Cambio histórico en Marx y Engels

team¿Qué tal amigas y amigos? Seguimos con máximo interés la resistencia del proletariado francés contra la reforma del mercado de trabajo, que impulsa el gobierno socialdemócrata. Y esperamos que el sindicalismo francés sea capaz de doblegar el brazo del capital representado en Hollande. De lo contrario, si se salda con derrota auguramos un retroceso del sindicalismo a nivel europeo aún mayor del realmente existente.

De cuestiones históricas, de desarrollo histórico va la entrada de hoy. De entrada se estudia la cuestión en Marx y Engels; para en una segunda parte, afrontar la crítica del revisionismo de Bernstein a la cuestión y, finalizar con la crítica de Lenin y Rosa Luxemburg a éste último. Un largo e interesante trabajo de José de Jesús Rodríguez Vargas que te recomendamos…

Salud. A. Olivé

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CAMBIO HISTÓRICO EN MARX Y ENGELS

José de Jesús Rodríguez Vargas

Las revoluciones son la locomotora de la historia, decía Marx”.

Lenin*

No son las locomotoras, sino las ideas, las que llevan y arrastran al mundo”.

Víctor Hugo

 

Introducción

La historia, los grandes cambios de la humanidad, han sido producto de los grandes hombres. Esta afirmación puede ser aceptada por muchos como lo demuestra la enseñanza de la historia tradicional que se rige por este principio. Considera que los hacedores de la historia son los grandes hombres, los héroes, los individuos sobresalientes: Alejandro Magno, Julio César, Napoleón, Lenin, Hitler, Stalin y otros. De acuerdo con la teoría del inglés Thomas Carlyle, que le da un papel preponderante al individuo, del “culto al genio1, estos personajes configuraron al mundo; Carlyle por tanto en su obra Los héroes de 1841 sostiene: que “la historia del mundo no pasa de ser la biografía de grandes hombres.2 Es decir, el avance de la civilización se debe a los hechos de los héroes.

De acuerdo a Juan Calvino, el reformador protestante francés, todas las acciones de los hombres son predeterminadas por Dios: “llamamos predestinación a la decisión de Dios, según la cual El determina lo que inevitablemente deberá ocurrir en la vida del hombre”. Los hombres son instrumentos de Dios con una misión establecida, Moisés vino al mundo para liberar al pueblo israelita3.

Si los hombres, los individuos, vienen con una misión divina, ¿también vienen con un destino predeterminado? Los cantos de Homero reseñan la trágica muerte de Héctor y Aquiles, de antemano diseñada por los dioses; no podían evitar la voluntad divina, no podían evitar su sino. ¿La historia está determinada, es previsible?

Si no son los dioses los que determinan el destino de los hombres y de su historia, entonces, ¿son los hombres, con su voluntad y acción, los que definen la historia?, si es así, ¿lo hacen de acuerdo a su arbitrio personal o depende de otros factores?, ¿es el individuo sobresaliente o son las masas?, ¿es suficiente con la voluntad firme y las ideas grandiosas para cambiar la historia personal y colectiva?, ¿la naturaleza o las ideas son el motor de la historia?, ¿es posible conocer a la sociedad, a la historia, a partir de leyes sociales, como en el caso del mundo natural por medio de leyes biológicas y físicas? El coloquio sobre el cambio histórico mundial permite reflexionar sobre las causas y los sujetos, terrenales e ideales, que explican la historia de la humanidad, desde la metodología de las ciencias. En este caso, se verán las causas y los sujetos del mundo terrenal. Veamos un primer caso bajo la óptica de Joseph Schumpeter: el “gran proceso histórico de la evolución económica” sólo puede ser explicado por “las continuas revoluciones económicas”, y éstas por el factor económico, que Schumpeter le llama “innovación” (Schumpeter, 1941), pero las innovaciones carecen de importancia económica en tanto que no sean puestas en práctica, y son los empresarios, y su liderazgo económico (Schumpeter, 1912:98), el sujeto del cambio histórico. Desde la perspectiva de las corrientes institucionales, el factor principal es la existencia y aplicación de leyes, normas y costumbres, para que las organizaciones, y los sujetos sociales, puedan modificar la realidad social.

En esta ponencia vemos la metodología marxiana, la de Marx y la de Engels, para interpretar la historia del mundo. Para el marxismo la clave es la “dialéctica de la historia”. Las sociedades son un proceso de cambio, con base en sus contradicciones económicas y sociales. Los hombres, como grupo social, son los que a partir de la determinación (en última instancia) de los factores económicos y sociales, llevan a cabo las transformaciones; los individuos sobresalientes –y sus ideas y acción política- son criaturas determinadas por las condiciones sociales históricas, estas mismas condiciones hacen que los individuos puedan jugar un papel decisivo, sin el cual la situación hubiera sido otra. ¿Lenin era necesario para que triunfara la revolución rusa? A Trotsky le parecía que sí, aún muchos años después de aquel acontecimiento4. Hacemos la historia –dicen los marxistas fundadores- pero con base a premisas y condiciones muy concretas, las económicas que deciden en última instancia; pero las causas políticas ideológicas también cumplen un papel –sin que sean decisivas- en el resultado final. Hay una interpretación que tocaremos en este trabajo: la teleología marxista, señala que el resultado u objetivo final está ya predeterminado; ésta posición se deduce de algunos trabajos marxianos –lo reconocen algunos marxistas, y muchos más lo niegan.

Está ponencia se compone, aparte de esta introducción, de tres partes y las conclusiones; la primera es el análisis de los textos básicos en donde se encuentra la elaboración inicial –y después más desarrollada en trabajos posteriores- de la dialéctica materialista y del materialismo histórico y de su aplicación a hechos concretos; la segunda parte, es la crítica a la teoría marxiana por parte del socialdemócrata alemán Eduard Bernstein; una tercera parte es la secuela de los dos puntos anteriores, la crítica a la crítica bernsteiniana. En este punto se hace énfasis en la crítica puntual a principios fundamentales del marxismo –contradicciones y crisis, lucha de clases, vía revolucionaria, método dialéctico hegeliano, la validez del materialismo histórico. Se retoma de manera amplia al primer marxista, educado directamente por los fundadores, que cuestiona y pone en jaque al Partido Socialdemócrata Alemán y a la Socialdemocracia Internacional. Bernstein es el teórico y político que sentó las bases del programa de los socialistas (también de algunos partidos comunistas, concretamente del eurocomunismo) del siglo XX, como una alternativa a la revolución proletaria, bolchevique. Mientras, ésta opción pretendía la construcción del socialismo, aquella buscaba reformar y mantener al capitalismo. Hoy no hay duda de quién ganó. La lucha de clases puso en su lugar a ambas estrategias políticas5.

El tercer apartado es la lucha teórica e ideológica, desatada a partir de Bernstein, en la que participaron los principales cuadros de la socialdemocracia alemana y de sus partidos hermanos. Se ven desfilar a Karl Kautsky, a Rosa Luxemburgo, a Jorge Plejanov, a Vladimir Lenin, como un puñado de teóricos y revolucionarios –en ese momento al estilo del marxismo (más) ortodoxo- unidos contra quien desafió la teoría y las propuestas prácticas de sus maestros.

El método marxista para analizar el cambio histórico mundial es diferente a otras metodologías, como las institucionalistas, evolucionistas, schumpeterianas. Mientras algunas metodologías explican la historia debido a cambios de factores específicos, como el progreso tecnológico y el liderazgo empresarial, la eficiencia de las instituciones o, por otro lado, por la capacidad de los dirigentes, el marxismo se basa en la política, en los intereses políticos con base económica, que mueven a los agentes, a las clases sociales; es la política de masas. Por ello se percibirá en esta ponencia la polémica encarnizada por demostrar la validez y vigencia de las respectivas posiciones; éstas, producto de las condiciones sociales, van a moldear la historia del mundo. Para el marxismo, la existencia y la conciencia social hacen la historia.

1. LA TESIS: La Dialéctica Materialista y el Materialismo Histórico

1.1 Las bases

Para el gran filósofo alemán Hegel: “El espíritu es el único principio motor de la historia”6. Para su discípulo, Marx, la lucha de clases es el gran motor de la historia. Quién no recuerda la multicitada afirmación de que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” (Marx, 1848). No hay marxista que no esté de acuerdo con este principio marxiano; para LeninEl marxismo da el hilo conductor que permite descubrir la lógica en este aparente laberinto y caos: la teoría de la lucha de clases” (Lenin, 1918:34).

Marx, siguiendo las lecciones aprendidas de Hegel, concentra la explicación de la historia -de la dinámica de los modos de producción, de los cambios de las sociedades en las contradicciones de clase: “hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”.

Siguiendo con el texto clásico del conocido Manifiesto Comunista, la sociedad capitalista, la burguesía moderna, la gran industria y el proletariado, eran “fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio”; habían surgido de entre “las ruinas de la sociedad feudal”, eran producto de las contradicciones, pero sin abolirlas, sólo sustituían “viejas formas de lucha por otras nuevas”, viejas clases sociales por otras nuevas.

El diagnóstico de Marx y Engels de mediados del siglo XIX, es decir la situación de la lucha de clases, de la correlación de clases, les llevó a plantear una de sus más audaces y erróneas afirmaciones, “la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad” debido a que ya habían surgido “los hombres que empuñarían las armas” que le darían muerte, armas que habían sido forjadas por la burguesía; ya estaban en escena “sus propios sepultureros”, también producto de la burguesía. “Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía”, por tanto, concluyen el primer apartado del Manifiesto, “su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”. Así había sucedido con el feudalismo, con el esclavismo, así tendría que ser con el capitalismo. Lo que faltaba era organización y conciencia de los sepultureros, de la nueva “clase verdaderamente revolucionaria”; lo que faltaba era la “la organización del proletariado en clase”, en un partido político, el de los comunistas, y tomar conciencia para sí, conciencia de clase, para conquistar el poder político.

El “papel altamente revolucionario” de una clase, la burguesa, “apenas con un siglo de existencia”, ya estaba agotado. De la misma manera que en sociedades anteriores, los medios de producción y de cambio habían alcanzado un determinado grado de desarrollo que ya no correspondía con las relaciones sociales y que “frenaban la producción en lugar de impulsarlas”. Marx y Engels observaban que se estaba “produciendo un movimiento análogo”; como el mago –decían- que con sus conjuros ya no es “capaz de dominar las potencias infernales” que había desencadenado: “la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones sociales de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación”. Las crisis comerciales recurrentes –que por cierto para ese momento sólo habían sucedido cuatro en la primera mitad del siglo XIX y nada graves comparadas con las siguientes de ese mismo siglo- amenazaban “la existencia de toda sociedad burguesa”. Por esto los marxistas revolucionarios se regocijan con cada crisis cíclica del capitalismo, y mucho más si es realmente grave, lamentando, por otra parte, la inexistencia de la necesaria organización y conciencia del proletariado.

En el Manifiesto Comunista de 1847-48 se encuentran sintetizados los avances de Marx y Engels con respecto al método de análisis y la comprensión de la realidad, la comprensión del proceso histórico. El Manifiesto es una ruptura radical con el socialismo utópico, con la indignación moral e idealista de algunos de sus primeros trabajos, es un verdadero trabajo materialista; es también un análisis crítico del sistema capitalista en su conjunto, ve las leyes que dieron origen a la sociedad burguesa, reconoce los méritos históricos del sistema y de la burguesía -el desarrollo de las fuerzas productivas y la destrucción del sistema feudal-, y ubica al proletariado como la clase alternativa.

En la primera mitad de la década de los cuarenta del siglo XIX, Marx y Engels habían estudiado a fondo la filosofía alemana, criticando y superando las principales corrientes, dando origen a lo que posteriormente se va a llamar la dialéctica materialista y, particularmente, la concepción materialista de la historia7. La llamada filosofía marxista está inicialmente plasmada en un manuscrito elaborado conjuntamente en 1845-46, –La Ideología Alemana– que fue publicado íntegramente hasta 1927, en las Tesis sobre Feuerbach de Marx escritas en 1845, publicadas en 1888 por Engels, y consideradas por éste como “el primer documento en que se contiene el germen genial de la nueva concepción del mundo”, y la gran obra polémica de la Miseria de la Filosofía, un conjunto de dardos hirientes de Marx contra el francés Proudhon y su Filosofía de la Miseria, en 1847.

Muchos años después, Engels va a publicar obras propias como el Anti-Duhring8 en 1877-78, el folleto Del Socialismo utópico al Socialismo Científico en 1880, la obra Ludwing Feurbach y el fin de la filosofía clásica Alemana en 1886-88; en estas, Engels retomaría las importantes bases filosóficas de los cuarenta y sería la “ocasión para desarrollar (…) en una forma más coherente (las ideas de ambos) de lo que hasta entonces se había hecho” (Engels, 1892:99). En estos textos Engels va llamar a la “nueva concepción del mundo” aplicada a la historia y a la sociedad humana, primero concepción materialista de la historia y después lo denominará como “materialismo histórico”, entrecomillado, en 1892.

1.2 El desarrollo.

Entre los dos bloques de publicaciones, entre la década de los cuarenta y fines de los setenta en adelante, se encuentra el producto de quince años de trabajo -“el fruto de mi mejor periodo de la vida” le dice Marx a Lassalle9, quejándose amargamente del tiempo tardado en tener listo el manuscrito, debido a una de sus enfermedades, la del hígado, pero a la vez con la esperanza de que Lassalle le conseguiría un editor. Este producto era la primera parte de un plan ambicioso de publicaciones: la Contribución a la crítica de la economía política de 1859. La segunda etapa de sus estudios sobre economía, -la etapa de madurez y definitiva –que superó a la primera etapa como “economista10, en los cuarenta, va a cristalizar en la publicación de la Contribución y de El Capital (primer tomo), en vida de Marx.

Es muy posible que la Contribución sea una obra menos leída y estudiada que el primer tomo de El Capital, en parte porque ésta recoge (en la sección primera) una gran parte del primero, siendo El capital, su continuación. Pero, hay cinco páginas, que quizás sean –además de los dos primeros apartados del Manifiesto– la parte más leída de los textos marxianos: el famoso prólogo o prefacio. Lenin dice que en este prólogo “Marx formuló de un modo completo los principios fundamentales del materialismo aplicado a la sociedad humana y su historia” (Lenin, 1918: 32).

¿Quiere una síntesis apretada de lo que es el materialismo histórico?, entonces léase las cinco páginas. ¿Quiere conocer la filosofía marxista y la concepción materialista de la historia en extenso? tiene que leerse cuando menos las obras anteriormente señaladas. Después de quince años de trabajo y de unos 8 años de investigación económica en el British Museum, a partir de 1850 y de su último exilio en Londres, Marx da a conocer la Contribución y, en el prólogo, algunas indicaciones sobre la “marcha” de sus estudios político-económicos. El abogado por carrera profesional y el político por conciencia, llegó a la conclusión que las condiciones jurídicas y las forma políticas se tenían que comprender con base a las “condiciones materiales de vida” y no por el “desarrollo general del espíritu humano” de Hegel; descubrió que “era menester buscar la anatomía de la sociedad civil en la economía política”.

No es posible en una oportunidad como esta no recoger en toda su extensión el corazón de este prólogo, lo que Marx llama el “hilo conductor” de sus estudios: “En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general”. Y, enseguida, como un eco lejano, pero muy claro, de La ideología Alemana: “No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”.

Después, Marx analiza una parte de las contradicciones, la de las fuerzas productivas materiales con las relaciones sociales de producción “en un estadio determinado de desarrollo”. (La otra parte de las contradicciones es la base real y el edificio jurídicopolítico-conciencia social, que más adelante abordaré). “Esas relaciones –afirma- se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social”. Esta es una inferencia de la contradicción, muy apreciada por los marxistas revolucionarios, sobre todo cuando se expresa con crisis de todo tipo, no sólo económicas, por ejemplo hoy que se habla de una “crisis de civilización”, que abarca cualquier problema; la expresión marxiana sustenta que la posibilidad –en determinadas condiciones- se puede convertir en realidad. Es una inferencia que alimenta el optimismo revolucionario.

Siendo correcto que la sucesión, no lineal, de los modos de producción puede ser explicado por dicha contradicción y por un periodo revolucionario que lleva al triunfo al modo de producción “progresista” o “superior” (de nuevo ver el Manifiesto), no todas las crisis, no todas las reales contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales llevan a la “revolución”, entendida como un proceso radical que destruye el modo de producción y de cambio universal, pero si a transformaciones –a reformas- dentro del mismo modo de producción, dando paso a lo que se llaman fases o etapas: capitalismo de libre competencia a capitalismo monopolista o una etapa de no globalización a una llamada globalización.

Marx, en el prólogo a la Contribución, se refiere al cambio de modo de producción, -es decir de feudalismo a capitalismo o de éste al comunismo- cuando dice que “una formación social jamás perece hasta tanto no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad” (Marx aquí menciona el modo de producción asiático, el antiguo, feudal y el burgués moderno).

Como sabemos, no se ha dado dicha revolución, aunque hay que tener en cuenta que la antigua existencia del llamado campo socialista, que empezó con la revolución rusa, fue explicada con el principio marxiano de dicha contradicción. Pareció que las relaciones sociales de principios del siglo XX, se habían convertido en ataduras del desarrollo: guerra mundial, crisis económicas, movilizaciones radicales, la revolución rusa. Era la etapa de decadencia y del parasitismo financiero del capitalismo imperialista, según Lenin. Había empezado la “revolución proletaria y socialista” (no hay acuerdo en dicha caracterización) en el eslabón más débil pero bajo el influjo del principio, de la contradicción, y sólo era cuestión de tiempo para completar la tarea en todos los países, para la revolución en los principales países.

Marx y Engels desde La Ideología Alemana veían un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas como premisa material del comunismo; dicho desarrollo – escribieron- “entraña ya, al mismo tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la existencia puramente local de los hombres”; enseguida, insisten en su importancia, “constituye también una premisa absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior” (Marx, 1927: primer capítulo, apartado 5). Leída hoy esa parte, parece agorera, los experimentos socialistas no se pudieron sostener y han recaído en “la porquería anterior” ¿faltó tiempo o faltaron las bases materiales, o los dos?

Con este método, con esta categoría (histórico universal), explicaron en el Manifiesto el paso del feudalismo al capitalismo. Así explica el llamado materialismo dialéctico la historia de los hombres, la historia de las sociedades, con base a “la ley del desarrollo de la historia humana”, que según Engels consiste en “el hecho, tan sencillo, pero oculto (…) bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o de una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo” (Engels, 1883)

¿Acaso a alguien le parece que dicha ley es muy general; que pertenece a esas leyes que explican todo? Así son las llamadas leyes generales e históricas: explican todo pero en última instancia. ¿Han escuchado esta expresión? por supuesto, la usamos los economistas, sobre todos los marxistas. Es la expresión mágica del marxismo, es la explicación de los fenómenos en niveles de abstracción-concreción. Es la respuesta de Engels a las críticas de que el materialismo histórico se basaba en un solo factor, el económico; que era determinista económico (punto que veremos más adelante). Por cierto en la cita anterior, conocida sólo esa parte, y debido al énfasis se puede desprender dicha apreciación.

Engels en sus últimos cinco años de vida enfrentó a la crítica y no sólo con la respuesta anterior, sino con el “juego mutuo de acciones y reacciones entre todos los factores”; llegó a reconocer que, en parte, Marx y él tenían culpa, debido a que subrayaron “el factor o principio cardinal y no tuvieron tiempo, espacio y ocasión para dar la debida atención a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones”. Aún con esa mea culpa, el daño ya estaba hecho. Los críticos continuarían y continúan con lanzas, una el determinismo de un solo factor y dos, la teleología marxiana, entendida como la creencia de que la historia marcha inexorablemente hacia un fin, el de la revolución proletaria y el socialismo. Pero antes de abordar la respuesta de Engels a las críticas, con una nueva explicación, veamos la aplicación de la concepción materialista de la historia, en donde el fusil es portador de la civilización.

1.3 La aplicación: Las revoluciones en marcha

Todavía estaba fresca la tinta del Manifiesto Comunista cuando ante los ojos de Marx y Engels estalla una (esperada) oleada de revoluciones en el continente europeo: en febrero de 1848 en París, en marzo en Berlín, enseguida la “primera” revolución proletaria en junio de 1848 en París, también revoluciones en Viena, en Milán; revoluciones y acontecimientos políticos del periodo 1848-1852 analizados por Marx en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte y por Engels en Revolución y contrarrevolución en Alemania. Parecía que las profecías del Manifiesto se realizaban.

Para Engels, la obra Las Luchas… es el primer ensayo de Marx en que explica “un fragmento de historia contemporánea mediante su concepción materialista, partiendo de la situación económica existente”. A diferencia del Manifiesto, continúa Engels, en que se “había aplicado a grandes rasgos la teoría a toda la historia moderna” en los cuatro artículos –publicados originalmente en una revista alemana- que comprende Las Luchas… la teoría se había empleado para explicar la coyuntura, los acontecimientos políticos del momento, “el nexo causal interno”, las causas “en última instancia económicas”, advertía Engels en la Introducción escrita en marzo de 1895.

Las revoluciones de 1848 habían sido producto de la actividad económica, de las crisis económicas, de la crisis agrícola, de la crisis del comercio mundial. Engels define que la crisis del comercio mundial de 1847 “había sido la verdadera madre de las revoluciones de febrero y de marzo”, pero, también, a la inversa, la subsiguiente prosperidad industrial que llegó a su apogeo en 1849 y 1850 “fue la fuerza animadora que dio nuevos bríos a la reacción europea otra vez fortalecida”. Sin embargo, recuerda Engels que en los tres primeros artículos de 1850 “late todavía la esperanza de que pronto se produzca un nuevo ascenso de energía revolucionaria”, pero –reconoce que- era sólo una “ilusión” ya que “una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como ésta” (Engels, 1895:192). Crisis que se produciría en Inglaterra, el centro del mundo11, en 1857, pero sin revolución alguna. A partir de aquí ya no predijeron revolución12. Marx en el primer artículo, La derrota de junio de 1848, afirma en 1850, que “dos acontecimientos económicos mundiales aceleraron el estallido del descontento general e hicieron que madurase el desasosiego hasta convertirse en revuelta”: la plaga de la patata y las malas cosechas de 1845-1846, y la crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra. A su vez, la dialéctica ante todo, “la crisis revolucionaria agudizó la crisis comercial.” (Marx, 1850: 213 y 221).

Una conclusión que saca Engels en 1895, de la derrota del proletariado, es que “el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista13, las relaciones sociales aún no eran trabas al desarrollo de las fuerzas productivas, de acuerdo con la contradicción básica expresada en el prólogo de la Contribución. Para Engels la prueba de lo anterior, fue la “gran capacidad de extensión” del capitalismo, de la gran industria, en el continente europeo a partir de la “revolución económica” de 1848 (Engels, 1895:196).

Marx y Engels analizan una evolución política y social de varios años en Francia y Alemania; un proceso que empezó con la revolución de febrero y marzo de 1848 en París y en Berlín, hasta concluir con el golpe de estado en Francia por parte de Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón; aquí es el derrocamiento de la Segunda República y la reinstauración de la Monarquía por un advenedizo que aprovechó la debilidad de la burguesía y del proletariado, incapaces de mantener y de conquistar el poder respectivamente.

El estudio de la historia francesa es un mosaico colorido de las clases sociales, de sus intereses, de los portavoces, de los partidos en lucha por el poder. Es un análisis en el momento, con apenas unos meses de historia económica, social, de historia política; desfilan las clases, los personajes, las instituciones que hacían la historia: la aristocracia financiera, los banqueros, la burguesía industrial, la pequeña burguesía, los campesinos, la monarquía, el lumpenproletariado, la clase obrera industrial, el Estado, el gobierno monárquico, el gobierno provisional, los partidos, los ideólogos, etcétera.

Engels glosaría las obras de Marx de la situación francesa de mitad del siglo XIX como un análisis que había resistido el paso del tiempo, debido a la aplicación del método materialista a “la marcha de la historia”; el nuevo método, según el cual “todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son, en realidad, más que la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales, y que la existencia, y por tanto también los choques de estas clases, están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su situación económica, por el carácter y el modo de su producción y de su cambio, condicionado por ésta” (Engels, 1885:407).

Otra revolución en marcha -cambios históricos trascendentales- en la mitad del siglo XIX era llevada a cabo por Inglaterra en la India. La Dominación británica en la india, de junio de 1853 -publicado como artículo de coyuntura en la colaboración regular en el New York Daily Tribune- es otro ejemplo de la aplicación del materialismo. Marx y Engels definían a las sociedades de la época como civilizadas o bárbaras con base al desarrollo de las fuerzas productivas14. Inglaterra era sociedad civilizada, la India era semicivilizada y semibarbara. La primera era sociedad y civilización burguesa, la segunda estaba compuesta por miles de decenas de “idílicas” comunidades patriarcales, rurales, dividas por las diferencias en castas y por la esclavitud y regidas por el despotismo oriental.

El artículo anterior y su secuela Futuros resultados de la dominación británica en la India, de julio 1853, son un ejemplo del análisis basado en la marcha de la economía, en la aplicación de las leyes de la economía política. Inglaterra como nación y la burguesía industrial como clase dominante representaba el papel revolucionario y civilizador – planteado en el Manifiesto de la siguiente manera: “la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza” (Marx-Engels, 1848:115). Marx se preguntaba –en estos dos artículos sobre la India- si la “humanidad puede cumplir su misión (civilizadora) sin una revolución a fondo en el estado social de Asia”. Para él, Inglaterra era “el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución”; era preferible la conquista de la India por Inglaterra que por los turcos, los persas o los rusos. La primera nación podía cumplir en la India “una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro”, tenía que “destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”. Los británicos, a diferencia de los “conquistadores bárbaros”, no serían “hinduizados” -es decir, conquistadores conquistados-, sino, siendo Inglaterra una “civilización superior” tenía la capacidad de destruir “la civilización hindú”, destruir las comunidades nativas, arruinar por completo la industria indígena. Marx veía que la dominación británica dejaba “tras los montones de ruinas (que) a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado”.

La Inglaterra burguesa cambiaría la historia de la India con base a la “artillería pesada” (conocida expresión del Manifiesto) de los bajos precios de las mercancías, por medio del vapor inglés, de la ciencia, del telégrafo, del libre comercio, del ferrocarril, de la industria moderna; “la industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones geológicas crearon la superficie de la tierra” les decía a los lectores estadounidenses.

Parece un análisis glorificador de la Inglaterra invasora burguesa y justificador de la necesidad de un nuevo orden económico y social –como también lo parecen algunos pasajes del Manifiesto15. El de Marx es un análisis pretendidamente objetivo, con base a la aplicación de “las leyes orgánicas inmanentes de la economía política, vigentes en la actualidad para cualquier ciudad civilizada” y desprovisto de “lamentos”, de “tristeza”, de “sentimientos personales” (Marx hace alusión directa a dichos estados de ánimo sin mella alguna en su análisis), pero no carente de crítica a la “hipocresía” y a la “barbarie” de la civilización burguesa, aunque reconociendo que el “progreso” que la burguesía realiza es por medio de “la sangre y el lodo, la miseria y la degradación” de los individuos aislados y de pueblos enteros, algo así como un proceso normal, histórico y necesario, es el proceso de “la llamada acumulación originaria”.

Marx, en esta etapa, confiaba en el papel progresista y civilizatorio del capitalismo inglés y se pronunciaba a favor de las medidas burguesas que destruían las formaciones sociales bárbaras, no capitalistas, pero sólo en un sentido revolucionario anticapitalista, en el sentido de crear las condiciones materiales y sociales necesarias para la revolución socialista; era la necesidad de crear un nuevo mundo (el capitalismo) que a su vez diera origen a otro superior. Nunca fue otro el objetivo del Marx revolucionario; no era apologista del sistema capitalista, pero tampoco ingenuo para pensar que el comunismo se podría lograr sin el desarrollo de las fuerzas productivas, como premisa material, y el desarrollo de la clase proletaria, como premisa social.

No se le puede atribuir a Marx un sentimiento nacionalista –no siendo inglés, siendo alemán de nacimiento, pero apátrida por convicción política (en el sentido de que el “proletariado no tiene patria”) aunque puede ser acusado de eurocentrista16 – en relación a la conquista de la India por Inglaterra, o de cualquier otra nación bárbara. Marx y Engels veían en las naciones civilizadas de la época –Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos- las portadoras del progreso histórico en la medida que destruían al feudalismo u otras formaciones sociales atrasadas. Su método, basado en la economía, chocaba con el método, por ejemplo, del anarquista Bakunin; éste se basaba, según Engels, en la moral, en la justicia y en la humanidad y, por tanto, en vez de aplaudir el avance de los conquistadores burgueses, lo denunciaba. No hay duda de que este método es el actual imperante, al igual que en aquella época.

Un ejemplo de análisis materialista, más cercano geográficamente, es la guerra de Estados Unidos y México en 1847. Artículos coyunturales de Marx y Engels en revistas alemanas expresan “complacencia” por el avance de los “valientes americanos” sobre los “perezosos mexicanos”; Engels escribía así “En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos” (Engels 1847:183).

México era así, con la “conquista” por parte de “América”, lanzado violentamente al movimiento histórico por su propio interés como nación y particularmente de la burguesía. ¿No era la violencia –entendida como la “partera de la historia” (otra expresión clásica de Marx), una potencia económica- el único medio para el progreso histórico?, ¿Qué importancia tenía la teoría moral y justiciera de Bakunin y su reproches a los norteamericanos por no ser “hermanos” ante la tarea civilizatoria?: “la ¨justicia¨ y otros principios morales quizás sean vulnerados aquí y allá, ¿pero, qué importa eso frente a tales hechos históricos-universales”, escribía Engels en 1849 (p. 190).

Engels aplaudía “los gloriosos avances de la civilización en Turquía, en Egipto, en Túnez, en Persia y otros países bárbaros”, pero sólo en el sentido revolucionario antes señalado, ya que los burgueses “trabajan sólo en nuestro interés”: “Como es sabido, no somos amigos de la burguesía. Pero en esta ocasión aceptamos su triunfo…nada más evidente que en todas partes, ellos no hacen más que abrirnos el camino a nosotros, los demócratas y comunistas…para inmediatamente después ser a su turno derrocados. Por doquier se alza tras ellos el proletariado…no lo olvidéis el verdugo está a la puerta”.17

Con una mentalidad diferente a la marxiana, con un método cercano al de Bakunin, es decir moralista, puede ser indignante e impactante18 la aprobación –por parte de los fundadores del marxismo- de la conquista por medio de las armas sobre una nación menos poderosa; quizá es por esto, que los escritos referidos son los menos divulgados, y –finalmente- explicados por los exegetas como un análisis correcto para la época, es decir para la etapa considerada por los marxistas del siglo XX, como ascendente del “capitalismo progresista19 pero inaplicables dichos principios a la fase imperialista20. El dominio de una nación por otra a través de las armas –que es el caso que estamos tratando- no tendría ningún papel civilizador sino todo lo contrario, sólo destruiría y sometería a la colonia al subdesarrollo permanente; esta ya sería la posición de la Tercera Internacional leninista. En la etapa imperialista las naciones se dividen en dependientes, sin igualdad de derechos, en naciones opresoras, explotadoras y, por lo tanto, la “dominación extranjera obstaculiza el libre desarrollo de las fuerzas económicas”. Ya no es necesaria la premisa material del desarrollo de las fuerzas productivas, porque con la vanguardia del partido proletario (tras de sí los campesinos) y los soviets en un país atrasado, una nación atrasada podrá “acceder al comunismo sin pasar por los diferentes estadios del desarrollo capitalista”, conducidos –y apoyados por el proletariado consciente de los países capitalistas desarrollados y por los gobiernos soviéticos. No era inevitable la fase de desarrollo capitalista. El proceso histórico no lineal. La historia a saltos por medio de la revolución.

1.4 El complemento y énfasis final de Engels

1.4.1 Determinismo económico

Decía, anteriormente, que Engels en sus últimos cinco años de vida se propuso aclarar la relación entre los dos niveles de la ecuación materialista, la estructura económica y la superestructura política e ideológica. El punto de partida de esta última etapa de elaboración teórica fue un libro del filósofo y sociólogo alemán Paul Barth, en donde critica a Marx por un supuesto determinismo tecnoeconómico; Engels de una manera muy airada, basado en una fuente indirecta, sin haber leído el libro, le comenta a Conrado Schmidt el 5 de agosto de 1890 que Barthno ha comprendido todavía que si bien las condiciones materiales de vida son el primum agens (la causa primera), eso no impide que la esfera ideológica reaccione a su vez sobre ellas, aunque su influencia sea secundaria”. Había, por primera vez, explicitado el papel de la esfera ideológica sobre la condición material y niega lo que hoy llamaríamos un automatismo o mecanicismo del materialismo histórico.

Por las líneas siguientes de la carta a Schmidt, se deduce que Marx y Engels ya estaban conscientes de la utilización mecánica de su método por parte de seguidores (“muchos amigos”) y, revela, que Marx a fines de la década de los 70 había dicho, “refiriéndose a los ¨marxistas¨ franceses, que ¨lo único que sé es que no soy marxista¨”. Parece un deslinde en términos del método, aunque esta misma expresión negadora (por cierto se cita en francés) se le atribuye en otras fuentes con respecto a la autodesignación de los amigos guesdistas franceses como “marxistas”, etiqueta que Marx y Engels rechazaban por considerarla una marca sectaria (Haupt, 1979:212-219). Pero quedémonos con la primera acepción, la de la crítica al método, porque Engels va de nuevo a reprochar a los ¨marxistas¨ en carta posterior.

Una mayor precisión y ampliación de su materialismo histórico se encuentra en la carta dirigida a José Bloch en septiembre de 1890: “según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia21 determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda”. Aclaración necesaria – que el factor económico es determinante en última instancia y no es el único- porque los otros factores, los de la superestructura, “ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico”.

Engels va a reconocer en esta carta parte de la culpa, junto a Marx, por el hecho de que sus discípulos “hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico”; ellos mismos habían subrayado “este principio cardinal”, que negaban los adversarios, y “no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones”. Reprocha a los nuevos ¨marxistas¨ por no haber entendido totalmente, no haber asimilado exactamente, las tesis fundamentales.

En las décadas de los setenta y ochenta del siglo XIX, cuando el marxismo tenía adeptos, “mucho más allá de las fronteras de Alemania y de Europa y en todos los idiomas cultos del mundo” (Engels, 1886: 354), Engels publicó los textos que se convertirían en los portadores de la filosofía marxista, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico; Engels aprovechó la posición de compañeros socialistas, como Eugen Dühring o burgueses como C. N. Starcke, y en un una análisis crítico, expuso de manera sistemática y más desarrolladas las ideas que conjuntamente con Marx había elaborado en los años cuarenta; el fruto fueron dos obras fundamentales, el llamado Antidhüring y el Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana; del primero se tomaron tres partes y surgió un texto más sencillo y concreto de mayor divulgación, Del socialismo utópico al socialismo científico. Sin embargo, no fueron suficientes para la asimilación exacta, como él pretendía, de parte de los adeptos. De allí la importancia de las cartas reveladoras, publicadas pocos meses después de su muerte.

En una segunda carta a Schmidt en octubre de 1890, Engels da una explicación concreta sobre el papel de la política, del Estado en el desarrollo económico, y aporta una expresión que cubre un hueco de la teoría, es la independencia relativa, también traducida como autonomía relativa: “Es un juego de acciones entre dos fuerzas desiguales: de una parte, el movimiento económico, y de otra, el nuevo poder político, que aspira a la mayor independencia posible y que, una vez instaurado, goza también de movimiento propio. El movimiento económico se impone siempre, en términos generales, pero se halla también sujeto a las repercusiones del movimiento político creado por él mismo y dotado de una relativa independencia: el movimiento del poder estatal, de una parte, y de otra el de la oposición, creada al mismo tiempo que aquél.” De esta manera Engels se quiso desprender de la crítica del filósofo alemán, quien dio origen a las nuevas explicaciones engelsianas conocidas en un tiempo sólo por el destinatario de sus cartas: “si Barth cree que nosotros negamos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento22. Enseguida, pone de ejemplo a El dieciocho Brumario y El Capital como obras de Marx donde la lucha, los acontecimientos políticos, la legislación juegan un papel esencial y ejercen una influencia relevante. Y para que no quedara duda de la importancia de la política, le enfatiza a su camarada Schmidtsi el poder político es económicamente impotente, ¿por qué entonces luchamos por la dictadura política del proletariado? ¡La violencia (es decir, el poder del Estado) es también una potencia económica!”.

Años después, en 1893, casi cerca de su fin, Engels se da tiempo para regresar al tema y se muestra indulgente con Franz Mehring un discípulo aventajado y fiel, quien también había caído en el error: “Es la historia de siempre: en los comienzos, se descuida siempre la forma, para atender más al contenido. También yo lo he hecho, como queda dicho, y la falta me ha saltado siempre a la vista post festum. Así pues, no sólo está muy lejos de mi ánimo hacerle un reproche por esto, pues, por haber pecado antes que usted, no tengo derecho alguno a hacerlo, sino todo lo contrario; pero quería llamar su atención para el futuro hacia este punto.

Aquí está la insistencia de Engels en el juego de las acciones y reacciones entre los factores, o de causas y efectos, pero aclarando que el determinante en última instancia o en términos generales y no único, es la estructura económica -la sociedad civil, las fuerzas productivas, las relaciones sociales; mientras que los factores agrupados, en el llamado por Marx, edificio23 jurídico-político y formas de conciencia social, siendo reflejos, también cumplían con un papel, también repercutían o influían en el factor económico, incluso determinan la forma; dependían de éste, pero no absolutamente, sino con una independencia relativa, y, como en el caso del poder político, con movimiento propio.

1.4.2 Determinismo Histórico: Teleología

Otra fuerte crítica al marxismo es que ve a la historia como proceso inapelable, inevitable, independientemente de la voluntad y de la acción de los hombres. Le atribuyen a Marx, debido a la influencia de Hegel, la creencia de que la historia marchaba inexorablemente a un fin predeterminado, en este caso a la desaparición del capitalismo, por medio de la revolución proletaria, y la construcción de una sociedad socialista; es decir marcharía ineluctablemente a sociedades superiores. Era un proceso lineal, de sólo avances, sin retrocesos.

Al igual que la crítica al determinismo económico, la crítica a la llamada teleología marxista (en este sentido no sólo al marxismo de Marx y Engels, sino a los seguidores al pie de la letra) tenía como sustento una infinidad de aseveraciones contundentes24. En Marx y Engels se puede encontrar, en el Manifiesto como un ejemplo, la creencia o profecía de una inminente revolución, a veces de tipo proletario; previsiones que Engels expresó, con respecto a Inglaterra, en sus años juveniles y en el ocaso de su vida. Perspectivas positivas desde su punto de vista, por un lado son interpretadas por los seguidores como el optimismo implícito de todos los revolucionarios, como una creencia apasionada en la revolución, o una fe y confianza inquebrantable en un futuro diferente. Pero, por otro lado, son vistas dichas profecías, por los críticos liberales, como la creencia equivocada en una “instancia superior objetiva e independiente de nuestra voluntad: la historia y las leyes del desarrollo social”, y que deducen los marxistas una interpretación de la sociedad “movida por una lógica inmanente y quimérica”, y le prestan un “culto a la lógica de la historia”; los liberales –inspirados por Karl Popper25– critican y niegan que se puedan obtener leyes sociales –como las leyes naturales- y conocer “el movimiento de la historia y sus designios” (Paz:1993), mismos designios –dicen- son los que se proponen los revolucionarios.

Una base de la supuesta teleología de Marx se encuentra al final del primer capítulo del Manifiesto: “La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”. Deseo o profecía que parecía que estaba a punto de cumplirse con las revoluciones francesas y alemanas de 1848; aún después de derrotadas, Marx y Engels compartían un ánimo optimista y esperaban la siguiente crisis económica para que engendrara otra revolución; la crisis de 1857 los llevó a plantear de nuevo la inminencia de la revolución; ¿éstas profecías son teleología o errores predictivos? Para los adversarios al marxismo es lo primero. Los críticos no aceptan determinismo histórico ni la existencia de leyes sociales. Como es sabido, Marx se propuso, en su obra El Capital, “sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”; leyes “naturales-históricas” de la producción capitalista que se manifiestan como “tendencias que operan y se imponen con férrea necesidad” de tal manera que “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro“. Marx no sólo veía el futuro con un capitalismo generalizado en todos los países, sino había encontrado al “sujeto histórico”, producto del capitalismo, “cuya misión histórica consiste en trastocar el modo de producción capitalista y finalmente abolir las clases: el proletariado” (Marx, 1867a: el prólogo), la única clase realmente revolucionaria.

Para rematar la expectativa de desarrollo y fin del modo de producción planteada en el Manifiesto y reiterada en muchos otros textos, Marx concluye el primer tomo de El Capital con una síntesis del proceso de acumulación originaria del capital,26 la destrucción de formas sociales antiguas, la creación y desarrollo del capitalismo. Pero, de acuerdo a las leyes de la dialéctica -la transformación de la cantidad en calidad y la negación de la negación-, y conforme al principio de las “ataduras” planteado en el prólogo de la Contribución, y con una nueva contradicción abstracta marxiana: “la centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista”. El proceso descrito en El Capital –desde la acumulación hasta la centralización en monopolios- llevaba al rompimiento de la corteza capitalista (Marx dice que la contradicción “la hace saltar”) y “suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados”. El final de este apartado y del capítulo se liga al Manifiesto, por medio de la cita de la “ruina de la burguesía y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” (con un partido de clase y la toma del poder político). No hay duda que este diagnóstico, con base al materialismo histórico, y esta previsión-profecía la mantuvieron Marx y Engels por siempre. ¿Análisis objetivo, teología,27 teleología? Para los seguidores de Marx, es lo primero, una apreciación objetiva de la llamada tendencia histórica de la producción y acumulación capitalista.

Lenin, el principal discípulo, el más ortodoxo (es decir fiel y apegado a los principios de los fundadores) jamás dudo. En uno de los varios análisis sobre el marxismo afirma que “Marx deduce entera y exclusivamente de la ley económica del movimiento de la sociedad contemporánea lo inevitable de la transformación de la sociedad capitalista en socialista.” El descubrimiento de la “ley económica”, es decir todo el proceso de desarrollo capitalista -para Lenin la socialización del trabajo, el incremento de la gran producción, los cárteles, sindicatos y trusts capitalistas, el desarrollo y poder del capital financiero- eran la “principal base material del advenimiento inevitable del socialismo”; Lenin, al igual que los padres fundadores, jamás pensó que sólo por esta base material se llegaría al objetivo, sino mediante la lucha del proletariado “el motor intelectual y moral, el ejecutor físico de esa transformación (…), educado por el capital mismo” (Lenin, 1918:45-46).

Hay que observar que Lenin como Marx y Engels veían el desarrollo capitalista -el más alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas y el consecuente fortalecimiento del proletariado- como condición indispensable para llegar al socialismo; no como después, a partir del triunfo bolchevique de 1917, se invirtió la premisa: el socialismo como medio para lograr el desarrollo aún en un país atrasado.28

2. LA ANTÍTESIS: critica revisionista

Hasta allí llegó Engels, hasta complementar o ampliar las bases del materialismo histórico. Podría pensarse que –sin haber ignorado, al igual que Marx, el importante papel de la superestructura- fue con las cartas personales, motivadas por las críticas de Barth29, que Engels ponía punto final a la discusión. Sin embargo, no fue el final sino el principio de un largo debate, que aún continúa en el siglo XXI, si no abierto, está presente, está implícito con dos posiciones: la de los marxistas y la de los “marxistas30 y, junto con estos, la corriente liberal.

Pero no fueron los liberales los que lanzaron los primeros ataques sobre las bases filosóficas del marxismo. Las críticas directas vinieron de un marxista -sin comillas amigo, discípulo directo, colaborador de Marx y Engels, sobre todo de éste; estoy hablando de Eduard Bernstein. Este socialdemócrata alemán hoy es la bestia negra del marxismo, el “revisionista” por antonomasia, el líder reformista, “el pensador marxista” más denostado y menos leído31 en nuestro tiempo. Pero cuando fue publicada su obra fundamental Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia en 1899, fue el texto más debatido por los socialistas de la época y es el que dividió al movimiento socialdemócrata internacional entre los reformistas y los revolucionarios de acuerdo al medio propuesto para llegar al socialismo.

Bernstein se definió a sí mismo como “un socialista de la escuela marxista (que) hacía por primera vez una crítica a una serie de principios del marxismo mismo” (Bernstein, 1899a:275). Bernstein es al igual que Karl Kautsky, Franz Mehring, Jorge Plejanov, Antonio Labriola, parte de la primera generación de marxistas educados, algunos directamente por los fundadores y quienes teorizaron el marxismo, el materialismo histórico siguiendo a sus maestros32.

En el momento en que salió el libro de Bernstein, y aún antes cuando publicó su posición en artículos, y debatió con Kautsky en la revista del Partido Socialdemócrata, fue calificado con varios adjetivos: como “evolucionista” (aprovechando el concepto por él utilizado), “revisionista” (etiqueta que él mismo retomó y enarboló como principio teórico y político) “renegado”, “ex ortodoxo”, y “marxista”. Definiciones teóricas y políticas necesarias para desbrozar el camino de hierba mala; no hay concesión alguna a los que desvían los principios marxianos o marxistas. Es en el debate y a veces por medio de las expulsiones que se forja el acero, la militancia, necesario para la misión histórica. Después, muy poco después, serían endilgadas las mismas definiciones a Kautsky y a Plejanov por parte de miembros de la tercera generación (sigo con la taxonomía –de acuerdo a la edad- de Anderson) de teóricos y militantes marxistas como Lenin y Rosa Luxemburgo, con base a los mismos defectos de Bernstein. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la ruptura fue definitiva, el campo se dividió entre socialchovinistas, socialpatriotas e internacionalistas; entre socialdemócratas y comunistas (se regresaba a los orígenes, para hacer la diferenciación y el deslinde político).

¿Cuáles son las diferencias iniciales y cuáles son las desviaciones con respecto a la teoría? La primera discrepancia se presentó en 1896 a partir de una tesis aprobada en el Congreso Socialista Internacional en Londres que refería “al desarrollo económico tan avanzado que pronto puede sobrevivir una crisis”. Bernstein la interpretó33 como “la gran crisis histórica mundial”, y no como cualquier normal crisis comercial y por tanto sería “el detonante de la gran revolución social”. Tesis, a la que va a llamar la teoría del derrumbe, con la cual Bernstein estuvo en desacuerdo porque no veía condiciones para tal hecho; no esperaba crisis económica de mayor gravedad sino atenuadas: “la socialdemocracia no puede ansiar ni confiar en el cercano derrumbe del sistema económico existente si lo piensa como el producto de una espantosa gran crisis comercial”. Reiteró su posición en el Congreso realizado en Stuttgart en octubre de 1898: “Me opuse a la idea de que nos encontramos en vísperas de un inminente fracaso de la sociedad burguesa y de que la socialdemocracia debe definir y por consiguiente supeditar su táctica a la perspectiva de dicha catástrofe social general inminente.” Para Bernstein era “improbable” “un derrumbe total y prácticamente simultáneo” debido a la “capacidad de atenuación” (otra traducción: adaptación) del capitalismo. Con esta postura se desató una discusión interminable, que continuó en la Tercera Internacional leninista, después –y sobre todo- en la Gran Depresión de la década de los treinta y es momento en que no se agota.

¿De dónde venía la inspiración para una posible “teoría catastrofista”?, según Bernstein básicamente, del Manifiesto Comunista porque había cambiado la situación y no se podían sacar las mismas conclusiones particulares, no se había dado la “agudización de las relaciones sociales”, como postulaba el Manifiesto, el número de los poseedores de riqueza no disminuía sino aumentaba, no había desaparecido la clase media, sino aumentado, avanzaban las instituciones democráticas, y las crisis eran de menor gravedad. Éstas eran parte de las tendencias que no se ajustaban a las previstas por Marx y Engels. De la situación real se derivaban tácticas políticas para obtener el poder político por parte del proletariado para construir el socialismo con medios pacíficos, por medios electorales, parlamentarios, para el fortalecimiento de la democracia, de los derechos de los trabajadores, del sindicalismo, de los partidos y la conciliación de clases, pero no por medio de las “sangrientas revoluciones” de tiempos pasados. Esta es la diferencia principal –ayer y hoy- entre los reformistas y los revolucionarios: la “papeleta electoral” (expresión de Bernstein) o la violencia revolucionaria para lograr el “objetivo final.

Bernstein apeló a los cambios que Marx y Engels habían hecho del documento básico –el Manifiesto– en prólogos de posteriores reimpresiones, sin embargo no se atenuó el “escándalo” y la crítica, al contrario se agudizó cuando reconoció que “creía” que Marx y Engels tenían “errores y contradicciones.

Las diferencias expresadas en documentos partidarios, para discusión de congresos y debate en las publicaciones, lo llevó a escribir la obra que será llamada “la biblia del revisionismo”. Aquí empieza con el análisis crítico de los “principios fundamentales del socialismo marxista”. Critica la “validez” de una categoría básica del materialismo histórico que viene de la dialéctica hegeliana, la necesidad histórica; enseguida, como consecuencia de esta define al materialista como “calvinista sin Dios”: “si no cree en la predestinación por decreto divino, cree sin embargo y debe creer que a partir de un momento cualquiera, todo evento posterior está predeterminado por la totalidad de la materia dada y por las relaciones dinámicas de sus partes”. Después Bernstein es más preciso: “transferir el materialismo a la historia significa, por lo tanto sostener a priori la necesidad de todos los eventos y evoluciones históricas.34

Bernstein después de establecer dicha tesis, utiliza la parte medular del prólogo a la Contribución y lo define de la siguiente manera: “lo primero que salta a la vista es su tono apodíctico”,35 ha encontrado en Marx un dogma o axioma. Esto para empezar, es como poner una banderilla al toro; sigue la toreada, es decir el análisis. Toma la famosa y fundamental premisa de que “no es la conciencia la que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”, y, Bernstein ve que los dos niveles -conciencia y existencia- “se contraponen tan violentamente que fácilmente se puede concluir que Marx considera a los hombres únicamente como agentes vivientes de las fuerzas históricas, cuya obra realizan voluntaria o involuntariamente”. En pocas palabras “la conciencia y la voluntad de los hombres aparecen como un factor muy subordinado al movimiento material”. Bernstein, enseguida, percibe un tono “no menos predestinatorio” en la frase de Marx del prólogo al primer tomo de El Capital sobre las leyes naturales que operan y se imponen con “férrea necesidad”.

Recapitulando, Bernstein primero plantea el “problema de la validez” de la concepción materialista de la historia a partir del “problema sobre la necesidad histórica y sobre sus causas”, ve la inevitabilidad de los hechos históricos en la teoría materialista, encuentra dogmas en postulados básicos y predestinación de los hechos, independientes de la conciencia y voluntad de los hombres. Esto obtenido a partir de dos textos principales de Marx.

De Engels retoma el Antiduhring y ve “mucho más condicionada la dependencia de los hombres respecto a las relaciones de producción”, debido a que Engels afirma que ¨las últimas causas de todos los cambios sociales y de todas las convulsiones políticas¨ no deben buscarse en las cabezas de los hombres, sino ¨en los cambios del modo de producción y del intercambio¨. Si hay “últimas causas”, Bernstein, deduce que hay causas de segundo, de tercer grado, etcétera y que en la medida que sean distintos grados de causas, entonces “la fuerza” de las últimas causas “resulta más limitadas, cualitativa y cuantitativamente”. Entonces, el resultado de la “acción combinada de distintas fuerzas, sólo puede valorarse con seguridad si todas las fuerzas se conocen exactamente y se toman en cuenta en todo su valor”, de lo contrario habría “desviaciones mucho mayores”. Apenas encuentra una buena tesis en Engels, reconociendo que Marx compartía dicha posición, cuestiona el grado de determinación de todas y cada una de las causas, buscando la exactitud matemática (menciona el saber del matemático).

Adelantándome diré que Bernstein concluye en que el materialismo de Marx y Engels es una “teoría científica de la historia”, pero con una condición. Es aquí donde entran las cartas de Engels, ya mencionadas anteriormente; basado en la carta a José Bloch de septiembre de 1890 y otra dirigida a W. Borgius en enero de 1894, ambas publicadas en 1895; Bernstein analiza que “Engels delimitó aún más la fuerza que determina las relaciones de producción…”, aún más –dice- en relación con el Antiduhring y cualquier otra obra y admite que “el tono es algo distinto del que tiene el pasaje de Marx que citamos al principio”, el tono axiomático del Prólogo a la Contribución. Acepta que Marx y Engels no debieron desconocer la existencia de “factores no económicos que ejercen un influjo sobre el curso de la historia”, pero el problema para Bernstein no es ese -saber de la influencia en los dos sentidos- sino la “gradación”, el grado de influencia de los factores, concretamente de los ideológicos, respecto a la historia. Y le parece incontestable que en las obras juveniles –a diferencia de las obras de madurez36– reconocían la influencia de los factores ideológicos sólo “en forma muy limitada en el desarrollo de la sociedad” y como una “reacción muy débil sobre las relaciones de producción”.

Bernstein ha encontrado dos etapas en la producción teórica de Marx y Engels, la juvenil y la de madurez. Ha dejado en claro dos tonos el “apodíctico” y “algo distinto”, ha señalado la diferente fuerza en los “grados de influencia” de los factores. Por tanto, “quien en los tiempos presentes aplica la teoría materialista de la historia está obligado a aplicarla en su forma más avanzada y no en su forma primitiva; tiene la obligación – continúa- de tomar en cuenta plenamente, además del desarrollo y el influjo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, las concepciones morales y jurídicas, las tradiciones históricas y religiosas de cada época, el influjo de los factores geográficos y de todos los demás factores naturales…”. Bernstein recurre en la argumentación a la carta de Engels a Schmidt de octubre de 1890, recogiendo la categoría de “autonomía de movimiento” de los factores sociales y políticos (el Estado), que a su vez influyen en el desarrollo económico. El desarrollo económico como “causa” y como “consecuencia”; de modo que las fuerzas (leyes) físicas, como las económicas, a medida que se les conoce mejor “dejan de ser dominadoras para convertirse en esclavas del hombre”. De esta manera, con una mayor participación de los factores no técnico-económicos “se modifica más la acción de lo que llamamos ¨necesidad histórica¨. Empezó Bernstein con el cuestionamiento a la “necesidad histórica”, entendida como leyes de “férrea necesidad”, que se aplicaban independientemente de la voluntad de los hombres, y terminó reconociendo el importante papel del factor técnico-económico, de la necesidad histórica, pero “sin ser una fuerza determinante casi ilimitada en la historia”.

Este es el desmenuzamiento de la concepción materialista de la historia, con base a algunas obras clásicas y las cartas de Engels. Ya entonces, con este análisis, Bernstein observa a esta teoría “bajo un aspecto distinto” a la visión de los fundadores en su primera etapa. La concepción sufrió una “evolución y ellos mismos (Marx y Engels) pusieron límites al carácter de explicación absoluta”. Es una “evolución positiva” al llegar a una explicación relativa (no es expresión de Bernstein, pero se deduce), por la aportación de Engels en las cartas, de tal manera que “hay que integrar la primeras definiciones con estas cartas”, de lo contrario sería un “retroceso” darle una interpretación “monística”. Sólo así, con la “dimensión ampliada” y con las correcciones adecuadas de las aplicaciones que se han hecho, “sólo con estas integraciones –concluye Bernstein este apartado37 del primer capítulo- se convierte en una verdadera teoría científica de la historia”, la “base científica de la teoría socialista”. Bernstein no destruye la teoría materialista de la historia, no la descalifica, aunque parece al principio que ese es su propósito; la crítica y señala supuestos errores y limitaciones. Para Bernstein serán los mismos fundadores, sobre todo Engels, los correctores al ampliar la explicación de la determinación e influencia. Finalmente, es un reconocimiento a la cientificidad de la concepción materialista de la historia; Bernstein considera a ésta concepción como “el elemento más importante que sirve de base al marxismo”, el “eje del equilibrio”, el que “compromete la posición recíproca de los demás elementos”, de tal manera que para aprobar al marxismo, primero se “debe partir del problema de la validez o de los límites de validez de esta teoría”.

Lo que parece un claro reconocimiento a la concepción materialista de la historia se convierte más adelante38 en una crítica completamente descalificadora del método filosófico, es decir la base del método histórico y de la teoría del socialismo científico. Los errores39 de perspectivas revolucionarias en el Manifiesto, por ejemplo, no son para Bernsteinuna simple sobrevaluación de las perspectivas de una acción política”; esta sobrevaluación y lo que Bernstein llama la “autosugestión histórica” en Marx, es producto del “residuo de dialéctica hegeliana de la contradicción, del que Marx no se pudo librar nunca completamente y que en el periodo de efervescencia general debía resultarles mucho más fatal”. Había encontrado la causa de los errores, de las contradicciones y del optimismo de sus maestros.

Los errores de perspectivas (de ambos) y las ambigüedades (de Engels) “tienen sus raíces más profundas en la dialéctica que él (Engels) había tomado de Hegel”; enseguida enumera las leyes –como la confluencia recíproca de los opuestos, el trastocamiento de la cantidad en calidad- “y todas las demás linduras dialécticas” como “los obstáculos permanentes que les impidieron (a Marx y Engels) darse perfecta cuenta del alcance de las transformaciones que el conocimiento había encontrado”. Bernstein ve que no se podía esperar que Engels emprendiera la “revisión de la teoría” porque llevaría a “romper sin miramientos con la dialéctica hegeliana” y define claramente su posición: “esta última constituía el elemento infiel de la doctrina marxista, la insidia que embrolla cualquier consideración coherente de las cosas”. Enseguida vuelve arremeter con “lo verdaderamente importante que han hecho Marx y Engels no ha sido con la ayuda de la dialéctica hegeliana, sino a pesar de ella”. No conforme con estas terribles puyas, se lanza contra la exaltación del “culto a la violencia”, que al igual que los errores y las ambigüedades que les atribuye a Marx y Engels, tenía que ver con las tesis hegelianas. Finaliza contundentemente: “el gran fraude de la dialéctica hegeliana consiste en que nunca se equivoca del todo”.

Con esta posición, Bernstein, no tenía razón para permanecer en las filas del marxismo al descalificar el llamado método filosófico marxista, cuando menos no podía continuar en el marxismo sin comillas. No había punto de retorno: había negado al materialismo histórico, a la teoría del socialismo científico, a sus fundadores y a uno de los maestros, a Hegel en la parte más reivindicada, la dialéctica.

III. LA SINTESIS: Los marxistas contra los “marxistas”

La peligrosidad de la revisión del marxismo por Bernstein fue inmediatamente percibida por los camaradas del Partido Socialdemócrata; primero por Karl Kautsky con La Doctrina Socialista. Bernstein y la socialdemocracia alemana (1900), en seguida intervino la polaca Rosa Luxemburgo con su famoso opúsculo Reforma o Revolución (1900); por otro lado, los rusos Plejanov, –El papel del individuo en la historia (1901) y Cuestiones fundamentales del marxismo (1908)-, LeninMarxismo y revisionismo 1908- y el italiano Antonio Labriola en artículos40. En esos momentos, los cinco marxistas se van a distinguir por la ortodoxia y la ira contra el “oportunista pequeñoburgués” que se atrevía a cuestionar principios fundamentales –“las premisas”- del Marxismo41.

Bernstein prendió la mecha de la discusión dos años antes del libro Las premisas con una serie de artículos titulada “Problemas del socialismo” publicados en la revista semanal del PSD alemán, Die Neue Zeit, dirigida por Karl Kautsky. De los varios artículos, el que puso el dedo en la llaga fue La lucha de la socialdemocracia y la revolución de la sociedad 42 de 1897-98, porque en este rechaza por primera vez el derrumbe general del capitalismo como “la premisa fundamental para la victoria definitiva del socialismo” y plantea los cambios económicos e institucionales del capitalismo -es decir la capacidad de adaptación- como argumento de la improbable catástrofe general con base en las contradicciones internas. Desmentía la frase de Engels de que las medidas que se oponían a las crisis “alberga en su seno el germen de una crisis futura mucho más formidable43. Pero por si fuera poco, Bernstein concluye el artículo con la afirmación más característica de su reformismo y más publicitada por los críticos como la clave de su conversión: “Reconozco abiertamente que para mí tiene muy poco sentido e interés lo que comúnmente se entiende como ¨meta del socialismo”, sea lo que fuere, esta meta no significa nada para mí y en cambio el movimiento lo es todo”, y de esta manera propone al PSD una política a corto plazo en busca del “progreso social” en vez de la revolución social.

El cambio que Bernstein proponía no era poco, era demasiado para que Karl Kautsky lo tolerara, sobre todo por ser albacea de Engels, amigo y discípulo de los fundadores; el colmo es que eran muy amigos y junto con August Bebel habían elaborado el programa (Erfurt) del Partido. Kautsky y Bernstein se habían propuesto desde 1880 educar la militancia socialdemócrata por medio de la revista teórica, combatiendo al “socialismo ecléctico” –una mezcla de elementos lassallianos, rodbertusianos, languianos, duhringuianos con elementos marxianos; se propusieron “dedicar todos nuestros esfuerzos precisamente a la difusión de esta nueva toma de conciencia44, es decir el programa marxista. Era de tal manera su entusiasmo y convicción (algunos decían dogmatismo) por convertir al marxismo en la doctrina dominante que eran atacados públicamente, la pareja KautskyBernstein, como “falsos profetas” que predican “la infalibilidad del marxismo y declaran que el marxismo es el evangelio”.

Durante varios años, desde 1880 hasta 1896-97, compartieron el mismo marxismo, enseguida fueron actores principales de la crisis del marxismo y la diferenciación teórica y política en el mismo campo. Es completamente diferente esta situación a las polémicas anteriores en el movimiento obrero, tanto en tiempo de Marx y Engels, contra fuerzas no marxistas –proudhonistas, bakunistas, blanquistas- como las luchas teóricas contra el “socialismo ecléctico” y el “socialismo de cátedra” en el PSD, emprendidas por Engels y por los discípulos más cercanos. En esta nueva crisis (“revisionismo”) se acuñarán los conceptos de marxismo verdadero y falso, estricto y amplio, ortodoxo, revolucionario, dogmático o creador. Es decir ya no hay uno, sino varios marxismos. Con mucho esfuerzo se había consolidado el marxismo de Marx y Engels, convertido en hegemónico y materializado en el Programa Erfurt del PSD, pero ahora la lucha de opuestos daba origen a muchos marxismos.

Kautsky estuvo implicado en la discusión sobre la concepción materialista de la historia en las filas de la socialdemocracia, primero con Belfort Bax y después en forma directa y privilegiada con Bernstein; tenía que atender especialmente al camarada que había creado revuelo en el partido y dividido las opiniones, ¿era un pensador original, un reformador, “un imitador de las rancias ideas del socialismo de cátedra”? Kautsky reconoció al libro de Bernstein como “la primera obra sensacional en la literatura socialista alemana”, sin embargo, era un “escrito de circunstancias, un libro sensacional, que levanta por el momento gran polvareda, pero cuyo efecto no es duradero”. Pero había que contrarrestar sus críticas al programa porque venían de alguien que era “un socialista eminente, uno de los marxistas más ortodoxos (que) escribe un libro en el que solemnemente prende fuego a lo que ha adorado hasta entonces y adora lo que antes quemó”.45

Rosa Luxemburgo planteó claramente el meollo de la discusión, no anduvo por las ramas, como lo hace Kautsky en muchas páginas de su libro, sentando una tesis esencial: ”hasta ahora la teoría socialista afirmaba que el punto de partida para la transformación hacia el socialismo sería una crisis general catastrófica46; ya que el “fundamento científico del socialismo” reside en tres resultados del desarrollo capitalista: primero, la anarquía creciente de la economía que “conduce inevitablemente a su ruina”, segundo, la socialización progresiva del proceso de producción “que crea los gérmenes del futuro orden social” y tercero, la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, “el factor activo de la revolución que se avecina” (Luxemburgo, 1900:55).

Bernstein rechazaba la probabilidad del colapso de la economía capitalista, a partir de sus contradicciones internas, por tanto cuestionaba uno de los tres postulados, que según Rosa eran los pilares de la teoría del socialismo. Ante esta situación Rosa se preguntaba “¿cómo y por qué alcanzaremos el objetivo final?” y contestaba “según el socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se revela sobre todo en la anarquía de la producción, que provoca el impasse del sistema capitalista. Pero si uno concuerda con Bernstein en que el desarrollo capitalista no se dirige hacia su propia ruina, entonces el socialismo deja de ser una necesidad objetiva”. Siendo este el punto principal, la base, entonces también se cuestionaba la factibilidad de los dos otros pilares, puesto que eran productos del desarrollo capitalista y de su “ruina”. Si se admitía la posición de Bernstein –del no colapso, las contradicciones y crisis atenuadas o desaparecidas, la mayor democracia y bienestar del proletariado y de las clases medias, la supresión de los antagonismos entre las clases, etc.- entonces la revolución socialista se “hace superflua” –reconoce Rosa– y “la necesidad objetiva del socialismo, la explicación del socialismo como resultado del desarrollo material de la sociedad, se viene abajo”.

Estaba en juego la teoría y la política. Dependiendo de la postura teórica serían las consecuencias prácticas de los partidos. Eran discusiones en las publicaciones y en los congresos del principal partido socialista de la época, el partido-insignia, por tanto cualquier decisión influiría en el resto, en el campo de la Segunda Internacional. Rosa también acertó cuando afirmó que lo que se estaba discutiendo era “la existencia misma del movimiento socialdemócrata”. Tuvo la razón a largo plazo, porque a corto plazo hubo victorias pírricas contra Bernstein, ya que en los congresos partidarios de 1901 y 1903, y en el congreso internacional de 1904, fueron rechazadas las propuestas revisionistas; pero el germen del reformismo ya estaba incubado, había simpatizantes y fuerzas sociales que lo favorecían. En sólo diez años más, seguiría la socialdemocracia pero no aquella a la que Rosa defendía. Bernstein no abandonó el partido, Kautsky no abandonó, Rosa salió a formar un Partido Comunista y morir poco después. Las condiciones sociales habían cambiado, la Primera Guerra Mundial había estallado en agosto de 1914.

Otros socialdemócratas, que al igual que Rosa, alertaron del peligro fueron Plejanov y Lenin. Plejanov con su temprano “El papel…” de 1901, se dio cuenta que Bernstein al atacar y descalificar a la dialéctica, al contraponer a Hegel con Kant, al descartar la vía violenta, “el señor Bernstein ha muerto para la escuela de Marx, a la cual perteneció en un tiempo.” Percibió que Bernstein al atacar “al método, el alma de todo sistema filosófico”, es decir la dialéctica, era cuestionar a la teoría materialista de la historia, uno de los rasgos distintivos y principales del marxismo.

Lenin hizo una mención temprana del “oportunista” y “eclécticoBernstein -por su incomprensión de la economía de Marx y su acercamiento con la teoría económica burguesa- en El Desarrollo del capitalismo en Rusia de 1899 47 y un poco más adelante en la secuela de este libro. Una crítica no critica en donde ve que algunos “eclécticos” rusos se han agrupado alrededor de Bernstein48. Después en el ¿Qué Hacer? de 1902, Lenin continúa identificando a grupos políticos rusos con Bernstein; en Un paso adelante, dos pasos atrás de 1904, encuentra a un bernsteiniano en sus filas; asocia a Plejanov -dirigente socialdemócrata de la vertiente menchevique en ese momento- con Bernstein por sus posiciones “conciliadores” y porque había incurrido “en la desgracia” de faltar a principios fundamentales de la dialéctica49. Durante varios años, y varios textos, tomó a Bernstein como ejemplo para su lucha ideológica contra los “filisteos y oportunistas” rusos, como en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática de 1905 o en Materialismo y empiriocriticismo de 1908. En Marxismo y revisionismo de 1908, Lenin va a tomar el tema de manera particular. Para este momento la influencia de Bernstein se había extendido, “el revisionismo es un fenómeno internacional” dice Lenin y encuentra los grupos opuestos: ortodoxos y bernsteinianos en Alemania, guesdistas y jauresistas en Francia, Federación Socialdemócrata y el Partido laborista Independiente en Inglaterra, Brouckere y Vandervelde en Bélgica, integralista y reformistas en Italia, bolcheviques y mencheviques en Rusia. Lo que empezó como una voz solitaria en el PSD, aunque con respaldo social, se convertiría en pocos años en una corriente política internacional. Finalmente, Lenin llamaba a dar la “lucha ideológica del marxismo revolucionario contra el revisionismo”. En ese momento ni una ni otra corriente estaba en el poder. En pocos años, ambas serían el poder estatal de partes significativas del mundo capitalista y socialista. La política –la lucha de clases- haría la historia.

Recapitulación y conclusiones

1. Para el marxismo lo que explica la evolución histórica son las contradicciones, la lucha constante de los opuestos, la violencia como partera de la historia, las revoluciones como locomotoras. Esta lucha no es sólo violenta, pero es ésta, desde el punto de vista del marxismo ortodoxo la única que permite la destrucción de un modo de producción o de una formación social, es el “papel de la violencia en la historia” (frase de Engels).

2. Al igual que la historia de la naturaleza, la historia de las sociedades la hacen las contradicciones pero la de los hombres; hombres conscientes y organizados o desorganizados, guiados por intereses políticos, jurídicos, ideológicos, religiosos; por sentimientos de maldad o de bondad, de justicia e injusticia; por altos o bajos ideales. Para el marxismo, atrás de esto, se encuentran los intereses materiales, económicos, de los grupos sociales en pugna.

3. Los hombres se mueven por leyes económico-sociales; al igual que el proceso natural, que funciona con leyes físicas, biológicas, leyes naturales, las sociedades humanas tienen leyes, independientes de los hombres pero determinantes en ellos. Marx, es considerado el descubridor de las leyes de la sociedad.

4. Las leyes sociales en cualquier época son contradicciones. La lucha de clases es una unidad de opuestos entre grupos sociales; la unidad contradictoria de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción o de apropiación, es una ley; la socialización de la producción y su apropiación privada es también una contradicción; la ley de la explotación y obtención de plusproducto en todas las sociedades dividas en clases. Son contradicciones permanentes y regulares, por tanto son leyes.

5. Las leyes descubiertas por Marx son de férrea necesidad, es decir obedecen a una necesidad histórica, a una necesidad inevitable. Se llega al mundo, a la producción-circulación, con determinadas relaciones sociales necesarias e independientes de la voluntad; somos simples criaturas a las cuales no se les puede responsabilizar de las relaciones establecidas. Pero dichas relaciones sociales e instituciones pueden ser cambiadas y son cambiadas por los hombres. La actividad consciente y organizada modifica las relaciones.

6. Las relaciones sociales y de apropiación son consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas, de la forma de producción de cada sociedad. Se modifican estas y se trastocan las otras. Pero no se transforman sin la intervención de los hombres. Son estos con sus motivos los que determinados por las condiciones económicas o condiciones materiales de existencia, luchan por cambiar a su vez la base económica.

7. Para el marxismo el cambio histórico se basa en la relación contradictoria entre la llamada estructura económica-social y la superestructura jurídica, política, ideológica. Es la primera parte de esta relación unitaria la que determina de manera decisiva la forma de pensar de una sociedad. Visto sólo así, de manera unilateral de una sola dirección, como muchos han interpretado que Marx lo planteo, es un determinismo mecanicista, automático.

8. Bernstein, el primer marxista critico de los padres fundadores interpretó un pensamiento determinista económico en la obras de juventud, pero él reconoció que en las obras de madurez, sobre todo en algunas cartas aclaratorias de Engels, habían revisado y corregido el mecanicismo económico. Hay un Marx primitivo y un Marx avanzado. Los marxistas ortodoxos no admiten una ruptura, no admiten una evolución de determinista a no determinista. Sin embargo, Engels en sus últimos años de vida, se vio obligado por las circunstancias a resaltar el importante papel que tiene la superestructura en las condiciones económicas; son estas, en última instancia, las que determinan, pero son los factores políticos y otros no económicos los que influyen modificando el desarrollo económico.

9. Engels afirma no haber tenido tiempo ni circunstancias favorables para explicar a sus discípulos el papel decisivo de los factores no-económicos. En algunas obras de Marx se puede interpretar un fuerte tono determinista, pero en otros, se encuentra un tono contrario. La interpretación depende entonces de la fuente, y temo que son algunos de los textos más populares los que reflejan el supuesto determinismo. Una lectura más amplia, quizá, podría llevar a una interpretación equilibrada entre los textos deterministas y los no deterministas, con una resultante, que Marx y Engels no eran deterministas económicos.

10. De la misma manera que se identifica en algunas obras de Marx y Engels un determinismo económico, también se encuentran expresiones que son ubicadas como determinismo histórico o teleología: las leyes sociales determinan un fin último, una inevitabilidad del progreso; leyes que llevan al desarrollo, decadencia y fin de un modo de producción y a la sucesión por una sociedad superior. Hay párrafos que reflejan esta posición teleológica de Marx, pero enseguida hay otros párrafos que niegan que el proceso sea siempre progresivo, es decir, puede haber estancamiento o ser regresivo. Incluso marxistas aceptan escritos teleológicos de Marx.50 También hay la interpretación de que este proceso sucesivo y progresivo será independiente de la voluntad y acción de los hombres. En pocas palabras la historia está predeterminada, querámoslo o no. El supuesto planteamiento de Marx de la realización del fin último sin la intervención consciente de los hombres, ya es una tergiversación descarada o una interpretación muy errónea. En esta parte para negar lo anterior, recurro a un texto poco conocido de los primeros trabajos de Marx y Engels en donde ajustaban cuentas con los filósofos de la época: “la Historia no hace nada, ¨no posee ninguna inmensa riqueza¨, ¨no libra ninguna clase de luchas¨. El que hace todo esto, el que posee y lucha, es más bien el hombre, el hombre real, viviente; no es, digamos, la ¨Historia¨ quien utiliza al hombre como medio para laborar por sus fines –como si se tratara de una persona aparte- pues la historia no es sino la actividad del hombre que persigue sus objetivos” (Marx- Engels,1845:159). Otro texto, también del mismo momento, las tesis sobre Feuerbach –considerado por Mandel como el certificado de nacimiento del marxismo51– que muestra que no había inicialmente una concepción de que el futuro ya estaba diseñado: “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado…La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (tercera tesis sobre Feuerbach). Esta concepción, de la unidad dialéctica entre las circunstancias y la actividad humana, entre la educación y la acción -como práctica revolucionaria- siempre estuvo presente en Marx y Engels. En este sentido –con esta metodología marxiana- es difícil entender que se caiga en la tentación de dividir a un Marx científico y un Marx revolucionario, de separarlos artificialmente, de buscar incoherencia de un joven y un viejo Marx, de un bueno y un malo52. El trabajo de ellos fue comprender al mundo (esto se puede considerar labor científica), educar, organizar y hacer la revolución. En su trabajo teórico y militante más amplio, de toda la vida (me atrevo a decirlo, a pesar de la imposibilidad de conocer todo su trabajo y toda su vida militante), no hay teleología absoluta; puede haber énfasis en esta visión, y lo hay dependiendo del momento y del objetivo. Lo mismo es con respecto al “pecado” de determinismo económico.

11. Si ya está predeterminado el futuro, la caída del capitalismo y la inevitabilidad del socialismo, entonces ¿para qué la lucha marxista por organizar y educar a la clase proletaria? ¿para qué los partidos? No conozco revolucionario marxista que crea que hay que sentarse cómodamente a que llegue el fin inevitable, el happy end. Lo que sí existe en los revolucionarios es la fe inquebrantable,53 el optimismo histórico en que triunfarán; el conocimiento de las leyes sociales les da la fortaleza anímica de que están en la vía correcta –con el fundamental papel de una dirección y un proletariado revolucionario organizado- al derrocamiento del capitalismo. El dialéctico es absolutamente optimista. Trotsky era un incorregible dialéctico y nunca perdió la fe: “La comprensión marxista de la necesidad histórica no tiene nada en común con el fatalismo. El socialismo no se realiza ¨por sí mismo¨, sino como resultado de la lucha de fuerzas vivas: las clases y sus partidos. La ventaja decisiva del proletariado en esta lucha reside en el hecho de que representa el progreso histórico, mientras que la burguesía encarna la reacción y la decadencia. Precisamente en esto está la fuente de nuestra convicción en la victoria” (Trotsky, 1939b: 53).

12. Los revolucionarios están seguros que van a ganar, no conozco uno que piense que va a perder54; saben al igual que Hegel que “todo lo existente merece perecer” y también como “Hegel solía decir que todo lo racional es real. Esto quiere decir que toda idea que se corresponde con las necesidades del desarrollo objetivo logra triunfar” (Trotsky 1939c: 282). Es la convicción de que están en el camino correcto, con el respaldo de las leyes sociales, con la confirmación cotidiana de la ciencia, con la esperanza en la humanidad, en el proletariado; pero hay que reconocer que esta seguridad en el papel progresista –de tener a la historia de su lado- los lleva a confiar demasiado y a caer en la predestinación; recién he sido estremecido por la declaración, en este sentido, de un viejo revolucionario: “Antes teníamos una religión de la Historia que nos decía: habrá una lucha final y necesariamente ganaremos. Ahora tenemos –continúa la autocrítica- que desembarazarnos de los fetiches, de esa religión de la Historia, aceptar la incertidumbre y adoptar una política profana como arte estratégico” (Bensaïd, 2009). Hasta los mejores alumnos, estudiosos55 y consecuentes activistas, son embargados por el determinismo histórico. Entonces hay un grano de verdad, pero sólo un grano.

13. No debe haber duda -en los que acogen el materialismo histórico y en la población educada racionalmente- del fin inevitable del modo de producción actual. En este sentido Marx tiene razón. Lo que no calculó de manera precisa fue el momento. No hay que pedir demasiado, nadie lo sabemos. Pero, ¿será inevitable el socialismo? Uno de los últimos revolucionarios ortodoxos, planteaba: “debe destacarse que la cuestión de si el capitalismo puede sobrevivir indefinidamente o está condenado a derrumbarse no debe confundirse con la idea de su inevitable sustitución por una forma más alta de organización social, es decir, con la inevitabilidad del socialismo. Es perfectamente posible postular –continúa- el inevitable derrumbe del capitalismo sin postular la inevitable victoria del socialismo” (Mandel, 1981:232). Sólo la historiografía soviética no dudaba del progreso histórico lineal y ascendente: capitalismo-socialismocomunismo, y ya sabemos en donde acabó… cuando menos temporalmente. ¿Cuándo menos temporalmente? Es decir, no lo sabemos. El tiempo aún corre.

Notas

∗ Lenin (1905:561)

1 Es una referencia irónica de Marx (1867a:307, nota 90)

2 http://es.wikiquote.org/wiki/Thomas_Carlyle

3 Citado por Plejanov (1901:12). Además, en la Filosofía de la Historia, Hegel (1837), afirma: “debemos señalar que la historia del mundo continúa en el ámbito del Espíritu (…) Pero el Espíritu, y el curso de su desarrollo, es la sustancia de la historia”.

4 León Trotsky (1934:369) pensaba que sin la presencia de Lenin en Moscú en 1917, no se habría dado la revolución de Octubre: “En una situación de guerra una pequeña minoría, con solo tomar la iniciativa, puede jugar un rol decisivo‐ ¡pensemos en Liebknecht, pensemos en Rosa Luxemburgo, pensemos en Lenin!”.

5 Irónicamente el desplome y fin del llamado socialismo real, soviético, se debió a una ley marxiana de la contradicción entre las relaciones sociales y las fuerzas productivas. Las primeras trabaron el desarrollo de la economía y dieron origen a una revolución social. Hay una interpretación en este sentido por Manuel Castells en Pascual (2008:62). Antes, había sido previsto por Toffler (1983:92) e incluso –antes que Toffler‐ por el Presidente Ronald Reagan “What we see here (in the Soviet Union) is a political structure that no longer corresponds to its economic base”, citado en Friedman (1998: 396). 

6 Citado por Plejanov (1908: 119), tomado de la Filosofía del Espíritu de Hegel

7 “Marx y yo fuimos, indudablemente, los únicos que transferimos la dialéctica consciente de la filosofía idealista alemana a la concepción materialista de la naturaleza y de la historia, salvándola con ello” Engels (1878: 6).

8 “Con este libro se formaron los más autorizados exponentes de la Segunda Internacional: Bebel, Bernstein, Kautsky, Plejanov, Axelrod y Labriola. se convirtió con el Manifiesto en la más popular introducción al marxismo “ Stedman Jones (1979: 242).

9 Carta del 12 de noviembre de 1858.

10 Así se define en la introducción a la Miseria de la Filosofía, después sería una etiqueta para los ideólogos burgueses.

11 Inglaterra es “el demiurgo del cosmos burgués” Marx (1850: 295‐96).

12 “La esperanza de que esto (revolución europea) se pudiese alcanzar gracias a una crisis económica desapareció a partir de 1857. A partir de esta fecha ni Marx ni Engels pusieron ya serias esperanzas a corto plazo en una crisis económica, ni tan sólo en 1891” Hobsbawn (1979:184).

13 Marx, años después y de manera autocrítica, se refería así a los acontecimientos reseñados “las llamadas revoluciones de 1848 no fueron más que pequeños hechos episódicos, ligeras fracturas y fisuras en la dura corteza de la sociedad europea”, (Marx, 1856:513).

14 Es contrastante éste método con un explicación más común “Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura antes que la economía…” Vargas Llosa (2005).

15 Schumpeter (1949:303) dice, refiriéndose al Manifiesto, “Marx se lanza a un panegírico de los logros burgueses que no tiene igual en la literatura económica”.

16 Así lo ve un marxista Brasileño‐francés considerado así mismo ortodoxo, Michel Löwy (2001). Analiza los artículos sobre la India como producto de que el “pensamiento de Marx está atravesado por la tensión entre dos concepciones diferentes de la dialéctica del progreso. La primera es una dialéctica hegeliana, teleológica y cerrada, de tendencia eurocéntrica. El objetivo final, necesario e inevitable, legítima los ¨accidentes históricos¨ como momentos del progreso en tanto que espiral ascendente” y, la otra parte, es “la dialéctica del progreso que tiene en cuenta el lado siniestro de la modernidad capitalista”. En este intento de justificar a Marx y de alejarlo de “la ideología del progreso del siglo XIX y de las visiones ingenuas o apologéticas de la ¨civilización moderna¨”, encuentra en su método –no podía ser menos‐, una dialéctica “cerrada” (intervención benéfica) y una abierta (el lado siniestro). El clásico Dr. Jekyll y Mr. Hyde, propio de toda dialéctica.
∗ La expresión literal es “la violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica” (Marx 1867b:940), pero se ha interpretado y popularizado como “partera de la historia”.

17 Citado por el editor de “Materiales para la historia de América Latina”, p. 216. 18 Marx se daba cuenta de la posible reacción (shocking) de los editores del diario neoyorquino en el que colaboraba, por los artículos sobre la India. Señalado por el editor Pedro Scaron en “A modo de Introducción”, p. 6.

19 Trotsky (1939b:296) explicaba así dos períodos: “una época (del capitalismo industrial, del libre comercio, libre competencia) en la que el capitalismo era aún un sistema relativamente progresivo. El capitalismo hoy es reaccionario. No se le puede curar. Hay que eliminarlo”.

20 Bensaid (1995: 66n50): “Es importante recordar que los textos de Marx y Engels son previos a la aparición de lo que Lenin, Luxemburgo, Bujarin y Hilferding caracterizaron como el imperialismo moderno”.

21 Ya en el Ludwing de 1886, Engels había utilizado esta expresión en varias ocasiones (p. 289, 391).

22 Barth, referido en tres de cuatro cartas sobre el tema, consideraba el progreso social “determinado por el poder de las ideas”, en Encyclopedia Britannica, Web.

23 Traducido como superestructura por Editorial Progreso.

24 El estudioso Löwy, texto ya mencionado, lo reconoce “Esta forma dialéctica cerrada –cerrada por una finalidad que ya está predeterminada‐ no está ausente de ciertos textos de Marx, que parecen considerar al desarrollo de las fuerzas productivas –impulsado por las grandes metrópolis europeas como idénticos al progreso, en la medida que nos conduce necesariamente al socialismo”.

25 “Lo dijo Karl Popper, uno de nuestros mejores maestros: ¨El optimismo es un deber. El futuro está abierto. No está predeterminado. Nadie puede predecirlo, salvo por casualidad. Todos nosotros contribuimos a determinarlo por medio de lo que hacemos. Todos somos igualmente responsables de aquello que sucederᨔ. (Vargas Llosa, 1998: 325). Esta cita se utiliza para criticar a Marx, pero en realidad, no lo contradice.

26 (Marx, 1867b: sección séptima, cap. XXIV).

27 “El doctor John Dewey escribe que mi visión del mundo tiene algo de teología. Coloco ante mí ciertas metas sociales (socialismo) y al mismo tiempo deduzco de éstas que el desarrollo objetivo de mi conciencia preparó todas las condiciones necesarias para la realización de estas metas. La dialéctica, en este sentido, le parece a Dewey semejante a la religión, que contempla el proceso histórico como el cumplimiento de las prescripciones divinas” (Trotsky, 1939d:538).

28 Según el estalinismo en 20 años habían construido en la URSS el socialismo e iban al
comunismo “la Constitución (de 1936) vino a consagrar el hecho de alcance histórico‐universal de que la U.R.S.S. ha entrado en una nueva etapa de desarrollo, en la etapa de coronamiento de la edificación de la sociedad socialista y de transición gradual hacia la sociedad comunista, en la que el principio a que se acomodará la dirección de la vida social será el principio comunista: “De cada uno, según su capacidad, a cada uno, según sus necesidades”(Comité Central, 1939:cap. XII.3). Por supuesto, hubo millones de personas que lo creyeron. Karl Kautsky escribía en 1904 –era aún considerado marxista que “En Rusia, la revolución no podrá conducir inmediatamente a un régimen socialista; para ello, las condiciones económicas del país no están, ni mucho menos, suficientemente maduras. Concepción que compartía Trotsky (cita tomada de Trotsky, 1906:82) y todos los bolcheviques, antes y después de la revolución de 1917. Era diferente hacer una revolución –como fue‐ a construir el socialismo –como no fue‐ en un país atrasado sin el auxilio del proletariado en el poder de un país avanzado. No había ingenuidad, no había utopismo.

29 Barth le llamaba materialismo económico de la historia, según lo cita Bernstein.

30 Para Lenin este tipo de marxistas son los que rebajan y vulgarizan el marxismo.

31 Así lo dice José Aricó, el editor de las obras marxistas, y debe ser así puesto que no ha habido motivo (¿demanda?) para una segunda edición, después que se agotaron 3 mil ejemplares a partir de 1982.

32 Perry Anderson (1976:12) distingue a los últimos cuatro como un bloque de marxistas occidentales de la primera generación, y, de manera separada, incluye a Bernstein pero lo define como una “figura secundaria” intelectualmente y no le merece atención como al resto.

33 Kautsky (1900: cap. III) afirmó que este era el “punto capital de la crítica” de Bernstein, sin embargo, “será difícil a Bernstein probar que el Partido socialista está realmente convencido de tal cosa…en vano buscará en los documentos oficiales del Partido Socialista alemán un solo pasaje que esté conforme con la teoría del derrumbamiento…”. Kautsky contestó que dicho párrafo citado por Bernstein “ni siquiera fue discutido y que no fue admitido”. Si fuera como dice Kautsky, entonces el primer gran cisma del marxismo empezó con un malentendido, una malinterpretación.

34 Otra traducción: “los sucesos y desarrollos históricos son inevitables”, (Bernstein ,1899b:14).

35 Diccionario: que expresa una verdad que no admite contradicción o duda.

36 Clasificación propia de Bernstein y precursor de autores contemporáneos.

37 La concepción materialista de la historia y la necesidad histórica.

38 Cap. II. Marxismo y la Dialéctica Hegeliana.

39 El error reconocido en el Prefacio de Engels a La Lucha de Clases: no medir la madurez del desarrollo económico y social, como base para las revoluciones proletarias.

40 Luxemburgo, Plejanov y Labriola polemizaron con Bernstein desde las diversas revistas del Partido Socialdemócrata Alemán, antes del libro en cuestión.

41 Posteriormente, Kautsky y Plejanov (por no mencionar a muchos otros dirigentes y teóricos), se van a convertir en lo mismo que acusaron a Bernstein, en “renegados” y “pequeñoburgueses” 

42 Este artículo terciaba en una polémica entre Bax y Kautsky con el tema del materialismo. 

43 Marx‐Engels (1894: 630, Nota 6).

44 Cita de Kautsky en Haupt (1979: 220), misma fuente de citas posteriores.

45 (Kautsky, 1900: 13‐19).

46 Kautsky (1900: 79) niega que Marx y Engels hayan formulado una teoría especial del derrumbamiento.

47 Lenin (1899: 44, n*)

48 Lenin (1900: 647)

49 Lenin (1904: 426)

50 Además de Löwy, se encuentra Jon Elster, del “marxismo analítico”, según se cita y se refuta en Bensaïd (1995: cap. 1).

51 Dice Mandel (1978: 257,n11) “These `Theses´ are in a certain sense the birth certificate of Marxism”

52 Expresiones de Kautsky interpretando a Bernstein, (Kautsky, 1900:22).

53 “Ernest Mandel, que escribía, en 1952: ¨El trotskismo es, ante todo, la convicción, la fe inquebrantable en la capacidad del proletariado de todos los países de tomar su suerte en sus propias manos. Lo que más distingue al trotskismo de todas las demás corrientes del movimiento obrero es esta convicción¨. Mandel añade que esta fe no es ´irracional o mística´, sino que ¨se basa en una profunda comprensión de la estructura de nuestra sociedad industrial¨ Löwy (1978: 101‐102).

54 “Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, por consiguiente, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es menos ardiente, sino más firme hoy, de lo que era en los días de mi juventud…moriré con fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el hombre y su futuro me da aún ahora una capacidad de resistencia como no puede darla ninguna religión”. Parte del Testamento de Trotsky en Deutscher (1963: 430‐431).

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