Il Condottiero: Gramsci, Maquiavelo, la sociedad civil y el Príncipe moderno

marioneta-240x300Ahora que continuamos con el sainete de la negociación para la investidura del presidente del gobierno (tras haber visto el sainete de la elección de la Mesa del Congreso), en el que queda firme la incapacidad de los partidos para posibilitar acuerdos; convendría repasar el papel del partido político. Gramsci lo hizo -y en el blog ya lo hemos tratado con anterioridad-. 

El trabajo que compartimos hoy es de Afshin Iraní y lo resumía así:

“El concepto de “sociedad civil” es un término universal y transversal en variadas disciplinas, pero este concepto no está absuelto, en lo absoluto, de un devenir histórico. Si bien, en un principio (de la filosofía política) se presenta ligado con el ámbito económico y/o estatal, el concepto experimentará, con el paso de la historia, una evidente autonomización respecto del mercado como sistema económico y del Estado como sistema político, adquiriendo otra connotación teórica, pero siempre en relación con dichas esferas. Es en este momento de “independización teórica” de la sociedad civil donde encontramos a la figura del filósofo, teórico marxista, político y periodista italiano, Antonio Gramsci (1891-1937), cuyo trabajo consiste en una crítica avanzada al marxismo de la Italia moderna, particularmente a la visión economicista y determinista que éste adquiere. En el presente ensayo se identificará la postura de Gramsci en torno al problema de la sociedad civil y la lectura que él sostiene sobre Maquiavelo, para así caracterizar finalmente a la figura del Príncipe moderno como el condottiero (líder) de una voluntad popular capaz de darle una sólida base política a una nueva cosmovisión crítica, y los roles que debe cumplir para una transformación ideológica hegemónica y revolucionaria”.

Salud. A. Olivé

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IL CONDOTTIERO: GRAMSCI, MAQUIAVELO, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL PRÍNCIPE MODERNO

Afshin Iraní

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El laboratorio gramsciano siempre estará en sintonía con la experiencia revolucionaria italiana de los años 20, luego de caer arrestado por el régimen de Mussolini hacia 1926, él comienza a escribir sus obras principales 1. Es durante esta etapa de su vida cuando enfocará su atención en el teórico político Nicolás Maquiavelo (1469-1527), de quien extraerá las principales ideas para establecer su ciencia política. Gramsci leerá a Maquiavelo siempre con ojos de político, no de académico que busca teorizar una ciencia abstracta, sino como fundador de partido, que busca líneas de transformación revolucionaria de la sociedad (Portantiero, 2000 : 149).

El trabajo de Gramsci es, en gran medida, un rescate de la concepción teórica marxista, ajustando las relaciones de estructura-superestructura para una lectura política apropiada desde el marxismo. Él trasladará analíticamente a la sociedad civil hacia un espacio de las capas que forman la superestructura en Marx, para así posicionarla fuera de las relaciones de producción y sumergida en la disputa hegemónica del debate ideológico y cultural entre clases antagónicas. Para entender la reestructuración que hace Gramsci a la sociedad civil dentro del marxismo es menester realizar una breve revisión al contenido que daba Karl Marx al término.

Marx rechaza la tesis hegeliana que afirma que es posible entender las relaciones jurídicas o las formas de estado a través de la evolución del espíritu humano. Él, en tanto materialista, afirmará que la única forma de comprender las complejas relaciones económicas de la sociedad es a través de la historia de las condiciones materiales de vida “en cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de ‘sociedad civil’” (Marx, 1971:35). Para esto es necesario desvelar los procesos de producción y las formas de intercambio, en todas sus manifestaciones históricas. Sociedad civil sería entendida, en este caso, como las condiciones materiales de producción o forma de intercambio, acompañado de una segunda noción (Pereyra, 1979: 67) que corresponden a los organismos e instituciones sociopolíticas no estatales que conforman la superestructura, en un periodo y lugar determinado. Es decir, sociedad civil será el complejo de relaciones e instituciones económicas y la formación de las clases.

Gramsci vuelve a la concepción hegeliana, en el sentido que desplaza a la sociedad civil hacia lo ideológico, pero se distancia de ambos, Hegel y Marx, al separarla analíticamente del ámbito económico: aún cuando este condicione a la creación de clases y la pugna que estas sostienen a lo largo de la historia, la sociedad civil no responde, para Gramsci, a las relaciones de producción (estructura), sino que compondrá una de las dos partes de la superestructura en tanto corresponde al debate ideológico y político de miembros e instituciones de la sociedad. La superestructura consistirá, entonces, en un conjunto de organismos vulgarmente llamados ‘privados’ (sociedad civil) y los aparatos gubernamentales 2 (sociedad política), ambas englobadas en el estado (sociedad civil + sociedad política) (Pereyra, 1979:71). Cabe destacar que esta distinción solo será efectiva para fines teóricos, dado a que, para Gramsci, “en la realidad efectiva, Estado y sociedad civil se identifican” (Pereyra, 1979:70). La distinción yace en que medios de comunicación, complejos educacionales, la iglesia, los sindicatos, etc. no son órganos ideológicos que pertenecen al estado, sino instituciones civiles, en tanto son espacios abiertos a la lucha de clases.

2

Gramsci entiende a la concepción del mundo como el discurso correspondiente a una filosofía espontanea, “propia de todo el mundo”; ésta va contenida, principalmente en el lenguaje y el sentido común, y se le “impone” a cada individuo en la medida en que este se encuentra automáticamente incluido desde su llegada al mundo consciente. Esta concepción de mundo es propia de cada agrupamiento, de todos los elementos sociales que comparten un modo de pensar y actuar. Por lo tanto, para el italiano, “criticarla significa hacerla unitaria y coherente” (Gramsci, 1986:247) es decir, elevarla a un pensamiento conceptuado y original, entendido como proceso histórico de autoconciencia.

En el mundo existen, principalmente, corrientes de pensamiento dominantes, y el resto de estas sólo presentará intereses limitados y locales, “anacrónicos”. Crear una nueva cultura significará “socializar” los conocimientos individuales, vale decir, difundir esas verdades críticas ya descubiertas para que estas no permanezcan como patrimonio de cuatro paredes de un grupo de pequeños intelectuales.

La filosofía se distingue del sentido común en la medida que es un ejercicio crítico y de superación, pero coincide con éste en la medida que está sumergida en un momento histórico del pensamiento, del que no puede ser separado; así mismo, instituciones que operan con el sentido común, como la iglesia, no pueden constituir en él un orden intelectual, porque no pueden reducirse a una coherencia de una conciencia colectiva, la religión tendrá que operar entre la unidad de creación de consenso a partir de una visión de mundo y una norma de conducta correspondiente.

La concepción del mundo en Gramsci no corresponderá, entonces, a un orden necesariamente intelectual y lógicamente afirmado, sino que a una cosmovisión manifestada materialmente. Este orden es ejercido por cierto tipo de instituciones que actúan en la esfera pública, y reproducen las relaciones sociales materiales hegemónicas, a través del sentido común que transmiten que bien pueden lograr que, incluso en los intelectuales activos “su conciencia teórica pueda estar históricamente en contraste con su actuar” (Gramsci, 1986:252).

En tanto fenómenos históricos, estas instituciones pueden mutar de manera tal que puedan pasar de una estructura a otra, podríamos pensar en la secularización del estado moderno como un buen ejemplo. Aún así, es pertinente pensar el grado de autonomía de éstas con el Estado; en debates coyunturales podemos ver que la confrontación social, entendida esta como disputa ideológica y política, evidencia una conjunción inmediata hacia el poder estatal, pero, en lo cotidiano, el debate político y su flujo están en gran medida delineados por instituciones de la sociedad civil. Nos resultará trascendente entender a cabalidad el flujo de la superestructura, dado a que, lo que busca srtico sensu Gramsci es determinar su nivel de madurez y el alcance de su articulación, como veremos más adelante, lo importante es que el príncipe moderno sepa leer a esta sociedad civil tan bien como para actualizar estrategias en las denominadas “guerra de trincheras” y “guerra de movimientos”.

3

El marxismo moderno, para Gramsci, falla al concebir al Estado únicamente como aparato represivo, sin siquiera advertir cómo éste lleva a cabo reproducción de relaciones sociales establecidas a través de una imposición hegemónica y la obtención de consenso, en la correspondencia del mismo Gramsci encontramos la siguiente afirmación

“(…) este estudio conduce también a ciertas determinaciones del concepto del Estado, que de costumbre es comprendido como sociedad política o dictadura, o aparato coercitivo [para conformar la masa del pueblo, de acuerdo al tipo de producción y la economía en un momento dado], y no [como] un equilibrio entre la sociedad política y la sociedad civil (hegemonía de un grupo social sobre toda la sociedad nacional ejercida a través de las llamadas organizaciones privadas, como la Iglesia, los sindicatos, las escuelas, etcétera)”. (Gramsci, 1950:183)

Habrá que entender, entonces, que la hegemonía no tiene sede, en el sentido de que, orgánicamente no hay disociación entre sociedad política y civil, el Estado, al mismo tiempo que cumple el rol coercitivo, también cumple el de generador de consenso y por ende, productor de hegemonía.

Empeñado también en combatir al economicismo dentro del círculo marxista, Gramsci desecha fervientemente la tesis de que el capitalismo se derrumbará por sus contradicciones internas. El quiebre de la sociedad, para el italiano, no consiste en una “autodestrucción” económica del capital, sino en una cooptación de la sociedad civil; ésa que, en los Estados donde el capitalismo ya ha sido establecido, cumplirá el rol de contenedor de las desventuradas irrupciones económicas (léase crisis, depresiones, etc.). Para ilustrar esto, Gramsci recurre al binomio oriente-occidente (Anderson, 1981), el cual consiste en una división práctica y geopolítica que distingue entre estados en los que el sistema capitalista ha articulado orgánicamente al tejido social (occidente) y otros que aún carecen de una sociedad civil sólida, y ante esta gelatinosidad el Estado, en cuanto poder gubernamental, absorbe a toda la superestructura (oriente). Visto esto en concreto, para Gramsci, la Revolución de Octubre 3 fue posible dado a que la sociedad civil en la Rusia monárquica se encontraba casi suprimida, el aparato gubernamental no se articuló, en este caso, orgánicamente con el tejido social, lo que no les permitió apoyar y contener la dominación de clase en esta estructura.

De esta manera, la acción revolucionaria en Gramsci no debe ser vista como un golpe de audacia o un asalto de los dominados para sustituir en el poder a los dominantes, en este caso cualquier movimiento que pretenda una acción como la de los bolcheviques será estéril. Estos son irreproducibles en occidente, la Revolución de Octubre no debe ser vista como modelo, dado que ya contamos con una sociedad civil tremendamente robusta, la cual es capaz de generar condiciones culturales e ideológicas que atenten directamente contra esta espontaneidad. La forma correcta de ser vista es como análisis, estrategia, y cooptación de esta cosmovisión popular. Gramsci traslada este análisis a la disputa en “la guerra de posiciones” y en “la guerra de movimientos”. La primera consistirá en “la lucha de clases para obtener la hegemonía sobre la sociedad civil del capitalismo”, mientras la segunda consistirá en la confrontación directa entre una fuerza política y otra. Pareciera darse que la pugna real en el estado moderno (occidental) es en lo ideológico, a medida que existe una sociedad civil más robusta. Y en efecto, como señala Prestipino:

“Para Gramsci la guerra de movimientos presuponía en cambio una relación inversa en Oriente. De ahí se deduce que el paso a la guerra de posiciones se produce no cuando existe “mayor autonomía de la sociedad civil”, sino cuando aparece un mayor equilibrio dialéctico entre aparato estatal y sociedad civil”. (Prestipino, 2013)

Por lo tanto, el avance hacia el socialismo supone que los trabajadores conquisten posiciones que no se encuentran estrictamente en el aparato gubernamental, sino en la sociedad civil, la dominación no es sólo coercitiva, de hecho, lo es cada vez menos; con el paso del tiempo esta apunta a una dirección cultural y política, es una “contaminación ideológica de todo sistema social” (Pereyra, 1979). De ahí la necesidad gramsciana de universalizar el campo de la acción política obrera, la que se encuentra fragmentada por el régimen del capital. Sólo así es posible derrotar a un enemigo que, como vemos, “no está presente exclusivamente en el aparato gubernamental, sino que se halla diseminado en todas las instituciones de la sociedad civil” (Portantiero, 1977:35). Es precisamente en este lugar donde nos encontramos con la necesidad de entrar en el Príncipe de Maquiavelo con la lectura gramsciana.

Gramsci leerá a Maquiavelo durante su estancia en la cárcel, en la cual tendrá su período de mayor producción teórica [1926 – 1937]. Apoyado en una lectura principalmente de “El Príncipe”, pero también del “Arte de la Guerra” y los “Discorsi”, él sentirá una profunda identificación con Maquiavelo, en el cual verá a la política constituida como una ciencia autónoma, con principios y leyes distintos a los de la moral y la religión.

En efecto, lo que inclina a Gramsci hacia Maquiavelo es su “realismo político”, pensamiento del florentino que nos conduce, no a trabajar con “pedantescas” disquisiciones de principios, sino que se buscara consagrar una posición crítica y unitaria como voluntad colectiva y nacional, bajo principios propios de una ciencia independiente. Lo anterior, para Gramsci, constituye un motivo para consagrar al florentino como “el político verdadero”. Se hará la distinción, entonces, del político ensañado en el “deber ser” abstracto e ingenuo que pretende revolucionar una sociedad con principios morales, o sea, preocuparse por el “ser” únicamente; y el realista de Maquiavelo, vale decir, como debería actuar una fuerza que pretenda cambiar el orden social en ese momento histórico determinado, no solo a base de principios de una “realidad tentativa”, pero tampoco únicamente en base a una “realidad efectiva”, dado a que “esto significaría que el hombre de Estado no debe tener perspectivas que estén más allá de su propia nariz” (Gramsci, 1986:50).

En palabras del mismo Gramsci (1980:9): “El príncipe no consiste en ser un tratado sistemático, sino un libro “viviente”, en el que la ideología política y la ciencia política se fundan en la forma dramática de ‘mito’ ”, en efecto, para el lector, el príncipe maquiavélico corresponde a una figura plástica y antropomorfizada de una voluntad colectiva, no a una serie de principios y criterios de los deberes y necesidades, Maquiavelo invoca a este condottiero como este personaje in-existente en esta realidad histórica, como una fantasía concreta, buscando darle una cara inmediata y objetiva al darle cualidades y aptitudes (virtú, etc.) a la figura que necesita la Italia renacentista. “No puede ser un individuo concreto, sólo puede ser un organismo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción” (1980:12)

En este intento fallido de Maquiavelo por transformar un pensamiento ideológico en acción para apoderarse de una identidad nacional Italiana que le permita fundar un Estado que salve a esta misma, Gramsci plantea, al menos, dos consideraciones que nos interesan:

(1) Maquiavelo, al contrario de lo que se piensa colectivamente a través de la concepción moralista-historicista de los antimaquiavelistas, orienta su trabajo hacia “quienes no saben”, intenta realizar educación política. Gramsci explicita (1980:17) que estos que no sabían eran precisamente eran las clases revolucionarias de su tiempo, “el pueblo”, “de donde surgen los Savonarola y los Pier Soderini, y no los Castruccio ni los Valentino”. Maquiavelo quiere persuadir a estas fuerzas de tener un jefe que sepa obtener lo que quieren.

(2) El fracaso de la formación de un Estado nacional se encuentran en esta disolución de la burguesía en la sociedad y la fundición de la Iglesia en Italia, de la cual esta se vuelve sede. Lo anterior permitió la instauración sólida de una sociedad feudal. “Es imposible cualquier formación de voluntad colectiva nacional-popular si las grandes masas de campesinos no irrumpen simultáneamente en la vida política. Esto es lo que intentaba Maquiavelo con la reforma de la milicia; esto hicieron los jacobinos en la revolución francesa” (1980, p13).

En ambas, Gramsci se basará para establecer necesidad de la figura metafórica del Príncipe Moderno, en la doble naturaleza que debe tener un movimiento revolucionario en su acción política correspondiente al centauro maquiavélico, en medida que este representa simbólicamente la línea de conducta del Príncipe “mitad hombre y mitad bestia “puesto que existen “dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza” (Maquiavelo, 1999: XVII), como vemos, el príncipe moderno deberá saber moverse en estas dos esferas “de la fuerza y del consenso, de la autoridad y de la hegemonía, de la violencia y la civilización, del momento individual y del universal”, dirá Gramsci (1980:48).

4

Para Gramsci, el modernismo no nos ha dado órdenes ni monárquicos, ni religiosos, sino partidos políticos y, aunque estos han sido usados para “mantener a los simples en su filosofía primitiva del sentido común” (1986: XI, 252), consistirán la única vía materialmente legítima de vinculación de intelectuales y masas. En efecto, existen desde partidos que pretenden mantener el consenso, vale decir, esta visión de mundo a partir de las reproducciones de formas sociales materiales; hasta partidos revolucionarios que pretenden guiar a las masas a una emancipación crítica de esa cosmovisión “porque ahí se encuentra la fuerza progresista de la historia” (1980: 18), en palabras del propio Gramsci:

(…) el Moderno Príncipe (…) no puede ser una persona real, un individuo concreto, sólo puede ser una organización, un elemento de la sociedad en su conjunto, donde ya se ha iniciado la concreción de una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Esta organización está dada por el desarrollo histórico, y es el partido político, la primera célula donde se resumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a llegar a ser universales y totales”. (Gramsci, 1980:29)

Cada uno de estos partidos corresponderá a una expresión de un grupo social y se desempeñarán en la política representando la voluntad y los intereses de dicho grupo. Para Gramsci, esta vinculación debe ser orgánica, y como “en el mundo moderno se puede observar” por necesidades de lucha u otras razones la lógica de estos partidos ha de fragmentarlos (1980). Es por esto que los intelectuales de partido no actuarán como una fuerza perteneciente a las fracciones, sino por sobre ellas, como dirigentes totalmente independientes, y hasta superiores. Esto puede evidenciarse en la medida que se consideren periódicos, revistas y otros elementos, como partidos, fracciones de partido, o funciones de partido: dada la naturaleza no solo informativa, sino de propaganda, influencia moral y cultural, estos medios existe una vinculación ideológica orgánica.

En el caso de un Estado de partido único, es decir, totalitario; ese partido no cumplirá funciones políticas, sino estrictamente técnicas y culturales, dando paso a formas de reproducción de formas sociales que se vuelven “irresolubles”.

Existe, sin embargo, otro modelo que buscará acción de forma indirecta, que busca reproducir distintas formas de relaciones sociales en la medida en que las “enseña”, se presenta como puramente “educativo, moralista de cultura” y es que pretende vivir al margen de los otros partidos y del estado para “educar”, Gramsci establecerá que esto no corresponde a un movimiento autónomo, sino un “marginalismo” frente a los partidos dominantes, una “secta” de pensadores comparable, en cuanto fenómeno histórico, “a la misma secta de los economistas” (1980: 30). Esta categoría de partido corresponde al movimiento libertario.

Los partidos políticos se darán, entonces, de dos formas: la primera constituida por una élite de hombres que buscan dirigir el encause de la política culturalmente, hacía una cooptación de la ideología general. La segunda, no desde la élite sino desde las masas, que constituirían un tipo de partido que, según el mismo Gramsci (1980:30) “no tiene otra función política que la de una fidelidad genérica de tipo militar a un centro político visible o invisible”, es decir, como movimiento sumido en prédicas morales, simplemente “maniobran” en la sociedad civil, llenos de esperanza en que las contradicciones sean “automáticamente resueltas y curadas” (1980:31).

5

Como hemos visto, será en estos partidos políticos donde Gramsci posicionará a la praxis política y le otorgará la función de crear una voluntad colectiva transversal que permita convertirse en una fuerza primero emancipadora, luego transformadora. A este partido le serán asignadas funciones tal cual lo eran al príncipe de Maquiavelo. Las Note constituirán un “manual” de política en clave semi-aforística en el cual se analiza la política teóricamente en lo dado, sus conceptos y significantes, pero también se establecen líneas para la acción orgánica y teórica. A continuación, ensayaremos tres de estas prescripciones de Gramsci.

1. ¿Cuándo y cómo se vuelve “necesario” históricamente el partido político?

Diremos que un partido se vuelve necesario cuando se tiene un objetivo colectivo preciso y permanente, para que se concrete de facto, esto debe existir en condiciones para su “triunfo”, vale decir, instancias para desarrollar vías de formación y de acción para transformar el Estado. Gramsci dirá que para que ocurra esto deben darse tres elementos (1980:33) fundamentales:

(1) Hombres comunes y medios dispuestos a ofrecer participación, disciplina y fidelidad. Sin ellos la idea de partido no sería posible, pero solo con ellos sería insuficiente, es por esto que es menester constituir una fuerza a partir de hombres que centralicen y disciplinen a estos hombres comunes, este será

(2) Un elemento de cohesión principal, capaz de hacer converger a estos hombres, intelectuales que actúen como cohesión de esta voluntad transformadora que abandonadas serían cero o poco más.

(3) Un elemento medio que comunique a (1) y (2), que los ponga en contacto físico, pero también intelectual. Se logra el máximo de eficacia cuando existe perfecta proporción entre estas.

A partir de (1), (2) y (3) un partido se presenta sólido y no puede ser destruido por contingencias o fuerzas normales. Esto ocurre gracias a una convicción de la solución de os problemas vitales, una necesidad interna, y sus elementos se crean unos a otros y en caso de ser destruidos pueden regenerarse.

2. ¿cómo se distingue un movimiento de hechos orgánicos a otro de una coyuntura?

Para Gramsci (1980:54) “el error en que se cae frecuentemente en el análisis histórico político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional”. Y en efecto, se yerra en confundir ambos elementos en afirmar, o que las causas que buscan llegar al cambio de una manera mediata son inmediatamente activas, o bien, que las causas inmediatas son las únicas eficientes, esto es, que un movimiento solo se concretaría en cuanto se articule a problemas de coyuntura y no a un problema de estructura. Para nuestro autor esto significaría, en el primer caso, caer en un economicismo o doctrinarismo y en el segundo, exceso de “ideologismo”.

La distinción yace en que, por un lado, el fenómeno coyuntural, si bien depende del movimiento orgánico, este corresponde a una crítica “mezquina y cotidiana” (1980:53) que se dirige a pequeños grupos dirigentes y a personas que tienen relación directa con el poder; y por el otro el fenómeno orgánico busca dar lugar a una crítica histórica-social, que trasciende a las responsabilidades de entidades particulares, y se refiere a una maduración de la estructura como un “todo”. Este esfuerzo incesante determinaría el terreno del “ocasional”, en el cual se organizarán las posiciones antagónicas sobre el cual existirá conflicto directo.

3. Sobre la estructura de los partidos políticos en los períodos de crisis orgánicas.

Cuando se separan grupos sociales de sus partidos tradicionales significa que estos grupos ya no reconocen a sus representantes como tales, constituyen y dirigen pretensiones y voluntades distintas a las que corresponden a la expresión propia de la clase misma o a una fracción de ella, por lo cual esta situación sería delicada y peligrosa, debido a que se presta para  soluciones con uso de fuerza.

Esto ocurre por denominadas “crisis hegemónicas” (1980:62) que consisten en empresas políticas que requieren de un impulso por la fuerza del consenso de las grande masas, estas asan de golpe desde una posición pasiva a actividad revindicante, que constituiría una revolución, estas crisis de autoridad se da a nivel partido, o del Estado en su conjunto.

Las situaciones que crea esta crisis deben ser evitadas a toda costa, dado a que constituyen instancias en donde se pone en peligro la capacidad de transformación, dado a que los diversos estratos de la población no tienen el mismo nivel ni ritmo de organización, lo que permite a las clases dirigentes tradicionales (que poseen un vasto número de gentes preparadas) reasumir el control, a través de compromisos oscuros y promesas demagógicas; podrían a pesar de todo mantenerse en el poder, reforzando su condición para destruir al adversario y dispersarlo.

Este fenómeno se manifiesta en la figura del partido único, el que asume necesidades de todas las clases y pretende fusionar todo grupo social bajo la dirección consensuada como la única capaz de asumir los problemas de representación. La crisis pasará a ser conducida por un líder carismático que asegura un equilibrio estático que ningún otro partido disidente tiene capacidad de vencer.

6

El aporte de Maquiavelo a la política resulta ser trascendente para que ésta se desarrolle como ciencia autónoma en épocas posteriores, como diría Francis Bacón, uno de sus primeros críticos “estamos muy en deuda con Maquiavelo y otros más, por decir lo que los hombres hacen y no lo que deben hacer4. Si bien no son los únicos que se han visto beneficiados, los teóricos italianos han obtenido de Maquiavelo una fuente invaluable de conocimientos prácticos y conceptuales de la experiencia italiana histórica. En el caso de Gramsci, este ve en el florentino una oportunidad única de establecer una proyección de los elementos del Príncipe de Maquiavelo en el marxismo contemporáneo. Conocida es la tesis gramsciana que establece una línea de acción entre Maquiavelo y Marx (Frosini, Liguori, 2004:104), que busca resaltar el poder emancipador de estos pensadores y que pretende acercar la política hacia los dominados, los que “no saben”. En efecto, casi todo el trabajo del sardo puede resumirse en establecer vías de autoconciencia histórica, emancipación política y de acción práctica de los movimientos sociales, dejar en constancia cómo deberían de haber actuado las fuerzas históricas para ser eficientes. Entender a Gramsci no como filósofo, sino también como educador, es clave.

En todo el recorrido de la opera magna gramsciana podemos encontrarnos con reestructuraciones a la teoría marxista, especificaciones que permiten leer con rigurosidad las coyunturas y procesos políticos y le entregan al partido político de hoy herramientas indispensables para desempeñarse con originalidad y certeza en un Estado moderno que avanza con paso firme hacia modelos cada vez más complejos de estructura-superestructura. El príncipe moderno corresponderá a la vía gramsciana, desde una sociedad civil hegemonizada, hacia la revolución.

*Publicado originalmente en Revista Zétesis, no. 1, vol. 2, enero de 2015, pp. 80 – 91

NOTAS

1 En prisión escribió 30 notas de análisis político conocidos como Los cuadernos de la cárcel (Quaderni del carcere), que incluyen sus incursiones en la historia italiana y teoría marxista, entre otros estudios.

2 Entiéndase por estos al parlamento, fuerzas armadas magistraturas, etc.

3 La revolución bolchevique de 1917, en donde éste partido derrocó al imperio, y significó la salida del Zar Nicolás II de Rusia

4 Skinner (1998) Maquiavelo, Alianza Editorial. Madrid p.125

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