Economía marxista. Paul M. Sweezy

Queridos lectores, con la expectación aún impresa en nuestras pupilas y los ecos de las palabras resonando en nuestros oídos, volvemos con ustedes. La expectación se debe a la presentación nacional  por parte de Julio Anguita del Frente Cívico #somos mayoría que pudimos seguir en directo a través de Internet y que pueden consultar aquí. Nosotros también apoyamos la iniciativa del Colectivo Prometeo y trabajamos por conseguir un proceso constituyente de regeneración política y moral para este país.

Por otro lado y siguiendo con el propósito de conocer mejor la obra de Marx y sus continuadores, Marx desde cero os propone la lectura de otro “grande” del marxismo, de otro de sus clásicos: Paul M. Sweezy. A la dificultad cotidiana de ser comunista Sweezy añadió el serlo en Estados Unidos en la época del macartismo (que le supuso prisión). “El intelectual marxista estadunidense más reconocido” de la segunda mitad del siglo XX (John Kenneth Galbraith), “el intelectual marxista más importante de la nación” (New York Times en un obituario) fue doctor en economía por Harvard, fundador de la revista Monthly Review, que se convirtió en un referente mundial de la izquierda intelectual; desarrolló y nutrió un debate público sobre el marxismo y el socialismo durante décadas, a lo largo del periodo de mayor represión política de la guerra fría y la era macartista de los años 50. A lo largo del último medio siglo, Sweezy y sus colegas fueron claves en la publicación de libros y textos esenciales para la izquierda, como Economía política del crecimiento, de Paul Baran, en 1957, libro que marcó el inicio de la teoría marxista de la dependencia; Estados Unidos, Cuba y Castro, de William Appleman Williams, en 1963, y Fanshen, de William Hinton, así como libros claves de los editores de la revista, como los de Leo Huberman sobre el capitalismo y los análisis sobre imperialismo de Harry Magdoff.

Nuestra propuesta de lectura es un pequeño texto escrito originalmente para una enciclopedia italiana (publicada por Aldo Garzanti en Milán) y publicado en la revista Monthly Review, vol. 28, nº 27, Diciembre de 1976 donde explica el abecé resumido de la economía marxista con un sencillo lenguaje.

A. Olivé

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Economía marxista

Paul M. Sweezy

La economía marxista constituye a la vez una continuación y una ruptura con la economía política clásica inglesa (Adam Smith y David Ricardo). Ambas escuelas tienen en común la teoría del valor trabajo, según la cual las mercancías tienden a intercambiarse en cantidades proporcionales al tiempo de trabajo socialmente necesario incorporado, en cada una de ellas. El interés principal de Marx, sin embargo, a diferencia de los clásicos, no se centro en las proporciones cuantitativas del intercambio sino en las relaciones sociales reales que subyacen en estos fenómenos del mercado y quedan enmascaradas por ellos. Como ocurre en todo su trabajo teórico, a Marx le interesaba penetrar bajo la superficie aparente de los hechos y descubrir su esencia oculta a fin de poderla analizar. Es en este sentido que rompió con sus predecesores y efectuó algunas de sus más profundas y originales aportaciones a la ciencia social.

Las mercancías son productos del trabajo humano que se destinan a la venta y no al uso directo del productor. Con la venta de sus mercancias el productor obtiene dinero con el que, a su vez, adquiere otros productos destinados a satisfacer sus necesidades (Marx representa este circuito con los símbolos M-D-M). La M inicial y la M final poseen el mismo valor de cambio (incorporan igual cantidad de trabajo), pero distinto valor de uso para el productor. En esta diferencia entre valores de uso reside la lógica de la operación. En una sociedad cuyos productos son en su totalidad mercancías y están sujetos a intercambio de acuerdo con la fórmula M-D-M, los productores trabajan independientemente uno de otro y sólo se relacionan a través del mercado. Sus relaciones personales, literalmente, se convierten en relaciones reificadas entre cosas. Las personas que viven en estas condiciones no perciben a la sociedad como una creación humana sometida al control humano, sino como una “segunda naturaleza” (Lukacs) dotada de sus propias leyes y obligaciones a las que los seres humanos están necesariamente subordinados. Esta es la base de la famosa doctrina de Marx del fetichismo de las mercancías, sin equivalente en la economía burguesa. Constituye el ejemplo por excelencia de lo que podríamos llamar interpenetración entre economía y sociología, elemento que impregna todo el conjunto de la ciencia social marxista. Los conceptos de Marx son a la vez variables cuantificables y portadores de relaciones sociales vivas, cambiantes, históricamente específicas y a menudo contradictorias. En consecuencia, la economía marxista no es una ciencia exacta ni predictiva sino que constituye un marco para la comprensión y transformación de una realidad social infinitamente compleja.

El capitalismo se diferencia de la producción de mercancías en general por el hecho de que en él la fuerza de trabajo (no el trabajo mismo, sino la capacidad para efectuar trabajo) es una mercancía, comprada por los capitalistas y vendida por los obreros. El capitalista empieza el proceso no con un producto sino con dinero. Compra mercancías (medios de producción y fuerza de trabajo), las  combina en un proceso de producción, y vende e1 producto resultante en el mercado. En consecuencia, empieza y termina el proceso con dinero (D-M-D). La operación carecería de sentido si ambas cantidades fuesen iguales, puesto que el dinero es cualitativamente homogéneo. De ahí que sea esencial para el capitalismo que la cantidad de dinero final (D’) sea superior a la cantidad de dinero inicial: D’-D = Δ D. Si todos los factores (medios de producción, fuerza de trabajo y producto) se venden por su valor, el Δ D no sólo representará más dinero sino también más valor (Mehrwert), es decir, plusvalor[i]. ¿De dónde procede este plusvalor?

La respuesta se halla en la diferenciación entre trabajo (actividad humana creadora de valor) y fuerza de trabajo (capacidad para efectuar trabajo, que, en el capitalismo, se compra y vende como una mercancía). Al igual que cualquier otra mercancía, el valor de la fuerza de trabajo está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción, esto es, la cantidad necesaria para la producción (y reproducción) del propio trabajador o, lo que es lo mismo, para la producción de los medios de subsistencia históricamente determinados que precisan el trabajador y su familia. Supongamos que en cinco horas de trabajo, el obrero crea un valor igual al de los medios de subsistencia necesarios para un día. El capitalista, sin embargo, lo que compra no son cinco horas de trabajo sino la utilización del trabajador durante una jornada, la cual no se limita ni mucho menos a cinco horas. Suponiendo una jornada de trabajo de diez horas, durante las cinco primeras el obrero creara el valor de su fuerza de trabajo (valor que percibe en forma de salario) y durante las cinco horas restantes creará la misma cantidad de plusvalor que, sin embargo, pertenece al capitalista en virtud de su dominio sobre los medios de producción. Marx les llama, respectivamente, trabajo necesario y plustrabajo[ii]. Para ello se requiere que los obreros no posean medios de producción propios y que se vean obligados a vender su fuerza de trabajo, so pena de morir de hambre. Se precisa, asimismo, un sistema legal y un aparato de Estado que hagan posible esta situación y que actúen como protectores de la propiedad y control de los capitalistas sobre los medios de producción, impidiendo que los trabajadores, sea individual o colectivamente, expropien a los capitalistas. El “capital” aparece, así, no sólo como dinero y medios de producción, sino también como un conjunto de relaciones sociales que divide a la sociedad en clases y garantiza la  subordinación de los obreros a los capitalistas. El proceso de creación de un proletariado desposeído, por una parte, y de los instrumentos de dominación capitalista de clase, por otra, constituye la prehistoria del capitalismo.

La formula de circulación D-M-D’ hace referencia a un solo período, un año, por ejemplo. Al iniciarse el periodo siguiente el capitalista cuenta con más dinero que el año anterior. ¿En qué lo empleará? Básicamente, según Marx, lo dedicará a incrementar su capital, es decir, lo acumulará. Y al año siguiente poseerá aun más dinero, que volverá a acumular, y así sucesivamente ad infinitum. Este proceso obedece a dos razones complementarias. En primer lugar, el estatus y el poder del capitalista dependen de la magnitud de su capital; y, en segundo lugar, cada capitalista debe ir mejorando y ampliando constantemente su capital para evitar que otros competidores más eficientes le desplacen del mercado. Para el capitalista individual, en palabras de Marx, la consigna es: “iAcumular, acumular! ¡Lo mandan la Ley y los profetas!”. Y ello significa que el capitalismo en su conjunto es, intrínseca y necesariamente, un sistema en expansión que acabará por entrar en fatal conflicto con el entorno natural a menos que sea reemplazado antes.

De acuerdo con lo dicho, el valor de cualquier mercancía se divide en tres partes: el valor de los medios de producción empleados (que Marx denomina capital constante y simboliza con la letra c), el valor producido por el trabajo necesario (capital variable, v), y el valor producido  por el  plustrabajo (plusvalor, p). De esta forma, valor = c+v+p. Entre estos componentes del valor existen tres relaciones fundamentales para el análisis económico de Marx: la tasa de plusvalor[iii] (p/v), la tasa de ganancia (p/c+v), y la composición orgánica del capital (c/v). Si las designamos  respectivamente con las letras p’, g, o, podemos relacionarlas entre sí con la fórmula g = p’/o+1, la cual revela que la tasa de ganancia será mayor cuanto más elevada sea la tasa de plusvalor, y será menor cuanto más elevada sea la composición orgánica del capital. Buena parte del análisis de Marx sobre la historia pasada y curso presente del capitalismo gira en torno a esta fórmula.

Marx creía que, a largo plazo, la composición orgánica del capital presentaba una fuerte tendencia a aumentar con mayor rapidez relativa que la tasa de plusvalor, con la correspondiente tendencia a una disminución de la tasa de ganancia. Esta “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” ha sido objeto de muchas discusiones y debates entre los seguidores de Marx.

Aproximadamente la mitad del volumen I de El Capital, única parte de su obra económica que Marx llegó a terminar y preparó personalmente para la imprenta, está dedicada al estudio de la tasa de plusvalor y de sus variaciones en el curso de la historia del capitalismo. Lo cual es absolutamente pertinente dado que la tasa de plusvalor constituye el locus principal de la lucha de clases bajo el capitalismo, y la lucha de clases es el tema que subyace en toda la obra teórica e histórica de Marx.

Existen dos vías posibles para modificar la tasa de plusvalor: bien a través de un cambio en la duración de la jornada de trabajo, bien por una variación en las proporciones en que la jornada de trabajo se divide entre trabajo necesario y plustrabajo. La primera implica directamente la lucha de clases, dado que los capitalistas han intentado prolongar el máximo la jornada de trabajo a lo largo de toda la historia del capitalismo, al mismo tiempo que los obreros luchaban para limitarla e incrementar así el tiempo que pueden considerar como realmente suyo. Esta segunda vía es más compleja. También supone directamente la lucha de clases, en la medida que los obreros han luchado por aumentar su nivel de vida y, por tanto, también por el valor de su fuerza de trabajo. Sin embargo, en este terreno la iniciativa la ha llevado básicamente la clase capitalista al intentar incrementar continuamente la productividad del trabajo, a través de la reorganización del proceso de trabajo y de la introducción de nueva tecnología, y lograr con ello que el obrero pueda producir los medios de subsistencia en menos tiempo y dedique más horas a la producción de plusvalor. Para analizar estos fenómenos, Marx siguió el desarrollo del proceso de trabajo desde la cooperación simple, pasando por la “manufactura” (con su detallada división del trabajo), hasta la “industria moderna” (en la cual los trabajadores llegan a ser apéndices de las máquinas, cada vez más reemplazables por diversos tipos de automatismos).

Hasta aquí solo hemos hablado de la producción de valor y plusvalor. De igual importancia para el capitalista es lo que en la terminología de Marx se conoce como el problema de la realización, es decir, la transformación del valor producido en su forma dinero. En un sistema no planificado, anárquico, corno el capitalismo, no existe razón alguna a prioripara esperar que la producción sea al menos aproximadamente proporcional a la demanda. Las desproporciones entre una y otra pueden aparecer debido a expectativas erróneas y también a causa de factores inherentes al sistema. El más significativo de éstos, y que Marx sólo trató de un modo fragmentario, es el aumento relativamente mucho más rápido de la producción, bajo el impacto de la acumulación, que del poder efectivo de consumo de la sociedad, limitado tanto por los salarios siempre restringidos de los obreros como por la pasión de los capitalistas por acumular más que por consumir. Esta parte del pensamiento de Marx ha servido de base a las teorías de la “sobreacumulación~’ y/o “subconsumo”, aceptadas por algunos de sus seguidores y rechazadas por otros. En todo caso, no cabe duda de que las contradicciones del sistema, que todos los marxistas coinciden que a largo plazo harán necesario su derrocamiento y sustitución por un orden social más racional y humano, tienen su origen tanto en el terreno de la producción como en el de la realización.

A pesar de su propósito inicial de pasar del análisis del capitalismo entendido como un modo de producción relativamente abstracto al capitalismo entendido como una formación social global dominante, Marx no vivió lo suficiente como para llevar a cabo este plan. Sus seguidores se encargarían de completar su sistema teórico, tarea aún en vías de realización. La teoría del imperialismo de Lenin supuso un importante avance, al centrar la atención en la división del mundo en un centro industrializado, integrado por un pequeño número de naciones capitalistas ricas, y una periferia subdesarrollada formada por colonias y posesiones explotadas. Esta división se produjo simultáneamente con, y en gran parte a consecuencia de, la transición del capitalismo de su fase competitiva a su fase monopolista. Dio lugar a nuevas estructuraciones yalianzas de clase y generó nuevas formas de conflicto internacional y de clase, tanto en el interior del centro desarrollado y la periferia como entre uno y otra. El conflicto entre la burguesía y el proletariado en los países avanzados, que fue el decisivo en una primera fase del capitalismo, ha quedado desplazado en gran medida, y al menos durante un penado histórico considerable, al terreno centro-periferia, donde se dirimen las luchas revolucionarias cruciales de la segunda mitad del siglo XX. Asimismo tiempo, y como lógica consecuencia, el locus del pensamiento marxista creativo, tanto en economía como en otros campos, comienza a desplazarse del centro a la periferia.

NOTAS

[i] Se utiliza el término plusvalor en lugar del más difundido,  pero incorrecto, de plusvalía. En este sentido véanse las explicaciones  de P. Scaron en Karl Marx “El Capital” (Siglo XXI. Madrid 1975) Libro I, Vol. I

[ii] O “trabajo excedente”

[iii] O “tasa de plusvalía”

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3 respuestas a Economía marxista. Paul M. Sweezy

  1. Julia dijo:

    Coincidico con la opinión que me precedio. Hace ya algun tiempo lei un interesante libro de este autor: el capitalismo monopolista o algo asi. ¿Podriais colgarlo?

    • Antonio Olivé dijo:

      Bueno, Paul Sweezy tiene una veintena larga de libros publicados. De artículos, no te quiero ni contar. Y sobre ese tema (el capitalismo monopolista) varios de ellos, por lo que si no haces memoria difícil va estar.

  2. Carlx dijo:

    Buenísimo post, gracias

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