Mercancías, valores y relaciones de clase

¿Optaron por la iglesia romana o por la iglesia del capital? Esto es ¿eligieron para su marx-colorsdisfraz santos o zombies? Parece que ganó la iglesia del capital la fiesta de difuntos, al igual que en la investidura del presidente español. Parece que el capital siempre gana. Por eso mismo estudiamos, nos fortalecemos y leemos a Marx: para derrotar al capital.

La entrada de hoy es sencillamente un lujo. Hemos seleccionado un fragmento de la obra de David Harvey titulada Los límites del capitalismo y la teoría marxista, de Fondo de Cultura Económica, México, 1982. En las lineas que vienen a continuación, Harvey explica magistralmente conceptos básicos del marxismo: mercancía, valor, modo de producción. Seguramente entenderéis con facilidad el fragmento que explica la plusvalía absoluta y relativa. Toma ejemplar de El Capital y acompáñanos…

Salud, Olivé

_____________________________________________________________

MERCANCÍAS, VALORES Y RELACIONES DE CLASE

David Harvey

El método de análisis empleado por mí y que nadie hasta ahora había aplicado a los problemas económicos, hace que la lectura de los primeros capítulos resulte bastante penosa,…Yo no puedo hacer otra cosa que señalar de antemano este peligro y prevenir contra él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos [El capital, I, p. XXV].1

Marx inicia su análisis en El capital examinando la naturaleza de las mercancías. A primera vista esta elección parece en cierto modo arbitraria, pero si revisamos los escritos con los que se preparó El capital — y que ocuparon casi tres décadas— encontraremos que la elección no fue arbitraria en absoluto. Fue el resultado de una indagación extensa, un largo viaje de descubrimiento que llevó a Marx a una conclusión fundamental: descubrir los secretos de la mercancía es descifrar los intrincados secretos del propio capitalismo. Así, el principio es en realidad una conclusión.

Marx considera la mercancía como la encarnación material del valor de uso, valor de cambio y valor. De nuevo nos presenta estos conceptos en una forma aparentemente arbitraria, por lo que parece “que se tenga la impresión de estar ante una construcción a priori” [El capital, I, p: XXIII]. Sin embargo, éstos son conceptos absolutamente fundamentales para todo lo que sigue. Son el eje sobre el cual gira todo el análisis del capitalismo. Tenemos que entenderlos si hemos de entender lo que nos quiere decir Marx.2

En esto existe cierta dificultad. Para entender plenamente los conceptos se requiere que entendamos la lógica interna del propio capitalismo. Como no es posible que logremos esto desde el principio, nos vemos obligados a usar los conceptos sin saber precisamente lo que significan. Además, la forma relacional en que Marx procede implica que no puede tratar ninguno de estos conceptos como un bloque de construcción fijo, conocido o siquiera conocible sobre cuya base se pueda interpretar la rica complejidad del capitalismo. Marx parece decimos que no podemos interpretar los valores sin entender qué es el valor de uso y el valor de cambio, y no podemos interpretar esta última categoría sin entender cabalmente la primera, Marx nunca trata un concepto aisladamente como si se pudiera entender por sí mismo. Siempre se enfoca en una u otra de las tres relaciones posibles entre ellos —entre el valor de uso y el valor de cambio, entre el valor de uso y el valor, y entre el valor de cambio y el valor. Las relaciones entre los conceptos es lo que realmente cuenta.

En el curso de El capital podemos observar a Marx cambiando de un par relacional a otro, usando percepciones acumuladas desde un punto de vista para establecer interpretaciones desde otro. Como ha dicho Ollman, es como si Marx viera cada relación como una “ventana” separada desde la cual pudiéramos mirar la estructura interna del capitalismo. Lo que se ve desde una ventana carece de relieve y de perspectiva, pero cuando pasamos a otra podemos ver las cosas que anteriormente estaban ocultas a nuestra vista. Armados con ese conocimiento, podemos reinterpretar y reconstruir lo que vimos a través de la primera, dándole mayor profundidad y perspectiva. Al pasar de una ventana a otra y registrar cuidadosamente lo que vemos, nos acercamos más y más a entender la sociedad capitalista y sus inherentes contradicciones.

Esta forma dialéctica de seguir adelante impone un gran esfuerzo al lector. Nos vemos obligados a andar a tientas en la oscuridad, armados con conceptos sumamente abstractos y aparentemente a priori de los que conocemos poco, y a trabajar desde perspectivas que aún no estamos en posición de evaluar. Por tanto, la mayoría de los lectores encuentran grandes dificultades al leer los primeros capítulos de El capital. No obstante, después de un periodo penoso y a menudo frustrarte de andar a tientas, comenzamos a percibir en dónde estamos y qué es lo que estamos viendo. A medida que Marx va iluminando poco a poco ante nosotros los diferentes aspectos de la intrincada complejidad del capitalismo comienza a surgir cierta comprensión, aún confusa. El significado de los conceptos valor de uso, valor de cambio y valor se vuelve más claro en el curso del análisis. Cuanto más entendemos cómo funciona el capitalismo, más entendemos a qué se refieren estos conceptos.3

Todo esto contrasta vívidamente con la forma de enfocar los conocimientos como “bloques de construcción”, tan común en la ciencia social burguesa y tan profundamente arraigada en los modos de pensar burgueses. Según estas formas de pensar, es posible y deseable construir bases sólidas para los conocimientos aislándolos en sus componentes básicos dentro del sistema social y sometiéndolos a una investigación detallada. Una vez que se ha entendido el componente, podemos contar con él como si fuera una base inmutable para indagaciones subsecuentes. De vez en cuando, como es natural, parecen faltar las piedras angulares del conocimiento, y cuando sus grietas llegan a ser evidentes para todos, presenciamos una de esas revoluciones dramáticas del pensamiento —cambios de paradigmas, como se les llama algunas veces— tan característicos de la ciencia burguesa.

La mayoría de nosotros, que fuimos educados en las tradiciones “occidentales” del pensamiento, nos sentimos a gusto con esa estrategia de indagación. El hecho de que Marx se apartara de ella, si llegamos a entenderlo, nos parece desconcertante si no es que verdaderamente perverso. Además, siempre está allí la tentación de tratar de reducir lo que no es familiar a términos familiares, volviendo a enunciar los argumentos de Marx en términos más fáciles de comprender. Esta tendencia está en la base de muchas interpretaciones erróneas de Marx, hechas por marxistas y no marxistas por igual, y produce lo que yo llamo una interpretación “lineal” de la teoría expuesta en El capital.4

Esta interpretación “lineal” sigue los lineamientos siguientes. Marx, según se dice, ha creado tres bloques de construcción potenciales para interpretar la producción e intercambio de mercancías, presentándonos los conceptos de valor de uso, valor de cambio y valor. Supuestamente, Marx resume la cuestión del valor de uso en la primera página de El capital y de allí en adelante considera que su estudio no tiene que ver con su propósito aunque sigue teniendo interés histórico. Una investigación de los valores de cambio sirve simplemente para mostrar que los secretos del capitalismo no se pueden revelar haciendo únicamente un estudio sobre ellos. Así Marx construye la teoría del valor-trabajo como la base sólida, el bloque de construcción fijo que cuando construyamos sobre él nos dirá todo lo que necesitamos saber sobre el capitalismo. La justificación de la teoría del valor-trabajo, bajo este punto de vista, estriba en el descubrimiento de Marx de que “toda la historia es la historia de la lucha de clases”, y que dicha teoría debe sostenerse porque es la expresión de las relaciones de clase en el capitalismo.

Esa versión “lineal” de la teoría de Marx se encuentra con varias dificultades, de las cuales consideraremos una brevemente. En el tercer volumen de El capi­tal, Marx examina la “transformación de los valores en precios“. La exactitud de su procedimiento de transformación es vital para la interpretación “lineal” porque Marx parece estar derivando el valor de cambio del bloque de construcción fijo de la teoría del valor. Como todos conceden que los capitalistas operan con el valor de cambio y no con los valores, el análisis de Marx de las “leyes del movimiento” del capitalismo se levantan o caen, según esta interpretación, con la coherencia lógica de la transformación.

Desgraciadamente la transformación de Marx es incorrecta. No parece haber una relación necesaria entre los valores que representan las mercancías y las tasas a las cuales se intercambian estas mercancías. Los detractores burgueses (y algunos simpatizantes) han tenido un día de actividades muy interesantes. Dicen que el primero y el tercer volúmenes de El capital se contradicen irreconciliablemente. Según ellos, Marx finalmente recuperó la cordura en el tercer volumen y se dio cuenta de que la teoría del valor del primero era una distracción inaplicable a la comprensión de los procesos reales de producción e intercambio de mercancías. Todo lo que se requería para lograr esto último era una teoría de precios relativos que no hiciera alusión a los valores. Además este argumento, dada la interpretación “lineal”, es suficientemente poderoso como para llevar a los marxistas a dudar un poco de la aplicabilidad de la teoría marxista del valor o a caer en líneas de defensa que suenen meramente afirmativas en vez de coherentes y convincentes.

Sin embargo, un examen de la obra de Marx muestra que el valor de cambio, lejos de derivarse de la teoría del valor en alguna etapa posterior del juego, es fundamental para investigar esta teoría desde el principio. Sin entender esos valores no podemos decir nada significativo sobre el valor. El valor de cambio y el valor son categorías relacionales, y ninguno de los dos se puede tratar como un bloque de construcción fijo e inmutable. El estudio de Marx del problema de la transformación es sólo un paso en una investigación continua de las intrincadas relaciones entre ellos. Además, definitivamente no está tratando de derivar el valor de cambio de los valores, como parece suceder bajo la interpretación lineal. Esto explica por qué Marx, que se daba cuenta plenamente de los defectos lógicos de su argumento (aunque quizá no de todas sus implicaciones), los pudo descartar por considerarlos poco importantes en relación con el tópico real que le preocupaba. Este es, empero, un asunto al que regresaremos en el capítulo II.

De esto se deriva que debemos evitar cualquier cosa que huela a interpreta­ción “lineal” de la teoría marxista. No obstante, si seguimos el método de Marx, entonces esto significa que estamos destinados a encontrar el tipo de dificultades que enfrenta cualquier lector de El capital. Tenemos que comenzar caminando a tientas en la oscuridad, armados con categorías marxistas que en el mejor de los casos entendemos parcialmente. Desgraciadamente no hay forma de evitar esta dificultad: “no existe una vía fácil para llegar a la ciencia”.

En este capítulo trataremos de reconstruir el argumento de Marx con respecto a las relaciones entre valor de uso, valor de cambio y valor bajo condiciones de producción e intercambio de mercancías. Al mismo tiempo trataremos de explicar lo que hace Marx y por qué lo hace. En esta forma espero hacer menos fatigosa la ascensión de los empinados caminos que llegan a las cumbres luminosas de la teoría marxista.

1. VALOR DE USO, VALOR DE CAMBIO Y VALOR

a) Valor de uso

Con base en la concepción del mundo de Marx está la idea de que los seres humanos se apropian de la naturaleza para satisfacer sus deseos y necesidades. Bajo condiciones de producción de mercancías, los actos de producción y consumo están separados por el intercambio, pero la apropiación de la naturaleza siempre sigue siendo fundamental. De esto se deduce que nunca podemos pasar por alto lo que Marx llama “el lado material” de las mercancías. Si lo hiciéramos dejaríamos la satisfacción de los deseos y necesidades humanas sin ninguna relación con la naturaleza.

El lado material de las mercancías entra en relación con las necesidades y los deseos humanos a través del concepto de su valor de uso. Este valor de uso se puede considerar “desde los dos puntos de vista de la calidad y la cantidad”. Como un “conjunto de muchas propiedades” que pueden “ser útiles en diversas formas“, la mercancía posee ciertas cualidades que se relacionan con diferentes clases de deseos y necesidades humanas. El alimento satisface nuestra hambre, la ropa nuestra necesidad de calor y la vivienda nuestra necesidad de alojamiento. Además, aunque Marx insiste en que “como valores de uso, las mercancías representan, ante todo, cualidades distintas“, también insiste en que “al apreciar un valor de uso, se le supone siempre concretado en una cantidad, v. gr. una docena de relojes, una vara de lienzo, una tonelada de hierro, etc.” [El capital, I, p. 4].

En relación con el valor de cambio, al que considera básicamente como una relación cuantitativa, Marx hace hincapié en los aspectos cualitativos de los valores de uso; pero en un sistema sofisticado e intrincado de producción de mercancías, los aspectos cuantitativos de los valores de uso adquieren gran importancia. Los productores usan cierta cantidad de insumos —fuerza de trabajo, materias primas e instrumentos de producción— para crear una cantidad de producto físico que se usa para satisfacer las necesidades y deseos de cierto número de gentes. La proporción entre los insumos físicos y los productos en el proceso de producción proporciona una medida física de la eficiencia. Una descripción del total de los insumos y los productos proporciona una imagen global de cómo se relaciona la apropiación de la naturaleza con las necesidades y deseos humanos.

En una sociedad caracterizada por la división del trabajo y la especialización de la producción, podemos definir lo que se requiere para la reproducción social en términos de la cantidad de producto en determinada industria (como el hierro y el acero) que se necesita para satisfacer las demandas de todas las demás industrias (como los automóviles, la construcción, las herramientas, etc.). Un estado de reproducción es aquél en que los insumos y los productos están equilibrados. Al excedente dentro de un sistema de este tipo lo podemos llamar plus-producto, o sea, una cantidad de valores de uso materiales que sobrepasan a los que se necesitan para reproducir el sistema en determinado país. Este plus-producto se puede usar en diversas formas, como en la construcción de monumentos o en crear nuevos medios de producción o en ayudar a producir aún más plus-producto. El plus-producto de diferentes industrias se puede combinar de nuevo de tal manera que la cantidad total de producto se haga más grande a través del tiempo, ya sea por simple expansión de las industrias existentes o por la formación de otras enteramente nuevas.

Las características cuantitativas de un sistema de producción físico de este tipo son de considerable interés, aunque existen, como es natural, algunos problemas de especificación. Necesitamos saber qué valores de uso se requieren para reproducir o ampliar la fuerza de trabajo (lo que nunca ha sido un tema fácil), cómo identificar a las industrias, cómo justificar el capital fijo, los productos conjuntos, etc. No obstante, la necesidad obvia de equilibrar las cantidades de insumos y productos hace que el estudio directo de los aspectos físicos de la producción sea posible y a la vez potencialmente ilustrativo —y por lo tanto han sido el foco de la atención desde que Quesnay creó su Tableau économique. Marx sigue esta técnica en el segundo volumen de El capital, y en años más recientes Leontieff creó un método elaborado para estudiar la estructura de los flujos físicos dentro de la economía. Tenemos ahora estudios de los insumos productos de economías nacionales, regionales y urbanas seleccionadas. La cuestión es, entonces, ¿qué ideas se pueden obtener, con respecto a la lógica interna del capitalismo, de estudiar las características físicas de este sistema de producción aislado?

Marx reconoce, naturalmente, que todas las sociedades se deben reproducir físicamente para poder sobrevivir. Desde el punto de vista de la producción, el aspecto físico de la reproducción social es captado por una descripción del proceso de trabajo. Podríamos describir esto en términos universales como: “la actividad adecuada a un fin, o sea, el propio trabajo, su objeto y sus medios“. [El capi­tal, I, p. 131]

Los estudios de Marx sobre la economía política lo llevaron a sentir una profunda suspicacia hacia las clasificaciones universales de este tipo. El veía a las propias categorías como un producto de una determinada sociedad, y buscó conceptos que pudieran servir para distinguir al capitalismo de otras formas de producción y por lo tanto que sirvieran como base para disertar la lógica interna del capitalismo. En esta forma, Marx trata de hacer que su materialismo sea genuinamente histórico.

En la primera página de El capital, Marx trata de separarse del valor de uso argumentando que la comprensión de la naturaleza exacta de las necesidades y deseos humanos “no hace ninguna diferencia” y no contribuye en nada a un estudio de la economía política. No podemos diferenciar a las sociedades sobre la base de sus valores de uso. Por lo tanto, “descubrir los diversos lisos de las cosas es trabajo de la historia” más bien que de la economía política.

Esto ha sido interpretado por algunos en el sentido de que Marx consideraba que las características estructurales del capitalismo se podían investigar indepen­dientemente de cualquier consideración del valor de uso. Nada podía estar más lejos de la verdad. De hecho, si Marx hubiera tomado verdaderamente ese camino, habría destruido la base materialista de esa investigación. Habiendo rechazado el valor de uso como una categoría universal en la primera página de El capital, la vuelve a introducir como una categoría relacional en la segunda. La mercancía es concebida como una personificación del valor de uso y del valor de cambio. Esto prepara la escena para considerar el valor de uso en relación con el valor de cambio y con el valor. 5 6

En su forma relacional, la categoría “valor de uso” es extremadamente impor­tante para el análisis subsecuente. “Solamente un vir oscurus que no haya enten­dido nada de El capital“, afirma Marx, “puede argumentar así;… el valor de uso no desempeña, según él, papel alguno” (Notas marginales al “Tratado de economía política” de Adolph Wagner, p. 416). Marx explica su estrategia en Grundrisse, II, (pp. 285-286)* muy explícitamente. Un valor de uso es el “objeto de satisfacción de un sistema cualquiera de necesidades humanas. Esto constituye su aspecto material [de la mercancía], que puede ser común a las más distintas épocas de producción y cuyo estudio cae, por consiguiente, fuera [del campo] de la economía política”. Sin embargo, luego añade que “el valor de uso entra en la órbita de ésta [la economía política] cuando es modificado por las modernas relaciones de producción, o interviene, a su vez, en ellas, modificándolas”.

Ésta es una afirmación extremadamente importante. Explica cómo y por qué Marx entreteje el estudio del valor de uso en su argumento. Los valores de uso van tomando su forma de las relaciones modernas de producción, y a su vez intervienen para modificar esas relaciones. Los análisis del proceso de trabajo, la organización social y técnica de producción, las características materiales del capital fijo, y cosas por el estilo —todas consideradas desde el punto de vista del valor de uso— , se entretejen con el estudio del valor de cambio y el valor en forma intrincada. En el caso del capital fijo, por ejemplo, encontramos a Marx afirmando una y otra vez que el valor de uso aquí “desempeña también un papel, como categoría económica” (Grundrisse, II, p. 65) [Todas las citas que aquí se hacen de los Grundrisse están tomadas de la edición del fce, ofme, 13, y la paginación corresponde a este tomo]. Una máquina es un valor de uso producido bajo relaciones de producción capitalistas. Personifica el valor de cambio y el valor. Además, tiene un papel sumamente importante en la modificación del proceso de trabajo, las estructuras de producción, las relaciones entre los insumos y los productos, y cosas por el estilo. La producción y el uso de máquinas caen dentro del terreno de la economía política.

No estamos aún en posición, naturalmente, de entender cómo modifican al concepto de valor de uso las relaciones capitalistas de producción (y al mismo tiempo cómo las modifica éste) porque aún nos falta captar las interpretaciones marxista del valor de cambio y del valor, pero sería útil considerar cómo evoluciona la comprensión marxista del valor de uso en el curso del análisis, examinando con detenimiento un ejemplo importante.

Consideremos la concepción de las necesidades y deseos humanos que Marx parece relegar a una mera cuestión de historia en la primera página de El capi­tal. Ya al final de la primera sección, después de un breve examen del valor de cambio y del valor, Marx modifica su argumento e insiste en que para producir mercancías “no basta producir valores de uso, sino que es menester producir va­lores de uso para otros, valores de uso sociales“. A menos que la mercancía satisfaga una necesidad o deseo social, no puede tener ni valor de cambio ni valor [El capital, I, p, 8]. La categoría valor de uso, aunque ahora ya se entiende como un valor de uso social en relación con el valor de cambio y el valor, indudablemente ya está realizando una función económica.

Esto nos invita a considerar cómo modifica el capitalismo las necesidades y deseos sociales. A través de gran parte del primer volumen de El capital, Marx da por sentado que estas necesidades y deseos sociales son conocidos. En lo que se refiere a los trabajadores, por ejemplo, los considera como “un producto histórico” que depende del “nivel de cultura de un país y, sobre todo, entre otras cosas, de las condiciones, los hábitos y las exigencias con que se haya formado la clase de los obreros libres” [El capital, I, p. 124]. No obstante, luego Marx pasa a considerar cómo afecta la acumulación de capital a las condiciones de vida del trabajador. El “nivel de vida” del trabajador se ve ahora como algo que varía de acuerdo con la dinámica de la acumulación capitalista.

Hacia el final del segundo volumen de El capital, Marx da un paso más allá. La totalidad del sistema físico de reproducción es separado en tres sectores que producen medios de producción, mercancías-salario (necesidades) y artículos de lujo. Las corrientes entre los sectores tienen que equilibrarse (en cantidad, valor y términos monetarios) si ha de ocurrir la simple reproducción o si ha de ocurrir una expansión ordenada de la producción. La concepción de los deseos y necesidades de los trabajadores experimenta ahora otra modificación. Los trabajadores confían en la producción capitalista de mercancías para satisfacer sus necesidades, y al mismo tiempo los productores de mercancías confían en que los trabajadores gasten su dinero en las mercancías que los capitalistas pueden producir. El sistema de producción (bajo control capitalista) responde a las necesidades y deseos del trabajador y a la vez los crea.

Esto prepara el camino para considerar la producción de nuevos consumos como un aspecto necesario de la acumulación de capital. Esta producción de consumo se puede lograr en diversas formas: “en primer lugar, ampliación cuantitativa del consumo existente; en segundo lugar, creación de nuevas necesidades, mediante la extensión de las necesidades ya existentes en un círculo más amplio; en tercer lugar, creación de nuevas necesidades, descubrimientos y producción de nuevos valores de uso” [Grundrisse, I, p. 277]. El concepto valor de uso cambia así de algo incrustado en “cualquier sistema de necesidades humanas” a una comprensión más específica de cómo se moldean las necesidades y deseos humanos bajo el modo de producción capitalista [véase Lebowitz, 1977-1978].

b) Valor de cambio, dinero y sistema de precios

Nada es más necesario para el funcionamiento de la sociedad capitalista que la transacción elemental en la cual adquirimos cierta cantidad de valor de uso a cambio de cierta suma de dinero. La información generada por estas transacciones —que la tonelada de trigo cuesta “x” cantidad, lo mismo que un par de zapatos o una tonelada de acero— proporciona señales que nos sirven de guía al tomar decisiones de producción y de consumo. Los productores deciden qué cantidad deben producir de una mercancía en vista del precio promedio de venta, y compran ciertas cantidades de mercancías a precio de compra a fin de emprender la producción de mercancías. En los hogares se decide qué cantidad se va a comprar de determinado producto en vista de su precio en relación con sus deseos y necesidades y del ingreso de que se dispone. Estas transacciones — tan fundamentales en la vida diaria bajo el capitalismo— constituyen el “mundo de las apariencias” o la “forma fenoménica” de la actividad económica. El problema de la economía política siempre ha sido explicar por qué las mercancías se intercambian a los precios que lo hacen.

El valor de cambio, expresado a través del sistema de precios, sería relativamente fácil de entender si pudiéramos aceptar sin dudas dos premisas iniciales. En primer lugar, una mercancía funciona como un numeraire imparcial —como dinero— a fin de que los valores relativos de todas las demás mercancías se puedan expresar sin ambigüedad como un precio. En segundo lugar, vivimos en un mundo de producción de mercancías; todos los productos son producidos para intercambiarse en el mercado. En una sociedad capitalista, estas dos premisas parecen casi “naturales”, no parecen plantear dificultades serias, aunque sólo sea porque reflejan circunstancias que nos son familiares. Armados con ellas, podemos proceder a analizar directamente el sistema de precios. Vemos que las mercancías se intercambian de acuerdo con precios relativos y que los precios cambian en respuesta a la oferta y la demanda. El sistema de precios evidentemente proporciona un mecanismo descentralizado sumamente sofisticado para coordinar las diversas actividades de innumerables agentes económicos de diversa índole. Además, parece como si las leyes dé la oferta y la demanda fueran suficientes para explicar los precios relativos.

Marx acepta la importancia de la oferta y la demanda para equilibrar el mercado, pero niega con vehemencia que la oferta y la demanda nos puedan decir algo acerca de cuál será el equilibrio de los precios de las mercancías.

Cuando la oferta y la demanda se neutralizan recíprocamente, dejan de explicar nada, no influyen en el valor comercial ni nos ayudan en lo más mínimo a comprender por qué el valor comercial se expresa precisamente en esta suma de dinero, no en otra. Las verdaderas leyes internas de la producción capitalista no pueden explicarse, evidente­mente, por el juego mutuo de la oferta y la demanda [El capital, III, pp. 192-193].7

Esta es una afirmación muy drástica, y tenemos que ver cómo la justifica Marx. Finalmente lo explica en el capítulo III, pero una de las piezas claves de su argumento está en su análisis del dinero.

Marx inicia su argumentación en El capital tratando el valor de cambio como si fuera un asunto sencillo, a fin de llegar a su definición inicial sobre la teoría del valor; pero luego regresa inmediatamente a cuestiones de intercambio para mostrar que es algo verdaderamente problemático y que su estudio, en relación al valor, es muy ilustrativo. Su línea de conducta general es mostrar que el valor de cambio de una mercancía no se puede entender sin analizar la naturaleza del “dinero” que permite que el valor de cambio sea expresado inequívocamente como un precio. En particular, pone en tela de juicio la idea de que cualquier mercancía pueda ser alguna vez un numerable imparcial, y trata de mostrar que, por el contrario, el dinero personifica una contradicción fundamental.

La tarea básica, afirma Marx, “no estriba en saber que el dinero es una mercancía, sino en saber cómo, por qué y de qué modo lo es” [El capital, I, p. 55]. El dinero es una creación social. “La naturaleza”, argumenta Marx, “no produce dine­ro, como no produce banqueros o letras de cambio” [Grundrisse, I, p. 131). Además, el dinero no ha sido establecido arbitrariamente o por meros convenciona­lismos. La mercancía llamada dinero fue producida en el curso de la historia por un proceso social específico —la participación en actos de intercambio— que se tiene que entender si hemos de penetrar alguna vez en la lógica interna del sistema de precios.8

Marx trata la forma mercancía simple como el “germen” de la forma monetaria. Un análisis del trueque directo muestra que las mercancías pueden asumir lo que él llama forma de valor “equivalente” y “relativa”. Cuando una comunidad mide el valor de los bienes que se adquieren contra el valor único de un bien del cual se deshace la gente, este último funciona como su forma de valor equivalente. En un estado inicial, cada comunidad o agente de trueque posee mercancías que operan como la forma de valor equivalente. Con la proliferación del intercambio, una mercancía (o conjunto de mercancías) probablemente surgirá como el “equivalente universal” —una mercancía-dinero básica como el oro. Los valores relativos de todas las demás mercancías se pueden expresar entonces en términos de esta mercancía-dinero. En consecuencia, el “valor” adquiere, una medida claramente reconocible, única y socialmente aceptada. La sustitución de muchas determinaciones diferentes del valor de cambio (subjetivas y a menudo accidentales) a una medida monetaria establecida es producido por una proliferación de las relaciones de intercambio hasta el punto en que la producción de bienes para el cambio se convierte en “un acto social normal”. Por otro lado, también podemos ver que un sistema general de intercambio de mercancías sería imposible sin dinero que lo facilite. Por tanto, el crecimiento del cambio y la aparición de una mercancía-dinero van necesariamente de la mano.

La mercancía que asume “el símbolo de dinero” llega a ser diferente a todas las demás. Un análisis de sus características especiales resulta ilustrativo, puesto que “el enigma del fetiche dinero no es, por tanto, más que el enigma del fetiche mercancía, que cobra en el dinero una forma visible y fascinadora” [El capital, I, p. 55).

La mercancía-dinero, como cualquier otra mercancía, tiene un valor, un valor de cambio y un valor de uso. Su valor es determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se utiliza en su producción, y refleja las condiciones sociales y físicas específicas del proceso de trabajo bajo el cual es producido. Los valores de cambio de todas las demás mercancías se miden contra el patrón formado por estas condiciones específicas de producción de la mercancía-dinero. Desde este punto de vista, el dinero funciona como una medida de valor, y su valor de cambio supuestamente debe reflejar ese hecho. El valor de uso del dinero consiste en que facilita la circulación de todas las demás mercancías. Desde este punto de vista funciona como un medio de circulación. Sin embargo, en el curso de la lubricación del intercambio del dinero adquiere un valor de cambio que se forma como “el reflejo, adherido a una mercancía, de las relaciones que median entre todas las demás” [El capital, I, p. 53]. El dinero llega a tener el valor de lo que puede comprar. Como resultado, la mercancía-dinero adquiere un valor de cambio dual, el valor dictado por sus propias condiciones de producción (su valor de cambio “inherente”) y el que dicta lo que puede comprar (su valor “reflejo”).

Esta dualidad surge, explica Marx, porque el valor de cambio, que concebimos inicialmente como un atributo inherente de todas las mercancías, ahora está representado por un patrón de medición que se encuentra fuera y separado de las propias mercancías [Grundrisse, I, pp. 51-52]. El problema de cómo representar y medir los valores queda solucionado en esta forma, pero se llega a esta solución a expensas de volver inherente la dualidad del valor de uso y el valor dentro del valor de cambio del propio dinero. En pocas palabras, el dinero “soluciona las contradicciones del trueque directo y el intercambio, a cambio de plantearlas como contradicciones generales” [Grundrisse, I, p. 200]. Todo esto tiene algunas ramificaciones muy importantes.

Podemos ver, por ejemplo, que la cantidad total de dinero que circula en la sociedad a determinada velocidad tiene que ser suficiente para facilitar una cantidad determinada de intercambio de mercancías a precios apropiados. Podemos designar la demanda de dinero como PQ (donde P es un vector de los precios y Q las cantidades respectivas de mercancías en circulación) y el abastecimiento de dinero como M-V (donde M es la cantidad de dinero disponible y V es su velocidad de circulación). En equilibrio, MV = PQ (El capital, I. p. 81). Si la cantidad de mercancías en circulación aumenta repentinamente, mientras que M y V permanecen constantes, entonces el valor reflejo de la mercancía-dinero subirá a un nivel que puede estar muy por encima de su valor inherente. Un aumento en el abastecimiento de dinero o en su velocidad de circulación puede rectificar esto, pero el volumen del intercambio de mercancías estará fluctuando perpetuamente, día a día, mientras que las circunstancias que hicieron que determinada mercancía fuera seleccionada como mercancía-dinero (escasez, etc.) contra de un ajuste instantáneo en su abastecimiento. Una forma por la que salir de esta dificultad es crear un fondo de reserva, una acumulación, que se puede usar flexiblemente frente a fluctuaciones potencialmente amplias en el volumen del intercambio de mercancías. Otra posibilidad de usar algún tipo de sistema de crédito, y luego usar la mercancía-dinero para pagar el saldo de las cuentas al final de determinado periodo de tiempo (un día, un mes o un año). En esta forma la demanda de dinero se puede reducir considerablemente y los efectos de las fluctuaciones que ocurren día a día en el volumen del intercambio de mercancías se pueden neutralizar.

Esto enfoca inmediatamente nuestra atención sobre ciertas funciones adicionales del dinero: como una reserva de valor y como un medio de pago. Ambas dependen de la capacidad del dinero para operar como una forma independiente de poder social, que a su vez se deriva del hecho de que el dinero es la expresión social del propio valor. “El individuo”, sugiere Marx consecuentemente, “lleva consigo, en su bolsa, su potencia social a manera de nexo con la sociedad” [Grundrisse, I, p. 61]. Este poder social es “alienable sin restricción o condiciones”, y, por tanto, llegar a ser el “poder privado de personas privadas” [El capital, I, pp. 110 y 132]. La codicia de ese poder social lleva a la apropiación, el robo, la acumulación —todo se vuelve posible. Marx se extiende considerablemente, con detalle en Grundrisse, I [véanse particularmente las pp. 51-81], para describir los efectos destructivos de la monetarización, a través de las relaciones de poder social, sobre las sociedades tradicionales.

En El capital, Marx se ocupa de demostrar otro punto. Si el uso del dinero como una reserva de valor o como un medio de pago proporciona la única forma de mantener equilibradas las dos formas de valor de cambio inherentes en el dinero, entonces esto requiere que el poder social del dinero se use en cierta forma. Si la acumulación es necesaria para equilibrar el proceso de intercambio [El ca­pital, I, p. 91], entonces esto implica que el dinero acumulado se debe usar de acuerdo con ciertos principios racionales; el dinero se debe retirar de la circulación cuando la producción de mercancías esté baja, y ponerse de nuevo en circulación cuando reviva la producción de mercancías. Cuando el dinero se usa como medio de pago, todos los agentes en el proceso de intercambio se convierten en deudores o acreedores, y esto implica de nuevo ciertos principios coherentes para contraer deudas y para pagarlas. En ambos casos nuestra atención se enfoca en determinada forma de circulación. Así entendemos por qué la circulación de dinero, como un fin en sí misma, aparece como “una necesidad social que brota au­tomáticamente de las condiciones del proceso de circulación” [El capital, I, p. 94].

Marx define la forma de circulación de las mercancías (mercancía-dinero-mercancía, o M-D-M en forma abreviada) como un intercambio de los valores de uso (el uso de zapatos contra el de pan, por ejemplo) que depende esencial­mente de las cualidades de los artículos que se intercambian. El dinero funciona aquí como un cómodo intermediario. Ahora encontramos una forma de circulación, M-D-M, que comienza y termina con la misma mercancía exactamente. La única motivación posible para poner dinero en circulación en forma repetida es obtener al final más dinero del que se poseía al principio. Una relación cuanti­tativa reemplaza las cualidades del intercambio. El dinero es puesto en circula­ción para obtener más dinero, una ganancia, y al dinero que circula en esta forma se le llama capital.

Hemos llegado al punto en que podemos ver que las condiciones de intercambio general de mercancías hacen que la forma de circulación capitalista sea so­cialmente necesaria. Esto tiene multitud de implicaciones sociales. Se crea un espacio social en que las operaciones del capitalista se vuelven necesarias a fin de estabilizar las relaciones de intercambio. Sin embargo, actúa como capitalista, como capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad, en la medida en que sus operaciones no tienen más motivo propulsor que la apropiación progresiva de riqueza abstracta. El valor de uso no puede, pues, considerarse jamás como fin directo del capitalismo… Este afán absoluto de enriquecimiento, esta carrera desenfrenada en pos del valor hermana al capitalista y al atesorador; pero, mientras que éste no es más que el capitalista trastornado, el capitalista es el atesorador nacional. El incremento insaciable de valor que el atesorador persigue, pugnando por salvar a su dinero de la circulación, lo consigue, con más inteligencia, el capitalista, lanzándolo una y otra vez, incesantemente, al torrente circulatorio [El capital, I, p. 109].

Así llegamos a la pregunta fundamental que podemos hacer a una sociedad ca­pitalista: ¿de dónde vienen las ganancias? Sólo la teoría del valor nos puede dar los medios para contestar esta pregunta.

c) La teoría del valor

Ahora podemos considerar la teoría del valor implícita en los procesos de producción e intercambio de mercancías. A diferencia de los valores de uso y de los precios, no hay un punto de partida evidente para este análisis. O comenzamos con una suposición a priori sobre la naturaleza del valor, o buscamos una teoría objetiva del valor a través de una investigación material de cómo funciona la sociedad. Marx sigue el segundo camino. Puesto que en nuestra sociedad el mundo de las apariencias está dominado por los precios de ciertas cantidades de valores de uso, éstos proporcionan los datos para establecer una versión inicial de la teoría del valor. Una vez que esta última está en su lugar, se puede examinar la rela­ción dialéctica entre los valores, los precios y los valores de uso como un medio para analizar la lógica interna del capitalismo.

El argumento inicial en El capital llama la atención por su simplicidad. Marx define la mercancía como la personificación de los valores de uso y de cambio, los separa inmediatamente y procede directamente a analizar el valor de cambio. El hecho de igualar dos valores de uso diferentes (que son ellos mismos cuali­tativamente diferentes) en el intercambio, implica que ambos valores de uso tienen algo en común. El único atributo que tienen en común todas las mercancías es que son productos del trabajo humano. “Pues bien, considerados como cristalización de esta sustancia social común a todos ellos, estos objetos son valo­res, valores-mercancías” [El capital, I, p. 6].

El argumento es casi idéntico al que presentó Ricardo en Principios de economía política y tributación. Marx parece seguir totalmente a Ricardo al tratar el problema del valor, en esta etapa, como el problema de encontrar un patrón apropiado para el valor. 9 Su única modificación es que introduce una distinción; entre el “trabajo útil” definido como “trabajo humano realizado con un objetiva definido para producir valores de uso” y el “trabajo humano abstracto”, que “crea y forma el valor de las mercancías” [El capital, I, pp. 41-46]. Sin embargo, el argumento de Marx ahora parece redundante, puesto que el patrón del valor es ese aspecto del trabajo humano que crea el valor.

Marx rompe la redundancia por medio de un análisis de la diferencia entre el trabajo abstracto y el concreto. Todo trabajo es concreto en el sentido de que abarca la transformación material de la naturaleza, pero el intercambio en el mercado suele borrar las diferencias individuales tanto de las circunstancias de la producción como en las personas que realizan el trabajo. Si yo pago de acuerdo con el tiempo de trabajo real personificado, entonces cuanto más perezoso sea el trabajador más le debo pagar, pero en general yo pago el precio que rige en el mercado. Lo que realmente sucede es que la conmensurabilidad de las mercancías adquiridas a través del intercambio hace que el trabajo personificado en ellas sea igualmente conmensurable. Si se requiere un día como promedio para fabricar un par de zapatos, entonces el trabajo abstracto personificado en un par de zapatos es un día, sin importar si le tomó a determinado trabajador 2 o 50 horas fabricarlo. El trabajo abstracto es definido entonces como “tiempo de trabajo socialmente necesario” [El capital, I, p. 7].

Todo lo que esto hace es insertar el calificativo de “socialmente necesario” dentro de la teoría de Ricardo que considera el tiempo de trabajo como el patrón del valor. Esto casi no hace que la versión de Marx sea suficientemente fuerte como para soportar el peso de todos los análisis subsecuentes, ni parece su­ficientemente profunda como para justificar que se le trate como la base sólida de la teoría marxista y por tanto como una premisa que se debe defender a toda costa. Cierto, pero sólo hasta que preguntamos qué quiere decir exactamente “socialmente necesario”.

La invocación de la necesidad social debe ponemos sobre aviso. Contiene las semillas de la crítica de Marx de la economía política así como de su disección del capitalismo. Lo que Marx nos mostrará eventualmente, en una disertación llena de profunda preocupación por establecer los linderos entre la libertad y la necesidad bajo el capitalismo, es que el trabajo humano en su forma abstracta es una destilación, finalmente lograda bajo relaciones de producción muy específicas, de una variedad aparentemente infinita de actividades laborales concretas. Descubriremos que el trabajo abstracto se puede convertir en la medida del valor sólo en el grado en que se vuelva general un tipo específico de trabajo humano, el trabajo por un salario.

Esto diferencia inmediatamente la teoría del valor de Marx de las teorías del valor-trabajo convencionales (en particular la de Ricardo). Marx convierte una declaración universal transhistórica en una teoría del valor qué opera únicamente bajo relaciones de producción capitalistas. Al mismo tiempo, la teoría del valor trata de llegar más allá del problema de definir simplemente un patrón de valor pa­ra determinar los precios relativos de las mercancías. La teoría del valor viene a reflejar y a personificar las relaciones sociales esenciales que son el meollo de la forma de producción capitalista. El valor es concebido, en pocas palabras, como una relación social, pero Marx no nos arroja este concepto arbitrariamente, co­mo una construcción a priori. En vez de eso, trata de mostramos paso por paso que éste es el único concepto del valor que tiene sentido; que la ley del valor como él la concibe opera realmente como una guía dentro de la historia del capita­lismo. La prueba de esto debe estar necesariamente al final de su análisis, no al principio.10

Marx comienza casi de inmediato a explicar qué es lo “socialmente necesa­rio“. Nos dice que es el trabajo “que se requiere para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad”. Esto no se puede entender sin regresar a un análisis del valor de uso. En primer lugar, la producti­vidad del trabajo es considerada en términos puramente físicos: la determinan “el grado medio de destreza del obrero, el nivel de progreso de la ciencia y de sus aplicaciones, la organización social del proceso de producción, el volumen y la eficacia de los medios de producción, y las condiciones naturales” [El capital, I, pp. 6-7]. En segundo lugar, el trabajo no puede crear un valor a menos que cree un valor de uso social, valores de uso para otros. Marx no entra en detalles sobre lo que quiere decir por un “valor de uso social” en esta etapa. Simplemente afir­ma que el valor tiene que ser creado en la producción y realizado por medio del intercambio y consumo si ha de seguir siendo un valor. Este breve regreso a la es­fera del valor de uso es una muestra de gran parte de lo que vendrá.

Por ahora Marx opta por enfocar más de cerca el valor en relación con el va­lor de cambio. Su investigación de las formas materiales del valor logrado por medio del intercambio revela que la sustancia del valor —el trabajo humano abstracto— puede regular la producción e intercambio de mercancías sólo si existe una forma de representar materialmente ese valor. En seguida llega a la conclusión: “El dinero, como medida de valores, es la forma o manifestación ne­cesaria de la medida inmanente de valor de las mercancías: el tiempo de trabajo” [El capital, I, p. 56].

Nótese una vez más la invocación de la necesidad. Cuando relacionamos esto con la idea anterior del “tiempo de trabajo socialmente necesario” llegamos a una premisa importante. La existencia del dinero es una condición necesaria para la separación y destilación de lo abstracto del trabajo concreto.

Podemos ver por qué sucede esto examinando las consecuencias de un crecimiento en las relaciones de intercambio. Este crecimiento, como ya hemos visto, depende del dinero y al mismo tiempo propicia su existencia, pero también tiene consecuencias para la distinción entre el trabajo concreto y el abstracto:

Es en el acto de cambio donde los productos del trabajo cobran una materialidad de valor socialmente igual e independiente de su múltiple y diversa materialidad física de objetos útiles. Este desdoblamiento del producto del trabajo en objeto útil y materialización de valor sólo se presenta prácticamente allí donde el cambio adquiere la extensión e importancia suficientes para que se produzcan objetos útiles con vistas al cambio… A partir de este instante, los trabajos privados de los productores asumen, de hecho, un doble carácter social. De una parte, considerados como trabajos útiles concretos, tienen necesariamente que satisfacer una determinada necesidad social y encajar, por tanto, dentro del trabajo colectivo de la sociedad, dentro del sistema elemental de la división social del trabajo. Más, por otra parte, sólo serán aptos para satisfacer las múltiples necesidades de sus propios productores en la medida en que cada uno de esos trabajos privados y útiles concretos sea susceptible de ser cambiado por cualquier otro trabajo privado útil, o lo que es lo mismo, en la medida en que represente un equivalente suyo. Para encontrar la igualdad toto coelo de diversos trabajos, hay que hacer forzosamente abstracción de su desigualdad real, reducirlos al carácter común a todos ellos como desgaste de fuerza humana de trabajo, como trabajo humano abstracto [El capital, I, pp. 38-39].

El rápido movimiento de Marx de una “ventana” a otra en el primer capítulo de El capital nos ha llevado al punto en que podemos ver claramente las intercone­xiones entre el crecimiento del intercambio, la aparición del dinero y la del trabajo abstracto como una medida de valor. También hemos ganado suficiente perspectiva de estas interrelaciones como para ver que la forma en que se nos aparecen las cosas en la vida diaria puede ocultar y revelar en igual medida su significado social. Marx capta esta idea en “el fetichismo de las mercancías”.

La extensión del intercambio pone a los productores en relaciones de dependencia recíproca. No obstante, se relacionan entre sí por medio de los productos que intercambian en vez de relacionarse directamente como seres humanos. Las relaciones sociales son expresadas como relaciones entre cosas. Por otro lado, las propias cosas se intercambian de acuerdo con su valor, que se mide en términos de trabajo abstracto, y el trabajo abstracto se convierte en la medida del valor a través de un proceso social específico. El “fetichismo de las mercancías” describe un estado en que “las relaciones sociales que se establecen entre sus trabajos privados aparecen como lo que son; es decir, no como relaciones directamente sociales de las personas en sus trabajos, sino como relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas” [El capital, I, p. 38].

No es un accidente que Marx exponga este principio general del “fetichismo de las mercancías” inmediatamente después de considerar la aparición del dinero como forma de valor 11. Ahora se ocupa de hacer un análisis a fin de usar el principio general del “fetichismo” para explicar el carácter problemático de la relación entre el valor y su expresión monetaria;

Pero esta forma acabada del mundo de las mercancías —la forma dinero—, lejos de revelar el carácter social de los trabajos privados y, por tanto, las relaciones sociales entre los productores privados, lo que hace es encubrirlas [El capital, I, p. 41].

El intercambio de mercancías por dinero es suficientemente real, y no obstante oculta nuestras relaciones sociales con los demás detrás de una sola cosa, la propia forma monetaria. El acto de intercambiar no nos dice nada acerca de las condiciones de trabajo de los productores, por ejemplo, y nos mantiene en un estado de ignorancia con respecto a nuestras relaciones sociales ya que éstas son mediadas por el sistema de mercado. Nosotros respondemos únicamente a los precios de cantidades de valores de uso. Esto también indica que, cuando intercambiamos cosas, “implicamos la existencia del valor… sin estar conscientes de ella“. La existencia del dinero —la forma del valor— oculta el significado social del propio valor. “El valor no lleva escrito en la frente lo que es.” [El capital, I, p. 39].

Consideremos ahora la relación que esto implica entre los valores y los precios. Si el sistema de precios permite la formación de valores al mismo tiempo que oculta la base social de los valores, entonces la magnitud de los precios relativos no tiene que corresponder necesariamente a la magnitud de los valores relativos. Marx considera que las desviaciones entre las dos magnitudes “no son un defecto”, porque “adoptan admirablemente la forma de precio” a una situación que se caracteriza, aparentemente, por irregularidades sin ley que se compensen entre sí [El capital, I, p. 63]. El flujo y reflujo de la producción de mercancías para intercambio, que provienen de las decisiones espontáneas de multitud de productores, pueden ser adaptados por el sistema de precios precisamente porque los precios son libres para fluctuar en formas en que no podría fluctuar una medición estricta de los valores. Los valores, después de todo, expresan un punto de equilibrio en las proporciones de intercambio después de que la oferta y la demanda han sido equilibradas en el mercado. La flexibilidad de los precios permite que tenga lugar un proceso de equilibrio, y por tanto, es esencial para la definición de los valores.

Algo más problemático, empero, es que “la forma de precio puede, además, encerrar una contradicción cualitativa” hasta el punto en que “el precio deje de ser en absoluto expresión de valor”. Los objetos que no son producto del trabajo humano, tierras, conciencia, honor, etc., “pueden ser cotizados en dinero por sus poseedores y recibir a través del precio el cuño de mercancías” [El capital, I, p. 63]. Entonces, las mercancías que son producto del trabajo humano se deben distinguir de las “formas de mercancía” que tienen un precio pero no un valor. Este tópico no se trata seriamente de nuevo hasta el tercer volumen de El capital. Allí descubriremos el fetichismo que se da a las categorías renta (que pone un precio a la tierra y hace parecer como si el dinero creciera en la tierra) e interés (que le pone un precio al propio dinero). Por el momento nosotros también dejaremos a un lado estas espinosas cuestiones.

La caracterización de Marx del fetichismo de las mercancías nos anima a considerar con más profundidad el significado social del valor. En una de sus primeras declaraciones sobre este tema, Marx consideró el valor como “el modo de existencia civil de la propiedad“. En El capital Marx no es tan drástico, pero sin embargo esta dimensión de su argumento es de gran importancia.

El intercambio de mercancías presupone el derecho de los propietarios privados a disponer libremente de los productos de su trabajo. Esta relación jurídica no es sino “una relación de voluntad en que se refleja la relación económica” de intercambio [El capital, I, p. 48]. Si se han de establecer proporciones de intercambio que reflejen con exactitud los requerimientos sociales, entonces los productores deben “tratarse entre sí como dueños privados de objetos alienables y por implicación como individuos independientes”. Esto significa que los “individuos jurídicos” (personas, corporaciones, etc.) deben poder abordarse entre sí en condiciones de igualdad en el intercambio, como dueños únicos y exclusivos de las mercancías, con la libertad de comprar y vender a quien ellos deseen. La existencia de condiciones de este tipo supone no sólo una sólida base legal de intercambio sino también el poder para obtener los derechos a la propiedad privada y hacer valer los contratos. Este poder, naturalmente, reside en “el Estado“. El Es­tado en una u otra forma es una precondición necesaria para el establecimiento de valores.

En la medida en que estén garantizados los derechos a la propiedad privada y en que se hagan valer los contratos, la producción se podrá llevar a cabo cada vez más “porque son productos de trabajos privados independientes los unos de los otros” y que expresan sus relaciones con la sociedad a través del intercambio de sus productos [El capital, I, p. 38]. El sistema de precios, que también requiere la reglamentación del Estado aunque sólo sea para garantizar la calidad del dinero en circulación (véase más adelante el cap. x), facilita la coordinación de las actividades espontáneas de innumerables individuos para que la producción alcance “la proporción cuantitativa… que la sociedad requiere”. Podemos, bajo estas condiciones, estudiar “la conducta puramente atomística de los hombres en su proceso social de producción, y, por tanto, la forma material que revisten sus propias relaciones de producción, sustraídas a su control y a sus actos individuales conscientes” [El capital, I, p. 55].

Este modelo funcional de una sociedad de mercado con todos sus aditamentos políticos y legales prevaleció mucho, como es natural, en la economía política de ese tiempo y se remonta, como ha demostrado tan hábilmente el profesor MacPherson, por lo menos hasta Hobbes y Locke. 12 Es evidente que Marx consi­deraba que la operación de la ley del valor dependía de la existencia de estas condiciones básicas de la sociedad. Además, Marx considera que las ideas de “individualidad”, “igualdad”, “propiedad privada” y “libertad” adquieren significados muy específicos en el contexto del intercambio del mercado, significados que no deben confundirse con ideologías más generales de libertad, individualidad, igualdad, etc. En la medida en que estos significados altamente específicos se difunden totalmente en las ideas burguesas de constitucionalidad, creamos confusiones en el pensamiento y también en la práctica.

Consideremos, por ejemplo, que la idea de igualdad, desempeña un papel clave en el argumento de Marx. Aristóteles había argumentado desde mucho antes que “el intercambio no se puede realizar sin la igualdad”, principio que Marx cita aprobatoriamente. Esto no significa que cada persona es o debe ser considerada igual en todos aspectos. Simplemente significa que no intercambiaríamos un valor de uso por otro bajo condiciones de libre intercambio a menos que valoráramos a los dos por lo menos igualmente bien. O, dicho en términos monetarios, un peso equivale a otro peso en términos de su valor adquisitivo sin importar en el bolsillo de quién está. Todo el razonamiento de la operación del sistema de precios descansa en el principio de que “el cambio de mercancías es siempre un cambio de equivalentes” (El capital, I, p. 113). Por tanto, la definición de los valores descansa en esta idea restringida y bastante específica de la igualdad en el sentido de que diversos valores de uso producidos bajo diversas condiciones concretas de trabajo humano se reducen al mismo patrón, en el curso del intercambio en el mercado. Se les puede poner en una relación de equivalencia. Empero, una vez que hemos puesto esta idea de la igualdad firmemente en su lugar, podemos usarla como una palanca para llevar toda la discusión de la lógica interna del capitalismo a un nuevo plano de análisis más provechoso. Veamos cómo lo hace Marx.

d) La teoría de la plusvalía

Hemos llegado al punto en que podemos presentar una concepción del capital que integre nuestra comprensión de las relaciones entre el valor de uso, el valor de cambio y el valor. El capital, insiste Marx, debe definirse como un proceso más bien que como una cosa. La manifestación material de este proceso existe como una transformación del dinero en mercancías, y de estas en dinero con una ganancia adicional: D — M — (D + A). Sin embargo, como ya hemos definido el dinero como la representación material del valor, podemos decir también que el capital es un proceso de expansión del valor. A esto le llama Marx la producción de plusvalía.

El capital debe, en el curso de su circulación, asumir las formas de dinero (va­lor de cambio) y de mercancías (valores de uso) en diferentes momentos:

En realidad, el valor se erige aquí en sujeto de un proceso en el que, bajo el cambio constante de las formas de dinero y mercancía, su magnitud varía automáticamente, desprendiéndose como plusvalía de sí mismo [El capital, I, pp. 109-110].

Sin embargo, no debemos divorciar nuestra comprensión de este proceso de “autoexpansión del valor” de su expresión material. Por esta razón,

el valor necesita ante todo una forma independiente en que se contraste su identidad consigo mismo. Esta forma sólo puede dársela el dinero. Por eso el dinero constituye el punto de arranque y el punto final de todo proceso de valorización. El valor se convierte, por tanto, en valor progresivo, en dinero progresivo, o lo que es lo mismo, en capital [El capital, I, p. 110].

Esta definición de capital tiene algunas implicaciones de amplio alcance. En primer lugar, implica que el capital que funciona en la sociedad no es igual a la existencia total de dinero, ni es igual a la existencia total de valores de uso (que podemos definir como el total de riqueza social). El dinero que guardo en mi bolsillo como un medio para comprar las mercancías que necesito para vivir no está siendo usado como capital. Lo mismo se puede decir de los valores de uso de la casa en que vivo o de la pala con la que trabajo en el jardín. Existen, por lo tanto, muchas cosas que pasan en la sociedad y que no están relacionadas direc­tamente con la circulación de capital, y por tanto debemos resistir la tentación de reducir todo a estas simples categorías marxistas. El capital monetario es, entonces, esa parte de la existencia total de dinero, y el capital productivo y en mercancías son aquellas porciones de la riqueza social total que están atrapadas en un proceso muy específico de circulación. Según esto, el capital se puede formar convirtiendo el dinero y los valores de uso y poniéndolos en circulación a fin de obtener dinero, de producir plusvalía.

En segundo lugar, esta definición del capital como “proceso” significa que podemos definir a un “capitalista” como un agente económico que pone en circulación el dinero y los valores de uso a fin de obtener más dinero. Existe la posibilidad de que a los individuos les agrade o no este papel, que lo personifiquen e incorporen su razonamiento dentro de su propia psicología. Los capitalistas pueden ser personas buenas o malas, pero esto no nos interesa: podemos tratar simple­mente a “los papeles económicos representados por los hombres” como “otras tantas personificaciones de las relaciones económicas en representación de las cuales se enfrentan los unos con los otros” [El capital, I, p. 48]. Para los propósitos que tenemos a mano nos podemos concentrar en los papeles en vez de concentramos en las personas. Esto nos permite sustraemos de la diversidad de las motivaciones humanas y operar al nivel de la necesidad social en la forma en que ésta es captada en un estudio de los papeles de los agentes económicos.

Lo último, aunque no lo menos importante, es que la definición de Marx del capital demuestra una relación necesaria más bien que fortuita entre la forma capitalista de circulación y la determinación de los valores como tiempo de trabajo so­cialmente necesario. Como éste es un asunto muy importante, debemos volver a repasar sus bases.

Hemos visto que la extensión del intercambio y la aparición del dinero son partes integrales una de otra. También hemos visto que la contradicción incorporada dentro de la forma-dinero (entre su valor de uso y su valor) se puede resolver sólo si existe un fondo monetario de reserva que se puede poner o sacar de la circulación como lo requieran las condiciones de intercambio de mercancías. El dinero debe comenzar a circular en cierta forma. Puesto que D — M — D no produce un cambio cualitativo en la naturaleza de la mercancía con que se cuenta al principio y al final del proceso, la única motivación sistemática para esta forma de circulación está en el cambio cuantitativo, que significa un proceso de circulación de la forma:

D – M – (D + A).

Lo que Marx nos muestra es que, incluso si no existieran las diversas motivaciones humanas (la codicia del oro, el deseo de tener poder social o de dominar), la forma capitalista de circulación habría tenido que llegar a existir en respuesta a las presiones contradictorias que se ejercen sobre el dinero a través de la expansión y extensión del intercambio. Por otro lado, el intercambio también establece valores como reguladores de la proporción de intercambio. También podemos deducir la conexión: la aparición de la forma capitalista de circulación y de los valores como reguladores del intercambio van de la mano, porque ambos son producto de la extensión y expansión de éste.

En el libro de Marx las contradicciones rara vez se resuelven, casi siempre se desplazan, y lo mismo sucede en este caso. La forma capitalista de circulación descansa en una desigualdad porque los capitalistas poseen más dinero (valores) al final del proceso del que tenían al principio. Sin embargo, los valores son establecidos por un proceso de intercambio que descansa en el principio de la equivalencia. Esto plantea una dificultad. ¿Cómo pueden realizar una desigualdad los capitalistas —A D— a través de un proceso de intercambio que presupone la equivalencia? En pocas palabras, ¿de dónde viene la ganancia bajo condiciones de intercambio justo?

Por más que nos esforcemos, argumenta Marx, no podemos encontrar una respuesta a esa pregunta en el terreno del intercambio. Violando los principios de la equivalencia (haciendo trampas, forzando el intercambio, robando o haciendo cosas por el estilo) sólo podemos hacer que la ganancia de un individuo sea la pérdida de otro. Esto puede resultar en la concentración del dinero y de los medios de producción en unas cuantas manos, pero no puede formar una base estable para una sociedad en la que se supone que innumerables productores van a tratar de obtener una ganancia “justa” sin volverse caníbales en el proceso.

Por tanto, tenemos que buscar la respuesta por medio de un escrutinio cuidadoso del terreno de la producción. Tenemos que cambiarnos de la “ventana” que mira al mundo desde la relación formada entre el valor de cambio y el valor, y considerar la relación entre el valor y el valor de uso. A partir del capítulo VI del primer volumen de El capital hasta bien entrado el tercer volumen, Marx ge­neralmente da por sentado (con pocas excepciones significativas) que todas las mercancías se intercambian a sus valores, que no existe distinción entre precios y valores. Entonces, el problema de la ganancia llega a ser idéntico al de la expansión de los valores, y hay que buscar la solución de ese problema sin apelar en ninguna forma a la idea de que hay desviaciones entre los precios y los valores. Desde esta nueva “ventana” que da a la lógica interna del capitalismo, Marx ve claramente el camino que lo lleva a la construcción de la teoría de la plusvalía. Veamos cómo fluye este argumento.

La producción ocurre en el contexto de relaciones sociales definidas. La relación social que domina bajo la forma de producción capitalista es la relación entre el trabajo asalariado y el capital. Los capitalistas controlan los medios de producción, el proceso de producción y el destino que se da al producto final. Los trabajadores venden su fuerza de trabajo como una mercancía a cambio de salarios. En pocas palabras, presuponemos que la producción ocurre en el contexto de una relación de clase definida entre el capital y el trabajo.

La fuerza de trabajo como una mercancía tiene un carácter doble: tiene un valor de uso y un valor de cambio. El valor de cambio es determinado, de acuerdo con las reglas del intercambio de mercancías, por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se requiere para reproducir dicha fuerza a cierto nivel de vida y con cierta capacidad para participar en el proceso de trabajo. El trabajador se desprende del valor de uso de la fuerza de trabajo a cambio de su valor de cambio.

Una vez que los capitalistas adquieren la fuerza de trabajo, pueden ponerla a trabajar en formas que los benefician a ellos. Como los capitalistas compran el uso de la fuerza de trabajo durante cierto lapso de tiempo en que pueden mantener sus derechos a dicho uso, pueden organizar el proceso de producción (su intensidad, tecnología, etc.) para asegurarse de que los trabajadores produzcan un valor mayor al que reciben durante el lapso de tiempo contratado. Para los capitalistas, este valor de uso de la fuerza de trabajo no consiste simplemente en que pueden poner a trabajar dicha fuerza para producir mercancías, sino que tiene la capacidad especial de producir un valor mayor del que tiene ella misma, puede, en pocas palabras, producir una plusvalía.

El análisis de Marx está fundado en la idea de que “el valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, por tanto, dos factores com­pletamente distintos” [El capital, I, p. 144]. El excedente del valor que personifican los trabajadores en mercancías en relación con el valor que requieren para su propia reproducción da la medida de la explotación del trabajo en la producción. Nótese, sin embargo, que la regla de la equivalencia en el intercambio no se ha violado en ninguna forma aunque se ha producido un excedente. Por tanto, no hay explotación en la esfera del intercambio.

Esta solución al origen de las ganancias es tan simple como elegante. Da en el clavo, como dijo Engels, “desencadenando una tormenta repentina” [El capital, II, p. 17].

La economía política clásica no pudo ver la solución porque confundió el trabajo como medida del valor con la fuerza de trabajo como mercancía que se compra y se vende en el mercado. En la teoría de Marx se hace una distinción vital entre el trabajo y la fuerza de trabajo. “El trabajo”, afirma Marx, “es la sustan­cia y la medida inmanente de los valores, pero de suyo carece de valor“. Suponer otra cosa sería suponer que podemos medir el valor del propio valor. Además, “si realmente existiese algo como el valor del trabajo y, al adquirirlo [el capitalista], pagase efectivamente este valor, el capital no existiría, ni su dinero podría, por tanto, convertirse en capital” [El capital, I, pp. 449-453]. Lo que vende el trabajador al capitalista no es el trabajo (la sustancia del valor) sino la fuerza de trabajo, la capacidad para llevar a cabo en forma de mercancías cierta cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario.

La distinción entre trabajo y fuerza de trabajo lleva a Marx a una conclusión clave, una conclusión que le permite rectificar y transformar la teoría del valor-trabajo de Ricardo. En una sociedad en que no se pudiera distinguir entre el trabajo y la fuerza de trabajo (como sucede en la teoría de Ricardo), la ley del valor podría operar sólo en grado muy restringido. La ley del valor, “ley que precisa­mente se desarrolla en toda su plenitud a base de la producción capitalista” [El capital, I, p. 448], y esto presupone relaciones sociales de trabajo asalariado. En otras palabras, la contradicción entre el capital y el trabajo asalariado “constitu­ye el último desarrollo de la relación de valor y del sistema de producción basado en él” [Grundrisse, II, p. 114].

Esto significa simplemente que el valor y la producción de plusvalía son parte una de la otra. El pleno desarrollo de una ocasiona el florecimiento de la otra. Puesto que la producción de la plusvalía sólo puede ocurrir bajo ciertas relaciones específicas de producción, tenemos que entender cómo llegaron a existir éstas. Tenemos que entender el origen del trabajo asalariado.

Pero, hay algo indiscutible, y es que la naturaleza no produce, de una parte, poseedores de dinero o de mercancías, y de otra parte simples poseedores de sus fuerzas personales de trabajo. Este estado de cosas no es, evidentemente, obra de la historia natural, ni es tampoco un estado de cosas social común a todas las épocas de la historia. Es, in­dudablemente, el fruto de un desarrollo histórico precedente, el producto de una larga serie de transformaciones económicas, de la destrucción de toda una serie de formaciones más antiguas en el campo de la producción social [El capital, I, pp. 122-123].

Marx ha juntado ahora todos los hilos lógicos de un complejo argumento. Comenzó, igual que nosotros, con el simple concepto de la mercancía como la personificación del valor de uso y del valor de cambio. De la proliferación del intercambio dedujo la necesidad del dinero como una expresión del valor, y mostró una relación necesaria entre la forma capitalista de circulación y la determinación de las proporciones de intercambio de acuerdo con un tiempo de trabajo socialmente necesario. Ahora nos ha mostrado que la contradicción que esto genera entre la equivalencia presupuesta por el cambio y la desigualdad implicada por las ganancias sólo se puede resolver identificando una mercancía que tenga la característica especial de poder producir un valor mayor que el que ella misma tiene. La fuerza de trabajo es esa mercancía. Cuando se pone a trabajar para producir plusvalía, puede resolver la contradicción, pero esto implica la existencia del trabajo asalariado. Todo lo que queda por explicar es el origen del propio trabajo asalariado.

A esta tarea es a la que ahora debemos abocarnos.

2. LAS RELACIONES DE CLASE Y EL PRINCIPIO CAPITALISTA DE ACUMULACIÓN

Las investigaciones de Marx sobre las relaciones entre los valores de uso, los precios y los valores en el contexto de la producción e intercambio de mercancías llegan a una conclusión fundamental. La relación social que está en la base de la teoría marxista del valor es la relación de clase entre el capital y el trabajo. La teoría del valor es una expresión de esta relación de clase. Esta conclusión separa a Marx de Ricardo y constituye la esencia de su crítica de la economía política burguesa. Pero, ¿qué quiere decir exactamente una relación de clase?

Marx inserta con la mayor cautela el concepto de clase en su análisis de El ca­pital. No hace profesiones de fe directas como aquélla de que “toda la historia es la historia de la lucha de clases”, ni encontramos que introduzca el concepto de clase como algún “deus ex machina” que explica todo pero no tiene que ser explicada. El concepto de clase evoluciona en el curso de la investigación de los procesos de producción e intercambio de mercancías. Una vez que está en su lugar una definición inicial, Marx puede ampliar inmensamente el radio de acción de su investigación, incorporar ideas específicas en las relaciones de clase, y moverse libremente entre los valores de uso, los precios, los valores y las relaciones de clase al diseñar la lógica interna del capitalismo. Esto es lo que le permite romper la camisa de fuerza de la economía política tradicional.

El análisis de la producción e intercambio de mercancías revela la existencia de dos papeles distintivos y opuestos en la sociedad capitalista. Los que buscan las ganancias adoptan el papel del capitalista, y los que renuncian a la plusvalía para alimentar esas ganancias adoptan el papel del trabajador. A través de todo El capital, Marx trata al capitalista como “el capital personificado” y al trabajador simplemente como el portador de una mercancía, que es la fuerza de trabajo [El capital, I, p. 48]. En pocas palabras, los trata como “personificaciones de las relaciones económicas que existen entre ellos”. Marx entra en detalles sobre las implicaciones sociales, morales, psicológicas y políticas de estos papeles distintivos, y sólo se aparta de esta representación dual de la estructura social capitalista en la medida en que lo considera necesario para el análisis.

Sin embargo, este modo formal y severo de tratar el concepto de clase está yuxtapuesto en El capital con significados más ricos y confusos que se derivan del estudio de la historia. En consecuencia, a los comentaristas contemporáneos que siguen la tradición marxista les agrada distinguir entre el concepto de clase en cuanto se relaciona con el modo de producción capitalista y aquel que lo hace con las formaciones sociales capitalistas. Esta distinción es útil.

El término “modo de producción’’ aparece con frecuencia en toda la obra de Marx, mientras que el concepto “formación social” aparece menos. La distinción entre los dos conceptos llegó a ser motivo de ardiente debate en la obra de Althusser (1969), Althusser y Balibar (1970), Poulantzas (1975) y otros que trabajaban en lo que llegó a ser conocido como la tradición “althuseriana” del marxismo estructuralista. El debate subsecuente ha ido desde lo innecesariamente oscuro y difícil (Althusser y Balibar) hasta lo ridículo (Hindess y Hirst, 1975), y alcanzó su nadir de autodestructividad en la obra de Hindess y Hirst (1976) y Cutler, Hindess, Hirst y Hussain (1978); véase también la reseña de este último por Harris (1978). Cierta cantidad de cordura, junto con algunas ideas impor­tantes, han sido inyectadas en el debate por escritores como Ollman (1971), Godelier (1972), Therbom (1976), Laclau (1977) y más recientemente Cohen (1978). E. P. Thompson (1978), justamente encolerizado por el carácter poco histórico y poco interesante de gran parte del debate, lo descarta todo como una idiotez teórica grande y arrogante, pero en el proceso es censurado con toda razón por Anderson (1980) por tirar pepitas de oro dentro de lo que, como él mismo reconoce, es una escoria voluminosa.

El propio Marx usa el término “modo de producción” en tres formas bastante diferentes. Escribe sobre el “modo de producción del algodón“, por ejemplo, refiriéndose a los métodos y técnicas reales que se usan en la producción de determinada clase de valor de uso. El modo de producción capitalis­ta a menudo quiere decir la forma característica del proceso de trabajo bajo las relaciones de clase del capitalismo (incluyendo, por supuesto, la producción de la plusvalía), que presume la producción de mercancías para intercambio. Ésta es la forma principal en que Marx usa el concepto a lo largo de todo El capital. El concepto es una representación abstracta de un conjunto de relaciones definido en forma razonablemente estrecha [véase el capítulo IV de este libro donde se explica la manera en que las fuerzas productivas [la capacidad de transformar la naturaleza] y las relaciones sociales [de clase] se combinan dentro del proceso de trabajo para definir el modo de producción característico]. Por otro lado, algunas veces Marx usa holísticamente el concepto, particularmente en sus escritos preparatorios como los Grundrisse, y para propósitos comparativos. El concepto se refiere entonces a toda la gama de relaciones de producción, intercambio, distribución, y consumo, así como a los arreglos institucionales, jurídicos y administrativos, a la organización política y al aparato del Estado, a la ideología y a las formas características de reproducción social [de clase]. En esta vena podemos comparar los modos de producción “capitalistas“, “feudales”, “asiáticos“, etc. Este concepto del modo de producción capitalista trata de despojar a la dura lógica del capitalismo de todos los rasgos que la complican. Los conceptos usados no presuponen más que lo que es estrictamente necesario para esa tarea, pero una formación social —una sociedad determinada, constituida en determinado momento histórico— es mucho más compleja. Cuando Marx escribe acerca de los sucesos históricos reales usa categorías de clase más amplias, más numerosas y mucho más flexibles. Por ejemplo, en los pasajes históricos de El capital encontramos a la clase capitalista tratada como un elemento dentro de las clases gobernantes en una sociedad, mientras que la burguesía significa de nuevo algo diferente. En el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, que Marx presenta a menudo como el modelo del análisis histórico en acción, encontramos analizados los sucesos ocurridos en Francia de 1848 a 1851 en términos de lumpen proletariado, proletariado industrial, pequeña burguesía, clase capitalista, dividida en facciones industriales y financieras, aristocracia terrateniente y clase campesina. Todo esto está muy lejos de los pulcros análisis de dos clases presentados en gran parte de El capital.13 Esto, que abarca todo pero es sumamente abstracto, es en algunas formas el más interesante, pero también crea las mayores dificultades. La mayor parte del debate ha versado sobre este uso del término.

Yo usaré este tercer sentido del “modo de producción” como un concepto preliminar, cuyo contenido aún está pendiente de descubrirse por medio de un cuidadoso estudio teórico, histórico y comparativo. La ambigüedad que algunos han detectado con toda razón en el uso que le da el propio Marx al concepto atestigua la naturaleza tentativa de sus propias formulaciones y, en este sentido, haríamos bien en seguirlo. El problema con el enfoque de Althusser es que supone que se puede lograr una teorización completa a través de algún tipo de “práctica teórica” rigurosa. Aunque Marx genera algunas ideas importantes, el pleno significado de la idea llegará a verse sólo después de un prolongado proceso de indagación que seguramente debe incluir estudios históricos y comparativos, pero tenemos que comenzar nuestra indagación en alguna parte, armados con conceptos que aun necesitan completarse. Con este fin, apelaré principalmente al segundo concepto, más limitado, del modo de producción, a fin de construir paso a paso una comprensión más amplia del modo de producción capitalista en general. Me permito hacer hincapié en que ésta es sólo una de las formas en que podemos abordar el significado pleno del concepto.

La idea de una “formación social” sirve principalmente para recordarnos que la diversidad de las costumbres humanas dentro de cualquier sociedad no se puede reducir simplemente a las costumbres económicas dictadas por su modo de producción dominante. Althusser y Balibar sugieren dos formas en que podemos pensar en una formación social. En primer lugar, debemos reconocer la “relativa autonomía” de las costumbres económicas, políticas ideológicas y teóricas en la sociedad. Esta es una forma de decir que existen muchas oportunidades, dentro de ciertos límites, de hacer variaciones culturales, institucionales, políticas, morales e ideológicas bajo el capitalismo. En segundo lugar, en las situaciones históricas reales ciertamente encontramos varios modos de producción entretejidos o “articulados” unos con otros, aunque un modo puede ser evidentemente dominante. Dentro de determinada formación social se pueden encontrar elementos residuales de modos pasados, las semillas de modos futuros y elementos importados de algún modo que existe en esa época. Todas estas características, debemos mencionar, son explicables más bien que accidentales o puramente idiosincrasias, pero para entenderlas tenemos que adoptar una estructura de análisis mucho más compleja que la dictada por el análisis de cualquier modo de producción en particular (concebido en el sentido estricto). Por esta razón es muy útil la unión de los términos “modo de producción” y “formación social”.

La interacción entre dos sistemas conceptuales aparentemente dispares —el histórico y el teórico— es crucial para explicar plenamente el concepto de clase. Además, por extensión la interacción es crucial para entender la naturaleza del propio valor, pero los lazos son duros de forjar y Marx ciertamente no completó la tarea. A lo largo de gran parte de El capital, por ejemplo, Marxse aferra teó­ricamente al hecho” del trabajo asalariado, exactamente del mismo modo que el capitalista contemporáneo acepta el hecho “prácticamente” [El capital, I, p. 122]. No obstante, detrás de este hecho teórico está al acecho una importante pregunta histórica: ¿cómo y por qué sucede que el dueño del dinero encuentra a un trabajador que vende libremente la mercancía fuerza de trabajo en el mercado? La relación entre el capital y el trabajo no tiene una base “natural”, surge como resultado de un proceso histórico específico. Al final del primer volumen de El capital, Marx describe los procesos por los cuales el capitalismo viene a reemplazar al feudalismo.

La historia que relata Marx es discutible en sus detalles, pero simple en su concepción básica. 14 La aparición de la clase capitalista va de la mano con la formación de un proletariado. Este último es “el fruto de una lucha multisecular entre capitalistas y obreros” [El capital, I, p. 212], cuando los que se dedicaban a la forma de circulación capitalista luchaban por encontrar un modo de producción apropiado como base sistemática para generar ganancias. Ambas clases están atrapadas en una oposición simbiótica pero inexorable. Ninguna puede existir sin la otra, pero la antítesis entre ellas es profunda. Su desarrollo mutuo toma varias formas intermedias, y avanza sin uniformidad por sector y por región. Al final, la relación entre el capital y el trabajo se vuelve hegemónica y dominante, dentro de una formación social en el sentido de que toda la estructura y dirección del desarrollo baila principalmente al son que le tocan ellos. A esta altura estamos justificados en llamar a esa sociedad una sociedad capitalista. Sin embargo, no se ha demostrado el punto esencial, o sea, que el trabajo asalariado no es una categoría universal. La relación de clase entre el capital y el trabajo, y la teoría del valor que ésta expresa, es una creación histórica.

a) El papel de los capitalistas como clase y el imperativo de acumular

La esfera del intercambio, según recordamos, se caracteriza por la individualidad, la igualdad y la libertad. “No cabe buscar en ellas relaciones entre clases sociales enteras” porque en el terreno del intercambio (que incluye la compra y la venta de fuerza de trabajo) “las compras como las ventas se celebran siempre entre ciertos individuos” [El capital, I, p. 494]. Por tanto, ¿bajo qué condiciones podemos buscar relaciones entre clases sociales enteras, y cuáles son las implicaciones de que la individualidad parece tomar precedencia sobre la clase en el terreno del intercambio?

Marx demuestra que, debajo de la superficie de las relaciones de intercambio, “en lo profundo, se desarrollan otros procesos muy distintos, en los que esta igualdad y esta libertad aparentes de los individuos desaparecen” porque el “valor de cambio… implica ya de antemano una coacción para el individuo” [Grundrisse, I, p. 138]. La coacción surge de la necesidad de proporcionar un valor de uso para otros a un precio reglamentado por las condiciones usuales de producción de una mercancía; y el mecanismo que se halla detrás de esta coacción es la competencia.

Es importante entender la manera en que Marx apela al principio de la competencia 15Marx argumenta que la competencia es la causa de que se vendan las cosas al precio que valen o uno aproximado, pero no nos explica la naturaleza del propio valor; tampoco puede arrojar ninguna luz sobre el origen de la ganancia. La igualación de la tasa de ganancias se debe explicar en términos de competencia, pero para saber de dónde vienen las ganancias se requiere una estructura de análisis totalmente diferente. Marx no creyó necesario analizar de­talladamente la competencia en los dos primeros volúmenes de El capital, con una excepción muy importante.

La conducta del capitalista individual no depende de “la buena o mala voluntad de cada capitalista ‘porque’ la libre concurrencia impone al capitalista indivi­dual, como leyes exteriores inexorables, las leyes inmanentes de la producción capitalista” [El capital, I, p. 212]. En la medida en que los individuos adoptan el papel de capitalistas, se ven obligados a hacer que el motivo de la búsqueda del lucro forme parte inherente de su ser subjetivo. La avaricia y la codicia, y las inclinaciones del avaro, encuentran la forma de expresarse en este contexto, pero el capitalismo no está fundado en estos rasgos del carácter, la competencia se impone sobre los infortunados participantes, quieran o no.

Existen otras consecuencias para los capitalistas. Consideremos, por ejemplo, lo que pueden hacer con los excedentes que se apropian. Pueden elegir entre consumirlos o reinvertirlos. Esto da lugar a “un conflicto demoníaco entre el instinto de acumulación y el instinto de goce” [El capital, I, p. 500].

En un mundo de innovación tecnológica y de cambio, el capitalista que reinvierte puede ganar la partida al capitalista que disfruta de los excedentes como ingresos. La pasión de la acumulación quita el deseo de disfrutar. El capitalista no se abstiene de disfrutar por inclinación: El capitalista sólo es respetable en cuanto personificación del capital. Como tal, comparte con el atesorador el instinto absoluto de enriquecerse. Pero lo que en éste no es más que una manía individual, es en el capitalista el resultado del mecanismo social, del que él no es más que un resorte. Además, el desarrollo de la producción capitalista convierte en ley de necesidad el incremento constante del capital invertido en una empresa industrial, y la concurrencia impone a todo capitalista individual las leyes inmanentes del régimen capitalista de producción como leyes coactivas impuestas desde fuera. Le obliga a expandir constantemente su capital para conservarlo, y no tiene más medio de expandirlo que la acumulación progresiva [El capital, I, p. 499].

Por tanto, la regla que gobierna la conducta de todos los capitalistas es “acumu­lar por acumular, producir por producir” [El capital, I, p. 501]. Esta regla, puesta en vigor por la competencia, opera independientemente de la voluntad individual del capitalista. Es el sello distintivo de la conducta del individuo, así como la característica que distingue a todos los miembros de la clase capitalista. También sirve de lazo de unión a todos los capitalistas, porque todos tienen una necesidad común: fomentar las condiciones de la acumulación progresiva.

b) Implicaciones de la acumulación del capitalista para el trabajador

La competencia entre los capitalistas obliga a cada uno de ellos a usar un proceso de trabajo que sea por lo menos tan eficiente como el que prevalece en la sociedad. Los que acumulan más rápidamente suelen sacar del mercado a los que acumulan con menor velocidad. Esto implica que cada capitalista siente un incentivo perpetuo de aumentar la velocidad de acumulación por medio de una mayor explotación en el proceso de trabajo en relación con la tasa de explotación que prevalece en la sociedad. Esto tiene numerosas implicaciones para los trabajadores.

El límite máximo de la jornada diaria de trabajo, por ejemplo, está fijado por las restricciones físicas y sociales, que por otro lado son de “un carácter muy elás­tico y dejan el más amplio margen” [El capital, I, p. 178]. Movidos por la competencia o por su propia inclinación, los capitalistas pueden tratar de obtener una plusvalía absoluta extendiendo la jornada de trabajo. Los trabajadores, por su parte, demandan una jornada diaria “normal” de trabajo, y obviamente sufrirán si se permite que la necesaria pasión de los capitalistas por la acumulación siga adelante sin obstáculos. La batalla ha comenzado.

Pugnando por alargar todo lo posible la jornada de trabajo, llegando, incluso, si puede, a convertir una jornada de trabajo en dos, el capitalista afirma sus derechos de comprador. De otra parte, el carácter específico de la mercancía vendida entraña un límite opuesto a su consumo por el comprador, y, al luchar por reducir a una determinada magnitud normal la jornada de trabajo, el obrero reivindica sus derechos de vendedor. Nos encontramos, pues, ante una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza. Por eso, en la historia de la producción capitalista, la reglamentación de la jornada de trabajo se nos revela como una lucha que se libra en tomo a los límites de la jornada, lucha ventilada entre el capitalista universal, o sea, la clase capitalista, de un lado, y del otro el obrero universal, o sea, la clase obrera [El capital, I, p. 180] 16

Finalmente hemos llegado al punto en que no sólo es admisible sino necesario buscar las relaciones entre clases sociales enteras. Además, ahora podemos ver más claramente por qué un mundo de igualdad, libertad e individualidad en el terreno del intercambio, oculta un mundo de lucha de clases, que afecta al capital y a los trabajadores por igual, en el terreno de la producción.

Individualmente los trabajadores son libres de vender su trabajo bajo condiciones contractuales de cualquier tipo [por una jornada de trabajo de cualquier duración] si así lo desean, en principio. Sin embargo, también tienen que competir entre sí en el mercado de trabajo. Todo esto significa que “el obrero aislado, el obrero como vendedor ‘libre’ de su fuerza de trabajo, se halla totalmente indefenso” ante el afán de acumular de los capitalistas. El único remedio es que los trabajadores “se junten… como clase” para resistir las deprecaciones del capital [El capital, I, pp. 238-241]. Además, cuantas más formas de resistencia colectiva ofrezcan los trabajadores, más se verán obligados los capitalistas a constituirse como una clase para asegurar colectivamente que sean preservadas las condiciones de acumulación progresiva.

El estudio de la lucha de clases a propósito de la duración de la jornada de trabajo revela otro punto. Cuando los trabajadores no se han organizado como clase, la competencia desenfrenada entre los capitalistas tiene potencial para destruir la fuerza de trabajo, la fuente misma de la plusvalía. De vez en cuando, los capitalistas deben, por interés propio, constituirse como una clase y poner límites al grado de su propia competencia. Marx interpreta los decretos de las primeras fábricas inglesas como un intento hecho por “un estado gobernado por capitalistas y terratenientes” por “poner un freno a la avidez del capital, a su codicia de explotar sin medida la fuerza de trabajo” y a atentar arrancar las “raíces de la fuerza vital de la nación” [El capital, I, p. 184]. Existe entonces una distinción —que a menudo es bastante borrosa— entre la reglamentación de este tipo y la reglamentación obtenida por las victorias de la clase trabajadora y de sus aliados en la lucha por obtener una jornada de trabajo razonable.

Los capitalistas también pueden acumular captando la plusvalía relativa, Marx señala dos formas de hacerlo. Cuando aumenta la productividad de los trabajadores en los sectores que producen “mercancías-salarios” —las mercancías que necesitan los trabajadores— disminuye el valor de la fuerza de trabajo. El nivel de vida absoluto, medido en términos de las cantidades de bienes y servicios materiales que puede obtener el trabajador, no sufren cambios; sólo la proporción de intercambio (los precios) y los valores cambian. Sin embargo, el abaratamiento sistemático de las mercancías-salario está más allá de la capacidad de los capitalistas individuales. Se requiere una estrategia de clase de algún tipo (subsidios a las mercancías básicas, comida barata y políticas de vivienda, etc.) si esta forma de plusvalía relativa se ha de traducir en un medio sistemático de acelerar la acumulación (y no en un medio esporádico e incontrolado).

La segunda forma de plusvalía relativa está al alcance de los capitalistas individuales. Los individuos pueden usar sus palancas para salvar la brecha entre el tiempo de trabajo socialmente necesario y sus propios costos de producción privados. Los capitalistas que emplean técnicas de producción superiores y cuentan con una productividad de los trabajadores superior al promedio, pueden obtener una plusganancia vendiendo al precio fijado por el promedio social cuando sus costos de producción por unidad están muy por debajo de dicho promedio. Esta forma de plusvalía relativa suele ser efímera, porque la competencia obliga a otros productores a mejorar sus tácticas o a salirse del mercado. No obstante, al mantenerse a la cabeza de su campo de productividad, los capitalistas individuales pueden acelerar su propia acumulación en relación con el promedio social. Esto explica entonces por qué el capitalista “a quien sólo le interesa la producción de va­lor de cambio, tiende constantemente a reducir el valor de cambio de sus mercan­cías” aumentando la productividad de los trabajadores [El capital, I, p. 257].

Aquí está la fuente del cambio tecnológico y organizativo bajo el capitalismo. Posteriormente regresaremos a este punto, en el capítulo IV. Por el momento nos ocuparemos simplemente de definir las consecuencias para el trabajador de que los capitalistas individuales busquen la plusvalía relativa a través de la extensión de la cooperación, la división del trabajo y el empleo de la maquinaria.

La cooperación y la división del trabajo dentro del proceso de trabajo implican la concentración del trabajo y los trabajadores en el lugar donde estén instalados los medios para la coordinación y control bajo la autoridad despótica del capitalista. La competencia obliga a que se concentren progresivamente las actividades (hasta que, supuestamente, todas las economías de escala estén agotadas), a que las estructuras de autoridad se hagan cada vez más estrictas, y a controlar los mecanismos dentro del lugar de trabajo. Junto con esto va una organización jerárquica y de formas de especialización que estratifican a la clase trabajadora y crean una capa social de administradores y supervisores que dirigen —en nombre del capital— operaciones realizadas día con día en el lugar del trabajo.

El empleo de la maquinaria y la aparición del sistema de fábricas han afectado aún más profundamente a los trabajadores. Las habilidades individuales que se requieren son más reducidas (un proceso que ahora se ha descrito, en forma bastante poco elegante, como “desentrenar” o “descapacitar”), y el artesano se ha convertido en un operador de la fábrica. Se ha hecho hincapié en la separación entre el trabajo “intelectual” y el “manual”, y se suele convertir al primero en un poder “del capital sobre los trabajadores”. Las mujeres y los niños también pueden ser incluidos en la fuerza de trabajo más fácilmente, y la fuerza de trabajo de toda la familia viene a sustituir el trabajo del individuo. La intensidad del proceso laboral aumenta, y se imponen ritmos de trabajo más estrictos. Además, en todo esto el capitalista tiene a la mano un nuevo mecanismo mucho más poderoso para reglamentar la actividad y productividad del trabajador, la máquina. El trabajador tiene que adaptarse a los dictados de la máquina, y la máquina está bajo el control del capitalista o de su representante.

El resultado global es el siguiente: la competencia por la acumulación requiere que los capitalistas infrinjan una diaria violencia a la clase trabajadora en el lugar de trabajo. La intensidad de esa violencia no está bajo el control de los capitalistas individuales, particularmente si la competencia no está regulada. La búsqueda incansable de la plusvalía relativa aumenta la productividad de los trabajadores, al mismo tiempo que devalúa y deprecia el trabajo, y eso sin decir nada de la pérdida de la dignidad, el sentido de control sobre el proceso de trabajo, del perpetuo acosamiento de los supervisores y de la necesidad de adaptarse a los dictados de la máquina. Como individuos, los trabajadores casi no están en posición de resistir, muy particularmente porque el aumento de la productividad suele “liberar” a cierto número de ellos dejándolos entre las filas de los desempleados. Los trabajadores pueden ir adquiriendo el poder para resistir sólo a través de una acción de clase de algún tipo, ya sea por actos espontáneos de violencia (la destrucción de máquinas, los incendios y la furia del populacho de eras anteriores, que no han desaparecido de ninguna manera) o por la creación de organizaciones (como los sindicatos) capaces de librar una lucha de clase colectiva. La compulsión de los capitalistas por captar aún más plusvalía relativa no sigue adelante sin tropezar con un reto. La batalla se libra una vez más, y los motivos principales de la lucha de clases son problemas relacionados con la aplicación de la maquinaria, la velocidad e intensidad del proceso laboral, el empleo de mujeres y niños, las condiciones de trabajo y los derechos del trabajador en el lugar de trabajo. El hecho de que las luchas por estos puntos son parte de la vida diaria en la sociedad capitalista atestiguan que la búsqueda de la plusvalía relativa está presente en todas partes, y que la violencia necesaria que esto implica está destinada a provocar algún tipo de respuesta de clase de parte de los trabajadores.

c) La clase, el valor y la contradicción de la ley capitalista de la acumulación

A esta altura, la explicación del concepto de clase está lejos de ser completa. No hemos dicho nada sobre la forma en que una “clase” se constituye a sí misma social, cultural y políticamente en determinada situación histórica; tampoco nos hemos aventurado a decir nada en lo absoluto sobre los complejos problemas de la conciencia de clase, la ideología y las identificaciones del yo que las acciones de clase presuponen inevitablemente. Sin embargo, la versión limitada del concepto de clase que hemos presentado es suficiente para permitir algunas reflexiones y conclusiones.

Consideremos en primer lugar el significado que debemos darle al “tiempo de trabajo socialmente necesario” como la medida del valor. La clase capitalista se debe reproducir a sí misma, y sólo puede hacer esto por medio de la acumulación progresiva. La clase trabajadora también se debe reproducir a sí misma en condiciones apropiadas para la producción de plusvalía. Y sobre todo, la relación de esta clase entre el capital y los trabajadores se debe reproducir. Como todas estas características son socialmente necesarias para la reproducción de la forma de producción capitalista, entran en el concepto de valor. El valor, por tanto, pierde su simple connotación tecnológica y física y llega a verse como una relación social. Ya hemos penetrado en los fetichismos del intercambio de mercancías e identificado su significado social. En esta forma, el concepto de clase está integrado en el concepto del propio valor.

Ahora estamos en posición de ser mucho más explícitos acerca de la naturaleza de la ley del valor. Consideremos este asunto desde un punto de vista histórico, ya que el trabajo asalariado es un producto histórico al igual que la relación de clase entre el capital y los trabajadores. La ley capitalista del valor es un producto histórico específico de las sociedades en que domina la forma de producción capitalista. La descripción del paso de la sociedad precapitalista a la capitalista tiene por objeto revelamos cómo pudo haber ocurrido esta transición. En primer lugar, la aparición de la forma monetaria y el crecimiento del intercambio ha ido disolviendo poco a poco los lazos de dependencia personal y los ha reemplazado con dependencias impersonales a través del sistema de mercado. El crecimiento del sistema de mercado da lugar a una forma de circulación claramente capitalista, que descansa en la búsqueda de las ganancias. Esta forma de circulación contiene una contradicción, ya que por un lado presupone la libertad, igualdad e individualidad mientras que por otro lado las propias ganancias presuponen una desigualdad. Esta contradicción fundamental da lugar a diversas formas inestables de capitalismo, en que se buscan las ganancias sin dominar el proceso de producción. Los banqueros ponen a trabajar el dinero para obtener más dinero, los comerciantes tratan de obtener ganancias por medio del intercambio, los especuladores de tierras comercian con las rentas y las propiedades, y así su­cesivamente. Durante un tiempo, el intercambio injusto, el pillaje, el robo y los actos coercitivos de todas clases pueden sostener esos sistemas; pero al final llega a ser necesario dominar la propia producción a fin de resolver la contradicción fundamental entre la igualdad que presupone el intercambio y la desigualdad que se requiere, para obtener ganancias. Diversas fases de la industrialización que al principio eran débiles, como los experimentos con el sistema de plantaciones, preparan el camino para la institucionalización de la forma industrial capitalista, que descansa en el trabajo asalariado y en la producción de plusvalía. El advenimiento de la forma de producción capitalista resuelve las contradicciones del intercambio, pero no lo hace desplazándolas, y surgen nuevas contradicciones de un tipo muy diferente.

El análisis del concepto de clase dentro de El capital tiene por objeto revelar la estructura de estas nuevas contradicciones que prevalecen en el fondo del modo de producción capitalista. Por extensión, llegamos a ver la teoría del valor como la per­sonificación e integración de fuertes contradicciones, las cuales originan el cambio social.

Recordemos ante todo la forma en que la igualdad, la individualidad y la libertad de intercambio son transformadas por la competencia en un mundo de compulsión y coacción, de tal manera que cada capitalista individual se ve obligado de buen o mal grado a acumular por el simple afán de acumular. Sin embargo, el terreno de la igualdad, la individualidad y la libertad nunca es revocado totalmente. De hecho, no puede serlo porque el intercambio continúa desempeñando un papel fundamental, y sus leyes permanecen intactas. La producción de plusvalía resuelve la contradicción dentro del modo de producción capitalista de acuerdo con las leyes del intercambio. Sólo en la producción llega a estar claro el carácter de clase de las relaciones sociales. Dentro de la clase capitalista esto produce una contradicción entre la individualidad que presupone el intercambio y la acción de clase necesaria para organizar la producción. Esto plantea problemas, porque la producción y el intercambio no están separados entre sí sino que están enlazados orgánicamente dentro de la totalidad del modo de producción capitalista.

Podemos ver en acción esta contradicción en el análisis de Marx de las luchas por la duración de la jornada de trabajo. En este análisis descubrimos que cada capitalista actúa buscando su propio beneficio y se enzarza en una lucha competitiva contra los demás capitalistas, lo que produce un resultado global que va en contra de sus intereses como clase. Su acción individual puede poner en peligro la base de la acumulación, y puesto que la acumulación es el medio por el cual la clase capitalista se reproduce a sí misma, puede, por tanto, poner en peligro la base de su propia reproducción. Los capitalistas entonces se ven obligados a constituirse como clase —generalmente por medio del Estado — y a poner límites a su propia competencia. Sin embargo, al hacerlo se ven obligados a intervenir en el proceso de intercambio —en este caso en el mercado de trabajo— y por tanto a ofender las reglas de la individualidad y la libertad de intercambio.

La contradicción dentro de la clase capitalista entre la acción individual y los requerimientos de clase nunca se pueden resolver dentro de las leyes presupues­tas por el modo de producción capitalista, y esta contradicción está en las raíces, como veremos posteriormente, de muchas de las contradicciones internas de la forma de acumulación capitalista. También sirve para explicar muchos de los dilemas sociales y políticos a los que se ha enfrentado la clase capitalista a través de toda la historia del capitalismo. Existe una línea que oscila continuamente entre la necesidad de preservar la libertad, la igualdad y la individualidad, y la necesidad de tomar medidas como clase que a menudo son represivas y coactivas. La única forma en que la producción de plusvalía resuelve las contradicciones dentro de la forma de circulación capitalista es planteando una nueva forma de contradicción dentro de la clase capitalista, la contracción entre el capitalista individual y el interés de la clase capitalista en reproducir las condiciones generales que se necesitan para la acumulación.

En segundo lugar, consideremos la relación entre el capital y el trabajo que presupone la producción de plusvalía. Como cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo se intercambia en el mercado de acuerdo con las reglas normales de dicho intercambio, pero hemos visto que ni el capitalista ni el trabajador pueden realmente darse el lujo de dejar que el mercado de fuerza de trabajo opere sin restricciones, y que ambos bandos se ven obligados en ciertos momentos a tomar acción de clase. La clase trabajadora debe luchar por preservarse y reproducirse a sí misma, no sólo físicamente sino también social, moral y culturalmente. La clase capitalista debe necesariamente infligir una violencia a la clase trabajadora a fin de mantener la acumulación, y al mismo tiempo debe controlar sus propios excesos y resistir aquellas demandas de la clase trabajadora que amenazan a la acumulación. Esto hace que la relación entre el capital y los trabajadores sea simbiótica y contradictoria a la vez. La contradicción es la fuente de la lucha de clases. También genera contradicciones internas dentro de la forma de acumulación capitalista, al mismo tiempo que ayuda a explicar gran parte de lo que ha sucedido en la historia del capitalismo.

No es sino hasta los capítulos finales del primer volumen de El capital que po­demos apreciar finalmente la transformación que ha llevado a cabo Marx con la teoría del valor-trabajo de Ricardo. Vemos ahora que el tiempo de trabajo so­cialmente necesario es el patrón de valor sólo en la medida en que han llegado a existir un modo de circulación capitalista y un modo de producción capitalista con sus relaciones sociales características. Además, éste es el resultado de un proceso de transformación histórica específico, que creó el trabajo asalariado como un fenómeno vital de la vida social. En su camino hacia esta conclusión fundamental, Marx ha reunido multitud de ideas valiosas sobre la estructura del capitalismo. Hemos visto la importancia de ciertas relaciones jurídicas expresadas a través de los derechos de propiedad y la acción del Estado para hacer valer esos derechos. Hemos advertido la importancia de ciertas clases de libertad, individualidad e igualdad.

Por tanto, la teoría del valor incorpora y personifica las contradicciones fundamentales del modo de producción capitalista expresadas a través de las relaciones de clase. La necesidad social requiere que se reproduzcan tanto el capital como los trabajadores, así como las relaciones de clase entre ellos. La relación entre capital y trabajadores es en sí misma una contradicción que constituye la fuente de la lucha de clases, mientras que la reproducción del capital y del trabajo incorpora una contradicción entre la individualidad y la acción colectiva de clase. El concepto del valor no se puede entender independientemente del de lucha de clases.

El concepto del tiempo de trabajo socialmente necesario se extiende ahora mucho más allá de lo que Ricardo soñó alguna vez cuando enunció su teoría del valor-trabajo. Debemos estar preparados para seguirla a donde nos lleve, porque hemos creado un vehículo realmente poderoso que nos permitirá analizar la lógica interna del capitalismo.

Apéndice

LA TEORÍA DEL VALOR

La interpretación correcta de la teoría del valor de Marx es un asunto muy discutido. Las escuelas de pensamiento rivales se han separado tanto en años recientes que sus raíces comunes ya casi no se pueden discernir. La gravedad de la desavenencia está ejemplificada por el creciente clamor de parte de algunos en el sentido de abandonar por completo el concepto del valor, puesto que es “un impedimento importante” para una investigación histórico-materialista del capitalismo (Steedman, 1977: Hodgson, 1980; Levine, 1978; Morishima, 1973; Elster, 1978). La demanda puede estar justificada cuando se aplica a aquella interpretación del valor como un concepto puramente explicativo, como un patrón fijo e inmutable ligado a los insumos-trabajo, que luego debe dar razón no sólo de los precios relativos de las mercancías, sino también de las acciones distributivas, la explotación, y cosas por el estilo. Pronto nos parece insuficiente ese concepto tan estrecho cuando lo comparamos con fines tan grandiosos. Es difícil explicar sin ambages la relación entre los valores y los precios relativos; el capital fijo y los productos conjuntos plantean problemas aparentemente insalvables [véase el cap. VIII]. Los críticos de la teoría del valor han realizado una campaña bastante exitosa en contra de las interpretaciones tradicionales, como las que presentan Dobb (1940), Sweezy (1968) y Meek (1973).

La respuesta de muchos ha sido volver a manifestar lo que consideran que ha sido siempre el verdadero significado de la posición tradicional, o sea, que el valor es una expresión unificada de los aspectos cuantitativos y cualitativos del capitalismo y que ninguno hace sentido sin el otro (Sweezy, 1979). El valor está entonces investido con “más que un significado estrictamente económico”, expresa “no meramente la base material de la explotación capitalista sino también, e insepa­rablemente, su forma social” (Clarke, 1980, p. 4). Aunque algunos, como Desai (1979), evidentemente sienten que no hay problema en explorar conjuntamente los aspectos cuantitativos y cualitativos, el efecto de interpretaciones más “radi­cales” del valor ha sido negar los rigores de la matematización cuantitativa empleada por los “constructores del modelo” (en su mayoría economistas profe­sionales como Morishima, 1973; Roemer, 1980; etc.) y empujar la teoría marxista hacia una crítica más incisiva de la economía política (que a veces incluye tratar con desprecio a los constructores del modelo) y a una exposición más vibrante del materialismo histórico. El peligro aquí es que el “valor” degenere en un concepto puramente metafísico. Lo que se ganará en indignación moral se perderá en eficacia científica. O bien la teoría del valor, al abarcar “toda la magnitud de la interpretación materialista de la historia”, será presa de la objeción de Joan Robinson (1977) de que “algo que significa todo no significa nada”. Esas acusaciones no se llevan bien con aquellas que se identifican con la afirmación de Marx de que ha construido una base verdaderamente científica para entender la forma de producción capitalista.

Todo esto ha preparado el escenario para una reconstrucción más cuidadosa de lo que dijo el propio Marx (siguiendo la tradición de eruditos como Rubin, 1972; Rosdolsky, 1977, etc.). Aunque la idea del valor como un instrumento explicativo o como una magnitud empíricamente observable sencillamente tuvo que ser abandonada, todavía se le puede tratar como un “fenómeno real con efectos concretos” (Pilling, 1972; Fine y Harris, 1979, cap. 2). Se le puede interpretar como la “esencia” que está detrás de la “apariencia”, la “realidad social” que está detrás del fetichismo de la vida diaria. La validez del concepto se puede evaluar entonces en términos de los efectos concretos que nos ayuda a entender e interpretar. El concepto del valor es crucial porque nos ayuda a entender, como no lo puede hacer ninguna otra teoría del valor, la intrincada dinámica de las relaciones de clase (tanto en la producción como en el intercambio), del cambio tecnológico, de la acumulación con todos los rasgos que le acompañan de crisis periódicas, del desempleo, etc. Sin embargo, para lograr esto, las interpretaciones tradicionales como aquello que logra el trabajo en producción tienen que ceder el lugar a una comprensión más compleja del trabajo social expresado y coordinado dentro de una unidad de producción e intercambio, mediada por relaciones de distribución (Fine y Harris, 1979, cap. 2).

Incluso este concepto, aunque obviamente se acerca mucho más a la inten­ción de Marx, no capta totalmente el significado de la revolución real que forjó Marx en su método de enfoque. Elson (1979), ha reunido recientemente un con­junto de interesantes ensayos (y añadió uno sumamente interesante de su cose­cha) que exploran los aspectos revolucionarios de la teoría del valor de Marx en términos de la unidad entre la ciencia rigurosa y la política. Yo siento gran simpatía por estos argumentos, y veo mi propio trabajo como un ensayo exploratorio que sigue las líneas que Elson y otros han comenzado a definir.

Mi propia interpretación está basada en una lectura de los textos de Marx en que destacan y dominan ciertas ideas. El valor, en primer lugar, es “un modo so­cial definido de existencia de la actividad humana” logrado bajo relaciones capitalistas de producción e intercambio (Teorías sobre la plusvalía, I, p. 46)**. Por tanto, Marx no está interesado principalmente en dar forma a una teoría de los precios relativos, o incluso en establecer reglas fijas de distribución del producto social. Está interesado más directamente en contestar esta pregunta: ¿cómo y por qué asume el trabajo bajo el capitalismo la forma que en él adopta [cf. El­son, 1979, p. 123]. La disciplina impuesta por el intercambio de mercancías, las relaciones monetarias, la división social del trabajo, las relaciones de clase en la producción, la enajenación de los trabajadores del contenido y el producto del trabajo, y el imperativo de “acumular por el afán de acumular” nos ayudan a entender los logros y limitaciones reales del trabajo humano bajo el capitalismo. Esta disciplina contrasta con la actividad del trabajo humano como “el fuego viviente que da forma”, como “la transitoriedad de las cosas, su temporalidad” y como la libre expresión de la creatividad humana. La paradoja que hay que entender es cómo la libertad y la transitoriedad del trabajo viviente como un proceso es objetivada en una fijación de ambas cosas e intercambia proporciones entre las cosas. La teoría del valor trata del encadenamiento de las fuerzas y restricciones que disciplinan al trabajo como si fueran una necesidad impuesta externamente; pero lo hace reconociendo claramente que en el análisis final el trabajo produce y reproduce las condiciones de su propia dominación. El proyecto político es liberar al trabajo como un “fuego viviente que da forma” de la disciplina de hierro del capitalismo.

De esto se deduce que el trabajo no es y nunca puede ser un patrón de valor fijo e invariable. Marx, en las Teorías sobre la plusvalía, se burla de aquellos economistas burgueses que tratan de establecerlo como tal. Por medio del análisis del fetichismo de las mercancías, Marx nos muestra por qué “el valor no lleva escrito en la frente lo que es“, y por qué la economía política burguesa no puede contestar la verdadera pregunta: “¿por qué el trabajo toma cuerpo en el valor y por qué la medida del trabajo según el tiempo de su duración se traduce en la magnitud de valor del producto del trabajo? [El capital, I, p. 45]. “La prueba y demostración de la verdadera relación del valor”, escribió Marx a Kugelmann, presa de gran inquina contra los críticos de El capital, está en “el análisis de las relaciones reales” de tal manera que “toda esa palabrería sobre la necesidad de probar el concepto del valor proviene de una completa ignorancia del tema que se trata y del método científico“. El valor no se puede definir al principio de la investigación, sino que tiene que descubrirse en el curso de ella. La meta es descubrir exactamente cómo se da valor a las cosas, a los procesos, e incluso a los seres humanos, bajo las condiciones sociales que prevalecen dentro de un modo de producción predominantemente capitalista. Proceder en otra forma significaría “presentar a la ciencia antes de la ciencia”. La ciencia consiste, concluye Marx, “en demostrar cómo la ley del valor se afirma a sí misma” [Selected C.orrespondence [con Engels], pp. 208-209].

Una explicación cabal de ese “cómo” requiere hacer teorías rigurosas. Marx en parte logra esto último aplicando implacablemente métodos dialécticos de razonamiento, cuyos principios son muy diferentes de los del formalismo matemático, pero igual de duros y rigurosos. La tarea del materialismo histórico es también “asimilarse en detalle la materia investigada, a analizar sus diversas formas de desarrollo, y a descubrir sus nexos internos” con toda la integridad y respeto sin concesiones por las “relaciones reales” que caracterizan las formas materialistas de la ciencia. “Sólo después de coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el movimiento real” a fin de “reflejar idealmente en la exposición la vida de la materia” [El capital, I, p. 19].

El método de exposición que se utiliza en El capital —el método que he tratado de duplicar en este libro— es descifrar paso a paso las restricciones a la libre aplicación del trabajo humano bajo el capitalismo, para ver las contradicciones de esta o aquella forma que contienen las semillas de otras contradicciones que requieren exploración ulterior. El reflejo, como el asunto que describe, experimenta una transformación perpetua. La descripción rigurosa del “cómo” no es una carta para el dogmatismo, sino una puerta hacia una ciencia de la historia humana verdaderamente revolucionaria y creativa. Además, esa ciencia es sólo una parte de una lucha mucho más amplia para disciplinar a la propia discipli­na, “para expropiar a los expropiadores”, y así lograr la reconstrucción consciente de la forma del valor por medio de la acción colectiva.

** Las Teorías sobre la plusvalía están publicadas en tres tomos en las ofme del FCE y a ellos corresponden los núms. 12, 13 y 14.

NOTAS

1. Todas las citas de El capital que aparecen en este texto están tomadas de la edición del fce y la paginación, por tanto, corresponde a ella.

2. El sello característico del método materialista de Marx es comenzar la explicación examinando las características de objetos materiales con los que todos estamos familiarizados. “Yo no arranco nunca de los ‘conceptos’, ni, por tanto, del ‘concepto del valor’… Yo parto de la forma social más simple en que toma cuerpo el producto del trabajo en la sociedad actual, que es la ‘mercancía’” (No­tas marginales al “Tratado de economía política” de Adolph Wagner, 415-416. [Todas las citas que aquí aparecen de las obras de Marx, están tomadas de las ediciones que de dichas obras ha realizado el Fondo de Cultura Económica en su colección “Obras Fundamentales de Marx y Engels” (en adelante = ofme); entonces, pues, siempre que aparezca por primera vez algún título de alguna obra de Marx, se señalará el número del tomo de la colección y la página a que corresponde dicha transcripción, antecediéndola siempre las iniciales del título de la colección a que aquí hacemos refe­rencia; en las veces posteriores a la primera mención de las obras que aquí referimos señalaremos nada más el número de la página de donde procede, dando por sabido el número del tomo mencionado.])

3. Ollman (1973). Engels también nos previene específicamente cuando dice: “No ha sabido comprender que Marx, donde él cree que define, se limita a desarrollar cosas existentes, sin que haya que buscar en él definiciones acabadas y perfectas, valederas de una vez por todas. Allí donde las cosas y sus mutuas relaciones no se conciben como algo fijo e inmutable, sino como algo sujeto a mu­danza. es lógico que también sus imágenes mentales, los conceptos, se hallen expuestos a cambios y transformaciones, que no se las enmarque en definiciones rígidas, sino que se las desarrolle en su pro­ceso histórico o lógico de formación.” [El capital, III, p. 16].

4. Esa interpretación “lineal” caracteriza a las presentaciones de Robinson (1967) y de Samuelson (1971) sobre este tema (que parece ser uno de los pocos puntos en que están de acuerdo). Se pueden encontrar versiones “estructuralistas” más problemáticas en Bronfenbrenner (1968) y Elster (1978), mientras que incluso Sweezy (1968) —en una obra que por lo demás merece la mayor admiración- parece caer en esta trampa. En mi opinión, esto le sucedió por no apreciar plenamente la relación que establece Marx entre los conceptos de valor de uso y de valor [véanse las notas 5 y 9].

5. Steedman (1977), basándose en lo que dice Sraffa (1960), reinterpreta a Marx a la luz de las características de los sistemas de producción físicos. Fine y Harris (1979) resumen las críticas de este enfoque.

6. Rosdolsky (1977, pp. 73-98), explica perfectamente el uso de Marx del concepto “valor de uso” y la manera en que se emplea el concepto, principalmente en los Grundrisse pero también en El Capital. También señala la siguiente declaración bastante sorprendente en Sweezy (1968, p. 26) de que “Marx excluyó el valor de uso (o como se le llamaría ahora, “utilidad”) del campo de la investigación de la economía política basándose en que no personifica directamente una relación social“. Sweezy, como señala Rosdolsky, está duplicando aquí una mala interpretación de Marx que se remonta por lo menos a los escritos de Hilferding a principios de la década de 1900.

7. Debemos señalar que Marx siguió en esto a Ricardo. Éste consideró que la oferta y la demanda eran importantes como un mecanismo de equilibrio pero, como Marx, no consideró que era una con­cepción suficientemente fuerte del mundo como para formar la base de la teoría del valor. “Usted di­ce que la oferta y la demanda regulan el valor”, le escribió a Malthus, pero “esto, según creo, no dice nada” (citado en Meek, 1977, p. 158). La oferta y la demanda es el meollo de la teoría del valor neo­ clásica y marginalista, pero la crítica de Sraffa (1960) de esta última ha hecho retroceder por lo menos a un segmento de la teoría económica contemporánea hasta la base común proporcionada, por lo menos a este respecto, por Marx y Ricardo. Meek tiene una buena explicación sobre este punto (1977, cap. 10).

8. Los estudios sobre la teoría del dinero de Marx son pocos y espaciados. Rosdolsky (1977) da una excelente explicación de cómo llegó Mane a su concepción final del dinero. Marx on Money de De Brunhoff (1976) es útil, pero como indica su autocrítica al final, esta autora pasó por alto varios pun­tos que trata de incluir en sus obras posteriores (1976b y 1978) que en general son excelentes. Harris (1976; 1979) y Barrére (1977) también han reunido algún material de interés. Sin embargo, lo que es inquietante es la forma en que las obras generales sobre Marx a menudo hacen a un lado el problema del dinero como un tópico especial, en vez de tratarlo como el centro de todo el análisis. La única ex­cepción es Mandel (1968), que en forma encomiable integra el dinero y el crédito en su texto. Del mismo modo, hay un peligro inherente en la aparición de estudios especiales que tratan la teoría del dinero de Marx como algo que se puede tratar por separado de los demás aspectos de su teoría. Espe­ro evitar este escollo en los capítulos IX y X.

9. Itoh (1976) proporciona un estudio excelente de la forma en que Marx usa los argumentos de Ricardo para dar forma a su propia concepción en El capital, y el artículo de Pilling (1972) también es de considerable interés. Véase también Elsor. (1979).

10. El contraste entre este punto de vista y otras interpretaciones de la teoría del valor será conside­rado en el apéndice de la p. 35.

11. Rubin (1972) ha hecho algunos comentarios fascinantes sobre el tema del fetichismo en El ca­pital de Marx.

12 No quiero implicar con esto que estoy enteramente de acuerdo con MacPherson (1962), cuya obra Political Theory of Possessive Individualism pasa por alto, entre otras cosas, la organización patriarcal de las familias al mismo tiempo que se salta muchas de las complejidades reales. Véase Tribe (1978) y Macfarlane (1978). El propio Marx trata estos temas con algún detalle en los Grundrisse, I (pp. 157-165).

13 En el tercer volumen de El capital, Marx comienza a dividir la clase capitalista en “facciones” o “clases“: comerciantes, capitalistas en dinero, financieros y terratenientes, sobre la base del papel distintivo que juega cada uno de ellos en relación con la circulación del capital. También considera brevemente las implicaciones de la separación entre la propiedad y el control, y los “salarios de superintendencia” que se pagan a la administración. Aparentemente Marx pensó que ¡a teoría de la estructura de clase bajo el modo de producción capitalista iba a ser uno de los productos finales, que se sacaría al final del análisis, de sus detalladas investigaciones de cómo opera la ley del valor.

14 La versión de Marx de la “acumulación originaria” en Gran Bretaña ha sido repasada una y otra vez por los historiadores, y no se puede considerar separadamente de todo el argumento sobre la transición del feudalismo al capitalismo. El estudio de Dobb (1963) sobre el desarrollo económico del capitalismo todavía tiene muchas cosas recomendables, y las líneas generales del debate dentro del campo marxista están detalladas en Hilton (1976). También vale la pena estudiar con cuidado el de­bate que giró alrededor del estudio clásico de Thompson (1968), The Making of the English Working Class.

15 La suposición de una perfecta competencia desempeña un papel muy diferente en la teoría de Marx a aquel que desempeña en las economías convencionales. Marx lo usa para mostrar cómo, incluso cuando el capitalismo está funcionando en una forma que los economistas políticos burgueses consideran perfecta, de todos modos tiene en la explotación de la fuerza de trabajo la fuente de las ganancias.

16 La idea de que, en una sociedad ligada a las clases como es el capitalismo, la fuerza es el único medio de decidir entre dos derechos, lleva a Marx a criticar enérgicamente a aquellos que, como Proudhon, trataron de formar una sociedad socialmente justa apelando a ciertos conceptos bur­gueses de la justicia. Tucker (1970) tiene un capítulo excelente sobre este tema.

Esta entrada fue publicada en Temas marxistas y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s