la formación de las clases después de Thompson: algunos debates actuales

thompsonLe vamos a dar matarile a este mes de agosto que se acaba. Vuelta a la rutina, al trabajo, a la explotación. Porque por más que lo oculten siguen existiendo las clases sociales.

A ese tema (al menos a una pequeña parte -la formación de las clases- de un complejo entramado mayor -estructura de clases) dedicamos la entrada de hoy. Clases, E. P. Thompson, historiografía, marxismo británico…son los mimbres de este trabajo de Jesús Millán. Esperamos que os resulte interesante…

Salud. A. Olivé

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LA FORMACIÓN DE LAS CLASES DESPUÉS DE THOMPSON: ALGUNOS DEBATES ACTUALES 1

Jesús Millán

…«ein historisch geschaffenes Verhaltnis zur Naturund der Individuen
sich vorfindet, das jeder Generation van ihrer Vorgangerin überliefert
wird, eine Masse van Produktivkraften, Kapitalien und Umstanden,
die zwar einerseits van der neuen Generation modifiziert wird, ihr
aber auch andrerseits ihre eigenen Lebensbedingungen vorschreibt
und ihr eine bestimmte Entwicklung, einen speziellen Charakter gibt
. —dass also die Umstande ebensosehr die Menschen, wie die Menschen
die Umstande machen».
Karl Marx, Friedrich Engels, Die deutsche Ideologie (1845-1846).
Werke, Dietz Verlag, Berlin, 1969; vol. IlI, p. 38.
…«se halla una relación -creada por la historia- entre los individuos
y con la naturaleza, que es traspasada a cada generación por la que le
antecede; un conjunto de fuerzas productivas, capitales y circunstancias
que, por una parte, resulta modificado por la nueva generación,
pero que, a su vez, le marca a ésta sus propias condiciones de vida y
le otorga un desarrollo determinado y un carácter especial. De manera
que son las circunstancias las que hacen a las personas. en la misma
medida que las personas hacen las circunstancias».

 

1. Algo más que la reafirmación de las clases

Con motivo de los homenajes a Edward Thompson después de su fallecimiento, se ha recordado que, aunque su obra contiene sugerencias inéditas, en realidad su etapa como historiador «de moda» corresponde en cierta medida al pasado 2. Esta doble apreciación -citas elogiosas en un marco poco reflexivo sobre sus propuestas- ha acompañado a menudo la obra de Thompson. En 1980 Perry Anderson ya escribía a propósito de La formación histórica de la clase obrera inglesa:

«Sorprendentemente, en la izquierda ha habido muy poca discusión historiográfica del libro. Su extraordinario poder parece haber inhibido el flujo de reflexión crítica y asimilación que habitualmente acompaña a una obra de tal magnitud» 3.

Los presupuestos metodológicos del libro eran una renovación creativa del marxismo. Sin embargo, dentro de un trabajo como éste, aparecido en la primera mitad de la década de 1960 -en una coyuntura de creciente contestación al conformismo en el mundo occidental- este aspecto podía pasar fácilmente a un segundo plano. Tendría que resultar sorprendente que un estudio dedicado a la clase obrera inglesa se dedicara en gran medida a recorrer el siglo XVIII y acabara, además, en las puertas del cartismo. Es decir, que se centrase en una época en que no había partidos «de clase» ni sindicatos estables a escala nacional, mientras que, por contra, la eclosión del capitalismo industrial y la privatización masiva del campo se producían sin interrupciones bajo el régimen secular de la oligarquía británica. Planteado de esta manera, el libro de Thompson parecía trabajar contra la evidencia. Al hacerlo, el autor criticó la visión de la historiografía conservadora, pero al mismo tiempo hubo de asumir retos importantes dentro de la tradición marxista.

Por un lado, Thompson recuperaba el significado de las protestas populares durante las fases iniciales del capitalismo, frente a la «inmensa condescendencia» con que eran contempladas por las teorías que mitificaban los «imperativos del progreso». Era un planteamiento crítico con quienes, como Laslett o Rostow, interpretaban la Inglaterra del siglo XVII[ como una «sociedad tradicional», dominada por un «paternalismo» integrador y evolutivo y únicamente asaltada por la protesta «primitiva» de los hambrientos. Se trataba, por tanto, de un cuestionamiento abierto de la interpretación whig de la historia y de los supuestos de la teoría de la modernización. Pero si Thompson reivindicaba la pertinencia del enfoque de clase para el caso inglés no era por una simple reafirmación del materialismo histórico. Al contrario, su obra se alejaba del marxismo clásico, en primer lugar, en la medida en que no eran ahora los proletarios industriales los protagonistas de una auténtica contestación al sistema. Este protagonismo se hallaba ahora entre sus antepasados, entre los que se habían resistido a la fábrica o a la expansión de las relaciones mercantiles. De este modo Thompson rechazaba la omnisciencia del historiador marxista-teleológico a la hora de discernir el sentido que los protagonistas daban a sus actos. Las situaciones históricas eran vistas por Thompson como no decantadas en un sentido «inevitable», sino como portadoras de diversas trayectorias posibles de cara al futuro. «No deberíamos tener como único criterio de juicio» -escribió al comienzo de La formación de la clase obrera inglesa 4– «el que las acciones de un hombre se justifican o no a la luz de lo que ha ocurrido después. A fin de cuentas, tampoco nosotros estamos al final de la evolución social». Por tanto, esta postura era una invitación a mirar de nuevo la historia con planteamientos más abiertos, capaces de percibir cada coyuntura como una pluralidad de opciones posibles y de redescubrir las razones y los motivos de las aspiraciones perdidas.

En segundo lugar, el estudio de «cómo se había hecho» la clase obrera inglesa se consagraba a recorrer el siglo XVIII porque, para Thompson, las actitudes de los trabajadores durante esta época inicial del industrialismo fueron un factor clave del obrerismo posterior, no simplemente un inicio desorientado e inmaduro. Según esto, la aparición de la clase obrera como agente de la vida pública inglesa no habría sido sólo una consecuencia del desarrollo «económico» del capitalismo. No se trataba de mostrar cómo la economía capitalista había empujado la protesta de los obreros, de una manera que sólo concedía a éstos un papel pasivo. «La clase obrera se hizo a sí misma tanto, al menos, como fue hecha», ya que «el proceso de formación de clase consiste en un hacerse a sí mismo, si bien bajo condiciones que vienen “dadas”» 5. Ello proporcionaba una manera nueva de abordar la presencia del obrerismo en el mundo contemporáneo. Significaba que el alineamiento de clase no se había de continuar atribuyendo a la maduración del sistema capitalista. En este alineamiento habría jugado un papel de protagonismo la acción de la gente: el hecho de que, en lugar de aceptar alguna de las formas de adaptación al orden que se les proponía constantemente, los trabajadores de determinados países hubiesen prolongado una tradición de cohesión interna y de protesta contra los dominadores.

Planteadas así las cosas, Thompson cuestionaba el esquematismo -canonizado por los marxistas dogmáticos- de las relaciones entre estructura y superestructura. El orden económico no determinaba el tipo de acción que protagonizarían las clases sociales y Thompson no se abstuvo de criticar las interpretaciones rígidas -menos reflexivas que fruto de una adhesión sentimental- de la metáfora marxiana del materialismo histórico. La premisa básica de Thompson era, en cambio, que «el análisis real de esos fenómenos debe adoptar formas completamente diferentes, en las que la “superestructura” en general comete intromisiones completamente inadecuadas en su “base”» 6. Eso sucede porque la preocupación «siempre presente en su trabajo» fue mostrar que «no existe una ideología moral perteneciente a una “superestructura”; lo que hay son dos cosas que constituyen las dos caras de la misma moneda». Esta idea le había hecho «rechazar explícitamente la metáfora “base/superestructura” y buscar otras metáforas» 7.

El marxismo thompsoniano, su reafirmación inequívoca de la realidad de las clases y las luchas de clase, había cortado los lazos con esa especie de materialismo histórico que se complace en el ejercicio eterno de comprobarse a sí mismo. Tampoco tenía que ver, por supuesto, con ese tipo de historia social entendida como «cajón de sastre», que descansa en la novedad de la existencia de la gente corriente, sin proponerse modificar el cuadro general de nuestro conocimiento del pasado. Contrariamente lo que se ha podido pensar, no hay un Thompson comunista diferente del historiador humanista, escritor brillante y atento los múltiples matices de la realidad.

Lo prioritario era un propósito alternativo y opuesto a la historiografía conservadora, pero no fruto de una simple adhesión de principio. Al igual que otro gran historiador marxista, crítico del marxismo escolástico, Pierre Vilar, la perspectiva de Thompson suscribía el principio de «no es una ciencia fría la que queremos, pero es una ciencia» 8. Por eso no podía darse por satisfecho con una reafirmación de los aspectos más evidentes de la protesta o la explotación. Hacía falta también pensar y formular de nuevo las perspectivas teóricas a fin de entender de manera más explicativa las actitudes de la gente a lo largo de la historia. La actitud crítica. por tanto, funcionaba en todas direcciones. Como ha recordado Roger Wells 9, se oponía tanto a la miopía histórica «de sus compañeros marxistas como de sus oponentes liberales».

2. Experiencia y acción

Sin duda, había sus motivos para no destacar esta ambición de la obra de Thompson, en beneficio de otros aspectos probablemente más coyunturales. Más tarde. el giro de buena parte de la historiografía contra cualquier corriente de la tradición marxiana acabó por afectar a fin de cuentas al mismo Thompson. No está mal la erosión de esta imagen superficial si, en cambio, se profundiza en los problemas que se había propuesto tratar como historiador. Es lo que han hecho determinados sociólogos interesados en la historia o, también, aquellos historiadores que no se limitan a adoptar una teoría ya preparada. sino que procuran elaborar teóricamente su propio trabajo.

Los problemas señalados por Thompson, en realidad, abrían una etapa nueva de la historia social y, desde el punto de vista de las motivaciones actuales, no han hecho más que ganar importancia. La difusión del materialismo histórico permitió que algunos historiadores de la época de Louis Althusser, Marta Harnecker o Nikos Poulantzas hicieran encajar interpretaciones rápidas y brillantes. Por lo general, el procedimiento se basaba en identificar, como motor oculto de las actitudes, determinados intereses de clase. Las posturas colectivas se interpretaban ex post, invocando algún factor determinista de tipo material. La actitud objeto de análisis obedecería a una presión ineludible, que el historiador sería capaz de reconocer en un ejercicio de atribución de sentido.

De este modo la historia se poblaba ahora de protagonistas colectivos -las clases-, pero sus comportamientos corrían el riesgo de aparecer teledirigidos, como prisioneros de sus «intereses lógicos». Una perspectiva como ésta reducía al mínimo la tensión entre los intereses y los riesgos percibidos, así como la existencia de la deliberación. Al suponer unos intereses de clase latentes, se excluía el proceso de formación de intereses colectivos y se tendía a ignorar la pluralidad de actitudes dentro de los agentes sociales. La lógica previa homogeneizaba, por tanto, a las clases y las presentaba con una entidad abstracta. Era uno de los peligros posibles de que había hablado Max Weber cuando reconocía las ventajas de las categorías del materialismo histórico:

«Todo aquel que alguna vez haya trabajado con conceptos marxianos conoce la eminente importancia heurística y hasta única de estos tipos ideales, cuando se las utiliza para la comparación de la realidad con ellas, y conoce igualmente el peligro cuando se las presenta como “fuerzas actuantes” empíricamente válidas o hasta reales (es decir, en verdad, metafísicas), o “tendencias”. etc.» 10.

El enfoque thompsoniano era muy distinto. Renunciaba a disponer de una clave previa y, por el contrario, incluía una dosis notable de capacidad crítica y de penetración en el mundo de la diversidad empírica. Un «buen aparato teórico» previo no era la condición para aprender de la historia, de modo que el viaje del historiador a las fuentes no se podía considerar un trámite para confirmar o «ilustrar» nociones ya conocidas. Era preciso reconocer la entidad propia de la diversidad de lo empírico y edificar sobre ella un conocimiento histórico nuevo, que no podía limitarse a la confirmación de una pauta teórica. Con una de sus fórmulas contundentes, escribió que «la historia real sólo saldrá a la luz después de mucha investigación seria; no aparecerá con un chasquido de dedos esquemáticos» 11.

Su primera gran novedad fue, por tanto, no dar por presupuesta la existencia de la clase obrera (en el país, no hay que olvidarlo, de la privatización del campo y de la revolución industrial), sino dedicar un gran esfuerzo a buscar indicios de su manifestación en el tiempo y a estudiar cómo «se había hecho». En resumen, Thompson comprobaba la existencia de clases sin exigirles un contenido mínimo, fuese de orden organizativo, teórico o reivindicativo. La clase se manifestaba sólo a lo largo de la historia, al expresar una contraposición de intereses creciente entre bloques sociales. A la altura de 1830 estas tensiones pesaban mucho más en la vida pública inglesa que medio siglo atrás. El contenido específico de esta oposición, sin embargo, quedaba abierto. Por otra parte, su estudio ponía el acento no en las categorías analíticas elaboradas previamente, sino en las experiencias comunes y conflictivas que vivía la gente. Usando otro lenguaje, no en el ser social esquematizado y conocido por el historiador, sino en la manera concreta, múltiple y alejada de lo que podría parecer lógico según nuestros criterios con la que la gente de un país y de un tiempo específico vivió su vida.

El experimento dio resultados brillantes. Thompson reemplazó la imagen de un país donde dominaban el tradicionalismo y la sumisión a la oligarquía por la visión de una sociedad plebeya, contestataria de diversas maneras a la monstruosidad del orden establecido y pionera de la democracia y de la protección social, en absoluto presumibles durante el amanecer del capitalismo.

¿Qué reflexiones sugiere esta propuesta a partir de las motivaciones de la historiografía actual? Creo que, en resumen, pueden ser tres los aspectos de más relieve en esta consideración de la formación de las clases. Por un lado, se ha producido en la actualidad lo que podríamos entender como una crisis del protagonismo histórico de las clases sociales. En cierta medida, a diferencia del pesimismo ácido de un Perry Anderson -por ejemplo, cuando ubicaba al laborismo «a medio camino entre la Cámara de los Lores y los Boy Scouts»-, en la obra de Thompson alentaba una consideración positiva de la aparición en escena del obrerismo. Las inquietudes del presente, pero también una perspectiva histórica distinta, han conducido más tarde a que se considere descompensada la visión de Thompson. Su estudio se cerraba, por ejemplo, en las puertas del cartismo. ¿No habría hecho falta adelantar algo sobre su fracaso posterior? ¿Cómo una clase «formada» hacia 1830 no había dispuesto de un sindicalismo general hasta más de seis décadas después y, en cambio, evolucionó hacia una división evidente entre cualificados y peones? A la luz de lo sucedido durante la crisis de la década de 1930 o del giro a la derecha de núcleos tradicionales del obrerismo urbano a finales del siglo XX, ¿no habría que estudiar tanto o más los períodos en que las clases «se deshacen»? Thompson fue acusado de haber valorado de manera demasiado unilateral los aspectos de contraposición de intereses durante un período «de ascenso» de la clase y, en cambio, de haber subestimado los elementos de oposición interna y de colaboración con el orden establecido que acabarían por pesar más en años posteriores a lo de su estudio.

Perry Anderson concretaba esta perspectiva crítica cuando escribía:

«Thompson habla del “sentimiento de pérdida de toda cohesión comunitaria, salvo la que el propio pueblo obrero, en contra de su trabajo y de sus masters, construyó por sí mismo”. Sin embargo, toda esta elocuencia no tiene por qué ser necesariamente exacta. El sentido de comunidad nacional, orquestado e inculcado sistemáticamente por el Estado, pudiera haber sido en la época napoleónica una realidad mucho mayor que en cualquier otro momento del siglo anterior» 12.

El problema que se planteaba tenía bastante importancia, dado que la agitada Inglaterra de la revolución industrial estaba controlada normalmente por un aparato militar comparativamente reducido. Thompson ya había señalado eso como una de las consecuencias del criterio oligárquico de «gobierno barato» que, precisamente, habían permitido un espacio a la protesta popular, pero la estabilidad del dominio oligárquico en estas condiciones, ¿no aconsejaba analizar los mecanismos de integración que matizaban el ascenso de la clase obrera? Y, yendo más allá, ¿no mostraba eso que una clase obrera en ascenso puede implicarse de manera activa en el funcionamiento de la dominación? Estas observaciones no eran incompatibles, en parte, con el planteamiento de fondo de Thompson. El se había propuesto analizar una formación de clase que nunca es universal ni debe responder a un canon. Ello equivale a decir que el alcance de la autonomía de clase o el radicalismo de la separación de intereses colectivos son elementos de intensidad variable. Reconocer los límites del enfrentamiento no implica, en cambio, negar los efectos reales de las luchas que tuvieron lugar. Más o menos radicalizadas, con todo, estas manifestaciones eran la única manera de hablar históricamente de las clases, mantenía Thompson cuando interpretaba las «peculiaridades de los ingleses».

Pero ello abría a la vez otro frente de objeciones. Al centrar su análisis en «la simple dialéctica entre el sufrimiento y la resistencia». Thompson hacía difícil valorar el alcance objetivable de la formación de la clase obrera 13. Al seguir este criterio -se ha pensado con frecuencia- el historiador renuncia a cualquier valoración del fenómeno clasista que no sea puramente subjetiva de los protagonistas 14. En el caso de Thompson la crítica es probablemente discutible. En su estudio se comprueba la eficacia de la presión para romper con la irresponsabilidad social de la política inglesa de la época. Del mismo modo, no podría olvidarse cómo la larga vigencia de la Nueva Ley de Pobres ha sido compatible con un grado de aplicación más bien reducido. La desaceleración del maquinismo o el mantenimiento de estructuras productivas mixtas en la Inglaterra victoriana pueden aducirse también en este sentido 15.

De todas formas, el abuso de la retórica obrerista por parte de los más diversos movimientos políticos del siglo xx ofrece nuevos aspectos de este problema. ¿Es un signo de una mayor formación de clase la aparición de un movimiento explícitamente clasista? La obra de Thompson relativizaba la importancia de las manifestaciones más formalizadas y. por contra, proyectaba la atención hacia los movimientos supuestamente «primitivos», multitudinarios o con una composición social compleja. Este radio de interés se ha de ampliar para incluir el papel de la autonomía de clase frente a otro tipo de actitudes. ¿Cómo explicar el arraigo y el alcance de la política obrera y doctrinalmente marxista en relación con las alianzas típicas del obrerismo inglés del siglo XIX? ¿Cómo valorar la influencia de cada una de estas fórmulas sobre la dinámica de la sociedad capitalista? Todo ello sin olvidar que gran parte de los asalariados no han seguido al obrerismo político o sindical durante períodos muy significativos. Incluso en una época clásica de la lucha de clases, se calcula que casi la mitad de los obreros de la Alemania de Weimar no votaba a los partidos obreros. En aquella coyuntura, esto implicaba mayoritariamente apoyar opciones autoritarias de derecha, sin tener en cuenta la decisiva presencia obrera en las Sturmabteilungen del partido nazi 16.

La introducción de la perspectiva subjetiva ha coincidido, pues, con la crisis en la visión progresista de las clases sociales como protagonistas sucesivos, que irían tomando el relevo a lo largo de la historia. Era eso lo que anteriormente había permitido que sus intereses se vieran envueltos en un alto grado de homogeneidad y de oportunidad histórica. La visión de Thompson, en cambio, había liberado a las clases de un sentido normativo. Pero esta línea ha llevado a descubrir la necesidad de un planteamiento comparativo, que tome en consideración tanto los procesos de identificación de clase «desde abajo» como los de desintegración y que se preocupe de valorar la influencia de las tensiones de clase en las estructuras y procesos sociales de larga duración.

Por otro lado, Thompson abrió un importante campo de discusión partir de su propósito de entender el surgimiento de la clase como una combinación de estructuras y acciones. Al hacerlo así, el historiador británico se proponía recuperar la importancia de la elección moral, no como parte de una «superestructura», sino como integrante -junto con los condicionantes estructurales- de una misma realidad. El problema se planteaba a la hora de entender las bases materiales de la formación de clase. Según la conocida fórmula de Thompson, ésta se produce cuando la gente percibe y articula intereses comunes y contrapuestos a los de otros «a consecuencia de unas experiencias comunes (heredadas o compartidas)» 17. Este planteamiento ha sido criticado como impreciso o demasiado aleatorio. ¿No se alejaba Thompson definitivamente del materialismo histórico? ¿Había alguna base material que condicionara una experiencia favorable a la cohesión de clase o era éste un proceso independiente, meramente cultural o fortuito? A veces se ha echado de menos una caracterización más precisa del capitalismo inglés, que Thompson -atento sobre todo a la visión «desde abajo»- habría presentado preferentemente desde el ángulo de la experiencia de quienes eran sus víctimas 18. En una línea similar, Perry Anderson señalaba el carácter impredecible de la «experiencia», poniendo como ejemplo el impacto de la I Guerra Mundial:

«La experiencia como tal es un concepto tous azimuts, que puede apuntar en cualquier dirección. Los mismos acontecimientos pueden ser vividos por distintos agentes que extraigan de ellos conclusiones diametralmente opuestas (…). La experiencia masiva de la muerte y la destrucción no trajo consigo, precisamente, la claridad. En los campos de batalla desiertos creció un bosque de interpretaciones» 19.

Si la acción es un elemento decisivo de la autoformación de la clase, ¿en qué sentido la «experiencia» transmite el impacto de la estructura, es decir, del «ser social»? ¿Thompson había complicado sólo un poco el viejo esquema determinista -al añadir la mediación de la experiencia- o en realidad había cortado los vínculos con la realidad social, al admitir el carácter aleatorio de la experiencia?

Las respuestas de Thompson a estas objeciones indican los criterios con que abordaba el significado de la experiencia. En primer lugar, afirmaba que la autoformación de las clases descansa, no en una simple experiencia económica o política, sino concretamente en la experiencia del conflicto. La clase, escribió, es «una formación histórica que define sus propios sujetos, que los hombres y mujeres elaboran a partir de su propia experiencia de lucha» 20. Por otra parte, la existencia de la explotación acostumbra a dar oportunidades para esta experiencia del conflicto, incluso bajo las condiciones de un dominio hegemónico aparentemente sólido:

«La hegemonía, incluso cuando se impone con fortuna» -concluyó al final de uno de sus trabajos más importantes 21– «no impone una visión totalizadora; más bien impone orejeras que impidan la visión en ciertas direcciones mientras la dejan libre en otras. Puede coexistir (como en efecto lo hizo en la Inglaterra del siglo XVIll) con una cultura del pueblo vigorosa y autoactivante, derivada de sus propias experiencias y recursos. Esta cultura, que se resiste en muchos puntos a cualquier forma de dominio exterior, constituye una amenaza omnipresente a las descripciones oficiales de la realidad; dados los violentos traqueteos de la experiencia y la intromisión de propagandistas “sediciosos”, la multitud partidaria de Iglesia y Rey puede hacerse jacobita o ludita, la leal armada zarista puede convertirse en una flota bolchevique insurrecta. Se sigue que no puedo aceptar la opinión, ampliamente difundida en algunos círculos estructuralistas y marxistas de Europa occidental, de que la hegemonía imponga un dominio total sobre los gobernados -o sobre todos aquellos que no son intelectuales- que alcanza hasta el umbral mismo de su experiencia, e implanta en sus espíritus desde su nacimiento categorías de subordinación de las cuales son incapaces de librarse y para cuya corrección su experiencia resulta impotente. Pudo ocurrir esto, aquí y allá, pero no en Inglaterra, no en el siglo XVIII».

Sería estéril confundir el mensaje de un párrafo semejante con una especie de reafirmación de la omnipresencia de la lucha de clases. Me parece más correcto destacar su invitación a buscar la posibilidad de la autoafirmación de clase en un continuum histórico, que vaya más allá de las manifestaciones convencionales y que descanse en la interpretación que hace la gente de los conflictos, grandes o pequeños. Según su análisis, la protesta formal ha crecido también durante períodos de aparente sumisión, a partir de tensiones y construcciones conceptuales ignoradas con frecuencia por los historiadores y que hay que investigar.

No sería lógico, por el contrario, pedir a Thompson algo parecido a una «teoría general» de la hegemonía y la formación de clase. Su propuesta de aprender, en este sentido, de la historia, era, más bien, un buen punto de partida.

III. La formación de las clases y la lucha por el significado

De hecho, esta renovación no es un recetario y difícilmente se puede reducir a una «escuela». Señalaba, más bien, algunos aspectos que vale la pena investigar para intentar construir una interpretación alternativa. En la actualidad, el descrédito de muchas interpretaciones de la tradición marxista ha fundamentado un terreno no muy receptivo para un esfuerzo innovador como el que proponía Thompson. No obstante, se reivindica también una organización nueva e integradora de nuestros conocimientos del pasado, que no margine la complejidad y el carácter imprevisto de muchos procesos, que han sido sacrificados en beneficio de supuestos «modelos» de análisis histórico. A veces se confía en que un enfoque renovado de las clases sociales pueda hacer una contribución positiva respecto a algunos de los elementos más insatisfactorios de la historiografía actual. Así, la ingenuidad de la historia social entendida como una simple multiplicación de campos temáticos ha dejado paso a la reivindicación de enfoques amplios, capaces de proponer un «nuevo mapa» de nuestro conocimiento del pasado 22. ¿Cómo hacerlo? La oleada del deconstructivismo ha tenido la utilidad innegable de destacar la enorme importancia histórica del discurso. En cambio, los intentos más arriesgados de negar la referencia social del lenguaje se han mostrado, según argumenta Neville Kirk 23, como fruto un examen precipitado o demasiado parcial de las interpretaciones sociales más divulgadas. Tiempo atrás, Thompson ya había advertido contra las construcciones que aíslan un campo determinado de la vida social,

«pues todas estas “instancias” y estos “niveles” son de hecho actividades, instituciones e ideas humanas. Hablamos de hombres y mujeres, en su vida material, en sus determinadas relaciones, en su experiencia de las mismas y en la conciencia que tienen de su experiencia. Por “determinadas relaciones” indicamos relaciones estructuradas dentro de formaciones sociales particulares de maneras clasistas -lo cual constituye un conjunto muy diferente de “niveles”, que Althusser suele desestimar-, y que la experiencia de clase hallará expresión simultánea en todas esas “instancias”, esos “niveles”, instituciones y actividades» 24.

Este argumento, aunque se dirigía contra el marxismo ahistórico, es aplicable a toda «historia sin sujetos» o a todo tipo de «sociología no histórica», sean de raíz marxiana o deriven de la teoría de la modernización 25. La crisis de estas estilizaciones que dejan de lado la importancia del proceso histórico y de sus protagonistas humanos se comprueba bien cuando se examinan determinados aspectos de la «racionalidad». ¿Podemos conocer la lógica de las decisiones de los agentes históricos deduciendo por nuestra parte, según un modelo teórico, qué era lo que les interesaba? ¿O hemos de reconstruir para períodos y lugares significativos el tipo de racionalidad específica de un determinado grupo social? Fácilmente se advierte la dificultad de aislar algo parecido a criterios constantemente seguros o ajenos a los valores o las preferencias. Esto sucede porque, como ha argumentado Jon Elster 26, incluso en cuestiones decisivas la elección racional puede conducir a una incerteza insuperable y, en esas condiciones, las «normas sociales» pueden imponerse como alternativa.

La importancia de estos criterios cualitativos traduce de un modo u otro las posibilidades, los recursos o las preferencias de unos sujetos determinados y no intercambiables. Este terreno no es, pues, el del homo oeconomicus. Por eso ha crecido el interés por entender la clase como un conjunto determinado de recursos para la reproducción del lugar que se ocupa en la escala social. En estas estrategias el status puede jugar un papel de capital. En cualquier caso -como señala Bourdieu-, las expectativas mostrarán una tendencia a diferenciarse en función «del campo de las cosas posibles que se ofrece objetivamente a un agente determinado». Ello influye de forma innegable sobre las conductas de personas que viven en una sociedad desigual: «Los agentes se determinan en relación con unos índices concretos de lo accesible y de lo no accesible, de l0 que “es para nosotros” y lo que “no es para nosotros”» 27. Rehacer históricamente el campo de las opciones al alcance de los sectores desiguales de la población es -por tanto- una tarea fundamental, que el investigador no puede reemplazar fácilmente por medio de ningún razonamiento abstracto ni por medio del uso de los modelos de las ciencias sociales.

Del mismo modo, la ausencia de un homo oeconomicus, atomizado y homogéneo, se corresponde con la ausencia de una racionalidad económica del mismo tipo. Es cierto que las clases son agrupaciones de individuos, pero de ahí no se deriva necesariamente que la lógica del individuo sea un elemento preexistente. Al contrario -como han argumentado Alessandro Pizzorno y Amartya Sen-, la actitud de los individuos en la vida pública se explica más por la aceptación de un cierto tipo de racionalidad que por el deseo de maximizar un interés individual supuestamente previo. No se puede definir de forma ideal el interés de los individuos, entre otras cosas porque éstos se definen en el tiempo, a través de los grupos sociales y de la experiencia de su acción. Como dice Luis Moscoso, esto no implica volver al interés unívoco de clase del marxismo clásico. Abre la vía, en cambio, para el análisis histórico de los grupos sociales y de sus experiencias, ya que

«un individuo semejante no tendrá interés alguno más que por referencia a una sociedad y una historia respecto a las cuales puede formular su interés (… ) La historia es la historia de los reconocimientos pasados que orienta y dan sentido a las preferencias actuales. La sociedad es la de aquellos con los que el sujeto puede identificar sus intereses y la de aquellos otros que el individuo, siempre en grupo, reconoce como diferentes u opuestos» 28.

La evolución de estos grupos históricamente significativos -y, eventualmente, la formación de clases- aparece, pues, como un proceso fundamentalmente histórico. A diferencia de lo que proponían las sofisticadas conceptualizaciones ahistóricas del funcionalismo o del marxismo abstracto, Anthony Giddens ha podido valorar el enfoque de Thompson, para quien la relación de clase «se tiene que encarnar siempre en gente real dentro de un contexto real» 29. Este acento en la experiencia colectiva muestra hasta qué punto el conocimiento del proceso histórico es irreemplazable. Sólo él puede sugerirnos el tipo de razonamientos que resulten significativos para la gente de un momento determinado. Por otro lado, el análisis de las clases, entendido de este modo, muestra la importancia del papel que Thompson había reivindicado para la acción, es decir, para la capacidad de la gente para reaccionar ante unas estructuras aparentemente «dadas».

Sin duda, esta reivindicación del protagonismo de la acción nos recuerda que Thompson fue un hijo de su tiempo. Él mismo ha explicado cómo en la época de la II Internacional y de la ortodoxia kautskyana arraigó una visión implacablemente evolutiva de la historia, que se correspondía con el ascenso de la socialdemocracia, al sugerir que el progreso del obrerismo caminaba con el viento de la historia. El ascenso del fascismo y la II Guerra Mundial cambiaron la visión de las cosas en favor ahora de la capacidad para oponerse a la barbarie y la opresión:

«Cuando el grupo guerrillero volaba un puente ferroviario estratégico, parecía que estaba “haciendo la historia”; cuando las mujeres resistían los bombardeos o los soldados aguantaban frente a Stalingrado, parecía que la historia dependiera de su aguante. Fue una década de héroes, y había Che Guevaras en cada calle y en cada bosque» 30.

Durante las décadas de 1950 y 1960 la obra de Thompson fue, por tanto. un desafío a la estabilización ahistórica de las estructuras que se impuso con la guerra fría.

¿Qué podemos decir de la actualidad? En una reflexión reciente 31, Jürgen Kocka ha destacado que el fin de la división del mundo en bloques ha hecho experimentar «la fuerza de los grandes contextos políticos», de manera que se hace preciso un conocimiento nuevo de los grandes procesos y estructuras. No hay que esperar, por tanto, una historia social «sin política», sino una «historia social política» que otorgue un peso importante a la historia de las experiencias y las expectativas y que destaque la dimensión cultural como un factor clave para entender la política. En cierta medida. esto equivale a reivindicar una reconciliación de los estudios antropológicos o culturales, en gran parte también de la microhistoria. con el análisis de las estructuras y los procesos generales de una sociedad dentro de un marco de historia-problema.

Curiosamente, han sido algunos sectores de la sociología histórica los que se han interesado más por ello, enlazando así con una parte de la herencia intelectual de Thompson. Anthony Giddens, por ejemplo, ha propuesto no considerar el conflicto como un conjunto de tensiones entre sujetos que tienen intereses previamente contrapuestos. La coloración ideológica del conflicto puede entenderse como fruto de una lucha por la formación de la identidad de los sujetos interpelados. Una pluralidad de corrientes, competidoras incluso entre sí, invitan a la gente a que valore de un modo determinado su experiencia de colaboración con el orden establecido y la conveniencia de la línea de actuación que se ofrece. De aquí se deriva. en primer lugar. que no hay estructuras ya dadas, sino que éstas sólo se mantienen a través de la conducta de la gente. Las estructuras sólo se reproducen por medio de acciones. De tal modo que hay oportunidades para plantear problemas al continuismo del status quo 32.

El capitalismo industrial, por ejemplo, no es una estructura históricamente útil en este sentido. Lo históricamente significativo, por citar un caso, fue el sistema de fábrica inglés de la primera mitad del siglo XIX, muy difícil de implantar porque, pese a darse en el país de la desposesión y de la «destrucción del campesinado», la resistencia a la disciplina del trabajo y los valores de los trabajadores domésticos impusieron, normalmente por vías no espectaculares, todo un conjunto de condicionantes decisivos a la evolución del capitalismo en el país «taller del mundo». ¿Tiene sentido universalizar ahistóricamente las relaciones industriales en el capitalismo? Thompson había preferido un diálogo con «aquellos sociólogos que desean volver a accionar la llave del tiempo (…) Porque aunque podemos imaginar una cierta lógica interna, un arco burgués que se extiende desde el siglo doce hasta nuestros días, es poco útil pensar la burguesía en términos tan de época histórica que incluya a William Pole, Oliver Cromwell y Mr. Edward Heath» 33. Del mismo modo señaló que «la formación de un modelo de capitalismo como una estructura estática, es extraña a lo que yo entendía, y sigo entendiendo, de Marx» 34.

Esta visión dinámica de las estructuras recoge, por tanto, la influencia constante de la acción. Pero, en segundo lugar, la acción humana se realiza en un contexto histórico, es decir, las condiciones materiales son el medio de la acción humana: le presentan determinadas posibilidades o le marcan obstáculos concretos. En segundo lugar, esta sociología de la acción ha insistido en el papel clave de la capacidad de la gente para interpretar y valorar las cosas que vive, para hacerse una idea determinada de ellas, de modo que no existe una actuación al margen de una valoración reflexiva.

Al aplicar estos supuestos al análisis de la historia, es fácil que la importancia de las clases aparezca de una manera renovada. Las distancias con respecto al esquematismo normativo del marxismo clásico son evidentes. Pero también lo son con respecto al esquema heredado del funcionalismo de la teoría de la modernización. No tratamos con sujetos abstractos, de una racionalidad intemporal, ni con ciudadanos maximizadores de su interés, ni tampoco con simples pacientes de una modernización anónima. Según esta visión la sociedad aparece, más bien, como un conjunto de grupos en cambio y relación constante, con experiencias y tradiciones diferenciadas -y más o menos opuestas-, que, incluso por detrás de los signos más o menos convencionales, no son ajenos a la evaluación de los procesos y que experimentan diversas maneras de identificar (para «todos» o para «nosotros») lo que habría de ser más conveniente. De una forma específica, existe lo que se ha denominado una «lucha por el significado» que permite diferenciar diversos sectores de una sociedad concreta. Por este motivo, la aplicación del concepto de «espacio público» u «opinión pública» (Offentlichkeit), acuñado por Jürgen Habermas 35, a la experiencia cotidiana aparece en la actualidad como uno de los aspectos más importantes del análisis histórico.

La concreción de esta perspectiva ha avanzado, entre otros, gracias al trabajo empírico y teórico de William H. Sewell, 36 autor de una de las obras más innovadoras sobre la formación de la clase obrera en Francia. Para él, el análisis de la formación de clase en Thompson había relajado el determinismo económico, pero no había elaborado ninguna alternativa al esquema ya conocido. En opinión de Sewell esto se veía favorecido por el estudio de larga duración que Thompson había privilegiado: las experiencias de los trabajadores ingleses habrían generado a la larga una conciencia de clase -aunque bastante peculiar- porque esas experiencias eran previamente de clase. Por tanto, Sewell veía que en el libro de Thompson del determinismo económico funcionaba como una especie de dinamo oculta, que empuja la narración en un cierto sentido 37. En cambio, su propuesta consiste en complementar la perspectiva a largo plazo con un análisis sincrónico. Éste habría de mostrar las relaciones, existentes en un período determinado, entre los valores culturales y el sistema productivo. No se trataría, por tanto, de yuxtaponer (aquí, la experiencia determinante; otros valores culturales, al lado, y todo dentro de una mezcla confusa de «experiencias»), sino de aproximarnos a un determinado «espacio vital histórico». La premisa fundamental es que no hay un motor «económico» determinante que marca a continuación a todos los demás valores. Por el contrario, se trataría de campos que influyen de modo autónomo en la forma de interpretar lo que se vive, de «construir la experiencia» 38.

En un sentido comparable, Geoff Eley ha destacado la importancia de la política en la formación de la clase obrera inglesa. Desde un punto de vista material, la revolución industrial no tuvo el efecto de homogeneizar las condiciones sociolaborales de los trabajadores. No es un elemento secundario el sentido de diversidad y de cierta oposición interna que denotaban cuando, sistemáticamente, empleaban fórmulas en plural para designar lo que Thompson denominaba la clase obrera inglesa. Sin embargo, la agitación obrera desde fines del siglo XVIII consiguió superar en buena medida esta dispersión. Así, pues, sólo, «un amplio e intenso sistema de comunicación» pudo traducir en movimientos de confluencia experiencias muy diversas: «la “unidad” de la clase obrera, aunque postulada a través del análisis de la producción y sus relaciones sociales, continúa siendo una contingencia de la agitación política. Eso es lo que significa que la historia de la clase es inseparable de sus luchas» 39. Estas relaciones entre la experiencia, la evaluación que hacen de ella los agentes y el factor político han sido el campo de análisis prioritario de la «historia de la vida cotidiana» o Alltagsgeschichte en Alemania. Su propósito era investigar la visión que la gente se hacía de las estructuras establecidas, con una finalidad muy alejada de la simple apología de los explotados. Se trataba de recuperar, por un lado, un sentido crítico frente a muchas visiones globales de la sociedad, pero también de situar en una perspectiva más realista las actitudes de protesta y colaboración de los dominados 40. En especial, Alf Lüdtke ha llamado la atención sobre el conjunto de prioridades y valores compartidos que se asumen en la vida cotidiana. Son estas necesidades las que ofrecen un cierto apoyo al funcionamiento del orden establecido, aunque contribuyen, simultáneamente, a formar entre los dominados un tenaz sentido propio (Eigensinn) que puede fundamentar también la rebeldía. Estas elaboraciones ideológicas tienen la función, al mismo tiempo, de hacer posible la dominación y ponerle límites o condicionantes. La colaboración con los poderosos se produce habitualmente, pero -como decía Thompson– tiene unos motivos propios o, incluso, desviados, cuando se contempla «desde abajo».

Más allá de la retórica del discurso ideológico, este sustrato cotidiano suministra las bases para el mantenimiento de un orden siempre más o menos «negociado» y nos permite descubrir la importancia de las desviaciones o de la protesta «no espectacular»:

«Los destinatarios de exigencias, instrucciones y órdenes no eran (ni son) marionetas en modo alguno. Las relaciones de dominio y de mercado sólo funcionan cuando la constricción y los estímulos de los que mandan o de los productores se ponen también en relación con los intereses y los símbolos, las emociones y los miedos de los otros; cuando colaborar o apoyar -por lo menos, una aceptación continuamente renovada- tiene un atractivo propio para quienes dependen de otros, para quienes se consideran desprovistos de poder» 41.

Esto no conduce a destacar unilateralmente las disidencias con respecto al orden vigente. Lüdtke ha subrayado también la capacidad de este ámbito para introducir distancias con respecto a programas alternativos o para reconducir la protesta hacia la inhibición o el retraimiento, como él mismo ha analizado a partir de la experiencia de muchos militantes obreros bajo el nazismo.

Una de las aportaciones más interesantes en este campo ha sido la de James C. Scott 42, al presentar la hegemonía como un proceso. El discurso hegemónico se acepta en la medida que resulta verosímil, de acuerdo con la experiencia de los dominados. Pero eso establece una versión ideal del dominio y unas pautas de reciprocidad entre las clases que, caso de no confirmarse, pueden ofrecer motivos para la rebeldía. También para Scott, pues, la eventual adopción de una actitud revolucionaria se puede atribuir al tipo de aspiraciones «tradicionalmente» ocultas bajo la aceptación de la hegemonía. Ésta, en realidad, no anula un «espacio propio», en que los dominados evalúan su experiencia y, de hecho, puede ser compatible con unas «resistencias de los débiles» que, por su falta de espectacularidad, han pasado normalmente desapercibidas. El paso de actitudes de colaboración (aparente) a formas convencionales de protesta (siempre con sus límites) aparece, por tanto, como uno de los campos más sugerentes de la investigación. Y lo mismo habría que decir del fenómeno inverso, todavía más necesitado de atención.

IV. La teoría como crítica

Hay motivos, pues, para pensar en un enfoque renovado y plural de las clases sociales como un instrumento útil. Eso no equivale a una pauta previa sobre la que se pueda montar una visión totalizadora y coherente. Representa, según creo, los dos aspectos positivos -más realistas, pero también más útiles- que hay que esperar de una manera de enfocar la tarea de «aprender de la historia»: una indicación de determinados campos temáticos que vale la pena investigar y tratar de poner en relación y, en segundo lugar, un compromiso crítico contra las simplificaciones, aparentemente brillantes, pero deseosas de cerrar el terreno de los problemas posibles. Habría de incluir, por tanto, la suficiente dosis de ambición intelectual para rechazar el conformismo y empujar hacia la exploración de respuestas más explicativas de la realidad. También hay razones para reconocer el lugar eminente de Edward P. Thompson en esta tradición. «No creo que lo que yo busque sea exactamente una teoría acabada», declaró en una ocasión 43. «Creo que toda teoría es provisional. La idea de tener una teoría consistente y que abarque todo es en sí misma una herejía (…) Considero la teoría como crítica, como polémica».

La combinación de capacidad crítica no unidireccional y el rigor como historiador han sido cualidades innegables de esta figura del marxismo británico. Como lo expresó él mismo, «la importancia de la auténtica historia es que no sólo pone a prueba la teoría, sino que también la reconstruye» 44, habrá que reconocer que Thompson, al escribir algunas de las obras de historia más apasionantes del siglo XX, ha iniciado también algunos de los caminos más prometedores para la investigación. Sería de esperar que la reflexión sobre la tarea de quienes intentan entender la historia impida ocultar este fermento.

NOTAS

1 Este trabajo. con algún pequeño añadido. es traducción del publicado originalmente en catalán en el libro coordinado por Manuel MARTÍ. D’historia contemporània: debats i estudis. Un homenatge casolà a E.P. Thompson (1924-1993). Societat castellonenca de Cultura, Castellón de la Plana. 1996.

2 Josep FONTANA, «E.P. Thompson, hoy y mañana», Historia social, n.º 18 (1994), pp. 3-7. Roger WELLS, «E.P. Thompson, Customs in Common and moral economy», The Journal of Peasant Studies, vol. 21 (1994), pp. 271-272.

3 Perry ANDERSON, Teoría, política e historia. Un debate con Thompson. S. XXI, Madrid, 1985; pp. 33-34.

4 La formación histórica de la clase obrera inglesa, 1780-1832. Laia, Barcelona, 1977; vol. 1, p. 13.

5 La formación; vol. II, p. 17, y Miseria de la teoría. Crítica, Barcelona, 1981; p. 167.

6 «Las peculiaridades de lo inglés», Historia social, n.º 18 (1994), p. 52.

7 «Una entrevista con E.P. Thompson», realizada por Michael Merrill, en Edward P. THOMPSON, Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. Crítica, Barcelona, 1979; p. 315.

8 Citado por Josep FONTANA. “Pierre Vilar y la renovación de la ciencia histórica», en Roberto FERNÁNDEZ. ed.. España en el siglo XVIII. Homenaje a Pierre Vilar. Crítica, Barcelona, 1985; p. 11. Vid. la visión que dio Thompson de las relaciones entre ideología e historia en «Una entrevista». pp. 297-298. Por otra parte, la renovación de la historiografía marxista de Thompson y Pierre Vilar se ha producido por vías propias. Thompson (Miseria, p. 149, n. 11), p.ej. encontró demasiado suave la crítica de Vilar a Althusser. La perspectiva de Thompson sobre la importancia de la acción y la elección moral parece claramente distinta de los planteamientos más destacados por Vilar. vid. J. MILLÁN. “Un classic viu», El País (ed. Cataluña y País Valenciano). 18-X-1995.

9 «E.P. Thompson», Customs in Common…. p. 264.

10 Cit. por Jürgen KOCKA, Historia social. Concepto, desarrollo, problemas. Alfa, Barcelona y Caracas, 1989, p. 17.

11 «Las peculiaridades de lo inglés». p. 39.

12 Teoría, política e historia, p. 41. Vid. la reflexión actualizada sobre este tema a cargo de Eric J. HOBSBAWM, Política para una izquierda racional. Barcelona, Crítica, 1993, pp. 40-60.

13 Id., p. 38.

14 Vid. p.e., la discusión de Miguel A. CAISZOS. «Clase. acción y estructura: de E.P. Thompson al posmarxismo». Zona abierta. 50 (1989). pp. 1-69.

15 Raphael SAMUEL. “Workshop at the world: steam power and hand technology in mid-Victorian Britain”. History Workshop, n.º 3 (1977). pp. 6-72.  Sidney POLLARD, La génesis de la dirección de empresa moderna. Estudio sobre la Revolución Industrial en Gran Bretaña. Ministerio de Trabajo. Madrid, 1987, pp. 227-235. M.A. CROWTHER, The Workhouse System 1834-1929. The History of an English Social Institution. Methuen. Londres. 1981.

16 Josef MOOSER, Arbeiterleben in Deutschland 1900-1970. Klassenlagen, Kultur und Politik. Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1984; pp. 196-199. Karl ROHE, Wahlen und Wiihlertraditionen in Deutschland. Kulturelle Grundlagen deutscher Parteien und Parteiensysteme im 19. und 20. Jahrhundert. Suhrkamp, Frankfurt am Maín, 1992; pp. 150-151.

17 La formación, vol. I p. 8. Thompson resaltó, en términos inequívocamente duros, la incompatibilidad entre esta fórmula y el estructuralismo marxista o la teoría de la modernización, Miseria. pp. 167-169.

18 P.e., P. ANDERSON Teoría, política e historia, pp. 38-39. Y Jürgen KOCKA, «L’aplicació weberiana d’un concepte marxista de classe». Estudis d’historia contemporània del País Valencià, n.º 6 (1984). pp. 391 (n. 3). 392 (n. 5).

19 Teoría, política e historia. p. 31.

20 Miseria, p. 78. La argumentación contra las objeciones de Anderson y Stuart Hall en Ellen M. WOOD, «El concepto de clase en E.P. Thompsoll», Zona abierta, n.º 32 (1984), pp. 47-86, Y«Entre las fisuras teóricas: E.P. Thompson y el debate sobre la base y la superestructura», Historia social, n.º 18 (1994), pp. 103-124.

21 «La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?», en Edward P. THOMPSON, Tradición, revuelta y… , p. 60.

22 Vid. la panorámica de diversas historiografías actuales que se dibuja en Jürgen KOCKA, ed., Socialgeschichte im internationalen Überblick. Ergebllisse und Tendenzen der Forschung. Wissenschaftliche Buchgesellschaft. Darmstadt. 1989.

23 «En defensa de la clase. Crítica de algunas aportaciones revisionistas sobre la clase obrera inglesa en el siglo XIX». Historia social. n.º 12 (1992), pp. 59-100 Y«History, language and postmodernism: a materialist view». Social History, n.º 19 (1994), pp. 221-240. Vid. también Penelope J. CORFIELD. ed., Language, History and Class. Basil Blackwell, Oxford, 1991.

24 Miseria, pp. 158-159.

25 Vid. T.B. BOTTOMORE, «Fuera de este mundo: la teoría sociológica de Talcott Parsons
», en La sociología como crítica social. Península, Barcelona, 1976, pp. 27-43. Julián CASANOVA, La historia social y los historiadores. ¿Cenicienta o princesa? Crítica, Barcelona, 1991. Santos JULIA, Historia social-sociología histórica. S. XXI, Madrid, 1989. Hans-Ulrich WEHLER, Modernisierungstheorie und Geschichte. Vandenhoeck und Ruprecht, G6ttingen, 1975.

26 Tuercas y tornillos. Una introducción a los conceptos básicos de las ciencias sociales. Gedisa, Barcelona, 1991, pp. 42-44.

27 Pierre BOURDIEU. La distinción. Criterios y bases sociales del gusto. Taurus, Madrid, 1991; pp. 92. 104-110. Sobre el replanteamiento de las tradiciones marxista y weberiana en torno a las clases sociales. Val BURRIS. «La síntesis neomarxista de Marx y Weber sobre las clases». Zona abierta. n.º 59-60 (1992), pp. 127-156. así como el trabajo de J. KOCKA citado en la n.º 18. 

28 Luis Moscoso, «Lucha de clases: acción colectiva, orden y cambio social», Zona abierta, n.º 61-62 (1992), pp. 145-146. Vid. también Piotr SZTOMPKA, «La ontología del llegar a ser social. Más allá del individualismo y el holismo», en Teresa GONZÁLEZ DE LA FE, ed., Sociología: unidad y diversidad. CSIC, Madrid, 1991; pp. 33-74.

29 «Fuera del mecanicismo: E.P. Thompson sobre conciencia historia», Historia social, n.º 18 (1994), pp. 153-154. Sobre la evolución de la historiografía marxista en Gran Bretaña, Màrius GARCÍA BONAFÉ, «Edward Palmer Thompson», L’Avenç, n.º 34 (1981), pp. 62-68.

30 Miseria, p. 121.

31 Jürgcn KOCKA. «Perspektiven für die Sozialgeschichte der neunziger lahre» en Winfried SCHULZE, ed.. Socialgeschichte, Altagsgeschichte. Mikro·Historie. Einee Diskussion. Vandenhoeck und Ruprecht. Gütlingen, 1994: pp. 33-35.

32 Anthony GIDDENS, The Constitution of Society. Polity Press, Cambridge, 1984. Crhistopher LLOYD, «The methodologies of social history: A critical survey and defense of structuralism». History and Theory, vol. XXX (1991), pp. 180-219.

33 «Las peculiaridades» … , p. 58. Sidney POLLARD, La génesis, pp. 218-226, 244-263 y E. P. THOMPSON, «Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial» en Tradición, revuelta y… , pp. 239-293.

34 «Una entrevista», p. 314.

35 Vid. A. GIDDENS,«Jürgen Habermas» en Quentin SKINNER. El retorno de la Gran Teoría en las ciencias humanas. Alianza Ed., Madrid. 1988. pp. 119-135. Jürgen HABERMAS. Historia crítica de la opinión pública. 

36 Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848. Taurus. Madrid. 1992. y «¿Cómo se forman las clases: reflexiones críticas en tomo a la teoría de E.P. Thompson sobre la formación de la clase obrera». Historia social. n.º 18 (1994), pp. 77-100.

37 «¿Cómo se forman las clases?». p. 84.

38 Su planteamiento, dice, «niega la prioridad ontológica de los hechos económicos. Los procesos de producción y cambio, como todos los otros procesos sociales, están sometidos a límites conceptuales y definiciones simbólicas, y sus resultados deben valorarse según patrones culturalmente determinados», Trabajo y revolución, p. 31. Pierre Vilar, por su parte, ha reclamado para «la economía» la consideración de núcleo de la historia, pero aclarando a continuación que ello no debe confundirse con «lo económico “puro”», cit. Josep FONTANA, Historia. Análisis del pasado y proyecto social. Crítica, Barcelona, 1992, p. 244.

39 Geoff ELEY, «Edward Thompson, social history and political culture: The making of a working-class public, 1780-1850», en Harvey J. KAYE y Keith MCCLELLAND, eds., E.P. Thompsoll. Critical Perspectives. Polity Press, Cambridge, 1990, pp. 27 y 28. Conviene tener en cuenta que este trabajo no es el mismo que, con un título semejante, se
tradujo en Historia social, n.º 18 (1994), pp. 63-75.

40 Vid, como introducción. Geoff ELEY, «Labor history, social history. Alltagsgeschichte. Experience, culture and the politics of the every day a new direction for German social history?». Journal of Modem History. n.º 61 (1989). pp. 297

41 Alf LADTKE. Eigen-Sinn. Fabrikallrag, Arbeitererfahrungen und Politik vom Kaiserreich bis in den Faschismus. Ergebnisse Verlag, Hamburgo, 1993; p. 15. Vid. Joaquim SEMPERE, L’explosió de les necessitats, Ed. 62, Barcelona, 1992; pp. 41-66.

42 Weapons of the Weak. Everyday Forms of Peasant Resistance. Yale Univ. Press, New Haven y Londres, 1985; esp. pp. 314-350. Sobre la revisión del dominio ideológico de clase, Nicholas ABERCROMBIE et alli, La tesis de la ideología dominante. S. XXI, Madrid, 1987.

43 «Una entrevista», p. 313.

44 Id., p. 309.

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