Karl Marx y el libro I de El Capital (1867)

Saludos para todo el mundo. Mañana es 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora y en España hay convocada una huelga general por la igualdad y la equiparación entre mujeres y hombres. Por algo se empieza pero mucho nos tememos que va a hacer falta algo más que declarar un día o convocar huelgas de un par de horas. No obstante, nuestro más sincero apoyo y seguiremos luchando por la igualdad.

Y no, la entrada no va sobre feminismo, va sobre El Capital de Marx (en concreto del libro I) y es obra de un autor de referencia para nosotros, Diego Guerrero. Publicado originalmente en el número 24 de REC (Revista de Economía Crítica). Y desde luego os recomendamos su lectura…

Por la igualdad entre mujeres y hombres!

A. Olivé

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KARL MARX Y EL LIBRO I DE EL CAPITAL (1867)

Diego Guerrero1

 

MARX, UNO Y TRINO

Según su partida de nacimiento, el futuro Herr Docktor en Filosofía Carolo Henrico Marx, hijo de Enrique y Enriqueta2, se llamaba Carl, no Karl, y así era como lo seguía llamando su madre3 en las cartas que le mandaba a la universidad. Por su parte, el ya maduro Karl Marx fue un enorme científico alemán con una muy sólida formación filosófica y, además, probablemente el revolucionario anticapitalista más influyente de la historia. La conjunción de todo ello más singularidades notables de su biografía personal hacen que en Marx se den una serie de contradicciones objetivas y subjetivas de gran relevancia; si aquí lo llamamos “uno y trino” (como hacen los católicos con Dios), no es para hacer de Marx un Dios4, ni para escribir una hagiografía más5, sino para llamar la atención sobre las tres cosas, en principio muy distintas, que fue simultáneamente en todas las etapas de su vida madura. Por eso, antes de reseñar cronológicamente su biografía, mantendremos el foco fijo sobre el mes de octubre de 1864 como ilustración de este hecho: el uso plural, triple y contradictorio que hacía Marx de su tiempo (y de su casa).

La Primera Internacional y el revolucionario

En 1864 comienza la historia de la Primera Internacional6. En el célebre mitin público celebrado en Londres, en la sala St. Martin’s Hall, el 28 de septiembre de 1864, en el que se resolvió crear la Primera Internacional, Marx ya estaba en la tribuna, aunque todo el rato en silencio7. En realidad, él no había participado en la organización de este evento “ni tenía relación directa con los organizadores del mitin” (NMH, 286), en el que se habían implicado grupos de trabajadores de los sindicatos británicos y de exiliados extranjeros en Londres; pero fue invitado a asistir por quien luego sería el secretario de la organización: William Randal Cremer8. Como había ocurrido otras veces, el prestigio cosechado por Marx en su anterior actividad política comunista y revolucionaria bastaba9 para que distintas organizaciones, y en este caso la AIT, reclamaran su presencia y sobre todo su participación en la redacción de programas, estatutos y declaraciones públicas de todo tipo; no en vano, Marx había sido el autor del Manifiesto comunista, esa auténtica joya de la literatura política10 y “el más grande de todos los folletos socialistas”11.

Con el objetivo de redactar una declaración programática pública, el Comité “provisional” de la AIT creó inmediatamente un subcomité de 9 miembros entre los que se encontraba Marx. Se sabe que, por enfermedad, en concreto a causa de una nueva crisis de esa “forunculosis”12 que lo persiguió durante dos décadas13, Marx no pudo estar presente en las primeras reuniones de ambos órganos, donde se barajaron otras propuestas de tendencia oweniana (Weston) y mazziniana (el comandante Luigi Wolff, secretario de Mazzini), que se pronunciaban por declaraciones más “sentimentales” que otra cosa, rechazando la lucha de clases y anteponiendo la cuestión nacional a todas las demás, o defendían “una especie de gobierno central” de la clase obrera europea (NMH, 287). Marx propuso que este subcomité se reuniera en su propia casa, recién estrenada, y, en efecto, la primera reunión se celebró allí el 20 de octubre de 1864 14, seguida por otra el 27 de octubre donde presentó el borrador programático que había redactado como dos documentos paralelos que venían a sustituir los embrollados textos presentados anteriormente: un “Manifiesto Inaugural”15 y unos “Estatutos provisionales”, que fueron ambos aprobados para su elevación al Comité provisional de la Internacional (el futuro Consejo General), que, a su vez, los adoptó por unanimidad en la reunión del 1 de noviembre16, empezando por la famosa primera frase de los Estatutos donde se declara expresamente, por primera vez en la historia, el principio de la “autoemancipación” obrera17:

“Considerando: Que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos (…)”

Las dos reuniones reseñadas –que sólo eran la continuación y el precedente de otras numerosas reuniones de tipo político celebradas en esta y otras casas de Marx– se llevaron a cabo en su famoso y espacioso despacho18, que Paul Lafargue, su yerno, describía como un “histórico” gabinete de trabajo que estaba “situado en el primer piso” de la casa e “inundado de luz gracias a una amplia ventana que daba al parque”19.

La casa y la vida privada

Se ha dicho que Marx, “el gran enemigo de la burguesía tenía una vida privada rotundamente burguesa”, y eso fue así efectivamente; sin embargo, “ser burgués significaba tener propiedades, ingresos y seguridad” y “Marx no los tenía” (Sperber 2013: 452-453). Veamos.

A su llegada al exilio de Londres en 1849, la familia Marx vivió en el Soho, entre 1850 y 1856, en condiciones muy modestas20 y tristes21. En 1856, dos pequeñas herencias22 les permitieron abandonar sus habitaciones en el Soho y alquilar una casa23 por 36 libras anuales (9, Grafton Terrace), que en un principio les pareció “un castillo de cuento de hadas” (Giroud 1992: 149), en un barrio (Hampstead Heath) del que ya no se moverían hasta el final de sus vidas, y en el que ocuparon, sucesivamente, tres viviendas distintas: esta de Grafton Terrace (entre octubre de 1856 y marzo de 1864), otra “considerablemente más grande” en el periodo 1864-1875 (Modena Villas, alquilada sin muebles por 65 libras anuales)24, y una tercera, más pequeña que la anterior, donde vivieron de marzo de 1875 a 1883, una vez independizadas las tres hijas de Marx25.

En 1864 se produjo el cambio más espectacular de todos, ya que dos herencias26 de Marx le permitieron alquilar en Modena Villas una “espaciosa” y “confortable”27 casa que encantó a toda la familia y de la que Jenny, la mujer de Marx, llegó a decir que era “un verdadero palacio y, a mi modo de ver, una casa demasiado grande y cara”28. Una reciente biógrafa de los Marx la considera una “gran mansión”29, mientras que el internacionalista español José Mesa, que la llama “casita”, la describía como “una quinta modestamente amueblada, sin más aparato que el que reclama la respectability británica, a la cual todo se sacrifica en Inglaterra”30. En cualquier caso, en esta casa fue donde Marx “escribió El capital y dirigió los asuntos de la Primera Internacional” (Padover, 193).

Pues bien, seguramente fue esta misma “respectability” –que era mucha “respectability”31– la que llevó a los Marx a organizar el 12 de octubre de 1864 –es decir, a mitad de camino entre la fundación de la Internacional y las dos primeras reuniones del subcomité en su casa– un baile32 para unas 50 personas: era una manera de compensar a sus hijas, quienes, habiendo sido educadas en un selecto “seminario de señoritas” de South Hampstead (donde se aprendía francés, italiano, baile, declamación, piano y música) en el que conocieron a amigas y compañeras más ricas, y habiendo sido invitadas por ellas en varias ocasiones, podían por fin “corresponder”, como era de esperar en cualquier respetable familia burguesa. En la tarjeta de invitación al citado baile se leía:

El Dr. Marx y Frau Jenny Marx, de soltera von Westphalen,

tienen el placer de invitarle a un baile que tendrá lugar en su residencia

del número 1 de Modena Villas, Maitland Park,

Haverstock Hill, London NW,

el 12 de octubre de 1864.33

Quizás, una parte de esta “respetabilidad” tenga que ver con la personalidad de Jenny Marx34, a quien su marido adoraba; pero en realidad Karl, que siempre vivió como un caballero burgués35 de gustos más bien aristocráticos36, estaba muy de acuerdo con esos planteamientos37. Es verdad que, como ejemplo de lo dicho, Jenny no trató nunca de tú al íntimo amigo de Marx, Friedrich Engels, seguramente porque le reprochaba moralmente su convivencia, sin estar casados, con la pelirroja obrera irlandesa Mary Burns (y luego con su hermana Lizzy38). Pero a Karl se le podría acusar de ser más presa aun de la respetabilidad burguesa –aunque algunos hablen de una precavida actitud “exigida” por el respeto debido a su propia personalidad política–, pues fue precisamente él quien, más allá de la ocultación del hijo (Frederick, o Freddy) que tuvo con la criada o ama de llaves de la casa, Helene (o Helena) Demuth39, para no poner en peligro su matrimonio, se desentendió por completo de él40, una vez que Engels aceptó la responsabilidad de reconocer privadamente su (falsa) paternidad41, y de hacerse cargo del niño, económicamente hablando42.

Pero lo más contradictorio –aunque algo parecido les ocurrió a un numerosísimo grupo de revolucionarios de la época, empezando por los anarquistas Bakunin y Kropotkin, hijos de grandes terratenientes, y siguiendo con una mayoría de nombres de extracción burguesa43, entre quienes los “proletarios” como Blanqui o Proudhon eran la excepción– era la dependencia económica de la familia Marx, no sólo de las varias herencias recibidas durante su vida, sino sobre todo del dinero que les donó generosamente Engels a lo largo de toda su vida44, quien a su vez lo obtenía principalmente45, como no podía ser de otra manera en quien era el copropietario de una fábrica textil en Manchester (Ermen & Engels), del plustrabajo (y plusvalor) –esa realidad que Marx estudió con tanta profundidad en El capital– extraído a sus numerosos asalariados. Marx, además, fue un gastoso y un manirroto46 durante toda su vida47, desde su época de estudiante48 hasta el final, aunque ciertamente también era muy generoso cada vez que contaba con dinero (por ejemplo, en 1848 financió la compra de rifles para una incursión militar en la Alemania revolucionaria49 así como buena parte del coste del nuevo periódico revolucionario que dirigió, la Nueva Gaceta Renana50; también puso su bolsa a disposición de amigos necesitados, como en la época de su casamiento).

El científico

Ante la tumba de Marx, Engels dijo la verdad al afirmar que Marx había sido y “era, ante todo, un revolucionario”; pero no se olvidó de añadir que fue también un “hombre de ciencia” y, en su opinión, “el más grande pensador de nuestros días”51, confirmando así lo que había escrito cinco años antes: que Marx fue el “hombre que dio por vez primera una base científica al socialismo, y por tanto a todo el movimiento obrero de nuestros días”52. Pero aunque conocemos bien la interconexión existente entre la teoría y la práctica de Marx, lo que nos interesa ahora es su labor teórica propiamente dicha, que podemos analizar, teórica e hipotéticamente, como si fuera independiente de su vertiente práctica y política. Nos interesa aquí la actividad teórica de Marx desde un punto de vista “académico”, conscientes de que “trabajar la obra de Marx separándola de la intención comunista de su autor no tiene sentido marxista, aunque pueda tenerlo político-conservador o académico” (Sacristán 2003: 181); es decir, queremos usar el “punto de vista de la teoría de la ciencia”53, desde el cual “hay que negar que haya ciencia burguesa, o socialista, etc.”, puesto que, desde ese punto de vista, “no hay más que ciencia o pseudociencia” (Sacristán 2003: 277). Pues bien, desde este punto de vista, Marx fue “conquistado por la ciencia ‘pura'” a partir de cierto momento; y aun más: se percibe en él – aunque la “ciencia no es necesariamente ciencia formalizada” ni matemáticas– un “desplazamiento hacia lo formalizable” (Sacristán 2003: 157, 184).

En este sentido, lo más importante es que Marx “en sus investigaciones científicas ponía por encima de todo los intereses de la ciencia, y consideraba su deber de científico y de revolucionario proletario el conocimiento de la verdad” (Vygodski 1976: 52). Lo que equivale a afirmar que, para Marx, la “ciencia es metaparadigmática en el sentido de proyecto de investigación desinteresada” (Sacristán 2004: 194), porque, en efecto, “la primera convicción de su sociología de la ciencia es que la ciencia verdadera consiste en conocimiento desinteresado, o, como dice en el libro I de El capital, conocimiento sin más interés que ‘el pensamiento desinteresado'” (Sacristán 1983: 365-6).

RECORRIDO CRONOLÓGICO POR LA VIDA Y OBRA DE MARX

Hasta aquí, hemos conocido a un Karl Marx trino, o tridimensional, que, al mismo tiempo que celebraba en su casa multitudinarios bailes y fiestas (sin privarse de bailar él mismo), así como decisivas reuniones de la Primera Internacional, se encerraba en su despacho cada vez que podía, para avanzar al mejor ritmo posible en los diversos borradores y manuscritos de su obra principal: El capital. A continuación, para conocer mejor a nuestro personaje, completaremos lo ya dicho en el epígrafe 1 con un breve recorrido cronológico por los principales puntos de su trayectoria vital.

Por consejo de su padre, abogado, Karl Marx empezó a estudiar Derecho54 en la Universidad de Bonn en el curso 1835-36 55, pero pasó a la Universidad de Berlín al año siguiente, donde se desinteresó por el Derecho, dejó prácticamente de asistir a clase56 y empezó a estudiar Filosofía por su cuenta. En Berlín estudió la carrera y allí escribió y terminó su tesis doctoral57, que le permitió obtener, en abril de 1841, su título de Doctor en filosofía por la Universidad de Jena58 (in absentia). En el ámbito universitario berlinés se encontró cómodo junto a colegas y profesores pertenecientes a la llamada Izquierda Hegeliana, y pensó en un primer momento en seguir la carrera docente, tras las huellas en particular de su principal mentor, Bruno Bauer. Pero al acentuarse el carácter reaccionario del régimen prusiano59, que expulsó a muchos profesores críticos, incluido el propio Bauer, Karl prefirió buscarse una alternativa en el mundo del periodismo. Los principales periódicos en los que trabajó a lo largo de su vida estuvieron siempre en la oposición política al régimen imperante; durante su juventud fue director de varios de ellos, como la Gaceta Renana de Colonia (de octubre de 1842 a marzo de 1843), los Anales francoalemanes60 (París, febrero de 1844, junto a Arnold Ruge), la Nueva Gaceta Renana (en la Colonia revolucionaria de 1848-49) o la Nueva Gaceta Renana: Revista político-económica (1850, dirigida desde Londres e impresa en Hamburgo); pero también trabajó para el New York Daily Tribune (NYDT), el diario más grande y más influyente entonces de los Estados Unidos, de tendencia fourierista, para quien fue uno de los corresponsales europeos durante el periodo 1852-1862 61. Esta profesión lo inmiscuyó desde el principio en la actividad política y le hizo interesarse inmediatamente por los problemas económicos, influido por el contacto con los intereses materiales de los viticultores del Mosela y de los campesinos implicados en el robo de leña en los bosques comunales, y por un artículo temprano que Federico Engels publicó en la Gaceta: el Esbozo de crítica de la economía política. En los Anales parisinos, publicó Marx en 1844 dos artículos importantes: uno que había comenzado a redactar durante su luna de miel (1843) en Kreuznach62 (o Bad Kreuznach): Sobre la cuestión judía63; y otro, llamado Introducción a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, que suele confundirse con el otro manuscrito de Kreuznach, de título muy similar64. También en París escribió la obra más importante de esta época: los Manuscritos económico-filosóficos o Manuscritos de París (verano de 1844)65, extraídos de los mismos cuadernos de donde procede también un texto “Sobre James Mill“; aparte de esto, escribió también en 1844 un artículo conocido hoy como Anti-Ruge66.

Como fruto de su colaboración con Engels, escribió en Bruselas, en donde había tenido que exiliarse tras 16 meses en París (en febrero de 1845), dos obras importantes: La Sagrada familia67 (a principios de 184568) y la Ideología alemana (1846). Esta última obra, que puede interpretarse como una recapitulación de todo lo escrito por Marx en los dos años anteriores, arranca de la idea de que no es la conciencia la que determina la vida sino la vida la que determina la conciencia69, y concibe la ideología como “falsa conciencia” (Kolakowski 1976: 159). Marx escribe que una consideración objetiva de la historia muestra cómo la división del trabajo, que conduce a la propiedad privada, creó la desigualdad social, la lucha de clases y el surgimiento de estructuras políticas que dominan al pueblo en vez de servirlo (McLellan 2000: 141-2). La concepción materialista de la historia de este libro es superior a la del famoso prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política (1859)70, mostrando un Marx que no es un “determinista económico” simplista ni cree que los elementos no económicos sean secundarios y derivados. Para Marx, el cambio técnico era una condición necesaria pero no suficiente del cambio social. El uso por Marx en este texto de diferentes términos, como “determinar”, “condicionar” o “corresponder a”, aconseja ser prudentes y pensar que lo que pretendía con ello es “proporcionar una serie de conceptos estructurales flexibles a través de los cuales interpretar el desarrollo de las sociedades actuales y pasadas” (McLellan 2000: 142).

En Bruselas, Marx publicó en 1847 La miseria de la filosofía, una crítica de una obra de Proudhon llamada Filosofía de la miseria71. Mientras tanto, seguía en contacto, como en París, con grupos de obreros socialistas y seguía igualmente estudiando el socialismo y el comunismo. Al entrar en contacto el Comité de correspondencia comunista de Bruselas72, fundado por Engels y él, con la Liga Comunista (Londres), y luego ingresar en ella, que hasta entonces se llamaba Liga de los Justos, esta encargó a Marx y Engels redactar un nuevo programa. Marx escribió en enero de 1848 el Manifiesto comunista73, que fue publicado por la Liga, anónimamente, en febrero, justo cuando comenzaban los primeros disturbios de la “revolución de febrero” en París, que hizo huir al rey Luis Felipe y proclamarse la II República. Antes, en enero de 1848, impartió una conferencia ante la Asociación Democrática de Bruselas, luego publicada como Discurso sobre el librecambio, donde defendía este frente al proteccionismo, por ser un factor impulsor de las contradicciones de la sociedad burguesa. En marzo, recibió el mismo día la orden de expulsión por parte del gobierno belga y la invitación del ministro francés Ferdinand Flocon al “bravo y leal Marx” para volver a Francia, que “te abre sus puertas, a ti y a todos los que luchan por la santa causa, la causa fraternal de todos los pueblos” (McLellan 1973: 220). En París y Bruselas, los exiliados alemanes empiezan a preparar su vuelta a Alemania (incluida una Legión Alemana armada), donde había comenzado también la revolución, y Marx funda en Colonia un diario, la Nueva Gaceta Renana, con un consejo de redacción en manos de la Liga, que resistió un año (del 15 de junio de 1848 a mayo de 1849)74 hasta que, expulsado de Alemania, se vio obligado a volver a París, de donde fue expulsado nuevamente, y tuvo que exiliarse definitivamente en Londres desde agosto de 1849. En varios números de este diario publicó en abril de 1849 unas conferencias dadas en el Club de trabajadores de Bruselas con el título de Trabajo asalariado y capital, donde aparece por primera vez la tesis de la depauperación relativa de los trabajadores, distinta de la depauperación absoluta.

En 1850 75, desde Londres, él y Engels comienzan a publicar en Hamburgo una nueva revista llamada Nueva Gaceta del Rin: Revista político-económica, de la que aparecerán seis números hasta noviembre, en donde incluyó La lucha de clases en Francia, 1848-1850 76. Pero tras su primer verano en Londres, se convenció en el Museo Británico de que la base económica era crucial para el éxito o fracaso de un movimiento revolucionario: Marx pensaba que la revolución de 1848-50 había fracasado, mientras que otro sector de la Liga no lo veía así, siendo esta diferencia el origen de una escisión que supuso el fin de la Liga Comunista. Marx pensaba ahora que “una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis”77, y por eso dice McLellan que “fue al descubrimiento de las raíces económicas de esta crisis a lo que Marx dedicó el resto de su vida” (McLellan 2000: 242).

Tras haber tenido cuatro hijos con su mujer (Jenny en 1844 en París, Laura en 1845 en Bruselas, Edgar en 1846 en Bruselas, Guido en 1850 en Londres), el año 1851 ve el nacimiento de otra hija de Jenny (Franziska) y del hijo de Helene Demuth (Frederick o Freddy). En 1852, publica Marx el Dieciocho Brumario78 de Luis Bonaparte79, escribe con Engels el folleto Los grandes hombres del exilio y propone la disolución de la Liga Comunista. También comienzan sus publicaciones en el New York Daily Tribune80, al principio traducidas al inglés (y a veces incluso escritas) por Engels, hasta que el propio Marx pudo soltarse en esa lengua. En 1855 nace su hija Eleanor (Leonor, en español), conocida como Tussy81, y muere, a los ocho años, su hijo Edgar. En octubre de 1856, tras morir un tío holandés y la madre de Jenny, la familia se instala en el número 9 (hoy 46) de Grafton Terrace (hasta 1864). En 1857, revitalizado su entusiasmo por la crisis económica de ese año, Marx escribe una Introducción general82 (que no se publicará hasta 1903) a su proyectado libro sobre economía política –y en particular a los Grundrisse–, y diversos artículos, con Engels, para la New American Cyclopedia de Nueva York. En 1858, tras la redacción de un largo manuscrito llamado Grundrisse83 (1857-58, publicado en 1941 e inaccesible hasta 1953), comienza a escribir su Contribución a la crítica de la economía política, cuya primera parte84 se publicará en junio de 1859, incluido el célebre prefacio que se suele identificar como el locus classicus del materialismo histórico85. En 1860 trabajó y publicó en Londres su Herr Vogt86, y en 1861-62 se interrumpió su colaboración en el NYDT.

En 1862-63 redacta las Teorías sobre la plusvalía87 y en 1864 se mudan a otra casa mejor (1, Modena Villas) en el mismo barrio, a doscientos metros, en donde vivirán hasta 1875.

En 1865 escribe Salario, precio y ganancia, resultado de una conferencia impartida en el Consejo General de la Internacional. El 14 de septiembre de 1867 se publica en Hamburgo el libro I de El capital. En 1868 se casa su hija Laura con Paul Lafargue, y Engels, que deja su trabajo en Manchester y vende su participación en Ermen & Engels, se compromete a entregar a los Marx anualidades de 350 libras88 como ayuda financiera permanente89. En 1869 comienza a estudiar ruso, se afilia a la Land and Labour League y da una famosa conferencia en Hanóver Sobre los Sindicatos donde muestra su confianza en ellos, su importancia y su potencial. En 1870, Engels se muda a Londres para el resto de su vida, y en 1871 escribe Marx La guerra civil en Francia90, y organiza la ayuda financiera para los refugiados de la Comuna en Londres.

En 1872 escribe el prólogo a la segunda edición alemana del Manifiesto comunista, prepara con Engels una circular anti-Bakunin91 de la Internacional: Divisiones ficticias en la Internacional, y acude al Congreso de La Haya, donde logra frenar el intento bakuniniano de apoderarse de la organización, en un enfrentamiento que terminará con la disolución de la Internacional en 1876 (Congreso de Filadelfia) tras aprobarse en La Haya la propuesta de Marx de traspasar el Consejo General desde Londres a Nueva York. Su hija Jenny se casa con el socialista francés Charles Longuet. También en 1872, corrige y comienza a publicar los primeros fascículos de la versión francesa del libro I de El capital, traducido por Joseph Roy y editado por Maurice La Châtre, que se completará en 1875; se publica la primera traducción rusa de El capital, que es un éxito comercial (900 copias vendidas en seis semanas); se publica la primera parte de la segunda edición alemana de El capital, cuya segunda parte aparece en 1873, con un epílogo. En 1874 publica en el Der Volksstaat de Leipzig las Revelaciones sobre el juicio de los comunistas de Colonia, publicadas como folleto en 1875, año en el que escribe su Crítica del Programa de Gotha92 (no publicada hasta 1891). En 1877 escribe el capítulo 10 del Anti-Dühring de Engels y una famosa carta-respuesta al populista ruso Mijailovsky, asegurando que su concepción [de Marx] no es una “fórmula” abstracta que permita conocer de antemano si Rusia puede saltarse en su desarrollo la etapa capitalista. En 1879, junto a Engels, redacta una “carta circular” al partido criticando la posición de ciertos intelectuales (entre ellos, el joven Bernstein), el quietismo del partido y su apartamiento de la lucha de clases y la revolución.

Como consecuencia del agravamiento de las diversas enfermedades que arrastraba desde mucho tiempo atrás, en especial el hígado, los pulmones y la forunculosis, que le impiden trabajar, durante las décadas de 1870 y 1880 ha de tomar baños en diversas ciudades inglesas y extranjeras, especialmente Karlsbad en 1874-76 (la actual Karlovy Vary, en la República Checa). En el periodo 1878-1882, Marx ocupa más tiempo que nunca con sus Manuscritos matemáticos, comenzados en la década de los sesenta y no publicados hasta 1968 en Moscú: se trata de veintitantos cuadernos rellenos de notas y críticas de los libros leídos (desde Newton y Leibniz a manuales modernos), junto a una historia resumida del cálculo diferencial93. En 1880 escribe unos comentarios sobre el manual de economía del profesor alemán y “socialista de cátedra” Adolph Wagner94, donde resume su concepción del valor, y también del hombre como “ser condicionado por sus actividades prácticas”. A principios de 1881 escribe una meditada –y según algunos “ambivalente”– respuesta a la populista rusa Vera Zasúlich, sobre la cuestión de si es posible un desarrollo socialista a partir de la comuna campesina tradicional rusa (el mir), y en diciembre muere su esposa Jenny Marx de cáncer de hígado. En 1882 visita a su hija Jenny Marx-Longuet en Francia y viaja en busca de buen tiempo, primero él solo a Argel, Niza, Montecarlo y Cannes, y luego, con su hija Laura, a Lausana y Vevey (Suiza). En enero de 1883 muere su hija Jenny de cáncer de vesícula, y, enfermo ya de cáncer de pulmón, muere el 14 de marzo de 1883. Sus hijas Leonor95 y Laura (esta, junto a Lafargue) se suicidan, respectivamente, en 1898 y 1911.

DE MARX A EL CAPITAL

Marx y el marxismo

Para entender el libro I de El capital, de cuya publicación se cumplen ahora 150 años, creemos necesario hacer varias aclaraciones previas que se imponen cada vez que se trata de Marx y de su obra. En primer lugar, nos parece imprescindible distinguir tajantemente entre Marx y el marxismo96, pues, entre otras cosas, el marxismo “se ha convertido en una gigantesca burla filosófica contra el hombre que lo creó” (Alan Ryan, en Berlin, 10). Nótese que esta tarea no consiste en “preguntarse quién es un ‘verdadero’ marxista en el mundo moderno”, ni en saber “quiénes son los marxistas ‘más verdaderos'” (Kolakowski 1976: 15); se trata de reflexionar sobre por qué el estudio directo de Marx nos merece mucho más respeto que su estudio mediado por las obras de autores marxistas, y por qué es mejor y más fructífero estudiar a Marx que a los marxistas97 (por mucho que estos sean más recientes y supuestamente más próximos a nosotros). Aunque el origen de nuestra posición tiene que ver con nuestra experiencia acerca de la teoría laboral del valor (TLV) –una vez comprobado que la mayoría de los marxistas niegan, critican o al menos se desentienden de la misma, y también que algunos no marxistas sí la apoyan–, la realidad es que la distinción entre el marxismo y Marx es obligatoria en casi todos los demás campos también. De todas formas, es posible que estas diferencias en el campo marxiano-marxista no sean un caso excepcional, pues parece que “es un hecho conocido, del que la historia de la civilización no registra excepción alguna, que todas las ideas importantes se ven sometidas a división y diferenciación a medida que aumenta su influencia” (Kolakowski 1976: 15); pero no por ello deja de tener razón Rubel cuando afirma que “la obra de Marx exige una lectura aparte, sin las aportaciones de los discípulos, incluido Engels” (en Rubel 2003: 16).

Algunos estudiosos captan diferencias entre Marx y marxismo, pero las interpretan como diferencias entre Marx y ciertos marxistas (por ejemplo, Kautsky98 o Engels99); otros, sorprendidos por tantas discrepancias100, se caracterizan por un “querer volver a Marx” (Ruiz Sanjuán 2014: 144); y, finalmente, una minoría pretende “rescatar a Marx del marxismo” (Fernández Liria y Alegre 2010: 29) o “liberar la obra de Marx de los avatares del marxismo” (Manale 2003: 13), tras comprobar que Marx fue un “crítico del marxismo”101 y que nunca “pretendi[ó] fundar una cosa llamada marxismo” (Fernández Buey 2004: 15). En lo queda de artículo, el estudio de Marx y El capital se desentenderá, pues, del marxismo, y supondremos que “lo único que hay es (…) un cierto libro inacabado que se titula Das Kapital” (Martínez Marzoa 1983,¡: 29).

La “economía” de Marx: del materialismo a las matemáticas102

Para una mayoría de marxistas, la teoría económica de Marx es una aplicación de una teoría más general –el materialismo o materialismo histórico o concepción materialista de la historia– al campo de la economía; en nuestra opinión, no es así, pues la “economía” de Marx es una teoría específica de la sociedad capitalista desarrollada. No estamos sugiriendo que haya una discontinuidad, ni mucho menos un corte, una coupure à la Althusser, entre el joven Marx y el maduro; al contrario, nos parece verdad que “Marx aplicó su básica teoría de la deshumanización a los fenómenos de la producción e intercambio”, de forma que en buena medida todas sus obras económicas “son versiones cada vez más elaboradas del mismo pensamiento” (Kolakowski 1976: 264)103.

Por otra parte, también es verdad que “la economía de Marx no puede separarse de su sociología, su política o su historia”, y que, en ese sentido, el primer volumen de El capital “no es tan puramente económico como se suele creer” (McLellan 2000: 376). Tampoco negamos que muchas ideas de El capital están enmarcadas en su concepción de la historia; pero en cambio sí ponemos reparos a la afirmación de que “más de la mitad del libro es una aplicación sumamente legible de la concepción materialista de la historia al capitalismo británico de su época” (ibídem). También nos plantea problemas la afirmación de que “en sus obras de los años cuarenta Marx y Engels hicieron un macroanálisis de la producción social (…) A continuación, obviamente, Marx debía acometer la argumentación económica de la concepción materialista de la historia (…) Este problema requería un microanálisis de la producción capitalista (…)” (Vygodski 1976: 30).

La clave está en qué entendemos por “concepción materialista de la historia”104, pues, si se entiende lo normal, coincidimos con que “Marx no sustenta en absoluto la llamada ‘concepción materialista de la historia'” (Martínez Marzoa, 98). Para empezar, Marx fue también un crítico del materialismo105, precisamente por conocer muy bien el materialismo clásico (Demócrito y Epicuro, por ejemplo), el materialismo francés del siglo XVIII o el materialismo de Feuerbach. En un sentido muy elemental, está claro que era antiidealista, y prefería ser materialista que idealista a la hora de analizar cualquier fenómeno social (y no sólo histórico); pero el materialismo de Marx se caracteriza por ser un materialismo activo, no contemplativo. En su primera tesis sobre Feuerbach escribió que “el defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluido el de Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensibilidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensible humana, no como práctica; de ahí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto (…)” (Marx 1845: 35). Por eso, su materialismo pretende desarrollar ese “lado activo” desde un punto de vista concreto y empírico: un materialismo basado en la práctica, en los hechos, y, más exactamente, en la actividad, en los actos de los individuos humanos reales, empezando por la producción de su vida: el trabajo.

Lo importante es comprender que esta preocupación filosófica por el materialismo va dando paso a un creciente abordaje de lo que llamará la “economía”, y ello con un espíritu cada vez más científicomatemático: se desentiende del materialismo (Fernández Liria 1998: 20) y “se aparta cada vez más de una temática filosófica digamos ‘general’ o ‘convencional’, para ocuparse en lo que él llama ‘la crítica de la economía política'”, de forma que, sin dejar de hacer filosofía, Marx define su economía, o el estudio de “la sociedad moderna”, como algo “específico” y no como aplicación de ninguna filosofía previa; más específicamente, “esa sociedad aparece como una estructura económica” y “el concepto mismo de estructura económica se genera, para Marx, en el análisis de la sociedad moderna” (Martínez Marzoa 1983: 20, 98).

El materialismo de Marx se nos ha transformado, pues, en una nueva actitud y actividad científica y filosófica que, en ambos casos, implican una nueva actitud y actividad matemática, ya que ahora entenderemos por “materiales” en primer lugar los hechos matematizables. Que Marx sea científico y filósofo a la vez no plantea ningún problema, dado que fue “en realidad un original metafísico autor de su propia ciencia positiva; o dicho al revés, un científico en el que se dio la circunstancia, nada frecuente, de ser el autor de su metafísica, de su visión general y explícita de la realidad” (Sacristán, 1983, 364-5). Lassalle veía a Marx, en la época de los Grundrisse, como “un Hegel convertido en economista, un Ricardo convertido en socialista” –y McLellan agrega: “una síntesis entre Ricardo y Hegel” (McLellan 2000: 375, 379)–; y “su objetivo era, al ejemplo de Smith y de Ricardo, fundar la ‘fisiología de la sociedad burguesa'”, aunque fuera desde una perspectiva diferente (Rubel 2003: 82). Igualmente, Sacristán afirma, a pesar de que “Marx es más hegeliano que ricardiano”, que “la influencia epistemológica de Ricardo y, en general, de los economistas ingleses ha obrado probablemente más en la llegada de Marx a la ciencia normal de su época, al justo aprecio de la empiria, a la adquisición de hábitos analíticos, etc.” (Sacristán 1983: 343- 344).

Marx compartía, pues, la idea de lo que se llama hoy “materialismo científico”, y asume que “la ciencia positiva realiza el principio del materialismo a través de una metodología analítico-reductiva” que “tiende incluso a obviar conceptos con contenido cualitativo, para limitarse en lo esencial al manejo de relaciones cuantitativas, o al menos, materialmente vacías” (Sacristán 2003: 151; 2004: 35). Y decir “cuantitativo” equivale a decir “matemático”, pues los hechos materiales en que consiste la “economía” de Marx pueden cuantificarse con exactitud matemática: el tipo de hechos en que se cumple esa “ley económica” es el de “los hechos que llamamos ‘materiales’, entendiendo por tales aquellos hechos ‘que pueden ser constatados con la exactitud de las ciencias de la naturaleza'”, como la producción, los precios o los salarios (Martínez Marzoa 1983: 60).

Por tanto, Marx usó plenamente, junto al método hegeliano (con el que simplemente “coquetea”), el método “normal” de la ciencia tanto para “localizar los hechos de un campo de investigación y enlazarlos entre sí” (Sacristán 1983: 324-5) como para construir modelos. Pero no sólo eso: pensaba, con Kant, que “una ciencia sólo está desarrollada cuando alcanza el punto en que puede hacer uso de las matemáticas”, y, por ello, tras aplicar este criterio a la economía, consiguió hacer una serie de aportaciones “matemáticas” muy importantes (véanse, por ejemplo, Samuelson 1971: 399; Morishima 1974: 621; Bródy 1970: 93, 65-66; Smolinski 1973: 1201; Godelier 1966: 136; Fisher 1897; Witt-Hansen 1977; Sacristán 2004: 354).

El capital y sus libros

Hemos visto que en octubre de 1864 Marx estaba trabajando intensamente en El capital, cuyo primer volumen sería publicado tres años más tarde. Más específicamente, estaba trabajando en el Manuscrito económico de 1864-65, un manuscrito que no se ha publicado como tal hasta 1992 en alemán (y 2015 en inglés), y que contiene la última redacción de los tres libros de El capital antes de la redacción final del texto definitivo del libro I publicado en Hamburgo en 1867. Este manuscrito estuvo listo a finales de 1865 (Draper 1985/86, I: 123) y consistía en un borrador completo de los tres libros de El capital: el borrador del libro I jamás se ha encontrado; el del libro II fue publicado en 1988 en la Sección II de la MEGA (volumen 4.1.); y el del libro III fue editado por Müller y sus coautores en 1992 (MEGA, Sección II, volumen 4.2) (vid. Müller et al., 2002). Este último, del que aún no existe versión española, ha sido traducido al inglés en 2015 por Ben Fowkes, en una edición llevada a cabo por Fred Moseley.

Lo más importante de estas nuevas publicaciones es que han hecho posible comparar el manuscrito original de Marx del libro III (el único borrador que existe de dicho libro) con la versión publicada por Engels en 1894, comparación que han venido haciendo diversos autores alemanes desde 1992, a la que se suma ahora la de Moseley. Este recuerda que durante mucho tiempo era una incógnita entre los estudiosos marxistas en qué medida había cambiado Engels el manuscrito de Marx, y si existían diferencias significativas entre las dos versiones; pues bien, tras discutir las diferencias entre ambos textos capítulo a capítulo, Moseley concluye: 1º) que, a pesar de que la edición de Engels está mejor organizada, dando la impresión de estar más terminada y ser más completa de como era realmente, su reorganización no cambió la estructura lógica general del manuscrito de Marx; y 2º) que no existen cambios significativos en las dos secciones más importantes del libro III: la segunda, sobre los precios de producción y el “problema de la transformación”, y la tercera, sobre la teoría de la tendencia descendente de la tasa de ganancia. Ambas secciones, que son las más importantes del libro III, estaban ya casi acabadas en el manuscrito de Marx, y no experimentaron muchos cambios en la versión publicada por Engels106.

No vamos a abordar aquí, de todos modos, el largo “recorrido” de Marx hacia El capital (vid. El anexo I de Guerrero, 2008), pero sí recordar algunos de sus principales momentos. Cuando escribía los Grundrisse (1857-58), Marx concebía su “economía” dividida en seis volúmenes, el primero de los cuales iba a llamarse El capital. La Contribución a la crítica de la economía política (1859) fue la primera parte de ese primer volumen, pero la segunda parte no se terminó porque todo el primer volumen previsto se estaba convirtiendo en una nueva unidad conceptual dividida ahora en cuatro libros (los 4 libros de El capital). El primer trabajo posterior a la Contribución fue el manuscrito de 1861-63, de donde Kautsky extrajo las Teorías sobre la plusvalía o volumen IV de El capital, que él mismo publicó entre 1905 y 1910. Entre 1863 y 1865, Marx trabajó en los tres libros de El capital: el III lo escribió antes de la redacción del I; el II, antes y después de la redacción del I; y, tras publicar el libro I (1867), no pudo terminar los libros II y III, que Engels “terminó” (editó) y publicó en 1885 y 1894 respectivamente. El conjunto de los cuatro libros de El capital hoy ya publicados debería haber tenido su continuación en cinco volúmenes adicionales que vendrían después de El capital pero que nunca fueron comenzados realmente: Propiedad de la tierra, Trabajo asalariado, Estado, Libre comercio, Mercado mundial (McLellan 1973: 533).

Pues bien, son muchos los autores no marxistas, biógrafos incluidos, que han alabado este libro y a su autor con la misma fuerza que los marxistas (por ejemplo Engels, quien afirmó que “somos lo que somos por obra de él [Marx]; sin él, estaríamos aún hundidos en un cenagal de confusión”: Berlin, 197). A Isaiah Berlin, por ejemplo, le parecía que para Marx el viejo orden capitalista “se desmoronaba patentemente ante sus ojos, e hizo más que ningún otro hombre para acelerar el proceso, procurando acortar la agonía que precede al fin” (Berlin 1939: 41). Este resultado único fue en gran medida fruto de este libro, que su autor consideraba el más terrible misil jamás lanzado a la cabeza de la burguesía; pero Berlin no se queda atrás y escribe que El capital

“En su totalidad constituye la acusación más formidable y fundada jamás lanzada contra todo un orden social, contra sus gobernantes, sus ideólogos, los que lo apoyan, sus instrumentos conscientes e inconscientes, contra todos aquellos cuyas vidas están enlazadas en su supervivencia. Lanzó este ataque contra la sociedad burguesa en un momento en que esta había alcanzado la cúspide de su prosperidad (…)” (ibídem).

Aunque El capital es “una amalgama original de teoría económica, historia, sociología y propaganda que no encaja en ninguna de las categorías aceptadas”, el propio “Marx lo consideraba primariamente un tratado de ciencia económica” (Berlin 1939: 197), y por tanto “a menudo un libro lento y pesado, la obra de un profesor, no de un luchador” (Gabriel 2011: 448). En cuanto al volumen publicado en vida de Marx (libro I, 1867), este se preocupó mucho por que su libro fuera lo más popular posible y así estuviera al alcance de la clase obrera, a quien iba dirigido: “He dado el carácter más popular posible a lo que se refiere más concretamente al análisis de la sustancia y la magnitud del valor”; aun así, “los comienzos son siempre difíciles, y esto rige para todas las ciencias”, por lo que “la comprensión del primer capítulo, y en especial de la parte dedicada al análisis de la mercancía, presentará, por tanto, la dificultad mayor.” (Marx 1867: 43; Wheen 1999, 286)

Aunque “Engels se quedó asombrado de que Marx hubiese sido capaz de explicar la teoría económica de manera fácil y con un lenguaje sencillo”, el libro no resultaba fácil para nadie y “era difícil de digerir incluso para los intelectuales” (Gabriel 2011: 444, 447); por ejemplo, William Morris, que era no sólo socialista y comunista sino también marxista, exclamó, al enfrentarse a la experiencia, que “estaba desesperado por la confusión de mi cerebro” (Wheen 1999: 287). Se entiende que “el mero peso físico del libro, por no mencionar sus fórmulas matemáticas107, sus múltiples lenguajes, sus eruditas referencias literarias108 y filosóficas, y su teorización abstracta, lo hacían casi inaccesible”, y además “daba también la sensación de que El capital era en realidad dos libros”, debido al “extenso uso que hacía Marx de las notas a pie de página” (Gabriel 2011: 447). Por su parte, McLellan señala tres razones por las que el comienzo de El capital era particularmente difícil: 1) por el “molde” o hechura hegeliana de todo el libro, 2) porque los primeros nueve capítulos, a diferencia del resto109, son de naturaleza teórica y muy abstractos, y 3) porque los conceptos que usa Marx eran conocidos por los economistas de su época pero luego fueron abandonados por las escuelas ortodoxas de la economía (por ejemplo, para los marginalistas no existe un concepto de valor diferente del de precio). No sorprende, entonces, que algunos potenciales lectores pidieran consejo a Marx sobre cómo facilitar la lectura del libro, pero sólo conocemos dos consejos del autor: a la mujer de su amigo Ludwig Kugelmann, Gertrud, le aconsejó que empezara leyendo los capítulos sobre “La jornada de trabajo” (cap. 8), “La maquinaria y la industria moderna” (cap. 13) y “La acumulación capitalista” (caps. 23 y 24) (McLellan 1973: 400); por otra parte, como introducción a la lectura de El capital, aconsejó leer primero la Filosofía de la miseria y el Manifiesto comunista (McLellan 2000: 143).

A pesar de las dificultades, Marx estaba convencido de que el proletariado terminaría leyendo110 y apropiándose del libro que Engels llamaba “la biblia de los trabajadores” (Blumenberg 1972: 165; Attali 2005: 329)111. Engels escribió que “en cuanto al triunfo definitivo de las tesis expuestas en el Manifiesto, Marx confiaba exclusivamente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, tal como deriva necesariamente de su acción conjunta y de su discusión” (Prólogo a la 4ª edición de Marx y Engels, 1848, 115; Rubel 2003: 25); sin duda, Marx confiaba en las mismas fuerzas para el triunfo de las ideas de El capital112. Por eso, aunque “repetía constantemente que se necesitarían años, si no décadas, para educar y preparar113 a los trabajadores para que tomasen las riendas del poder”, también “esperaba que estos mismos trabajadores no sólo absorbiesen y entendiesen El capital, sino que lo hiciesen rápidamente” (Gabriel 2011: 447). Con El capital –decía ese “estudioso partisano”114 que fue su autor (Carmichael 1968: 226)–, “espero obtener, para nuestro partido, una victoria en el campo científico”115 y “asestar a la burguesía, en el plano teórico, un golpe del que no volverá a rehacerse”116. Pero “la tarea de preparar a los obreros para la revolución era para él una tarea científica” (Berlin 1939: 144).

¿Qué es lo más importante del libro publicado por Marx? En una carta a Engels de 24 de agosto de 1867, ya en imprenta el libro, escribe Marx lo siguiente: “Los mejores puntos de mi libro son: 1) El doble carácter del trabajo, según que sea expresado en valor de uso o en valor de cambio (toda la comprensión de los hechos depende de esto, se subraya de inmediato en el primer capítulo); 2) El tratamiento de la plusvalía independientemente de sus formas particulares, beneficio, interés, renta del suelo, etcétera. Esto aparecerá especialmente en el segundo volumen. El tratamiento de las formas particulares por la economía clásica, que siempre las mezcla con la forma general, es un buen revoltijo.”117 (vid. Bértolo 2017: 537).

En cuanto al primer punto, Marx se queja de que, siendo “lo mejor” de su libro, sin embargo “ha escapado a la atención de todos los economistas, sin excepción, que si la mercancía es algo dual –valor de uso y valor de cambio–, entonces el trabajo incorporado a la mercancía debe ser también de carácter dual (…) De hecho, aquí se encierra todo el secreto de la concepción crítica” (Bródy 1970: 67). Como dice Vygodski, esta “idea de la naturaleza doble del trabajo”118 aparece ya en el capítulo primero y “constituye el contenido fundamental de la teoría marxista del valor”; y, aunque algunos economistas “estuvieron muy cerca”, nadie ha comprendido que esta teoría “se diferencia radicalmente de la teoría del valor-trabajo desarrollada por los precursores de Marx, los economistas burgueses clásicos” (Vygodski 1976: 39-40; Kolakowski 1976: 266, 273ss).

En cuanto al segundo punto, Marx colocó en el frontispicio de sus Teorías sobre la plusvalía la siguiente “Observación general”: “Todos los economistas participan del error de examinar la plusvalía, no como tal, en su forma pura, sino en las formas especiales de ganancia y renta. Los errores teóricos que por fuerza deben surgir de ello se muestran más en detalle en el capítulo III119, en el análisis de la forma muy modificada que la plusvalía adopta como ganancia” (Marx 1861-63, I: 33). Enfatizando la importancia que tiene esta observación marxiana, Sacristán escribe que el análisis de la plusvalía, “forma general” transformada en las “formas particulares, transformadas, de beneficio y renta de la tierra”, siguiendo “leyes muy peculiares descubiertas por Marx” [expresión de Engels], es “pura ciencia (teoría) positiva” (Sacristán 2004: 257-8).

La Teoría laboral del valor

Aunque algunos piensan que la gran aportación de Marx es su teoría del plusvalor o de la explotación120, acabamos de ver que, para Marx, lo principal era la cuestión del valor (de la que deriva la del plusvalor). Marx opina que sólo hay una teoría del valor que pueda explicar el precio de las mercancías (incluido el de la mercancía fuerza de trabajo): la que se basa en la cantidad de trabajo socialmente necesario; junto a esta primera teoría (1ª), mencionaremos otras dos, difundidas más tarde (2ª y 3ª), que en realidad no explican nada.

1ª. El valor nuevo lo crea el trabajo, no el mero paso del tiempo (como creen los neoclásicos) ni el uso de mercancías para producir mercancías (como creen los sraffianos y, en general, los neofisiócratas). Igualmente, el pluscapital o plusvalor lo crea el plustrabajo, y no la productividad del capital monetario o de las mercancías. Increíblemente, nadie presta atención hoy en día al capítulo 20 de los Principios de Ricardo (1817), dedicado explícita y completamente a la cuestión “Riqueza y valor: sus propiedades distintivas”. En él, Ricardo explica que una cosa es la riqueza (conjunto de valores de uso) y otra muy distinta el valor de esa riqueza; y critica frontalmente a Say por no hacer esta distinción, generando así uno de los mayores “errores de la economía política”. No sorprende, por tanto, que casi nadie distinga entre “factores productivos de riqueza” y “factores productivos de valor”, excepto gente como Ricardo y Marx, pero también Petty y Cournot121. Para la TLV (que también Cournot defendía, a la vez que desechaba la utilidad y la escasez), todos los factores productivos contribuyen a producir la riqueza pero sólo el trabajo crea el valor de esa riqueza.

Según Marx, la fórmula general del capital es << D – M (mmpp, ft) …P… M’ – D’ >>, es decir, el capitalista adelanta un capital (dinero) D para comprar mercancías (M) en forma de medios de producción (mmpp) y fuerza de trabajo (ft), combina ambos en un proceso de producción (…P…) y obtiene un producto mercantil de mayor valor que M (M’ > M), producto que, al ser vendido, se convierte en una cantidad de dinero superior al capital inicial (D’ > D). Si esto lo convertimos en una fórmula expresada exclusivamente en términos de valor, llamando K al capital inicial, c al capital constante (valor de los mmpp comprados), v al capital variable (valor de la ft comprada), “…T…” al proceso de trabajo, y va al valor añadido, y haciendo K’ = K + ΔK, tenemos:

K – M (c, v) …T… M’ (c, va) – K’ (K + ΔK) (1)

Si partimos del principio del intercambio de equivalentes (es decir, K = M y M’ = K’) y observamos que el valor de las cosas no aumenta por sí solo (ni siquiera cuando los mmpp se integran en el producto, y su valor en el valor de este), entonces M’ > M, y el valor ha de crearse necesariamente en y durante el proceso de trabajo, “…T…”; pero como c = c, tiene que ser que va > v, y la diferencia “(va – v)” tiene que ser = ΔK. El pluscapital ΔK sólo puede tener su origen en que va > v, es decir, en que el valor añadido por el trabajo es superior al valor de la propia fuerza de trabajo. De aquí se deduce que el hecho de que el trabajo cree valor nuevo implica que el pluscapital se debe al plustrabajo, e implica, por ende, que existe explotación del trabajo por el capital.

2ª. La teoría utilitarista del valor de los neoclásicos se basa en la utilidad marginal del consumidor, y en esto no podemos entrar ahora122. Pero sí podemos decir que, a la vista de la ecuación (1), estos autores la rechazarían por completo, sustituyéndola por la ecuación (2):

K – M (m1, m2) …Tiempo… M’ (m1, m2 m3) – K’ (K + ΔK) (2)

Lo que hace crecer al capital, haciendo que (m1 + m2) se convierta en (m1 + m2 + m3) es el simple paso del tiempo, como de hecho parece ocurrir con cualquier activo financiero. No sólo no es necesario el trabajo sino tampoco la producción: es como si viviéramos en un mundo de bancos con banqueros (que se apropian de m3) pero sin bancarios (pues no se necesita trabajo).

3ª. El pluscapital de los neofisiócratas es el plusproducto (no vinculado necesariamente al plustrabajo), o, mejor dicho, el valor del plusproducto, que resulta de multiplicar el plusproducto en sí (físico) por los precios de las mercancías que lo componen. Fred Moseley echa de menos el dinero en esta concepción; por eso escribe que la fórmula que la describe debería ser:

M …P… M’ (3);

pero nos parece más completa y representativa la ecuación (4), donde, al igual que hicimos más arriba, señalamos dentro de un paréntesis los componentes de M y M’:

M (coste) …Producción… M’ (coste· (1 + r)) (4)

En este caso, no es que el trabajo esté ausente, sino que, al interpretarse el trabajo (más que la fuerza de trabajo) como una mercancía más, esta forma con las demás mercancías el “coste de producción”. Ahora bien, el plusvalor no necesita ser explicado ni deducido, basta con ser supuesto y presupuesto: como partimos de matrices insumo-producto no negativas y “productivas” (es decir, los insumos, o costes, sólo son una fracción del producto), está claro que estas contienen un autovalor positivo (del cual es función la tasa de ganancia, r) al que vendrá asociado el correspondiente vector de precios. Nada de lo anterior es falso, pero no se comprende bien por qué tienen necesidad de desligar la producción del trabajo, y el plusproducto del plustrabajo.

EL CAPÍTULO 1º DE EL CAPITAL

Antes de decidirnos por el capítulo 1 para ilustrar los ciento cincuenta años de El capital, estuvimos considerando la alternativa del capítulo 23 (“La ley general de la acumulación capitalista”123) como buena representación del libro I, por la importancia del tema que trata y por su contenido dinámico. Para McLellan, el 23 es “el capítulo más hermoso del libro”, donde ocurre que “el capitalista, siendo presa de un ‘conflicto fáustico entre la pasión por la acumulación y el deseo de goce’, se veía obligado a crear un ‘ejército industrial de reserva’ o una vasta balsa de trabajadores temporalmente desempleados para servir a las fluctuaciones del mercado” (McLellan 1973: 402).

Pero el capítulo 1 contiene lo esencial de la teoría laboral del valor (TLV), que, como sabemos, es la base de toda la construcción marxiana. Esta TLV tiene como tesis principal que los precios de las mercancías normales124 vienen determinados por las cantidades respectivas de trabajo necesarias para producirlas y reproducirlas en condiciones sociales y técnicas medias. Todas las mercancías –entendida siempre cada una como un “ejemplar medio de su clase”–, son valores de uso, o cosas útiles; pero, al mismo tiempo, el cuerpo de dichas mercancías es portador de una propiedad fantasmal, no evidente, que es el valor de cambio. El observador superficial identifica el precio con la cosa, es decir, cree que su precio es algo innato en la mercancía, intrínseco a ella, sin darse cuenta de que el precio existe solamente en el seno de unas relaciones sociales determinadas (no otras) que son las que separan a los capitalistas de los trabajadores, así como a los trabajadores de cada unidad productiva (empresa) de los de todas las demás: en este contexto, la relación social entre los individuos aislados tiene que expresarse por medio de una relación entre mercancías. Pero un análisis más detenido permite ir más allá de esto y resumir el contenido de este epígrafe 4 en los siguientes 13 puntos125:

1º. La dualidad. Hemos dicho que en la mercancía hay una dualidad entre valor de uso y valor de cambio. Pero el valor de cambio no es en realidad más que una forma de expresión del valor, que es la propiedad, que tienen todas las mercancías en común, de ser el resultado directo del trabajo que las produce. La única propiedad que no las distingue sino que las iguala126 (por tanto, que no puede ser inherente al valor de uso), que es omnipresente en todos los bienes (y también en todos los servicios), y que además es cuantificable127, es la de ser el resultado directo de un proceso de trabajo que las iguala como un quantum determinado de trabajo coagulado128 en cada una de ellas. Pero si hay una dualidad de la mercancía, también hay una dualidad del trabajo, y, aquí, este trabajo no es el trabajo concreto (work) que desarrollan los trabajadores en el ejercicio de su especialización, sino el trabajo abstracto129 (labour) que una específica existencia social humana pone en el interior de cada trabajo concreto130. Aunque muchos economistas tienen dificultades para ver qué cosa es el trabajo abstracto, en realidad no se trata de algo muy diferente de la abstracción implícita e inconsciente que ellos mismos realizan (y en realidad todo el mundo) cuando hablan, por ejemplo, de la existencia de 6 millones de parados o de una población activa de 24 millones de trabajadores, etc.; todas estas cantidades, perfectamente válidas en cuanto sumas de algo homogéneo (trabajo abstracto, en definitiva), son a la vez “sumas” de n tipos completamente heterogéneos de trabajadores concretos.

2º. La magnitud del valor de cada mercancía se cuantifica como cierto número de horas (tiempo) de trabajo socialmente necesario, y ello tanto en un sentido técnico (que se estudia en el libro I de El capital) como en un sentido social (que se desarrolla más completamente en el libro III), que relaciona la cantidad producida socialmente de cada mercancía con la cantidad demandada por la población como el valor de uso social que cubre sus necesidades131.

3º. La forma de valor. El valor tiene un contenido o sustancia (el trabajo), pero también una “forma” que es el valor de cambio. Veamos las distintas formas de valor. 1) En su forma simple, una mercancía equivalente (B) expresa mediante cierta cantidad de su valor de uso el valor de una primera mercancía (A); vistas como mercancías independientes, A y B son sólo “portadoras de valor”, pero en la relación A = B, B es algo más: B es valor132. 2) Al igual que ocurre con este primer equivalente, puede haber numerosas (n) mercancías que sirvan simultáneamente de equivalentes de A: esta es la forma desplegada del valor. 3) Pero, de igual forma que una mercancía cualquiera puede expresar su valor en el valor de uso de otras n mercancías distintas, también es posible expresar el valor de estas n mercancías en cierta cantidad de valor de uso de A: esta es la forma general de valor. 4) Lo que ocurre es que, en último término, la contradicción o antítesis interna (dualidad intrínseca) que existe entre el valor de uso y el valor de una mercancía se exterioriza (exteriorización que ya existía en la forma simple) como contradicción o antítesis externa entre el valor de las n mercancías y el valor de uso de una única mercancía especial, el dinero, que queda separada de las demás y se convierte en el medio de expresión necesario de los valores mercantiles; esta es, pues, la cuarta forma de valor: la forma de dinero. Esto significa que los valores tienen que expresarse necesariamente en dinero, que no es sino la forma monetaria del valor. Por esa razón, Marx se refiere siempre a los valores como una cierta cantidad de libras, etc.

4º. Fetichismo. El carácter fetiche de la mercancía –”fetichista”, “fantasmal”, “fantasmagórico”, “enigmático”, “misterioso”, “mágico”, “místico”, “fantástico”, “ilusorio”, “neblinoso”…, son los adjetivos que usa Marx– se reduce esencialmente a algo simple: basándose en la apariencia133, los mercaderes, hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o sicofantes, conceden carácter social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por ejemplo, llaman capital a lo que sólo es un medio de producción); y, a la inversa, toman por natural lo que no es sino su lado social y nada natural (por ejemplo, que la mercancía tenga precio se considera una propiedad natural más de la cosa-mercancía). El famoso “fetichismo” se reduce por tanto a este doble quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la “peculiar índole social del trabajo que las produce”, es decir, debido a que los trabajos privados e independientes que las producen sólo se vuelven sociales (parte del todo al que realmente pertenecen) por medio del intercambio y el mercado.

5º. Dejando de lado el proceso del intercambio (cap. 2) y las funciones del dinero (cap. 3), veamos la transformación del dinero en capital. En un primer momento, los productos se cambian como simples valores de uso, P – P, siendo “fortuita” la proporción cuantitativa en que lo hacen. Sólo cuando la repetición convierte este intercambio en un proceso social regular, esta proporción pasa a depender de su producción, convirtiéndose así en valor. El trueque bilateral entre dos mercancías, M – M, da paso a un trueque multilateral, M – M – M, en el que el papel central lo ocupa la mercancía que está convirtiéndose ya en dinero pero aún no lo es134. Las propiedades naturales de ciertas mercancías –como la calidad uniforme y la divisibilidad de los metales preciosos– hacen que el oro adquiera poco a poco un papel creciente, hasta convertirse finalmente en la mercancía general y medio universal de intercambio y de pago. Y como el valor no lo confiere el intercambio sino la producción, el valor del oro se determina exactamente igual que el de las demás mercancías. Por tanto, M – M – M se transforma en M – D – M, fórmula cuyo lema es “vender para comprar”. Pero junto a este uso del “dinero en cuanto dinero” aparece el “dinero en cuanto capital”: como la fórmula D – M – D es imposible, pues se trataría de un proceso “absurdo y fútil”, ha de ser D – M – D’, es decir, un proceso de “comprar para vender” que termina con una cantidad de dinero mayor que al principio (D’ = (D + ΔD) > D), donde ΔD es un plusvalor (pluscapital), siendo el movimiento que lo genera lo que transforma desde principio al dinero en capital.

6º. La fórmula D – M – D’ corresponde tanto al capital financiero y mercantil como al industrial, pero en este último caso se ha de llevar a cabo un proceso de producción entre dos procesos sucesivos de intercambio basados en el principio del intercambio de equivalentes, lo que convierte la fórmula anterior en una más desarrollada: D – M (MMPP + FT) …P… M’ – D’. El capitalista emplea su dinero o capital-dinero (D) en la compra de medios de producción y fuerza de trabajo135 (M), reúne ambas condiciones de trabajo en un proceso de producción determinado (…P…) y obtiene un producto mercantil de un valor superior al de todas las mercancías compradas (M’ > M), valor que se convierte, si M’ es adecuadamente transformada en dinero (D’), en un capital que incluye ahora un pluscapital, lo que permite reinvertir una parte del mismo para reiniciar el proceso a una escala superior. Marx demuestra que el origen de ese pluscapital o plusvalor es el plustrabajo, lo que se debe a lo siguiente; el capitalista gasta su dinero de dos formas: por una parte compra medios de producción con una parte de su capital que es constante, y por otra compra la fuerza de trabajo de los obreros con la otra parte de su capital que es capital variable; y es variable porque el pago de los salarios permite que la fuerza de trabajo comprada por el capital desarrolle para su dueño, el capitalista, una cantidad de horas de trabajo (es decir, de valor nuevo o valor añadido) superior a las horas necesarias para reproducir el valor de dicha fuerza de trabajo (es decir, el valor de la cesta efectiva de consumo del trabajador). Que exista esta mercancía especial que permite, al ser consumida136, crear más valor de lo que cuesta no es una “injusticia”: es una suerte137 para el capitalista que, de esta manera, se apropia gratuitamente de una parte del trabajo realizado (la fracción que supera al trabajo necesario y suficiente para la reproducción del obrero), lo que constituye la explotación del trabajo por el capital.

7º. El valor total de la mercancía se compone, pues, de tres componentes: capital constante (c), capital variable (v) y plusvalor (pv). Visto a escala global, el valor de la producción total de bienes y servicios es la suma del valor añadido o producto final (o renta producida en forma de salarios y beneficios) más la producción intermedia (o consumo intermedio). La correspondencia entre la TLV y las igualdades contables de la Contabilidad nacional oficial es, a este respecto, completa.

8º. La jornada de trabajo queda así dividida en dos partes: trabajo necesario y plustrabajo; y el valor creado queda repartido entre capital variable (v) y plusvalor (pv). Cuando estos dos se ponen en relación, obtenemos el cociente pv/v, que es la tasa de plusvalor, tasa que expresa el grado de explotación del trabajo. Este grado de explotación tiende a aumentar con el tiempo, ya sea porque se aumenta el plusvalor absoluto al incrementarse la duración o la intensidad de la jornada laboral o, lo que es más probable, porque se aumenta la productividad social del trabajo gracias a la mecanización progresiva de la producción social en su conjunto, dando lugar a un aumento del plusvalor relativo. Aunque la tasa de plusvalor refleja la auténtica relación entre el plusvalor y el trabajo, es habitual que se preste atención también a la tasa de ganancia, r, que es una transformación de la primera: el cociente entre el plusvalor y el capital total: pv/(c + v). Esta última tasa desempeña un papel muy importante en el libro III de El capital, en forma de lo que Marx llamó la “ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia”.

9º. El aumento de la productividad social del trabajo tiene su origen en la entronización de la máquina en el seno del proceso de producción, que da lugar a la revolución industrial. El modo técnico de producir cambia al pasar de la industria artesanal (gremial) y manufacturera138 a la gran industria (mecanizada o maquinizada), caracterizada por la sustitución del taller por la fábrica (incluida la fábrica automática y el sistema fabril). La máquina se apropia de la destreza del obrero139, destreza que pasa a ser ahora una función de su propio cuerpo mecánico. La cooperación simple del trabajo y la fundada en la división del trabajo se convierten ahora en una cooperación entre máquinas (ya sea entre muchas máquinas similares, ya mediante un “sistema de máquinas”140 o un “sistema automático de máquinas”141), y el incremento de la productividad se debe a la mejora de las tres partes en que consiste toda maquinaria: el mecanismo motor, gracias a la máquina de vapor, aumenta su potencia más allá de los límites de la fuerza orgánica del obrero; el mecanismo de transmisión se adapta a dichos cambios; y la máquina-herramienta, o máquina de trabajo, sustituye a las herramientas del artesano y el manufacturero, siendo ella misma la que emplea ahora las herramientas. A esto se suma el paso que hay entre producir máquinas artesanalmente y producir máquinas por medio de máquinas. A la subsunción formal del obrero al capital –su sometimiento al contrato laboral142, a los vaivenes del mercado de trabajo, y al representante y a la disciplina impuestos por el propietario– se le une ahora su subsunción real, es decir, el sometimiento a la autoridad y el ritmo de la máquina y, por tanto, del capitalista a través de la máquina.

10º. La mecanización es indispensable para que el capitalista luche adecuadamente contra sus obreros y sus competidores. Aparte de lo ya dicho, la máquina, al sustituir mano de obra de forma creciente, ayuda a crear un desempleo y un ejército industrial de reserva que presionan a la baja el nivel medio de los salarios, operando así nuevamente al servicio del capitalista. Al mismo tiempo, la mecanización supone una capitalización creciente, pero es el origen de un aumento de productividad que se manifiesta en una disminución del coste unitario del producto y, por tanto, de su precio, lo que constituye el arma fundamental en la batalla competitiva. De esta forma, se desplaza a los competidores no mecanizados en el mercado interno, permitiendo ganar cuota de mercado; pero también se desplaza en el mercado mundial a los países donde el modo de producción burgués aún no ha sido implantado.

11º. La simple continuidad del proceso capitalista –la reproducción “simple”– permite ver que todo capital no es sino “plusvalor capitalizado” (o “capital acumulado”), es decir, todo capital se convierte, tarde o temprano, en “valor apropiado sin equivalente” y concreción material de trabajo impago. Asimismo, al comprar fuerza de trabajo el capitalista mata dos pájaros de un tiro: valoriza su capital convirtiendo una parte en capital variable, y al mismo tiempo reconvierte los medios de subsistencia en nuevos obreros, de forma que “la clase obrera, también cuando está fuera del proceso laboral directo, es un accesorio del capital”, un “accesorio móvil de la fábrica”, un “esclavo” sujeto a su propietario por “hilos invisibles”, en vez de por cadenas. El proceso capitalista reproduce así, constantemente, la “escisión entre fuerza de trabajo y condiciones de trabajo”, es decir, las “condiciones de explotación” del obrero, que se ve continuamente arrojado al mercado como vendedor de su fuerza de trabajo y como alguien que “en realidad pertenece al capitalista aun antes” de venderse a él. Reproduce la relación capitalista misma: “por un lado el capitalista, por la otra el asalariado”, y la reproduce a escala creciente.

12º. La ley general de la acumulación capitalista. La acumulación hace que crezca el capital en un polo de la relación capitalista y que crezca el proletariado en el polo opuesto, pero la suerte que este corre depende sobre todo de los cambios en la composición orgánica del capital (coc, o cociente c/v)143, es decir, del aumento (caso b) o no (caso a) de la cantidad de medios de producción que un obrero transforma en producto por unidad de tiempo.

(a) Para el obrero, las condiciones más favorables de la acumulación se dan con una coc inalterada, pues entonces es posible que la demanda de obreros supere su oferta y que los salarios aumenten, en cuyo caso pueden ocurrir dos cosas: que esta alza salarial no impida que la acumulación continúe, o bien que sí la impida, o la perjudique, en cuyo caso el capital reaccionará frenando la acumulación: de este modo, bajarán los salarios, desapareciendo así la causa del problema. Los movimientos de la acumulación son, pues, la variable independiente, y la magnitud del salario la dependiente (no a la inversa), pero la ley de la acumulación capitalista excluye toda mengua en el grado de explotación que pueda amenazar seriamente la relación capitalista.

(b) Pero la palanca más poderosa de la acumulación consiste en el aumento de la composición del capital, pues el aumento de la productividad consiguiente significa la expulsión de mano de obra ya empleada y una más lenta atracción de nuevos obreros, de lo que resulta una “ley de la población” peculiar al capitalismo: la “sobrepoblación relativa”, o creación de un ejército industrial de reserva (eir) que sirve de colchón de seguridad frente a expansiones y contracciones súbitas de la producción. Como este eir crece más deprisa que la propia acumulación de capital y el cambio técnico, se convierte en una nueva palanca de la acumulación144 y al mismo tiempo en una necesidad o condición de existencia del sistema, que en su ciclo económico pasa por las fases de “animación media, producción a toda marcha, crisis y estancamiento”. De esta manera, el capital no sólo establece la demanda de obreros sino también, mediante el eir, una oferta creciente de estos, lo que aumenta la competencia entre los trabajadores, hace bajar sus salarios y los obliga unas veces al “ocio forzoso” del desempleo, y otras veces (cuando están ocupados) al “exceso de trabajo”.

Por tanto, la proporción entre el ejército “activo” de trabajadores y el de reserva (eir) depende del ciclo económico, no demográfico, y la sobrepoblación relativa adopta cinco variantes: 1) la fluctuante, típica de la industria, hace que aumente el empleo femenino y que el obrero se desgaste antes y deba ser reemplazado por otro más joven; 2 la latente, típica de la agricultura, que es ese exceso de población rural siempre a punto de convertirse en proletariado urbano o manufacturero; 3 la estancada, que es sobre todo el empleo irregular de la economía negra o sumergida145; 4 la esfera del pauperismo, que afecta a tres categorías de pobres: los que aún pueden trabajar, los incapacitados (viejos, mutilados, degradados, etc.) y los “huérfanos e hijos de indigentes”; 5 el lumpenproletariado propiamente dicho: vagabundos, delincuentes, prostitutas.

En resumen: con el incremento de la riqueza capitalista, aumenta no sólo el proletariado y la fracción de este que pertenece al eir y al pauperismo, sino la “miseria” y “precariedad” de todo el conjunto: esta es la “ley general, absoluta”, de la acumulación capitalista. Esta “acumulación de miseria”146, que acompaña a la de riqueza en el otro polo147, no sólo es independiente de que el salario sea alto o bajo sino que muestra el carácter “antagónico” que señalan los economistas clásicos148.

13º. La acumulación originaria del capital. La acumulación de capital presupone la producción capitalista, pero esta requiere, la primera vez, una acumulación “previa” (Smith) u “originaria” (Marx), una génesis histórica que no es tanto la acumulación física de capital o de dinero, sino un largo proceso histórico que escinde o divide lo que hasta ese momento era un conjunto o entidad social única, a saber, la unidad básica familiar que explotaba la tierra antes del capitalismo: se trata de “un proceso de escisión entre los trabajadores y las condiciones de trabajo”. En el siglo XVIII y antes de él, la inmensa mayoría de la población rural estaba formada por campesinos libres149 y a la vez propietarios sólo de una pequeña explotación agraria (y ganadera e industrial) en la que toda la familia trabajaba a la vez con sus manos y sus medios de producción. De esa forma, medios de producción y fuerza de trabajo formaban una unidad en el campesino típico. Pues bien, la acumulación originaria del capital es precisamente la separación de eso que estaba unido, de forma que finalmente la fuerza de trabajo y el trabajo quedaron separados de los medios de producción: quedó la fuerza de trabajo por un lado (en manos de unos campesinos y excampesinos que habían perdido su propiedad) y los medios de producción por otro (en manos de los capitalistas que habían comprado o expropiado esas tierras a los campesinos). Buena parte de estos campesinos expropiados quedaron durante mucho tiempo desempleados o reducidos a ocupaciones marginales hasta que pasaron a integrar bandas de vagabundos, bandoleros y otras similares, que intentaban ganarse la vida fuera del mercado de trabajo (en el campo en su mayor parte); pero finalmente se vieron obligados a claudicar150 y convertirse en asalariados, ya fuera en la propia agricultura, o bien en la industria, el transporte (ferrocarril) o en otros servicios. Este nuevo proletariado surge, pues, de una doble liberación del trabajo: 1) respecto de la servidumbre feudal y la coerción gremial, que han desaparecido; 2) pero también respecto a sus antiguos medios de producción, que han perdido.

Ejemplificados por la metáfora de Tomás Moro en su Utopía, en la que “las ovejas devoran a los hombres”, existieron toda una serie de métodos violentos151 para la expropiación terrible y dificultosa de las masas populares, o “prehistoria del capital”. De esta forma, la propiedad privada construida a fuerza de trabajo propio es desplazada por la propiedad privada capitalista, mas esta “primera negación” viene seguida por la “negación de la negación”, que restaura la propiedad individual, pero sobre el fundamento de la conquista alcanzada por la era capitalista: la cooperación de trabajadores libres y su propiedad colectiva sobre la tierra y sobre los medios de producción. La producción de miseria ligada a la acumulación capitalista va acompañada por la creciente rebeldía de la clase obrera, dispuesta a convertir la propiedad privada capitalista en propiedad social; este proceso será mucho más rápido y sencillo que el parto de las “leyes naturales eternas” del capitalismo: si en este se trataba de la expropiación de la masa del pueblo por unos pocos usurpadores, ahora se tratará de la usurpación de unos pocos usurpadores por la masa del pueblo152. Suena la hora de la propiedad capitalista, y “los expropiadores son expropiados”.

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NOTAS

1 diego.guerrero@cps.ucm.es

2 Heinrich Marx y su medio holandesa esposa Henriette Pressburg (apellido proveniente de Bratislava, capital de Eslovaquia, parte de Hungría entonces, desde donde emigraron sus ancestros a Holanda), eran judíos descendientes de familias de rabinos desde varios siglos atrás (rabino de Tréveris fue, por ejemplo, el padre de Heinrich, y “prácticamente todos los rabinos de Tréveris desde el siglo XVII fueron antepasados de Marx”: Padover 1980: 1980 207ss) que se convirtieron al protestantismo en una ciudad muy mayoritariamente católica (el 93% de la población). Tréveris no era una ciudad cualquiera, sino la ciudad más antigua y más romanizada (la “segunda Roma”) de Alemania (NMH 1927: 15; Wheen 1999: 16), una capital importante del Imperio romano de Occidente en la que residieron muchos emperadores romanos (Padover 1980: 13), que se convirtió luego en arzobispado y sede de unos Príncipes Electores que gobernaron la ciudad hasta la época de la dominación francesa de esta parte renana de Prusia (1794-1815), que hizo de ella “la región sobre la que más había influido el espíritu de la revolución francesa” (Vranicki 1971: 35).

3 No sabemos si su padre lo llamaba indistintamente Carl o Karl –por ejemplo: “Tus cuentas, querido Karl, están hechas à la Carl” (Sperber 2013: 55)–, o bien usaba Carl para referirse a la infancia de Karl, usando aquí el doble nombre como premonición de lo que luego serían los problemas de gestión del dinero del Marx maduro. Pero ya en 1837 le escribía su padre: “Como si de oro fuese, mi señorito hijo dispone de casi 700 táleros por año, contraviniendo todo acuerdo y usanza, siendo así que el más rico no gasta más de 500” (McLellan 1973: 44).

4 La hija de su amigo Kugelmann escribió: “Mi padre pensaba que Marx se parecía a Zeus, y mucha gente opinaba lo mismo” (Attali 2005: 315). Quizás por eso le envió Kugelmann a Marx un regalo desde Alemania, “un enorme busto de Zeus”, que este colocó en una esquina de su despacho (Gabriel 2011: 455).

5 Como se puede encontrar en diversas biografías de Marx, desde la de Mehring (1918), que lo es moderadamente, a la de Ivanov (sin fecha). La de NMH, considerada “menchevique”, “evita tanto la hagiografía como la demonología” (Alan Ryan, en Berlin, 15).

6 Se trata de la International Working Men’s Association (IWMA), conocida en España como AIT (Asociación Internacional de Trabajadores).

7 NMH, 286. La reunión estuvo presidida por el profesor de Historia del University College Edward Spencer Beesly, un comtiano no socialista que ni siquiera se afilió a la Asociación pero que fue toda su vida un sincero defensor de los derechos de los trabajadores (Berlin, 187).

8 Cremer era albañil y secretario de la Unión de Albañiles, y, aparte de secretario general de la AIT (1864-66), fue, mucho más tarde, premio Nobel de la paz (1903) y caballero (Sir) (1907), una vez convertido en el “modelo mismo de reformista-pacifista” y en “firme opositor al partido laborista” (Marx y Engels 1973: 139; Draper 1985/86, III: 49).

9 En 1865 Marx es elegido para el consejo editorial del Workmen’s Advocate, órgano de la Internacional, en 1866 “secretario corresponsal” para Alemania, en 1868 “archivero” de la Internacional y en 1871 secretario corresponsal para Rusia. A pesar de pertenecer al Consejo General, Marx no desempeñaba ningún puesto ejecutivo, pero “de hecho se convierte en el líder de la organización gracias a su dominio intelectual sobre los dirigentes y a la confianza puesta en él por el bloque de los sindicalistas británicos y de la mayoría de los miembros continentales del Consejo general” (Draper 1985/86, I: 122-123).

10 Según Umberto Eco, “se trata de un texto formidable que alterna tonos apocalípticos e ironía, eslóganes eficaces y explicaciones claras, y que –si realmente la sociedad capitalista quiere vengarse de los fastidios que estas no muy numerosas páginas le han causado– debería ser religiosamente analizado hoy en las escuelas para publicistas”, Eco (1998).

11 (Berlin 1939: 146). El mismo Berlin añade que “si su autor no hubiera escrito nada más, el documento le habría asegurado perdurable fama” (ibid., 150).

12 Desde 1863 padeció una enfermedad grave de la piel que ha sido descrita de muchas maneras similares pero no enteramente coincidentes: unos hablan de forúnculos (McLellan 1973: 389; Wheen 1992: 270), otros de carbunco o carbunclos, de ántrax (Giroud 1992), de erupciones (Padover 1980: 159), abscesos o, más recientemente, de “Hidradenitis suppurativa” (Sperber 337). Se trataba de una enfermedad casi permanente (Rubel 2003: 39), que Marx consideraba una enfermedad “verdaderamente proletaria” y una “purulencia diabólica”(McLellan 1973: 389).

13 En este caso concreto, se trataba de un “virulento carbunclo en el pene” y en el pecho (Padover 1980: 223).

14 (Draper 1985/86, I: 121).

15 En esta “obra maestra de moderación” (Gabriel 2011: 411), Marx hace “una especie de repaso de la fortuna de las clases trabajadoras desde 1845″, que comienza así: ‘Trabajadores,  es un hecho indiscutible que la miseria de las masas trabajadoras no ha disminuido entre 1848 y 1864 (…)'”, y a continuación expone la debilidad del movimiento obrero desde 1848 y presenta con toda claridad su tesis de la depauperación relativa (McLellan 2000: 575).

16 El propio Marx narra estos hechos en una carta a Engels del 4 de noviembre de 1864 (vid. Marx y Engels 1973: 138-141).

17 Por eso, este manifiesto “es, después del Manifiesto comunista, el documento más notable del movimiento socialista” (Berlin 1939: 188).

18 Existe una famosa fotografía de su reproducción en el Museo Marx-Engels de Moscú (Ivanov s.f.: 192ss; NMH 1927: 144ss).

19 Vid. Enzensberger (1973: 235); McLellan (1973: 408); NMH (1927: 144).

20 Aunque las descripciones de la última de sus viviendas en el Soho (28, Dean Street) varían según el autor, nos quedamos con la siguiente: “un apartamento de un segundo piso que inicialmente tenía dos habitaciones hasta que Marx alquiló una tercera como estudio. (…) La pequeña era un pequeño dormitorio y la otra (4,5 por 5,5 metros) una gran sala de estar con tres ventanas que daban a la calle” (McLellan 1973: 306). La vivienda tenía además “un pequeño baño y un fregadero con agua corriente” (Padover 1980: 160). Anteriormente, habían vivido incluso en una casa con “una sola y sórdida habitación”, pero aun así “las condiciones de existencia de los Marx no eran peores que las de los obreros” (Giroud 1992: 114-115). En cualquier caso, en esta época del Soho, cuando “apenas podía alimentar a sus propios hijos”, se empeñaba “en tener a su servicio a un secretario, el joven filólogo alemán Wilhelm Pieper, aunque Jenny Marx estaba deseando hacer el trabajo” (Wheen 1999: 167). El problema era que “Marx pensaba que no era apropiado para una persona de su posición no tener un secretario particular”, lo mismo que pasaría más tarde con “las vacaciones anuales en la playa, las clases de piano para los niños y todos estos costosos ajilimójilis que acarrea la respetabilidad. (…) se negaba a aceptar una forma de vida ‘subproletaria’, como él decía” (Wheen 1999: 169).

21 Tres hijos pequeños del matrimonio murieron sucesivamente allí, en 1850, 1852, 1855.

22 De la madre (120 libras) y de un tío escocés de Jenny (150 libras), por un total de 270 libras (McLellan 1973: 305; Blumenberg 1972: 115).

23 Wheen la describe como una “casa de cuatro pisos sin amueblar” en una calle que “no estaba pavimentada ni tenía alumbrado público”, en un barrio “bárbaro” y en cuya “proximidad todo era una inmensa y embarrada obra”, con un “jardín trasero” de “unos metros cuadrados de hierba y grava” (Wheen 1999: 202-3). Jenny se alegra de “la espaciosa mansarda para las maletas” (Giroud 1992: 149) y McLellan señala que “era un edificio estrecho, abalconado, de tres plantas y sótano, lo que en total sumaba ocho habitaciones” (Mclellan 1973: 305); “desde 1857 tuvieron una segunda sirvienta, Marianne, la hermana menor de Helene Demuth, quien permaneció hasta su muerte en 1862” (McLellan 1973: 376).

24 La dirección postal era “1, Modena Villas”, hasta que en 1868 cambió a: “1, Maitland Park Road” (McLellan 1973: 407-8).

25 Se mudaron al número 41 de Maitland Park Road (o Crescent), N. W. (Padover 1980: 373). Wheen señala que, en marzo de 1875, al casarse las dos hijas e instalarse en otros lugares de Hampstead, se desplazaron sólo 100 metros, dentro de la misma calle, a “una casa adosada de cuatro pisos que era algo más pequeña y mucho más barata” que la de Modena Villas (Wheen 1999: 329): “estaba adosada a otras dos casas, una a cada lado”, pero seguía siendo “grande comparada con la casa de Grafton Terrace” (Gabriel 2011: 570).

26 De su madre y de su amigo y camarada Wilhelm Wolff, conocido como Lupus, a quien Marx dedicó el primer volumen de El capital. Entre ambas sumaron unas 1.500 libras, o sea, seis veces más que las herencias de 1856. “En julio de 1865 Marx le confesó a Engels que todo el dinero que había heredado el año anterior de su madre y de Lupus se había volatilizado” (Gabriel 2011: 421).

27 Padover (1980: 192); quien añade que la casa tenía tres pisos, “con un pequeño jardín detrás y un parque delante” y con “una chimenea en cada habitación” (ibídem).

28 McLellan (1973: 408). Wheen señala que esta casa estaba “a todo un mundo [de Grafton Terrace] en cuanto a estilo y categoría: el tipo de residencia preferida de prósperos médicos y abogados, con un gran jardín, un ‘hermoso invernadero’ y suficiente espacio para que las niñas tuvieran cada una su propio cuarto” (más “tres perros, dos gatos, dos pájaros”) (Wheen 1999: 243-244). Jenny Marx escribió: “Tuvimos la suerte de encontrar una casa bonita y saludable, que amueblamos cómodamente y con cierta elegancia. En Pascua de 1864 nos trasladamos a esta nueva casa de habitaciones alegres y soleadas.” (J. Marx 1865: 143) No hay que olvidar, sin embargo, que entonces “la hospitalidad de los Marx es más generosa que nunca”, y “estaba abierta a todos los camaradas” (Giroud 1992: 178-179).

29 (Gabriel 2011: 288ss).

30 Mesa, que fue el primero que publicó en español una parte del libro I de El capital (la sección II), apostillaba que “se ve bien que el doctor, que pasa por rico, no emplea todas sus rentas, ni mucho menos, en la satisfacción de goces personales, y que consagra, no sólo su tiempo, sino una parte de su caudal, al servicio de sus opiniones” (Mesa 1872). En una reciente y amplia recopilación de breves textos de Marx en español, se narra la mudanza a esta vivienda diciendo que la familia Marx “se muda a unas habitaciones mejores” (Bértolo, 2017: 873).

31 Escribe Jenny: “Ahora aparentamos respetabilidad y nos dirigimos, con la cabeza alta, hacia el aburguesamiento. (…) Había que romper con el pasado (…) Por los niños hemos adoptado una vida normal al estilo de la clase media. No podíamos seguir viviendo como bohemios. Pero tengo la impresión de estar en el exilio (…)” (Giroud 1992: 150-151).

32 La propia Jenny cuenta: “El 12 de octubre dimos el primer baile en nuestra nueva casa, al que siguieron varias otras fiestas” (J. Marx 1865: 143); el baile “fue seguido de otras recepciones más modestas” (Giroud 1992: 177), como una “fiesta anual” el 22 de marzo de 1866 (Gabriel 2011: 428).

33 “Aquel baile tenía que ser lo suficientemente magnífico y lo suficientemente espléndido para compensar todos los años que las niñas habían tenido que aislarse de la sociedad por temor a que sus amigos descubriesen que su ‘doctor’ padre era un revolucionario y que su vida transcurría en medio de una miserable pobreza. Los salones del piso de arriba fueron despejados para hacer sitio para los músicos y la pista de baile, y en el piso de abajo se dispuso una mesa llena a rebosar de bandejas de comida.

(…) A Marx le encantaba y las amigas de sus hijas eran sus parejas de baile favoritas. Jenny, que era una experta juzgando este tipo de actos, declaró que aquel había sido ‘maravilloso’ y ‘un auténtico éxito'” (Gabriel 2011: 414-415). Véase también Giroud (1992: 177).

34 Jenny no olvidaba mencionar su apellido de soltera, su aristocrático von Westphalen, ni incluir en sus tarjetas de visita su título de baronesa (Padover 1980: 271; Giroud 1992: 175), título creado justo un siglo antes (1764) para su abuelo, por los servicios prestados como secretario privado del Duque de Brunswick (Sperber 2013: 59) y jefe del Estado Mayor del archiduque” (NMH 1927: 39). Jenny era hermanastra de Ferdinand von Westphalen, quien fue ministro del Interior del gobierno prusiano (1850-58), llegando a ser el hombre fuerte del gobierno en la época más reaccionaria de dicho régimen. En cualquier caso, “la respetabilidad le gustaba mucho, al igual que a Marx” (Payne 1975: 31), quien escribió a Engels una vez que Jenny estaba enferma “por causas más bien burguesas que físicas” (McLellan 1973: 311).

35 Se trataba de algo más que de vestir “con levita, chistera y monóculo” (Payne 1975: 30): “al propio Marx le gustaba dar la impresión a los visitantes, en especial a los extranjeros, de que vivía en confortables condiciones burguesas” (Blumenberg 1972: 121). “Toda su [de Marx y Jenny] concepción y modo de vida eran mucho más burgueses [que si fueran bohemios], y por eso mismo la pobreza burguesa los golpeaba con especial dureza” (ibídem).

36 A la pregunta (en uno de esos cuestionarios a la moda, en casa de sus parientes holandeses), Marx responde así a la pregunta sobre su definición de la felicidad: “Château Margaux 1848” (Attali 2005: 292-3; es verdad que en la ocasión más conocida la respuesta fue “la lucha”: McLellan 1973: 526). Gertrud Kugelmann le comentó una vez que no “lo veo a usted en una sociedad igualitaria, pues tiene gustos y costumbres completamente aristocráticos”, a lo que contestó él: “yo, tampoco; ese tiempo llegará, pero nosotros ya nos habremos ido” (Padover 1980: 201-202).

37 De hecho, ambos eran “esencialmente burgueses en sus costumbres” (Padover 1980: 279).

38 Gabriel (2011: 608 + XII). Wheen (1999: 151), habla de un “ménage à trois”.

39 La primera referencia pública al hijo ilegítimo de Marx la hizo Blumenberg en 1962, aunque Carver niega toda credibilidad a la historia oficial (Wheen 1999: 160-161; Carver 1989).

40 Para uno de sus biógrafos, “Marx no se empequeñece en absoluto como consecuencia de esto, al igual que Dickens, modelo de respetabilidad burguesa, no pierde nada al conocerse su doble vida amorosa, o Beethoven no queda disminuido por el hecho de que tuviera una hija con una de sus admiradoras. ¡Que nos proteja el cielo de semejante estrechez de miras! También Marx se engrandece cuando entendemos los conflictos que lo rodeaban, que habrían destruido a personalidades más débiles mucho más rápidamente” (Blumenberg 1972, 126). Sin embargo, “lo chocante es que Marx no pensara en darle una educación, una instrucción”; al parecer, sólo “quería olvidarlo, negarlo, enterrarlo” (Giroud 1992: 130).

41 “Engels aceptó su papel de villano” pero “nunca dará su apellido al niño y se negará a verlo” (Giroud 1992: 126). Freddy “fue criado lejos de su madre y de la familia Marx, (…) Lenchen [Helene], Jenny y Marx habían llegado a un acuerdo tácito: su interdependencia era demasiado grande para que la destrozara un simple embarazo. El acuerdo hizo que sus vidas fueran más tolerables, pero no cicatrizó las heridas ni acabó con los rumores (…)” (Gabriel 2011: 295).

42 Freddy, que tenía la edad de la tercera hija de los Marx, Tussy, visitaba a su madre en casa de los Marx casi clandestinamente, sin que las hijas supieran de quién se trataba; y, tras la muerte de Karl Marx, cuando Helene pasó a ejercer sus funciones de ama de llaves en casa de Engels (hasta que murió en 1890), parece que Freddy la visitaba entrando siempre por la puerta de servicio.

Por documentos nuevos de la década de 1990, se sabe hoy que “en su edad adulta, Freddy Demuth sabía el verdadero nombre de su padre” (Sperber 2013: 257). No se olvide, sin embargo, que Helene –quien al parecer tenía gran ascendiente político sobre el cabeza de familia (Giroud 1992: 127)– fue enterrada (1890) en la misma tumba que Karl (1883), Jenny (1881) y su primer nieto (Harry Longuet), fallecido una semana después de su abuelo. La decisión de poner una placa con los cuatro nombres fue de Engels y Tussy (en 1891), y la de enterrar allí las cenizas de esta se tomó en la década de 1950 por parte del Partido Comunista británico, que levantó también el monumento a los Marx (a Karl) que puede verse en el cementerio de Highgate (Padover 1980, 307).

43 El internacionalista anarquista español Anselmo Lorenzo se refería así a los asistentes a la Conferencia de Londres de 1871: “Pocos trabajadores, o, si se prefiere determinar bien el concepto, pocos éramos los asalariados asistentes a aquella asamblea, siendo los más burgueses (ciudadanos de la clase media, como lo define la Academia), y éstos llevaban allí la dirección y la voz (…)” (Lorenzo 1974: 179; Enzensberger 1973: 297).

44 Según cálculos de Riazánov, la suma total de estas ayudas ascendió a unas 7.500 libras (150.000 marcos) (Blumenberg 1972: 114), sin contar las 5.000 libras que legó a cada una de las hijas de Marx al morir Engels (su patrimonio era entonces de 30.000 libras, el equivalente a 4,8 millones de dólares actuales) (Gabriel 2011: 699). Engels mantenía dos viviendas en Manchester, una “respetable” (burguesa) y otra que compartía con su compañera; y tenía gustos similares a los de Marx, como la buena bebida, la buena mesa…, a lo que añadía su pasión por la caza a caballo, para lo que contaba con su propio animal. En 1869 vendió su participación en la empresa y se compró una casa en Londres (cerca de la de Marx, en el 122 de Regent’s Park Road) que le permitió verse con Marx diariamente y que fue donde vivió hasta su muerte (1895) (Padover 1980: 194). Por su parte, Laura Marx y Paul Lafargue, con el dinero recibido de la herencia de Engels, se compraron una casa a 30 kilómetros al sur de París (Draveil) que “tenía treinta habitaciones, un pabellón, una sala de billar, un estudio y un jardín de invierno, así como jardines, un huerto, cien aves de corral y docenas de conejos y ovejas” (Gabriel 2011, 701).

45 Antes de ser socio capitalista de la empresa (lo que ocurrió en 1864, cuando heredó 10.000 libras de su padre (Padover 1980: 193), y también mientras lo fue, parece que Engels trabajaba como viajante, contable y gestor de la empresa.

46 “Karl gastaba dinero desenfrenadamente” a pesar de que su padre le recordaba: “sabes muy bien que no soy rico” (Padover 1980: 29). En los primeros años londinenses, gracias a sus artículos para el NYDT y otros medios, sus ingresos habrían “sido una renta suficiente de haber sido cuidadosamente manejad[os]”, pero “Marx era incapaz de semejante gobierno. (…) Lo que no ayudó financieramente y redujo la moral de la familia fue la necesidad de guardar las apariencias” (McLellan 1973: 304). También Sperber habla del “despilfarro de Karl y su mala administración del dinero” (Sperber 2013: 290).

47 Uno de los primeros biógrafos de Marx, especializado en una lectura psicológica del personaje, escribió lo siguiente: “Es bien conocido que las personas con desórdenes digestivos (…) son propensas a los desórdenes de la vida afectiva”, y “las personas con desórdenes metabólicos (…) padecen un desorden del metabolismo económico” (Rühle 1928: 379-80 y 383). En su opinión, los problemas económicos de Marx tenían su origen en el “sentimiento de inferioridad” (376) que le producía la conciencia de su enfermedad, y en especial sus padecimientos de hígado, que consideraba una enfermedad hereditaria en su familia. Según Rühle, Marx, además de hipocondríaco (380), era un “neurótico” (388) y un “arrogante” (381), afirmación en la que coinciden Payne, que lo considera un “petulante hasta el final” (Payne 1975: 21), y sobre todo Sacristán, para quien “era un endiosado insoportable”, y por razones parecidas a las que da Rühle: porque “había sufrido y se había esforzado tanto” (Sacristán 2003: 187). La conclusión final de Rühle es que, aunque fue un “genio (393), “el más grande genio” del proletariado (397), “en el mundo de la realidad concreta, Marx fracasó” (383).

48 E incluso antes, pues siempre fue un niño mimado y consentido (Sperber 2013: 69), un “señorito” (McLellan 1973: 44).

49 Según Payne (1975: 27), se gastó en rifles y otras armas 5.000 francos en oro de los 6.000 que recibió de la última parte de la herencia de su padre. Vid. también Wheen (1999: 119), e Ivanov (s.f: 68).

50 (Ivanov s.f.: 77).

51 Engels (1883). Pronunciado en inglés (17-3-1883), este discurso se publicó en alemán (Sozialdemokrat). La polémica sobre si Marx fue más un científico que un revolucionario, o más un socialista que un filósofo, ha estado muy presente en la historia de las ideas, pero no entraremos aquí en ese debate. Es curioso que, jugando con sus hijas, a lo que luego se llamó un “cuestionario Proust”, a la pregunta de cuál era su “héroe favorito”, contestara con dos: un revolucionario, Espartaco, y un científico: Kepler (McLellan 1973: 526; Wheen 1999: 354); para McLellan, “su figura favorita era Espartaco, ‘el más noble camarada producido por toda la historia clásica (…) un auténtico representante del antiguo proletariado'” (McLellan 1973: 377).

52 Engels (1878).

53 “Marx defendía que su enfoque de la economía era el de un científico, y no el de un agitador como Weitling o un utópico como Proudhon”; pensaba que podía estudiarse “con la precisión de la ciencia natural”, comportándose “sólo como un científico que describe escrupulosamente las fuerzas y realidades tal y como se manifiestan sin más” (Padover 1980: 179).

54 Estudios de “Jurisprudencia y ciencias camerales”, según los describe Mehring (1918: 19).

55 “El primer año de Marx en la universidad estuvo regado de alcohol” (Gabriel 2011:79).

56 “Durante tres semestres no asistió a ninguna clase” (NMH 1927: 52).

57 En su Tesis sobre la Diferencia de la Filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro, Marx está aún “casi por completo dentro de los límites del pensamiento jovenhegeliano” (Kolakowski 1976: 110), pero, al contrario que Hegel, toma partido por Epicuro porque este, “frente al determinismo absoluto, admite el azar y la libertad” (Vranicki 1971: 38). “En contra del determinismo estricto de Demócrito, Marx se muestra partidario del principio epicúreo de la libertad de la conciencia y de la posibilidad, para el hombre, de actuar sobre la naturaleza” (Rubel 1972: 15; McLellan 1973: 49).

58 Mucho más liberal que la clerical Universidad de Berlín (Padover 1980: 57).

59 Federico Guillermo IV sucedió a su padre Federico Guillermo III en 1840, pero, pese a las esperanzas puestas en él, se negó a conceder una nueva Constitución y terminó aplicando una política cada vez más cerrada a las aspiraciones democráticas de la burguesía.

60 Que, a pesar de su título, iba a ser una revista mensual. Sin embargo, sólo se publicó un número (del volumen de un libro). Esta revista surgió de un intercambio de cartas entre Ruge, Marx, Bakunin y Feuerbach (McLellan 2000: 43).

61 Marx incorporó a estos artículos buena parte del material que usaba en sus estudios económicos serios, lo que les daba profundidad y una perspectiva de largo plazo.

62 En realidad, pasó allí seis meses, desde marzo, en una casa propiedad de su suegra.

63 Más allá del tema judío, Marx critica a Bauer por tratar sólo de la emancipación política del hombre sin abordar la cuestión de su emancipación humana, pero sobre todo critica el supuesto básico de los derechos humanos: que el hombre es por esencia una criatura egoísta (McLellan 2000: 46).

64 Este manuscrito se suele llamar Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, pero en español se conoce también como Crítica de la filosofía del Estado de Hegel (vid. Marx 1844): la discrepancia viene de que el texto de Hegel que se critica es su libro Fundamentos de la Filosofía del Derecho, pero lo que hace Marx en el manuscrito es limitarse a un comentario, epígrafe a epígrafe (los §§ 261-313), de la parte III del libro, sección 3ª (que trata sobre “El Estado”); de ahí, el título. Este manuscrito original, inacabado, constaba de 150 páginas y no fue publicado hasta 1927 por Riazánov (MEGA original). En él, un Marx “humanista y demócrata” opone “el principio democrático al monarquismo hegeliano” (Vranicki 1971: 61) y sigue a Feuerbach en la idea de invertir la relación entre el sujeto y el predicado en la dialéctica hegeliana, llegando a la conclusión de que la propiedad privada tenía que dejar de ser la base de la organización social (McLellan 2000: 32). En cuanto a la Introducción publicada en los Anales, en ella proclama Marx por primera vez su adhesión a la causa del proletariado. El estudio de Hegel en profundidad por parte de Marx venía de atrás: de creer lo que escribía a su padre en 1837, en su primer año en Berlín, Karl “había conseguido aprenderse a Hegel de principio a fin, junto a la mayoría de sus discípulos” (McLellan 2000: 13).

65 Que son una crítica radical del capitalismo influida por varios artículos de Engels, el anti-industrialismo romántico de Schiller y el humanismo de Feuerbach (McLellan 2000: 8). Estos manuscritos no se publicaron hasta 1932, generando a partir de entonces un intenso debate sobre la continuidad o no, en la obra madura de Marx, del “humanismo” o “existencialismo” que emanaban de los Manuscritos; según McLellan, muchos de los puntos de vista de Marx en estos manuscritos están presentes también en los Grundrisse y en El capital (McLellan 2000: 83). Esta es también la posición de Kolakowski, quien asegura que “no hay discontinuidad” en el sentido de que, “desde el principio al final”, el pensamiento de Marx “estuvo inspirado por la filosofía hegeliana” (Kolakowski 1976: 181, 185, 265); este autor añade que, si el término “alienación” se usa poco en El capital –aunque otros opinan que “figura muchas más veces de lo que algunos escritores parecen pensar” (McLellan 1973: 351)–, lo es porque hay “un cambio de lenguaje, no de contenido” (Kolakowski 1976: 267): “de hecho fue uno de sus mayores logros [de Marx] expresar la teoría de la alienación, derivada de Bauer, Feuerbach y Hess, en categorías conceptuales adoptadas, con modificaciones sustanciales, de Ricardo” (Kolakowski 1976: 269). En realidad, la posición de Marx entonces era “un naturalismo o humanismo consistente que vitaba tanto el idealismo como el crudo materialismo” (McLellan 2000: 6, 8).

66 Notas críticas al artículo ‘El rey de Prusia y la reforma social’, por un prusiano, donde, como señala Rubel, Marx adopta una de sus primeras tomas de posición anarquistas.

67 En ella, todavía bajo la influencia de Feuerbach, Marx enfatiza “la autoconciencia del proletariado”, sigue considerando su posición como un “humanismo real” (Kolakowski 1976: 153) y hace una cerrada defensa del libro de Proudhon y de su libro ¿Qué es la propiedad?, por ser el primer pensador que cuestionó la existencia de la propiedad privada y demostró sus efectos inhumanos sobre la sociedad. Sin embargo, la obra era una larga divagación y crítica de una serie de artículos, elegidos al azar, publicados en una revista editada por los hermanos Bruno y Edgar Bauer.

68 En abril escribió Marx sus famosas (once) Tesis sobre Feuerbach, en las que diferencia su materialismo del materialismo estático o mecánico (“viejo materialismo”), incluido el de Feuerbach, al que le falta una base histórica y la consideración del papel activo que desempeñan los seres humanos al transformar y desarrollar sus propias circunstancias (McLellan 2000: 171, 141). Las Tesis se publicaron por primera vez en 1888, como apéndice del libro de Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

69 La obra pretendía varias cosas: aclarar los principios socialistas para el Comité de correspondencia comunista de Bruselas que había creado con Engels (que se integraría luego, junto a los comités en otras capitales europeas, en la Liga Comunista); atacar a los “verdaderos socialistas” (seguidores de Feuerbach y Grün que pretendían basar el socialismo en principios éticos); y, sobre todo, responder a la sonada crítica que recibieron en el libro “anarcoexistencialista” de Max Stirner, El único y su propiedad, que acusaba a Marx y Engels de ser discípulos de Feuerbach. Como ha señalado Kolakowski, la doctrina de Stirner, el “egocentrismo”, “inspiró no sólo a grupos anarquistas, sino también a diversos grupos alemanes que fueron precursores inmediatos del fascismo” (Kolakowski 1976: 172).

70 “Lo más sorprendente” de este libro es “la poca sustancia que contiene”: “casi la mitad del libro consiste en una exposición crítica, llena de citas, de teóricos anteriores sobre el valor y el dinero. El resto se divide en dos secciones, la primera sobre manufacturas, la segunda sobre el dinero.” (McLellan 1973: 356).

71 Marx criticaba la ingenuidad de las teorías económicas de Proudhon –quien proponía una reforma de la sociedad en la que todos sus miembros serían trabajadores que cambiarían bienes en proporción al tiempo trabajado en ellos– y su oposición a las huelgas. Según Marx, Proudhon no entendía a Hegel, de forma que para él serían las categorías y las abstracciones las que hacen la historia, y no los hombres. Filosofía de la miseria fue la primera obra publicada por Marx en la que este se pronunciaba sobre la economía y el materialismo histórico, y posteriormente la recomendó, junto al Manifiesto comunista, como una introducción a su El capital (McLellan 2000: 143).

72 “Este Comité fue el embrión de todas las Internacionales Comunistas subsiguientes” (McLellan 1973: 181).

73 McLellan señala que ninguna de las ideas del Manifiesto era nueva, y muchas se debían a la influencia de Babeuf, Saint-Simon y Considérant, pero que lo nuevo era “la fuerza expresiva y la poderosa síntesis gracias a la concepción materialista de la historia”, razón por la cual algunos no ven en el Manifiesto sino “un resumen brillante de las opiniones expresadas en la Ideología alemana” (McLellan 2000: 245). El Manifiesto concluye con las famosas palabras: “Proletarios de todos los países, uníos” –y no simplemente “trabajadores”– (Padover 1980: 129); al parecer, la expresión procede de Schapper, que la usó antes que Marx (Payne 1975: 9; Sperber 2013: 197, 205).

74 Este periódico, que se llamaba “órgano de la democracia”, defendía al ala izquierda del Parlamento de Frankfurt frente al rey, así como la guerra contra Rusia como medio de promover la unidad alemana. Ante la prohibición de seguir publicándolo, su último número se imprimió íntegramente en rojo (Padover 1980: 146), tras lo cual Marx tuvo que vender la planta y las máquinas, que había comprado él personalmente (le costaron 7.000 táleros) (McLellan 1973: 256).

75 El Marx de 1850 era un Marx influido por Blanqui y más ultraizquierdista que nunca (McLellan 2000: 241), que defendía la “revolución permanente”, la actuación de un partido independiente de los trabajadores con dos secciones, pública y secreta, y la formación de gobiernos revolucionarios de los trabajadores en forma de consejos municipales, clubs y comités armados: véase la Alocución a la Liga Comunista, de marzo de 1850, y el cambio que supone la Alocución al comité central de la Liga Comunista de septiembre del mismo año; debido a esto, se escinde de la Liga el ala más izquierdista (formada por el grupo original de Willich y Schapper) mientras que el grupo de Marx la dirigirá hasta su desaparición en 1852.

76 Se trata de un texto que contiene ideas muy importantes de Marx sobre las clases y el Estado, y que, según Engels, fue “el primer intento de Marx por explicar una sección de la historia contemporánea por medio de la concepción materialista, sobre la base de una situación económica dada”; a lo que añade McLellan que es también el panfleto político más brillante de Marx, “dirigido a demostrar que la derrota de la revolución fue no sólo inevitable sino también benéfica” (McLellan 2000: 242).

77 Estas ideas se añadieron en noviembre a los textos publicados en el periódico a principios de año, revisando los planteamientos desarrollados en los mismos.

78 El título es una alusión al día del golpe de estado de Napoléon Bonaparte en 1799.

79 Que aparecerá en 1852 en la revista Die Revolution, publicada en alemán en Nueva York por su amigo Joseph Weydemeyer.

80 Donde aparecería, entre otros, una serie de artículos (de 1854) sobre la “España revolucionaria”, editados luego por Andreu Nin (1929), Manuel Sacristán (1960) y Pedro Ribas (1998).

81 A diferencia de sus dos hermanas mayores, ella “no era la típica ama de casa sino una vigorosa activista revolucionaria”; ello no le impidió heredar de Engels 9.000 libras (Padover 1980: 296, 303).

82 En ella se encuentran los más extensos comentarios de Marx sobre su propio método de investigación; por ejemplo, el punto de partida debe ser la “producción socialmente determinada de los individuos” y el método debe partir de conceptos teóricos simples como el valor o el trabajo y seguir hacia entidades observables más complejas como la población o las clases (McLellan 2000: 379).

83 En estos manuscritos, no sólo largos sino también anchos (porque cubren las seis partes en que Marx quería dividir su “economía”), se observa una gran continuidad con las ideas de los Manuscritos de 1844 (por ejemplo, el tema del “individuo universal”); pero, mientras que en estos no tuvo tiempo de integrar sus conocimientos de economía en su crítica de Hegel, en los Grundrisse sí fue capaz de hacer una síntesis entre Ricardo y Hegel: para Lassalle, Marx era por entonces “un Hegel convertido en economista, un Ricardo convertido en socialista” (McLellan 2000: 375, 379). En estos manuscritos aparece la idea de que cualquier economía es una “economía de tiempo”, y se desarrolla una perspectiva para el futuro en la cual aparecen: “la producción comunal, en la que la calidad del trabajo determina su valor; la desaparición del dinero junto a la del valor de cambio; y el incremento del tiempo libre, que es una oportunidad para el desarrollo universal del individuo” (McLellan 2000: 376).

84 La prevista segunda parte nunca se publicó, ya que el trabajo sobre economía de Marx evolucionó hacia El capital, cuyo primer volumen apareció en 1867.

85 Prefacio que es de interés también porque contiene una breve autobiografía intelectual de Marx.

86 “Un panfleto amargo, violento y financieramente ruinoso contra Karl Vogt, a quien Marx acusó de ser un espía bonapartista”, lo que se confirmó documentalmente años después (Padover 1980: 365).

87 Sus tres volúmenes tratan, según McLellan, de Adam Smith y su distinción entre trabajo productivo e improductivo (I), de las teorías del beneficio y de la renta de Ricardo (II) y de los seguidores socialistas de Ricardo (III). Existe un breve pero excelente resumen en español de las Teorías en Nonius (2016).

88 En realidad, se trataba de transferencias trimestrales de 87,50 libras, a partir de febrero de 1869 (Attali 2005: 322).

89 Wheen (1999: 288), calcula que los Marx gastaban al año entre 400 y 500 libras. Téngase en cuenta que, “a título de comparación, un obrero no cualificado podría ganar en Londres en 1870 alrededor de las 50 libras por año” (McLellan 1973: 411).

90 Aunque la Internacional apenas tuvo relación directa con la Comuna de París, este texto fue un encargo de la AIT a Marx, quien, al retrasarse en su redacción, sólo pudo escribir una defensa a posteriori de la Comuna (McLellan la llama “obituario”). Marx describe la Comuna como un primer ejemplo práctico de una dictadura del proletariado; señala la importancia de las medidas tomadas, como el establecimiento de un sueldo para los cargos públicos igual al salario medio, la revocación inmediata de estos por incumplimiento del mandato recibido, etc. (todo dentro de un modelo político más descentralizado que en el Manifiesto comunista); y teoriza que el proletariado no puede simplemente tomar el Estado existente para llevar a cabo sus propios fines, sino que debe destruir primero el Estado burgués. Sin embargo, “la Comuna no era ni comunista ni particularmente revolucionaria.

La mayoría de sus miembros ni siquiera eran socialistas sino republicanos más o menos moderados” (Padover 1980: 252). Y “las medidas que beneficiaban a la clase media eran por lo menos tan frecuentes y significativas como las reservadas a los obreros” (Sperber 2013: 365).

91 A finales de 1874, Marx anota los márgenes de su ejemplar del libro de Bakunin Estatismo y anarquía: en dichas anotaciones se muestra optimista sobre las posibilidades revolucionarias en los países con predominio de las masas campesinas y hace interesantes comentarios sobre el gobierno en una sociedad comunista.

92 El programa criticado era el proyecto que se iba a presentar al congreso de fusión de los dos partidos socialistas alemanes: uno lassalliano y otro dirigido por Wilhelm Liebknecht (seguidor de Marx). Marx lo rechaza porque está lleno de concesiones a las posiciones de “socialismo de estado” de Lassalle, especialmente las ideas sobre distribución (derecho al “producto íntegro” del trabajador) y sobre el “Estado libre” (“una contradicción en los términos”).

93 Como curiosidad, el ruso Kovalevsky contaba que en la década de 1870 “Marx iba a reanudar su estudio del cálculo para responder a las ideas de un economista inglés, William Stanley Jevons, uno de los primeros teóricos de la utilidad marginal, que utilizaba esta matemática avanzada” (Sperber 2013: 434).

94 Las Glosas marginales al ‘Tratado de economía política’ de Adolph Wagner suelen publicarse en su versión resumida, como ocurre, en el caso español, con la edición de Pasado y Presente.

95 “Eleanor descubrió en marzo de 1898 cuánta razón tenían [los críticos de su marido, Edward Aveling] cuando supo que el verano anterior se había casado en secreto con una actriz de veintidós años. La solución de Aveling para la crisis fue proponer un pacto de suicidio. Eleanor escribió debidamente una nota de despedida y se tomó el ácido prúsico que él le suministró. Aveling, ni que decir tiene, jamás pensó en cumplir su parte del trato: en cuanto ella se tomó su dosis letal, él se marchó de la casa. Aunque no fue acusado de asesinato, indudablemente la mató.” (Wheen 1999: 352-3)

96 Lenin, por ejemplo, escribió que “el marxismo es el sistema de las ideas y la doctrina de Marx” (vid. Ivanov, s.f.: 228), mientras que nosotros, sin negar cierta conexión entre ambas cosas, pensamos que existen enormes diferencias entre las ideas de Marx y el marxismo, que en muchos puntos se colocan en posiciones diametralmente enfrentadas.

97 Cuando Marx decía que no era marxista, no lo hacía “para condenar a una categoría de discípulos y mostrar su preferencia por otra, sino para indicar su apoyo a un principio fundamental: la causa del movimiento obrero no debe ligarse al nombre de ningún pensador, por grande que sea su genio creativo” (Rubel 1980: III).

98 Un biógrafo de Marx afirma que “el marxismo no es creación suya [de Marx]; el principal responsable de esto fue Karl Kautsky” (Blumenberg 1972: 178).

99 “En la historia del marxismo como culto a Marx, Engels ocupa el primer plano”, ya que también él “expresó muchas ideas que Marx no podía ciertamente aceptar sin crítica; el silencio de Marx se explica, sin embargo, por su deseo de respetar escrupulosamente la solidaridad que lo unía a su amigo” (Rubel 2003: 31). Sperber afirma, al igual que N. Levine, “que la mayor parte del ‘marxismo’ era en realidad ‘engelsismo'” (Sperber 2013: 515).

100 Por ejemplo, “hay tanta diferencia entre ciertos marxistas como la que hay entre uno que lo es y otro que no lo es” (Lamo de Espinosa 1981: 21).

101 Hasta el punto de decir, por estas razones, que él no era “marxista”. Pero para no tergiversar el sentido de esta frase, conviene atenerse a lo siguiente: “Engels cuenta que durante la lucha de Brousse, Malon & C., Marx había dicho un día, riendo: ‘Sólo os puedo decir una cosa y es que no soy marxista’. (…) Sin embargo, no fue con este tono de broma como Marx, durante un viaje a Francia, comunicó a su amigo su impresión sobre las disputas socialistas en los congresos simultáneos de Saint-Étienne (‘posibilistas’) y de Roanne (‘guesdistas’), en el otoño de 1882. ‘Los marxistas y los antimarxistas, escribía, estas dos especies, han hecho lo posible para estropearme mi estancia en Francia’ (a Engels, 30 sept. 1882)” (en Rubel 2003: 35). Lo anterior es bien conocido, pero lo es menos que su no marxismo también se aplicaba a cuestiones teóricas y no sólo políticas: por la misma época (4 de diciembre de 1882), Marx escribe a Engels desde Ventnor contándole la controversia que, sobre su teoría del valor, estaba teniendo lugar en el periódico socialista italiano La Plebe entre Malon, Cafiero (autor de un resumen de El capital publicado en 1879 con el visto bueno de Marx) y Candelari, en la que, en su opinión, “todos dicen tonterías” (Draper 1985/86, I: 225).

102 En este epígrafe se usan algunas ideas contenidas en un artículo enviado a la consideración de una revista para su publicación, con el título de “Del materialismo histórico a la teoría laboral del valor”.

103 Por eso, El capital y sus antecedentes inmediatos (los Grundrisse de 1857-58 y la Crítica de la economía política de 1859) están tan relacionados con los primeros escritos económicos de Marx, desde los Manuscritos de París (1844) a Miseria de la filosofía (1847) o Trabajo asalariado y capital (1849) (Kolakowski 1976: 264).

104 Preferimos esta expresión, que sí se encuentra en Marx, a la de “materialismo histórico”, que es un sintagma inexistente en los escritos marxianos.

105 Marx criticó “todo el materialismo anterior”, incluido el “materialismo contemplativo” o “antiguo” (I, IX y X Tesis sobre Feuerbach: Marx, (1845: 35, 38-9), crítica tanto filosófica como política.

106 Los cambios principales afectaron a las secciones primera (“La transformación del plusvalor en ganancia”) y quinta (“El interés y el capital que devenga interés”), que eran las menos terminadas del manuscrito de Marx. La cuestión interpretativa más relevante que está por resolver es hasta qué punto el contenido de la sección V sobre el sistema crediticio pertenece en realidad al libro III, o tiene un nivel de abstracción menor en el conjunto de la teoría de Marx y debería pertenecer, por consiguiente, a un volumen posterior.

107 El censor de la traducción rusa de El capital dio su visto bueno a la publicación argumentando que “aunque el autor es, por sus convicciones, un perfecto socialista y todo su libro presenta el mismo carácter marcado”, no hacía falta prohibir la obra, “habida cuenta de que sus doctrinas no son si mucho menos accesibles a cualquiera y de que, además, revisten la forma de una argumentación científica rigurosamente matemática” (Mehring 1918: 396).

108 Muchos autores, siguiendo al propio Marx (“un todo artístico”), han interpretado El capital también como una “obra maestra de la literatura” (Padover 1980: 209; Sperber 2013: 278, llama así, sin embargo, al 18 Brumario…); algunos hablan de “una especie de novela victoriana, de novela policiaca, de manual de iniciación a la magia de las cosas (…)” (Attali 2015: 311), o de “una obra de imaginación (…) un melodrama victoriano, o una inmensa novela gótica (…) o tal vez una utopía satírica (…)” (Wheen 1999:280).

109 En cambio, después de esos 9 capítulos viene una descripción magistral de la génesis del capitalismo que es una de las mejores ilustraciones de materialismo histórico aplicado (McLellan 2000: 452).

110 Algunos autores ponen una nota pesimista al respecto; por ejemplo, se ha escrito que “de mil socialistas, tal vez uno haya leído una obra de Marx sobre economía; de mil antimarxistas, ni siquiera uno” (NMH 1927: 11). Y también: “El sino de El capital como obra científica es en su conjunto poco envidiable. Si fuera menos alabado y menos denunciado pero más leído, habría habido menos ideas falsas sobre él y la economía habría progresado más rápidamente” (Bródy 1970: 67).

111 Arnold Ruge, quien, tantos años después, seguía con atención las publicaciones de Marx, escribió: “Y aunque el libro sobrepasa los horizontes de muchos lectores y periodistas, se impondrá sin ningún género de duda” (en Mehring 1918: 396); y lo mismo pensaba Feuerbach, que se refería a los “hechos indiscutibles, interesantísimos, y espantosos también muchos de ellos, que llenan la obra” (en ibídem).

112 “Isaiah Berlin decía que aunque los trabajadores que leían El capital no hubiesen entendido nada más, sí habrían entendido el mensaje de Marx de que ‘sólo hay una clase, la suya, que produce más riqueza de la que consume y que este resto se lo apropian otros hombres simplemente en virtud de su posición estratégica como únicos poseedores de los medios de producción (…) El capital’, escribía, ‘es trabajo muerto, trabajo que, como un vampiro, sólo vive chupando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo chupa'” (Gabriel 2011: 452-453).

113 Wilhelm Liebknecht escribió que “para Marx, la política era un estudio”; nos llevaba continuamente a la sala de lectura del Museo Británico y nos decía: “¡Estudiar! ¡Estudiar! Este era el imperativo categórico que a menudo nos gritaba en voz alta, y que se hallaba presente en su propio ejemplo (…)” (en Enzensberger 1973: 174-175).

114 “Marx siempre fue algo más que un economista. Siempre se preocupó por relacionar sus estudios económicos –el lado ‘objetivo’ de su dialéctica– con su lado ‘subjetivo’, que se refiere a los conceptos de clase, partido y revolución, a través de los cuales la gente se hace políticamente consciente de las tensiones de la economía capitalista y ‘acortan los dolores del parto’ del comunismo” (McLellan 2000: 571). Lafargue comentaba así cuál era el propósito último de su trabajo teórico: “Debo preparar a quienes, después de mí, continuarán la propaganda comunista” (Attali 2005: 289).

115 Carta de Marx a Weydemeyer, 1-2-1859 (vid. Marx 1866: VII).

116 Carta de Marx a Klings de 4-X-1864 (vid. Marx 1866: VII).

117 En opinión de Kolakowski, hay otra “novedad fundamental de El capital”, que es “el argumento de que lo que el trabajador vende no es su trabajo, sino su fuerza de trabajo”: esto es al mismo tiempo “la versión final de la teoría de la deshumanización de Marx, esbozada por primera vez en 1843-1844”, ya que “la explotación consiste en la venta que el trabajador hace de su fuerza de trabajo, despojándose así de su propia esencia” (Kolakowski 1976: 266).

118 “El trabajo tiene dos aspectos, el abstracto y el concreto” (Kolakowski 1976: 266).

119 Se refiere aquí Marx a lo que hoy es el libro III de El capital (vid. Marx 1861-63, I: 414).

120 Sólo precedida por la teoría del materialismo histórico.

121 Marx (1880) cita a Cournot (1838) en este sentido.

122 Digamos solamente que esta teoría, en vez de ser una teoría del precio, es en realidad una teoría sobre la cantidad demandada una vez conocido el precio (es decir, explicado por alguna teoría alternativa).

123 Se trataría de los 4 primeros epígrafes, dejando fuera las 70 páginas que componen la “ilustración” empírica de la citada ley en el caso inglés. En el punto 12º, infra, se encuentra un resumen del capítulo 23.

124 Ya Ricardo tuvo buen cuidado de dejar fuera de la determinación laboral el conjunto de mercancías no reproducibles ilimitadamente, como las obras de arte de artistas fallecidos o los vinos antiguos y raros. Lo que escribía Ricardo en 1817 (justo medio siglo antes de El capital) se refería a los casos en que la oferta es totalmente rígida (una línea recta vertical), en cuyo caso es exclusivamente la demanda (o la escasez) la que determina el precio de estas mercancías. Es posible que el campo de estas mercancías excepcionales sea ahora mayor que hace dos siglos.

125 Los puntos 1º a 4º corresponden al capítulo 1º del libro I.

126 Al decir que es la única propiedad que las iguala, comenta Sacristán: “En este momento queda definida la ciencia del Capital, la ciencia de Marx. Incluso antes de que precise la afirmación introduciendo el concepto de trabajo abstracto y trabajo socialmente necesario.” (Sacristán 2003: 190; 2004: 196).

127 Este es el requisito que falta a todas las propuestas como la de Böhm-Bawerk, quien hablaba de la incuantificable “utilidad abstracta” de las mercancías.

128 Marx dice: “gelatina homogénea de trabajo”.

129 Marx lo llama “trabajo humano indiferenciado” o “trabajo abstractamente humano”, es decir, “el gasto de fuerza de trabajo común a todos estos tipos concretos de trabajo” (Marx 1880: 31).

130 Se trata de trabajo humano en general, o indiferenciado, cierta cantidad del trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y corriente, en cuanto actividad normal de la vida.

131 Demanda que no debe interpretarse como un reflejo de las necesidades humanas reales de cada individuo, sino como reflejo, exclusivamente, de las necesidades efectivamente expresadas en dinero, de acuerdo con la concreta distribución de la renta y la riqueza que exista realmente en cada momento.

132 Es verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice Marx. Para expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en una cosa distinta.

133 Marx creía que “cualquier ciencia –incluida la social– tenía que penetrar bajo el movimiento aparente de las cosas hasta sus causas reales subyacentes”, pasando, por ejemplo, del sistema de mercado (apariencia) al fundamento social (esencia) en el que se basa el mercado (McLellan 2000: 377). Esta distinción entre apariencia y esencia se remonta hasta Aristóteles a través de Spinoza y Hegel.

z Estos símbolos podrían escribirse M1 – M2 – M3: entonces, el poseedor de M3 no desea la mercancía M1 pero el poseedor de M1 sabe que aquél sí desea M2; por tanto, el poseedor de M1 cambia su mercancía por M2, pero no porque quiera M2 sino porque así puede cambiar esta M2 por M3 (que era su objetivo). Esta mercancía intermedia que ocupa un lugar central en el intercambio social es una mercancía que va convirtiéndose en dinero.

135 Para Marx, la fuerza de trabajo se diferencia del trabajo como la capacidad de digerir se distingue de la digestión: tener la primera no implica que se produzca la segunda, ya sea por ausencia de un empleo o de alimentos.

136 El proceso de consumo de la fuerza de trabajo en la producción es dos cosas a la vez; y, como la mercancía y el trabajo mismo, tiene una naturaleza también dual: por una parte, es un proceso “natural” entre el hombre y la naturaleza que debe analizarse cualitativamente; pero, al mismo tiempo, es un “proceso de valorización”, y como tal debe analizarse desde un punto de vista cuantitativo, porque ahora sólo se producen valores de uso en cuanto “portadores materiales” de valor.

137 Marx señala que es una suerte para el capitalista pero no una injusticia para el obrero, ya que el patrón le da a este, a cambio de su fuerza de trabajo, justamente lo mismo que esta vale.

138 En esta, la jornada individual es una parte alícuota de la jornada conjunta, pues lo que se pone ahora en movimiento es un trabajo social medio: el obrero colectivo. En segundo lugar, los medios de producción se consumen ahora colectivamente, de forma que hay economías de escala que permiten rebajar el consumo de capital constante por unidad de producto y, por tanto, el valor unitario de las mercancías.

139 Lo que permite el empleo de mano de obra femenina e infantil, antes imposible.

140 Este hace que el objeto de trabajo recorra “una serie conexa de procesos graduales y diversos, ejecutados por una cadena de máquinas heterogéneas pero complementarias entre sí”, es decir, máquinas “específicas” constituidas ahora en “órganos particulares” del sistema.

141 El sistema de máquinas es ya un “autómata”, tanto más perfecto cuanto más “continuo” sea su proceso total. Y como puede ejecutar “sin el concurso humano” –o sólo con su “asistencia ulterior”– todos los movimientos necesarios para elaborar la materia prima, tenemos ya el “sistema automático de máquinas”. “Su riqueza [del capitalismo] se basaba en la introducción de la maquinaria seguida por la de la automación (la previsión de Marx es aquí extraordinaria)” (McLellan 1973: 344).

142 La “conversión del obrero en asalariado”.

143 En realidad, esta puede concebirse de tres formas: como una relación o composición técnica (ctc), como una relación o composición en valor (cvc) y, además, si se tiene en cuenta la correlación entre ambas, la composición orgánica del capital (coc), que es una composición en valor pero “en tanto se determina” por la composición técnica y refleja sus variaciones.

144 Hay otras palancas de la acumulación, como la competencia, el crédito, las sociedades por acciones o la centralización del capital, que implica la redistribución del capital global mediante la expropiación del pequeño capitalista por el grande o, mejor dicho, del menos competitivo por el más competitivo.

145 En tiempo de Marx, era la industria doméstica.

146 Y de “tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto” (Wheen 1999:277).

147 Ya Moses Hess, en 1837, había observado “que la revolución social se produciría como resultado de una inevitable profundización del contraste entre la creciente riqueza, por una parte, y la miseria por otra”, polarización que, por cierto, incluía una “gradual desaparición de las clases medias” (Kolakowski 1976: 114, 118; Carmichael 1968: 55). Sin embargo, el pensamiento de Marx no parte de la pobreza sino de la “deshumanización”, más en concreto de “la conciencia de la deshumanización de la clase trabajadora”, y de la “pérdida de la subjetividad humana” (Kolakowski 1976; 225, 289). Ahora bien, para Marx “el socialismo es el efecto de la historia en el sentido de que la historia da luz a la conciencia revolucionaria del proletariado, pero es también un efecto de la libertad en tanto el acto de la revolución es libre, con lo que, en el movimiento revolucionario de los trabajadores, la necesidad histórica se expresa en la libre acción. (…) La inevitabilidad histórica y la libre acción son una y la misma cosa” (Kolakowski 1976: 226, cursivas añadidas: DG).

148 Por ejemplo, Ortes, Townsend, Storch, Sismondi o Destutt de Tracy.

149 Lo mismo se puede aplicar al artesano gremial.

150 Por ejemplo, las leyes contra la “vagancia” permitían encerrar, marcar, convertir en esclavo y ejecutar a estos “vagos”; y a fuerza de latigazos, hierros candentes y tormentos, la población expropiada fue obligada a someterse a la “disciplina” del nuevo sistema del trabajo asalariado. Finalmente…, deja de hacer falta la coerción, porque las “leyes naturales de la producción”, es decir, la “dependencia del capital” y el hambre, se encargan de disciplinar al obrero por sí mismas, usándose la violencia directa sólo “excepcionalmente”.

151 Así fue como vino al mundo el capital: ¡”chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”!

152 Así termina el 7º epígrafe (“Tendencia histórica de la acumulación capitalista”) del capítulo 24 (“La llamada ‘acumulación originaria'”). El capítulo que sigue, el 25 y último, versa extrañamente sobre “La teoría moderna de la colonización”. Según Rubel, debería intercambiarse la posición de este con el epígrafe 7 citado ya que, en su opinión, la inversión de este orden natural tenía exclusivamente el objetivo de engañar a la censura; en ese caso, el libro I de El capital terminaría con las palabras aquí transcritas. Debe tenerse en cuenta que Marx escribió pero finalmente no publicó un capítulo, conocido como “inédito”, que vendría a continuación de la sección séptima y se llamaba “Libro primero. El proceso de producción del capital. Capítulo sexto. Resultados del proceso inmediatos de producción” (publicado en 1933), donde se trata de temas como la alienación, el crecimiento de los servicios o el paso de la producción mercantil simple a la capitalista. [Por qué se llama capítulo 6º, y no 8º, lo cuenta Dangeville 1971: 18-19].

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Una respuesta a Karl Marx y el libro I de El Capital (1867)

  1. Adolfo de Paz dijo:

    Diego Guerrero no hace más que cometer errores y contradicciones. En primer lugar, exhorta a comprender a Marx desde fuera del marxismo y al mismo tiempo cita a Sacristán, Marzoa o Liria, pretendidos seudomarxistas con interpretaciones de Marx bastante dogmáticas y demagógicas. Si pretendes interpretar a Marx desde Marx, excluye a semejantes autores. En cuanto al materialismo, Marx nunca se deshizo de tal cosa para iniciar una “metafísica”, Marx interpreta la economía sin desprenderse de una base filosófica materialista, lo que le permite crear una crítica económica política, ética, cultural y social. La economía desde la economía misma, a lo único que puede llegar es a críticas positivistas reducidas a hechos particulares. Con respecto a la “ciencia de Marx”, no es una ciencia positivista burguesa sinio un materialismo cientifico desde una filosofía práctica aplicada. Marx detestaba el positivismo (a Comte). La pretendida ciencia desinteresada es algo que se debatirá más adelante, pero es que en su tiempo, la propia ciencia desacreditaba el régimen burgués que buscaba una estabilidad (Darwin, por ejemplo). La pèrspectiva científica en Marx sigue siendo materialista y perspectivista, no deprendida de su contexto e interés social y humano, todo contrario de la ciencia positivista burguesa que se “autointerpreta” objetiva y neutral. Marx, por otra parte, fue tanto crítico con el idealismo como con la metafísica, y no creo un sistema metafísico, lo suyo era una filosofía material, concreta, práctica. Como siempre, Diego Guerrero llena un espacio de contradicciones, que en nada favorecen la comprensión de Marx. Como el mismo justifica, hay que leer a Marx en los libros de Marx, al margen de tantas interpretaciones.

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