El Manifiesto, el trabajo y la revolución

Regresamos. Después de casi dos meses de inactividad forzada, volvemos. No entraremos en detalles, problemas de todo tipo nos han impedido compartir con ustedes.

Volvemos con Marx, no podía ser de otra forma. En este caso, se trata de una reconsideración del Manifiesto Comunista a partir de la problemática de los procesos de trabajo que recoge el breve ensayo de Roberto Parodi y que nos sirve para retomar nuevamente nuestra actividad. Que lo disfruten…

Salud y república

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EL MANIFIESTO, EL TRABAJO Y LA REVOLUCIÓN

Roberto Parodi

“Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra
sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de
sus miembros (…) Nos reprocháis, pues de querer abolir una forma de propiedad que
no puede existir sino a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea
privada de propiedad.”
Marx y Engels,
Manifiesto del Partido Comunista

 

1.

Con los orígenes del proceso de trabajo capitalista aparece la cooperación simple. Esto es, una cantidad determinada de trabajadores, interrelacionados recíprocamente entre sí, bajo la dirección de un mismo capital, cuyo trabajo se ajusta a un plan de producción de un mismo tipo de mercancías. El carácter simple de la cooperación en los comienzos de la producción capitalista está dado por la escasa división del trabajo. Esta cooperación simple resulta una forma particular de la cooperación, puesto que ya existía en etapas anteriores del desarrollo histórico, y aparece ahora como un aspecto fundamental del proceso de trabajo en el modo de producción capitalista. Esta forma simple de la cooperación presupone ya la compraventa libre de la fuerza de trabajo, es decir, se necesita que la fuerza de trabajo haya asumido la forma de una mercancía.

Con la mercantilización de la fuerza de trabajo el obrero ingresa a la relación capitalista como individuo, vende su capacidad de trabajar como fuerza de trabajo individual. Esto implica que la cooperación aparece cuando el obrero individual ya no se pertenece a sí mismo, cuando su fuerza de trabajo ha sido vendida, y por lo tanto se ha transformado en una de las formas del capital. El capital somete a tales condiciones al obrero individual que en el proceso de producción, junto al resto de sus compañeros, y bajo la forma de la cooperación, pierde esa individualidad para transformarse en un obrero social (o colectivo). La fuerza colectiva que el obrero despliega como obrero social en la cooperación cobra la apariencia de una fuerza productiva propia e inherente al capital, puesto que en la producción capitalista no emerge hasta que el obrero entra en la relación asalariada con el capital.

2.

El proceso productivo capitalista se desarrolla en sus distintos estadios históricos como proceso de desarrollo de la división del trabajo, y el lugar fundamental de este proceso es la fábrica…” (Panzieri 1980; p. 41). El obrero en el taller, que con la cooperación se convertía en obrero social, con la división del trabajo y la parcelación de la tarea que realiza, toma una nueva forma: a la vez que social, el obrero es ahora un obrero parcial. Y más parcial cuanto más fragmentado es el tipo particular de acción que ejerce trabajando.

El saber, el conocimiento y la acción voluntaria que en su desempeño podían tener como un bien propio el artesano o el agricultor libre de dependencia, en la producción de tipo capitalista se traslada a la fábrica comunidad. En ella el obrero parcial pierde aquello (saber, conocimiento, acción voluntaria, etc.) que va concentrando su opuesto, el capital: “En la manufactura el enriquecimiento del obrero colectivo -y por ende del capital- en fuerza colectiva social se halla condicionado por el empobrecimiento del obrero en fuerzas productivas individuales” (Marx 1991; p.440).

En la producción capitalista la capacidad intelectual del trabajo se enajena del obrero, enfrentándose a éste con una voluntad exterior, “como propiedad ajena y poder que los domina” (Marx). Con la industria el proceso se agudiza separando “…del trabajo a la ciencia como potencia productiva autónoma, y la compele a servir al capital” (Ibid.).

3.

En la manufactura el capitalista ha reunido en un mismo taller a muchos obreros pero aún el proceso de trabajo no se ha visto afectado por la irrupción de la maquinización a gran escala. El trabajo de cada obrero es un ejercicio artesanal. No hay una gran infraestructura (máquinas) independiente y exterior a los obreros. La presencia del poder del trabajo muerto, ya solidificado en maquinarias es minúscula en la manufactura. El control parcial del proceso de trabajo aún, en cierta medida, en manos de los obreros determina, de alguna manera, la generalización de actos pequeños y cotidianos de indisciplina.

Con la aparición y entrada de la máquina se da el paso de la manufactura a la gran industria. Este paso puede ser entendido como una doble superación: superación de la base técnica sobre la que se sustenta la división del trabajo y superación de las bases materiales del dominio del capital.

Con la máquina la división del trabajo deja atrás su vieja forma manufacturera, para parecer como una nueva división del trabajo mucho más vigorosa, en donde el obrero parcial es ahora el obrero parcial de una máquina particular. Aquel es sometido a esta, deja de ser el obrero parcial una herramienta y de una división del trabajo un tanto incipiente, y pasa a ser incluido en el proceso productivo como apéndice consciente de una máquina en una división del trabajo mucho más compleja asentada sobre la base de nuevas fuerzas productivas. El número de órganos de la anatomía del obrero que se desarrolla y las capacidades que despliega en el proceso productivo es cada vez menor, puesto que en su propia práctica productiva el horizonte se reduce a movimientos cada vez más simples y repetitivos.

Por otro lado, según Marx, el desarrollo de la utilización de la maquinaria en el proceso de producción es pensado por el capitalista como indisolublemente ligado al monopolio de su voluntad sobre ellas: “El proceso de industrialización, a medida que se adueña, de estadios cada vez más avanzados de progreso tecnológico, coincide con el aumento incesante de la autoridad del capitalista. Con el crecimiento del volumen de los medios de producción, contrapuestos al obrero, crece la necesidad de un control absoluto de parte del capitalista” (Panzieri 1980; p. 43).

4.

El patrón, para poner en marcha el proceso productivo, ha comprado fuerza de trabajo. Pero como no lo ha hecho con el objetivo de que la humanidad desarrolle todas sus capacidades (ni ninguna otra consideración filantrópica) sino que lo ha hecho para hacer profesión de fe al culto de la ganancia, ha de esperar que sus obreros produzcan más valor de lo que han insumido bajo la forma del salario. Para que esto ocurra es necesario que los esclavos a tiempo parcial no hagan lo que les plazca, sino lo que le place a él. El conjunto de los obreros parciales de una unidad productiva actúa en forma coordinada. Cooperan, pero no por la propia voluntad, sino bajo las órdenes de una voluntad ajena a ellos. Voluntad del capital que somete a las voluntades individuales de los obreros individuales, para que en el proceso de trabajo se ajusten al plan prefijado por el mando único del capitalista.

El uso de la máquina, la cooperación, la división del trabajo social, bajo la forma capitalista de producción, se corresponde a las directrices de la planificación privada. Todo se tiene que ajustar a las intenciones del autócrata. Este “ajuste” de la operatividad de los diferentes factores es, de esta manera, despótico. Resulta así que este despotismo es inherente a la producción capitalista misma.

Pero de todas las mercancías que el capitalista compra para ser consumidas en el proceso productivo hay una de la cual no tiene garantizada la suma obediencia. Por esto en el mismo proceso de producción existe un conflicto, una contradicción que se expresa en “…que el vendedor de la fuerza de trabajo es, por definición, un hombre libre (sino, no podría venderla); y que el comprador de esta mercancía, para disponer de su valor de uso -el trabajo- debe disponer de la voluntad del hombre libre como su «cosa» durante el tiempo por el cual le ha sido vendida es fuerza de trabajo. Siendo el hombre libre e indivisible, entra a la producción como no-propietario de su fuerza de trabajo (que acaba de vender), pero también como hombre libre que piensa, sin cuyo pensamiento su fuerza de trabajo no puede convertirse en trabajo, es decir en valor de uso para el capitalista que la adquirió” (Gilly 1980; p. 33).

Esta contradicción ha generado las más groseras y las más sutiles formas de disciplinamiento. Disciplinamiento que no puede ser saldado en un acto inaugural sino que necesita ser reproducido constantemente. Esta acción de vigilar y castigar no se origina en la ambición de poder inherente al ser humano sino que emerge como una necesidad (ahora sí inherentes) que tienen las clases dominantes de controlar las condiciones de producción para proyectarles sus intereses.

5.

Estos pocos elementos planteados respecto a la producción capitalista pueden mostrar cómo “el capital es un producto colectivo [porque] no puede ser puesto en movimiento sino por la actividad conjunta de muchos miembros de la sociedad y, en último término, sólo por la actividad conjunta de todos los miembros de la sociedad” (Marx-Engels 1973; p. 52).

En el “Manifiesto“, Marx y Engels llegan a la conclusión de que el capital no es una potencialidad personal de su propietario, sino que es “una fuerza social” (p. 52). Lo que ocurre entonces, es que esta fuerza social, esta capacidad transformadora del trabajo social, es apropiada por el capital.

No es que la humanidad no se haya dado los medios para superar el estado de escasez para mejorar lo penoso del trabajo y de la vida; lo que sucede es que esos medios están cubiertos por la forma de capital, y se plantea como único objetivo su valorización. Todo lo que aumente la eficacia del proceso de trabajo no es sino el aumento de la eficacia en la acumulación privada. En las crisis esta esencia se muestra en su plenitud, se tensan todas las contradicciones. Las tendencias a la concentración y a la centralización de los capitales, la tendencia a la proletarización y pauperización de capas humanas cada vez más extensas se acrecientan. El trabajo es cada vez más social en tanto que la apropiación es cada vez más privada.

El trabajo es cada vez más social porque la masa de desposeídos, desprovistos de cualquier forma de ganarse la vida que no sea mediante la venta de su propia capacidad de trabajar, es cada vez mayor. La proletarización de las clases medias, de los profesionales, de los pequeños comerciantes, de los pequeños productores independientes arrastra a cada vez más personas al trabajo en gran escala, a la cooperación a gran escala, a esa interrelación mutua que aniquila las viejas formas del trabajo independiente y de escasa productividad.

El fenómeno de la cooperación (tal como definimos antes) no ha hecho más que extenderse desde que surgió con la manufactura. La mayor división del trabajo hace más interdependiente cada trabajo parcial, y por lo tanto éste es cada vez más social. El proceso de maquinización también hizo su aporte. La incorporación de tecnología ha aumentado la productividad y la división del trabajo hasta límites extremos simplificando las tareas. Este desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad no ha redundado en un proceso de trabajo menos penoso sino que ha traído como consecuencia -a raíz de su carácter capitalista- tareas más repetitivas, monótonas y sistemáticas. Este proceso tampoco ha aportado al aumento del nivel de vida de los trabajadores en términos relativos al aumento de la productividad.

En crisis como las actuales estas tendencias actúan violentamente asumiendo formas de pauperización absoluta de grandes contingentes. La apropiación privada del producto del trabajo social hace que el desarrollo tecnológico y el aumento de la productividad se conviertan en herramientas de mayor explotación y disciplinamiento. El alto desarrollo de la división social del trabajo, de la maquinización, de la planificación del trabajo, de la cooperación, etc. que han aumentado la capacidad material de superar la escasez y la vida dedicada al trabajo y brindan la posibilidad de una expansión mayor de las capacidades humanas chocan contra la mezquina forma de atributo del capital.  Si de lo que trata es de pensar cómo eliminar definitivamente los problemas fundamentales que se derivan de la sociedad capitalista (empobrecimiento generalizado, explotación, embrutecimiento, etc.) tenemos que apuntar al nudo de la cuestión: la propiedad bajo su forma capitalista. Se hace necesario transformar este tipo de propiedad. El programa que se deriva de esto se funda en la transformación de la forma capitalista de las fuerzas productivas para que cobren una forma colectiva. Y esto es lo constitutivo del proyecto marxista.

Referencias

Adolfo Gilly (1980): Sacerdotes y Burócratas, Era México

Karl Marx (1991): El capital, Libro Primero, Vol. II, Siglo XXI, México

Marx y F. Engels (1973): Manifiesto del partido comunista, Anteo, Bs. As.

Raniero Panzieri (1980): “Sobre el uso capitalista de las máquinas, en AA. VV. La división capitalista del trabajo, Cuadernos de Pasado y Presente nº 32, México

**Publicado originalmente en Razón y Revolución, nro. 6, otoño de 2000

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Una respuesta a El Manifiesto, el trabajo y la revolución

  1. René Francisco Linares Ramos dijo:

    Agradecimientos por documento e informaciòn. 

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