La Rosa roja en las calles: Luxemburgo en el siglo veintiuno

spartakus-aufstand-in-berlin PROLa gran novedad para las elecciones del 26-J es el acuerdo entre Podemos e IU. Frente al discurso del miedo utilizado por el PP y medios afines, se enfrenta el mensaje de la ilusión del cambio. Tal vez demasiado optimismo antes de cazar al oso. Sea como fuere que nadie espere grandes transformaciones sistémicas: la atenta mirada del acreedor europeo sigue estando ahí -véase Sryza-. Veremos los acontecimientos.

Nuestra recolección y difusión de hoy gira en torno a una menuda gran mujer. Intengra, inteligente, revolucionaria. Si, Rosa Luxemburgo, Rosa la Roja, con sus aciertos y sus errores. Un interesante trabajo del profesor Eduardo Nava Hernández. Empieza…

Salud, A. Olivé

______________________________________________________________

LA ROSA ROJA EN LAS CALLES: LUXEMBURGO EN EL SIGLO VEINTIUNO

Eduardo Nava Hernández

 

Cada año en Berlín, desde la caída del Muro, decenas de miles de personas acuden el segundo domingo de enero al cementerio de Friedrichsfelde, en donde reposan sus restos, a recordar los asesinatos de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht. En 2009, al cumplirse 90 años de ese hecho, marcharon desde la Puerta de Frankfurt al camposanto 80 mil personas, según los organizadores; al menos 20 mil, según la policía berlinesa. A estas manifestaciones acuden los militantes de los partidos comunistas y socialistas, los grandes sindicatos, organizaciones de inmigrantes y antifascistas. Bandas musicales tocan La Internacional e himnos alemanes de la lucha obrera. Con Luxemburgo y Liebknecht se recuerda también a los caídos en las luchas antifascistas y de trabajadores, en cuyas tumbas se depositan también claveles rojos que ya se han vuelto un ritual y una ceremonia. Cada año también, la conmemoración es complementada por un congreso internacional al que asisten ponentes de amplio reconocimiento mundial, como el que en 2012 se realizó con el título “Hemos de cambiar el mundo”.

Si bien para algunos la marcha anual de la izquierda germana no es sino una reminiscencia de la extinta República Democrática Alemana, en realidad la recuperación de las dos figuras fundadoras del espartaquismo y de los luchadores socialistas tiene muy poco que ver con el régimen impuesto en la Alemania Oriental tras la derrota del nazismo por el Ejército Soviético. La manifestación, afirmó en su discurso durante la conmemoración del XC aniversario Gregor Gysi, líder del grupo parlamentario de La Izquierda, “nada tiene que ver con nostalgia de la RDA”. Y era verdad. De hecho, Luxemburgo se cuenta entre los primeros críticos del gobierno bolchevique en Rusia, como quedó expuesto en su obra póstuma La Revolución Rusa; y entre quienes hoy la homenajean están no solo sobrevivientes de la vieja izquierda comunista sino también los militantes de los nuevos movimientos sociales anticapitalistas y muchísimos jóvenes formados tras la desaparición de la RDA. Y ya antes de que se desplomara el Muro, y con él el régimen de Erich Honecker, las tumbas de Liebcknecht y Luxemburgo se convirtieron en lugar de protestas disidentes donde los manifestantes mostraban pancartas con la famosa frase de la segunda: “La libertad es siempre la libertad de quienes piensan de otra manera” (Ferrero, 2012).

Durante la Primera Guerra Mundial, entre julio de 1916 y noviembre de 1918, Luxemburgo había sido prisionera del Kaiser por su oposición al militarismo y a la carnicería. Ahí escribió algunas de sus mejores obras políticas, como su afamada crítica de la Revolución Rusa y el programa de la izquierda radical alemana contenido en el llamado Folleto de Junius (La crisis de la socialdemocracia alemana), firmado con lo que fue su último pseudónimo). Salió de la cárcel en los albores de la recién proclamada República de Weimar sólo para morir a manos de grupos paramilitares surgidos de los soldados desmovilizados tras la derrota germana y por órdenes de un gobierno en el que participaban sus antiguos compañeros de militancia socialdemócrata. El 15 de enero de 1919, Luxemburgo y Liebknecht, dirigentes ya del partido espartaquista alemán, fueron aprehendidos por miembros de las milicias de la República y de la Liga Antibolchevique —de la cual surgirían unos años después muchos militantes y dirigentes del nazismo, como Ernst Röhm y Heinrich Himmler—, tras el fallido intento de impulsar un levantamiento revolucionario entre las masas berlinesas. Sabemos que en el complot participaron dirigentes socialdemócratas como el presidente de la novel República Friederich Ebert, el ministro de Defensa Gustav Noske y el canciller Philipp Scheidemann (Kohan, 2009). Los agentes los llevaron al hotel Eden, donde los torturaron. A Liebknecht le aplicaron la ley fuga. A Luxemburgo le rompieron el cráneo a culatazos y después la subieron a un automóvil donde le dieron el tiro de gracia. Su cuerpo fue lanzado desde un puente al canal de Landwehr y permaneció flotando en el agua durante más de cuatro meses hasta que, en avanzado estado de descomposición, fue recuperado e identificado por la ropa. Su bestial asesinato corroboró trágicamente la era de barbarie contra la que ella misma había alertado (“socialismo o barbarie” era una de sus consignas, transformada luego en una rigurosa advertencia), y a cuya derrota entregó su vida.

Rosa Luxemburgo representaba todo lo que la burguesía alemana, que unos años después impulsaría el ascenso del nazismo, tenía por odiado o despreciado: mujer, intelectual, polaca de origen judío, feminista y marxista radical. La saña demostrada en su aniquilamiento expresaba el temor que en la nueva república burguesa suscitaba el fallido intento de levantar a las masas alemanas para escribir en la patria de Marx el segundo capítulo de la revolución mundial. Su muerte nunca recibió justicia, ni en la socialdemócrata República de Weimar ni después de la derrota del nazismo, comenta Esther Andradi:

Waldemar Pabst, el entonces joven oficial de guardia de caballería prusiana, quien dio la orden de arresto, murió en su cama a los noventa años en Düsseldorf, después de haber ejercido con éxito el comercio de armas, haber colaborado con el régimen nazi y sin haber sido acusado jamás por el destino de Rosa y los revolucionarios de 1919 (2009).

En 1962 el gobierno de la República Federal Alemana declaró que el asesinato había sido una “ejecución apegada a la ley marcial”, y sólo en el año 2000 una investigación determinó que en el crimen participaron tropas de asalto de la recién constituida república.

Nunca hubo una reivindicación oficial completa de los mártires del 15 de enero. El planeado conjunto escultórico de Augusto Rodin llamado “La Indignación”, que habría de honrar su memoria, no se ejecutó nunca. Sólo en 1926 un monumento diseñado por Mies van der Rohe fue inaugurado por encargo del historiador Eduard Fuchs; pero fue destruido en 1933 por los nazis. Tras la derrota del nazismo, las tumbas de Luxemburgo y Liebknecht fueron reconstruidas, pero no el monumento de Rohe. Aun en la era de la RDA nunca se concluyó el prometido monumento a Rosa Luxemburgo. Sólo un basamento de concreto llegó a erigirse en la plaza de Postdam, donde ella y Karl Liebknecht arengaron a los berlineses a oponerse a la guerra.

En cambio, desde hace más de dos décadas el cementerio de Friedrichsfelde y la conmemoración del segundo domingo de enero han sido recuperadas y asumidos como propios por los partidos y corrientes de las izquierdas de distintos matices y los opositores al prolongado reinado de Merkel. En Alemania y fuera de ésta, Luxemburgo —y, a su lado, Karl Liebknecht— ha resistido y salido bien librada del naufragio del llamado socialismo real. Su asesinato le impidió participar directamente en la fundación en Alemania del partido comunista y de lo que representaron éstos unos años después, y bien podemos pensar que hubiera estado en constantes contradicciones con la disciplina que Moscú impuso con sus 21 condiciones a las organizaciones partidarias integrantes de la III Internacional. A más de 90 años de su muerte, el espíritu de Luxemburgo y del espartaquismo que ella fundó al romper con la socialdemocracia, resurge en alguna medida para insertarse en la movilización radical que pone en cuestión la eternidad del capitalismo y enfrenta también las tendencias burocráticas derivadas de la estatización económica sin el control de los productores directos.

Pero, ¿cómo es que, a nueve décadas de su desaparición física, Rosa Luxemburgo y su pensamiento entroncan con los nuevos movimientos sociales que desde las calles cuestionan con renovada radicalidad y bajo múltiples formas la supuesta eternidad del capitalismo? ¿Cómo, en la pretendida era del “fin de la historia”, esos nuevos movimientos recuperan la memoria histórica de un personaje tan disímbolo como Luxemburgo, que no se deja encuadrar fácilmente en los cartabones de las grandes corrientes del socialismo del siglo XX y que, no obstante, resurge con fuerza intelectual suficiente para posicionarse en el siglo que despunta —como la vigésima centuria en su momento— en medio de guerras de exterminio (Irak, Afganistán, Libia, Siria) y de crisis recurrentes en el orden financiero internacional, pero también con revoluciones sociales y populares como en Bolivia, Venezuela y Ecuador?

Posiblemente, y esa es la hipótesis aquí, por su ajenidad e iconoclasia frente al comunismo oficial, particularmente bajo su modalidad estalinista, y por sus decisivas aportaciones en, al menos, cuatro aspectos:

1. Su reivindicación decidida de la democracia como un componente sustancial del socialismo;

2. Su crítica radical a la línea colaboracionista adoptada en 1914 por la socialdemocracia alemana y sus homólogas en otros países europeos, y que se extendió a lo largo de todo el siglo XX hasta su ocaso en los albores del XXI;

3. Su confianza en la acción de las masas como motor del cambio social;

4. Su visionaria advertencia de lo que al mundo le deparaba la derrota del proyecto de transformación socialista, expresada bajo la consigna de “socialismo o barbarie”.

En el mencionado folleto sobre el bolchevismo, que Luxemburgo escribió en prisión y decidió no publicar para que no fuera usado por los adversarios de la Revolución de Octubre —póstumamente difundido por Paul Levi, fundador de la Liga Espartacus luego reafiliado al Partido Socialdemócrata—, celebra la visión política y la decisión de los bolcheviques encabezados por Lenin y Trotsky para tomar el poder ante la crisis no sólo del régimen zarista sino de su sucesor, el gobierno demócrata liberal apoyado por el ala derecha de la socialdemocracia rusa, los mencheviques; pero al mismo tiempo advierte ya las tendencias al autoritarismo que, bajo la lógica de la dictadura del proletariado, derivarían en el modelo puesto en práctica por el gobierno bolchevique.

La libertad sólo para los que apoyan al gobierno —escribió Rosa— sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la ‘justicia’, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la ‘libertad’ se convierte en un privilegio especial (Luxemburgo, 2013: 249-250).

Se trata de la veta libertaria que Luxemburgo aplica por igual, como vara de medir, a los gobiernos capitalistas como al naciente régimen de los soviets. Esto se traducía en una crítica a los procedimientos jacobinos aplicados por los bolcheviques desde los inicios de la toma del poder y, muy particularmente, a la disolución de la Asamblea Constituyente. Rosa no era contraria a la revolución en Rusia; la había celebrado desde 1905 cuando vislumbró en ella un paradigma posible para la superación del régimen capitalista y el ascenso de la clase trabajadora: la huelga de masas. Y en 1917, al tomar los bolcheviques la dirección de los soviets y del gobierno republicano, se manifestó inequívocamente en apoyo a la audacia de Lenin y sus compañeros; pero consideró también que una revolución llevada a cabo en condiciones sobremanera difíciles de atraso social y aislamiento, como lo era la rusa, no podía ni aislarse del resto del movimiento obrero europeo ni erigir las medidas de emergencia adoptadas por la necesidad inmediata de derrotar a la contrarrevolución (constituida no sólo por la burguesía liberal, sino también por las alas derechas del Partido Socialista Revolucionario y del Partido Socialdemócrata, los mencheviques) en paradigmas de un socialismo que en realidad intentaba brotar en medio de condiciones asaz difíciles.1 Frente a la política bolchevique, que termina por asumir la disolución de la Constituyente, y reprimir  a la burguesía liberal, pero también limitar los derechos políticos de las masas trabajadoras, Luxemburgo no duda: el socialismo ha de construirse sobre bases democráticas, sobre un proceso que amplíe más allá de la democracia liberal burguesa, los derechos políticos para las masas trabajadoras.

No se trata de una cuestión de matiz. Si bien Rosa admite que la Asamblea Constituyente podía no ser representativa, en un sentido popular, los bolcheviques habían admitido y aun propiciado su reunión; pero en vez de convocar a nuevas elecciones de diputados, deciden disolverla y con ello obstruir la expresión de las masas campesinas y obreras a través del voto. En este hecho, la teórica polaca identifica un rasgo de jacobinismo incompatible con la construcción de la nueva sociedad socialista. Las restricciones al sufragio y a las libertades democráticas, no sólo para las expresiones de la burguesía contrarrevolucionaria sino aun para las clases subalternas, plantean un problema cardinal, de principio, el del lugar de dichas libertades dentro del proyecto socialista.

No hemos considerado hasta ahora la destrucción de las garantías democráticas más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, derechos de asociación y de reunión, que les son negados a los adversarios del régimen soviético. En lo que hace a estos ataques (a los derechos democráticos) los argumentos de Trotsky […] sobre el carácter farragoso de los organismos democráticos electos distan mucho de ser satisfactorios. Por otra parte, es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión (Luxemburgo, 2013: 248-249).

Más aún: en la negación de los derechos políticos a las masas trabajadoras, Luxemburgo percibió con claridad no sólo un obstáculo a la construcción del socialismo sino el inminente riesgo de la entronización de una burocracia partidista que sustituyera la acción de la clase obrera 2. La percepción de Rosa se vio trágicamente cumplida años después con la larga noche del estalinismo que anuló no sólo a los soviets como instancia expresiva del poder obrero y la democracia proletaria, sino al partido mismo como figura de lucha por el socialismo. Pero también fue compartida por el último Lenin, el que alertaba a través de sus secretarias contra esa misma tendencia burocrática en la vida social y partidaria.

Por eso, entre otras cosas, Luxemburgo sobrevive al derrumbe de ese falso socialismo en las postrimerías del siglo XX —siglo corto, al decir de Hobsbawm, que se abre precisamente con la guerra mundial que ella vivió y se cancela con la caída del Muro de Berlín y del régimen soviético— y se proyecta hacia un futuro que aún busca alternativas de carácter socialista y naturaleza democrática al dominio despótico del capital financiero internacional.

La crítica al revisionismo socialdemócrata

Uno de los mayores méritos de Rosa como teórica es el de haber salido, desde 1899, de manera más oportuna, completa y certera que nadie, al paso del revisionismo de Eduard Bernstein. Con su folleto ¿Reforma social o revolución? denunciaba que el socialismo evolucionista no era otra vía para llegar al socialismo sino la renuncia a luchar por éste. Ese debate, en el que actualizó la vigencia del análisis marxista de las contradicciones del capitalismo y rechazó que el parlamentarismo fuera la expresión de la trayectoria ascendente de la clase trabajadora, resulta, a más de 110 años de distancia, sorprendentemente vigente. No obstante el agua que ha pasado bajo los puentes, las crisis estructurales y extensas del capitalismo, como la detonada en 2008, que aún mantiene sus estragos sobre diversas economías europeas y de otras latitudes y que rebrota hoy en la economía de los Estados Unidos, nos recuerdan constantemente la incapacidad del capitalismo para erradicar las antinomias entre una producción crecientemente social y la apropiación cada vez más restringida de los medios de producción y de la riqueza que éstos generan. Ni el Estado de Bienestar —máximo logro alcanzado, en la segunda posguerra, por las luchas obreras, pero también moneda de cambio en la renuncia de los partidos de izquierda a la lucha por el socialismo y a la toma del poder por la clase obrera— ni la reasunción de un capitalismo de libre mercado con predominio de los monopolios, desde la década de los ochenta, han logrado en el mediano plazo suprimir para el sistema, visto como conjunto, la pobreza y exclusión de las grandes masas ni la concentración de la propiedad.

No hay duda de que frente a la doble crisis de nuestros tiempos: crisis de la economía capitalista y crisis del proyecto socialista, Rosa Luxemburgo tiene mucho qué decirnos. La premisa del socialismo en la obra de Bernstein publicada en 1898 (¡sólo tres años después de la muerte de Engels!) era que el capitalismo de fines del siglo diecinueve había logrado superar la irracionalidad y la anarquía de la producción y había avanzado paulatinamente hacia una creciente socialización y democratización de la propiedad, aproximándose, sin rupturas revolucionarias, al socialismo. En ese contexto, el parlamentarismo aparecía, a los ojos de Bernstein, como la expresión condensada de la correlación de fuerzas en la sociedad y como una tribuna privilegiada en la lucha socialista. A través del parlamento podría la socialdemocracia dar la lucha ideológica para que no sólo los trabajadores sino todas las otras clases se convencieran de las bondades de la socialización y apoyaran electoralmente al partido que la expresaba y que era capaz de conducir eficazmente ese proceso evolutivo del capitalismo hacia el socialismo. Como se sabe, Bernstein tenía razón al menos en una cosa: a finales del siglo XIX la socialdemocracia alemana había dejado de representar una fuerza en lucha por el socialismo y se había integrado a la lógica productiva y social del capital. Sus ámbitos social —grandes sindicatos— y político —parlamento— no eran ya espacios de lucha anticapitalista sino de gestión del bienestar de los trabajadores y en especial de lo que Lenin habría de caracterizar como una aristocracia obrera surgida de la fase imperialista del capitalismo. Como es conocido, pese a las críticas que la izquierda y el centro kautskista de la socialdemocracia alemana hicieron a las posiciones de Bernstein, muy pronto el conjunto del partido evolucionó —arrastrando consigo a las expresiones socialdemócratas en otros países— hacia posiciones de avenencia cada vez mayor con el orden capitalista que se expresaron dramáticamente en 1914 en el apoyo a las posiciones bélico-nacionalistas de las burguesías europeas.

Nadie vio mejor que Luxemburgo esa tendencia. En su debate con Bernstein recuperó metodológicamente la noción de totalidad para subrayar que el capitalismo no puede ser reformado progresivamente y por partes, y que si bien las crisis económicas habían espaciado su frecuencia, ello no significaba que se hubiesen superado las contradicciones sustanciales del sistema capitalista. Tampoco la conformación del sistema financiero monopólico era, ni mucho menos, evidencia de que la socialización se hubiera abierto paso en el régimen capitalista. En consecuencia, no desaparecía la actualidad de la revolución como método por excelencia para la transformación social.

Es completamente falso y contrario a la historia —escribió Rosa en la obra polémica citada— representarse la acción legal de la reforma como una revolución extendida y la revolución como una reforma concentrada. Una revolución social y una reforma legislativa son dos diferentes dimensiones no por duración sino por su esencia. […] quienes se pronuncian a favor del camino de las reformas en lugar de —y en contraposición a— la conquista del poder político y de la revolución social, no están realmente eligiendo un camino más calmo, seguro y lento hacia la misma meta, sino una meta distinta. En lugar de dirigirse al establecimiento de una nueva sociedad, se dirigen simplemente hacia modificaciones inesenciales (cuantitativas) de la existente (Luxemburgo, 1981: 71).

Diecisiete años después, en medio de la hecatombe de la guerra mundial, Luxemburgo habría de refrendar ese diagnóstico en uno de sus últimos escritos: La crisis de la socialdemocracia alemana, conocido también como El folleto de Junius. En éste, denuncia la traición del partido socialdemócrata a los principios del pacifismo y la revolución signados en Stuttgart en 1907 y Basilea en 1912. Contra esos enunciados, en 1914 el bloque parlamentario socialdemócrata —con excepciones como la de Karl Liebcknecht— votó a favor de la guerra y se alineó en ese acto con los intereses imperialistas de la burguesía alemana, renunciando definitivamente a la revolución y a la lucha por el socialismo. La crisis del proyecto socialista en las décadas siguientes advino por partida doble: de la reversión estaliniana en la Unión Soviética que consolidó el predominio de la burocracia partidaria sobre la clase trabajadora y de la asimilación del proyecto socialdemócrata por la lógica del sistema capitalista.

Hoy, en los albores del siglo veintiuno, y a casi un siglo de aquella traición de los dirigentes obreros y teóricos alemanes, el falso socialismo estalinista ha eclosionado en la antigua Unión Soviética y el bloque del Este; y en China y otros regímenes que también intentaron construir una alternativa al capitalismo, éste se ha reinstalado con apenas mediaciones estatistas que mantienen un régimen más bien similar al del también casi desaparecido Estado de Bienestar de la segunda posguerra. Pero también las expresiones partidarias de la socialdemocracia en la propia Alemania, en España, Gran Bretaña, Austria y otros países han demostrado no solamente no ser una alternativa al capitalismo sino formaciones propensas a la traición a sus propios postulados y a la corrupción. El descrédito a escala mundial de la socialdemocracia y, en realidad, de los partidos políticos integrados a los sistemas políticos tradicionales, ha hecho que en América Latina el movimiento social mismo la haya enterrado pese al impulso que desde Europa y desde la Internacional Socialista recibió desde los años setenta 3, y que en el propio mundo europeo Luxemburgo sea recuperada cada vez más como una figura señera de la crítica socialista a esa ala del espectro político y como una fuente del pensamiento renovador de las izquierdas.

La espontaneidad de las masas ha sido tratada, con suma frecuencia, como el tema cardinal y distintivo de un supuesto luxemburguismo dentro del movimiento obrero internacional. Es uno de los puntos de mayor debate en la bibliografía acerca de la marxista polaca y objeto de las más acerbas críticas de sus detractores de distintos signos. Pero lo cierto es que el de la relación entre partidos, sindicatos y movimientos sociales es un tema aún no resuelto dentro de la teoría de la revolución y abierto a las aportaciones que desde el mismo movimiento social y las visiones de los teóricos marxistas se siguen haciendo.

Luxemburgo planteó el tema con particular fuerza durante la revolución rusa de 1905-1906, probablemente ya madurado su pensamiento por el anterior debate con el oportunismo bernsteiniano que negaba la vigencia de la revolución y de la acción de las masas fuera del marco del sindicalismo reformista y del parlamentarismo. La revolución en Rusia actualizaba, para Rosa y quizás muchos de sus compañeros, el tema mismo de la revolución. De hecho, el debate se había iniciado con el fallido intento de huelga general en Bélgica en 1902, en demanda del sufragio universal, pero se intensifica con la experiencia rusa. En Huelga de masas, partido y sindicatos, Luxemburgo continúa la crítica al parlamentarismo y al reformismo que había iniciado en ¿Reforma social o revolución?. Se trata, esta vez, de la crítica a las burocracias sindicales opuestas a la movilización masiva de los trabajadores que puede rebasarlas y que pone en riesgo su papel como negociadoras económicas frente a los patronos. Rosa Luxemburgo, a diferencia del anarquismo bakuninista, ve en la huelga de masas no un hecho definitivo que destruirá de una vez por todas el régimen capitalista, sino un proceso de educación y agitación socialista entre las masas obreras 4. Recapitulando la historia de las diversas huelgas de masas en Rusia desde la de mayo de 1896, violentamente aplastada por la represión zarista, plantea que en ésta:

Vemos ya perfilarse todos los caracteres de la futura huelga de masas: primero, la ocasión que desencadenó el movimiento fue fortuita e incluso accesoria, la explosión fue espontánea. Pero en la manera en que el movimiento fue puesto en marcha se manifestaron los frutos de la propaganda llevada adelante durante varios años por la socialdemocracia. En el curso de la huelga general los propagandistas socialdemócratas permanecieron a la cabeza del movimiento, lo dirigieron e hicieron de él un trampolín para una viva agitación revolucionaria. Por otra parte, si las huelgas parecían, exteriormente, limitarse a una reivindicación puramente económica referida a los salarios, la actitud del gobierno así como la agitación socialista las convirtieron en un acontecimiento político de primer orden (Luxemburgo, 1981: 322).

Como puede verse, el pretendido espontaneísmo de Rosa Luxemburgo no es tal. La huelga es un espacio privilegiado en el que las formas no economicistas de conciencia, impulsadas por la socialdemocracia, avanzan. Y en esa tesis hay, sorprendentemente, una coincidencia sustantiva con el planteamiento del ¿Qué hacer? de Lenin, orientado también a combatir las formas espontáneas de la conciencia obrera que no superan el nivel económico. De la huelga general, señalaba Rosa, no se derivaba la destrucción de los sindicatos sino el cuestionamiento a las formas burocráticas e inmovilizadoras del sindicalismo; y aquélla se revelaba como una poderosa arma en la lucha por los derechos políticos.

Pero lo que destaca en el alegato de Rosa no es la mera defensa de ese instrumento de lucha sino la confianza en que el movimiento mismo, de manera histórica y a través de la experiencia de las masas, supera las limitaciones ideológicas y políticas de las masas. Si bien en el texto mencionado no se contrapone en ningún momento al movimiento sindical con el partido —las dos formas de la conciencia obrera, la económico-corporativa y la ético-política, en los términos de Gramsci—, sí invierte los términos de la ecuación. No necesariamente es el partido el que infunde las formas superiores de conciencia política en las masas, sino el movimiento mismo de éstas, su autoorganización, el que va configurando tales formas de conciencia.

Rosa Luxemburgo nunca tuvo una posición antipartidista. Desde muy joven se integró al Partido Proletario. En 1892, con 21 años de edad, estuvo entre los fundadores del Partido Socialista Polaco, con el que rompió dos años después para fundar con otros emigrados en Zurich el Partido Social Demócrata del Reino de Polonia y Lituania (PSDPyL), en el que siguió participando el resto de su vida. En 1897, al trasladarse a Alemania, se integró al Partido Social Demócrata de ese país, en cuyo debate teórico y político participó de lleno a través de las publicaciones partidarias oficiales. Al final de su vida, al salir de la cárcel, fue fundadora, con Liebcknecht, de la Liga Espartaco, antecedente inmediato del Partido Comunista Alemán (véase Waters, 2013; Cliff, 1959; Nettl, 1974: 75, 105 y ss.). Fue enemiga, en cambio, de las burocracias partidistas que sustituían y refrenaban la acción directa de las masas trabajadoras. Hoy, cuando el descrédito de los partidos de todo signo, incluidas las expresiones tradicionales de la socialdemocracia y el comunismo se extiende por todo el globo, la relectura de sus obras es una importante fuente no sólo para quienes militan en las expresiones políticas de las izquierdas sino también para los participantes en los muy diversos movimientos sociales, en la tarea urgente de repensar la compleja relación partido organismos sociales (sindicatos, movimientos) y el tema de los sujetos. El debate, a estas alturas, no es tanto el de la huelga de masas como método de lucha más o menos espontáneo o dirigido, sino el de las aportaciones que el movimiento social puede hacer y hace a la lucha anticapitalista y el de la necesidad de centralizar esas luchas emanadas de la sociedad en movimiento para librar batallas más decisivas y constituirse como auténticas alternativas autónomas frente al dominio del capital (Kohan, 2013). Es esa la experiencia que proporcionan los movimientos indígenas de Bolivia y Ecuador, y el del chavismo venezolano; pero también la tenaz resistencia de la Revolución Cubana, la embrionaria autonomía del movimiento obrero argentino o la convocatoria neozapatista desde Chiapas.

Socialismo o barbarie

La advertencia dramática de Luxemburgo en el contexto de la guerra mundial y en la encrucijada del movimiento obrero y el socialismo europeos ha sido asumida, a casi un siglo de su enunciado, de muchas maneras por los nuevos movimientos sociales y de izquierda. Su actualidad, cuando el capitalismo ha demostrado ser la forma de organización social más agresiva de la historia contra la humanidad y la naturaleza, difícilmente puede ser descartada, aunque la consigna se interprete de diferentes maneras. Enunciada en el Folleto Junius a partir de una frase feliz de Federico Engels, constituía ya una exposición objetiva y a la vez trágica del momento y una visión a futuro. Mucha barbarie le faltó aún ver a Rosa, que fue víctima de la misma, a lo largo de las décadas subsiguientes; aunque alcanzó a presenciar, con la Revolución de Octubre, la flama de la esperanza en que tras la debacle bélica, podría abrirse paso el primero de los términos de su fórmula. Pero el sentido actual de la disyuntiva de Luxemburgo, “socialismo o barbarie” no es la de la sola advertencia sino el del llamado a la acción. Como lo destaca acertadamente Kohan:

No se trata de una simple consigna de agitación. Presupone una ruptura radical con todo modo determinista de comprender la historia y la sociedad (en la cual ella misma había creído hasta ese momento, pues sus escritos anteriores se encuentran plagados de referencias a la “necesidad histórica” y a la supuesta “inevitabilidad” de la crisis económica del capitalismo, de la huelga de masas proletaria, de la revolución y del socialismo). […] esa síntesis histórica resulta superadora del determinismo fatalista y economicista asentado en el desarrollo imparablemente ascendente de las fuerzas productivas. Allí se inscribe la ruptura epistemológica que en el seno de la tradición marxista abre esta disyuntiva formulada por ella (Kohan, 2013: s/n).

Las ideas de que la humanidad ha enfrentado a lo largo del siglo XX y el inicio del XXI un dilema civilizatorio, incluso de sobrevivencia planetaria, y de que ese dilema puede ser superado mediante la acción consciente de la humanidad, y en particular de las clases subalternas, van inseparablemente entrelazadas. Su actualidad en los tiempos de la creciente división de la humanidad —para plantearlo en términos de Chomsky (2012: 36)— en plutonomía y precariado, de amenazas irreversibles al ecosistema, de amenaza nuclear que no desaparece, de reactualización del racismo, el chovinismo y el repudio a los migrantes (Rosa lo era en Alemania), de degradación constante del trabajo y de desintegración social, las convierte no en un mero enunciado político, mucho menos en un dogma, sino en la formulación precisa de lo que a la humanidad le depara el predominio absoluto del capital al que los dueños del mundo aspiran. La barbarie ha estado, desde el asesinato de Luxemburgo, mil veces frente a nuestra mirada, y miles más lo estará si esa alternativa, genialmente expresada por Engels y por ella no se resuelve a favor de la humanidad y los trabajadores.

Algunas reflexiones

No toda la teoría de la ideóloga polaca mantiene su vigencia en la actualidad. Desde su tiempo, diversos críticos y polemistas (Bujarin, Lenin, Lukács, Grossman) señalaron sus errores. Su tesis económica de que el capitalismo encontraría su límite absoluto al agotarse su capacidad de expansión sobre nuevos territorios coloniales como áreas de realización de la plusvalía (La acumulación del capital, 1913) se ha visto desmentida una y otra vez por la capacidad del capital para reproducirse sobre la base de su propio consumo y para recuperarse de sus sucesivas crisis iniciando nuevos ciclos de expansión. La huelga de masas, que ella veía como la expresión más acabada de la acción obrera, no constituyó el epitafio del capitalismo. Y la idea de que los socialistas no debían alentar las expresiones de nacionalismo de los pueblos débiles oprimidos por el imperialismo (su propia patria, Polonia, doblemente sojuzgada por el imperio de los zares y el expansionismo alemán), sino integrarlos en los combates del proletariado de los países metropolitanos, choca con la experiencia histórica de las luchas anticoloniales y de liberación nacional del siglo XX.

Pero, la concepción luxemburguista del socialismo reaparece hoy vinculada, no con el extinto marxismo oficial estalinista, portador de una verdad dogmática y una línea política indivisa, sino con la diversidad política de los movimientos contemporáneos de lucha anticapitalista, bajo la única condición de expresar la autodeterminación de las masas explotadas y oprimidas. “Lejos de ser una suma de recetas prefabricadas que sólo exigen ser aplicadas —escribía Luxemburgo—, la realización práctica del socialismo como sistema económico, social y jurídico yace totalmente oculta en las nieblas del futuro”. A ella se llegará a través de la experimentación y el ensayo de múltiples iniciativas y acciones concretas asumidas por los trabajadores. Y esto, concluía, “no es una carencia, sino precisamente lo que hace al socialismo científico superior a todas sus variedades utópicas”.

Pocos como Rosa Luxemburgo lograron avizorar en su momento —lo que en la coyuntura de la guerra imperialista de 1914 llevó a la ruptura del movimiento socialista internacional— el gran dilema enfrentado por el socialismo europeo, y que ella resumió en la mencionada consigna de “socialismo o barbarie”. Sus temores, una vez derrotados los levantamientos revolucionarios en Alemania, Hungría e Italia, se vieron cumplidos pocos años después con el ascenso del fascismo y el nazismo y el afianzamiento, en la Rusia soviética, del estalinismo con su dogma del socialismo en un solo país en cuyo nombre cometió crímenes en nada inferiores a los de aquéllos. 

Aun hoy, en la era del dominio aparentemente indisputado del capital financiero, la barbarie a la que Luxemburgo se refería reaparece una y otra vez, como en el genocidio del Estado de Israel contra la población civil de Palestina, como en Kosovo ayer; hoy en la amazonia peruana, en Irak, Libia y Siria y mañana quién sabe dónde.

Más de noventa años después de su cruel sacrificio, crimen de odio si los hay, el pensamiento de Rosa Luxemburgo no va a rebrotar como una nueva ortodoxia (si es que alguna vez lo fue) ni reaparecerá el luxemburguismo como tal. Pero el actual movimiento anticapitalista, en la crisis catastrófica que sacude y amenaza al sistema desde 2008 y que se extiende por Europa, los Estados Unidos y otras naciones, comienza a recuperar las experiencias del pasado y a reivindicar las figuras del clásico pensamiento socialista de ayer para enriquecer las alternativas de la humanidad frente al desastre económico y ambiental, la cruel opresión sin fin y el presagiado salvajismo del que las grandes mayorías del mundo no logran escapar. 

Del espíritu luxemburguista nos queda sobre todo su inquebrantable confianza en que la clase trabajadora tiene la capacidad para transformar el orden (o el caos) que, impuesto por el capital sobre la humanidad, lleva a ésta a la hecatombe. En medio de la derrota, a punto ya de ser detenida por las fuerzas del nuevo régimen de Weimar, la llamada Rosa Roja desafiaba con esa certidumbre a sus inminentes victimarios: “¡El orden reina en Berlín! ¡Ah, estúpidos e insensatos verdugos! No os dais cuenta de que vuestro orden está levantado sobre arena. La revolución se erguirá mañana con su victoria y el terror asomará en vuestros rostros al oírle anunciar con todas sus trompetas: ¡Yo fui, yo soy, yo seré!”.

NOTAS

1 “No caben dudas de que los dirigentes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky, han dado más de un paso decisivo en su espinoso camino sembrado de toda clase de trampas con grandes vacilaciones interiores y haciéndose una gran violencia. Están actuando en condiciones de amarga compulsión y necesidad […] Por lo tanto, nada debe estar más lejos de su pensamiento que la idea de que todo lo que hicieron y dejaron de hacer debe ser considerado por la Internacional como un ejemplo brillante de política socialista que sólo puede despertar admiración acrítica y un fervoroso afán de imitación” (Luxemburgo, 2013: 224).

2 “La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los egoístas, la iniciativa de las masas en lugar de la inercia, el idealismo que supera todo sufrimiento, etcétera […] El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más limitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza […] Cuando se elimina todo esto, ¿qué queda realmente? En lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotsky implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución política, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo” (ibíd.: 251-252).

3 Es significativo que el país americano donde la Internacional Socialista se asentó primero y con más fuerza, la Venezuela de Carlos Andrés Pérez y su Acción Democrática, haya sido el escenario de la rebeldía popular con el Caracazo de 1989 y la cuna de una visión renovadora del socialismo, del todo ajena a la socialdemocracia y poco influida por el marxismo.

4 “Es absolutamente erróneo concebir la huelga de masas como una acción aislada; ella es más bien el signo, el concepto unificador de todo un periodo de años, quizás de decenios, de la lucha de clases. […] Todas las otras huelgas de masas parciales o huelgas generales son huelgas de lucha y no de protesta. Con ese carácter nacieron espontáneamente en ocasión de incidentes particulares locales y fortuitos y no de acuerdo con un plan preconcebido y deliberado y, merced a fuerzas elementales, adquirieron las dimensiones de un movimiento de gran envergadura” (Luxemburgo, 1981: 340).

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Temas marxistas y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s