El nuevo bloque histórico

Deja todo lo que estés haciendo y lee esto, estamos seguros que no te va a defraudar.gramsci proc post Sabemos que la relación dialéctica existente entre la estructura y la superestructura constituye el bloque social articulado alrededor de la clase fundamental y hegemónica. ¿Qué ocurre cuándo esa clase fundamental deja de ser hegemónica? Se abre una crisis orgánica y un nuevo bloque histórico deviene hegemónico o se dan “soluciones” de tipo cesarista.

¿Hasta ahora todo claro? Si no, deberías repasar el apartado dedicado a Gramsci. A continuación compartimos el último capítulo del libro Gramsci y el bloque histórico de Hugues Portelli publicado en Siglo XXI Editores. Interesante y muy actual. Si no lo crees, compruébalo tu mismo…

Salud y revolución. A, Olivé

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EL NUEVO BLOQUE HISTORICO

Hugues Portelli

Hemos definido al bloque histórico como la articulación interna de una situación histórica dada. Pero en la medida en que esta situación evoluciona, también lo hacen la estructura y la superestructura de este bloque histórico. El bloque histórico se constituye esencialmente alrededor del sistema hegemónico de la clase fundamental. Pero, por una parte, esta clase no es fundamental por tiempo indefinido y, por la otra, este sistema hegemónico excluye a las clases subalternas, entre las cuales se encuentra la futura clase fundamental.

El problema de la creación de un nuevo bloque histórico es entonces, en realidad, el de la creación de un nuevo sistema hegemónico, pero es también el problema de la irrupción de una crisis orgánica en el bloque histórico que debe desembocar en una situación favorable para las nuevas fuerzas sociales. Por lo tanto, la construcción de un nuevo bloque histórico no es -y Gramsci lo recuerda a menudo en los Cuadernos cuando ataca las concepciones “economicistas“- un fenómeno mecánico: por el contrario, se trata de una verdadera empresa que necesita la resolución positiva de dos condiciones:

-La irrupción de una crisis orgánica en el bloque histórico, es decir, la ruptura del vínculo orgánico entre estructura y superestructura, el hecho de que los intelectuales no representen más a las clases. Esta crisis puede ser suscitada por las clases subalternas (organizadas o no), o bien puede ser consecuencia del fracaso político de la clase dirigente.

-La creación de un sistema hegemónico que agrupe a las clases subalternas: si la crisis es “espontánea” y las clases subalternas no están organizadas, la clase dominante retomará el control de la situación y la vieja sociedad se mantendrá, al menos, provisoriamente. Por otra parte, en ausencia de esta organización, la crisis orgánica no podrá ser suscitada.

En este sentido conviene recordar, antes de examinar el análisis gramsciano de la crisis orgánica, que toda crisis en el seno del bloque histórico no es necesariamente una crisis orgánica. En efecto, Gramsci subraya que para que ella se produzca es necesario que la ruptura englobe a las clases “fundamentales“, es decir, a la clase dominante, por una parte, y a la clase que aspira a la dirección del nuevo sistema hegemónico, por la otra.

Así, la lucha entre la burguesía -y sus aliados- y la clase obrera -y las otras clases subalternas- es una crisis orgánica, en tanto concierne a los protagonistas esenciales a nivel estructural. Pero también las crisis pueden desarrollarse en el interior del sistema hegemónico mismo poniendo frente a frente a la clase fundamental y a sus grupos auxiliares, o incluso fracciones de la clase fundamental entre sí: “Sería un error de método (un aspecto del mecanicismo sociológico) considerar que en los fenómenos del cesarismo…, todo el nuevo fenómeno histórico sea debido al equilibrio de las fuerzas ‘fundamentales’: es necesario ver también las relaciones existentes entre los grupos principales (de distintos géneros: social-económico y técnico-económico) de las clases fundamentales y de las fuerzas auxiliares guiadas o sometidas a la influencia ideológica“.En una crisis así, las clases subalternas permanecen excluidas o son solamente las fuerzas de apoyo de las fracciones en conflicto.

Gramsci ve en el affaire Dreyfus el ejemplo perfecto de una crisis en el interior del sistema hegemónico entre los diversos grupos que lo componen: “el movimiento Dreyfus es característico porque son los elementos del bloque social dominante quienes desbaratan el cesarismo de la parte más reaccionaria del mismo bloque, apoyándose no en los campesinos, en el campo, sino en los elementos subordinados de la ciudad guiados por el reformismo socialista (pero apoyándose también en la parte más avanzada del campesinado)2 : una fracción de la clase dirigente se apoya en ciertos grupos auxiliares para reequilibrar el sistema hegemónico en favor suyo. Tal reequilibrio puede ser regresivo si tiende a apoyarse en las fuerzas más retrógradas y ligadas a la antigua clase dirigente. Pero puede igualmente ser progresivo, como lo demuestra el affaire Dreyfus; en este caso, la fracción más esclarecida de la clase dirigente refuerza su hegemonía ampliando su base social y articulando un compromiso más favorable a los grupos auxiliares, incluso a los subalternos (llamamiento a nuevos intelectuales provenientes de estos grupos, compromiso político e ideológico). A contrario sensu, esta crisis demuestra la debilidad y la ausencia de autonomía de las clases subalternas y, por lo tanto, la ausencia de todo riesgo de crisis orgánica.

I. LA CRISIS ORGANICA

La crisis orgánica es una ruptura entre la estructura y la superestructura, es el resultado de contradicciones que se han agravado como consecuencia de la evolución de la estructura y de la ausencia de una evolución paralela de la superestructura: “La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo”. 3 

En la medida en que la clase dirigente deja de cumplir su función económica y cultural, afirma Gramsci, es decir, cuando cesa de empujar “realmente la sociedad entera hacia adelante, satisfaciendo no sólo sus exigencias existenciales, sino también la tendencia a la ampliación de sus cuadros para la toma de posesión de nuevas esferas de la actividad económico-productiva4, el bloque ideológico que le da cohesión y hegemonía tiende a disgregarse. La acción moderadora de los “grandes intelectuales” permite, empero, que no se llegue necesariamente a este resultado. Si es verdad que “ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no desarrolló todas las formas de vida que están implícitas en sus relaciones“,5 de esto no se deriva una desaparición catastrófica de esa sociedad una vez cumplida su función. La desaparición del antiguo bloque histórico sólo se produce si la crisis de la estructura acarrea una crisis orgánica o crisis de hegemonía.

Esta crisis de hegemonía es, en efecto, la característica esencial de la crisis orgánica (lo que viene a mostrar una vez más el vínculo entre hegemonía y bloque histórico): la clase dominante deja de tener la dirección de las clases subordinadas; éstas se separan de los intelectuales que las representan. Es el caso de los intelectuales que controlan la sociedad civil y fundamentalmente los partidos políticos tradicionales: “En cierto momento de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con aquellos determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen, ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de ella“.6

Este fenómeno se produce básicamente en los partidos donde la burocracia dirigente ha terminado por separarse de la masa, tanto es así que en caso de crisis “el partido termina por convertirse en anacrónico y en los momentos de crisis aguda desaparece su contenido social y queda como en las nubes7. Gramsci cita en particular el caso de los partidos políticos alemanes de la República de Weimar que desaparecieron con el hitlerismo, y el de los partidos franceses de la tercera República, subrayando el carácter anquilosado y “anacrónico” de estos últimos: “su crisis puede llegar a ser aun más catastrófica que la de los partidos alemanes”.8

Esta desafección se explica también por e! hecho de que los intelectuales de estos grupos sociales están bajo la subordinación de los intelectuales orgánicos de la clase dirigente y, por lo tanto, en caso de crisis, son víctima de su situación contradictoria.

Pero esta crisis de confianza no se limita a los partidos tradicionales sino que se extiende a todos los otros órganos de la opinión pública, en especial la prensa, y desde allí se refleja en toda la sociedad civil. Crisis de hegemonía, la crisis orgánica afecta por lo tanto el modo habitual de dirección de la clase dirigente sobre los otros grupos sociales -el consenso-, y fortalece la posición de los órganos de la sociedad política en el seno de la superestructura.

Esta crisis de hegemonía, que hemos definido como “crisis de autoridad”9, es por lo tanto una crisis de autoridad de la clase dirigente, convertida en clase puramente dominante y, consecuentemente crisis de la ideología tradicional, de la cual las clases subalternas se han escindido. Esta ruptura entre representantes y representados se materializa en dos tipos de situaciones, reveladoras de la escisión entre las clases y sus representantes; no es que la ruptura se produzca súbitamente en un momento preciso, sino que es allí cuando se concreta: tomando el ejemplo de los partidos tradicionales, Gramsci muestra que estos partidos son “anacrónicos” y están “separados de las masas“, pero esta situación sólo se verifica en caso de una crisis aguda, donde quedan suspendidos en el vacío. No se trata entonces de reducir la crisis orgánica a estos dos tipos de crisis aguda, sino de ver en estas situaciones la irrupción de la crisis orgánica.

En los Cuadernos Gramsci cita dos casos de crisis orgánica: una crisis se produce ya sea porque la clase dirigente “fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra por ejemplo) o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeñoburgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución“.10

Estos dos casos son, según Gramsci, o bien la consecuencia de un grave revés de la clase política del grupo dirigente, o bien la consecuencia de la politización de las clases subalternas y de sus intelectuales, y de su “escisión”.

Retomemos estas dos posibilidades.

La primera consiste en el fracaso de la clase dirigente como consecuencia de una gran empresa política para la cual requirió la adhesión nacional. Gramsci cita como ejemplo perfecto una situación de guerra, tal como la de 1914-18.

En su intervención en el coloquio de Cagliari, A. Pizzorno 11 señala justamente la importancia que Gramsci le otorga a los efectos de la guerra sobre las clases subalternas: en 1914 éstas, y en especial las masas campesinas, fueron bruscamente movilizadas, lo que trastornó su psicología y les forjó una conciencia colectiva. Este análisis es correcto pero, contrariamente a lo que afirma Pizzorno, Gramsci no se limitó a derivar de él la crisis orgánica. La toma de conciencia colectiva por parte de las clases subalternas con motivo de la guerra no se convierte automáticamente en conciencia revolucionaria. El mismo Gramsci da un ejemplo cuando analiza los efectos de la primera guerra mundial sobre las clases subalternas en Francia, fundamentalmente sobre las masas campesinas: “La guerra no ha debilitado la hegemonía, por el contrario, la ha reforzado12, afirma. La ausencia de una escisión entre la clase dirigente y las clases subalternas se explica por el pasado democrático y la difusión, incluso entre las clases subalternas, de un tipo de “ciudadano moderno” “en el doble sentido del hombre de pueblo que se sentía ciudadano pero que además era considerado como tal por los superiores, por las clases dirigentes, es decir, no era insultado y maltratado por bagatelas” 13. De este modo, la guerra no engendró en Francia graves crisis internas y la posguerra, más aún en tanto la guerra terminó en una victoria, no llevó a violentas luchas nacionales. Gramsci contrapone el caso de Francia al de Rusia. Pizzorno cita un célebre artículo de L’Ordine Nuovo donde Gramsci afirma que “cuatro años de trinchera y de explotación cambiaron radicalmente la psicología de los campesinos. Esta transformación es una de las condiciones de la revolución. Lo que la industrialización, por su proceso normal de desarrollo, no desencadenó, la guerra lo produjo14. Pero Gramsci está haciendo alusión al caso de Rusia: a los sacrificios exigidos a las masas campesinas movilizadas se suma el fracaso político de la clase dirigente, vale decir, la derrota militar. La derrota, sumada a los sacrificios -inútiles- acarrea la revolución y la crisis orgánica. Por lo tanto, la crisis orgánica tiene lugar en caso de una grave crisis nacional.

La guerra no es, evidentemente, el único caso de este tipo. Gramsci tiene en cuenta otras situaciones análogas, en especial los plebiscitos y las elecciones generales 15. Tales crisis son consecutivas a una iniciativa de la clase dirigente, iniciativa que ha fracasado y lleva a una reacción de las clases subalternas.

Pero la crisis puede ser también el resultado -y esta es la segunda posibilidad que Gramsci considera- de una iniciativa política directa de las clases subalternas. Esta iniciativa no está muy claramente definida: se trata de acciones que no emanan solamente de estas capas sino también de los intelectuales subalternos. Estas capas sociales pasan “bruscamente” de la pasividad política a una acción reivindicativa, que es revolucionaria en la medida en que es inorgánica. Esta calificación de inorgánica puede ser entendida de dos maneras: sea para caracterizar la ruptura del vínculo entre las masas populares y sus representantes tradicionales, sea para describir la ausencia de intelectuales orgánicos en las filas de las clases subalternas. Esta interpretación está confirmada por otras notas de los Cuadernos , donde Gramsci pone el acento en el aspecto “espontáneo” de las revueltas de las clases subalternas: “puede… decirse que el elemento de la espontaneidad es característico de la ‘historia de las clases subalternas’, y hasta de los elementos más marginales y periféricos de esas clases, los cuales no han llegado a la conciencia de clase para sí16. Gramsci alude aquí al caso italiano y en particular a la Italia meridional, que conforma “una gran disgregación social17, donde las clases más numerosas no tienen ninguna cohesión. Es el caso de las masas populares, y sobre todo del campesinado, tradicionalmente pasivas y “apolíticas“, incapaces “de dar una expresión centralizada a sus aspiraciones y necesidades18. La consecuencia de esta pasividad es que la reacción es espontánea y primitiva: “La lucha de clases se confunde con el bandidaje, el chantaje, el incendio de los bosques, la pérdida del ganado, el rapto de los niños y las mujeres, el asalto al municipio: es una forma de terrorismo elemental, sin consecuencias estables y eficaces19. Estos movimientos espontáneos son inorgánicos porque los estratos sociales pasan bruscamente del estadio económico-corporativo al estadio político sin la intermediación de los intelectuales.

Esta revuelta inorgánica es también producto de los intelectuales subalternos. Gramsci subraya que estos son de origen pequeñoburgués y que en Italia esta capa social está tan disgregada como el campesinado; como éste, puede rebelarse brusca e inorganicarnente: “uno de los elementos de la constitución social de Italia es la cantidad malsana de pequeños y medianos burgueses, rurales o de tipo rural, de donde surgen numerosos intelectuales inestables y de este modo ‘voluntarios’ fáciles para cualquier iniciativa, incluso la más extraña, que sea vagamente subversiva (de derecha o de izquierda)“. 20

Estos accesos revolucionarios coinciden generalmente, señala Gramsci, “con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante21 y ambos por el mismo motivo -por ejemplo una crisis económica. “De ahí que las posibilidades de éxito de estos movimientos sean aleatorias, ya que incluso en los casos en que los movimientos ‘espontáneos’ de los estratos populares más vastos posibilitan la llegada al poder de la clase subalterna más adelantada por la debilitación objetiva del Estado22, la toma del poder es efímera. “En el mundo moderno son más frecuentes los ejemplos regresivos23 -por ejemplo, los golpes de Estado de la derecha de la clase dominante. Esta situación explica que Gramsci condene la doble inorganicidad de la revuelta popular: si el espíritu de escisión de la clase dirigente es necesario, debe ir acompañado por la construcción de un sistema hegemónico opuesto al sistema de la clase dirigente que, organizado por los intelectuales orgánicos de la clase subalterna fundamental, canalizará esta espontaneidad; en su defecto, las consecuencias de la crisis orgánica serán la victoria de la clase dirigente, el aplastamiento de la dirección de las clases subalternas y la vuelta de éstas a la pasividad política.

II. CONSECUENCIAS DE LA CRISIS

La aguda crisis de hegemonía lleva a una ruptura frente a la cual los protagonistas -las clases sociales y sus intelectuales orgánicos- deben reaccionar rápidamente.

No obstante, conviene recordar que la crisis orgánica es una crisis de hegemonía y que, por lo tanto, afecta esencialmente a la sociedad civil. La clase dirigente deviene clase dominante, lo que significa que conserva el control de la sociedad política, vale decir, del aparato del Estado, de la coerción.

En presencia de tal situación, conviene examinar qué tipo de reacción pueden tener los protagonistas de la crisis, es decir, la clase dominante, por una parte y, por la otra, las clases subalternas.

La posición de la clase dominante es muy favorable: según la gravedad de la crisis y las relaciones de fuerza con el enemigo, puede optar por tres posibilidades: la recomposición de la sociedad civil, la utilización de la sociedad política o la solución de tipo cesarista.

1.-La primera solución consiste en la restructuración de la sociedad civil; se trata de la solución normal: la clase dominante dispone de una capa muy diversificada y sólida de intelectuales cuya combinación política puede reformar en caso de crisis: “La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas24. Estas mutaciones dentro del personal dirigente van acompañadas por una revisión del sistema hegemónico. Los antiguos compromisos con las clases auxiliares se recomponen en beneficio de éstas y, si es necesario, la clase dirigente hace sacrificios y hasta “se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas25. Por último, el aparato de Estado es utilizado para aplastar la dirección de las clases subalternas y separarlas de sus intelectuales por la fuerza o la atracción política. En cuanto a los intelectuales orgánicos de la clase dominante, y en especial la clase política, cuya aparente división era un factor de hegemonía en épocas normales, los mismos son reagrupados bajo la dirección única; el ejemplo más perfecto es el del partido único: “El pasaje de las masas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único, que representa mejor y resume las necesidades de toda la clase, es un fenómeno orgánico y normal, aunque su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante en relación a las épocas tranquilas. Representa la fusión de todo un grupo social bajo una dirección única considerada como la única capaz de resolver un grave problema existente y alejar un peligro mortal“.26

En este caso se trata de un partido único de la clase dominante y no de toda la sociedad. Es evidente que una solución de este tipo puede combinarse, en caso de una crisis grave, con la liquidación de los partidos representantes de los otros grupos sociales, en cuyo caso se desemboca en el sistema de partido único propiamente dicho: tal es especialmente el caso del fascismo.

La solución orgánica de la crisis implica, por lo tanto, el uso combinado de la hegemonía -respecto de los grupos auxiliares y aliados- y de la coerción -respecto de los grupos enemigos-. El sistema permanecerá hegemónico o se volverá dictatorial, según el peso que adquieran ambos elementos.

2.- Cuando el uso de la fuerza o del consenso resulta aleatorio, la clase dominante recurre a la “actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos27. Esta solución significa que ninguno de los dos campos tiene fuerza como para vencer: “Se puede decir que el cesarismo expresa una situación en la cual las fuerzas en lucha se equilibran de una manera catastrófica, o sea de una manera tal que la continuación de la lucha no puede menos que concluir con la destrucción recíproca28.

Si bien el hecho de recurrir a una solución de este tipo es consecuencia de un equilibrio de fuerzas entre las dos clases fundamentales, puede ser también una necesidad proveniente de un equilibrio fortuito debido a las divisiones internas de la clase dirigente, que la debilitan frente a las clases subalternas y hacen posible una victoria “precoz” de éstas cuando la clase dirigente no ha “agotado aún sus posibilidades de desarrollo29. Es el ejemplo de Napoleón III, que pone fin a la lucha entre la clase obrera y una burguesía debilitada por las luchas entre legitimistas, orleanistas, bonapartistas y republicanos.

3.-En la medida en que el cesarismo es un arbitraje entre dos protagonistas, la balanza podrá inclinarse para un lado o para el otro. Según favorezca a la clase conservadora o a las fuerzas progresivas, será progresivo o regresivo. El cesarismo es un compromiso, pero está llamado a evolucionar en favor de uno u otro campo o a desaparecer en caso de un nuevo desequilibrio de las fuerzas.

Gramsci subraya por otra parte que las condiciones modernas de la vida política, pero fundamentalmente la mayor agudeza de los antagonismos entre clases dirigentes y clases subalternas, han modificado profundamente la naturaleza de la solución cesarista: en los ejemplos clásicos de cesarismo, el antagonismo enfrentaba a dos grupos que, aun siendo distintos y contradictorios “no eran sin embargo tales como para que no pudiesen en ‘absoluto’ llegar a una fusión y a una asimilación recíproca luego de un proceso molecular, lo cual en efecto ocurre, al menos en cierta medida30. El antagonismo burguesía-aristocracia terrateniente termina en la mayoría de los países occidentales, después de la victoria a nivel estructural de la primera, por la absorción de la segunda mediante la concesión de ciertos privilegios corporativos a nivel superestructural. En este caso, el cesarismo no presenta un carácter catastrófico.

En el mundo moderno, por el contrario, el cesarismo sirve como equilibrador entre fuerzas totalmente antagónicas que no pueden fundirse: el antagonismo se ve incluso acentuado por este régimen. Las únicas posibilidades de evolución marginal radican entonces en la situación internacional, en el “peso” internacional del país de que se trate, y en la debilidad relativa de uno de los grupos antagónicos.31

La solución cesarista permite por lo tanto una gran variedad de situaciones Desde este punto de vista, el fenómeno fascista constituye un tipo de solución cesarista, pero que es consecuencia de una situación donde la crisis afecta simultáneamente al bloque histórico (crisis orgánica) y al reagrupamiento hegemónico (crisis entre la clase dominante y las clases auxiliares): frente a la amenaza de una crisis orgánica en beneficio de las clases subalternas (clase obrera) y frente a la debilidad del aparato de Estado, la clase auxiliar (en este caso la pequeña burguesía urbana y rural) se apodera del Estado (sociedad civil + sociedad política), y mantiene el bloque histórico existente en provecho de la clase fundamental (burguesía). De este modo, el sistema no cambia en lo fundamental, puesto que la burguesía mantiene la dirección económica, pero la pequeña burguesía, en lugar de ser un simple auxiliar que sirve de base social y de semillero de intelectuales subalternos para la burguesía, se adueña del Estado convirtiéndose en clase dominante en el nivel superestructural. La crisis orgánica desemboca de este modo en un reequilibrio en el interior del reagrupamiento dominante en beneficio de la clase auxiliar. De ahí que el fascismo sea una variedad del cesarismo.32

Frente a estas actitudes posibles de la clase dominante, ¿cuál puede ser la de las clases subalternas? A priori su situación es desfavorable: “La crisis crea peligrosas situaciones inmediatas porque los diversos estratos de la población no poseen la misma capacidad de orientarse rápidamente y de reorganizarse con el mismo ritmo”.33

Frente al potencial intelectual y estratégico de la clase dominante, y en la medida en que están al principio en una “posición defensiva34, las clases subalternas sólo podrán oponer su fuerza y pensar en la victoria si se organizan y se someten a una verdadera dirección. El problema para estas capas sociales consiste entonces en desarrollar su propio sistema hegemónico frente al sistema dominante.

No obstante, antes de examinar el problema del nuevo sistema hegemónico, conviene recordar una última condición importante, a saber, la duración de la crisis orgánica, ya que no deja de tener consecuencias sobre la orientación estratégica del sistema hegemónico de las clases subalternas.

III. LA DURACIÓN DE LA CRISIS ORGÁNICA

Así como la crisis orgánica no es un fenómeno repentino, tampoco es una situación efímera. Por su carácter orgánico, esta crisis de hegemonía refleja la crisis de la estructura y sigue, por lo tanto, su evolución. De ahí que una situación así pueda prolongarse durante un largo periodo histórico, “por decenas de años”. “Esta duración excepcional significa que en la estructura se han revelado (maduraron) contradicciones incurables y que las fuerzas políticas, que obran positivamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se esfuerzan sin embargo por sanear y por superar dentro de ciertos límites”.35

Esta duración es por lo tanto, la consecuencia de los esfuerzos de la superestructura por mantener el antiguo sistema. Un análisis correcto de la crisis deberá entonces distinguir los fenómenos orgánicos de los esfuerzos coyunturales del personal dirigente por contenerla, y porque la ausencia de esta distinción significa que “no se tiene en cuenta al factor ‘tiempo’ y en última instancia ni la misma ‘economía’ en el sentido de que no se entiende como los hechos ideológicos de masa están siempre en retraso con respecto a los fenómenos económico de masa y cómo, por lo tanto, el impulso automático debido al factor económico es en ciertos momentos demorado, trabado y hasta destruido momentáneamente por los elementos ideológicos tradicionales36. Por otra parte, este tipo de crisis es el caso normal en los países occidentales donde la superestructura, y especialmente la sociedad civil, está muy desarrollada y es muy resistente.

Gramsci cita el ejemplo de los acontecimientos que se sucedieron en Francia desde 1789 a 1871. Los historiadores se han dividido acerca de los verdaderos límites de la Revolución francesa. Se trata en realidad, explica Gramsci, de una crisis orgánica de larga duración que no termina sino cuando la burguesía asienta duramente su poder derrotando no solamente “a los representantes de la vieja sociedad que se niegan a considerarla perimida, sino también a los grupos más nuevos que consideran como superada también a la nueva sociedad37. Es con la derrota de la Comuna que remata la crisis orgánica desencadena en 1789. Entre estos dos acontecimientos, la crisis fue puntuada por una serie de desórdenes sociales y políticos (crisis agudas), en los cuales las fuerzas se enfrentaron militarmente y donde se estableció un nuevo equilibrio de fuerzas: 1789, 1794, 1799, 1804, 1815, 1830, 1848, 1870. Pero en cada oportunidad el período de estabilización es más largo, porque la nueva clase dirigente controla en mayor medida la sociedad. Después de cada crisis aguda, el enfrentamiento termina ya sea con la recomposición de la superestructura o bien con la instauración de un régimen cesarista: cesarismo progresivo, cuando la burguesía utiliza a Napoleón I para consolidar sus victorias sobre la aristocracia; cesarismo regresivo el de Napoleón III, que defiende la hegemonía de la burguesía contra las nuevas fuerzas progresivas. En 1871 son aplastadas las últimas fuerzas que se oponen a la dirección de la clase fundamental, lo que lleva, con la instauración del régimen “definitivo”, al abandono de los “principios de estrategia y de táctica política nacidos prácticamente en 1789 y desarrollados en forma ideológica alrededor de 1848”.38

Esta duración de la crisis no es fortuita y se explica por el carácter mismo del bloque histórico, por la resistencia relativa de la superestructura. Según la duración de la crisis, las fuerzas en presencia, especialmente las clases subalternas, deberán adoptar una estrategia diferente. Por lo tanto, la naturaleza de la crisis orgánica y las condiciones de su desarrollo, influyen directamente sobre la formación del nuevo sistema hegemónico.

IV. EL NUEVO SISTEMA HEGEMONICO

Una crisis orgánica desemboca en un nuevo sistema hegemónico sólo si las clases subalternas consiguen, incluso antes del estallido de la crisis, organizarse y construir su propia dirección política e ideológica. Este problema es difícil de resolver ya que, por una parte, una clase es verdaderamente homogénea recién cuando se adueña del Estado -sociedad civil +sociedad política- y, por otra parte, las clases subalternas, en razón de su situación en el seno del bloque histórico tienen posibilidades reducidas Para organizarse: la mayoría de las veces están excluidas de la vida política real por falta de intelectuales, ya que sus representantes son en realidad los intelectuales orgánicos Subalternos de la clase dominante y su organización autónoma no sobrepasa generalmente el estadio económico- corporativo. En Alcuni temi Gramsci constata además que “el proletariado es, como clase, pobre en elementos organizativos, y no tiene ni puede formarse un estrato propio de intelectuales sino muy lentamente, muy fatigosamente, y sólo después de la conquista del poder estatal“.39

La primera etapa consiste entonces en “escindirse” del sistema hegemónico de la clase dirigente con lo que el carácter esencial de la crisis orgánica aparece en esta ruptura entre las clases subalternas y la ideología dominante. Pero esta escisión sólo es duradera si va acompañada de una toma de conciencia ideológica y política: este espíritu de escisión, idea que Gramsci toma de Sorel, debe ser “la adquisición progresiva de la conciencia de su propia personalidad histórica“.40 Esta conciencia de clase será obra de quien sea la futura clase fundamental entre las clases subalternas, del protagonista esencial a nivel de la estructura económica.

Esta clase esencial, que aspira a la dirección del nuevo bloque histórico, debe crear entonces los intelectuales orgánicos que le darán su propia concepción del mundo y que organizarán un sistema hegemónico sobre las otras clases subalternas:

“Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas, es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en ‘partido’, se confrontan y entran en lucha hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social, determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en tomo a las cuales hierve la lucha no sobre un plano corporativo sino sobre un plano universal y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados”.41

La hegemonía implica que el grupo esencial no solamente cree sus propios intelectuales, sino también absorba a aquellos de los otros estratos aliados. En este caso, estos estratos son también subalternos, de forma tal que será necesario quebrar el bloque ideológico que los liga a la clase dirigente: “Siempre es necesaria una iniciativa política apropiada para liberar al impulso económico de las trabas de la política tradicional, o sea, para cambiar la dirección política de ciertas fuerzas que es preciso absorber para realizar un nuevo bloque histórico económico político, homogéneo, sin contradicciones internas”.42

Una iniciativa de este tipo, es decir la formación de un sistema hegemónico que implique el consenso de los grupos aliados, no podrá triunfar sino por medio de un compromiso:

“Y ya que dos fuerzas similares no pueden fundirse en un organismo nuevo sino a través de una serie de compromisos o mediante la fuerza de las armas, por la unión en el terreno de las alianzas o la subordinación de la una a la otra mediante la coerción, la cuestión es saber si se dispone de esta fuerza y si es ‘productivo’ emplearla. Si la unión de dos fuerzas es necesaria para vencer a una tercera, el recurso de las armas y de la coerción (dado que se tiene disponibilidad de ellos) es una pura hipótesis metódica y la única posibilidad concreta es el compromiso, ya que la fuerza puede ser empleada contra los enemigos y no contra una parte de sí mismo que se desea asimilar rápidamente y de la cual es preciso obtener su ‘buena voluntad’ y entusiasmo”.43

Una de las preocupaciones constantes de L’ Ordine Nuovo y más tarde del PCI, afirma Gramsci en 1926 en Alcuni temi, fue la de quebrar el bloque intelectual del Mezzogiomo, para que se formara, como “formación de masas44, una tendencia de izquierda en el seno de los intelectuales, y especialmente entre los intelectuales subalternos, a fin de ligar orgánicamente las clases sociales subalternas a la nueva clase fundamental; de ese modo, la escisión ideológica y política “tenderá a extenderse de la clase protagonista a las clases potencialmente aliadas“.45

El nuevo sistema hegemónico concentra alrededor de un grupo líder y de sus intelectuales a los otros estratos sociales subalternos y a los intelectuales radicales normalmente encargados de integrar estas masas a la clase dominante, y que han abandonado el bloque intelectual de ésta. Tal es el esquema ideal. En realidad, Gramsci reconoce que esa tendencia de los grupos subalternos a la unificación “se rompe constantemente por la iniciativa de los grupos dirigentes46, sea por la reabsorción de intelectuales disidentes, o bien por el aplastamiento, si es preciso por la fuerza, de la dirección de estos estratos sociales. Las clases subalternas no deben limitarse, por lo tanto, a una dirección ideológica y política totalmente autónoma, sino que deben completarla con una dirección “militar“.

Si la crisis orgánica se caracteriza por la pérdida, por parte de la clase fundamental, de su hegemonía, esta clase conserva el control de la sociedad política, lo que significa que “los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, incluso cuando se rebelan y se levantan47. La única posibilidad de paliar esta inferioridad es organizando el nuevo sistema hegemónico de tal suerte que las masas puedan ser movilizadas inmediatamente cuando estalla la crisis orgánica:

“El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza tal existe y está impregnada de ardor combativo). Es por ello una tarea esencial la de velar sistemática y pacientemente por formar, desarrollar y tomar cada vez más homogénea, compacta y consciente de sí misma a esta fuerza”.48

Una preparación así es obra de los intelectuales orgánicos de las clases subalternas, es decir, del partido político. De ahí que el problema esencial sea la calidad de los dirigentes políticos y de los militantes -que Gramsci califica de fuerzas de primera línea. Esta organización, además de compensar eventualmente la inferioridad material, permite sobre todo evitar que una iniciativa de la clase dominante tome por sorpresa a las clases subalternas. En ausencia de esta preparación,

“la vieja sociedad resiste y se asegura un período de ‘respiro’, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementerios y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero”.49

Dirección ideológica y dirección político-militar son entonces las dos condiciones necesarias en una verdadera lucha de las clases subalternas contra el sistema hegemónico dominante. La forma en que se combinen nos dará cuenta de la estrategia adoptada.

V. LA ESTRATEGIA DEL NUEVO SISTEMA HEGEMÓNICO

La estrategia de las clases subalternas no deriva de una simple elección política, sino que es la resultante orgánica del análisis del bloque histórico concreto; esto tiene dos consecuencias:

– En primer lugar, la estrategia del sistema hegemónico de las clases subalternas debe ser una estrategia totalmente autónoma: la escisión ideológica y política debe extenderse al nivel estratégico: “en la lucha política es preciso no imitar los métodos de lucha de las clases dominantes, para no caer en fáciles emboscadas50. Gramsci pone el ejemplo de la lucha contra el fascismo, en donde la reacción de las clases subalternas osciló entre la pasividad y la reacción violenta. A la estrategia de guerra de movimiento de la clase dirigente, bajo la forma de milicias armadas privadas, se opusieron espontáneamente organizaciones populares similares, los Arditi del popolo, que jugaron un rol político nada despreciable. Sin dejar de subrayar la importancia positiva de estos movimientos, Gramsci constata que responder a esta estrategia de la clase dominante con una estrategia similar fue un error, ya que frente a grupos casi profesionales la clase obrera no podía organizarse de la misma manera: “una clase que debe trabajar todos los días con horario fijo no puede tener organizaciones de asalto permanentes y especializadas como una clase que tiene amplias disponibilidades financieras y no está ligada, con todos sus miembros, a un horario fijo51. “La única posibilidad estratégica era en realidad una guerra de posiciones bajo la forma de un frente antifascista, es decir, una estrategia autónoma52.

-La segunda necesidad consiste en determinar esta estrategia en función del análisis minucioso del bloque histórico y fundamentalmente de la importancia de la sociedad civil y de la sociedad política, El análisis de la importancia respectiva de estos dos elementos de la superestructura muestra que la estrategia utilizada para derribar el bloque histórico debe variar según la primacía de uno u otro de ellos. Como señalan Tamburrano 53 y Piotte 54.

Gramsci se sorprendió frente al fracaso de la revolución en Italia y su triunfo en Rusia, cuando en realidad ambos países tenían características sociales y económicas bastante parecidas. Encontró la diferencia esencial en el desarrollo desigual de la superestructura en los dos países. Muy débil en Rusia, la sociedad civil formaba lo esencial de la superestructura italiana: “En Oriente el Estado era todo, y la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre el Estado y la sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil55.

Esta diferenciación fundamental no es sin embargo reciente. Cuando analiza la Revolución francesa, Gramsci muestra cómo antes de que la lucha devenga política y militar, la burguesía libra una enconada batalla ideológica contra la aristrocracia, en la que la Reforma constituye sus premisas, y que se desarrolla en el siglo de las Luces: la clase subalterna esencial combate a la clase dirigente tradicional en el terreno ideológico, disgrega su bloque intelectual antes de adueñarse de la sociedad política.

Según Gramsci los mismos principios deben prevalecer en la lucha de la clase obrera occidental contra la burguesía; articulando este análisis de la superestructura con el de las estrategias militares utilizadas a principios de siglo y especialmente en el curso de la primera guerra mundial, Gramsci infiere que la estrategia de las clases subordinadas debe adaptarse a la superestructura del bloque histórico: en los países que poseen una fuerte sociedad civil, la lucha no puede sino tomar la forma de una “guerra de posiciones“: allí el Estado (sociedad política) es “sólo una trinchera avanzada, detrás de la cual existe una robusta cadena de fortalezas y casamatas” (la sociedad civil)56. Este análisis explica, además de su concepción de la crisis orgánica, la importancia que otorga a la disgregación del bloque intelectual de la clase dirigente.

Por el contrario, en los países en que como la Rusia de 1917, la sociedad civil es “primitiva y gelatinosa“, la lucha es esencialmente política y militar y debe tomar la forma de una “guerra de movimiento”.

Esta diferencia estratégica explica las dificultades que las clases subalternas encuentran para subvertir el bloque histórico en los países occidentales: si atacan en primer término a la sociedad civil, tropiezan con un bloque intelectual muy difícil de quebrantar y que tiende incluso a absorber sus élites con procedimientos tales como el transformismo y llega hasta a suprimirlas por la fuerza. Si, por el contrario, las clases subalternas eligen luchar en primer término contra la sociedad política, ésta será suplantada por la sociedad civil que suscitará fuerzas “privadas” paramilitares, o bien, en caso de éxito “político“, sufrirán la influencia ideológica de la antigua sociedad civil que no conquistaron previamente.

Analizando el ejemplo de la burguesía francesa en el siglo XVIII, y siendo testigo del fracaso de la estrategia revolucionaria luego de la primera guerra mundial, Gramsci se decide por la primacía de la lucha ideológica; las clases subalternas deben conquistar en primer lugar la sociedad civil: “Un grupo social puede y hasta tiene que ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo (ésta es una de las condiciones principales para la conquista del poder)57.

En su libro La pensée politique de Gramsci Jean Marc Piotte señala que el análisis de Gramsci en los Cuadernos marca un viraje en relación al período de L’Ordine Nuovo en el que intentó “calcar” el ejemplo ruso sobre Italia. Es verdad que esta evolución coincide con el importante debate que se desarrolló en el seno de la III Internacional acerca de la nueva estrategia a adoptar después del fracaso de la revolución. Pero la crítica gramsciana a Trotski o a Rosa Luxemburg no es coyuntural 58. En los Cuadernos Gramsci se convence firmemente que la estrategia de la guerra de posiciones no responde -como algunos comentaristas han concluido un poco prematuramente- a necesidades inmediatas que obligan a un repliegue estratégico, sino al análisis minucioso de los bloques históricos occidentales: de ahí que en los Cuadernos haga un examen minucioso de las revoluciones burguesas, compare el rol de Maquiavelo y de los jacobinos con el del partido comunista, etc

Optar por la guerra de movimiento en los países donde la sociedad civil es muy resistente incluso a “las irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.)59 Gramsci además pudo constatar el hecho de que la burguesía resistiera en todas partes la crisis de 1929- no es, por lo tanto, un simple error estratégico, sino un grave error teórico, una deformación mecanicista del análisis del bloque histórico concreto.

Por último, la guerra de posiciones corresponde a las necesidades de clase: la guerra de movimiento, en tanto exige duros sacrificios a las clases subalternas, solamente es válida cuando existe la posibilidad de un triunfo definitivo. Por su situación de clase, estos grupos -tal como lo constata Gramsci a propósito del movimiento de los Arditi del popolo- pueden permitirse una perra de movimientos sólo cuando ésta demuestra ser la solución necesaria.

Significa esto que la guerra de movimiento debe ser abandonada por completo? No; simplemente ella se limita a las luchas secundarias: “en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por lo tanto, no se movilizan todos los recursos de la hegemonía del Estado; pero cuando, por una u otra razón, esas posiciones han perdido todo valor y sólo importan las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren cualidades excepcionales de paciencia y de espíritu de invención“.60

Sólo si -como consecuencia de una crisis orgánica aguda- la sociedad se derrumba, se impone un cambio estratégico.

En política -afirma Gramsci- el error proviene de una comprensión equivocada de lo que es el Estado en su sentido integral: dictadura + hegemonía61. En resumidas cuentas, las clases subalternas y sus intelectuales deben adoptar una estrategia que se adopte al bloque histórico del cual forman parte y especialmente a la relación entre sociedad civil y sociedad política en ese bloque.

 NOTAS

1. Mach., p. 88

2. Mach., p. 88 

3. P., p. 58 (en esp. Antol., p. 313)

4. R., pp. 71-72

5. Mach., p. 67

6. Mach., p. 76

7. Mach., p. 78

8. Mach., p. 78

9. P., p. 37-38 (en esp. Antol., p. 313-314)

10. Mach., p. 76-77

11. A. Pizzorno, op. cit. pp. 55-56

12. Mach., p. 137

13. Mach., p. 138

14. O. N., p. 24

15. R., pp. 112-114

16. P., p. 55 (en esp. Antol., p. 309)

17. C. P. C., p. 150 (en esp. Antol., p.193)

18. C. P. C., p. 150 (en esp. Antol., p.193)

19. O. N., p. 23

20. R., pp. 197

21.  P., p. 58 (en esp. Antol., p. 311)

22. P., p. 58 (en esp. Antol., p. 312)

23. P., p. 58 (en esp. Antol., p. 312)

24. Mach., p. 77

25. Ibid.

26. Ibid.

27. Mach, p. 76

28. Mach, p. 84

29. Mach., p. 87

30. Mach., p. 87

31. La segunda evolución sufrida por el cesarismo se sitúa a nivel político: el cesarismo del “hombre providencial” tiende a ser remplazado por el “cesarismo sin César”. El régimen parlamentario y el papel de los partidos políticos permiten múltiples combinaciones. Es así que los gobiernos de coalición constituyen, según Gramsci, el grado inicial de cesarismo, que podrá evolucionar hacia un cesarismo “puro” (evolución política italiana de 1922 a 1925) o permanecer en el nivel inicial (gobierno de Mac Donald). Cf. Mach, pp. 84-86.

Del mismo modo, los partidos políticos y hasta los sindicatos pueden ser utilizados, por medio de la corrupción o el terror, como órganos de policía política y suministrar la base de un régimen cesarista “sin necesidad de acciones militares en vasta escala, tipo César o 18 Brumario” (Mach., p. 86). El cesarismo moderno se ha convertido en un fenómeno policial más que militar (ver Mach., p. 88).

32. El cesarismo también puede limitarse a un conflicto interno al sistema hegemónico; es el caso del affaire Dreyfus.

33. Mach., p. 77

34. R., p. 193

35. Mach., p. 77

36. Mach., p. 72

37. Mach., p. 69

38. Mach., p. 69

39. C. P. C., p. 158 (en esp. Antol., p. 199)

40. P., pp. 172-173

41. Mach., p. 72

42. Mach., p. 62

43. Ibid.

44. C. P. C., p. 158 (en esp. Antol, p. 199)

45. P., p. 173

46. R., p. 193 (en esp. Antol., p. 493)

47. R., p. 193 (en esp. Antol., p. 493)

48. Mach, pp. 76-77

49. Mach., p. 75

50. Mach, p. 91.

51. Mach., p. 91.

52. Sobre los “arditi del popolo”, ver P. Spriano, “Gramsci, il fascismo e gli ‘arditi del popolo”‘, en Prassi rivoluzionaria e storicismo, ‘pp. 175-199.

53. Especialmente en Gramsci y la hegemonía del proletariado” en Gramsci y El marxismo, Ed. Roteo, Buenos Aires, 1965, pp. 107-116.

54. J. M. Piotte, op. cit., pp. 161-177.

55. Mach, pp. 95-96

56. Mach, pp. 96

57. R., p. 193 (en esp. Antol., p. 486)

58. Op. cit., pp. 167 y ss. Sobre la polémica en el seno de la III Internacional, ver J. M., Piotte, op. cit., pp. 172-176 y sobre todo R. Paris, “Gramsci e la crisis teorica del 1923” en Gramsci e la cultura contemporanea, T. 2, PP. 29-44

59. Mach, p. 94.

60. P., p. 71 (en esp. Antol p. 292).

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Una respuesta a El nuevo bloque histórico

  1. Alejandro dijo:

    Excelente

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