La imagen de Espartero en los artículos de Carlos Marx en el New York Daily Tribune

new-daily¿Esperabas que las elecciones en Euskadi y Galicia desbloquearan la situación en el estado? Pues ni desbloqueo ni aclarado: una mayoría abrumadora del PP en Galicia -que coloca a N. Feijoo como delfín de Rajoy– y una mayoría relativa del PNV. Por otro lado, continua la sangría del PSOE y que acorrala aún más a Pedro Sánchez.

Historias españolas como las que escribió Carlos Marx en sus artículos periodísticos. Afrontamos en esta ocasión los artículos que le dedicó Marx a Espartero, gracias al trabajo de José Manuel San Baldomero Úcar. Te lo recomiendo…

Salud. Olivé…

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LA IMAGEN DE ESPARTERO EN LOS ARTÍCULOS DE CARLOS MARX EN EL NEW YORK DAILY TRIBUNE

José Manuel San Baldomero Úcar

 

Espartero se retiró tranquilamente a su finca de Logroño para cultivar sus berzas y sus flores, en espera de que sonase su hora. Ni siquiera buscó a la revolución, aguardó que ésta lo llamase. Hizo más que Mahoma. Esperó que la montaña acudiera a el, y la montaña acudió“.

Carlos Marx, “Espartero“, New York Daily Tribune, 19 de agosto de 1854.

 

Los estudiosos marxianos suelen ignorar con frecuencia el hecho de que el periodismo jugó un papel importante en la actividad de análisis y de reconstrucción teórica de la realidad social de Carlos Marx, rebajando el valor de los trabajos en los periódicos a un aspecto secundario de su creación. Habitualmente se ha pasado por alto que el periodismo fue la única profesión remunerada desempañada por Marx a lo largo de toda su vida y que, desde que en 1842 escribiera su primer artículo ”Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana acerca de la censura” para los Anales Alemanes 1 hasta su muerte, Marx escribió numerosísimos artículos para la prensa periódica. Puesto que en estos trabajos van apareciendo continuas huellas de los nexos entre teoría y praxis, su contenido se muestra cada vez de mayor interés para la reconstrucción y comprensión de su evolución intelectual.

No puede olvidarse, al mismo tiempo, que el ejercicio de esta actividad literaria periódica estuvo acompañado en Marx de reflexiones frecuentes sobre prensa y comunicación social. Esta actividad refleja no sólo contribuyó a la construcción de su método de análisis de la realidad, el materialismo histórico, sino que también significó su complicación dialéctica en la comprensión de la interacción comunicativa. La prensa era para Marx: el ojo siempre vigilante; la confianza materializada de un pueblo en sí mismo; el nexo de palabras que une al pueblo con el Estado; la cultura incorporada; la confesión del pueblo ante sí mismo; el espejo espiritual del pueblo; el espíritu transportable del Estado, omnifacético, omnipresente, omnisciente, renovador de todo. 2 La prensa significaba la forma más general que tienen los individuos de comunicar su existencia espiritual, la capacidad propia de todo ser humano para el tráfico espiritual. Puesto que todo individuo humano tiene la facultad de leer y escribir, y debe tener derecho a ello, el periódico ofrece un espacio de comunicación universal. El periodismo aparece así en Marx como un medio fundamental de conocimiento, el reflejo de los intereses y aspiraciones vitales de toda la sociedad, y el instrumento para su propia transformación.3

De hecho, hasta que en 1846 comenzaron a organizar el movimiento obrero y sintieron la necesidad de tener una prensa propia, Marx y Engels trabajaron en periódicos como la Gaceta Renana, Vorwärts, New Moral Word, Northern Star, Democratic Review, Red Republican y otros. Tras la celebración del primer congreso de la Liga de los Comunistas del 2 al 9 de julio de 1847, ambos se hicieron cargo de la Deutsche Brüsseler Zeitung (Gaceta Alemana de Bruselas) convertida en órgano de la Liga. Con la aparición en Colonia de la Die Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana) el 1 de junio de 1848, Marx y Engels vieron cumplido su gran deseo de disponer de un órgano de prensa propio. Un periódico que, al ser clausurado el 19 de mayo de 1849 por la contrarrevolución, contaba con 6.000 suscriptores.4 Perseguido y con la Nueva Gaceta Renana cerrada, Marx huyó de Colonia a París. Aquí dejó a su esposa Jenny con sus tres hijos y cruzó el canal de la Mancha el 24 de agosto de 1849. El 15 de septiembre Jenny llegaba a Londres.5 Desde entonces Marx residiría con su familia en la capital de Inglaterra hasta su muerte en 1883. En Londres continuaría como nunca con su febril actividad periodística.

1. LOS ARTICULOS DE CARLOS MARX SOBRE ESPAÑA EN EL NEW YORK DAILY TRIBUNE

El New York Daily Tribune fue un diario norteamericano fundado en 1841 por Horace Greely,6 un republicano defensor de los movimientos sociales y políticos de la burguesía del momento. En los años cincuenta de ese siglo llegaría a ser el periódico más influyente de los Estados Unidos.7 Con una tirada mayor que periódicos tan prestigiosos como el Times de Londres, su influencia traspasaba las fronteras norteamericanas.

En el New York Daily Tribune se conocía físicamente a Carlos Marx desde que Albert Brisbane, uno de los directores de este periódico, lo hubiera visto en otoño de 1848 en Colonia.8 Marx, por su parte, sabía del periódico norteamericano por la información de sus amigos Adolf Cluss y Joseph Weydemeyer.9 En agosto de 1851 10 recibió la oferta de colaborar en él a través del redactor del periódico Charles Dana, quien como corresponsal había vivido las jornadas de la revolución de 1848 y había contactado con Marx en Colonia.11 Marx dio una respuesta positiva a la propuesta de colaboración con el New York Daily Tribune cuando el 8 de agosto de 1851 pidió a su amigo Engels que escribiera para ese periódico un artículo en inglés sobre la situación alemana.12 Fue entonces cuando Engels no sólo atendió esa petición puntual sino que escribió la serie conocida con el nombre de Revolución y contrarrevolución o Alemania en 1848. Aparecidos bajo la firma de Marx, en el año 1913 se descubrió la autoría de Engels.13

Sin duda alguna que una de las motivaciones fundamentales de Marx para aceptar la colaboración con el New York Daily Tribune fue económica. Tras su huida de Alemania y Francia la economía familiar de Marx en Londres fue muy sombría.14 Si tenemos en cuenta los testimonios del propio Marx y de su esposa Jenny,15 el año 1952 debió ser de extremas penalidades. No obstante, un examen atento de los ingresos de Marx muestra que sus dificultades no procedían tanto de su pobreza real cuanto de los gastos originados por deseo de conservar ciertas apariencias sociales y de su incapacidad para manejar los recursos financieros propios.16 Los pagos del New York Daily Tribune parecen avalar esta interpretación. Colaborar con este periódico supuso una mejora de la economía familiar que pasó a contar en 1853 con ingresos regulares de 50 libras al año. Pero Marx desconocía totalmente en 1856 cuanto le pagaba cada mes el periódico norteamericano.17 En 1858 las colaboraciones fueron decayendo a medida que Marx se ocupaba más intensamente de los Grundrisse 18 y en 1861 el New York Daily Tribune las redujo a la mitad a causa de la guerra civil norteamericana (1861—1865). Los ingresos de la familia decrecieron a partir de entonces de forma drástica.19

La colaboración de Marx y Engels con el periódico norteamericano duró doce años, con un número total de 465 entregas, y tuvo su punto más alto en 1854 con 79 artículos. 20 Al principio Marx escribió en alemán y Engels o Wilhelm Pieper le traducían sus escritos al inglés. Pero en el verano de 1852 comenzó a escribir sus propios textos en el recién aprendido idioma y desde enero de 1853 Marx redactaba normalmente en un inglés revisado por Piepper.

El contenido de los artículos de Marx fue realmente variado. Además de la serie Revolución y contrarrevolución en Alemania y La España revolucionaria, escribió sobre la cuestión del Este, la economía de Inglaterra, la colonización en la India, etc. Que a los norteamericanos les interesaba la política española del momento era evidente. Como se demostraría fatalmente en el desastre del 98, la información sobre el proceso revolucionario español desde la guerra contra Napoleón afectaba directamente a los interés comerciales de los Estados Unidos en el continente americano y los restos del imperio colonial hispano despertaban la codicia de sus gobernantes.

Cuando Marx comienza a escribir sobre España, tanto en los Estados Unidos como en Europa había un desconocimiento mayúsculo de la realidad española. España era considerada como un país decadente, sumido en los sueños de grandeza de los siglos pasados, con un presente cuyos destinos se configuraban en el juego de influencias de las grandes potencias, Inglaterra, Francia y Rusia. Para Marx “acaso no haya otro país, salvo Turquía, tan poco conocido y erróneamente juzgado por Europa como España“.21 Sin embargo, “no hay otra parte de Europa, ni siquiera Turquía y la guerra rusa, que ofrezca al observador reflexivo un interés tan profundo como España en este momento“.22 Del contenido de los artículos se desprende que Marx pasó de tratar las revoluciones en España buscando sus consecuencias en el juego de influencias de las potencias europeas a dar una visión de los sucesos revolucionarios con relieve propio.23

El interés de Marx por España es posible estuviera estimulado también por el romanticismo de amigos suyos como Heinrich Heine (1797—1856) 24 y Georg Weerth (1822—185). No puede olvidarse, en este sentido, que la atención hacia la literatura española del romanticismo alemán formaba parte de una tradición que tuvo como principales representantes en el siglo XVIII a Lessing, Herder, Goethe o Schiller.25 Especialmente contagioso debió resultar el entusiasmo hacia España de su colaborador el poeta Weerth. Weerth escribía a su amigo Carlos Marx el 17 de noviembre de 1950:

“¡Tenías que venir a Cádiz! De veras, estoy fascinado por España. Nunca he visto un pueblo tan hermoso. Hombres y mujeres de todas las clases son bellos de arriba abajo; incluso lo quijotesco de algunos rostros y figuras es espléndido. ¡Y que diferencia en lengua, modales, respecto, por ejemplo, de los ingleses, holandeses y otras inmundicias del norte! Caí como de las nubes cuando desembarque aquí, y las seis semanas que he pasado han sido para mi como un día […] La gente anda por los tejados planos, y de todos los miradores y balcones suena murmullo enamorado, cantos y risas. De las españolas no quiero decir más: hablan con manos, pies, ojos y labios al mismo tiempo, y no hace falta saber una palabra de español para conversar con ellas “. 25

A pesar de tan atractivos estímulos Marx no vino nunca a España.27 Por ello no tuvo de la realidad española una experiencia directa como la tuvo de la alemana, francesa, belga o inglesa. De ahí que sus artículos sobre España no alcanzarían nunca la precisión que tienen sobre Francia obras como El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte o La lucha de clases en Francia. Sin embargo, quizás compensando la falta de experiencia directa de la realidad social, Marx se enfrascó en una lectura frenética de libros sobre España. Entre mayo y septiembre de 1854 la dedicación al estudio sobre España pasó de ser una “ocupación secundaria” a ser “su estudio principal”.28 Marx, que había comenzado a aprender español en 1852 con una gramática que le prestó Wolff, pronto comenzó a leer directamente autores españoles. Fruto de la intensa lectura en 1854 29 fueron los cinco cuadernos de extractos de 37 libros sobre España: 16 en inglés, 11 en español y 10 en francés.30 Después de 1856 no parece que Marx volviera a estudiar más la historia de España, pero sí se sabe que leyó más obras de españoles.31

Los textos de Marx sobre España durmieron largamente en el baúl de los recuerdos y España tardó mucho tiempo en conocer su labor como cronista político. Nada menos que 75 años transcurrieron entre la publicación de estos artículos y el año 1929, fecha en la que Andreu Nin los desempolvara y tradujera una mínima parte de ellos al español. Fue el mismo Nin quien tituló la publicación La revolución española. Aunque el título es acertado, podría precisarse mejor su contenido si se les llamara “Revoluciones en España“, por tratarse de las revoluciones de 1808-1814, la de 1820-1823, la de 1834-1833 y la de 1854-1856, o “La España revolucionaria“, por ser el título de la serie de artículos publicados. Ninguna de las traducciones realizadas hasta ahora de los textos es completa, y todas contienen numerosos errores de traducción, de fechas y de detalles.32 Incluso las decisivas traducciones de Manuel Sacristán no cuentan con todos los textos, ya que éstos no estuvieron a disposición de investigadores hasta las ediciones recientes de las obras completas de Marx y Engels.33

Los artículos del New York Daily Tribune en que Marx se refiere de forma más o menos extensa a Espartero son doce: ”Proclamas de Dulce y O’Donell“, “La revolución española“, “Espartero“, “Los sucesos en España“, “Reivindicaciones del pueblo español“, “La revolución en España—La prensa de Madrid“, “Revolución en España“, “La reacción en España“, “España“, “Revolución en España, I“, “Revolución en España, II” e “Interesantes revelaciones“.34 En colaboración con Engels, Marx aludió también a Espartero en el artículo “Ayacucho” de la The American Cyclopaedia.35 La mayoría de los artículos de Marx no aparecieron publicados New York Daily Tribune con un recuadro específico del periódico, sino integrados en crónicas sobre los acontecimientos europeos y asiáticos. La excepción estuvo en el artículo “Espartero” y en la serie Revolutionary Spain que sí fueron publicados de forma separada, no entremezclados con otros temas.36 El artículo “Espartero” puede tenerse como el primer artículo en profundidad sobre la España del momento.

2. LA IMAGEN DE ESPARTERO EN LOS ARTICULOS DE CARLOS MARX EN EL NEW YORK DAILY TRIBUNE

En los doce artículos del New York Daily Tribune en que Marx habla de Espartero aparecen referencias suficientes como para intentar descubrir la imagen que el filósofo alemán se representaba del militar y político español. Evidentemente no se entrará aquí en la cuestión de si la imagen corresponde o no con su realidad. Quede para la historiografía de la época su dilucidación. De lo que se trata es de reunir en esta escritura unos rasgos presentes en la escritura periodística marxiana que en su conjunto configuren un retrato, impresionista a la fuerza, del personaje histórico Baldomero Espartero.

Con anterioridad al año 1854, Espartero aparece ante la mirada de Marx como un héroe de grandeza ambigua y peregrina.37 Constata que ni amigos ni enemigos se explicaban su fama. Al preguntarles todos se veían en el mismo apuro para descubrir “alguna relación lógica entre el hombre en sí y su fama“. Mientras los amigos respondían con generalidades alegóricas, los enemigos afirmaban que no era mas que un “jugador afortunado”.38 Marx intentó perfilar esta imagen ambigua de Espartero en este período dibujando sus rasgos de militar y político.

Para Marx eran discutibles, en primer lugar, los méritos militares de Espartero.39 Todo comenzó con una singular rareza: el mismo momento en que entraba en la historia, “su bautismo histórico” en Ayacucho, fue una derrota y no una victoria. Es cierto que la hagiografía oficial de la voluminosa biografía publicada por José Segundo Flórez, que Marx había leído, hablaba del valor y de la pericia militar de Espartero puestos de relieve en las provincias de Charcas, La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde luchó a las órdenes del general Morillo. Pero para Marx la impresión que su participación en estos hechos de armas sudamericanos produjo en los españoles estuvo determinada de modo más decisivo por los apodos de “jefe del ayacuchismo“, con que se distinguió a Espartero, y de “ayacuchos“, con que se apellidó a sus partidarios. Estos motes, más que una alusión a la batalla de Ayacucho en la que España perdió definitivamente Perú y toda Sudamérica, eran una referencia al pacto de apoyo político mutuo hecho entre Espartero y sus compañeros para el momento en que volvieran a España.

Marx no lo dice en el artículo del New York Daily Tribune, pero sí en la única referencia de Marx a Espartero no incluida en estos artículos que contiene la entrada “Ayacucho” de la The New American Cyclopaedia. Según Marx en España se llamó “ayacuchos” a Espartero y a sus seguidores militares en Suramérica por el compromiso que hicieron de apoyarse políticamente unos a otros una vez regresados a España. Este pacto se convirtió en la acusación contra Espartero y su partido de haber contribuido materialmente a la derrota sufrida por el ejército español en Ayacucho. Marx se basó en la biografía de José Segundo Flórez, cuya obra cita en esta ocasión,40 para desmentir esta versión muy extendida en España. Espartero no estuvo ni en Ayacucho ni en América cuando la derrota tuvo lugar. El mismo día de la batalla, el 9 de diciembre de 1824, Espartero salía hacia América desde Burdeos. Había viajado a España por orden del virrey la Serna con despachos para Fernando VII el 5 de junio de 1824 en el bergantín británico Tiber, había llegado a Cádiz el 28 de septiembre y a Madrid el 12 de octubre.41

Tampoco en las guerras carlistas Espartero se distinguió por su talento militar. Marx está con el historiador admirador de Espartero Manuel de Marliani,42 cuya obra figura entre la bibliografía leída por Marx para la preparación de sus artículos sobre España,43 en que la guerra de los siete años tuvo unas características parecidas a las contiendas que sostenían en el siglo X los pequeños señores feudales de las Galias donde los triunfos no eran resultados de las victorias. Eso sí, Espartero tuvo la “facultad de sacar el mayor provecho posible de los pequeños éxitos” y fue la suerte la que hizo que Maroto le entregara las últimas fuerzas de Don Carlos en 31 de agosto de 1839.44

Esta falta de pericia militar de Espartero fue palmaria cuando en el verano de 1843 se sublevaron contra su Regencia una extraña combinación de generales moderados y progresistas con Narváez a la cabeza. En esta ocasión, Espartero se mostró como un militar apocado, lento, apático, indeciso, mientras que en sus enemigos todo era rapidez, audacia y decisión:

“Mientras Narváez libraba del asedio a Teruel y penetraba en Aragón, Espartero se retiraba de Madrid y consumía semanas enteras en Albacete en una inactividad inexplicable. Cuando Narváez había conseguido ya la adhesión de los cuerpos de ejército de Seoane y Zurbano en Torrejón y marchaba sobre Madrid, Espartero se unió por fin con Van—Halen para someter a un inútil y abominable bombardeo a Sevilla. Después fue retirándose de un sitio a otro, viendo sus tropas mermadas por las deserciones en cada etapa de su retirada, hasta que al fin llegó a la costa. Cuando embarcó en Cádiz, esta ciudad, la última donde le quedaban partidarios, dio la despedida a su héroe sublevándose también contra él”. 45

Antes de bombardear Sevilla sin consideración, Espartero había bombardeado Barcelona para reprimir la sublevación de finales de 1842. Espartero se trasladó personalmente a la ciudad condal y el 3 de diciembre de 1842 las baterías del castillo de Monjuit abrieron fuego sobre la población civil. Marx decía con duro sarcasmo que todos los méritos militares de Espartero se reducían a haber pasado de ser “héroe de la libertad” a ser “bombardeador de ciudades“:

“Por otra fatalidad, resulta que, de todas las proezas peninsulares de Espartero, la que causó una impresión más viva en la memoria pública fue, si no exactamente una derrota, si al menos una acción singularmente extraña en un héroe de la libertad: Espartero se hizo célebre como bombardeador de ciudades, de Barcelona y Sevilla. Si, como dice un escritor, los españoles quisieran pintar a Espartero como Marte, veríamos a este dios en forma de ariete”.46

Si como militar Espartero aparecía para Marx en 1854 como un “bombardeador de ciudades“, como político sus defectos se manifestaron todavía más claros. En su gobierno como Regente (1841—1843), Espartero se muestra ante los ojos de Marx como desleal, miope, testarudo, y falto de autoridad. En la Regencia, Espartero fue desleal con los progresistas. Por intentar reconciliarse con sus enemigos, los moderados, fue perdiendo poco a poco a sus amigos. Cuando contrariando la voluntad de un amplio sector del partido aceptó ser Regente se rodeó de una camarilla “con aires de dictador militar“, y otorgó más favores a los moderados que a los progresistas, que en su mayoría quedaron apartados de los cargos públicos. Fue miope por no darse cuenta de su propia situación y enfrentarse con la opinión pública cuando ésta sólo buscaba un pretexto para hacerlo trizas y no ver el descontento general que despertaba su “tiranía“. Espartero fue testarudo cuando en mayo de 1843, perdida ya su popularidad, se obstinó en mantener en sus puestos a Linage, Zurbano y demás miembros de su camarilla militar, cuya destitución era reclamada a grandes voces, disolvió el gabinete López, que tenía una gran mayoría en la Cámara de Diputados, y se negó a conceder una amnistía a los moderados en el destierro reclamada por por el Parlamento, por el pueblo y por ejército. A Espartero le falto autoridad 47 cuando, por ejemplo, no encontró medios para detener las intrigas y maquinaciones contra él de su embajador en París, de María Cristina y de Narváez, ni para atajar las mezquinas maniobras de Luis Felipe.48

Hay que advertir que esta imagen marxiana estaba sin duda mediatizada por las prevenciones revolucionarias que Marx tenía en ese momento hacia el régimen parlamentario y por el deseo de su superación. Es posible, incluso, que en la apreciación marxiana se de una contradicción al acusar, por una parte, a Espartero de “falto de valor para romper las cadenas del régimen parlamentario”,49 y, por otra, afirmar rotundamente que Espartero jamás había pretendido ser otra cosa que monárquico constitucional.50 ¿Ser monárquico constitucional no significaba aceptar y compenetrarse con el régimen parlamentario? Lo que no significaba era desembarazarse de las Cortes mediante la revolución. Y eso era lo que Marx realmente hubiera querido de Espartero.

Pero Espartero no pudo nunca ser un revolucionario al modo marxiano. El modelo político que Espartero quería para España no era otro que el de la Corona inglesa. Por eso defendía los intereses de Inglaterra en la lucha por la hegemonía europea frente a Francia, y por eso, durante su exilio en la constitucional y parlamentaria Inglaterra, fue tenido como el héroe de la ciudad de Londres:

“Cuando llegó a Londres, toda la aristocracia acudió en tropel a su domicilio, con el duque de Wellington y lord Palmerston a la cabeza. Aberdeen, en su calidad de ministro de Negocios Extranjeros, le mandó una invitación para ser presentado a la reina. El alcalde y los concejales londinenses (aldermen) le obsequiaron con banquetes en la Mansion—House. Y cuando se supo que el Cincinato español se dedicaba en sus horas de ocio a la jardinería, no quedó sociedad botánica, hortícola o agrícola que no se apresurara a hacerle el honor de incluirlo en sus filas. Era totalmente el héroe de la ciudad“.51

Esa aureola heroica que Espartero disfrutó en Londres durante su destierro y el reconocimiento político por parte de las clases gobernantes de Inglaterra, culminaron en 1847 con la invitación de reina Victoria a su mesa y con “el honor extraordinario” de ofrecerles a él y su esposa alojamiento por una noche en el castillo de Windsor. Aunque, 

“la verdad es, ajuicio nuestro, que esta aureola tejida en torno a la figura de Espartero guardaba cierta relación con el supuesto de que el había sido y seguía siendo el representante de los intereses británicos en España. Y no es menos verdad que las manifestaciones en honor de Espartero fueron en cierto modo manifestaciones contra Luis Felipe “.52

El 21 de julio de 1854 aparecía en New York Daily Tribune la crónica “La insurrección de Madrid53 en la que Marx daba cuenta de las noticias contradictorias y fragmentarias que llegaban a Londres sobre la insurrección militar que había estallado en Madrid.54 Era la primera de las crónicas que escribiría en el periódico norteamericano sobre la revolución en España. Las noticias de sus cuatro artículos anteriores al 19 de agosto fueron también confusas.55 Hay en ellas demasiado “según se dice” y “dícese“. Lo que realmente ocurrió fue que el 30 de junio se produjo el pronunciamiento de Vicálvaro, el 7 de julio se publicó el “Manifiesto del Manzanares“, el 17 de julio cayó el gobierno Sartorius, conde de San Luis, y el 21 y 22 de ese mismo mes entró triunfalmente Espartero en Madrid y se formó el Gobierno EsparteroO’Donnell.

Al considerar en ese momento de gloria el haber en el bagaje biográfico de Espartero antes de julio del 1854, Marx se preguntaba “¿cómo ha podido Espartero convertirse nuevamente en el salvador de la patria y en la ‘espada de la revolución’, como ahora le llaman?.56 Pregunta sin duda retórica, pues el propio Marx daba profundas y razonables respuestas.

En primer lugar, los diez años de reacción que España había sufrido bajo la “brutal dictadura” de Narváez y bajo “el yugo de los favoritos de la reina” habían propiciado la resurrección de revolucionarios caídos. Porque eso fue realmente Espartero para Marx en el momento de su entrada triunfal en Madrid: una ficción, una aparición, un nombre, un recuerdo.57 Durante el tiempo transcurrido desde su regreso a España del exilio londinense hasta el pronunciamiento de Vicálvaro, el silencio de Espartero sobre la situación española había sido sepulcral. No se le conocía ni un sólo acto de resistencia contra la dictadura de Narváez. En el retiro idílico de Logroño, cultivando “sus berzas y sus flores“,58 esperó simplemente a que llegara su hora: ”Ni siquiera buscó a la revolución, aguardó que ésta lo llamase. Hizo más que Mahoma. Esperó que la montaña acudiera a el, y la montaña acudió“.59

Es cierto que hubo un momento de publicidad cuando al estallar la revolución del 23 de febrero de 1848 en Francia, que hundía el trono de Luis Felipe, promotor y apoyo de Narváez, “se quiso recordar a España que todavía albergaba al hombre de ayer, de hoy y de mañana” con la publicación del folleto Espartero: Su pasado, su presente, su porvenir. Pero con la decadencia del movimiento revolucionario francés, Espartero se sumió de nuevo en el olvido. Entonces sucedió lo que tenía que suceder con arreglo a ciertas constantes con que Marx intentaba hallar las leyes que explicaban la historia. El alejamiento en el retiro logroñés no fue sino la distancia necesaria para que el mito Espartero se mantuviera y se acrecentara en la memoria e imaginación del pueblo como encarnación de la revolución:

“las épocas prolongadas y violentas de reacción son prodigiosamente propicias para vindicar de los fracasos revolucionarios a los hombres caídos. Cuanto mayor es la imaginación de un pueblo–y ¿dónde es mayor que en el sur de Europa?-, más irresistible es su tendencia a oponer a la encarnación personal del despotismo la encarnación personal de la revolución. Como el pueblo no puede improvisar de pronto a sus personajes, desentierra los muertos de movimientos  anteriores”.60

Marx encontraba otra segunda razón, allende el rechazo por el pueblo del despotismo de Narváez, para que Espartero apareciera como el salvador de la patria y la ‘espada de la revolución’: su “extremada popularidad” social y política.

Socialmente Espartero era popular porque era un símbolo que representaba el valor y el valer del pueblo. El pueblo admiraba a Espartero y se identificaba con el porque habiendo salido del pueblo había ascendido al nivel más alto de la escala social. Era el hijo de un artesano que se había encarnado hasta el puesto de Regente de España y el militar que se había alistado en el ejército como soldado raso y lo había abandonado con la graduación de mariscal de campo.61 Políticamente, Espartero representaba la unidad del gran partido liberal, aunque Marx dudara de que los liberales no hubieran perdido su popularidad y sintonía con el pueblo precisamente por haberla transferido a un solo hombre.

Cuando Espartero vuelve es porque el pueblo ilusionado lo trae. Va a remolque de los acontecimientos ya que no es el quien proclama la revolución, sino que la revolución pone a Espartero al frente a ella. Suele ocurrir en las revoluciones. En el momento en que el pueblo parece que va realizar un gran progreso e inaugurar una nueva era, se deja llevar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder a unos hombres que se representan el movimiento popular de una época ya fenecida:

“Espartero es uno de estos hombres tradicionales a quienes el pueblo suele subir a hombros en los momentos de crisis sociales y de los que después, a semejanza del perverso anciano que se aferraba tenazmente con las piernas al cuello de Simbad el marino, le es difícil desembarazarse”.62

¿Le es difícil desembarazarse porque el se aferra o porque el pueblo tiene necesidad de inventar personajes revestidos con cualidades sobrenaturales por los que dejarse arrastrar? Espartero en ese momento era popular en España como lo era el arquetipo mítico más español, Don Quijote. Cuando Espartero regresa como ‘espada de la revolución’, vuelve como un nuevo caballero andante.

Marx conocía el gran mito nacional de los españoles. Parece que fue el verano de 1854 cuando Marx leyó El Quijote ya que fue el 19 de agosto de 1854 cuando comparaba a Espartero con caballero andante y el 3 de septiembre de 1854 cuando esc1ibía a su amigo Engels:

“Mi principal study es ahora Spain. Hasta hoy he trabajado enfuentes españolas, época de 1808—14 y de 1820—1823. Llego ahora al período 1834—43. La historia no carece de complicación. Más difícil es llegar del desarrollo a los saltos. En todo caso había empezado a tiempo con Don Quijote. Todo ello dará aproximadamente para el Tribune, una vez condensado”.63

En tres ocasiones alude Marx sarcásticarnente a Don Quijote en sus artículos sobre España. En el del 18 de agosto de 1856 Marx llamaba al pretendiente Don Carlosel Quijote del auto de fe“.64 En la crónica de 30 de septiembre de 1854 , Marx citaba el El Quijote para ridiculizar las relaciones de María Cristina con su marido morganático Muñoz

“Las relaciones de Cristina con este Muñoz sólo pueden comprenderse cuando se recuerda la respuesta de Don Quijote a la pregunta de Sancho Panza de por que estaba enamorado de una aldeana de tan baja cuna como su Dulcinea, siendo así que el podía tener princesas a sus pies.” Preguntaronle a una dama —contestó el digno caballero-, asediada por una multitud de pretendientes de elevada alcurnia, ricos e ingeniosos, por que había escogido a un mozo motilón y soez; a lo que repuso. “Para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles”.65

Pero era al comparar a Espartero con Don Quijote cuando el mito nacional por excelencia aparecía con toda su fuerza irónica. La analogía que Marx veía entre Espartero y el ingenioso hidalgo de la Mancha era doble: “Espartero nació en Granátula de la Mancha y, lo mismo que su célebre paisano, tiene su idea fija: la Constitución y su Dulcinea del Toboso: la reina Isabel“.66 Pero Espartero era como Don Quijote, sobre todo, porque con su vuelta cumplía con la promesa de caballero que había hecho a la reina, su Dulcinea, cuando le recibió en Madrid al regreso de su destierro inglés: “Ruego a Vuestra Majestad que me llame cuando necesite un brazo defensor y un corazón amoroso“:

“Ahora Su Majestad lo ha llamado, y el caballero andante aparece amortiguando las olas revolucionarias, enervando a las masas con una calma engañosa, permitiendo a Cristina, San Luis y los demás que se escondan en Palacio y proclamando a voz en cuello su fe inquebrantable en la palabra de la inocente Isabel”.67

Marx ironizaba en extremo sobre la belleza y la inocencia de Isabel II. Los rasgos físicos de la Dulcinea de Espartero “adquieren de año en año una semejanza cada vez más sorprendente con los de Fernando VII, de ruin memoria“,68 escribía en 1854. Un rey que era “tan dado a la mentira que, a pesar de su mojigatería, jamás pudo convencerse, ni con la ayuda de la Santa Inquisición, de que personajes tan eminentes como Jesucristo y sus apóstoles dijeran la verdad“.69 De tal palo tal astilla, parece querer decir Marx.

La falta de inocencia de la niña Isabel en el caso Olózaga fue objeto de especial especial atención por el sarcasmo marxiano. Isabel II había sido declarada mayor de edad el 15 de noviembre de 1843, seis días antes de que cumpliera trece años. Salustiano Olózaga formó un Gobierno que las Cortes rechazaron. Entonces Olózaga decidió disolver las Cortes y consiguió un Real Decreto firmado por la reina, en el que se le concedían poderes para hacerlo, pero en el que dejaba en blanco la fecha de su promulgación. El 28 de noviembre Olózaga recibió el decreto de manos de la reina, pero en la tarde del día 29, apenas había marchado de entrevistarse con ella, Olózaga fue visitado en su casa por un subsecretario de Estado para comunicarle que estaba destituido y pedirle el decreto que el había obligado a firmar a Isabel. Olózaga no devolvió el documento hasta el día siguiente, después de haberlo enseñado lo menos a cien diputados para demostrar que la firma de la reina era de su puño y letra. El 13 de diciembre el presidente del Consejo de Ministros, González Bravo, convocó a Palacio a las más altas autoridades del Estado para que la reina les explicara lo que había pasado entre ella y Olózaga en la tarde del 28 de noviembre. La reina les condujo al salón donde había recibido a Olózaga y montó una escena dramática representando cómo este había echado el cerrojo a la puerta, le había sujetado por el vestido, le había obligado a sentarse y había guiado su mano, forzándola a firmar el decreto, es decir, “había violentado su regia dignidad”.70 Bajo la solemne declaración de la reina, Salustiano Olózaga debía haber sido juzgado como reo de lesa majestad, sin embargo, después de un debate en las Cortes que duró diecisiete días, éstas creyeron la versión de Olózaga y desautorizaron la de la reina. Así comenzó a reinar la Dulcinea de Espartero:

“Este fue el primer entrechat [pirueta] de Isabel en el escenario político de España y la primera prueba de su honradez. Y ésta es la misma reinecita en cuyas palabras quiere ahora Espartero que el pueblo tenga fe y a la que, después de su escandalosa conducta de once años, son ofrecidos el ‘brazo defensor’ y ‘corazón amoroso’ de la ‘espada de la revolución”.71

¿Subyace a esta imagen marxiana de Espartero la interpretación hegeliana de Don Quijote cuando el filósofo alemán veía tras la figura del ingenioso hidalgo la pluma de Cervantes contra la caballería?72 Siendo para Hegel El Quijote una burla de la caballería romántica, una verdadera ironía,73 ¿lo era también para Marx cuando leía la aventura vital de Espartero a la luz del texto de Cervantes? No es momento de responder a estas cuestiones, pero ahí quedan planteadas.

Los acontecimientos de agosto y septiembre de 1854 demostraron pronto lo que este nuevo Don Quijote, la ‘espada de la revolución’, llamado Baldomero Espartero estaba dispuesto a hacer por defender a su Dulcinea. Aunque en los primeros momentos, Espartero se mostró condescendiente con el pueblo y aceptó negociar con los jefes de las barricadas la composición del Gobierno, acabó no haciéndoles caso en sus peticiones, contentándoles con ascender al torero Pucheta de inspector de mataderos a director de la policía,74 formar una comisión para recompensar a los combatientes de las barricadas y designar a Pujol y Delmas historiógrafos de la revolución. “Si algo hay que nos llame particularmente la atención en este asunto es la prontitud con que ha reaparecido la reacción“, “apenas habían desaparecido las barricadas de Madrid a petición de Espartero, cuando ya la contrarrevolución ponía manos a la obra“, escribía Marx el 25 de agosto de 1854.75La gran batalla se da a favor de Isabel II y Espartero“, concluía en el de 1 de septiembre.76

El primer paso contrarrevolucionario, “el golpe más audaz“, había sido la impunidad concedida a la reina María Cristina para que marchara de España después que el Consejo de Ministros se comprometiera a tenerla a disposición de las Cortes Constituyentes. El Gobierno trató de encubrir su incumplimiento confiscando por anticipado los bienes de la reina en España. Pero éstos eran la parte menos importante de su fortuna.77 Las sumas de dinero público de las que acusaban a María Cristiana de haberse apropiado ilegalmente eran muchas más: veinticuatro millones recibidos ilegalmente como Regente de 1834 a 1840, doce millones recibidos a su regreso de Francia después de una ausencia de tres años, treinta y cinco millones recibidos del Tesoro de Cuba, la enorme cantidad de dinero que se llevó al marcharse de España en 1840 y casi todas las joyas de la Corona española.78

Si grave era haber dejado marchar a María Cristina a Portugal a pesar de las pruebas de su espolio, no menos importante aparecía el botín que se estaba produciendo en ese momento con el reparto de los cargos de la nueva administración.

“Jamás revolución alguna ha ofrecido un espectáculo más escandaloso por la conducta de sus hombres públicos que esta revolución emprendida en pro de la ‘moralidad’. La coalición de los viejos partidos que forman el actual Gobierno de España (el de los adictos a Espartero y el de los adeptos a Narváez) de nada se ha ocupado tanto como de repartirse el botín consistente en puestos de dirección,  empleos públicos, sueldos, títulos y condecoraciones”.79

En el nuevo Gobierno había ministros, como Salazar, que no tenían más mérito que haber sido amigo de la infancia de Espartero. Pero el problema del reparto de cargos era especialmente grave entre los militares. Un informe de O’Donnell en la Gaceta de Madrid de 6 de septiembre, citado por Marx, denunciaba un problema arrastrado por España como una maldición desde 1823: había tal exceso de cargos y honores militares que, de cada tres generales, sólo uno podía ser empleado en el servicio activo. Pero en lugar de dar un decreto que acabara con esta lacra se promulgó otro que nombraba una junta consultiva de guerra compuesta de generales que en ese momento no prestaban ningún servicio en el ejército. Además de su paga ordinaria cada teniente general recibiría cinco mil reales y cada mariscal de campo seis mil. Por si fuera poco, el mismo número de la Gaceta de Madrid decretaba otra multitud de condecoraciones y nombramientos.80 La culminación de la política reaccionaria del Gobierno fue condecorar a generales amigos de Espartero y de O’Donnell, “como recompensa por los sacrificios de sangre del pueblo en las barricadas y en la vía pública“.81 En esta ocasión, concluía Marx, “el ejército ha estado, en su totalidad, contra el pueblo; o, más exactamente, ha luchado sólo contra el pueblo y los milicianos nacionales. En pocas palabras: la misión revolucionaria del ejército ha acabado“.82

Las medidas más reaccionarias tuvieron que ver con la supresión de la libertad de prensa y de reunión. Contra la libertad de prensa se restableció la restrictiva ley de imprenta de 1837 “adornada” con los rigores de la ley complementaria de 1842. La exigencia de una fianza a los periódicos de cuarenta mil reales y trescientos reales más de impuestos directos para su publicación acabó con la prensa más revolucionaria, sin liquidez económica para hacer el deposito exigido. Pero no bastaba con impedir la prensa más “incendiaria”. Era necesario sustituirla por otra más fiel para los propósitos de la reacción. Como ejemplo de la nueva estrategia Marx menciona lo sucedido con El Clamor de las Barricadas. La detención de sus dos directores obligó a cerrar el periódico con el significativo titular de portada Las Ultimas Barricadas. El mismo día de su clausura ocupó su vacante el periódico reaccionario Las Cortes cuyo programa estaba avalado por la colaboración articulista del capitán general Evaristo San Miguel. Con pura retórica revolucionaria, la declaración programática del periódico no podía ser más concluyente: los editores defenderán con energía “la revolución que ha acabado con los abusos y los excesos de un poder corrompido“.

Tras la supresión de la libertad de imprenta, la reacción suprimió por Real Decreto la libertad de reunión. En Madrid se disolvieron los clubs, y en las provincias las juntas y comités de seguridad pública, con la excepción de las Diputaciones.

“Ni un solo decreto beneficioso para las provincias ha aparecido desde que el denominado Gobierno revolucionario ha caído en manos de Espartero. Las provincias ven este Gobierno rodeado de la misma impostura, de las mismas intrigas y de la misma caza de cargos que subsistían bajo San Luis. El Gobierno continúa rodeado del mismo enjambre, de la misma plaga que infesta a España desde la época de los Felipes”.83

El 8 de agosto una delegación del Club de la Unión visitó a Espartero para entregarle un mensaje en el que se reclamaba el sufragio universal. La petición se unió a las que llovían de todas partes. Después de un largo y acalorado debate en el Consejo de Ministros, los partidarios del sufragio universal fueron derrotados.84 Entre los detractores de esta forma de sufragio se encontraba Espartero, que defendía la ley electoral de 1837.85 El Club de la Unión liberal fue clausurado por un decreto del Gobierno de finales de 1854, a pesar de que Espartero había aceptado días antes su presidencia honoraria.

Marx buscó y encontró las bases económicas de las medidas reaccionarias del bienio llamado progresista. Para Marx el moderantismo reaccionario de Espartero tenía claras raíces económicas que la lectura de la Gaceta de Madrid descubría. Una comisión nombrada para la revisión de las cuentas, tras la caída del Presidente de Gobierno Sartorius en julio de 1854, descubrió que la deuda flotante del Estado se elevaba a treinta y tres millones de dólares y el déficit total a cincuenta millones. Las medidas propuestas por el ministro de Hacienda, Collado, para cubrir el déficit fueron “propias de un verdadero banquero“, cuyas disposiciones exigían el restablecimiento de la tranquilidad y del orden, el mantenimiento de todos los antiguos impuestos y la contratación de nuevos empréstitos:

“De acuerdo con estos consejos, Espartero ha logrado de los principales banqueros de Madrid 2.500.000 dólares bajo la promesa de seguir una política moderada pura. Hasta que punto esta’ dispuesto a cumplir su promesa lo prueban sus últimas medidas”.86

Tras la “política moderada pura” de Espartero, se escondía el capital. Para poder pagar las deudas de sus antecesores los nuevos gobiernos tenían que recaudar más y para poder hacerlo hacía falta orden, lo que exigía, a su vez, medidas contrarrevolucionarias. Así, cualquier gobierno revolucionario era necesariamente abortivo y se convertía en lacayo de los grandes capitalistas:

“Este es el círculo vicioso en que están condenados a moverse los gobiernos revolucionarios abortivos. Reconocen las deudas contraídas por sus predecesores contrarrevolucionarios como obligaciones nacionales y, para poder pagarlas, tienen que seguir recaudando los viejos impuestos y contraer nuevas deudas. Mas, para poder hacerlo, tienen que dar garantías de “orden”, es decir, adoptar a su vez medidas contrarrevolucionarias. De este modo, el nuevo Gobierno popular se convierte instantáneamente en lacayo de los grandes capitalistas y en opresor del pueblo “.87

Una nueva ocasión para que Marx definiera más intensamente los rasgos de su retrato de Espartero se produjo cuando O’Donnell dio su propio golpe de Estado el 14 de julio de 1856.88 Hubiera sido éste un buen momento para que Espartero mostrara su supuesto valor militar. Pero no lo hizo. El día 15 la Milicia Nacional se descompuso en las calles de Madrid dejando el peso de la batalla a los obreros que siguieron luchando hasta el día siguiente. Mientras sus partidarios, los “esparteristas“, se jugaban la vida con la Milicia Nacional para resistir al golpe, Espartero se ocultaba bajo tierra:

“el día 15 las Cortes se reunieron de nuevo, cuando Espartero apareció por un instante. El señor Asensio y otros diputados le recordaron sus reiteradas promesas de desenvainar su gran espada de Luchana el primer día que peligrase la libertad del país. Espartero invocó al cielo por testigo de su inquebrantable patriotismo y, cuando el salió del recinto, todo el mundo esperaba verlo en seguida a la cabeza de la insurrección. En lugar de esto, se fue a casa del general Gurrea, donde se enterró en un sótano a prueba de bomba, a lo Palafox, y no se oyó nada más de él”.89

Tampoco en esta ocasión Espartero mostró valor político alguno. Si en julio de 1856 Espartero hubiera sido realmente un revolucionario hubiera estado en Madrid con la Milicia Nacional contra O’Donnell. Pero ocurría que tenía un gran miedo de que el triunfo de la Milicia trajera el derrocamiento del trono y la preponderancia absoluta de la democracia republicana. Según el periódico parisino La Presse, al que Marx citaba, por miedo, al ver el giro que los demócratas pensaban dar a la situación en el Congreso, Espartero no quiso sacrificar el trono o arrostrar los azares de la anarquía y la guerra civil. En consecuencia hizo cuanto pudo para que se produjera el sometimiento a O’Donnell:

“Verdad es que los diferentes autores discrepan en cuanto a los detalles de tiempo y circunstancias y a los pormenores del derrumbamiento de la resistencia al golpe de estado; pero todos coinciden en el punto principal: que Espartero desertó, abandonando a las Cortes, las Cortes a los dirigentes, los dirigentes a la clase  media, y ésta al pueblo “.90

La ciudad de Zaragoza pudo dar el testimonio final de la rendición militar y política de Espartero. Al doblegarse Zaragoza el 1 de agosto, desapareció el último centro de la resistencia a la contrarrevolución. La derrota de los esparteristas en Madrid y Barcelona, de la debilidad de las insurrecciones en Andalucía y la convergencia hacia la capital de Aragón de fuerzas abrumadoramente superiores a las de los revolucionarios desde las Provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña, Valencia y Castilla, y el “ridículo” de Espartero en Madrid enterrado en un sótano a prueba de bombas, desbarataton toda posibilidad de resistencia:

“Toda oportunidad de resistencia que aún pudiera haber quedaba anulada por el hecho de ser el general Falcón, antiguo ayudante de campo de Espartero, quien dirigía las fuerzas de la resistencia, porque el grito de guerra suyo era “Espartero y Libertad” y la población de Zaragoza había sabido del fiasco inconmensurablemente ridículo de Espartero en Madrid. Por otra parte, había órdenes directas del cuartel de Espartero a sus mandaderos de Zaragoza para que pusieran fin a toda resistencia “.91

¡Ironías del destino!

“El hombre erigido en prototipo del carácter militar, dinástico y burgués liberal de la revolución española –Espartero– ha caído ahora aún más bajo de lo que el fuero del destino hubiera permitido prever a los que más íntimamente le conocían”.92

He aquí la imagen de Espartero que Marx dibujó con su escritura. Sus rasgos irónicos brotaban de su lectura de Don Quijote de la Mancha. Lo mismo que Don Quijote:

“Espartero solo tiene una idea fija: la Constitución y su Dulcinea del Toboso, la reina Isabel”.93

“En honor a la verdad sea dicho, Espartero jamás ha pretendido ser otra cosa que monárquico constitucional “.94

NOTAS

1. Karl Marx, “Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana acerca de la censura”, K. Marx/F. Engels, Sobre prensa, periodismo y comunicación. Editorial Taurus, Madrid, 1987, pp. 43—67.

2. Vicente Romano, “Introducción”. K. Marx/F. Engels, Sobre prensa, periodismo y comunicación, Editorial Taurus, Madrid, 1987, pág. 14.

3. Vicente Romano, “Introducción”, pág. 13. 

4. Todavía en el año 1884, muerto ya Marx, Engels se enorgullecía de su periódico en su artículo “Marx y la Nueva Gaceta Renana”. K. Marx/F. Engels, Sobre prensa, periodismo y comunicación, pp. 317—325.

5. David, McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, Editorial Crítica, Barcelona, 1983, pág. 260.

6. Sobre Horace Greely ver Don C. Seitz, Horace Greely, Funder of the “New York Tribune“, Indianapolis, 1926; William Harlane Hale, Horace Greely, Voice of the People, New York, 1950; Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, en K. Marx/F. Engels, Escritos sobre España, Editorial Trotta, Madrid, 1998, pp. 24—25.

7. El New York Daily Tribune tenía distintas ediciones. Por una parte estaba el New York Daily Tribune, que en abril de 1854 tiraba unos 27.000 ejemplares. Por otro lado, existía, además, el Semi-Weekly Tribune (11.4000 ejemplares, en la misma fecha), el Weekly Tribune (unos 104.000 ejemplares en igual fecha) y el California Tribune (unos 3.500 ejemplares, también en 1854)”. Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pág. 24.

8. “Vi allí a K. Marx, el lider del movimiento popular […] Estaba entonces alcanzando notoriedad: era un hombre de unos treinta años, de sólida contextura, de fino rostro y tupido pelo negro. Su expresión era de gran energía, y por debajo de su autocontenida reserva de modales eran visibles el fuego y la pasión de un alma decidida”. Albert Brisbane, A mental biography, Ed. R. Brisbane, Boston, 1893, pág. 273.

9. “Carta de Adolf Cluss a Marx y Engels de 27 de marzo de 1854”, K. Marx/Friedrich Engels, Gesamtausgabe, t. Ill/7, Berlín, 1975, pp. 343—345; “Carta de Joseph Weydemeyer a Marx de 10 de marzo de 1852”, K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, Berlín, 1975, t. III/5, pp. 221—222.

10. “El New York Daily Tribune nos ha invitado a mi y a Freiligrath a escribir colaboraciones pagadas. Es el periódico más difundido en Norteamérica”. K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/4, pág. 170.

11. “Carta de Ch. Dana a Marx de 15 de julio de 1850”, K.—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/3, pág. 591.

12. “Si te es posible procurarme, antes del viernes por la mañana (15 de agosto, un artículo, escrito en inglés, sobre la situación alemana, será un buen comienzo”. “Carta de Marx a Engels de 8 de agosto de 1851”, K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. Ill/4, pág. 170.

13. Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pág. 26, nota 23.

14. “Me encuentro en situación realmente difícil, el embarazo de mi mujer está muy avanzado. Debe abandonar París hacia el 15 de septiembre y yo no se cómo reunir el dinero necesario para su viaje y nuestra instalación aquí. Marx—Engels, “Marx a Freiligrath”, Werke, Berlín 1959—1985, t. XXVII, pág. 512.

15. “Hace ya una semana que me encuentro en la agradable posición de no salir porque mi abrigo está en la casa de empeños y de no poder comer carne por falta de crédito”. Marx—Engels, Werke, Berlín 1959—1985, t. XXVIII, pág. 30. En febrero también Jenny escribía: “Todo pende de un hilo, y 10 centavos en el momento justo pueden en ocasiones solucionar una terrible situación”. Marx—Engels, Werke, Berlín 1959—1985, t. XXVII, pág. 608. En abril Marx tuvo que pedir dinero para enterrar a su hija. En septiembre escribía: “Mi mujer está enferma, la pequeña Jenny está enferma, Lenchen padece una especie de fiebre nerviosa, y no puedo llamar al doctor porque no tengo dinero para medicinas. Durante ocho o diez días he alimentado a la familia con pan y patatas, y no está todavía claro si hoy podrá comprar algunas”. Marx—Engels, Werke, Berlín 1959—1985, t. XXVIII, pág. 128. En octubre: “El peso de la deuda ha subido a tal punto, tragándose la casa de empeños lo más necesario, que durante diez días no ha habido un solo penique en la casa”. Marx—Engels, Werke, Berlín 1959—1985, t. XXVIII, pág. 300.

16. David McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, pág. 303.

17. David McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, pág. 304.

18. David McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, pág. 353.

19. David McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, pág. 367; 370.

20. Todavía en 1864 Jenny escribía: “Felizmente aún tenía, dos veces por semana, que copiar el artículo para el Tribune y eso me mantenía en contacto con los acontecimientos del mundo”. Jenny Marx, “Short sketch of an evenful life”, Reminiscences, pág. 230. Citado por David McLellan, K. Marx. Su vida y sus ideas, pág. 376.

21. K. Marx, “The Details of the lnsurrection at Madrid”, New York Daily Tribune, 21 de julio de 1854. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, Editorial Progreso, Moscú, 1978, pág. 71. K. Marx— F. Engels, Escritos sobre España, pág. 77; K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. l/13, pág. 324.

22. K. Marx, “Spanish Revolutions”, New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854. K. Marx y F. Engels, Escritos sobre España, pág. 105; K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. I/13, pág. 416.

23. Juan José Carreras, “Los escritos de Marx sobre España”, Zona Abierta, 30, 1984, pág. 78.

24. Marx cita a Heine en su artículo del New York Daily Tribune, “Revolution in Spain” del 8 de agosto de 1856. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 129.

25. Ver Gerhart Hoffmeister, España y Alemania Historia y documentación de sus relaciones literarias, Editorial Gredos, Madrid, 1980, pp. 115—212.

26. “Carta de George Weerth a Marx de 17 de noviembre de 1950”, K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/3, pág. 680. Cosas parecidas cuenta Weerth a Marx en otra carta del 3 de marzo de 1851, K. Marx—Engels, Gesamtausgabe, t. III/4, pp. 330—331.

27. Su hija Laura sí viajaría en 1871 cuando acompañó a su marido Paul Lafargue huyendo de la represión posterior a la Commune. Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pág. 17.

28. “Carta de Marx a Engels de 3 de mayo de 1854”, K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/7, pp. 101—102.

29. “Carta de Marx a Engels de 3 de mayo de 1954”, en K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/7, pp. 101—102.

30. Los títulos de las 37 obras los publica Pedro Ribas en “Estudio preliminar”, pp. 20—21. El mismo autor ha publicado el extracto de Marx de la Histórica política de la España Moderna de Manuel Marliani en K. Marx y F. Engels, Escritos sobre España, pp. 267—291.

31. Ver Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pp. 64—65.

32. La traduciones al español de los escritos de Marx y Engels sobre España son los siguientes: C. Marx, La revolución española (1808-18I4-1820-1823-1840 y 1843). Traducción directa de A. Nin, citas aclaratorias de divulgación histórica de Jenaro Artiles, editorial Cenit, Madrid, 1929, 201 pp.; K. Marx, “La España revolucionaria”, La Nueva Era, Barcelona, 3, diciembre, 1930 (se trata de la traducción del primer artículo de la serie Revolutionary Spain, aparecido en el New York Daily Tribune de 9 de septiembre de 1854); C. Marx, La España revolucionaria, La Vanguardia, Buenos Aires, 1937. Cuatro folletos de 30, 32, 36 y 48 páginas, respectivamente; C. Marx, La Revolución en España, La Habana, 1943, 179 pp. Marx—Engels, La revolución española. Artículos y crónicas, 1854-1873, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1958, 238 pp. Karl Marx—Friedrich Engels, Revolución en España, traducción, prólogo y notas de Manuel Sacristán, Editoria Ariel, Caracas—Barcelona, 1960, 254 pp; Karl Marx—Friedrich Engels, Revolución en España, traducción, prólogo y notas de Manuel Sacristán, Editoria Ariel, Barcelona, 1966, 258 pp. Karl Marx—Friedrich Engels, Revolución en España, traducción, prólogo y notas de Manuel Sacristán, Editoria Ariel, Barcelona, 1970, 220 pp. Marx—Engels, La revolución en España. Artículos, Editorial Progreso, Moscú, 1974. Marx—Engels, Escritos sobre España, traducción de E. B. Clariá, Editorial Planeta, Barcelona, 1978, 240 pp. C. Marx—F. Engels, La revolución en España. Editorial Progreso, Moscú, 1978, 292, pp. Marx—Engels, La revolución en España. Artículos, Editorial Progreso, Moscú, 1980, 293 pp. Carlos Marx y Federico Engels, España revolucionaria, Vanguardia Obrera, Madrid, 1990, 256 pp. Pedro Ribas (Editor), K. Marx y Friedrich Engels. Escritos sobre España, Editorial Trotta, Madrid, 1998, 311 pp.

33. Marx—Engels, Werke, Berlín, 1959—1985, 42 tomos, más tres tomos complentarios y dos de índices. Marx—Engels, Gesamtausgabe, Berlín 1975, ss. 47 vols hasta 1998. Los estractos de lecturas realizados por Marx en 1985 están actualmente en fase de elaboración por la Manfred Nauhaus como tomo IV/12 de esa edición.

34. “Proclamations of Dulce and O’Donell”, New York Daily Tribune, núm. 4.147, 3 de agosto de 1854. “The Spanisch Revolution”, New York Daily Tribune, núm. 4.148, 4 de agosto de 1854. “Espartero”, New York Daily Tribune, núm. 4. 161, 19 de agosto de 1854. “The Events in Spain”, New York Daily Tribune, núm. 4.162, 21 de agosto de 1854. “Demands of the Spanish People”, New York Daily Tribune, núm. 4. 166, 25 de agosto de 1854. “The revolution in Spain—The Madrid Press”, New York Daily Tribune, núm. 4. 172, 1 de septiembre de 1854. “Revolution in Spain”, New York Daily Tribune, núm. 4.174, 4 de septiembre de 1854. “The Reaction in Spain”, New York Daily Tribune, núm. 4. 185, 16 de septiembre de 1854. “Spain”, New York Daily Tribune, núm. 4. 197, 30 de septiembre de “Revolution in Spain, I”, New York Daily Tribune, 8 de agosto de 1856. “Revolution in Spain, II”, New York Daily Tribune, 18 de agosto de 1856. “Interesting Revelations”, New YorkDaily Tribune, núm. 5. 038, 12 de junio de 1857.

35. K. Marx—F. Engels, “Ayacucho”, The American Cyclopaedia, vol. 2, 1858.

36. Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pág. 30.

37. El traductor anónimo de la Editorial Progreso traduce “peregrina su grandeza”. CARLOS Marx, La revolución en España, pág. 83. Pedro Ribas traduce “ambigua y excepcional”. K. Marx—F. Engels, Escritos sobre España, pág. 87. Peregrino, según el D.R.A.L. significa “extraño, especial, raro o pocas veces visto”.

38. C. Marx—F Engels, La revolución en España, pág. 84.

39. C. Marx— F. Engels, La revolución en España, pág. 84.

40. José Segundo Flórez, Espartero, Madrid, 1844, 4 vols. José Segundo Flórez, Espartero, Madrid, 1848.

41. K. Marx y F. Engels, Escritos sobre España, pág. 204.

42. Manuel de Marliani, Historia política de la España moderna, puesta en castellano por el traductor de Romey y adicionada con un apéndice que trata de las ocurrencias de 1849, 1849.

43. Pedro Ribas, “Estudio preliminar”, pág. 21. 

44. C. Marx—F.Enge1s,La revolución en España, pág. 84.

45. C. Marx—F Engels, La revolución en España, pág. 86. K. Marx— F. Engels, Escritos sobre España, pág. 89.

46. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pp. 84—85… K. Marx— F. Engels, Escritos sobre España, pág. 88.

47. El rasgo de debilidad de carácter de Espartero lo destacaba O’Donnell en el discurso al Senado del día 18 de mayo de 1857, que Marx recoge en su artículo de 12 de junio de 1857 en el New York Daily Tribune, 5.038, en el que reproduce el Diario de Sesiones del Senado: “y además se contaba con la popularidad que gozaba el duque de la Victoria. Pero éste, por una volubilidad que no me explico, por que no quiero atribuirlo a sus intenciones, que creo sinceramente patrióticas, por una debilidad de carácter que, no como militar, como hombre político, es proverbial en el, hizo imposible se consiguiera aquello…”. K. Marx y F. Engels, Escritos sobre España, pág. 198.

48. “No hablo del nombramiento del señor Olózaga para París, quien siendo el embajador de Espartero en la misma capital en 1843, conspiró, no obstante, con Luis Felipe, Cristina y Narváez”. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 98.

49. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 85.

50. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 87.

51. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 87.

52. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 87.

53. Karl Marx, “The Insurrection at Madrid”, New York Daily Tribune, núm. 4.134, 19 de julio de 1854.

54. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 68.

55. “The Detains of the Insurrection at Madrid”, New YorkDaily Tribune, núm. 4.136, 21 de julio de 1854. “The Events in Spain”, New York Daily Tribune, núm. 4.142, 28 de julio de 1854. “Proclamations of Dulce and O’Donell”, New York Daily Tribune, núm. 4.147, 3 de agosto de 1854. “The Spanisch Revolution”, New York Daily Tribune, núm. 4.148, 4 de agosto de 1854.

56. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 86.

57. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 87.

58. En realidad Espartero se dedicó al cultivo de sus viñedos. El Gobernador civil de la provincia escribió en 1862 sobre “el fabuloso resultado de la exportación (de vino) a varios puntos de Europa y América llevada a efecto en 1951 por el Excmo Sr. Duque de la Victoria”. Espartero fue vecino de Logroño entre 1827 y 1830; entre 1848 y 1854; y, de 1856 hasta su muerte el 8 de enero de 1879. Vivió en esta ciudad más de un tercio de su larga vida: unos treinta y dos años. Ver Francisco Bermejo Marín, “Espartero en Logroño”, Historia de la ciudad de Logroño, t. I, Ibercaja Ayuntamiento de Logroño, 1994, pp. 369—372; Francisco Bermejo Martín, Espartero herencia riojana, Instituto de Estudios Riojanos — Ayuntamiento de Logroño, Logroño, 2000.

59. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 88.

60. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 86

61. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 83.

62. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 83.

63. “Carta de Marx a Engels del 3 de septiembre de 1854”, K. Marx—F. Engels, Gesamtausgabe, t. III/7, pág. 103.

64. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 132.

65. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 113.

66. C. Marx— F. Engels, La revolución en España, pág. 88.

67. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 88.

68. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 88.

69. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 134.

70. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 89.

71. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 90.

72. G. W F. Hegel , Estética, II, Editorial Península, Barcelona, 1991, pág. 169.

73. G. W F. Hegel , Estética, II, Editorial Península, Barcelona, 1991, pág. 159.

74. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 98.

75. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 91.

76. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 105.

77. C. Marx—F. Engeks, La revolución en España, pág. 106.

78. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pp. 93—94.

79. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 98.

80. C. Marx—F.Enge1s, La revolución en España, pág. 114.

81. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 91.

82. C. Marx—F.Enge1s, La revolución en España, pág. 135.

83. C. Marx—F Engels, La revolución en España, pág. 114.

84. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 100.

85. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 93. “La ley electoral de 1837 restringe el derecho de sufragio, exigiendo los requisitos de tener domicilio, ser contribuyente mayor y haber cumplido veinticinco años”. Carlos Marx, La revolución en España, pág. 101.

86. C. Marx—F.Enge1s, La revolución en España, pág. 107.

87. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 108.

88. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 128.

89. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág, 129.

90. C. Marx—F.Enge1s, La revolución en España, pág. 130.

91. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 131

92. C. Marx—F.Enge1s, La revolución en España, pág. 135.

93. C. Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 88.

94. C Marx—F. Engels, La revolución en España, pág. 87.

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