E. P. Thompson, un marxista contra el marxismo como “materialismo histórico”

thompsom proDice el ministro del interior y miembro supernumerario del Opus Dei (un tal Fernández Díaz), al hilo de las actuaciones judiciales por corrupción contra miembros de PP, que “que no cree que sea una casualidad que sólo se destapen casos de corrupción del PP”. Mira ministro, yo tampoco creo en la casualidad; todo esto sale ahora porque lo retrasasteis para que no saliera en las elecciones y os afectara. No es casualidad que a una banda de malhechores (como es el PP) les explote sus delitos en los morros. Una cosa más, ministro, estás en funciones y no te queda ni medio telediario; ve a rogar por las almas corruptas de tus compinches.

Dicho lo anterior, vamos con cosas más interesantes, como las que nos plantea Omar Acha. ¿Se puede ser marxista y estar en contra del materialismo histórico?Si el marxismo reivindica la totalidad ¿existe una historiografía marxista, una antropología marxista? A esas y otras preguntas se enfrentó Edward Palmer Thompson. Si te apetece…

Salud. Olivé

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E. P. THOMPSON, UN MARXISTA CONTRA EL MARXISMO COMO “MATERIALISMO HISTÓRICO”

Omar Acha

Introducción

Una de las tareas cardinales de la reinterpretación del marxismo en el seno de la teoría crítica consiste en cuestionar una prolongada reducción del planteo marxiano a una teoría universal de la historia, a un “materialismo histórico”.1 Aunque como veremos es frecuente confundirlo con el marxismo en tanto que tal, el “materialismo histórico” fue un producto histórico y contingente forjado a fines del siglo diecinueve como coagulación doctrinaria del pensamiento de Marx y Engels. Pero no solo es una esquematización transhistórica inadecuada para captar los rasgos fundamentales de la crítica marxiana de la economía política. Tampoco es apta para diseñar el lugar preciso del marxismo en las ciencias sociales y en la historiografía contemporáneas.

La obra histórica de Edward P. Thompson brinda una oportunidad para comenzar a pensar las características de un marxismo emancipado del alcance transhistórico del “materialismo histórico”. Thompson se aproximó a algunas formulaciones en debate con el “materialismo histórico”, al que sin embargo confundió primero con el estalinismo y luego con el teoricismo “francés”. Al primero opuso un “socialismo humanista”, y al segundo, además, un marxismo en diálogo con el empirismo “inglés”. En ambos casos criticó la “metáfora” base-superestructura como núcleo de una versión dañina del marxismo, ante la cual reivindicó un marxismo de “lucha de clases”. La elaboración conceptual para Thompson debía ser generada intrahistóricamente y falseable empíricamente. Por eso rechazó la idea del marxismo como “sistema teórico”. Allí residió su aporte perdurable a la teoría socialista desfigurada por las pretensiones transhistóricas de una filosofía o teoría general de la historia.

A pesar de lo dicho, Thompson no logró plasmar adecuadamente una reinterpretación del marxismo pues se mantuvo dentro del pensamiento de un “materialismo histórico”. Sin embargo, el autor de The Making of the English Working Class provee temas decisivos para nutrir, incluso teóricamente, una reinterpretación de Marx y el marxismo como concepción crítica del capitalismo y las condiciones de su extensión hacia las ciencias sociales y la historiografía. Solo entonces será posible una inscripción del marxismo en la legítima formulación de una teoría crítica de la historia.

Para mostrar el aporte de Thompson al proyecto de una tal reinterpretación del marxismo, en la cual los avances son tan ilustrativos como los obstáculos, en primer lugar explicaré el carácter intrínsecamente inacabado del marxismo y en su núcleo la relatividad cuestionable de la categoría de “materialismo histórico”. Luego desarrollaré las críticas thompsonianas al teoricismo, especialmente en torno a la “metáfora base/superestructura” y la noción de clase, tanto en el plano historiográfico como en el teórico-metodológico. Señalaré la convergencia del análisis thompsoniano con una revisión de la concepción del marxismo como “materialismo histórico” pero también la insuficiencia de Thompson para liberarse de los amarres idealistas de tal concepción. En las conclusiones reflexionaré sobre la contribución thompsoniana a la reinterpretación del marxismo como teoría y práctica críticas de la sociedad capitalista.

Argumentaré que Thompson planteó una tercera posibilidad frente a las dos grandes bibliotecas marxistas, la analítica que interroga sobre su régimen de determinación económico-social y la sintética que destaca la totalidad como dinámica mediada por una contradicción constitutiva. Esbozó elementos para pensar una biblioteca historiográfica de la teoría marxista según la cual ésta posee como tema de investigación las experiencias históricas relativas a la sociedad capitalista.2

El marxismo como archipiélago polémico: discutir el “materialismo histórico”

El marxismo como tradición práctica y teórica posee un inicio complejo y un desarrollo plural, conflictivo y múltiple. Sin embargo, diseña un perfil nítido en sus encrucijadas decisivas. Su derrotero, no por complicado es ininteligible ni se disemina en una diversidad inarticulada. El cuerpo histórico del marxismo es reconocible por cuanto su rasgo principal, la crítica revolucionaria del capitalismo, persiste en los numerosos debates que surcan su firmamento conceptual. Si todavía, después de tantas muertes y remuertes sancionadas al marxismo, éste persevera atizando las exigencias del quehacer crítico, es porque constituye, después de más de un siglo y medio de existencia, la única impugnación radical de los fundamentos del orden social existente y abre el juego para una superación dialéctica —es decir, no utópica o puramente imaginaria— de la “realidad” prevaleciente.

El marxismo está fracturado por distintos “puntos de herejía”, encrucijadas de caminos, donde campean las decisiones teóricas y conceptuales hacia un lado o hacia otro, y en no pocos casos las alternativas son más que dos.3 Siquiera en Marx el marxismo es un cuerpo teórico que está allí, presto a ser comprendido, como una presencia conceptual necesitada de una justa hermenéutica para revelar lo que siempre estuvo mal leído, deformado o contaminado.4

Puntos de herejía son los que dividen a los marxismos positivistas de los marxismos dialécticos, los que separan a quienes otorgan primacía a la lucha de clases de los que privilegian los modos de producción, los que aspiran a explicar toda la historia humana de los que restringen la validez del marxismo a la crítica específica de la sociedad capitalista, los que remodelan el esquema base/superestructura y los que entienden que fue un descuido inoportuno de Marx digno de ser abandonado, los economicistas y los culturalistas o politicistas, quienes hacen del marxismo una filosofía y quienes lo contienen en la crítica de la economía política, entre quienes lo utilizan como epistemología reveladora de la ideología burguesa y quienes absolutizan su carácter de “guía para la acción”. Me detengo aquí respecto de los puntos de herejía. Lo dicho es suficiente para mi primer objetivo: mostrar que no hay un solo marxismo, que su trayectoria implica opciones hermenéuticas y reelaboraciones conceptuales traccionantes de diferendos interpretativos.

La naturaleza polémica del marxismo comienza con su momento marxiano fundacional. Está presenta en la obra misma de Karl Marx. Por ejemplo, no dice lo mismo el “jovenMarx de los “Manuscritos de 1844” cuando denuncia las “alienaciones” producidas por la “propiedad privada” que el Marxmaduro” que explica el “fetichismo de la mercancía” derivado de la “lógica del capital”. Tampoco coincide sin rebordes el Marx que junto a Engels entiende en el Manifiesto del partido comunista de 1848 la “historia” hilada por la “lucha de clases” que el Marx de los Grundrisse donde no hay “dialéctica” transhistórica sino en el modo de producción capitalista, alejándose así de toda teoría general de la historia trabada por un único principio explicativo.

Me interesa destacar un punto de herejía particularmente importante para reinterpretar a Marx y al marxismo: el “materialismo histórico”. Marx nunca utilizó la noción de “materialismo histórico”, el que constituye como tal una reinterpretación de su pensamiento crítico en términos de una teoría general de la historia.

Voy a plantear sumariamente lo que se entiende por “materialismo histórico”. La secuencia que presentaré se puede hallar en dos diccionarios bien conocidos que expresan la notación estandarizada de la presunta teoría marxiana de la historia: el Dictionnaire critique du marxisme y A Dictionary of Marxist Thought.5 El joven Marx descubrió en La esencia del cristianismo (1841) de Ludwig Feuerbach una aguda refutación del hegelianismo. La argumentación feuerbachiana estaba inscripta en un debate más amplio con la metafísica religiosa, la cual delataba el fundamento humano de todas las representaciones teológicas.6 Una de las consecuencias de ese orden de razonamiento fue la denuncia feuerbachiana en Hegel de una inversión mística de la experiencia humana, del cimiento empírico de la existencia terrenal. Todavía en 1844 la revisión marxiana de la dialéctica hegeliana encontraba en Feuerbach el soporte que le permitía reconocer la “grandeza” de la Fenomenología al destacar el carácter negativo y productor del trabajo.7 Las “tesis sobre Feuerbach” dieron un paso decisivo un año más tarde hacia una primera enunciación de un “nuevo materialismo”. Marx escribió allí, en la tesis uno, que el error del materialismo precedente consistía en considerar idealistamente su “fundamento”, concibiendo una realidad pasiva e impotente. Al desconsiderar el “lado activo” y “práctico” de la acción humana, Feuerbach dejó de lado su efectividad “objetiva” y “revolucionaria”.8

En ese mismo año 1845 Marx y Engels escribieron La ideología alemana con la meta de debatir los arrestos proclamadamente “críticos”, pero en verdad conservadores, de los jóvenes hegelianos de izquierda con quienes habían roto relaciones hacía poco. Marx reprochó a los jóvenes “críticos” su desacertada superación de Hegel. Con Engels, planteó que una opción más adecuada consistía en explicar el proceso histórico que generaba las representaciones e instituciones celebradas por Hegel: el Estado, la religión, el arte, la filosofía. Antes que situarse en la unidad “crítica” de quien se aleja higiénicamente de la “masa”, era preciso dar cuenta por qué y cómo se produce lo real y sus formas mistificadas. Entonces el materialismo “práctico-crítico” adquirió la forma de una “concepción materialista de la historia”. Marx y Engels hallaron que las formas de sociedad están supeditadas a las técnicas de producción, a la complejización de las relaciones sociales luego de la ruptura de la comunidad primitiva de tipo rural, la aparición de las diferenciaciones sociales (las clases), las instituciones estatales, las legitimaciones ideológicas de la dominación de clase, el derecho y la religión. Cada tipo de sociedad se ordenaba a partir de la manera de producir bienes y reproducir su población. A ellas correspondían formas de conciencia.9

Según el orden de emergencia del “materialismo histórico”, con Miseria de la filosofía, de 1847, Marx dio un paso conceptual decisivo al forjar la noción de relaciones sociales de producción, prestando mayor consistencia a la idea de “modo de producción”.10 Los acontecimientos políticos lanzaron ese mismo año a Engels y a Marx a escribir el Manifiesto comunista con el objetivo de intervenir en la coyuntura revolucionaria próxima a desencadenarse.11 El folleto enfatizó la importancia transhistórica de la “lucha de clases”, una afirmación relativamente compatible con la “concepción materialista de la historia” esbozada en La ideología alemana.12

La derrota del momento revolucionario y el exilio en Londres caracterizaron una etapa de estudio que produjo una formulación más concisa pero articulada del “materialismo histórico”: en el “Prefacio” a la Contribución a la crítica de la economía política de 1859 Marx diseñó los conceptos cruciales: toda sociedad está compuesta por una base conformada por las relaciones sociales de producción, a la vez tensionadas por unas fuerzas productivas tendientes al desarrollo; llegado a cierto punto del despliegue contradictorio de la “base económica”, las fuerzas productivas hacen crujir la continuidad de las relaciones de producción, traccionando mutaciones en la “superestructura” jurídica, política e ideológica correspondientes; se inicia entonces una “época de revolución social”; los diferentes tipos de sociedades complejas se reconocen por el modo de ensamblar —nunca de manera pacífica ni definitiva— fuerzas productivas, relaciones de producción y sus correspondientes superestructuras.13

Numerosos pareceres han sostenido que el “materialismo histórico” se encontraría así plenamente desplegado.14 El razonamiento “materialista histórico” prosigue: con el planteo del “PrefacioMarx dispuso de una noción de sociedad, de sus contradicciones, de la evolución entre formas sociales, en los que puede situarse la acción de las clases sociales. El “materialismo histórico” revela, ante la ingenuidad ideológica burguesa que naturaliza y así eterniza la sociedad actual, el carácter mutable y transitorio de sus categorías y de su misma existencia material. La investigación histórica fundamentada en el “materialismo histórico” debe reconstruir las diferentes formas económico-sociales, las transformaciones de las clases y sus relaciones, las peculiaridades de las superestructuras, mostrando en cada época las especificidades de una historia sin embargo accesible a una explicación científica. En El capital Marx aplicó el “materialismo histórico” para revelar la lógica oculta del capitalismo y las contradicciones que desgarran su reproducción, establecer las razones de sus inevitables crisis y la ventura de un comunismo como realidad necesaria. Así las cosas, avanza esta interpretación, Marx elaboró a lo largo de su derrotero un “materialismo histórico” al que imaginó inicialmente bajo el nombre de “concepción materialista de la historia”.

Fue Engels quien consagró el alcance “marxista” de la categoría de materialismo histórico, después de la muerte de Marx. Empleó el término hacia 1890 en una carta a Joseph Bloch (21-09-1890), reinterpretando así su Anti-Dühring (donde no utilizó la categoría), pero también buena parte de la obra de Marx, incluyendo El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte y “alusiones” en El capital.15 En honor a la verdad hay que decir que ese mismo año, en una carta a Conrad Schmidt (27-10-1890), Engels advirtió contra los usos desaprensivos del término para resolver de antemano todos los problemas.16 La primera vez que utilizó el término en una publicación fue en el prólogo a la edición inglesa de 1892 de Del socialismo utópico al socialismo científico.17

Muy pronto el desarrollo de una ortodoxia ligada a la Segunda Internacional multiplicó y naturalizó al “materialismo histórico” como el nombre de la relación entre el pensamiento crítico de Marx y la historia. De tal manera el “materialismo histórico”, complementado por “materialismo dialéctico” que resguarda sus aspectos epistemológicos, devino un soporte explicativo de la práctica política anticapitalista. La criatura conceptual se transmitió de la Segunda a la Tercera Internacional. Síntesis de este conjunto de convicciones se puede hallar en el ejemplar escrito de Nicolai Bujarin, Teoría del materialismo histórico: ensayo popular de sociología marxista, de 1921.18 En 1938 Stalin la consagró en un escrito de enorme influencia, incluso entre quienes combatieron al estalinismo. 19 Hasta 1991 una densa biblioteca se construyó sobre el pilar del marxismo entendido como “materialismo histórico”, tanto en los llamados “socialismos realmente existentes” como en otras variantes del marxismo.

Es imposible entrar aquí en una exposición detallada de los problemas básicos que malogran la noción de “materialismo histórico”. Esquemáticamente planteo los reparos fundamentales a partir de una lectura diferente de la obra de Marx, como he dicho en términos de una reinterpretación de su derrotero político-intelectual.

Mi síntesis se apoya sobre todo en las obras maduras, los Grundrisse de 1857-1858, El capital y textos posteriores a 1860, generalmente compuestos por notas de trabajo, borradores, registros de lectura y cartas.20 Según esta reinterpretación Marx concibió su análisis como un estudio de la economía política porque esta, más que la filosofía, expresaba los límites de las categorías burguesas, que a la vez que presentaban el mejor desarrollo de su autocomprensión se detenían apologéticamente ante una frontera que no podían atravesar: la historización de una lógica capitalista que explicaban mal. En lugar de consagrarlas por medio de una naturalización atemporal, Marx subrayó la datación histórica de tales categorías y, por ende, su finitud.

Entonces, el alcance de su foco analítico no fue la historia humana, ni siquiera la historia de las sociedades de clase, sino la sociedad capitalista. A diferencia de la generación “especulativa” o “filosófica” de los conceptos, para Marx estos surgen de lo real transpuesto nocionalmente.21 Por eso se impone considerarlas críticamente en la medida en que su génesis es intrahistórica. De otro modo se convalidaría la producción capitalista del pensamiento y Marx devendría economista, sociólogo o historiador en el sentido tradicional. Esto no significa que el alcance conceptual de sus categorías pueda ser reducido solo al periodo de la sociedad burguesa. El argumento de Marx, por el contrario, fue que debido al grado de abstracción logrado por algunas categorías en la sociedad actual (el ejemplo más claro es el “valor”), las mismas permiten interpretar críticamente sociedades precedentes, pero sin ceder en su peculiaridad temporal.22 Así es que la generalización de la forma mercancía en el capitalismo no conduce inexorablemente a un estudio anacrónico de las mercancías en otras realidades históricas, sino que por el contrario habilita una captación de sus lógicas diferenciales. De ninguna manera el proyecto de Marx fue el de elaborar una teoría transhistórica de la historia. Lo que intentó, en cambio, fue desestabilizar la falsa alternativa entre, por un lado, el relativismo historicista (las categorías son exclusivas de una época y lugar, y por lo tanto son intransferibles para otras épocas y lugares) y, por otro lado, el universalismo modernocéntrico (los conceptos actuales son aplicables sin alteraciones sustantivas para dar cuenta del desarrollo necesario de la historia mundial). Esto queda en mi opinión claro cuando Marx discutió en los Grundrisse que las “formas precedentes de la producción capitalista” poseyeran una tendencia evolutiva unilineal.23 Por el contrario, la única forma social que está habitada por una “contradicción real” es la sociedad capitalista. No hubo una línea histórico-evolutiva, ni en cada sociedad latió un germen conducente a otra sociedad y así hasta llegar al presente capitalista. Pero, a la vez, el grado de abstracción alcanzado por algunas categorías como mercancía, valor, intercambio, clase social, dinero, trabajo y producción, posibilitan investigar críticamente, pero sin perder de vista la diferencia histórica, otros periodos de una “historia universal” construida desde el dominio global del capital.

Marx explicó en los Grundrisse y en El capital que si hay “Historia”, esta es propia de la sociedad capitalista. En La ideología alemana Marx y Engels habían afirmado que la “historia universal” se realiza imperfectamente incluso con la sociedad burguesa; por eso la auténtica historia de la especie humana se realizaría en el comunismo como realidad de lo universal libre. Pero mientras en La ideología alemana ese recorrido consumaba una transformación progresiva de la productividad social en las diferentes épocas de la historia humana, en los textos de los años 1850 a 1880 la “historia” expresó la extensión de las relaciones sociales a todo el planeta, sin depender de una narrativa o explicación general del conjunto de la “historia”. Por el contrario, la “Historia” emergió como la formulación ideológica propia del capital como sujeto.24

Otra convicción que Marx resignó en sus escritos de madurez fue la frase rápida del Manifiesto comunista donde la historia aparece como “historia de la lucha de clases”. No solo porque abandonó cualquier proyecto de una teoría general de la historia, como cree el “materialismo histórico”, sino porque en El capital explicó una “lógica” que construye, transforma y subsume a las clases en sus enfrentamientos.25 De aquí no se debería extraer la conclusión de que las clases son epifenómenos de una sustancia autónoma que sería el capital. Por el contrario, una contradicción insuperable del capital es que depende de la explotación de la fuerza de trabajo. Aunque por su interés inmediato intenta excluir esa componente embarazosa de la producción que son los seres humanos, no puede hacerlo pues su misma reproducción depende de la extracción del plusvalor. Pero que la fenomenología de la cotidianeidad capitalista sea incomprensible sin el análisis de la lucha de clase en modo alguno entraña que esa “lucha” sea la tensión constituyente de la “contradicción” decisiva del sistema capitalista. La fricción permanente que deben renegociar la clase obrera y la burguesía incluso en los momentos de mayor “paz social” oculta mal una desavenencia sobre la tasa de plusvalor o índice de la explotación del trabajo. Sin embargo, ese desacuerdo siempre potencial no entraña una tensión inmanente que demanda una resolución sustantiva, revolucionaria.

Desde este punto de vista es inviable postular un “materialismo histórico” sustantivo como un nombre del marxismo filiable con rigor teórico en el Marx maduro. Válido quizás para el tiempo de La ideología alemana (momento al que refiere el prólogo a la Crítica de la economía política de 1859), la “concepción materialista de la historia” es rescindida en los años londinenses. El conocimiento crítico de las realidades no capitalistas, sin embargo, utilizado cum grano salis es fundamental para revelar la historicidad de las categorías capitalistas: el texto fundamental al respecto son los pasajes de la sección de El capital sobre el “fetichismo de la mercancía” donde Marx explica otras formas de existencia histórica de las mercaderías que sin embargo no alcanzan a generar una lógica fetichista como sucede exclusivamente en el capitalismo.26 Por lo tanto, la idea misma de un “materialismo histórico” transhistórico es incompatible con las formulaciones maduras de Marx y constituye una recaída especulativa, incluso si se pretende ortodoxamente materialista.

El carácter trunco y la permanente revisión marxiana de sus textos favorecieron las divergentes interpretaciones de su obra. El “materialismo histórico” fue una de las más problemáticas, pero no necesariamente implicó una deformación del legado textual marxiano. Más bien, seleccionó y sesgó tendencias histórico-filosóficas de su juventud, nunca totalmente erradicadas de su obra madura. Su emergencia solo puede provenir de una producción o reinterpretación que exceda los límites experimentados por la naturaleza inconclusa y a veces ambigua del pensamiento de Marx.

Es justamente en este punto donde quiero introducir una discusión del legado teórico e historiográfico thompsoniano. Mi tesis es que Thompson, a pesar de la rudeza conceptual que se presume en su crítica aparentemente antiteórica del teoricismo althusseriano, captó adecuadamente rasgos decisivos de la crítica marxiana de la “historia” como construcción abstracta y propuso una comprensión de lo histórico, no a partir de las clases sociales (ese sería un error “sociológico”) sino desde las fricciones constitutivas de la experiencia histórica, a saber, la “lucha de clases”. Para Thompson, las clases son una derivación práctica e histórica de la lucha de clases, es decir, de un enfrentamiento inducido por las condiciones específicas de existencia, que no son solo productivas. Así quiso modificar el canon del “materialismo histórico” en el seno de un “materialismo histórico” diferente.

E. P. Thompson como crítico “humanista” del “materialismo histórico”

Son bien conocidas las posiciones de E. P. Thompson respecto del análisis histórico de las clases sociales para Inglaterra en el periodo comprendido entre 1720 y 1850. Desde los célebres fraseos del “Prólogo” a The Making of the English Working Class Thompson defendió el uso de una noción marxista de clase social entendida como “formación histórica”, donde los aspectos culturales son tan relevantes como los económicos para captar una emergencia social y política que, no obstante, es incomprensible sin el estudio minucioso de la “lucha de clases”.27

El análisis thompsoniano de la clase como una formación histórica es útil para mostrar el carácter contingente de la realidad de clase concreta, que no es deducible ni capturable en una condición social-material sin la cual es, sin embargo, incomprensible. No es que la experiencia de clase pueda ser vivida más allá de las condiciones materiales; el problema consiste en establecer el interjuego entre los condicionamientos económico-sociales, las dimensiones de la conciencia, las formas culturales y las acciones de lucha entre las clases, para establecer empíricamente la generación de aquella realidad. En efecto, para Thompson la formación de una clase solo se consuma una vez forjada antagonistamente su “conciencia”.

Thompson debatió con las concepciones de clase defendidas por enfoques economicistas, deterministas y sociológico-funcionalistas. La pretensión de hallar una base “de clase” en todo fenómeno histórico, sea en la antigüedad romana como en el siglo XVIII inglés, supone un “método” universalmente aplicable a las sociedades “de clase”. Es, por lo tanto, el momento metodológico de una teoría general de la historia. A ello Thompson antepone algo fundamental: que la apelación a un fondo explicativo residente en las clases destaca el carácter estático y abstracto de las mismas, las que por lo tanto pueden ser definidas solo conceptualmente, derivándolas de una estructura social determinada. La consiguiente transformación del planteo marxiano en una sociología implica para Thompson ejercer violencia sobre sus dimensiones críticas, las que pueden ser resguardadas con la condición de cuidar sus aspectos culturales, experienciales, accesibles a través de la historiografía y la antropología empíricamente sensibles y atenidas a las vicisitudes de la contingencia histórica.

Una manera de organizar las discusiones thompsonianas consiste en vincularlas con su debate contra el texto en que Marx presuntamente habría definido el “materialismo histórico”: el “Prefacio” de 1859. Su primer argumento fue planteado en 1957 como una crítica al estalinismo. Entonces contradijo las formulaciones del propio Stalin en su citado ensayo “Materialismo histórico y materialismo dialéctico”.28 A partir del esquema estaliniano de una determinación económica y el carácter tanto objetivo como inexorable del decurso histórico, Thompson reclamó una alternativa “humanista” y una “moralidad” socialista que otorgase su justo lugar a la acción humana intencionalmente orientada. El “interés de clase” no es una función objetiva y predeterminada de lo económico, por lo que la “metáfora” base-superestructura es falsa.

Las impugnaciones thompsonianas a la metáfora o analogía “base-superestructura” tuvieron como sus textos básicos al recién mencionado “Humanismo socialista”, “Las peculiaridades de lo inglés” (1965), la “Carta abierta a Leszek Kolakowski” (1973), el ensayo sobre “Folklore, antropología e historia social” (1976), y especialmente “Miseria de la teoría” en el libro del mismo título (1978), aunque por cierto atravesaron los argumentos de The Making y Whigs and Hunters.29 La discusión de Thompson, por ende, siempre tuvo como una sombra de su posición en el marxismo el rechazo de la “metáfora” como base argumentativa. Y si bien esa crítica al “Prefacio” de 1859 es comprensible porque en efecto fue adoptado por la biblioteca del “materialismo histórico” como su justificación definitiva, descansaba en una interpretación inadecuada de la naturaleza del texto. Por lo tanto, su análisis permaneció apresado en los términos erróneos de su crítica. Lo más importante fue que al debatir el régimen de la causalidad Thompson quedó entrampado en la irresoluble aporía de separar y tratar de reunir determinación y acción, o ser y conciencia, reproduciendo en la aparente solución dada por la “experiencia” los dualismos clásicos del pensamiento burgués.30

Quiero traer aquí un fragmento argumentativo de la impugnación de Gillian Rose a la inadecuada lectura de Hegel en Marx y en el marxismo.31 Según Rose, Marx comprendió bien la noción hegeliana de “Espíritu” en tanto sujeto/objeto automediado, es decir, “absoluto”. Sin embargo, cuando intentó separarse de su fondo “especulativo”, recayó en las “dicotomías abstractas”: ser social y conciencia social, sociedad civil y Estado, entre otras. En mi opinión la alternativa de Thompson al “materialismo histórico” de 1859 y toda la secuela perjudicial de la “metáfora” base-superestructura permaneció aprisionada por las dicotomías que el “Prefacio” representó como síntesis de las elaboraciones de Marx con Engels en los años 1845-1846. Como ya lo apuntó Richard Gunn, el texto del “Prefacio” no explica la postura de Marx en 1859; por el contrario, expone las convicciones previas que su investigación viene a revisar.32 1850 fue el año de la primera “crisis del marxismo”, en palabras de José Sazbón, que impulsó en Marx un examen de sus convicciones previas, cuyas secuelas no siempre han sido bien calibradas.33

En cuanto a Thompson, gran parte del valor innovador de su obra deriva de la crítica de dos rasgos fundamentales del “materialismo histórico”: el alcance universal de sus afirmaciones teóricas y la búsqueda de una determinación decisiva para cada periodo histórico. Aunque son dos aspectos de una misma idea de “ciencia de la historia”, conviene distinguirlos.

La universalidad de la explicación de la historia remite a un “método” preexistente a los datos empíricos, una “clave” para reconstruir las diferentes sociedades. Thompson cuestionó la existencia de tal método, una “dialéctica” transhistórica, entre otros lugares en Miseria de la teoría. Contestó que Marx tuviera un “método” donde descansara la “esencia” del marxismo. Pues si Marx, quien fue un trabajador intelectual infatigable, dejó numerosos manuscritos pero no tal metodología, es porque tal cosa no existió. Su crítica fue una “práctica” que se aprende “practicándola”. 34

La alternativa thompsoniana de un “aprendizaje crítico” derivada de la “misma práctica” negó la idea del marxismo como “ciencia”, sino más bien la de “marxismo”, la “auténtica marca registrada del oscurantismo” de raíz burguesa: “Los utilitaristas, los malthusianos, los positivistas, los fabianos y los estructural-funcionalistas suponen —o supusieron— todos ellos que practican una ‘ciencia’, y el menos inhibido de los centros académicos con ideología capitalista sin paliativos en la Inglaterra contemporánea se proclama Escuela de Economía y Ciencia Política. Cuando Marx y Engels pretendían estar aplicando métodos científicos al estudio de la sociedad, la pretensión podía a veces sostenerse; si suponían que estaban fundando una Ciencia (el Marx-ismo), estaban encerrando en una prisión su propio conocimiento”.35

La “clave” provino, siempre según Thompson, de otra fuente: la deuda burguesa con la “economía política” que el marxismo no logró cancelar plenamente. Es desde esa hipoteca que continuó adherido a un pensar burgués determinista: “El marxismo quedó marcado en un estadio crítico de su desarrollo por las categorías de la economía política; la principal de ellas era la noción de ‘lo económico’ como actividad de primer orden, susceptible de ser aislada de esta manera, como objeto de una ciencia generadora de leyes cuya operación recubriría las actividades de segundo orden”.36

Ante esa dependencia de la economía política es que, como en 1957, todavía en Miseria de la teoría propugnó un análisis de la moralidad y la conciencia, irreductibles a una “base” económica.

Ni la experiencia de clase, ni las formaciones mal llamadas “superestructurales” (el derecho, por ejemplo), son reducibles a un fundamento “económico” o “de clase” cuya misma particularidad es una construcción históricamente datable promovida por el dominio burgués. Lo notable es que tal reclamo antireduccionista lo realizara en términos de un “materialismo histórico” “y cultural” que no puede explicar la “moralidad” como una máscara encubridora de intereses de clase puesto que eso sería aplicar una simplista teoría utilitarista. Pues si hay algo que interesa “a la gente” eso está cerca “del corazón”. De otro modo se cae en concepciones idealistas, extrañas al modo de vida en que se apoya “la morada material de la cultura”.37

Ahora bien, ¿cómo se vinculan los “valores” y las “relaciones productivas”? Ya en el texto de 1965 contra los jóvenes Perry Anderson y Tom Nairn, Thompson formuló la tesis de que la conexión entre ser y conciencia social es fundamental para el marxismo: “La relación intelectual entre el ser social y la conciencia social —o entre ‘cultura’ y ‘no cultura’— está en el centro de cualquier comprensión del proceso histórico dentro de la tradición marxista”.38 Lo que es preciso reconstruir es la “interacción” entre ambas dimensiones, pues si son diferenciables en el plano intelectual sin embargo se dan unificadas en la “experiencia”, según precisará en otros textos. Justamente, es la experiencia lo que provee el pasaje entre los planos dicotómicos. En su discusión con Thompson, Perry Anderson señaló correctamente que para aquél el “eslabón perdidoentre “el ‘modo de producción’ abstracto y el ‘proceso histórico’ concreto es la ‘experiencia humana’”.39 Thompson intentó restablecer el puente entre las “dicotomías abstractas” que Rose destacó en el marxismo, a través de la experiencia. Incidió así en dos errores: por un lado se condenó a reproducir la escisión entre ser social y conciencia, y por otro lado traicionó su exigencia de producción intrahistórica de conocimiento. Realizó esto último a través de una teoría general de la historia, a la que no evitó la denominación de “materialismo histórico”. Todavía a mediados de la década de 1980, fatigado de disputas clasificatorias sobre “el marxismo como un sistema teórico” se inclinó a defender una idea más general del “materialismo histórico”.40

Cuando Thompson polemizó con el economicismo implícito o explícito de la noción de “modo de producción” (creo que todavía en contraste con la noción estaliniana que equipara ese concepto con el de sociedad), lo hizo aplicando el análisis a otras formaciones históricas entre las cuáles la capitalista es solo una de ellas. Así, en un texto de 1977 escribió: “No podemos siquiera empezar a describir la sociedad feudal o capitalista en términos ‘económicos’ independientemente de las relaciones de poder y dominación, los conceptos de uso o de propiedad privada (y sus correspondientes leyes), las normas culturalmente impuestas y las necesidades culturalmente formadas características del modo de producción”.41

En efecto, para Thompson no se trataba tanto de rechazar la noción de “modo de producción” como de establecer la interrelación con la cultura: “Lo que estoy poniendo en cuestión no es la centralidad del modo de producción (y las correspondientes relaciones de poder y propiedad) para una teoría materialista de la historia. Estoy poniendo en cuestión (…) la idea de que es posible describir un modo de producción en términos ‘económicos’, dejando a un lado como elementos secundarios (menos ‘reales’) las normas, la cultura, los conceptos críticos alrededor de los cuales se organiza el modo de producción”.42

Me parece incorrecto estimar la propuesta thompsoniana como un “culturalismo” (otra cuestión es que en sus análisis historiográficos pudiera haber descuidado las condiciones objetivas o materiales pues esto pondría en aprietos a Thompson pero no necesariamente a sus posturas conceptuales). Él mismo lo calibró al destacar su perspectiva: “Espero que nadie pueda pensar (…) que apoyo la idea de que la formación de la clase sea independiente de determinaciones objetivas, ni mantenga que la clase pueda definirse como simple fenómeno cultural, o cosas parecidas”.43

Las obras históricas thompsonianas afirmaron con claridad que la experiencia histórica es incomprensible fuera de la “lucha de clases”. Es en la contingencia de ese antagonismo que las determinaciones del todo social pueden ser comprendidas. Por lo tanto, no son accesibles a una explicación teórica de antemano. Lo que debe ser reconstruido historiográficamente es la “presión” del ser social sobre la conciencia, una “presión” que no es mecánica sino que se dirime en una lucha entre sujetos reales.44

Thompson permaneció teóricamente extraño a la obra madura marxiana donde la crítica del capitalismo identificó un sujeto social, que no son las clases ni la “economía”, específico de la sociedad burguesa: el capital. Para Thompson la consistencia de la sociedad capitalista está dada por la “lucha de clases” (un concepto “mucho más universal” que el de clase), por el enfrentamiento contextual de las clases sociales donde las relaciones de producción proveen las condiciones de la acción pero no causan ni las prácticas humanas ni determinan mecánicamente la cultura. 45 Es la experiencia, inseparable del hacer situado de los sujetos lo que conecta las condiciones objetivas con las moralidades sedimentadas de las prácticas colectivas. Thompson no consideró que esa noción de lo social fuera singular de la sociedad capitalista y, en consecuencia, propuso sus principios como líneas de investigación de un “materialismo histórico” indistinguible de la indagación historiográfica pues nada es deducible de las mencionadas condiciones. En la exacta medida en que los sujetos también producen “historia”, actúan en normas, tradiciones, lenguajes y costumbres, en tanto se definen históricamente en sus antagonismos, no pueden ser derivados de supuestos sociológicos o económicos. La “conciencia de clase” es un resultado de la experiencia y se dirime en la contingencia de una diversidad de circunstancias conflictivas, algunas objetivas, otras subjetivas.

En mi opinión el análisis thompsoniano comparte una relación ambivalente con el marxismo como “materialismo histórico”. Por un lado rechaza una formulación teórica general en términos productivos pues exige considerar las dimensiones culturales, la conciencia y el enfrentamiento de clases. Producción material y cultura estarían interrelacionadas en la experiencia colectiva de las clases y en las formas adoptadas en los individuos. Las categorías adecuadas para estudiar cada sociedad no podrían ser definidas sino en permanente examen historiográfico, pues solo a través de la reconstrucción histórica se puede establecer las características adoptadas en cada circunstancia. No obstante, el planteo sigue siendo un esquema que universaliza las condiciones de existencia específicas de la sociedad capitalista, o más exactamente, las de una transición hacia el capitalismo como la vivida en el siglo dieciocho inglés. De sus intereses de investigación extrapola la manera de vérselas con el marxismo en sede historiográfica a una concepción histórica general que sigue llamando “materialismo histórico”. Pienso que esa derivación está relacionada con la permanencia del “Prefacio” de 1859 en la mira polémica de Thompson, la que lo ancló en la meta de hallar una explicación distinta a la provista por la mentada “metáfora”.

Las diferencias en el marxismo anglosajón también estuvieron fijadas alrededor de qué hacer con el “Prefacio”. El debate entablado por Anderson siguió esa misma huella, con sus matices teóricos. Por eso Anderson calificó al libro de Gerald Cohen, La teoría de la historia de Karl Marx (1978), un estudio filosófico de reivindicación del “Prólogo” en tanto fundamento del “materialismo histórico”, como una obra “cuya fuerza intelectual desbanca cualquier discusión anterior”.46 Según Anderson el proyecto de Marxfue seleccionar el dominio que la teoría del ‘materialismo histórico’ mostrado como determinante en última instancia —a saber la producción económica— y dedicar toda su pasión y su capacidad de trabajo a investigarla y reconstruirla en un solo período histórico: el del capitalismo”.47 En consecuencia la “selección” podría haber sido otra, digamos el feudalismo, y sus categorías habrían permanecido intactas. Así las cosas, Thompson y sus discutidores siguieron atorados en el legado equívoco de una interpretación aproblemática del “Prefacio”, al que pretenden refutar, complementar o rectificar.

Conclusiones: Qué hacer con E. P. Thompson

Es indudable que Thompson produjo obras históricas de extraordinaria importancia para la historiografía contemporánea. Los efectos de su legado todavía no se han agotado. Lo mejor de su obra no se debe tanto a que fuera un buen marxista como a que fue un buen historiador marxista, o más exactamente que introdujo a la historiografía en el seno de la teorización marxista.

Thompson critica el texto originario del “materialismo histórico” —el “Prefacio” de 1859— en nombre de un (otro) materialismo histórico. De tal manera no solo desatiende el mensaje crítico decisivo de Marx, a saber, que hay un sujeto objetivo/subjetivo que constituye lo social (el capital), dentro de cuyas muelas se mastica la realidad de la dominación y la posibilidad de la emancipación. También pierde fuerza la crítica de una historicidad categorial que entraña que todo lo hoy es, lo que se nos presenta como inmodificable, podría ser radicalmente diferente. Desplegar ese mensaje, que Marx no logró esclarecer adecuadamente, constituye una tarea urgente: desarrollar un marxismo sin materialismo histórico, más allá de la artificiosa dicotomía entre relativismo y universalismo. Hay en ello un legado thompsoniano de primer orden, a saber, el de estipular que los conceptos teóricos marxistas solo son válidos si admiten, además de una elaboración teórica consistente, un diálogo denso con la investigación histórica.

A mi juicio el mayor problema conceptual de reducir el planteo marxiano a un “materialismo histórico”, a una teoría “materialista” de la “historia”, es que se transforma un pensamiento crítico, esencialmente “negativo”, en una ciencia “positiva”. No es que el marxismo como teoría crítica no pueda ser útil para elaborar conocimientos efectivos, positivos, sobre los procesos o experiencias históricos. Solo que al ingresar en esa proyección requiere de una extensión, un salir de su suelo matricial, el crítico, tensionándose hacia un afuera (ex-tenderse), donde ya no es el mismo. Entonces no puede haber, en rigor, una historiografía “marxista”, como no puede haber una antropología, una sociología o una politología “marxista”. Eso debería ser obvio pues esas mismas compartimentalizaciones suponen escisiones de lo real incompatibles con la mediación total en el capitalismo por la abstracción del valor. Pero la razón básica es que operan bajo el régimen del conocimiento (una forma de la relación sujeto-objeto, díada burguesa por excelencia) y no de la crítica, que es la puesta en cuestión de toda positividad reificante.48

La insistencia thompsoniana sobre construir intrahistóricamente el conocimiento es un aporte a la reconstrucción de un marxismo eximido de “materialismo histórico”. Al respecto concuerdo con la afirmación de Harvey Kaye respecto de que los historiadores marxistas británicos no fueron solo archivistas laboriosos, sino que aportaron al marxismo elementos teóricos de primera importancia.49

La productividad teórica del pensamiento de Thompson se vio afectada negativamente por algunos excesos retóricos y el modo un tanto impulsivo de encarar la polémica con Althusser. Pero la forma inadecuada del debate thompsoniano no debería llevarnos a desahuciar la relevancia de sus posiciones, las que han sido incomprendidas. Por ejemplo, me parece incorrecta la apreciación de Anderson respecto de que Thompson confundió —error de leso althusserianismo— el objeto real y el objeto de conocimiento.50 Esto derivaría en un empirismo inviable. Sin embargo, Thompson nunca planteó que se pudiera acceder a lo empírico sin categorizaciones; la misma distinción althusseriana era problemática pues la dicotomía como tal era incorrecta y producía dificultades insalvables, reincidiendo en el “kantismo” señalado por Rose.

La bibliografía marxista puede ser organizada en dos grandes bibliotecas: la analítica y la sintética. La concepción analítica del marxismo interroga un régimen de causalidad “materialista” (sea económica, social, e incluso discursiva) reconstruyendo la interrelación de las partes de una totalidad, la relación sujeto y estructura, las autonomías relativas, etcétera. Su característica es la integración a posteriori del análisis de vínculos causales. La concepción sintética —más coherentemente dialéctica— parte de la totalidad, dentro de cuyas instancias las “partes” consideradas por la perspectiva analítica son siempre pars totalis, instancias o momentos de una eficacia integral.

Ambas concepciones han sido compatibilizadas con el “materialismo histórico”. La obra de Thompson habilita una concepción tercera que llamaré “historiográfica”. Sus conceptos marxistas son exigidos intrahistóricamente y deben ser confrontados con la evidencia empírica. Thompson reivindicó la “totalidad” como alcance de la experiencia histórica pero se resistió a reconocer toda efectividad en lo real que pudiera ser enunciada solo conceptualmente, es decir, ser deducida en el plano teórico. La noción thompsoniana de clase —la cual ha sido luego revisada en una bien poblada bibliografía teórica e historiográfica— es un buen ejemplo de la forja intrahistórica de un concepto: este debe ser reconstruido en una relación constante entre la teoría y la investigación pues no hay un concepto universal y ahistórico de clase, ni el mismo se desprende de una elucidación exclusivamente teórica. Toda clase emerge en su hacerse (making), es inescindible de la experiencia histórica, de las representaciones, sentimientos, tradiciones y antagonismos en los que se constituye y es constituida. Su conceptualidad no es a priori. La misma experiencia histórica de clase, la experiencia histórico-efectiva, brinda los elementos para indagar su realidad. Y si bien no se trata de componer el concepto inductivamente desde una presunta empiria exenta de supuestos teóricos, no son estos los que lo generan en el pensamiento. De allí que solo pueda ser conocida a través de un estudio histórico o antropológico. Es, por lo tanto, incompatible con una teoría general de la historia identificada con el marxismo, un “materialismo histórico”.

Si un “materialismo histórico” puede ser validado tras el derrumbe de la aspiración a definir una teoría a priori de la historia, es posible que la crítica de la economía política juegue un rol en él, pero no que se identifique con el mismo, pues sus categorías son demasiado abstractas (dado que surgen de un acontecer social donde prima la máxima abstracción) para formaciones históricas donde las relaciones personales son más relevantes para las prácticas que en el capitalismo. De allí que continúe destacándose la conveniencia de mantener la tensión entre particularidad y universalidad de las categorías marxistas, útiles para un materialismo histórico después del materialismo histórico. En mi opinión ese nuevo materialismo histórico debería contar al marxismo como un afluente crucial, incluso decisivo, pero no podría agotarse en él.

Situar a Thompson en una reconstrucción del marxismo requiere por cierto un análisis crítico de sus concepciones y de su práctica historiográfico-teórica, cuyas consecuencias no han sido agotadas. Cincuenta años después de la publicación de The Making of the English Working Class, esa tarea excede el balance de su “contribución” a la historiografía, a la antropología o al propio marxismo. Entraña también rescatar su pasión de historiador socialista de “la enorme condescendencia de la posteridad”.

*Publicado originalmente en Rey Desnudo, Año II, No. 3, Primavera 2013

NOTAS

1 Agradezco los comentarios de Octavio Colombo a una versión previa de este texto presentada en las Jornadas Interdisciplinarias “¿Qué hacer con E. P. Thompson? A 50 años de La formación de la clase obrera en Inglaterra”, 27 y 28 de junio de 2013, Universidad Nacional de Quilmes. Posteriormente fue de utilidad una lectura de Damián López.

2 La obra de Thompson ha sido analizada desde diversos puntos de vista: Palmer, Bryan D.: E. P. Thompson. Marxism, Humanism and History, Toronto, New Hogtown Press, 1981, y E.P. Thompson. Objections and Oppositions, Londres, Verso, 1994; Wood, Ellen Meiksins: “El concepto de clase de E. P. Thompson”, en Cuadernos Políticos, No. 36, 1983, y “Entre las fisuras teóricas: E. P. Thompson y el debate sobre la base y la superestructura”, en Historia Social, No. 18, 1994; Kaye, Harvey J.: Los historiadores marxistas británicos, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1989; Kaye, H. J. y McClelland, Keith (eds.): E. P. Thompson. Critical Perspectives, Londres, Polity Press, 1990; Calhoun, Craig: “E. P. Thompson and the Discipline of Historical Context”, en Social Research, Vol. 61, No. 2, 1994; Philp, Mark: “Thompson, Godwin, and the French Revolution”, en History Workshop Journal, No. 39, 1995; Cooper, Frederick: “Work, Class and Empire: An African Historian’s Retrospective on E. P. Thompson”, en Social History, Vol. 20, No. 2, 1995; Chandavarkar, Rajnarayan: “The Making of the Working Class: E. P. Thompson and Indian History”, en History Workshop Journal, No. 43, 1997; Müller, Ricardo G. y Duarte, Adriano Luiz (orgs.): E. P. Thompson. Política e paixão, Chapecó, Argos, 2012; Mattos, Marcelo Badaró: E. P. Thompson e a tradição de crítica ativa do materialismo histórico, Río de Janeiro, Editora UFRJ, 2013.

3 Point d’hérésie es un concepto utilizado en Foucault, Michel: Les mots et les choses. Une archéologie des sciences humaines, París, Gallimard, 1966.

4 Sé bien que Marx descreyó del “marxismo” por la tentación especulativa de todo “ismo” y porque el horizonte revolucionario se constituiría en el “movimiento real” que disolvería el “estado de cosas existente”. Pero hoy, luego de más de un siglo de elaboraciones, debates y errores, es imposible discutir Marx sin pensar la compleja tradición “marxista”.

5 Bottomore, Tom (ed.): A Dictionary of Marxist Thought, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1983; Bensussan, Georges y Labica, Georges (dirs.): Dictionnaire critique du marxisme, París, Presses Universitaires de France, 1982. Versiones del “materialismo histórico” se encuentran en autores tan distintos como Gueorgui Plejanov, Antonio Labriola, Lenin, Antonio Gramsci, György Lukács, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Louis Althusser, Etienne Balibar, Helmut Fleischer, Jürgen Habermas, Gerald Cohen, Jon Elster, Perry Anderson, Alex Callinicos, Erik O. Wright, Paul Blackledge, entre otros. El marxismo “occidental” y el “soviético”, así como el “chino”, el nutrido por la “teoría crítica” y por la “filosofía analítica”, se hermanan en la gran familia del materialismo histórico. La revista marxista actualmente más conocida en el hemisferio occidental se intitula Historical Materialism.

6 Leopold, David: The Young Karl Marx. German Philosophy, Modern Politics, and Human Flourishing, Cambridge, Cambridge University Press, 2007.

7 Marx, Karl: “Ökonomisch-philosophische Manuskripte aus dem Jahre 1844”, en Marx/Engels Werke [en adelante MEW], Berlín, Dietz, Ergänzungsband I, pp. 468 y ss.

8 Marx, Karl: “Thesen über Feuerbach”, en MEW, vol. 3, pp. 533-535.

9 Marx, Karl, y Engels, Friedrich: “Die deutsche Ideologie”, en MEW, vol. 3, pp. 7 y ss.

10 Marx, Karl: Das Elend der Philosophie, en MEW, vol. 4. Sobre la importancia de la noción de relaciones sociales de producción: Mandel, Ernest: La formación del pensamiento económico de Marx. De 1843 a la redacción de El capital, México, Siglo Veintiuno, 1973.

11 Claudín, Fernando: Marx, Engels y la revolución de 1848, México, Siglo Veintiuno, 1985.

12 Marx, Karl, y Engels, Friedrich: Manifest der Kommunistischen Partei, en MEW, vol. 4, p. 462.

13 Marx, Karl: Zur Kritik der politischen Ökonomie, en MEW, vol. 18, p. 8.

14 Por ejemplo Eric Hobsbawm sostiene que el “Prefacio” de 1859 “presents historical materialism in its most pregnant form”. Hobsbawm, Eric: How to Change the World. Reflections on Marx and Marxism, Londres-Nueva Haven, Yale University Press, 2011, p. 128.

15 MEW, vol. 37, p. 462.

16 MEW, vol. 37, p. 488.

17 Engels, Friedrich: “Einleitung” a la edición inglesa (1892) de Die Entwicklung des Sozialismus von der Utopie zur Wissenschaft, en MEW, vol. 22, p. 292.

18 Bujarin, Nikolái: Teoría del materialismo histórico: ensayo popular de sociología marxista, México, Siglo Veintiuno, 1981.

19 Stalin: “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”, en Cuestiones del leninismo, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1946, pp. 526-553.

20 Sobre esa obra, un análisis reciente en Musto, Marcello (de.): Karl Marx’s Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years Later, Londres-Nueva York, Routledge, 2008.

21 Esta línea de investigación esbozada por György Lukács en Historia y conciencia de clase (1923), ha sido continuada por Sohn-Rethel, Alfred: Geistige und körperliche Arbeit. Zur Epistemologie der abendländischen Geschichte, nueva ed., Weinheim, VCH-Acta Humaniora, 1989, y aparece con ambigüedades en la obra de Theodor W. Adorno en sus elaboraciones sobre la “historia natural” (al respecto, ver Martin, Facundo N.: “La relación entre historia y naturaleza en el pensamiento de T. W. Adorno”, Tesis de Licenciatura, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2013)

22 Marx, Karl: Grundrisse, en MEW, vol. 42, p. 39.

23 Marx, Karl: Grundrisse, en MEW, vol. 42, p. 383-421.

24 Postone, Moishe: Tiempo, trabajo y dominación social. Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx, Madrid-Barcelona, Marcial Pons, 2006.

25 Por otra parte, según señaló Theodor W. Adorno, cuando Marx y Engels señalan que la historia fue la historia de la lucha de clases lo hicieron también como una “crítica de la historia” y no como una simple explicación positiva. Adorno, Theodor: “Reflexionen zur Klassentheorie” (1942), en Gesammelte Schriften, ed. R. Tiedemann et al., Fráncfort del Meno, Suhrkamp, 1972, vol. 8.

26 Marx, Karl: Das Kapital, I, en MEW, vol. 23, p. 85.

27 Thompson, E. P.: The Making of the English Working Class, Londres, Penguin, 1991 [1963], pp. 8-13.

28 Thompson, E. P.: “Socialist Humanism. An Epistle to the Philistines”, en The New Reasoner, No. 1, 1957.

29 Thompson, E. P.: Miseria de la teoría, Barcelona, Crítica, 1981 [1978]; The Making of the English Working Class, ob. cit.; Las peculiaridades de lo inglés y otros ensayos, Valencia, Fundación Instituto de Historia Social, 2002; Los orígenes de la Ley Negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2010 [1975].

30 Giddens, Anthony: “Fuera del mecanicismo: E. P. Thompson sobre conciencia e historia”, en Historia Social, No. 18, 1994; Sewell, William: “Cómo se forman las clases: reflexiones críticas en torno a la teoría de E. P. Thompson sobre la formación de la clase obrera”, en Historia Social, No. 18, 1994; ver también el estudio de López, Damián, e Iglesario, Fernando: “El problema de la experiencia en la práctica historiográfica de E. P. Thompson”, en este número de Rey Desnudo.

31 Rose, Gillian: Hegel Contra Sociology, Londres, Verso, 2009 [1981], pp. 230-231.

32 Gunn, Richard: “Against Historical Materialism: Marxism as First-Order Discourse”, en Bonefeld, Werner, Gunn, Richard, y Psychopedis, Kosmas (eds.): Open Marxism, vol. 2, Londres, Pluto, 1992, pp. 1-44. Gunn deja de lado que Marx supedita el uso de una conjetura explicativa de la historia de las sociedades complejas a la historización de la lógica específica del capital.

33 Sazbón, José: “‘Crisis del marxismo’: un antecedente fundador”, en Historia y representación, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes Ediciones, 2002, p. 27.

34 Thompson, E. P.: Miseria de la teoría, ob. cit., p. 178.

35 Ibidem, p. 258.

36 Ibidem, p. 102.

37 Ibidem, p. 269.

38 Thompson, E. P.: “Las peculiaridades de lo inglés”, en Las peculiaridades, ob. cit., p. 91.

39 Anderson, Perry: Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson, Madrid, Siglo Veintiuno, 1985.

40 Thompson, E. P.: “Agenda para una historia radical” (1985), en Agenda para una historia radical, Barcelona, Crítica, 2000, p. 10.

41 Thompson, E. P.: “Folklore, antropología e historia social”, en Las peculiaridades, ob. cit., 158-159.

42 Ibidem, p. 158.

43 Thompson, E. P.: “Algunas observaciones sobre clase y ‘falsa conciencia’” (1977), en Las peculiaridades, ob. cit., p. 173; ver también “La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?” (1979), en Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, Crítica, 1984, p. 38; “La política de la teoría”, en Samuel, Raphael (ed.), Historia popular y teoría socialista, Barcelona, Crítica, 1984, pp. 301-319.

44 Thompson, E. P.: “Folklore, antropología e historia social”, ob. cit., p. 165: “La presión del ser social sobre la conciencia social se muestra ahora, no tanto en la oposición horizontal base / superestructura, como en a) congruencias, b) contradicciones y c) cambio involuntario”. Al respecto Thompson se declaró próximo a perspectivas contemporáneas enunciadas por Raymond Williams.

45 Thompson, E. P.: “La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?”, ob. cit., p. 37. Sin embargo, Thompson admite que para la sociedad preindustrial el concepto de clase, incluso el “histórico”, debe ser utilizado con prudencia pues a diferencia de la sociedad industrial no fue una categoría empleada por los propios sujetos.

46 Anderson, Perry: ob. cit., p. 80. G. Cohen debate específicamente el concepto de clase thompsoniano en La teoría de la historia de Karl Marx. Una defensa, Madrid, Siglo Veintiuno-Fundación Pablo Iglesias, 1986, pp. 81-85.

47 Ibidem, p. 68.

48 La referencia sigue siendo Horkheimer, Max: “Teoría tradicional y teoría crítica” (1937), en Teoría tradicional y teoría crítica, Paidós, Barcelona, 2000.

49 Kaye, H.: Los historiadores marxistas británicos, ob. cit.

50 Anderson, P.: Teoría, política e historia, ob. cit.

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Una respuesta a E. P. Thompson, un marxista contra el marxismo como “materialismo histórico”

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