El concepto de clase en E. P. Thompson

workers (Image Chaos)Si no estás obnubilado por la Champions y andas por aquí vamos a intentar no defraudarte. Marx no fue el descubridor de las clases pero puso a éstas y a su lucha en el centro de su esquema: un modelo macro de dos clases principales en conflicto. Hasta ahí está claro pero, ¿qué ocurre cuando descendemos al nivel micro?; nuestro vecino, el tendero, que trabaja de sol a sol siete días, ¿es un malvado burgués?; y el director de marketing del BBVA ¿es un proletario?. Y aún más, ¿es lo mismo la estratificación y la estructura de clase o el análisis de clases?¿cómo se convierte la ‘clase en si’ en ‘clase para si’?.

No es sencillo el tema pero aún se complica más, si dentro de una misma tradición de pensamiento surgen interpretaciones y aproximaciones dispares. Hemos recuperado un trabajo de Ellen Meiksins Wood sobre la cuestión en la obra de Thompson y que responde a los interrogantes planteados…

Salud y revolución. Olivé

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EL CONCEPTO DE CLASE EN E. P. THOMPSON

Ellen Meiksins Wood 1

 

Ningún otro rasgo es más característico de los marxismos occidentales, ni más revelador de sus premisas profundamente antidemocráticas. Tanto si se trata de la Escuela de Frankfurt como de Althusser, están marcados por el mismo fuerte énfasis en el peso ineluctable de los modos ideológicos de dominación: una dominación que destruye cada espacio para la iniciativa o la creatividad de la masa del pueblo; una dominación de la que solamente la minoría ilustrada de los intelectuales puede liberarse […] es ésta una triste premisa con la cual debería emprender la teoría socialista (todos los hombres y mujeres, a excepción de nosotros, son originalmente estúpidos) y que conduce naturalmente a conclusiones pesimistas o autoritarias.

E. P. Thompson, Miseria de la teoría

 

E.P. Thompson ha partido siempre, en sus trabajos, de la premisa de que la teoría tiene implicaciones para la práctica. La definición de clase con que inicia su innovador estudio, La formación histórica de la clase obrera, con su énfasis en la clase como proceso activo y como relación histórica, sin duda fue formulada para reivindicar a la clase frente a los científicos sociales e historiadores que niegan su existencia; pero también pretendía contrarrestar tanto las tradiciones intelectuales como las prácticas políticas que suprimen la actuación humana y en particular niegan la autoactividad de la clase trabajadora en la construcción de la historia. Al situar la lucha de clases en el centro de la teoría y la práctica, Thompson pretendía rescatar la “historia desde abajo” no sólo como empresa intelectual sino como proyecto político, tanto contra las opresiones de la dominación de clase cuanto contra el programa de “socialismo desde arriba“, en sus diversas encarnaciones desde el fabianismo hasta el stalinismo.2

Sus recientes ataques contra el marxismo althusseriano se dirigían igualmente contra lo que él ve como sus deformaciones teóricas y contra la práctica política que halla inscrita en ellas.

Los críticos de Thompson han pagado con la misma moneda. En su concepto de clase, y el proyecto histórico basado en el mismo, han hallado a menudo una unidad de teoría y práctica en la que un “socialismo populista” romántico se basa en un fundamento teórico ―o más bien, a-teórico― de “empiricismo indiscriminado“,3subjetivismo” y “voluntarismo“. Lo que sigue es un intento por evaluar estas afirmaciones explorando la teoría de la clase de Thompson, identificando los objetivos a los que tiende y, finalmente, interpretando el mensaje político que contiene. El objetivo es decir algo acerca de Thompson en particular, pero también, en el proceso, plantear algunas cuestiones más generales sobre los debates actuales en la teoría marxista y acerca de las opciones políticas implícitas en ellas.

El caso en contra de la concepción de la clase de Thompson ha sido expresado recientemente de forma más especialmente efectiva por Stuart Hall:

Si la conciencia de clase es en sí misma un proceso histórico, y no puede derivar simplemente de la posición económica de los agentes de clase (un marxismo realmente no-reductivo), entonces todo el problema de la política marxista queda atrapado en las conexiones, relacionadas pero no necesariamente correspondientes, entre la clase-en-símisma y la clase-para-sí-misma. El fundir a ambas en la categoría global de “experiencia” equivale a implicar ―no obstante todas las complejidades de cualquier análisis particular― que “la clase” está siempre realmente en su sitio, a la mano, y que puede ser convocada “para el socialismo”. Algo muy parecido a esto es lo que se encuentra, por ejemplo, en la noción de “historia del pueblo” del History Workshop; como si simplemente el relatar la historia de las opresiones y luchas pasadas fuese suficiente para hallar la promesa del socialismo ya presente, plenamente constituida, nada más aguardando a “pronunciarse”. A menudo, se implica también en las elocuentes invocaciones de Thompson a las tradiciones de los “ingleses nacidos libres” y del “pueblo común”, que viven en la tradición popular con sólo que puedan librarse de sus constituyentes burgueses. Pero todo el historial del socialismo, incluso y especialmente en el momento presente, va contra este “populismo” excesivamente simple. Una teoría marxista no reductiva debe significar el hacer frente a todo lo que se implica al decir que el socialismo tiene que ser construido mediante una práctica política real, no simplemente “redescubierto” en una reflexión histórica recuperativa.4

Aquí, en una declaración concisa y relativamente comprensiva, se resumen las críticas más importantes (aunque no, como ya veremos, necesariamente consecuentes entre sí) que a menudo se hacen a Thompson. Es especialmente importante plantear el argumento en la forma aquí elaborada por Stuart Hall porque éste ataca el problema precisamente en el punto crucial: las consecuencias prácticas y políticas inmediatas de la posición teórica de Thompson.

Thompson ha sido acusado frecuentemente de sumergir los determinantes objetivos o las condiciones estructurales de la clase en una noción esencialmente subjetiva e históricamente contingente de “experiencia“. Se dice que define la clase en términos de conciencia de clase y cultura en vez de reconocer el principio materialista fundamental de que “las clases están constituidas por modos de producción” que objetivamente distribuyen a la gente en clases.5 Por consiguiente, niega que las clases puedan definirse estructuralmente con alguna precisión “con referencia a las relaciones de producción“.6 Algunos críticos sugieren que, como consecuencia, para Thompson no hay clase donde no hay conciencia de clase. Stuart Hall, sin embargo, adopta en apariencia otro punto de vista acerca de lo que se deriva de la concepción de Thompson de la experiencia de clase; y cualesquiera que sean las fallas de la interpretación de Hall, es al menos más consecuente con la práctica histórica de Thompson. La idea es que absorbiendo o elevando las condiciones estructurales de la clase “al nivel de ‘la experiencia’7 ―es decir, absorbiendo los determinantes objetivos en experiencias subjetivas, conciencia y cultura― en efecto Thompson descubre, a la clase en todas partes, completa y “pronta” en todas las manifestaciones de cultura popular. Según este argumento, en la medida en que Thompson trata efectivamente todas las experiencias vividas por las clases subordinadas en igual forma y sin distinción como experiencias de clase, y más particularmente, todas sus protestas y resistencias igualmente como luchas de clase, sucumbe a una especie de “populismo demasiado simple“, una fe revolucionaria en el potencial revolucionario de la cultura popular, y subestima la necesidad de una práctica política organizada y ardua para construir la lucha por el socialismo.

Sin embargo, hay otro aspecto en esta cuestión. Después de todo, no es Thompson ―en verdad, Thompson menos que nadie― quien ve la formación de clases como algo carente de problemas, un reflejo mecánico de las estructuras objetivas. Decir que “la conciencia de clase es en sí misma un proceso histórico, y no puede derivar simplemente de la posición económica de los agentes de clase” es precisamente negar que” ‘la clase’ está siempre realmente en su sitio“. La conclusión de que la clase siempre está ahí, pronta, puede decirse que se adapta mucho mejor a la premisa de que las clases son dadas directamente por las relaciones objetivas de producción que al principio en que verdaderamente se basa el trabajo histórico de Thompson: que las clases deben ser hechas o formadas, y que son hechas y formadas en el proceso de conflicto y lucha. En realidad, es precisamente este principio, y la insistencia de Thompson en explorar los procesos históricos de formación de clases, lo que ha dado pie a los cargos de subjetivismo y empirismo o la acusación de que confunde la clase con la conciencia de clase. A este respecto, lo que Stuart Hall toma aparentemente como subordinación de Thompson a las condiciones estructurales de la experiencia histórica procede exactamente de su negativa a dar por descontado que la clase siempre está en el lugar justo y en estado de alerta.

Existen historiadores, como sugiere Stuart Hall, que tratan la “historia de los pueblos” y la evocación romántica de las tradiciones artesanales como si fuesen sustitutos de la lucha política y la construcción del socialismo. Y estos historiadores pueden haber hallado en el concepto de “experiencia” una especie de garantía teórica para su proyecto. La imprecisión conceptual y política que describe Hall puede incluso haber sido alentada por Edward Thompson, especialmente en la medida en que trata de ocultar la agudeza teórica de su propio trabajo en un esfuerzo por disociarse del “teoricismo” de sus adversarios. En conjunto, sin embargo, en estas cuestiones Thompson ha recibido tan flacos servicios de sus más fieles amigos como de sus más duros críticos.

LA DEFINICIÓN ESTRUCTURAL DE LA CLASE

La cuestión, pues, es si la recuperación histórica que hace Thompson de la clase disuelve en realidad los determinantes estructurales de la clase en un revoltijo de experiencias subjetivas e históricamente específicas, “fundiendo los dos principios diferentes de clase en sí misma y clase para sí misma” en “la categoría global de experiencia“; bien sea en el sentido de que la clase no tiene para él ninguna realidad objetiva aparte de la conciencia de clase, o en el sentido de que es incapaz de distinguir entre experiencia popular y conciencia de clase revolucionaria.

Un crítico reciente acusó a Thompson de creer erróneamente que, debido a que “las relaciones de producción no determinan mecánicamente la conciencia de clase“, “la clase no debe ser definida simplemente en términos de relaciones de producción“.8 En contra de Thompson, Gerald Cohén argumenta que la clase puede ser definida “estructuralmente“, “con más o menos (si no es que, acaso, ‘matemática’) precisión en referencia a las relaciones de producción“.9 Thompson, sugiere Cohén, rechaza la definición estructural de clase y define la clase “en referencia a” la conciencia de clase y a la cultura en vez de a las relaciones de producción. “El resultado“, afirma Perry Anderson, coincidiendo con el juicio de Cohén, “es una definición de la clase excesivamente voluntarista y subjetivista […]“.10

Es posible argumentar que Thompson nos dice demasiado poco acerca de las relaciones de producción y que no las define con suficiente detalle. Bien puede ser que tome demasiadas cosas por descontadas. Sin embargo, acusarlo de definir a la clase “en referencia” o “en términos de” conciencia de clase, en vez de por las relaciones de producción, es simple y sencillamente no entender su postura. Para Thompson, no se trata de definir a las clases “en referencia a” la conciencia de clase en vez de a las relaciones de producción, sino más bien de investigar los procesos mediante los cuales las relaciones de producción dan lugar en realidad a las formaciones de clase y la “disposición a comportarse como clase“. En este aspecto, no está en absoluto claro que la concepción de Thompson de la clase sea incompatible, por ejemplo, con la siguiente afirmación de Perry Anderson, aunque Anderson pretende hacer de ella una réplica a Thompson, un ataque a su definición de clase excesivamente voluntarista y subjetivista, y una expansión del argumento de Cohén:

El modo dominante de producción es, y debe ser, lo que confiere unidad fundamental a una formación social, otorgando sus posiciones objetivas a las clases dentro del mismo y distribuyendo a los agentes dentro de cada clase. El resultado, típicamente, es un proceso objetivo de lucha de clase […] la lucha de clases no es una prioridad causal en la sustentación del orden, porque las clases están constituidas por modos de producción, y no viceversa. 11

Ahora bien, a no ser que la proposición de que “las clases están constituidas por modos de producción” se interprete en el sentido ―lo que en el caso de Perry Anderson indudablemente no debe ser― de que los modos de producción constituyen inmediatamente formaciones de clase activas o que el proceso de formación de clases es sencillo y mecánico, Thompson (sin duda con algunas reservas estilísticas) podría aceptarlo gustosamente. El peligro es que podemos exigir demasiado de la fórmula “los modos de producción constituyen clases“, con su engañosa precisión. Podemos caer en una petición de principio a propósito de la clase y conceptualizar, hasta evaporarlos, los problemas más esenciales y difíciles mediante una evasiva conceptual. La proposición de que “las clases están constituidas por modos de producción” puede ocultar la cuestión de cómo es que las formaciones de clase están constituidas por modos de producción y cómo, una vez que los “agentes” han sido objetivamente “distribuidos” dentro de cada clase, estas clases objetivamente constituidas dan origen a formaciones de clase reales (y cambiantes).

El proyecto histórico de Thompson presupone que las relaciones de producción distribuyen a la gente en situaciones de clase, que estas situaciones llevan consigo antagonismos objetivos esenciales y conflictos de intereses, y que por consiguiente crean condiciones de lucha. Las formaciones de clase y el descubrimiento de la conciencia de clase surgen del proceso de la lucha, a medida que la gente “experimenta” y “maneja” sus situaciones de clase. En este sentido es que la lucha de clases precede a las clases. Decir que la explotación es “experimentada en forma de clase y sólo luego da origen a las formaciones de clase” es decir precisamente que las condiciones de explotación, las relaciones de producción, están objetivamente allí para ser experimentadas.12 No obstante, las determinaciones objetivas no se sobreimponen a un material desnudo y en blanco sino a seres históricos activos y conscientes. Las formaciones de clase emergen y se desarrollan “conforme hombres y mujeres viven sus relaciones productivas y experimentan sus situaciones determinadas, dentro del ‘conjunto de relaciones sociales’, con su cultura y expectativas heredadas, y conforme manejan estas experiencias en formas culturales“.13 Ciertamente, esto significa que  ninguna definición estructural de clase puede por sí sola resolver el problema de la formación de clase y que “ningún modelo puede darnos lo que debería ser la ‘verdadera’ formación de clase para cierta ‘etapa’ del proceso“.14 Al mismo tiempo, si a las formaciones de clase las genera el “vivir” y el “experimentar“, dentro de una compleja totalidad de relaciones sociales y legados históricos, ellas presuponen lo que se vive y experimenta: las relaciones productivas y las situaciones determinadas “en las que los hombres nacen, o entran voluntariamente“.15 Con el fin de experimentar cosas en “formas de clase” las personas deben ser objetivamente distribuidas en situaciones de clase; pero éste es el principio, no el fin, de la formación de clases. No es una cuestión pequeña ―o teóricamente trivial― la de distinguir entre la constitución de clases por modos de producción y el proceso de formación de clases. Tampoco es superfluo sugerir, por más completamente que podamos lograr situar deductivamente a las personas en un mapa de locaciones de clase, que la cuestión problemática de la formación de clases seguirá existiendo y podrá proporcionar respuestas que, tanto teórica como políticamente, son más significativas.

De hecho, se acusa a Thompson de voluntarismo y subjetivismo no porque descuide las determinaciones objetivas de clase, estructurales, sino al contrario, porque se niega a relegar el proceso de formación de clases ―que es su preocupación básica― a una esfera de simple contingencia y subjetividad alejada de la esfera de la determinación material objetiva, como sus críticos parecen hacer. Thompson no procede de un dualismo teórico que opone la estructura a la historia e identifica la explicación “estructural” de la clase con el trazado de locaciones de clases objetivas y estáticas al tiempo que reserva el proceso de formación de clases para una forma aparentemente menor de explicación histórica y empírica. Por el contrario, Thompson ―tomando seriamente los principios del materialismo histórico y su concepción de los procesos históricos estructurados materialmente― trata el proceso de formación de clases como proceso histórico moldeado por la “lógica” de las determinaciones materiales.

De hecho, Thompson podría devolver las críticas a sus opositores. Uno de sus principales objetivos al rehusarse a definir la clase como una “estructura” o “cosa“, como señala en La formación histórica de la clase obrera, consistió en reivindicar el concepto de clase en contra de aquellos ―especialmente los científicos sociales  burgueses― que niegan su existencia excepto como “una construcción teórica peyorativa, impuesta a la evidencia“.16 Thompson ha replicado a tales negativas insistiendo en la clase como una relación y un proceso, que debe observarse durante cierto tiempo en tanto patrón de relaciones sociales, instituciones y valores.

La negación de la clase, especialmente allí donde no hay claridad histórica para imponer su realidad ante nuestra atención, no se puede contestar simplemente recitando la definición “estructural” de la clase. Esto, en realidad, no es mejor que la reducción de la clase a una construcción teórica impuesta a la evidencia. Lo que se necesita es un modo de demostrar cómo la estructuración de la sociedad en “formas de clase” afecta efectivamente las relaciones sociales y los procesos históricos. Así pues, la cuestión consiste en tener una concepción de la clase que nos invite a descubrir cómo las situaciones objetivas de la clase moldean realmente la realidad social, y no simplemente afirmar y reafirmar la proposición tautológica de que “clase = relación con los medios de producción“. El concepto de clase como relación y proceso enfatiza que las relaciones objetivas con los medios de producción son significativas en la medida en que establecen antagonismos y generan conflictos y luchas; que estos conflictos y luchas moldean la experiencia social “en formas de clase“, incluso cuando no se expresan en conciencia de clase y formaciones claramente visibles; y que a través del tiempo podemos discernir cómo estas relaciones imponen su lógica, su esquema, en los procesos sociales. Las concepciones de clase puramente “estructurales” no nos exigen examinar las formas como la clase impone realmente su lógica, puesto que las clases están simplemente ahí por definición.

No obstante, a Thompson se le ha atacado en base a que, al no definir la clase en términos puramente “estructurales“, ha hecho el concepto inaplicable a todos los casos históricos en los que no puede discernirse alguna conciencia de clase.17 Sin embargo, el énfasis en la clase como relación y proceso es especialmente importante precisamente al tratar de casos donde no se dispone de expresiones bien definidas de conciencia de clase para proporcionar evidencia incontestable de la clase. Esto se aplica en particular a las formaciones sociales anteriores al advenimiento del capitalismo industrial, el cual, en la Inglaterra del siglo XIX produjo por primera vez en la historia formaciones de clase visibles sin ninguna ambigüedad, forzando a los observadores a tomar nota de la clase, y a proporcionar instrumentos conceptuales para aprehenderla. En efecto, Thompson es probablemente el único marxista que, en vez de evadir la cuestión, ha tratado de dar una explicación de la clase que puede aplicarse en esos casos ambiguos. Su propósito aquí no ha sido el de negar la existencia de la clase en ausencia de la conciencia de clase sino, por el contrario, responder a tales negativas mostrando cómo los determinantes de clase moldean los procesos sociales, cómo la gente actúa “en formas de clase“, incluso antes ―y como precondición― de las formaciones “maduras” de clase con sus instituciones y valores conscientemente definidos como clase.18 Así, por ejemplo, la fórmula “lucha de clase sin clase“, que Thompson propone tentativamente para describir la sociedad inglesa en el siglo XVIII, pretende precisamente transmitir los efectos de las relaciones sociales estructuradas como clase sobre los agentes faltos de conciencia de clase y como precondición para las formaciones de clase conscientes. Por consiguiente, la lucha de clase precede a la clase, tanto en el sentido de que las formaciones de clase presuponen una experiencia del conflicto y la lucha que nacen de las relaciones de producción, cuanto en el sentido de que hay conflictos y luchas estructurados “en formas de clase” incluso en formaciones sociales que todavía no tienen formaciones de clase con conciencia de clase.

Alegar que se requiere una definición puramente estructural para rescatar la aplicabilidad universal de la “clase” es lo mismo que sugerir que en ausencia de la conciencia de clase las clases existen sólo como “relaciones objetivas con los medios de producción“, sin ninguna consecuencia práctica para la dinámica del proceso social. Así pues, quizá no sea Thompson, sino sus críticos, quienes efectivamente reducen la clase a conciencia de clase. Thompson, por el contrario, parece argumentar que “las relaciones objetivas de producción” siempre importan, se hallen o no expresadas en una conciencia de clase bien definida; si bien importan en formas diferentes en distintos contextos históricos y sólo producen formaciones de clase como resultado de procesos históricos. La cuestión está en tener una concepción de la clase que dirija nuestra atención precisamente al cómo, y de qué modos diferentes, importan las situaciones objetivas de clase.

Thompson, por tanto, dice efectivamente que las clases surgen o “suceden” porque las personas “en relaciones productivas determinantes” ―y que consiguientemente comparten una experiencia común― identifican sus intereses comunes y llegan a pensar y valorar “en formas de clase“;19 pero no por ello tenemos derecho a concluir que las clases no existen para él, en ningún sentido importante, como realidades objetivas antes del surgimiento de la conciencia de clase. Por el contrario, la conciencia de clase depende de la fuerza determinante de las situaciones objetivas de clase. Si Thompson efectivamente distingue entre situaciones de clase y formaciones de clase, es quizá porque, a diferencia de aquellos que equiparan la clase con las relaciones de producción, él encuentra necesario distinguir entre las condiciones de la clase y la clase misma. Y si subraya esta distinción, es con el fin de enfocar la atención a los complejos y a menudo contradictorios procesos históricos mediante los cuales, en determinadas condiciones históricas, las primeras dan origen a las segundas. En cuanto a las definiciones de clase puramente “estructurales“, puesto que no pueden definir formaciones de clase plenamente acabadas, o bien pretenden simplemente indicar las mismas presiones determinantes ejercidas por las distribuciones objetivas de clases en procesos históricos variables ―de manera que la diferencia entre Thompson y sus críticos es principalmente una cuestión de énfasis―, o tales definiciones no se refieren a nada importante en absoluto.

LA FORMACIÓN DE LA CLASE OBRERA INGLESA

La proposición de que Thompson desdeña las determinaciones objetivas a favor de los factores subjetivos ha sido puesta a prueba prácticamente por Perry Anderson en una crítica especialmente detallada de su mayor obra histórica, La formación histórica de la clase obrera. Anderson arguye que, en este trabajo, las condiciones objetivas de la acumulación de capital y de industrialización son tratadas como secundarias y externas a la formación del proletariado inglés:

No son las transformaciones estructurales ―económicas, políticas y demográficas […] las que constituyen el objeto de su investigación, sino más bien sus precipitados en la experiencia subjetiva de quienes vivieron a lo largo de aquellos “terribles años”. El resultado es fundir la compleja multiplicidad de determinaciones objetivas-subjetivas, cuya totalización de hecho generó a la clase obrera inglesa, en una simple dialéctica entre sufrimiento y resistencia cuyo movimiento total es interno a la subjetividad de la clase.20

De hecho, sugiere Anderson, el advenimiento del capitalismo industrial se convierte simplemente en un momento en un largo proceso básicamente “subjetivo“, retrocediendo hasta la época Tudor, en donde la formación de la clase obrera inglesa aparece como un desarrollo gradual en una tradición constante de cultura popular.21 No existe, según Anderson, ningún tratamiento real del proceso histórico total en el que grupos heterogéneos de artesanos, pequeños propietarios, trabajadores agrícolas, trabajadores a domicilio y pobres ocasionales eran gradualmente agrupados, distribuidos y reducidos a la condición de mano de obra sometida al capital, primero en la dependencia formal del contrato salarial, y por último en la dependencia real respecto de la integración en los medios mecanizados de producción.22

Por lo tanto, Thompson no nos da ningún medio de probar su argumento de que “la clase obrera inglesa se hizo a sí misma tanto como fue hecha“, puesto que no nos proporciona ninguna medida de la relación proporcional entre “agente” y “necesidad“. Lo que se necesitaría es por lo menos una “exploración conjunta de la agrupación y transformación objetiva de una fuerza de trabajo por la revolución industrial, y de la germinación subjetiva de una cultura de clase en respuesta a aquélla“.23 Concentrándose en “la experiencia inmediata de los productores en vez de en el modo de producción mismo“, Thompson nos da solamente los elementos subjetivos de la ecuación.24

Anderson aisla correctamente dos de los temas más característicos y problemáticos del argumento de Thompson: su énfasis en la continuidad de las tradiciones populares a través de la “catastrófica” ruptura que significó la revolución industrial; y su insistencia en situar históricamente los momentos cruciales en la formación de la clase obrera inglesa de tal forma que el momento álgido viene en el periodo 1790-1832, esto es, antes de que la transformación real de la producción y la fuerza de trabajo por el capitalismo industrial estuviese muy avanzada y sin tomar en cuenta los tremendos cambios ocurridos en la clase trabajadora desde entonces.25

Cierto que aquí surgen dificultades, como sugiere Anderson. El énfasis en la continuidad de las tradiciones populares ―tradiciones más viejas y no específicamente proletarias, sino artesanales y “democráticas“― puede hacer difícil el percibir a primera vista lo que hay de nuevo en la clase obrera de 1790-1832, qué es lo específicamente proletario o característico, del capitalismo industrial, en esta formación de clase. ¿Qué es, exactamente, lo que ha sido “hecho“, y qué papel representa el advenimiento del nuevo orden de capitalismo industrial en su hechura? Los parámetros temporales también pueden presentar problemas. Concluir el proceso del “hacer” en 1832, cuando la transformación industrial estaba lejos de concluirse, puede parecer implicar que los desarrollos en la conciencia de clase, instituciones y valores subrayados por Thompson ocurrieron independientemente de las transformaciones “objetivas” en el modo de producción.

Indudablemente, hay muchas cuestiones historiográficas que se pueden discutir aquí a propósito de la naturaleza y evolución de la clase obrera inglesa. Pero la cuestión inmediata es si la insistencia de Thompson en la continuidad de las tradiciones populares, así como su aparentemente idiosincrática periodización de la formación de la clase obrera, reflejan una preocupación por factores subjetivos a expensas de las determinaciones objetivas. ¿Es la intención de Thompson establecer desarrollos “subjetivos” (la evolución de la cultura popular) contra factores “objetivos” (los procesos de acumulación de capital e industrialización) ?

El primer punto que llama la atención en el argumento de Thompson es que, a pesar de toda su insistencia en la continuidad de la cultura popular, él considera su argumento no como una negación sino como una reafirmación de su opinión de que el periodo de la Revolución industrial representa un punto histórico importante, de hecho “catastrófico“, señalado por el surgimiento de una clase suficientemente nueva para parecer “una nueva raza“. En otras palabras, su objetivo no es afirmar la subjetiva continuidad de la cultura de la clase obrera contra las transformaciones objetivas radicales del desarrollo capitalista sino, al contrario, revelar y explicar los cambios dentro de las continuidades. En parte, los énfasis de Thompson están destinados a cubrir los términos específicos de los debates en los que está empeñado: debates acerca de los efectos de la revolución industrial tales como la cuestión del “nivel de vida“, controversias entre análisis “catastróficos” y “anticatastróficos” o “empiristas“, y así sucesivamente. Entre otras cosas, está respondiendo a una variedad de ortodoxias históricas ―e ideológicas― recientes, que cuestionan la importancia de las dislocaciones e interrupciones traídas por el capitalismo industrial, o, en caso que admitan la existencia de conflictos dentro de las tendencias generalmente progresivas y mejora-doras de la “industrialización“, las atribuyen a causas externas al sistema de producción: por ejemplo, a los “ciclos comerciales“. Tales argumentos van a veces acompañados por negaciones de que la clase trabajadora ―en contraste con diversas clases trabajadoras― existiera en absoluto. Un énfasis en la diversidad de la experiencia de la clase trabajadora, en las diferencias entre la experiencia “preindustrial” de trabajadores a domicilio o artesanos y la de los obreros industriales totalmente absorbidos en el nuevo orden industrial, puede ser particularmente útil a la ideología capitalista. Por ejemplo, es especialmente útil en argumentos que confinan los conflictos y dislocaciones engendradas por el capitalismo industrial a los trabajadores “preindustriales” o tradicionales. En estas interpretaciones, la degradación de tales trabajadores resulta simplemente la consecuencia inevitable e impersonal del “desplazamiento por los procesos mecánicos“, el “progreso” y los métodos industriales perfeccionados, mientras que el trabajador moderno avanza y asciende ininterrumpidamente.

Thompson reivindica el punto de vista “catastrófico“, así como la noción de la clase trabajadora, confrontando la evidencia aducida por sus críticos. Una de sus tareas consiste en explicar por qué, aunque a juzgar por ciertos patrones estadísticos puede haber habido un ligero mejoramiento en los patrones materiales estándar en el periodo 1790-1840, esta ligera mejoría fue experimentada por los trabajadores como una “catástrofe“, la cual enfrentaron creando nuevas formaciones de clase, “instituciones fuertemente basadas y autoconscientes: sindicatos, sociedades cooperativas, movimientos educativos y religiosos, organizaciones políticas, publicaciones“, junto con “tradiciones intelectuales de la clase trabajadora, patrones comunitarios de la clase trabajadora y una estructura de sentimientos de clase trabajadora“.26 Estas instituciones y formas de conciencia son un testimonio tangible de la existencia de una nueva formación obrera, no obstante la aparente diversidad de experiencias; y su expresión en la inquietud popular constituye un testimonio en contra del punto de vista “optimista” acerca de la revolución industrial. Thompson, sin embargo, encara entonces el problema de explicar el hecho de que esta formación de clase es ya visible cuando el nuevo sistema de producción aún está sin desarrollarse; que gran número de los trabajadores que constituyen esta formación de clase, y de hecho inician sus instituciones características, aparentemente no pertenecen a una “raza nueva” producida por la industrialización, sino que siguen perteneciendo a formas ostensiblemente “preindustriales” de mano de obra a domicilio y artesanal; y que la mano de obra fabril probablemente (excepto en los distritos textiles) no formaba “el núcleo del movimiento laboral” antes de finales de la década de 1840.27 A la luz de estos datos, sería difícil sostener que la nueva clase fue simplemente creada por las nuevas formas de producción características del capitalismo industrial. Para explicar la incontestable presencia de formaciones de clase que unieron las formas de trabajo nuevas y tradicionales ―artesanos, trabajadores a domicilio, obreros fabriles― se hace necesario identificar una experiencia unificadora, que también explica por qué el impacto “catastrófico” de la revolución industrial fue experimentado en sectores aparentemente aún intocados por la transformación de la producción industrial.

Aquí los críticos de Thompson pueden argumentar ―como lo sugiere la crítica de Anderson― que Thompson confía demasiado en las experiencias “subjetivas“, en el sufrimiento y en la continuidad de la cultura popular para superar la diversidad objetiva de artesanos y obreros fabriles sin tomar en cuenta los procesos que en realidad, objetivamente, los unificaban en una sola clase. En realidad, estos críticos pueden argumentar que para Thompson no es necesaria ninguna unidad objetiva para identificar a la clase obrera, en tanto que pueda ser definida en términos de una unidad de conciencia. Sin embargo, puede responderse que tales críticas conceden demasiado a los oponentes antimarxistas de Thompson. Por ejemplo, los argumentos “optimistas” y “empiristas” se basan, al menos implícitamente, en establecer una oposición entre “hechos” y “valores“, entre sus propios patrones “objetivos” y los patrones simplemente “subjetivos” relativos a la “calidad de vida“. Esta oposición puede utilizarse para oscurecer las cuestiones reales relegando los problemas de la explotación, relaciones de producción y lucha de clase ―que son el punto focal del argumento de Thompson― a la esfera de la subjetividad, al tiempo que identifican la objetividad con factores “duros“, “impersonales“: ciclos comerciales, tecnología, índices salariales y de precios. Thompson, aunque indudablemente interesado en la “calidad de vida“, no define sus condiciones simplemente en términos subjetivos, sino en términos de las realidades objetivas de las relaciones capitalistas de producción y su expresión en la organización de la vida. Así, la única y más importante condición objetiva experimentada en común por varios tipos de trabajadores durante el periodo en cuestión fue la intensificación de la explotación; y Thompson dedica la parte segunda y central de La formación histórica de la clase obrera, precedida por un capítulo titulado “Explotación“, a una descripción de sus efectos.28 Está interesado no sólo en sus efectos sobre el “sufrimiento” sino en la distribución y organización del trabajo (así como del ocio), muy especialmente sus consecuencias para la disciplina laboral y la intensidad de trabajo, por ejemplo en la extensión del horario laboral, la creciente especialización, el quebrantamiento de la economía familiar, etcétera.29 También considera en qué forma se expresaba la relación de explotación en “formas correspondientes de propiedad y poder estatal“, en formas legales y políticas, y cómo la intensificación de la explotación era agravada por la represión política contrarrevolucionaria.30 Éstos son factores que ciertamente, desde un punto de vista marxista, no pueden ser desdeñados como “subjetivos“; y Thompson los contrasta con los “hechos desnudos” del argumento “empirista“, no como subjetividad contra objetividad, sino como determinaciones reales objetivas que subyacen a los “hechos“:

¿Mediante qué alquimia social los inventos para ahorrar trabajo se convirtieron en agentes de pauperización? El hecho desnudo ―una mala cosecha― puede parecer que está más allá de la decisión humana. Pero la forma como el hecho se manifestó fue en términos de una trama particular de las relaciones humanas: ley, propiedad, poder. Cuando encontramos alguna sonora frase como “el poderoso flujo y reflujo del ciclo comercial” debemos ponernos en guardia. Porque detrás de este ciclo comercial hay una estructura de relaciones sociales que protegen ciertos tipos de expropiación (renta, interés, ganancia) y proscriben algunos otros (robo, deudas feudales), legitimando algunos tipos de conflicto (competencia, guerra armada) e inhibiendo otros (sindicalismo, motines por hambre, organizaciones políticas populares) […]31

Las determinaciones objetivas subyacentes que afectaron a los acontecimientos de 1790-1832 fueron, pues, resultado de los modos capitalistas de expropiación, la intensificación de la explotación que esto implicaba y la estructura de las relaciones sociales, formas legales y poderes políticos que la sustentaban. El punto significativo es que estos factores afectaban tanto a las formas de trabajo “tradicional” como a las nuevas; y su “experiencia” común, con las luchas que llevaba consigo ―en un periodo de transición que produjo un momento de particular transparencia en las relaciones de explotación, una claridad intensificada por la represión política― subyace al proceso de formación de clase.

La importancia particular y la sutileza del argumento de Thompson consiste precisamente en su demostración de que la aparente continuidad de las formas “preindustriales” puede ser engañosa. Argumenta que la producción doméstica y artesanal fueron ellas mismas transformadas ―incluso cuando no fueron desplazadas― por el mismo proceso objetivo y el mismo modo de explotación que crearon el sistema fabril. De hecho, a menudo fue en las industrias que empleaban trabajadores a domicilio donde la nueva relación de explotación resultó más transparente. Veamos, por ejemplo, cómo responde a los argumentos que atribuyen las dificultades de la “industrialización” simplemente al “desplazamiento por los procesos mecánicos“:

[…] no serviría de nada explicar los aprietos de los tejedores o de los trabajadores “desharrapados” como “instancias de la declinación de los viejos oficios al ser desplazados por las innovaciones mecánicas”; y ni siquiera podemos aceptar la afirmación, en su contexto peyorativo, de que “no fue entre los empleados fabriles sino entre los trabajadores a domicilio, cuyas tradiciones y métodos eran los del siglo XVIII, entre quienes los salarios eran los más bajos”. La idea a que nos conduce esta afirmación es que estas condiciones pueden ser segregadas de alguna manera en nuestras mentes del auténtico impulso mejorador de la revolución industrial; pertenecen a un orden “más viejo”, preindustrial, mientras que las auténticas características del nuevo orden capitalista pueden verse allí donde hay vapor, operadores fabriles e ingenieros comedores de carne. Pero el número de los empleados en industrias de trabajo a domicilio se multiplicó enormemente entre 1780-1830; y muy a declarar que ambas eran componentes complementarios de Eran los molinos que hilaban la fibra y las fundiciones que hacían las barras de fierro las que requerían emplear trabajadores a domicilio. La ideología puede querer exaltar una cosa y despreciar otra, pero los hechos nos obligarán a declarar que ambas eran componentes complementarios de un único proceso [… ] Además de esto, la degradación de los trabajadores a domicilio era muy raramente tan simple como la frase “desplazados por un proceso de innovaciones mecánicas” lo sugiere; era llevada a cabo por métodos de explotación similares a los de los trabajos considerados más indignos y a menudo precedía a la competencia de las máquinas […] En realidad, podemos decir que el trabajo a domicilio en gran escala era tan intrínseco a esta revolución como la producción fabril y el vapor.32

En efecto, Thompson socava los fundamentos ideológicos de sus adversarios simplemente desplazando el foco del análisis de la “industrialización” al capitalismo.33 En otras palabras, traslada nuestra atención de los factores puramente “tecnológicos“, así como de los ciclos comerciales y las relaciones de mercado ―típicos refugios de la ideología capitalista―, a las relaciones de producción y a la explotación de clase. Desde este punto de vista (marxista), Thompson puede explicar la presencia histórica de las formaciones de clase obrera en las fases más tempranas de la industrialización, basándose en que las relaciones de producción y explotación esencialmente capitalistas estaban ya instaladas (y de hecho eran las precondiciones para la industrialización misma).

Por numerosas razones, Thompson no puede aceptar la simple proposición de que el sistema fabril produjo, de pies a cabeza, una nueva clase trabajadora, ni tampoco la sugerencia de que la “agrupación, distribución y transformación” objetivas de la fuerza de trabajo tenían que preceder al surgimiento de una conciencia de clase y una cultura “en respuesta” a ellas. No puede aceptar que la formación de la clase obrera a partir de “grupos heterogéneos” tenía que aguardar a la terminación del proceso en el que eran “agrupados, distribuidos y reducidos a la condición de mano de obra subsumida por el capital, primero en la dependencia formal del contrato salarial, por último en la dependencia real de la integración a los medios mecanizados de producción“. Por una parte, si las relaciones de producción y explotación son los factores objetivos críticos que constituyen un modo de producción, y si proporcionan el impulso para la transformación de los procesos laborales, entonces la “sujeción formal” del trabajo al capital asume una especial significación y primacía. La “sujeción formal” representa el establecimiento de la relación capitalista entre apropiador y productor y la precondición para, y de hecho la fuerza motivadora de, la subsiguiente transformación “real” de la producción, a menudo llamada “industrialización“. Actúa como una fuerza determinante sobre diversos tipos de trabajadores, y como experiencia unificadora, incluso antes de que el proceso de “sujeción real” los incorpore a todos ellos y los “agrupe” en factorías. En un sentido muy importante, pues, es efectivamente la “experiencia” y no simplemente una “agrupación” objetiva lo que une a estos grupos heterogéneos en una clase; aunque “experiencia” en este contexto se refiere a los efectos de determinaciones objetivas, las relaciones de producción y explotación de clase. De hecho, la conexión entre relaciones de producción y formación de clase probablemente no puedan nunca corregirse de otra manera, puesto que las personas nunca son agrupadas directa y realmente en formaciones de clase en el proceso de producción. Incluso cuando el “agrupamiento y transformación” de la fuerza laboral ha concluido, las personas son agrupadas todo lo más en unidades de producción, factorías, etcétera. Su agrupación en formaciones de clase que trascienden tales unidades individuales es un proceso de tipo diferente, que depende de su conciencia de, y propensión a actuar sobre, una experiencia común e intereses comunes. (Más adelante volveremos sobre esto.)

Quizá Thompson está siendo criticado por concentrarse en la sujeción formal a expensas de la real. Ciertamente hay debilidades en sus argumentos surgidas de su enfoque en la fuerza determinante y unificadora de la explotación capitalista y sus efectos en los trabajadores “preindustriales“, y su relativo olvido de la especificidad de la “industrialización” y la producción maquinista, la posterior “catástrofe” ocasionada por la consumación de la “sujeción real“. Perry Anderson, por ejemplo, se refiere a los profundos cambios en la organización industrial y política y en la conciencia de clase de los trabajadores después de la década de 1840, cuando la transformación se hallaba más o menos consumada; cambios que, según sugiere, el argumento de Thompson no puede explicar.34 Pero esto no es igual que decir que Thompson se concentra en determinaciones subjetivas más que en las objetivas; a no ser desde el punto de vista de las ortodoxias “optimistas” y “empiristas” de la ideología capitalista, para las cuales las mismas premisas de la teoría marxista, con su enfoque sobre las relaciones de producción y explotación de clase, pueden ser rechazadas totalmente como “subjetivistas“.

Existen otras razones teóricas y políticas más generales para negar que la formación de la clase trabajadora inglesa fuese la “generación espontánea del sistema fabril“. El principio teórico y metodológico básico de todo el proyecto histórico de Thompson es que las determinaciones objetivas ―la transformación de las relaciones de producción y de las condiciones de trabajo― nunca se imponen sobre “alguna materia prima humana indefinible e indiferenciada” sino sobre seres históricos, portadores de legados históricos, tradiciones y valores.35 Esto significa, entre otras cosas, que necesariamente hay continuidades que atraviesan todas las transformaciones históricas, incluso las más radicales, y de hecho que las transformaciones radicales pueden ser reveladas y sustanciadas precisamente ―¿sólo?― rastreándolas en las continuidades. Una vez más, su propio énfasis en la continuidad de la cultura popular no pretende negar sino identificar y enfatizar las transformaciones que sufre.

Todo esto es quizá característico de cualquier verdadero análisis histórico; pero en el argumento de Thompson hay algo más. Para su materialismo histórico es esencial reconocer que “objetivo” y “subjetivo” no son entidades separadas dualistamente (que se prestan fácilmente a la medición de “necesidad” y “agente“), relacionadas una con otra sólo externa y mecánicamente, “una de ellas secuencial respecto de la otra“, como estímulo objetivo y respuesta subjetiva.36 Es necesario incorporar de alguna manera en el análisis social el papel de los seres históricos conscientes y activos, quienes son “sujetos” y “objetos” a un mismo tiempo, simultáneamente agentes y fuerzas materiales en los procesos objetivos.

Finalmente, el modo de análisis de Thompson permite reconocer el papel activo de la clase trabajadora, con su cultura y valores, en su propia “formación“. Este papel puede ser oscurecido por formulaciones que hablan, por una parte, del “agrupamiento y transformación de objetivos de la fuerza de trabajo por la revolución industrial“, y por la otra ―secuencialmente― de “la subjetiva germinación de una cultura de clase en respuesta a ella“. El reconocimiento de la autoactividad de la clase obrera es central no sólo en el proyecto histórico de Thompson sino en su proyecto político.

LA CLASE COMO RELACIÓN Y PROCESO

La preocupación de Thompson, por tanto, consiste en hacer a la clase visible en la historia y hacer manifiestas sus determinaciones objetivas como fuerzas históricas, como efectos reales en el mundo y no sólo como construcciones teóricas que no se refieren a ninguna fuerza o proceso social real. Esto quiere decir que Thompson no debe localizar la esencia de la clase simplemente en “posiciones estructurales” sino en relaciones: las relaciones de explotación, conflicto y lucha que proporcionan el impulso a los procesos de formación de clases. Pero este mismo énfasis suele señalarse como evidencia de su voluntarismo y subjetivismo, su descuido de las determinaciones objetivas. Claramente, su preferencia por tratar a la clase como relación y proceso ―más que, por ejemplo, como una estructura que entra en relaciones y sufre procesos― exige un examen más profundo, y quizá más explicación de la que él mismo proporciona.

La clase como relación” verdaderamente implica dos relaciones: la existente entre las clases y la existente entre los miembros de una misma clase. La importancia de enfatizar la relación entre las clases como esencial para la definición de la clase es evidente por sí misma cuando se la considera en el contexto de teorías de “estratificación” que ―ya sea que hagan hincapié en la distribución del ingreso, grupos de ocupación, estatus o cualquier otro criterio― tienen que ver con diferencias, desigualdades y jerarquía, no con relaciones. Seguramente huelga señalar las consecuencias, tanto sociológicas como ideológicas, de emplear una definición de clase (si la clase se admite como una “categoría de estratificación” en absoluto) que desecha como factores relaciones como la dominación y la explotación. En forma todavía más fundamental, tales categorías de estratificación pueden hacer a la clase misma totalmente invisible ¿Dónde se halla la línea divisoria entre las clases en un continuum de desigualdad? ¿Dónde está la brecha cualitativa en una estructura de estratificación? Incluso el criterio de relación con los medios de producción no es suficiente para marcar tales fronteras y fácilmente puede ser asimilado a la teoría de la estratificación convencional. Es posible, por ejemplo, tratar las “relaciones con los medios de producción” como meros diferenciales de ingreso, situando su importancia no en las relaciones sociales explotadoras y antagónicas que conllevan sino en las diferentes “oportunidades de mercado” que confieren.37 Las diferencias entre las clases se vuelven así indeterminadas e inconsecuentes. Si las clases entran en cualquier relación en absoluto, es la relación indirecta e impersonal de la competencia individual en el mercado, en donde no hay brechas cualitativas claras o antagonismos sino sólo un continuum cuantitativo de relativa ventaja y desventaja en la competencia por bienes y servicios.

Es explícitamente contra la clase como una “categoría de estratificación” que Thompson dirige gran parte de su argumentación acerca de la clase como una relación, y precisamente basándose en que las teorías de la estratificación tienden a volver invisible a la clase.38 El blanco más obvio de este ataque es la sociología antimarxista convencional, pero Thompson señala a menudo que hay afinidades entre ciertos tratamientos marxistas de la clase y estos trucos de prestidigitación sociológica, en la medida en que están más interesados en las locaciones estructurales de las clases definidas abstractamente en la ruptura social cualitativa expresada en la dinámica de las relaciones y los conflictos de clase.

Si bien la identificación de antagonismos en la relación entre clases es una condición necesaria para una definición de la clase, no es suficiente. Esto nos conduce a la clase como relación interna, una relación entre miembros de una clase. La idea de clase como una relación en este sentido también implica cierta tesis acerca de cómo están conectadas las clases con las relaciones de producción subyacentes.

La proposición de que las relaciones productivas son el fundamento de las relaciones de clase es indudablemente la base de cualquier teoría materialista de la clase; pero por sí sola no hace avanzar mucho la cuestión. Si no podemos decir que la clase es sinónimo de las relaciones productivas, seguimos estando frente al problema (que generalmente es evadido) de definir precisamente la naturaleza de la conexión entre la clase y su fundamento en la producción.

Las relaciones de producción son las relaciones entre personas unidas por el proceso de producción y los nexos antagónicos entre quienes producen y quienes se apropian su trabajo excedente. La división entre productores directos y los apropiadores de su trabajo excedente, el antagonismo de intereses inherentes a esta relación, sin duda define las polaridades subyacentes a los antagonismos de clase. Sin embargo, las relaciones de clase no son reductibles a relaciones productivas.39 Primero, las polaridades claras (cuando son claras) inherentes a las relaciones de producción no ubican nítidamente a todos los miembros potenciales de las clases históricas. Más fundamentalmente, incluso si el apropiador individual debe su poder de explotación al poder de clase que lo respalda, no son las clases, las que producen y apropian. Para decirlo muy sencillamente: las personas agrupadas en una clase no están todas ellas directamente vinculadas por el proceso de producción mismo o por el proceso de apropiación.

Los trabajadores de una fábrica, agrupados por el capitalista en una división cooperativa del trabajo, están directamente vinculados al proceso de producción. Cada uno de los trabajadores está también en una especie de relación directa con el capitalista particular (individual o colectivo) que se apropia su plusvalía, igual como el campesino está directamente relacionado con el latifundista que se apropia de su renta. Una relación directa de algún tipo puede también decirse que existe, por ejemplo, entre los campesinos que trabajan independientemente unos de otros pero que comparten al mismo terrateniente, aun cuando no se unan deliberadamente en contra suya. La relación entre miembros de una clase, o entre estos miembros y otras clases es, sin embargo, de una especie diferente. Ni el proceso de producción mismo ni el proceso de extracción de plusvalía pueden realmente agruparlos. La “clase” no se refiere simplemente a los trabajadores agrupados en una unidad de producción u opuestos a un explotador común en una unidad de apropiación. La clase implica una conexión que se extiende más allá del proceso de producción inmediato y del nexo inmediato de extracción, una conexión que se proyecta a través de las unidades de producción y apropiación particulares. Las conexiones y oposiciones contenidas en el proceso de producción son la base de la clase; pero la relación entre personas que ocupan posiciones similares en las relaciones de producción no la da directamente el proceso de producción y apropiación.

Los lazos que vinculan a los miembros de una clase no se definen con la simple afirmación de que la clase es determinada estructuralmente por las relaciones de producción. Todavía falta por explicar en qué sentido y a través de cuáles mediaciones las relaciones de producción establecen contactos entre personas que, aunque ocupen posiciones similares en las relaciones de producción, no están efectivamente agrupadas en el proceso de producción y apropiación. En La formación histórica de la clase obrera, como ya vimos, Thompson estudió precisamente esta cuestión. Allí buscó explicar la existencia de relaciones de clase entre trabajadores, no directamente agrupados en el proceso de producción e incluso ocupados en formas de producción ampliamente divergentes. En su análisis, indudablemente fueron las relaciones de producción las que ocuparon el núcleo de estas relaciones de clase; pero las presiones estructurales determinantes de las relaciones de producción sólo podían demostrarse por cuanto se manifestaban ellas mismas en un proceso histórico de formación de clases, y esas presiones sólo podían ser aprehendidas teóricamente introduciendo el concepto mediador de “experiencia“.

La formación de clases es particularmente difícil de explicar sin recurrir a conceptos como la “experiencia” de Thompson. Si bien las personas pueden participar directamente en la producción y la apropiación ―las combinaciones, divisiones y conflictos generados por estos procesos― la clase no se presenta a ellos en forma tan inmediata. Puesto que las personas no están nunca realmente “agrupadas” en clases, la presión determinante ejercida por un modo de producción en la formación de las clases no puede ser fácilmente expresada sin hacer referencia a algo así como una experiencia común: una experiencia vivida de las relaciones de producción, las divisiones entre los productores y los apropiadores y, más particularmente, de los conflictos y luchas inherentes a las relaciones de explotación. Es en el seno o medio de esta experiencia vivida donde la conciencia social se moldea, y con ella la “disposición a actuar como clase“.40 Una vez que el medio o “experiencia” se introduce en la ecuación entre relaciones de producción y clase, también se reproducen las particularidades históricas y culturales de este medio. Esto complica ciertamente la cuestión; pero reconocer, como lo hace Thompson, la complejidad del mecanismo mediante el cual las relaciones de producción dan origen a la clase no equivale a negar su presión determinante.

Thompson ha sido acusado de idealismo debido a su énfasis en la “experiencia“, como si esta noción hubiera escapado a sus amarras materiales. Su utilización de este concepto, sin embargo, ciertamente no pretende destruir la conexión entre “ser social” y conciencia social o siquiera negar la primacía que el materialismo histórico concede al ser social en su relación con la conciencia. Por el contrario, aunque en ocasiones Thompson distingue entre niveles de experiencia (“experiencia vivida” y “experiencia percibida“), su empleo primordial del término es como “un necesario término medio entre el ser social y la conciencia social“, el medio en el que el ser social determina la conciencia: “es por medio de la experiencia como el modo de producción ejerce una presión determinante sobre otras actividades“.41 En este sentido, la experiencia es precisamente “la experiencia de la determinación“.42 En efecto, en la medida en que el concepto de Marx del ser social mismo se refiere claramente no sólo al modo de producción como una “estructura objetiva” impersonal, sino al modo como las personas lo viven (apenas si podemos evitar el decir que lo experimentan), la “experiencia” de Thompson equivale sustancialmente al “ser social“.

El concepto de “experiencia“, por lo tanto, significa precisamente que las “estructuras objetivas” hacen algo a las vidas de las personas, y que por eso es que, por ejemplo, tenemos clases y no sólo relaciones de producción. La tarea de los historiadores y los sociólogos es explorar qué es lo que estas “estructuras” hacen a las vidas de las personas, cómo lo hacen y qué es lo que las personas hacen acerca de ello; o, como diría Thompson, cómo las presiones determinantes de los procesos estructurados son experimentadas y manejadas por las personas. La carga del mensaje teórico contenido en el concepto de “experiencia” significa, entre otras cosas, que la operación de determinadas presiones es una cuestión histórica y, por tanto, en lo inmediato, una cuestión empírica. Por consiguiente, no puede haber ruptura entre lo teórico y lo empírico, y Thompson el historiador de inmediato hace suya la tarea presentada por Thompson el teórico.

Ni Marx, ni Thompson, ni nadie ha diseñado un vocabulario teórico “riguroso” para expresar el efecto de las condiciones materiales sobre seres activos y conscientes ―seres cuya actividad consciente es ella misma una fuerza material― o para abarcar el hecho de que estos efectos asumen una infinita variedad de formas empíricas históricamente específicas. No obstante, seguramente no puede ser parte del rigor teórico el ignorar estas complejidades simplemente en beneficio de la nitidez conceptual o de un marco de “definiciones estructurales” que se propongan resolver todas las cuestiones históricas importantes en el plano teórico. Tampoco basta con conceder simplemente la existencia de estas complejidades en algún otro orden de realidad ―en la esfera de la historia como diferente de la esfera de las “estructuras objetivas“―que pertenece a un nivel de discurso diferente, el “empírico” en oposición al “teórico“. De alguna manera han de ser reconocidas por el marco teórico mismo y ser abarcadas en la misma noción de “estructura“; como, por ejemplo, sucede en la noción de Thompson del “proceso estructurado“.

Las “definiciones estructurales” deductivas de la clase no pueden explicar cómo es que las personas que comparten una experiencia común de relaciones de producción, pero no están unidas por el proceso de producción mismo, llegan a sentirse en “disposición a comportarse como clase“, para no hablar de cómo la naturaleza de tal disposición ―el grado de cohesión y conciencia asociado con ella, su expresión en objetivos comunes, instituciones, organizaciones y acción unificada― cambia a través del tiempo. No pueden tomar en cuenta las presiones en contra de la formación de clase ―presiones que pueden ellas mismas ser inherentes a la estructura, las determinaciones objetivas, del modo de producción predominante― y la tensión entre los impulsos hacia y contra la fusión y la acción común. La noción de clase como un “proceso estructurado“, por el contrario, reconoce que si bien la base estructural de la formación de clase debe buscarse en las relaciones de producción antagónicas, las formas particulares en que las presiones estructurales ejercidas por estas relaciones operan realmente en la formación de las clases sigue siendo una cuestión abierta que deberá ser resuelta empíricamente mediante el análisis histórico y sociológico. Semejante concepción de la clase también reconoce que ahí es donde residen las cuestiones más importantes y problemáticas acerca de la clase, y que la utilidad de cualquier análisis de la clase ―bien sea como un instrumento sociológico o como una guía para la estrategia política― reside en su habilidad para explicar el proceso de formación de clases, esto significa que cualquier definición de clase debe favorecer, no excluir, la investigación del proceso.

La insistencia de Thompson en la clase como proceso pone nuevamente en cuestión la acusación de que él equipara a la clase con la conciencia de clase, que ―para decirlo de otro modo― confunde el fenómeno de la clase misma con las condiciones que hacen de la clase “un sujeto histórico activo“.43 El primer punto que hay que señalar en esta acusación es que se basa ella misma en una confusión: no toma en cuenta la diferencia entre, por una parte, la conciencia de clase ―esto es, el conocimiento activo de la identidad de clase― y, por otra parte, las formas de conciencia que son moldeadas en diversas formas por las “presiones determinantes” de situaciones objetivas de clase aunque sin hallar expresión en una identidad de clase autoconsciente y activa. Thompson se interesa especialmente por los procesos históricos que tienen lugar entre ambas. Más fundamentalmente, equiparar a la clase con un nivel particular de conciencia, o con la existencia de alguna conciencia de clase en absoluto, sería precisamente identificar a la clase con una etapa de su desarrollo en vez de enfatizar, como lo hace Thompson, los complejos procesos que sirven para construir “la disposición a actuar como clase“. La concepción que tiene Thompson de la clase como “relación” y “proceso” va dirigida precisamente contra definiciones que, en el mejor de los casos, implican que existe un punto en la formación de las clases donde es posible interrumpir el proceso y decir “aquí hay una clase, y no antes“, o en el peor, y quizá más comúnmente, tratan de definir las clases totalmente fuera del seno del tiempo y del proceso histórico. Esto puede hacerse ya sea “deduciendo” las clases de las “oposiciones estructurales” en relación con los medios de producción, ya sea “haciendo una hipóstasis de las identidades de clase ―grandes atribuciones personalizadas de las aspiraciones o voliciones de clase― que como sabemos son todo lo más la expresión metafórica de procesos más complejos y generalmente involuntarios“.44 El objetivo de Thompson, por consiguiente, no es el de identificar a la clase con un nivel particular de conciencia o de organización que la convierte en una fuerza política consciente, sino más bien dirigir nuestra atención sobre la clase en el proceso de convertirse ―o hacerse a sí misma― en semejante fuerza.

La clase como “estructura” o “identidad” conceptualiza hasta evaporarlo el hecho mismo que define el papel de la clase como fuerza conductora del movimiento histórico: el hecho de que la clase, al comienzo de un modo de producción histórico, no es lo que es al final. La identidad de un modo de producción se cree comúnmente que reside en la persistencia de sus relaciones de producción: en tanto que la forma en que “el trabajo excedente se extrae del productor directo” sigue siendo esencialmente la misma, tenemos derecho a referirnos a un modo de producción como “feudal“, “capitalista“, etcétera. Pero las relaciones de clase son por principio movimiento dentro del modo de producción. La historia de un modo de producción es la historia de la evolución de las relaciones de clase y, en particular, de sus cambiantes relaciones respecto de las relaciones de producción.

***

Las clases se desarrollan dentro de un modo de producción en el proceso de fusión en torno a las relaciones de producción y a medida que cambian la composición, cohesión, conciencia y organización de las formaciones de clase resultantes. El modo de producción llega a su crisis cuando la evolución de las relaciones de clase dentro de él transforma efectivamente las relaciones de producción mismas. Explicar el movimiento histórico, por lo tanto, significa precisamente negar que la relación entre la clase y las relaciones de producción es algo fijo.45

Las dificultades encontradas por las concepciones de la clase como identidad cuando tratan de explicar el movimiento histórico y el papel de la clase como fuerza histórica se manejan a menudo, como sugiere Thompson, atribuyendo volición personal a la clase como “Ello“. La otra cara de esa moneda es la tendencia a atribuir fallos a algún tipo de defecto personal en el “Ello“, como “falsa conciencia“. Hay algo más que un poco de ironía, pues, en el hecho de que Thompson, al oponerse a concepciones de esta especie, sea acusado de subjetivismo y voluntarismo. Lo que se presenta como una alternativa objetivista a Thompson resulta ser un subjetivismo y voluntarismo más extremo e idealista, que simplemente transfiere la volición del albedrío humano ―un albedrío humano limitado por “presiones determinantes” y arrastrado a “procesos involuntarios“― a un Sujeto más exaltado, la Clase, una cosa con una identidad estática, cuya voluntad está básicamente libre de determinaciones históricas específicas. Puede alegarse que esta transferencia hacia un plano superior de la volición subjetiva alcanza su punto más elevado en los argumentos estructuralistas. Los “althusserianos“, por ejemplo, pretenden expulsar la subjetividad totalmente de la teoría social y niegan el albedrío incluso a la clase-como-Ello; pero en cierto sentido, simplemente crean un Sujeto todavía más imperioso, la Estructura misma, cuya voluntad es determinada tan sólo por las contradicciones en su propia arbitraria personalidad. Los argumentos; que parecen a los críticos de Thompson subjetivistas y voluntaristas ―su concepción del albedrío humano y su insistencia en la especificidad histórica aparentemente a expensas de las “estructuras objetivas“― son aquellos que él acopia contra el subjetivismo y el voluntarismo y en favor de un reconocimiento de las presiones determinantes objetivas que obstruyen el albedrío humano. Lejos de subordinar las presiones determinantes objetivas a la subjetividad y la contingencia histórica, su propósito consiste precisamente en organizar la investigación histórica en contra de ese tipo de subjetivismo invertido, voluntarismo e idealismo que se cuelan en los análisis carentes de una firme base histórica y sociológica.

Si, como sugiere Stuart Hall, un marxismo verdaderamente no reductivo “debe implicar el encarar todo lo que se halla abarcado al decir que el socialismo debe ser construido mediante una práctica política real“, entonces también debe implicar el hacer frente a las realidades históricas y sociológicas objetivas que confrontan la práctica política. Thompson tiene todo esto en mente cuando ataca aquellas formas de marxismo que atribuyen el movimiento histórico a la personalidad o la voluntad ―a menudo irracional, perversa y estúpida (como, aparentemente, la de la “reformista” clase trabajadora inglesa)―46 de algún Sujeto transhistórico. Son estos marxismos los que no dejan lugar para enfrentar las exigencias de la práctica política.

LA POLÍTICA DE LA TEORÍA

Regresemos, pues, a la acusación de Stuart Hall acerca de que Thompson funde a la “clase en sí misma” con la “clase para sí” y que inscrita en esta confusión se halla una política de “un ‘populismo’ demasiado simple“. Hall parece estar alegando tres cosas. Primero, sugiere que Thompson funde los determinantes objetivos de la clase con su apropiación en la conciencia, permitiendo que “la categoría global de experiencia” represente indiscriminadamente a ambos. Segundo, Hall parece argumentar que esta confusión hace a Thompson incapaz de distinguir entre los casos en que una clase existe sólo como condición “objetiva” o “estructural” ―esto es, solamente como una “clase en sí misma“, una identidad objetiva o similaridad de situaciones vitales e intereses derivados de las relaciones de producción y que dividen a sus miembros de las otras clases― y los casos en los que una clase existe para sí misma ―es decir, cuando las mismas condiciones objetivas o estructurales “engendran” una unidad real, una formación de clase consciente y políticamente organizada cuyos miembros son capaces de luchar por sus intereses “en nombre propio“.47 Finalmente, Hall concluye que el fracaso en hacer esta distinción se halla en la raíz del optimismo “populista” de Thompson.

Ya antes afirmamos que el proyecto histórico de Thompson se opone precisamente a la fusión ―o, lo que en realidad es la misma cosa, a la simple equiparación― de las determinaciones objetivas y sus expresiones en la conciencia, y que su enfoque en el proceso de formación de clases presupone una distinción entre los mismos. A este respecto, no puede ser acusado de fundir los determinantes de clase “objetivos” y “subjetivos“, o la estructura y la conciencia. La distinción entre “clase en sí” y “clase para sí“, sin embargo, no es simplemente una distinción analítica entre estructura objetiva de clase y conciencia de clase subjetiva. Se refiere a dos etapas diferentes en el proceso de la formación de la clase y, en cierto sentido, a dos diferentes modos históricos de relación entre estructura y conciencia. Si la “clase en sí misma” y la “clase para sí” representan dos modos o etapas de la formación de la clase, quizá Stuart Hall pretende acusar a Thompson de haber pasado por alto la diferencia entre estos modos. Si esto es lo que quiere decir, difícilmente mejora las cosas, puesto que no puede mantener consecuentemente que Thompson olvide los determinantes objetivos de la clase. Si acaso, en la medida en que Thompson insiste en tratar todas las formas de experiencia de clase como, precisamente, experiencia de clase ―tanto si representan solamente a la “clase en sí” o a la “clase para sí“―, igual de fácilmente podría ser acusado de conceder excesiva importancia a las condiciones objetivas y de alegar que observa la operación de las contradicciones de clase incluso en casos en que los actores históricos están muy lejos de percibirse a sí mismos como pertenecientes a clases, para no hablar de que se perciban actuando en formaciones de clase conscientes y organizadas.

Gran parte del trabajo de Thompson, como hemos visto, se ha dedicado a explorar cómo las oposiciones objetivas de clase afectan la experiencia social incluso cuando las personas no son todavía conscientes de su identidad de clase. Ésta es, por ejemplo, la importancia de su investigación de las costumbres populares y cómo han sido moldeadas y transformadas al ir introduciéndose en el “campo de fuerza” de la clase.48 Estas investigaciones han constituido precisamente un estudio sobre cómo la “clase en sí misma” estructura una realidad histórica compleja incluso en ausencia de la conciencia de clase. La sensibilidad de Thompson respecto a las determinaciones de clase que actúan en tales casos, sus esfuerzos por “descodificar” la evidencia de la experiencia de clase allí donde no existe una conciencia clara de clase ―”lucha de clases sin clases“―, le han permitido explorar el proceso mediante el cual una clase que existe sólo “en sí” puede convertirse en una clase “para sí“.

La cuestión, pues, es aclarar si Thompson cruza la línea entre estos dos modos de clase demasiado pronto, si es demasiado rápido para percibir, en cualquier forma de conciencia tocada por circunstancias vitales objetivamente determinadas por la clase, la conciencia de clase que sugiere una disposición a actuar intencionalmente como clase. Esta cuestión (como bien entiende Stuart Hall) es antes que nada una cuestión política. Hall halla “inscrita” en la visión de Thompson de la conciencia de clase un “ ‘populismo’ demasiado simple” que trata como no problemática la construcción de una política socialista a partir de la cultura popular. Aquí hay un peligro indudable. El romanticismo acerca de las costumbres y tradiciones del “pueblo” y acerca de la premisa radical contenida en la simple diferencia y carácter aparte de la cultura popular no es la más sólida base para edificar un movimiento socialista o juzgar y superar la propia resistencia del “pueblo” a la política socialista. Pero Thompson desde luego no se hace ilusiones acerca de esto, independientemente de lo que puedan pensar sus sucesores en “historia del pueblo“.

El mensaje de Thompson es ciertamente político; pero hay algo más en su recuperación de la conciencia popular y el “hacerse” de la clase que una falla en reconocer la diferencia y las barreras entre, por una parte, la cultura popular, que brota directamente de la experiencia ―una experiencia de trabajo, explotación, opresión y lucha― y, por la otra, una activa conciencia socialista que se elabora penosamente mediante la práctica política. Su proyecto histórico, su reconstrucción de la historia tal como la hace la clase trabajadora como agente activo y no simplemente como víctima pasiva, nace directamente del principio político básico del marxismo y su particular comprensión de la práctica socialista: que el socialismo solamente puede llegar a través de la autoemancipación de la clase trabajadora.49 Esta proposición implica un juicio de que la clase trabajadora es el único grupo social que posee tanto un poder colectivo adecuado para transformar la sociedad cuanto un interés esencial y supremamente objetivo en hacerlo así. La proposición implica también un escepticismo acerca de la autenticidad ―o, en realidad, la verosimilitud― de una emancipación no obtenida mediante la autoactividad y la lucha sino ganada por procuración o conferida por beneficencia. Por más difícil que pueda resultar, entonces, construir la práctica socialista partiendo de la conciencia popular, según este punto de vista no existe ningún otro material a partir del cual se pueda construirla y ningún otro socialismo que sea consecuente tanto con el realismo político como con los valores democráticos.

Podría alegarse ―y ésta es la convicción de Thompson― que el impulso en mucha de la teoría marxista ha estado lejos de esta comprensión del proyecto socialista, hacia un abandono teórico de la clase trabajadora como principal agente de transformación social a través del medio de la lucha de clase, y una transferencia de ese papel a otros actores sociales; muy especialmente a los intelectuales. Esta especie de “sustitucionismo” teórico en su forma más extrema puede alcanzarse realizando lo que, según la acusación de Stuart Hall, realizan algunos althusserianos: tratar a todas las “clases como simples ‘portadoras’ de procesos históricos, sin albedrío: y al proceso histórico mismo como a un proceso ‘sin sujeto’ “.50 Sin embargo, no es necesario ir tan lejos. Todo lo que se necesita, como argumenta Thompson, es concebir la clase como una categoría estática, y preocuparse menos por el proceso histórico de la formación de clase que por la ubicación deductiva de las locaciones estructurales de clase o por la construcción teórica de una identidad) de clase ideal. Estos son los tipos de formulación que se dejan llevar con excesiva facilidad a pasar por alto las formas de conciencia de clase realmente históricas ―y por lo tanto imperfectas― por juzgarlas “falsas” y por lo tanto necesitadas de sustitutos.51 El problema está precisamente en la incapacidad para reconocer teórica así como prácticamente que el proceso de la formación de la clase no puede darse por sentado ni eludirse mediante una sustitución, y que el resultado del proceso lo determinan finalmente la práctica política y la autoactividad de las clases en su formación. Si existe un mensaje político inscrito en la teoría de la clase de Thompson, éste se opone a la “teorización” de un “sustitucionismo” en el que la clase trabajadora no solamente está representada por su sustituto, sino que es eclipsada por él. El tratamiento de Thompson del concepto de hegemonía resume su interés predominante por las implicaciones políticas ocultas en la teoría. Gran parte de sus trabajos se han dirigido, implícita o explícitamente, contra la opinión de que la hegemonía es unilateral y completa, imponiendo “una dominación global sobre los dominados ―o sobre todos aquellos que no son intelectuales― llegando hasta el mismo umbral de su experiencia, e implantando en sus mentes desde el nacimiento categorías de subordinación de las que son incapaces de despojarse y que su experiencia es incapaz de corregir“.52 Ciertamente ha habido una tendencia en la reciente teoría marxista a identificar hegemonía con la total absorción de las clases subordinadas por la ideología y dominación cultural de las clases dirigentes (probablemente con la ayuda de los Aparatos Ideológicos del Estado), de manera que la construcción de una conciencia y cultura contrahegemónicas y el establecimiento de la hegemonía de la clase trabajadora deben aparentemente llevarlas a cabo intelectuales de espíritu libre.53 Tal definición de la hegemonía se ajusta bien con elaboraciones teóricas de la clase según las cuales nada existe entre la objetiva constitución de clases por modos de producción, por una parte, y una conciencia de clase revolucionaria ideal, por la otra, excepto un vasto espectro empírico-histórico (y por consiguiente impuro y teóricamente indigerible) de “falsa” conciencia.

Para Thompson, por el contrario, hegemonía no es sinónimo de dominación de una clase y sumisión de la otra. Más bien, la hegemonía encarna la lucha de clase y lleva la marca de las clases subordinadas, su autoactividad y su resistencia. Su teoría de la clase, con su énfasis en el proceso de formación de la clase, se propone permitir el reconocimiento de formas de conciencia popular “imperfectas” o “parciales” como expresiones auténticas de la clase y la lucha de clase, válidas en sus circunstancias históricas aun cuando sean “erróneas” desde el punto de vista del desarrollo posterior. Una cosa es confundir el simple carácter aparte de la cultura popular con la oposición radical, pronta a ser enganchada inmediatamente para la lucha por el socialismo; y otra muy diferente es delinear simplemente el espacio donde el mandato cultural de la clase dominante no rige, e identificar la conciencia “popular” ―por más resistente que ésta sea a la formación de una “verdadera” conciencia de clase― como el material a partir del cual puede y debe hacerse, sin embargo, Una conciencia de clase completa. Negar la autenticidad de la conciencia de clase “parcial“, tratarla como falsa en vez de como una “opción bajo presión54 históricamente inteligible, tiene importantes consecuencias estratégicas. Se nos conmina ya sea a buscar agentes sustitutos de la lucha de clase y el cambio histórico, o bien a abandonar el campo por completo al enemigo hegemónico. Contra estas alternativas políticas, y contra sus fundamentos teóricos en un concepto de la clase como “estructura” o identidad ideal, es que Thompson presenta su propia teoría de la clase como proceso y relación.

Aquí, pues, se encuentra el “populismo” de Thompson. Si el término se le puede aplicar, es en un sentido que dice tanto de quienes lo utilizan como de aquel a quien se aplica. La palabra “populismo” ha sido distorsionada por lo general más allá de toda medida, y quizá debería ser retirada ―o al menos suspendida temporalmente― del vocabulario de la política. Un significado relativamente nuevo es particularmente sospechoso: el uso de “populismo” como término ofensivo por parte de un sector de la izquierda contra otro. Raymond Williams, en sus “Notas sobre el marxismo británico en Inglaterra desde 1945” ha explicado este empleo y la opción política que implica. Williams escribe acerca de su propia posición en relación con las opciones posibles a que se enfrentaban los marxistas británicos en la década de los cincuenta y su rechazo del populismo retórico que ignoraba complacientemente las implicaciones del capitalismo “consumidor” y el “poderoso nuevo influjo” que ejercía sobre la gente. Al mismo tiempo,

como yo veía el proceso como opciones bajo presión, y sabía de dónde provenía la presión, no podía trasladarme a la otra posición posible: aquel desdén por el pueblo, por su estado desesperadamente corrupto, por su vulgaridad y credulidad en comparación con una minoría adecuada, que era el elemento básico de la crítica cultural de un tipo no marxista y que parece haber sobrevivido intacta, mediante apropiadas alteraciones de vocabulario, hasta un marxismo formalista que hace de todo el pueblo, incluida toda la clase trabajadora, el simple portador de las estructuras de una ideología corrupta.55

Fue a partir del despectivo punto de vista descrito aquí por Williams que se acuñó un nuevo uso de “populismo“. El término podía ser utilizado ahora para describir a aquellos que negaban que “los recursos existentes del pueblo estaban tan exhaustos que no había ninguna otra opción más que retroceder hasta una minoría residual o a una vanguardia futurista“; aquellos que insistían en que “todavía existen recursos, y todavía son poderosos“. De este “populismo“, escribe Williams:

Atenerse a los recursos existentes; aprender y quizá enseñar nuevos recursos; vivir las contradicciones y las opciones bajo presión, de modo que en vez de denunciarlas o escribir acerca de ellas había una oportunidad de entenderlas y empujarlas en otra dirección: si estas cosas eran populismo, entonces qué bueno que la izquierda británica, incluyendo a casi todos los marxistas, se atuvieron a él.56

Edward Thompson, por lo menos, ciertamente se atuvo a él. Su teoría de la clase, el descubrimiento de expresiones auténticas de la clase en la conciencia y la cultura popular, representan un esfuerzo “por vivir las contradicciones y opciones bajo presión […] en vez de denunciarlas o liquidarlas por escrito“. Su insistencia en una explicación histórica y sociológica del “reformismo” de la clase trabajadora, por ejemplo, en vez de la ritual excomunión que lo denuncia desde un punto ventajoso fuera de la historia como la “falsa conciencia” de una clase trabajadora “Ello“, implica que debemos comprender los “recursos existentes” con el fin de “empujarlos en otra dirección“. Si esto es populismo, entonces Thompson es ciertamente un populista; pero podría alegarse que, en este sentido, ser un marxista, comprometido con el proyecto de autoemancipación de la clase trabajadora a través del medio de la lucha de clases, equivale necesariamente a ser “populista“.

Por supuesto, también aquí existen peligros. Atenerse a los recursos existentes puede convertirse en una excusa para no ver más allá de ellos; reconocer las “profundas raíces sociológicas” del “reformismo” como realidad política que debe enfrentarse puede llevar a aceptarlo como un límite en el horizonte de lucha. Una cosa es reconocer la autenticidad de las “opciones bajo presión” de la clase trabajadora y ser precavido con la noción de falsa conciencia como una invitación a “liquidarla por escrito“. Otra cosa muy diferente es pasar por alto los fracasos y limitaciones en muchas formas de organización e ideología de la clase trabajadora. Ciertamente hay lugar para el debate en la izquierda acerca de dónde situar la línea entre atenerse a los “recursos existentes” como un reto para la lucha, y someterse a ellos como límite para la misma.57 En este debate, sin embargo, es importante reconocer que disociar al marxismo del tipo de “populismo” de Thompson ―ya sea rechazándolo con desprecio o incluso otorgándole una aprobación relativa y condescendiente como a un aliado útil pero ingenuo del marxismo en su lucha por movilizar al pueblo, un romanticismo “no infaliblemente Tory en sus resultados“―58 puede equivaler a proponer una significativa redefinición de la teoría y la práctica marxistas y hacer una opción política de largo alcance. La lógica de esta opción puede llevarnos lejos de la autoemancipación de la clase trabajadora y lejos de la lucha de clases como principal agente de cambio.

* Publicado en Cuadernos Políticos, número 36, ediciones era, México, D.F., abril-junio 1983, pp.87-105.

NOTAS

1 Mi agradecimiento a Robert Brenner, Peter Meiksins, Gregory Meiksins y Neal Wood por sus muchas útiles sugerencias, y también a Leo Panitch y Bryan Palmer por sus críticas constructivas en sus informes de lectura.

2 Bryan Palmer, en su muy útil libro The Making of E. P. Thompson: Marxism, Humanism, and History, Toronto, 1981, ha aportado una iluminadora discusión general sobre la relación entre Thompson como historiador social y como activista político. Palmer me ha prevenido en contra de describir la obra de Thompson como “historia desde abajo”, basándose en que la frase tiene desorientadoras connotaciones “populistas norteamericanas” y ha perdido el favor de los historiadores. Palmer sugiere que oscurece el alcance de la preocupación de Thompson por las relaciones entre “alto” y “bajo” y, en particular, su creciente interés por el problema del Estado. Yo acepto la advertencia de representar erróneamente la naturaleza de los intereses de Thompson, pero quiero conservar el término en el sentido en que (todavía) se aplica a un movimiento historiográfico que derivó gran parte de su primer ímpetu del British Communist Party Historians Group en las décadas de los cuarenta y cincuenta y que buscó explorar la amplia base social de los procesos históricos e iluminar el papel del “pueblo común.” en la conformación de la historia. Véase, por ejemplo, el primer prefacio de Raphael Samuel, comp.. People’s History and Socialist Theory, Londres, 1981, especialmente p. 30.

3 Tom Nairn, The Break-Up of Brítain, Londres, 1977, p. 304.

4 Stuart Hall, “In Defense of Theory”, en Samuel, People’s History, cit, p. 384.

5 Perry Anderson, Argumenta JPithin Ewglish Marxism, Londres, 1980, p. 55.

6 G. A. Cohén, Karl Marx’s Theory of History: A Defense, Prince-ton, 1978, p. 75.

7 Hall, “In Defense of Theory”, cit., p. 384

8 Cohén, Mariis Theory, cit., p. 75.

9 Loc. cit.

10 Anderson, Argumente, cit., p. 40.

11 Ibid., p. 55.

12 Thompson, “Eighteenth-Century English Society: Class Struggle without Class?”, Social History 3, n. 2, mayo de 1978, p. 149, n. 36.

13 Ibid., p. 150.

14 Loc. cit.

15 Thompson, The Making of the English Worhing Class, Harmonds-nrorth, 1968, p. 10. [La

formación histórica de la clase obrera, ed. Laia, Barcelona, 1977.]

16 Loc. cit.

17 Por ejemplo, Cohén, Marx’s Theary, cit., p. 76; Anderson, Argumenta, cit., p. 40.

18 Thompson, “Eighteenth Century English Society”, cit., p. 147.

19 Véase, por ejemplo, Thompson, English Working Class, cit., pp. 9-10. Véase también Thompson, The Poverty of Theory, Londres, 1978, pp. 298-99. [Miseria de la teoría, ed. Crítica, Barcelona, 1981.1

20 Anderson, Arguments, cit., p. 39.

21 Ibid., p. 34.

22 Ibid., p. 33.

23 Ibid., p. 32.

24 Ibid., p. 33.

25 Ibid., p. 45.

26 Thompson, English Working Class, cit., p. 213, 231.

27 Ibid., p. 211.

28 Véase, por ejemplo, ibid., pp. 217-18, 226. La estructura del libro en general merece señalarse. La Parte Primera describe la cultura política y las tradiciones de lucha con que la gente contaba en la experiencia transformadora de la “industrialización”. La Parte Segunda describe con gran detalle esa misma experiencia transformadora, las nuevas relaciones de explotación y sus multifacéticas expresiones en cada aspecto de la vida, en el trabajo y el ocio, en la familia y en la vida comunitaria. La Parte Tercera describe la conciencia de la nueva clase trabajadora, la nueva cultura política y las nuevas formas de lucha que surgen de esa transformación. La Parte Segunda es la sección clave, pues explica las transformaciones objetivas a través de las cuales la vieja tradición, popular cobró la forma de una nueva cultura de la clase trabajadora.

29 Véase, por ejemplo, Thompson, Ibid., pp. 221-23, 230.

30 Ibid., pp. 215-18. 3.

31 Ibid., pp. 224-25.

32 Ibid., pp. 288-89; véase también pp. 222-23.

33 En otro lugar, Thompson cuestiona explícitamente el “sospechoso” concepto de “industrialismo”, que mistifica las realidades sociales del capitalismo industrial tratándolas como si pertenecieran a algún proceso inevitable, “supuestamente neutral, tecnológicamente determinado, conocido como ‘industrialización'[…]” “Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism”, en Essctys in Social History, Flinn y Smout (comps.), Oxford, 1974, p. 56.

34 Anderson, Arguments, cit., pp. 45-47. Anderson se refiere aquí a la discusión de Gareth Stedman Jones sobre la “reformación” de la clase trabajadora inglesa en la parte final del siglo XIX, en “Working Class Culture and Working-Class Politics in London, 1870-1890: Notes on the Remaking of a “Working Class”, Journal of Social History, Verano de 1974, pp. 460-508.

35 Thompson, English Working Class, cit., p. 213.

36 Thompson, Poverty af Theory, cit., p. 296.

37 Véase, por ejemplo: Max Weber, Economy and Socíety, Nueva York, 1968, pp. 927-28.

38 Por ejemplo, Thompson, English Working Class, cit., pp. 9-10.

39 Una buena discusión sobre las complejas relaciones entre los antagonismos de las relaciones de producción y la clase aparece en Peter Meiksins, The Social Origins oj White Collar Work, tesis doctoral, York University, 1980, cap. 6.

40 Thompson, “The Peculiarities of the English”, en su Poverty of Theory, cit., p. 85.

41 Thompson, Poverty of Theory, cit., p. 290; también pp. 200-1. Véase Thompson, “The Política of Theory”, en Samuel, People’s His-tory, cit., pp. 405-6. Una concepción de “determinación” similar a la de Thompson recibe un tratamiento sistemático en Raymond Williams, Marxism and Literature, Oxford, 1977, pp. 83-89.

42 Thompson, Poverty of Theory, cit., p. 298

43 Cohén, Marx’s Theorv, cit., p. 76.

44 Thompson, “Peculiarities of the English'”, cit., p. 85.

45 Así como el énfasis de Thompson en el proceso de formación de la clase lo obliga a rechazar la simple ecuación “relaciones de producción = clase”, así, puede afirmarse, debe disociarse de su contraria: la definición “unitaria” de las relaciones de producción como abarcadoras de la totalidad de las relaciones de clase. Este enfoque “unitario” (que ejemplifica Simón Qarke en su “Socialist Humanism and the Critique oí Economism”, History Workshop Journal 8, otoño de 1979, pp. 138-56, especialmente p. 144) se asocia en ocasiones con Thompson. Es correcto decir que este enfoque comparte la preocupación de Thompson por eliminar la artificial fragmentación de la experiencia de clase en esferas económicas, políticas y culturales separadas “regionalmente”. No obstante, muchos defensores de Thompson pueden haberse excedido en su celo por restablecer la unidad de la experiencia social, si en ese proceso (como sus adversarios, aunque desde la dirección opuesta) han confundido las relaciones de producción con la clase, desconceptualizando en realidad el proceso de formación de la clase y las cambiantes relaciones de la clase con las relaciones de producción.

46 Véase Thompson, “Peculiarities of the English”, cit., pp. 69-70, donde ataca las concepciones esquemáticas, históricas y no sociológicas de la clase; en particular, aquellas que han producido denuncias rituales del reformismo de la clase trabajadora, en vez de una comprensión de sus “profundas raíces sociológicas”, pasando así por alto un dato vital al que se enfrenta cualquier práctica política socialista.

47 Karl Marx, The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte en Se-lected Works, Moscú, 1962, p. 334; y The Poverty of Philosophy en Collected Works, Nueva York, 1976, p. 211.

48 Véase por ejemplo, Thompson, “Eighteenth-Century English So-ciety”, cit., pp. 150-62.

49 La forma como el proyecto histórico de Thompson confluye con su compromiso político’ se sugiere en el prefacio a The Making of the English Working Class, cit. Aquí, por ejemplo, opone su propio trabajo a las “ortodoxias prevalecientes” de las escuelas de historia, citando en particular la “ortodoxia fabiana, en la que a la gran mayoría de los trabajadores se los ve como víctimas pasivas del laissez faire, con la excepción de un puñado de organizadores con visión {especialmente Francis Place)” (p. 12). Vale la pena señalar que este principio de la historiografía fabiana es reproducido en el programa político fabiana, con su visión de la clase trabajadora como víctima pasiva que requiere la imposición del socialismo desde arriba, no mediante la lucha de clases sino a través de reformas parciales e ingeniería social a cargo de una iluminada minoría de intelectuales y miembros filantrópicos de la clase dirigente.

50 Hall. “Defense of Theory”, cit., p. 383.

51Véase, por ejemplo, Thompson, “Eighteenth Century English Society”, cit, p. 148.

52 Ibid., p, 164.

53 Ibid., p. 153, n. 60.

54 Esta frase la emplea Raymond Williams en contra de la tendencia a denunciar o liquidar por escrito al pueblo como irremediablemente vulgar y corrupto cuando demuestra ser inadecuadamente revolucionario y estar demasiado dispuesto a sucumbir al capitalismo “consumista”. Propone por el contrario la necesidad de entender estas respuestas como “opciones” de la gente real bajo las presiones de condiciones y contradicciones históricas reales. Entonces se vuelve posible percibir los recursos todavía disponibles en la clase trabajadora y edificar sobre ellos. “Notes on Marxism in Britain since 1945”, New Left Remete, n. 100, noviembre de 1976-enero de 1977, p. 87.

55 Loc. cit.

56 Loc. cit.

57 Por supuesto, sería útil que el mismo Thompson abordara esta cuestión y respondiera a quienes alegan que ya ha concedido demasiado a los límites de los “recursos existentes” y al “reformismo”, o quizá que la categoría “pueblo” ha rempkzado totalmente a la clase en su visión del cambio social y la acción política, con todas las consecuencias estratégicas que esto implica. Un argumento’ particularmente poderoso ha sido presentado por Perry Anderson acerca de las limitaciones de la lucha de Thompson por la preservación de las libertades civiles. (Anderson, Arguments, cit., especialmente pp. 201-5). Y una crítica muy responsable al enfoque de Thompson de la campaña por el desarme nuclear se halla contenida en Raymond Williams: “The Politics of Nuclear Disarmament”, New Left Review, n. 124, noviembrediciembre de 1980, pp. 25-42. Ninguno de estos críticos cuestiona la vital necesidad de esas campañas, el papel tremendamente importante de Thompson en las mismas, o la profundidad de su compromiso con el socialismo; pero ambos, en diversas formas, piden una comprensión más específicamente socialista de los problemas y un programa de lucha más específicamente socialista, en el que la claridad del análisis socialista y la integridad de los objetivos socialistas se mantengan incluso dentro de las alianzas de colaboración. Bryan Palmer declara una preocupación similar y sugiere que Thompson, en su rechazo del stalinismo, ha ido demasiado lejos en su rechazo a la necesidad de organización y de una estructura de partido en la lucha por el socialismo. Palmer, The Making of E. P. Thompson, cit., pp. 133-34. 58 Nairn, Break-Up of Brítain, cit., p. 304.

 

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