Mapas para el antagonismo: los artículos periodísticos de Marx hoy

Tras la serie de artículos de opinión -y el consiguiente debate- que Marx desde Cero ha dedicado a la cuestión de moda, esto es, la unidad de la izquierda; nos tomamos un respiro sobre el tema, marx unite proseguros que aún dará para mucho más. Y si no, al tiempo.

Pero hay más temas, sobre todo si te va el rollo de estudiar a Marx, que es lo que nos pasa a nosotros. Sabemos que el barbudo autor ha hecho de todo: historiador, economista, sociólogo…¡hasta inversor en la bolsa de Londres!. También periodista. Y aunque parezca lo contrario, la obra periodística de Marx no es una obra menor entidad que otras del propio autor. Tan sólo para New York Tribune redactó más de 350 artículos sobre la más variada temática. People’s Paper, Die Presse o la Neue Oder Zeitung fueron otros de los periódicos que contaron con la pluma del socialista alemán. Las razones por las que merece leer este Marx te las cuenta Mario Espinoza Pino en el siguiente artículo…

Saludos. A. Olivé

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Mapas para el antagonismo: los artículos periodísticos de Marx hoy

Pedagogía, política e imaginación colectiva

Mario Espinoza Pino 1

 

Karl Marx y el periodismo

No deja de resultar paradójico que aún hoy, tras un dilatado siglo de investigaciones en el campo del marxismo, sigamos teniendo que insistir en la importancia de la producción periodística de Karl Marx. De hecho, pareciera que al abordar su labor como periodista –una actividad que abarca varios períodos fundamentales de su vida intelectual y política– todavía tuviésemos la obligación de acompañar nuestras palabras con una suerte de justificación general sobre el tema. Algo así como una “exigencia probatoria” sobre el valor de los artículos y crónicas del filósofo. Esto revela, sintomáticamente, un conjunto de criterios y hábitos hermenéuticos muy arraigado en el seno del marxismo: y es que sigue existiendo un canon de lectura generalizado que considera el periodismo de Marx como una obra menor o –en el mejor de los casos– una fuente de segundo orden respecto de sus textos teóricos y filosóficos (ya sean los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, los bocetos que dan forma al texto conocido como La ideología alemana (1845-46) o El Capital (1867)). Tomando como referencia diversos testimonios diseminados por la obra y epistolario del pensador 2, su periodismo ha sido entendido por gran parte de la tradición marxista de dos maneras predominantes: o como una tarea juvenil de iniciación a la crítica social o, en lo que respecta a otras etapas más maduras de su actividad periodística, como un mero trabajo de supervivencia, siempre inferior en naturaleza, calidad y contenido a sus obras científicas.

Ambas lecturas mirarían de manera unilateral el periodismo del filósofo: el primer tipo de lectura, al acercarse únicamente a la producción juvenil del autor, ubicaría los artículos de Marx en un espacio “pre-teórico” y meramente “formativo”, anterior a la escritura de sus primeros textos filosóficos y económicos destacables; el segundo tipo insistiría en realizar – frente a cualquier reconstrucción histórica– una lectura inmediata y poco reflexiva de la imagen que el propio Marx ofrece de su periodismo (imagen harto peyorativa en su epistolario de la década de 1850 3). En cualquier caso, estaríamos ante formas de interpretar que declinan contextualizar histórica y sistemáticamente la carrera periodística del filósofo, y, por ello, son incapaces de producir una evaluación adecuada de su faceta como redactor. Mucho menos de comprender los vínculos existentes entre sus análisis periodísticos y la evolución de su producción teórica y política 4.

El despliegue de las mencionadas interpretaciones se enmarca dentro del horizonte del marxismo occidental, cuya hegemonía a mediados del siglo XX –y más allá– ha sido casi indiscutible en Europa. Aunque no tenemos tiempo para abordar en profundidad las características filosóficas y socio-históricas de esta tercera generación de intelectuales marxistas, resulta importante incidir en algunos de sus rasgos principales. La preocupación de esta corriente, primordialmente epistemológica y cultural, estuvo “obsesionada” con la búsqueda de una metodología marxista para las ciencias sociales (Historia, Sociología, Antropología, Ciencias Políticas, etc.) que pudiera competir con los desarrollos teóricos de otros intelectuales burgueses. La teoría marxista parecía encontrarse rezagada, y buscó reelaborarse a través de una fecunda relectura de la historia de la filosofía occidental y otras corrientes de pensamiento. Esta búsqueda, desarrollada más como exégesis textual que como investigación social, bloqueó el acceso a otras dimensiones del pensamiento de Marx. Para el marxismo occidental el “grial del método” se hallaba contenido en El Capital y en otras obras teóricas de “madurez” del filósofo (particularmente la Einleitung de 1857, leída con fruición por G. Della Volpe y L. Althusser). Las consecuencias de ésta manera de periodizar el pensamiento de Marx fue problemática: los textos que no se situaban dentro del “canon metodológico” fueron devaluados o terminaron relegados al olvido. Fue el caso de los artículos periodísticos del filósofo, especialmente los elaborados en la década de 1852-62 para el New York Tribune, que abordaban una batería muy amplia de temas que no se dejaba reducir a ningún discours de la méthode marxista.

La escritura periodística de Marx –lejos de ser una práctica accidental del filósofo– está profundamente vinculada con su evolución teórica y política. Además, el periodismo fue una actividad que el propio pensador impulsó, ya desde joven, como herramienta crítica para conocer la realidad e intervenir en ella. Por lo pronto, y siguiendo su testimonio en el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), podríamos periodizar “tentativamente” su producción periodística en 4 fases: 1ª 1842-43, sus artículos de crítica social sobre Prusia en la Gaceta Renana (Rheinische Zeitung); 2ª 1843-44, Marx funda los Anales franco-alemanes (Deutsche französische jahrbücher), desde los que elaborará una crítica filosófico-política de Prusia y del capitalismo naciente; 3ª 1848-1852: Marx, junto con otros colaboradores, funda dos periódicos: la Nueva Gaceta Renana (Neue Rheinische Zeitung), a través de la cual intervendrá políticamente durante el proceso revolucionario europeo del 48, y la Neue Rheinische Zeitung. Politische ökonomische Revue, desde la que describirá el escenario posterior a las revoluciones (y su fracaso). También escribirá El 18 de Brumario de Luis Bonaparte –una de sus mejores piezas críticas– para el diario neoyorquino Die Revolution (1851-52). 4ª 1852-1862: Karl Marx realiza la parte más importante de su trabajo periodístico en el New York Tribune, el diario norteamericano con mayor tirada en la época, en el que abordará temas tan dispares como la construcción de la banca financiera europea, las condiciones de las fábricas en Inglaterra, la crisis económica de 1857 o el despliegue y consecuencias del colonialismo europeo. Si bien su trabajo se concentra en el rotativo de Estados Unidos, son más que destacables sus columnas para diarios como el People’s Paper, Die Presse o la Neue Oder Zeitung. El valor de este último período, el más dilatado de todos, es incalculable en lo que se refiere a la calidad de sus crónicas y a la influencia formativa de éstas en su pensamiento político y teórico. El filósofo dará forma a lo largo de sus artículos tanto a un modo novedoso de intervenir en la sociedad –mucho más pedagógico y político que el de sus textos “científicos”– como a un tipo de análisis de tendencia “totalizadora” o global. Un análisis que le permitirá crear una suerte de “mapas antagonistas” acerca de la economía-mundo capitalista.

El trabajo periodístico de Marx en el New York Tribune (1852-62)

Para comprender la potencia del trabajo periodístico de Karl Marx en el Tribune, resulta imprescindible esbozar –aunque sea de manera esquemática– el contexto socio-histórico que enmarca su escritura. Para empezar, el filósofo ejerce como corresponsal desde su exilio en Inglaterra, es decir, desde la nación hegemónica del capitalismo en la época. Esto le permitirá desarrollar un análisis privilegiado del modo de producción capitalista, descifrando sus tendencias, contradicciones y límites. Por otra parte, el contexto político que vive Europa es de restauración: aunque la Primavera de los Pueblos (1848) tuviera efectos muy importantes en un sentido emancipatorio, fracasó estrepitosamente después de año y medio de pugna contra las fuerzas conservadoras de la vieja Europa. Muchos de los movimientos sociales activos antes de la revolución, como el cartismo, serán barridos de la actualidad política: la década de los 50 los relegará a la marginalidad. Mientras tanto, los gobiernos inglés y francés crearán un nuevo estilo de gobierno –construido para bloquear tanto las posiciones más reaccionarias como las demandas de los trabajadores–, dejando atrás las últimas sombras del absolutismo: estamos ante el triunfo de un nuevo liberalismo centrista 5, una vieja tercera vía que tendrá como protagonistas políticos a Lord Palmerston en Inglaterra y Luis Bonaparte en Francia. Con esta forma de gobierno, que satisfacía las demandas básicas de las élites económicas del período, la burguesía agotará su ciclo revolucionario moderno, convirtiéndose definitivamente en una fuerza conservadora.

Por otro lado, una de las razones que explicará el éxito del liberalismo centrista –aunque no la única– será la rápida expansión económica posterior a 1850. Ésta ayudará a mitigar los efectos de la crisis de 1847 y aplacará parte del descontento social derivado de la derrota de la revolución. Nos encontramos en un momento de industrialización y crecimiento comercial acelerados: siguiendo a E. Hobsbawm 6, podemos afirmar que el capitalismo dejaba por fin de verse influido por el ciclo de las cosechas (tal y como sucedió en la crisis agrícola de 1845- 47) para iniciar un ciclo industrial que marcará los ritmos de la economía global. El desarrollo del mercado mundial, fundado en el dominio colonial europeo, las modernización de las comunicaciones (telégrafo, vapor, ferrocarril) y el nuevo instrumental financiero (desarrollo del crédito y la banca), confrontará a Marx con a un capitalismo cada vez más globalizado. La década de los 50 anunciaba así la madurez industrial de occidente.

Si tuviésemos que utilizar un único adjetivo para describir el trabajo de Karl Marx en el New York Tribune, este sería –sin duda– el de colosal: el filósofo escribe la nada desdeñable cifra de 350 artículos para el diario 7. Como ya hemos señalado, las temáticas de sus crónicas son muy diversas, y abarcan todos los procesos históricos, sociales y económicos destacables del período. Pero para comprender el quehacer de Marx en sus escritos –más allá de la multiplicidad de temas que los atraviesan–, habría que atender a tres líneas o tensiones principales que confluyen en ellos. Una de estas líneas sería de carácter fundamentalmente crítico y teórico: en la medida en que el filósofo plantea hipótesis, critica datos empíricos, fuentes y analiza fenómenos socio-económicos de diverso calado (como la crisis mundial de 1857), está perfilando sus nociones y produciendo conocimiento. Las columnas periodísticas se revelan, por tanto, como el taller de Marx, un verdadero laboratorio del que abstraer conocimiento histórico y económico 8. Es en estos textos donde puede situarse la génesis de las transformaciones teóricas más importantes de su pensamiento, cuya primera concreción revolucionaria tendrá lugar a en los Grundrisse (1857-1858).

Pero los artículos de Marx no se detienen en la crítica de datos, pues sus análisis se entrecruzan –en una segunda línea de fuego– con aristas más políticas y polémicas: las crónicas del filósofo participan de lleno en los conflictos que le son contemporáneos, elaborando diagnósticos, señalando campos de intervención e incluso prognosis. Además,  estas columnas no quedarán confinadas dentro de los límites del Estado-nación inglés. Si el capitalismo de la década de 1850 se torna mundial, el periodismo de Marx también lo hará. El filósofo no se dedicará a opinar ya sobre las tensiones europeas, tal y como hiciera en 1848, sino que ampliará su perspectiva a toda la economía-mundo capitalista. Ahora se interesará, por ejemplo, en profundizar en las relaciones políticas de Inglaterra con China y la India. El colonialismo se convierte así en uno de los nuevos elementos de su trabajo. En varios artículos revelará los intereses de la Corona británica en el comercio del Opio, sus atroces formas de dominación colonial y entenderá las revueltas anti-coloniales como oportunidades de ruptura con el propio capitalismo. En ese sentido leerá, aunque con cierta ambivalencia 9, la revuelta de los Taiping (1851-1864) y la insurrección de los Cipayos (1857). El filósofo también dedicará especial atención a la Guerra de Crimea y a todas las revoluciones que irrumpirán en el gran mapa de la política internacional (Grecia, Italia, España, EEUU, etc.).

Por último, cabría señalar una dimensión pedagógica y formativa, que trabaja en pos de la construcción de un imaginario colectivo de carácter antagonista. Se trataría de forjar una conciencia crítica en las clases trabajadoras, esbozando una cartografía del horizonte capitalista y de sus trágicas contradicciones. Siguiendo a George Rudé –que a su vez se inspira en A. Gramsci, L. Althusser y E. P. Thompson 10–, podríamos decir que estos textos tratan de llevar las “ideologías inherentes” de los trabajadores hacia una formación ideológica más global, cuya perspectiva fuese tanto política como revolucionaria. Para ello había que retratar las luchas, las huelgas y los motines, las redes de solidaridad; había que enmarcar críticamente las desigualdades y difundir sus causas en un vocabulario comprensible e inspirador. Sólo de este modo la concepción del mundo de las clases subalternas podría dotarse de una dimensión totalizadora e internacional, desbordando su contexto más inmediato por el imperativo de un cambio sistémico. Y es que, en el fondo, uno de los objetivos de estos artículos era formar al proletariado para que fuese capaz de aprovechar los momentos en los que la unidad del capital se veía desgarrada: en las crisis económicas, casi siempre propicias al estallido de una revolución proletaria.

Aunque hemos distinguido entre tres líneas diferentes de acción, lo habitual es que éstas se dieran simultáneamente en las columnas firmadas por Marx. Retomando el hilo de las crisis y la búsqueda de la formación intelectual de la clase obrera, podremos observar como las dimensiones esbozadas concurren simultáneamente en sus textos. Por ejemplo, en el artículo Indigencia y libre comercio. La crisis del comercio que se avecina (1852) 11, Marx analizaba las oscilaciones de los fondos dedicados a los pobres en Inglaterra entre 1834 y 1852, intentando descifrar los efectos del libre comercio y las políticas arancelarias sobre la economía y la situación de los más desfavorecidos. Los defensores de libre comercio aseguraban que en las épocas en que se abolían los aranceles, la miseria disminuía, siendo el liberalismo económico la mejor solución para la pobreza. Al comparar estadísticas, Marx insiste en que el capitalismo atraviesa ciclos de decadencia y de prosperidad, y que –más allá de la propaganda liberal– lo único que demuestran las estadísticas es que las ayudas a pobres aumentan en períodos de crisis y adelgazan en momentos de prosperidad. Pero, además, pone de relieve cómo en 1852 –época de bonanza comercial y librecambio– la pobreza había aumentado en relación con otros períodos arancelarios (1837) aunque se hayan disparado los beneficios industriales. El capitalismo produce, por tanto, riqueza para unas clases mientras reparte miseria para otras. Es un generador de desigualdad. Pero no sólo. Y es que retomando el análisis de los ciclos económicos y analizando la balanza de exportaciones, Marx pronostica que la fase productiva por la que está pasando Inglaterra es cada vez más turbulenta y está presta a la agitación, es decir, está iniciando su andadura hacia una crisis. Las fuertes inversiones industriales en el ramo textil –que inmovilizan una cantidad ingente de capital– y la necesidad de capital circulante en una fase propicia para la especulación y la superproducción, dejaban entrever una crisis de magnitud hasta entonces desconocida.

Como vemos, Marx criticaba las pseudo-explicaciones de los liberales, que gracias a su mano invisible (A. Smith) creían que la simple adopción de sus medidas comerciales arreglarían los desequilibrios del capitalismo de manera “natural”. La clase trabajadora no podía esperar nada de los industriales de Manchester y Lancashire salvo la extensión de su jornada de trabajo, falsas promesas en cuanto a la seguridad en el uso de la maquinaria y soflamas victorianas sobre su incontinencia sexual. Es más, lo que podían esperar de su desaforada manera de entender el comercio y la industria era precisamente lo contrario: superproducción, especulación, crisis, desocupación y destrucción de fuerza de trabajo. Las trabajadoras y trabajadores –así lo creía Marx– tenían que saber que el capitalismo estaba atravesado por contradicciones y ciclos, y debían estar preparados y organizados para actuar. Lo que había sucedido en 1848 podía repetirse pronto, dando lugar a una revolución que ya no llevaría la vieja máscara demócrata de la “república social”, sino que irrumpiría como una verdadera revolución comunista 12.

El Periodismo de Marx hoy: Mapas antagonistas y pedagogía política

Si repasásemos el período de madurez de la escritura periodística de Marx, los textos del Tribune y los de otras publicaciones de ese mismo período, veríamos como el nudo de problemas sobre el que trabaja es sorprendentemente similar al nuestro. Cuando analizamos crónicas como Ataque en Sebastopol. Desahucio de ciudadanos en Escocia (1854) 13, en la que se describe como multitud de personas son despojadas de sus hogares para por parte de la aristocracia terrateniente, es inevitable mirar hacia nuestro presente –hacia la violencia e injusticia de los desahucios– para percatarnos de que las dinámicas de acumulación del capital siguen totalmente activas. Como apunta David Harvey, las dinámicas de acumulación por desposesión 14 no sólo no terminaron con la acumulación primitiva y originaria del capital 15, sino que han acompañado al capitalismo desde sus inicios hasta nuestra época. El capital coexiste con la aparente “excepcionalidad” de la desposesión, pero esta es –en diversos grados– su regla 16. Esto se ha hecho mucho más patente desde la ofensiva neoliberal iniciada en 1973, y es hoy una certeza cotidiana en los países del sur de Europa que –tras la crisis de 2007/2008– se enfrentan a las llamadas políticas de austeridad (patrocinadas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, la llamada Troika).

Cuando leemos textos como El aumento de la locura en Inglaterra (1858) 17, que correlaciona estadísticamente las fases de crisis económica con el aumento de los problemas mentales e ingresos en hospitales psiquiátricos, sucede lo mismo que con el artículo anterior: nos vemos interpelados inmediatamente por nuestra situación actual. Hoy día vemos como la depresión y otros trastornos provocados por la crisis, derivados de la precariedad en la que se han instalado nuestras vidas, se han convertido moneda común 18. Por no hablar de los suicidios. Por si estas semejanzas fuesen pocas, Marx analizaba en aquel texto lo que sucedía con los “manicomios” y “casas de locos” que eran privatizados, en los que se entrelazaban las lógicas del cuidado y el beneficio capitalista. Su resultado era la miseria más absoluta, el hacinamiento y la exposición de los pacientes a condiciones de vida infrahumanas (una vida entre mugre, jergones sucios y habitaciones atestadas de pacientes). Y es que hay lógicas que son radicalmente contradictorias, nos situemos en el siglo XIX o en el XXI: sólo tenemos que ver lo que sucede actualmente con el derecho a la Sanidad Pública en medio del marasmo privatizador.

Aunque nuestros problemas sean hoy diferentes, muchos de ellos siguen respondiendo a dinámicas y tendencias económico-políticas muy similares a las de la época de Marx. La crisis en la que nos hallamos no deja de mostrárnoslo cotidianamente. Quizá cabría pensar, recuperando el testigo del filósofo, en desarrollar a un quehacer analítico fiel a la riqueza y pluridimensionalidad de su periodismo. Como hemos señalado hace unos momentos, Karl Marx combinaba la teoría, la política y la pedagogía en sus textos, ofreciendo al proletariado un mapa de las tensiones políticas y económicas existentes. Se trataba de esbozar una cartografía antagonista de la realidad, un diagnóstico de la coyuntura económico-política que quedase abierto al conflicto y la intervención. Para ello había que proyectar textos que, sin perder el rigor analítico, pudieran aproximar las problemáticas hacia la gente común, es decir, con un lenguaje comprensible, capaz encuadrar adecuadamente las circunstancias y movilizar a la gente. Pero en la mirada que Marx dedicaba a los conflictos de la clase trabajadora, latía – al mismo tiempo– el retrato de una sociedad rota por la explotación capitalista: de entre sus las líneas surgían las imágenes de las huelgas, la miseria proletaria de los barrios industriales, la lucha frente al aumento de la jornada laboral o el trabajo infantil, el desafío de los pueblos sometidos por el colonialismo, el aumento de la riqueza de las clases burguesas y el poder de la tecnología frente a la desigualdad y la polarización, etc. Los artículos del periodista construían herramientas de lucha, afectos e imágenes que, poco a poco, dibujarían los contornos subjetivos de la clase trabajadora del XIX; contornos que no terminarían –ni mucho menos– en la letra de Marx, pues su trazo real correspondería a las luchas de las explotadas y explotados contra el capitalismo.

Recuperar hoy los artículos de Marx como práctica pasa por actualizar su mirada, por radiografiar el presente y atrevernos a participar en sus luchas. Pasa por contribuir al imaginario colectivo de una multitud indignada que no deja de responder, de múltiples formas y desde diferentes escenarios, al capitalismo. Sólo así –vinculando análisis, crítica, participación y pedagogía– podríamos construir los mimbres de un relato común y liberador, una narrativa que desborde políticamente la crisis, radicalice la democracia y ponga freno al ciclo destructivo del capital.

*Publicado originalmente en Actas I Congreso internacional de la Red española de Filosofía Vol. XIII (2015): 15-22.

NOTAS

1. Este texto está dedicado a la memoria de Salomé Ramírez de la Calle, con quien aprendí a dibujar los mejores mapas; gracias por todo. And death shall have no dominion (Dylan Thomas).

2. No podemos desarrollar aquí una discusión sobre las fuentes y lugares sobre los que se forjan estas opiniones, invitamos a la lectura de nuestro artículo Karl Marx, un periodista en la Era del Capital, donde aparece una reconstrucción esquemática de estos lugares y de los problemas de recepción de los artículos periodísticos del pensador (Espinoza Pino, Mario, Karl Marx, un periodista en la Era del Capital. Apuntes para una investigación, Isegoría nº 50, CSIC, Madrid, 2014, Págs. 107-122).

3. El periodismo aparece retratado en esta época como una labor tediosa e inferior a lo que Marx llamaba Rein wissentschaftliche Arbeiten, sus obras puramente científicas o trabajos auténticos (wirkliche) de investigación económica.

4. Por supuesto, hay excepciones a esta “norma”. Éstas se hallan en obras que se sitúan más allá del canon del marxismo occidental, como, por ejemplo, La formation de la pensée économique de Karl Marx: de 1843 jusqu’à la rédaction du “Capital” de Ernest Mandel (1967), que ofrece una panorámica de la evolución de Marx atenta a sus textos periodísticos de juventud y madurez. También podemos encontrar excepciones en obras que tratan de iluminar procesos históricos a partir del pensamiento de Marx y Engels; en España es el caso de la obra de Fernando Claudín Marx, Engels y la revolución de 1848 (1975), que describe con maestría la posición política de los filósofos en la revolución del 48 a través de sus artículos en la Nueva Gaceta Renana (Neue Rheinische Zeitung). En Italia cabe destacar el magistral trabajo de Sergio Bologna en Moneta e crisi: Marx corrispondente della “New York Daily tribune”, 1856-57 (1974), que ilustra tanto el proceso de crisis del 57 como la formación de la “nueva banca” del XIX.

5. Wallerstein, Immanuel, The modern world-system IV: Centrist Liberalism Triumphant, 1789 – 1914, University of California Press, USA 2011. Especialmente el capítulo 3: “The liberal State and Class Conflict, 1830 – 1875, Págs. 77 – 142.

6. Hobsbawm, Eric, The Age of Capital 1848 – 1875, Weidenfeld & Nicholson, Great Britain 1962, Págs. 29 –32.

7. Escribirá otros 12 artículos con Friedrich Engels, y éste firmará 125 crónicas más con el nombre de Marx para garantizar su sustento (casi todas acerca de temática militar y bélica).

8. Como Marx recordará en el prólogo a la primera edición de El Capital, su laboratorio era, por fuerza, diferente del laboratorio del científico natural: “Cuando analizamos las formas económicas […] no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos. La facultad de abstraer debe hacer las veces del uno y los otros”. Marx, Karl, El Capital, RBA (Ed. Siglo XXI), Madrid 2003, Pág. 6. Y esa era una parte del cometido de los textos periodísticos: analizar procesos para después abstraer datos significativos, ponerlos en relación, reformular hipótesis, producir síntesis y construir conceptos. Ese será el camino que emprenda Karl Marx para desarrollar su teoría.

9. La mirada de Marx no está exenta de cierto exotismo orientalista (Edward Said). Si bien la perspectiva del filósofo sobre Oriente se transformará progresivamente, parece fuera de duda que en este período no atribuía a los sujetos colonizados la misma capacidad de agencia que al proletariado occidental.

10. Rudé, George, Ideology and popular protest, Laurence & Wishart, London 1980. Chapter 2: “The ideology of popular protest” Págs. 27-38. Esa transición, que iría de las luchas inmediatas a luchas mucho más políticas, puede entenderse muy bien a través de la distinción que hace Rudé entre “ideologías inherentes” o mentalités (las “culturas de resistencia” de ciertos colectivos por la restauración de derechos comunales) y las “ideologías externas” o derivadas, más complejas, innovadoras y propiamente “ideologías” en un sentido más “moderno” (sistemas de ideas y valores estructurados en una Weltanschauung consciente, como el movimiento ilustrado). Marx busca crear un puente entre ambas dimensiones, puente que se construye –ladrillo a ladrillo, o artículo a artículo– a través de una intervención periodística sostenida en el tiempo. Que las “ideologías externas” o derivadas sean más complejas y aparentemente más “conscientes” no significa que sean superiores a las “inherentes”. Tampoco que puedan suplantarlas. Es la mezcla de ambos estratos ideológicos lo que acaba fusionándose en una ideología de la protesta revolucionaria.

11. Este texto está incluido en Marx, Karl, Artículos periodísticos, Alba Editorial, Barcelona 2013.

12. Después del fracaso de 1848, Karl Marx formula ciertas prognosis que se cumplirán a medias: a) Que el capitalismo pasa por ciclos cuyo desenlace es la crisis económica, y que estos ciclos son inevitables (forman parte intrínseca de la dinámica del capital considerado sistémicamente) b) Que una revolución obrera es casi tan inevitable como la siguiente crisis. Esta segunda parte de la prognosis será errónea. La crisis de 1857 no tuvo ninguna respuesta revolucionaria en Europa, aunque creó un contexto de oportunidad que vio nacer las revueltas Cipayas y otros conflictos, pero ninguno revolucionario en occidente (y menos en Inglaterra). En su hipótesis, compartida por Engels, Marx fiaba en exceso la ruptura política a la crisis económica, perdiendo de vista el contexto de restauración en el que se produjo el pánico de 1857: la mayoría de los movimientos sociales –como ya señalamos– habían sido desactivados, y las organizaciones obreras no habían nacido aún con la fuerza que, años más tarde, las caracterizaría.

13. Marx, Ibídem.

14. Harvey, David, El nuevo imperialismo, Akal, Madrid 2007. Cap. IV, 2: “La acumulación por desposesión” Págs. 116-121.

15. Marx, op cit, Cap. XXIV: “La llamada acumulación originaria”, págs. 697-739.

16. Quisiera hacerme eco aquí de la productiva intervención de José Luis Rodríguez al Simposio sobre marxismo durante el Congreso Internacional de la REF; intervención titulada Sobre la lectura del capital en tiempos de crisis. Como señaló el filósofo en su análisis del Libro VI inédito de El Capital, resulta extraño que Marx retirase este escrito de la edición de la obra en 1867, relegando así las dinámicas más coercitivas de la acumulación –que entrañan expropiación violencia, vigilancia, disciplina y desarraigo social– a un estadio originario del capitalismo occidental. Sobre todo porque la subsunción formal, tal y como es descrita en el inédito de Marx, permite explicar procesos recurrentes en la dinámica del capital: por ejemplo, la reacción del mando capitalista ante las crisis cíclicas. A nuestro juicio, también permitiría abordar procesos históricos como el colonialismo y otros no menos recurrentes, como la expropiación de recursos comunales, las olas privatizadoras y la destrucción de derechos socio-laborales. El paralelismo de la posición de Rodríguez con la de D. Harvey es claro. Sin embargo, la mirada de Rodríguez podría permitir un análisis más fecundo al encuadrar los procesos de acumulación dentro del ámbito de la subsunción formal, lo que parecería apuntar –al menos nosotros lo entendemos así– a un estudio específico y articulado de los dispositivos complejos de desposesión (lo que involucraría, además de la economía, el papel de las instituciones, el derecho, el régimen laboral y los usos de la violencia).

17. Marx, Op cit.

18. Entendemos la precariedad (Prekarität) no en su sentido usual, aunque también lo involucre, sino como una “categoría de orden” impuesta por el neoliberalismo. Seguimos en esto los análisis de Isabell Lorey sobre la gobernanza neoliberal y el “régimen de la precariedad”. Dicha categoría permitiría designar los procesos neoliberales de distribución de la desigualdad, que someten a las mayorías sociales a una condición de inseguridad constante, cuasi-ontológica (prekärsein). Lorey, Isabel, El régimen de la precarización. Crisis, deuda y gubernamentalidad neoliberal en Europa, Youkali, Nº 16, Págs. 5-14.

 

 

 

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