Rosa, Vladimir y la democracia

LeninRosa proDía a día va consumiéndose el plazo previsto para la investidura de un candidato a presidente del gobierno. Día a día nos acercamos a nuevas elecciones. Pero ya verán, como en el último minuto, no sin gran elocuencia y dramatismo teatral, se logrará un acuerdo entre PP y PSOE, para mayor gloria de la Troika y demás poderes. Y aquí paz y allá gloria.

Paz y gloria no es lo que precisamente reinó en la relación de los dos personajes que abordamos a continuación. Rosa y Vladimir; Luxemburg y Lenin. Dos caras de la misma moneda revolucionaria con dispar fin. Un enfrentamiento teórico, educado y respetuoso de dos habitantes de la misma trinchera. Obra de Joaquín Miras y Joan Tafalla, os recomendamos su lectura…

Salud, Olivé

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ROSA, VLADIMIR Y LA DEMOCRACIA

Joaquín Miras y Joan Tafalla

 

Los bolcheviques son los herederos históricos

de los “levellers” ingleses y de los jacobinos franceses

Rosa Luxemburgo, 1917

 

Nota previa: Cómo relacionarnos con dos clásicos

Nos aproximamos a dos personas que participaron plenamente en la oleada de luchas de clase de principios del siglo XX y usaron de su capacidad intelectual para tratar de comprender y reorientar la situación por la que transcurría el movimiento revolucionario. Ambos estuvieron a la altura de las circunstancias y dieron lo mejor de sí mismos en la lucha. Nos legaron su pensamiento y su obra. Las luchas de clases en las que participaron ocurrieron al otro extremo del siglo que nos antecede, al comienzo del ciclo de luchas revolucionarias más intenso de la historia de la humanidad.

Hoy, como entonces, la explotación capitalista sigue siendo el enemigo de la humanidad. No debemos olvidar esto; porque, entre otras cosas, implica que las clases subalternas fueron derrotadas en ese ciclo de lucha de clases. El enemigo explotador es el mismo, el capitalismo, pero el mundo en el que ellos vivieron tiene poco que ver con el nuestro. Incluso los movimientos políticos que ellos animaron ya no existen. No podemos apelar a ellos para que su pensamiento nos procure la fórmula adecuada en la que orientar nuestra lucha, la estrategia a seguir.

Pero su pensamiento trató de aferrar los problemas que se planteaban a los revolucionarios durante la lucha de clases revolucionaria en un determinado momento histórico. Si comprendemos su momento, los dilemas que afrontaron, encontraremos en las res-puestas que trataron de elaborar una fuente de inspiración para nuestro presente y nuestra lucha. No podemos ser luxemburguistas, o leninistas, o trotskistas, pero sí podemos inspirarnos en ellos porque su talla intelectual hace que su pensamiento sea perenne: son parte de nuestros clásicos. Compararlos puede ser tarea útil si la emprendemos para comprender mejor las peculiaridades respectivas de su pensamiento, esto es, la forma original con la que dieron respuesta a los problemas políticos de su época. Puede ser un disparate si tratamos de convertirlos en doctrina sistemática. Ellos pensaron su presente con cabeza propia, usando libremente de un legado intelectual revolucionario. Eso es lo que nos toca a nosotros.

En fin, hemos optado por llamarlos por su nombre evitando el uso del apellido en el caso de ella y el seudónimo en el caso de él. Si es habitual llamar Rosa a Luxemburgo ¿por qué no a Vladimir a Lenin? Esperamos que nadie considere una falta de respeto este acercamiento amistoso a Vladimir. Al fin y al cabo, aunque sus herederos lo transformaron, contra su voluntad, en una momia, él era un ser humano que caminaba con los pies tocando el suelo, como todos nosotros.

La relación movimiento / partido y la democracia: ¿necesita tutela el movimiento?

El lector que se aproxima a los textos de Rosa sobre 1905 queda sorprendido de inmediato por un elemento destacadísimo de su elaboración intelectual, que se mantiene en toda su obra: su cuidadoso análisis empírico del movimiento de masas, de sus prácticas, de sus avances y retrocesos. El respeto con el que trata el movimiento en lucha, el amor hacia las gentes organizadas, el rigor intelectual al comprender las movilizaciones en su concreta singularidad. Toda aproximación intelectual a los movimientos de masas concretos, a sus luchas adquiere un fulgor especial en estos textos. De inmediato queda claro, que, para este águila de la revolución, en expresión de Vladimir, el movimiento debe ser soberano, autónomo, y autodirigido; él mismo es capaz de auto ilustrarse a sí mismo mediante la propia lucha de masas, y no requiere de dirección externa. Este extremo abre una polémica entre ambos revolucionarios que se prolonga desde 1902 hasta el asesinato de Rosa.

La diferencia clave entre ambos autores está en su concepción de la “conciencia de clase”. Rosa Luxemburgo concibe la conciencia de clase de forma más histórico empírica, no positivista, y en esto se distancia del corpus doctrinal de la socialdemocracia, sin duda gracias a una lectura fiel de Marx.

Para Rosa la conciencia de clase de las masas no está limitada por condicionantes intrínsecos, propios de la condición de los explotados, o del lugar que ocupan en las relaciones de producción. No es ciencia ni resultado de la ciencia, sino sentido común fruto de la propia auto ilustración del proletariado. El desarrollo del mismo depende de las propias luchas del movimiento organizado, de las experiencias extraídas; es la lucha el generador de la conciencia. A su vez, son las masas las que deciden cuándo se comienza una lucha: Rosa insiste en la inutilidad de que el partido intente actuar como estado mayor y trate de fijar la fecha de la lucha, sus contenidos, o sus métodos. No se puede dirigir al movimiento. Según Rosa, la lucha es la actividad política por excelencia, y con ello se refiere a que no es un asunto técnico u organizable, que deba ser pensado, preparado y propuesto desde fuera.

Como la conciencia política es alcanzable aún en el más alto grado de desarrollo, por las masas y mediante su auto ilustración en la práctica de lucha, el partido está al servicio del movimiento. En “Huelga de Masas…”, a menudo, en lugar de “partido”, Rosa escribe “movimiento socialdemócrata”, es decir, piensa que el partido es un aspecto del movimiento de masas empírico, un instrumento del mismo, al servicio del mismo, para colaborar y facilitar la auto organización del mismo. No hay relación de prelación. La deliberación democrática de las masas y la experiencia resultante de la lucha es el elemento político fundamental que crea la conciencia de clase. En consecuencia la clase no se supedita a las decisiones de ningún organismo externo o élite cuyo saber intelectual, especializado o “intentio oblicua” sea imprescindible para el desarrollo pleno de la conciencia de clase. La conciencia de clase, si bien no es un estadio intelectual inmediato, que se dé en la mente de cualquier proletario, sí es un desarrollo orgánico de la experiencia de lucha del movimiento, es el desarrollo político de la acción. Para Rosa Luxemburgo, la propia sociedad se escinde en clases sociales diferenciadas gracias a la misma lucha de clases, que las crea organiza y enfrenta, pues “la revolución es un periodo creador en el que la sociedad se desintegra en clases” (1907). Son las luchas empíricas las que producen la organización de la clase y su desarrollo como sujeto político; el movimiento proletario organizado no es un instrumento del partido, sino al contrario, el partido es producto e instrumento del movimiento.

Sin embargo en la tradición canónica socialdemócrata, kautskiana y leniniana, la consciencia revolucionaria del proletariado es consecuencia de la elaboración científica –el socialismo científico-; recibe a menudo el nombre de “doctrina” o depósito intelectual elaborado, y requiere en consecuencia de una organización depositaria de la misma, que la desarrolle y la utilice para orientar al movimiento. Toda referencia al carácter científico de un saber implica que éste posee, por ser científico, la cualidad de ser un saber especializado, no experiencial y no autoevidente para el sentido común de los individuos, y que, en consecuencia, debe ser poseído y manejado por especialistas. Rosa se separa en el tema del carácter del partido respecto de Kautsky de quien fue, como Vladimir, discípula en tantos temas.

Vladimir se atiene en este asunto a la doctrina acuñada por la socialdemocracia, cuando sostiene que la conciencia de clase de los proletarios, en su desarrollo pleno, es inalcanzable para ellos, porque resulta de un desarrollo “científico”: el socialismo científico. Es la ciencia, y sus conclusiones para la acción política, el saber discriminante, saber que no es alcanzable espontáneamente y que debe ser poseído y elaborado por una élite intelectual. Positivismo científico y teoría liberal de élites son la matriz de esta teorización. En “¿Qué hacer?” la filiación de esta teoría de la conciencia “externa” con Kautsky queda evidente con la elogiosa cita del alemán hecha por Vladimir:

“El socialismo y la lucha de clases surgen paralelamente y no se deriva uno de la otra; surgen de premisas diferentes. La conciencia socialista moderna puede surgir únicamente sobre la base de profundos conocimientos científicos (…) El portador de la ciencia no es el proletariado sino la intelectualidad burguesa: es del cerebro de algunos miembros de esta capa de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clases del proletariado allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clases del proletariado y no algo que ha surgido espontáneamente dentro de ella”. (Vladimir, 1902).

Sobre la influencia de la socialdemocracia alemana en la social-democracia rusa y eslava en general, véase Haupt, 1986 y Weill, 1977; sobre la relación entre Vladimir y Kautsky en este punto, véase Monty Johnstone, 1983 sobre el pensamiento de Kautsky, véase Máximo Salvadori, 1980).

Vladimir imprimirá a esa doctrina un desarrollo original que fortalecerá su aspecto político práctico. Las conclusiones que extrae son que el proletariado, espontáneamente, nunca alcanzará la conciencia revolucionaria, y que la misma debe ser incorporada al mismo desde fuera (véase Vladimir, 1902). El partido es el instrumento adecuado para incorporarla, porque está provisto del debido conocimiento científico, que es la doctrina de Marx, entendida como socialismo científico. El Partido debe estar bajo la dirección del Comité Central, el cual es el responsable de cooptar los comités inferiores y mantener una estructura de cadena de mando centralizada a la manera de un estado mayor militar y de sus instrumentos de transmisión de órdenes. Su misión es generar la conciencia revolucionaria del proletariado, dirigir la lucha política del mismo, y elaborar las consignas, los programas y la estrategia de lucha del mismo. La revolución, la política, es un asunto de organización de las masas por parte del partido; la revolución no se “hace”: se “organiza”.

El modelo de Vladimir aborda la lucha como algo que debe ser preparado y organizado técnicamente, antes de iniciarse, por parte del partido y que no debe ser, por tanto, confiado al resultado de las luchas; política es el conjunto de directrices, tácticas y propuestas que elabora el CC.

Este aspecto no debe llamar a engaño respecto de la concreta forma partido preconizada por Vladimir. Vladimir concibió este mismo modelo tanto para un partido de cuadros clandestino, como para un partido de masas, según el periodo de lucha de clases en que se desarrollase. La forma organizativa se adapta a las circunstancias, la esencia del modelo es la misma. Pero no debemos confundir el modelo leniniano de 1902, con el partido real que hace la revolución en 1917, ni con el partido que queda tras la sangría de la guerra civil (en que la vanguardia del proletariado había sido casi aniquilada y en el que Deuscher [195?] ve el origen de la burocratización) ni con los partidos comunistas producto primero de las 21 condiciones de 1919, ni con los partidos producto de llamada bolchevización acordada en 1925 en el Vº Congreso de la IC, tras la muerte de Lenin.

Sólo la pervivencia de una deteriorada reducción del legado leniniano sobre el partido explica que muchos de los actuales partidos comunistas, útiles sólo para la lucha institucional y parlamentaria puedan evocar este modelo de partido a la hora de lanzar a sus gentes a suicidas campañas electorales. Esa reducción también les suministra excelentes argumentos para justificar los resultados electorales (alienación de las masas, insuficiente trabajo de propaganda, el poder de los medios de comunicación… e via dicendo).

En cambio, Rosa, en los debates de 1903-1904 sobre el partido había llamado la atención sobre los peligros presentes en la concepción de Vladimir que según ella, llevaría indefectiblemente a la burocratización. El tema central de este debate es la centralización. Y la tradición común dentro de la que debaten es precisamente la jacobina y, en concreto, una determinada corriente de la misma que es el blanquismo. En otra parte hemos mostrado la filiación entre el jacobinismo y la filosofía política implícita en Marx y en Engels (Miras 2002 ,2005; Tafalla, 2005).

Tanto Rosa como Vladimir identifican centralización y jacobinismo. En eso coincidían con Berstein, con Kautsky, con Plejanov y con el conjunto de la socialdemocracia de la época. En la ignorante clase política actual se da la misma identificación. Esa concepción del jacobinismo no se corresponde con los resultados de la historiografía más actual sobre la revolución francesa ni con las opiniones de los Marx y Engels más maduros (Véase Miras, 2002; Tafalla, 2005; Engels 1891).

Rosa sostiene una visión negativa de la centralización organizativa preconizada por Vladimir en 1902, sin que se oponga a la necesidad de una determinada centralización de la dispersa socialdemocracia rusa de la época. En su artículo aparecido en Neue Zeit y en Iskra “Problemas de organización de la socialdemocracia rusaRosa opone a la disciplina ciega de una clase dominada la rebelión organizada de una clase que lucha por su liberación. El primer paso de esta crítica es identificar la posición de Lenin con la de una determinada corriente del jacobinismo, el blanquismo:

Fundar el centralismo sobre estos dos principios -la subordinación ciega de todas las organizaciones hasta los mínimos detalles al centro, que es el único que piensa, trabaja y decide por todos, y la separación rigurosa del núcleo organizativo respecto del ambiente revolucionario como piensa Lenin- nos parece, por consiguiente, una transposición mecánica de los principios blanquistas de organización de los círculos de conjurados al movimiento socialista de las masas obreras” ( Rosa, 1903-1904).

En el modelo de Rosa Luxemburgo, basado en la idea de la auto ilustración de las masas, y de la revolución como un asunto de extensión de las luchas de masas a la totalidad del proletariado, se denomina política a la extensión de esa misma lucha a la mayoría de la sociedad, lo que incluye las propias consignas elaboradas por el movimiento. Veamos una cita del mismo texto que resume el modelo de organización-proceso preconizado por la polaca:

“Ella (la socialdemocracia) surge históricamente de la lucha de clases elemental, y se mueve en esta contradicción dialéctica. Sólo en el curso de la lucha recluta el ejército del proletariado y a su vez éste toma conciencia de los fines de ella. La organización, los progresos de la conciencia y la lucha no son fases particulares, separadas mecánicamente en el tiempo, como en el movimiento blanquista, sino por el contrario son aspectos distintos de un mismo y único proceso. Por una parte no existe una táctica ya elaborada en todos sus detalles que un comité central podría enseñar a sus tropas como en un cuartel; por la otra, las peripecias de la lucha, en el curso de la cual se crea la organización, determinan incesantes fluctuaciones en la esfera de influencia del partido socialista”.

El modelo luxemburguista convierte en soberano al proletariado, y es, en consecuencia, más democrático. El democratismo luxemburguista procede, sin duda, de los textos de Marx: El Manifiesto, y otros escritos políticos del mismo autor, procedentes de las dos experiencias revolucionarias de Marx y Engels –la de los años 40 y la de los años 60-, pues ambos autores se mantendrían firmes en este tipo de opiniones a lo largo del tiempo. Quizá, a modo de excurso o disgresión, convenga sintetizar cuáles son las ideas de Marx que se recogen en el pensamiento de Rosa, sin que esto deba ser considerado como la prueba del nueve que valida el filosofar filosófico de Rosa sobre el de Vladimir. Para Marx, el partido del proletariado está compuesto por el conjunto de organizaciones que lo crean como sujeto político activo e independiente. El papel intelectual de los mismos, y de los comunistas, a los que se les supone la máxima auto consciencia sobre su quehacer, es ser “expresión” del movimiento, esto es, devolver al movimiento como consciencia general los resultados generales de su praxis (para que la totalidad del colectivo, y no sólo un grupo privilegiado, se los apropie y los convierta en motivo de reflexión y de desarrollo de nueva praxis). El fin es la constitución del proletariado y sus aliados en poder político, no solo desde el estado, sino, primordialmente, en la sociedad civil; para ello el proletariado debe constituirse antes como agente organizado y activo. El fin de los diversos programas es en consecuencia instrumental: será bueno todo programa o consigna que exprese una necesidad real de las masas y, por ello, resulte aceptable para el movimiento, e incite a la acción política y amplíe la participación en la actividad organizada estable de las masas. El fin inmediato no es la consecución de tal o cual objetivo concreto, sino el aumento de la organización estable del proletariado como agente político. Los fines concretos pueden ser logrados o puede fracasar su logro; pero lo que queda es el movimiento estable, organizado, auto consciente (véase, Marx, 1845, 184/46, 1846, 1847a, 1847b, 18447/48, 1866a, 1866b, 1871b). Una vez se instaure el poder del proletariado se habrá instaurado la democracia (no el estado democrático representativo) o sea el régimen de la república de los productores libres asociados (véase Marx, 1845/46 1866a) en el que cada cual dará según sus capacidades y recibirá según su trabajo.

Este recordatorio de Marx, que no podemos (ni debemos por cuestión de tiempo) desarrollar aquí, viene a cuento porque los abajo firmantes se declaran seguidores de esa concepción del proletariado como sujeto, que se constituye a través de un proceso cuyo elemento motor es la lucha de clases cuya consciencia revolucionaria está constituida por la experiencia resultante de esa lucha. Hemos desarrollado esta concepción en otras ocasiones. (Véase Miras, 2002 y 2004 y Tafalla, 2004)

Según esta concepción, la tarea fundamental no es de carácter epistemológico, es decir, pronosticar cuál será el comportamiento del adversario para tratar de aprovechar sus contradicciones, sino material u “ontológico” “en el sentido de que para alcanzar ciertas consecuencias crea las premisas necesarias y así a partir de la creación de estas premisas empeña todas sus fuerzas” (Gramsci, 1975). Se trata pues de un proceso de autocreación del nuevo sujeto, y de elaboración de la nueva cultura que lo cohesiona, lo autonomiza y lo auto constituye en una fuerza civilizatoria que necesita imperativamente romper con el mundo viejo, en el estado en que eso se encuentre, bonanza económica crisis, porque ya no tiene cabida, y desborda ese mundo. Ese proceso no puede ser gobernado por una élite, requiere del protagonismo masivo de todos. Acudimos aquí, de nuevo a Rosa:

“No es partiendo de la disciplina impuesta por el estado capitalista al proletariado (después de haber simplemente sustituido la autoridad de la burguesía por la de un comité central socialista), sino extirpando hasta su última raíz estos hábitos de obediencia y de servidumbre como la clase obrera podrá adquirir el sentido de una nueva disciplina, de la autodisciplina libremente consentida por la socialdemocracia… el centralismo en sentido socialista no podría ser una concepción absoluta aplicada a cualquier fase del movimiento obrero; es necesario concebirlo ante todo como una tendencia (cursiva de Rosa) que se convierte en realidad en la medida del desarrollo y de la educación política de las masas obreras” (Rosa, 1903-1904).

Del mismo modo, ese proceso de constitución del proletariado en clase, nunca queda cerrado y son posibles retrocesos y hasta la deconstrucción de la clase, como consecuencia de sus derrotas o cuando su movimiento deja de ser antagónico y es hegemonizado (“integrado”) por la clases dominantes. Para ser empíricos, ésta es la situación más habitual. Por ello es tan pertinente la indicación gramsciana sobre “el valor inestimable” de “cualquier traza de iniciativa autónoma de parte de los grupos subalternos” (Gramsci, 1975, 2284). Precisamente porque no es la situación habitual.

Estos procesos de constitución de clase son procesos sociales muy complejos que pueden ser estudiados “a posteriori” con ayuda de diversas disciplinas: historia social, antropología, sociología o economía en un trabajo estrechamente interdisciplinar. Dos autores que desarrollaron en los años sesenta y setenta del siglo XX este estudio de forma paralela e inconexa entre ellos pero coincidente con la sociología implícita en Marx, han sido E. P. Thompson y Raniero Panzieri (Thompson, 1979, 1989, 1995; Panzieri,1977). Los conocimientos que nos proporcionan estas disciplinas intelectuales permiten hacer algún tipo de prospectiva, pero en ningún caso otorgan a las propuestas políticas o de organización de quienes las practican ningún marchamo “científico”. Por el contrario, es el trabajo intelectual elaborado durante la lucha el que tiene el cometido de dar cuenta de la actividad decidida por el movimiento, en su totalidad, porque es “orgánico” del mismo. Ese saber no es “ciencia” sino un filosofar praxeológico, históricamente inmanente a cada movimiento revolucionario resultante de la lucha de clases, expresión de la misma.

Esta forma de considerar la lucha de clases se inspira en los tex-tos que Marx y Engels elaboran durante las décadas revolucionarias de los cuarenta los sesenta, durante las cuales se producen procesos revolucionarios de clases, en los que participaron directamente Marx y Engels. Los firmantes no pretendemos negar que otras formas de interpretar el proceso revolucionario, que se re-claman del marxismo, no se inspiren en textos y frases de Marx y Engels. También las concepciones del marxismo como ciencia, depositada en una élite que va por delante del movimiento, y estudia los procesos objetivos evolutivos de la humanidad, que es la propia de la segunda y la tercera internacionales, pueden con justicia reclamarse marxistas. También Marx y Engels son clásicos cuyos textos obligan al revolucionario a pensar creativamente, y a optar, y no “palomas asadas prestas a acudir a la boca” del revolucionario hambriento de saber qué hacer.

LA IRONÍA DE LA HISTORIA: LAS REVOLUCIONES RUSA Y ALEMANA

Quien espera una revolución social “pura”, no la verá jamás.

Es un revolucionario de palabra, que no comprende

qué cosa es una revolución verdadera

V.I. Lenin, 1916

Y es que la revolución no actúa a su modo, no opera a

campo abierto, según un plan puesto a punto por hábiles

“estrategas”. Sus adversarios también llevan la iniciativa,

e incluso por regla general, más que la Revolución”.

Rosa, 14 de enero de 1919

 

Casi todos los marxistas están de acuerdo en que la mejor validación de cualquier teoría es la práctica. Para eso no hace falta estudiar mucho ni ser un gran “científico”. El sentido común basta. Hagamos pues la prueba del nueve de nuestros autores. Examinemos, dentro de lo que permite la dimensión de esta ponencia cual fue el resultado de las posiciones sobre la democracia, la política y el partido, que sostuvieron Rosa y Vladimir. Descubriremos en ambos algunas incoherencias y algunos curiosos cambios de papel. La historia es una musa incierta y sin preconceptos. Eso sí, dotada de una ironía. Hagamos girar la moviola hacia atrás y examinemos algunas de las experiencias de las revoluciones rusa y alemana de 1917 y 1918.

Las revoluciones rusa y alemana son una muestra inequívoca de que la revolución no la hacen las vanguardias sino las masas. Y también de que las masas hacen revoluciones, no por imposición del desarrollo de ningún espíritu objetivo de la historia, sino cuando sus necesidades radicales se contraponen de forma antagónica con aquello que el capitalismo, en una fase determinada de su desarrollo, puede digerir y cuando el nivel de autoconciencia y autonomía alcanzados por ellas lo permite. Las revoluciones son hechos empíricos, no fases de desarrollo inevitables en cualquier esquema de desarrollo de la historia humana. El Luckács maduro había rumiado mucho sobre este problema:

“…ninguna de las consignas con las que Lenin derribó al capitalismo ruso eran consignas socialistas. Dar fin inmediatamente a la guerra no es una consigna socialista, y tampoco lo es el reparto de tierras… Ninguno de los que reflexionamos sobre tales problemas podemos saber a ciencia cierta cuál será la consigna que haga estallar la resistencia contra la manipulación. Tenemos que limitarnos a hacer pronósticos, a intentar acercarles a las masas los resultados de nuestras investigaciones. Qué consigna se elija en su momento es cosa que, en principio, no podemos decidir por anticipado” (Luckács, 1971).

Tenemos que ayudar a constituir al proletariado en clase, y tenemos que colaborar a la formación en su seno de un espacio deliberativo público u Opinión Pública lo más rica posible, tenemos que ayudar, en pie de igualdad con los demás, a construir una nueva cultura material democrática, que permita aprender a vivir de otra manera y a que ese movimiento mayoritario, civilizatorio, se desarrolle y tome protagonismo. Las cuestiones que para gente desorganizada, o para un movimiento endeble son secundarias o negociables, pueden ser indignantes e inasumibles por parte de un movimiento poderoso. En esa situación, será siempre el movimiento el que decida cuál es el programa que le merece la pena alzarse contra el capitalismo.

Las concepciones de Rosa y de Vladimir tendrían su plasmación dramática en la práctica en los momentos revolucionarios. La paciente acumulación organizativa realizada por los bolcheviques les permite intervenir directa y organizadamente en los combates realizados entre marzo y octubre de 1917, analizar las correlaciones de fuerzas y las coyunturas cambiantes y participar en ellos aunque no los hubiera previsto. En este sentido, el partido de Lenin se muestra capaz de concentrar en poco tiempo todas fuerzas en el punto decisivo en el momento oportuno. Da al movimiento revolucionario un servicio técnico sin el cual la revolución no culmina, no consigue su objetivo. Pero no se puede confundir nunca este servicio técnico con el movimiento revolucionario. Esto es lo que hace de los bolcheviques una organización no blanquista, ni golpista si no un instrumento de la revolución. Incluso a pesar de sus proclamaciones. Leer las actas del CC del partido bolchevique entre agosto de 1917 y febrero de 1918 es, en este sentido muy ilustrativo (Stasova, 1978).

Cuando estalla la revolución de febrero de 1917 Vladimir está fuera del país y no la esperaba. Los acontecimientos no obedecían a las expectativas políticas previstas ni a la lógica de las consignas del partido. Al incorporarse al proceso revolucionario, Vladimir impone a los bolcheviques el abandono del programa político elaborado por el estado mayor, y la adopción de las consignas políticas elaboradas por el movimiento de masas: paz ahora, la tierra para el que la trabaja. Se trata de un planteamiento democrático claro: partir de lo que las masas quieren. Las Tesis de abril, dan paso a la séptima conferencia del partido bolchevique, y el conjunto orgánico de textos y resoluciones insisten con pormenor en modificar el programa agrario. Recordemos cómo aceptó incluso las draconianas condiciones que los alemanes imponían al poder revolucionario para firmar la paz: Brest Litovsk.

Pese a la teoría elaborada con anterioridad y muchas veces en contradicción con la misma, los bolcheviques actuaron como instrumento mandatado, por el auténtico soberano: las masas. Lo que les sacó de la minoría fue, precisamente el convertirse en los más firmes y creíbles defensores de las reivindicaciones inmediatas de las masas. No el imponer a las masas el programa del partido. Esta metodología leniniana de intervención la podemos ver reflejada, por ejemplo, en la táctica preconizada por Vladimir ante el golpe de Kornílov:

“Luego el cambio consiste en que ponemos en primer plano (cursiva del autor) el intensificar la agitación a favor de lo que podríamos llamar “exigencias parciales” a Kerenski: que arreste a Miliukov, que arme a los obreros de Petrogrado, que llame a las tropas de Kronstadt, de Vyborg y de Helsingfors a Petrogrado, que disuelva la Duma del Estado, que arreste a Rodzianko, que legalice la entrega de las tierras de los terratenientes a los campesinos, que implante el control obrero sobre el trigo y las fábricas, etc.,etc. Y estas exigencias no las debemos presentar sólo a Kerenski, no tanto a Kerenski como a los obreros, a los soldados y campesinos ganados por la marcha de la lucha contra Kornilov. (Carta al CC de 30 de agosto de 1917, Stasova, 1978).

Sabemos algo sobre la revolución rusa. Menos sobre la revolución alemana de 1918-1919. Sobre ella podemos afirmar lo siguiente: el hecho de que la revolución no fuera socialista y que la contrarrevolución lograse abortarla, no quita que nos encontremos ante una verdadera revolución. No de otro modo se puede caracterizar un movimiento que durante dos años movilizó millones de personas, que derribó primero la dictadura militar de Luddendorf y luego la monarquía del káiser, estableciendo la república y que, a pesar de la incomprensión de los socialdemócratas independientes y de los espartaquistas, creó los órganos de un nuevo poder (los consejos de obreros y soldados). Un nuevo poder que tuvo de ser ahogado en sangre por la conjunción entre la dirección de la socialdemocracia (Ebert, Scheideman y Noske) y los Freikorps que luego serían el esqueleto sobre el que se construirían las SS y las SA. (Haffner, 2005).

De la lectura de dos biografías de Rosa (Frölich, 1965; Nettl, 1972) y de otra bibliografía histórica (Flechtheim, 1972, Haffner, 2005), podemos deducir que Rosa y los espartaquistas nunca dejaron de ser una prestigiosa pero impotente minoría durante el curso de la revolución alemana. Las palabras de Vladimir en su crítica al folleto de “Junius” parecen trágicamente premonitorias:

“El folleto de Junius evoca en nuestra mente a un solitario que no tiene camaradas, en una organización ilegal habituada a pensar totalmente las consignas revolucionarias y a educar sistemáticamente a las masas en el espíritu de las consignas.” (Vladimir, 1916).

El cariño y la camaradería con que Vladimir trata a Rosa en este debate no pueden ocultar la realidad del hecho.

Dado el asunto de nuestra ponencia queremos destacar cuatro temas en los que se ponen de manifiesto la relación entre la democracia y la revolución, dentro del pensamiento de Rosa y Vladimir. Temas de un debate entre dos personas que están en el mismo lado de la barricada y que se respetan mutuamente. Debate que dura desde 1903 y cuyas consecuencias se hacen claras durante la coyuntura de 1917-1918. Hablaremos pues, de cuatro temas: la democracia política y sus instrumentos (Asamblea constituyente o consejos), la guerra, la cuestión nacional y el campesinado.

Los consejos y la democracia

Las posiciones de Rosa y Vladimir en relación con los consejos o soviets son bien diferentes.

En primer lugar hay que destacar el clamoroso silencio de Rosa Luxemburgo sobre este asunto. No hemos registrado una sola referencia a los mismos en la obra de la revolucionaria, ni siquiera en los textos en los que con tanto detalle, respeto y admiración estudia la revolución rusa de 1905. Precisamente, para analizar este proceso revolucionario en el que emergieron estas estructuras de poder político directo, escribe Rosa Luxemburgo su célebre texto: Huelga de masas, partido y sindicato y ya el título llama la atención. El horizonte organizativo queda limitado por la reflexión sobre las instituciones políticas típicas de la tradición socialdemócrata (partido y sindicato), y se escucha un silencio oximorónico, que no puede menos que ser consecuencia del embarazo político, sobre los soviets.

Si seguimos la lógica de Rosa y aceptamos que el partido es el nombre que recibe el tejido organizativo que estructura el movimiento proletario, que carece de la misión de promover las luchas o de proponer programas y objetivos, que es superado en su tarea de ilustración por la propia lucha, etc., podemos entender más cuál es su problema: lo es la estructura organizativa aislada que es el partido socialdemócrata, tanto el ruso como el polaco o el alemán. Con la estructuración del proletariado en soviets, que garantizan la organización colectiva de las masas de forma estable y micro fundamentada, su capacidad de deliberación y de elaboración de consignas, programas y movilizaciones, y en consecuencia, su capacidad de auto ilustración, la función interna al movimiento y supeditada al mismo, del partido socialdemócrata, y de su contraparte, el sindicato, de raíz lassalleana quedan, más que “superadas”, sustituidas por este nuevo tipo de estructura orgánica del movimiento.

Este silencio implica problemas graves para su concepción de la democracia. El sindicato socialdemócrata, de ramo, y en muchas ocasiones de gremio (los trabajadores de una especialidad dentro de una empresa) no posee una estructura de base que permita al movimiento de masas estructurarse localmente como poder en una empresa o en un territorio. Sólo puede establecer reivindicaciones y si triunfa, obligar a su cumplimiento, pero esto no permite la creación de órganos políticos directos de poder y control de los proletarios, ni una elaboración global de los asuntos y problemas atinentes a una empresa o territorio. Frente a la articulación de poder en la sociedad civil por parte de la burguesía capitalista y de sus agentes, capataces, gerentes, alcaldes, jueces, policías etc., que es permanente y estable, se carece de una micro estructura que pueda organizar permanentemente un embrión de contrapoder en desarrollo. La acción directa de las masas no puede desarrollarse de forma positiva más allá de la protesta y de la reivindicación que, si triunfa, deberá ser legislada, y sobre todo, aplicada por el poder político. No hay instrumentos que posibiliten orgánicamente el desarrollo de una cultura de los proletarios, es decir, que permitan aprovechar las libertades conseguidas para desarrollar en los lugares concretos pautas de acción, costumbres, comportamientos, tanto dentro como fuera del lugar de trabajo. Estamos ante un modelo muy refinado de dialéctica negativa, que va de la mano con una concepción de la auto ilustración de los trabajadores como simple esclarecimiento de ideas y, en todo caso, de proyectos para el futuro, pero no para la elaboración inmediata de pautas nuevas ejecutables directamente, esto es, de una nueva cultura. Una vez desaparece la movilización no queda elemento alguno de contrapoder.

A nivel general, la carencia de una reflexión que parta de la aceptación de los soviets, impide que se desarrolle otra concepción de la democracia que no sea la de la representación parlamentaria, la de hacer llegar a las autoridades aceptadas las demandas y quejas, e incluso, en el caso de una hipotética construcción de una sociedad de nuevo tipo, la gestión de la nueva sociedad, la articulación del nuevo orden, tienen que remitirse a la gestión del partido a través del estado, pues no hay organismos que articulen un poder civil autónomo proletario. La crítica a la disolución de la Constituyente en Rusia tiene mucho que ver con esta ausencia de reflexión sobre la democracia socialista. Como se recordará Rosa no critica la disolución en sí, que encuentra plenamente justificada, habida cuenta de que la representación obtenida por el ala derecha de los socialrevolucionarios era superior a la que correspondía a la realidad del ascenso de movimiento de masas que llevó al segundo congreso de los soviets y a la toma del poder. Rosa no cae en el adocenamiento parlamentarista que hubiera llevado a no disolver la asamblea constituyente en esas circunstancias. Lo que Rosa critica es que una vez disuelta la Asamblea constituyente, no se convocaran elecciones a una nueva Asamblea constituyente “surgida de una Rusia renovada y que había ido más lejos” (Rosa, 1918).

Hay que hacer constar que los ponentes no hemos encontrado en Rosa ninguna referencia a La guerra civil en Francia, de Marx, un texto que influye sin embargo mucho a Vladimir y que permite comprender el posicionamiento del ruso respecto de los soviets. No negamos que exista, pero nosotros no lo hemos encontrado.

Podemos relacionar la posición de Rosa aún con otra dificultad intelectual, que está por debajo de la primera: diferencia entre democracia y socialismo. Para Rosa, la democracia es el conjunto de libertades que permitirán a los trabajadores expresar su opinión y convertirse en poder político. El proletariado es el agente que lucha por la democracia y el agente que la impondrá. Sin embargo, en Rosa, se cumplen los esquemas etapistas al uso: la democracia, las libertades, son reivindicaciones orgánicas de la burguesía, pero que ésta ya no puede empujar por cuanto la existencia de un proletariado organizado las convierte en instrumento de lucha en manos de éste.

La democracia, originaria del mundo burgués aparece caracterizada, en consecuencia como un útil instrumento diferenciado del fin del proletariado: el socialismo, que es la organización colectiva y sistemática de las relaciones de producción a partir de los instrumentos de poder existentes: el aparato central de estado gestor. Nacionalización de las empresas, colectivización de la tierra, etc. Un proyecto de planificación económica centralizada que no es alcanzable como tal a la conciencia de las masas por su tecnificación, ni a su capacidad de gestión por la falta de instituciones de base. La razón de ser del Partido y el socialismo como algo distinto de la democratización radical de la sociedad civil y de la consiguiente reabsorción del poder político en la misma, son las ideas que bloquean la aceptación de los consejos como instrumentos estables. En esto, Rosa no había roto con la concepción dominante en la socialdemocracia en relación con la política.

No se puede explicar de otro modo un hecho dramático: a pesar de su llamamiento a dar todo el poder a los consejos de obreros y de soldados en noviembre de 1918, los espartaquistas obtuvieron en el primer Congreso de los Consejos de Trabajadores y Soldados una magra representación: 10 delegados, contra 228 los socialdemócratas (SPD) y 80 los socialistas independientes (USP) (Vidal Villa, 1978).

En Vladimir, sin embargo encontramos una decidida aceptación de los consejos, que va unida a su entusiasmo por el texto célebre de Marx sobre la Comuna de París, y una comprensión de la democracia más profunda -que interpreta a medias como jacobinismo y blanquismo-. La elaboración intelectual de Vladimir es capaz de aceptar que el proyecto económico que la etapa histórica permite en su desarrollo evolutivo de la cadena de modos de producción –su pensamiento no rechaza, de entrada, este esquema histórico evolutivo, sino que brega y forcejea con él para encontrar dónde asilar su propuesta política y poder justificarla- coincide con las demandas populares que las masas expresan (un encaje de bolillos que le permite acoger las demandas de los campesinos, como más adelante se verá). Los soviets dotan, en teoría, al poder político de la clase obrera y de sus aliados, de un micro-fundamento que posibilita el ejercicio directo del poder, esto es el ejercicio de la deliberación y de la gestión y administración directa en la fábrica y en el territorio por parte de los individuos directamente concernidos.

Una elaboración como la de “El Estado y la revolución”, cuyos antecedentes se encuentran en las abundantes notas sobre la experiencia de Comuna de Paris significa el momento más alto de coincidencia entre el pensamiento político de Lenin y el de Marx. La consigna “todo el poder a los soviets” era una consecuencia natural de la combinación entre la creatividad natural de las masas en revolución y el enfoque marxiano de la democracia. En esto se cambian los papeles, en relación a los debates de 1903-1904. Vladimir es el demócrata, Rosa la teórica abstracta. Lenin rompe como nunca se ha hecho con el paradigma del marxismo de la segunda internacional, mientras Rosa continúa debatiéndose con las contradicciones del modelo.

Según Vladimir (1924) y Luckács (1975), tras su liberación, Rosa corregiría sus posiciones acercándolas a las de los bolcheviques. Lenin, por el contrario, en su práctica de gobierno real, obligado por la guerra civil, retrocedería en relación a su teorización sobre el poder democrático de los obreros y de los campesinos (Brinton, 1972). Sin embargo, sus últimos escritos son una manifestación clara de su angustia ante la burocratización creciente del estado soviético (Vladimir, 1922,1923)

El campesinado

Otro de los silencios de Rosa Luxemburgo hace referencia al campesinado. Este silencio, clamoroso en el escrito de 1906 sobre la huelga de masas, se rompe en 1917 precisamente para mostrar una de las incomprensiones de Rosa sobre los acontecimientos rusos de 1917. El problema que genera el campesinado con sus reivindicaciones democráticas, y en concreto, la reivindicación campesina fundamental, la tierra para el que la trabaja, es que éstas reivindicaciones, que se compadecen por completo con el proyecto de sociedad en el que cada cual dé según su trabajo y reciba según sus necesidades (Marx 1875) o de una república de productores libres asociados (Marx 1846 y 1866a), sin embargo rompe con el esquema evolutivo de la historia hacia un nuevo modo sistémico de producción, basado en la propiedad estatal de los medios de producción y cambio.

Theodor Shanin nos ha suministrado una información poco conocida y, en su caso, menos comprendida por los “marxistas”. Marx fue consultado en 1881 por Vera Sazulich sobre la posibilidad de una revolución en Rusia sin pasar por el capitalismo y basada en la comuna campesina tradicional rusa (mir, que significa paz y mundo al mismo tiempo). Concretamente Sazulich preguntó: “Nos haría un gran favor si expusiera sus ideas acerca del posible destino de nuestra comuna rural y sobre la teoría de que es históricamente necesario que cada país del mundo atraviese todas las fases de la producción capitalista”.

Marx tras diversos borradores, respondió:

”…mi supuesta teoría ha sido mal interpretada… La “inevitabilidad histórica de esta evolución, por tanto, está expresa-mente limitada a los países de Europa occidental… En el caso occidental, por tanto, una forma de propiedad privada se transformó en otra forma de propiedad privada. En el caso de los campesinos rusos, sin embargo, su propiedad comunal puede ser transformada en propiedad privada. El análisis de El Capital no aporta razones ni en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rusa. Sin embargo, el estudio especial que he hecho sobre ella, que incluye la búsqueda de material original, e ha convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia. Pero, para que pueda funcionar como tal, las influencias dañinas que la asaltan por todos lados deben ser primero eliminadas y luego se le deben garantizar las condiciones normales para su desarrollo espontáneo” (Shanin, 1990).

Fue en ocasión de este debate que Marx dijo “yo no soy marxista”.

El mismo autor ha contado cómo se realizó la revolución agraria en Rusia entre los años 1917 y 1919, con todas sus contradicciones:

“Una revuelta agraria precedió al Decreto de la Tierra. En el otoño de 1917 la revolución campesina se había extendido como el fuego…Su organización es algo digno de destacar. Asambleas de aldeas decidían cómo dividir las propiedades no campesinas de cada localidad. La acción fue emprendida de forma que todas las unidades domésticas campesinas se veían forzadas a participar para asegurar el éxito de la empresa, asumiendo igual responsabilidad en caso de posibles represalias… La debilidad que las autoridades de la capital mostraron en las aldeas dejó el poder real en manos de las organizaciones locales. El nuevo gobierno legislaba, pero los cuerpos locales decían la última palabra”.

El conjunto del libro de Shanin, titulado muy oportunamente, “La clase incómoda”, muestra la complejidad del tema campesino, tema ante el que los marxistas, mayoritariamente, patinan (Shanin, 1983).

La “doctrina” de la tradición socialdemócrata, evolucionista y positivista, en la que la ciencia sabe y determina cómo debe ser el futuro, porque éste se conoce a priori al estar determinado por una serie de etapas, y que “sabe” que tras el capitalismo viene el modo socialista de producción o el modo “comunista” de producción, con su concentración estatal de medios de producción, queda puesta en entredicho por la historia real del movimiento de masas democrático, campesino, real.

Rosa no sabe cómo salir del atolladero. Lo máximo que alcanza a escribir es que el campesinado, que es una fuerza social a la cual el proletariado sí debe hacerle comprender cuáles son sus propios intereses, (1905) -esto es, la considera incapaz de auto ilustrarse y de alcanzar esto por sí mismo- deberá supeditarse al proyecto proletario (1907), para el cual es de sentido común que la industria, en la que se organiza directamente la actividad colectiva de los trabajadores directos, ha de ser poseída colectivamente, a través de sus propios consejos, y que esa es su reivindicación democrática. La posición de Rosa sobre los campesinos queda lejos del concepto leniniano de alianza entre clases, que le permite aceptar como adecuado al momento la reivindicación democrática de las masas campesinas, declararla legítima e incluso declarar que es la creatividad de las masas la que debe dirigirlo todo.

Respecto del decreto de entrega de la tierra a los campesinos dice Vladimir en una de las tantas ocasiones:

“Se dice que el decreto y el mandato han sido redactados por los socialrevolucionarios. Sea así. No importa quién lo haya redactado; mas como gobierno democrático no podemos dar de lado a la decisión de las masas populares, aun en el caso de que no estemos de acuerdo con ella. En el crisol de la vi-da, en su aplicación práctica, al hacerla realidad en cada lugar, los propios campesinos verán dónde está la verdad. (…) La vida nos obligará a acercarnos en el torrente común de la iniciativa revolucionaria, en la concepción de nuevas formas de Estado. Debemos marchar al paso con la vida; debemos conceder plena libertad al genio creador de las masas populares. (…) los campesinos han aprendido algo en estos ocho meses de nuestra revolución y quieren resolver por sí mismos todos los problemas relativos a la tierra. Por eso nos pronunciamos contra toda enmienda a este proyecto de ley (…) Confiamos en que los propios campesinos sabrán, mejor que nosotros, resolver el problema con acierto, como es debido. Lo esencial no es que lo hagan de acuerdo con nuestro programa o con el de los eseristas. Lo esencial es que el campesinado tenga la firme seguridad de que han dejado de existir los terratenientes, que los campesinos resuelvan ellos mismos todos los problemas y organicen su propia vida” (26 de octubre 1917).

Se trata aquí de la democracia, por supuesto. Y de la democracia comprendida, no como mera participación en las elecciones de representantes, sino como radicalización del poder directo de las clases subalternas sobre su vida y, en particular, sobre las condiciones materiales de las que depende ésta. Democracia, esto es poder popular directo, estable, microfundamentado, en la sociedad civil, por parte del demos. Y para ello, ¿qué programa ha de ser considerado justo?, El que consideren justo las masas. Queda muy lejos el mundo de las certidumbres teleológicas que dispone que tras el capitalismo, toca, y no hay otra, la socialización de los medios de producción, se quiera o no. El espíritu del democratismo jacobino, reivindicado por Vladimir desde los lejanos tiempos de Dos tácticas de la socialdemocracia rusa, su lealtad fidelísima a la propuesta de alianza con los campesinos, jamás traicionados por él –no así por otros- sigue perenne ahí, y seguirá hasta la muerte del gran revolucionario.

Esto supo entenderlo bien uno de los grandes intelectuales revolucionarios europeos, Albert Mathiez, el gran historiador francés filo-jacobino que restituyó su grandeza a Robespierre y puso en claro el carácter plebeyo, anti-burgués, de la democracia jacobina. Mathiez (1920, 1930, 1958), que comprendía perfectamente bien la política de Vladimir, precisamente por no ser un doctrinario socialdemócrata –un “marxista”-, se organizó en el PCF, y militó en él hasta la significativa fecha de 1928. Queda lejos de la política propugnada por Vladimir en este hermoso texto, el evolucionismo teleológico. El viejo Lukács, único superviviente de aquella época, nos lo recordaría insistentemente (Luckács, 1989, 2003). Queda también muy lejos de estas frases el petulante modelo de partido político, selecta vanguardia de la historia tal como se acuñó con posterioridad a la muerte de Lenin, cuando fue inventado el marxismo-leninismo.

LA CUESTIÓN NACIONAL

Arrastrada por su lucha contra el nacionalismo en Polonia,

Rosa Luxemburgo ha olvidado el nacion-lismo de los Grandes-Rusos

aunque este nacionalismo sea más temible actualmente, porque es menos burgués

y más feudal, aunque sea el principal freno a la democracia y a la lucha proletaria”

Vladimir, 1914.

En su crítica al folleto de Junius (Vladimir, 1916) había advertido sobre el párrafo donde Rosa afirmaba que en el periodo imperialista no podían haber ya guerras nacionales:

“Una guerra nacional puede ser transformada en imperialista y viceversa. Un ejemplo: las guerras de la gran Revolución Francesa se iniciaron como guerras nacionales y lo fueron. Fueron guerras revolucionarias, porque tenían como objetivo la defensa de la gran revolución contra la coalición de monarquías contrarevolucionarias. Pero cuando Napoleón fundó el Imperio francés sojuzgando a varios Estados nacionales europeos grandes, viables y constituidos desde hacía mucho tiempo, esas guerras nacionales francesas se convirtieron en imperialistas y a su vez provocaron guerras de liberación nacional contra el imperialismo de Napoleón”.

Sobre las causas del 4 de agosto de 1914 Vladimir reprocha a Rosa no haber criticado suficientemente el oportunismo fruto según él de la llamada aristocracia obrera alemana. Sin embargo, esta teoría de la aristocracia obrera tiene un carácter excesivamente economicista y no explica bien el fenómeno que comentamos: los mismos obreros que el 4 de agosto desfilaban por las calles con “y de amor patrio henchido el corazón” (como dice el himno de la infantería española), serían los que en noviembre de 1917 una vez, hecha la experiencia de la guerra y (sobre todo) de la derrota, derrocarían el régimen militarista de Luddendorf y Hinderburg, echarían y establecerían la república.

La polémica entre Rosa y Vladimir sobre el tema nacional venía de lejos. Básicamente, en Vladimir existe una compresión de la importancia del factor nacional como elemento que actúa en los procesos de lucha por la hegemonía. Sabe distinguir entre nacionalismos opresores o imperialistas y nacionalismos de las naciones oprimidas. Sobre la base de un internacionalismo por encima de toda sospecha, Lenin no considera el imperio ruso como una conquista y un avance hacia una centralización entendida como preludio del socialismo. Por el contrario, piensa que la única forma en que las nacionalidades no rusas, oprimidas por el zarismo, pueden unirse a la revolución es sobre la base del reconocimiento democrático de su derecho a decidir por sí misma. (Lenin, 1913,1914, 1916, 1922).

Por el contrario, Rosa consideraba que la centralización de los estados nación era, en sí misma en todas partes, un elemento de avance hacia el socialismo. En ocasión de la revolución de octubre y de sus medidas a favor de las nacionalidades alógenas, Rosa muestra su desacuerdo y su desconcierto:

“En primer lugar sorprende la testarudez y la obstinación con las que Lenin y consortes se han unido a una consigna (el derecho de las naciones a la autodeterminación) en contradicción flagrante, no solamente con el centralismo por otra parte manifiesto en su política, sino también con la actitud que ellos han adoptado hacia los otros principios democráticos. Mientras ellos profesaban un desprecio glacial por la asamblea constituyente, el sufragio universal, las libertades de prensa y de reunión, en resumen por todo el arsenal de libertades democráticas fundamentales de las masas populares, cuyo conjunto constituía el “derecho de autodeterminación” en Rusia propiamente dicha, ellos hacían del derecho de las naciones a disponer de ellas mismas el núcleo (noyeau) de la política democrática al cual todos los aspectos prácticos de la crítica realista debían ceder el paso” (Rosa, 1918).

De nuevo vemos aquí una inversión de papeles. El “ultra centralistaLenin se muestra como el demócrata radical defensor de las aspiraciones nacional-populares de las naciones oprimidas, mientras que la Rosa democrática, observadora atenta de las masas populares y de sus movimientos espontáneos, se convierte en esclava de una concepción del “marxismo” según la cual, la centralización capitalista, la reducción de los idiomas y de las naciones, la homogeneización cultural impuesta desde las necesidades de desarrollo del capitalismo serían la antesala del socialismo ante las cuales, los comunistas y los revolucionarios deberían inclinarse sin discutir.

El tratado de Brest – Litovsk

El tema de la paz, y concretamente la firma del tratado de Brest-Litovsk es el cuarto elemento de debate que queremos señalar. A nuestro entender, en este tema se manifiesta la diferencia entre un planteamiento abstracto y esquemático de la revolución y un planteamiento concreto. En él se juega el vínculo central existe entre revolución y democracia. Es decir, el concebir la revolución como el producto ciego de una necesidad objetiva de un desarrollo histórico predeterminado a partir de una filosofía de la historia o la revolución como producto de la voluntad de grandes masas, de millones de individuos, cuya voluntad debe ser respetada por los revolucionarios si no quieren ser barridos por esa oleada de fondo.

Rosa consideró, desde la cárcel que la firma del tratado de Brest-Litovsk era una puñalada a la revolución alemana. Según ella:

“De hecho, la paz de Brest no es más que una capitulación del proletariado revolucionario ruso ante el imperialismo alemán… Ellos no han tenido en cuenta el hecho de que la capitulación de Rusia en Brest-Litovsk tendría como consecuencia un enorme reforzamiento de la política imperialista pan germánica y debilitaría, la posibilidades de un levantamiento revolucionario en Alemania, no llevaría en absoluto al fin de las hostilidades con Alemania sino introduciría simplemente un nuevo capítulo de este guerra” ( Rosa, setiembre de 1918).

Por su parte, dentro del partido bolchevique no existía tampoco un criterio único. Bujarin y Trotsky mantuvieron puntos de vista similares a los de Rosa, poniendo el análisis abstracto y en muchas ocasiones subjetivo de la situación alemana por encima de las necesidades reales y concretas de la revolución rusa. La lectura de las actas del CC del partido bolchevique de enero-febrero de 1918 (Stasova, 1978), nos muestran un partido vivo, que debate sobre asuntos que afectan a decenas de millones de personas, con un pluralismo interno y una democracia que nada tienen que ver con el llamado centralismo democrático de los bolchevizados partidos comunistas posteriores al V congreso de la Internacional. Pero esto es harina de otro costal de la que no debemos ni podemos hablar ahora.

Frente a la propuesta de realizar una guerra revolucionaria, que sostenía entre otros muchos Bujarin y a las propuestas más etéreas de Trotsky, Vladimir muestra siempre su fidelidad a un solo norte: la voluntad de las masas. Así lo expresa el 11 de enero de 1918:

“En la hora actual nos apoyamos no sólo en el proletariado sino también en las capas más pobres del campesinado, el cual nos abandonará si continuamos la guerra. La prolongación de la guerra responde a los intereses de los imperialismos francés, inglés y norteamericano … Los que preconizan el punto de vista de la guerra revolucionaria dicen que de esa manera llegaremos a vernos en la situación de una guerra civil contra el imperialismo alemán y que, además, provoca-remos así una revolución en Alemania. Sin embargo, Alemania no está más que preñada de revolución, en tanto que nosotros ya podemos presentar un recién nacido vigoroso, la República Socialista, que podemos matar si comenzamos la guerra” (Stasova, 1978).

La ligazón estrecha entre la voluntad de las masas campesinas y la consolidación de la revolución la volvemos a encontrar el 18 de febrero cuando Vladimir critica la posición de Bujarin que defendía, frente a la paz, la guerra revolucionaria:

“El campesino no quiere la guerra y no irá a la guerra. ¿Acaso se puede decir ahora al campesino que se embarque en una guerra revolucionaria? Si eso es lo que se quiere, entonces no se debía haber desmovilizado el ejército. La guerra campesina permanente no debe ser sólo una frase. Si no estamos preparados para ella debemos firmar la paz… El mujik no irá a la guerra revolucionaria, pero es capaz de derrocar a cualquiera que la plantee abiertamente. La revolución en Alemania todavía no ha empezado y nosotros sabemos que tampoco aquí nuestra revolución triunfó de golpe” (Stasova, 1978).

Cinco días más tarde la situación en el Comité Central continúa siendo muy dura, tanto que Vladimir amenaza con la dimisión:

“El camarada Lenin estima que esto debe significar el fin de la política de las bellas frases revolucionarias. Si esta política continúa, él abandona el gobierno y el Comité Central. Para la guerra revolucionaria necesitamos un ejército, y ese ejército no existe. Esto quiere decir que hay que aceptar las condiciones” (Stasova, 1978).

El CC, finalmente aceptó las posiciones de Lenin y finalmente, el tratado fue firmado. En la resolución del Buró de organización del CC redactado por Vladimir el día 24 de febrero podemos leer:

“La República Socialista Soviética no puede embarcarse en una guerra a sabiendas de que se opone a ella la enorme mayoría de la masa obrera, campesina y de soldados, que elige los Soviets… Para un ejército campesino arruinado es una tarea imposible enfrentarse a un imperialismo adelanta-do, en una guerra moderna, sin una profunda preparación económica y prácticamente sin ejército… Si Liebknecht triunfa en dos o tres semanas (eso puede ocurrir), por supuesto, solucionaría nuestras dificultades. Pero asegurar al pueblo que Liebknecht triunfará inevitable e ineludiblemente en las próximas semanas sería una necedad y convertir en una burla la gran consigna de la solidaridad de los trabajadores de todos los países” (Stasova, 1978).

Emerge aquí, de nuevo, el Vladimir demócrata radical, el revolucionario que supo moverse dentro del mayor movimiento revolucionario del siglo, quien supo realizar un concreto análisis de la realidad y trató de intervenir activa y concretamente en ella. El que reconocía las necesidades y los deseos de las masas y sabía ser insobornablemente fiel a las mismas. Como dijera Luckács en 1974:

“Se puede calificar de insólito, pese a su valor de modelo captador, el que en el periodo de 1917 contáramos entre nosotros con esa singular mezcolanza de importante teórico y gran político que se daba en la persona de Lenin” (Luckács, 1971).

CONCLUSIONES: DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN EN ROSA Y VLADIMIR

Podemos resumir que en lo que hace a su concepción del movimiento proletario, RL posee, en principio, una mayor radicalidad teórica democrática, pues comprende que el movimiento político se auto constituye a sí mismo mediante la lucha y la auto ilustración, es decir, mediante la formación de una Opinión Pública abierta, deliberativa, que es la que elabora las expectativas y proyectos políticos y culturales colectivos que orientan la praxis política. A ella se incorporan en pie de igualdad todos los miembros activos del movimiento, y a ella aportan todas sus experiencias, sus saberes. Este rechazo de la teoría, a la vez liberal y positivista, de elites y en consecuencia del partido como grupo intelectualmente superior que mediante la ciencia debe dirigir y gobernar al movimiento, es inequívocamente democrática.

Pero este movimiento proletario, democrático en su constitución y no supeditado a burocracias, es sin embargo corto para poder ser considerado la democracia, esto es el movimiento democrático. La democracia es el nombre de un movimiento que organiza establemente a la totalidad de las clases subalternas, que pugnan por auto constituirse en Pueblo e instaurar realmente su poder político soberano sobre la sociedad. El minoritario movimiento proletario distaba mucho de ser el movimiento de masas de la democracia, y de poseer, en consecuencia, el peso que le otorgase la posibilidad de auto constituirse como poder soberano y de generar una alternativa política de sociedad y cultura. Quedaba restringido a un movimiento social, sectorial, sin proyecto político verdadero, es decir, sin verdadero proyecto general para todas las clases subalternas de la sociedad. En esto Lenin estuvo siempre muy por encima de Luxemburgo, pues concebía, gracias a su aproximación positiva al jacobinismo, que la democracia debía ser el resultado de una alianza de masas que pusiera en movimiento a la mayoría de la sociedad, y que esa movilización implicaba la asunción de las metas y fines que elaborase cada sector social subalterno, en lucha por constituirse en soberano, siempre que no fuesen contradictorios con los fines e intereses de los demás. El sector social que asumiese la iniciativa de proponer un proyecto tal, sería el sector dirigente: Hegemonía. La economía, en consecuencia dejaba de ser un fin en sí mismo: desarrollar, la producción para alcanzar un estadio tal que permitiese, en lo futuro una sociedad, por ver y venir, denominada socialismo, y pasaba a ser un medio al servicio de la creación de ese bloque aliado de intereses solidarios, que impeliese a las masas a la lucha, a la acción política permanente y a la instauración de un nuevo régimen o poder político popular: la democracia.

La desconfianza de Rosa hacia los potenciales micro fundamentos del nuevo poder político, esto es hacia los soviets, limita también su proyecto de democracia y le hace recaer en la concepción democrática demo liberal, según la cual ha de ser el parlamento elegido por las masas proletarias el que dirija la sociedad median-te el estado. Estamos todavía ante el socialismo de estado lassalleano, y muy lejos de las experiencias históricas inherentes a todos movimientos históricos democráticos conocidos, y en concreto, al de la Revolución francesa, que pugnó por constituirse en poder estable, microfundamentado y directo sobre la sociedad civil para controlar los procesos materiales que en ella se producen y, por otro lado, trató de absorber en su seno el poder político depositado en la burocracia, para ejercerlo del modo más di-recto posible y sin delegación. Lenin, sin embargo, que pudo conocer esta tradición a través de los escritos de dos miembros de la misma, Marx y Engels, los cuales recogen este legado en sus escritos –no lo inventan con su ingenio-, supo situar siempre la idea de que el nuevo poder político no podía consistir en la utilización del estado burocrático por parte del bloque aliado popular, sino que el estado burgués debía ser destruido, y debía constituirse un nuevo tipo de poder político directo en la sociedad civil que permitiera el autogobierno de las masas; éste a su vez, eventualmente debía ir debilitándose con el tiempo.

Ser demócrata es ser partícipe en la constitución de un movimiento popular que permita que las masas irrumpan en la política de forma autónoma y directa, no delegativa, de forma que se desarrolle el poder de las mismas, se enriquezca su experiencia política, y el movimiento esté en condiciones objetivas y subjetivas de constituirse en un nuevo poder político. Esto obliga a aceptar como propias las decisiones y deliberaciones del movimiento. En determinados momentos históricos, en los que existieron movimientos de este tipo, algunas individualidades de genio se integraron en el movimiento de masas; participaron con sus opiniones en la deliberación y el proceso de autoilustración de las masas, decidieron confiar, por encima de todo, en la voluntad soberana de las masas organizadas, y se supeditaron orgánicamente a ellas, asumiendo e identificándose con su proyecto. Estas los mandataron, por su capacidad, para ejecutar tareas de organización. Esos nombres forman la nómina de los sujetos más odia-dos de todos los tiempos. Nuestros personajes tienen el honor de pertenecer a ella.

Bibliografía consultada o citada.

(Nota: Las citas de clásicos vienen en el texto con la fecha original del escrito en cuestión. Las otras referencias bibliográficas, vienen con la fecha de la edición manejada)

Obras de Marx y Engels usadas en esta ponencia

1845 Tesis sobre Feuerbach (tercera tesis) en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes, Ed. Progreso Moscú, 1986, Vol. 1, y en apéndice a La ideología alemana. Ed. Grijalbo, B. 1970, entre otras.

1845/1846 La ideología alemana. Ed Grijalbo, B. 1970. Y también la selección recogi-da en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes, Ed. Progreso Moscú, 1986, Vol. 1.

1846 Carta de Marx a Annenkov. En Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes Ed. Progreso Moscú, 1986, Vol. 1. Se recomienda esta traducción que recoge el texto de Marx, redactado en francés en el texto original de Marx, y no la traducción de la carta que consta en el apéndice de Miseria de la Filosofía, de Ed. Siglo XXl, que cambia palabras. En original, francés, en Misére de la philosophie, Ed Payot, Paris 1996

1847a Miseria de la filosofía, Ed Aguilar, M. 1973; no es recomendable la edición de Siglo XXI. En el original francés, Ed Payot, citada

1847b (octubre y noviembre, redactado en paralelo a El Manifiesto) Crítica Moralizante y moral critizante, (contra Heinzen), en Marx y Engels, Obras Fundamentales, Ed. Fondo Cultura, México, 1988, Vol. 4.

1847/1848 Manifiesto del partido Comunista Ed Progreso, Moscú, 1972 y en Obras escogidas, Op. Cit. También en Obras de Marx y Engels, Vol. 9, Ed. Crítica, B. 1978, y en Ed. Alambra Longman , M. 1985, (ambas, traducción propia), entre otras muchas, casi todas, reproducción de la de Progreso

1866a (fines de agosto) Instrucción sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central Provisional, en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes Ed. Progreso Moscú, 1974, Vol. 2.

1866b (octubre) Carta a Ludwig Kugelmann, en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes Ed. Progreso Moscú, 1974, Vol. 2

1867, El Capital, Crítica de la economía política, Ed Siglo XXl, M. 4ª 1984

1871 (mayo) La guerra civil en Francia, Ricardo Aguilera, editor, 1970

1871b (noviembre) Carta a Friedrich Bolte, en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes Ed. Progreso Moscú, 1974, Vol. 2

1875 Crítica del Programa de Gotha, Ricardo Aguilera Editor, M. 1971

1881 Correspondencia entre Vera Zasulich y Marx respecto del papel de la comunidad campesina rusa en una hipotética revolución rusa anterior a la europea. Publicada en Teodor Shanin, 2001

1891, Engels, Crítica al programa socialdemócrata de Erfurt de 1891 en Marx y Engels, Obras escogidas, en tres volúmenes Ed. Progreso Moscú, 1974, Vol. 3

Obras de Rosa usadas en esta ponencia

(Orden cronológico)

1899. Reforma o revolución. Grijalbo, colección 70, México 1967

1903-1904. Problemas de organización de la socialdemocracia rusa. En obras escogi-das Tomo 1, Ediciones Era, México, 1978.

1905. En la hora revolucionaria, ¿Y ahora qué? Obra citada.

1906. Huelga de masas, partido y sindicatos. Editorial Siglo XXI, Madrid, 1974. Obra citada.

1907, Discurso en el congreso del partido obrero socialdemócrata de Rusia. Obra citada.

1915, La crisis de la socialdemocracia (texto también llamado “El folleto de junius”). Grijalbo, colección 70, México 1972. También en Debates Editorial Anagrama, Barce-lona, 1976.

Abril de 1917. La révolution en Russie. En Oeuvres II (écrits politiques 1917-1918). Petite collection Maspero, Paris, 1969.

Mayo de 1917. La vieille taupe. En Oeuvres.

Mayo de 1917. Deux messages de Pâques. Ibid.

1918, La révolution russe. Ibid.

Setiembre de 1918. La tragédie russe. Ibid.

31 de diciembre de 1918. Notre programme et la situation politique. Discours au Congrès de fondation du PCA ( Ligue Spartacus). Ibid.

14 de enero de 1919. L’ordre règne a Berlin. Ibid.

Obras de Vladimir usadas en esta ponencia

(Orden cronológico)

1902. Qué hacer. Obras Escogidas en tres vols., Ed Progreso Moscú 1979, Vol. 1

1904. Un paso adelante, dos pasos atrás, Ed Progreso Moscú 1979, Obras Escogidas Vol. 1

Junio de 1905. Dos tácticas de la socialdemocracia rusa, Obras Escogidas Vol. 1

Octubre- diciembre de 1913. Notes critiques sur la question nationale, en V.I. Lenin, Notes critiques sur la question nationale; Du droit des nations a disposer d’elles-memes. Moscou, 1954, Editions en Langues etrangeres.

Febrero mayo de 1914. Du droit des nations adisposer d’elles memes. Ob. Cit.

Enero-febrero de 1916. La révolution socialiste et le droit des nations a disposer d’elles-memes. Ob. Cit.

Julio de 1916. El folleto de Junius. Debates Editorial Anagrama, Barcelona, 1976.

Julio de 1916. Bilan de la discussion sur le droit des nations a disposer d’elles-mêmes. Ob. Cit.

1917, El estado y la revolución.

26 de octubre (8 de noviembre) de 1917. Segundo congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia. Informe acerca de la tierra. Obras Escogidas, Vol. 2.

1922, Carta al Congreso. Obras completas, Ed. Progreso, 1987, Tomo 45.

1922, Contribución al problema de las naciones o sobre la autonomización. Obras completas,Tomo 45.

1922, Sobre las cooperativas. Ibid.

1922, Como tenemos que reorganizar la inspección obrera y campesina. Ibid.

1922, Más vale poco y bueno. Ibid.

1922-1923. Diario de los secretarios de guardia de V.I. Lenin ( 21 de noviembre de 1922- 6 de marzo de 1923). Ibid.

Otras referencias bibliográficas usadas

Bensussan-Labica, Dictionaire critique du marxismo, Ed. Quadrigue/ PUF, Paris, 1982, voces: “Bolchevismo”, “Bujarinismo”, “Campesinado”, “Democracia directa”, “Lassalleanismo”, “Luxemburguismo”, “NEP (Nueva Política Económica)”, “Trotskismo”

Brinton, Maurice. Los bolcheviques y el control obrero. 1917-1921. El Estado y la contrarevolución. Editorial Ruedo Ibérico, Paris, 1972.

Deutscher, Isaac. Trotky, el profeta armat ( 1879/1921). Edició de Materials, Barcelo-na, 1967.

Flechtheim, Ossip K. Le parti communiste allemand sous la république de Weimar. Bibliotheque Socialiste dirigée par Georges Haupt, Editorial François Maspero, Paris 1972.

Frölich, Paul. Rosa Luxemburg. Bibliotheque Socialiste dirigée par Georges Haupt. Editorial François Maspero, Paris, 1965.

Getzler, Israel. Octubre de 1917: el debate marxista sobre la revolución en Rusia. En “Historia del marxismo. La época de la III Internacional”. Editorial Bruguera, Barcelona, 1983.

Gramsci, Antonio. Quaderni del cárcere. Edizione critica dell’ Istituto Gramsci, a cura di Valentino Gerratana, Einaudi Editore, Torino, 1975. Cuatro tomos.

Haupt, Georges.

Lenin, los bolcheviques y la II Internacional.

El partido-guía: la irradición dela socialdemocracia alemana en el sudeste europeo.

¿Guerra o revolución? La internacional y la “Unión Sagrada” en agosto de 1914.

Guerra y revolución en Lenin.

Todos estos ensayos incluidos en la recopilación El historiador y el movimiento social. Editorial Siglo XXI, Madrid, 1986. Primera edición en francés, 1980.

Haffner, Sebastian. La Revolución alemana, Inédita ediciones, Barcelona 2005.

Johnstone, Monty, Un instrumeto político de nuevo tipo: el partido Vladimirista de vanguardia, en Historia del marxismo. La época de la III Internacional, dirigida por Eric J. Hobsbawn, Editorial Bruguera, Barcelona, 1983

Lukács, Georg. Historia y conciencia de clase. Instrumentos, Grijalbo, Barcelona, 1975.

Lukács, Georg El hombre y la democracia, Ed. Contrapunto, Buenos Aires, 1989

Lukács, Georg Testamento político, y otros escritos, Ed Herramienta, Buenos Aires, 2003

Lukács, Georg Lukacs sobre Lenin, 1924- 1970, Ed Grijalbo col 70, México 1974 (trads. Jacobo Muñoz y Manuel Sacristán Luzón)

Lukács, Georg Conversaciones, Alianza Editorial, Madrid, 1971

Mathiez, Albert Le bolchevisme et le jacobinisme,. Librairie du Parti Socialiste et de L´Humanité, Paris, 1920

Mathiez, Albert Girondins et Montagnards, Firmin-Didot, Librairie de Paris, Paris, 1930

Mathiez, Albert, Etudes sur Robespierre, Éditions Sociales, Paris, 1958

Miras Joaquín, Repensar la política, refundar la izquierda, Ed. El Viejo Topo, B. 2002

Miras Joaquín, La democracia jacobina, El Viejo Topo, nº 205-206, abrils 2005-06-29

Miras Joaquín,, “La república de la virtud” en AAVV, Republicanismo y democracia, Ed. Miño y Dávila, Buenos Aires 2005

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Tafalla, Joan y Miras Joaquín, “Condiciones de posibilidad para el comunismo en el nuevo siglo” en Socialización, democracia, autogestión, AAVV, Ed. El Viejo Topo, B. 2004

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Tafalla, Joan, Robespierre: virtud republicana y capacidad política, revista El viejo Topo, nº 205-206, abril 2005

Thompson E. P.,Tradición, conciencia y revuelta de clase, Ed Crítica, B. 1979

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Vidal Villa, José María. Conocer Rosa Luxemburg y su obra. Dopesa, Barcelona, 1978.

Weill, Claudie. Marxistes russes et social-démocratie allemande 1898-1904. Bibliotheque Socialiste dirigée par Georges Haupt Editorial François Maspero, Paris, 1977.

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Una respuesta a Rosa, Vladimir y la democracia

  1. Creo necesario recalcar una falencia en el segundo texto citado (LA IRONÍA DE LA HISTORIA: LAS REVOLUCIONES RUSA Y ALEMANA), que plantea que Rosa no se pronunció sobre los consejos obreros, y para ello es preciso citar el Discurso sobre el Programa que realiza en diciembre de 1918, ya en los orígenes y ocaso del espartaquismo:
    “…Un hecho muy característico para las contradicciones dialécticas en que se sumerge esta revolución, como por otra parte todas las revoluciones, es que, desde el 9 de noviembre, al lanzar su primer grito, su grito de nacimiento, por así decirlo, ha encontrado la consigna que nos conducirá al socialismo: el poder de los consejos proletarios.
    […] De esta manera quisiera resumir nuestras próximas tareas: ante todo es necesario perfeccionar y extender en todos los sentidos el sistema de los consejos de obreros. Lo que hemos emprendido el 9 de noviembre sólo es un débil inicio y no podemos quedarnos en ello. Durante la primera fase de la revolución, incluso hemos perdido grandes medios de poder que teníamos. Ustedes saben que la contrarrevolución ha emprendido un trabajo encarnizado para demoler el sistema de los consejos de obreros y soldados. En Hesse los consejos de obreros y soldados han sido suprimidos por el gobierno contrarrevolucionario, sabrá lo que hace. En cuanto a nosotros, debemos no sólo perfeccionar el sistema, sino introducir los consejos entre los obreros agrícolas y los campesinos pobres. Se habla de “tomar el poder”.
    Nosotros debemos plantear la cuestión de la toma del poder de esta manera: ¿qué hace, qué puede hacer, qué debe hacer cada consejo de obreros y soldados en toda Alemania? Ahí reside el problema. Es necesario minar por la base al Estado burgués, sustraerle cada una de las funciones sociales, no separando sino uniendo en todas partes el poder ejecutivo, la legislación y la administración, poniéndolos en manos de los consejos de obreros y soldados.
    Éste es un campo enorme que debe ser cultivado. Es necesario preparar las cosas desde abajo, darles a los consejos de obreros y soldados un poder tal que cuando el gobierno Ebert-
    Scheidemann o cualquier otro gobierno parecido sea volteado, éste sea el último acto y el final del poder burgués.”
    “…Es necesario primeramente educar a la masa y hacerle comprender que el consejo de obreros y soldados debe ser la palanca de la máquina social en todos sus aspectos, que el consejo
    debe apoderarse de todos los poderes y dirigirlos hacia la transformación socialista. Aun las masas obreras que ya están organizadas en los consejos de obreros y soldados están todavía a
    mil leguas de esta concepción, excepto naturalmente algunas pequeñas minorías de proletarios conscientes de sus tareas. Pero esto no es un defecto, al contrario, es normal. Tomando el poder es como la masa debe aprender a ejercerlo… No existe ninguna otra manera de enseñárselo, pues hemos dejado atrás, felizmente, la época cuando se trataba de hacer la
    educación doctrinaria, teórica del proletariado. Esa época pareceexistir todavía para los marxistas de la escuela kautskista. Hacer la educación socialista de las masas proletarias, para
    ellos significa: darles conferencias y repartirles folletos y volantes. La revolución, la escuela práctica del proletariado, no necesita nada de eso. La revolución educa actuando. Éste es el caso de decir: en el comienzo era la acción. Y la acción debe consistir en que los consejos de obreros y soldados se sientan llamados y aprendan a ser el único poder público en todo el país.”

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