La cuestión nacional según Otto Bauer. Notas críticas en torno a un clásico

¿Qué es una nación?. ¿Es un acto de voluntad?, ¿un plebiscito cotidiano, como proclamaba Renan?. ¿Basta con compartir una lengua o decidirlo en un referendum?…Todas estas interrogaciones y más son las que plantea un concepto como el de nación. Y si le añadimos otros como autodeterminación, independencia o principio de las nacionalidades, la cosa ya se nos desbarata. Pero esto no es de ahora, ya viene de lejos.

bauer (Fauves)

Como recordareis, Marx desde Cero se comprometió a tratar de aclarar la relación entre marxismo y nación.  A la anterior entrada (aquí), hoy hemos seleccionado un interesante trabajo de Damián López en el que nos vamos a introducir por un lado, en las aportaciones sobre este tema por parte de un influeyente marxista de la II Internacional, Otto Bauer. Por otro lado, nos va a explicar eso del “austromarxismo” y de algunas de sus figuras. Y por último nos va a servir para entender la postura de un partido socialdemócrata (el austriaco) que tenía que dar respuesta a la situación de las diferentes nacionalidades que formaban el Imperio austro-húngaro. Además, nos ofrece una vasta bibliografía sobre el tema. ¿Dispuestos a afrontar la segunda entrega?…

Salud y república. Olivé

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La cuestión nacional según Otto Bauer

Notas críticas en torno a un clásico

Damián López

Resulta bastante corriente señalar el llamativo desfase existente entre la emergencia y expansión del nacionalismo y los Estados nacionales durante los siglos XIX y XX y el tardío desarrollo de teorías y estudios de caso que los analizaran en profundidad. Como es sabido, el boom sobre tales temas se produjo fundamentalmente a comienzos de los ’80 (1), aunque aun antes pueden rastrearse algunos importantes antecedentes que, desde las más diversas corrientes de interpretación, y según el autor que se trate, fueron rescatados posteriormente en cuanto habrían anticipado elementos relevantes. Entre esta diversa bibliografía, que va de Ernest Renan a Karl Deutsch, algunas veces se incluyen los debates sobre la cuestión nacional dentro del marxismo, destacándose aquí por su cantidad y calidad la producción de importantes figuras de la Segunda Internacional (1889-1914) como Karl Kautsky, Rosa Luxemburg, Lenin, etc (2). Sin embargo, en este segundo caso se trata en general de investigaciones que se centran en el contexto específico de producción y en la discusión teórica al interior del marxismo; los libros de referencia sobre el nacionalismo, en tanto, normalmente otorgan poca relevancia teórica a aquellos aportes.

Aunque esta percepción sobre la inactualidad teórica de los acercamientos al problema nacional por parte de los miembros de la Segunda Internacional es materia de un arduo debate que no podemos presentar aquí por razones de espacio, puede decirse que en términos generales existen ciertos déficit comunes en la mayoría de ellos que en parte la sustentan. Es que en rigor se trataba de los primeros esfuerzos por analizar un fenómeno prácticamente no tematizado en la obra de Marx y Engels. A partir de este pobre legado, los marxistas de la Segunda Internacional debieron ensayar posiciones en relación a un fenómeno que cobraba cada vez mayor relevancia, y debe reconocérseles que, tal vez impulsados por necesidades prácticas, produjeron algunas obras de gran profundidad comparadas con las disponibles en aquel contexto. Debe destacarse, por otra parte, que esos estudios sólo pueden comprenderse en relación con otros debates que delimitaban las distintas posiciones en pugna dentro de la Segunda Internacional: la cuestión colonial, la discusión en torno al reformismo, etc. Esto último implicaba cierto desplazamiento teórico hacia problemas relacionados, aunque no idénticos, al de la caracterización de los Estados y movimientos nacionales. Por eso, en esos escritos nos encontramos generalmente con elementos relevantes para una teoría sobre el nacionalismo, aunque estos se hallan dispersos, ya que se articulan en función de resolver otros problemas; como resultado, su lectura nos deja muchas veces la sensación de una elusión, o subvaloración de la problematicidad propia del fenómeno nacional.

Existe sin embargo una obra producida por un miembro de la Segunda Internacional a la que no puede reprochársele formalismo alguno ni subestimación del papel histórico de las naciones en el siglo XX que comenzaba. En ella se intentaba «ensayar el método marxiano de investigación social en un nuevo campo de trabajo». Se trata del brillante libro del marxista austríaco Otto Bauer La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia (3), una de las obras más lúcidas y eruditas producidas dentro de esta tradición, y tal vez la más importante sobre el tema en su propio tiempo. Terminado en 1906, el libro fue publicado por primera vez en 1907, y contó con una segunda edición en 1924.

Muy influyente –y discutido– dentro de la Segunda Internacional, el trabajo de Bauer es a veces citado, pero escasamente valorado, por la mayoría de los investigadores actuales del nacionalismo. Pero aquellas razones que explican en parte la percepción sobre la inactualidad del aporte de los miembros de la Segunda Internacional (dejamos de lado el hecho de que un análisis más preciso matizaría esto), difícilmente puedan esgrimirse en el caso de Bauer. Aunque el contexto sea compartido, su trabajo requiere especial atención, lo cual sólo se ha reconocido en escasísimos casos. A poco más de cien años de la publicación de un libro con sabor a clásico, el objetivo de este artículo es, aunque sin pretender ser exhaustivo, recorrer algunos problemas nodales del mismo, estableciendo un balance preliminar sobre el aporte de esta obra y su relación con algunos debates actuales entre los más influyentes estudios del nacionalismo. Pero antes de esto, será necesario comenzar diciendo algo sobre el específico contexto de producción del libro, ya que no es casual que el mismo haya sido escrito por un miembro de la socialdemocracia austríaca, perteneciente al denominado «austromarxismo», en los albores de la crisis de un Estado multinacional como el imperio austrohúngaro.

El Austromarxismo y la Socialdemocracia

El rótulo «austromarxismo» hace alusión a un grupo de intelectuales y políticos miembros del Partido Socialdemócrata Austríaco, nucleados en sus inicios en el círculo «Porvenir» (Zukunft) fundado en 1903. Entre sus miembros más prominentes se encontraban Max Adler (1873-1937), Rudolf Hilferding (1877-1943), Karl Renner (1870-1950), Friedrich Adler (1879-1960), Gustav Eckstein (1875-1916) y Otto Bauer (1881-1938). A partir de 1904, el grupo comenzó a editar la serie Marx-Studien, donde aparecieron libros de una sorprendente erudición y profundidad. Entre los más importantes, pueden citarse Causalidad y teleología en la lucha en torno a la ciencia, de Max Adler (1904), El capital financiero, de Hilferding (1910) y La cuestión de las nacionalidades y la Socialdemocracia, de Bauer. Poco después, desde 1907 comenzó a publicarse Der Kampf (La lucha, fundada por Renner, Bauer y Adolf Braun), revista política del partido en la que los miembros del grupo volcaron sus posiciones, y donde Bauer escribiría más de un centenar de artículos.

Es importante aclarar que los austromarxistas no conformaban una línea política definida dentro del partido, y aunque se distinguían por una actitud similar ante la labor intelectual, sus investigaciones muestran una llamativa variedad temática y de intereses. En lo político, si bien coincidían en la convicción de que las mejoras económicas, sociales y políticas dentro del capitalismo eran posibles y un objetivo sustantivo para la socialdemocracia, se oponían a la versión revisionista que sostenía que las mismas irían abonando gradualmente la transición hacia el socialismo sin necesidad de luchas a veces violentas ni revolución política. Pero más allá de este consenso muy general, las diferencias dentro del grupo eran evidentes; luego de la crisis de la primera guerra, estas diferencias se agravarían, y aunque todos seguirían dentro del campo socialdemócrata, lo harían alineándose al centro, derecha o izquierda del partido según el caso. En cuanto al trabajo intelectual, muchas veces se ha presentado a los austromarxistas como «marxistas kantianos», definición que sin ser inexacta –las influencias fueron más variadas en el grupo en general y con diversos matices en cada miembro en particular–, debe interpretarse más en el sentido de una concepción compartida sobre los criterios de cientificidad que en el de un homogéneo esfuerzo por constituir una corriente teórica coherente (sólo Max Adler y en cierta medida Bauer intentaron explícitamente elaborar una síntesis entre el marxismo y el neokantismo en boga en la Viena de principios del siglo pasado). Como indica el historiador del marxismo Leszek Kolakowski, lo sustancial de la influencia kantiana sobre los austromarxistas fue despertar «su interés en reexaminar los amplios fundamentos teóricos y epistemológicos del marxismo, que la crítica kantiana en particular había mostrado plagada de vacíos y ambigüedades» (4). Era necesario, por tanto, posicionarse desde un punto de vista «crítico», y esto implicaba una revisión del legado de Marx, otorgando bases sólidas a la teoría y avanzando en campos que no se encontraban suficientemente desarrollados en su obra (por ejemplo en una teoría sobre el Estado y sobre la nación). Esto dio lugar a una práctica teórica flexible y atenta al diálogo con diversas tendencias, ya que creían que esta actitud era imprescindible para otorgarle un firme estatus científico y actualidad práctica.

Los austromarxistas conformaban un grupo inserto dentro del particular campo del movimiento obrero, sindical y político socialdemócrata austríaco, movimiento de masas unificado bajo la coordinación del partido. La importancia de este último se había puesto de manifiesto desde muy temprano, ya que a poco de ser creado (fines de 1888) organizó en 1890 las movilizaciones más grandes de Europa por la reducción de la jornada laboral a 8 horas. De estructura –y programa, en cuya redacción tomó parte Kautsky– similar a su par alemán, el partido contaba con sindicatos, círculos, asociaciones, etc., que no solamente intentaban organizar las luchas por las mejoras económicas y políticas, sino también intervenir en la cultura, vida cotidiana y ocio de los trabajadores. Al igual que otros partidos socialistas europeos, la democratización política fue desde los inicios uno de sus principales objetivos, jugando un rol central en la lucha por la ampliación del sufragio. Así, luego de una serie de manifestaciones por la reforma electoral entre 1893 y 1895, se sancionó una primera apertura al voto de las clases bajas que permitió a los socialdemócratas obtener 14 diputados en el parlamento imperial (Reichsrat) en 1897. Una segunda reforma forzada en parte por las manifestaciones y huelga general de 1905 dio lugar a que en 1907 la socialdemocracia obtuviera 87 diputados, convirtiéndose en el partido mayoritario del parlamento. En fin, la organización socialista austríaca parecía ser un ejemplo dentro de la Segunda Internacional: culta y disciplinada, sin disidencias internas importantes y de gran éxito en la obtención de resultados en sus objetivos inmediatos; representaba, de alguna manera, aquel modelo previo a la conmoción de la primera guerra, de vinculación entre socialismo y democracia, y de confianza en que si bien era necesaria una intervención de las fuerzas progresistas para superar los males del capitalismo, aquellas conquistas paulatinas confirmaban que el desarrollo histórico estaba de su parte, determinando por sí mismo la cercanía del triunfo final.

Hasta su muerte, el líder indiscutible de la socialdemocracia austríaca fue Víctor Adler (1852-1918). Más organizador que teórico, Víctor Adler siempre demostró un carácter conciliador entre las distintas tendencias partidarias, y bregó incansablemente por la unidad. De posiciones cercanas a Kautsky, se opuso al revisionismo, aunque intentó mediar a fin de evitar posibles fracturas en el movimiento. De gran prestigio en la Segunda Internacional, sus intervenciones siempre fueron consideradas de peso, a tal punto que con la muerte de August Bebel, en 1913, se lo vio como uno de los líderes de la misma. Ante la crisis que dio lugar a la Primera Guerra Mundial, Víctor Adler adhirió al inicio de las hostilidades, aduciendo el peligro que significaría la agresión rusa, a lo cual se sumaban los estrechos vínculos con Alemania. Sin embargo, en la socialdemocracia austríaca se conformaría rápidamente un grupo antibelicista (uno de los miembros más importantes del mismo fue Friedrich, hijo de Víctor Adler, quien renunció a su cargo de secretario del partido, y en 1916 mató al Primer Ministro austríaco, el conde Karl Von Stürgkh). Ante la muerte de Víctor Adler, poco antes de la proclamación de la primera República Austríaca, en 1918 (ya convertida en un pequeño Estado compuesto por los territorios con mayoría alemana del desmembrado imperio), Otto Bauer se transformaría en el líder del partido hasta que en 1934 el gobierno de derecha recientemente instalado en el poder determinaría la ilegalidad y el exilio obligado.

Pero antes de que la guerra quebrase a la Segunda Internacional y pusiese fin al mismo Imperio Austro-Húngaro, los socialdemócratas austríacos pudieron sostener con orgullo que su partido era también un ejemplo en cuanto a las posibilidades de colaboración entre movimientos obreros de distintas nacionalidades, considerándose como una internacional «en pequeño». Efectivamente, a partir del programa de Brünn de 1899, había quedado establecida una organización que reconocía secciones nacionales con instituciones propias y gran autonomía, aunque compartían un comité ejecutivo unificado. El Imperio se caracterizaba por ser un Estado multinacional que abarcaba a una muy variada cantidad de grupos con culturas e identidades bien diferenciadas, distribuidos territorialmente en algunos casos de manera relativamente clara, pero en muchos otros muy abigarrada; el partido ensayó entonces una estructura federal a fin de apaciguar las posibles tensiones que podría ocasionar la hegemonía de los alemanes sobre el resto. Vale aclarar, de todas maneras, que esta solución sólo era efectiva para la mitad austríaca del Imperio. En la zona húngara, existía una organización socialista independiente del partido austríaco –por otra parte mucho más débil– (5). Tampoco las minorías bajo autoridad imperial húngara participaban del movimiento austríaco. Los rumanos, eslovacos, y otros grupos bajo el gobierno húngaro debieron soportar una agresiva política de «magiarización» que contrastaba con la relativa tolerancia hacia las minorías en la zona austríaca.

Por otro lado, si bien desde el Congreso de Brünn la socialdemocracia austríaca adquirió una estructura federativa, con representación de alemanes, checos, polacos, eslovacos, ucranianos, italianos y eslavos, sólo los tres primeros grupos tenían relevancia a la hora de definir la orientación partidaria. Dado su menor número y características sociales (se encontraban en zonas de escaso desarrollo económico, donde la socialdemocracia tenía menos adherentes), el papel del resto era menor. Además, la hegemonía alemana era un hecho difícilmente disimulable: en torno a esta hegemonía, discutida sobre todo por las vigorosas tendencias autonomistas checas, comenzaría una disputa que obligó a repensar el problema nacional y su relación con la organización partidaria. Es en este clima que Otto Bauer escribiría, a partir de un pedido de Víctor Adler, La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia.

La nación como comunidad de destino

«No se capta todo el fenómeno nacional sino por sus ambivalencias. Sin las ambivalencias, la visión necesariamente resulta truncada. Las ambivalencias, ya sean explícitas o implícitas, abundan siempre, en el interior de una misma concepción, entre concepciones competidoras o rivales» (6).

Comenzaremos nuestro análisis de la compleja teoría contenida en la obra mayor de Bauer con una sintética exposición de los pasos argumentativos que allí se desarrollan para llegar a una definición de nación. La intención de este recorrido es detectar ciertas tensiones teóricas que, en rigor, nos colocan frente a la propia problematicidad del fenómeno nacional, emergiendo así el núcleo de la riqueza y la actualidad del texto. Se propone, en fin, una lectura instalada en las ambigüedades conceptuales, en la apertura a preguntas que aún hoy se hallan con una miríada de respuestas en pugna, determinadas en parte, como bien indica Gil Delannoi en la cita precedente, por las propias contradicciones de su objeto de estudio.

En busca de una definición satisfactoria de nación, Bauer parte de la existencia de diversidades «…que aparecen en la estructura básica del espíritu, en el gusto intelectual y estético, en el modo de reaccionar a los mismos estímulos, cosas en que fijamos la atención si comparamos la vida espiritual de las diferentes naciones, su ciencia y su filosofía, su poesía, música y arte plástica, su vida pública y social, su estilo y sus hábitos de vida» (7). Se trata de características culturales que distinguen a los miembros de diferentes naciones. Por eso las naciones se presentan, en primer lugar, como comunidades de carácter. Ahora bien, esta constatación, según Bauer, no nos explica de ninguna manera el obrar de los individuos de tal o cual nación: cada connacional tiene además de connotaciones comunes al resto, otras derivadas de su específico lugar de residencia, clase, profesión, etc. (que son otros tipos de comunidades de carácter), a las que se suman las propiamente individuales. De esta manera, Bauer critica a quienes intentaron, en su tiempo, construir estereotipos nacionales que explicarían las acciones individuales (en su opinión, esta perspectiva se ejemplifica con los estudios de Werner Sombart sobre los judíos). En síntesis, para Bauer la nación es una comunidad de carácter relativa, ya que es solamente una de las múltiples determinaciones del carácter individual.

Por otra parte, Bauer critica toda concepción sustancialista que mantenga la perdurabilidad del carácter nacional, sea desde lo racial o desde un enigmático «espíritu del pueblo» –según él, un «esencialismo metafísico» del romanticismo–, ya que «sEl carácter nacional es modificable. La comunidad de carácter vincula a los miembros de una nación durante determinada época, pero de ningún modo a la nación de nuestro tiempo con sus antepasados de hace dos o tres siglos» (8). De esta manera, como indica Elías Palti, si bien Bauer sostenía la existencia de caracteres nacionales identificables, su rechazo a la idea de que éstos se encontraran inscriptos por siempre en cada nación en particular abrió una primera fisura en las versiones genealógicas de la nación (9). Pero si estas versiones organicistas y cuasinaturalistas eran rechazadas por la mayoría de los miembros de la Segunda Internacional, la particularidad del análisis de Bauer consiste en su énfasis en que, lejos de tratarse de un mero constructo ideológico burgués, o un fenómeno real pero de importancia fundamentalmente táctica en tanto secundario frente al conflicto de clases, la conformación de las comunidades de carácter nacional eran un hecho social (al decir de Durkheim), cuya emergencia provenía de causas profundas que merecían ser indagadas desde el marxismo: «El carácter nacional no es una explicación, sino algo por explicar. Con la constatación de la diferencia entre los caracteres nacionales la ciencia no ha resuelto el problema de la nación, sino que sólo lo ha planteado» (10). De esta manera asumió la problematicidad de la nación como objeto de estudio, surgiendo de allí su preocupación por desarrollar una teoría explicativa de lo nacional.

El punto nodal de esta teoría pasaba por concebir a la nación como una trama diacrónica, en un desarrollo fundamentado sobre bases «materialistas». En ella la existencia de la comunidad de carácter nacional no significa que los individuos de una nación sean similares entre sí, sino que sobre cada connacional actuó la misma fuerza, siendo esta fuerza la historia de un grupo humano en su lucha por la existencia. Así, «…la concepción materialista de la historia puede comprender a la nación como el producto jamás finiquitado de un proceso que se opera permanentemente, y cuya última fuerza motriz son las condiciones de la lucha del ser humano con la naturaleza, las transformaciones de las fuerzas productivas humanas, las modificaciones de las relaciones de trabajo humanas. Esta concepción hace de la nación lo histórico en nosotros» (11). Aunque Bauer no explícita en su libro la definición de fuerzas productivas, su análisis se resiste a una interpretación economicista. La ascendencia común (12) y fundamentalmente la conformación de una comunidad de tradición cultural (costumbres, usos, religión, etc.), son, según este autor, las dos modalidades mediante las cuales la historia común –el determinante básico– se sirve para ser eficaz, y «construir» el carácter nacional.

Queda conformado así un sistema que enfáticamente coloca a la historia en común como explicación última del singular carácter de cada nación. En el mismo, cada uno de los elementos que tradicionalmente se esgrimían como signos de nacionalidad (territorio, ascendencia, lengua, costumbres, etc.), se ordenan jerárquicamente en un esquema que aclara la relación de recíproca dependencia entre ellos. De allí se entiende la crítica de Bauer a las teorías sobre la nación que enumeran sin sistematizar a esos elementos (el autor las denomina teorías «empíricas»). Finalmente, se trata de aproximaciones que sólo describen formalmente, sin explicar, el fenómeno, con el agravante de que ese formalismo implica desconocer casos en los cuales no se presenta alguno de los elementos de la definición de nación que se considere (13). De aquí se desprende también la crítica a la teoría kautskiana del «nacionalismo por lengua en común» (14), ya que, para Bauer, la lengua es un elemento importante, pero no más que un medio de la comunidad de comunicación, parte a la vez de una comunidad de cultura.

Como se ve, comunidad es un concepto central de este análisis, concepto de amplia difusión en el medio alemán y que Bauer toma, aunque con ciertos cambios, de la famosa obra Comunidad y Sociedad de Ferdinand Tönnies (15). Mientras la sociedad (gesellschaft) se caracteriza por conformarse a través de una vinculación por normas «exteriores» (como la moral, el derecho, la lengua, etc.), la comunidad (gemeinschaft) surge por la acción duradera de una misma fuerza, el mismo modo de existencia o el mismo destino, transformándose en un vínculo intrínseco, y por lo tanto una voluntad esencial. En sus propias palabras, «Yo veo la esencia de la sociedad en la cooperación de los seres humanos bajo un estatuto exterior, y la esencia de la comunidad en el hecho de que el individuo, en cuanto a su ser espiritual y físico, es producto de innumerables interacciones entre él y los demás individuos ligados en una comunidad, y por ende forma de manifestación del carácter comunitario en el carácter individual» (16).

En su ensayo «Observaciones sobre la cuestión de las nacionalidades» (1908), Bauer aclara que detrás de su libro subyacía la idea de basarse en una sociología formal, que distinguiera las diferentes formas de asociaciones o instituciones sociales que median entre «el desarrollo de los procedimientos laborales y las relaciones de producción con las manifestaciones concretas de la conciencia individual que, en rigor, son las manifestaciones empíricas inmediatas de la historia» (17). Aunque la elaboración de esta proyectada doctrina de las formas sociales finalmente no se concretó, en el libro sobre las nacionalidades contamos sin dudas con un esbozo de la misma. Para Bauer, la nación es la fundamental comunidad social en la que se manifiesta acabadamente el carácter social humano. Y esto se debe a que se trata de una comunidad de cultura cristalizada a partir de una historia en común. Pero al mismo tiempo, la nación es un fenómeno fluido reconfigurado constantemente en el presente. De esta manera en ella se conectan las dimensiones pasadas y contemporáneas, el carácter histórico y las experiencias presentes (18). Llegamos así a la definición última de nación: «Nación es un conjunto de seres humanos vinculados por una comunidad de destino (schicksallgemeinschaft) en una comunidad de carácter» (19). Y «Comunidad no significa mera homogeneidad… comunidad de destino no significa sometimiento a un mismo destino, sino vivencia común del mismo destino, en permanente comunicación y continua interacción recíprocas» (20). Por eso, la nación se diferencia de otros conjuntos de carácter internacional como la clase social o profesión, determinadas por experiencias comunes (homogeneidad de destino) pero sin la misma densidad de comunicaciones e interacción.

Fundamentos de la nación

Nos encontramos entonces con una aparente paradoja: mientras podríamos afirmar que el énfasis de Bauer en el concepto de comunidad de destino, conlleva una concepción que al historizar sobre determinantes sociales a la nación lo distancia de todo sustancialismo nacionalista (la historia en común funciona como base de la conformación de las naciones), su afirmación de que las naciones son las formas de comunidad fundamentales en la mediación entre las estructuras económicas y el individuo, lo posiciona cercano a un formalismo apriorista que difumina el carácter histórico ya no de los específicos contenidos de cada nación, sino de las formaciones nacionales en sí (21). De hecho, en La cuestión de las nacionalidades… se presenta un «grandioso cuadro histórico» en el cual desde el «comunismo clánico germánico», hasta en el futuro socialista, la comunidad nacional ocupa un lugar primario como formación social humana. Si bien Bauer no se ocupa de analizar otras formaciones precapitalistas fuera de aquellas que antecedieron a la nación alemana de época capitalista, pareciera que para él la comunidad nacional es un fenómeno transhistórico, sustentado en determinantes antropológicos inmanentes, existente en el pasado remoto y cercano, y no un fenómeno emergente en el contexto de la modernidad y el desarrollo capitalista.

Y es que efectivamente, para Bauer la nación, «no existe en virtud de un estatuto exterior, sino que por lógica, y no históricamente, preexiste a todo estatuto». No es casual que como nota a esta afirmación Bauer cite a Max Adler, ya que puede inferirse que creía que la nación era la formación social en que se concretizaba en el ámbito cultural el ser social del hombre, un atributo constitutivo de la conciencia que Adler conceptualizó, en clave neokantiana, como «a priori social» (o sea, un atributo trascendental no histórico, sino condición previa a la experiencia donde se sustenta la universalidad de la ciencia). De acuerdo con esto, Bauer agregaba que si bien la interacción y cooperación humana que da lugar a la ciencia se basa en normas necesarias (lo contrario lo haría recaer en una suerte de relativismo cultural radical), al pasar al ámbito cultural nos encontramos con que estas normas son «exteriores», ya que la humanidad en cuanto género no es una comunidad (22). De allí se sigue que el carácter social del hombre se presente en concreto en formaciones de «recíproca interacción general», y en su opinión la nación, en cuanto comunidad de destino, era aquella en que esta estructura primaria se encontraba en su máximo grado de desarrollo.

Sin embargo, es necesario aclarar que además de historizar los concretos contenidos culturales de las naciones, Bauer reconoce diferencias cualitativas en las etapas históricas de las mismas, determinadas por las formaciones económico-sociales del caso. Por otra parte, su análisis destaca ejemplos de extinción o disgregación, así como de unificación o emergencia de comunidades nacionales, por lo que debe tenerse en cuenta que no adscribía a un evolucionismo organicista para explicar el desarrollo de cada nación existente. Y pese a esto, si tanto la existencia como las características de las naciones concretas son, en cuanto «precipitados históricos», contingentes, la forma social nacional parece presentarse, pese a todas sus variantes, como necesaria, por encontrarse fundamentada en el carácter social humano.

Pero ¿en qué consiste exactamente esta «necesidad» de la forma nacional para Bauer? Dado que este no podía desconocer la existencia de otras formaciones sociales en la historia, formaciones que incluso prevalecieron en determinados períodos y espacios sin siquiera solaparse con aquellas que concebía como nacionales, resultaba imposible postular esta necesidad en términos de efectiva universalidad histórica (cabe destacar, de todas maneras, que en La cuestión de las nacionalidades… no se analizan casos de este tipo). Nos referimos aquí, sobre todo, a las comunidades locales, mucho más estrechas que una nación, pero al fin y al cabo también plausibles de presentarse como comunidades de destino. En su libro, Bauer intentó delimitar las diferencias entre estos dos tipos de comunidad, pero lo hizo en casos en que las comunidades locales se hallaban «dentro» de la nación, con tendencias hacia la autonomización étnica y cultural. De allí que su solución haya sido presentarlas como «fases evolutivas hacia la nación», bien sea por su final separación y conformación como naciones autonomizadas del tronco común –es el caso de los Países Bajos, desgajados del «cuerpo global de la nación alemana»–, o por su integración en unidades más amplias (nacionales) a partir de un proceso en el cual el estrechamiento de vínculos culturales entre las clases dominantes conforma una comunidad entre los cultos, embrión de la nación que posteriormente incluirá a las clases subalternas (aunque como veremos más adelante, resulta crucial en la teoría baueriana el énfasis en que esto nunca termina de darse del todo en una sociedad de clases). Siendo así, la nación no podría confundirse con las más estrechas comunidades locales que incluye, ya que estas últimas «jamás forman una comunidad natural y cultural que se autodetermine y esté determinada por su propio destino, sino que se hallan en estrecha comunicación con la nación global y por ende también están determinadas por el destino de ella» (23).

La «necesidad» de la forma nacional se concibe por tanto como una determinación ontológica del ser social. Pero esto no significa que las naciones deban presentarse en todo espacio y lugar, sino que sólo mediante su existencia puede desarrollarse una característica sustancial humana, como lo es para Bauer una cultura orgánica. O sea que, la condición de posibilidad para la emergencia de una comunidad nacional como formación social proviene de esta característica sustancial. El problema de esta formulación es que parece colocar como finalidad necesaria el desarrollo de un tipo de cultura que, de hecho, sólo puede darse en comunidades más amplias que las que caracterizan a las comunidades locales. Además, desconoce la posibilidad de que otros tipos de comunidad más amplias que las nacionales alcancen el mismo grado de organicidad, autodeterminación e intercomunicación interna, bajo un tipo de estructuración, en cuanto comunidad, distinta a la nacional. Así, no existiría tampoco según Bauer la posibilidad de superar el horizonte trazado por la forma nacional, siendo ésta la consumación final de la socialización humana, más allá de que se den modificaciones en su contenido.

La emergencia de las naciones modernas

Hemos delimitado la tensión teórica que presenta la formulación baueriana entre, por un lado, la postulación de raíces neokantianas de un a priori social humano que en cuanto fundamento antropológico inmanente determina las condiciones de posibilidad para la conformación de comunidades nacionales y, por otro lado, una perspectiva historicista no evolucionista que destaca la necesidad de que se presenten una serie de condiciones para que la forma nacional se efectivice. Es interesante destacar aquí que la posible resolución hegeliana a esta tensión era rechazada por Bauer, quien creía que era preciso escapar de una versión historicista organicista (un desarrollo ya contenido en el germen) para defender una perspectiva materialista, donde la contingencia ocupaba un rol central, ya que «en el destino de la nación no domina ningún espíritu universal racional que haga de lo racional un ente y del ente algo racional, sino la ciega necesidad de la lucha por la existencia» (24). Así, la precondición antropológica que constituye la base de su explicación, debe complementarse con una exposición histórica que fundamente de qué manera pudo finalmente concretizarse una socialización acabada bajo la forma de comunidades de destino nacionales. A esto debe sumarse que Bauer enfatiza la distinción cualitativa entre las formaciones nacionales premodernas –su referencia es el «comunismo clánico» basado en la mera comunidad de ascendencia– y la nación moderna –donde la integración cultural no se encuentra determinada por factores biológicos–. De aquí se sigue, por tanto, la importancia que adquiere en su libro el esclarecimiento sobre el proceso de constitución de las naciones. Y es en la exposición de este proceso donde, según nuestra interpretación, encontramos los elementos más penetrantes de la teoría baueriana, relativizándose el peso de una crítica rápida por sus rasgos esencialistas –crítica que, si se ha seguido nuestra exposición, se verá no creemos de todas maneras injustificada–.

En La cuestión de las nacionalidades… nos encontramos con abundantes páginas que ilustran la manera en que la evolución económico-social europea determinó la conformación de las primeras naciones modernas. Así, Bauer destaca cómo, ya en el seno del feudalismo, se produjeron procesos de integración (y diferenciación) cultural entre las clases dominantes, surgiendo las primeras comunidades lingüísticas vinculadas por lenguas vernáculas (en un principio de ninguna manera excluyentes). El desarrollo de la producción mercantil y la economía dineraria, así como la progresión en la centralización estatal que se profundiza a partir de la baja Edad Media, serían las bases sobre las que se fundamenta este proceso. Ya más adelante, el desarrollo capitalista, fundamentalmente a través de la movilidad social y espacial, posibilita la ampliación y profundización de las bases nacionales. En vínculo con esto, la consolidación de los Estados genera estructuras burocráticas, sistemas escolares, ejércitos, etc. que intensifican esta tendencia. Finalmente, indica Bauer, la democracia y el sufragio universal permiten la participación de las masas en una cultura que cada vez más se delimita en términos nacionales.

Esta explicación sobre el proceso –que sintetizamos brevemente por razones de espacio– nos sorprende por su agudeza y profundidad, sobre todo si tomamos en cuenta la escasa y pobre literatura sobre el tema en el tiempo en que fue producido. Así, según Miroslav Hroch, uno de los más importantes especialistas sobre los movimientos nacionales en Europa, Bauer fue el primero –y en esto aventajaría incluso a muchos teóricos actuales sobre el tema– en comprender la relación entre el proceso de conformación nacional y las transformaciones sociales generadas por el desarrollo capitalista (25). Por eso, en nuestra opinión, aun reconociendo la tensión teórica existente por el apriorismo defendido por Bauer, es posible una lectura que rescate su explicación histórico social sobre las condiciones de posibilidad para el surgimiento de las naciones.

Pero además, según lo visto hasta aquí, la teoría baueriana sobre la nación permite vislumbrar otro aspecto relevante sobre la emergencia de las naciones que forma parte de uno de los principales debates actuales sobre el tema. Así, el distanciamiento de Bauer de todo sustancialismo evolucionista, fundado en su insistencia sobre el carácter cambiante de los contenidos de las comunidades de destino, y donde la contingencia histórica es el sustrato sobre el cual se fundamenta la existencia nacional, se articula con un vivo interés por indagar el complejo proceso a partir del cual las formaciones prenacionales se transforman en naciones. Según su punto de vista, entonces, si bien no existiría ninguna necesariedad en los procesos de integración y disgregación que llevan a la conformación de una nación en concreto, sólo analizando el modo en que la historia (concebida en forma materialista, como el resultado de una serie discontinua) conformó un determinado «precipitado», una determinada configuración nacional, se comprenden tanto sus específicos contenidos como las razones de su existencia. De allí que su teoría, se nos presenta como un antecedente fundamental de aquellas que actualmente remarcan la importancia de analizar el proceso de formación nacional e identidades nacionales en relación con ciertas precondiciones dadas por la existencia de un pasado en común. Esta posición –denominada generalmente «primordialismo», y que se estableció en oposición al «modernismo», abriendo uno de los más vigorosos debates dentro del campo de estudios sobre las naciones y el nacionalismo– rechaza la idea de mera continuidad o evolución; pero aun reconociendo el carácter moderno de las naciones, cuyo surgimiento implicaría la conformación de comunidades cualitativamente distintas a las de su pasado premoderno, se pregunta sin embargo sobre por qué fueron concretamente sólo algunas las que lograron constituirse con éxito (26).

La nación como proyecto

Una vez definida la nación como comunidad de destino, y explicadas las condiciones que posibilitaron su emergencia en su forma moderna, Bauer intenta demostrar por qué, en verdad, ésta es aún una realidad contradictoria e inacabada, trabada en su posible devenir de comunidad totalizadora. Es que para él, de hecho, el proceso de conformación de las naciones modernas se encontraba limitado por el mantenimiento de la explotación y la estructuración en clases propias del capitalismo. Desde este punto de vista argumentaba que, si bien el círculo que participaba en la cultura nacional se había ampliado cada vez más desde su primera existencia bajo la forma de cultura de la nobleza y burguesía feudales, aún a comienzos del siglo XX esta cultura continuaba siendo en el fondo la de las clases dominantes, ya que «las grandes masas no pertenecen a la nación, que únicamente puede ser comprendida como comunidad cultural, sino que sólo son las tributarias de la nación, en cuya explotación descansa, por supuesto, el soberbio edificio de la cultura nacional, del que a su vez siguen estando excluidas» (27). Si la explotación económica impedía la plena integración de las clases trabajadoras a la comunidad cultural nacional, también lo impedía la necesidad de las clases dominantes de defender esa explotación; por eso, según Bauer, si bien instituciones como la escuela y el ejército implicaban una nacionalización de las masas, su carácter conservador al mismo tiempo relegaba a las mismas de la posesión de la «alta cultura» espiritual. Lo mismo ocurría, en su opinión, con la democracia, «el amor juvenil de la burguesía y el miedo de su senectud», retaceada de mil maneras ya que podía convertirse en instrumento de poder para las clases subalternas. De aquí se extraía, entonces, un programa que sorprendentemente, y distanciándose de toda una tradición del pensamiento marxista, vinculaba la crítica al capitalismo y la lucha por la democratización con el desarrollo de las culturas nacionales. En esta concepción, sólo el socialismo permitiría que las clases subalternas aseguraran la satisfacción de sus necesidades vitales inmediatas, tuvieran tiempo de ocio, contaran con una verdadera educación «formativa», etc.; también allí se daría por primera vez una plena autonomía y la posibilidad de una voluntad colectiva conciente realizándose en la historia, por lo cual se produciría, en contra de la opinión marxista convencional, una creciente profundización y delimitación de las diferencias nacionales.

Según Bauer los partidos socialdemócratas debían defender por tanto una posición en la cual las luchas sociales se articularan con el objetivo de integración interna e la nación. Esta política, que denominaba «evolucionista-nacional» tendría por objetivo tanto una ampliación de la democracia (igualdad en el sufragio, libertad de prensa, reunión y asociación, etc.) como las mejoras educativas y económicas, diferenciando y oponiéndose a aquella orientación «conservadora nacional» que sólo intentaba conservar la peculiaridad nacional para mantener el orden social existente. De esta manera, se profundizaría el proceso de conformación nacional al irse ampliando la participación de las clases subalternas en la cultura nacional, propiedad por el momento de las clases poseedoras.

A pesar de la innegable originalidad y agudeza política de este énfasis de Bauer sobre la necesidad de articular la lucha por la apropiación de la cultura nacional con las tradicionales reivindicaciones socialdemócratas, debe señalarse que resultaba una conclusión derivada de algunos presupuestos que consideramos sumamente controversiales. Así, por ejemplo, se sostiene la idea de superioridad de una «alta cultura» nacional que no es problematizada en ningún momento (muchos pasajes del libro dejan traslucir que el término «alta cultura» no sólo se atribuye por su mayor amplitud y «autodeterminación» en relación con las culturas locales, sino también de modo valorativo). Pero más importante, tampoco se problematiza el hecho de que la cultura nacional se encuentra cruzada por relaciones de poder y dominación, lo cual hubiese obligado a plantear de manera mucho más compleja que mediante la «lucha por la apropiación» su vínculo con las clases subalternas. Sin embargo, en su afán por destacar el hecho de la exclusión del goce de la «alta cultura» nacional por parte de las clases explotadas, y de polemizar contra las posiciones marxistas que sólo veían a la nación como un instrumento de dominación burguesa, Bauer eludió tratar la función de articulación social de la nación en el capitalismo, fundamentada justamente en una integración y cohesión de todas las clases de la sociedad, sea como individuos o colectivamente como sujetos subalternos. Nos referimos al hecho, acertadamente remarcado por Mármora, de que una de las principales características de la nación es la de conformarse como un sistema de hegemonía (28).

En realidad, podría decirse que este problema se vincula con la concepción de Bauer sobre la categoría de comunidad, la cual, como ya vimos, se concebía en términos de horizontalidad y reciprocidad. Por eso, las relaciones verticales de dominación sólo podían ser externas a la misma. La lucha de clases aparecía entonces articulada a la nación sólo en el sentido de que era necesario lograr que la comunidad nacional se ampliase y profundizara. De todas maneras es preciso aclarar, para evitar el anacronismo, que esta oposición entre las relaciones de dominio y reciprocidad eran el terreno conceptual propio del contexto de producción de Bauer. Justamente, uno de los aportes fundamentales de la posterior obra gramsciana sería reformular ese campo, planteando por primera vez el carácter contradictorio del proceso de integración y dominación al que precisamente alude el concepto de hegemonía, y que en nuestra opinión es una dimensión crucial del fenómeno nacional.

La crítica al subjetivismo

Además del sustancialismo en su forma materialista o espiritualista, en el contexto de elaboración del libro de Bauer existía otra teoría que contaba con numerosos adherentes. Nos referimos al denominado subjetivismo, teoría que incluso reconociendo la necesidad de que se presentasen algunos factores objetivos en que basarse, insistía en que lo distintivo de la nación era la conciencia o voluntad comunitaria. En su famoso texto ¿Qué es una nación?, Ernest Renan sintetizaba esta posición: «Una nación es, pues, una gran solidaridad constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de los que aún se está dispuesto a hacer. Supone un pasado, pero se resume, sin embargo, en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida común. La existencia de una nación es (perdónenme la metáfora) un plebiscito de todos los días…» (29).

En su libro, Bauer dividía a las teorías subjetivistas en dos líneas: una  psicológico-intelectualista, que encuentra en la conciencia de copertenencia y de diversidad de un grupo lo que distingue y constituye a una nación; otra, psicológico-voluntarista, y cuyo máximo exponente sería el mismo Renan, que localiza los fundamentos de la nación en la voluntad de unidad y libertad política. Bauer criticaba ambas líneas, ya que no explicarían porqué se es conciente de pertenecer o se tiene la voluntad de unión a cierto grupo determinado; y específicamente al voluntarismo porque no daría cuenta de aquellos casos en que la voluntad de unidad política no se corresponde con criterios nacionales.

La primera objeción descansa en la comprobación de que, a pesar de la importancia que pudieran tener los factores subjetivos para la existencia nacional, éstos no se dan sobre el vacío, sino sobre una concreta historia que delimita las fronteras, contenidos y alcances de la comunidad nacional. Pese a lo atinado de esta crítica, debe remarcarse aquí que Bauer la fundamentaba en una concepción sobre la nación en la cual, en su límite, la existencia nacional no dependería de la conciencia subjetiva, ya que los individuos podrían encontrarse determinados por la cultura nacional sin necesidad de tener conciencia de copertenencia o voluntad de unión con los connacionales. Esta sorprendente posición, era necesaria para fundamentar su ya mencionada convicción acerca de la existencia de naciones (bajo la forma de comunidades de ascendencia) en el período premoderno. Pero
aun si, como argumentáramos anteriormente, este aspecto de su teoría puede relativizarse debido a que al mismo tiempo se señala la abrupta diferencia cualitativa y discontinuidad entre este tipo de comunidades de destino y la nación moderna –una de cuyas características fundamentales es justamente la aparición de una conciencia de pertenencia, debida a una serie de experiencias entre las que se destacan la mayor densidad de comunicaciones y el contacto con extranjeros–, no puede dejar de señalarse que implica un serio déficit, en nuestra opinión el más importante del libro.

Es necesario sin embargo precisar que esta falencia de la teoría baueriana sólo se nos presenta tan claramente debido a la importancia que adquiere el carácter identitario en las concepciones contemporáneas sobre el fenómeno nacional. En este sentido se han orientado trabajos ya clásicos, como los estudios de Anthony Smith sobre las identidades nacionales o los de Benedict Anderson, en los cuales se enfatiza el carácter «imaginado» de la nación. Incluso se podría afirmar que gran parte de los debates actuales se centran en la discusión sobre el carácter de las representaciones de la nación. En el contexto de producción del libro de Bauer, en cambio, aún se operaba con categorías como conciencia, voluntad, etc., sustentadas sobre una concepción de las subjetividades muy alejada de aquella que ya más avanzado el siglo XX, con el desarrollo de las teorías sobre las ideologías e imaginarios, llegaría a convertirse en un punto de partida casi ineludible dentro de las ciencias sociales. Debemos por tanto tener presente nuestra distancia con los horizontes conceptuales en los cuales se inscribe la concepción baueriana, antes de realizar una crítica apresurada.

Así y todo, cabe destacar que en su libro Bauer establece una relevante diferenciación
entre formar parte de una nación, tomar conciencia de esa pertenencia, y el sentimiento que en general acompaña a esa conciencia. Para él, la conciencia nacional nace primariamente del contacto con medios y personas extrañas a la nación, y el sentimiento nacional del displacer que se siente generalmente ante el choque con elementos extraños al propio sistema de representaciones, determinado nacionalmente. De esta manera, podemos afirmar que mientras el primer punto colocaría a Bauer en una «antigua» problemática de la conciencia, el segundo lo acerca a una perspectiva ampliamente compartida en la actualidad, según la cual la identidad se establece como una función relacional, en tanto diferencia respecto a un otro.

Continuando con los argumentos de Bauer, luego de presentar esta objeción general al subjetivismo, intenta refutar su específica variante que liga la existencia nacional a la voluntad de unidad política. Para esto, expone los casos de naciones que tienen por voluntad pertenecer a colectividades más amplias (por ejemplo, miembros de algunas minorías en Estados multinacionales) y de miembros de naciones que, divididos en varios Estados, no desean la unificación nacional bajo un mismo cuerpo político (como el caso de muchos alemanes en Austria). Aquí Bauer critica aquello que desde el siglo XIX fuera conocido como principio de nacionalidad: todo grupo nacional debía contar con su propio Estado, y cada Estado abarcar una sola nación.

Sin duda, La cuestión de las nacionalidades… tenía como objetivo político explícito fundamentar la política de la socialdemocracia austríaca a favor de la autonomía cultural, y contra la separación, de las minorías nacionales del Imperio Habsburgo. Sobre todo intentaba atacar a las tendencias separatistas de los checos –la minoría más importante en la zona austríaca del imperio–, que se desarrollaban incluso entre algunos socialdemócratas de esa nacionalidad. Esto no dejaba de tener consecuencias para la misma organización, ya que los sindicatos de zonas con mayoría checa comenzaron a sostener la necesidad de contar con una central propia, poniendo en crisis la unidad sindical (30), e incluso la unidad partidaria.

El partido logró capear esta situación y sobrellevar las disidencias dando lugar a una solución de equilibrio que impidió el disgregamiento. Pero de todas maneras, se trataba de un equilibrio inestable. Si la revolución rusa de 1905 había abierto una primera fisura del sólido consenso político e ideológico que había caracterizado al movimiento austriaco, luego del triunfo socialdemócrata en la conquista de los objetivos de ampliación democrática de 1907 finalizó una etapa de estrecha colaboración y unidad. En aquel contexto, la intervención de Bauer a favor de la autonomía cultural de las nacionalidades y del mantenimiento del Estado multinacional no hacía más que fundamentar la línea hegemónica del partido. Así, en gran parte de La cuestión de las nacionalidades… se destaca la preocupación por analizar los problemas concretos de las nacionalidades del imperio, la organización y la táctica socialdemócrata bajo esta posición (31). Pero antes de repasar las conclusiones prácticas de este análisis, nos interesa ver cómo este particular contexto y el posicionamiento de Bauer en el mismo, incidieron sobre algunos aspectos de su sistema explicativo, dejándonos comprender mejor ciertos énfasis, elusiones y tensiones de su teoría.

En este sentido, destacamos dos aspectos. En primer lugar, el hincapié de Bauer en definir a la comunidad nacional sobre todo como una unidad cultural, deslindándola en gran parte de sus connotaciones políticas, se relaciona con el trazado de una firme diferenciación entre ésta y el Estado, subestimando la importancia de los factores políticos para la constitución de un cuerpo nacional. Para Bauer, el Estado es en realidad una forma de sociedad, un tipo de unión basado en normas exteriores. Conceptualmente, el mismo no requiere de la nación para fundamentarse, e históricamente, la conformación de los Estados modernos en Europa habría sido independiente del principio nacional: la soberanía política, unificada y fundamentada en el concepto de pueblo, es por tanto diferente a la de comunidad nacional.
Aun cuando puedan solaparse, no existe un vínculo necesario entre pueblo soberano y nación: el Estado multinacional puede entonces ser perfectamente sustentable, e incluso lo más conveniente para aquellas minorías que se encontrarían con graves dificultades económicas, y con la imposición de condicionamientos políticos por parte de las grandes naciones, si tuvieran un Estado propio.

En relación con estos argumentos, muchos teóricos actuales del nacionalismo (por ejemplo Anthony Smith), estarían de acuerdo con que los conceptos de Estado y nación no deben confundirse, ya que los Estados no son comunidades –nosotros agregaríamos, siguiendo a Gramsci, que esta diferenciación conceptual no debería de todos modos implicar el desconocimiento de la relación entre la «sociedad civil» y el Estado, aunque la discusión con la concepción weberiana del Estado nos llevaría aquí demasiado lejos–. Otros incluso confirmarían la idea de que el separatismo político en los Estados multiétnicos se debe al ideológico –léase erróneo y peligroso– criterio nacionalista de que debe existir un vínculo necesario entre ethnos y Estado (por ejemplo, Hobsbawm). Ninguno, en cambio,desconocería que un grupo étnico se diferencia de una nación justamente por el hecho de que esta última implica, además del concepto de comunidad cultural, un tipo de identidad política que determina una serie de creencias, motivaciones y acciones vinculadas al poder político. Como ya destacara Weber, «Siempre el concepto de ‹nación› nos refiere al ‹poder› político y lo ‹nacional› –si en general es algo unitario– es un tipo especial de pathos que, en un grupo humano unido por una comunidad de lenguaje, de religión, de costumbres o de destino, se vincula a la idea de una organización política propia, ya existente o a la que se aspira y cuanto más se carga el acento sobre la idea de ‹poder›, tanto más específico resulta ese sentimiento patético» (32).

El segundo aspecto que quisiéramos destacar es la relevancia que adquirió para Bauer explicar el origen del surgimiento de los nuevos movimientos nacionalistas que, como en el caso checo, comenzaban a luchar por la constitución de un Estado propio. En su opinión, la novedad de los reclamos de estos grupos se debía a un proceso preliminar de conformación nacional que se fundamentaba en el aumento de la movilidad social e intercomunicación en diversas regiones de Europa central. Pero allí, a diferencia de Europa occidental, las clases detentadoras del poder político no cumplieron un papel relevante, ya que estaban sumamente comprometidas con la cultura de sus dominadores imperiales. A partir de las
transformaciones sociales que se producían, fueron entonces los sectores medios (maestros de escuela, el bajo clero, pequeños funcionarios, etc.), y sobre todo la intelectualidad, los que originaron un movimiento a favor de la recuperación de una tradición cultural largamente olvidada. Este desarrollo, que en el caso checo comienza en la primera mitad del siglo XIX, se profundiza debido a que estos sectores encuentran en el Estado y los sectores dominantes a un grupo que mantiene una cultura vista ahora como «foránea». Finalmente, esta cultura tradicional reconfigurada amplía su círculo hacia los sectores subalternos, dándose entonces el «despertar de los pueblos sin historia» (33). Así, destaca Bauer, «Todas las contradicciones sociales dentro del país aparecen como contradicciones nacionales, porque las clases dominantes hace tiempo se han vuelto alemanas. El odio enardecido que emerge bajo el signo omnipotente de la inmensa convulsión económica contra los burócratas, la nobleza y la clase capitalista tenía que aparecer, necesariamente, como odio de los checos contra los alemanes; si las masas de abajo habían tomado conciencia de sí mismas y se creían tanto como los ricos y poderosos, esto tenía que conducir a que se contrapusiera a la nacionalidad alemana la checa, al idioma señorial alemán, el idioma popular checo como equivalentes» (34).

Ahora bien, esta explicación nos parece uno de los puntos más altos del libro de Bauer. Sorprende, por otra parte, su proximidad con elementos nodales del trabajo de Miroslav Hroch sobre los movimientos nacionales en centroeuropa. De hecho, este autor propone una periodización en tres fases que coincide en gran parte con la caracterización que acabamos de sintetizar, y sobre todo, destaca de manera casi idéntica que además de la importancia de la intensificación de la movilidad social y la comunicación, el éxito de la agitación nacional sobre las masas se debió a la articulación de las tensiones y conflictos sociales y políticos con las diferencias lingüísticas (y a veces religiosas) (35).

El programa de la socialdemocracia austríaca para las nacionalidades

Si muchos elementos de la teoría de Bauer nos sorprenden, tampoco dejan de hacerlo sus conclusiones prácticas. Sin embargo, gran parte de las mismas no fueron el resultado de una elaboración propia, ya que las extrajo del trabajo precedente de Karl Renner (36), el otro autor austromarxista especialista en el problema nacional. Renner había publicado ya varias obras, entre las que se destacan Estado y Nación (1899) y El combate de las nacionalidades austríacas por el Estado (1902), donde desde el punto de vista de la sociología y teoría del derecho, defendía la  fórmula de la autonomía nacional personal como solución a los conflictos que enfrentaba el Estado multiétnico. Según Renner, el derecho a la autodeterminación nacional en términos de separación política era insostenible, ya que resultaba imposible determinar el sujeto jurídico al cual le incumbía. El problema era que el Estado se encontraba organizado de manera «centralista-atomística», lo cual significa que sólo reconocía dos instancias: por un lado, los individuos, y por el otro, el «pueblo», en cuanto fuente de soberanía indivisible. Justamente, una de las características del Estado moderno había sido la abolición de los organismos intermedios como fuente de derecho. En el caso austríaco, además, se daba una complejísima situación debido al emplazamiento no delimitado de los distintos grupos étnicos. Por eso, en su opinión, la solución no podía pasar por un principio nacional territorial. El principio personal, en el cual los individuos podrían elegir voluntariamente su adscripción nacional, tal cual sucede con la pertenencia a una determinada religión, era entonces la única forma de evitar un permanente conflicto por los derechos culturales.

Según Renner, este principio se aplicaría de todas maneras en vínculo con el territorial. Su propuesta consistía en la división, lo más precisa posible del Imperio en distritos nacionalmente homogéneos. Estos distritos contarían con amplia autonomía en cuestiones culturales y llevarían adelante la administración general. En el caso de los distritos nacionalmente heterogéneos, las asociaciones nacionales serían las responsables de las funciones culturales. De esta manera, podrían dividirse las funciones según dos líneas: por un lado, los distritos –regidos por el principio territorial– cumplirían con las funciones administrativas estatales locales sin vinculación con cuestiones nacionales; por el otro, los distritos nacionalmente homogéneos y las asociaciones pertenecientes a la misma nacionalidad que se encontraban en distritos heterogéneos, contarían con una representación en un concejo propio, reconociéndole el Estado funciones como el cobro de impuestos sobre los miembros de su nación con fines culturales. Renner caracterizaba esta propuesta como un sistema dual que dividía tajantemente las cuestiones políticas estatales de las culturales nacionales: «debemos dividir en dos las actividades del Estado, separando los problemas nacionales de los políticos. Debemos organizar a la población de manera doble; primero sobre las líneas de nacionalidad, y en segundo lugar en relación con el Estado, y en cada caso en unidades administrativas de diversa forma» (37).

Siguiendo estas ideas, Bauer argumentaba en su libro que la socialdemocracia debía luchar por desarticular el ordenamiento «centralista-atomístico» del Estado, culpable de que las aspiraciones culturales de las minorías nacionales se transformasen en abiertos conflictos políticos: «La organización centralista-atomística, que hace inevitable la lucha nacional por el poder, es por eso intolerable para el proletariado. La primera exigencia de una política constitucional proletaria en el estado de las nacionalidades es el reclamo por una organización tal que en ellas las naciones no estén obligadas a pelear por el poder dentro del estado. (…) El poder de las naciones de satisfacer sus necesidades culturales debe estar asegurado legalmente para que la población no esté ya obligada a estructurarse en partidos nacionales, para que el conflicto nacional no haga imposible la lucha de clases» (38). Para Bauer, las aspiraciones nacionales eran fundamentalmente de carácter cultural. Si desde el punto de vista de las clases subalternas, eran también sociales y políticas, por ser integradas al cuerpo de la nación dejando de ser meras «tributarias» de la misma, lo eran más bien en contra de las clases dominantes de su propia nación; y como es evidente, esta lucha no podía ser dirigida por los grupos nacionalistas, ya que estos de ninguna manera perseguían ese objetivo, sino simplemente apoyar un proceso de separación política que liberara a su nación del dominio externo, pero que consolidaría a una nueva clase dominante vernácula. Era necesario, por tanto, que la socialdemocracia, movimiento que bregaba por la superación de la sociedad de clases, y con ello por la real integración de las masas a la nación, defendiese un programa para la organización del Estado multiétnico que evitara la transformación de las reivindicaciones sociales de las minorías nacionales en una lucha por los derechos culturales en contra de la nación dominante como un todo, ya que esta última incluía también sus propias clases explotadas. De lo que se trataba, en fin, era que primara la solidaridad de clase sobre las luchas nacionales, a fin de evitar la hegemonía de los grupos nacionalistas sobre los sectores subalternos de su propia nación.

Por supuesto, esta posición implicaba también una férrea defensa en contra de las tendencias separatistas en el seno del partido. Dado que el Estado multinacional era
perfectamente viable si se conseguía que se rigiese por el principio de personalidad para las cuestiones culturales, no existía motivo para que la socialdemocracia se disgregase. Pero como el propio Bauer reconoció unos pocos años después, este programa resultó impracticable, y el principio de la autonomía nacional personal quedó totalmente olvidado, como una rareza arqueológica en un mundo regido indiscutidamente por los Estados nacionales.

A pesar de todo, nos encontramos con que en la actualidad diversos trabajos comienzan a reivindicar la importancia de este antecedente para las teorías sobre el multiculturalismo. Por ejemplo, Ephraim Nimni sostiene que «si el multiculturalismo contemporáneo se caracteriza por la inclusión, el reconocimiento, y la representación de sectores sociales étnicamente diversos en una misma unidad política, con seguridad no es equivocado ver a Bauer y Renner como precursores del mismo» (39). Para este autor, el principio de la autonomía personal tiene como ventaja sobre el territorial el hecho de que, como muestra la experiencia, las fronteras territoriales siempre crean minorías y mayores posibilidades de discriminación étnica; además, el principio de personalidad supera la necesidad de protecciones específicas para las minorías, ya que en todos los casos asegura que estas no estén sujetas a las mayorías en cuestiones culturales, gracias a que cuentan con sus propias
organizaciones transterritoriales, con un estatus de corporación pública.

Estemos o no de acuerdo con esta posición, lo cierto es que aquí, como en tantos otros casos que se discutieron anteriormente, el trabajo de Bauer surge como una estimulante lectura que nos permite reflexionar sobre diversos aspectos de los problemas nacionales que aún hoy continúan debatiéndose, en una miríada de visiones en pugna que conforman un vastísimo y complejo campo.

Conclusiones

Luego de este recorrido en el que analizamos los elementos más importantes de la teoría sobre la nación expuesta por Bauer, quisiéramos concluir destacando la relevancia de la misma en el contexto de las diversas aproximaciones que se ensayaron para comprender este fenómeno ambivalente y elusivo. Es que de hecho, además de haber sido el estudio más penetrante sobre este difícil terreno dentro de la tradición marxista en el período de la Segunda Internacional, y probablemente también en comparación con el resto de las investigaciones producidas desde otras perspectivas políticas y teóricas antes de la primera guerra, la lectura de Bauer nos permite vislumbrar aspectos que siguen siendo sustanciales desde una aproximación actual al tema. Así, resulta difícil sobreestimar la profundidad del concepto baueriano de «comunidad de destino», que como vimos permite remarcar el carácter fluido, de reconfiguración permanente de la nación, al tiempo que muestra la consistencia de la misma en tanto hecho social que articula en una particular «precipitación» su historia, presente y proyección futura. Hemos destacado, sin embargo, algunas inconsistencias y elusiones del concepto. Así, su fundamento en una firme oposición entre las categorías de comunidad y sociedad implica una desestimación de los efectos de integración y hegemonía social que conlleva la nacionalización de los sectores subalternos. Por otra parte, criticamos el énfasis de Bauer en definir a estas comunidades de destino en términos estrictamente culturales, perdiéndose de vista los rasgos políticos de la nación, y desvinculando a esta última de sus relaciones con el Estado. Finalmente, también subrayamos la necesidad de integrar en esta concepción las dimensiones identitarias e imaginarias puestas en juego en el fenómeno nacional.

En nuestra opinión, y pese a la tensión causada por la búsqueda de los fundamentos
antropológicos de las naciones, Bauer propone una profunda y aguda explicación para el surgimiento de las naciones modernas, que sin dudas puede concebirse como antecedente de algunas de las perspectivas actuales. Pero es sobre todo en su análisis sobre la emergencia y desarrollo de las «naciones sin historia» donde encontramos uno de los más destacables aspectos de su libro. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que esta explicación fue pensada para el específico caso de las naciones centroeuropeas, y que la teoría de Bauer no fue producida con la pretensión de cubrir otros casos. La expansión del principio nacional y la constitución de naciones en todo el globo durante el siglo XX obligan en cambio a que las teorías actuales tengan que poner a prueba sus premisas en una interminable variedad de casos sumamente disímiles.

Por último, intentamos explicar los vínculos entre la teoría de Bauer y el complejo contexto en el cual fue producida. Aunque las propuestas con las que concluye La cuestión de las nacionalidades no provinieran de una elaboración propia, es evidente que la coherencia y concatenación lógica de los argumentos y conceptos presentados, así como las tensiones, elusiones y aporías que producen, sólo son comprensibles teniendo en cuenta los objetivos prácticos que se pretendía tuvieran por efecto. Aquí, donde tal vez menos habría cabido esperar una reivindicación sobre la posible actualidad del texto, nos encontramos con el rescate del principio de personalidad nacional, un principio considerado utópico en su tiempo, y largamente olvidado en un mundo dominado por la lógica incontestable de los Estados nacionales. Y más allá que coincidamos o no con esta lectura, parece irónico concluir un artículo que abrimos con el comentario sobre la subvaloración o desconocimiento de la importancia del trabajo de Bauer por parte de la mayoría de los especialistas sobre naciones y nacionalismos, comentando su actualidad para el examen de la apremiante realidad –o visualización de la misma– de las migraciones, minorías subalternas, conflictos interculturales, etc. que urden la trama sobre la que debe pensarse el problema nacional en el presente.

Notas

1 Entre los trabajos más importantes pueden citarse, Anderson (1993) [original de 1983]; Armstrong (1982); Breuilly (1990) [original de 1982]; Gellner (1988) [original de 1983]; Hroch (1985); Smith (1986).

2 Entre ellos pueden citarse los traducidos al español de Davis (1972); Löwy y Haupt (1980); y Löwy (1998).

3 Bauer (1979).

4 Kolakowski, 1982: 241.

5 Desde 1867, el reconocimiento de la independencia húngara había definido la conformación de un Estado dual unificado por el soberano en común, y así se delimitaron dos zonas muy diferentes en lo económico, social y político.

6 Gil Delannoi, «La teoría de la nación y sus ambivalencias», en: Delannoi y Taguieff, 1993: 9.

7 Bauer, 1979: 10 (la cita pertenece al prólogo a la segunda edición).

8 Ídem, p. 25.

9 Palti, 2002: 10-11.

10 Bauer, 1979: 27.

11 Ídem, p. 131.

12 Bauer no rechaza de plano el componente biológico para su explicación de la nación, sino las teorías de tipo determinista, que colocan una aptitud nacional ahistórica que deviene de una composición genética especial. Según sostiene, son las condiciones de vida de los hombres (relaciones entre ellos y con la naturaleza), las que, tamizadas por un proceso de selección natural, dan lugar a una cierta composición genética que vuelve a re-actuar con lo social. De todas maneras, considera que es la comunidad cultural, y no la ascendencia común, lo definitorio para la conformación de una nación. Así, por ejemplo, una comunidad de ascendencia común puede conformar más de una nación, y comunidades de diversa ascendencia natural fusionarse en una unidad cultural.

13 Bauer sigue también aquí la tradicional crítica al objetivismo que popularizó Renan, aunque sin adherir a sus conclusiones: ante cada factor objetivo que se enuncie como esencial para la definición, pueden citarse contraejemplos de naciones en los cuales el mismo no se presenta. Se sigue de aquí la distancia con respecto a la definición «objetiva» de nación de Stalin.

14 Kautsky –cuyas posiciones fueron cuanto menos hasta 1914 dominantes en el campo socialdemócrata– concebía a las naciones como un fenómeno burgués, cuya condición material de posibilidad era contar con un mercado unificado, y cuyo principal instrumento era la lengua en común.

15 Tönnies (1947) [original de 1887].

16 Bauer, 1979: 134. Una definición más extensa se encuentra en Bauer, 1978c: 173-174.

17 Ídem, p. 173.

18 Vale la pena destacar la importancia de este punto de la teoría baueriana, que puede relacionarse con la tensión entre pasado y presente señalada actualmente por Homi Bhabha para el espacio imaginario del pueblo. Así, sostiene este autor, a partir de la tensión entre lo constatativo y lo performativo la nación emerge a la vez como «objeto» y «sujeto». Véase Bhabha, 2002, cap. 8.

19 Bauer, 1979: 142.

20 Ídem, p. 121.

21 Este punto es destacado por Mármora, 1986: 203-204.

22 Bauer, 1978c: 173.

23 Bauer, 1979: 142.

24 Ídem, p. 152.

25 Hroch, 1993: 11.

26 El nombre de «primordialismo» fue acuñado por Anthony Smith (tal vez el especialista sobre naciones y nacionalismos más prestigioso en la actualidad) para describir una posición crítica frente a las teorías «modernistas» que dominaron el campo a partir de la década de los ’80. Según Smith, el problema del modernismo es que, en su afán por invertir los argumentos clásicos de los nacionalistas, desconocen la relevancia de las tradiciones y herencias preexistentes sobre las que opera el nacionalismo moderno.

27 Bauer, 1979: 67.

28 Mármora, 1986: 172-187.

29 Renan, 2000: 65. Una lectura atenta de este texto clásico complejiza su común adscripción a un simple «voluntarismo». Véase Palti, 2002: 67-84.

30 Un claro ejemplo de este conflicto se registra en 1907, cuando durante el Congreso Internacional de Sindicatos Obreros, el líder socialdemócrata checo Antonin Nemec (1858-1926) desconoció la censura a su posición separatista.

31 Pero rápidamente, el clima de inestabilidad llevó a Bauer a un paulatino distanciamiento de lo defendido en su libro. Según comenta en su prefacio a la segunda edición de la obra (1924), la orientación reaccionaria y expansionista del imperio Habsburgo, que se plasmó en la anexión de Bosnia y Herzegovina en 1908, agravó los conflictos nacionales, y volvió cada vez más difícil el compromiso con un Estado menos proclive a conceder reformas necesarias para evitar un estallido que parecía cada vez más cercano. Según Bauer, su cambio de posición a favor de la autodeterminación nacional volvió rápidamente anacrónico el objetivo político de La Cuestión de las nacionalidades, pero no implicó la necesidad de cambios sustantivos en la teoría sobre la nación allí desplegada. Creía firmemente que aquel libro mantenía su núcleo de verdad, y por lo tanto, luego de criticar sus conclusiones políticas, era posible seguir sosteniendo sus fundamentos teóricos sin cambios. Esperamos que la lectura de este artículo sirva para demostrar que en verdad esta afirmación oculta un problema mucho más complejo.

32 Weber, 1998: 367. En esta línea de análisis se encuentra el agudo trabajo de John Breuilly. En su libro más importante sobre el tema, este autor sostiene que en verdad es necesario enfocar el problema del nacionalismo como una forma de política que se basa en la apelación a la existencia de ciertas características naturales no políticas sobre las que se legitima la necesidad de un Estado propio. Puede además verse su crítica al enfoque de Bauer en Breuilly, 1990: 341-343.

33 El rótulo de «pueblos sin historia» (un término de raíces hegelianas) había sido acuñado por Engels para criticar a los movimientos nacionales de los eslavos centroeuropeos que en su opinión no tenían razón de ser, ya que se trataba de poblaciones en vías de ser absorbidas por otras más desarrolladas. Existe un excelente estudio sobre este tema en particular de Rosdolsky (1980).

34 Bauer, 1979: 215. 35 Puede verse una exposición detallada y ejemplificada de estos argumentos en Hroch (1985); o bien en forma más sintética en el artículo de Hroch (1993).

36 Miembro prominente del austromarxismo, Renner tuvo una dilatada carrera dentro del partido socialdemócrata austríaco. En 1907 fue elegido diputado, y durante la primera guerra se convirtió en el líder del ala derecha «socialpatriota». En 1918, luego de la disgregación del Imperio, fue Canciller de la República Austríaca en el gobierno de coalición de los socialdemócratas y socialcristianos. Pasado un período de escasa actividad durante los ’30, fue elegido Presidente de la República luego de la segunda guerra, cargo que ejerció hasta su muerte en 1950.

37 Springer (seudónimo de Karl Renner), citado en Kogan, 1949: 214.

38 Bauer, 1979: 307.

39 Nimni (1999: 291). Una posición similar se defiende en Roach (2004). Vale la pena destacar, por otra parte, que el mismo Nimni fue el editor de la primera versión inglesa completa del clásico de Bauer, en el 2000.

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