Un socialismo para el mañana

pueblo (Fauves)Leí hace algún tiempo una interesante reflexión de Enric Tello que nos viene que ni pintada. Decía así:

“De Marx a Gramsci, existió durante mucho tiempo en la tradición socialista la convicción que los materiales para construir un orden nuevo estaban ya presentes en el viejo. El comunismo existe en estado embrionario, como una miríada de elementos dispersos, en la misma sociedad donde vivimos. De no ser así, ni el proyecto socialista resultaría factible ni sería verdad que la Humanidad sólo se plantea tareas que puede llevar a cabo”.

Afortunadamente aún hay mucha gente empeñada en reconstruir esa esperanza socialista, mucha gente dispuesta a buscar y rebuscar donde haga falta esos materiales, esas condiciones materiales que amenazan con pudrirse. De entre toda esa gente y en esa linea de búsqueda, difundimos hoy el trabajo del profesor Tony Andréani. Cuando quieran…

Saludos fraternales. Olivé

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UN SOCIALISMO PARA EL MAÑANA

Tony Andréani

Si LA IZQUIERDA ESTÁ DESMORALIZADA, no es sólo porque el movimiento social está en su punto más bajo y porque las evoluciones del Este la desorientaron completamente, sino también, es necesario decirlo, porque ya la izquierda no tiene proyecto de sociedad, porque ya no sabe lo que podría ser el socialismo. Hagamos un breve examen de lo que fueron sus temas fundamentales.

¿Los servicios públicos? Encarnaban una lógica no-capitalista, basada en la satisfacción de las necesidades sociales, en la igualdad de los usuarios, en el monopolio, en el principio del menor costo. La noción sigue siendo poderosa y aún los liberales reconocen su necesidad cuando el mercado es insuficiente o no puede tomar en cuenta las “externalidades“. Pero esta noción tiene sus límites: no se puede extender ilimitadamente su campo sin arriesgarse a una “tiranía de la mayoría” sobre las necesidades, sobre todo si éstas están definidas por una minoría dirigente que gobierna en nombre del pueblo; la ausencia de competencia y la presión de los corporativismos obstaculizan la economía de los costos.

¿Las nacionalizaciones? Se consideraba que iban a despojar a los oligopolios privados de su poder en la economía o sobre la economía (a través de los bancos y el Estado “del capital“) para conferirlo a un poder público, dar una voz deliberativa a los representantes de los asalariados, limitar el papel de las ganancias y entregar los dividendos a la colectividad. ¡Ay! Las empresas públicas, comprometidas en vastos mercados, generalmente internacionales, debieron, de buena o mala gana, plegarse a la lógica capitalista. La democratización fue tan tímida, con una concepción que seguía siendo fundamentalmente estatista, que los asalariados no notaron la diferencia y perdieron poco a poco algunas de las ventajas de que disponían; el poder público consideró que los dividendos eran su fondo privado; las barreras jurídicas entorpecieron la movilidad del capital y su recomposición. En este contexto las privatizaciones encontraron poca resistencia y parecieron facilitar las adaptaciones de un capital ramificado (los grupos) y multinacional.

¿El Plan? Debería sustituir la opacidad y la anarquía del mercado con un dominio consciente de la economía o, al menos orientarlo en función de opciones democráticas. Pero la planificación a la soviética fue, por su modo de cálculo y el remplazo de los intercambios del mercado por relaciones jerárquicas, todavía más opaca, irracional y derrochadora que el sistema capitalista. En cuanto a la planificación a la francesa, se reveló más burocrática que democrática, antes de ser arrastrada por la transnacionalización y sus exigencias.

¿La autogestión? La izquierda francesa fue por mucho tiempo muy estatista para creer en ella, y sólo se interesó seriamente cuando fue superada: limitada en sus ambiciones por la propiedad del capital por los trabajadores; inclinada, por diversas razones a la subinversión; poco propicia, se piensa, a la democracia cuando ésta supera cierta medida; en síntesis, condenada a permanecer en la marginalidad salvo que se la asfixie mediante una burocracia política (Yugoslavia) o que no represente más que una forma mejorada de nacionalización.

¿Los nuevos criterios de gestión? Por cierto interesantes, pero incompatibles con las exigencias de la competencia-sólo las grandes empresas del Estado podían darse el lujo de aplicar esos criterios y muy pronto la competencia internacional debía reducirlas a su mínima expresión.

No me demoraré en el Estado keynesiano, porque sólo cuando ese Estado participaba de estas ideas podía aparecer como avanzando hacia el socialismo. Si no, no era más que un instrumento de la gestión social y de la regulación del capitalismo, y hoy sabemos que sus fundamentos están muy afectados por la ruptura del compromiso social y por la mundialización. Sin embargo, hacia una restauración de este Estado miran todos los que, conscientes de la loca deriva del capitalismo buscan ideas para un nuevo progresismo. Pero por ciertas razones que acaban de mencionarse y por otras muchas, la vía socialdemócrata tradicional parece impracticable.

Entonces, ¿qué hacer? La tarea es ineludible: hay que repensar el socialismo, concebir un cierto número de “modelos” lo suficientemente precisos como para ver si es posible a mediano plazo una alternativa realista al capitalismo. El interés de tal tentativa es triple. Nos conducirá a buscar lo que puede ser conservado (con adaptaciones) del sistema actual, en lugar de condenarlo en bloque como si fuera una totalidad indivisible o de aceptar la fatalidad sin cuestionamientos, por no querer corregirla más que marginalmente. Si esta tentativa tiene éxito, dará un sentido -un significado y una dirección- a los objetivos de transformación a los que razonablemente se puede tender a corto plazo. Por fin, podrá devolver la confianza y la esperanza a las luchas de los oprimidos.

Sé muy bien cuáles son las objeciones que se hacen o se harán a la idea de que es necesario volver a retomar el problema del socialismo, y es a ellas a las que ahora responderé.

Primero se dirá que el porvenir no se decreta. ¿Marx no nos había advertido que “el comunismo no es (…) ni un estado que debe crearse, ni un ideal al cual deberá ajustarse la realidad“, sino “el movimiento real que anula el estado actual“. Sin embargo, no se trata de caer en la utopía, cualquiera sea su poder inspirador. Lo que hemos de pensar, repito, es una (o varías) alternativa concreta que tenga grandes posibilidades de ser viable. Marx tenía una cierta visión evolucionista,”necesitarista” de la Historia, a pesar de elementos contrarios. Pero nada permite pensar que el movimiento real conducirá por sí mismo a una sociedad “superior“, sea por el desarrollo de las fuerzas productivas o por el de la lucha de clases cuya evolución podría preverse. Finalmente, ninguna nueva sociedad nació nunca sin el fórceps de las tomas de conciencia, proyectos, una concepción del mundo. La única pregunta pertinente es saber si existen fuerzas sociales susceptibles de movilizarse por una transformación social, en el caso en que ésta aparezca suficientemente clara, precisa y creíble para justificar el compromiso.

¿Pero será necesario esperar que el “movimiento social” nos provea las luces que necesitamos, que se libere de los combates cotidianos, puntuales, en cada lugar, en cada terreno, un programa que crezca por sí mismo? ¿Es preciso entonces, desconfiar de todo pensamiento algo totalizante o globalizador?

Que se me permita una reflexión sobre el drama que vive Rusia. He aquí una sociedad donde pasa algo asombroso: en algunos años una población que tenía un nivel de vida mediocre pero estable, más culta que cualquier otra a pesar de las ataduras y de la esclerosis intelectual en que la mantenía el sistema “comunista” (pero también, hay que decirlo, gracias a él), con una tasa de diplomados única en el mundo, heredera de un gran pasado cultural; y he aquí que esta sociedad pierde bruscamente todos sus valores, todos sus puntos de referencia, todos sus hábitos de vida y se encuentra sumida en un caos indescriptible, en la peor miseria, en la lucha individual por la supervivencia, en la sociedad del crimen… y todo esto sin reaccionar, en la más completa desesperanza. Y bien, ¿quién puede dar una explicación “racional” (en términos de movimiento social, de luchas de clases, etc.) de lo que aparece no como una mutación (proceso en rigor pensable para los otros países del Este) sino como una catástrofe?¿Quién puede identificar el “movimiento real“? ¿No deberíamos recordar las palabras de Engels cuando dice que una sociedad que no controla sus relaciones de fuerza puede “consumirse“? Ahora bien, pienso que Rusia se hunde no sólo porque es difícil pasar de mi régimen a otro, sino también porque su pueblo no sabe hacia dónde va y que el gran fracaso de sus dirigentes políticos “perestroikistas” es no haber sabido o podido iluminarlo.

Mi intención es decir que corresponde a los “intelectuales” (en el sentido más amplio del término: todos los que tienen tiempo y medios para leer, reflexionar y escribir) hacer su trabajo de análisis y propuestas, y que no son los trabajadores, absorbidos por sus preocupaciones cotidianas, los que lo harán en su lugar. Comprendo que deben estar extremadamente atentos a las situaciones concretas y a las luchas sociales y que no podría ser cuestión de infundir la ciencia desde afuera a los oprimidos, como lo preconizó Lenin en el pasado. Pero sostengo que es su responsabilidad utilizar las herramientas de que disponen. En especial les es necesario desembarazarse de la culpabilidad y la mala conciencia -¿quién ha estado exento?- ligadas a las cegueras, los dogmatismos, las teorizaciones erróneas, en que pueden haber incurrido. No debemos renunciar a toda ambición de concebir una alternativa, por haber adherido equivocadamente a tal o cual modelo -soviético, chino, cubano, socialdemócrata. Sólo se trata de pensar de otra manera, en términos heurísticos y experimentales. No es por haber caído en los “grandes relatos” que no se puede imaginar más nada. Se trata, tan sólo, de dirigir la reflexión hacia los grandes principios (que son complejos y a menudo contradictorios) y hacia la elaboración de un socialismo realizable, aunque no sea del todo satisfactorio, con tal que marque un avance hacia los principios y al menos un comienzo de inversión de tendencias con respecto al capitalismo.

Se dirá también que no ha llegado aún el momento para las investigaciones teóricas, porque están muy lejos de las preocupaciones y de las posibilidades de comprensión de la gente, porque los intelectuales “revolucionarios” son poco numerosos, están aislados y lejos de las bases. El primer argumento me hace pensar en el de los programadores de televisión que declaran adaptarse a las “demandas” del público. Se cree en verdad que la “gente” se queda con la nariz metida en su hoja de salario, en la desocupación que los amenaza o los ha alcanzado, en los estudios sin salida laboral de sus hijos, en cómo invertir sus ahorros, etc., sin ver que estos problemas no pueden ya resolverse uno a uno, que la crisis es general y reclama respuestas nuevas y globales. ¿Poco numerosos los intelectuales “transformadores“? Sin duda, e ignorados por los medios. ¿Pero sus filas no engrosarían si tuvieran algunas perspectivas claras, un poco de convicción razonada? Más grave es el problema del vínculo con el tejido social a través de los enlaces militantes. Pero, si los sindicatos están enfermos, aún no han muerto y el movimiento asociativo está vivo.

Es tiempo de volver a la cuestión del socialismo y de mencionar, forzosamente en forma rápida y un poco técnica, algunas ideas para pensar la alternativa. Me basaré en trabajos existentes que, cualesquiera sean las críticas que se les puedan dirigir, tienen el mérito de abrir el debate (limitaré mis referencias a los textos reunidos en el número de octubre de 1993 de la revista Actuel Marx). 1

El nudo del problema es, evidentemente, la propiedad, porque implica un poder de afectación y de gestión del capital financiero y técnico y sobre todo del trabajo. Ahora bien, el pensamiento socialista se quedó, equivocadamente, encerrado en el dilema propiedad privada/propiedad del Estado.

La propiedad privada capitalista posee una poderosa ventaja que es el secreto de su eficacia: los poseedores y administradores del capital tratando de que se produzca plusvalía (en primer lugar bajo forma de ganancia) y de apropiársela, consideran a los trabajadores como un insumo entre otros muchos y no dudan ante las más draconianas condiciones de contratación, despido, salario, trabajo. Y sabemos cuál es hoy el resultado: “limpiezas” masivas, reestructuraciones brutales, empleos precarios o prccarizados, acoso en el trabajo, manipulación de las conciencias y mucho más. Dicho de otra manera, el precio a pagar por una buena gestión es la opresión, la explotación, la alienación de la gran mayoría de los asalariados. La pregunta es: ¿se puede alcanzar la misma eficacia económica (relativa, en esta época de crecimiento débil) o una eficiencia mayor a través de otras estructuras y otros medios? Renunciar a esto sería internarse en el camino sin salida de los países del ex-bloque soviético: sería necesario cerrar las fronteras, desconectarse del mercado mundial, privar a los pueblos de los beneficios (reales o supuestos) del consumo, etc. De ninguna manera defiendo una tesis produccionista. Si es deseable frenar la producción de bienes de consumo y cambiar de modo de vida, cosa de la que mucha gente está convencida, esto no se obtendrá por la incapacidad de producir rápido y mejor, sino porque en las profundidades del sistema económico y en la sociedad, los individuos habrán llegado a cambiar sus comportamientos.

Pero el sistema capitalista está lejos de ser tan eficiente como pretende. Sin contar los costos sociales, visibles o invisibles de esta eficiencia -que son innumerables, aún sólo en el campo de la protección social que intenta reparar en algo los “daños“-es fácil ver que las decisiones están lejos de ser óptimas. Los pequeños accionistas que “votan con los pies” son muy malos jueces de la gestión de las empresas. Los propietarios influyentes (grandes accionistas, inversores institucionales, bancos) son más sagaces, pero están muy alejados del funcionamiento para apreciar mejor las capacidades a largo plazo. Los mismos directores, además del hecho de que dependen de estos propietarios miopes, y cualquiera sea su capacidad administrativa, están muy mal informados de lo que pasa realmente en esas organizaciones complejas en las que reinan soberanamente, debido a la ausencia de estructuras realmente democráticas. Por otro lado, los propietarios otorgan a sus apoderados salarios y ventajas de función exorbitantes, que pesan enormemente en los gastos fijos. Por fin, los bancos no sólo prestan únicamente a los ricos, sino que lo hacen según criterios en los que el conformismo, la influencia, la pertenencia de casia, etc. de los que piden prestado falsean el razonamiento (que se piense en la devastadora política de préstamos inmobiliarios de estos últimos años realizada por los grandes bancos franceses).

Conclusión: debe ser posible superar al capitalismo en materia de eficacia. Una impresionante cantidad de estudios muestra que una mayor participación de los trabajadores, un abanico más cerrado de salarios, mayor seguridad en el empleo, derechos garantizados y participación en las ganancias permiten incrementar la productividad, hasta llegar a salvar empresas capitalistas condenadas. Esto supone un cambio más o menos importante en la estructura de la propiedad y del poder.

La propiedad del Estado nada resuelve, todo lo contrario. Porque de dos cosas, una. O bien el Estado administra sus empresas como servicios públicos, lo que es un error cuando se trata de producir bienes privados y no bienes sociales. O bien las controla como si fuera un gran accionista capitalista; pero lo hace mal, sea que actúe en función de consideraciones y afinidades políticas inoportunas en ese terreno, sea que trate el conjunto del sector público competitivo como una especie de macrogrupo (sacando beneficios de un lado, cubriendo déficits del otro, a menudo metiendo la mano en el bolsillo de los contribuyentes) según una lógica más financiera que productiva y más arbitraria todavía que en el caso de grupos capitalistas. Fue un gran error del pensamiento de izquierda creer que se podría conducir una política económica a fuerza de intervenciones del Ministerio de Economía y del Ministerio de Industria en las empresas del Estado. Existen también las barreras jurídicas que dificultan la movilidad del capital. Por lo tanto, las relaciones sociales no cambian en lo esencial en esta gestión desde arriba, que como vemos se inspira hoy cada vez más en las técnicas de gestión capitalista y su productividad no difiere demasiado de la del sector capitalista.

Pero entonces, ¿qué formas de propiedad utilizar, qué estructuras de poder? En esto los autores difieren, como se puede ver en el número de la revista antes citada. Fred Bloch preconiza el mantenimiento de la propiedad privada pero con una gestión donde el poder del capital sería minoritario, de alguna manera es el modelo alemán, llevado más allá de los límites que no pudo franquear. Solución híbrida que aunque tuviera la posibilidad de salir a la luz, podría llegar a producir una inestabilidad crónica. Bardhan y Roemer (primer estilo) están por una propiedad de Estado, pero donde el Estado sólo interviene para nombrar a los directores, la posesión se distribuiría, por un juego de participaciones cruzadas, entre las empresas de un mismo grupo público. Roemer (segundo estilo) propuso una propiedad del público, cada ciudadano dispondría de bonos, que sólo pueden cederse a cambio de otros bonos, lo que imitaría el mercado de acciones. Estos modelos de “socialismo de mercado” apuntan a una gestión más eficaz de las empresas públicas al mismo tiempo que a un reparto más igualitario de las ganancias. No entraré en una discusión técnica detallada, pero la mayor objeción que se les puede hacer -siempre en el plano de la eficacia- es que al no modificarse las relaciones sociales en las empresas, la productividad no sería muy distinta de la del sistema capitalista. La otra solución se basa sobre la democracia de empresa, sin que se trate de la autogestión propiamente dicha. Fue presentada por varios autores, entre ellos por Marc Féray y yo mismo, y es una de las variantes que quisiera desarrollar un poco aquí. ¿Cómo se presentarían las cosas en términos de propiedad?

Precisamente se trata de disociar el poder de propiedad (que incluso en la economía capitalista no es absoluto) en un conjunto de poderes separados pero complementarios. La gestión del trabajo y del capital sería el producto de los “trabajadores asociados” en las empresas, que se dotarían de instancias democráticas. Por el contrarío la adjudicación del capital financiero entre las empresas estaría realizada por bancos autogestionados. No se ve, en efecto, que otra institución podría distribuir créditos entre las empresas según criterios estrictamente económicos. Oficinas administrativas (solución de Diane Elson) que no estarían preocupadas por su propia “rentabilidad” (volveré sobre este término), tú serían competitivas, resultarían por cierto menos eficaces. Casi todos los autores concuerdan sobre el papel central que los bancos deberían jugar en un socialismo no dirigista en lo referente a la selección de las inversiones y el control de la gestión de las empresas (se inspiran en el ejemplo de los keiretsu japoneses y en menor medida del ejemplo alemán: hay que hacer notar que en estos dos países, a diferencia de los Estados Unidos, el mercado financiero –comenzando por el de las acciones y títulos tiene una importancia reducida). Aún Fred Bloch, en su sistema de economía privada, preconiza la creación de bancos semi-públicos, animados por una ideología de servicio público y de obligaciones estrictas, disponiendo además de personal competente que mantenga relaciones estrechas con la clientela, a fin de mejorar la financiación de las empresas y de orientarla hacia el largo plazo -lo que crearía también una presión competitiva sobre los bancos privados. Pero Roemer se pregunta si los bancos pueden ejercer sobre los directores una vigilancia tan fuerte como la del mercado financiero. Curiosa duda, cuando todo hace pensar que serían mucho más capaces. ¿Pero los bancos no van a representar el papel que tradicionalmente corresponde a los capitalistas? Según mi opinión, no será así por su diferente modo de gestión y también porque no pueden tomar participaciones. 2

El poder de determinar el monto global de la inversión, en mi opinión, debería estar repartido entre el Estado y los grupos familiares. Schweickart propuso una solución de elegante simplicidad: el Estado deduciría una tasa sobre los activos en capital de las empresas públicas, y adjudicaría, en diferentes niveles (del centro a las colectividades locales) fondos de inversión a los bancos (según el número y el tamaño de las empresas que les estén adheridas, la rentabilidad de las dotaciones que ya les han acordado y su éxito en la creación de nuevos empleos). Esta solución que termina con los intereses pagados a los particulares tiene sus inconvenientes. Reemplaza completamente el mecanismo espontáneo del ahorro por un descuento forado y podría causar efectos perversos (por ejemplo: cuando el poder público aumenta la tasa para relanzar la inversión a nivel global, desalienta a las empresas debido a la elevada tasa que pesa sobre cada una de ellas; si las empresas no están obligadas a reembolsar el “principal“, se corre el riesgo de que hagan un uso menos económico de sus fondos). La solución opuesta sería la de sólo considerar los préstamos a los grupos familiares: en este caso el mercado del crédito equilibraría por sí mismo la oferta de los hogares y la demanda del sistema productivo. Pero de esta forma es más difícil tener una política voluntarista que corresponda a una elección democrática (que muy bien puede ser diferente de la elección de las familias tomadas individualmente). Esta sólo puede llevarse a cabo a través de la planificación (especialmente la fijación de la tasa del impuesto a los réditos). Por eso, personalmente estaría más de acuerdo con un sistema mixto, que combine el ahorro de las familias con el ahorro público, que el Estado intervenga fijando las tasas de interés en función de las necesidades y que pueda incluso recurrir a un impuesto especial para realizar el ajuste final.

Veamos cuales serían los grandes rasgos de este socialismo “asociativo” en materia de propiedad y en qué innovarían con respecto a las soluciones tradicionales de la izquierda. Serían los trabajadores los que administrarían las empresas (eventualmente asociados en “grupos” cooperativos) como en las cooperativas, pero a diferencia de éstas, alquilan el capital en lugar de poseerlo. Sería posible demostrar que esto no sólo hace saltar las barreras ligadas a la posesión del capital por los trabajadores y permite toda la movilidad del capital y las recomposiciones deseables, sino que además suprime varias de las razones, que a menudo se reprochan a las empresas autogestionadas, de la tendencia a la sub-inversión (la prohibición del autofinanciamiento es un elemento clave en este modelo). Los que alquilan el capital (el Estado, las familias), no tienen ningún poder de gestión. Por cierto los bancos tienen un poder de adjudicación de los créditos, pero su papel es, de alguna manera, el de intermediarios neutros. Ya no se podrá decir que las empresas son públicas o privadas: se las llamará más bien socializadas.

Veamos ahora la distribución de los ingresos en las empresas. Los trabajadores determinan sus remuneraciones fijas por sí mismos (no se puede hablar más de salario, ya que ellos mismos son sus propios empleadores) y se distribuyen el resto, que no es más y no puede ser más una ganancia (no hay más fondos propios) sino un excedente creado por el trabajo (y es por esto que si se conserva la noción de rentabilidad ésta toma un sentido totalmente diferente). De esta manera estarían directa y fuertemente estimulados a la buena marcha de su empresa, lo que es una garantía de eficacia. Notemos aquí que una cierta flexibilidad (de ingresos, pero también del empico del tiempo) es mucho más fácilmente realizable en estas condiciones que en las condiciones conflictivas que son las propias de la economía capitalista.

Voluntariamente he ubicado el debate en el terreno de la eficacia. Pero lo importante, por supuesto, es otra cosa: el desarrollo de la democracia económica, la reducción de las desigualdades, la realización en el trabajo, en síntesis, lo que hace que el socialismo merezca su nombre. Ahora bien, a este respecto resumiré rápidamente otros rasgos que son esenciales.

Este socialismo con mercado dejaría subsistir grandes desigualdades si el mercado del trabajo no estuviera acompañado de reglas especiales. Por cierto existen muchas posibilidades de que se cierre el abanico de remuneraciones en cada empresa (era de 1 a 3 en las cooperativas de Mondragón y por la competencia capitalista pasó a ser de 1 a 6). Pero los ingresos serían muy desiguales entre las empresas, según sus resultados y según las ramas. Se podría remediar esto con un sistema de seguros, probablemente obligatorio, con un ingreso mínimo garantizado o por el encuadramiento de las remuneraciones en una escala nacional negociada centralmente; cada solución tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Sin embargo el problema no es sólo un problema de justicia social; también se trata de favorecer una cierta movilidad de los trabajadores, sin lo cual podrían encontrarse comportamientos hostiles a las restructuraciones e incluso a la modernización (donde se encuentra la tendencia a la sub-inversión).

El socialismo asociativo no impediría la existencia de desigualdades sustanciales en los patrimonios y en la formación, si no se tomaran medidas adecuadas en materia de sucesión y de educación. Se han hecho múltiples propuestas que habría que examinar cuidadosamente ya que todas son capaces de engendrar efectos perversos.

Completaré este esbozo con algunas ideas sobre otro aspecto fundamental del socialismo: la planificación, que a su vez, presenta varias exigencias. La primera y la más fundamental, es que constituye el instrumento por el cual pueden concretarse las opciones sociales de la población. El socialismo no es sólo la democracia económica, sino también la democracia social. A diferencia del capitalismo, donde las decisiones esenciales las toman actores económicos independientes unos de otros (de hecho, esos actores son a menudo grupos privados que disponen de un considerable poder, a veces mayor que el de muchos Estados), el socialismo pone en marcha una voluntad general, la de los ciudadanos, y esta voluntad no resulta sólo de la suma de opciones individuales, sino de una deliberación colectiva donde la opinión de cada uno se forma en contacto con las de los otros y tiende a superar el interés individual o los intereses particulares (por dar un ejemplo, el interés de los consumidores es comprar mercaderías más baratas, aunque sean importadas, mientras que el interés del ciudadano puede ser defender, al menos temporariamente, las mercaderías autóctonas). Las grandes opciones sociales se refieren sobre todo a la duración del tiempo de trabajo, la escala de ingresos, la proporción entre consumo e inversión, la delimitación entre los bienes sociales y los bienes privados, los sectores prioritarios, la determinación del marco de vida, el respeto del medio ambiente. En segundo lugar, la planificación permite un desarrollo más coherente, mejor coordinado (tomando en cuenta las externalidades positivas, sobre todo en materia de infraestructura, de educación e investigación), más armonioso (búsqueda de complementaridades y sinergias), más equilibrado en el plano nacional (sobre todo en materia de fomento de los recursos), más respetuoso del medio ambiente (orientación hacia un desarrollo sostenible). Porfía permite una mejor coordinación macroeconómica que el capitalismo que, si bien puede ser eficiente a nivel de la empresa o en el plano sectorial, es especialmente ineficiente a nivel global (por ejemplo en materia de desocupación).

Ahora bien, si una planificación imperativa se muestra incapaz de efectuar un cálculo económico satisfactorio y reemplazar los mecanismos del intercambio de mercado, una planificación indirecta e incitativa es mucho más fácil de aplicar y no perjudica la eficacia adjudicatoria de los mercados, como muy bien lo demostró Roemer. Recurriendo de manera sistemática a técnicas ya existentes en el capitalismo, pero poco utilizadas, como las tasas de interés y la fiscalidad diferenciadas, este sistema podría ser especialmente poderoso.

Un último aspecto del socialismo, que contribuiría a asegurar su superioridad sobre el capitalismo en el plano de la eficacia, pero que también daría transparencia a la vida económica y favorecería tanto la toma de decisiones democráticas como la eficacia de la planificación, sería la puesta en común y la circulación de la información (al menos en el sector socializado) a través de “redes públicas de información“, según la muy interesante proposición de Diane Elson. Ello permitiría al mismo tiempo una cierta superación de las relaciones competitivas, un cierto control de los mecanismos de formación de precios y anticipaciones mucho más racionales que aquellas de que son capaces los mercados financieros (que sólo explotan una información relativamente pobre y presentan fenómenos bien conocidos de influencia y mimetismo, sin hablar del juego del escondite con las autoridades monetarias o los bancos centrales y de las profecías “auto-realizadas“).

Pero generalmente respondería un cierto número de “failures” del mercado.

Para terminar, quisiera mencionar rápidamente, la cuestión de la compatibilidad de ese socialismo con la mundialización de la economía. Esta es una objeción que vuelve continuamente y que no carece de fundamento, ya que, lo hemos visto, esta mundialización ha echado a perder las soluciones tradicionales de la izquierda (las nacionalizaciones, el plan, hasta los servicios públicos) y socavado los cimientos del Estado keynesiano. Haría falta, por lo menos, el espacio de otra contribución para examinar el problema bajo todas sus facetas. Por eso me limitaré a proponer algunos elementos de respuesta.

El desarrollo del comercio mundial condujo, como se sabe, al entrelazamiento de las economías. ¿Sería necesaria v factible todavía una desconexión parcial, cuyos inconvenientes ya han sido ampliamente subrayados? Pero el socialismo no implica en absoluto el retorno al proteccionismo. En mi opinión, el problema se sitúa aquí, al nivel de la coherencia de una economía socialista: la política de las “ventajas comparativas” y de las “especializaciones“, además de las críticas que pudo suscitar en economistas como Maurice Aliáis, puede llevar, aún en el caso de una economía desarrollada a fenómenos de dependencia económica y tecnológica y a una relativa esterilización de las potencialidades ligadas a las sinergias e interfaces entre conocimientos. Sólo una planificación (como es el caso, todavía hoy, para la política agrícola común de la Unión Europea) parece capaz de responder a este imperativo de coherencia. Esto también milita en favor de conjuntos nacionales de un tamaño suficiente como para disponer de un potencial productivo y tecnológico diversificado y de un peso económico tal que pueda disuadir cualquier forma de boicot de sus productos. Ahora bien, esta conciencia de que es necesario preservar la solidez del tejido económico comienza a aparecer aún entre algunos economistas y políticos liberales. Además existe ya una tendencia que va más contra la mundialización que a favor de ella: la constitución de conjuntos regionales, destinados a favorecer los intercambios internos y las exportaciones, y a fijar algunas reglas comunes (de manera a veces disfrazada) para los intercambios externos, a pesar de las disposiciones del GATT. Una transformación socialista podría encontrar en esta tendencia condiciones favorables y ayudar a reforzarla.

Se objetará que la mundialización es también la existencia de firmas multinacionales, que no conocen fronteras y que “deslocalizan” a toda velocidad (lo que hace de facto imposible todo retorno al proteccionismo, aún bajo formas limitadas). Las empresas socializadas que no jugaran el mismo juego serían incapaces de soportar su competencia. A esto responderé que nada impide que estas últimas inviertan también en el extranjero, lo que incluso es deseable, a condición de que funcionen, en la medida de lo posible, bajo las mismas reglas de gestión que en el espacio nacional (control del capital o asociaciones satisfactorias, pero también respeto de las legislaciones extranjeras, inversión en el mercado de trabajo local, etc.). Lejos de provocar efectos de dominación, esta política tendría, por el contrario, la ventaja de exportar las relaciones sociales socialistas, al menos en una cierta medida. Es verdad que esto plantea un problema cuando se trata de firmas que venden servicios financieros típicamente capitalistas, no podrían existir si no se conserva un sector capitalista. Y esto es, en mi opinión, la hipótesis más verosímil. En cuanto a la implantación de firmas extranjeras en el territorio nacional, se haría en el seno de ese sector capitalista de la economía, en condiciones que evidentemente deberían ser comparables a las ofrecidas por otros países.

El problema esencial que plantea la mundialización es, en mi opinión, el del movimiento de capitales, tanto productivos como especulativos, que ha crecido de forma exponencial desde hace quince años. Un poco en todas partes (pero mucho menos en países como Alemania o Japón, lo que debe hacer reflexionar) una economía de endeudamiento a través de los bancos retrocedió ante una economía de mercados financieros, luego ante una economía internacional de especulación que hizo un lugar cada vez mayor a los “productos derivados“, que servía para cubrirse de los riesgos y al mismo tiempo les procuraba el máximo rendimiento. Todos los observadores coinciden en que estos mercados financieros -que no son responsables ante nadie sino sólo ante los proveedores de capitales- tienen bajo tutela a los gobiernos y les han restringido en forma drástica sus márgenes de maniobra en materia de política monetaria y presupuestaria. Muchos, aún entre los más fervientes partidarios del liberalismo, se inquietan. No voy aquí a entrar en detalles, pero diré que allí está la elección: o bien uno se deja llevar por la corriente y toda transformación socialista es teóricamente impensable y prácticamente irrealizable (las medidas como la imposición de ciertos capitales especulativos no haría, en todo caso, más que regularizar la corriente) o bien se rompe con esta forma de mundialización. Muy ingenuas u optimistas parecen a este respecto las perspectivas desarrolladas por Fred Bloch para enfrentar la fuga de capitales que podrían estar amenazados por una tentativa de transformación social o incluso sólo por una política aunque fuera levemente voluntarista que perjudicara los intereses del capital.

El gran argumento que se propone en favor de la liberalización de los movimientos de capitales -de hecho el único argumento de peso- es la posibilidad de movilizar rápidamente grandes cantidades de ahorro. Ahora bien, pienso que un país desarrollado (o un conjunto políticamente unificado de tales países) dispone de medios de ahorro suficientes, sin necesidad de acudir a fondos de jubilación, fondos de inversión, fondos de compañías de seguros u otras. Puede encontrar este ahorro en los hogares, si se les ofrecen condiciones de inversión tan interesantes como en el exterior, en cuanto al rendimiento y a la seguridad (lo que ya hacen, más o menos, nuestras cajas de ahorro). Pero lo encontrará de una manera mucho más segura constituyendo un fondo nacional de inversión, alimentado por los intereses pagados por las empresas por el préstamo del dinero público. Aún queda la objeción de que una economía no es dinámica si no hay tomadores de riesgos. Pero, como ya lo he especificado, en nuestro socialismo asociativo son los bancos los que asumirán los riesgos y lo harán de manera mucho más racional que los mercados financieros por sus estrechos lazos con las empresas (allí está el ejemplo alemán para confirmarlo). Hic Rhodus, hic salta, será necesario, de una u otra manera, desconectar la economía socialista en construcción del movimiento internacional del capital (será más difícil para los países poco desarrollados, aunque el ahorro sea a veces en ellos abundante -pero mal dirigido hacia la inversión). Si no, los grandes vientos del mercado mundial soplarán como tempestades que nadie, como ya es el caso, podrá controlar.

He aquí, según creo, en qué direcciones deberíamos repensar el socialismo, siendo bien conscientes de que no se harán revivir las políticas socialdemócratas (cuyo fracaso aún no ha sido analizado en detalle) y que todas la luchas defensivas, medidas precautorias o reglamentaciones tímidas no resolverán los colosales problemas a los que estamos confrontados. Quedarían por examinar las condiciones sociales y políticas de una transición, así como su naturaleza, todo lo cual, por supuesto, no puede separarse de la concepción de los modelos. He aquí otro vasto capítulo que se abre a la reflexión colectiva.

NOTAS

1. En el capítulo 9 de nuestro trabajo Discurs sur l’égalité parmi les hommes. Penser l’altenative, L’Harniattan, 1993.
2. Discuto este problema y algunos otros en un artículo publicado en Critique comuniste en la primavera de 1994, “Pour un socialisme avec marché“.

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