La teoría económica de Marx (I parte)

Amig@s lector@s, una vez más estamos por aquí. Ni el calor horroroso que perdura ni los problemas de acceso gracias a nuestro proveedor (cosas del capitalismo) nos van a impedir que sigamos con aquello que estamos comprometid@s: difundir la obra y pensamiento de K. Marx, facilitar a todos aquellos que gusten un menú alto en contenido marxista. En suma, dotar y dotarnos de herramientas que nos ayuden a entender algo y a guiarnos en estos mares agitados de aguas procelosas por las que nos ha tocado transitar.

Conscientes de que aprender y entender la teoría económica que propuso Marx a través, únicamente de la lectura de El Capital, es bastantes “durillo”, ofrecemos un trabajo que recoge la práctica totalidad de la concepción económica de Marx. Un trabajo, se podría decir, excepcional el realizado por Francisco Erice, Doctor en Historia por la Universidad de Oviedo, profesor de Historia Contemporánea en la misma Universidad y miembro de la Fundación de Investigaciones Marxistas Horacio Fernández Inguanzo (la sección asturiana de la FIM, vaya). En el mismo, a lo largo de diferentes apartados Erice va exponiendo y explicando (con la facilidad que tienen los docentes) los conceptos económicos marxianos.

Al igual que en otras ocasiones y por los mismos motivos, procedemos a la publicación de este trabajo en dos partes. Pero sin más dilaciones:

LA TEORÍA ECONÓMICA DE MARX[1]

 Francisco Erice

1. LA ECONOMÍA COMO ANATOMÍA DE LA SOCIEDAD BURGUESA.

 El hecho de que Marx haya desarrollado fundamentalmente su análisis científico en el ámbito de la Economía no es, ciertamente, casual. Marx estaba convencido, como señala en el conocido Prefacio de la Contribución a la Crítica de la economía Política, de que “la anatomía de la sociedad hay que buscarla en la economía política”. Por consiguiente, lo que pretende ante todo es “poner al desnudo la ley económica de los movimientos de la sociedad moderna”, partiendo (en expresión del sociólogo Andrés Bilbao) de “la centralidad de las relaciones industriales en la configuración de las sociedades modernas”.

Hay que resaltar en todo caso que, en primer lugar, para Marx lo económico tiene un sentido distinto del que adquiere más tarde para la Economía académica burguesa. Para él, como para los economistas clásicos que lo precedieron, la Economía es sobre todo Economía política; no puede reducirse a pura tecnología, pues trata de relaciones sociales. Marx es, como se ha señalado, un clásico interdisciplinar, que mezcla Economía con Sociología, Política y Filosofía. Los Grundrisse y El Capital están plagados de filosofía hegeliana. Concretamente en los citados manuscritos preparatorios se reformulan ideas del economista David Ricardo en lenguaje del filósofo Hegel y a la inversa; y en cuanto a El Capital, ya Lenin subrayó que no podía entenderse cabalmente el texto de su capítulo I sin conocer la Lógica de Hegel. Realmente, lo que prima en Marx es la visión totalizadora:

 “La totalidad de su visión en cuanto totalidad, se impone en cada detalle y es precisamente la fuente del atractivo intelectual que Marx ejerce sobre todo aquel que estudia su obra, amigo o enemigo” [J. Schumpeter, 1982, pp. 438-439].                        

  En segundo lugar, la Economía política de Marx no habla de individuos en cuanto tales; está, como veremos, en las antípodas de la visión subjetivista de la Economía. En el Prólogo a la primera edición del libro I de El Capital (1867), Marx se esforzaba en resaltar que “aquí sólo se trata de personas en la medida en que son personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase” [EC, vol. 1, p. 8]. Unos años antes, en los Grundrisse, lo formulaba con idéntica claridad:

“El ser humano es, en el sentido más literal del término (…), animal político, no sólo un animal social, sino además un animal que sólo se puede aislar en sociedad. La producción del individuo aislado al margen de la sociedad -una rareza que bien puede ocurrirle a un individuo civilizado, que posee en sí ya dinámicamente las fuerzas de la sociedad, cuando se extravía casualmente en una comarca salvaje- es algo tan absurdo como el desarrollo del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí [G, t. I, p. 7].

 En tercer lugar, la visión económica de Marx es esencialmente histórica. Una de las principales críticas que Marx hace a los economistas clásicos, precisamente, es querer presentar como naturales unas leyes económicas que son básicamente producto de la evolución histórica. Engels lo explicaba así en el Anti-Dühring:

 “La economía política, fundamentalmente, es una ciencia histórica; su materia es histórica, es decir, perpetuamente sometida al mudar y estudia, desde luego, las leyes particulares de cada fase de la evolución de la producción y el cambio, y sólo al término de su indagación podrá formular un reducido número de leyes enteramente generales, verdaderas para la producción y el cambio como tales” [AD, p. 166].

 En cuarto lugar, Marx otorga una clara primacía a la producción sobre las demás fases del proceso (circulación, distribución, consumo), precisamente porque es en las relaciones de producción donde tiene su origen la explotación capitalista. Eso no significa, por ejemplo, como señalaba Engels [AD, p. 165] que el cambio no influya a su vez en la producción; pero partir del mercado en vez de la producción contribuye a mistificar la realidad, a confundir la apariencia con lo esencial:

 “La relación de intercambio, en el contexto de la sociedad industrial, aparece bajo una forma aparente que el análisis desvelará como la superficie de una subyacente realidad” [A. Bilbao, 1999, p. 19].

 Aunque la preocupación de Marx por la Economía data ya de sus años de juventud, no es hasta finales de los años 50 cuando define su propia perspectiva y completa lo esencial de su teoría (conceptos ya perfilados del valor-trabajo, la plusvalía, etc.)[2]. Marx descubre la Economía a través de su preocupación por algunos problemas sociales (como la situación de los campesinos del Mosela) y por sugestión de Engels, que en 1843 elabora su Esbozo de crítica de la economía política, donde critica el liberalismo de Adam Smith, David Ricardo y otros (aunque, según Mandel, no parece haber entendido a Ricardo). Luego profundiza sus lecturas en París, escribiendo el primero de sus trabajos de contenido parcialmente económico: los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (publicados por primera vez en 1932). En estos Manuscritos, intenta fundamentar económicamente su concepto de la alienación, ocupando un lugar central la teoría del trabajo enajenado; pero aún no distingue, por ejemplo, capital constante y capital variable, ni resuelve todavía el problema del valor y la plusvalía.

El primer gran avance se produce en los años siguientes. En Miseria de la Filosofía (1847) se acerca ya a la teoría del valor-trabajo, y, casi simultáneamente, en su breve texto Trabajo asalariado y capital, presiente por primera vez lo esencial de la teoría de la plusvalía, aunque sin llegar a utilizar este término y expresándose aún de manera poco precisa.

En todo caso, son las lecturas posteriores a 1848 las que le permitirán cimentar sus conceptos fundamentales y su esquema, que perfila ya en los manuscritos de 1857-58 (los Grundrisse), la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859), otros manuscritos elaborados entre 1861 y 1863 (que incluyen análisis de historia de la teoría económica, publicados póstumamente, en 1905-1910, como Teorías sobre la plusvalía) y textos más breves como Salario, precio y ganancia (1865; publicado en 1898). El libro I de El Capital (1867) culmina esas tareas, mientras que los manuscritos preparatorios de los dos libros siguientes serán preparados por Engels para su publicación, que tendrá lugar, ya después de la muerte de Marx, en 1885 (libro II) y 1894 (libro III) respectivamente.

 

2. LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA CLÁSICA.

 Marx forma parte, en cierto modo, de la escuela clásica de Economía política, y se consideraba de alguna manera discípulo de uno de sus más eminentes representantes, David Ricardo, Schumpeter, a quien atribuía una especial “honradez científica”[3]. En trabajos como sus Teorías de la plusvalía resaltó los méritos -aunque también los defectos- de las teorías de los clásicos más importantes, que contrapuso a los economistas vulgares.

El interés de Marx por estos economistas burgueses incluye ya a los fisiócratas y Quesnay, capaces de relacionar los diferentes fenómenos económicos entre sí y buscar una explicación global[4]. Y, por supuesto, dedica su atención a Adam Smith que, entre otras cosas, había sido capaz de diferenciar valor de uso y valor de cambio y apuntar a la medición de este último por el trabajo incorporado[5].

Pero sin duda alguna la influencia económica preponderante en Marx procede de Ricardo[6]. Éste, como los economistas clásicos en general, pero de forma especialmente penetrante, busca la esencia del sistema capitalista en la producción y no en el mercado, explicando las relaciones de intercambio en función de las de producción, y considerando los precios del mercado (en caso normal y condiciones puras de libre competencia) por la cantidad de trabajo que su producción incluye, junto con las condiciones técnicas de producción (lo que Marx expresará al hablar de la composición  orgánica del capital). Ricardo es, pues, quien primero formula, en lo esencial, la teoría del valor-trabajo, verdadero pivote de la teoría económica de Marx. El precio natural de las mercancías, según Ricardo, se deriva de su valor, medido éste por la cantidad de trabajo incorporado. Bien es verdad que luego Ricardo no desarrolla otros aspectos fundamentales de la visión de Marx, que tienen que ver con la idea de tensión entre partes antagónicas, el concepto de plusvalía, la distinción trabajo abstracto-trabajo concreto, la diferencia capital constante-capital variable, el concepto de composición orgánica del capital, la noción de trabajo socialmente necesario, etc. Pero el germen de la teoría del valor-trabajo está ya presente en el economista británico.

Tanto es así que ya algunos de sus discípulos, los denominados socialistas ricardianos, intentaron extraer de las teorías de su maestro conclusiones críticas con el capitalismo, aunque no por ello llegaran a sustentar propuestas revolucionarias claras. Así, William Thompson, uno de ellos, tal vez el primero que usa el termino plusvalía, llegaba a afirmar que “el trabajo es el único padre de la riqueza”, y que las rentas agrarias y beneficios eran fracciones del valor robado a los trabajadores. Thomas Hodgskin, por su parte, negaba la productividad del capital y defendía que revirtiera a los trabajadores el “valor íntegro” de lo producido. Se trata de ideas bastante simples, que a menudo Marx criticaría, pero que también le sirvieron de inspiración en sus propias teorías.

Las deudas teóricas de Marx con los clásicos no impiden, con todo, su total rechazo a lo que considera su carácter eminentemente burgués, de apología del naciente capitalismo. Engels decía, en el Anti-Dühring, que estos economistas sólo habían mostrado el lado positivo del capitalismo. Para Marx, el orden capitalista no es un orden natural, sino una fase del desarrollo histórico destinada a ser superada. La idea de las leyes económicas como leyes naturales o inexorables repugnan a quien, como Marx, tenía su horizonte puesto más allá del capitalismo. Es lo que expresaba con claridad ya en los tempranos tiempos de la Miseria de la Filosofía, con palabras como éstas:

 “Los economistas razonan de singular manera. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: unas artificiales y otras naturales. Las instituciones del feudalismo son artificiales y las de la burguesía son naturales. Aquí los economistas se parecen a los teólogos, que a su vez establecen dos clases de religiones. Toda religión extraña es pura invención humana, mientras que su propia religión es una emanación de Dios. Al decir que las actuales relaciones -las de producción burguesa- son naturales, los economistas dan a entender que se trata precisamente de unas relaciones bajo las cuales se crea la riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Por consiguiente, estas relaciones son en sí leyes naturales, independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. De modo que hasta ahora ha habido historia pero ahora ya no la hay” [MF, p. 104].

 El desacuerdo de Marx con los economistas clásicos, en todo caso, parte del reconocimiento de los grandes méritos de su análisis de la sociedad capitalista. Pero el desencuentro entre marxismo y Economía académica comenzó a hacerse más profundo con el desarrollo de la Economía neoclásica y la llamada revolución marginalista, desde finales del siglo XIX. Las diferencias aparecen, ahora, muy definidamente subrayadas: frente a la primacía de la producción (Marx y los clásicos), se defiende ahora la de la distribución; frente al énfasis en los problemas del crecimiento, predomina la idea de equilibrio; frente a la visión objetivista de la realidad económica, un subjetivismo que explica la economía por las preferencias y comportamientos individuales. No es extraño que surgiera en esta escuela, cuyo carácter apologético (del capitalismo) es más que evidente, el concepto de homo oeconomicus, de individuo maximizador racional de los recursos al margen y por encima de la estructura social, que busca su propia utilidad, tanto si es empresario como si es trabajador (importa más, de hecho, como consumidor). La idea misma de la democracia de los consumidores, tan querida del neoliberalismo globalizador, enlaza perfectamente con estas concepciones.

3. MERCANCÍA Y VALOR. [7]

El análisis económico de Marx empieza por la mercancía, pues el capitalismo es un sistema productor de mercancías y tiende a transformarlo todo en mercancía. Las mercancías, por una parte, satisfacen necesidades humanas; la naturaleza de esas necesidades (“el que se originen, por ejemplo, en el estómago o en la fantasía”) “en nada modifica el problema” [EC, vol. 1, p. 43]. Las mercancías tienen, por tanto, un valor de uso, una utilidad para los seres humanos; hay también, por cierto, valores de uso que no son mercancías (el aire, por ejemplo). Pero, por otra parte, en tanto que mercancías, los productos tienen un valor de cambio, según la proporción con que se intercambia con otras mercancías. En contraste con la Economía subjetivista, que intenta explicar los fenómenos económicos por la utilidad de los productos, su demanda, etc., Marx excluye de lo esencial de su análisis el valor de uso; cuando habla de valor a secas, se refiere al valor de cambio.

El intercambio de mercancías exige que sus poseedores puedan prescindir de ellas, e implica por tanto una cierta división social del trabajo, una especialización que se desarrolla históricamente. Pero como se trata de mercancías cualitativamente diferentes (por ejemplo un traje o una lavadora), es preciso que exista algo en común que permita su intercambio en una determinada proporción; proporción que en un sistema de trueque se establece entre mercancías concretas (por ejemplo “x” ovejas por “y” cantidad de trigo), pero que en sistemas más evolucionados está mediada por el dinero. Tras examinar otras posibilidades, Marx llega a la conclusión de que el único elemento común a todas las mercancías, que permite su mutuo intercambio, es ser producto del trabajo humano. Los productos que se intercambian como mercancías llevan incorporada una cierta cantidad de fuerza de trabajo, y es esa cantidad la que determina su valor; ésta es la base argumental de la teoría del valor-trabajo, que Marx toma esencialmente de Ricardo, pero que, de manera más general y burda, había sido atisbada por otros economistas clásicos.

Pero si el intercambio está regido por la ley del valor, es decir, por la cantidad de trabajo incorporado, se plantean algunos problemas prácticos, derivados de la constatación de que no todos los trabajos son iguales, como no lo son las capacidades de los trabajadores o su grado de cualificación. Marx intenta resolver estas cuestiones diferenciando trabajo concreto y trabajo abstracto, trabajo simple y trabajo complejo, y acuñando la noción de trabajo socialmente necesario. Veamos estas distinciones.

El trabajo concreto, diferente en cada caso (el del productor de trajes o lavadoras) es aquél que produce valores de uso también distintos, e implica el consumo de energía humana (la fuerza de trabajo); como productor de valores de cambio en general (de valores a secas), el trabajo, cuantificable e intercambiable, es trabajo abstracto; bien entendido que no se trata de dos procesos distintos, sino de dos formas de manifestarse el mismo proceso. Además, hay que distinguir el trabajo simple del complejo o más cualificado (el que requiere una formación especial); en términos de valor incorporado, el trabajo complejo puede ser considerado como un múltiplo del trabajo simple.

La teoría del valor-trabajo afirma, por tanto, que el valor de las mercancías está determinado por la cantidad de trabajo incorporado a ellas, que se mide en términos de tiempo empleado por los trabajadores. Pero cabe objetar, entonces, que el valor variará según la pericia de los operarios concretos (unos producen más que otros); Marx replica que la medida apropiada no es el tiempo de trabajo de cada individuo, sino el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una mercancía, es decir, el “requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad del trabajo” [EC, vol. 1, p. 48].

La teoría del valor-trabajo, esencial en el análisis de Marx, tiene diversas implicaciones, que iremos viendo. Refuerza o reafirma la convicción marxiana del trabajo como diferenciador del Hombre y la Naturaleza; sitúa, como luego veremos, lo esencial de la economía (la explotación e incluso la fijación de los precios) en el campo de la producción y no de la distribución o el consumo. De todos modos el valor se despliega históricamente a través de una serie de formas, que se inician con la forma simple (mercancía por mercancía, M-M) hasta la más desarrollada, en la que una mercancía (el dinero) actúa como equivalente general (M-D-M). El dinero permite activar la circulación de los productos, funciona como medida de valor y medio de pago y puede además ser objeto de atesoramiento.

El dinero no es una relación entre objetos, sino que materializa una relación social. Lo que caracteriza al trabajo que crea valor de cambio -según Marx- “es que las relaciones  sociales de las personas aparecen, por decirlo así, invertidas, como la relación social de las cosas” [CCEP, p. 53]. La esencia oculta tras la apariencia externa (fenoménica) de las relaciones de mercado es lo que Marx formula con su concepto de fetichismo de la mercancía, enlazando con muchas de sus preocupaciones intelectuales juveniles y mostrando bien a  las claras que la Teoría económica de Marx no es separable de sus bases filosófico-antropológicas.

La noción de fetichismo parte de las prácticas religiosas que dotan a objetos inanimados de poderes sobrenaturales. En concreto el llamado fetichismo de la mercancía es el ejemplo más sencillo y universal de cómo las formas externas del capitalismo esconden las relaciones sociales subyacentes. Aunque lo desarrolla sobre todo en El Capital [EC, vol. 1, pp. 87-102], Marx anticipa ya el tema en escritos anteriores, especialmente en los Grundrisse:

“El cambio general de actividades y productos se convierte  en condición de vida para cada individuo; su conexión mutua se les presenta como algo extraño, independiente de ellos, como una cosa. En el valor de cambio la relación social entre personas se transforma en una relación social entre cosas; la capacidad personal se transforma en capacidad de las cosas” [G, I, 85].

 A primera vista, una mercancía parece ser algo trivial y de fácil comprensión, pero su análisis demuestra que es un objeto “endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas”. Nada de ello se deriva de su valor de uso, sino de las relaciones implicadas en la producción de mercancías, de la relación mercantil:

“Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de sus productores” [EC, vol. 1, p. 88].

 Ello transforma -señala Marx- “a todo producto del trabajo en un jeroglífico social”. El carácter histórico se difumina frente a la aparente naturalidad de las cosas. Este fetichismo se aprecia, entre otros, en los economistas, que se dejan llevar por las apariencias, atribuyendo por ejemplo a la naturaleza la determinación del valor de cambio, analizando el dinero no como representativo “de una relación social de producción, sino bajo la forma de objetos naturales adornados de insólitos atributos sociales”.

 4. TRANSFORMACIÓN DEL DINERO EN CAPITAL. LA PLUSVALÍA[8]

 La modalidad característica de funcionamiento del dinero como equivalente general en la circulación mercantil, como ya señalamos, reviste la fórmula M-D-M (mercancía-dinero-mercancía); es decir, venta de una mercancía por dinero y compra de una nueva mercancía, que presta servicios de valor de uso, con el dinero adquirido. Pero la fórmula general del capital, de la conversión de dinero en capital, es D-M-D, en la cual el dinero sirve para adquirir mercancías que luego volverán a transformarse en dinero, tras una venta posterior.

M-D-M  refleja la circulación mercantil simple; D-M-D, la circulación del dinero como capital. Obviamente, en la fórmula segunda, el dinero que se retira al final del proceso no puede ser el mismo que el que se pone al principio. El dinero impuesto sirve para adquirir mercancías que, mediante un proceso de “valorización”, devuelvan mayor cantidad de dinero. Por tanto la fórmula correcta sería realmente D-M-D’, siendo D’ cuantitativamente superior a D. El incremento obtenido en este proceso (D’-D) es la plusvalía o plusvalor, que acompaña, por  tanto, a la conversión del dinero en capital.

¿De dónde surge este incremento? Marx afirma taxativamente que no puede proceder de la circulación de las mercancías, es decir, de que determinados productos se vendan por encima de su valor o de que otros los adquieran por debajo de su valor; eso explicaría situación particulares, pero no la globalidad del proceso económico, que es lo que le interesa a Marx; porque si unos ganan vendiendo por encima del valor, otros deben perder en sentido inverso, compensando en el cómputo global la ganancia de los primeros. En la circulación, globalmente considerada, se produce un intercambio de equivalentes:

“La transformación del dinero en capital ha de desarrollarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, de tal modo que el intercambio de equivalentes sirva como punto de partida” [EC, vol. I, p. 202].

 Si el intercambio en el mercado es cambio de equivalentes, el incremento D’-D sólo puede generarse en la fase previa, es decir, en la producción; es allí donde el poseedor del dinero encuentra una mercancía muy especial, que se vende (como todas las mercancías) por su valor (mediante el pago del salario), pero que es capaz de producir un valor adicional que se incorpora a la mercancía: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo. Ese valor adicional, la parte del trabajo que no ha sido pagada por el capitalista pero de la que se apropia, es la plusvalía, obtenida por tanto en el proceso de producción y realizada luego en el intercambio de equivalentes:

 “El valor de una mercancía se determina por la cantidad total de trabajo  contenido en ella. Pero una parte de esa cantidad de trabajo se materializa en un valor por el que se paga un equivalente en forma de salario, mientras que otra parte toma cuerpo en un valor por el que no se paga equivalente alguno; una parte es trabajo no retribuido. Por tanto, si el capitalista vende la mercancía por su valor, es decir, como cristalización de la cantidad total de trabajo empleado en ella, necesariamente tiene que venderla con ganancia. No vende solamente lo que le ha costado un equivalente, sino que vende también lo que no le ha costado nada, aunque haya pagado el trabajo de su obrero. Lo que la mercancía le cuesta al capitalista y su costo real son dos cosas distintas. Repito, por tanto, que la ganancia normal y media se obtiene vendiendo las mercancías, no por más de lo que valen, sino por sus valores reales” [SPG, en EEM, p. 497]. 

El valor producido mediante la mercancía fuerza de trabajo luego se distribuye socialmente (la producción es, en definitiva, un proceso que sólo puede entenderse socialmente -más allá de sus actores inmediatos- y en el conjunto de la economía). Así, la renta de la tierra, el capital mercantil o el usurario  no crean plusvalía, sino que captan parte de la plusvalía generada en el proceso productivo:

 “La renta del suelo, el interés y el beneficio industrial no son más que otros tantos nombres distintos para designar las distintas partes de la plusvalía, de la mercancía o del trabajo no retribuido materializado en ella. No nacen de la tierra como tal o del capital en cuanto tal, sino que la tierra y el capital permiten a sus propietarios reclamar las partes respectivas que les corresponden en la plusvalía estrujada al obrero por el capitalista industrial. Para el obrero mismo, tiene una importancia secundaria el hecho de que aquella plusvalía que es el fruto de su plustrabajo o trabajo no retribuido se la embolse íntegramente el capitalista industrial o que éste tenga que ceder a otros algunas partes de ella bajo el nombre de renta o interés” [SPG, en EEM, pp. 497-498].

Para que la mercancía fuerza de trabajo pueda ser vendida y se lleve a cabo el proceso de valorización, se precisan varias condiciones, que no se dan de forma natural, sino como consecuencia del proceso histórico que conduce a la implantación del modo de producción capitalista. La primera de esas condiciones es que el propio poseedor de esa mercancía (la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo) la pueda ofrecer como mercancía, y por tanto, “que sea propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona”; es decir, que sea un trabajador libre y no, por ejemplo, siervo o esclavo. Ello le permite encontrarse en el mercado en condiciones de igualdad jurídica con el poseedor del dinero, intercambiando sus mercancías como personas jurídicamente libres e iguales[9]. Por ello esta venta de fuerza de trabajo no puede ser sino temporal:

 “Para que perdure esta relación es necesario que el poseedor de la fuerza de trabajo la venda siempre por un tiempo determinado, y nada más, ya que si la vende toda junta, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancía en simple mercancía. Como persona tiene que comportarse constantemente con respecto a su fuerza de trabajo como con respecto a su propiedad, y por tanto a su propia mercancía, y únicamente está en condiciones de hacer eso en la medida en que la pone a disposición del comprador -se la cede para el consumo- sólo transitoriamente, por un lapso determinado, no renunciando, por tanto, con su enajenación, a su propiedad sobre ella” [EC, vol. I, p. 204].

 La segunda condición es que el poseedor de la fuerza de trabajo no posea otras mercancías que vender más que su propia capacidad de trabajo; exige, por tanto, la separación  del trabajador y los medios de producción. Históricamente, ello implica la expropiación de los pequeños productores independientes (artesanos, campesinos) y su proletarización. El propio proceso de conversión generalizada de los productos en mercancías conlleva un proceso histórico, el del desarrollo del modo de producción capitalista.  Lo cual supone, entre otras cosas, una división del trabajo tan desarrollada como para que se consume la división entre valor de uso y valor de cambio, que apenas se inicia con el comercio directo de trueque.

Es por ello que el capitalismo, modo de producción en que la forma-mercancía se consagra y generaliza, representa el triunfo de los principios abstractos de libertad, igualdad y propiedad que la burguesía defendiera en su programa revolucionario, y que Marx recuerda en frases no exentas de ironía e indignación al mismo tiempo:

“La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era en realidad un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham[10].(Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo, de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades confluyen en una expresión jurídica común. (Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. (Propiedad!, porque cada uno dispone sólo de lo suyo. (Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación s el de su egoísmo, el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno por el otro, ejecutan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su altruísmo, de su interés colectivo” [EC, vol. I, p. 214]. 

Con estas condiciones, que permiten la normalización de estas relaciones entre trabajador libre y capitalista igualmente libre, la transacción entre uno y otro supone para el trabajador recibir un salario, que es el pago o remuneración de la fuerza de trabajo que éste emplea, es decir, la reproducción de esa mercancía o reposición de la fuerza de trabajo desgastada. El valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier otra mercancía, se mide por el tiempo de trabajo necesario para su producción y reproducción; en este caso, se trata de los medios de subsistencia (alimentación, vestido, etc.) necesarios para la conservación del trabajador. Pero las necesidades humanas, más allá de los límites físicos imprescindibles para la supervivencia o de la preservación de la energía mínima del obrero, son siempre relativas, están socialmente determinadas:

 “Por lo demás, hasta el volumen de las necesidades imprescindibles, así como la índole de su satisfacción, es un producto histórico y depende por tanto en gran parte del nivel cultural de un país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo las cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus hábitos y aspiraciones vitales. Por oposición a las demás mercancías, pues, la determinación del valor de la fuerza laboral encierra un elemento histórico y moral. Aun así, en un país determinado y en un período determinado, está dado el monto medio de los medios de subsistencia necesarios [EC, vol. I, p. 208].

 Acerca de los mencionados límites físicos, en todo caso, Marx resalta igualmente su elasticidad, aludiendo de paso a fenómenos bien conocidos de la historia de las condiciones de vida de la clase  obrera:

 “…Para poder mantenerse y reproducirse, para poder asegurar a la larga su existencia física, la clase obrera necesita recibir los medios de vida absolutamente indispensables para vivir y reproducirse. El valor de estos medios de vida imprescindibles constituye, pues, el límite extremo del valor del trabajo. Y, de otra parte, la duración de la jornada de trabajo tropieza asimismo con límites extremos, siquiera sean muy elásticos. Su límite máximo lo trazan las energías físicas del trabajador. Si el agotamiento diario de sus energías vitales excede de determinado límite, no podrá ponerse de nuevo en tensión un día tras otro. Sin embargo este límite, como ya hemos dicho, es muy elástico. Una rápida sucesión de generaciones entecas y de corta vida abastecería el mercado de trabajo con sus brazos ni más ni menos que una serie de generaciones robustas y longevas”.

 5. LA PRODUCCIÓN DE PLUSVALÍA[11].

 Es, pues, en el proceso de producción donde tiene lugar la valorización de las mercancías. Para llevarlo a cabo se necesitan medios de producción (fábricas, máquinas, edificios, materias primas…) y fuerza de trabajo. El capitalista adquiere en el mercado ambos elementos y los pone en funcionamiento en un proceso de trabajo cuyo resultado son los productos que el capitalista lleva al mercado (mercancías). Pero medios de producción y fuerza de trabajo no se comportan de la misma manera en el proceso de valorización. En efecto, los medios de producción tienen un valor, que procede de haber sido, a su vez, producidos anteriormente por el trabajo humano (podría definirse el capital como medios de producción producidos). En el proceso en el que concurren ya como tales, no añaden nuevo valor al producto, sino que transfieren al mismo el valor que ya poseían; esa transferencia se da de forma completa en el caso de las materias primas (que desaparecen como tales en el proceso) y de forma parcial en la maquinaria, edificios, etc., que sólo se desgastan totalmente al cabo de muchos procesos. Marx llama a unas y otras la parte constante del capital o capital constante, porque no cambian su valor en el proceso productivo. Por el contrario la fuerza de trabajo sí cambia de valor (transfiere su equivalente más un incremento, la plusvalía, por lo que Marx lo califica de capital variable. El valor total equivaldría, pues, a la suma del capital constante (c) y el capital variable (v) que entran en el proceso, más la plusvalía (p), según la fórmula

c+v+p

La diferencia entre capital constante y capital variable es propia de Marx y esencial, obviamente, para su concepción del proceso de valorización. Los economistas de la época distinguían capital fijo (maquinaria, edificios…) y capital circulante (fuerza de trabajo y materias primas); el primero sólo se consumía parcialmente en cada ciclo productivo, mientras el segundo se consumía totalmente. Con esta diferenciación, según Marx, se fundían en una sola categoría salarios y materias primas, representando el conjunto como una simple reparación de los valores desembolsados, y ocultando por tanto el origen de la plusvalía.

Marx pretende ante todo señalar que el valor de las mercancías procede del trabajo excedente del obrero; por tanto el beneficio empresarial, como veremos, no es el resultado de la contribución al proceso productivo del “factor capital” (que no crea valor, y además procede de trabajo acumulado en fases anteriores) ni el pago del “salario de dirección” o la supuesta remuneración al riesgo del empresario, sino el producto de la explotación del trabajo ajeno. La plusvalía es la sustancia del beneficio, aunque una y otra cosa son distintas. Habría que distinguir, así, la cuota de plusvalía de la cuota de ganancia o cuota de beneficio.

La cuota de plusvalía o tasa de plusvalía -señala Marx- “es la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, o del obrero por el capitalista [EC, vol. I, p. 262]. Refleja la relación entre la cantidad de plusvalía producida (o las horas que el obrero trabaja para el capitalista, su trabajo excedente) y el capital variable invertido por el capitalista (las horas que el obrero trabaja para sí, su trabajo necesario). La cuota de plusvalía (p’) es, pues, la relación existente en plusvalía (p) y capital variable (v)

p’=p/v=plusvalía/valor de la fuerza de trabajo=trabajo excedente/trabajo necesario 

 En cambio la cuota de ganancia (g’) no denota el grado de explotación, sino los beneficios que obtiene el empresario por el incremento de valor obtenido en el proceso productivo, en relación con el capital adelantado para el pago de medios de producción y fuerza de trabajo; en otras palabras, es la relación entre plusvalía obtenida y capital total invertido (constante+variable)

g’=p/(c+v)

 La cuota de ganancia depende de muchos elementos: cantidad de capital variable respecto al constante (lo que Marx denomina, como señalaremos más adelante, composición orgánica del capital), rotación del capital (tiempo que necesita para completar un ciclo productivo) y también cuota de plusvalía; es evidente que cuanto más elevadas sean la cuota y masa de plusvalía producidas (cuanto mayor sea la explotación), más alta tiende a ser la cuota de beneficio.

En relación con la producción de plusvalía, Marx distingue también entre trabajo productivo e improductivo[TP, pp. 216-224], tema importante en debates marxistas posteriores (por ejemplo a propósito del desarrollo del trabajo en la administración pública). Para Marx, es “productivo” el  “aquél que produce plusvalía para su patrón”, lo cual concierne sólo a las relaciones bajo las cuales está organizado el obrero y no a la naturaleza del proceso de producción o el producto. Cuando Milton escribía El paraíso perdido -ejemplifica Marx- era un obrero improductivo; en cambio es productivo “el autor que suministra a su editor originales para ser publicados”, así como “la tiple que vende sus arpegios por cuenta propia”, ya que “produce capital”. Por el contrario, hay valores de uso que no dejan tras de sí resultados tangibles distintos de las personas que los realizan o bien dejan resultados que no pueden venderse como mercancías. En tiempos de Marx, la gran mayoría de trabajadores “improductivos” eran los comerciales, sirvientes domésticos o personal empleado del Estado; los comerciales eran “improductivos” porque no estaban implicados en la producción, única fuente de plusvalía para el capital como un todo, incluso si sus actividades tenían como resultado un beneficio comercial para sus patronos. Sin embargo Marx y Engels se refieren al proletariado comercial sugiriendo que el ser improductivo no anula la pertenencia de este sector al proletariado.

La obtención de plusvalía (o plusvalor) ha asumido históricamente dos formas distintas: la de la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa. Marx las define de la siguiente manera:

“Denomino plusvalor absoluto al producido mediante la prolongación de la jornada laboral; por el contrario, al que surge de la reducción del tiempo de trabajo necesario y del consiguiente cambio en la proporción de magnitud que media entre ambas partes componentes de la jornada laboral, lo denomino plusvalor relativo [EC, t. 2, p. 383]. 

En efecto, la plusvalía absoluta es la que se obtiene mediante el incremento  del valor producido sin cambiar la cantidad de trabajo necesario, es decir, sin modificar la parte de la jornada laboral por la que el trabajador recibe lo necesario para reproducir su fuerza de trabajo. Ello se puede lograr de dos maneras: aumentando la duración de la jornada laboral (para que quede una porción mayor de trabajo excedente) o forzando al obrero a realizar un trabajo más intensivo. Esto tiene unos límites físicos (la salud del obrero) e históricos (la organización de los trabajadores, que rechazan el aumento de la jornada o la intensificación de los ritmos de trabajo).

Por eso el capitalista tiene que recurrir a la plusvalía relativa, disminuyendo el tiempo de trabajo necesario dentro de la jornada (por tanto, reduciendo el valor de la fuerza de trabajo). La plusvalía obtenida así puede tener lugar a partir de dos formas: reduciendo la cantidad de valores de uso que consume el obrero o el tiempo socialmente necesario para producir los mismos valores de uso; esto puede chocar con los mismos límites (físicos e históricos) que la producción de la plusvalía absoluta. La segunda fórmula, que ha dado al capitalismo su dinamismo histórico, es la mejora de las tecnologías productivas, que reducen el tiempo de trabajo socialmente necesario en la producción de bienes concretos, y permiten dedicar más proporción de la jornada al trabajo excedente.

La obtención de la plusvalía relativa no es resultado consciente de la acción de los capitalistas individuales, cuyo objetivo es reducir sus propios costes a fin de incrementar sus beneficios particulares. Luego la competencia garantiza que los beneficios inmediatos obtenidos por encima de los rivales se acaben perdiendo, distribuyéndose la ganancia entre los capitalistas.

Que el resultado definitivo sea la obtención o no de plusvalía relativa es algo que no importa al capitalista individual; él se ve obligado por las fuerzas de la competencia y, a la larga, pierde sus ventajas individuales.

La obtención de plusvalía absoluta es característica de las primeras etapas del desarrollo capitalista y la relativa lo es de etapas más avanzadas. Pero con frecuencia se da una combinación de ambas formas. Por ejemplo, el acceso de las mujeres casadas al trabajo ha permitido obtención de plusvalía relativa, puesto que sus bajos salarios representan un valor inferior de fuerza de trabajo; pero este hecho ha constituido al mismo tiempo la base de obtención de plusvalía absoluta, ya que la familia como conjunto realiza un trabajo que crea más valor sin un incremento correspondiente de sus costes de reproducción ni de la cantidad de trabajo necesario remunerado por el capital.

En definitiva, el capital no es una cosa, sino un conjunto de relaciones sociales, y la producción capitalista es sobre todo producción de plusvalía. En ese sentido Marx habla, sobre todo en su capítulo VI inédito del libro I de El Capital, de la subsunción del trabajo en el capital; concepto éste, el de subsunción, que implica tanto subordinación (o sometimiento) como inclusión. Hay, en ese sentido, una subsunción formal y una subsunción real. La primera se desarrolla con la producción de plusvalía absoluta, en la fase en la que el proceso laboral preexistente (precapitalista) aún no ha sido modificado radicalmente; se desenvuelve dentro de la fábrica o centro productivo. Por el contrario la subsunción real se relaciona con la extracción de la plusvalía relativa y corresponde a fases más avanzadas del desarrollo capitalista; no afecta ya sólo a la fábrica, sino que permea todas las relaciones sociales, implicando el paso del obrero individual al obrero colectivo.

La producción y distribución de plusvalía es un proceso colectivo. Eso supone, en primer lugar, que la plusvalía obtenida se escinde luego en formas diversas, concretamente en beneficios empresariales, intereses (para banqueros) y rentas (para los propietarios de la tierra); una parte va también a satisfacer el coste del trabajo improductivo (de supervisión y vigilancia y de comercialización). Ello contribuye a difuminar la procedencia única de este ingreso, que es la plusvalía obtenida en el proceso productivo y que ahora se reparte; lo cual significa que, por ejemplo, ni la tierra ni el dinero dado en préstamo producen valor alguno.

En segundo lugar, la cuota de la ganancia empresarial (g’), cuya base es la plusvalía, tiende a homogeneizarse en el sistema productivo como consecuencia de la competencia; la misma competencia que es responsable de la concentración y centralización del capital, del crecimiento anárquico y de las crisis. Si en un sector la cuota de ganancia supera a la media, los capitales afluyen a ese sector, y la competencia reduce necesariamente los precios en él hasta que la cuota de ganancia se iguale a la media. Todo ello, claro está, suponiendo una competencia perfecta; la existencia, por ejemplo, de barreras a esta competencia distorsiona ya el resultado.

Realmente si la competencia fuera perfecta los precios de los productos dependerían directamente de los valores; pero las cosas son más complejas y por ello, sin cuestionar la teoría del valor-trabajo, Marx no niega la discrepancia habitual entre valores y precios, y hace derivar estos últimos de lo que denomina los precios de producción. El tema del paso de valores a precios (el llamado problema de la transformación) es uno de los más discutidos de la obra de Marx, toda vez que él lo desarrolló insuficientemente y además, en los ejemplos y cálculos utilizados, incurrió en errores admitidos por los propios defensores de sus teorías (así, calcula los productos en precios de producción y los “insumos” o inputs -incluida la fuerza de trabajo- en valores).

Los precios de producción son la suma del coste de producción como gasto de capital (c+v) y la ganancia media que corresponde al sector como resultado del reparto de la plusvalía social; el precio de producción asegura la reproducción del sistema, permitiendo recuperar las sumas adelantadas y realizar la ganancia media. Ello no significa negar la ley del valor, sino que el precio de producción, según Marx, es “una forma transmutada del valor”. El valor de lo producido y la plusvalía total permanecen inalterados en este proceso de igualación intersectorial de cuotas de ganancia; las desviaciones responden al citado proceso de redistribución social de la plusvalía, y no a las hipotéticas oscilaciones de la oferta y la demanda:

 “La oferta y la demanda sólo regulan las fluctuaciones pasajeras de los precios en el mercado. Explican por qué el precio de mercado de una mercancía excede de su valor o es inferior a él, pero no dice nada acerca del valor mismo. Suponemos que la oferta y la demanda coincidan o se equilibren, como dicen los economistas. En el momento mismo en que estas dos fuerzas contrapuestas sean iguales se contrarrestarán la una a la otra y no podrán actuar en una dirección ni en otra. En el mismo momento en que la oferta y la demanda se equilibran, dejando por tanto de actuar, el precio de mercado de una mercancía coincide con su valor real, con el precio normal en torno al cual oscilan sus precios de mercado. Por tanto, para investigar la naturaleza de este valor, de nada nos sirve fijarnos en las influencias transitorias de la oferta y la demanda sobre los precios de mercado” [SPG, en EEM, p. 482].


[1] Para citar las obras y recopilaciones de Marx y Engels seguiré la siguiente equivalencia: AD= Anti-Dühring; CCEP= Contribución a la Crítica de la Economía Política; CPG= Crítica del Programa de Gotha; CSI= Capítulo Sexto Inédito de El Capital; EC=El Capital; EEM=Escritos Económicos Menores; G=Grundrisse; IC= Imperio y Colonia; MF=Miseria de la Filosofía; SPG= Salario, Precio y Ganancia; TP= Teorías de la Plusvalía; TAC= Trabajo Asalariado y Capital.

[2] Un seguimiento detallado de la evolución del pensamiento económico de Marx, en E. Mandel (1974).

[3] David Ricardo (1772-1823), cuya obra es considerada de algún modo la culminación de la Economía  política clásica, es autor de un libro esencial en la historia de la Teoría económica: Principios de economía política y tributación (1817).

[4] Los fisiócratas, escuela del economistas del siglo XVIII, pensaban que la agricultura era la base de la riqueza y que las leyes económicas eran naturales como las de la Física; fueron los primeros que hablaron de laisser faire (la libertad económica). Uno de ellos, François Quesnay (1694-1774), médico y economista francés, es autor de Tableau economique (1758), primera tentativa de representar de manera cifrada el mecanismo de la vida económica en un régimen capitalista.

[5] El escocés Adam Smith (1723-1790), economista y filósofo moral, es considerado el padre de la Economía clásica; es autor de Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776).

[6] Amplio comentario de Marx acerca de la obra de Ricardo, en TP, pp. 227-557.

[7] Un resumen correcto y relativamente breve de las teorías económicas de Marx en C. Berzosa y M. Santos (2000). Más amplio y en confrontación con teorías económicas posteriores o con el pensamiento económico actual, en A. Pesenti y otros (1979) y L. Gill (2002). Muy asequible es el librito de E. Mandel (14973) y, más amplio y sugerente, otro del mismo autor (Mandel, 1977). Cabe citar también, como visión de conjunto, el libro de P.M. Sweezy (1982). Un léxico o glosario de conceptos básico de la teoría económica de Marx, en J. G. Beramendi  y E. Fioravanti (1974), t. 2, pp. 295 – 322.

[8] Las cuestiones relativas a este capítulo se tratan en el Libro I de El Capital, sección 2 (“La transformación del dinero en capital”). Véase EC, vol. I, pp. 179 – 215.

[9] Obviamente la libertad es estrictamente jurídica; la necesidad de sobrevivir obliga al trabajador a vender su fuerza de trabajo.

[10] Se refiere al inglés Jeremy Bentham (1748 – 1832) al que en otro lugar califica de “un genio de la tontería burguesa”, fundador del utilitarismo. Bentham afirmaba que el hombre se rige por su interés propio, de búsqueda del placer y evitación del dolor; esta especie de principio de la felicidad debe regir también  la vida social, aplicarse a la mayor cantidad de individuos.

[11] Los contenidos de este apartado se corresponden básicamente con las Secciones 3 a 5 del Libro I de El Capital, (EC, vol. I, pp. 215 – 378 y también, t. II, pp. 379 – 649).

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5 respuestas a La teoría económica de Marx (I parte)

  1. el indio dijo:

    Excelente espacio desde la patria grande Bolivar, un abrazo sigamos avanzando “Venezuela”

  2. Rosana dijo:

    Hola, me gustaría saber si aquí están todas las teorías de Marx, llevo mucho tiempo buscandolas todas juntas,pero esque en un lado me ponen unas y en otro otras,entonces nosé a cuales hacer caso, si no están aquí todas me gustaría saber cuantas hay, muchaas gracias,un beso 🙂

    • Antonio Olivé dijo:

      Hola, gracias por visitar nuestro blog. Nuestra humilde recomendación, es que si quieres tener todas las teorías de Marx lo mejor que puedes hacer es conseguir unas obras completas de Marx y Engels -y por supuesto, leerlas-. Otra cosa es la distribución de la obra de Marx por áreas temáticas (el Marx historiador, economista, filósofo…) que a efectos académicos se ha realizado. De eso va nuestro apartado “Temas marxistas“. Nosotros tenemos una clasificación, otros presentan otra.

      Lo que tu denominas teorías de Marx, no se encuentran en tal o cual libro. La obra de Marx se caracteriza por ser un intento de abarcar la “totalidad” y sus teorías aparecen a lo largo de su obra, obra que en vida de Marx no fue publicada y su mayor parte quedó en forma de borradores, apuntes…etc. que más tarde y por otros, se prepararon para la imprenta-. Es decir, no busques en Marx un libro en el que te explique lo que es una clase social, o un modo de producción… busca en el conjunto de su obra.

      Saludos,
      A. Olivé

  3. vale dijo:

    Hola, quería contarles que buscando entender otro autor es que caí acá. Es así Marx me persigue hace rato y yo no quiero, requiere tiempo leer conceptos y entenderlos. Llegó el momento obligada o no, eso poco importa, aceptar el desafío y agradecer que hay gente como ustedes que hacen no sé si más fácil la tarea…pero al menos que la enfrente con mayor entusiasmo.

    • Antonio Olivé dijo:

      ¡Caramba!, muchas gracias por su comentario. Si alguien debe agradecer algo somos nosotros, agradecerles que nos visiten, que les resulte útil el trabajo que realizamos, que nos dejen críticas, halagos…Muchas gracias.

      No solo le persigue a vd. don Carlos. En cierta medida nos persigue a todos. Y cuanto más se empeñan en matarlo, en enterrarlo, renace y resurge con la fuerza de los hechos. Y los hechos son que mientras existan injusticias y explotación existirá el anhelo de combatirlo y cambiar la situación. Es cierto que Marx no es sencillo y requiere algo de dedicación, pero bueno, tampoco se trata de ser un experto.

      Un saludo de clase.
      Antoni Olivé

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