Alexis de Tocqueville y Carlos Marx: afinidades y antagonismos

Dicen las malas lenguas que toda comparación es odiosa; pero en los tiempos que corren se me ocurren montones de cosas y situaciones a las que odiar, como para dedicarle tal negatividad a la pobre comparación.

Pues de eso va nuestra propuesta de hoy. Comparar dos clásicos: uno de los nuestros y otrotocqueville perteneciente a otra tradición. Uno es, al menos para nosotros, bastante conocido: Carlos Marx. El otro, Alexis de Tocqueville. Ambos fueron coetáneos (Marx murió en 1883 y Tocqueville en 1859) y reflexionaron sobre las mismas cuestiones: sobre el cambio social, la revolución, la política, la sociología… y sin embargo, uno es un liberal de tomo y lomo y el otro, su antítesis, su opuesto. Pues bien, el profesor J-P. Mayer -estudioso y buen conocedor de Tocqueville– asumió la tarea y nos legó el siguiente escrito. Pasen, pasen y lean…

Abrazos fraternales. Olivé

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE Y CARLOS MARX: AFINIDADES Y ANTAGONISMOS

Jacob Peter Mayer

 

Pour qu’une pensée change le monde,
il faut d’abord qu’elle change
la vie de celui qui la porte. Il faut
qu’elle se change en exemple.

ALBERT CAMUS

 

La profunda transformación histórico-mundial, tal como la estamos viviendo desde 1914, nos ha obligado a reconsiderar a aquellos pensadores que habían previsto nuestra crisis, analizando sus motivos con los métodos científicos de su época. Entre ellos constan el español Donoso Cortés, el francés Alexis de Tocqueville, el suizo Jacob Burckhardt y los alemanes Carlos Marx y Max Weber.

Vamos a hablar sólo de Tocqueville y Carlos Marx. Alexis de Tocqueville, descendiente de una antigua estirpe aristocrática franco-normanda —un clérel de Tocqueville participó, junto a Guillermo el Conquistador, en la batalla de Hastings—, era trece años más joven que Marx. El abuelo, de parte materna, de Tocqueville, Lamoignon de Malesherbes, ostentaba un alto cargo jurídico-administrativo en el Antiguo Régimen francés; mientras la Policía registraba la casa del editor de la Gran Enciclopedia, como director de la librería y representante de la censura oficial había guardado los escritos de Diderot en su casa: Malesherbes murió en la horca como defensor de Luis XVI, después de haber regresado a París de su emigración en Suiza contra la voluntad de sus amigos, corriendo conscientemente el peligro que le amenazaba; es un caso poco común de manifestar la lealtad (1). El padre de Tocqueville era prefecto en varias provincias francesas durante la Restauración, escapando en último instante al peligro de ser ejecutado, y durante mis investigaciones en el castillo Tocqueville, cerca de Cherburgo, en la costa normanda, tuve ocasión de contemplar un cuadro, en el que el padre de Tocqueville está dictando informes administrativos al pequeño Alexis, de unos quince años de edad, extraordinariamente atento a sus palabras. Hace poco se ha descubierto un documento, en que Malesherbes de Tocqueville es caracterizado de la siguiente manera: «Je suis le petit-fils de M. de M. Personne n’ígnore que M. de M., après avoir défendu le peuple devant le Roi Louis XVI, a défendu le R. L. XVI devant le peuple. C’es un double exemple que je n’ai point oublié et que je n’oublierai jamáis.» También con su padre se encontraba Tocqueville en una relación profundamente espiritual y moral.

Marx procedía de una vieja familia judía de rabinos. Sin duda es también una especie de aristocracia, pero menos abierta a la realidad, y aún menos en la Alemania de principios del siglo XIX, en que representaba un mundo aparte. El padre de Marx era abogado y convertido al protestantismo. Había sido nombrado consejero jurídico (Werner Blumenberg nos ha ofrecido en su sutil biografía de Marx (2) un penetrante análisis de la historia familiar de los Marx, a la que me refiero aquí de un modo especialísimo).

Mientras Tocqueville se dedicaba en la Sorbona al estudio de la carrera de Derecho, Marx se doctora, según se sabe, en Filosofía. Aunque había estudiado también Derecho, nunca llegó a ejercer esta profesión; mientras tanto, Tocqueville, que ingeriría ya desde los primeros días de su vida las altas tradiciones en el campo de la Administración, pasa a ocupar poco después de haber terminado sus estudios el cargo de juez de Pesquisas en Versalles. Indudablemente, los dos pensadores habían leído el libro del mundo de una manera completamente distinta. Estoy seguro de que la gran tradición francesa de magistrado, que se remonta hasta Bodino y Montesquieu, empujó a Tocqueville, junto a su talento natural, hacia el descubrimiento del conjunto de estructuras sociales a través de las estructuras jurídicas. Aún más, por experimentar las estructuras jurídicas un proceso de transformación mucho más lento que otras estructuras sociales. Así, por ejemplo, son todavía reconocibles en la América de hoy las estructuras jurídicas de los años treinta del pasado siglo, a pesar de ciertas transformaciones importantes. Por consiguiente, Tocqueville no era un «profeta de la edad de masas» propiamente dicho, como lo había visto al iniciar mis trabajos sobre él, sino más bien un gran analizador. Fue Dilthey quien le atribuyó el fango de Aristóteles y Maquiavelo. En cambio, los análisis generales de Marx quedan limitados a libros y con frecuencia a lo periodístico. A pesar de ello, las afinidades entre Marx y Tocqueville son muy profundas.

En el Manifiesto comunista leemos que «la historia de toda la sociedad es la historia de la lucha de clases». En un lugar de su obra sobre la Revolución francesa, que apenas llama la atención, cuyo primer tomo apareció en 1856 con el título L’Ancien Régime et la Révolution, Tocqueville escribe : «Hablo de clases; ellas, de por sí, deberían preocupar a la Historia» (3). Otro fondo común en ambos pensadores consiste en que a la Revolución de 1789 la consideran tan sólo como fase de un proceso general revolucionario europeo. En el 18 Brumario, de Marx, podemos leer:

«Revoluciones burguesas, al ejemplo del siglo XVIII, se lanzan con más rapidez de un éxito a otro, superándose sus efectos dramáticos; hombres y cosas parecen ser abrazados por las llamas, y el éxtasis es el fenómeno de todos los días; sin embargo, su vida es corta, pronto llegan a su punto final y la sociedad se ve sorprendida por un prolongado grito de llanto; ello antes de poder digerir lentamente los resultados de su período de empuje y de explosión. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se están criticando mutuamente, interrumpen continuamente su marcha en su propia exteriorización, vuelven a lo aparentemente conseguido, machacan cruelmente las mediocridades, debilidades y ridiculeces de sus primeros intentos, obligan a ponerse de rodillas a su adversario como si se le permitiese recuperar sus fuerzas para enfrentarse de nuevo con ellas, retroceden una y otra vez ante la imprecisa enormidad de sus propios fines, hasta que es creada la situación que hace imposible cualquier intento de vuelta, y las circunstancias mismas exclaman:

Hic Rhodus, hic salta !

¡Aquí está la rosa, aquí baila!» (4).

En relación con estas expresiones de Marx, el análisis del carácter revolucionario del proceso social es en Tocqueville francamente más moderado. En sus Memorias encontramos el siguiente pasaje: «Cuando se observa nuestra historia de 1789 a 1830 desde lejos y en su conjunto, con razón se nos presenta como la imagen de una tenaz lucha entre el Antiguo Régimen, sus tradiciones, recuerdos, esperanzas y sus representantes de origen aristocrático y la nueva Francia guiada por la burguesía. En 1830 termina el primer petriodo de nuestra revolución; en todas las polaridades del destino hay sólo tina y siempre la misma revolución, cuyos orígenes habían visto nuestros padres y cuyo fin, según parece, no podremos presenciar nosotros» (5). Tocqueville escribió sus Memorias después del golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851; probablemente constituyen uno de los más objetivos y penetrantes análisis de la revolución de 1848 (las Memorias no fueron publicadas sino en  forma fragmentaria hasta después de la muerte de Tocqueville en 1893; en 1.964 publiqué la versión definitiva como tomo XII de la edición completa  francesa de las obras de Tocqueville).

Ambos pensadores consideran el problema de la propiedad como centro de todo desarrollo revolucionario. La teoría marxista de la «supresión» de la  sociedad capitalista, haciéndola pasar a un orden social de más calidad que es el orden socialista, en que la libertad sustituye al yugo del capitalismo, concede sólo al proletariado el papel de ser portador de esta misión histórica  de «desaparición». También en este caso el análisis de Tocqueville es mucho más moderado. Una vez más podemos leer en sus Memorias:

«¿Siempre se guiará el socialismo bajo la tremenda presión de desprecio que han merecido los socialistas de 1848? Pongo esta pregunta sin contestarla. No dudo de que con el tiempo las leyes fundamentales de nuestra sociedad moderna cambiarán considerablemente; esto acaba de ocurrir ya en muchos casos de sus reglas fundamentales. Pero ¿serán suprimidas alguna vez por completo y reemplazadas por otras? Me parece imposible. De ello no quiero hablar  más, porque cuanto más investigo la situación anterior del mundo, mejor  conozco el mundo actual; cuanto más tajante es en mí la toma de conciencia de la extraordinaria multitud no solamente de leyes, sino también de principios que las dominan, asimismo cuanto mejor conozco incluso la variedad de las formas adoptadas por todas partes por el derecho de la propiedad, hecho que subsiste hasta hoy día, más me inclino hacia la convicción  de que las llamadas instituciones necesarias son frecuentemente instituciones por el puro azar de haberse acostumbrado a ellas y que, por tanto, existen  muchas más posibilidades en el campo del orden social de lo que se imaginan los hombres que viven dentro de una determinada sociedad» (6).

En este punto, el pensamiento sociológico de Tocqueville y Marx puede ser localizado aún con más precisión. Ambos hablan de la «abolición de las clases» (abolition des classes); sólo que, cada uno se refiere a un asunto completamente distinto. Una nota que apenas salta a la vista en el último tomo de la Democracia en América (vol. I, 2, pág1. 266 de mi edición francesa)  nos ofrece la oportunidad de definir la diferencia entre los dos pensadores con mayor exactitud. Aquí Tocqueville dice: «Bajo el régimen de castas siguen sucediéndose las generaciones sin cambiar de posición los hombres; unos no esperan ya nada; otros, nada mejor. La imaginación se ha dormido en este silencio y en esta inmovilidad universal; ni siquiera la idea misma del movimiento es capaz de penetrar en la mente humana. Cuando las clases  sean abolidas (lo subrayado es mío) y las condiciones se igualen considerablemente,  pasará lo de siempre: los hombres se excitarán, pero cada uno se quedará aislado, abandonado y sin fuerza para actuar. El último caso difiere, sorprendentemente, del primero, aunque será análogo en que grandes revoluciones del espíritu humano resultan ser en esta situación poco frecuentes.» Hay que añadir algo más, una nota de Tocqueville que se encuentra en la  página 288 de la misma obra: «En caso de hallarse un pueblo bajo un régimen socialdemócrata, es decir, cuando en su seno ya no existen castas y tampoco  clases, y en que todos los ciudadanos participan casi por derecho igual  en la formación y en los bienes, el espíritu humano reacciona en sentido  contrario. Los hombres se parecen el uno al otro, y no obstante, sufren de  alguna manera, precisamente por parecerse el uno al otro. Lejos de conservar  lo que pueda ser diferencia entre ellos, se limitan a reclamar ser absorbidos  por la masa como tal que, en su opinión, es el único factor que representa el derecho y la fuerza. El sentido de la individualidad casi ya no existe.»

Pues bien; para Marx la abolición de las clases significa, en cambio, el «salto a la libertad». Personalmente eso sigue siendo una utopía muy peligrosa, y buena prueba de ello es nuestra experiencia histórica.

Por cierto Tocqueville y Marx no se han conocido personalmente. Cuando en 1843 Marx viene a vivir a la calle Vaneau, en París, es un refugiado político desconocido, que entra en contacto con sus correligionarios, con los socialistas  franceses y rusos (dicha calle se encuentra en las proximidades de la de Chanalailles, casa del actual conde de Tocqueville). En aquel tiempo,  Tocqueville ostentaba ya la investidura de miembro de la Academia Francesa (desde 1841), siendo asimismo caballero de la Legión de Honor (desde  1837) y diputado por el distrito electoral de Valognes en 1839; finalmente  —las not least—, autor de una obra que le haría mundialmente famoso: De la Démocratie en Amérique.

Desde el punto de vista social no hubo entre los dos pensadores ningún puente. Seguramente habrá conocido Marx la obra de Tocqueville, según se desprende de una nota insertada en los Anales germano-franceses en relación con el artículo escrito por el mismo en torno a La cuestión judía. Al margen, quisiera señalar que el ateísmo de Marx (el hombre es dios de los  hombres) oscila entre el ateísmo materialista de la Ilustración y el activismo prometeístico de los Jungdeutschen. (En esta relación índico la obra de Georges M. M. Cottier, L’Athéisme du jeune Marx. Ses Origines Hégeliennes,  París, 1859.) En este aspecto se manifiesta un profundo antagonismo entre Marx y Tocqueville. A pesar de quedarse alejado Tocqueville del cristianismo  hasta los años cuarenta (del siglo en cuestión), siempre conservará en sí  la fuerza moral de las convicciones religiosas desde el punto de vista sociológico.  A continuación, debido a desilusiones políticas de la revolución de 1848,  durante la cual desempeña un destacado papel como constitucionalista y ministro  de Asuntos Exteriores, Tocqueville empieza a recuperar la fe de su familia hasta morir, en 1859, como católico convencido. Siempre que las  obras de Tocqueville se refieren a la función social del comportamiento religioso de los creyentes —así, De la democracia en América, El Antiguo Régimen e incluso su estudio sobre la India, hecho que me parece especialmente importante en relación con Marx—, demuestran un alto grado de musicalidad, tratándose de un don que Max Weber rehuiría, con toda razón, fuera aplicado a él. ¿Acaso no es lo que Proudhon, buen conocedor de la obra de  Tocqueville, quería resaltar?

El fondo espiritual común entre Tocqueville y Marx queda puesto de relieve también a través de dos ejemplos más: comparando el apartado final del famoso capítulo 24 de El Capital —«Tendencia histórica de la acumulación capitalista»— con el capítulo 20 del segundo tomo de La democracia  en América —«Comment l’aristocratie pourrait sortir de l’industrie»—, resulta  que el jurista Tocqueville no es tan ajeno a análisis económicos de la  sociedad moderna como se ha llegado a afirmar en alguna ocasión. Confrontémoslo: «La expropiación de los productores inmediatos se lleva a cabo con  el más despiadado vandalismo y bajo el impacto de las más infames, sucias  y odiosas pasiones. La propiedad privada, creada, diríase, mediante acumulación  de los esfuerzos individuales dentro de las respectivas condiciones laborales,  es aplastada por la propiedad privada capitalista, que se basa en la explotación del trabajo ajeno, pero formalmente libre. Una nueva forma de socialización del trabajo, así como el nuevo paso en la transformación del  suelo y de otros medios de producción como factores de explotación social y colectiva —de ahí nueva expropiación de las propiedades privadas—, se da en la medida en que este proceso de transformación haya descompuesto la vieja estructura social en profundidad y amplitud, según el grado de convertirse el obrero en proletario y sus condiciones de trabajo en capital y hasta que el sistema capitalista de producción haya llegado a ser un fenómeno capaz de manifestarse independientemente. Lo que queda ahora por expropiar ya no es el trabajador, sino el capitalista que explota a muchos trabajadores que trabajan por su cuenta.» Es inequívoca la agresividad de Marx.  Mientras tanto, el aristócrata Tocqueville se expresa de la siguiente manera: «En la medida en que las masas populares vayan adoptando formas democráticas  de vida, la clase que trabaja exclusivamente en la industria se sentirá  cada vez más aristocrática. Dentro de una clase, los hombres se parecerán «cada vez más el uno al otro; los de la otra clase, sin embargo, se diferenciarán  cada vez más, el uno respecto de otros, ya que la desigualdad social aumenta en una sociedad reducida, de la misma manera que disminuye en una sociedad grande… Lo que ocurre es que esta clase de aristocracia no tiene nada que ver con las formas anteriores… En el seno de las sociedades aristocráticas reducidas, que crean en la actualidad ciertas Empresas industriales, dadas las inconmensurables condiciones democráticas, hay, como en las grandes sociedades aristocráticas de los viejos tiempos, hombres muy ricos, por un lado, y una multitud de hombres muy pobres, por otro… La aristocracia de productores de nuestros días… remite a los hombres a centros de Beneficencia públicos para alimentarlos en épocas de crisis; ello una vez haberse aprovechado de sus servicios, convirtiéndolos en pobres y apáticos…  En líneas generales, creo que la aristocracia de fabricantes que nace delante de nosotros es una de las más crueles que jamás haya existido en la tierra;  no obstante, es un grupo muy reducido, y por tanto, el menos peligroso. A pesar de ello, los partidarios de la democracia han de seguir velando, porque si el mundo se viera invadido de nuevo por la desigualdad de condiciones sociales y por la aristocracia, bien pudiera admitirse que entrarían precisamente por esta puerta.» No es difícil localizar los fenómenos abordados por los dos sociólogos, sólo que las respectivas conclusiones finales son bien diferentes. No hay que olvidar que ambos habían conocido la obra de Jean-Baptiste Say, que con acierto sintetizó el pensamiento económico de su  época. Doy por conocidos los extractos que Marx publicó en forma de cuadernos de los escritos de Say (compárese Mega, III, págs. 437 y sigs.}. También Tocqueville publicaba extractos del Traité d’Economie politique, de Say;  ello antes de escribir su obra De la Démocratie en Amérique, (Próximamente publicaré estos extractos en un tomo de Mélanges como parte de mi edición  conjunta en francés) (7).

Las afinidades entre Marx y Tocqueville encuentran, una vez más, su  manifestación concreta. Ambos han proyectado su punto de vista europeo-americano de la historia social hacia lo universal. Aproximadamente a partir de 1850 Marx analizaría las estructuras sociales y económicas rusas y asiáticas; pero también Tocqueville comenta a Haxthausen, preparando un  estudios sobre la India, que hemos publicado por vez primera hace unos años en el primer tomo de sus escritos políticos. Al parecer, sólo a través de concebir lo no europeo es posible llegar a la comprensión categorial de la auténtica sociología. Hasta aquí las afinidades de los dos pensadores.

Examinemos ahora sus antagonismos. Estos pueden ser ilustrados, lo más adecuadamente posible, en relación con sus respectivas concepciones de Estado.  Para Marx, el Estado no es sino un instrumento de explotación de una clase por otra. La revolución proletaria conduce hacia la desaparición del Estado. Nadie mejor lo ha puesto de relieve que Lenin al mixtificar la teoría del Estado, tal como la concebía Marx, convirtiéndola en la base de la  Rusia bolchevique, al menos hasta el estallido de la segunda guerra mundial. (Digo mixtificar por existir tendencias decididamente evolucionarias de la teoría marxista del Estado, según se puede comprobar con el texto de la segunda edición del 18 Brumario, o teniendo en cuenta el famoso discurso  de Marx pronunciado en La Haya, al que me refería ya hace más de treinta años (8). Las ideas de nuestros clásicos políticos avanzan, sin embargo, a  través de la Historia en forma desfigurada; Tocqueville no representa una  excepción: durante los trabajos de la Asamblea Nacional de Alemania  de 1848, Tocqueville figura tan sólo como técnico del Derecho constitucional americano, y no precisamente con gran éxito; lo mismo se puede decir  de la discusión constitucional de la Tercera República francesa, después de la guerra franco-alemana de 1870-71. La comprensión del sociólogo Tocqueville empieza a perfilarse sólo con el discurso de Dilthey pronunciado a  principios del presente siglo en la Academia de Berlín) (9).

Poco antes de producirse la revolución de Octubre, en enero-febrero  de 1917, Lenin anotó las siguientes tesis: «I. En la sociedad capitalista, Estado en el sentido propio de la palabra. II. Transición (dictadura del proletariado),  Estado como fase provisional (Estado no en el sentido propio de la palabra). III. Sociedad comunista: desaparición del Estado.» Probablemente no hubo en la historia universal una teoría del Estado con  tan graves consecuencias, y ciertamente no hubo otra que fuera tan alejada de la realidad histórica. Porque el Estado soviético puede ser cualquier cosa menos un fenómeno en «desaparición». Igual que en los países occidentales, donde el Estado se ha hecho más fuerte y omnipresente. Tal como  lo había previsto Tocqueville.

Según él, la centralización del Poder de Estado es irreversible: esta tendencia es común a todos los Estados europeos. Han sido destruidos, o están en trance de desaparecer, los privilegios de la nobleza, las libertades estamentales y la autonomía provincial. La uniformidad llega a ser ley para el mundo moderno. Tampoco se escapó a Tocqueville la aparición del «nuevo  despotismo» en forma de funcionarios. En una nota que consta en el tomo final de la Democracia en América dice: «En la medida en que aumentan  las funciones del Poder central, crece también el número de funcionarios como sus representantes. Forman una nación dentro de cada nación: puesto que el Poder central les garantiza su estabilidad, los funcionarios de cada  nación vienen desalojando, cada vez más, a la aristocracia» (10).

Ahora bien: con ello no hemos adquirido todavía una imagen perfecta  del nuevo Leviatán, según lo había concebido proféticamente Tocqueville. Con la creciente centralización, el Poder de Estado es también más inquisitorio e incisivo: «Por todas partes penetra, más y más, en los asuntos privados; regula a su manera sobre todo comportamientos menos importantes,  estando diariamente del lado del individuo, le rodea, le ayuda, le aconseja,  le mantiene en jaque.» Asimismo crece la actividad económica del Estado moderno. En la expresión de Tocqueville, el Poder de Estado no intentará  tan sólo convertirse en el primer industrial del país, sino también apoderarse de todos los industriales privados, obligándolos a someterse a su control.

En oposición a Marx, en Tocqueville igualdad y libertad están en una  peligrosa situación de tensión. Formula la estructura de dicha tensión con las siguientes palabras: «Mientras la revolución democrática se hallaba en su mejor momento, los hombres se limitaban a combatir y destruir las viejas prerrogativas aristocráticas, sintiéndose iluminados por un acusado espíritu de independencia; sin embargo, a medida que se completaba la victoria  de la igualdad, los mismos hombres se entregaban cada vez más a sus instintos naturales, producto de esta igualdad, haciendo, por tanto, fortalecer y centralizar el poder social. Querían ser libres para hacerse iguales, pero como la igualdad debe su fuerza a la libertad, ésta misma se convierte en  problemática.»

Tocqueville vuelve a insistir con frecuencia en ello; el despotismo que  pone en peligro la sociedad democrática es un fenómeno nuevo, sin que encuentre analogías en la Historia. Dice que «el asunto es nuevo y hay  que describirlo, ya que a no ser así no puedo darle un nombre». Observa las masas de los iguales que se dedican al comercio con el fin de proveerse  de insignificantes y vulgares distracciones. La «edad de las facilidades»  irrumpe tal como la profetizó ya Goethe, mostrando síntomas de gran preocupación  por este hecho. Sobre los hombres se extiende un enorme e ilimitado  Poder central: «Se hace cargo de su seguridad, les facilita distracción, dirige su industria, regula su sucesión. ¿No significa eso que es capaz de encargarse por completo de su manera de pensar y de vivir?» En 1840 no existían ni cine ni televisión, pero esos aparatos del conformismo institucional de masas no han debilitado en nada la fuerza de la argumentación de Tocqueville.

¿Puede la moderna sociedad de masas prevenir este nuevo despotismo? Tocqueville subraya los requisitos institucionales de primer rango como posible instrumento de equilibrio contra el nuevo despotismo: Administraciones secundarias (comunales, locales y provinciales) con representantes elegidos, un sistema legal independiente, libertad de Prensa e inviolabilidad de los Parlamentos. Salta a la vista la influencia de las tradiciones inglesas al referirse a las normas funcionales del Estado, hecho que estudió en Gran  Bretaña durante sus tres viajes de 1833, 1835 y 1857. Además, Tocqueville mantenía con Inglaterra contactos muy estrechos a través de  su amistad con Henry Reeve y Nassau William Sénior; en una carta dirígida a Sénior dice que Inglaterra es para él su «segunda patria». Sus relaciones con John-Stuart Mill eran más frías, pero es importante el intercambio de correspondencia entre ellos. La sociedad aristocrática e intelectual de la Europa decimonónica era mucho más cerrada e íntima que ahora; en la  actualidad, sobre todo en América, nos persiguen los periodistas incluso hasta nuestro dormitorio. Es útil recordar que las estructuras estatales de Inglaterra hoy día ya no son tan perfectas como las quería ver Tocqueville.

Al final de su Democracia en América, Tocqueville se refiere a ciertas-  Asociaciones -Corporaciones secundarias- que deberían representar al comercio y a la industria, hasta a las ciencias y artes. En su función de élite,  dichas Corporaciones bien pudieran ejercer las funciones sociales de la antigua  aristocracia. De su correspondencia con Mill se deduce que Tocqueville  presentía la importancia de la formación de esa nueva élite. También en este terreno empezaría un proceso de reajuste y de replanteamiento respecto  a nuestro futuro…

A partir de los años cincuenta del pasado siglo, Marx vivía como refugiado político, rodeado de sus compañeros de viaje y completamente al margen de la realidad político-social de la Inglaterra previctoriana.

Resumiendo, hay que subrayar, una vez más, la postura de los dos pensadores acerca del problema de la democracia. Ambos reconocen que la rueda de  la Historia no puede volver a la época de antes de 1789. «El lugar de la vieja sociedad burguesa —leemos en el Manifiesto comunista—, con sus clases y antagonismos de clase, será ocupado por una asociación en que el  desarrollo libre de cada uno significa el desarrollo en libertad para todos.»  La sociedad socialista era para Marx una sociedad de hombres libres e iguales. Sin embargo, al respecto no existe ningún ejemplo en la Historia, ¡Al  contrario! A pesar del realismo de la llamada concepción materialista de la Historia, Marx permaneció un utópico, a pesar de haber tomado una postura muy radical contra los utópicos socialistas. En cambio, Tocqueville reconoce que la igualdad puede conducir, en la democracia, hacia el despotismo. Igual que su gran maestro Montesquieu, hace diferencia entre democracias libres y no libres. Lo que pasa es que Marx no consiguió descubrir  el fenómeno del Estado moderno de masas. No por haber menospreciado  los movimientos de las masas sociales en la Historia, sino por no darse cuenta  de la masificación que nos ataca y amenaza a todos.

Al examinar los cuadernos en que Marx publicaba extractos, y que representan lo más acertado en cuanto a su formación intelectual, uno se encuentra  con extractos de Spinoza y Rousseau, tratándose en ambos casos de los pensadores que más decididamente influirían en la elaboración de su teoría del Estado; ambos prestaron atención a la democracia dentro de un Estado pequeño. Con frecuencia me pregunto si no es ésta la causa de no poder ver Marx el proceso de masificación de nuestra sociedad. Disponemos también de un cuaderno con extractos de L’Esprit des Lois (compárese Mega, I, 2,  páginas 121 y sigs.). Para Tocqueville, Montesquieu era siempre un contemporáneo,  y los dos siguientes ejemplos prueban que Marx no los tomó en  consideración. Mientras tanto, para Tocqueville son de importancia fundamental  en su sociología política, libro III, cap. 3: «Quand Sylla voulut  rendre a Rome la liberté, elle ne put plus la recevoir; elle n’avait plus qu’un faible reste de vertu… tous les coups portèrent sur les tyrans, aucun sur la tyranie… Les politiques grecs, qui vivaient dans le gouvernement populaire, ne reconnaissaient d’autre forcé qui put les soutenir que celle de la vertu. Ceux d’aujourd’hui ne nous parlent que de manufactures, de commerce, de finances, de richesses et de luxe méme.» En el libro XI, capítulo 4,  por su parte, consta que «la démocratie et l’aristocratie ne sont point des Etats libres par leur nature…» Habría deseado poder comparar a Marx y Tocqueville como lectores de Montesquieu, tal como lo ha hecho Brunschvicg con Descartes y Pascal como discípulos de Montaigne. Esta tarea corresponde, quizá, a un investigador más joven.

Acabamos de señalar la oscilante valoración del Derecho electoral en general  por Marx. El problema de la democracia, del Derecho electoral y de la representación se relacionan, estructuralmente, de una manera muy estrecha entre sí. Me permito citar algunas líneas de mi querido amigo Ernst Fraenkel (sin su consentimiento), que proceden de su libro Die repräsentative und plebiscitäre Komponente im demokratischen Verfassungsstaat (Tübingen,  1958): «Burke y Fox, Madison y Hamilton, Mirabeau y Siéyes han  puesto los cimientos para comprender la idea moderna de representación.»  (Tocqueville estuvo muy familiarizado con las ideas de estos pensadores, según  se desprende de sus propios trabajos. Acaso convendría añadir a la lista de Fraenkel también el nombre de Royer-Collard) Fraenkel continúa: «Desconozco pensadores y políticos de la misma categoría que hubieran figurado entre los teóricos y padres políticos del sistema representativo.» Acto seguido,  Fraenkel hace una referencia a Hegel: «Es casi imposible incluir entre ellos a Hegel, que en la Filosofía de la Historia ve al sistema representativo como una modificación de la democracia directa; modificación que es el resultado de la extensión territorial del Estado moderno…» En mi opinión, es este elemento de la democracia directa el que no permitió a Marx descubrir la  estructura del Estado moderno. A continuación, Fraenkel manifiesta que «la  dinámica que emana de la tensión representativo-plebiscitaria no logró echar raíces en Alemania como consecuencia de una propia concepción, sino más bien en relación con la experiencia y el estudio de la Revolución francesa». Hasta aquí Fraenkel. No olvidemos que Malesherbes y otros familiares de  Tocqueville terminaron en la horca, y que su padre, al salir de la prisión  debido a la muerte de Robespierre, llevaba el pelo blanco a pesar de contar  tan sólo con veintitantos años de edad. La Gran Revolución tuvo su resultado final: Napoleón I era para Tocqueville una experiencia política de primerísima categoría.

Examinemos la última diferencia entre Marx y Tocqueville en sus respectivos enjuiciamientos de las relaciones entre la teoría política y la práctica política. En su Tesis acerca de Feuerbach, Marx escribe que «toda vida social es sustancialmente práctica. Todos los misterios que tienden a mixtificar  la teoría encuentran su solución racional en la práctica de los hombres  y en el modo de plantear esta práctica». O también: «Los filósofos  no han hecho sino interpretar al mundo desde diferentes puntos de vista; lo  que pasa es que es preciso cambiarlo.» Estas tesis definen, por consiguiente,  la pretendida e inalterable unidad entre teoría y práctica en Marx.

También en este caso es distinta la postura de Tocqueville; para él, el portador de la acción política procede de una esfera más general. A principio  de los años cincuenta, probó en un discurso pronunciado en la Academia, que, por ejemplo, la acción política del estadista-historiador (¿se refería a Thiers y Guizot?) se deja influir a menudo por situaciones o estructuras del pasado.  Las masas se dejan convencer sólo en plazas públicas u oficiales. Así, resulta  -que en sus discursos parlamentarios simplificaba conscientemente la expresión  y las ideas; en cambio, ocupándose aisladamente de los problemas, su  postura es bien distinta. No obstante, hay que admitir que también en Marx existe un fenómeno parecido. El comunista instruido teóricamente es automáticamente líder de las masas; «Los comunistas tienen la ventaja, respecto  a las demás masas del proletariado, de disponer de directrices teóricas en cuanto a las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento  proletario» (compárese Der historische Matenalismus, tomo II, página  589). Este es, para Lenin, el punto de partida para su teoría de la vanguardia del proletariado. Tocqueville, por su parte, no está tan convencido de la calidad de liderazgo del teórico, considerando que el gran Montesquieu habría sido probablemente un ministro muy mediocre. Dada mi propia experiencia política, podría mencionar otros y muchos nombres más… Cuando otro régimen napoleónico se encontraba en la cumbre, Tocqueville, en el prólogo de su L’Ancien Régime, pone de relieve que: «La libertad  por sí sola puede combatir con éxito, en las sociedades democráticas, sus vicios naturales y mantenerlos al margen del alcance. Fue precisamente la  libertad la que consiguió sacar al ciudadano de su soledad…: la libertad reúne a las personas en un ambiente de agrado todos los días a base de la necesidad de conversar, aconsejarse y agradarse recíprocamente al abordar la dirección de los intereses que les son comunes. Sólo la libertad es capaz de liberar a los ciudadanos del culto al dinero y a las pequeñeces de todos los  días dentro de su esfera privada para que sigan sintiendo en cada instante,  por encima de sí mismos y junto a sí mismos, la presencia de la patria en el sentido exacto de la palabra; sólo la libertad puede neutralizar, al menos de cuando en cuando, la vanidad de vivir cómodamente ofreciendo pasiones  más viables y tangibles a la ambición en forma de adquirir objetos más nobles que riqueza; igualmente proporciona la luz que permite descubrir y enjuiciar vicios y virtudes de los hombres.» Con eso se puede comprobar la postura normativa de Tocqueville en que se funda su sociología política. Por  cierto también Marx dispone de una fundamentación normativa, según se  deduce de su trabajo Nationalökonomie und Philosophie (economía y filosofía), cuya importancia había puesto de relieve por primera vez en 1931 (11).  Por muy enriquecida que fuere desde entonces la interpretación de este estudio en relación con el problema de comprender a Marx, él mismo se ha refugiado más tarde, con sus antecedentes espirituales, en una curiosa combinación  de los métodos positivista y dialéctico, por cierto a expensas del  «marxismo». Frecuentemente me preguntaba a mí mismo durante estos últimos  años si los numerosos estudios en Alemania, Francia y otros países que giran  en torno al sentido de la autoalienación de Marx contienen, en realidad,  algo positivo para poder comprender nuestra época.

¿Es necesario que una teoría fiiosófico-sociológica tenga como base precisamente al fenómeno de la masificación? Creo haberlo probado sirviendome de la sugerencia de Tocqueville. Para él, el problema del moderno Estado de masas es un problema existencial, al que es imposible enfocar mediante una reorganización de la actividad económica o dentro de la estructura social. Para localizar este fenómeno, ¿no habrá que recurrir a sectores humanos  mucho más profundos, como es, por ejemplo, la antropología francesa,  con Claude-Lévi Strauss al frente (12), y que sólo ahora empieza a ser  tenida en cuenta? ¿Es capaz, en efecto, la llamada razón dialéctica de abarcar  el conjunto de las diversas estructuras de lenguaje, sociales y culturales del Oeste y ante todo del Este? ¿No nos limitamos, acaso, demasiado a lo europeo? En este sentido quisiera comprender mis observaciones acerca de Marx y Tocqueville. Hace algunos años me atreví, en Sociology of Film, a penetrar en este tan extenso campo del fenómeno de masas con el fin de  aplicación de una adecuada teoría política. El libro siguió su propio camino,  pero desde que existe esa potencia mundial que lleva el nombre de televisión, los problemas aquí planteados y sus posibles soluciones se han agudizado aún más. En la Democracia en América, de Tocqueville, hay un capítulo  sobre el teatro, siendo un tema tratado ya por Aristóteles en su Política.  A pesar de ello, ¿cuál de nuestros politosociólogos se ha fijado en lo que representa Estado y masificación, o ha logrado solucionar el problema de su relación interna?

Prosigamos con las ideas del gran francés: «Sociedades democráticas que no son libres pueden llegar a ser fuertes y poderosas por el peso del volumen  de sus masas, aparte de ser ricas, refinadas, instruidas y hasta atrayentes; pueden encontrarse en ellas virtudes personales, buenos padres de familia, comerciantes honrados y grandes propietarios muy estimados; incluso  habrá buenos cristianos, puesto que su patria no es de este mundo, y la gloria  de su religión consiste en sacarlos adelante dentro del más descompuesto  ambiente moral y bajo los más nefastos Gobiernos; el Imperio romano estaba lleno de ellos en el momento de su extrema decadencia. Me atrevo a decir que en la sociedad de esta clase nunca puede haber ciudadanos conscientes y responsables, y aún menos un gran pueblo; no vacilo en afirmar que se irá irresistiblemente abajo el nivel moral y espiritual existente mientras vayan emparejados la libertad y el despotismo.»

Hemos intentado contraponer a Tocqueville y Marx. No era, tampoco es,  mi intención de optar por uno o por otro, aunque admito que mis simpatías  personales se dirigen más hacia el gran francés. Se necesitarían nuevas investigaciones para localizar el impacto histórico de ambos pensadores. Sólo ocasionalmente pude señalar este aspecto. Hoy día Marx resulta ser actual tan sólo en Asia, y también en una forma simplificada, igual que como ocurrió en Europa. La simplificación se ha extendido también a la obra de Tocqueville; todos los grandes pensadores políticos corren la misma suerte. Sin embargo, el repentino renacimiento de la obra de Tocqueville (13), tal como  se está llevando a cabo, y dentro del cual caen también mis contribuciones,  prueba que estamos en el camino de hacernos una idea completa de la unidad histórico-social. No es que estuviéramos dispuestos a aceptar sin objeción alguna la concepción tocquevilliana del mundo. No es éste el fin del renacimiento de Tocqueville. (Incluso su análisis de las técnicas americanas  de funcionamiento del Estado es hoy día insuficiente y tampoco era exacto en el año 1835; además, no conoció bien la estructura social y estatal china;  en un sentido u otro, mutatis mutandis, es aplicable también a Marx, puesto que era producto de su época.) Tenemos que dejar de oponer nuestra concepción político universal del mundo a la del francés; éste puede enseñarnos cómo abordar los verdaderos problemas, pero en esta fase de progresiva masificación de la sociedad nuestras respuestas serán distintas. Por tanto, hay que presentar preguntas lo antes posible.

En una carta dirigida a John Stuart Mill, Tocqueville se muestra insatisfecho del resultado de la publicación del segundo tomo de su Democracia en América, y su descontento lo manifiesta con las siguientes palabras (14): «El segundo tomo de la Democracia resultó ser menos popular que el primero… Me preocupa mucho que esté obligado a buscar en mí mismo el  error en que había caído. Creo que éste pueda consistir en el planteamiento mismo de la obra. Contiene algo oscuro y problemático, que no alcanza a la multitud. Cuando hablé única y exclusivamente de la sociedad democrática de los Estados Unidos, todo el mundo lo entendía. También habrían entendido con bastante facilidad si hubiera hablado de nuestra sociedad democrática en Francia, tal como es en la actualidad. Sin embargo, el problema  consiste en que he tomado como punto de partida las ideas que se me ofrecieron  en relación con la sociedad americana y francesa, pretendiendo localizar los caracteres generales de las sociedades democráticas, sin que exista al respecto un modelo definitivo…» 

Este «modelo» es hoy día ya una realidad; pero, ¿qué postura tomamos nosotros hacia ella? El gran mérito de Tocqueville consiste en haber sintetizado un análisis universal del mundo histórico-social, basado en una orientación sólida de valores, aunque no siempre claro.

Quisiera poner punto final a esta observación citando en su idioma original  una carta para que las generaciones jóvenes tengan una idea de lo que era su gran autor. Sin duda alguna formará, en este sentido, una de las joyas de la maravillosa historia de la literatura francesa (15). Tocqueville la  dirige a su amigo Stoffels, estando escrita en julio de 1848, durante la revolución  :

«En somme, j’en suis à me demander, si d’ici à tres longtemps on pourra  ríen batir de solide et de durable sur le sol mouvant de nôtre société, méme  le pouvoir absolu, dont tant de gens, las des orages, s’accomoderaient faute de mieux comme d’un port. Nous n’avons pas vu commencer cette grande  révolution dans l’espèce humaine; nous la verrons pas finir. Si j’avais des  enfants, je leur répéterais cela sans cesse, et je leur dirais tous les jours que  nous sommes dans un temps et dans une société où il faut se rendre propre a  tout et se préparer a tout; car nul n’y est sur de sa destinée. Et j’ajouterais  ceci, surtout, que c’est bien dans ce pays qu’il convient de ne compter sur  quoi que ce soit qu’on puisse vous enlever, mais songer seulement a acquérir  ce qu’on peut perdre qu’en cessant de vivre: L’énérgie, le courage, la science, l’esprit de conduite. Adieu, mon cher ami, dans ce que je te dis de sombre sur l’avenir, fais la parte de la disposition mélancolique où me jette le moment où je t’écris, et crois toujours á ma tendré amitié…» (16).

NOTAS

1. Véase MALESHERBES : Mémoires pour servir á l’Histoire du Droit public de la France en matière d’impôts ou Recueil de ce qui s’est passé de plus intéressant à la Cour des Aides, depuis 1756 jusqu’au mois de juin 1775- Bruxelles, 1779. No existe, todavía, una obra adecuada sobre el gran juez de la Administración francesa. Véase, al menos, P. GROSCLAUDE; Malesherbes. Témoin et Interprète de son temps. París, 1961.

2. W. BLUMENBERG: Karl Marx. Reinbek bei Hamburg, 1962.

3. ALEXIS DE TOCQUEVILLE: Oeuvres Completes. Ed. por J. P. Mayer, II, 1, 2ª edición, París, 1961, pág. 179.

4. Compárese KARL MARX: Der 18. Brumaire des Louis Bonaparte. Editado por J. P. Mayer, 6.a edición, Berlín, 1932, págs. 23 y sig.

5. Oeuvres Completes, Ed. por J. P. Mayer, vol. XII, París, 1964, pág. 30.

6. Ibid., págs. 96 y sig.

7. Sobre SAY, véase el importante libro de ERNEST TEILHAC: L’Oeuvre Economique de ]ean Baptiste Say, París, 1927.

8. J. P. MAYER (Ed.): Marx-Engels un der kapitalistische Staat, Berlín, 1931, páginas
23 y sig.

9. DlLTHEY: Gesammelte Schriften, tomo VII, págs. 104 y sig. Ya en 1895 DlLTHEV
puso de relieve la gran «capacidad analizadora» de Tocqueville. Compárese la obra cit., Gesammelte…, tomo V, pág. 271.

10. En relación con esta y las siguientes citas véase mi libro Alexis de Tocqueville, Prophet des Massenzeitalters, 2.a edición, Stuttgart, 1955.

11. KARL MARX: Der historische Materialismus. Die Frühschríften. Editado por’
S. Landshut y J. P. Mayer, Leipzig, 1932. La segunda edición, que corre a cargo de
S. Landshut, es considerablemente abreviada eliminando cuidadosamente las huellas de
mi colaboración. Véase, asimismo, J. P. MAYER : Karl Marx über Nationalökonomie
und Philosophie, Zíirich ,«Rote Revue», 1931, reprod. en Geist und Tat, Frank£urt/M.,
febrero de 1964.

12 Señalo los siguientes libros del importante antropólogo francés: Anthropologie
structurale, París, 1958; La Pensée sauvage, París, 1962; Mythologiques, Le Cru et le
Cuit, París, 1964.

13. Compárese mi conferencia dada en el Instituto de Estudios Políticos, Madrid: El renacimiento de Alexis de Tocqueville, 1965.

14. Oeuvres Completes, cit., vol. I, 2, París, 1961, pág. 381.

15. Ver mi conferencia Alexis de Tocqueville: contemporáneo nuestro, publicado en REVISTA DE ESTUDIOS POLÍTICOS, 1963, págs. 24 y sig.

16. Al revisar la presente conferencia para la imprenta, aparece el libro de mi estimado amigo RAYMOND ARON: Essai sur Les Libertes, París, 1965, en donde, también, presta atención a TOCQUEVILLE y MARX. Nuestras respectivas contribuciones coinciden, naturalmente, en algunos puntos. Sólo que para mí TOCQUEVILLE no es un «liberal» en el sentido exacto de la palabra, ya que él mismo se caracterizó como «liberal de nuevo tipo». ARON, siguiendo la tradicional línea del pensamiento sociológico francés, se inclina, más que yo, hacia generalizaciones. En mi opinión, mi contribución subraya la fundamentación jurídica e histórica del pensamiento tocquevillano. En lo concerniente a MARX, ARON lo ve más bien desde el punto de vista filosófico; en cambio, mi aspecto es más bien político.

 

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