Gramsci y Togliatti: novedad y continuidad

mural gramsciEmpezamos una nueva semana en la que regresamos a Gramsci y al que tras la guerra, se convertirá en el Secretario General del partido comunista más fuerte de Occidente: Palmiro Togliatti. No vamos a trazar aquí las semblanzas y diferencias entre estos dos dirigentes comunistas, si no más bien como se va adaptando a la realidad política italiana de posguerra la elaboración teórica gramsciana respecto a la relación masas-política y sociedad-estado y la interpretación que de ello hará Togliatti.

Saludos.

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GRAMSCI Y TOGLIATTI: NOVEDAD Y CONTINUIDAD

Biagio De Giovanni

 

En el momento en que se estrecha la relación del movimiento obrero con el Estado, encontrando, podríamos decir, su dimensión real, es deseable que se extienda la discusión, que se desarrollen los estímulos externos e internos, que vuelvan a plantearse con urgencia y atención los grandes temas tratados ya por nuestra tradición, que se entrelacen culturas e historias diferentes en una actividad caracterizada por la confrontación y la discusión. En efecto, considerado en su marco más amplio, ¿qué es hoy este debate sobre el pluralismo y la hegemonía, el cual, a pesar de sus limitaciones, ha constituido uno de los hechos más vivos de este último año, sino el nuevo nivel de la discusión abierta por el hecho de que el movimiento obrero y el partido comunista han llegado en la práctica a medirse con la realidad del Estado italiano? De ahí la necesidad de recuperar la confianza en la posibilidad de que las ideas actúen en el interior de grandes procesos colectivos, vivificándolos. Vuelven los elementos fundamentales de la tradición, pero no como datos de una cultura lejana ni como hechos fijados históricamente en nuestra memoria, sino en la dimensión que les confiere nuestro presente, y siempre con plena conciencia de un hecho: que nuestra tradición ya ha actuado como elemento profundo de transformación de la relación entre Estado y movimiento obrero, y que cualquier proceso —hasta el más nuevo— parte de este «vínculo» que configura la relación partido-sociedad.

Volveré sobre este problema sobre todo para señalar por qué Gramsci es el comienzo real de algo nuevo, destinado a influir en toda nuestra historia posterior. Es esencial, en mi opinión, recordar que Gramsci centra el análisis de los Quaderni en la idea de la transición como proceso. Desaparece fundamentalmente el concepto de un derrumbamiento repentino de la sociedad burguesa capitalista, tanto en su versión de caída vertical e imprevista, derivada de una lectura economicista de la caída tendencial de la cuota de beneficio, como en la basada en la idea de una antítesis simple y radical entre Estado y clase obrera, de la que deriva una especie de coincidencia inmediata entre construcción del poder socialista y destrucción del Estado existente. Esta forma del análisis gramsciano pone en cuestión radicalmente tanto el marxismo de la II y la III Internacional como la forma leninista de mediación política. En el centro de la idea de la transición está el tipo nuevo de reflexión que desarrolla Gramsci sobre el Estado.

La atención de Gramsci se dirige hacia la enorme, inaudita difusión de la hegemonía. «La “conciencia crítica” estaba restringida a un pequeño círculo, hegemónico, pero ridículo: el aparato de gobierno se ha quebrado, y hay crisis, pero esta es también de difusión, lo que conducirá a una nueva “hegemonia” mas segura y estable». El texto forma parte de una reflexión que Gramsci desarrolla a partir de 1929 sobre la relación global entre Estado y masas en la fase histórica dominada: 1) por el capitalismo organizado; 2) por el fascismo, 3) por la distorsión de la situación mundial y el cambio de la correlación de fuerzas producidos por la Revolución de Octubre; 4) por la configuración de un nuevo marco estratégico para el movimiento obrero en Occidente, tras la derrota de 1919-1921. Voy directamente al meollo del problema. Con Gramsci, el movimiento obrero italiano empieza a liberarse de una concepción instrumental del Estado, de la idea de una relación rigurosa y simple entre Estado y clase dominante. Aparece un  dato nuevo de gran importancia, ausente en la tradición anterior, reflejado en la «hegemonía difusa» que Gramsci considera esencial con respecto a la crisis del viejo aparato estatal restringido. La difusión de la hegemonía coincide con la expansión del Estado e incluso con su irrupción en las conciencias. Esto no ha de entenderse, como es obvio, en un sentido idealista, como si nos refiriéramos al Estado como posible campo de unificación de las conciencias de las masas (la sociedad in interiore homine que iba construyendo por aquellos años Giovanni Gentile), sino como una referencia concreta a la extensión social y política de los aparatos institucionales y a la ampliación del proceso de reproducción en su relación con el desarrollo del trabajo improductivo y con la introducción del Estado en todos los niveles de la circulación.

Hay que aclarar de entrada que la ruptura de la relación restringida y exclusiva Estado-clase dominante no es, para Gramsci, la consecuencia mecánica de la ampliación del papel estatal en el terreno de la economía. El que el Estado esté atravesado por lo que podríamos llamar dimensión del trabajo no conduce directamente a la ruptura de su estructura restringida de clase. Es más, puede ocurrir todo lo contrario cuando el Estado que tiene su base político-social en los intelectuales y en la «gente sencilla» (en las masas) conserva su estructura  «plutocrática», como escribe Gramsci, y refuerza sus vínculos con el gran capital financiero. El analisis de Gramsci sobre el fascismo apunta precisamente en esta dirección. La relación del Estado fascista con las masas es, sin duda, más profunda que la que el Estado liberal había establecido con la sociedad civil, pero, al mismo tiempo, con el fascismo, se vuelve más  rígida la estructura de clase del Estado, se profundizan los  niveles de descomposición corporativa y se impide en todas partes la formación de una voluntad general. Los elementos de «plan» que penetran en la economía detienen, en vez de dinamizar, la relación de las masas con la política, determinando líneas de mediación extremadamente delimitadas, por las que la política discurre sólo de arriba abajo.

Se podría decir que la expansión de la relación política-sociedad no es más que una condición morfológica, y para que se convierta realmente en elemento de ruptura de la limitación de clase del Estado y del hecho de que toda su estructura esté «ocupada» totalmente por la clase dominante es preciso que intervenga un elemento directamente político que introduzca una dimensión nueva en la relación entre masas y Estado. El entramado político de la sociedad civil empieza a construirse cuando emergen los primeros elementos de recomposición en torno a la presencia política del movimiento obrero (aquí se percibe el papel decisivo de la Revolución de Octubre); entonces el ensanchamiento de la base de masas del Estado señala una posibilidad política de ruptura en el esquema de la relación exclusiva Estado-clase dominante. El elemento morfológico se especifica, en la reflexión de Gramsci, en el sentido de la constitución de un terreno democrático en el que puede desarrollarse y resolverse el enfrentamiento de hegemonías a la luz del sol. Una vez consolidado este terreno, el Estado deja de presentarse como el resultado mecánico del efecto de dominación de una clase sobre otra, y se convierte en el terreno donde se constituye la productividad política de las clases y de su antagonismo.

Examinemos con más atención estas reflexiones, pues en ellas se encuentra el verdadero elemento de novedad estratégica que impregna buena parte de los Quaderni. La respuesta «democrática», en la época en que se transforma la relación entre las masas y el Estado, no puede ser sino una: dejar entrar totalmente a las masas en el Estado, destruyendo la antigua separación que la morfología del Estado moderno pone ya en discusión. Este es el fondo general, que delimita el terreno del una nueva temática institucional y, sobre todo, el de una política de alianzas radicalmente nueva, pero el problema político de los Quaderni se desplaza a un campo mucho más analítico y específico. En primer lugar, surge el tema del partido. En este marco el punto esencial de la reflexión gramsciana reside en la percepción de que el partido es «mediador» institucional en la redefinición de la relación masas-Estado. El sentido de esta mediación es muy diferente del de la tradición liberal democrática. Esto se ha de decir y discutir hoy con extremada franqueza. Ha de recordarse que en Gramsci la mediación del partido tiene un alto grado de organicidad. No implica una mediación formal, de opinión, sino que define su función en el denso concepto de «intelectual colectivo». «Con la extensión de los partidos de masas y su adhesión orgánica a la vida más íntima (económico-productiva) de las propias masas, el proceso de estandarización de los sentimientos populares, antes mecánico y casual, se convierte en consciente y crítico… Así se forma una relación estrecha entre gran masa, partido y grupo dirigente y todo el conjunto, bien articulado, puede moverse como un “hombre colectivo”. Los partidos son, en este sentido, escuela de vida estatal».

De este complejo planteamiento ha de discutirse por lo menos un punto: no sólo la polémica, aquí implícita, pero en otros fragmentos explicita, contra el partido que se reduce a aparato y burocracia (donde se puede percibir el eco del enfrentamiento de Gramsci con la III Internacional), sino la misma idea del partido como instrumento de una recomposición social. Por eso el «príncipe moderno» es un «intelectual colectivoa», porque prepara en su interior la vida del Estado. Ahí reside la organicidad de su mediación, así como la posible rigidez de la linea de comunicación entre la sociedad y el Estado. En efecto, el problema que se vuelve explícito con Gramsci puede formularse así: cómo organiza y dirige el príncipe moderno la relación entre clase obrera y democracia. Los fuertes elementos de recomposición presentes en el partido, su movimiento, siguiendo una linea ascendente, desde la vida más intima (económico-productiva) de las masas hasta su penetración en la vida del Estado, son los que organizan la relación entre príncipe moderno y democracia. Se ha de prestar, sin embargo, suma atención a un punto: no es suficiente centrarse, como han hecho Bobbio y Salvadori recientemente, en este aspecto fuertemente hegemónico de la función política del partido para concluir que la articulación pluralista de la sociedad moderna no está en condiciones de sostener sobre sus espaldas a ningún príncipe demasiado excluyente. El problema existe, pero la cuestión es, sin duda, más complicada, y nos conduce a un terreno determinado por relaciones reales. El partido se define como escuela de democracia (y Estado en formación) respecto de un Estado-coerción que ha resuelto de forma «autoritaria» su propia relación con las masas. Es el mediador del paso del Estado como aparato de coerción al Estado democrático, y refleja la idea de que este paso sólo es posible y realista recomponiendo la relación entre vida económico-productiva y vida política. La insistencia de Gramsci en el carácter «de proceso» de todo esto, en los elementos de «formación» de este conjunto, no es una concesión a la inmadurez de los tiempos ni representa la medida de una derrota, la sufrida en Europa por el movimiento obrero entre 1919 y 1921. Está estrechamente relacionada con la constitución más amplia y no instrumental del terreno de la democracia como campo de determinación de la relación transformada entre las masas y el Estado.

No obstante, en Gramsci la definición del partido como «nomenclatura de clase» expresa el concepto de «rigidez» de la clase y de un carácter muy definido de sus contornos históricos. El «desarrollo», la «extensión» y la «universalización» de la clase llevadas a cabo por el partido implican, por supuesto, una organización democrática de aquella relación, una elaboración y definición de los vínculos con la sociedad, pero el que estos vínculos se conciban como una extensión de la clase significa que en esta fase la reflexión gramsciana no se plantea todavía la transformación radical de la relación masas-política. Si el partido es el reflejo de la clase, la universalización de la clase por obra del partido parece imposibilitar el pluralismo político, a menos se le conciba como mero enriquecimiento interno del partido. Por el movimiento de la clase-partido pasa un tipo de hegemonía que se afirma ampliando el «espíritu de escisión» a las clases aliadas potenciales. Escribe Gramsci: «¿Qué puede contraponer una clase innovadora a este conjunto formidable de trincheras y fortificaciones de la clase dominante? Es espíritu de escisión, es decir, la adquisición progresiva de la conciencia de la propia personalidad histórica, espíritu de escisión que ha de tender a ampliarse de las clases protagonistas a las clases aliadas potenciales».

Considero que tiene gran importancia, porque constituye un «viraje», el paso de Gramsci a Togliatti en el terreno del partido en los años inmediatamente posteriores a la inauguración de la política de Salerno. Escribía Togliatti: «Los partidos son la democracia que se organiza. Los grandes partidos de masas son la democracia que se afirma y conquista posiciones que no se perderán ya nunca más». Hay que dar, en mi opinión, una importancia decisiva a este fragmento: del partido como nomenclatura de las clases a los partidos como «la democracia que se organiza». Entre las dos formulaciones hay acontecimientos que deciden sobre la validez histórica de nuestra tradición y la especificidad del análisis y de la iniciativa política: 1) el éxito del fascismo en el momento de la reflexión de Togliatti, comprendida sobre todo entre 1928 y 1935; 2) la revolución española, con el ensayo que Togliatti le dedica en 1936; 3) la Resistencia italiana y europea y la fase constituyente de la República. Se trata de acontecimientos y de una serie de reflexiones que conducen a afrontar el tema decisivo del pluralismo político. Me propongo aquí reconstruir el problema desde este punto de vista. No es casual que la atención teórica de Togliatti se dirija en gran medida, en los escritos comprendidos entre 1944 y 1947, hacía los partidos como organización de la democracia. Mi impresión es que en la terminología escogida se delinea una interpretación muy rica de la primacía de la política en una fase histórica caracterizada en Italia por un tipo de experiencia colectiva que introduce en la relación masas-política una iniciativa decisiva del movimiento obrero.

¿A qué me refiero al hablar de una nueva interpretación de la primacía de la política? Intentaré explicarme con un ejemplo que me parece muy significativo. Cuando Gramsci, en 1919, analiza la forma en que el Partido Popular introduce a las masas católicas en una relación nueva con la política, sacándolas de su aislamiento, define esta relación partido-masas como un paréntesis, una etapa necesaria, en el movimiento progresivo de las masas hacia la conciencia y la organización socialistas. «El catolicismo entra así en competencia, no ya con el liberalismo, ni con el Estado laico, sino con el socialismo; se coloca en el mismo terreno que el socialismo, se dirige a las masas como el socialismo, y será derrotado, será expulsado definitivamente de la historia del socialismo.» «Los populares son a los socialistas lo que Kerensky a Lenin.» Volveré más adelante sobre el tipo de reflexión que desarrolla Gramsci acerca de los católicos en la elaboración de los Quaderni , pero el planteamiento de 1919 es sintomático, a mi modo de ver, de un estado de ánimo bastante permanente.

Pasemos ahora a la polémica entre Togliatti y Dorso en las columnas de Rinascita en 1944. El tema es el Mezzogiorno campesino y pequeño-burgués, apresado en las redes del transformismo de la clase política que se dispone a recoger vorazmente la herencia del fascismo. ¿Qué hacer para salir del círculo de hierro de esta condición? No voy a recordar aqui los pormenores de la polémica, en la que el pesimismo dorsiano y el jacobinismo de sus soluciones se entrclazan con la atención que dedica Togliatti a la forma en que ha de constituirse la relación entre masas y política en el Mezzogiorno. Reproduciremos el fragmento central, que contiene un elemento teórico de gran importancia. «Vemos fundamentalmente —escribia Togliattiuna sola solución, que consiste en unir a la intervención desde arriba, para impedir el renacimiento de las viejas fuerzas reaccionarias, la acción incansable desde abajo para dar un desarrollo nuevo, arrollador, grandioso, en todo el Mezzogiorno , a los grandes partidos antifascistas de masas.» Esto tiene un sentido notablemente distinto del texto gramsciano. No es sólo la validez histórica de esta relación (los partidos antifascistas de masas), sino, más en general, la expansión inaudita de su espacio político, lo que Togliatti concibe como el elemento impulsor de la nueva democracia meridional. Se redefine una determinada interpretación de la primacía de la política y de su papel efectivo de ruptura. En cierta medida, sobre la que se debe discutir, podemos decir que To- gliatti se aleja de la concepción gramsciana del proceso como paréntesis (del partido popular a la conciencia socialista) e in- siste en la simultaneidad de la convergencia de los partidos antifascistas hacia la definición del nuevo marco de la democracia italiana, aunque, evidentemente, ello no diluye las diferencias entre los partidos que se organizan en torno a una estrategia de transformación de las relaciones entre las clases y la dirección moderada que predomina en otros. El pluralismo político es necesario en esta perspectiva, mientras que no lo era en la dinámica de acumulaciones progresivas, y casi podríamos decir de «superaciones» sucesivas, prevista por Gramsci en el artículo publicado en el Ordine Nuovo. El punto decisivo es ahora la unidad de los grandes partidos de masas. Esta cita muestra que no sería estéril profundizar, más allá de lo que he desarrollado yo, una comparación entre la formulación gramsciana y las tesis expresadas por Togliatti en 1944. Pero no una comparación abstracta, pues una cosa es el Partido Popular y otra la Democracia Cristiana al terminar la segunda Guerra Mundial. Una cosa es el partido de las masas campesinas meridionales y otra el partido que se dispone a definir su papel dirigente en una Italia que hay que reconstruir. En medio, el fascismo y su caída catastrófica determinan una transformación del terreno de la democracia y de la profundidad de sus implicaciones. También es cierto que en esta fase decisiva de la historia se rompen algunas continuidades y la teoría reconstruye de forma profundamente renovada su propio objeto. No me voy a detener a señalar el grado de consciencia que tenía Togliatti de esta transformación, en gran medida desde las intervenciones de 1928. El punto que quiero desarrollar es otro. En este terreno, el pluralismo político se convierte ante todo en una respuesta general a la caida del fascismo. Una respuesta densa, cargada de implicaciones teóricas. Si el eje es la transformación profunda de la relación entre las masas y el Estado, la centralización restringida de la política (cuya expresión había sido en Italia el fascismo) se considera un terreno imposible para la construcción de la democracia. Influye, en mi opinión, de un modo más profundo y sobre todo políticamente más visible —después de la lucha de masas de la Resistencia— la forma en que empieza a transformarse en Italia la relación entre el Estado y las clases. Ahora la indicación deriva de hechos que consiguen emerger hasta el nivel de relaciones precisas, históricamente determinadas, entre los partidos políticos de masas. El paso directo, explicito, del partido como «nomenclatura de las clases» a los partidos como «organización de la democracia» tiene, a mi entender, sobre todo este significado. La desaparición, por lo menos parcial, de ciertas tendencias a la instrumcntalización; la introducción del pluralismo político (por primera vez, en este sentido concreto) en la estrategia del movimiento obrero italiano; la definición de un marco teórico en el que la irrupción de la clase obrera en el Estado, al tiempo que excluye que éste «sea la proyección mecánica, en el plano político, de los intereses de una sola clase» (Vacca), redefine también la relación políticamente más visible, la del partido comunista con el Estado.

También en el partido, en medida cada vez mayor, capaz de romper la rigidez de la relación partido-clase, se introduce, de forma directa o indirecta, la complejidad de la vida social. La visión de las relaciones entre los partidos se refleja en la concepción del «partido nuevo», y viceversa. El partido como organización de la democracia amplía la relación de las masas con la política, haciendo que se filtren continuamente hacia abajo elementos del Estado, rompiendo las lineas clásicas de separación entre Estado y sociedad civil. Esto significa que este desarrollo en la teoría de los partidos alcanza también el terreno de la relación partido-clase, en la medida en que sigue al comienzo de una real disposición de alguna manera «participativa» de las clases en el terreno del Estado. Los partidos antifascistas de masas, tal como se constituyen a la caida del fascismo, se convierten en el instrumento real de la extensión de la democracia, porque abren los caminos históricamente posibles de relación masas-Estado.

Creo que hay que reconocerle a Togliatti el mérito teórico de haber puesto en marcha este replanteamiento de la función del partido y de la relación entre partido y Estado. Entre Gramsci y Togliatti no hay aquí una continuidad lineal. Pero en esta discontinuidad de la tradición se ensambla otro elemento decisivo: se inicia un cambio de importancia en el análisis de la relación entre el mundo católico y la sociedad italiana. Es un terreno delicado, sobre el que volveré en la última parte de esta ponencia. El punto de este cambio sobre el que se puede ahora centrar la atención es el hecho de que el centro de la estrategia no contesta a la pregunta de cómo hay que cambiar la conciencia de las masas católicas, sino a la de cómo se pueden potenciar y profundizar las contradicciones presentes en la relación de las masas católicas con la política, en un momento en que la dirección política de los católicos constituye en gran medida el baluarte de una interpretación moderada del proceso italiano. No se trata sólo de una concesión en aras del realismo político, sino de algo que se relaciona con el discurso anterior, tanto en la visión del sentido diferente que la dirección del movimiento obrero da a la irrupción de las masas católicas en el escenario político italiano como en lo que se refiere a una relación posible entre consciencia católica y democracia de masas. Tema este sobre el que empiezan a detectarse, a partir sobre todo de la segunda mitad de los años cincuenta, otros momentos de «viraje».

Los elementos que pueden determinar «teóricamente» las caracteristicas del pluralismo político en una situación como la italiana se empiezan a acumular sobre todo al final de los años más difíciles, entre 1948 y 1953-54. En este terreno, la Declaración programática del VIII Congreso constituye otro punto decisivo de análisis que «concretiza», como ha escrito recientemente Ingrao, la profunda novedad de 1944. En aquella Declaración se encuentra la argumentación más clara de la elección no instrumental del pluralismo político por parte del partido comunista. Es, pues, un documento fundamental de nuestra historia. Y su fecha, 1956, permite reflexionar serenamente sobre qué significó entonces nuestra crítica del estalinismo y la interpretación de nuestra relación con la URSS. En efecto, sobre el camino emprendido en 1944 continuó pesando de forma incluso dramática (piénsese en el episodio yugoslavo) aquella especie de profunda divergencia entre elección nacional y modelo internacional que influyó, sin duda notablemente, en la forma en que nuestra elección fue acogida por las grandes masas de militantes, en su conciencia, en su iniciativa cotidiana. Quiero decir que la «duplicidad» de la que habló el propio Togliatti estaba profundamente arraigada en esta divergencia entre teoría política y modelo y lastraba pesadamente al conjunto del partido, limitando la constitución de un sentido común de masas sobre las instituciones democráticas. Y en el fondo, bien mirado, este hecho tenia una razón profunda. Aunque la opción tomada en 1944 con el viraje de Salerno era clara, se seguía en cierta medida sobreentendiendo una relación entre democracia y socialismo que implicaba el paso, más allá de cierta fase, del pluralismo al monolitismo. Desempeñaba un papel decisivo la respuesta de las clases dominantes para aislar a la clase obrera del Estado. La imagen real de la sociedad socialista (la URSS como modelo, su historia y la dirección de Stalin) se reflejaba ademas en el análisis de nuestra sociedad y en la relación entre alianzas en la fase de transición y gestión del poder en la fase en la que la clase obrera conquista el Estado. El VIII Congreso es, en este sentido, un gran momento de liberación. Y la crítica a Stalin y sus efectos no han de buscarse sólo en el nivel teórico, por fundamental que fuera, que Togliatti definió en la entrevista de Nuovi argomenti, sino en la forma en que empezó a cambiar, aunque dentro de limitaciones profundas, la relación entre partido y sociedad y la misma historia interna del grupo dirigente comunista.

El que este conjunto de elementos no apunten en una dirección instrumental no implica un tipo de análisis de la sociedad y de la fase política como suavización de la lucha de clases. La nueva relación entre clases y Estado es, más bien, la determinación de un nivel históricamente definido. El que las clases estén, por decirlo de alguna manera, en el Estado, y este último no refleje ya un efecto mecánico de dominación de una clase sobre la otra significa que la lucha entre las clases se difunde cada vez más en el interior de este entramado, transformando en profundidad sus propias características. La lucha de clases se manifiesta como lucha por la hegemonía, con una fuerte presencia de elementos «institucionales» y de «generalidades» en el enfrentamiento. La contradicción fundamental pasa a través de las clases, distorsiona su antigua estabilidad. En algunos aspectos, las contradicciones se vuelven así todavía más radicales, menos amortiguables, pues afectan al gran tema del control del desarrollo, de la relación concreta entre clase obrera y Estado. En los tiempos decisivos del VIII Congreso, la estrategia de las reformas de estructura puede definirse como la elaboración necesaria para la lucha de clases en las instituciones. Es el momento en que nuestra política de alianzas, especialmente en lo que se refiere a las capas medias urbanas, empieza a salir de la referencia general a la necesidad del socialismo para abordar el tema concreto de las reformas, de forma que el terreno del enfrentamiento pasa a ser el terreno real de la construcción de un nuevo Estado. El pluralismo político, considerado desde el punto de vista del movimiento obrero, conduce así a una intensificación de la lucha por la hegemonía. No es, evidentemente, casual que precisamente entre 1957 y 1958 la propuesta de una lectura «política» de Gramsci, lanzada sobre todo por los meditados informes de Togliatti, resaltara sobre todo la imagen de Gramsci «fundador de Estado» y la relación estrechísima e innovadora que establece entre teoría y política, rompiendo con la tradición intelectual italiana. Este es un punto clave de nuestra elaboración, que vuelve a centrarse, aunque indirectamente, en el tema de la hegemonía. En efecto, el sentido de la lucha por la hegemonía tiene ahora un carácter muy concreto. Se trata, en la fase ascendente de la estrategia de las reformas (años sesenta), de una batalla encaminada a un acercamiento entre economía e instituciones. Nuestra oposición al centro-izquierda en aquellos años tiene su origen sobre todo en la convicción de que en aquella estrategia el eje de programación no se articula en torno a esta exigencia. Se vuelve cada vez más orgánica la convicción de que, dado el marco de la batalla, este «acercamiento» solo puede producirse a condición de que  no se restrinja a ningún nivel el terreno general de la relación entre masas y política. La estrategia democrática se ensambla cada vez más claramente con la estrategia socialista. De 1950 a 1960 desaparecen progresivamente las «dos fases» del movimiento obrero. La necesidad del pluralismo político se redefine en este marco real, que, no obstante, conserva una fuerte tensión en torno a la necesidad de una recomposición de la sociedad, encontrando aquí su elemento específico.

La estrategia del compromiso histórico, definida en los artículos publicados en Rinascita por Enrico Berlinguer después de la catástrofe chilena, introduce una dimensión nueva en la relación entre movimiento obrero y Estado en nuestro país. La fase teórica que se abre en 1973 es, en este sentido, una etapa de novedades muy pronunciadas, vinculadas a nuestra interpretación de los acontecimientos derivados del 68 y aceleradas por los hechos políticos comprendidos entre 1974 y 1976. La novedad de la fase teórica reside ante todo en el carácter concreto y positivo de la propuesta política dirigida a las otras grandes fuerzas políticas del país. La amplitud de la unidad antifascista, como terreno del pluralismo político, se define y se desplaza de campo, pues la «2ª etapa de la revolución democrática y antifascista» se interpreta como apertura de un periodo en el que el punto sobre el que converge la iniciativa general es la introducción de «elementos de socialismo» en la sociedad italiana.

La dimensión real que la estrategia del compromiso histórico le confiere al problema reside, pues, en que define de forma políticamente visible la relación entre movimiento obrero y Estado, o, mejor dicho, gobierno, volviendo a introducir vigorosamente el tema y la función de la hegemonía («los elementos de socialismo»). Cambia el propio tipo de debate político en Italia, en la fase caracterizada por la aproximación del movimiento obrero al Estado y al gobierno. Se definen también las respuestas que llegan de otras partes. Pero sobre esto propondré mas adelante algunos elementos de reflexión. Creo que ante todo hay que señalar que en los principales documentos del partido sobre la mencionada fase (a partir, sobre todo, del XII Congreso) se vuelve a plantear una interpretación de la situación italiana en términos de lucha por la hegemonía. En este sentido la actualidad de Gramsci es muy clara, y podríamos hablar de la necesidad de una vuelta a la reflexión y a la elaboración del partido sobre los grandes campos de investigación indicados en los Quaderni. El carácter difuso de la hegemonía —la salida de la conciencia crítica de los aparatos restringidos, con todos los problemas que esto plantea en relación con la constitución de una conciencia de masas; la crisis en la reproducción de las capas intelectuales y en los aparatos ideológicos; la relación radical, que se ha establecido también en tiempos muy recientes, entre crisis y hegemonía; el avance del movimiento obrero dentro y fuera de las instituciones, de forma que la temática de la relación instituciones- masas emerge como eje central frente a los planteamientos, presentes también en el área de la izquierda italiana, que retroceden a un análisis meramente económico de las fuerzas que actúan en la sociedad italiana. Este denso bloque de problemas parte de la tradición de los Quaderni, y de la ruptura que esta tradición provoca en Italia con toda una fase histórica de la relación entre movimiento obrero y Estado. Los nuestros no son tiempos adecuados para aferrarse al pasado, pero Gramsci sigue siendo profundamente actual en nuestra búsqueda política. Sorprende ver cómo, por medio de una utilización abstracta de categorias desvinculadas de la historia y la política real (el pluralismo, por ejemplo, como forma ideal sin referencias históricas concretas) se pretende descalificar la complejidad de los problemas planteados por Gramsci.

Este reconocimiento (no canónico) de la validez de Gramsci no implica por nuestra parte pereza alguna. Ya he indicado al principio unas cuantas razones, algunas de ellas profundas, por las que la elaboración del partido ha dejado muy atrás la época de Gramsci, y creo que ahora se puede volver a reflexionar con más calma sobre estas diversidades y discontinuidades partiendo precisamente de esta pregunta central: ¿cuáles son hoy nuestras relaciones con el núcleo central de la teoría de la hegemonía? La estrategia del compromiso histórico proporciona el terreno general de esta respuesta, pues, de una manera mucho más franca y directa, como consecuencia de la fase histórica por la que está pasando nuestra relación con el Estado, pone en evidencia —superando los residuos de duplicidad- que la hegemonía del movimiento obrero pasa hay por la potenciación del pluralismo político. Una propuesta de dirección de la sociedad italiana durante un período largo dirigida a fuerzas diferentes (con su propia historia y su propia elaboración) está destinada a hacer avanzar mucho más nuestra elaboración del pluralismo político. Libera al partido de toda tentación residual de duplicidad. El enfrentamiento de las hegemonías se produce también a través del pluralismo.

¿Qué significa todo esto en concreto? Veamos algunos puntos de la elaboración que el partido ha ido desarrollando a lo largo de un arco de tiempo muy amplio: 1) la función de la hegemonía no se disuelve ya en la identificación entre partido, sociedad y Estado; 2) el pluralismo no se limita ya solo al de las fuerzas sociales y los movimientos de masas, aunque este tema sigue teniendo una importancia fundamental e incluso va adquiriendo mayor peso a medida que desde el interior de estos niveles «sociales» emergen formas de consciencia directamente políticas; 3) no basta con decir que la hegemonía es de la clase y no del partido, porque el punto central es el de cómo la hegemonía de la clase se contradice a si misma al traducirse en hegemonía del partido.

En realidad, nuestros interlocutores liberal-democráticos, en la polémica que se ha desarrollado en estos meses, tienen ya su respuesta preparada, pero ésta, por su evidente carácter malintencionado despierta en el oyente una desconfianza instintiva. La respuesta es esencialmente la siguiente: el pluralismo político está más allá de la hegemonía, en el sentido de que una sociedad pluralista no es función de ninguna hegemonía partidista, ya que la hegemonía se disuelve en la realidad del pluralismo. Este es por lo menos el núcleo de las argumentaciones de Norberto Bobbio, desarrolladas después todo por las intervenciones de Alberoni en el Corriere della Sera (y estos autores tienen detrás a un amplios sector de la cultura liberal-socialista). En este terreno, las elaboraciones internas del partido han puesto el acento en  un aspecto central del problema: no existe pluralismo en abstracto, si no que a través del pluralismo de la propia sociedad burguesa pasa un  tipo de hegemonía históricamente determinada que no ha vacilado en abolir la misma forma política del pluralismo cuando ésta tendía a convertirse en un obstáculo objetivo para el ejercicio de la hegemonía. Naturalmente, esta respuesta tenia para nosotros —-permitidme que lo diga— un meditado grado de obviedad. Detrás está el Marx de la Cuestion judía, y, por consiguiente el comienzo de una tradición de la teoría política todavía viva y adecuada para el análisis de los problemas de la sociedad actual. Y está, sobre todo, la Idea de una relación profunda (nunca explícita en escritores como Bobbio y Salvadori, lo cual tiene su lógica) entre formas políticas y modo de producción, otra de nuestras quimeras marxistas, que, sin embargo, no parece fácil expulsar de la interpretación de la estructura moderna del mundo. La historia moderna se desarrolla y se interpreta en términos de hegemonía, y la propia teoría clásica del pluralismo lo confirma claramente. Quizá resida precisamente aquí la impresionante actualidad de Gramsci.

Partiendo de los términos efectivos a los que ha llegado hoy el debate, del interior de nuestra reflexión y de una relación, también aquí meditada, con nuestra historia, se puede intentar enunciar algún elemento de análisis. Definir el campo del enfrentamiento de las hegemonías a través del pluralismo significa trasladar al terreno inmediato de la política todo lo que está implícito en la transformación que se ha producido en la relación entre el Estado y las clases, en una situación concreta en la que el movimiento obrero lleva la iniciativa política. Demos otro paso adelante. El carácter concreto de esta situación contiene la posibilidad de una expansión enorme de la relación democrática entre las masas y el Estado. Aquí el pluralismo tiende a seguir una ley distinta, que despliega totalmente la potencialidad histórica contenida en la transformación de las relaciones entre las clases. Resumiendo en un punto esquemático, pero sin duda significativo, el pluralismo actúa aquí a la luz de un posible proceso de recomposición de la sociedad, y no en la perspectiva de su atomización programática. En mi opinión, los términos de la iniciativa política y del debate teórico se concentran hoy en gran medida en torno a este punto.

Sólo un ejemplo, sacado del debate teórico. Cuando Alberoni habla de la democracia como «disidencia institucionalizada» (quiero subrayar este carácter orgánico que le confiere a la disidencia), está pensando en una sociedad orgánicamente dividida, y, como la división orgánica pasa por relaciones de dominación de clase, en realidad está pensando en una sociedad anclada en la relación exclusiva entre Estado y clase dominante. Consciente o inconscientemente, en Alberoni hay un análisis del Estado en el que el análisis pluralista llevado a sus extremos (la democracia como «disidencia institucionalizada») coincide con la máxima concentración de una hegemonía de clase sobre el Estado. Esto no significa despreciar el peso decisivo de la disidencia, sino dudar de que ésta pueda ser el alma de la relación masas-instituciones, si la disidencia, y no es un juego de palabras, se convierte en «la institución» por excelencia de la democracia.

Y ahora un ejemplo significativo en el terreno del debate y de la iniciativa politica. Desde que el movimiento obrero aparece organizado en el escenario de la historia —y, si queremos ceñirnos a épocas más cercanas de nuestra historia, desde el momento en que se formula orgánicamente la estrategia de reformas de estructura en el VIII Congreso del partido— se pone en evidencia, y se convierte en principio de iniciativa real, la imposibilidad de una ruptura puramente política del carácter de clase del Estado. Esta ruptura es fundamental, pero no es suficiente, y, si queda aislada, tiende a introducir, a partir de cierto momento, elementos de regresión. La razón es evidente, tiene bases perfectamente objetivas.

La ruptura de la relación exclusiva e inmediata entre Estado y clase dominante sólo madura a través de la introducción en el entramado de poder del Estado de elementos de programación democrática de la economía capaces de ampliar la relación entre productores directos y política. En este terreno se plantea la dimensión real de la transformación del entramado morfológico del Estado, y es también el punto en el  que se redefine el entrelazamiento entre hegemonía y pluralismo. Permite comprender la especificidad de nuestra visión del pluralismo en lo referente al tema de una transformación radical de la sociedad y de las relaciones entre las clases. Los elementos de recomposición de la relación economía-instituciones tienden, en efecto, a desplazar el acento de una visión de la democracia como disidencia institucionalizada (continúo utilizando este término, que me parece más comprehensivo para unificar la terminología de los politólogos italianos) a una idea de democracia como organización de la relación entre masas, producción y política. Llegados a este punto, sin embargo, cabe volverse a preguntar: ¿por qué el pluralismo? ¿No es de hecho este tipo de democracia ejercicio de hegemonía sin pluralismo? No volveré sobre los elementos generales de este discurso, que he tratado de delimitar antes en torno a tres  y hitos de nuestra historia: 1944, la Declaración programática  y la estrategia del compromiso histórico, El carácter orgánico del pluralismo en esta concepción de la democracia se define en dos vertientes que clasificaré por separado, aunque están profundamente entrelazadas:

1) El enorme enriquecimiento del pluralismo social implícito en esta concepción, en la que se vuelve a poner en movimiento la inteligencia social hoy separada y dispersa en las descomposiciones, en la improductividad, en el desaprovechamiento. La crisis del capitalismo ha llegado tan lejos, en nuestro país y en todo el mundo, que estos son los problemas reales ante los que se encuentra su historia.

2) El hecho de que hoy el pluralismo social se vierte y se expresa en el pluralismo político, en las formas políticas a través de las cuales se organizan ideas, aspiraciones y sentimientos generales y la misma vida de grupos y de capas socia» les, más allá, quizá, de la propia estructura tradicional de los partidos. Todo elemento de detención de este proceso, toda obstrucción del camino, constituye un factor de restricción de la irrupción de las masas en el terreno de la relación democrática con las instituciones, de retroceso de la propia vinculación entre el movimiento obrero y el Estado.

En este marco hay que valorar también la dimensión histórica de nuestra relación con la tradición de la democracia política y con los puntos álgidos de la democracia liberal moderna. Creo que la elaboración del partido encuentra una expresión correcta en el concepto que ha enunciado no hace mucho A. Asor Rosa de la forma siguiente: el movimiento obrero no es solamente el heredero de la filosofía clásica alemana, sino que, de alguna manera, es el heredero mismo de la burguesía. El tipo de ataque contra nuestra tradición teórica que lanzan hoy los intelectuales italianos más representativos de la visión clásica de la democracia no ha de hacer perder de vista este punto central. 

Si no fuera porque supone un riesgo de esquematismo, propondría la siguiente formulación: hemos reconquistado plenamente el concepto de democracia política (y digo reconquistado porque la Cuestión judía, el comienzo de nuestra tradición en teoría política, se proponía como objeto la realización de la democracia política, no su negación), pero detectando, en el actual estadio de desarrollo de la historia de nuestra sociedad, la posibilidad de relaciones nuevas entre masas y política, relaciones capaces de potenciar el pluralismo sin basarse en la descomposición programática de la sociedad. Aquí reside nuestra originalidad teórica, que reivindicamos enérgicamente, y nuestra relación con una tradición teórica que ha crecido y ha conquistado su fisonomía inconfundible precisamente en torno a este tema. Es en este punto más alto de unidad donde la hegemonía compite con el pluralismo, pero ambos términos se necesitan mutuamente, y todo esfuerzo por separarlos conduce al análisis a un callejón sin salida. En esta visión de la politica reconocemos sin reservas la aportación plena a la clarificación de este marco general que dan los grandes filones de la tradición laica y democrática, en los cuales se reconocen fuerzas decisivas de la sociedad italiana, hasta el mismo PSI. Pero en esta tradición autónoma nosotros introducimos la consciencia de que es necesario alcanzar un nivel nuevo, que empieza a ser real en el momento en que grandes masas de hombres desbordan los límites dentro de los cuales se les había organizado y comprimido, para entrar en lo que Marx llamaba el «ciclo» del Estado.

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