Marx, Cristobal Colón y la Revolucion de Octubre

Hoy el Reino Unido está de elecciones: en una dura pugna, parece que el laborismo toma una ligera ventaja. Y lo que parece claro, es el fin del bipartidismo y la necesidad de coaliciones. Igual que aquí: parece que asistimos a una nueva fase que se deberá caracterizar por la negociación. Cuestión diferente será el resultado.Rev. Rusa 1917 proc.1

Mientras esperamos los resultados británicos, amenizaremos la espera con una sugerencia de lectura a cargo de Domenico Losurdo, Profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Urbino (Italia). Dirige, desde 1988, la Internationale Gesellschaft Hegel-Marx für Dialektisches Denken y es miembro fundador de la Associazione Marx XXIesimo secolo. Adelante…

Saludos. Olivé

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MARX, CRISTOBAL COLON Y LA REVOLUCION DE OCTUBRE

Domenico Losurdo

1. Materialismo histórico y análisis de las revoluciones

CUANDO SE HACE EL BALANCE HISTÓRICO de la presencia de Marx en nuestro siglo, a menudo se utiliza la pareja de conceptos marxismo oriental/marxismo occidental, o bien la pareja marxismo del siglo XX/marxismo original (que habría que recuperar para el futuro). El resultado es el mismo: a través de una línea de demarcación espacial o temporal, la historia real de la influencia del gran pensador revolucionario (cuya escena es, en primer lugar, Oriente y el siglo XX) se opone a su significación “auténtica“. Este enfoque destruye inmediatamente lo esencial de la enseñanza de Marx y Engels, que insistieron constantemente en el hecho de que la teoría revolucionaria se desarrolla gracias a la confrontación con el movimiento histórico real, y que no han dudado en reconocer la deuda, aunque sólo fuera teórica, que contrajeron con la experiencia, por cierto breve y contradictoria, de la Comuna de París. Hoy, por el contrario, son varias décadas de un periodo histórico especialmente intenso, que va desde la revolución de Octubre a las revoluciones china, cubana, etc., las que deberían reducirse al rango de un simple equívoco, sin significación ni importancia con respecto a la “auténtica” teoría revolucionaria, ¡que fue consignada de una vez para siempre en textos a los que habría sólo que redescubrir y analizar otra vez! Y sin embargo, el Manifiesto del Partido Comunista ironiza ácidamente sobre “tal o cual reformador del mundo” que pretende oponer su doctrina de salvación a la historia profana, al “movimiento histórico que se desarrolla bajo nuestros ojos1. Puede ser útil recordar el análisis desarrollado por Engels respecto a la tendencia fundamental del socialismo utópico: en el fondo, éste parece encarnarse en la figura del profeta que enuncia y hasta predica verdades intemporales sobre cuya base pretende salvar a la humanidad de los errores, contradicciones, luchas y dolores en los que está sumida. En esta perspectiva, el desarrollo histórico real aparece como el fruto de la ignorancia de la verdad salvadora que el profeta ha justamente revelado; tanto que si éste hubiera aparecido algunos siglos antes, la humanidad habría escapado a siglos de errores y sufrimientos (MEW, XIX, 191-2). También hoy se asiste a prédicas de este tipo. Los que las pronuncian son esos intelectuales neoutopistas para los que la lección del Capital y de los textos sagrados, si hubiera sido estudiado en su autenticidad por fin revelada y comprendida, habría ahorrado a la humanidad, no siglos como en el ejemplo de Engels, sino décadas de historia y sufrimientos. Y así una teoría que se define como materialista e histórica se transforma en una verdad sapiencial intemporal que se debería preservar de toda contaminación mundana y material.

Es a la vez posible y necesario adoptar un enfoque totalmente diferente que no separe el juicio que se formula sobre los dos grandes pensadores revolucionarios y la historia de su extraordinaria suerte. Se trata de partir de la revolución que los ha reivindicado. ¿La revolución de Octubre fué un fracaso? No cabe ninguna duda de que sus objetivos perseguidos y proclamados no han sido alcanzados. Basta con pensar en Lenin y en los dirigentes de la Internacional Comunista, que ven ya dibujarse la república soviética mundial con, en último análisis, la desaparición de las clases, de los Estados, de las naciones, del mercado, de las religiones. No sólo nunca se ha estado cerca de tal objetivo, sino que jamás se ha caminado, jamás se ha logrado caminar en esa dirección. ¿Estamos en presencia, entonces, de un fracaso evidente y total? En realidad, el desfasaje entre los programas y los resultados es propio de toda revolución. Los jacobinos franceses no realizaron o restauraron la polis antigua; los revolucionarios americanos no produjeron la sociedad de pequeños agricultores y pequeños productores, sin polarización de la riqueza y la pobreza, sin ejército permanente ni poder central fuerte; los puritanos ingleses no revivieron la sociedad bíblica que habían transfigurado míticamente. La historia de Cristóbal Colón, que parte en busca de las Indias, pero descubre América, es una metáfora que puede servir para comprender la dialéctica objetiva de los procesos revolucionarios. Justamente Marx y Engels subrayan este punto; en su análisis de la revolución francesa o inglesa, no parten de la conciencia subjetiva de sus protagonistas o de la de los ideólogos que las han deseado o preparado ideológicamente, sino de la investigación de las contradicciones objetivas que las estimularon y sobre las características reales del continente político-social descubierto o iluminado por las conmociones producidas; los dos teóricos del materialismo histórico subrayan el desfasaje entre el proyecto subjetivo y el resultado objetivo y explican las razones y la necesidad de la existencia de ese desfasaje. ¿Por qué deberíamos proceder de otra manera respecto a la revolución de Octubre? Los que, al evaluarla, se limitan a confrontarla al programa socialista y comunista de Marx y Engels, tal como se presentaba en la conciencia de los dirigentes bolcheviques, ignoran o destruyen la lección de materialismo histórico que nos proporcionaron los autores a los que, sin embargo, reivindican. La metodología elaborada por Marx y Engels debe también aplicarse a la revolución que se inspiró en su teoría.

2. Revolución de Octubre y caída del antiguo régimen

Considerando como suficientemente conocido el tejido de contradicciones objetivas que se encuentra en los cimientos de la revolución bolchevique de Octubre, veamos cuáles son las principales novedades a las que dio origen. En un primer momento la destrucción definitiva del antiguo régimen, que no quería morir: a la caída de los Romanof le sigue, un año después la de los Hohenzollern (y de las dinastías menores que reinaban en los distintos Länder del Imperio de Guillermo) y la de los Habsburgo; el peso político y social ejercido en los distintos países occidentales, entre ellos Inglaterra, por la aristocracia terrateniente que hasta entonces posee un monopolio o una hegemonía en la Cámara Alta, se destruye o replantea de manera drástica. Las conmociones revolucionarias de la Rusia de 1917 representan también una etapa importante para el advenimiento del sufragio universal que, antes de ese año, no había triunfado ni en Francia (donde se excluye a las mujeres), ni, aún menos, en Inglaterra o Estados Unidos, donde perdura la restricción censataria y racial de los derechos políticos. En fin, en lo que respecta a los “derechos sociales y económicos“, Hayek observa que su teorización y sus progresos parciales en Occidente se deben a la influencia, que considera nefasta, de la “revolución marxista rusa“.

Pero esta revolución marca el viraje de una época, sobre todo por el llamado lanzado a los esclavos de las colonias para que rompan sus cadenas, ya que se encuentran no sólo privados de sus derechos, sino también utilizados como fuerza de trabajo forzada, o como carne de cañón durante la lucha que opuso a las grandes potencias imperialistas a partir de 1914. No es por azar que la Rusia bolchevique fue denunciada como extranjera a la “humanidad blanca” y como parte integrante de la “totalidad de las poblaciones de color de la tierra” o de la “marea creciente de los pueblos de color” por una amplia corriente que cuenta entre sus filas autores como el alemán Oswald Spengler y el americano Lothrop Stoddard (que adquirió una rápida notoriedad internacional y recibió los elogios de dos presidentes de los Estados Unidos).

La opresión colonial está acompañada por una actitud de arrogancia y de desprecio hacia lo que el presidente americano Herbert Clark Hoover y el conjunto del Occidente liberal llaman tranquilamente las “razas inferiores“. Algunos detalles son mucho más significativos que las masacres. En los territorios sustraídos a la China, se puede ver delante de los clubes o jardines exclusivos, carteles que prohíben la entrada a los “perros y a los chinos“. En la India, todavía en 1919, después de la masacre de Armitsar (“una masacre de gentes inofensivas que no tenían siquiera la posibilidad de buscar una protección contra el asalto despiadado de las tropas”), el gobierno inglés no se limita a “flagelaciones públicas“: “La medida más degradante fue la que obligaba a cada indio, cuando pasaba frente a cierta callejuela de la ciudad en la que había sido agredida durante los motines una médica misionera, la señorita Sherwood, a ‘caminar en cuatro patas’. La humillación producida por deber arrastrarse en cuatro patas para volver a su casa o para salir – numerosas personas vivían en la callejuela- no podía ser ni olvidada ni perdonada…2. En el corazón mismo del mundo capitalista, los Estados Unidos, las “razas inferiores” están privadas no sólo de sus derechos políticos, sino a menudo incluso de sus derechos civiles más elementales: sometidos al apartheid y a relaciones de trabajo semiserviles, los negros a menudo son víctimas de pogroms y de linchamientos. Se entiende, entonces, la atención que prestan al llamado lanzado por los bolcheviques, esos “renegados” de la raza blanca, según la definición de Stoddard citado más arriba, quien estaba aterrado por el hecho de que ciertas consignas penetraran incluso en las “regiones negras de los Estados Unidos“.

El fascismo-nazismo se presenta como un movimiento de reacción, y de reacción extrema a este llamado. No es por casualidad que triunfa, con modalidades diferentes en tres países, que habiendo llegado tardíamente al banquete colonial, ven frustradas sus ambiciones y se sienten directamente amenazados por el auge anticolonialista. Es así como Japón busca su “espacio vital” en China; Italia en Etiopía, Albania y otras partes; Alemania en Europa oriental y los Balcanes. En la víspera del comienzo oficial de la segunda guerra mundial, antes de la agresión a Polonia y a la URSS, Hitler desmembra Checoslovaquia y declara de manera explícita que Bohemia-Moravia es un “protectorado” del Tercer Reich. No sólo se reivindica explícitamente el lenguaje y las instituciones de la tradición colonial, sino que se amplía su aplicación al ámbito de Europa oriental. El fascismo-nazismo, decidido a rechazar el movimiento de emancipación de los esclavos de las colonias, pone de moda y radicaliza la distinción entre razas “superiores” e “inferiores” propia de la tradición colonial. De la raza superior, “nórdica“, “aria” u “occidental“, los ideólogos nazis o filonazis, excluyen a los negros, los judíosy a los que Hitler define varias veces como los “indígenas” de Europa oriental (el carácter especialmente cruel y bárbaro de la invasión del este europeo se explica por hecho de que fue programada desde el comienzo como una guerra colonial, al interior de la cual, como lo explica Carl Schmitt, las normas tradicionales Ius publicum europaeum no tienen más valor). Se comprende bien el desarrollo, en el curso de la lucha contra el fascismo y el nazismo, de una resistencia que abarca un arco extremadamente amplio de países, europeos y extraeuropeos (como Francia, Grecia, Yugoslavia, Albania, Checoslovaquia, URSS, China) y de los cuales un gran número, fuera o dentro de Europa, se encuentran o se encontraron en condiciones de países colonizados entera o parcialmente; y también se comprende muy bien que sobre esta resistencia se injerta inmediatamente un poderoso movimiento de emancipación de los pueblos coloniales, que se desarrollará durante varias décadas. La emancipación de las “razas inferiores” en la metrópolis capitalista se desarrolla de la misma manera: en Estados Unidos en los años 60 y 70 de este siglo se eliminan las últimas normas que excluyen a los negros de sus derechos políticos y que determinan la segregación racial, o que condenan penalmente los matrimonios y las relaciones sexuales mixtas que amenazan la pureza y la supremacía de la raza blanca.

Se podría decir entonces, que el nuevo continente descubierto por la revolución de Octubre es el hombre como tal, fuera de toda discriminación de raza, riqueza o sexo, el individuo universal, que se considera también como titular de derechos económicos y sociales. Esta conclusión sin duda dejará estupefactos a todos los que están habituados a ver en el individualismo un sinónimo de la tradición liberal. Y sin embargo, la historia de los países en los que la tradición liberal se enraizó con más fuerza, se vincula de manera inextricable con la historia de la institución de la esclavitud: uno de los primeros actos de política internacional de la Inglaterra liberal después de la Revolución Gloriosa de 1688-89, consiste, junto con la paz de Utrech, en arrancar a España el Asiento, el monopolio de la trata de negros. También es notorio que la esclavitud de los negros sólo se abolió en los Estados Unidos en 1865, y que incluso después de esa fecha, los negros estuvieron largo tiempo sometidos a formas de servidumbre y de semiservidumbre. Las duras cláusulas de exclusión que caracterizan la tradición liberal e impiden la emergencia del individuo universal, son cuestionadas por la ola revolucionaria jacobino-bolchevique. ¿Quién expresa mejor el “individualismo“, el jacobino negro Toussaint Louverture, quien tomando en serio la Declaración de los Derechos Humanos, dirige la revolución de los esclavos de Santo Domingo (“ningún hombre, así haya nacido rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su semejante“) o Napoleón Bonaparte (cuyo golpe de Estado, al menos en una primera etapa, fue saludado y apoyado por los medios liberales franceses) que trata de reintroducir la esclavitud (“yo estoy por los blancos, porque soy blanco; no tengo otra razón, pero ésta es la buena“) ¿Lenin lanzando un llamado a los “esclavos de las colonias” a romper sus cadenas, o Mill y sus discípulos en Inglaterra o Francia que teorizan la “obediencia absoluta” de las razas llamadas “menores“?

Querer reducir la época que comenzó con la revolución de Octubre a un período de crisis de la democracia significa volver a considerar los pueblos colonizados, los negros que viven en las metrópolis capitalistas, las mujeres, todos los excluidos de la tradición liberal, como una cantidad despreciable. Hablar en estos términos significa querer re-colonizar la historia, cuya descolonización, además, nunca fue completa.

3. El nuevo continente político-social y sus inciertas fronteras

¿Pero el individuo universal -en el marco de una sociedad capitalista reformada- agota la totalidad del nuevo continente político-social descubierto por la revolución de Octubre? ¿Después de haber contribuido de manera decisiva a cambiar la faz del mundo, los proyectos de comunismo y de socialismo están llamados al mismo fin que el ideal de la polis caro a los jacobinos? Se debe tomar atentamente en consideración una conclusión de este tipo. En 1969, el historiador y sociólogo Lawrence Stone observaba que en Europa oriental el régimen totalitario estaba destinado a periclitar a causa de su implícita carga modernizadora y al gran impulso que daba al sistema escolar y educativo. La apertura de las puertas de la instrucción a las masas populares antes excluidas, y la satisfacción, hasta cierto punto, de las necesidades elementales más inmediatas, estimularon la formación de una sociedad civil que no podía tolerar más la capa de plomo política que la oprimía. De acuerdo a esta hipótesis, se puede decir que en Europa oriental se desarrolló una dialéctica análoga a la que en Francia desembocó en Termidor. Una vez agotada la función histórica de la liquidación del antiguo régimen a nivel nacional o mundial, sería la realidad misma salida a la luz gracias al jacobinismo y al bolchevismo, la que barrería, como algo superfino y molesto el terror y el totalitarismo.

Sin embargo, esa hipótesis no parece convincente. Hay que señalar que estamos en presencia de un proceso histórico que está lejos de haber concluido. Los resultados consecutivos a la revolución de Octubre están hoy seriamente cuestionados. Por cierto, la restauración del antiguo régimen no es nunca total, y es probable que las pretensiones a tal o cual trono adelantadas por los descendientes de los Habsburgo, Savoya u otras dinastías estén destinadas al fracaso. En otros terrenos, el proceso de restauración se muestra bastante más amenazante. Esto se confirma, en primer lugar, por la explícita rehabilitación del colonialismo que se desarrolla actualmente. El New York Times se regocija desde el título de un artículo del célebre historiador liberal-conservador Paul Johnson: “Por fin vuelve el colonialismo, ya era hora“. Popper pide a Occidente que imponga su “pax civilitatis” con una serie de guerras como la guerra del Golfo, contra los países que “nosotros hemos liberado (…) demasiado rápida y demasiado simplemente“; fue como “abandonar a sí misma una guardería infantil“. Como en los tiempos de Kipling, los pueblos del Tercer Mundo vuelven a ser considerados como pueblos semi-niños, semi-demonios. Y en la medida en que se revelan como rebeldes y demonios, Occidente tiene el derecho y el deber, según el filósofo liberal ascendido al grado de agregado cultural del estado mayor “occidental“, de lanzar contra ellos una cruzada y una guerra santa en nombre de la civilización y la paz. No es un azar si la caída de la URSS coincidió con la guerra del Golfo, una guerra -lo reconocen ahora incluso sus campeones- desencadenada por “todas las potencias industriales” firmemente decididas a mantener el petróleo a bajo precio, “poniendo término a la hipótesis de otra crisis petrolera que hubiera frenado el impulso expansivo del capitalismo occidental” (E. Scallari en la Reppublica del 26-27 de enero de 1992); una guerra en la que los Estados Unidos no vacilaron en “exterminar a iraquíes fugitivos y desarmados” (G. Bocea en la Reppublica del 6 de febrero de 1992). Los grandes órganos de la prensa internacional pueden incluso informar, sin que eso suscite la indignación, sobre los bombardeos americanos de tal o cual capital del Medio Oriente o del Sur del planeta, decididos en función de las encuestas de opinión y las elecciones. La destrucción o la muerte infligida a los bárbaros como “spot” publicitario: ¡esa invención hubiera causado alegría a Goebbels! Y menos escándalo suscitan las revelaciones relativas a los estudios hechos por el estado mayor americano sobre el eventual uso de bombas atómicas contra Irak (mientras parece que armas nuevas y misteriosas han sido experimentadas, con consecuencias que se hacen sentir sobre los mismos soldados americanos).

Por otro lado, en una revista cercana al Departamento de Estado (American Affairs), Samuel P. Huntington interpreta las relaciones internacionales de hoy como un conflicto de civilizaciones que es al mismo tiempo un conflicto entre “skin-countriex”, es decir entre entidades definidas en última instancia por el color de la piel. Por lo tanto, no hay más lugar para el individualismo. La actual regresión está también confirmada por la desaparición de los derechos económicos y sociales. Se comprende mejor, entonces, el enorme éxito que tienen en los Estados Unidos los libros que demuestran “científicamente” la inferioridad de los negros y de su cociente intelectual en relación a los blancos. El desmantelamiento del Estado social y la presentación de la “cuestión social” como un simple problema de mantenimiento del orden público que debe ser afrontado por medio de la policía y las cárceles, todo esto está acompañado necesariamente por una “racialización” y una transformación en fracasados de todos los que. a pesar del desarrollo prodigioso de las fuerzas productivas, están condenados a la miseria y la marginalización. Si en los Estados Unidos, son en primer lugar los negros los que se encuentran en la mira, en Italia, Gianfranco Miglio se agota tratando de demostrar los efectos devastadores e irremediables que el calor provoca en los “parásitos del Sur“, tanto en Italia como en el resto del planeta.

El nuevo continente político-social corre el riesgo, pues, a ser tragado por la marea contrarrevolucionaria, antes de que sea completamente descubierto y conquistado. Razón de más para interrogarse sobre su configuración real.

4. Marxismo asiático y totalitarismo

Hasta ahora casi no habíamos hablado de los desarrollos internos del nuevo país nacido de la revolución de Octubre de 1917. ¿Cómo definir el régimen que terminó imponiéndose en la Unión Soviética? A veces se contesta el interrogante como simple expresión de “despotismo asiático” u oriental. Esa tesis ignora ampliamente toda la fuerza emancipadora desplegada por la revolución bolchevique y por las otras revoluciones de inspiración comunista, olvida descaradamente el hecho de que numerosos países del Tercer Mundo pudieron sacudir el despotismo oriental, o el que les era impuesto por Occidente, sólo gracias a la ola revolucionaria que se levantó a partir de la revolución rusa; no tiene en cuenta el hecho de que uno de los críticos más lúcidos e implacables del arcaísmo asiático es justamente Lenin, que en cambio pone en evidencia el apoyo reiterado que prestan las grandes potencias a los regímenes políticos que quieren conservar ese arcaísmo. (Todavía hoy, ¿con quién puede contar la monarquía Saudita para sobrevivir?) Aún si nos reducimos exclusivamente al desarrollo intento de la Unión Soviética, hemos visto como Lawrence Stone subraya el efecto modernizador del régimen comunista. En lo que respecta al período estalinista, el horror constituye sólo un lado de la moneda. El otro puede resumirse mediante algunas cifras y datos proporcionados por autores que nadie cuestiona; “el quinto plan quinquenal de educación representa un esfuerzo organizado para combatir el analfabetismo“; iniciativas posteriores de formación desarrollan “toda una nueva generación de obreros especializados, de técnicos y de administradores técnicamente preparados“. Entre 1927-28 y 1932-33, la población de la universidad y de los institutos superiores pasa de 160.000 a 470.000 alumnos; el porcentaje de estudiantes de origen obrero pasa de un cuarto a la mitad. “Se fundan nuevas ciudades y viejas ciudades son reconstruidas“; la aparición de nuevos complejos industriales gigantescos está acompañada por una gran movilidad vertical que consiste en “el ascenso a niveles superiores de la escala social de ciudadanos hábiles y ambiciosos de origen obrero o campesino4. Durante esos mismos años, como consecuencia también de una represión feroz y ejercida a gran escala, “decenas de millares de stajanovistas se convirtieron en jefes de talleres” y se puede verificar el mismo tipo de movilidad vertical gigantesca en las fuerzas armadas 5. No se comprende nada del período estalinista si no se tiene en cuenta la mezcla de barbarie -un enorme gulag-, progresos exaltantes y promoción social que lo caracteriza. Se trata de una mezcla que es muy difícil subsumir de manera unívoca bajo la única categoría de despotismo asiático u oriental.

Pero esta tesis comete sobre todo la equivocación de aislar la historia de la Unión Soviética de su contexto internacional. Mucho más que a la tradición asiática que lo precede, el terror estalinista refleja el totalitarismo que comienza a desarrollarse a nivel mundial, a partir del estallido de la segunda guerra de Treinta años, cuando se atribuye al Estado, incluso en los países liberales, “una fuerza ‘legítima’ sobre la vida, la muerte y la libertad” (Weber). Para demostrarlo están allí la movilización total, los tribunales militares, los pelotones de ejecución, las masacres. Hay que reflexionar especialmente sobre esta última práctica a la cual recurrió ampliamente el estado mayor de la Italia liberal y que borra el principio de responsabilidad individual. Lo que pasa en los Estados Unidos es instructivo a este respecto. Luego de Pearl Harbor, F. D. Roosevelt hace deportar a campos de concentración a los ciudadanos americanos de origen japonés (incluso mujeres y niños), no como consecuencia de un delito, sino en tanto que sospechosos a causa del grupo étnico al que pertenecen (asistimos de nuevo a la desaparición del principio de responsabilidad individual, desaparición que es uno de los elementos constitutivos del totalitarismo). Y en 1950 se aprueba la ley Mac Curran que autoriza la construcción de seis campos de concentración en diferentes zonas del país, destinados a recibir los prisioneros políticos. Entre los promotores de esta ley figuran algunos diputados que llegarán a la celebridad como presidentes de los Estados Unidos: ¡Kennedy, Nixon y Johnson! El fenómeno de la personalización del poder puede igualmente considerarse en una perspectiva comparada. F.D.Roosevelt accede a la presidencia luego de la gran crisis y de inmediato se le otorgan amplios poderes; es elegido para cuatro mandatos sucesivos (pero muere al comienzo del cuarto). Nacido en el curso de una guerra que impone una movilización total y una militarización de la población, incluso en los países de sólida tradición liberal o que gozan situación geográfica relativamente segura (protegidos por el mar o el océano), el régimen soviético está obligado a afrontar una situación de excepción permanente. Si consideramos el período que va desde octubre de 1917 a 1953 (año de la muerte de Stalin), comprobamos que está caracterizado por, al menos, cuatro o cinco guerras y dos revoluciones. Al Oeste, a la agresión de la Alemania de Guillermo II (basta la paz de Brest-Litovsk); le siguen las que fueron provocadas primero por la Entente, luego por la Alemania hitleriana y al fin, por una guerra fría punteada de conflictos locales y que arriesga en todo momento transformarse en una guerra caliente, que no sólo tomaría grandes proporciones, sino que implicaría el uso de la bomba atómica. Al este, vemos el Japón (que no se retiró de Siberia hasta 1922 y de Sakhalinc hasta 1925) invadir Manchuria y proceder a un despliegue militar que amenaza las fronteras de la URSS, la que estaba empeñada en conflictos fronterizos en gran escala desde 1938 y 1939, antes del comienzo oficial de la segunda guerra mundial. Además, se trata de guerras totales, tanto porque no son precedidas por una declaración de guerra (tanto la Entente como el Tercer Reich proceden así) como porque están ligadas a la guerra civil y a la intención declarada por los invasores de derrocar el régimen existente; la campaña hitleriana apunta de manera explícita a la exterminación de los ubermenschen orientales. Hay que agregar a las guerras las revoluciones, es decir, además de Octubre de 1917, esa revolución por arriba que constituye la colectivización y la industrialización del campo desarrolladas a partir de 1929. La dictadura de Lenin y la de Stalin que tiene características diferentes, corresponden en lo esencial a las condiciones de la guerra total y del estado de excepción permanente que conoció la Unión Soviética (es decir, un país poco desarrollado y sin tradición liberal).

5. “Capitalismo monopolista de Estado” y “socialismo real”

¿Cuál es el contenido social del régimen que se impuso después de la revolución de Octubre? Hoy más que nunca, en la izquierda, se tiende a descalificarlo como “capitalismo monopolista de Estado“. Dejemos de lado las dificultades propias de tal categoría -¿hasta qué punto es conciliable con la categoría de mercado capitalista?. Es más importante subrayar que la tesis en cuestión reduce a simples equívocos los gigantescos conflictos con los que el mundo capitalista en su conjunto trató de ahogar a la Unión Soviética. Si las decenas y centenares de millones de personas que creyeron comprometerse en la lucha por o contra el socialismo, si los distintos Estados, partidos y movimientos hubieran leído, por ejemplo a Rossana Rossanda u otros autores que se esfuerzan en demostrar que la revolución bolchevique no hizo más que abrír un nuevo capítulo de la historia del capitalismo, si hubieran leído esto, no se habría asistido a decenas de conflictos gigantescos. Una vez más, la figura del historiador o del filósofo (en el sentido marxista de la palabra) es reemplazada por la del profeta.

Por cierto, no es difícil mostrar todo lo que hay de no socialista en la URSS, incluso en el plano de las relaciones económicas y sociales, o, en nuestros días, en los países que reivindican todavía el socialismo. Es necesario señalar, sin embargo, que ya en la concepción de Marx, el socialismo se presenta como algo híbrido, en el sentido de que a pesar de la conquista del poder político por una clase obrera decidida a realizar el comunismo, el “derecho burgués” continúa existiendo y regula la división y retribución del trabajo (MEW, XIX, 20-1). Incluso en condiciones especialmente favorables, hasta irreales, supuestas por la Crítica del programa de Gotha (colectivización inmediata de los medios de producción en los principales países capitalistas, al abrigo de toda presión exterior y de todo conflicto internacional), no hay lugar para la “pureza” del socialismo; y no es necesario si quiera agregar que la transición hacia lo nuevo es tanto más compleja y tortuosa cuando el país en el que tiene lugar es atrasado y el contexto internacional en el que esta transición opera es desfavorable y dramático. Los mismos Lenin y Mao subrayan que en la URSS y en China la transición conlleva la permanencia de elementos no sólo capitalistas sino incluso precapitalistas. Asombrarse significa no haber comprendido la diferencia entre revolución socialista y revolución burguesa. Ésta, subraya Leninnace del feudalismo“, en el sentido en que, incluso antes de la conquista del poder por la burguesía, “dentro del antiguo régimen se crean progresivamente nuevas organizaciones económicas que transforman gradualmente todos los aspectos de la sociedad feudal“. Tanto que la burguesía victoriosa “sólo tiene ante ella una tarea: romper, rechazar, destruir todas las cadenas de la antigua sociedad” para estimular posteriormente “el desarrollo del capitalismo“. Por el contrario, la revolución socialista se encuentra en “una situación completamente distinta“: “no hereda (nuevas) relaciones sociales ya maduras” y no puede entonces plantearse el problema del pasaje “de las viejas relaciones capitalistas a las relaciones socialistas” sin haber conquistado antes la victoria política. Hay que prestar atención a la fecha (marzo de 1918) de esta importante reflexión del dirigente bolchevique; Octubre tuvo lugar pocos meses antes, y las esperanzas de una propagación del incendio revolucionario en Occidente y en los países capitalistas más desarrollados están todavía muy vivas. Sin embargo, Lenin subraya las particularidades y las dificultades de la revolución socialista, llamada a introducir nuevas relaciones sociales, difícil y progresivamente en un medio que le es totalmente extraño. Esto significa que durante todo un período histórico, cuya duración no es en ese momento clara, coexisten formas de propiedad y de economía totalmente heterogéneas. Si así son las cosas, se comprende hasta qué punto es escolástica y dogmática la posición de los que creen poder leer la historia que comenzó en Octubre como un capítulo especial del capitalismo, y que se desvelan haciendo una lista de todo lo que en la Unión Soviética no era socialista. La letanía denigrante del capitalismo monopolista de Estado no es otra cosa que una tautología: la fase de transición es la fase de transición, y en consecuencia conlleva elementos capitalistas.

Por cierto, si se confronta el periodo histórico que comenzó con Octubre de 1917 y la definición de comunismo que aparece en La Ideología alemana (tener la posibilidad “de cazar a la mañana, pescar a la tarde, ser pastor al anochecer, dedicarse a la crítica después de la cena, a voluntad, sin jamás convertirse en cazador, pescador o crítico6, MEW, III, 33), entonces todo parece estar a años luz no sólo del comunismo, sino también de la breve fase de transición socialista que debería conducir al comunismo, y que, entonces, debería de alguna manera contener ya en ella esas relaciones sociales totalmente nuevas que está llamada a realizar. Pero entonces se realiza una utilización no crítica de la utopía en el sentido en que ella reduce, por efecto de contraste, el presente y lo realmente posible a una mera masa informe y privada de todo valor.

Una vez más, un enfoque materialista de los problemas que examinamos implica, no el rechazo de la historia real a partir de una definición enfática y sacralizada del socialismo y del comunismo, sino más bien un interrogante sobre las condiciones y la constelación históricas concretas que han estimulado o hecho posible esa definición enfática del régimen social esperado. Aquí Engels puede ayudarnos, cuando observa, al hacer el balance de las revoluciones inglesa y francesa: “Para que estas conquistas de la burguesía, que estaban maduras y listas para la cosecha, puedan asegurarse, fue necesario que la revolución superara en mucho su finalidadParecería que esta fuera una de las leyes de la evolución de la sociedad burguesa.7 No hay ninguna razón para no aplicar a la revolución que ellos inspiraron la metodología materialista que Marx y Engels han elaborado. En el fondo, toda revolución tiende a presentarse como la última, incluso como la solución de todas las contradicciones y, en consecuencia, como el fin de la historia. En este contexto debemos reubicar la utopía de la extinción del Estado, de la religión, del mercado, de toda forma de división del trabajo. Pero una cosa es subrayar el desfasaje entre la conciencia subjetiva de los protagonistas de la resolución y el sistema social que produjeron, y otra es reducir ese nuevo sistema social o ese comienzo del nuevo sistema social al sistema capitalista preexistente. Una cosa es subrayar la diferencia que separa la sociedad producida por la revolución francesa y el terror jacobino de la polis, y otra es afirmar la identificación de la sociedad posrrevolucionaria con el antiguo régimen.

El recurso a la categoría de capitalismo de Estado parece tener como meta más el negar que el explicar el proceso histórico concreto, en la medida en que las realidades políticas más diversas y los conflictos más ásperos son aplastados y borrados en una noche donde todos los gatos son pardos. En la historia moderna, la superación de la concepción patrimonial del Estado (susceptible de ser transmitido como herencia y parcelado según la voluntad del propietario, como cualquier otra propiedad privada) representa un viraje. ¿Pero qué deberíamos decir de un pensador que, basándose en la permanencia e incluso el refuerzo del Estado en la edad moderna y en el hecho de que el individuo continúa sometido a un aparato de poder que lo domina, formulara la tesis de que nada nuevo ocurre bajo el sol, con el crepúsculo de la sociedad feudal y de la concepción patrimonial del Estado?. En realidad, ese crepúsculo implica enormes transformaciones; y si, por un lado, evoca el espectro de Leviatán (haciendo emerger el nuevo peligro de un poder político dotado de una fuerza y una capacidad de control desconocida hasta entonces), por el otro constituye el presupuesto de la afirmación de la figura moderna del individuo y del hombre titular de derechos y deseoso de hacer valer su propia voluntad en la determinación de la realidad política. Si uno no quiere quedarse en el punto de vista místico del nihil sub solé novi, conviene internarse en una búsqueda de las transformaciones, los nuevos peligros (una nueva expansión del Leviatán) y las nuevas posibilidades de emancipación que contiene la aparición de un supuesto capitalismo monopolista de Estado; incluso si debiera dejar intactas las relaciones de poder en el seno de la fábrica, la superación de la propiedad privada de los medios de producción hace más difícil, para la burguesía, su reproducción como clase social, tanto más cuando pesa sobre ella la amenaza de un poder político al cual se le ha reconocido a partir de ahora, el derecho y el deber de controlar los medios de producción.

6. “Justificacionismo”, enfoque ideológico y análisis histórico concreto

Es absurdo querer deducir a priori del Manifiesto del Partido Comunista el horror del gulag (operación cara a la ideología dominante). Pero la actitud de una izquierda que, al suscribir así al balance chatamente maniqueo del siglo XX, se limita a afirmar la inocencia de Marx y Engels (¡y la suya propia!), no sólo es absurda, sino cobarde. Esta manera de proceder no tiene en cuenta los momentos fuertes de la tradición liberal. En 1787, en vísperas de la ratificación de la nueva constitución federal, Hamilton explica que la limitación del poder y la instauración del gobierno de las leyes pudieron realizarse en los países insulares, que el mar protegía de la amenaza de las potencias rivales y competidoras. Si el proyecto de Unión debía fracasar, y si sobre sus minas debía emerger un sistema de Estados análogo al que existe sobre el continente europeo, también en América aparecerían los fenómenos del ejército permanente, de un poder central fuerte e incluso del absolutismo (El Federalista, 118). Se puede reprochara este autor liberal el silencio respecto a ciertas cláusulas segregacionistas constitutivas de la libertad americana desde su inicio (la protección legal contra el poder arbitrario no abarca a los negros ni a los indígenas), pero por cierto no se encuentra en él la abstracción ideológica que caracteriza a los liberales contemporáneos. Confrontar de manera simplista los Estados Unidos y Rusia como lo hacen éstos, significaría, desde el punto de vista de Hamilton, que se ha perdido el sentido de la realidad histórica y geopolítica concreta; pero a sus ojos sería pura locura ideológica comparar la república de América del Norte, bien protegida del otro lado del Atlántico, con la URSS amenazada por la guerra civil o por la intervención militar exterior.

Detengámonos ahora en los análisis de Adam Smith. En las Lecciones de jurisprudencia observa que la esclavitud pudo ser suprimida más fácilmente bajo un “gobierno despótico” que bajo un “gobierno libre”, en el que “todas las leyes están hechas por sus amos (los de los esclavos), que no dejarán pasar nunca medidas que les sean perjudiciales”. Efectivamente, la esclavitud será abolida varias decenas de años más tarde, después de una guerra sangrienta y de una dictadura militar impuesta por la Unión a los Estados secesionistas y esclavistas. Al considerar Europa oriental, Smith realiza una consideración similar respecto a la servidumbre de la gleba, cuya supresión parece también presuponer una intervención “despótica” del poder político central, contra los barones que a menudo esgrimían consignas liberales, pero que, de todas maneras, al controlar los organismos representativos “libres”, podían bloquear todo provecto de emancipación de los campesinos. Todo esto nos hace pensar en la historia del “socialismo real”. El realismo de Smith hace problemática la frontera entre libertad y opresión. ¿Quién representa la causa de la libertad en los Estados Unidos de 1861 a 1865? ¿Es Lincoln, que deroga el Habeas Corpus, impone la conscripción obligatoria y que responde a la gran rebelión provocada por esta medida haciendo marchar sobre Nueva York un cuerpo de ejército que aplasta la sublevación porel terror? ¿O bien son los Estados del Sur que, reuniéndose a Locke, y en nombre del derecho al autogobierno y al mantenimiento de su propia identidad cultural y nacional, rechazan por opresiva la pretensión del gobierno central de intervenir en esta forma especial de la propiedad privada que es la esclavitud?

Considerando tanto la esclavitud en sentido propio como la servidumbre de la gleba, las Lecciones de jurisprudencia enuncian una conclusión extraordinaria: “La libertad del hombre libre es la causa de la gran opresión de los esclavos. Y como éstos constituyen la mayor parte de la población, cualquiera dotado de humanidad, no deseará la libertad en un país donde esa institución se haya establecido.” ¡Qué escándalo, a los ojos de la apologética liberal de hoy, esta preferencia, expresada aquí indirectamente, por el gobierno “despótico“, el único que puede eliminar la institución de la esclavitud y la servidumbre de la gleba! La historia que comenzó en Octubre de 1917 no puede ser juzgada haciendo abstracción de los dramáticos conflictos internacionales c internos de la época. Daré sólo dos ejemplos. En las regiones asiáticas, los proyectos de emancipación de la mujer propuestos por la joven Unión Soviética debieron afrontar la violencia salvaje de los clanes feudales decididos a perpetuar por todos los medios una condición femenina de tipo servil o semiservil. He aquí una situación histórica concreta y determinada en la que la libertad de la mujer presupone una mano de hierro que se impone a una sociedad civil atrasada. Se puede dar otro ejemplo: la revolución de Octubre provoca en Rusia un brote de agitación antisemita que se traduce en pogroms sangrientos. Para combatir esta agitación, el nuevo poder soviético emprende una campaña de propaganda (Lenin pronuncia un discurso grabado en disco para poder llegar a los millones de analfabetos), pero, al mismo tiempo, promulga leyes muy severas, hasta terroristas. Una vez más, al menos durante los primeros años del nuevo régimen, la libertad e incluso la sobrevivencia de los judíos está garantizada por una mano de hierro que controla la sociedad civil.

Todo esto puede tener aires de “justificacionismo“, incluso a los ojos de cierta izquierda. Pero a este respecto, es interesante ver la actitud tomada por Marx frente a la revolución francesa. De los textos de Marx se puede extraer una contra-historia de la Inglaterra liberal, que el sofisma de Talmon se obstina todavía hoy en oponer de manera maniquea a la Francia revolucionaria y jacobina. De hecho, Inglaterra es, en cambio, el país donde continúan existiendo, a mediados del siglo XIX, las formas esclavistas del trabajo (MEW, XXIII, 763), y en la que la clase dirigente conduce en Irlanda una política despiadada y terrorista “inaudita en Europa” y que sólo encuentra su equivalente entre los “mongoles” (MEW. XVI, 552). El mismo Gladstone, gloria de la Inglaterra liberal, es el protagonista del “terrorismo policial” que golpea la sección irlandesa de la Internacional (MEW, XVIII, 136). Por otra parte, las páginas de Marx consagradas a precisar el marco histórico concreto en el que se ejerce el Terror jacobino (Vendée, intervención de los ejércitos contrarrevolucionarios, etc.) es bien conocido. Y es inútil recordar el desprecio que el gran pensador revolucionario, siguiendo a Hegel, alimenta y expresa por las almas bien intencionadas. ¿Estamos en presencia de una actitud “justificacionista“? El “justificacionismo” es la deducción mecánica y total de un comportamiento político a partir de un contexto histórico determinado (contradicciones objetivas y brutalidad del adversario); es la negación del momento de la elección entre las distintas alternativas existentes, y en consecuencia, la de la responsabilidad subjetiva. Después de haber analizado el marco histórico real, Marx subraya que el Terror nace también del desfasaje entre el proyecto político de los jacobinos y la situación histórica dada. Prosiguiendo la utopía fantástica de la reconstitución de la polis antigua, Robespierre y los otros se lanzan en una empresa quijotesca, que cree poder eliminar por la violencia todo lo que no corresponde a su modelo o utopía, pero que finalmente renace de las relaciones económicas y sociales modernas, muy diferentes a las de la polis antigua, a la que aspiraban apasionadamente. En este sentido, existe en el Terror, con respecto a la situación objetiva un exceso de violencia y la actitud crítica y la condena de Marx es clara y terminante: subraya muchas veces las debilidades, las ilusiones, los espejismos de la ideología de los jacobinos que no es el simple producto de la locura individual, sino que reenvía a un contexto histórico más amplio. Justamente porque toma conciencia del marco objetivo, Marx pudo identificar la debilidad del proyecto jacobino con una precisión y un radicalismo ignorado por la explicación moralista, que se limita a denunciar a Robespierre o a Saint-Just como fieras sedientas de sangre.

Aunque aplicado a una situación histórica evidentemente diferente, este enfoque es también fecundo para el análisis de la dialéctica que se desarrolló a partir de la revolución de Octubre. No se trata de eliminar el momento de la opción, sino de situarlo en un contexto histórico concreto y dramáticamente concreto, y no en un espacio privado de resistencias, conflictos y contradicciones. Y cuando uno se encuentra confrontado a opciones equivocadas o trágicas que liquidaron las alternativas reales, es necesario interrogarse sobre la ideología que inspiró y condicionó esas opciones. ¿Esta ideología acortó o alargó inútilmente el estado de excepción? ¿Y de qué manera lo enfrentó?

7. Relectura del siglo XX, relectura del comunismo, relectura de Marx y Engels

Pero hacer intervenir la conciencia subjetiva de los protagonistas de la revolución de Octubre y de los dirigentes del Estado que la continuaron, significa poner en discusión la teoría misma de Marx y Engels. A la luz de este criterio metodológico, tratemos de hacer un balance del “socialismo real“, comenzando por la segunda revolución, la que une en un solo período histórico ininterrumpido el estado de excepción de 1917 y el de la segunda guerra mundial. ¿Era necesaria la revolución comenzada en 1929? Stalin no tenía ninguna duda porque consideraba inevitable una nueva agresión del mundo capitalista. Es una opinión ampliamente compartida durante esos años; cuando Gramsci es condenado por el Tribunal especial, denuncia los preparativos de guerra del fascismo; por otro lado, el mariscal francés Foch, inmediatamente después de la firma del tratado de Versalles, declara: “Esto no es la paz, es un armisticio de veinte años8. También hay que señalar que renombrados historiadores americanos al abrigo de toda sospecha, reconocen hoy que la Unión Soviética sólo pudo afrontar la prueba de la agresión hitleriana gracias a la colectivización de la agricultura y a la industrialización realizadas con anterioridad. Entonces, hay que interrogarse sobre las modalidades de esta segunda revolución más que sobre la decisión de desencadenarla. No se trata sólo de que fue impuesta desde arriba. Hay que examinar la ideología que la engendra y la acompaña; a los ojos de un buen número de bolcheviques, la relación entre la ciudad y el campo se presenta como una reacción entre Europa y Asia, y entre la civilización y la barbarie (la civilización, que coincide tradicionalmente con la ciudad capitalista, es identificada, después de Octubre, con la ciudad socialista). Incluso antes de su ejecución, la industrialización forzada del campo fue comparada con el proceso de acumulación originario del capitalismo por un economista cercano a la oposición trotskista, Preobrazenski, quien parece incluso señalar, como condición para el desarrollo de la industria socialista, la “explotación” de una especie de “colonia” dentro de la URSS; una colonia poblada por minorías nacionales apegadas a su religión y a su “oscurantismo“. Nacida en Moscú, la segunda revolución se presenta como una especie de guerra colonial, con todos los horrores propios de este tipo de guerra. Es el momento en el que el universo concentración al adquiere enormes dimensiones y afecta, no sólo a clases sociales enteras, sino incluso a nacionalidades enteras.

No cabe ninguna duda que ese horror pone seriamente en cuestión la responsabilidad de los dirigentes soviéticos. Pero éste, aunque esencial, es sólo un aspecto de la realidad. Justo después de la revolución de Octubre, Rosa Luxemburgo ironiza sobre las aspiraciones nacionales de los “pueblos sin historia“, “cadáveres pútridos que emergen de sus tumbas seculares‘”1. La primera fórmula es una cita de Engels, que la emplea en artículos publicados en la Nene Rheinische Zeitung, dirigida por Marx. Los dos grandes pensadores revolucionarios no supieron pensar hasta el fin la cuestión nacional; es fácil descubrir en ellos huellas de una visión del colonialismo como exportación de la civilización, que es propia del liberalismo de esa época; hay que llevar esa civilización, incluso por medio de métodos expeditivos y enteles, a las regiones habitadas por pueblos atrasados o “sin historia“.

La tragedia de Camboya, país que salía de una brillante lucha de liberación nacional, contribuyó al descrédito de la imagen misma del socialismo. Radicalizando aún más las tendencias nacidas en el curso de la revolución cultural china, Pol Pot llega a querer construir una sociedad comunista sin mercado ni moneda; la empresa conduce a una horrible masacre. Pero una vez más, sería erróneo responsabilizar exclusivamente a los dirigentes khemers rojos. Tienen detrás de si una larga tradición. Baste pensar en lo que se llamó el “comunismo de guerra“, que sucede inmediatamente a la revolución de Octubre. En un texto de 1921, Lenin formula una autocrítica parcial. Reconoce que en este asunto, no hay que cuestionar sólo los “problemas urgentes de carácter militar“, sino también “el error que consiste en querer pasar directamente a una producción y a una distribución sobre bases comunistas. Decidimos que los campesinos nos proveerían el pan necesario gracias al sistema de requisiciones, y que, por nuestra parte, nosotros lo distribuiríamos a los establecimientos y a las fábricas, obteniendo así una producción y una distribución de carácter comunista“. Al publicar en 1952 los Problemas económicos del socialismo, Stalin polemiza con “ciertos camaradas” quienes “afirman que el partido actuó de manera equivocada al mantener el mercado luego de haber tomado el poder y nacionalizado los medios de producción de nuestro país. Estiman que el partido habría debido eliminar el mercado“. Los que exigen esta eliminación son los partidarios de una ortodoxia “marxista” que preconiza un comunismo míticamente transfigurado.

Por fin, la patente contradicción entre una filosofía de la historia que proclama como finalidad la extinción del Estado y de toda forma de poder político, y la realidad de un Partido-Estado que ejerce el poder de manera terrorista, jugó un papel importante en el derrumbe que se produjo en Europa oriental. Entre estos dos aspectos, por cierto existe una relación de contradicción, pero también una secreta complicidad. ¿Qué sentido tendría internarse laboriosamente en el proceso de construcción de un estado socialista de derecho, si el Estado como tal está destinado a extinguirse? No es un azar si, justo después de la resolución de Octubre, representantes socialistas revolucionarios proclaman que “la idea de constitución es una idea burguesa“; sobre estas bases, es imposible pasar del estado de excepción a una normalidad constitucional que está condenada de antemano por ser “burguesa“; y el mismo estado de excepción no puede ser reglamentado de ninguna manera. Este es un resultado que paradojalmente Marx y Engels habían previsto, ya que al insistir sobre la extinción del Estado, o sobre su extinción “en el sentido político actual” (las dos fórmulas no son para nada equivalentes, y esta oscilación es testimonio de una perplejidad interior), al menos en una ocasión observan que, llevado al extremo, el antiautoritarismo, al hacer imposible toda decisión según las reglas generales, basada en el consenso y el control democrático, de hecho termina por favorecer el ejercicio de un poder arbitrario por una pequeña minoría: el llamado antiautoritarismo se transforma así en “comunismo de cuartel” (MEW, XVIII, 425). La espera mesiánica de la extinción del Estado también jugó un papel nefasto en otro nivel. Una sociedad socialista no puede ser pensada sin un sector más o menos vasto de servicios y de economía estatal (pública, socializada o controlada por el Estado) cuyo funcionamiento se convierte, entonces, en decisivo. La solución de ese problema puede ser confiada a la mitología anarquista del advenimiento del “hombre nuevo” que se identifica espontáneamente con la colectividad, sin que jamás emerjan contradicciones y conflictos entre lo privado y lo público; o bien entre dos individuos o dos grupos sociales (es claro que aquí se trata de la secularización de la “gracia” religiosa que hace superfina la ley); o bien la solución puede buscarse en un sistema de reglas de estímulos (materiales y morales) y de controles que aseguren la transparencia, la eficacia y la productividad del sector, así como la competencia profesional y la honestidad de sus empleados. Pero todo esto se hace difícil, o imposible, por una fenomenología del poder (anarquista) que identifica el lugar de la dominación y la opresión, exclusivamente en el Estado, en el poder central, en la norma general. De esta manera, tal como la describe Marx, se produjo una inversión de la dialéctica de la sociedad capitalista; en el “socialismo real“, a la anarquía en la fábrica correspondía el terror contra la sociedad civil, un terror que se hacía cada vez más intolerable a medida que desaparecían las razones del estado de excepción, y que la filosofía de la historia que prometía el advenimiento del comunismo, la desaparición del Estado, de las identidades nacionales, del mercado, etc., se volvía cada vez menos creíble.

Como conclusión, podemos decir que los tres motivos de la crisis del “socialismo real” que hemos examinado, no sólo remiten a las grandes responsabilidades subjetivas de los dirigentes comunistas, sino también a tres graves debilidades teóricas de Marx y Engels. Existe entre ellas una estrecha relación. En los tres casos la utopía acrítica de una sociedad sin conflictos produjo un suplemento de violencia estatal y de opresión nacional. Detengámonos en este último punto. La espera de una superación inmediata de las fronteras y de las identidades nacionales, inmediatamente después de la caída del capitalismo, se transformó con el tiempo en una ideología chauvinista. Pensemos en especial en la teorización de Brézhnev sobre la soberanía limitada de los países integrantes de una comunidad socialista internacional que desde ese momento había fusionado sus elementos singulares en una sola entidad. Consideremos un instante los momentos de crisis y descrédito más graves del “socialismo real“: 1948 (ruptura de la URSS con Yugoslavia); 1956 (invasión de Hungría); 1968 (invasión de Checoslovaquia), 1981 (ley marcial en Polonia para prevenir una posible intervención “fraternal” de la URSS y frenar un movimiento de oposición ampliamente apoyado, incluso porque invoca el sentimiento de identidad nacional pisoteado por el Hermano Mayor). Estas crisis tienen en común la centralidad de la cuestión nacional. No es por casualidad que la disolución del campo socialista comenzó en la periferia del imperio, en países que no soportaban más, desde hacía tiempo, la limitación de la soberanía que se les imponía; también en el interior de la URSS, antes del oscuro “golpe de Estado” de agosto de 1991, el empuje decisivo para la caída final vino de la agitación en los países bálticos, en los que el socialismo había sido “exportado” en 1939-1940; en un sentido, la cuestión nacional que había contribuido considerablemente a la victoria de la resolución de Octubre (a la que las nacionalidades oprimidas por la autocracia zarista y gran-rusa contribuyeron ampliamente), marcó también la conclusión de un ciclo histórico que se había abierto con ella.

Las dicotomías que oponen el marxismo originario y occidental como el único auténtico y digno de atención, al marxismo oriental del siglo XX, revelan toda su inconsistencia. Más que en Marx y Engels, encontramos en Lenin una comprensión más precisa y profunda de la cuestión nacional como elemento constitutivo esencial de la cuestión democrática (el principio de la autodeterminación es la democracia aplicada a las relaciones internacionales). Después de la catástrofe húngara, Mao (Sobre los diez grandes informes) acusa a la URSS de haber deteriorado, con su política de industrialización forzada, tanto las relaciones con los campesinos como con las minorías nacionales. Luego de la caída de la URSS, Fidel Castro señaló: “Nosotros, los socialistas, hemos cometido un error al subestimar la fuerza del nacionalismo y de la religión” (la religión es, o puede ser, un elemento constitutivo de la identidad nacional, como es el caso del catolicismo en Polonia). Se comprende que los representantes del Tercer Mundo sean los que subrayaron la importancia de la cuestión nacional, incluso en las condiciones del socialismo (ellos fueron las víctimas del seudo-universalismo o “internacionalismo” de las grandes potencias coloniales). Esto también vale para los hombres de Estado que estaban alejados del movimiento comunista, aún cuando tenían, al menos en su inicio, una gran simpatía por Octubre de 1917 y sus resultados. Después de la invasión soviética de Hungría, Nehru señala: “Los acontecimientos de 1956 demuestran que el comunismo, si es impuesto desde el exterior, no puede durar. Quiero decir que si el comunismo va contra el sentimiento nacional difuso, no será aceptado“. Por el contrario, el marxismo occidental se mostró más bien sordo a esta cuestión, incluso si, evidentemente, existen excepciones (en primer lugar Gramsci, que supo hacer suya la lección de Lenin).

Hay que reprochar a los dirigentes y hombres de Estado comunistas, no su infidelidad, sino su excesiva fidelidad a Marx y a Engels; al afrontar la cuestión nacional y campesina. Stalin (y con mayor razón Trolski) fue más “marxista” que “leninista“; en el plano teórico, su error más grave no fue el de haber dejado para las calendas griegas la extinción del Estado y del mercado, sino de no haber sabido cuestionar verdaderamente esta visión utópica de la sociedad poscapitalista. De esta forma no supo bloquear, ya veces contribuyó a estimular, la dialéctica nefasta, según la cual, durante el “socialismo real“, la ortodoxia “marxista” se transforma en un voluntarismo que contiene una carga de violencia obsesiva e inútil. Por su adhesión dogmática a una utopía acrítica, los adeptos de la teoría de una vuelta a Marx presentan como un remedio para el hundimiento que se produjo en el Este lo mismo que constituyó una de sus causas decisivas. De donde, también, el etiquetamiento expeditivo en subcapítulos de la historia del capitalismo de las tentativas de construcción, por cierto confusas y de finales imprevisibles, de una sociedad poscapitalista todavía actual en países como Cuba, China, Corea, Vietnam.

No cabe ninguna duda que para comprender la realidad contemporánea del capitalismo, hay que referirse no a Lenin o a Mao, sino a Marx. Es a él al que hay que recurrir para comprender la realidad de los crecientes costos sociales de la apropiación privada del desarrollo de las fuerzas productivas. Los brillantes análisis del Capital sobre la intensificación del trabajo y de la explotación producida por el desarrollo tecnológico capitalista nos hablan del presente, de un Occidente capitalista que ha triunfado incluso en Europa oriental, y que hace sentir fuertemente su peso en los países que todavía reivindican el socialismo. Durante todo un período histórico, el análisis marxista será el espejo crítico, no sólo del capitalismo propiamente dicho sino también de lo que existe inevitablemente de capitalismo en toda transición hacia una sociedad diferente. Pero partir de eso para liquidar como carente de significado la historia real que comenzó en Octubre de 1917, es cometer un doble error: en primer lugar, se reduce la totalidad de las contradicciones del sistema capitalista mundial a la del capital y el trabajo; lo que significa embellecer el sistema, al que también pertenece la opresión de los países más débiles (sobre todo si son ricos en materias primas), la tendencia a ahogar por cualquier medio todo proyecto, cualquiera sea, de sociedad poscapitalista; así como la rivalidad por la hegemonía entre las grandes potencias. En segundo lugar, al borrar así la historia real, se confunden los tiempos de la investigación científica y los tiempos de la acción política, la larga duración de un modo de producción y las etapas concretas, que existen en un contexto histórico concreto, de una política de emancipación. Pensar realmente el socialismo o el comunismo significa pensar la revolución de Octubre y la historia real del siglo XX, y repensar también a Marx y a Engels; sin este examen crítico, no es posible reactualizar la carga emancipadora de su teoría.

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