El problema nacional y la revolución socialista

EL PROBLEMA NACIONAL Y LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

ALFREDO BAUER*

Los grandes pensadores marxistas nos enseñaron que nuestra actitud en la cuestión nacional debe subordinarse, no sólo a la situación histórica de cada momento, sino también a los intereses globales del proletariado internacional. El dictamen es, sin duda, correcto en general, pero se presta sin embargo a errores en su aplicación práctica. Y tales errores fueron cometidos una y otra vez por representantes de todas las tendencias políticas del movimiento socialista.

Por varias décadas fue discutida la “clásica” divergencia entre la defición de “nación” proporcionada por los bolcheviques rusos: “comunidad estable, históricamente formada de territorio, de lengua, de economía y de carácter nacional”; y la de “los austríacos” (Otto Bauer y Springer) que reduce la identidad nacional a una particularidad individual semejante a la religiosa, reconociendo a los individuos la “autonomía cultural”, pero a “la nación” en conjunto ningún derecho, y menos el de separarse de una estructura multinacional formando su propio Estado.

Hubo por cierto “errores”, a veces gravísimos, por parte de ambas tendencias; pero nunca hay que olvidar que, mientras las consecuencias funestas de la “doctrina austríaca”, consistentes en la dispersión política de los pueblos danubianos en beneficio de sus respectivas burguesías y del imperialismo alemán, surgieron a raíz de la propia doctrina; las relacionadas con la política nacional del poder soviético se debieron a su tergiversación o aplicación equivocada. Por ejemplo, como bien lo señala Doménico Losurdo, a la errada idea de que las diferencias entre las naciones desaparecerían con mucha rapidez, una vez efectuada la revolución socialista.

Es lógico que los que exponían sus definiciones y conceptos relativos a la cuestión nacional, aportaran ejemplos relativos a la formación y evolución de diferentes naciones. Es conocida la polémica llevada a cabo por el propio Lenin con los compañeros del “Bund” judío, negando a los judíos de Europa oriental el carácter de “nación”, precisamente por carecer de territorio común compacto; pero atribuyéndoles, sí, el de “nacionalidad”. (Tal carácter, claro está, no podía incluir a los judíos occidentales, –por más que lo sostuvieran los “autonomistas” con Simón Dubnov a la cabeza–, que carecían, ¡y carecen!, también de la lengua común). José Stalin, que también hizo un sustancial aporte a la doctrina bolchevique en la materia con su libro El marxismo y la cuestión nacional (1912-1913), aporta, entre otros, el ejemplo del surgimiento de la nación norteamericana. Si el “carácter nacional”, la “cultura nacional” propia fuera, independientemente del territorio, lo determinante, los colonos ingleses que emigraron a Norteamérica nunca se habrían diferenciado de los ingleses que permanecieron en Inglaterra; y mucho menos en tal medida que ello se plasmara en una sangrienta guerra independentista. La misma consideración podría efectuarse a las naciones latioamericanas; si bien hay que tener en cuenta que, especialmente en aquéllas donde la población indígena permanecía numerosa y ostentaba un considerable nivel cultural, este elemento jugaba asímismo en la formación y el desarrollo de la nueva nación un papel considerable.

Es poco conocido, incluso dentro de su propio país, el marxista austríaco Alfred Klahr que, polemizando con su compatriota Otto Bauer, aportó importantísimos elementos definitorios con respecto a la formación y a la misma existencia de la nación austríaca, aportes que pueden sin duda ser aplicados a la teoría de la “cuestión nacional” en general. Si bien Klahr se basa muy sustancialmente en la definición proporcionada por Stalin, agrega un elemento que tiene significativa importancia y que es, por cierto, aplicable universalmente: que la lucha contra un poder opresor, –que puede en su comienzo no haber tenido un carácter de definición nacional–, puede adquirirlo precisamente en el curso de la misma. Klahr señala que, en el caso de Austria, coexistían durante más de un siglo la conciencia nacional alemana y la austríaca, cobrando importancia esta última hasta imponerse en el curso de la lucha contra la dominación imperialista nazi-alemana. Pero la afirmación tiene, como lo decíamos, significancia universal. Pues, en rigor, toda definición nacional “es ruptura” y se efectúa “en lucha contra un enemigo”, pudiendo tratarse de otra nación, o de un elemento hostil de la naturaleza (el mar por ejemplo). Nuestro compatriota Hernández Arregui señala, con razón, que la lucha emancipadora latinoamericana (a diferencia de la antiabsolutista y antinapoleónica en España con la cual estaba consustanciada en un comienzo), carecía del elemento nacional y lo adquirió en el curso de la lucha antirrealista. La lucha por la emancipación y la unidad nacional alemana tenía un carácter antifrancés (y tal vez también antirruso); la de Italia era antiaustríaca y antiespañola; la de Holanda y de Portugal eran antiespañolas; la de los pueblos danubianos antiaustríaca; la de Polonia, antirrusa, la de los pueblos árabes, en un principio, antiturca; y así de seguido. Ni hablar de los pueblos propiamente “coloniales” del siglo XX. (Huelga decir que, si afirmamos todo eso, en modo alguno renegamos de nuestra convicción internacionalista, ni hacemos ninguna concesión, en materia doctrinaria, al nacionalismo burgués, del signo que sea.

Lo esencial de nuestra convicción internacionalista es, por supuesto, que consideramos a la propia “nación” no como “eterna”, como sí la consideran los racistas y los nacionalistas, sino como una estructura “históricamente formada”; que tuvo por lo tanto su comienzo y tendrá, sin duda, su final. Es interesante señalar que, en el momento de formarse las grandes naciones de Europa Occidental, la propia idea de “lo nacional” era “históricamente nueva”; es decir, reñida con la ideología tradicional, propia del feudalismo. Reñida por supuesto también con la doctrina de la Iglesia Cristiana, que no era, como algunos lo afirman, “internacional”, sino propiamente “anacional”, puesto que desconocía simplemente la idea de “nación”. La primera doctrina que cuestionaba a la doctrina cristiana “clásica” sostenida por el Papado Romano: el humanismo, fue todavía, también, anacional. No así la segunda, la Reforma. Los humanistas también hablaban y escribían en latín y en griego, ya que no se dirigían a las masas populares; y esto ha de haber sido la causa de que casi no fueron molestados por la Curia Romana ni por la Inquisición. Los reformadores, en cambio, sí escribían en las lenguas nacionales, a pesar de dominar todos ellos el latín a la perfección: Martín Lutero, Tomás Múnzer y Ulrico Zwinglio en alemán, Juan Calvino en francés, John Wicliff y John Knox en inglés, Simón Budny y Martín Czechowicz en polaco, Primos Trubar en esloveno, etc., etc.

Entre los monarcas de la época hubo quienes simplemente desconocían el factor nacional; incluso los hubo entre monarcas que ostentaban una notable categoría personal y política como Felipe II de España y Fernando II de Austria. Y hubo monarcas que sí lo entendían, como Enrique IV de Francia e Isabel I de Inglaterra, o que por lo menos intuitivamente lo tenían en cuenta, como aquel perverso que era Enrique VIII de Inglaterra y aquel “loco iluminado”, Sebastián I de Portugal. Ni hablar de geniales estadistas como los cardenales Richelieu y Mazarino en Francia y Albrecht von Wallenstein en Alemania.

Este conflicto esencial entre “lo nacional” y “lo anacional”, poco tratado en general por la historiografía científica, fue manejado en cambio, con maestria, en algunas grandes obras literarias, como por ejemplo la gran novela biográfica Enrique IV de Heinrich Mann y algunas novelas históricas de Lion Feuchtwanger.

Es siempre peligrosísimo manejarse, al tratar problemas históricos, con analogías; pero nunca tanto como precisamente en la cuestión nacional. La revolución alemana de 1848, a diferencia de la Gran Revolución Francesa que se  encontró ya con esa tarea histórica concretada por la monarquía absoluta, tenía como tarea esencial la unificación democrática de la nación. Era justo, o sea, históricamente progresista, que tal unificación incluyera al pueblo germanoparlante de Austria en una gran República Pangermana. Como se sabe, la revolución fracasó, dejando sin concretar, junto a otras tareas propias de la revolución burguesa, la unificación nacional. Tal tarea fue realizada después, en 1866 y 1870, “desde arriba” por el absolutismo prusiano bajo la conducción del canciller Otto von Bismarck. Austria quedó, entonces, fuera de la nación unificada. Marx y Engels, enemigos irreconciliables del Estado militar prusiano, aconsejaron entonces, sin embargo, “colocarse sobre el terreno de los hechos” y aceptar “la nación unificada de mala manera”, ya que el espacio económico y político amplio era, a pesar de todo, útil y favorable para la ulterior lucha revolucionaria del proletariado y del pueblo alemán. Ellos polemizaron incluso con Guillermo Liebknecht y August Bebel, que se mantuvieron activos en la lucha antiprusiana por algunos años más, actitud que Marx y Engels consideraban como “objetivamente reaccionaria”.

En 1918/19, cuando tuvo lugar en Alemania y en Austria un proceso revolucionario, la idea de fusión todavía podía tener un sentido progresista, pero la misma fue prohibida por las grandes potencias victoriosas.

En 1938 en cambio, cuando Hitler efectuó el Anschluss de Austria al “Gran Reich Alemán”, el contexto histórico se había modificado sustancialmente. Sin embargo, Otto Bauer, desde la emigración, calificaba tal “unificación hecha de mala manera”, como “objetivamente progresista” y, remontándose a la actitud adoptada por Marx y Engels en 1866 y 1870, también aconsejaba “colocarse sobre el terreno de los hechos”. Su compañero y maestro Karl Renner (Springer), que había permanecido en Alemania nazi, fue más lejos aún, declarando que, en el plebiscito organizado por Hitler para apoyar la incorporación de Austria en el Reich Alemán, él votaría con “un entusiasta SÍ”. La lucha “por restablecer la independencia nacional de Austria”, Renner y Otto Bauer la calificaban de “esencialmente reaccionaria”, aun después de la Declaración de Moscú de 1943, que proclamaba el restablecimiento de una Austria democrática independiente como objetivo de guerra.

Obviamente, las analogías no sirven para ubicarse bien en la arena internacional y el contexto histórico. El historiador marxista, ¡y el político marxista!, deben basarse en la situación concreta de cada momento. La unificación alemana, aun la hecha “de mala manera”, constituía en 1870 un contrapeso al expansionismo francés de Napoleón III, y aun al expansionismo de la Rusia zarista, favoreciendo por lo tanto la causa democrática general en Europa. Habiéndose trasformado el capitalismo de la libre empresa en monopólico, o sea, en imperialismo, y siendo el imperialismo alemán precisamente el más agresivo y rapaz, la incorporación de Austria al Reich era una anexión que lo fortalecía aun más y atentaba por lo tanto, también, contra la seguridad y la independencia de las demás pequeñas naciones de Europa Central y Oriental. Los que, en 1941, formamos en la Argentina un amplio movimiento nacional a favor de una Austria democrática independiente, fuimos combatidos violentamente por un grupo minoritario de “socialistas ortodoxos” encabezados por Ernst Lackenbacher. Nos guiamos, entonces, por las ideas de Alfred Klahr, que constataba la existencia de una nación austríaca propia, ideas que fueron tomadas y ampliadas por Ernst Fischer. Hoy día, por supuesto, nadie en Austria, ni siquiera los neonazis de Jörg Haider, considera a su país como “el segundo Estado alemán” (como lo calificara en 1936 el canciller Kurt von Schuschnigg), sino como “Estado nacional austríaco”.

Cabe aquí, probablemente, la comparación entre el proceso de unificación de la nación alemana y la italiana. En ambos casos, la dinastía reinante más fuerte tuvo un papel significativo en tal proceso. Pero mientras Prusia cumplió su papel exclusivamente “desde arriba” y “a sangre y hierro”, Piamonte no pudo prescindir de la ayuda del elemento democrático, revolucionario. Así, como en Alemania el príncipe Otto von Bismarck es considerado “el forjador de la nación”, en Italia tal gloria se le atribuye a la triada formada por el ministro Camilo Cavour, y de los revolucionarios Giuseppe Garibaldi y Giuseppe Mazzini. Y el preámbulo de la Constitución Monárquica Italiana de 1870 reza así: “…per la grazia di Dio e la volontá della nazione d´Italia…” Nada parecido figuraba en los documentos constitucionales del Imperio Alemán de 1870. Y no hemos de estar errados si consideramos esencial tal diferencia en cuanto al peso del sentimiento democrático en la conciencia nacional de ambos pueblos.

De los muchos ejemplos que podríamos aportar aún, citaremos tres: Polonia, Irlanda y el antiguo conflicto ítalo-austríaco; que ahora felizmente parece superado. Como se sabe, Lenin le reprochaba a Rosa Luxemburgo, particular- mente, su nihilismo en materia nacional. Que la gran teórica y dirigente tenía en común con otros destacados dirigentes revolucionarios. Nihilismo que provenía, sin duda, de una interpretación no dialéctica de la sentencia del Manifiesto Comunista: “Que los proletarios no tienen patria”. Para Rosa, la consigna de “¡Independencia nacional para Polonia!”, era una consigna burguesa, reñida con el internacionalismo proletario. Lenin le replicaba en 1916 que, precisamente sobre la base del internacionalismo proletario, había que reivindicar el derecho de cada nación existente, de separarse políticamente de la nación que la domina y de formar su propio Estado nacional. Era una cuestión de principio; aparte de que, también por razones tácticas, dejar de sostener esta justa reivindicación equivalía a dejar a la burguesía la conducción de la nación dominada. Como lamentablemente, por culpa de la socialdemocracia austríaca y de su doctrina de la “autonomía cultural”, había sucedido con las naciones dominadas del Estado multinacional danubiano. Pero por supuesto Lenin destacaba que el “derecho a la separación estatal” no significaba que, en cualquier momento histórico y político sea conveniente hacer efectivo ese derecho. Pero esto dependería enteramente de la propia nación dependiente y de su clase obrera que pretende convertirse en su vanguardia. En cuanto a la nación polaca, mientras quedara en pie el zarismo ruso esclavizador de pueblos y baluarte de la reacción europea, había que sostener firmemente la consigna de la independencia de Polonia.

El problema de la independencia nacional de Irlanda, como se sabe, le interesaba mucho a Marx y, particularmente, a Engels. En su obra Situación de las clases laboriosas en Inglaterra, desarrolla con énfasis la idea de que la independencia de Irlanda era un asunto vital, no sólo para la propia nación irlandesa, sino también para la clase obrera inglesa, puesto que una nación que oprime a otra no puede ser libre, y que debilitar al imperialismo inglés redundaba en beneficio del pueblo inglés y de todos los pueblos.

En cuanto al secular enfrentamiento ítalo-austríaco, ese gran dirigente socialista del Trentino que era Cesare Battisti, muy consciente de su condición de italiano, se resistía durante mucho tiempo a proclamar la consigna de incluir su provincia en el Reino de Italia, ya que los derechos que el proletariado como clase había conquistado eran entonces muy superiores en Austria que en Italia. Sólo al quedar claro que los alemanes tiroleses nunca aflojarían la represión nacional contra la minoría italiana, y que la socialdemocracia de Viena, dirigida por Victor Adler, no apoyaría seriamente al pueblo italiano del Trentino, Battisti, a regañadientes, se decidió a lanzar tal consigna, luchando en la Primera Guerra Mundial del lado italiano. Fue tomado prisionero, condenado por “alta traición” por los austríacos y ahorcado, casi en el mismo momento en que los ingleses, por el mismo “delito”, hicieron lo mismo con el patriota irlandés Roger Casement. No dejaremos de mencionar que Benito Mussolini, que era colaborador e íntimo amigo de Battisti en Trento, y que en aquel momento era todavía un auténtico revolucionario y socialista, acompañaba a éste también en las engorrosas vicisitudes del problema nacional en el estado multinacional de Austria-Hungría.

El asunto de la cuestión nacional y su manejo, que muy someramente, hemos analizado aquí, merecería ciertamente un tratamiento más amplio y profundo. Particularmente en nuestro continente latinoamericano, donde la revolución emancipadora está sobre el tapete, jugando el problema nacional, dentro de la misma, un papel de primer orden. Tal vez hayamos logrado, con este modesto aporte, que el mismo se coloque más en el centro del interés y que sea investigado más a fondo.

 

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