriza la maquinaria en El Capital.

2.- Contrasta esto último con la perspectiva marxista ortodoxa que Panzieri denomina “objetivismo” (el vocablo que utiliza en vez de tecnicismo).

3.- Detalla la dimensión política del problema en términos de conciencia de clase, estrategia y transición revolucionaria.

En los años que siguen a la aparición del presente artículo, el trabajo pionero de Panzieri se ha visto considerablemente ampliado, en especial por otros compañeros de militancia. El primero en reivindicar y profundizar estas cuestiones fue Mario Tronti en Obreros y Capital (1966) (e). Continuando la perspectiva de Panzieri sobre “la objetividad capitalista del mecanismo productivo respecto a los trabajadores”, Tronti sostuvo que una clase revolucionaria consciente presuponía “la estrategia de la negación”. Ya que la fábrica era el lugar en el cual la fuerza de trabajo vivo reproducía su subordina ción al trabajo muerto, este Rechazo tomaba forma entonces en la “lucha contra el trabajo”, y con ello la supresión del trabajo por la clase obrera y la violenta destrucción del capital acababan siendo una y la misma cosa. Por su parte Panzieri, que no llegó a tiempo de vivir el 68, había sido testigo de la explosión (subversiva, creativa) del antagonismo de clase que había tenido lugar en las fábricas, sin embargo no creía que pudiera desestructurar al menos inmediatamente la sociedad; Tronti en cambio pensaba que si bien dicho diagnóstico era posible a corto plazo, a medio plazo no tenía razón, aunque a ha venido a reconocer que estaban todos equivocados largo plazo.

En cualquier caso, esta visión apocalíptica fue esencial en el desarrollo de la lucha de clases en Italia en los años sesenta y setenta del siglo pasado, incluso aunque Tronti regresara vergonzosamente al PCI que antes había abandonado. Un grupo denominado Potere Operaio (Poder Obrero) recoge entonces el legado de Panzieri, grupo que se disuelve en 1973 en el difuso “espacio” de la Autonomia Operaia (Autonomía Obrera). En vez de proponerse la toma de lo que de hecho había sido una forma de capital, tanto dentro como fuera de la fábrica, el movimiento revolucionario se define a sí mismo como una lucha contra la “objetividad capitalista” de la “sociedad civil y el Estado” como un todo. El título de Toni Negri Dominio y sabotaje (f) resume en gran medida este movimiento. Si los autonomistas amenazaban por eso toda la base de la complicidad del movimiento obrero tradicional a la hora de apoyar el tambaleante Estado italiano, este último no fue precisamente lento en reconocer dicha amenaza y actuar con extrema contundencia frente a ella, comenzando con la criminalización de ese pensamiento. Pero esto es otra historia, quizá la nuestra.

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EL USO CAPITALISTA DE LA MAQUINARIA: MARX FRENTE A LOS “OBJETIVISTAS”1

Raniero Panzieri (1972)

Es algo bien conocido que para Marx la cooperación simple aparece históricamente al comienzo del proceso del desarrollo del modo capitalista de producción. Pero esta figura básica de cooperación es tan sólo una forma particular de la cooperación que constituye la forma fundamental de la producción capitalista 2. «La forma capitalista presupone desde un principio al asalariado libre que vende su fuerza de trabajo al capital» 3. Pero el trabajador, como propietario y vendedor de su fuerza de trabajo, entra en relación con el capital sólo en tanto que individuo; la cooperación, la relación mutua entre trabajadores,

«… no comienza sino en el proceso de trabajo, pero en el proceso laboral ya han dejado de pertenecerse a sí mismos. Al ingresar a ese proceso, el capital se los ha incorporado. En cuanto cooperadores, en cuanto miembros de un organismo laborante, ellos mismos no son más que un modo particular de existencia del capital. La fuerza productiva que desarrolla el obrero como obrero social es, por consiguiente, fuerza productiva del capital. La fuerza productiva social del trabajo se desarrolla gratuitamente no bien se pone a los obreros en determinadas condiciones, que es precisamente lo que hace el capital. Como la fuerza productiva social del trabajo no le cuesta nada al capital, como, por otra parte, el obrero no la desarrolla antes que su trabajo mismo pertenezca al capitalista, esa fuerza productiva aparece como si el capital la poseyera por naturaleza, como su fuerza productiva inmanente» 4.

El proceso productivo capitalista se desarrolla a través de sus diversas fases históricas como un proceso de desarrollo de la división del trabajo y el terreno básico de este proceso es la fábrica:

«Es un producto de la división manufacturera del trabajo el que las potencias intelectuales del proceso material de la producción se les contrapongan como propiedad ajena y poder que los domina. Este proceso de escisión comienza en la cooperación simple, en la que el capitalista, frente a los obreros individuales, representa la unidad y la voluntad del cuerpo social de trabajo. Se desarrolla en la manufactura, la cual mutila al trabajador haciendo de él un obrero parcial. Se consuma en la gran industria, que separa del trabajo a la ciencia, como potencia productiva autónoma, y la compele a servir al capital» 5.

El desarrollo de la tecnología tiene lugar dentro de este proceso capitalista que va de la manufactura a la fábrica. Aunque el trabajo se halla dividido en parcelas, la manufactura aún se basa en la destreza artesanal, y ya que «el mecanismo colectivo que funciona en ella [la manufactura] no posee un esqueleto objetivo, independiente de obreros mismos, el capital debe luchar sin pausa contra la insubordinación de éstos». La manufactura tiene así una «estrecha base técnica» que entra «en contradicción con las necesidades de producción» generadas por ella misma 6.

La introducción de la maquinaria a gran escala marca la transición de la manufactura a la industria a gran escala. Esta transición significa que «[S]e suprime así, por una parte, el fundamento técnico de la anexión del obrero a una función parcial», y «caen, por otra parte, las barreras que ese mismo principio oponía aún a la dominación del capital» 7. La tecnología incorporada en el sistema capitalista, destruye por una parte el viejo sistema de la división del trabajo y lo consolida sistemática mente, “de una forma más odiosa”, como un medio de explotación de la fuerza de trabajo:

«La especialidad vitalicia de manejar una herramienta parcial se convierte en la especialidad vitalicia de servir a una máquina parcial. […] De esta suerte, no sólo se reducen considerablemente los costos necesarios para la reproducción del obrero, sino que a la vez se consuma su desvalida dependencia respecto al conjunto fabril; respecto al capitalista, pues» 8.

El progreso tecnológico aparece como un modo de existencia del capital, como su desarrollo:

«Hasta el hecho de que el trabajo sea más fácil se convierte en medio de tortura, puesto que la máquina no libera del trabajo al obrero, sino de contenido a su trabajo. Un rasgo común de toda la producción capitalista, en tanto no se trata sólo de proceso de trabajo, sino a la vez de proceso de valorización del capital, es que no es el obrero quien emplea a la condición de trabajo, sino, a la inversa, la condición de trabajo al obrero. Pero sólo con la maquinaria ese trastocamiento adquiere una realidad técnicamente tangible. Mediante su transformación en autómata, el medio de trabajo se enfrenta al obrero, durante el proceso mismo de trabajo, como capital, como trabajo inanimado que domina y succiona la fuerza de trabajo vivo» 9.

La fábrica automática establece potencialmente la dominación de los productores asociados sobre el proceso de trabajo. Pero en la utilización capitalista de la máquina en la fábrica moderna «es el autómata mismo el sujeto, y los obreros sólo se coordinan como órganos conscientes anejos a los órganos inconscientes de aquél, quedando subordinados con éstos a la fuerza motriz central» 10.

Se puede entonces concluir, entre otras cosas: primero, que el uso capitalista de la máquina no es, por decirlo así, una mera distorsión, una desviación de algún desarrollo “objetivo” que es en sí mismo racional, sino que el capital ha determinado el desarrollo tecnológico; segundo, que «la ciencia, ante las descomunales fuerzas naturales y el trabajo masivo social» que «están corporificados en el sistema fundado en las máquinas y que forman, con éste, el poder del ‘patrón’ (master)» 11. Así, frente al trabajador individual “alienado”, el desarrollo tecnológico se presenta como un desarrollo del capitalismo: como capital y «en cuanto tal el autómata posee en el capitalista conciencia y voluntad» 12. En la mente del patrón, «la maquinaria y el monopolio que ejerce sobre la misma están inextricablemente ligados» 13. El proceso de industrialización en tanto alcanza niveles cada vez más avanzados de progreso tecnológico, coincide con un continuo crecimiento de la autoridad capitalista. Ya que los medios de producción, contrapuestos al trabajador, crecen en volumen, la necesidad del capitalista de aumentar su control también crece. El plan capitalista constituye la figura ideal con la que «[L]a conexión entre sus trabajos se les enfrenta idealmente como plan, prácticamente como autoridad del capitalista, como poder de una voluntad ajena que somete a su objetivo la actividad de ellos» 14. Así, al desarrollo de la cooperación, del proceso de trabajo social, le corresponde –bajo la dominación capitalista– el desarrollo de la planificación como despotismo. En la fábrica, el capital impone su poder a un nivel cada vez mayor, “como si fuese un legislador privado”. Su despotismo es su planificación, una «caricatura capitalista de la regulación social del proceso laboral» 15.

Transformaciones técnicas y organizativas del capitalismo e interpretaciones objetivistas de lo mismo

El análisis de Marx acerca de la división del trabajo, en el conjunto de la industria a gran escala bajo dominación capitalista, ofrece una metodología válida para refutar las diversas ideologías “objetivistas” que de nuevo florecen en el terreno del progreso tecnológico (en especial, relacionadas con la fase de automatización y robotización). El desarrollo capitalista de la tecnología supone la aparición de unas formas cada vez más sofisticadas de integración, un crecimiento continuo del control capitalista. El factor elemental de este proceso es el continuo crecimiento del capital constante respecto al capital variable. En el capitalismo contemporáneo, la planificación capitalista crece enormemente con la transición a las formas monopólicas y oligopólicas, lo cual supone la progresiva extensión de la planificación desde la fábrica al mercado y a la esfera social exterior.

No existe ningún factor oculto, “objetivo”, inherente a las características del desarrollo tecnológico o planificación en la sociedad capitalista actual que pueda a su vez garantizar la transformación automática o el derrumbamiento “necesario” de las relaciones existentes. Las nuevas “bases técnicas”, progresivamen te alcanzadas en el proceso productivo, dotan al capitalismo de nuevas posibilida des para la consolidación de su poder. Esto no significa, por supuesto, que las posibilidades de colapso del sistema no crecen al mismo tiempo, pero estas posibilidades coinciden con el carácter subversivo que la “insubordinación” de la clase obrera tiende a asumir de cara al “marco objetivo” cada vez más independiente del mecanismo capitalista.

A todas luces, los aspectos más interesantes de las ideologías “objetivistas”, “economicistas”, tienen que ver con los problemas del desarrollo tecnológico y de la organización productiva. No nos referimos con ello a las ideologías del capitalismo tardío (neocapitalistiche) sino a las posiciones manifiestas del movimiento obrero y a su problematización teórica. En oposición a las viejas cristalizaciones ideológicas de la acción sindical, los procesos de renovación de los sindicatos de clase se han basado en un reconocimiento de las “nuevas realidades” del capitalismo contemporáneo. Pero la atención que se ha prestado correctamente al presente tecnológico y a la fase económica –con toda una serie de posiciones y análisis–, se desvían hacia una representación de tales modificaciones como si sucediesen de una manera “pura”, idealizada, arrancada de toda conexión concreta con los elementos generales y determinantes (poder) de la organización capitalista 16. La racionalización, con su parcelación extrema del trabajo, su “vaciamiento” del trabajo obrero, se percibe como una fase de tránsito –una “dolorosa” pero necesaria transición a la etapa que “agrupe de nuevo y con un sentido unitario a los trabajos atomizados”. Se reconoce con ambigüedad que la utilización del trabajo vivo en la producción y el correspondiente crecimiento del capital constante empujan en la dirección de una continuidad ininterrumpida del ciclo, mientras que «los lazos de la interdependencia externa e interna aumentan: como si en la unidad productiva, el puesto de trabajo y el trabajador individual sólo se pudieran contemplar como parte de un todo orgánicamente integrado, así también en el exterior cada unidad productiva individual y su comportamiento tienen lazos más fuertes de interdependencia con el orden económico total»17.

Las nuevas características asumidas por la organización capitalista se confunden entonces con los análisis para desarrollar una “racionalidad” objetiva. Así por ejemplo, se subraya la función “racional”, positiva, de los Métodos de Medida del Tiempo de modo que “¡al estudiar los tiempos, el técnico se ve obligado a estudiar los métodos!18. De nuevo se ha olvidado que –en la gran empresa moderna “con una producción planificada conseguida a través del flujo continuo”– “la no correspondencia de un trabajador o un grupo de trabajadores con lo que se pide de ellos sobre la base de las previsiones establecidas en el plan de producción empresarial19, tiene un enorme potencial destructivo. En vez de ello, lo que se explica hasta la náusea es la necesidad (“racional”, por supuesto) de la denominada “relación moral entre empresarios y trabajadores, relación que constituye la condición previa y el propósito de las escuelas de ‘relaciones humanas’, precisamente porque sólo sobre esta base se establecerse la colaboración”. Así, “la producción integrada debe estar acoplada mediante una integración del trabajador con la empresa, y esta integración debe ser voluntaria, ya que no se puede conseguir ninguna constricción o disciplina de los hombres a menos que renuncien a su libertad, por ejemplo, para producir un poco menos un día y un poco más otro día”, etc., etc. 20 De esa manera, “la razón por la que este movimiento [de ‘relaciones humanas’] puede desaparecer estriba en que pueda absorberse la parte válida de sus ideas” –¡aunque, por supuesto, los sindicatos deben intervenir para “destruir las formas perjudiciales de ‘compañerismo’ estrechamente ligadas con tales ‘relaciones humanas’”! 21. Así pues, se acepta la sustancia de los procesos de integración: parece que éstos suponen una necesidad intrínseca que procede de forma inevitable del carácter “moderno”de la producción. Se nos recuerda que ciertas “distorsiones” que el capitalista utiliza inyectándolas en esos procesos han de ser correctas. Incluso la organización “funcional” de la producción se concibe dentro de este marco en su forma tecnológica “sublimada”, como un salto adelante más allá de la jerarquización característica de las anteriores fases de la mecanización. Ni siquiera se sospecha que el capitalismo puede utilizar las nuevas “bases técnicas” ofrecidas por el tránsito desde las etapas previas a ésta de alta mecanización (y automatización) para perpetuar y consolidar la estructura autoritaria de la organización industrial: por supuesto, todo el proceso de industrialización aparece dominado por la fatalidad “tecnológica” que conduce a la liberación del hombre de esas “limitaciones impuestas por el entorno y por sus capacidades físicas”. Por otra parte se percibe la “racionalización administrativa” y el enorme crecimiento de las “funciones de organización externas” en su “forma” puramente “técnica”. La relación existente entre estos desarrollos y los procesos y contradicciones del capitalismo contemporáneo (su requerimiento de cada vez más medios complejos para cumplir e imponer su planificación) o la concreta realidad histórica en la cual el movimiento de la clase obrera se encuentra viviendo y luchando (el cotidiano “uso capitalista” de la maquinaria y la organización) –todo ello se ignora en favor de una imagen tecnológica idílica.

Una perspectiva “objetiva” de las nuevas formas de organización tecnológica da lugar a serias distorsiones de la naturaleza del empleo en la industria moderna. Existe una tendencia a apreciar la desaparición de las funciones parceladas y a establecer nuevas tareas de carácter unitario, que abrigan supuesta mente mayor responsabilidad, a adoptar decisiones y una multiplicidad de destrezas técnicas 22. El desarrollo de técnicas y funciones relacionadas con la gestión se aísla del contexto social concreto en que se ocurre, esto es, de la centralización creciente del poder capitalista y así se comprende cómo la base para nuevas categorías de trabajadores (técnicos, “intelectuales productivos”) que aportarán “con naturalidad” –como un reflejo directo de sus nuevas categorías profesionales– una solución a las contradicciones “entre las características y los requisitos de las fuerzas productivas y las relaciones de producción23. El choque entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción aparece aquí como una “no-correspondencia” técnica: por ejemplo, «al elegir la mejor combinación de los factores específicos de la producción (algo que ahora incluso se puede lograr con métodos más válidos desde el punto de vista objetivo)» el ‘nuevo tipo’ de trabajadores se ven «obligados a desechar las soluciones más válidas desde una perspectiva objetiva para respetar los límites impuestos por los intereses personales» 24. Y es cierto que desde esta perspectiva ¡«la hoz y el martillo… sólo pueden ser un símbolo del trabajo humano actual desde un punto de vista ideal”!» 25.

Todo esto tiene por supuesto un impacto directo en la forma de concebir la lucha de clases y en la manera en que los protagonistas actuales la perciben. La realidad de las luchas actuales muestra los diferentes niveles de trabajadores creados por la actual organización de la gran industria, que además tienden a converger con las demandas de autogestión (self-management). Esto funciona sin explicitar que se trata de un proceso que tiene lugar sobre una base de factores objetivos, representados precisamente por las diversas modalidades en que se sitúa a los trabajadores en el proceso productivo, a los diversos tipos de relación de la producción y la organización, etc. Pero se confunde e incluso se niega el elemento específico del proceso de recomposición unitario, el cual no se puede asumir sin la conexión entre los elementos tecnológicos y políticoorganizativos (poder) en el proceso productivo capitalista. El nivel de clase expresa por sí mismo no tanto un progreso como una ruptura, no una “revelación” de la oculta racionalidad inherente al moderno proceso productivo, sino la construcción de una racionalidad radicalmente nueva y contrapuesta respecto a la racionalidad practicada por el capitalismo. Lo que caracteriza los procesos en los que los trabajadores adquieren conciencia de clase en la gran industria (como los que se estudian en este número de los Quaderni Rossi) no es en la actualidad “la simple demanda de ampliación de la personalidad en el trabajo, sino una demanda estructuralmente motivada para ejercer el poder político y económico en la empresa, y a través de ella en la sociedad26. Por consiguiente, los factores antes mencionados que “objetivamente” caracterizan los diversos estratos de trabajadores en el proceso productivo tienen en efecto alguna importancia a la hora de formar una conciencia “colectiva”, por parte de los trabajadores, de lo que los factores de producción implican en términos políticos. Pero estos factores relativos a la formación de una fuerza unitaria y disruptiva tienden a invertir cada aspecto de la realidad tecnológica-organizativa y de la propiedad privada de la empresa capitalista en el día de hoy.

Integración y equilibrio del sistema

Es obvio que el hecho de ratificar simplemente la racionalización de los procesos (entendidos como la totalidad de las técnicas productivas cultivadas en el marco del capitalismo) supone olvidar que es precisamente el “despotismo” capitalista el que adopta la forma de racionalidad tecnológica. En la práctica capitalista no son las máquinas, sino más bien los “métodos”, las técnicas organizativas, etc., los que se hallan incorporados al capital y se enfrentan a los trabajadores como capital: como una “racionalidad” ajena. La “planificación” capitalista presupone la planificación del trabajo vivo, y cuanto más se esfuerza por presentarse a sí misma como un sistema de reglas cerrado y perfectamente racional, tanto más abstracta y parcial resulta, preparada para su utilización exclusiva en el seno de un tipo de dominación jerárquica. No tanto la “racionalidad”, sino el control; no tanto la programación técnica, sino un esquema para el dominio de los productores, pueden asegurar una relación adecuada a los procesos tecno-económicos globales.

De hecho, en el marco de un estudio “técnico”, pseudo-científico, de los nuevos problemas y contradicciones que afectan a las empresas capitalistas en la actualidad, es posible encontrar soluciones que son incluso más “avanzadas” que los nuevos desequilibrios, sin alterar por ello la sustancia de la alienación, y que además garantizan el mantenimiento de la estabilidad del sistema. En realidad las ideologías sociológicas y organizacionales del capitalismo contemporáneo ponen de manifiesto varias fases –del taylorismo al fordismo y por último el desarrollo de técnicas de integración, ingeniería humana, relaciones humanas, regulación de las comunicaciones, etc. 27– precisamente en un intento cada vez más sofisticado y complejo de adaptar la planificación del trabajo vivo a los estadios progresivamente alcanzados, mediante el continuo crecimiento del capital constante por los requisitos de la planificación productiva 28. Es evidente en este contexto que las técnicas de información designadas para neutralizar la protesta de la clase obrera y que proceden directamente del carácter “total” que los procesos de alienación asumen en la fábrica racionalizada, tienden a adquirir una importancia cada vez mayor. Es natural que los análisis concretos se hallen enfrentados con situaciones que pueden ser del todo distintas entre sí, que dependen desde este punto de vista de una considerable cantidad de factores específicos (disparidades en el desarrollo tecnológico, métodos subjetivos diferentes en la gestión capitalista, etc.). Pero el aspecto que queremos subrayar aquí insiste en que con la utilización de las técnicas “informacionales” como la manipulación de las actitudes de la clase obrera, el capitalismo posee inmensos márgenes para la “concesión” (o mejor dicho, “estabilización”). Es imposible definir el límite tras el cual la “información” que afecta a todo el proceso productivo deja de ser un hecho de estabilización para el poder del capital. Lo que es cierto es que las técnicas de información tienden, en la situación más compleja en que se halla la empresa capitalista contemporánea, a restaurar el “encanto” (satisfacción) del trabajo el cual ya denunciaba el Manifiesto Comunista 29.

La propagación de las técnicas de información y su campo de aplicación, igual que la difusión de la esfera de las decisiones técnicas 30, encaja a la perfección en la caricatura de una regulación social de la producción. Es por tanto necesario subrayar que la “conciencia productiva” no supone una transformación del sistema, que la participación de los trabajadores en el “plan funcional” del capitalismo es un factor de integración –de alienación, por decirlo de algún modo– en los límites extremos del sistema. Pero también es cierto que este desarrollo de los “factores estabilizadores” del capitalismo tardío representa una condición que, en lo concerniente a la acción de la clase obrera, hace que el derrocamiento del orden capitalista sea cada vez más necesario. La lucha de la clase obrera se presenta por tanto como la necesidad de una oposición global al plan capitalista, donde el factor esencial es consciente —permítasenos decir dialécticamente consciente— de la unidad de los momentos “técnicos” y “despóticos” en la actual organización de la producción. La relación que tiene la acción revolucionaria con respecto a la racionalidad “tecnológica” es de “comprenderla” pero no para reconocerla y exaltarla, sino más bien para someterla a un nuevo uso: el uso socialista de las máquinas 31.

Salarios y esclavitud política

Con la moderna organización de la producción aumentan “en teoría” las posibilidades de la clase obrera para controlar y dirigir la producción, pero “en la práctica” –mediante la cada vez más rígida centralización de las decisiones de control– se intensifica la alienación. En consecuencia, la lucha de clase proletaria, cualquier lucha de clase, tiende a proponer una destrucción política del sistema. Y el agente de esta destrucción no es el conflicto entre las demandas “racionales” implícitas en las nuevas técnicas y la utilización capitalista de ellas, sino la oposición de una colectividad proletaria que reclama la subordinación de los procesos productivos a las fuerzas sociales. No se puede afirmar que exista continuidad en el salto revolucionario, en el orden del desarrollo tecno-económico: la acción de la clase obrera cuestiona los fundamentos mismos del sistema, y todas sus repercusiones y aspectos a cualquier nivel.

Es obvio que el progreso tecnológico se halla profundamente implantado en el proceso capitalista: Engels hablaba de «descubrimientos e inventos que se sobreponían uno a otro en una proporción siempre en aumento» y de un «rendimiento del trabajo humano que va creciendo día tras día en proporciones antes insospechadas» 32. Pero mientras Engels deducía de este proceso «la división de la sociedad entre una pequeña e inmensamente rica clase y una gran clase de trabajadores asalariados sin propiedad», Marx previó un incremento no sólo del salario nominal sino también del salario real: «si los ingresos de los trabajadores aumentan con el rápido crecimiento del capital, el abismo que separa a los trabajadores del capitalista aumentan al mismo tiempo, y el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia del trabajo respecto al capital, aumenta igualmente y en la misma proporción». Así pues, cuanto más rápido sea el crecimiento del capital, más mejorará la situación material de la clase trabajadora. Y cuanto más ligado esté el salario al crecimiento del capital, más directa será la dependencia del trabajador respecto al capital.

«Que el decir que la condición más favorable para el trabajo asalariado es el incremento más rápido posible del capital productivo, sólo significa que cuanto más rápidamente la clase obrera aumenta y acrecienta el poder enemigo, la riqueza ajena que la domina, tanto mejores serán las condiciones en que podrá seguir laborando por el incremento de la riqueza burguesa, por el acrecentamiento del poder del capital, contenta con forjar ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a remolque la burguesía» 33.

Por otra parte el mismo Engels reconoció en la Crítica al Programa de Erfurt que «el sistema de trabajo asalariado es por tanto un sistema de esclavitud que aumenta su severidad de forma inconmensurable con el desarrollo de las fuerzas sociales productivas del trabajo, independientemente de si el trabajo está mejor o peor pagado» 34. Lenin recalcó este aspecto del marxismo, «La teoría de Marx, que reconoce que el rápido crecimiento de la riqueza, el extenso desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo y su socialización, y la mejora en la posición del trabajador, se hizo cargo de esta perspectiva de la acumulación desde la literatura de los economistas clásicos» 35.

Marx también escribió sobre la progresiva ampliación del abismo social existente entre trabajadores y capitalistas, en la fórmula de un –declinante– salario relativo. Pero es obvio que este concepto implica un factor de conciencia política, puesto que la conciencia de que la mejora de las condiciones materiales, el crecimiento de salarios reales y nominales, corresponde a una intensificación de la dependencia política. La denominada inevitabilidad de la transición al socialismo no se sitúa en el plano del conflicto material, más bien –precisamente sobre la base del desarrollo económico del capitalismo– se refiere a la “intolerabilidad” de la escisión social y sólo se puede manifestar como la adquisición de conciencia política. Pero por esta misma razón la clase obrera, al destruir el sistema, genera una negación de toda la organización en la que el desarrollo capitalista se expresa, y en primer lugar y ante todo, en la tecnología por cuanto está ligada a la productividad.

La ruptura, la sustitución del mecanismo salario/productividad, se puede pues generar por una demanda general de aumento del nivel salarial. Es obvio que la acción que trata de sustituir las desigualdades salariales constituye un aspecto de la sustitución de esa relación; por sí misma no garantiza en absoluto una destrucción del sistema, sino que meramente “encadena con oro más brillante” a toda la clase obrera. Sólo al atacar la raíz de los procesos de alienación y aislar la creciente dependencia política respecto al capital, es posible formular una verdadera acción general de clase 36. En otras palabras, la fuerza subversiva de la clase obrera, su capacidad revolucionaria aparece (potencialmente) más fuerte precisamente en los momentos de desarrollo del capitalismo, donde la preponderancia abrumadora del capital constante sobre el trabajo vivo, junto a la racionalidad inserta en el primero, enfrenta a la clase obrera con el problema de su esclavización política. Por otra parte, la creciente dependencia del conjunto de procesos sociales “externos” respecto al plan capitalista, tal y como éste se manifiesta primero a nivel empresarial, sirve para hablar de la lógica elemental del desarrollo capitalista. Es bien sabido que Marx en más de una ocasión subrayó dicha proliferación en contraste crecimiento con la raíz del poder capitalista: incluso a la larga, la división del trabajo en la fábrica tiende a coincidir con la división social del trabajo –que por supuesto no se debe percibir de una manera crudamente economicista.

Consumo y tiempo libre

El “objetivismo” acepta la “racionalidad” del capitalismo a nivel empresarial y dirime la lucha dentro de las estructuras y los momentos de desarrollo, pero tiende a acentuar el valor de la acción en la esfera externa de los salarios y el consumo. Las consecuencias de esto (con la indagación “dialéctica” a alto nivel, dentro del marco del sistema, entre capital y trabajo) están exagerando la acción a nivel estatal, una distinción/separación entre los movimientos sindicales y políticos, etc. De este modo, incluso en las discusiones más serias y “puestas al día” (que en Italia tienen hoy lugar ante todo en el ámbito de los sindicatos de clase) uno acaba por encontrar una simple confirmación, en formato más crítico y moderno, de las viejas concepciones “democráticas” de la lucha de la clase obrera. Toda la labor de investigación, toda la adaptación de la acción sindical a los modos de desarrollo del capitalismo, el riesgo arrinconado en una mera ratificación de las viejas posiciones, enriquecido por un nuevo contenido, pero de una manera mistificada. De este modo, «la acción autónoma de amplias masas viene a definirse sólo como consecuencia de las decisiones adoptadas por los dirigentes, nunca anticipándose a ellas» 37.

Mientras los procesos intrínsecos de acumulación capitalista son cada vez más determinantes en términos globales, tanto “interna” como “externamente” (al nivel de la fábrica y de la sociedad en general), las diversas posiciones que de nuevo aparecen desde la matriz keynesiana (incluso dentro del movimiento en el mundo obrero) representan ideologías genuinas, un reflejo de los desarrollos del capitalismo tardío. El peligro detectado por Marx aún sigue siendo –e incluso más que antes– válido contra ellos: «La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos» 38. No por nada el “próspero” consumo que la clase obrera debería proponer se contrapone al consumo “impuesto” por el capitalismo; y no por nada un aumento general de los salarios, esto es la ratificación de la esclavitud capitalista, presentó como un “atractivo” para el trabajador como “ser humano” (¡dentro del sistema!) que demanda el reconocimiento y afirmación de su dignidad 39.

Incluso la invocación de las necesidades sociales (cultura, salud) como contrarias al abanico del consumo impuesto por el capitalismo, no tiene sentido sin una refutación de la racionalización capitalista y una demanda de la clase obrera por asumir el control y la autogestión en la esfera de la producción 40. No tiene sentido desear un consumo cultural creciente si no se puede considerar factible para el individuo actualizar esta cultura precisamente en su actividad creativa; en otras palabras, en el proceso de trabajo por excelencia. Un consumo individual está enteramente condicionado por su posición en la actividad productiva. Sus necesidades “esenciales” (cultura y salud) son, se definen y se afirman en el rechazo de las reglas del trabajo, en la adquisición de una conciencia por parte de la clase trabajadora del significado que tiene el papel del trabajo. La representación de la alienación bajo el capitalismo como alienación del consumidor es, al menos, una de las más ridículas y extendidas ideologías del presente.

Es significativo que estas posiciones “revisionistas” se refieran, y distorsionen, a la concepción marxiana del tiempo libre, su relación con el tiempo laboral y su lugar en la perspectiva de una sociedad comunista. En otras palabras, existe una tendencia sobre la base de una interpretación “economicista” de identificar la libertad comunista del pensamiento de Marx con la expansión del tiempo libre sobre la base de una mayor planificación objetiva y racionalizada de los procesos de producción 41. En realidad, para Marx el tiempo libre, entendido como la actividad mental y social libre de los individuos, no coincide en absoluto con la reducción del día de trabajo. Presupone una transformación radical de las condiciones del trabajo humano, la abolición del trabajo asalariado y la regulación social del proceso de trabajo. En otras palabras, presupone el derrumbamiento total de la relación capitalista entre el despotismo y la racionalidad, por la formación de una sociedad administrada por productores libres en la cual –con la abolición de la producción por la producción– el desarrollo planificado, el plan mismo, la racionalidad y la tecnología estarán sometidos al control permanente de las fueras sociales, será así capaz (y sólo así) de convertirse en una “necesidad vital” humana. Superar la división del trabajo, como un objetivo del proceso social y de la lucha de clases, no significa un paso adelante en el “ámbito del tiempo libre”, sino la consecución de una dominación de las fuerzas sociales sobre la esfera de la producción. El desarrollo completo del hombre y de sus capacidades físicas e intelectuales (que a tantas críticas “humanistas” de la sociedad industrial les gusta invocar) aparecen como una mistificación si se representan como un “disfrute del tiempo libre”, como una “versatilidad” abstracta, etc., independientemente de la relación del hombre con el proceso de producción y de la reapropiación del trabajador, del producto y del contenido del trabajo en una sociedad de productores libremente asociados 42.

El control de los trabajadores en una perspectiva revolucionaria

Las “nuevas” demandas de la clase trabajadora que caracterizan las luchas sindicales (estudiadas en este mismo número de los Quaderni Rossi), no deparan directamente un contenido político revolucionario, ni implican un desarrollo automático en esa dirección. Sin embargo, su significación no se puede despreciar, ni tampoco su valor, en tanto constituyen una adaptación a los modernos procesos tecnológicos y organizativos en la fábrica moderna –condición previa de una “sistematización” de las relaciones laborales en general y a un mayor nivel. Contienen indicadores de desarrollo relativos a la lucha de la clase obrera como un todo y a su valor político. Sin embargo, tales indicadores no proceden de la nada o se añaden simplemente a tales demandas, demandas no obstante distintas y más “avanzadas” que bien pueden compararse con los objetivos tradicionales. Los contratos que gobiernan el ritmo y el tiempo del trabajo, la fuerza de trabajo, la relación entre salarios y productividad, etc., tenderán obviamente a oponerse al capital dentro del mecanismo de acumulación y al nivel de sus “factores de estabilización”. El hecho de que tales contratos se extienden pari passu con la lucha de los núcleos de la clase obrera en las empresas más sólidamente desarrolladas es una confirmación de su naturaleza subversiva y su carácter de vanguardia. El intento de utilizarlos para los propósitos de una lucha general que se circunscribe a los salarios es sólo una ilusión para buscar una nueva y vasta unidad de la acción de clase. En este sentido, lo que se consiga en la práctica será precisamente lo que según se afirma es el propósito a evitar, esto es, un retroceso a situaciones de aislamiento dentro de la empresa, una inevitable consecuencia de la malversación de los elementos potenciales de la lucha política. La línea a seguir que se puede identificar de forma objetiva como una hipótesis–guía no obstante válida, reside en el fortalecimiento y expansión de las demandas de autogestión. Ya que las demandas de autogestión no se establecen sólo como demandas de participación “cognitiva”, sino que afectan a la concreta relación de racionalización/jerarquía/poder, no permanecen confinadas en el ámbito de la empresa. En vez de eso, se dirigen directamente contra el “despotismo” que el capital proyecta y ejerce sobre la sociedad como un todo, a todos los niveles y se expresan como la necesidad para un derrocamiento total del sistema, por los efectos de una prise de conscience global y una lucha general de la clase trabajadora como tal.

Consideramos que, de forma práctica e inmediata, esta línea se puede expresar en la demanda del control obrero. Sin embargo, hacen falta algunas aclaraciones. El lema “control obrero” ha de juzgarse ahora como algo ambiguo, asimilable a una posición centrista que atenúa las demandas revolucionarias convocadas en la lucha o las concilia con la línea tradicional del parlamentarismo nacional democrático. Y es verdad que ahí existen señales de una utilización del lema en tal sentido. Por ejemplo, la referencia al control obrero es voluntaria y ambigua cuando lo que se quiere decir con ello es la continuación o el restablecimiento de la teoría y la práctica de los Consigli di Gestione (Consejos de Gestión) 43. En el movimiento de los Consigli di Gestione, una auténtica demanda del control obrero se ve subordinada hasta la absoluta aniquilación por el elemento “colaboracionista” ligado a las ideologías de la reconstrucción nacional y por un enfoque que instrumentalizó el movimiento real con el propósito de un proyecto electoral institucional. Se puede percibir la misma ambigüedad al proponer la línea del control obrero como una alternativa “aceptable”, como un “antídoto” del extremismo de una autogestión total de los trabajadores. Es obvio que una formulación no mistificada del control obrero tiene sentido social en relación a un objetivo de la ruptura revolucionaria y a una perspectiva de autogestión socialista. En este marco, el control obrero expresa la necesidad que existe de salvar el abismo entre las demandas más avanzadas de la clase trabajadora a nivel sindical y la perspectiva estratégica. Así representa en una versión no mistificada, o más bien puede representar, una línea política que supone una alternativa enfrentada a las propuestas habituales establecidas por los partidos de la clase trabajadora.

Obviamente esta línea del control de los trabajadores se propone a priori como un factor que puede acelerar la escala temporal de la lucha de clases total, como un instrumento político para la consecución de una escala temporal “acortada” en las brechas revolucionarias. Lejos de la posibilidad de presentarle como un sustituto de la conquista del poder político, el control obrero ha de constituir pues una fase de máxima presión sobre el poder capitalista (como una amenaza explícita dirigida a la raíz del sistema.) Por consiguiente, el control obrero se ha de contemplar como una preparación ante situaciones de “poder dual” en conexión con una conquista política total del poder. No hay motivo para insistir en las razones de rechazar el control obrero aquí y ahora como una propuesta política general. Lo que importa realmente es que una polémica contra los eslóganes no debería servir como una excusa para evadir los problemas políticos generales dictados por las luchas obreras; y que concretamente uno debería esforzarse en reconstruir, sobre la base de tales lucha, una perspectiva política nueva que esté asegurada contra la degeneración “sindicalista” de la actividad de la clase obrera y su reabsorción en el desarrollo capitalista.

 

NOTAS

a.- «La producción del plusvalor relativo, pues, supone un modo de producción específicamente capitalista, que con sus métodos, medios y condiciones sólo surge y se desenvuelve, de manera espontánea, sobre el fundamento de la subsunción formal del trabajo en el capital. En lugar de la subsunción formal, hace su entrada en escena la subsunción real del trabajo en el capital.» Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Libro primero, volumen 2, p. 618. Madrid, Siglo XXI Editores, 6ª ed. Trad. Pedro Scaron.

b.- Karl Marx, El Capital. Libro I, Capítulo VI (inédito), Madrid, Siglo XXI, 12ª ed., 1981, pp. 54 y ss. 

c.- Últimamente han aparecido testimonios escritos en recuerdo de su figura y su vida tempranamente truncada. Destaca el libro de Paolo Ferrero (ed.), Raniero Panzieri un uomo di frontiera, Milán/Roma, Ed. Punto Rosso, 2005.

d.- Como puede comprobarse en Karl Marx, El Capital, libros segundo y tercero. Hay versión castellana en Siglo XXI editores, Madrid, 1976. La importancia de todo ello fue mencionada sistemáticamente por Mario Tronti en “El Plan del Capital” (Obreros y Capital. Madrid, Akal, 2001, pp. 64-89. Su título original era “El Capital Social”, Quaderni Rossi, nº 3, 1963).

e.- Véase nota anterior.

f.- Toni Negri: Dominio y sabotaje, Barcelona, El Viejo Topo, 1979. Véase por ejemplo esta cita: «El capital ha aceptado muchas veces que la lucha obrera fuese el motor del desarrollo, e incluso que la autovalorización proletaria dictase las motivaciones del desarrollo; lo que sí se ha visto siempre obligado a cancelar es el significado antagonístico, pero no la realidad, del movimiento obrero. En el límite, y paradójicamente, se podría decir que para el capital no hay estabilización política eficaz (es decir, posibilidad de imponer su ley y su explotación en la dimensión de una reproducción ampliada del beneficio) si no es en la medida en que se dan posibilidades de reestructuración a partir del Movimiento proletario. El interés proletario se mueve en otra dirección. La de captar críticamente el nexo existente entre estabilización y reestructuración, y atacarlo. Destruir esta relación en un proyecto de desestabilización y, conjuntamente, de desestructuración, representa el interés obrero.», p. 25.

—————————

1.- Raniero Panzieri, “Sull’uso capitalistico delle macchine nel neocapitalismo” en Quaderni Rossi (Cuadernos Rojos) y reimpresa en La ripresa del marxismo-leninismo en Italia (La reactivación del marxismo-leninismo en Italia, Milán, Edit. Sapere Edizione, Milán, 1972). [La presente traducción del inglés, de Mario Domínguez Sánchez, procede de: Raniero Panzieri: “The Capitalist Use of Machinery: Marx Versus the ‘Objetivists’”, en Phil Slater (ed.): Outlines of a Critique of Technology. Londres, Ink Link, Humanities Press-Atlantic Highlands, 1980, pp. 39-68. N. del T.].

2.- Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Libro primero, volumen 2, p. 408. Madrid, Siglo XXI Editores, 6ª ed. Trad. Pedro Scaron.

3.- Ibíd. p. 406.

4.- Ibíd. p. 405.

5.- Ibíd. p. 440.

6.- Ibíd. pp. 447-448.

7.- Ibíd. p. 449.

8.- Ibíd. p. 515.

9.- Ibíd. p. 516.

10.- Ibíd. p. 511.

11.- Ibíd. p. 516.

12.- Ibíd. p. 491.

13.- Ibíd. p. 516.

14.- Ibíd. p. 403.

15.- Ibíd. p. 517.

16.- Es habitual, en nuestra opinión, citar los documentos incipientes del “cambio” sindical, ya que el debate continúa desarrollándose sobre su base: I lavoratori e il progresso técnico (Los trabajadores y el progreso técnico) (Actas de la Conferencia sobre “Cambios técnicos y organizativos y modificaciones de la relación laboral en las fábricas italianas”, realizadas por el Instituto Antonio Gramsci de Roma en junio y julio de 1956), y S. Leonardi, Progresso tecnico e rapporti di lavoro (Progreso técnico y relaciones laborales), Turín 1957. Tomamos como referencia básica el trabajo de Leonardi, quien amplía y desarrolla el ensayo que presentó en la Conferencia del Instituto Gramsci. Para desarrollos más recientes de la discusión, véanse los ensayos y contribuciones al reciente Congreso sobre “Progreso tecnológico y sociedad italiana”, citados a continuación. Véase también la encuesta de Dino de Palma en el número actual de los Quaderni Rossi (Cuadernos Rojos). En estas notas, omitimos cualquier referencia a la vasta literatura existente sobre los temas en cuestión (ya sea de inspiración tardo-capitalista o marxista) y pretendemos aludir tan sólo al debate en curso en el seno de nuestro movimiento sindicalista.

17.- Progresso tecnico e rapporti di lavoro (Progreso técnico y relaciones laborales), Turín 1957, p. 93; véase también pp. 35, 46, 55 y ss.

18.- Ibíd. p. 48.

19.- Ibíd. p. 50. “La simple demora o ausencia de un único trabajador, o incluso una merma en su producción, puede verse reflejada en una línea entera de máquinas”, etc. (Ibíd. pp. 50 y ss.).

20.- Ibíd. pp. 50 y ss.

21.- Ibíd. p. 52

22.- Ibíd. pp. 55 y ss.

23.- Ibíd. pp. 82 y ss. Sobre la “alienación total” de los “intelectuales productivos”, véase no obstante las observaciones de Pino Tagliazzucchi, realmente perspicaces y que van al grano, en “Aspetti della condicione impiegatizia nell’industria moderna” (Aspectos de las condiciones utilizadas en la industria moderna, Sindacato Moderno, febrero-marzo 1961, pp. 53 y ss.

24.- Progresso tecnico e rapporti di lavoro (Progreso técnico y relaciones laborales), Turín 1957, pp. 81 y ss.

25.- Ibíd. p. 67.

26.- R. Alquati, “Documenti sulla lotta di clase alla Fiat” (Documentos sobre la lucha de clases en Fiat), Quaderni Rossi, nº 1.

27.- Véase N. Mitrani, “Ambiguité de la technocratie” (Ambigüedad de la tecnocracia), Cahiers Internationaux de Sociologie, vol. XXX, p. 111.

28.- Franco Momigliano ha señalado correctamente que «en el marco del proceso productivo global la fábrica moderna no excluye cada vez más a los trabajadores de toda participación consciente en el proceso actual de diseño y planificación racional de la producción; precisa además que los trabajadores, subordinados a la nueva racionalidad, personifiquen al mismo tiempo el momento ‘anti-racional’, que corresponde a la vieja filosofía empírica del ‘arreglárselas’. De este modo, –paradójicamente– se explota racionalmente la propia resistencia de la clase trabajadora». (F. Momigliano, “Il sindicato nella fabbrica moderna” (El sindicato en la fábrica moderna), Passato e Presente, nº 15, pp. 20 y ss.).

29.- «Más aún, cuanto más se desenvuelven la maquinaria y la división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo. El creciente empleo de las máquinas y la división del trabajo quitan al trabajo del proletario todo carácter propio y le hacen perder con ello todo atractivo para el obrero. Este se convierte en un simple apéndice de la máquina», Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto comunista, Obras Escogidas en 3 volúmenes, vol. 1, Moscú, Edit. Progreso, 1974, p. 117.

30.- De la forma en que una administración capitalista más racional precisa de la participación “democrática” de los trabajadores, véase el muy importante libro de S. Melman, Decision-Making and Productivity (Toma de decisiones y productividad), Oxford, 1958.

31.- Los más recientes desarrollos de la investigación económica y técnica en la Unión Soviética plantean un carácter ambiguo: el llamamiento a la autonomía de la investigación representa indudablemente una ruptura respecto al tosco voluntarismo estalinista de la planificación; sin embargo, el desarrollo de los procesos “racionales”, con independencia del control social de la producción, parece más bien representar (¿hasta qué punto ya en la actualidad y hasta qué punto una posibilidad futura?) la precondición y la base para nuevos desarrollos de los viejos procesos de burocratización. Pero no perder de vista la característica distintiva de la planificación soviética comparada con el plan capitalista: el elemento despótico, autoritario, de la organización productiva surge dentro de las relaciones capitalistas, sobrevive en economías planificadas de tipo burocrático. Las burocracias, en su relación con la clase trabajadora, no pueden apelar únicamente a la racionalidad objetiva; han de interpelar a la misma clase trabajadora. Por así decirlo, la desaparición del elemento básico, el de la propiedad privada, priva a la organización burocrática de su propia base. Por consiguiente, en la URSS y las democracias populares, las contradicciones se manifiestan de forma diferente, y el despotismo presenta un carácter más precario que orgánico. Esto no significa, por supuesto, que sus manifestaciones no puedan asumir formas tan toscas como las de la sociedad capitalista; véase las influyentes observaciones de Rodolfo Morandi en “Analisi dell’economia regolata” (Análisis de la economía regulada) (1942) y “Criteri organizzativi dell’economia collettiva” (Criterios organizativos de la economía colectiva) (1944), reeditadas en Lotta di Popolo (Lucha del pueblo) Turín, 1958. La exclusión del elemento de la propiedad y el mero estudio del aspecto autoritario-burocrático o de la alienación técnica (o ambos) están, como sabe cualquiera, en el centro de una por ahora ilimitada literatura ideológica neocapitalista y neoreformista; de cuyo análisis se ocupará uno de nuestros Quaderni Rossi.

32.- Véase F. Engels, “Introducción a K. Marx Trabajo asalariado y capital”, edición de 1891 en: K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en 3 volúmenes, vol. 1, Moscú, Edit. Progreso, 1974, p. 153.

33.- K. Marx, Trabajo asalariado y capital, en Karl Marx y Friedrich Engels, Obras Escogidas en 3 volúmenes, vol. 1, Moscú, Edit. Progreso, 1974, pp. 171 y ss.

34.- [El citado texto de Engels es el de “Una crítica del borrador del programa socialdemócrata de 1891”, que se puede encontrar en K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en 3 volúmenes, vol. 3, Moscú, Edit. Progreso, 1974, pp. 450 y ss. Sin embargo, el pasaje que cita Panzieri no pertenece de hecho a Engels, sino que se ha extraído de la Crítica del Programa de Gotha de K. Marx, Madrid, Ricardo Aguilera Editor, 1971. N. del T.]

35.- V.I. Lenin (1897), “Para una caracterización del romanticismo económico”, Obras Completas vol II., Buenos Aires, Editorial Cartago, 1969, p. 80.

36.- Véase el debate actual en Politica ed Economia, con artículos de Garavini, Tato, Napoleoni, etc.

37.- R. Spesso, “Il potere contrattuale dei lavoratori e la ‘razionalizzazione’ del monopolio” (El poder contractual de los trabajadores y la ‘racionalización’ del monopolio), Politica ed Economia, noviembre de 1960, p. 10. Las posiciones manifestadas por Momigliano merecen una consideración especial; evoca correctamente que la consideración de los “instrumentos para la organización y racionalización del mundo moderno” deben constituir para los sindicatos una precondición “para descubrir las con diciones de una competencia y una capacidad hegemónica de la clase trabajadora” (“Il sindicato nella fabbrica moderna” [El sindicato en la fábrica moderna], pp. 20 y ss.). Y en múltiples ocasiones ha insistido en la necesidad de la clase obrera de reconquistar, por estos medios, una verdadera y completa autonomía enfrentada con el capital. Pero es difícil comprender cómo puede reconciliar tales tesis y demandas con su ratificación del “terreno institucional específico” del sindicato, que le lleva a rechazar el reconocimiento de que la acción misma tiene el carácter de una destructiva tensión creciente respecto al sistema: véase F. Momigliano, “Struttura delle retribuzioni e funzioni del Sindacato” (Estructura de las retribuciones y funciones del sindicato), Problemi del Socialismo, junio de 1961, p. 633; véase también, del mismo Modigliano, “Una tematica sindacale moderna” (Una temática sindical moderna), Passato e Presente, nº 13, y su informe al Congreso en “Progreso tecnológico y sociedad italiana” (Milán, junio de 1960), sobre el tema de los “Trabajadores y sindicatos enfrentados a las transformaciones del proceso productivo en la industria italiana”.

38.- Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Libro primero, volumen 1, p. 214. Madrid, Siglo XXI Editores, 6ª ed. Trad. Pedro Scaron.

39.- Véase A. Tato, “Ordinare la struttura della retribuzione secondo la lógica e i fini del sindicato” (Ordenar la estructura de la retribución según la lógica y los fines del sindicato), Politica ed Economia, febrero-marzo de 1961, pp. 11 y ss. La creciente incidencia social en la esfera de la producción se ve, obviamente, acentuada en toda investigación marxista. Como otros autores, Paul Sweezy ofrece una demostración de esto mismo que en muchos sentidos aún es válida en la actualidad: véase P. Sweezy, La teoría del desarrollo capitalista, 1942, reeditada en Nueva York en 1968, (FCE, México, 1969), en particular las páginas 239 y 270 ss. Sweezy rememora el siguiente pasaje de Reforma o Revolución de Rosa Luxemburgo: «’El control social’… lejos de ser… una reducción de la propiedad capitalista… es, por el contrario, una protección de dicha propiedad. O, expresado desde una perspectiva económica, no es una amenaza a la explotación capitalista, sino sencillamente la regulación de esta explotación» (Rosa Luxemburgo, 1976, Obras Escogidas, Tomo 1, “Reforma o Revolución”, introducción de Mary-Alice Waters, Bogotá, Editorial Pluma). Para las leyes inglesas de la limitación de las horas de trabajo, véase K. Marx, El Capital, ibíd., pp. 277 y ss.

40.- «Desear un… consumo cultural aumentado no tiene sentido si uno no puede considerarlo factible precisamente en su actividad creativa, en otra palabras par excellence en el proceso de trabajo… Un consumo individual está en sí mismo totalmente condicionado por su posición en la actividad productiva… Sus ‘necesidades esenciales’ (cultura, salud) surgen de, están definidas, impuestas, en el rechazo de las ‘reglas del trabajo’, en la adquisición de una conciencia de clase obrera del significado y el papel del trabajo». (“Il potere contrattuale dei lavoratori e la ‘razionalizzazione’ del monopolio” (El poder contractual de los trabajadores y la ‘racionalización’ del monopolio), Politica ed Economia, noviembre de 1960, pp. 9 y ss.). La representación de la alienación en el capitalismo tardío como alienación del consumidor es a la vez uno de las más ridículos y difundidas ideologías del presente.

41.- Véase Paul Cardan, The meaning of Socialism (El significado del socialismo), Solidarity Panflet nº 6; debería no obstante quedar claro que Cardan alude a este tipo de interpretación para expresar un motivo revolucionario en la oposición polémica al marxismo. [Paul Cardan es el seudónimo de Cornelius Castoriadis. N. del T.]

42.- La representación de la sociedad comunista como una sociedad de “abundancia” de bienes (incluso no sólo materiales) y de “tiempo libre” está muy extendida en la ideología soviética, y constituye obviamente el resultado de negar cualquier regulación social efectiva de los procesos laborales. “Las ilusiones ‘tecnológicas’ intervienen en la actualidad para sostener tal ideología, por ejemplo en R. Strumilin (On the Road to Communism) (Camino al comunismo), Moscú, 1959), “que al encauzar funciones en los procesos de producción” se ven identificadas con el control “técnico”, con el “contenido altamente intelectual” del trabajo hecho posible gracias al “desarrollo de la tecnología con sus maravillosos mecanismos automáticos y máquinas electrónicas que ‘piensan’”. Por consiguiente, la automatización hará posible alcanzar una verdadera sociedad “opulenta” de consumidores de “tiempo libre”; ¡véase antes la nota 30! Como ejemplo de la deformación típica de los textos de Marx sobre este aspecto, véase G. Friedmann, Industrial Society (Sociedad industrial), New York 1955, ¡donde la reapropiación que realiza el trabajador del producto y del contenido mismo de trabajo se identifica con “el control psico-fisiológico del trabajo”! 

43.- [Los Consigli di Gestione (Consejos de Gestión) se establecieron para mantener las empresas durante los últimos meses de la guerra, y la Resistencia se extendió sobre todo por el norte de Italia. Reconocida por todos los partidos antifascistas el 25 de abril de 1945, fueron durante la mayor parte órganos de la colaboración de clases, y como tal se consideraron por parte de los principales partidos de clase trabajadora. El movimiento alcanzó su cima cuando se convocó un consejo nacional en noviembre de 1947, y fue brevemente desviado hacia la izquierda gracias a un giro por parte del Partido Comunista. Tras esto, declinó con rapidez. [N. del T.]

 

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