Repeating Lenin?: Del 68 a los movimientos globales

capitalismo-sistema-moral-eso-funciona_1_758556Recién estrenado año nos ponemos nuevamente con las lecturas. Por si alguna anda despistada, os recordamos que aún anda pendiente conformar el gobierno y tras la decisión de las CUP en Catalunya, que apuntan a nuevas elecciones y nuevos bloques, esperamos ver a la política en acción.

Una de las primeras recomendaciones de lectura es el trabajo que presentó a las I Jornadas de Análisis Político Crítico, Pablo Iglesias Turrión, antaño profesor y hoy político de éxito. Un interesante texto sobre acción colectiva, Estado, transformación…

Saludos. Olivé

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REPEATING LENIN?: DEL 68 A LOS MOVIMIENTOS GLOBALES

Pablo Iglesias Turrión

Temas abiertos (a modo de introducción) 

Se atribuye a los bolcheviques la afirmación según la cual, en la Rusia de 1917, el poder estaba tirado en las calles. Sea como fuere, lo que recogieron del suelo Lenin y los suyos no terminó de transferirse a esas estructuras de contrapoder que eran los soviets, sino que más bien daría vida un poderosísimo leviatán capaz de desafiar nada menos que los fundamentos del sistema mundial en sus componentes económico y político. La clase que había llevado a los reyes y nobles a la guillotina veía ahora amenazado su gaznate merced a una inesperada revolución dirigida por un minúsculo partido de marxistas heterodoxos que habían logrado el apoyo de los obreros industriales rusos y de algunos sectores del campesinado y los soldados de ese país.

En su Repeating Lenin, Slavoj Zizek reivindica la reflexión leninista como el momento clave de lectura de las transformaciones del Capitalismo en su fase imperialista. Lenin no solo adapta el marxismo a su tiempo (el análisis concreto de la situación concreta) sino que llama a la acción revolucionaria a pesar de la ausencia de condiciones históricas. Mientras que los marxistas ortodoxos defendían la necesidad de una fase de parlamentarismo burgués que abriera las puertas al desarrollo económico de Rusia y al crecimiento y consolidación política de su clase obrera, el jefe de los bolcheviques dijo “aquí y ahora” y apostó por recoger aquello que andaba tirado por las calles.

De alguna forma, la acción de los bolcheviques dirigida a conquistar el poder no fue sino llevar a sus últimas consecuencias la que Wallerstein (1990) ha definido como la estrategia fundamental de los movimientos socialistas desde el fracaso de la revolución de 1848, a saber, utilizar los instrumentos del poder estatal para transformar la sociedad.

El Estado como sujeto desafiado o principal interlocutor de la actividad política no fundamentó solamente, como dice Wallerstein, la política de los movimientos socialistas y nacionalistas hasta la revolución del 68 (2000:29), sino la del conjunto de los actores políticos.

En la presente ponencia defendemos que el elemento fundamental de la revolución del 68 y su principal legado en los movimientos globales anticapitalistas es, precisamente, haber puesto en cuestión las estrategias históricas de los movimientos antisistémicos centradas en el Estado en tanto que instrumento para la transformación social, depositario del poder soberano.

En la defensa de nuestra tesis doctoral, que llevamos a cabo en mayo de 2008, buena parte de las objeciones que recibimos ponían en cuestión el carácter postnacional de la acción colectiva que atribuimos a los movimientos globales.

A continuación, explicaremos el surgimiento de los movimientos sociales y el repertorio nuevo de acción colectiva como consecuencias de la consolidación del Estado y el Capitalismo industrial. Después nos referiremos a la configuración del Estado como clave fundamental para entender la actividad política de los movimientos antisistémicos (sociales y nacionalistas), al menos desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el fin del que Hobsbawm llamara breve siglo XX. Describiremos, a continuación, las protestas del 68 como un desafío al orden político de Yalta y a las estrategias de transformación social dirigidas al Estado que, hasta entonces, determinaron la praxis de los movimientos clásicos. Por último, defenderemos que la irrupción de los movimientos globales anticapitalistas permite hablar de un repertorio postnacional de acción colectiva en el que el Estado ha dejado de ser la institución fundamental para entender las estrategias de estos nuevos movimientos antisistémicos.

El Estado como clave para entender el repertorio nuevo de acción colectiva y el surgimiento de los movimientos sociales

La intervención de Pedro Ibarra en nuestra defensa de tesis comenzó con una reivindicación del pensamiento de Charles Tilly1. Una de las mayores aportaciones de Tilly a la investigación sobre los movimientos sociales fue desarrollar un modelo histórico-estructural de análisis de la acción colectiva. Según este enfoque, conocido como el proceso político, las formas de acción colectiva dependen del tipo de autoridades que enfrentan los desafiantes y del tipo de estructuras a través de las cuales se configura el poder político. En función de una serie de elementos del desarrollo histórico del Capitalismo (en particular el reforzamiento de los llamados Estados nacionales y la extensión del industrialismo) los caracteres de las diferentes expresiones de la acción colectiva se modifican, pudiéndose agrupar en dos grandes grupos: acciones propias de un repertorio tradicional (previo a la industrialización y a la consolidación de los Estados como maquinarias burocráticas incontestadas en su ámbito territorial) y acciones propias de un repertorio nuevo, nacional y moderno (Tilly, 1984) 2.

Las formas de acción colectiva del repertorio tradicional se caracterizan por ser localistas, poco flexibles, violentas y directas (suelen ponerse como ejemplos de este repertorio los motines de subsistencia o la destrucción de maquinaria). Por el contrario, con la llegada de la modernidad industrial, las formas de acción colectiva se harán modulares3, algo menos violentas (debido fundamentalmente a que el poder de las armas comienza, efectivamente, a ser un monopolio del Estado en su ámbito territorial) y, en general, indirectas a la hora de reconfigurar las relaciones de poder (quiere esto decir que la puesta en práctica de la acción colectiva rara vez tiene un carecer definitivo respecto al elemento de conflicto sobre el que actúa). Suelen ponerse como ejemplos de este repertorio la manifestación, la recogida de firmas o las peticiones colectivas.

La forma más desarrollada de este repertorio nuevo de acción colectiva es el propio movimiento social, en tanto que conjunto complejo de dispositivos de acción que se sostienen el tiempo. El movimiento social es, en sí mismo, un fenómeno de la modernidad (Román, 2002:14) y un producto de la organización de la clase obrera. De hecho, como señalan varios autores (Pastor, 1991; Mess, 1998; Laiz 2002, entre otros) la historia de los movimientos sociales nace como historia del movimiento obrero.

La propia noción de movimiento social tiene, de hecho, su origen en un estudio sobre el movimiento obrero francés publicado en Prusia por Lorenz Von Strein, a mediados del siglo XIX. Para evitar una censura que difícilmente hubiera tolerado el vocablo “socialista” (Pérez Ledesma, 1994:59), en el título del trabajo, Strein llamo a su obra “Historia del movimiento social en Francia (1789-1850)” (Mess, 1998: 299).

Si pensamos en una noción ulterior, la de nuevos movimientos sociales o NMS, que resultó determinante para los estudios sobre la acción colectiva a partir de los años 70 configurando varios paradigmas de análisis, vemos que el elemento determinante del término es el hecho de diferenciar las estructuras de los movimientos pacifistas, feministas, ecologistas y estudiantiles del carácter burocrático4 de las organizaciones del movimiento obrero tradicional. No hace falta afinar mucho el análisis para darnos cuenta de que si hay un elemento que diferencia la estructura de los NMS respecto a las organizaciones de los movimientos antisistémicos clásicos (partido y sindicato) es el papel que se atribuye al Estado como objeto de la acción política. Mientras las organizaciones socialistas clásicas, tanto en su versión leninista como en su versión socialdemócrata, estaban concebidas para el asalto del poder político del Estado aunque fuera por diferentes medios, las estructuras de los NMS (al menos hasta el cisma de los verdes alemanes) se orientaban hacia una actuación en los ámbitos sociales. Si algo puede querer decir la consigna “lo personal es político” es, precisamente, que hay política más allá del Estado.

Pues bien, como vamos a tratar de argumentar, el punto de partida de este cuestionamiento de las estrategias hacia el Estado de los movimientos clásicos está en el 68. 

Como vemos, el Estado no solo está en el origen de los movimientos sociales en tanto que dispositivos complejos de acción colectiva del repertorio nuevo, sino que el surgimiento de una noción (los NMS) que pretende describir un conjunto de movimientos nuevos en base a sus diferencias con los clásicos, descansa asimismo en el análisis de la relación “Estado-Política-Movimiento”.

Las estrategias hacia el Estado de los movimientos antisistémicos clásicos

El Estado, en tanto que depositario de un poder insuperable, representa la institución fundamental para entender eso que se conoce por modernidad. Sin embargo, no hay que olvidar que ello, a diferencia de lo que pueda parecer, representó una novedad histórica.

Si Maquiavelo admiraba a Fernando el Católico era porque éste empezaba a poseer lo que a los italianos les faltaba. Algo que, como no se le escapaba al florentino, representaba la clave de la política, esto es, el mejor dispositivo imaginable para acumular poder. Las tareas del gobernante que se describen en El príncipe son, al fin y al cabo, las necesarias para desarrollar y gestionar un aparato de poder estatal.

El Estado, en tanto que espacio fundamental de la acción política de diferentes actores, contenedor de regímenes normativos particulares, fuentes de producción y administración jurídica, una historia y una serie de características culturales más o menos específicas, etc. se convirtió en el terreno de estudio fundamental de la Ciencia que nace con Maquiavelo5.

En el siglo XIX, cuando los fenómenos de protesta social se articulan en movimientos sociales tras el desarrollo del Capitalismo industrial6 (lo que explicábamos anteriormente al referirnos a los repertorios de acción colectiva), la principal característica que terminará definiendo la praxis política de esos movimientos será su intento de conquista del poder político del Estado como elemento fundamental para la consecución de sus objetivos.

En diferentes trabajos, Wallerstein se ha referido a este aspecto en el desarrollo de los movimientos antisistémicos (socialistas y nacionalistas) a partir del siglo XIX. Este autor establece 8 características comunes del desarrollo histórico de estos dos tipos de movimientos entre la segunda mitad del XIX, cuando los movimientos empiezan a contar con estructuras sólidas –partidos, sindicatos y eventualmente milicias armadas- para hacer política, y 1970 (2002:29-33).

De esas 8 características comunes vamos a destacar 3.

En primer lugar, tanto los movimientos nacionalistas como el movimiento obrero experimentaron un debate en torno a si debían orientar o no su estrategia política hacia la conquista del Estado como mecanismo fundamental para lograr los objetivos políticos. En el caso el movimiento obrero esta fue la línea de fractura fundamental entre marxistas y anarquistas en la Primera Internacional. En el caso de los nacionalistas, el debate marcaba la diferencia entre el nacionalismo cultural y el nacionalismo político (nótese que el adjetivo político es una referencia directa al Estado). En ambos casos, los ganadores del debate fueron los que apostaban por ocupar el Estado.

En segundo lugar, una vez establecido el Estado como objetivo fundamental de la acción política, en ambos movimientos se abrió un debate táctico sobre los medios para conquistarlo; la famosa tensión “Reforma-Revolución”. En el caso de las organizaciones socialistas europeas, los partidarios de la reforma lograron, en general, imponer sus posiciones en los principales países europeos. Pero hubo una importante excepción, Rusia, donde el ala insurreccionalista (los bolcheviques) del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso lograron ser mayoritarios desde principios de siglo y, en octubre-noviembre de 1917, lograr importantísimos apoyos entre las masas rusas (algo que, en general, no ocurrió en otros países, como en Alemania, donde los spartakistas fueron derrotados por la Socialdemocracia).

La tercera característica común de los movimientos socialistas y de liberación nacional fue su incapacidad para desarrollar la estrategia de dos pasos (conquista del Estado-transformación social) que se habían planteado. Este es uno de los elementos históricos más destacables del siglo XX.

En los años 60, el éxito mundial de los comunistas, de los socialdemócratas y de los movimientos de liberación nacional era una realidad incuestionable. Los partidos comunistas gobernaban en Europa del Este y en buena parte de Asia Oriental; los socialdemócratas habían alcanzado el poder en algunos de los países más importantes del mundo rico (el SDP en Alemania, los laboristas en Reino Unido…) y los movimientos de liberación nacional lograban la independencia de sus países en un fenómeno de descolonización política sin precedentes. Sin embargo, los movimientos antisistémicos no estaban logrando, desde el poder del Estado, las transformaciones sociales a las que aspiraban.

En buena parte de los casos, los regímenes comunistas (a pesar su papel internacional como sostenedores de movimientos progresistas en todo el mundo) se convirtieron en maquinarias autoritarias que no terminaron de poner en cuestión ni la explotación económica ni un sistema económico mundial fundamentado en la acumulación de capital y la competición en el mercado global.

Si los socialdemócratas europeos lograron hacer reformas que llevaron a la construcción del que sería conocido como Estado del bienestar fue en gran medida por una alianza con las clases dominantes para ahuyentar el peligro comunista (como se ha comprobado tras el desmantelamiento de muchos de los elementos del welfare en los 90) pero no pasaron de ser, en el mejor de los casos, gestores del Capitalismo con cierta conciencia redistributiva.

Los movimientos de liberación nacional (marxistas o no) por su parte, no fueron capaces de alterar las estructuras económicas de explotación y dependencia que les ataban a los poderes del centro en una posición de subalternidad. La independencia política abrió paso a lo que se conoce como neocolonialismo o colonialismo económico.

Si pensamos en Cuba, donde lucha de liberación nacional, el anti-imperialismo y el marxismo se combinaron, vemos que, a pesar de las profundas reformas llevadas a cabo por los revolucionarios cubanos, el país no dejó de ser una economía periférica, sin soberanía energética ni militar (en especial tras la crisis de los misiles) basada en la exportación de azúcar y en los subsidios soviéticos. Los dramáticos cambios en la estructura económica de la isla (tendentes hacia la liberalización del mercado para poder ser competitivos en el mercado mundial) que tuvieron que llevar a cabo sus gobernantes tras la desaparición de la URSS, son un buen ejemplo de lo que decimos.

De alguna manera, los movimientos antisistémicos clásicos tuvieron éxito en el primer paso de su estrategia (la conquista del poder del Estado) pero fracasaron en el segundo (cambiar el mundo, como dice Wallerstein).

A nuestro juicio, lo más importante del 68, como proceso revolucionario mundial, es la reacción ante este fracaso.

El fracaso de Lenin y el 68

Cuando el jefe de los bolcheviques rusos logró imponer su heterodoxia entre los cuadros de su organización, no pensaba que fuera posible la construcción de algo que pudiera parecerse al Socialismo, en los límites geográficos de Rusia. Si para algo podía servir aprovechar la situación excepcional generada por la guerra en Europa, era para desencadenar un proceso revolucionario general en el viejo continente. La insurrección rusa debía ser la chispa que encendiera las maquinarias políticas de los movimientos socialistas realmente importantes y con capacidad para dirigir un proceso de transformación de escala internacional: el movimiento obrero alemán en primer lugar, y el francés y el inglés, en segundo lugar.

Sin embargo, ese acontecimiento que, en palabras de Eric Hobsbawm (1995), inició el breve siglo XX, quedó finalmente limitado en las fronteras rusas y sirvió para establecer unas reglas de la política mundial que, tras las Segunda Guerra Mundial, quedaron inalteradas en lo esencial hasta la caída del muro de Berlín. El breve siglo XX fue el siglo de la política de los Estados.

Por lo tanto, a pesar de la lucidez leninista que trató de entrever una política más allá del Estado, el desarrollo de los acontecimientos circunscribió las posibilidades políticas de los movimientos antisistémicos al ámbito estatal. La política de construcción del Socialismo en un solo país y defensa de la Unión Soviética fue la clave que articuló al movimiento comunista internacional tras la derrota de los espartaquistas y el fracaso de los intentos trotskistas de construir un movimiento paralelo al comunismo “oficial”.

Con el movimiento comunista -al que Tarrow definió como el más importante del siglo XX (2004:274)- convertido en un instrumento de la política exterior (pragmática por definición) de la URSS, el leninismo dejó de ser la clave heurística de la transformación revolucionaria para convertirse en un conjunto de recetas para la actividad política estatal de los partidos comunistas, en el marco de los intereses de la URSS. Esta pérdida de la heurística revolucionaria, es la clave del fracaso de Lenin.

La derrota de los revolucionarios y los republicanos en España y la división geopolítica del mundo en áreas de influencia entre la URSS y Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, no hicieron sino consolidar esa realidad. Es cierto, como señalaremos a continuación, que el maoísmo chino y su noción de la lucha de clases como proceso permanente e inherente a la propia construcción del Socialismo abrió algunas esperanzas entre los izquierdistas de todo el mundo (esta es la clave principal para entender a la extrema izquierda sesentayochista) pero Liu Shao-Chi venció a Mao en su polémica sobre si China era o no socialista.

Mientras el PCUS defendía la posibilidad de construir el Socialismo de manera particular en diferentes estados, el PCCh de Mao consideraba que ese proceso solo se podía dar de manera simultánea. Mientras Mao defendía que la lucha de clases continuaba y se agudizaba después de la toma del poder por parte de los comunistas, Liu Shao-Chi, en la línea de los soviéticos, defendía que en China (como en la URSS) no había ya lucha de clases7. Finalmente el pragmatismo se impondría en China, que quedaría convertida para siempre en un proceso político nacional que, desde Deng Xiaoping, se ha demostrado como el gestor estatal del Capitalismo más eficiente a nivel mundial, siendo el más serio aspirante a poner en cuestión la hegemonía de los USA8.

El breve siglo XX empezó a agotarse con la intensificación de los procesos de integración económica y el fin del Fordismo. En algunos de los países centrales se habló de sociedades de la abundancia y de frustración de las aspiraciones generacionales. El proceso político global más relevante que acompañó a ese conjunto de transformaciones que empezaban a erosionar el orden de Yalta, fue la revolución del 68.

En la defensa de nuestra tesis, expusimos de manera más sintética este planteamiento. La respuesta de Jaime Pastor9 (quien además fue protagonista en primera persona de los acontecimientos del 68 en Francia y España) fue más que clara: en el 68 no se puso en cuestión la estrategia de conquista del poder estatal por parte de la izquierda radical.

Ello no se producirá hasta los años 80. En el 68 lo que se produce más bien es una proliferación de pequeños partidos con aspiraciones revolucionarias desde visiones hiperleninistas. Para Jaime Pastor, Wallerstein tan solo sugiere que el 68 deja una serie de preguntas abiertas sobre la posibilidad de que existan formas de poder social más importantes que el poder político.

En lo que al análisis de Wallerstein se refiere, basta a acudir a sus textos; en especial su artículo “1968, Revolution in the World-System” (2002[1989]) para darnos cuenta de la claridad de su planteamiento. La tesis segunda del citado artículo declara que la protesta del 68 se produjo también contra los movimientos antisistémicos de la vieja izquierda y en el desarrollo de la misma se alude específicamente al fracaso de la estrategia de transformación social desde el Estado (2002 [1989]:348).

En lo que se refiere a la proliferación de grupos de extrema-izquierda desde posiciones hiperleninistas, entendemos que la clave para entenderlos es la crítica radical que plantearon a las organizaciones y a las estrategias políticas de la izquierda clásica. El 68 no solo fue una revolución contra la hegemonía de los EEUU y las formas de organización social del Capitalismo, sino también contra el Socialismo real de influencia soviética y, sobretodo, contra las organizaciones y las estrategias de la izquierda clásica en los países occidentales.

Si por algo puede definirse a los grupos de izquierdistas que abrazaron el trotskismo y el maoísmo es por un intento de volver al punto de partida de la reflexión leninista de 1917; la posibilidad de una revolución mundial. El hiperleninismo de los revolucionarios del 68 tiene poco de clásico si por ello se entiende ese marxismo-leninismo (con guión) que fue la doctrina pragmática del comunismo oficial soviético y sus organizaciones políticas dependientes en otros países. Si muchos izquierdistas miraron a China fue porque la revolución cultural parecía representar un desafío revolucionario a la realpolitik soviética.

Es precisamente en esa dinámica de recuperación de una perspectiva global de la lucha revolucionaria donde se entienden los intentos revolucionarios periféricos como la Tricontinental del Che Guevara y su táctica foquista o el panafricanismo revolucionario de Frantz Fanon.

La terrible consecuencia10 de los jóvenes guerrilleros urbanos europeos de la Fracción del Ejército Rojo en la República Federal de Alemania, o de los weathermen norteamericanos tratando de llevar la guerra imperialistas al corazón de la metrópoli, hijos del 68 donde los haya, camina en la misma dirección: un alejamiento de la izquierda clásica y una apuesta por la globalización de la lucha política en clave militar-revolucionaria.

Cuando a día de hoy nadie cuestiona el globalismo de Al-Qaeda en su forma de concebir su práctica religiosa-política-militar (ese terrorismo global usado por EEUU y sus aliados para justificar su política exterior) es importante recordar que del 68 nacieron proyectos revolucionarios armados en todo el mundo que trataron de desafiar muchas al mundo bipolar.

Los jóvenes europeos y norteamericanos que decidieron practicar la lucha armada en el corazón del Capitalismo nunca tuvieron ninguna posibilidad de vencer (aunque en el caso de los alemanes, mientras recibieron la protección y cierto apoyo logístico de la RDA fueron un factor de desestabilización nada despreciable); el Che fue asesinado víctima quizá de sus propios errores tácticos y Frantz Fanon, después de tratarse sin éxito su leucemia en la URSS y en EEUU, moría en un hospital de Nueva York siendo testigo de la derrota del panafricanismo. En China, el fracaso de Mao limitó las ilusiones en un proyecto del que la izquierda occidental nunca llegó a conocer mucho más que los mitos de la literatura de Malraux.

Sin embargo, los revolucionarios del 68 cambiaron la forma en que habría de desarrollarse la acción colectiva para siempre. Desde entonces, la acción colectiva recorrió caminos distintos a la estrategia en dos pasos y a la centralidad de la clase obrera fordista en la transformación social.

En los 70 y en los 80, tras los movimientos estudiantiles, llegarían los NMS (ecologistas, verdes y feministas) y las campañas por los derechos de las minorías. Estos movimientos rechazaban la conquista del poder del Estado y las formas organizativas jerárquicas concebidas para ocupar y gestionar organizaciones administrativas estatales.

Rechazaron que los problemas de las mujeres y las minorías étnicas fueran a solucionarse en una etapa posterior a la liberación material y pusieron el acento en la politicidad de ciertos aspectos de la vida personal y de la forma de existencia social, yendo más allá de la noción de alienación en los procesos productivos. Hasta la victoria de los realos en Alemania, los NMS fueron un punto de referencia para el radicalismo de izquierda, al menos en Europa y EEUU.

Ya en los 90, la izquierda radical sufría en sus carnes la crisis de identidad derivada la caída del muro de Berlín y de la derrota definitiva del proyecto soviético.

Como corolario a la ideología fukuyamista se pensó incluso en un crepúsculo definitivo del antagonismo político en los países del centro y en su sustitución progresiva por formas más o menos institucionalizadas de solidaridad asistencial a través de ONG´s o asociaciones humanitarias. Pedro Ibarra y Benjamín Tejerina escribían en 1998 sobre la emergencia de nuevos actores que operan en el ámbito de la solidaridad con los sectores menos favorecidos o marginados de las sociedades occidentales…Este grupo de movimientos por la solidaridad ha conseguido tal grado de expansión y tal reconocimiento social que la opinión pública tiende a confundirlos con la totalidad de los movimientos sociales…Desde la perspectiva del discurso social dominante…de los marcos centrales de interpretación y otorgamiento de sentido…estos movimientos solidarios son los verdaderos movimientos sociales (Ibarra/Tejerina, 1998:10).

Sin embargo, el primero de enero de 1994, coincidiendo con la entrada en vigor el tratado de libre comercio entre EEUU, Canadá y México, un ejército guerrillero indígena se levantaba en México definiendo en su discurso al Neoliberalismo como enemigo de la humanidad. Poco después, de las redes internacionales de solidaridad con el Neozapatismo mexicano surgieron los colectivos que llevaron a cabo los llamamientos a la acción en Seattle (1999) y Praga (2000) de los que nacería, al menos mediáticamente, el movimiento global.

La protesta global más allá del Estado: Repeating Lenin?

Una de las críticas planteadas por Paloma Román en el acto de defensa de nuestra tesis fue que, a duras penas, quedaba clara en nuestro texto la distinción entre Estado y Nación y que había una contradicción inherente en defender la decadencia tendencial de las atribuciones soberanas del Estado y referirnos continuamente al Estado español.

Respecto a esta segunda crítica debemos reconocer que es absolutamente justa y así lo aceptamos en el acto. Aún cuando en el prefacio de la tesis dedicamos unos párrafos a explicar por qué hay momentos en los que hablamos de España y momentos en los que hablamos de Estado español a lo largo del texto, la contradicción no deja de ser evidente. Como señalaba Román ¿Qué sentido tiene hablar de Francia, Alemania, Italia y del Estado español? Si, por otro lado, hemos defendido hasta la saciedad que el Estado no es lo que era ¿Acaso estamos otorgando al Estado cuyo nombre oficial es España una relevancia particular?

En la replica señalamos que el término que realmente nos hubiera gustado usar es el de “Provincia España”, acuñado por Carlos Prieto en un artículo en la New Left Review (2005), pero que ello probablemente hubiera despertado reacciones difíciles de prever entre los miembros del tribunal. Había también una razón ulterior para no utilizar la denominación “Provincia España” que no señalamos en el acto de defensa pero que vamos a reconocer ahora. La noción de Carlos Prieto, que nos parece virtuosa, desencadenó una dura reacción11 por parte del profesor y activista gallego, afincado en Cataluña, Raimundo Viejo Viñas. Para Raimundo, la propia noción revela en sí misma una suerte de españolismo (al reconocer implícitamente, al nombrarla, la existencia de una realidad nacional y desconocer otras). Por españolista si que no estábamos dispuestos a pasar y por eso reservamos para mejor ocasión un ajuste de cuentas con Raimundo a propósito de este tema.

Respecto a la primera crítica planteada por Román queremos señalar lo que sigue. La propia noción de Nación resulta extremadamente conflictiva pero precisamente en la medida en que es perfectamente disociable del concepto de Estado (de otro modo, no habría movimientos nacionalistas cuya aspiración es un Estado). Asimismo, la noción entra de lleno en cuestiones referidas a la cultura y a las identidades. Es evidente que en nuestra tesis no tenemos demasiado interés por la noción de nación y si por la de Estado, en tanto que depositario de poder pero, desde el momento en que identificamos el poder estatal con la soberanía, está no puede residir en el Estado sin más, sino en la Nación, como históricamente se han encargado de normativizar los ordenamientos constitucionales. Por eso, cuando hablamos de poder postnacional queremos decir que se ha producido un trasvase de las atribuciones soberanas desde el Estado hacia agencias globales de gestión. Ese tipo de soberanía, que será sobre la que dirijan su acción los movimientos globales es, por lo tanto, postnacional.

El desarrollo del Capitalismo global que acabó con una URSS, incapaz de competir en el mercado mundial (Boswell/Chase-Dunn, 2000: 133-157), provocó también una tendencia a la transferencia del poder soberano desde las agencias administrativas estatales hacia agencias supranacionales de gestión y producción económica, jurídica, militar y política de tipo regional (como la Unión Europea a pesar de sus fracasos a la hora de seguir aglutinando poderes políticos) o de tipo global (como las organizaciones que heredaron el orden económico de Bretton Woods; la OMC, el FMI y el BM y, en el plano militar, la últimamente tan globalizada OTAN). Al mismo tiempo, la influencia política a través de lobbies globales de las corporaciones multinacionales no ha dejado de crecer.

Aunque, históricamente, ningún Estado ha podido nunca sustraerse completamente a las dinámicas político-económicas sistémicas, en la actualidad, las limitaciones a la hora de tomar decisiones que afecten de manera seria a la economía, que pongan en cuestión el papel militar que juega ese Estado en el área geopolítica en la que se adscribe o que planteen reformas políticas que no sintonicen con su área regional de referencia, tienen una dimensión inédita.

Este conjunto de limitaciones a la soberanía ha provocado que el Estado, en tanto que interlocutor o sencillamente sujeto desafiado o a cuyo poder aspiran los diferentes actores políticos (partidos o movimientos) sea cada vez menos poderoso, aún cuando su papel siga resultando fundamental. Como venimos diciendo, ahora más que nunca, son las organizaciones de gestión global las que ven aumentar su poder soberano (sin legitimación en nación o mecanismo procedimental alguno), siendo los verdaderos productores de las decisiones económicas de alcance global.

Durante el acto de defensa de nuestra tesis, Ariel Jerez llamó la atención sobre la importancia del Estado en los procesos de transformación en curso en América Latina. Es cierto que el proceso liderado por Venezuela (y al que, con diferentes ritmos, se han incorporado Ecuador y Bolivia) en un contexto de fracaso y retroceso de las políticas neoliberales en el conjunto de la región, ha abierto muchas esperanzas y ha generado cambios importantes. Sin embargo, nos parece un error pensar que la clave del proceso está en el potencial transformador de las estructuras estatales. Si Venezuela está jugando un papel tan importante no es ni por las virtudes políticas de su presidente (muchas de ellas discutibles) ni por la eficacia de su administración (muy discutible también) sino por la posición de privilegio del Estado venezolano en tanto que gestor de un recurso determinante (el petróleo) en el mercado mundial. Ello es lo que permite a Venezuela destinar recursos a políticas sociales e incluso llevar a cabo una política exterior comprometida y beligerante contra los EEUU. Si pensamos en Paraguay, por ejemplo, donde el izquierdista Fernando Lugo acaba de alcanzar la presidencia, es difícil ser muy optimista a la hora de imaginar las posibilidades de transformación política de un gobierno dependiente de la exportación de soja transgénica y del contrabando, cuya soberanía energética está en manos de Brasil. De muy poco le va a servir a Lugo su “estadito” para mejorar la vida de la gente; su única opción, como la del Gobierno boliviano amenazado desde dentro y desde fuera y la de tantos otros, es apostar por un proyecto de integración con otros países latinoamericanos. El Estado, en siglo XXI, se queda más que corto para la transformación social.

La gran lección del 68 fue precisamente poner al descubierto el fracaso de las estrategias de transformación social desde el Estado de los movimientos antisistémicos clásicos. Si la extrema izquierda miró a China y a los movimientos guerrilleros periféricos fue porque parecían representar una posibilidad revolucionaria en un mundo pactado. Si los NMS y los movimientos de solidaridad se ocuparon de aspectos de la forma de existencia social descuidados por la izquierda clásica (el género, el medio ambiente, la sexualidad, la protección de las minorías, etc.) fue porque descubrieron que el poder de regular la vida no solo se hallaba en las estructuras administrativas del Estado.

La gran aportación de los movimientos globales ha sido dirigir su mirada allí donde esta el poder; las instituciones de gestión del Capitalismo global. De alguna forma, ello les ha situado en el punto de la reflexión leninista previo a la insurrección, a saber, la actualización del marxismo ante el desarrollo del Capitalismo imperialista de la época.

Estamos seguros de que los movimientos globales tienen pocas posibilidades a corto plazo de desencadenar un proceso revolucionario global, pero se han situado exactamente en el lugar donde la reflexión y le heurística revolucionaria son posibles; el espacio postnacional. Ello les ha dado cierta ventaja sobre otras agencias políticas tales como los partidos, cuyas estructuras siguen centradas en unidades administrativas menores. No debe olvidarse que esta es una de las claves que explica las dificultades de estos a la hora de influir en organizaciones regionales o globales. Si pensamos en Europa, es cierto que los partidos representados en su parlamento se organizan por tendencias, pero a nadie se les escapa la escasa relevancia de este parlamento en relación a las competencias de la Unión.

En ese sentido, los movimientos globales han puesto sobre la mesa el problema de las inercias, tanto de los partidos y los sindicatos tradicionales que siguen privilegiando el escenario estatal en su actividad, como de los movimientos nacionalistas que siguen pretendiendo aspirar a la formación de un Estado como instrumento de transformación.

Recientemente, el profesor Cotarelo polemizaba desde su blog con la profesora Consuelo Laiz a propósito del un libro que esta politóloga comparte con Patxi Zabaleta y Juan José Laborda, en el que el dirigente abertzale y el de la federación vasca del PSOE discuten a propósito de la compatibilidad entre izquierda y nacionalismo. Si efectivamente la clave del debate es esa (solo conocemos el libro por la reseña de Cotarelo) no entendemos la importancia de darle vueltas a una discusión iusfilosófica sobre la preeminencia de los derechos individuales sobre los colectivos o viceversa. Si el problema es si nacionalismo e izquierda son compatibles, la clave habrá de estar en si el Estado es un instrumento de transformación social efectivo o no.

Si la izquierda cometió un error en el siglo XX, fue el despreciar la fuerza de los elementos étnicos y nacional-populares a la hora de articular políticamente a las clases subalternas. Nadie puede negar la importancia de esos elementos a la hora legitimar un Estado. Pues bien, si de lo que se trata es de conquistar el Estado, nacionalismo e izquierda serán perfectamente compatibles y altamente recomendables, como siempre tuvieron claro los revolucionarios periféricos. Sin embargo, a día de hoy, quizá la cuestión que debieran plantearse los patriotas vascos de izquierda (a los socialistas vascos entiendo que difícilmente se les puede aplicar este calificativo) es si un Estado propio iba a representar un avance en clave socialista.

Hemos explicado ya la distinción entre las formas tradicionales y modernas de los repertorios tradicional y nuevo de acción colectiva, para comprender lo que llamamos repertorio postnacional. En el periodo actual, las transformaciones del Capitalismo hacia modalidades productivas flexibles y la tendencia decadente del Estado como agencia detentadora de la soberanía en favor de instituciones de gestión global, han posibilitado formas de acción colectiva que no se dirigen al poder del Estado como principal adversario, interlocutor o instrumento para la transformación. Este es el principal desafío que han lanzado los movimientos globales al replantear algo que fue fundamental en la genealogía de los movimientos socialistas y que estaba vivo en la reflexión de Lenin en 1917, a saber, la movilización política más allá de los límites del Estado. Quizá esto es algo que los nacionalistas de izquierda no han terminado de entender todavía.

Notas

1 La intervención está disponible también en you tube, véase http://www.youtube.com/watch?v=BFVw56GhQK8

2 Tarrow refiere también una dimensión cultural de los repertorios de acción colectiva en tanto que contenedores de una cultura política de la protesta que define lo que los desafiantes saben hacer y lo que se espera que hagan (Tarrow, 2004:59).

3 La modularidad de una forma de acción colectiva alude a la facilidad de la misma para ser llevada a la práctica en diferentes contextos y espacios y con finalidades distintas. Respecto a la modularidad de la construcción de barricadas en al Paris del siglo XIX, Tarrow señala: los franceses sabían donde hacerlas y habían aprendido a usarlas (2004:58). 

4 No damos aquí a la noción burocracia una connotación negativa. Entendemos que, al menos desde Michels, las dinámicas organizacionales tienen una serie de tendencias inevitables.

5 Hasta tal punto que, como sabemos, para los aspectos referidos al sistema político internacional (o interestatal) se crearon disciplinas o sub-disciplinas como las relaciones internacionales, en una posición subalterna (al menos en la Europa continental) respecto al Derecho, la Historia o la propia Ciencia Política.

6 Tales fenómenos de protesta social representan un área de estudio distinta de la que se encarga de los movimientos sociales. Entre los estudios más famosos referidos a las formas de protesta previas al movimiento obrero, destacan trabajos como los de Rudé (1978), Edward Thompson (1989), o Eric Hobsbawm (1974). En lo que se refiere a las rebeliones con perfiles étnicos en áreas periféricas, puede destacarse el clásico de C.L.R. James “Los jacobinos negros” sobre una revolución dentro de una revolución, Haití, donde los esclavos llevaron más lejos que nadie muchas de las claves de la revolución francesa.

7 Al respecto de la polémica, Wallerstein señala: Mao Tse-Tung propone entender la sociedad socialista como un proceso más que una estructura. Como Frank y Sweezy…considera el sistema-mundo y no el Estado-nación como unidad de análisis. El análisis de los académicos soviéticos, por el contrario, plantea la existencia de dos sistemas-mundo con dos divisiones del trabajo distintas, que coexisten uno junto a otro, aunque el sistema socialista aparezca dividido (Wallerstein, 2002[1974]: 96). Precisamente aquí, en la crítica al doctrinarismo y al pragmatismo estatalista soviético, está una de las claves para entender el interés por el maoísmo de la izquierda radical en el 68. 

8 Véase, al respecto, Arrighi (2007). 

9 La intervención está disponible en you tube. Véase: http://www.youtube.com/watch?v=BFVw56GhQK8

10 La expresión la hemos tomado del título de una entrevista al militante de la RAF Stefan.Wisniewski (2000).

11 Y en lo que a nosotros respecta una larguísima discusión que se prolongó hasta alta horas de una madrugada del verano de 2007.

Bibliografía citada

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-Boswell, T. y Chase-Dunn, C. (2000): The Spiral of Capitalism and Socialism. Toward Global Democracy. Colorado, Lynne Rienner Publishers.

-Cotarelo,       R      (2008):      “Nacionalismo        e      izquierdismo”.       En http://cotarelo.blogspot.com/2008/06/consuelo-laiz-buena-amiga-y.html

-Hobsbawm, E. (1995): Age of extremes. The short twenty century 1914-1991. Londres: Abacus.

-Hobsbawm, E. (1974): Rebeldes primitivos. Barcelona, Ariel.

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-Rudé, G. (1978): Protesta popular y revolución en el siglo XVIII. Barcelona, Ariel.

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Una respuesta a Repeating Lenin?: Del 68 a los movimientos globales

  1. Pablo Quevedo dijo:

    En el 68 hubo una Revolucion? lo que hubo fue unas grandes movilizaciones anarquistas sin fines objetivos para tomar el poder, se reconoce y la apoyamos pero no se materializo en ninguna accion concreta , si reconozco que fue una lucha que movilizo a todos en el mundo para tomar el cielo por asalto pero enseña, así como lo que sucede en Chiapas el cual considero que es una experiencia que se debe estudiar para criticarla profundamente por no intentar siquiera disputarle el poder a los explotadores de México, que movimientos de este tipo son solo vapores de la fantasia. Repito son experiencias que debemos conocer y profundizar para no cometer los mismos errores, y saber actuar o proponer como debemos hacer para que los explotados conquistemos el poder del estado para luego si se realiza en la mayor cantidad posibles de estados a nivel mundial( al mismo tiempo, no tiempo real sino relativamente cercano) ir logrando su extincion de la manera de como lo lograron los capitalistas cuando desplazaron del poder a los aristocratas cuando lo que existia era el feudalismo y lo realizaron progresivamente en todo el mundo.

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