Acción política, revolución, dictadura del proletariado y comunismo

Bye, bye noviembre y nos deja un episodio más de la lucha de clases: El Gobierno permite a la banca salvar cerca del 60% de sus activos fiscales diferidos, es decir, unos 30.000 millones. No contentos con eso, otro de los jinetes del apocalipsis capitalista, el BBVA no ceja en su lucha y advierte que los salarios reales (descontada la inflación) bajaran un 7%, M y Eaumentaría el empleo mucho más. En concreto, un 10,4%, mientras que el Producto Interior Bruto (PIB) avanzaría un 8,3%. ¡Y mientras la gente muriéndose de hambre!

Para entender estas cosas fue por lo que empezamos a estudiar a Marx. Y en eso andamos. Para hoy, una nueva entrega del curso que impartió Francisco Erice en Oviedo. Si las anteriores entregas te gustaron, esta no te la puedes perder….

Saludos, Olivé

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ACCIÓN POLÍTICA, REVOLUCIÓN, DICTADURA DEL PROLETARIADO Y COMUNISMO. LOS PLANTEAMIENTOS DE MARX Y ENGELS

Francisco Erice

1. El análisis político en Marx y Engels. Algunos rasgos generales [1]

Dentro de las aportaciones teóricas de Marx y Engels, las referidas tanto a las estructuras y las formas como a la acción política son seguramente las menos elaboradas y las más ligadas a los problemas específicos de su tiempo; se trata, por tanto, de reflexiones que aunque –como veremos- en modo alguno carecen de interés- conservan una utilidad sólo parcial y relativa para el presente. A ello contribuiría, según Hobsbawm, la idea de la primacía de lo económico sobre lo político, pero también la limitada experiencia política de Marx y Engels, activos participantes en las revoluciones de 1848 y la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional), pero que, por ejemplo, apenas llegan a conocer partidos socialistas de masas (sobre todo Marx), y que tienen que basar sus análisis en unas experiencias históricas limitadas. A modo de ejemplo,  su visión de las revoluciones remite básicamente a la francesa de 1789, y sólo más tarde, a los peculiares acontecimientos de la  Comuna de París de 1871. Por eso, aunque el volumen de sus escritos de carácter político es bastante amplio, sus opiniones no siempre resultan claras, dejan temas fundamentales sin tratar y, en general, no nos han legado, en este terreno, un corpus de interés análogo, por ejemplo, al de sus escritos económicos. En consecuencia –como añade el historiador marxista Eric Hobsbawm-, es

“prácticamente imposible extrapolar de los escritos clásicos algo parecido a un manual de instrucciones estratégicas y tácticas, e incluso (es) peligroso usarlos a título de precedentes, aunque demasiado a menudo se ha recurrido a ellos con este fin. De Marx se puede aprender el método de análisis y de acción y no una serie de lecciones preparadas para su utilización a partir de los textos clásicos” [2].

De hecho problemas del análisis y la práctica política básicos (como la cuestión nacional, la contraposición reformismo-revolución, las reflexiones sobre el partido, etc.) fueron abordados especialmente por las generaciones marxistas posteriores (las de la Segunda y Tercera Internacional), en función de las urgencias y las necesidades del momento, que no eran ya las de los años de Marx.

El estatuto problemático de la política en Marx  está en cierto modo reflejado en la doble perspectiva que señala Elster: por un lado, la política forma parte de las superestructuras y representa un factor de resistencia al cambio o una derivación de los elementos de la base; por otro, es un medio para la revolución y por tanto para el cambio, con lo que las luchas políticas introducen o ayudan a introducir nuevas relaciones de producción [3]. Otro analista, el historiador y politólogo Ramón Máiz, ha subrayado también lo que considera escasa sistematicidad y hasta contradicciones de la teoría política de Marx, entreviendo incluso en sus textos un cierto reduccionismo que cancelaría-en su opinión- el ámbito mismo de lo político, al limitarlo con frecuencia a un simple consecuencia de las relaciones de producción o las contradicciones sociales; reduccionismo predominante que, en todo caso, contrastaría con la visión más fértil que aflora en algunos  textos de análisis histórico-político, como El 18 BrumarioLa lucha de clases en Francia La guerra civil en Francia [4].

Además de ello, las formulaciones políticas de Marx deben ser periodizadas, con el fin de entender sus cambios e incluso sus contradicciones. El propio  Máiz [5] distingue cuatro etapas:

a) Los escritos de juventud previos a 1842, como los relacionados con la censura prusiana, la libertad de prensa, los robos de leña, etc. Su posición es la de un liberalismo radical.

b) El conjunto de textos de la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel (1843), La Cuestión Judía (1844) y la Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1844). Asumen ya la dialéctica y critican el idealismo hegeliano. Aflora también en ellos la idea de la “verdadera democracia” y la “desaparición del Estado”.

c) Desde La Sagrada Familia (1844) a La Miseria de la Filosofía (1846) y La Ideología Alemana (1846). Continúan la crítica del formalismo del Derecho y el Estado modernos y de la separación sociedad civil/Estado, destacando a la sociedad civil como el verdadero escenario de la historia frente a las “formas ilusorias” del Estado. El comunismo se perfila como el objetivo inmanente de la sociedad capitalista y la realización de la esencia del hombre, y el proletariado como “clase universal” cuya liberación implica la de la sociedad entera.

d) El cuarto grupo estaría integrado por los escritos “históricos” y “políticos” desde 1848Manifiesto Comunista (1848), La lucha de clases en Francia (1850), El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), La guerra civil en Francia (1871) y la Crítica al Programa de Gotha (1875). En estos textos, seguramente los más ricos para el tema que nos ocupa, se otorga una mayor autonomía a lo político, frente a un cierto doctrinarismo y reduccionismo que algunos han apreciado en otros anteriores.

e) Las investigaciones sobre el modo de producción capitalista, sobre todo los Grundrisse (1857-58), las Teorías de la plusvalía (1861-63) y El Capital (libro I en 1867). En ellos, aunque aparecen referencias al papel del Estado, domina el “paradigma de la producción”, que reduce la sustancialidad de lo político.

Habría que mencionar, además, la aportación específica de Engels (Anti-DühringLudwig FeuerbachEl origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, etc.), interesante en algunos aspectos, como veremos, en temas relacionados con  la concepción de los hechos nacionales, el origen del Estado o –en la etapa final de su vida- en las reflexiones sobre el papel de los nuevos partidos socialistas de masas, la política electoral, etc.

2. Organización política y lucha de clases.

Marx y Engels (sobre todo Marx), como señalamos, no llegaron a ver la formación de partidos socialistas de masas, y su experiencia política militante, aunque intensa en ciertos momentos, es limitada. Puede decirse, con Fernández-Buey, que “Marx no tuvo partido nunca”, al menos en el sentido estricto del término; no lo fue la Liga de los Comunistas, y la Asociación Internacional de Trabajadores se parecía más a un movimiento sociopolítico heterogéneo [6]. No poseen por tanto, una teoría desarrollada acerca de los modelos de organización o de los partidos, acerca de los cuales incluso su opinión es bastante cambiante, desde su época juvenil hasta las observaciones del viejo Engels, sobre la base de la experiencia del Partido Socialdemócrata alemán, acerca de la posibilidad de la acción legal de partidos de masas [7]. Antes de 1848 (época de las sociedades o grupos secretos como la misma Liga de los Comunistas en que participan), la concepción del partido es bastante nebulosa; cuando se habla entonces de partido se evoca a grupos de afinidad, asociaciones, sectas, etc. Desde la Nueva Gaceta Renana,  presentado como “órgano de la democracia”, Marx defiende la actuación junto a la burguesía alemana contra la monarquía absoluta y el feudalismo, consolidando la revolución democrática, pero manteniendo a la vez las organizaciones obreras. Sin embargo tras el fracaso de la revolución de 1848-49, pasa  a una concepción más rígida del partido, criticando a la vez a burguesía alemana por su inconsecuencia política. Ya en “la burguesía y la contrarrevolución”, artículo publicado en la Nueva Gaceta Renana, a fines de 1848, calificaba irónicamente a los participantes en el movimiento como “figuras burguesas achaparradas”; y en  el “Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas” (marzo de 1850), criticaba la caída de la Liga en manos de “los demócratas pequeñoburgueses” en algunos lugares y de marchar a la cola de la burguesía, que había traicionado al pueblo. El proletariado organizado no podía convertirse en apéndice de la democracia pequeño-burguesa, sino ir más allá, en pos de su propio programa:

“La actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa quiere consolidar su posición en provecho propio (…) (…). Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda (…), nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente, hasta que el Proletariado conquiste el poder del estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no en un país, sino en todos los países predominantes del mundo (…). Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva” [OE, I, pp. 56 y 1001-05] [8]

La idea de la independencia organizativa del proletariado, en todo caso, es una constante. La identificación de partido y organización de clase, presente ya en el Manifiesto Comunista,  se refuerza después del 48. Los Estatutos de la Asociación Internacional de Trabajadores recogían de manera inequívoca este principio de la organización independiente de clase para lograr la emancipación delos trabajadores:

“En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los antiguos partidos políticos creados por las clases poseedoras.

Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su fin supremo: la abolición de las clases”.

La coalición de las fuerzas de la clase obrera, lograda ya por su lucha económica, debe servirle asimismo de palanca en la lucha contra el Poder político de sus explotadores” [OE, I, pp. 400-401].

Años más tarde, en su Contribución al problema de la Vivienda, Engels recordaba el carácter de clase, independiente, que debían tener las organizaciones obreras, en términos como éstos:

“…El partido obrero socialdemócrata alemán, precisamente porque es un partido obrero, tiene por fuerza que hacer una ‘política de clase’, la política de la clase obrera. Como todo partido político aspira a establecer su dominación dentro del Estado, el partido obrero socialdemócrata alemán aspira, pues, necesariamente, a su dominación, a la dominación de la clase obrera (…). Por lo demás cadapartido proletario verdadero, desde los cartistas ingleses, puso siempre como primera condición de su lucha política de clase,  la organización del proletariado en partido político independiente, y se asignó como objetivo inmediato de esta lucha la dictadura del proletariado” [CPV, en OE, I, pp. 645-646].

En relación con estos principios generales, hay, en todo caso, algunas otras orientaciones teóricas que pueden detectarse en los textos marxianos. Una de ellas, sin duda fundamental, es precisamente ésta de la dependencia de la política con respecto a lo social. La dimensión política es esencialmente una exteriorización de los intereses de clase; la sociedad civil y no el Estado es el “verdadero lugar y escenario de toda la historia” [9]. La política es esencialmente lucha de clases en el seno del Estado, que no está por encima de las clases, sino que representa los intereses de la clase o clases dominantes. Los partidos aparecen, en las obras histórico-políticas de Marx (Las luchas de clases en Francia…El Dieciocho Brumario…), como representativos de los intereses de clases o fracciones de clase. La lucha de los partidos puede ocultar los intereses de clase o de fracción de clase (la apariencia externa de las luchas interpartidarias vela la lucha de clases [DB, en OE, I, pp. 274 y ss.].

Un segundo principio es el de la superioridad de la lucha política sobre la económica (sindical). Eso no supone negar la necesidad de enfocar la acción práctica de los obreros hacia la consecución de mejoras laborales o una legislación social favorable, pero la tarea esencial es ligar todo ello a la actividad política. La lucha económica no es un fin en sí misma, sino preparación para la lucha política [10]. Marx y Engels valoraron, en algunas ocasiones, muy positivamente a los sindicatos (por ejemplo a los sindicatos ingleses), como puede apreciarse en el texto juvenil de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra. Marx, en su Miseria de la filosofía, hablando sobre las trade unions inglesas, resaltaba el valor de la lucha sindical, pero sobre todo “aprendizaje” y  como preparación de la lucha política, que representa un nivel superior de conciencia:

“La gran industria concentra en un mismo sitio a una masa de personas que no se conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa del salario, este interés común a todos ellos frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia: la coalición (…). Si el primer fin de la resistencia se reducía a la defensa del salario, después, a medida que los capitalistas se asocian a la vez movidos por la idea de la represión, las coaliciones, en un principio aisladas, forman grupos, y la defensa por los obreros de sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo para ellos más necesario que la defensa del salario (…). En esta lucha –verdadera guerra civil- se van uniendo y desarrollando todos los elementos para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición toma carácter político.

Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. Los intereses que defienden se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” [MF, pp. 157-158] 

Marx y Engels enfatizaron siempre los límites de la lucha sindical; por ejemplo, según  se dice en Trabajo asalariado y capital, su capacidad defensiva o de incrementar los salarios se veía erosionada por la concentración del capital y las crisis periódicas. Luego colaboraron con sindicatos en el seno de la AIT, pero instándoles a ampliar sus objetivos [11] .

3. Estado y nación. Marco nacional e internacionalismo.

Tal como ya hemos tratado en otro momento a lo largo de este curso, la imagen habitual acerca de las tesis marxianas sobre el Estado ha insistido,  por un lado, en la presencia de un cierto utopismo (tesis sobre la extinción del Estado y su sustitución por la “administración de las cosas”, inspirada en el socialista francés Saint-Simon) y, por otro, en la falta de un análisis sistemático de este campo de las “superestructuras”, incluyendo asimismo la reducción, en lo sustancial,  de lo político a un reflejo de las fuerzas económicas [12].

El Estado es, para Marx, un aspecto o resultado de la “sociedad civil”  (prioridad de “lo social” frente a lo “político”); es –como decía Engels- “un producto de la sociedad cuando llega a un grado determinado de desarrollo”. Es, además, un órgano de clase; la visión “clasista” del Estado se formula una y otra vez en los textos de Marx y Engels, unas veces de manera más simple y otras con mayores matices. “El Poder político –se dice en El Manifiesto-, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra”. Este carácter, además, no depende de la “forma externa” del Estado, como subrayaba aún en 1891 Engels, en una introducción a la reedición del texto marxiano La guerra civil en Francia: el Estado es “una máquina de represión de una clase por otra, sea monarquía o sea república democrática”. Esta visión “clasista” del Estado no es incompatible con la idea de la autonomía relativa, que Marx formula a propósito del bonapartismo, como régimen no estrictamente burgués, pero que asegura a la burguesía el mantenimiento de sus intereses. Como tampoco lo es con su aparente ubicación por encima de la sociedad, que le permite enmascarar o mistificar su papel de clase y generar apariencia de consenso [13].

Si el análisis del Estado en Marx y Engels, pese a toda una serie de interesantes intuiciones e ideas certeras, adolece de claras insuficiencias, otro tanto –o más- puede decirse acerca de sus ideas sobre las naciones o lacuestión nacional [14].Tal como nos recuerda Löwy, Marx y Engels abordan la cuestión de manera circunstancial, escasamente “teórica” e incluso contradictoria. Parten de la primacía de la clase sobre cualquier otra categoría, incluida la nación, a la que, en todo caso, consideran una categoría transitoria que corresponde a la necesidad de desarrollo del capitalismo, cuyas particularidades se irán borrando, en un proceso que culminará con el acceso del proletariado al poder. El análisis de Marx y Engels del “problema nacional” es por ello, según Máiz, escasamente teórico, tacticista e instrumental, y reduccionista (economicista); no tratan de las naciones como algo distinto de la nación-Estado [15]. La lógica de la mundialización relega, pues, a las naciones a un papel subalterno. Esta laguna, fruto, en expresión de Gallissot, del “capitalcentrismo”, no impide que, al hilo sobre todo de acontecimientos con fuerte presencia de problemas “nacionales” como las revoluciones de 1848, o reflexionando sobre problemas concretos como el de Polonia o Irlanda, se encuentren algunas indicaciones de interés en la obra de la “padres fundadores”.

En todo caso, desde el punto de vista no ya del análisis en sí, sino de las propuestas políticas prácticas, el primer elemento que destaca es el férreo y nítido internacionalismo. Internacionalismo, obviamente, de clase; por eso Marx y Engels cambiarán el lema de la Liga de los Comunistas “todos los hombres son hermanos” por el de “¡proletarios de todos los países, uníos!”, con el que se cierra el Manifiesto. La visión marxiana del internacionalismo nada tiene que ver con vagas y moralistas consignas de cosmopolitismo burgués, como se apresura a señalar Marx en su Crítica del Programa de Gotha de la socialdemocracia alemana, que hablaba de la “fraternización universal de los pueblos”:

“¿Y a qué reduce su internacionalismo el Partido Obrero Alemán? A la conciencia de que el resultado de sus aspiraciones ‘será la fraternización internacional de los pueblos’, una frase tomada de la Liga burguesa por la Paz y la Libertad, que se quiere hacer pasar como equivalente de la fraternidad internacional de las clases obreras, en su lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡De los deberes internacionales  de la clase obrera alemana no se dice, por tanto, ni una palabra! ¡Y esto es lo que la clase obrera alemana debe contraponer a su propia burguesía, que ya fraterniza contra ella con los burgueses de todos los demás países, y a la política internacional de conspiración del señor Bismarck!” [CPG, en OE, II, p. 20].

Es cierto que –señalan- las naciones-Estado modernas, producto del capitalismo y la burguesía en su fase revolucionaria, desempeñan un papel “históricamente progresivo”; todavía en los últimos de su vida, Engels defendía esta tesis de la conveniencia de los grandes “Estados nacionales”, que ya habían argumentado Marx y el mismo al menos desde 1848:

“Sólo estos Estados representan la normal constitución política de la burguesía dominante en Europa y son al mismo tiempo una condición previa indispensable para la consecución de una armoniosa colaboración internacional de los pueblos, sin la cual no es posible el dominio del proletariado”. [16]

Pero la nueva fase de la revolución proletaria es fundamentalmente un fenómeno internacional. Por eso no están a favor de la “autodeterminación” de las naciones” (que Bakunin defendía) como fin en sí mismo, subordinando siempre las propuestas concretas a los intereses supremos de la revolución. Tampoco defienden el federalismo, considerando que la unidad de los Estados-nación favorece el desarrollo de las fuerzas productivas y por tanto prepara el camino para la revolución. Engels (no Marx) incluso llega a desarrollar –inspirándose en Hegel- la noción de “pueblos sin historia”. Estos pueblos (eslavos del sur, bretones, escoceses, vascos…), residuos de naciones trituradas por la historia, no habían sido capaces de desarrollarse cono las “grandes naciones históricas de Europa”, y por su fragmentación lingüística, cultural y geográfica, no eran capaces de reunir un volumen de población suficiente y una economía moderna en su interior; tendían a convertirse en instrumentos de la reacción.

La segunda consideración de Marx y Engels -en relación  con la primera- es la anteposición de clase a nación, o la subordinación de lo nacional a la lucha de clases. Por eso –aunque a la frase se le haya intentado señalar su carácter irónico- “los proletarios no tienen patria”, y la revolución abolirá la explotación de unas naciones por otras, acabará con los antagonismos nacionales. Es verdad que el proletariado debe constituirse en “clase nacional”, aunque no a la manera burguesa:

“Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe el primer lugar conquistar el Poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués” [MC, en OE, I, p. 40].

Según se precisa en otro lugar del Manifiesto, la lucha del proletariado con su burguesía es en primer lugar una “lucha nacional”; pero lo es “por su forma” y “no por su contenido” (internacionalista) [MC, en OE, I, p. 33]. Por eso ponen en guardia a los socialistas contra ”los filisteos que se inflaman por las nacionalidades”; por eso criticaron al socialista y nacionalista alemán Lassalle. Ello no impide que puedan ocasionalmente defenderse los derechos de naciones oprimidas (como Polonia), pero sobre todo para debilitar a quienes las oprimen (como el Imperio ruso) o con el fin de resolver los problemas “nacionales” para evitar que interfieran en la lucha de los trabajadores por su emancipación [17].

Tal es la razón esencial de la preocupación por el problema de Irlanda (especialmente sentido por parte de Engels), y no tanto –seguramente- la sensibilidad ante el sentimiento nacional en sí. Tampoco hay que olvidar que, en los últimos años de su vida, Marx empezó a ver posibilidades revolucionarias en países económicamente menos avanzados (como Rusia o Irlanda), donde por cierto se estaban desarrollando movimientos revolucionarios “prometedores”. El caso de Irlanda muestra cómo el dominio de una nación por otra afecta negativamente al proletariado de la nación dominante, y además paraliza el movimiento de las naciones oprimidas, pues la lucha por los objetivos nacionales enmascara las contradicciones de clase. En Irlanda, la lucha por la emancipación nacional puede favorecer la revolución en Inglaterra, pudiendo por tanto ser complementarias. No se trata, pues, de una inversión de las prioridades o los principios, sino de un desarrollo táctico o práctico de los mismos [18]. Otra cosa es la reflexión –que el fracaso de la AIT podía poner de relieve, perro que no suscita elaboraciones amplias en Marx y Engels- sobre lo “prematuro” de la organización “internacional” o la necesidad del marco nacional de lucha (que los nuevos partidos socialdemócratas asumirán, en tensión siempre con el internacionalismo, en un contexto de acceso de los trabajadores a la “ciudadanía” dentro de sus respectivos Estados).

4. Revolución, transición y dictadura del proletariado.

Se ha señalado con cierta frecuencia, en tono critico, el escaso desarrollo de lo que podríamos denominar “teoría marxista de la acción colectiva”, de la constitución de los sujetos colectivos o del paso de la clase “en sí” a la clase “para sí”. Pero lo que sí aparece nítida y reiteradamente desarrollado en Marx es la identificación del proletariado como sujeto revolucionario. En gran medida,  las primeras formulaciones de esta tesis, más que emanar de un análisis de las tendencias de la evolución y la dinámica social,  tienen carácter filosófico, y se producen en el contexto de la crítica a Hegel, concretamente en su crítica a la Filosofía del Derecho de dicho pensador. Allí Marx expresa por vez primera la idea de la misión histórica del proletariado y de la revolución como el cumplimiento de tendencias intrínsecas de la historia [19]. La emancipación de los alemanes –dice Marx- no será posible como resultado de la especulación filosófica, porque “el arma de la crítica no puede suplir a la crítica de las armas, (…) el poder material tiene que ser derrocado por el poder material”, aunque también es cierto que “la teoría se convierte en un poder material cuando prende en las masas” [CFDH, en EJ, p. 497].  La revolución sólo puede ser llevada  a cabo por una clase cuyos intereses particulares coincidan con los de la sociedad; esa clase es el proletariado:

“¿Dónde reside, pues, la posibilidad positiva de la emancipación alemana?

Respuesta:  en la formación de una clase atada por cadenas radicales, de una clase de la sociedad civil que ya no es un clase de ella; de una clase que es ya la disolución de todas las clases; de una esfera de la sociedad a la que sus sufrimientos universales imprimen carácter universal y que no reclama para sí ningún derecho especial, porque no es víctima de ningún desafuero especial, sino del desafuero puro y simple; que ya no puede apelar a un título histórico, sino simplemente al título humano (…); que representa, en una palabra, la pérdida total del hombre, por lo cual sólo puede ganarse a sí misma mediante la recuperación total del hombre. Esta disolución total de la sociedad cifrada en una clase especial, es el proletariado (…)”

Allí donde el proletariado proclama la disolución del orden universal anterior, no hace sino pregonar el secreto de su propia existencia, ya que él es la disolución de hecho de este orden universal. Cuando el proletariado reclama la negación dela propiedad privada, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la propia sociedad ha elevado a principio suyo, lo que ya aparece personificado en él, sin intervención suya, como resultado negativo de la sociedad (…).

Así como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales, el proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales, y cuando el rayo del pensamiento prenda en lo profundo de este candoroso suelo popular, la emancipación de los alemanes como hombres será una realidad” [CFDH, en EJ, pp. 501-502].

No debe pensarse, sin embargo, que Marx parte de la simple especulación filosófica para llegar a estas conclusiones, aunque los argumentos esgrimidos sean de ese carácter; Marx comienza, por entonces, a conocer más de cerca la realidad obrera y a contactar con grupos organizados de trabajadores.  Este texto está escrito a fines de 1843 o en enero de 1844, pero desde octubre de 1843 residía ya en París, donde permanecerá hasta enero de 1845. Allí asistirá a reuniones de sociedades secretas de obreros y artesanos. Allí conocerá también a Engels, que –no lo olvidemos, era testigo privilegiado de la situación de la clase obrera inglesa, tema sobre el que escribirá su famoso informe en 1845. También estando en París, en junio de 1844, Marx tiene noticia de la insurrección de los tejedores de Silesia, acontecimiento que, según Löwy, tuvo en él una influencia decisiva,

“desempeñó, para Marx, un papel de ‘catalizador’, de trastorno profundo, teórico-práctico, de demostración concreta y violenta de lo que se desprendía ya de sus lecturas y sus contactos parisienses: la tendencia potencialmente revolucionaria del proletariado” [20]

Los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 abordan ya, todavía de forma vacilante o inexperta, cuestiones de la Economía política, y sobre todo desarrollan una serie de reflexiones sobre la alineación o enajenación del proletariado. Reflexiones como éstas:

“El trabajador se empobrece más cuanta más riqueza produce (…) A medida que se valoriza el mundo de las cosas y en relación directa con ello, se desvaloriza el mundo de los hombres (…)

El objeto producido por el trabajo, el producto de éste, se enfrenta a él como algo ajeno, como una potencia independiente del producir. El producto del trabajo es el trabajo plasmado en un objeto, convertido en cosa, es laobjetivación del trabajo. La realización del trabajo es su . Esta realización del trabajo, tal como se presenta en el economía política, aparece como la desrealización del trabajador, la objetivación se manifiesta como la pérdida y servidumbre del objeto, la apropiación como enajenación, como alineación (…)

Todas estas consecuencias se hallan implícitas en lecho de que el trabajador se comporta hacia el producto de su trabajo como hacia un objeto ajeno. Pues, partiendo de esta premisa, se ve claro que cuanto más se mate el obrero a trabajar más poderoso es el mundo ajeno, de objetos, creado por él en contra suya, más se empobrece él mismo y su mundo interior, menos le pertenece éste a él como suyo propio. Lo mismo ocurre en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios menos retiene para sí mismo (…). La enajenación del trabajador en su producto no significa solamente que su trabajo se traduce en un objeto, en una existencia externa, sino que ésta existe fuera de él, independientemente de él, como algo ajeno y que adquiere frente a él un poder propio y sustantivo” [MEF, en EJ, pp. 596-597].

La posterior crítica de la Economía política incorpora la explotación (teoría del valor-trabajo y de la plusvalía) y establece la  centralidad de la contradicción capital-trabajo (burguesía-proletariado) en la dinámica del capitalismo.

En todo caso, lo que está claro en los textos marxianos es que la emancipación de los trabajadores requiere su autoorganización; Marx habla, en el Manifiesto, de la “organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político” [MC, en OE, I, p. 31]. El objetivo es la transformación revolucionaria del orden existente, frente al cual no es posible un cambio siguiendo los procedimientos del reformismo burgués ni la senda de los “utopistas”, que creen en la eficacia  de la convicción del conjunto de la sociedad o en los efectos radicales de la educación [21]. Para Marx –y esta es una convicción con modulaciones diversas, pero que no cambia en lo esencial a lo largo de su vida, la única salida es la revolución del proletariado. Así lo apuntaba, por ejemplo, en 1850:

“La batalla de Junio en París, la caída de Viena, la tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda por el hambre: tales fueron los acontecimientos principales en que se resumió la lucha europea de clases entre la burguesía y la clase obrera, y a través de los cuales hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más que una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución feudalista no midan sus fuerzas en una guerra mundial” [TAC, en OE, I, pp. 71-72].

Las ideas concretas que Marx maneja sobre la revolución –como no podían ser de otro modo- están muy condicionadas por la realidad histórica que conocía, concretamente por el “modelo” francés de 1789; de ahí, como señala Hobsbawm, su interés por la experiencia jacobina, que influye mucho en su noción de Estado de transición o “dictadura del proletariado” [22]. Pero, sobre todo, la experiencia de 1848 resulta crucial para las posiciones de Marx y Engels. Ante todo, les provoca el desengaño ante la falta de consecuencia revolucionaria de la burguesía. En Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Marx afirma que, en 1848, el proletariado francés conquistaba con la república “el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma”; sin embargo el sufragio universal conseguido hacía peligrar las bases mismas de la dominación burguesa. “La legalidad nos mata”, exclama un conocido político de la burguesía, clase que acabará renunciando por ello al sufragio universal [LCF, en OE, I, pp. 142 , 171, 183, 229-230, etc.]. La burguesía, en su lucha contra el feudalismo, ha forjado armas que luego se vuelven contra ella:

“La burguesía tenía la conciencia exacta de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían contra ella misma, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado la abandonaban. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los organismos de progreso atacaban y amenazaban al mismo tiempo en la base social y en la cúspide política a su dominación de clase, y por tanto se habían convertido en socialistas” [DB, en OE, I, pp. 291-292].

Frente a esta defección de la burguesía, Marx y Engels reivindican la independencia política del proletariado y esbozan la idea de desbordar las pretensiones de la burguesía y la democracia pequeñoburguesa, de llevar a cabo una revolución permanente, planteamiento especialmente recogido en el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas de marzo de 1850:

“Y el papel de traición que los liberales burgueses alemanes desempeñaron con respecto al pueblo en 1848 lo desempeñaran en la próxima revolución los pequeños burgueses democráticos (…) (…).

La actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa quiere consolidar su posición en provecho propio (…) (…)

Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más  rápidamente que se pueda, después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba mencionadas, nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado (…) (…).

Pero la máxima aportación a la victoria final la harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del proletariado. Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente” [MLC, en OE, I, pp. 100-111]

Hay quien ha calificado estas posiciones como jacobinas o blanquistas [23], en el doble sentido de querer “imitar” el proceso revolucionario francés de 1789-93, de enfatizar el papel de la violencia o de resaltar excesivamente la importancia de la dirección revolucionaria.  Pero esta caracterización debe ser matizada pues, entre otras cosas, los objetivos que se marcan van más allá que los de la democracia jacobina, por lo que la supuesta imitación se referíría más bien a los métodos o a la  contundencia y consecuencia de la acción más que a los objetivos, como muestran observaciones de este estilo:

“Las carnicerías sin resultado que se han producido desde los días de junio y octubre, el aburrido festín de sacrificios que se ha desarrollado desde febrero y marzo, el canibalismo de la propia contrarrevolución, convencerá a los pueblos de que sólo hay un medio para abreviar, simplificar y concentrar los criminales estertores de la antigua sociedad y los sangrientos dolores de parto de la nueva sociedad: el terrorismo revolucionario” [24].

Textos como éste suscitan el papel que Marx y Engels atribuían a la violencia –o a la guerra. Al hablar de terrorismo tienen como referente la experiencia del llamado Terror jacobino, entendido como método para salvar a la revolución amenazada, en 1793. Sus observaciones no tienen nada que ver con atentados individuales –que siempre rechazaron, o violencia indiscriminada a la manera de algunos anarquistas-nihilistas de la época [25]. Pero nunca pensaron que la violencia en sí misma fuera rechazable, y siempre condenaron un pacifismo genérico que les parecía ingenuo o hipócrita. La violencia y la guerra son una consecuencia de la lucha de clases. Por eso en 1848 defienden una “guerra revolucionaria” contra Rusia, o en Las luchas de clases en Francia… afirman que “la guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convertirá en una guerra mundial entre naciones” [LCF, en OE. I, p. 213]. En el Anti-Dühring, Engels defiende de forma clara la necesidad de la violencia revolucionaria:

“Para el señor Dühring, la violencia es el mal absoluto; para él el primer acto de violencia es la caída, y toda su exposición es una jeremiada acerca del pecado original, que ha contaminado toda la historia hasta el presente, y acerca de la corrupción ignominiosa de todas las leyes naturales y sociales por ese poder diabólico: la violencia. Mas la violencia juega también otro papel en la historia, tiene un papel revolucionario; es, según la frase de Marx, la partera de toda vieja sociedad preñada de otra nueva sociedad, es el instrumento con ayuda del cual el movimiento social se abre paso y rompe formas políticas muertas; de todo esto el señor Dühring no dice una palabra (…) ¡Y esto, cuando se sabe qué gran auge moral e intelectual siguió a toda revolución victoriosa!” [AD, pp. 204-205].

La revolución exige violencia; “no somos –decía Marx en 1867 ante el Consejo General de la AIT- apologistas de la paz a cualquier precio”. O, como lo formula en otra ocasión, “no ha habido ningún gran movimiento que haya nacido sin derramamiento de sangre”. Eso no significa en modo alguno que Marx y Engels no se opongan a las guerras, cuando éstas son producto de los intereses de las burguesías y no de los trabajadores [26]. Particularmente, en el seno de la I Internacional, Marx y Engels acentúan las críticas a las guerras hechas contra los pueblos por intereses burgueses, como cuando, en 1869, elogian la capacidad de la clase obrera para “imponer la paz allí donde sus pretendidos amos vocean acerca de la guerra”; o cuando, en julio de 1870, ante las amenazas de guerra (que pronto se cumplirán) entre Francia y Alemania, Marx contrapone a la vieja una “sociedad nueva, cuya ley internacional será la paz, porque su ley nacional será en todas partes la misma: el trabajo” [27]. Pero ya en el Manifiesto inauguralde la AIT en 1864, Marx instaba a la clase obrera a vigilar a favor de una política internacional de paz entre las naciones:

“Si la emancipación de a clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿cómo va a poder cumplir esta gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo? No ha sido la prudencia de las clases dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera de Inglaterra a la criminal locura de aquéllas, la que ha evitado a la Europa occidental el verse precipitada a una infame cruzada para perpetuar y propagar la esclavitud allende el océano. La aprobación impúdica, la falsa simpatía o la indiferencia idiota con que las clases superiores de Europa han visto a Rusia apoderarse del baluarte montañoso del Cáucaso y asesinar a la heroica Polonia; las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones.

La lucha por una política exterior de este género forma parte de la lucha general por la emancipación dela clase obrera” [MI-AIT, en OE, pp. 396-397].

Marx y Engels se manifestaron además, ya desde 1848, contra los ejércitos  regulares, preconizando su sustitución por milicias populares. Una de las razones fundamentales de esta opción era el rechazo del militarismo, que Engels planteaba así en el Anti-Dühring:

“El ejército ha llegado a ser el principal fin del Estado, el fin en sí; los pueblos no existen sino para dar y mantener soldados. El militarismo domina y se traga a Europa. Más dicho militarismo lleva en sí mismo también el germen de su propia destrucción. La concurrencia de los estados particulares entre sí les obliga, de una parte, a gastar cada año más dinero en el ejército (…), acelerando, de día en día, la catástrofe financiera; de otra parte, a  tomar cada vez más en serio el servicio militar obligatorio y general, haciendo familiar al pueblo el manejo de las armas, capacitándole para que en un momento dado pueda oponer su voluntad a la soberanía militar del mando. Y ese momento llega cuando la masa del pueblo –obreros de las ciudades y del campo y campesinos- tiene una voluntad (…). Lo que la democracia burguesa de 1848 no pudo realizar, precisamente porque fue burguesa y no proletaria –la tarea de dar a las masas trabajadoras una voluntad cuyo contenido responda a una situación de clase- se realizará infaliblemente por el socialismo. Y ello significa la destrucción del militarismo y con él de los ejércitos permanentes…” [AD, p. 190].

La otra razón de rechazo a los ejércitos permanentes tiene que ver con su utilización al servicio del mantenimiento del orden social o la contrarrevolución. Y al referirnos a ella enlazamos con el otro aspecto relacionado con el supuesto jacobinismo de Marx y Engels: el papel de la dirección revolucionaria y de la clase obrera en la revolución. Y aunque Marx y Engels no profundizan en el tema como lo harán algunos de sus herederos, la idea central que sustentan es la de la autoemancipación obrera, lejos de cualquier postura dirigista de una cúpula política revolucionaria [28]. Ya en 1850, en el citado Mensaje a la Liga de los Comunistas, se defendía la creación, en el proceso revolucionario, de lo que podríamos llamar un poder obrero paralelo, incluido en el ámbito militar, en unos términos que recuerdan mucho a  procesos revolucionarios del siglo XX:

“Al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deberán constituir inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubs obreros o de comités obreros, de tal manera que los gobiernos democrático-burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales se halla la masa entera de los obreros (…).

Se procederá inmediatamente a armar a todo el proletariado con fusiles, carabinas, cañones y municiones: es preciso oponerse al resurgimiento de la vieja Milicia burguesa dirigida contra los obreros. Donde no puedan ser tomadas estas medidas, los obreros deben tratar de organizarse independientemente como Guardia proletaria, con jefes y un Estado Mayor Central elegidos por ellos mismos, y ponerse a las órdenes no del gobierno, sino de los consejos municipales revolucionarios creados por los mismos obreros” [MLC, en OE, I, p. 107].

La autoemancipación de los trabajadores y la concepción del proceso revolucionario como un proceso de masas (nunca de sectas o élites conspirativas a la manera blanquista) es una constante en todo el pensamiento posterior de Marx y Engels. Lo es, desde luego, en su actuación en el seno de la I Internacional, que inicia precisamente sus Estatutos planteando que “la emancipación dela clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”. Luego la Comuna de París es saludada no tanto por su oportunidad o viabilidad (de la que Marx, ciertamente, dudaba), sino por tratarse de una genuina revolución popular, de las masas, la “primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social, incluso por la gran masa de la clase media parisina” [GCF, en OE, I, p. 548]. Cuando, unos años más tarde, Marx y Engels critican algunas tendencias dentro del Partido Socialdemócrata alemán, se encargan de subrayar nuevamente la necesidad de la lucha de clases y el principio de autoemancipación obrera:

“Desde hace cerca de 40 años hemos señalado que la lucha de clases es el motor más decisivo  de la historia y sobre todo9 hemos señalado que la lucha social entre la burguesía y el proletariado es la gran palanca de la revolución social moderna. Por consiguiente, de ninguna manera podemos asociarnos con personas que quieren suprimir del movimiento esta lucha de clases. En ocasión de la creación de la Internacional,  formulamos la divisa de nuestro combate: la emancipación de la clase obrera será obra de la propia clase obrera. Por consiguiente, no podemos hacer viaje común con personas que declaran abiertamente que los obreros son demasiado incultos para liberarse a sí mismos, y que deben ser liberados desde arriba, es decir, por grandes y pequeños burgueses filántropos” [29]

Los últimos años de Marx y sobre todo de Engels, con el cúmulo de novedades históricas que aportan, introducen algunos cambios de percepción, no siempre incorporados plenamente a la reflexión teórica. Por ejemplo, estaría la posibilidad de “saltar fases” en los países menos desarrollados (como Rusia), y se ha hablado de la perspectiva, particularmente en el último Engels, de una “revolución de las mayorías”, de posible carácter pacífico [30].

En relación la primera de estas cuestiones, se ha planteado que Marx habría iniciado la revisión –que, obviamente, no pudo terminar- de su idea de que la revolución sólo podía producirse en los países más avanzados, donde las condiciones objetivas se encontraban más maduras. Es la tesis que se defiende, implícita o explícitamente, en El Capital, en cuyo Prólogo a la 1ª edición se planeta que “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro” [EC, I, p. 7]; o en el Prefacio de la Contribución a la Crítica de la Economía Política, donde Marx asegura que “una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad” [CCEP, p. 38].

El contacto con algunos representantes del activo  movimiento populista ruso y la correspondencia que mantiene con ellos, así como el conocimiento de nuevos estudios científicos acerca de las formas comunales tradicionales en diversos lugares de Europa habría –en opinión de algunos estudiosos- cambiado su percepción sobre el problema. Así lo ha expuesto Shanin, pero también Fernández Buey,  recordando algún texto de Marx especialmente sensible a los problemas del capitalismo atrasado y crítico con visiones unilineales del proceso histórico [31]. Marx se negará entonces a que su teoría (la de El Capital y otros escritos) se conciba como una “teoría  histórico-filosófica cuya virtud suprema es ser suprahistórica”, y vislumbra incluso la posibilidad de que el pueblo ruso pueda evitar “sufrir los tormentos del régimen capitalista”. La clase era la comuna rural rusa, germen posible (regenerada) de un futuro socialismo; así la revolución rusa podría “dar la señal” para la revolución en Occidente, rompiendo por tanto la supuesta “lógica” de la prelación revolucionaria de los países más avanzados:

“Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista” [32]

Estas observaciones no significan que Marx y Engels se estuvieran replanteando radicalmente sus tesis anteriores; indican solamente que no habían cesado en sus reflexiones sobre los problemas prácticos de la revolución, y que van incorporando nuevos problemas a medida que surgen conocimientos científicos o movimientos sociales también nuevos. Algo parecido sucede con las reflexiones del viejo Engels sobre el papel del parlamentarismo, el sufragio universal y la democracia. El texto clave sería la Introducción de Engels, en 1895, al escrito de Marx sobre la lucha de clases en Francia [OE, I, pp. 112-134); en él se enfatizaba la importancia tanto de los cambios militares (que hacían “obsoleta” la lucha de barricadas y los métodos de 1848) como en el fuerte desarrollo de los partidos socialistas de masas y en las nuevas posibilidades que brindaba la legalidad burguesa; particularmente valoraba el arma del sufragio universal, “una de las más afiladas” que los socialistas podían utilizar. La maduración del proletariado con los progresos del capitalismo y la difusión de una teoría (la de Marx) que permitía crear el “gran ejército único” de los socialistas en continuo avance, creaban nuevas condiciones, que se sumaban a las cada vez mayores dificultades de las insurrecciones al viejo estilo. Ahora las revoluciones debían ser hechas por las masas:

“Si han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado la de la lucha de clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia en los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la desesperación a nuestros adversarios” [OE, I; pp. 121 y 129]. 

El uso del sufragio universal permite, entre otras cosas, medir las propias fuerzas, establecer un mejor contacto con las masas del pueblo y usar el parlamento como tribuna “desde lo alto de la cual pueden [los socialistas] hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y los mítines” [OE, I, pp. 124-125]. El énfasis aparece ahora puesto, ente todo, en la transformación de las conciencias, como apuntaba el mismo  Engels en 1891:

“Para arrebatar el timón a las clases poseedoras, necesitamos en primer lugar una revolución dentro de las cabezas de las masas obreras, tal como se está produciendo una actualmente (con una lentitud relativa, es cierto) y para realizarla se precisa un ritmo todavía más rápido en la revolución de los métodos de producción, más máquinas, más despidos de obreros, más quiebras de campesinos y de pequeños burgueses, necesitamos que las consecuencias inevitables de la gran industria moderna sean más palpables y más masivas (…). Las masas obreras se harán escuchar por medio del sufragio universal (…). Pero mi punto de vista es que no podrán ejecutarse acciones realmente liberadoras hasta tanto la revolución económica haga que la gran masa trabajadora tome conciencia de su situación, abriéndole así el camino hacia el poder político”[33] 

 Pero todo esto –que sería utilizado por sectores reformistas del nuevo movimiento-, no significa un cambio radical de las viejas ideas. La violencia en ningún caso es desechada de forma abstracta. Engels ni siquiera desecha la lucha callejera, si la nueva desventaja en que se encuentran los trabajadores “se compensa con otros factores”. El “derecho a  la revolución” no puede ser cuestionado, y en modo alguno ha de descartarse el enfrentamiento violento, que probablemente, con el uso de las vías “legales”, podría ser iniciado por la propia derecha contra los socialistas, adquiriendo la forma de una lucha entre gobierno legítimo y contrarrevolución “rebelde”. Además, Engels alertaba contra los peligros del “oportunismo” legalista, sacrificando el futuro del movimiento a cambio de ventajas inmediatas o estableciendo alianzas y compromisos inaceptables [34].

El triunfo de la revolución no significa la inmediata instauración del comunismo, sino que inicia un período de transición más o menos complejo. En el Manifiesto, se habla de “la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia”, que implicará adoptar una serie de medidas:

“El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de producción.

Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países”[35] 

Esta fase de transición será denominada muy pronto dictadura del proletariado. En Las luchas de clases en Francia, Marx se refiere al socialismo revolucionario o comunismo en estos términos:

“Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de la transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la supresión de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales” [LCF, en OE, I, p. 225]. 

En el mismo sentido,  en la conocida carta de Marx a Wedemeyer, en marzo de 1852, Marx afirmaba que “la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado” y que “esa misma dictadura no representa más que una transición hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases[36].

Este concepto –el de dictadura del proletariado– hay que entenderlo en relación con la anterior experiencia de la dictadura jacobina, pero sobre todo partiendo de la tesis de Marx de que todo régimen político (independientemente de su forma) es una dictadura de clase. Así lo subrayaba Engels en 1891, en su Introducción  a La guerra civil en Francia:

“En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía” [OE, I, p. 504]. 

Eso no significa que Marx y Engels consideraran idénticos todos los regímenes burgueses, aunque todos ellos tuvieran, a su juicio, ese carácter clasista. En la Crítica del Programa de Gotha, Marx ironizaba sobre los demócratas vulgares que veían en la república democrática “el reino milenario”, sin darse cuenta de que “es precisamente bajo esta última forma de Estado de la sociedad burguesa donde se va a ventilar definitivamente por la fuerza de las armas la lucha de clases” [CPG, en OE, II, p. 27]. También Engels, en carta a Bernstein (1884) identificaba a la república democrática como la forma superior y última de dominación burguesa:

“Lo que habría que decir, según mi opinión, es que también el proletariado necesita, para la conquista del poder político, formas democráticas; pero éstas sólo son medios como todas las formas políticas (…). Además, no hay que olvidar que la forma consecuente de la soberanía burguesa es la república democrática que, por otra parte, se ha hecho precaria con el desarrollo del proletariado, aunque, como demuestran Francia y América, todavía es posible como mera dictadura burguesa (…) Y desde luego la república democrática resulta siempre la última forma de la soberanía burguesa; aquella en la que revienta” [37]. 

Marx y Engels no llegan a  definir con mucha precisión cómo será la dictadura del proletariado, noción llena de resonancias de la fase jacobina de la Revolución francesa y que será luego reafirmada y matizada con la interpretación que hacen de la Comuna de Par. En la Crítica del Programa de Gotha se habla de este concepto identificándolo con una fase de transición:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” [CPG, en OE, II, p. 25].           

Hay, ciertamente, en Marx y Engels una resistencia a precisar los detalles de la sociedad comunista, e incluso de la fase de transición, para no incurrir en “fantásticas descripciones de la sociedad futura” propias de los utopistas [MC, en OE, I, p. 52]. Los obreros –dice Marx –“no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du peuple [por decreto del pueblo]” [GCF, en OE, I, p. 547]. Como Marx y Engels no conocieron un régimen semejante, salvo el caso específico de la Comuna de París, basaron gran parte de sus apreciaciones sobre el hipotético régimen de transición en este episodio concreto, al que por cierto mitificaron hasta cierto punto, subrayando más sus rasgos obreros frente a los pequeñoburgueses.

Para Marx, la Comuna había sido un “auténtico gobierno nacional”, “verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa”; y a la vez, un “gobierno obrero” y “campeón intrépido de la emancipación del trabajo” , un “gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación del trabajo”. Entre sus rasgos más característicos estaban, según Marx, la composición mayoritariamente obrera de los consejeros municipales, elegidos por sufragio universal, con bajos salarios y  revocables en todo momento; la separación de la Iglesia y el Estado y “la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras”; la supresión del ejercito permanente y la policía; la idea de elegir delegados en asambleas distrito, también revocables y con mandato imperativo, para una futura Asamblea Nacional de delegados, etc. [GCF, en OE, I, pp. 542-550].

Todos estos cambios muestran la necesidad de un cambio en la maquinaria del Estado con la llegada al poder de la clase obrera, rasgo por tanto ineludible de la dictadura del proletariado, según  apuntaba Engels en su ya citada introducción a este texto en 1891:

“La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el Poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas (…) (…)

Últimamente, las palabras ‘dictadura del proletariado’ han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí al dictadura del proletariado!” [OE, I, pp. 502-504].   

5.  Comunismo y “fin de la prehistoria”

La etapa de transición permitirá eliminar los obstáculos que conducen al comunismo y a lo que Marx denomina “fin de la Prehistoria de la humanidad”. Marx, muy crítico con las elucubraciones y los esbozos de sociedades perfectas de los socialistas utópicos, nunca quiso diseñar al detalle los rasgos de esta sociedad futura. Engels, en ese sentido, se adelantaba en 1867 a los posibles lectores de El Capital que esperaran encontrar en el libro las claves de

“cómo advendrá el reino milenario comunista (…). Ciertamente el lector aprende cómo no deben ir las cosas… y quien tiene ojos para ver reconoce con bastante claridad la exigencia de una revolución social (…) Pero acerca de la situación que se creará después de la revolución social, se limita a darnos algunas oscuras sugerencias” [38] 

Lo que sí se encuentran en Marx y Engels son algunas observaciones genéricas y poco precisas sobre el carácter de esta nueva etapa. Así lo plantea, por ejemplo, en los Manuscritos de 1844:

“El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto enajenación humana y, por tanto, como real apropiación de la esencia humana por y para el hombre; por consiguiente, como total retorno del hombre a sí mismo, como hombre social, es decir, humano, retorno total, consciente y llevado a cabo dentro de toda la riqueza del desarrollo anterior. Este comunismo es, como naturalismo consumado = humanismo, y como humanismo consumado = naturalismo; e sla verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza y con el hombre, la verdadera solución del conflicto entre existencia y esencia, entre objetivación y propia manifestación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el secreto descifrado de la historia y que se sabe como esta solución (…).

La superación de la propiedad privada representa, por tanto, la plena emancipación de todos los sentidos y cualidades del hombre (…) (…).

El comunismo es la posición de negación de la negación y, por tanto, el momento real, necesario de la emancipación y la recuperación humanas” [MEF, en EJ, pp. 617-626]. 

 Esta visión intensamente armonista de la futura sociedad, muy impregnada de abstracciones filosóficas, se completa con otras observaciones igualmente utópicas, como aquellas de La Ideología Alemana donde se habla de la división del trabajo y su superación con el comunismo:

“En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus actitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos [IA, p. 34]. 

Más allá de esta fantasía futurista, sin embargo, lo esencial en Marx y Engels es, como se dice a continuación de este texto, que las actividades humanos no se sustraigan a nuestro control y dependan “de un poder material erigido sobre nosotros”. Como se apunta en el Manifiesto, “en la sociedad burguesa el pasado domina al presente; en la sociedad comunista es el presente el que domina al pasado” [MC, en OE, I, p. 37]. El comunismo, será, ante todo, la etapa de superación de las grandes contradicciones y de la sustitución de la explotación y la desigualdad por la solidaridad:

“En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea sólo un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a  chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual,  según sus necesidades!” [CPG, en OE, II, p. 17].   

El comunismo, concebido además como sociedad de la abundancia, supondrá la autorrealización del individuo y el control de su propia vida; el fin de la alienación, la explotación o la división del trabajo, y el trabajo atractivo; la superación de la contradicción hombre-naturaleza;  una sociedad de productores asociados y el fin dela propiedad privada de los medios de producción , etc.

El comunismo es también el fin del Estado y su sustitución por la “administración de las cosas”, idea en parte recogida del socialista francés Saint-Simon. Se trata de superar la antinomia Estado/sociedad civil, entendida como disolución del contenido de uno y otra en una verdadera democracia, en una sociedad reconciliada en la que desaparecen los antagonismos de clase y por tanto el Estado como tal (basado en esos antagonismos) desaparece igualmente, al carecer de sentido. Se ha dicho que la idea del desvanecimiento del Estado o la sociedad sin Estado –que no significa sin una gestión de los problemas colectivos- es sobre todo de Engels [39].  Cierto que ya en elManifiesto se habla de la desaparición del  poder político con la de las clases:

“Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político. El Poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase.

En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”  [MC, en OE, I, p. 43].  

Pérdida del carácter político del Poder público o libre asociación son, pues, rasgos de la visión marxista del comunismo, que es cierto que aparece formulada especialmente en textos de Engels, como el Anti-Dühring:

El proletariado se apodera del poder del estado y transforma, desde luego, los medios de producción en propiedad del Estado. De esta suerte se destruye él mismo como proletariado, suprime todas las diferencias y antagonismos de clase y también al Estado como Estado. La sociedad que se movía en los antagonismos de clase tenía necesidad del Estado, es decir, de una necesidad de la clase explotadora de cada época, a fin de mantener las condiciones exteriores de la producción; a fin, en particular, de mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de explotación exigidas por la forma de producción existente (esclavitud, servidumbre, salariado). El Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo visible, pero sólo en la medida en que era el Estado de la clase que representaba en su tiempo toda la sociedad: Estado de los ciudadanos propietarios de esclavos en la antigüedad; estado de la nobleza feudal en la Edad Media y Estado de la burguesía en nuestros días. Mas llegando al cabo a ser el representante efectivo de la sociedad entera, se hace superfluo. Desde el momento en que ya no hay una clase social que mantener oprimida; desde que se suprimen al mismo tiempo que el dominio de clase y la lucha por la vida individual, fundada en la antigua anarquía de la producción, las colisiones y los excesos que de ahí resultan, ya no hay que reprimir nada y deja de ser necesario un poder especial de represión, o sea el Estado. El primer acto por el cual se manifiesta el Estado realmente como representante de toda la sociedad, es decir, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es al mismo tiempo el último acto propio del Estado. La intervención del Estado en los asuntos sociales se hace progresivamente superflua y acaba por languidecer. Al gobierno de las personas se sustituye la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción. El Estado no es ‘abolido’; muere[AD, pp. 304-305]. 

El Estado no ha existido eternamente, y desaparecerá con las clases:

“Las clases desparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día. Con la desaparición de las clases desparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizada de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce” [OFPE, en OE, II, p. 340].  

El comunismo es la “negación de la negación” (fruto de la dialéctica histórica), y por tanto el “momento real de la emancipación”. Con él se inicia la verdadera historia humana:

“Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana” [CCEP, p.38].

[1] Para citar las obras de Marx y Engels, utilizaremos las siguientes siglas: AD = Anti-Dühring;  CCEP = Contribución a la Crítica de la Economía Política; CFDH = En torno a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel;  CPG = Crítica del Programa de Gotha;  CPV = Contribución al problema de la Vivienda; DB = El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte; EC = El Capital;  EJ =Escritos de Juventud; GCF  =  La guerra civil en Francia; IA = La Ideología Alemana; LCF = Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850;  MC = Manifiesto Comunista; MEF = Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844;  MF = Miseria de la Filosofía; MI-AIT = Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores; MLC = Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas; OE = Obras Escogidas; OFPE = El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado; TAC = Trabajo asalariado y capital.

[2] E. J. Hobsbawm (1980),  pp. 141 y ss., y 195-196.

[3] J. Elster (1991), p. 148.

[4] R. Máiz (1992).

[5] R. Máiz (1992), pp. 108-113.

[6] F. Fernández-Buey (1998), p. 158. La Liga nunca llegó a rebasar unos pocos centenares de militantes.

[7] Véase voz “Partidos políticos”, en C. D. Kernig (1975), serie Política, 6, pp. 138-144. También M. Löwy (1973), pp. 187-256.

[8] F. Fernández-Buey (1998), pp. 158-160.

[9] R. Máiz (1992),  pp. 104-105 y 126-127; F. Furet (1992), p. 21.

[10] L. Kolakowski (1980), t. I, pp. 302-306.

[11] T. Bottomore (1984), pp. 675-676. Voz “Sindicatos”, en C. D. Kernig (1975), Serie Política 7, pp. 126-129.

[12] P. Anderson (1986), pp. 122-123;  E. J. Hobsbawm (1980), pp. 142-144; R. Máiz (1992).

[13] E. J.Hobsbawm (1980).

[14] Visiones generales en M. Löwy y G. Haupt (1980), pp. 13-25 y 85-91; H. B. Davis (1972); R. Gallissot (1981), pp. 133-166.

[15] R. Máiz (1993), pp. 128-129.

[16] El texto es de un artículo de Engels en la revista socialdemócrata  Neue Zeit, en 1986. Citado por M. Rébèrioux (1981), p. 292.

[17] Marx lo señalaba así en 1848: “un pueblo que oprime a otro no puede liberarse a sí mismo”. Engels hablaba de “la desgracia que constituye para un pueblo el hecho de sojuzgar a otro”. En 1866, Marx añadía: “el movimiento obrero se verá constantemente interrumpido,  obstaculizado y retrasado hasta que esa gran cuestión europea quede resuelta”.

[18] Sobre la “excepción de Irlanda” en el pensamiento de Marx y Engels, véase R. Gallissot (1981), pp. 150-158. Textos sobre el tema en K. Marx y F. Engels (1979).

[19] L. Kolakowski (1980), I, pp. 132-135.

[20] Sobre este período de la vidas de Marx y su evolución intelectual en el mismo, hay interesantes informaciones por ejemplo en F. Fernández Buey (1998), pp. 68-93, o M. M. Löwy (1973), pp. 100-143. Relaciones de Marx con asociaciones de artesanos y grupos de obreros, en N. Niicolaïevski y O. Maenchen-Helfen (1973), pp. 102-114.

[21] Críticas a estos planteamientos, en el Manifiesto Comunista o en el texto de Engels del socialismo utópico al socialismo científico. Marx y Engels, sin embargo, no desprecian a los “utopistas”, señalando entre otras cosas su ingenuidad, pero valorando muchas de sus críticas al capitalismo.

[22] E. J. Hobsbawm (1980), pp. 162 y ss. Sobre Marx y la Revolución francesa de 1789, véase F. Furet (1992).

[23] Explicar qué es jacobinismo y blanquismo. G. Lichtheim (1971) insiste mucho en ese supuesto jacobinismo  o blanquismo, por ejemplo a propósito de su teoría de la revolución permanente (pp. 153-158). También lo hace F. Claudín (1976), pp. 312-315.

[24] Citado en F. Fernández Buey (1998), p. 170. En MLC (OE, I, p. 106) lo plantea en estos duros y contundentes términos: “Durante el conflicto e inmediatamente después de terminada la lucha, los obreros deben procurar, ante todo y en cuanto sea posible, contrarrestar los intentos contemporizadores de la burguesía y obligar a los demócratas a llevar a la práctica sus actuales frases terroristas. Deben actuar de tal manera que la excitación revolucionaria no sea reprimida de nuevo inmediatamente después de la victoria. Por el contrario, han de intentar mantenerla tanto tiempo como sea posible. Los obreros no sólo no deben oponerse a los llamados excesos, a los actos de venganza popular contra individuos odiados o contra edificios públicos que el pueblo sólo puede recordar con odio, no sólo deben tolerar tales actos, sino que deben tomar su dirección”.

[25] F. Fernández Buey (1998), pp. 209-212. Explicar lo de “nihilismo”.

[26] T. Bottomore (1984), pp. 351-357, voz “Guerra”; M. Rébèrioux (1981), pp. 289 y ss.

[27] Cit. en M. Rébèrioux (1981), pp. 302-303.

[28] Así lo plantea, creo que correctamente, M. Löwy (1973), pp. 233-256.

[29] Cit. en M. Löwy (1973), pp. 253-254.

[30] Véase O. Negt (1980).

[31] T. Shanin ed. (1990); F. Fernández Buey (1998), pp. 216-226.

[32] La cita es del Prefacio a la edición rusa de 1882 del Manifiesto Comunista [OE, I, p. 16]. Sobre estos temas, también A. Walicki (1981). Al parecer Engels era más escéptico que Marx sobre el tema.

[33] Carta de Engels a Oppenheim, 24 de marzo de 1891; cit.  en O. Negt (1891), p. 25.

[34] E. J. Hobsbawm (1979), pp. 167-171; OE, I, pp. 128 y ss.

[35] MC, en OE, I, pp. 42-43.  si embargo, añade, en los países más avanzados se aplicarán medidas como la expropiación de la propiedad territorial, un fuerte impuesto progresivo, la abolición del derecho de herencia, la confiscación de bienes de los sediciosos, la centralización del crédito y los medios de transporte en manos del Estado, la multiplicación de empresas fabriles pertenecientes al Estado, la obligación del trabajo para todos, la combinación de agricultura e industria (para hacer desaparecer gradualmente la oposición entre ciudad y campo) o la educación pública y gratuita de los niños.

[36] Cit. en T. Bottomore (1984), p. 232.

[37] Cit. en  C.  D. Kernig (1975), Serie Política, 2, p. 52.

[38] Cit. en O. Negt (1981), p. 17.

[39] C. D. Kernig (1975), Serie Conceptos Fundamentales, I, p. 103.

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