Cinco tesis sobre el marxismo realmente existente

Me resulta realmente difícil encontrar un nexo de unión entre marxismo y EEUU. Y los rote_fahnehay, por ejemplo el autor que presentamos hoy, Frederic Jameson. Marxista estadounidense, profesor de teoría cultural y crítico del posmodernismo es conocido en nuestro ámbito lingüístico por las traducciones al castellano de muchos de sus libros: La cárcel del lenguaje, Ensayos sobre el posmodernismo, Documentos de cultura, documentos de barbarie e Imaginario y simbólico de Lacan.

Vamos con esos cinco concentrados sobre marxismo que presentó en el Congres Marx Internationale. Cuando quieran…

Saludos. Toni Olivé

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CINCO TESIS SOBRE EL MARXISMO REALMENTE EXISTENTE

Fredric Jameson

Primera tesis: acerca de la reflexividad histórica de la teoría

Los “posmarxismos” aparecen en esos períodos precisos en los que el capitalismo sufre una metamorfosis estructural. Bajo el término “posmarxismo“, evidentemente, conviene incluir también las diferentes declaraciones sobre la desaparición del marxismo, sea como modo de pensamiento, tipo de socialismo, o movimiento histórico. El marxismo es la “ciencia” del capitalismo, o -para problematizar mejor ambos términos- es la ciencia de las contradicciones inherentes al capitalismo. Esto significa, por un lado, que es incoherente celebrar la “muerte del marxismo” al mismo tiempo que se nos anuncia el triunfo definitivo del mercado y del capitalismo. En efecto, esto último parecería más presagiar un futuro asegurado para el marxismo, dejando de lado la cuestión de saber en qué punto este mismo futuro podrá devenir “definitivo“. Notemos al pasar que la “crítica de la economía política” nunca pretendió ser una ciencia en el sentido en el que la propia “economía política” la concibe, sin hablar de las formas académicas de la economía propiamente dichas. Por otro lado, las contradicciones del capitalismo no connotan una informe disolución interna del sistema. Son procesos relativamente regulares, regidos por leyes, y sujetos, por los menos post festum, a una teorización apropiada. En cada momento dado de su existencia, el capitalismo tiende a saturar el espacio que controla con las mercancías que está en condiciones técnicas de producir (y esto, independientemente de la duración relativa de esas mercancías o de las restricciones de los ingresos de sus consumidores potenciales). Se llega entonces a una crisis sistémica, a un fenómeno generalmente expresado como la “baja tendencial de la tasa de ganancia” y que, manifiestamente, ocurre periódicamente cada cincuenta o sesenta años. Es lo que se llama, siguiendo a su inventor, los ciclos Kondratiev. Sin embargo, el capitalismo no es simplemente un sistema o un modo de producción. En realidad, es el más elástico y el más adaptable de los modos de producción aparecidos a lo largo de la historia humana, ya que su propia dinámica lo lleva a superar esas crisis. Esto se produce por medio de dos estrategias principales.

La primera es la expansión del sistema. Desde el punto de vista espacial, cada nuevo centro de capitalismo es más grande, más englobante, en comparación a los precedentes, abriendo así territorios más vastos a la mercantilización, a los nuevos mercados y productos. Según una versión diferente del relato histórico, podemos identificar varios momentos del capitalismo después de su emergencia en el curso de la revolución industrial del siglo XVIII: el momento nacional del capitalismo (conocido y teorizado, aún de manera profética por el propio Marx); el momento del imperialismo a fin del siglo XIX, cuando los límites de los mercados nacionales fueron traspasados y se estableció un sistema colonial de dimensión mundial; y, finalmente, en nuestra propia época, el capitalismo multinacional. En efecto, después de la Segunda Guerra Mundial, el viejo sistema imperial fue desmantelado. Tomó su lugar un nuevo “sistema del mundo“, dominado por las empresas multinacionales y con un equilibrio difícil (después de la desaparición de la Unión Soviética) entre tres bloques geopolíticos: Europa, EE UU, y Japón, cada unos de los cuales incluyen un gran número de Estados satélites.

Este tercer momento, en que las convulsionadas etapas de su emergencia no encontraron su forma acabada hasta el fin de la Guerra Fría, es incontestablemente bastante más “global” que la era precedente del imperialismo. En particular, dispone, a través de la “desregulación” concomitante, de vastas zonas como la India o Brasil, para no hablar de los países de Europa del Este: una extraordinaria extensión para la penetración del capital que no tiene parangón con los estadios históricos precedentes del capitalismo. ¿Será necesario considerar este momento como el del arribo definitivo del mercado mundial presagiado por Marx y, por lo tanto, como el estadio final del capitalismo, estadio que comprende entre otras cosas, la “mercantilización universal de la fuerza de trabajo“? Uno podría temerlo. Paralelamente, las dinámicas internas de clase del capitalismo “multinacional” no han tenido tiempo -salvo excepcionalmente- para desarrollarse plenamente, sobre todo en lo que concierne a las nuevas formas de organización del trabajo y de la lucha política, que deberán ajustarse de manera que puedan estar a la altura de la escala mundial de las cosas, transformadas por el movimiento de la “globalización“.

Pero hay una segunda exigencia para superar las crisis sistémicas (o de Kondratiev): la producción de tipos de mercancías radicalmente nuevos. Dicho de otra forma, es el recurso a las innovaciones, las “revoluciones” dentro de la tecnología. Mandel ha aportado la tipología siguiente: tecnología del vapor para el momento del capitalismo nacional: electricidad y motor a combustión para el imperialismo; energía atómica y cibernética para nuestra época de posmodernidad, de capitalismo multinacional, de globalización. Está claro que estas tecnologías son al mismo tiempo productoras de nuevos tipos de productos e instrumentales para abrir nuevos espacios mundiales, para rediseñar el globo y reorganizar el capitalismo a una nueva escala. En este sentido, las descripciones del capitalismo avanzado en términos de información o de cibernética son apropiadas (y altamente reveladoras a nivel cultural). Sin embargo, deben ser rearticuladas con la dinámica económica que las sostiene, dado que tienden fácilmente a autonomizarse en el plano retórico, intelectual e ideológico.

Si se admiten las grandes líneas de esta periodización del capital, devienen inmediatamente claro que los diferentes “posmarxismos” (en particular el de Bernstein en 1898 y el postestructuralismo de los 80), que postulan la crisis o la muerte del marxismo, son precisamente simultáneos a esos períodos de reestructuración y expansión prodigiosa del capitalismo. Esos momentos dan lugar a diversos proyectos teóricos de un marxismo todavía más moderno (y, en nuestros días, posmoderno), capaz de teorizar las nuevas y desconocidas dimensiones que toma su objeto de estudio tradicional, el capitalismo en tanto tal.

Segunda tesis: sobre el socialismo, o la presuposición social

El socialismo, como visión de libertad -libertad frente a la necesidad económica o material, libertad para la praxis colectiva-, está actualmente amenazado doblemente: al nivel de la “lucha discursiva” (Stuart Hall) librada en el seno del debate con el thatcherismo mundial sobre la naturaleza del sistema mercantil; y en el nivel en que están enjuego las inquietudes antiutópicas y el temor a los cambios profundos. Estos dos niveles se implican mutuamente en la medida en que la discusión a propósito del mercado presupone una serie de consideraciones sobre la naturaleza humana, consideraciones que la visión antiutópica retoma acentuando sus aspectos apocalípticos y libidinales.

El discurso dominante (que debe distinguirse de los conflictos ideológicos abiertos) se impone gracias al descrédito de las alternativas y a la supresión de toda una serie de temáticas. Trivialización, ingenuidad, interés material, “experiencia“, temor político, lecciones históricas: he aquí algunas de las “razones” forjadas con la intención de deslegitimar las posibilidades sólidamente establecidas, incluso aquéllas como la nacionalización, la regulación, el déficit presupuestario, el keynesianismo, la planificación, la protección social, el proteccionismo nacional, y, finalmente, el Estado de Bienestar mismo. Todas ellas, identificadas ahora con el socialismo, permiten a la retórica del mercado alcanzar una doble victoria, a la vez sobre los radicales [radicáis] y sobre la izquierda. La izquierda está hoy puesta en la obligación de defender el gobierno intervencionista y el Estado de Bienestar en sus principios. Pero, la herencia elaborada y compleja concerniente a la crítica de la socialdemocracia toma difícil la realización de semejante tarea sin el reaseguro de una concepción más dialéctica de la historia, de la que nuestra época parece disponer. En particular, sería aconsejable volver sobre la cuestión de saber cómo cambian tanto las “”situaciones históricas como las respuestas políticas y estratégicas apropiadas a ellas. Esta necesidad requiere a su vez librar batalla sobre el famoso terreno del “fin de la historia“, terreno que representa la ahistoricidad fundamental de los posmodernos en general.

Entre tanto, las inquietudes asociadas a la utopía que provienen del temor de ver desaparecer -bajo el impacto de una nueva administración social o de un cambio radical del orden social- todo aquello que constituye al presente nuestra identidad. Nuestros hábitos y formas de gratificación libidinal, son ahora más fácilmente movilizables en comparación a otros momentos del pasado reciente. Manifiestamente, la esperanza de cambio de las masas pobres del período moderno fue reemplazada por el terror de la privación y el miedo a una proletarización de masas que afecta a una gran parte del mundo de hoy y no solamente sus capas dominantes. Es necesario abordar de frente estas inquietudes antiutópicas, en especial a través de una suerte de diagnóstico cultural y una terapia, sin esquivarla o reducirla a tal o cual otro aspecto de la discusión general sobre la cuestión del mercado. Todos los argumentos concernientes a la naturaleza humana -la constatación según la cual sería buena y cooperativa o, al contrario, malvada y agresiva, requiriendo la atenuación por el mercado, si no su control por el Leviatán- son “humanistas” e ideológicas (en el sentido de Althusser). Estos argumentos deben ser remplazados por la perspectiva de un cambio radical y de un proyectos colectivo. Al mismo tiempo, la izquierda debe defender ardientemente el gobierno intervencionista y el Estado de Bienestar, y atacar la retórica del mercado acudiendo a la historia de los efectos destructivos del libre mercado (como Polanyi lo teorizó y la experiencia de la Europa de Este lo demuestra).

Tercera tesis: sobre la revolución, o la presuposición política

Estos argumentos presuponen a su vez tomar claramente posición sobre el concepto de revolución, concepto incuestionablemente central en cualquier versión de la “unidad de la teoría y la práctica” marxista y cuya insostenibilidad es la principal convicción del arsenal pos o anti-marxista. La defensa de este concepto requiere, sin embargo, de un cierto número de aclaraciones preliminares. Por ejemplo, en lo que concierne a la renuncia de muchas de nuestras queridas imágenes-iconos de diferentes revoluciones históricas, tales como la toma de Palacio de Invierno o el Juramento del Juego de Pelota. En particular, es necesario dejar para la iconología todo lo que sugiere que la revolución es un momento puntual más que un proceso elaborado y complejo.

La revolución social no es un momento en el tiempo sino que debe ser visualizada en los términos de un sistema sincrónico en el que todos los elementos se dan conjuntamente y están en relación mutua. Un sistema tal necesita entonces, indiscutiblemente, una transformación global y no una reforma fragmentaria. Dicho de otro modo, necesita la visión política de una alternativa social radical al orden sistémico existente. En el contexto de la lucha discursiva actual, tal visión ya no puede ser más considerada como establecida o heredada, sino que debe ser reinventada. El fundamentalismo religioso, por ejemplo el del Islam o el de la teología de la liberación cristiana, que propone una alternativa radical al consumismo y al modo de vida americano, surge desde el momento en que las alternativas tradicionales de la izquierda, en particular, las grandes tradiciones del marxismo y del consumismo, parecen súbitamente haber perdido su derrotero. Debemos imaginar la revolución como algo que es a la vez un proceso y la abolición de un sistema sincrónico: como un conjunto de objetos cuya puesta en marcha puede ser lanzada en la oportunidad de tal o cual acontecimiento político puntual (por ejemplo la transferencia electoral del poder del Estado o el desmantelamiento de la autoridad colonial), pero que, en seguida, tomará formas más y más populares de difusión y de radicalización. La aparición de nuevas reivindicaciones populares provenientes de las capas más disminuidas en el seno de una población hasta el momento reducida al silencio y la privación, pueden llegar a radicalizar a un gobierno que se oriente a la izquierda. Estas reivindicaciones pueden plantear una transformación aún más decisiva del Estado, polarizando así la nación (y en nuestros días al mundo) según una dicotomía a la antigua donde cada uno, quiera o no, debe tomar partido. La cuestión de la violencia en este caso queda necesariamente planteada: si el proceso no es una auténtica revolución social no es necesario recurrir a la violencia, pero, si es el caso, la fracción adversa recurrirá necesariamente a la violencia, y -en ese sentido solamente- la violencia, aunque indeseable, deviene el signo manifiesto o el síntoma visible de que está en curso un verdadero proceso social revolucionario. El problema crucial aquí no es saber si el concepto de revolución es todavía viable, sino lo que concierne a la autonomía nacional. Es la cuestión de saber si es posible para cada segmento de los bloques económicos integrados que componente hoy el sistema mundial “desconectarse” -para retomar el término de Samir Amin– y emprender un tipo de desarrollo social diferente y un proyecto colectivo radicalmente distinto.

Cuarta tesis: sobre el comunismo o la presuposición económica

El derrumbe de la Unión Soviética no se debió al fracaso del comunismo sino más bien a su éxito, entendiendo éste como lo hace el Occidente como regla general: en términos de estrategia de modernización. Fue a través de la vía de una rápida modernización que la Unión Soviética se puso virtualmente al paso -aunque casi cincuenta años después- de Occidente (una perspectiva generadora de inquietudes que vale la pena recordar hoy).

Conviene subrayar tres proposiciones suplementarias concernientes al derrumbe de la Unión Soviética. La primera es que la desintegración política y social interna, ligada al nepotismo y a la corrupción, se inserta dentro de un proceso mayor a escala mundial que engloba en los años 80 a Occidente (reaganismo y thatcherismo) y los países árabes (lo que Hisham Sharabi llama “neopatriarcal“) en una corrupción estructural que sería erróneo juzgar en términos morales. Esta corrupción proviene de la acumulación improductiva de riquezas por parte de la flor y nata de las capas superiores de esas sociedades. Está claro ahora que el estancamiento actual está íntimamente ligado a lo que denominamos como capital financiero. Está claro, igualmente, como lo muestra Arrighi, que los diferentes momentos del capital parecen llegar a un estadio final en el que la producción se desvanece en especulación, donde incluso el valor pierde su contenido para intercambiarse abstractamente (lo que no ocurre sin consecuencias culturales). En segundo lugar, conviene subrayar que categorías como la eficacia, la productividad o la salud fiscal son esencialmente categorías comparativas. Esto significa que devienen operaciones dentro de un campo en el que muchos fenómenos distintos concurren: una técnica más eficaz y más productiva vence a la maquinaria y el equipamiento material viejo solamente si estos entran en su campo de fuerza y, por lo tanto, se proponen el desafío de rivalizar con ella. Pero las cuestiones señaladas por Kurz tienen también su lugar aquí: la producción de valor debe ser distinguida de la evaluación de la productividad como tal, que estaría más bien ligada al proceso de modernización. Por otra parte, tenemos un gran interés en distinguir entre éste y la posmodernización o informatización, en saber distinguirlas de las industrias cibernéticas en las que la producción de valor es bastante problemática teóricamente. Mayor valor en términos cuantitativos puede ser producido por la vieja (o, mejor, intensiva en trabajo) tecnología. Tal concepción del valor no puede ser significativa más que en el contexto de un proyecto de modernización aislada y semiautónoma, perspectiva que no puede medirse en términos de los capitales y las inversiones en el mercado mundial.

Esto nos conduce al tercer punto. La Unión Soviética “devino” ineficaz y se ha derrumbado cuando ensayó integrarse en el sistema mundial pasando del estadio de la modernización al estadio posmoderno. Es decir, pasando a un sistema que funciona a una tasa de productividad incomparablemente más alta que todo lo que se encontraba en su propia esfera. Uno podría afirmar que la Unión Soviética y sus satélites, impulsados por incitaciones culturales (consumismo, nuevas tecnologías de información, etc.) fueron debilitados por una competencia deliberada en términos militar-tecnológicos -la deuda formando parte de este dispositivo- y las formas intensificadas de competencia comercial. Hasta ese momento aislados en su propia zona ciclónica como si estuvieran bajo una cúpula geodésica ideológica y socio-económica, comenzaron inprudentemente a abrir las salidas sin escafandra de cosmonauta, lo que tuvo por efecto someterse ellos mismos y sus instituciones a las presiones infinitamente más intensas, características del mundo exterior.

Uno puede imaginar el resultado, comparable al que produjo la presión abrupta del viento en las estructuras frágiles que se encontraban en la proximidad inmediata de la primera bomba atómica, o al que el peso monstruoso y deformante de la presión del agua en el fondo del mar somete a los organismos sin protección formados para respirar el aire atmosférico. En efecto, este resultado confirma la advertencia premonitoria de Wallerstein para quien el bloque soviético, a pesar de su importancia, no constituía un sistema alternativo al capitalismo, sino solamente un espacio antisistémico o una zona en el seno del sistema. Esta zona acaba evidentemente de desaparecer, dejando solamente en vida sólo algunos pequeños bolsones en los que diversas experimentaciones socialistas aún continúan.

Quinta tesis: sobre el capitalismo tardío o la presuposición cultural

Los marxismos -tanto los movimientos políticos como las formas de resistencia teórica e intelectual- en el sistema actual de capitalismo tardío o de la posmodernidad (el tercer estadio del capitalismo multinacional o informacional teorizado por Mandel) serán necesariamente distintos a aquéllos que se desarrollaron durante el período moderno (o segundo estadio, la edad del imperialismo). Tendrán relaciones radicalmente diferentes con la globalización. Además, a diferencia de los marxismos precedentes, aparecerán más culturales en su especificidad dedicándose fundamentalmente a discernir los fenómenos conocidos hasta aquí como el fetichismo de la mercancía y el consumismo.

La importancia creciente de la cultura para la política y la economía no es la consecuencia de su separación o diferenciación tendencial, sino más bien la consecuencia de la saturación universal y de la penetración acentuada de la mercantilización misma. Ha comenzado a colonizar grandes zonas culturales que hasta ahora escapaban a su empresa y le eran en gran parte hostiles y contradictorias con su lógica. El hecho de que la cultura devenga hoy en gran medida un “negocio” implica que una gran parte de lo que estaba habitualmente considerado específicamente económico y comercial haya devenido igualmente cultural. Es sobre la base de esta caracterización que deben ser subsumidos los diferentes diagnósticos de la así denominada sociedad de la imagen.

De una manera general, el marxismo dispone de una ventaja teórica para analizar estos fenómenos: en efecto, su concepción de la mercantilización es estructural y no moralizante. La pasión moral engendra, ciertamente, acción política, pero solamente de un género efímero, rápidamente reabsorbido, poco inclinado a compartir sus visiones y sus tópicos con otros movimientos. Pero es precisamente a través de este pasaje y de esta construcción que los movimientos políticos pueden desarrollarse y tomar cuerpo. De hecho, estoy tentado de continuar haciendo el camino inverso: una política moralizante tiende a desarrollarse cuando la aprehensión cognitiva y la cartografía de la sociedad están bloqueadas. El impacto actual de la religión y del nacionalismo deben ser vistos como una serie de reacción al fracaso del socialismo en su principio y como una tentativa desesperada de llenar ese vacío con nuevas motivaciones.

En lo que concierne al consumismo, se puede válidamente esperar que fuera históricamente significativo en la medida en que fue necesario para que la sociedad humana atraviese esa experiencia en tanto modo de vida. Ojalá que se pueda optar de manera más consciente por su remplazo por cualquier cosa radicalmente diferente. Pero, para la mayor parte del mundo, la propensión consumista estará objetivamente fuera de su alcance. Así parece posible que el diagnóstico premonitorio de la teoría de los años sesenta -el hecho de que el capitalismo es en sí una fuerza revolucionaria por su forma de producir nuevas necesidades y deseos que el sistema no puede satisfacer- encuentre ahora su momento de verdad a escala global del nuevo sistema mundial.

En el plano teórico, se puede sugerir que los urgentes problemas de nuestra época, a saber, el desempleo estructural, lo incontrolable del capital, y también, el de la civilización de la imagen en tanto imagen, están todos profundamente ligados al nivel de lo que Hegel hubiera llamado su falta de contenido, su abstracción (en oposición a lo que la edad moderna hubiera llamado su “alienación“).

Nos enfrentamos a la plenitud de la lógica paradoja de la dialéctica cuando abordamos las cuestiones de la globalización y de la información. Aquí las posibilidades políticas e ideológicas de las nuevas redes mundiales para la izquierda, la derecha o los medios de negocios van juntas con el dilema, aparentemente imperioso, de perder su autonomía en el seno del sistema mundial actual y de tornar imposible a todo espacio nacional o regional la realización de su autonomía y su subsistencia, de separarse o desconectarse del mercado mundial. Los intelectuales no pueden inventar soluciones a estos dilemas mediante simples recetas de pensamiento. Es precisamente la maduración de las contradicciones estructurales en el mundo social lo que produce gradualmente la anticipación naciente de las nuevas posibilidades. Al menos podemos mantener vivo ese dilema dirigiendo el pensamiento hacia la totalidad global misma, “acompañando lo negativo” como diría Hegel, manteniendo vivo ese lugar donde lo nuevo puede ser esperado y, súbitamente, emerger.

*Publicado originalmente en EL RODABALLO n° 4 / Invierno 1996/ Buenos Aires. Traducido por Irene Muñoz de la versión francesa de la ponencia presentada por F. Jameson. Revisión técnica de Horacio Tarcus.

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