Gramsci y la hegemonía del proletariado

Amigas y amigos poco a poco nos adentramos en el mes de agosto, mes vacacional porgr y le excelencia. Pero no nos equivoquemos, el capitalismo sigue, el adversario de clase no hace vacaciones ni descansos; y en el terreno de lo concreto, las elecciones catalanas de finales de septiembre serán el preludio de las Generales. Así que nos conviene, entre chapuzón y chapuzón, mantenernos alerta.

Para mantener la pulsión formativa vamos con un texto de G. Tamburrano sobre Gramsci, la hegemonía, el consenso y todo eso. ¿Nada nuevo? Pues estás equivocado, compruébalo sino…

Salud y república. Olivé

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GRAMSCI Y LA HEGEMONÍA DEL PROLETARIADO

Giuseppe Tamburrano

 

Un aspecto del pensamiento político de Gramsci que no ha sido suficientemente estudiado y profundizado es la concepción de la hegemonía. Sin embargo, tal concepción representa un original aporte al desarrollo del marxismo y es la clave maestra para comprender las tesis gramscianas sobre los intelectuales y el partido. Quienes se ocuparon del problema o bien alineron acriticamente la concepción gramsciana a las tesis de Marx, Lenin, Stalin, Zdanov, o, por el contrario, destacaron genéricamente la exigencia democrática del concepto de hegemonía.

El punto de partida de la concepción gramsciana reside en la crítica a la interpretación mecanicista de la filosofía marxista. De los escritos juveniles en Il grido del popolo a las notas sobre el ensayo de Bujarin es constante en Gramsci el rechazo del marxismo como filosofía de la necesidad histórica. Por esta actitud, Gramsci fue acusado por los reformistas y por los maximalistas de inspirarse en las tesis voluntaristas; mientras, por el contrario, la atención de Gramsci, si por un lado está dirigida contra el formalismo materialista, por el otro está siempre vigilante contra el peligro del voluntarismo idealista. De la superación de las dos concepciones opuestas nace la filosofía de la praxis, filosofía no del hecho histórico, sino del hecho humano en la historia, no de la voluntad o de las ideas abstractas, sino de la acción del hombre y de los grupos en la dialéctica de las relaciones sociales.

La interpretación reformista del marxismo, que hacía del hecho económico un nuevo “Dios oculto” de la historia (como lo define Croce) cede a una concepción renovada del marxismo como filosofía de la acción proletaria, concepción del mundo de la nueva clase fundamental, y que mediante ésta, el proletariado adquiere la conciencia de su posición en la sociedad, de su función en la historia y por lo tanto de la necesidad de su consiguiente acción para traducir en acto su filosofía, es decir, para construir la sociedad socialista.

El pensamiento gramsciano refleja, o bien la influencia de la polémica de Croce contra las filosofías fatalistas y positivistas, o bien, sobre todo, la influencia de la crítica leninista al marxismo determinista de la social-democracia europea. Mediante el leninismo, como doctrina de la estrategia política del proletariado, logra la puntualización y el renovamiento del marxismo. La revalorización de la praxis, de la consciente voluntad creadora de las masas, estimula su interés hacía el estudio de la historia ético-política, es decir de la acción efectiva de los hombres. La tesis marxista que considera que la humanidad se plantea sólo la solución de esas tareas que existen ya en las condiciones materiales, es profundizada e integrada en la investigación de los modos, de las formas, de como la humanidad realiza efectivamente esas tareas; la atención se desplaza, pues, hacia las “condiciones espirituales” de la dialéctica histórica. De tal manera, el marxismo es depurado de todo residuo mecanicista y el hombre reaparece en todo su valor de protagonista de su historia. Es en este cuadro donde es necesario disponer las relaciones entre Gramsci y Lenin. Ya en Il grido del popolo del 5 de enero de 1918 Gramsci había escrito que la Revolución Rusa 

es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El capital de Carlos Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración critica de la fatal necesidad de que en Rusia se formara una burguesía, se iniciara una época capitalista… Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx y afirman con la demostración de la acción desarrollada, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se podría  pensar y se ha pensado”. 

Pero los bolcheviques, agrega,

viven el pensamiento marxista, lo que no muere jamás, que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán y que en Marx se había contaminado de incrustaciones positivistas y materialistas”,

Gramsci en la página 41 de El materialismo histórico… afirma la identidad entre filosofía y política, entre pensamiento y acción y añade:

la teorización y la realización de la hegemonía realizada por llici (Lenin) ha sido también un gran acontecimiento «metafísico»”.

En el plano más estrechamente político, es decir, estratégico, Gramsci adhiere a las tesis leninistas en los años sucesivos a las conferencias de Zimmerwald y Kienthal. Toda su acción política, todo su pensar miento de l’Ordine Nuovo está inspirado profundamente en la estrategia leninista de la preparación de la revolución para la conquista violenta del poder. Él sostenía que la situación italiana era análoga a la de la Rusia de Kerenski (Avanti de Turín del 26 de junio de 1919), que era necesario organizar la vanguardia revolucionaria del proletariado, desarrollar la acción en el seno de la sociedad capitalista, de sus instituciones económicas (las fábricas) y políticas (parlamentos, comunas, etc.), para que explotaran las contradicciones, obligarla a “revolucionar las grandes masas, a conmoverlas hondamente hasta sublevarlas” ( l’Ordine Nuovo del 19 de julio de 1919), preparando contemporáneamente los organismos en que se debía encarnar el poder proletario: los Consejos. Los años que van entre el final de la guerra y la cárcel son los años de la pasión  política, de la organización revolucionaria de los Consejos, del partido y del periodismo. Él tiene conciencia de la incapacidad del Partido Socialista de afrontar la situación objetivamente revolucionaria; ante la perspectiva de la reacción se preocupa de organizar los instrumentos de lucha del proletariado; ante la reacción en acto se preocupa en reforzar los instrumentos de la resistencia. En un escrito anterior a la cárcel aparecen las primeras intuiciones originales de los nuevos problemas que se planteará más adelante, de la relación entre proletarios, intelectuales y sociedad nacional: la página sobre Gobetti en la Cuestión meridional.

La crítica del determinismo económico es el punto de partida para el estudio de la acción de los hombres en la realidad histórica concreta. La filosofía de la praxis siendo no solamente análisis de las estructuras, sino, sobre todo, de las superestructuras (historia ético-política) pone el acento inevitablemente en la política, es decir, en la voluntad organizada de conservar o modificar las estructuras de la sociedad. Lo que a Gramsci le interesa no es tanto la organización de las relaciones de clase, sino la manera como fue creada y es conservada esta organización, y la manera cómo la clase subalterna debe plantearse el problema para modificarla. Encontrándonos en el dominio de la política las cuestiones que surgen no conciernen ya a la sociedad capitalista como tipo abstracto de sociedad, sino a la sociedad capitalista nacional, es decir a una realidad efectiva, y además no atañen a las relaciones típicas entre capitalismo y proletariado sino a las relaciones concretas entre la clase dirigente nacional y el proletariado. A partir de esto comienza el análisis de cómo se ha formado la clase dirigente, de cómo logra mantenerse en su poder, comienza, pues, finalmente (digo finalmente porque es la primera vez que se encaran estos problemas en la literatura marxista) el estudio de la sociedad y del Estado, de su dinamismo interior, es decir de la política tout court. Estos problemas, en efecto, siempre habían sido resueltos por los marxistas con genéricas referencias a la violencia de la clase  dominante, a la coerción del aparato estatal y a la dictadura de clase. Gramsci no niega el carácter coercitivo del aparato estatal, sino revela que no basta afirmar que una sociedad se sostiene mediante la coerción, de las leyes y mediante la fuerza material de los organismos de represión para comprender las razones por las cuales una clase ejerce normalmente el predominio. En efecto, cuando se habla de sociedad burguesa o feudal, no se entiende sólo un modo de producción capitalista o feudal mantenido coactivamente por las leyes, por los jueces y por la fuerza militar; se entiende también un cierto modo de vivir y de pensar, una Weltanschauung, una concepción del mundo difundida en la sociedad y sobre la cual se construyen las preferencias, los gustos, la moral, las costumbres, el buen sentido, el folklore y los principios filosóficos y religiosos de la mayoría de los hombres vivientes en esa sociedad. Este modo de pensar y obrar de los hombres, de los gobernados, es el soporte más importante del orden constituido; la fuerza material es una fuerza de reserva para los momentos excepcionales de crisis. Normalmente el dominio de la clase dominante se construye sobre esas fuerzas que podemos llamar “espirituales”, es decir, sobre una adhesión de los gobernados al tipo de sociedad en que viven, a la manera de vida de ese orden de vida social, es decir, sobre el consenso. Este consenso, que él trata de definir, es lo que interesa a Gramsci analizar y explicar.

De esto derivan sus notas sobre el buen sentido, el folklore, los intelectuales, etc. En la notable “vinculación entre el sentido común, la religión y la filosofia1 Gramsci parte de la premisa que la concepción del mundo de la clase dominante ha sido popularizada y se ha vuelto sentido común, lo que significa que la clase dirigida fue amoldada a los principios filosóficos de la clase dominante, a los principios burgueses. Pero en la realidad se ha verificado una fractura entre teoría y práctica, es decir, en un momento dado, debido a la evolución de las relaciones sociales y económicas, la actividad práctica de la mayoría de los gobernados difiere de los principios en que ellos creen. En la sociedad burguesa esta fractura concierne, sobre todo, al proletariado, el cual, por su actividad práctica es empujado a creer en una concepción del mundo distinta de la burguesa. Esta distinta concepción del mundo es la filosofía de la praxis. Se plantea, entonces, el problema de la unificación entre la teoría y la praxis, es decir, de educar a los trabajadores en una nueva filosofía, en su filosofía, librándolos de la extrañación filosófica burguesa. La tarea de hacer adquirir a los trabajadores la conciencia de su ser social corresponde a los intelectuales orgánicos de la clase subalterna y al partido. Partiendo de la comprobación de que normalmente el dominio de una clase no se construye sólo con la fuerza coercitiva, Gramsci distingue la sociedad civil de la sociedad política: en la primera la clase dominante busca el consenso, en la segunda obra la coerción. En las Cartas escribe que el Estado

es entendido con frecuencia como sociedad política (o dictadura o aparato coercitivo para conformar la masa popular según el tipo de producción y la economía de un momento determinado) y no como un equilibrio entre la sociedad política y la sociedad civil (o hegemonía de un grupo social sobre la totalidad de la sociedad nacional dirigida mediante las organizaciones así llamadas privadas, como la Iglesia, los sindicatos, las escuelas, etc.) Y precisamente en la sociedad civil actúan los intelectuales”. 2

En Los intelectuales… afirma:

se pueden… fijar dos grandes «planos» superestructurales, el que se puede llamar de la «sociedad civil», es decir, del conjunto de organismos vulgarmente llamados «privados» y el de la «sociedad política o Estado», que corresponden a la función de «hegemonía» que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad y a la de «dominio directo» o de comando que se expresa en el Estado y en el gobierno «jurídico».” 

La supremacía de un grupo social -escribe en Il Risorgimento-, se manifiesta de dos maneras: como «dominio» y como «dirección intelectual y moral».4

La distinción no significa separación entre dos sectores de la sociedad, antes bien significa que el dominio de una clase no se expresa sólo como coerción, sino que es consenso de los gobernados protegidos de coerción, es decir que la clase dominante plasma mediante sus intelectuales y las instituciones culturales, educativas y religiosas a la clase dirigida, pero al mismo tiempo organiza la fuerza que garantiza la estabilidad social en los periodos de crisis e impone la aceptación del régimen a los reacios. En efecto, agrega Gramsci en el citado párrafo de Il Risorgimento:

Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a «liquidar» o a sojuzgar también con las armas, y es dirigente de los grupos afines y aliados.

La distinción entre sociedad política y sociedad civil (que por otra parte no es nueva en la ciencia política), entre dominio y hegemonía no tiene solamente una gran importancia teórica, sino que tiene también una gran importancia práctica. En efecto la clase revolucionaria debe plantearse el problema del poder no sólo como apropiación de los instrumentos del dominio político, sino también y antes que nada, de los instrumentos de hegemonía: la conquista del poder no es solo la conquista del aparato coercitivo de la sociedad politica, sino antes que nada la conquista del consenso de las masas. Esto por otra parte no significa la búsqueda del suceso electoral. Gramsci, si bien no desconocia el valor sintomático de las elecciones como banco de prueba de la efectiva hegemonía de un grupo social, tiene bien claro que el suceso electoral puede ser una referencia efímera y ocasional, fruto de un boom de un estallido emotivo, “de pánico 0 de entusiasmo ficticio”. 5 El consenso debe ser la expresión orgánica de dirección intelectual y moral, por lo cual las masas se sienten permanentemente ligadas a la ideología y a la leadership política del Estado como expresión de sus concesiones y de sus aspiraciones. Con las palabras de Renan podemos decir que el “consenso que constituye la conciencia nacional es un plebiscito de todos los días, una silenciosa continuidad de obras”.

El objetivo, entonces, que deben plantearse la filosofía de la praxis y la vanguardia del proletariado es el de criticar la concepción del mundo burgués, desde el sentido común hasta las más altas expresiones filosóficas, desarrollando todo lo que en ella es progresista, difundiendo la nueva concepción en todos los estratos de la sociedad, entre todos aquellos en que la actividad práctica y los intereses objetivos están en contraste con la organización social capitalista. La realización de la hegemonía socialista lleva a la unificación cultural y moral y por lo tanto política de las masas, de la gran mayoría del pueblo que vive directa o indirectamente explotado por las relaciones capitalistas de producción o de distribución. De esta manera se resuelve el problema de conquistar activamente para la causa del socialismo a la gran mayoría de los hombres, que en  sociedades evolucionadas de Occidente está madura para el socialismo y porque está objetivamente interesada en la instauración de una sociedad más justa. La reciente encuesta del Express sobre la Nouvelle Vague ha arrojado como resultado que en Francia la gran mayoría de las nuevas generaciones está en contra de la actual organización de la producción y de la distribución de la riqueza.

No es casual que nos hayamos referido a la sociedad occidental. Gramsci, en la cárcel, comprendió la profunda diferencia entre la sociedad rusa prerrevolucionaria y la sociedad occidental. En polémica con las tesis de Trotsky, que ignoraba estas diferencias, escribió:

Me parece que Illici (Lenin) había comprendido que era necesario un cambio de la guerra maniobrada, llevada a cabo victoriosamente en Oriente en 1917,  a la guerra de posición que era la única posible en Occidente… Sólo que Illici no tuvo tiempo de profundizar su formula aún teniendo en cuenta que él podía profundizarla solo teóricamente, mientras la tarea fundamental era nacional, es decir, requería una exploración del terreno y una determinación de los elementos de la sociedad civil, etc. En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primordial y explosiva; en Occidente, entre el Estado y la sociedad civil existía una relación equilibrada y en el tambaleo del Estado se vislumbraba una ponderosa estructura de la sociedad civil. El Estado era solamente una trinchera avanzada, detrás de la cual  estaba una ponderosa cadena de fortalezas y casamatas”. 6

Esta aguda observación descubre la sustancia de las cosas. La sociedad zarista rusa estaba circunscripta a las esferas elevadas de las clases feudales y burguesas de Moscú y San Petersburgo; el pueblo ruso se encontraba en su gran mayoría en condiciones primarias y amorías. En las sociedades occidentales la dirección intelectual y moral de la burguesía, la hegemonía burguesa, ha alcanzado y amoldado enormes masas de ciudadanos. La sociedad rusa no era burguesa, sea porque el aparato de producción capitalista estaba muy poco desarrollado y faltaban las instituciones políticas burguesas, sea porque, a consecuencia de esto, las masas no estaban plasmadas de acuerdo a un tipo de vida y de pensamiento burgueses. Por esto la Revolución Rusa tuvo que imponerse la tarea de crear, coactivamente, un aparato productivo y una sociedad civil compuesta por hombres conscientes y evolucionados. En las distintas condiciones del mundo occidental el objetivo del proletariado, de sus partidos y de sus intelectuales orgánicos no consiste solamente en la conquista de la “trinchera” estatal, sino en la conquista de “las fortalezas y casamatas”, en penetrar, pues, profundamente, en la sociedad civil, sustituyendo la hegemonía burguesa por la socialista. La conquista de la hegemonía, que Gramsci define “democracia moderna“, no surge después de la conquista del poder político, sino que debe realizarse antes. En una nota de Il Risorgimento Gramsci escribe:

un grupo social puede, mejor dicho, debe ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental (y esta es una de las condiciones principales para la misma conquista del poder); luego, cuando ejerce el poder —y aunque lo tenga sujeto en un puño— se convierte en dominante, pero debe seguir siendo dirigente.7

Si se vincula la distinción entre sociedad civil y sociedad política, entre dominio y hegemonía, con la otra distinción entre sociedades atrasadas y sociedades evolucionadas, cuyo criterio discrecional está dado siempre por la referencia a la existencia de una sociedad civil desarrollada, se podrá comprender plenamente la importancia de las notas gramscianas:

para algunos grupos sociales que antes de la ascensión a la vida estatal autónoma no tuvieron un largo período de desarrollo cultural y moral propio e independiente… para estos grupos un período de estadolatría es necesario e inclusive conveniente; esta «estadolatría» no es más que la «vida estatal» normal, de iniciación al menos, a la vida estatal autónoma y a la creación de una «sociedad civil» que no fue posible crear históricamente antes de la elevación a la vida estatal independiente. Sin embargo dicha «estadolatría» no debe ser abandonada a sí misma, no debe, particularmente, tornarse fanatismo teórico y concebirse como «perpetua»: debe ser criticada a fin que se desarrolle y se genere nuevas formas de vida estatal, en que la iniciativa de los individuos y de los grupos sea «estatal», aunque ésta se haya logrado sin la intervención del «gobierno de los funcionarios» (tornar «espontánea» la vida estatal) .8

Es sabido que la función hegemónica, según Gramsci, corresponde al partido y a los intelectuales. Él ha sido acusado de tener un concepto totalitario de partido. Para Gramsci el partido es el moderno Príncipe, es decir, el instrumento político no ya individual sino colectivo. La función del partido se vincula a la realización de la hegemonía. En algunas páginas 9 él especifica que el partido moderno tiene la tarea de unificar la teoría y la práctica entendidas como proceso real, es decir, de crear ese bloque cultural-social que consiste en otorgar  a la masa de los trabajadores la conciencia de su función histórica, una concepción del mundo conforme a su actividad humana. Es una concepción totalitaria en el sentido o más elevado de la palabra y no por cierto en el sentido político corriente, En l’Ordine Nuovo del 29 de noviembre de 1919 él escribía:

el problema  concreto e inmediato del partido socialista… es el problema de la construcción de un aparato estatal, que en su ámbito interno funcione democráticamente, es decir, que garantice a todas las tendencias anti-capitalistas la libertad y la posibilidad de convertirse en partidos del gobierno proletario y hacia lo exterior actúe en camino, como una máquina implacable que triture los organismos del poder político e industrial del capitalismo.

En los Quaderni expondrá conceptos claros contra la burocratización del partido, contra el “espíritu de cuerpo”, es decir contra la ambición de una persona o de un grupo de personas “que sostienen el espíritu de cuerpo, para que triunfe la particularidad sobre el todo y obtener el poder y los privilegios”; 10 bregará por la disciplina fundada en la libertad y en la responsabilidad y no en la constricción externa; bregará por la máxima libertad en la discusión interna: “una orquesta que ensaya cada instrumento por su cuenta, da la impresión de la más horrible cacofonía; sin embargo estos ensayos son la condición para que la orquesta viva como un solo «instrumento»”. 11

Si queremos resumir brevemente estas observaciones dispersas —que están necesariamente llenas de lagunas e insuficiencias— puesto que el argumento necesitaría un análisis más extenso, podemos afirmar que la concepción gramsciana es una concepción realmente democrática y marca un retorno al marxismo clásico. La estrategia socialista del mundo occidental puede consistir en la acción revolucionaria de una minoría para derrocar el poder del grupo dominante y encaminar por medio del ejercicio dictatorial del poder la organización de la vida estatal. Esta estrategia es propia de los países subdesarrollados. Las sociedades occidentales son sumamente industrializadas y las masas de los ciudadanos no viven en condiciones primarias y amorfas. A causa del desarrollo de las relaciones sociales de producción y de la difusión de la ideología de la clase dominante, en Occidente la gran mayoría de los ciudadanos está madura para una acción autónoma y responsable en la dirección del socialismo, puesto que ellos, debido a la actividad práctica que desarrollan en las relaciones sociales —los obreros, asalariados agrícolas, los dependientes de las industrias agrícolas, los pequeños propietarios, los artesanos, los comerciantes, los técnicos, los empleados y los intelectuales de la clase media— están interesados objetivamente en la construcción de una nueva sociedad. Gran parte de esta masa está aún sujeta a la influencia de la ideología burguesa merced a la acción de los instrumentos burgueses de dirección cultural y moral —prensa, radio, escuela, iglesia, etc.,— es decir, profesan aún una concepción del mundo que contrasta con sus intereses reales. La acción socialista no puede ser dirigida sólo a la conquista del poder político, porque antes o después tropezaría no sólo con los intereses de los capitalistas y de sus apéndices parasitarias, sino también con los intereses de la masa atraída por el socialismo pero que aún no ha sido conquistada ideológicamente para la acción socialista. La acción socialista debe apuntar adhiriendo a las condiciones materiales e intelectuales propias de cada país, a unificar política e ideológicamente todas las masas interesadas por el socialismo, es decir, instaurar la dirección cultural y moral, la hegemonía socialista, al crear el nuevo bloque histórico socialista. Vaciado el Estado burgués de su sustancia civil, reducido a mero aparato de coerción política, a una forma sin contenido, la conquista del poder, violenta o pacífica de acuerdo a la actitud de la clase aún dominante políticamente, es el acto concluyente del proceso, la realización de la democracia por excelencia, la unificación orgánica entre sociedad civil y sociedad política. La sociedad socialista surge así como sociedad realmente democrática en la cual el consenso de las masas está asegurado además por las comprobaciones electorales y por la participación efectiva de los trabajadores en la vida de los organismos sociales y políticos, sobre todo por la unidad ideológica y, cultural existente entre dirigidos y gobernantes, y por la relación orgánica entre sociedad civil y sociedad política.

Estos breves apuntes quizá permiten comprender qué actual es el estudio y la discusión crítica de la concepción de la hegemonía de Antonio Gramsci.

NOTAS

1. Gramsci, El materialismo histórico…, ed. cit., p. 13 ss.

2. Gramsci, Lettere del carcere, p. 137. [Hay versión en castellano: Cartas desde la cárcel, Ed. Lautaro, Buenos Aires, 1950.]

3. Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Ed. Lautaro, Buenos Aires, 1960, p. 9

4. Gramsci,  Il Risorgimento, ed. cit., p. 70

5. Gramsci, Passato e presente ed. cit., p. 138

6. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo…, ed. cit., p. 68

7. Gramsci,  Il Risorgimento, ed. cit., p. 70

8. Gramsci, Passato e presente ed. cit., p. 166

9. Gramsci, El materialismo histórico…, ed. cit., p. 12 ss.

10. Gramsci, Passato e presente ed. cit., p. 175

11. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo…, ed. cit., p. 156

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