Economía política y economía política marxista

No tenemos la bola mágica, ni sabemos leer los posos del café ni nada por el estilo pero mucho nos tememos que la cosa en España toma mal cariz. Y nos podrán decir antipatriotas o lo que quieran pero lo único que constatamos son verdades, verdades como puños, como patadas en las pelotas que cortan la respiración. Le disguste a quién le disguste.

Y esas verdades son: la corrupción ha llegado a cotas insospechables. Afecta a la primera institución del estado, la monarquía (con título propio y todo en la Constitución). Afecta a la judicatura (¿recuerdan al señor Dívar?). Afecta a los dos principales partidos del régimen PP y PSOE (y algún partido de ámbito no estatal). Afecta a comunidades autónomas y ayuntamientos (y alguna diputación provincial). La calidad democrática ha descendido alarmantemente: mandatarios que incumplen sus programas electorales y no comparecen; represión y criminalización de la protesta; ninguneo a la oposición. Y la situación económica dista mucho de atisbar soluciones que mejoren la vida cotidiana de los ciudadanos.

Lo dicho, cualquier día nos acostamos con el aletargamiento social reinante y nos levantamos como una rebelión del copón. Ya va siendo hora. Hasta ese momento os proponemos continuar armándonos de conocimientos, de herramientas conceptuales que nos ayuden a desenmascarar tanto mantra del statu quo. 

Nuestra propuesta para hoy es un viejo texto. Y tan viejo, publicado en Monthly Review, Volumen 25, Nº 11 (abril 1974), a cuenta de Paresh Chattopadhyay, profesor de economía política en el Departamento de Sociología en la Universidad de Quebec en Montreal. Especialista en Marx, en la economía política del desarrollo y en métodos cuantitativos en ciencias sociales. Colaborador en el proyecto de multivolumen Marx-Engels Historisch Kritisches Woerterbuch publicado bajo patrocinio del Departamento de Filosofía de la Universidad Libre de Berlín y está relacionado con la Academia de Berlín-Brandenburg de Ciencias en Berlín.

Viejo decíamos, pero si en realidad, si no miramos la fecha de su primera publicación no ha perdido actualidad. Al contrario, uno tiene la impresión de que se centran en análisis necesarios en nuestro presente. Esperemos que os resulte igual de interesante que a nosotros.

A. Olivé

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Economía política y economía política marxista

Paresh Chattopadhyay

Paresh ChattopadhyayLa expresión “economía política” comienza a estar crecientemente en boga en los países de habla inglesa (en la Europa continental se ha utilizado siempre). En general, esta expresión se enarbola como un estandarte de rebelión contra la llamada economía “ortodoxa”. Pero el significado que se le confiere dista mucho de estar claro. Sin duda alguna, no puede tratarse sólo de intentar contraponer el término “economía” al término “economía política”. En las siguientes páginas intentaré plantear –de manera esquemática, lo reconozco- algunos de los problemas que ello implica.

I

“Economía”, como es bien sabido, significaba originariamente en griego “el arte de la administración de la casa”. A medida que la evolución política fue siguiendo en Grecia la secuencia casa-pueblo-ciudad-estado, el estudio de la administración de la casa quedó englobado dentro del estudio de la “política”, y Aristóteles consideró las cuestiones económicas en el primero de los libros de su Política. El primer autor que utilizó la expresión “economía política” fue  Antoine de Montchrétien [1]. Su obra trataba de la economía del Estado y el interés del autor se centraba principalmente en las finanzas del Estado. Más de un siglo después, el artículo que escribió Rousseau sobre el tema para la famosa Encyclopédie en realidad versaba sobre política y no sobre economía, tal como suele entenderse habitualmente este término. Aproximadamente por las mismas fechas, François Quesnay habló de “gobierno económico”[2].

El primer autor que utilizó la expresión en cuestión en habla inglesa fue James Steuart, en un libro publicado nueve años antes de la aparición de la gran obra de Adam Smith [3]. El concepto de “economía política” de Steuart puede considerarse una generalización del de Aristóteles. “Economía”, escribió, “es el arte de proveer a todas las necesidades de una familia, con la prudencia y frugalidad…Lo que la economía es para la familia, la economía política lo es para un estado”[4]. A su vez, Adam Smith consideró “economía política como una rama de la ciencia de un estadista o legislador”[5]. Aunque más adelante, en la misma obra, Smith restringió considerablemente el alcance del término al descargar al soberano de “la obligación de supervisar la actividad privada, dirigiéndola hacia las ocupaciones más ventajosas a la sociedad”[6]. Esto era tanto como dotar de un nuevo significado al antiguo término “economía política”, tal como más tarde señalaría correctamente Henry Sidgwick[7]. Por otra parte, una década antes de  publicarse el tratado de Smith, Turgot ofreció una nueva concepción del alcance del tema, limitándolo al estudio de la “producción y distribución de la riqueza”. Más tarde, Smith se hizo eco de ello al afirmar que el propósito de la economía política era “enriquecer al soberano y al pueblo” y equiparar el tema al estudio de “la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”[8].

El cambio resulta claramente visible en el vulgarizador de Smith en el continente, J.B. Say, quien, en el mismo título de su obra, hablaba de la economía política como del estudio de  “la manera en que se produce, distribuye y consume riqueza”. Como señalaría más tarde Marx, Smith “hasta cierto punto, ha cubierto la totalidad de su territorio [del territorio de la economía política], de forma que Say pudo resumirlo en un libro de texto, superficialmente, pero sistemáticamente”[9]. Sobre este particular, no encontramos ninguna diferencia esencial entre Say y Ricardo, excepto que este último puso el acento sobre la distribución del “producto de la tierra” como principal preocupación de la materia. Además, Ricardo, en el título de su gran obra, separó las esferas de la economía política y del gobierno. Más adelante, los “economistas políticos vulgares” (en el sentido de Marx) aceptaron el alcance de la materia que así quedaba esbozado. J. R. McCulloch, por ejemplo, definió la economía política como “la ciencia de las leyes que regulan la producción, la acumulación, la distribución u el consumo de los artículos o productos que son necesariamente útiles o agradables para el hombre y poseen un valor de cambio”[10], y Nassau Senior señaló que la ciencia de la economía política “explica la naturaleza, producción y distribución de la riqueza”[11]. John Stuart Mill también siguió la misma senda[12].

Todos los famosos fundadores de la escuela marginalista –Menger, Jevons, Walras- dieron a sus tratados el título de “economía política”[13], la cual, en su forma “pura”, según Walras, era la “teoría de la riqueza social” (empleándose el término “social” en el sentido de “agregado”)[14], aunque su manera de tratar el tema difería básicamente de la manera en que lo trataron los clásicos. Lo mismo puede decirse de los representantes destacados de la “segunda generación” de marginalistas. Wicksell, Wicksteed y Pareto. Marshall, desde luego, rechazó deliberadamente la “economía política” a favor de la “economía”, pues la palabra “política” le parecía inconveniente[15]. Bajo la influencia de Marshall, la “economía política” quedaría desplazada posteriormente, en general, por la “economía” [economics: lo económico] en la literatura anglo-norteamericana, pese a que el propio Marshall trató a la “economía” y la “economía política” como equivalentes en su definición de la materia. Por nuestra parte, empero, no vemos motivo alguno para que una obra neomarginalista como Value and Capital [Valor y capital] de Hicks (1939) o Fundamentos del análisis económico de Samuelson (1947) no pudiera haberse titulado “Teoría (o Principios) de economía política”, siguiendo los pasos de sus antecesores. Así ocurre precisamente con el gran tratado de James Meade que en estos momentos se está publicando en varios volúmenes[16]. De hecho, la “economía política” continuó su existencia en la Europa continental independientemente de los cambios introducidos en su alcance y objetivos.

Por lo que respecta a la posición marxista sobre este tema, Marx en general no habló de “economía política” como tal, sino de la “crítica de la economía política”, empleando la expresión sobre todo en relación a los autores clásicos. Marx nunca definió la economía política, pero Engels sí lo hizo. Según este último, la economía política estudia “las leyes que rigen la producción y el intercambio de los medios materiales de vida en la sociedad humana”[17]. Más tarde, Oskar Lange, en su obra inacabada sobre la materia, en la cual adoptó una posición marxista (en contraposición a su posición anterior esencialmente burguesa de las décadas de 1930 y 1940), definió la economía política como “la ciencia de las leyes sociales que rigen la producción y la distribución de los medios materiales que sirven para satisfacer las necesidades humanas”, y argumentó que su definición era equivalente a la de Engels[18]. Si comparamos el campo de la materia así delimitada con el que se fija la economía política clásica o incluso vulgar, antes citados, no encontramos ninguna diferencia esencial entre ellos, formalmente hablando (recuérdese la definición de riqueza que ofrecía Marshall como “bienes materiales que satisfacen las necesidades humanas”[19]). La siguiente frase de Sidgwick resume muy correctamente toda la situación: “desde Smith en adelante, las relaciones y actividades sociales de que se ocupa principalmente la economía política se han concebido habitualmente como actividades y relaciones conectadas con la riqueza; y los autores del siglo XIX las han clasificado normalmente bajo cuatro epígrafes, a saber, producción, distribución, intercambio y consumo; o bajo tres de estos cuatro, omitiendo con frecuencia uno u otro de los dos últimos como apartado separado[20].

II

Como ya hemos indicado antes, la economía era una parte integrable de la política y generalmente estaba subordinada a ésta dentro de la tradición de la economía política anterior a Turgot y Smith. A partir de estos autores, y particularmente de sus sucesores inmediatos, esta tradición por lo general se perdió. Más tarde, y pese a que se seguía empleando el mismo término, esto es, “economía política”, para designar la materia, su contenido experimentó una transformación fundamental en la economía política vulgar comparada con la economía política clásica. (Empleo estos términos en el sentido de Marx. Como es bien sabido, para Marx la economía política clásica investigaba las relaciones reales de la producción burguesa, la economía política vulgar se preocupaba sólo de la apariencia de estas relaciones.

La economía política marginalista fue, naturalmente, una derivación de la economía política vulgar y todavía se diferenció más tajantemente de la economía política clásica. (A mi entender, el término “neoclásica” resulta algo engañoso cuando se emplea para designar a la escuela marginalista, por cuanto la contrarrevolución marginalista supuso un rechazo prácticamente total de los principios básicos de la economía política clásica). La distinción que establece Luigi Pasinetti entre el “tipo de escasez” de los marginalistas y el “tipo de producción” de los clásicos tiene su sentido, aunque a mí me parece excesivamente simplificada[21]. Fundamentalmente, intervienen dos rasgos diferenciadores. En primer lugar, los marginalistas abandonaron las condiciones de la producción a favor de las condiciones del consumo, como determinantes del valor. En segundo lugar, para ellos la distribución no significaba el reparto del producto nacional entre las tres clases principales de la sociedad burguesa, sino la determinación de los precios de los servicios de los “factores de producción” como una parte más de la teoría general de los precios; en otras palabras, consideraban que la distribución emanaba de las relaciones de intercambio haciendo abstracción de las relaciones de producción. Estas dos características procedían de Say.

La relación entre la economía política vulgar y Marx es demasiado conocida y se comprende lo suficientemente bien para que no sea necesario discutirla aquí. En cambio, valdría la pena decir algunas palabras sobre la relación de Marx con la economía política clásica, vista la existencia de algunos malentendidos bastante generalizados sobre este tema.

Incluso entre personas que miran con simpatía el marxismo, existe la fuerte impresión de que Marx fue un “heredero” de la escuela clásica y, en particular, de Ricardo, aun cuando fuera un heredero crítico. Maurice Dobb ofrece un buen ejemplo en este sentido.  “Marx”, escribió, “tomó (la teoría del valor) de la economía política clásica”[22]. Más de treinta años después, el mismo autor hablaba de la “tradición del valor y la distribución de Ricardo-Marx” y de “un retorno a Ricardo y Marx”[23].

Marx, desde luego, fue un gran admirador de la economía política clásica y le movieron a ello dos razones fundamentales: primeramente, su método científico (con todas sus limitaciones) y, en segundo lugar, el hecho de que pusiera al descubierto las relaciones reales de producción de la sociedad burguesa. Estas dos características alcanzaron su culminación en Ricardo[24]. Pero la gran admiración que sentía Marx por la economía política clásica (y por Ricardo en particular) no debe hacernos olvidar el hecho de sus diferencias fundamentales con aquélla, diferencias que equivalen a lo que Althusser ha designado recientemente como un “corte (coupure) epistemológico” en la continuidad de la economía política.

La crítica de la economía política clásica por Marx tuvo dos vertientes. En primer lugar, la economía política clásica, como parte de la concepción burguesa del mundo, sufría las mismas limitaciones que esta última, a saber, sus categorías, al igual que todas las instituciones burguesas, se consideraban “eternas” y no “históricas”, una manifestación particular de lo cual era que el capital apareciera tratado en la economía política clásica como un instrumento de producción y no como una relación social definida. En segundo lugar, y en relación con lo anterior, está la crítica inmanente de Marx a la economía política, esto es, a la ley del valor, y a partir de ella a la plusvalía. La posición de Marx sobre este tema estaba, citando a Engels, “en directa contraposición con todos sus predecesores. (…) Para saber qué era la plusvalía, (Marx) tenía que saber qué era valor. Y el único camino que se podía seguir, para ello, era el de someter a crítica, ante todo, la propia teoría del valor de Ricardo”[25]. Esta “contraposición directa” queda de manifiesto en la severa crítica que hace Marx a la economía política clásica por su confusión, así como por su falta de distinción, entre el trabajo y la fuerza de trabajo, entre el valor y la forma valor, entre el precio de coste y el valor, entre la plusvalía y sus formas de existencia. Igualmente severa fue la crítica de Marx a las incapacidad de los clásicos para distinguir entre capital constante y capital variable y al hecho de que no tuvieran en cuenta el capital constante dentro del proceso de acumulación, por una parte, y a su confusión del capital constante con el capital fijo y del capital variable con el capital circulante, por otra[26]. Cualquiera que lea atentamente a Marx debería comprender que estas no son simples cuestiones de detalle, sino que expresan una crítica fundamental de la doctrina clásica.

III

Finalmente, podríamos preguntarnos qué aportan a “la economía política” aquellos miembros de la profesión académica que en estos momentos han declarado la guerra al llamado sistema “neoclásico” (incluida su versión neo-neoclásica). Los llamados neo-keynesianos de Cambridge, que encabezan esta rebelión, han puesto claramente de relieve la extremada irrealidad y mistificación de la postura “ortodoxa”. Esta última ha sido atacada por diversos motivos y el punto de partida de las críticas ha consistido en negar la construcción teórica habitual de una economía perfectamente competitiva (en particular en su versión de “equilibrio general”) que aseguraría, simultáneamente, una asignación eficiente de los bienes y recursos así como la soberanía del consumidor (desembocando finalmente en la llamada “optimalidad de Pareto”), construcción que era de hecho una racionalización del orden social capitalista[27]. Se ha puesto de relieve que los supuestos básicos de la teoría económica “ortodoxa” o bien son imposibles de verificar, como ocurre con la maximización de la utilidad por parte de los consumidores, o bien entran en contradicción directa con la experiencia real, como ocurre con la divisibilidad perfecta, las funciones de producción homogéneas de primer grado y continuamente diferenciables, el perfecto conocimiento de los precios relevantes, las previsiones perfectas, etc. Recientemente se ha dirigido un considerable número de críticas contra la teoría “neoclásica” de la productividad marginal aplicada a la distribución, sobre todo por lo que respecta al capital. Esta crítica incluye, en primer lugar, el rechazo de la noción de una “función de producción” (la cual implica la igualdad entre la relación de los productos marginales y la relación de los precios de los “factores”); y, en segundo lugar, una cierta circularidad del razonamiento inherente a la postura “neoclásica” sobre el capital, a resultas del hecho de que no es posible medir el capital si no se conoce el tipo de interés, el cual, a su vez, se supone que viene determinado por una función de producción en la que el capital interviene como input. En tercer lugar, los economistas “ortodoxos” han legitimado la existencia del beneficio como renta de la propiedad a través de una confusión deliberada entre el capital en tanto que bienes de equipo y materiales físicos que incorporan unos conocimientos técnicos y el capital como fondos financieros materializados en la organización empresarial.

La anterior exposición parece cubrir –reconozco que de forma excesivamente simplificada- los principales aspectos de la crítica de Cambridge a la teoría económica “ortodoxa”, crítica que iniciaron Piero Sraffa y Allyn Young en la década de 1920 y que, más tarde, han continuado principalmente Joan Robinson, Nicholas Kaldor y Luigi Pasinetti, aun cuando existen importantes diferencias entre ellos. Ahora bien, esta crítica antimarginalista, aunque sin duda es significativa, sin embargo no puede considerarse fundamental. En primer lugar, en su crítica de lo que ellos consideran la teoría “neoclásica” del valor, los “neokeynesianos” paradójicamente aceptan el punto de vista “neoclásico” en sí –el cual, dicho sea de paso, es característico de la economía política vulgar-, a saber, la identificación del valor con los precios relativos[28].

De hecho, esta crítica anti-“ortodoxa” no representa más que el rechazo de una estructura particular de mercado, esto es, de la competencia perfecta que defienden los “ortodoxos”, junto con sus supuestos implícitos. Básicamente, ambas partes conciben el valor como una relación entre mercancías que son objeto de inteercambio y no como una relación social entre las personas en tanto que productoras. Los “rebeldes” no aceptan que el valor viene determinado por el tiempo de trabajo –excepto, tal vez, en el caso muy especial y poco probable de una igualdad entre el producto nacional y los salarios (como sostiene Sraffa y Joan Robinson) – y Robinson, la más locuaz de los tres, lo rechaza deliberadamente.

Su posición al respecto representa un retroceso en relación a Ricardo (al cual admiran), quien partió de la determinación del valor según el tiempo de trabajo, lo cual, según Marx, constituye “el fundamento, el punto de partida de la fisiología del sistema burgués”[29]. “Las mercancías”, escribió Marx, resumiendo las ideas de Ricardo, “tienen valor únicamente en tanto que representantes de trabajo humano, no en tanto que son cosas en sí mismas, sino en tanto que son encarnaciones de trabajo social”[30]. Como es bien sabido, el hecho de mantener consecuentemente este concepto de valor es lo que distingue a Ricardo de los restantes economistas burgueses y lo que le valió ser atacado por la economía política vulgar con la misma intensidad con que le admiraba Marx[31]. El “sistema patrón” de Sraffa –que supuestamente representaría un avance con respecto a la “teoría del valor trabajo”- de hecho no viene a representar más que una evasión de las relaciones de producción y, por tanto, un rechazo del valor como relación social.

En segundo lugar, a menos que se acepte la determinación del valor por el tiempo de trabajo, es imposible demostrar lógicamente que las relaciones de distribución son un resultado de las relaciones de producción, tal como queda patente en las teorías de la distribución propagada por los críticos de Cambridge. Si bien el “modelo de Cambridge” de la distribución de la renta rechaza justificadamente la llamada función de producción agregada “neoclásica” (con la teoría asociada de la productividad marginal) y destaca la participación de las clases en el producto nacional, al mismo tiempo pretende demostrar que la distribución del producto nacional viene determinada por las operaciones de ahorro e inversión realizadas fuera del proceso de producción en sí. Así, en el modelo de Kaldor-Pasinetti, se establece una relación directa entre la relación beneficio/renta y la relación inversión/renta (y una relación inversa entre la primera y la propensión al ahorro de los capitalistas). Sin embargo, como señala Kaldor, “el modelo presenta la parte de los beneficios, la tasa de de beneficios sobre la inversión y la tasa de salarios reales como funciones de una relación inversión/producto que, a su vez, viene determinada independientemente”[32]. Pasinetti lo expresa más sucintamente: “El volumen de inversiones, como proporción de la renta total, viene determinado únicamente desde el exterior del sistema económico”[33]. Sraffa deja bien clara la independencia de las relaciones de distribución con respecto a las relaciones de producción cuando escribe que: “El tipo de beneficio…es así susceptible de ser determinado desde fuera del sistema de producción”[34], y Kaldor y Pasinetti lo ponen en práctica en cierto sentido al postular la independencia de la cantidad de inversión con respecto a la participación de los beneficios[35], en clara contraposición con el supuesto de la economía política clásica de la relación directa entre la acumulación de capital y la participación de los beneficios. Puede señalarse, sin embargo, que Kaldor, de manera algo inconsecuente, hace depender parcialmente la inversión de la tasa de beneficio al menos en una versión de su modelo de crecimiento, en contraposición a su modelo de “distribución”[36].

De todo lo cual parece seguirse que las realizaciones de los “rebeldes” de Cambridge, que tanto entusiasmo manifiestan por la economía política clásica, no están ni mucho menos a la altura del elevado puesto alcanzado por esta última, sobre todo con Ricardo, quien analizó las relaciones de distribución sobre la base de las relaciones de producción y el cual, pese a todo su énfasis sobre la distribución del “producto de la tierra”, fue calificado significativamente por Marx como “el economista de la producción par excellence[37]. Es innecesario añadir que los “rebeldes” de Cambridge comparten con sus oponentes (y, en términos generales, con el resto de la economía política burguesa) la noción de que el capital es un factor o instrumento de producción, una cosa, y no una relación (social) de producción.

Podríamos añadir de paso que si esta es la posición de los “neo-keynesianos”, peor resulta aún la posición de aquellos “marxistas” que encuentran, a la manera de Proudhon, aspectos buenos y aspectos malos tanto en la economía “neoclásica” como en la marxista e intentan llevar a cabo un maridaje entre las dos, sobre la base de sus respectivos aspectos positivos[38]. (Los economistas “neo-keynesianos” burgueses son sin duda más radicales que estos “marxistas” en su crítica de la posición ortodoxa).

En resumen, haciendo abstracción de la fase preclásica de la materia, podemos comprobar que existen distintos tipos de “economía política”, la clásica, la vulgar, la marxista, la marginalista (“neoclásica”), la neomarginalista (“neo-neoclásica”) y la neokeynesiana, para usar ñas categorías más amplias. Todos estos distintos tipos, exceptuando la economía marxista, entran dentro de la categoría de la economía política burguesa. Y siempre que se utiliza el término “economía política”, es preciso procurar dejar bien claro en qué sentido se está empleando. La expresión en sí no posee ninguna virtud especial.

NOTAS


[1] Traicté de l’économie politique (1615)

[2] Maximes générales du governement économique d’un royaume agricole (1753).

[3] An Inquiry into the Principles of Political Economy (1761)

[4] Ibid. Vol. I, págs.. 15-16 de la edición de Skinner (1966).

[5] Wealth of Nations (1776). Trad. castellana: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, FCE, México, 1958, pág. 377: “La economía política, considerada como una de las ramas de la ciencia del legislador o del estadista”.

[6] Ibid., pág. 612 de la edición del FCE.

[7] Artículo sobre “Economía política” en Palgrave, Dictionary of Political Economy, vol. III (1925-26).

[8] Smith, op. cit., págs. 377 y 605 de la edición FCE.

[9] Theorien über den Mehrwert II (Dietz), 156

[10] Principles of Political Economy (1852), pág. 1

[11] An Outline of the Science of Political Economy (1836), pág. 1

[12] Véase Principles of Political Economy (1848), Ashley ed., págs.- 1, 21

[13] La traducción inglesa del título de la obra de Menger no corresponde exactamente al original. Sería más adecuado traducirlo como “economía política” (Volkswirtschaft)  y no “economía”.

[14] Elements d’Economie Politique Pure (1900.1952), pág. 22

[15] The Economics of Industry (1879), pág. 2

[16] Principles of Political Economy (1965-      ).

[17] Anti-Dühring, Grijalbo, México, 1968, pág. 139

[18] Economía Política, trad. castellana F.C.E., México, 1966 págs. 11 y 15.

[19] Principles of Economics,8 th ed. (1920), Bk, II, Ch. II

[20] Sidgwick, op. cit.

[21] Véase L. Pasinetti, “A New Theoretical Approach to the Problems of Economic Growth”, en Study Week on the Econometric Approach to Development Plannig (1965)

[22] Political Economy and Capitalism (1937). Trad. castellana: Economía Política y capitalismo. F.C.E., México, 1961, pág. 52. El subrayado es mío

[23] “The Sraffa System and the Critique of Neo-classical Theory of Distribution” en De Economist (1970), reproducido en Hunt y Schwartz, eds., A Critique of Economic Theory (1972), pág. 208

[24] Véase El Capital, Volumen I “Nachwort zur zweiten Auflage”; y Theorien über den Mehrwert II (Dietz), 155, 157.

[25] El Capital, Volumen II, “prólogo” (1885), pág. 19 de la edición del F.C.E. El subrayado es mío.

[26] Me abstendré de citar referencias específicas, que son demasiado numerosas.

[27] En este contedto, resulta perfectamente comprensible el comentario de Hicks: “Un abandono general del supuesto de la competencia perfecta…debe tener consecuencias muy destructivas para la teoría económica…la amenazadora destrucción es la de la mayor parte de la teoría del equilibrio general”. (Valueand capital, 1939, pág. 83-84).

[28] Véase J. Robinson, The Accumulation of Capital (1956) (trad. castellana: La acumulación de capital, F.C.E.), Prólogo; N. Kaldor, “The Irrelevance of Equilibrium Economics” en Economics Journal (diciembre 1972).

[29] Theorien über den Mehrwert II (Dietz), 157.

[30] Theorien III (Dietz), 183. El subrayado es mío.

[31] Véase ibid., pág. 181

[32] “Alternative Theories of Distribution”, Review of Economics Studies (1955-1956). El subrayado es mío.

[33] “Rate of Profit and Income Distribution in Relation to the Rate of Economic Growth”, Review of Economics Studies (1961-1962). El subrayado es mío.

[34] Production of Commodities by Means of Commodities (1960). Trad. castellana: Producción de mercancías por medio de mercancías, págs.. 55-56. Oikos-Tau, 1966.

[35] Kaldor y Pasinetti, op. cit. Permítaseme señalar también la afirmación que hace Pasinetti, en el mismo escrito, según la cual las mismas relaciones de distribución, con intervención de las mismas categorías económicas, rigen básicamente en el capitalismo y socialismo, si se las somete a alguna modificación en el valor de la propensión al ahorro; aunque, para hacerle justicia, debo decir que lo que él llama socialismo es indistinguible del capitalismo de Estado.

[36] “A model ofEconomic Growth”, Economic Journal (1957)

[37] Zur Kritk der Politischen Oconomie, Einleitung, (Dietz), 225

[38] Para un ejemplo reciente, véase, H.J. Sherman, “Value and Market Allocation” en Hunt y Schwartz, eds. A Critique of Economic Theory. 

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