El Manifiesto Comunista en la época de la globalización

Amigas, amigos, casi familiares, ¿cómo va crisis?, ¿capeándola, padeciéndola?. No hay mal que dure cien años -es un decir- y si entre todas y todos empujamos este edificio carcomido, enfermo y ruinoso nos quedará un espléndido solar en el que construir entre tod@s el edificio que consideremos más útil.

Pero mientras llega ese día, o mejor dicho, mientras hacemos posible que ese momento llegue algún día y no quede en mera esperanza utópica, ¿qué mejor que una buena lectura como la que os ofrecemos?. Podemos añadir que se trata de una doble entrega (si amigos, el auténtico 2×1 de “Marx desde cero”) a cargo de Miguel Salas, trotsquista militante, editor de la revista española “Aurora” sobre la estructura económica de las naciones en relación con el Manifiesto Comunista, El Capital y la situación actual.

El primero de los trabajos que queremos presentar se recoge bajo el sugerente título de Vuelve Marx. El segundo de los trabajos de Miguel Salas que ofrecemos a continuación corresponde a la ponencia presentada por el autor al Congreso Internacional sobre Marx que organiza regularmente la revista internacional Actuel Marx.

 

El Manifiesto Comunista en la época de la globalización

Miguel Salas

 

 

 

El 150º aniversario de la aparición del Manifiesto Comunista es una inmejorable ocasión para revisar su vigencia y reflexionar sobre su estado de salud. Para los marxistas revolucionarios, los trotsquistas, el marxismo es una ciencia viva que la lucha de clases pone a prueba continuamente. A diferencia de lo que dicen sus detractores, desde los burgueses hasta los que han renegado de él, el marxismo no son cuatro verdades inmutables ni un intento de adaptar la realidad a los deseos. El marxismo es una ciencia viva basada en el análisis materialista de la sociedad y es una guía para la acción del movimiento obrero.

 

Probablemente no hay en la literatura del movimiento obrero un documento que haya tenido tanta influencia como el Manifiesto. Desde sus primeros años fue un instrumento útil y eficaz que los trabajadores y los jóvenes utilizaron para analizar la sociedad capitalista, del que aprendieron un método para comprender los procesos de la lucha de clases y que usaron para formarse y educar a otras generaciones. Ciertas frases, ciertas consignas, ciertas expresiones, que siguen vivas en la lucha y la conciencia de los trabajadores nos confirman su vigencia: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”; “Proletarios de todos los países, uníos”; “Los obreros no tienen patria”; “Los proletarios no tienen nada que perder más que sus cadenas”.

 

Pero, ¿queréis decir que después de tantos años todavía es actual? ¿No es mejor considerarlo sólo como un buen documento histórico? Está claro que si sólo se lee o analiza de una manera superficial, encontraremos partes que han quedado anticuadas o superadas por la historia. El hilo conductor del Manifiesto, lo que lo mantiene vivo, es su tesis fundamental: “que la producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que, por tanto toda la historia ha sido una historia de la lucha de clases, de lucha entre las clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía) sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y las luchas de clases”. Esta concepción materialista de la historia aplicada en el Manifiesto sigue siendo nuestra guía en la lucha por acabar con el capitalismo y levantar una sociedad socialista.

 

La concentración capitalista

 

En estos últimos años es normal leer titulares de prensa del tipo siguiente: “Se crea el segundo grupo informático mundial”; “Un grupo suizo se convierte en el segundo grupo financiero del mundo”; “Se crea el tercer grupo asegurador europeo”; “Se aprueba la fusión de las compañías de aviación Boeing y McDonnell”… En la actual época de la globalización de los mercados mundiales, de las comunicaciones globales o de los movimientos de capitales de una a otra parte del mundo, nos parece evidente la unidad del mercado mundial. Pero hace 150 años, sólo la genialidad de Marx y Engels y el carácter científico de la teoría que utilizaron, el marxismo, podían señalar las tendencias históricas que iban a definir el futuro del capitalismo.

 

 El Manifiesto está redactado en la época de libre competencia del capitalismo. Marx y Engels no se dieron cuenta de que la burguesía todavía estaba en ascenso, tenía mercados que conquistar y medios y fuerza para desarrollarse. Salvo una parte de Europa, la mayor parte del mundo apenas había salido del feudalismo o estaba en estado semisalvaje, pero el capitalismo ya había mostrado sus verdaderas fauces y por eso el Manifiesto puede anticipar parte de lo que será su evolución. En él se explica que: “Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes… En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos… Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras… Obliga a todas las naciones… a adoptar el modo burgués de producción… En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”.

 

Esta explicación y al tiempo previsión del futuro del capitalismo es otra de las genialidades del Manifiesto, aunque evidentemente no podía prever en su manera concreta las diferentes etapas de su desarrollo. Años después, el mismo Marx en El Capital analizaría la tendencia de la libre competencia a transformarse en monopolio y Lenin lo completaría en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo.

 

Para los marxistas revolucionarios la globalización de la economía no representa una etapa nueva del desarrollo capitalista, sino la culminación de la concentración monopolista. La globalización significa que el poder económico -y por tanto el político- está cada vez más concentrado; que un selecto y reducido grupo de capitalistas tiene el mundo entre sus manos. En 1994 se calculaba que 37.000 sociedades y sus 170.000 filiales extranjeras dominaban la economía mundial. Cinco países capitalistas (Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania y el Reino Unido) se repartían 172 de las 200 más importantes multinacionales. Y esa tendencia no ha dejado de crecer en los últimos años.

 

Veamos algunos ejemplos de cómo la globalización está llevando casi hasta el límite la concentración monopolística. Dos de las más grandes empresas de aviación, Boeing y McDonell, se han fusionado y controlarán el 70% del mercado. La fusión de la UBS (Unión de Bancos Suizos) y la SBC (Swiss Bank Corporation) ha creado el segundo grupo financiero del mundo. Para hacerse una idea de su importancia digamos que manejará unos fondos de 137 billones de pesetas, el 90% del Producto Interior Bruto del Reino Unido. El sector farmacéutico ha tenido en los últimos años operaciones financieras que han cambiado el panorama: en 1995 se fusionaban Glaxo y Welcome para formar el primer grupo del mundo; en 1996 lo hacían Ciba y Sandoz para formar Novartis y ser el segundo del mundo; en 1997 el grupo Roche compraba Boeringher y De Puy… Y así en prácticamente todos los sectores de la producción, los servicios, la banca, etc. En los últimos diez, quince años, la concentración monopolística ha sido de tal envergadura que se ha reducido enormemente el número de grandes empresas y grandes capitalistas que tienen poder real de decisión sobre las principales líneas de la política económica mundial. En ese sentido el término globalización debe ser entendido no sólo como una extensión y conquista de los mercados, sino también por una mayor reducción de los grupos capitalistas que dominan el mundo.

 

Las crisis de producción

 

Los grandes grupos capitalistas han puesto en marcha acuerdos supranacionales, porque su poder traspasa ya las fronteras de un país y necesitan extender sus garras. La Europa unida definida en el Tratado de Maastricht con su expresión en la moneda única, el acuerdo de Estados Unidos, Canadá y México para crear un acuerdo de libre comercio regional, o el firmado en Asia, son ejemplos en el terreno económico y político de la globalización.

 

Para algunos ideólogos capitalistas y, añadimos, algunos renegados del socialismo, el capitalismo estaría logrando controlar su propio proceso de desarrollo o, como mínimo, controlando sus crisis. La reciente crisis del sudeste asiático, como la anterior de México, desmienten completamente tal suposición. Pueden retrasar la crisis, pueden poner parches y que duren cierto tiempo, pero no pueden evitar lo que ya el Manifiesto Comunista diagnosticaba: “Las relaciones burguesas de producción… que han hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemejan al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros… ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos”.

 

Si la globalización ha conquistado prácticamente todos los mercados y explotado intensamente, para seguir manteniendo su poder y sus niveles de beneficios ha tenido que introducir nuevos ataques contra los trabajadores y sus derechos. La precariedad, la movilidad geográfica, la intensificación de la producción, son “aportaciones” recuperadas por el capitalismo de este fin de siglo.

 

Aunque hay una que es estrella: el paro. La principal fuerza productiva, el hombre, es la más destruida por la globalización. Europa tiene unos 18 millones de parados; entre 1984 y 1994 las 500 más importantes empresas mundiales despidieron una media de 400.000 trabajadores por año; la actual crisis asiática amenaza con dejar en la calle a 14 millones de trabajadores en Corea, Indonesia y Tailandia, y eso sin contar las amplias zonas de miseria y hambre que recorren todo el mundo.

 

“Durante las crisis, una epidemia social… se extiende sobre toda la sociedad: la epidemia de la superproducción”, decía el Manifiesto. Así son las crisis capitalistas. Cada una de ellas muestra la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada capitalista. El desarrollo de la sociedad ha logrado producir más y mejor en menos tiempo, pero en manos de los capitalistas eso significa cierres masivos de empresas, liquidación de sectores agrícolas, paro masivo, bolsas enormes de hambre y miseria, todo ello para mantener sus beneficios. El mantenimiento de la propiedad burguesa tiene que hacerse a costa de la destrucción de fuerzas productivas. La propiedad privada de los medios de producción está en conflicto con el desarrollo de la sociedad. En este terreno, la globalización no ha hecho más que acentuar la contradicción y acelerar los conflictos entre las clases.

 

La clase obrera

 

Como ya hemos dicho, el Manifiesto es un documento político para la acción de la clase obrera, por eso expresa de dónde y cómo surgirá la alternativa a la sociedad capitalista. “La burguesía -dice- no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios… El desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.

 

En este terreno el Manifiesto también ha demostrado mucha más vitalidad que todas esas teorías modernas sobre la superación de la lucha de clases, la práctica desaparición de la clase obrera, el final del socialismo, etc. Las movilizaciones de los trabajadores franceses, las huelgas generales en Corea, la victoria de la huelga de UPS (United Postal Service) en Estados Unidos, o antes la caída de las dictaduras burocráticas en la URSS y los países del Este, demuestran con toda claridad que la fuerza de la lucha de clases está en la clase obrera; que sólo ella es capaz de acabar con el poder de la burguesía y dar pasos hacia el socialismo. Que esta lucha sea difícil, dura y complicada, no quita valor a la afirmación. La falta de una organización y de una teoría y práctica revolucionaria aún hace más tortuoso ese objetivo. Los marxistas revolucionarios de hoy, los trotsquistas, estamos empeñados en reunir en un partido revolucionario a los trabajadores y jóvenes más conscientes para ayudar a la lucha obrera desde la exigencia de sus reivindicaciones inmediatas hasta la conquista del poder.

 

A pesar de las dificultades políticas, la desorganización obrera o la traición de los dirigentes sindicales, la globalización, en su aspecto de mayor concentración de la economía, ayuda objetivamente a la lucha obrera pues también le obliga a concentrar su lucha contra esos pocos grandes capitalistas que controlan la economía mundial y sus estados.

 

Conmemorando este 150º aniversario del Manifiesto Comunista, es preciso animar a los trabajadores y a la juventud a hacer suyas las enseñanzas contenidas en él.

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