La centralidad política del trabajo en el Manifiesto Comunista

Muy buenas a todas y todos, aunque lo cierto es que si observamos la situación actual de bueno no tiene nada. A la crisis económica (llámese también crisis de la deuda soberana o economía de salón del Lejano Oeste) se le unen los más frecuentes accidentes incidentes con las instalaciones de producción de energía nuclear y que constituyen una mueca más en la crisis ecológica. La crisis energética y alimentaria completan un cuadro dantesco. No es que Marx desde cero sea adivino, augur o leámos los posos del café pero vaticinamos un 2012 calentito -socialmente hablando- ya que la situación económica lejos de mejorar apunta a un enquistamiento cuando no un empeoramiento de la situación.

¿Qué podemos hacer?…Si no se te han ocurrido más de diez cosas deberías dejar de consumir televisión y realizar ejercicios de imaginación. Marx desde cero recomienda hacer el amor, reir, pensar, reflexionar, compartir y luchar, sobre todo luchar mucho. Y si entre tanta multitarea os quedan ganas y fuerzas os recomendamos formarte, dotarte de herramientas, leer por ejemplo el trabajo que presentamos hoy sobre el Manifiesto Comunista elaborado por Alberto R. Bonnet, R. Lozano y Eduardo Lucita militantes de la izquierda argentina.

¡Que lo disfruten!

La centralidad política del trabajo en el Manifiesto Comunista

A.Bonnet, R.Lozano y E.Lucita

1. Introducción

La identificación del proletariado, de la clase de los trabajadores asalariados, como sujeto revolucionario fue acaso la idea rectora del Manifiesto Comunista ciento cincuenta años atrás (1). En nuestro mundo de fines del siglo veinte, de retroceso de los trabajadores en la lucha de clases y certificados de defunción respecto de la centralidad política del trabajo, esta idea reviste especial importancia y convoca a un renovado análisis.

 

La identificación de la clase trabajadora como sujeto revolucionario será para Marx, como veremos, resultado de un complejo proceso de reflexión teórica. Este proceso no comienza ni se agota en las breves páginas del Manifiesto: comienza en realidad con la crítica marxiana a la concepción hegeliana de la universalidad del estado, en los escritos de juventud, y culminará más tarde con la crítica de las teorías del valor-trabajo de la economía política (2). Sin embargo, el Manifiesto ocupa una posición clave en dicha construcción. En efecto, el Manifiesto es una bisagra entre ambos momentos de la crítica marxiana y, más importante aún, nace urgido por esa primera gran oleada revolucionaria generalizada del proletariado europeo que son las revoluciones del 48. El “paradigma de revolución mundial con la que a partir de entonces soñaron los rebeldes”, en palabras de Hobsbawm (3).

 

Ya en las primeras páginas del Manifiesto, Marx identifica a la clase trabajadora como el sujeto revolucionario emergente, caracterizando a la historia pasada como historia de la lucha de clases, revistando las clases beligerantes de las sociedades pretéritas y arrivando a la sociedad burguesa y a la burguesía y el proletariado como sus clases fundamentales. Esta presentación histórica está en obvia sintonía con las páginas introductorias de la Ideología Alemana, escritas por Marx y Engels inmediatamente antes.

 

A menudo es motivo de polémicas el optimismo histórico con que Marx describe en este punto el horizonte abierto por el despliegue de las fuerzas productivas inherente al advenimiento de la sociedad burguesa. Sin duda, juzgadas retrospectivamente hay en estas páginas marxianas cierta exagerada confianza en el progreso, uno de los ejes de pensamiento de la modernidad burguesa. No podemos detenernos aquí en esta importante cuestión (4). Pero conviene advertir, en relación a nuestra problemática, que Marx corona su descripción del advenimiento de la sociedad burguesa con aquella pregunta retórica: “¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?” (5) Las potencialidades de la sociedad burguesa son así reconducidas al trabajo: en este punto radicará el fundamento último de la centralidad -productiva, pero también política- que Marx otorgará al trabajo. La potencia histórica de la burguesía es expresión enajenada de la potencia del proletariado, es decir, de las fuerzas productivas del trabajo social bajo la forma pervertida de las relaciones capitalistas de producción (6).

 

Es comprensible entonces que las génesis de la burguesía y el proletariado como clases modernas sean tratadas por Marx en paralelo, como dos aspectos de un mismo proceso o, más propiamente, como un proceso de desdoblamiento: desenvolvimiento del trabajo bajo su forma pervertida del capital. Así es presentado por Marx: “En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarróllase también el proletariado” (p.43) (In demselben Masse, worin sich die Bourgeoisie, d.h. das Kapital, entwickelt, in demselben Masse entwickelt sich das Proletariat -p.423).

 

Sin embargo, la tarea de identificación de la clase trabajadora como sujeto revolucionario requiere más que ésto. En este proceso, Marx atraviesa a lo largo del Manifiesto distintos niveles de abstracción, yendo -en el sentido hegeliano de los términos- de lo abstracto a lo concreto. Sumariamente, esto implicará partir del proletariado en su calidad de mera masa de obreros dispersos por la competencia, construir entonces la noción de clase como sujeto, y desde ahí volver a las específicas fuerzas sociales que operarían como sujetos históricos empíricos. A continuación nos dedicaremos a examinar esta construcción y sus problemas. Y nos tomaremos la libertad de extrapolar el criterio de distinguir entre “niveles de abstracción” -y junto con ese criterio, la necesidad de distinguir entre procesos lógicos y procesos propiamente históricos- desde una conocida tradición de interpretación de la crítica marxiana de la economía política (7).

 

2. La clase trabajadora como sujeto

En el pasaje del proletariado como “masa de obreros” (Arbeitermassen) a la clase como sujeto revolucionario juega un papel clave la lucha de clases, la lucha del proletariado contra la burguesía. Es precisamente la lucha de clases la que produce, a partir de “una masa diseminada por todo el país y disgregada por la competencia” (p.46) (eine über das ganze Land zerstreute und durch die Konkurrenz zersplitterte Masse -p.425), una clase-sujeto. Esto precisamente porque Marx no apunta a construir una noción de clase-objeto, la que ya por entonces había alcanzado la economía política clásica (a partir de la distinción entre diferentes fuentes de ingreso: ganancia, renta y salario) y que más tarde sería desarrollada por la naciente sociología burguesa. Y menos aún apunta a detenerse irreflexivamente en una noción vaga del proletariado como masa amorfa de desposeídos, motivo de caridad filantrópica o reformas humanitarias (8). Apunta a construir una noción de clase a la vez objeto y sujeto de la emancipación: por eso la lucha de clases es un componente inseparable de esa construcción. “El proletariado pasa por diferentes etapas de su desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su surgimiento” (p.45) (Das Proletariat macht verschiedene Entwicklungsstufen durch. Sein Kampf gegen die Bourgeoisie beginnt mit seiner Existenz -p.424).

Ahora bien, desde una perspectiva marxista la determinación de la clase trabajadora a partir de sus condiciones socio-económicas de existencia es políticamente clave. ¿Quién pondría en duda que las diferentes condiciones de existencia influyen sobre la conciencia y la práctica política? ¿Quién podría dejar de distinguir, por ejemplo, entre las masas arrojadas al hambre en los capitalismos periféricos y las clases trabajadoras del capitalismo avanzado? Son los músculos exhaustos y las cabezas aturdidas por la explotación y la opresión, con sus múltiples mecanismos, los cimientos de toda teoría y práctica revolucionaria. La determinación de la clase trabajadora a partir de su posición en las estructuras socio-económicas es igualmente clave. ¿Quién negaría seriamente que, aún compartiendo condiciones de vida semejantes, los trabajadores asalariados y los pequeños comerciantes independientes tienden a desarrollar modos diferentes de conciencia y práctica política? Todo esto es importante. Sin embargo, la centralidad política que Marx atribuye a la clase trabajadora como sujeto revolucionario descansa sobre razones aún más profundas y que remiten a niveles de abstracción superiores.

 

Ciertamente, muchas variantes economicistas y populistas del pensamiento de izquierda omiten estas distinciones. Pero aquí nos interesa más bien resaltar su omisión en los certificados de defunción, a la moda en nuestros días, respecto del proletariado y de la centralidad del trabajo. En algunos casos, se declara a la enajenación del trabajo en los capitalismos avanzados como un hecho consumado, relegándose aquellas razones más profundas que sustentan la centralidad del trabajo a un “hegelianismo” marxiano contrario a toda verificación empírica. Un reflujo de la lucha de clases (más precisamente, el posterior a la revuelta del 68) condujo a muchos intelectuales de izquierda a su reflujo respecto de la crítica misma. La crítica requiere, en efecto, una reflexión que no se agotan en unos datos inmediatos. En otros casos, ni siquiera median estas circunstancias. Se asocian datos sociológicos coyunturales con categorías decididamente abstractas (tales como, en muchos de sus usos, las del par “racionalidad instrumental / comunicativa”) y se concluye en mudanzas históricas que no sólo afectan la centralidad del trabajo, sino incluso el propio carácter capitalista de las sociedades contemporáneas. La intención apologética se impone decididamente en estos trabajos (9). Todavía más: no faltan quienes encuentran aspectos emancipadores en la precarización del empleo y el desempleo pos-thatcheristas o disparan confusas disquisiciones posmodernistas desde la pobre plataforma de unas visiones sobre el problema del desempleo que no revisten la menor seriedad (10).

 

Volvamos entonces a Marx y al Manifiesto. La construcción de la clase trabajadora como sujeto es desarrollada en el Manifiesto en distintos andariveles. En primer lugar, Marx se refiere a un proceso de ampliación y homogeneización de la clase. Un proceso de ampliación desde las fábricas y las localidades puntuales, pasando por las ramas, hacia la clase de dimensión nacional, y un proceso de homogeneización desde las diferencias de oficios, sexos y edades hacia la clase internamente indiferenciada. “Al principio, la lucha es entablada por obreros aislados; después, por los obreros de una misma fábrica; más tarde, por los obreros del mismo oficio de la localidad contra el burgués aislado que los oprime directamente” (p.45). “Los intereses y las condiciones de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce el salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente inferior” (p.46). En la culminación de este proceso se encuentra la lucha de la clase trabajadora en cuanto clase. Esta lucha de la clase en cuanto clase es para Marx lucha nacional -aunque por supuesto de proyección internacional: es “por su forma, aunque no por su contenido” y sólo “primeramente” nacional, en palabras de Marx (11). Y es lucha política. Se trata de un proceso que desemboca “en una lucha nacional, en una lucha de clases. Más toda lucha de clases es una lucha política” (p.47) (…zu einem nationalen, zu einem Klassenkampf zu zentralisieren. Jeder Klassenkampf ist aber ein politischer Kampf -p.425). En segundo lugar, Marx parece asociar a ese proceso de ampliación y homogeneización de la clase un proceso homólogo de avance en sus modalidades de lucha, sus demandas y su conciencia -del luddismo al cartismo, por ejemplo. “Pero la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de proletarios, sino que también los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma” (p.46).

3. La naturaleza de la construcción marxiana

Ahora bien, son numerosos los problemas que encierra esta construcción marxiana vista desde la perspectiva de un socialista de fines del siglo XX. En una primera lectura parece quedar en evidencia el desmedido optimismo con que Marx describe, en términos de una linealidad cuasi- evolucionista, este proceso de desenvolvimiento de la clase como sujeto. En efecto, dicho proceso es descripto como mero producto del crecimiento, la concentración espacial, la homogeneización interna y la pauperización del proletariado ocasionados por el desarrollo de la gran industria, que serían automáticamente acompañados por el avance de la lucha y la conciencia proletarias. Pero poco de esto parece ser así empíricamente.

 

En primer lugar, estos elementos pueden no coincidir y de hecho a menudo no coinciden. Por ejemplo: es claro que el mero crecimiento de la clase trabajadora no necesariamente coincide con su homogeneización interna. Durante ciertos períodos del desarrollo capitalista, sucede más bien lo contrario con respecto a las diferencias de calificaciones; las diferencias sexuales, etarias e incluso étnicas siguen siendo hasta nuestros días importantes factores de heterogeneización. En segundo lugar, este proceso de desenvolvimiento de la clase-sujeto en su conjunto no puede ser interpretado como un proceso histórico irreversible. La idea de una continua pauperización del proletariado es cuestionable por lo menos desde la evolución seguida por los salarios europeos durante la segunda mitad del siglo pasado y, como se sabe, fue revisada más tarde por el propio Marx (12). La idea de una creciente concentración espacial del proletariado, por su parte, debe ser precisada a partir de las tendencias contemporáneas hacia la descentralización de los procesos productivos (13). En tercer lugar, esta construcción no hace mención de una serie de importantes factores contrarrestantes respecto del desenvolvimiento de la clase en tanto sujeto. Atiéndase, particularmente, a las verdaderas “estrategias anti-clase” pergeñadas por la burguesía: estrategias concientemente divisionistas que afectan desde la cooptación individual de cuadros obreros hasta la manipulación en masa del espacio y el tiempo de la producción y la política, estrategias de disciplinamiento que jalonan nuestra vida desde la escuela hasta el geriátrico, estrategias de aturdimiento a través de la propaganda masmediática, etc.

 

Entonces ¿qué hace Marx en esas páginas del Manifiesto? ¿Describe un proceso en curso a mediados del siglo pasado, un proceso que la historia posterior abortaría? ¿O se abandona a un optimismo de profeta historicista que deberíamos relegar al olvido?

Nada de eso. Marx no describe meramente un proceso empírico que se desarrollaba ante sus ojos: el incipiente desarrollo de la clase trabajadora de mediados del siglo pasado nos obliga a descartar esta respuesta. Marx tampoco pretende profetizar la meta de un proceso semejante: a pesar de sus críticos, no era partidario de ese tipo de profecías. Por consiguiente, la confrontación inmediata -en el sentido riguroso de una confrontación carente de mediaciones- de las páginas del Manifiesto con los avatares cotidianos de los trabajadores de carne y hueso, sean de mediados del siglo pasado o de las postrimerías del este siglo, resulta inconducente (14). En realidad, Marx esboza en el Manifiesto una compleja construcción teórica, que avanza atravesando diferentes niveles de abstracción, de la noción de clase-sujeto. Se trata de la construcción de una posibilidad objetiva: la posibilidad de una clase que, debido a su centralidad en la reproducción de la vida material de la sociedad, sea sujeto político de su propia emancipación y de la emancipación de la humanidad en su conjunto, posibilidad cuya validez no es sólo un desafío para la teoría sino también para la práctica revolucionaria.

 

La comparación entre esta construcción estilizada y el análisis histórico de la revolución de 1848 que Marx realizará inmediatamente después nos permite distinguir definitivamente entre estos distintos niveles de abstracción en juego. Leemos en el Manifiesto: “al esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido el curso de la guerra civil más o menos oculta que se desarrolla en el seno de la sociedad existente, hasta el momento en que se transforma en una revolución abierta y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, implanta su dominación” (p.50). Leemos en cambio, en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte: “las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines”. La aparente automaticidad y linealidad de aquel proceso estilizado deja paso así a la extraordinaria riqueza de matices del proceso revolucionario particular: ritmos cambiantes, avances y retrocesos, diversas fracciones de clase en juego, alianzas, fuerzas sociales, líderes (15).

 

4. Problemas abiertos y desafíos

Ahora volvamos de nuevo a la construcción de la noción de clase-sujeto en el Manifiesto porque, aún interpretada correctamente en cuanto a los niveles de abstracción que atraviesa, se encuentran en ella otros importantes problemas.

El primer problema está encerrado en la identidad, antes mencionada, que Marx establece entre lucha de clases y lucha política: “toda lucha de clases es una lucha política”, y que deviene más adelante identidad entre clase y partido: “esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político…” (p.47) (Diese Orgenization der Proletariat zur Klasse, und damit zur politischer Partei… -p.426). Ambas identidades sumarias resultan sorprendentes en nuestros días, pues parecen diferenciar el pensamiento político marxiano de la doctrina que sería posteriormente consagrada como “marxismo ortodoxo”. Más específicamente: los criterios de diferenciación entre lucha económica y lucha política, entre clase sindicalizada y partido de vanguardia, criterios más tarde consagrados, parecen aquí desdibujarse (16).

 

Ahora bien, esta manera de introducir la dimensión política de la lucha de clases que se encuentra en el Manifiesto es un punto de partida insoslayable para la política socialista de hoy, pues parece cerrar de antemano el camino a las prácticas sustitucionistas que siguen acarreando lamentables consecuencias. Pero es apenas un punto de partida: la cuestión reaparece más adelante, en el segundo capítulo del Manifiesto, donde Marx aborda la relación entre proletarios y comunistas (“los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros” -p.52-, etc.) y queda abierta. Sin embargo, el problema de fondo es que estrictamente hablando en la sociedad capitalista lucha de clases y lucha política, organización de clase y partido político, no tienden a coincidir automáticamente. Tienden más bien a escindirse como formas diferenciadas de unas mismas relaciones sociales: como economía y política, asalariado y ciudadano, sindicato y partido, lucha económica y lucha política, y así sucesivamente (17). La doctrina leninista fue una respuesta a estas escisiones bajo condiciones históricas específicas. Imaginar y construir nuevas respuestas, acordes con las condiciones del capitalismo contemporáneo, es uno de los desafíos centrales para la teoría y la práctica socialista de nuestros días.

 

El segundo problema se encuentra en esa sucesión que Marx parece trazar entre las fases nacional e internacional de la lucha de clases: “por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional”. Aunque sin plantear una concepción etapita de la revolución, por supuesto, Marx sostiene que los primeros momentos del desenvolvimiento de la clase trabajadora como sujeto se circunscriben a una esfera nacional, idea que es perfectamente adecuada a las condiciones del capitalismo de mediados del siglo pasado. Empero ¿sigue siendo adecuada ante el grado de mundialización alcanzado por el capital a fines del presente siglo? En nuestros días, no ya la lucha por el socialismo, sino incluso las luchas por la defensa del salario, las condiciones laborales o la reducción de la jornada de trabajo reclaman inmediatamente una perspectiva regional y a menudo internacional (18). Es otro desafío clave de la teoría y la práctica socialistas actuales la construcción de un nuevo internacionalismo proletario. Uno más intenso, si cabe, que las solidaridades del pasado.

 

El tercer problema que queremos plantear se refiere nuevamente al sujeto revolucionario. En efecto, antes examinamos la manera en que Marx construye la noción de clase-sujeto a través de distintos niveles de abstracción y arriba a la identificación de la clase trabajadora como sujeto de auto-emancipación revolucionaria. Esta idea encabezaría los estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores: “La emancipación de la clase trabajadora debe ser conquistada por la clase trabajadora misma”. Y naturalmente se encuentra en el Manifiesto: “De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria” (p.48) (Von Allen Klassen, welche heutzutage der Bourgeoisie gegen überstehen, ist nur das Proletariat eine wirklich revolutionäre Klasse -p.427) (19). Sin embargo, esto no significa que el sujeto empírico, inmediato de la lucha socialista sea idéntico a la clase trabajadora. El sujeto revolucionario es, en el Manifiesto, una fuerza social conformada al calor de la propia lucha de clases. Una fuerza acaudillada por la clase trabajadora, debido a la centralidad política que reviste, pero integrada también por otras clases y fracciones de clases subordinadas: sectores medios en vías de proletarización, pequeños industriales y comerciantes, artesanos, campesinos e incluso ideólogos burgueses que rompen con su clase (20). La construcción marxiana de la noción de clase como sujeto, que examinamos antes, culmina precisamente en esta conceptualización del sujeto empírico.

 

Pero nos encontramos aquí ante un nuevo problema. Si definimos el sujeto revolucionario atendiendo exclusivamente a determinaciones de clase, y relacionamos estas determinaciones de clase exclusivamente con criterios de explotación económica, entonces esta definición del sujeto parece desconocer las potencialidades revolucionarias de otros sectores de la sociedad que son víctima de incontables mecanismos de opresión social y dominación política. Nos referimos a sectores que se definen por determinaciones de género, etnicidad, nacionalidad, religión, etc. La solución que muchos intelectuales de la nueva izquierda encontraron a este dilema consistió en definir al sujeto (o más bien a los sujetos: los llamados “nuevos movimientos sociales”) meramente como un espectro de sectores explotados, oprimidos y dominados. Esta solución, sin embargo, sacrifica la centralidad política del trabajo (21).

 

Pero la definición del sujeto revolucionario que encontramos en el Manifiesto, si bien no contempla explícitamente a aquellos otros sectores oprimidos y dominados, tampoco los excluye. Es decir: no existe ningún aspecto de esta definición que conceptualmente resulte incompatible con la consideración, hoy imprescindible, de estos sectores oprimidos y dominados, aún cuando los mecanismos de opresión y dominación que pesan sobre los mismos resultaran irreductibles a la explotación económica. El modo de articulación de las clases y fracciones de clase explotadas con otros sectores oprimidos y dominados por el capitalismo sigue siendo, naturalmente, un desafío para la teoría y la práctica socialista de nuestros días. De todos estos desafíos depende la actualidad del socialismo.

4. A manera de conclusión

El Manifiesto Comunista acepta seguir siendo leído y releído hoy, 150 años después de su publicación. Pero no quiere ser traicionado por sus lectores. Una traición que no quiere es aquella de la lectura acrítica, dogmática, y contra ella sigue advirtiendo desde sus propias páginas y las de sus sucesivos prólogos (22). La lectura que acepta es aquella que críticamente sigue encontrando en sus escasas veinte páginas un testimonio del sueño de la auto-emancipación humana y una de las herramientas más agudas para concretarlo. Esta es la clase de lectura que intentamos realizar, consientes de nuestras limitaciones, en esta contribución.

 

El Manifiesto acepta seguir siendo leído 150 años después de publicado, decimos, porque sigue teniendo cosas que enseñarnos. Acepta, pero a regañadientes. Hubiera preferido comenzar a dormir en las bibliotecas de una sociedad emancipada desde las jornadas parisinas de junio de 1848. 150 años más tarde, es decir, un siglo y medio de miseria, guerra y discriminación masivas después, sigue esperando.

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 Notas

1. Aunque otra será la “idea fundamental” del Manifiesto que enfatizará Engels, de una manera marcadamente cientificista, en sus prefacios a las ediciones alemana de 1883 e inglesa de 1888. (En lo que sigue asumimos la autoría de Marx sobre el Manifiesto, como es generalmente considerada desde Riazanov hasta Rubel; esto más allá del hecho de que el Manifiesto recoge ideas de Engels -de sus Principios del comunismo, sobre todo- de M. Hess, etc., además de numerosas ideas políticas de la época.)

2. Puede resultar extraña la inscripción de la teoría marxiana del valor-trabajo en este contexto político. Sin embargo, ya es significativo que Engels incorpore, en nota a pié de página en la edición inglesa de 1888, las definiciones de burguesía y proletariado valiéndose del concepto de “fuerza de trabajo”, producto éste de la posterior crítica marxiana de la economía política. Respecto del estatuto político de la teoría marxiana del valor-trabajo y su dinámica, ver T. Negri: “Interpretation of the class situation today: methodological aspects”, en W. Bonefeld, R. Gunn y K. Psychopedis (eds.): Open Marxism vol.II, Londres, Pluto Press, 1992.

3. En Las revoluciones de 1848, cap.1. Es sabido que el Manifiesto es encargado por la “Liga de los Comunistas”, una pequeña organización de alemanes exilados en Inglaterra, en un congreso realizado en Londres en noviembre de 1847, y ante la inminencia de la oleada revolucionaria, según explican los propios Marx y Engels en el prefacio a la edición alemana de 1872.

4. Para una reciente e interesante reedición de esta polémica, ver el debate entre M. Löwy y A. Callinicos en las páginas de Critique Communiste Nro.149 (verano de 1997), con motivo de la publicación de Theories and narratives. Reflections on the philosophy of history (Cambridge, Polity Press, 1995) de este último; véase asimismo Redemption et utopie. Le judaïsme libertaire en Europe centrale (Paris, PUF, 1988) y Révolte et mélancolie. Le romantisme à contre-courrant de la modernité (Paris, Payot, 1992) del primero.

5. Manifiesto del Partido Comunista, p.41. De aquí en adelante, las referencias al Manifiesto en castellano corresponden a la edición del mismo de Anteo (Buenos Aires, 1983) y en alemán a la incluida en Marx y Engels: Ausgewählte Werke (Dietz Verlag, Berlin, 1985, tomo 1, p.415-451).

6. W.Bonefeld: “Capital as subject and the existence of labour”, en W.Bonefeld, R.Gunn, J.Holloway y K. Psychopedis (eds.): Open marxism III, Londres, Pluto Press, 1995. A.Negri desarrolla magistralmente esta idea, valiéndose de categorías spinozianas, en El poder constituyente (Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1994).

7. Se trata de la tradición que remite inmediatamente a R. Rosdolsky y su Génesis y estructura de El capital de Marx, aunque ciertamente abreva en la lectura dialéctica de Marx de los años 20: en el joven Lukacs de Historia y conciencia de clase dentro del naciente marxismo occidental y en Rubin, sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor y su escuela -posteriormente aplastada por el stalinismo- en el marxismo soviético. La Einleitung de 1857 es, naturalmente, el principal texto metodológico marxiano de referencia.

8. Para ilustrar estos usos pre-marxistas de la noción de clase basta remitirse a Adam Smith. En efecto, en el libro primero de La riqueza de las naciones, Smith clasifica la población a partir de las fuentes de ingreso (capítulo VI) y no deja de realizar consideraciones humanitarias sobre la situación de los asalariados (capítulo VIII). Véase en este punto D.Losurdo: “Un Manifesto si aggira per l’Europa”, Rifundazione, septiembre de 1997.

9. Véase respectivamente el Adios al proletariado de A.Gorz (Buenos Aires, Imago Mundi, 1989) y La sociedad del trabajo de C.Offe (Madrid, Alianza, 1992). Una interesante discusión de estas posiciones se encuentra publicada en las páginas de Cuadernos del Sur, en artículos como ¿Fin de la sociedad del trabajo o emancipación crítica del trabajo social? de W.L.Maar (Nro.19, junio de 1995) y La imaginación productiva de O.Negt (Nro.20, diciembre de 1995); y una crítica integral en Adeus ao trabalho? Ensaio sobre as metamorfoses e a centralidade do mundo do trabalho de R.Antúnez (San Pablo, Cortez, 1995).

10. Nos referimos al británico R.E.Pahl (Divisiones del trabajo, Madrid, MTSS, 1991, particularmente la parte 3) y al filósofo italiano G.Vattimo (“El fin del empleo”, en El País, Madrid, 4/5/96). Por supuesto, los ejemplos podrían multiplicarse hasta el cansancio.

11. Naturalmente, el internacionalismo proletario estaba en pañales con anterioridad a la oleada revolucionaria del 48. Más adelante, en textos como la Crítica al programa de Gotha, esta noción clave de internacionalismo aparecerá revitalizada con la sabia conferida por acciones solidarias concretas como las encaradas por los obreros alemanes respecto de sus pares franceses durante la guerra franco-prusiana de 1870-71. Más adelante volveremos sobre esto.

12. A.Shaikh llama la atención sobre esta deficiencia del Manifiesto (en Against the Current, XII, 6, enero-febrero de 1998). E.Mandel (en La formación del pensamiento económico de Marx, Madrid, Siglo XXI, 1968)- analiza detenidamente la construcción marxiana de la noción de “pauperización relativa”, que reemplazará a esta de “pauperización absoluta” presente en sus primeros escritos -y particularmente en los capítulos finales de Trabajo asalariado y capital. Nótense aquí dos cosas. Primero que, evidentemente, no queda excluida la posibilidad de que durante ciertas coyunturas del desarrollo capitalista se asista a procesos de “pauperización absoluta” -esto es así, de hecho, en nuestros días. Segundo, empero, que de una y otra noción se derivan muy distintas consideraciones respecto de la constitución de la clase como sujeto político.

13. Es la denominada “escuela de la regulación” la que investigó más detenidamente estas tendencias hacia la fragmentación y dispersión geográfica de los procesos productivos. Ver por ejemplo A.Lipietz y D.Leborgne: “El posfordismo y su espacio”, en Realidad Económica Nro.121, Buenos Aires, 1994.

14. Ver M.A.Garcia: “O manifesto e a refundaçâo do comunismo”, en Teoria e debate Nro.36, San Pablo, 1997.

15. Marx analizará la “revolución permanente” -expresión que se encuentra en Marx desde La cuestión judía de 1843- que se desarrolla en Francia entre 1789 y 1871, como un complejo proceso unitario, en Las jornadas de junio de 1848 y La lucha de clases en Francia, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia y otros escritos menores.

16. Nos referimos, evidentemente, a la tradición leninista clásica. ¿Qué entiende Marx por lucha política? En su conferencia de 1865 publicada como Salario, precio y ganancia parece entender como política toda lucha que apunte a imponer normas generales, en este caso la lucha por la limitación legal de la jornada de trabajo. En una carta a F.Bolte de 1871 definirá a la lucha política como toda lucha en la cual la clase trabajadora se enfrenta, en cuanto clase, a las clases dominantes -esto no es, en verdad, sino la contracara de lo anterior. Escribe en esa carta, refiriéndose a la Comuna: “el movimiento político de la clase obrera tiene desde luego, como objetivo final, la conquista del poder político por esta clase, y esto exige una organización previa de la clase obrera, organización desarrollada hasta un punto que emerge por sí mismo de la lucha económica. Por otra parte, todo movimiento en el cual la clase obrera aparece como una clase contra las clases dominantes y trata de imponerse frente a ellas, es un movimiento político. Por ejemplo, el intento en una fábrica particular, o incluso en un oficio particular, de conseguir de los capitalistas individuales una jornada de trabajo más corta, mediante la huelga, etc., es un movimiento puramente económico. El movimiento general para conseguir una ley de ocho horas es un movimiento político. De este modo, de muchos movimientos económicos aislados emerge un movimiento político, esto es, un movimiento de la clase, con el objetivo de realizar sus intereses en forma general, en una forma poseedora generalmente de la fuerza social coercitiva”. Sobre este punto véase S.Avineri: El pensamiento social y político de Carlos Marx, Madrid, Centro Estudios Constitucionales, 1983.

 

17. E.Meiksins-Wood advierte lúcidamente sobre este aspecto del Manifiesto en el número antes citado de Against the current: “En otras palabras, las mismas condiciones que evitan que cada lucha de clases se convierta en una lucha política también militan contra la unificación de la clase obrera. El capitalismo crea problemas políticos específicos, obstáculos específicos a la lucha política, que necesitan ser superados por esfuerzos organizativos activos que a menudo trabajan a contrapelo.” El primer capítulo de su Democracy against capitalism (Cambridge, Cambridge University Press, 1995) se desarrolla esta problemática. Es claro que en el propio Marx, comenzando con su temprana crítica de la noción de ciudadanía, se encuentran las claves para analizar estas esciciones. Ver A.Bilbao: Obreros y ciudadanos. La desestructuración de la clase obrera, Madrid, Trotta, 1995, I.

 

18. Véase D.Berger: “Internacionalismo e internacional(es)”, en Cuadernos del Sur Nro. 26, Buenos Aires, 1998. Uno de los problemas más importantes que enfrenta la lucha de los trabajadores en estos tiempos de mundialización capitalista es la tensión existente entre la creciente movilidad del capital, por una parte, y el encierro del trabajo en las fronteras nacionales, por la otra. Véase sobre este punto A.Bonnet: “globalización: precisando el concepto”, ponencia enviada al III Encuentro de la Sociedad de Economía Política del Brasil.

 

19. Esta idea es además, en el capítulo III del Manifiesto, la clave de la crítica marxiana a todas las variantes de socialismo “utópico”. Suele pasar desapercibida la diferencia entre ésta y la posterior crítica engelsiana, que contrapondrá a dichas variantes del socialismo su propio “socialismo científico” -expresión ausente en el Manifiesto, que recién aparece en el prefacio de Engels a la edición alemana de 1890. Nos referimos a la crítica que tendrá como blanco al renacimiento del socialismo utópico en Alemania encabezado por E. Dühring, en una serie de artículos publicados en 1877 y luego reunidos en su Anti-Dühring, tres de los cuales serán publicados por separado en 1880 como Socialisme utopique et socialisme scientifique. Sin embargo, la diferencia es obvia: en el primer caso se critica al “socialismo utópico” a partir de su carencia de sujeto auto-emancipatorio; en el segundo a partir de una carencia de legitimidad científica.

 

20. Sobre este punto volverán Marx y Engels a menudo. Por ejemplo, en sus glosas marginales al Programa de Gotha, que sostenía que frente a la clase trabajadora “las restantes clases sólo constituyen una masa reaccionaria”, idea que Marx califica del “mayor de los absurdos” y una “falsificación” del texto del Manifiesto. También en referencia a este punto del Programa de Gotha ver las cartas de Engels a Bebel (18/3/75) y a Bernstein (2/11/82). Esta advertencia acerca de que las clases no se enfrentan en cuanto tales, en estado puro, sino como integrantes de fuerzas sociales amplias conformadas a través del propio desenvolvimiento de la lucha de clases se encontrará también en Lenin y será relaborada posteriormente por Gramsci.

 

21. R.Miliband que plantea correctamente este dilema en “Analisis de clase” (incluido en A.Giddens: La teoría social, hoy, Madrid, Alianza, 1990). En términos más generales, véase D.Bensaïd: La discordance des temps. Essais sur les crises, les classes, l’histoire, Paris, Editions de la passion, 1995, II. (En nuestro razonamiento se supone un concepto de explotación económica vinculado exclusivamente a la extracción y redistribución de plusvalía.)

 

22. Es sabido que Marx y Engels advertirán sobre el carácter historicamente condicionado del programa que contiene el Manifiesto. En el prefacio a la edición alemana de 1872 dicen al respecto: “Este pasaje tendría que ser redactado hoy de muy distinta manera, en más de un aspecto”, teniendo en cuenta el desarrollo de la gran industria y con ella del partido de la clase obrera, la experiencia de la revolución de febrero y la Comuna. La experiencia de la Comuna, en particular, parece haber impactado sobre sus concepciones previas acerca del estado y su rol en la transición al socialismo. Pero incluso volverán sobre aspectos teóricos. Por ejemplo, en el conocido prefacio a la edición rusa de 1882, a partir de los cambios producidos en la situación de los EEUU y Rusia desde la redacción original -donde los modelos eran Inglaterra y Francia-, para preguntarse acerca de si la comunidad rural rusa podía adoptar la forma de la propiedad colectiva salteando el desarrollo de occidente.

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