Ocaso y vigencia del ¿Qué Hacer?. Algunas hipótesis molestas

Lenin1-5Queda claro que mientras no nos inventemos otra cosa, en las sociedades actuales hemos de convivir con “la representación política”. Y como tantas otras cosas también se encuentra inmersa en una crisis. La entrada de hoy comienza reflexionado sobre esto mismo, la crisis de la representación política, para dar paso al análisis de la obra de Lenin, ¿Qué hacer?, y la importancia del papel del periodismo. Publicado originalmente en el nº 11 de la revista Periferias, la compartimos hoy aquí…

Salud. Olivé

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OCASO Y VIGENCIA DEL ¿QUÉ HACER? ALGUNAS HIPÓTESIS MOLESTAS

Esteban Rodríguez

“Conservar el poder le resultaba más importante que cambiar el mundo.”
“La revolución y el Partido no eran la misma cosa, como creían algunos.”
Friedrich Dürrenmatt, La caída.1
“¡Ahí está vuestra ley de los precedentes; ahí está vuestra utilidad de las
tradiciones; ahí está la historia de vuestra supervivencia obstinada de
viejas creencias jamás cimentadas en la tierra; y que ahora ni siquiera se
ciernen en el aire! ¡Ahí está la ortodoxia!”
Herman Melville, Moby Dick.

 

1. La representación en crisis

La pregunta por la Argentina contemporánea es la pregunta por la crisis de representación, una crisis que pone bajo cuestión el paradigma de la representación, la lógica que auspicia organizar lo político más allá de lo social o lo social más acá de lo político. Durante casi dos siglos, política y sociedad fueron términos separados aunque articulables a la vez (fuera a través de los partidos políticos, que es la forma que depara la política para la sociedad, o al revés, la forma que asume la sociedad cuando incurre en la política; fuera a través de la prensa, que es la forma de imprimirle notoriedad, hoy diríamos transparencia, a lo que tiende a ser público). Lo propio de la representación es la escisión entre Estado y sociedad, entre lo público y lo privado, entre sociedad política y sociedad civil. Se sabe, el pueblo no deliberaba ni gobierna sino a través de sus representantes; las personas no podían intervenir en la búsqueda de soluciones a los problemas que las aflijen. La representación, al autonomizar lo político respecto de lo social, estaba por añadidura despolitizando la sociedad hasta mercantilizarla, puesto que para eso mismo hacía falta la autonomización de lo político: so pretexto de garantizar la concordia, lo que se estaba reasegurando era la autonomización de lo económico, hasta reinventar la sociedad desde la lógica del mercado (“el mercado se autoequilibra”, “el Estado no interviene”, etc., etc.). Con la autonomización de lo político se estaba expropiando la vida para dejarla “librada” (expuesta y sujeta) a las leyes del mercado. En suma, la despolitización de la sociedad coincide (y no es casual) con la mercantilización de las relaciones sociales.

2. La izquierda liberal en crisis

La crisis de representación no es un tema que escapa a la izquierda, si se nos permite nombrar de esta manera lo que ya no sabemos muy bien de qué se trata, y si vale la pena seguir hablando a partir de esta coordenada (geografía). Durante todo el siglo XX (y un poco más atrás también, quizá desde el Programa de Gotha del Partido Obrero Alemán) a nuestra fecha, la izquierda sea la que optó por la vía electoral, o la que se embarcó en la vía insurreccional o giró hacia la vía armadaorganizó su intervención desde la lógica de la representación; es decir, tomando también como punto de partida la separación entre política y sociedad. Con ello, y retomando lo que dijo alguna vez Althusser (mucho antes de que los argentinos nos maravilláramos o indignáramos hasta el linchamiento, depende el interlocutor que se trate, con Holloway o Negri), la izquierda en general y el PeCe en particular “reproduce la práctica burguesa en su propio seno”.

Vale la pena detenerse en esa frase parricida, si se tiene en cuenta que la pronuncia como miembro del Partido allá por 1978. Se pregunta Althusser: ¿En qué consiste entonces reproducir la práctica política burguesa en su propio seno? En tratar a los militantes y a las masas como a otros, a los cuales la dirección hace realizar su política, en el más puro estilo burgués. Basta con dejar actuar todo el mecanismo interno del partido, que reproduce espontáneamente la separación entre la dirección y los militantes; y la separación entre el partido y las masas. La dirección utiliza entonces dicha separación en beneficio de su política: su práctica política tiende a reproducir la práctica burguesa, en la medida en que actúa separando la dirección de los militantes y el partido de masas.2

Puede que ese giro, que será también un salto, el salto que va de la participación a la representación, de la comuna al Estado, sea la síntesis que haya extraído la socialdemocracia alemana después de la derrota de la comuna parisina de 1871. Pero lo cierto es que cuando el socialismo abandonó la comuna como forma de organización, donde política y sociedad eran términos inseparables,3 para poner la atención en el Estado como el instrumento para producir el cambio social; al hacerlo, y a lo mejor sin querer, estaba reproduciendo al interior de su propia experiencia la lógica que durante casi un siglo venía auspiciando la burguesía. Para decirlo muy rápidamente, si la pregunta por el cambio social es la pregunta por el Estado, la pregunta por el Estado; será la pregunta por la toma del poder, y la pregunta por el poder, la pregunta por el partido, un partido que esté a la altura de las circunstancias. Una pregunta lleva a la otra como un juego de espejos. Hay una secuencia, que a veces será mecánica (o evolutiva) pero otras veces resultará mágica, que se mantiene a lo largo del siglo XX: la que conecta al partido con el Estado (a través de la elección, la revolución o la insurrección) y al Estado con el socialismo. De ahí en más, la política se separaba de la sociedad hasta reconstituir a los términos en sujeto y objeto respectivamente. La acción quedará acotada a aquellos que tenían la posibilidad de trazar la estrategia, de fijar la supuesta línea correcta. La inteligencia optaba por autonomizar lo político desde el momento que el proletariado no sabía qué hacer ni cómo hacer.

Lo anterior repetimosnos lleva a decir que la crisis de representación involucra también a la izquierda tradicional, a todas aquellas vertientes que pensaron su inscripción sobre la lógica de la representación. Una crisis que involucra pues no solamente al PJ o a la UCR, sino también a gran parte del espectro de la izquierda argentina.

3. Consignas que reclutan. La política como obediencia debida a la línea correcta

¿Qué hacer? es la pregunta retórica que se formula cuando se sabe de antemano la respuesta, la línea correcta. Será entonces una pregunta tramposa, puesto que postulándose como duda, se transforma en certeza con el correr de las páginas. No se interroga porque se tengan dudas, sino porque se conoce de antemano la respuesta. Y la respuesta que se intuye se nos presentará de un modo cerrado.

Algunas ediciones quizá más honestasdel ¿Qué hacer? de Lenin optaron por suprimir los signos de interrogación a la consigna. Subsiste el acento y con ello se mantiene la entonación de la pregunta; pero de ahora en más, será una pregunta que no se anima a formularse del todo, que titubea, que no anima a entonarse.

Bastará reconocerla como pregunta para después desapercibirla como tal. Porque de alguna manera, Lenin hace trampa: cuando hace pasar una cosa por otra, cuando disfraza la respuesta de pregunta, subestima al interlocutor que pretende convocarse en el mismo acto. Porque cuando la respuesta adopta el temperamento y la entonación de la pregunta, se lo hará con pretensiones pedagógicas, de ganarse lectores que son interpelados como a la deriva. Y esa vocación militante, por momentos con ribetes filantrópicos (sarmientinos, diríamos en la Argentina), nos está diciendo, por añadidura, que si se puede formular la pregunta, es porque de alguna manera se está conociendo la respuesta de antemano.

El lector sospecha enseguida el enroque cuando corrobora las casi 200 páginas que siguen. Una pregunta no puede demandar esa cantidad de páginas. De modo que si se decide iniciar su lectura, lo hará con la convicción de encontrar algo más que una pregunta bien hecha. No se escriben, dijimos, doscientos y pico de páginas para no decir nada, o para decir aquello que puede quedar contestado en una carilla. Después de semejante pregunta, algo hay que decir. El contexto donde resuene su invocación aporta gravedad a la formulación. ¿Y qué se dice? Bueno… no se dice demasiado, pero se dirá algo que después será fundamental: se nos dirá quién es el que sabe y, por tanto, a quién le compete guiar. Se nos está diciendo, informando mejor dicho, sobre nuestra obsecuencia, la disciplina que reclama un compromiso ciego, obediente hacia la línea trazada por los que saben.

Por eso decimos que la pregunta es una consigna que recluta. No se convocan lectores sino aspirantes. Después de leer este libro se contraen obligaciones. Su lectura nos reconstituye como escuchadores, único sentido que se necesita cuando se quiere saber algo, cuando se tiene que obedecer a los que tomaron conciencia por nosotros, a los que nos están educando. La disciplina es la forma de estar en la política cuando ésta se encuentra mediatizada por el partido, un partido que, para colmo, se posicionará como vanguardia. Su programa será el reaseguro de la temporalidad que viene, que se garantizará a cambio de la obsecuencia política debida. Es que la línea del partido se dispone para ser aceptada.

¿Qué hacer? es la posta, una pregunta que se deja picando para después engancharnos, a renglón seguido, para caer como chorlitos.

4. Desde afuera y por arriba

Vayamos al grano: el ¿Qué hacer? de Lenin es uno de los textos que contribuyeron a reinventar el socialismo desde el liberalismo.

Fue en 1902 cuando Lenin escribió el que después sería uno de sus libros más importantes. Se trata de una polémica con el marxismo economicista de Plejanov, ese marxismo que, habiéndose mecanizado, sostenía que cuando las condiciones objetivas no se habían desarrollado, había que postergar la acción para tiempos mejores, para cuando se hubiesen completado las discontinuidades históricas. En tal sentido, frente a los que sostenían la primacía de la economía, Lenin alentaba un giro político: la primacía de la política.

El punto de partida es la situación rusa, que se caracterizaba por la industrialización tardía, pero acelerada y acotada a algunos centros urbanos como Petrogrado. Es decir, un contexto que se caracterizaba por la incipiente proletarización de la sociedad; y, por añadidura y ésta será la cuestión principal–, por la despolitización de ese proletario, por la carencia de una conciencia obrera. En efecto, para Lenin, la ausencia de una conciencia de clase condenaba a los obreros a movimientos espontáneos y con ello a realizar compromisos o acciones que no tardarían demasiado en volverse retrocesos. Justamente, el espontaneísmo es la práctica que llevaba después a adoptar posturas economicistas que retardarían cualquier tipo de acción. Dicho con las palabras de Lenin:

La historia de todos los países atestigua que, librada exclusivamente a sus fuerzas, la clase obrera no puede alcanzar más que una conciencia sindical […] La conciencia de clase política sólo puede aportarse al obrero desde el exterior, es decir, el exterior de la lucha económica, el exterior de las relaciones entre trabajadores y empleadores. 4

Y más adelante:

El desarrollo espontáneo del movimiento obrero lleva justamente a subordinarlo todo a la ideología burguesa. […] Ese sindicalismo es precisamente el sometimiento ideológico de los obreros por parte de la burguesía. Es por eso que nuestra tarea, la de la socialdemocracia, es combatir la espontaneidad […] No puede haber conciencia revolucionaria sin teoría revolucionaria 5

El problema, entonces, era que la proletarización no estaba politizada. De modo que si la proletarización no garantizaba la politización, si la proletarización de la sociedad en ningún momento reaseguraba la concientización; la pregunta era ¿qué hacer?, ¿cómo politizar al proletariado, cómo concientizarlo?, ¿qué hacer para que el proletariado tome conciencia y de esa manera pueda asumir la misión histórica que le cabe?

Para Lenin, la politización no debe rastrearse al interior de la relación económica burguesía-proletariado; sino, por el contrario, al exterior de ella: en las relaciones políticas. La concientización viene de afuera. ¿Qué será el afuera de la economía? La política y, más concretamente: la intelligentzia, los profesionales de la política, la vanguardia. Para politizar tiene que intervenir a su lado (al lado del trabajador) quien tiene conciencia de los problemas globales de la sociedad: el intelectual portador de conciencia.

La clase trabajadora debe ser conducida y organizada por la vanguardia. El partido, en tanto vanguardia, es el verdadero creador de la lucha de clases, puesto que puede politizar al proletariado, en la medida que puede insuflar a la clase obrera ese carácter clasista que le permitirá no caer en el error ni bajo la dominación de la ideología burguesa. el Partido, pues, como la vanguardia de los proletariados.

Los modos de organización en los que está pensando Lenin, que sirven de base social a la vanguardia, son, por un lado, la fábrica, que impone a los hombres una disciplina y un comportamiento colectivo determinado, es decir, la obediencia a un proyecto que los supera; y, por otro lado, el propio ejército, que cuenta con estructuras rígidas, organizadas con vistas a un combate, finalidad que preside las reglas y asegura su eficacia. La vanguardia sería la forma que asume la organización de los profesionales de la política cuando ésta se define y distribuye según los principios de la división del trabajo. El partido debe jerarquizar rigurosamente la autoridad que emana de la cima, desde donde se difunde al resto de los niveles y desde donde se impone, en última instancia, sus decisiones a todos.6

5. Una referencia política luminosa y efectiva

Ahora bien, ¿por dónde empezar? ¿Cuál será la mejor forma para concientizar al proletariado cuando la política, si no se encuentra proscrita, está bajo sospecha? Lenin no duda: por la prensa. La prensa es la forma que asume la vanguardia cuando el partido se encuentra en el exilio o no puede tener una intervención masiva. De allí que el último capítulo del ¿Qué hacer? esté dedicado al rol del periodismo revolucionario en la sociedad. Por eso se pregunta Lenin, ¿por dónde empezar? Una pregunta a la que contestará rápidamente con otra pregunta: ¿Puede un periódico ser un organizador colectivo?

Cualquiera que lea el ¿Qué hacer?, que es algo así como el manual de estilo de cualquier vertiente bolchevique, encontrará allí una reescritura intempestiva del periodismo empresarial contemporáneo. En ese libro se combinan las figuras del político con la del periodista; de tal manera que el militante se confunde con el publicista. El político debía comportarse como un periodista. El mejor militante sería el mejor publicista; y a la inversa: el mejor publicista sería la referencia política exitosa. Para decirlo rápidamente: hacer política desde el periodismo.

Allí se dice que el periódico no es sólo un propagandista y un mero agitador, sino también el organizador colectivo. Se trata de alentar, pero sobre todo de tender un hilo sobre las multitudes que permanecen dispersas. Semejante a un andamio que se levanta alrededor de un edificio en construcción, que señala sus contornos, que facilita las relaciones entre los diferentes constructores, los ayuda a distribuir su trabajo y a observar los resultados generales alcanzados por el trabajo organizado; el periódico como luego será el hombre de gabineteorganizará la labor cotidiana sobre bases más flexibles, procurando orientar y arrojar luz.

Hagan ustedes el favor de decirnos: cuando unos albañiles colocan en diferentes lugares las piedras de una obra grandiosa y sin precedentes, ¿es una labor “en el papel” tender la plomada que los ayuda a encontrar el lugar justo para las piedras, que les indica la finalidad de la obra común, que les permite colocar no sólo cada piedra, sino cada trozo de piedra, el cual al sumarse a los precedentes, y a los que sigan, formará la línea acabada y total? ¿No vivimos acaso en un momento de esta índole en nuestra vida de partido, cuando tenemos piedras y albañiles pero falta precisamente la plomada, visible para todos y a la cual todos pudieran atenerse?7

Para Lenin, el periodismo debía concretarse en “una agitación política unificada […] que arroje luz sobre todos los aspectos de la vida y que se dirija a las grandes masas8, “El periódico sería una partícula de un enorme fuelle de forja que atizase cada chispa de la lucha de clases y de la indignación del pueblo, convirtiéndola en un gran incendio9. De eso se trata, de tender un hilo, de prender con un alfiler lo que a primera vista nos descoloca, tiende a desacomodarse. El campo de acción del periodismo se dispone inyectando luz en la sociabilidad. “El periódico le muestra enseguida los contornos generales, las proporciones y el carácter de la obra; le muestra qué lagunas son las que más se notan en toda la actividad general […], dónde no existe agitación, dónde son débiles los vínculos, qué ruedecitas del enorme mecanismo general podría un círculo determinado arreglar o sustituir por otras mejores.”10

Una vanguardia que se dispone para la ruptura social, que interpela a las multitudes desde su lugar histórico. Porque si, como decía Lenin, de lo que se trata es de “crear un vínculo de unión efectivo, […] porque el fraccionamiento deprime a la gente que está en el pozo […] yo continúo insistiendo en que ese lazo de unión efectivo sólo puede empezar a crearse sobre la base de un periódico común”.11

Si para Lenin, siguiendo a Marx, el periodismo suponía tener un punto de vista histórico de la sociedad y entonces la realidad se partía en dos, consecuentemente, el periodismo intervenía protagónicamente en el conflicto de clases (que, como se sabe, es la historia de la lucha de clases, puesto que las clases antagónicas son un resultado del desarrollo de la historia).

La vanguardia se sostiene en el gran relato que interpreta. La vanguardia se emplaza como la referencia discursiva totalizante que da sentido a todas y cada una de las situaciones en que podamos encontrarnos, diferentes sentidos en una misma dirección. Se sabe, los metarrelatos son categorías trascendentales que la modernidad ha forjado para interpretar y normar la realidad. Estas categorías tienen por función integrar, bajo una dirección articulada, el proceso de acumulación de conocimientos, que constituyen nociones que tornan la realidad inteligible, racional y predecible. De esta manera, la axiomática contenida en cada metarrelato los dotaba no sólo de capacidad explicativa y movilizadora, sino, sobre todo, de una fuerza legitimadora. La vanguardia dotaba a las prácticas que invocaba de una racionalidad interna y única que regulaba el movimiento de la historia. Pero además, la idea de vanguardia reconocía como legítima la aspiración de un grupo que se adjudicase para sí la interpretación racional de la historia y que, a partir de esa interpretación, dedujera la direccionalidad normativa a escala global.

En este sentido, la vanguardia, como metarrelato, ha sido una matriz que recorrió todo el espectro de la política. Desde el liberalismo clásico hasta el marxismo, todas las fuerzas se han inspirado en la idea de vanguardia para ensayar la política. Pero no sólo se trata de las formas políticas. También la ciencia, el arte o la cultura y la elite educadora diagramaron sus movimientos sobre formas escatológicas. De ahí en más, la verdad sería la última verdad en boga. Cada movimiento refutaba al anterior; se emplazaban negativamente respecto de su antecesor. Cada nueva vanguardia suponía que dejaba atrás otra vanguardia. Alguien estaba de más, sobraba; no había lugar para más de uno. Si se era vanguardista, si se pertenecía a la vanguardia, entonces se impugnaba (se tenía que descalificar) a las formas anteriores.

6. De Lenin a Stalin: ¡los adelantados!

Si para Lenin, el partido era aquella vanguardia que desde afuera venía a politizar o concientizar al proletariado; entonces en su concepción no será difícil encontrar la raíz hegeliana, como cuando postula a la organización como una relación dialéctica entre aquello que viene del exterior y la relación interna alienada o fetichizada, entre la subjetividad del partido y subjetividad de la clase proletaria, entre espíritu objetivo y espíritu subjetivo. El partido sería aquella instancia que, viniendo del exterior, se sitúa todavía en un escalón superior en forma de conciencia respecto de las masas; mientras que la clase en general permanece en la fase del entendimiento o incluso de la mera percepción. De ahí que el partido deba concientizar, como educar; es decir, influir sobre ellas para lograr que accedan a un grado de conciencia superior, próximo al que detenta la vanguardia. Se trata de una concepción típicamente evolucionista e iluminista. Evolucionista, porque plantea una secuencia (entre las diferentes figuras de conciencia) mediada por el partido, que va de la mera percepción al espíritu cierto de sí mismo, pasando por el entendimiento, la autoconciencia y la razón; porque se supone que a esa conciencia hay que ir desarrollándola (de la falsa conciencia a la conciencia real; de la conciencia en sí a la conciencia para sí). E iluminista, porque al fin de cuentas, como ya se ha dicho, la concientización política es un aporte que viene de afuera, del exterior. Es la política que asiste a la sociedad. Lenin, al igual que Hegel, necesita reivindicar la existencia de la verdad absoluta y lo hace desde un empirismo ingenuo. Por eso, Lenin no alcanza a desprenderse del modelo de metafísica moderna.

Pero hay más, porque por este camino Lenin conduce a Stalin. En efecto, cuando Stalin habla del partido como “destacamento de vanguardia de la clase obrera”, “forma superior de organización”, “unidad de voluntad” y precisa su función como instrumento “para la consolidación y ampliación de la dictadura” del proletariado, que “debe mantener su fortaleza depurándose de elementos oportunistas” y tendencias erróneas, no está más que llevando a sus últimas consecuencias los planteamientos leninistas. La dictadura burocrática es la consecuencia del dualismo que distancia la organización de la clase, apelando a un desarrollo de la conciencia que valida mediante un empirismo trivial. Por este camino, por el camino de la dialéctica entre los dos polos (polo subjetivo y polo objetivo), concluimos en la elitización totalitaria que separa, al igual que el parlamentarismo, a la multitud de lo que ésta puede lograr.

7. Vigencia del ¿Qué hacer?: De Lenin a Clarín.

No decimos nada nuevo cuando sostenemos que el periodismo empresarial contemporáneo desplazó a la militancia profesional de los lugares de referencia, al menos, de una referencia vanguardista. Pero no se trata solamente de un desplazamiento, sino, sobre todo, de una apropiación. Será en ese sentido que cabe hablar de la vigencia del ¿Qué hacer? En efecto, el periodismo empresarial se ha apropiado del lenguaje y de la práctica de vanguardia.

El periodismo y sobre todo el periodismo de televisión, aunque tampoco se queda atrás la prensa gráficaha absorbido gran parte del lenguaje político de los setenta. La vanguardia ha variado de los partidos de izquierda a la mismísima prensa empresarial. Quizás, ello tenga que ver, en parte, con el hecho de que muchos de sus integrantes o ex-habitués provienen de aquellas experiencias políticas; pero también porque el capitalismo o la burguesía están siempre atentos y son más flexibles a la hora de incorporar los modelos que alguna vez le disputaron su sentido. Y la vocación de transparencia, la vanguardia disciplinada, ha sido una de las tantas prácticas que ha ido a parar a la prensa contemporánea.

En un libro de conversaciones sobre la izquierda argentina realizadas por Javier Trímboli 12, muchos de aquellos setentistas entrevistados se mostraron molestos frente a la pretensión, y más aún, frente a actitudes concretas de la vocación iluminadora y soberbia que construyen los medios sobre su lugar en el mundo. Alguien decía por ahí que el papel de los medios en la Argentina, en estos últimos años que representan la penúltima reencarnación del alma bella y los grandes adalides heroicos de la verdad, y cuyo objetivo no sería otro que salvarnos de caer en la degradación absoluta, era justamente la promesa de transparencia. Lo que antes era correr el velo, ahora es desempañar la visibilidad social. Distintas formas de iluminaciones, distintos pronósticos, pero la misma gimnasia esclarecedora. Desde ya que la indignación forma parte del paisaje, sobre todo cuando se habla para una hinchada. Los más perspicaces le dan un giro irónico a la crítica, pero finalmente todos acabamos despotricando contra la prensa contemporánea, sin advertir que la misma es el modelo exitoso de lo que fracasó en las filas de la izquierda.

Y me parece sigo arriesgandoque este malestar en algunos de los intelectuales setentistas tiene que ver, sospecho, con que en algún punto encuentran en la prensa su propia imagen reflejada, la experiencia frustrada alguna vez. Con algunas diferencias, claro está. Entre ellas, la más importante es ésta: que a la TV le está yendo mucho “mejor” que cuando ellos tuvieron la oportunidad, que cuando fueron la voz del pueblo; el deseo de poder se hizo más palpable.

Si algo comparten la militancia escatológica de los setenta con la prensa contemporánea es la vocación de transparencia, la promesa de visibilidad social. Y es sobre esta base que podemos postular una suerte de continuidad entre aquellas experiencias y el ejercicio profesional del periodismo empresarial. La vanguardia no ha desaparecido, como muchos autores en las ciencias sociales se han apresurado a pronosticar. Ha ido a parar al seno mismo de la práctica periodística, impactando en toda su organización, redistribuyendo su inserción social. No hace falta demasiado para advertir que la TV, desde el momento que capturó ese leninismo, comenzó a funcionar con la disciplina típica de cualquier partido bolchevique, portador de conciencia para sí. Comenzó a funcionar, digo, a partir de una organización que recluta sus cuadros entre los más jóvenes, fuertemente jerarquizada y atravesada también por la competencia. En los cuadros de Clarín podemos encontrar la misma vocación de verdad y transparencia que había en los grupos setentistas. Son los portavoces de la época, la arrogancia del nuevo siglo.

Por supuesto que entre la vanguardia de La Chispa y la vanguardia de Clarín hay diferencias y no son menores 13. Pero, más allá de las diferencias, nos interesaba constatar la vigencia del ¿Qué hacer? en el propio riñón de la burguesía. Y si la burguesía pudo apropiarse de la escritura de Lenin, será porque en definitiva aquella no era del todo antagónica con el liberalismo; es decir, porque aquella retomaba postulados de la propia burguesía para organizar su inscripción en la sociedad. Y uno de los principales postulados que retoma, incluso también como premisa, es ya lo dijimosla separación entre política y sociedad, es decir, la lógica de la representación.

8. Irrupción de la vida. Más allá de Lenin

Si la representación, dijimos arriba, supone una escisión entre política y sociedad (entre el sujeto y los objetos), la crisis será la puesta en evidencia de la apropiación de lo político por lo social; o, más todavía, de la inmanencia, de la subsunción de lo político y lo social, y con ello, de la autonomización de la vida. Hablamos de la irrupción de la multitud, de otra invasión, de las ¡ménades!: cuando la multitud irrumpe en el escenario hasta reconstituirse en actor principal. Hablamos entonces de la primacía de la sociedad o, mejor dicho, cuando lo político es apropiado por lo social; y más aún, cuando lo social se politiza y las personas comienzan a intervenir directamente en la resolución de los problemas que tienen.

Con la irrupción, los términos comienzan a identificarse uno con el otro hasta volverse indiscernibles, hasta que la vida gana autonomía. La crisis ha descompaginado el mapa; lo que sobra, lo que está afuera o tiende a quedar afuera no se resigna a aceptar con sufrimiento lo que le tocó: irrumpe, antes que para incluirse o se lo vuelva a incluir, para producir nuevas sociabilidades desmercantilizadas donde la democracia directa, la autonomía, la participación y la horizontalidad van delimitando las nuevas coordenadas de las experiencias. 14

La irrupción, entonces, es la impugnación del paradigma de la representación, pero al mismo tiempo, la expresión de lo que se venía condensando por abajo, en el bajofondo de la sociedad, en tierra arrasada: la lógica de la participación.

Si la representación serializó y sectarizó 15 la sociedad hasta lumpemproletarizarla, hasta transfigurarla en una “masa informe, difusa y errante”; si la democracia, pero también el capitalismo financiero (la fuga de la producción a la especulación), es una forma de desencontrar a la multitud (la fábrica puede que siga siendo un espacio de producción, pero está lejos de ser un espacio de politización desde el momento en que no es un espacio de encuentro), la irrupción y ésta es otra novedad– encontró a la multitud hasta maximizar la potencia de los cuerpos. Es que, a diferencia de la opinión pública (que es un espacio imaginario de encuentro que permite la reunión más allá de que ésta efectivamente se junte, y por eso mismo es impotente, porque se halla enclaustrada en su casa frente al TV), las experiencias que mencionábamos recién son prácticas concretas, de base, experiencias territoriales. Porque lo que tienen en común las experiencias que irrumpen es el territorio: la territorialización como aquella mediación que permite anclar las experiencias. Me explico. La territorialización de la política es lo que permitirá la repolitización de lo social. El territorio como mediación espacio-temporal que modela las experiencias sobre una contingencia que reclama los cuerpos.

La irrupción como ebullición de nuevas subjetividades, espacio de vitalidad que, semejantes a cámaras de oxígeno, devienen auténticos respiraderos. La vida gana oxígeno cuando se politiza, cuando se liga a lo que ésta puede, cuando se potencia. Cuando la cosa se caldea y se condensa, se liberan nuevos aires que oxigenan la vida misma. Hay una experiencia inscripta en la lógica de la participación que se viene tanteando al interior de algunas prácticas, en función de situaciones diferentes y con recorridos diferentes también. A esa experiencia la llamaremos la irrupción de irrupciones. Se trata de la expresión autónoma que, sobre la base de otros valores, forja espacios de sociabilidad históricos, modelando nuevas subjetividades, nuevas formas de vida desmercantilizadas. 16

9. Más acá de Lenin: Volver a Marx

No estamos diciendo nada nuevo, lo dicho puede corroborarse en la escritura del joven y del viejo Marx; en La cuestión Judía y en la Crítica al Programa de Gotha.17 Por eso y para terminar, vale la pena traer a colación las palabras que escogió Marx para cerrar el primero de los libros que citábamos recién, donde alentaba a buscar la emancipación humana al interior de lo social. La emancipación no sería algo que viene de afuera sino algo que hay que construir al interior de las relaciones sociales. Dice Marx:

La emancipación política es la reducción del hombre, de una parte, a miembro de la sociedad burguesa, al individuo egoísta independiente, y, de otra parte, al ciudadano del Estado, a la persona moral. Sólo cuando el hombre individual recobra en sí al ciudadano abstracto y se convierte, como hombre individual, en ser genérico, en su trabajo individual y en sus relaciones individuales, sólo cuando el hombre ha reconocido y organizado sus fuerzas propias como fuerzas sociales y cuando, por tanto, no desglosa ya de sí la fuerza social bajo la forma de fuerza política, sólo entonces se lleva a cabo la emancipación humana.18

Notas

1. Las frases son más largas y vale la pena leerlas enteras: “Conservar el poder le resultaba más importante que cambiar el mundo, pues todo poder tiende a estabilizar al Estado que domina y al Partido que controla”. El cuento de Dürrenmatt, que es una crítica feroz al Partido Comunista y al régimen general de la ex URSS, puede resumirse completando la segunda frase: “Se hallaban frente a un conflicto muy concreto, a saber, que la revolución habría entrado en contradicción con el Estado y, en honor a la verdad, también con el Partido. La revolución y el Partido no eran la misma cosa, como creían algunos. La revolución era un proceso dinámico; el Partido, una estructura más bien estática. La revolución transformaba la sociedad, el Partido consolidaba la sociedad transformada en el seno del Estado. De ahí que el Partido fuera el soporte de la revolución y del poder estatal al mismo tiempo. Pero esta contradicción interna lo predisponía más a favor del Estado que de la revolución, y obligaba a ésta a revolucionar permanentemente al Partido; la revolución se inflamaba justamente al contacto con la defectividad humana inherente al Partido en cuanto estructura estática. De ahí que la revolución tuviera que devorar sobre todo a quienes en nombre del Partido se hicieran enemigos suyos”. (Dürrenmatt, Friedrich: “La caída” en La muerte de la pitia, Barcelona,Tusquets, 1990, pp. 114-5).

2. Althusser, Louis: Lo que no puede durar en el Partido Comunista, Madrid, Siglo XXI, 1980, pp. 88-9.

3. Para Marx, la comuna significó la reapropiación de la política por parte de lo social. Así lo dijo en La guerra civil en Francia (Moscú, Editorial Progreso,1980) cuando señalaba que “el régimen de la comuna habría devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía absorbiendo el Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento”(p. 66). En efecto, la comuna se construye sobre la base de la “autonomía local”. Pero he aquí que un régimen de autonomía local se constituía “ya no como contrapeso a un poder estatal que ahora era superfluo”(p. 66). La Comuna no es una máquina de gobierno, ni siquiera un organismo parlamentario, es una “corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo”(p.63).

4. V. I. Lenin, ¿Qué hacer?, Anteo, Buenos Aires, op. cit., pág. 136.

5. V. I. Lenin, op. cit., pág. 82.

6. De ahí en más, a grandes rasgos y sin pretender cargarlo todo a la cuenta de Lenin, nos hemos habituado, dice Raúl Zibechi, “a imaginarnos la organización del poder distribuido de forma centralizada y vertical, como si fuera una pirámide. En la cúspide se concentran los principales poderes que van descendiendo en forma de catarata hasta la base, sobre la que se asienta todo el edificio. Este poder es unidireccional, funciona de arriba hacia abajo, tiene sujetos y objetos. Así funcionan los Estados, las empresas públicas y privadas, las instituciones sociales y la familia y también los partidos obreros o revolucionarios. Verticalidad y centralismo es la forma como aparece diseñado el poder desde épocas remotas en la cultura occidental. […] Esas máquinas tienen la enorme virtud: son eficaces, funcionan como un mecanismo de relojería, es difícil oponerles otra forma de vivir. Tienen, sin embargo, un gran defecto: no son útiles para la emancipación social, mantienen a la inmensa mayoría en la subordinación y la pasividad. En síntesis, mantienen la opresión. El gran problema es que el imaginario revolucionario no ha sido capaz, hasta ahora, de inventar nuevas formas de organización social, económica y política. A la larga, terminan imponiéndose los defensores de la eficacia, que no es más que la eficiencia del modelo capitalista, o de cualquier otro modelo que descanse en la opresión.” (Zibechi, Raúl: La mirada horizontal. Movimientos sociales y emancipación, Montevideo, Nordan Comunidad, 1999, pp. 100-1.)

7. Lenin, V. I.: ¿Qué hacer?, Bs. As., Anteo, 1990, pág. 252. Éstas son las preguntas que se hace Lenin pero que no sería difícil imaginar en boca de la prensa paternalista de la actualidad. A lo mejor en estos momentos nos faltan los albañiles y las piedras, pero todos los días contamos con la plomada oportuna que cuelga de los diarios que va coordinando el temperamento (el humor) social. Más allá de eso, no hay mayores diferencias entre La Chispa y el Clarín. Los dos están dando alguna forma de señal; líneas que se bajan desde el mangrullo; pistas que irán imprimiendo cierto ritmo al devenir social.

8. Lenin, V. I.: ob. cit., pág. 271.

9. Lenin, V. I.: ob. cit., pág. 262.

10. Lenin, V. I.: ob. cit., págs. 259-260.

11. Lenin, V. I.: ob. cit., pág. 259.

12. Trímboli, Javier: La izquierda en la Argentina, Bs. As., Manantial, 1998.

13. Por empezar, ya no se tratará del gran relato. La vanguardia no es la referencia discursiva totalizante. No se emplaza articulando bajo la forma de un Gran Relato, que da sentido a todas y cada una de las situaciones en que podamos encontrarnos, diferentes sentidos en una misma dirección. Por el contrario, su condición fragmentaria y descontextualizadora la desencaja del lugar que alguna vez había ocupado. La vanguardia periodística no se dispone en función de los grandes relatos, sino de acontecimientos desencajados de su contexto histórico y social. Se trata de una forma novedosa de ensayar la vanguardia que no se moviliza a partir de macrorrelatos sino de microrrealidades actuales dispuestas a su vez para el instante. Por otro lado, para el periodismo contemporáneo, tampoco se trata de la historia sino de la legalidad institucional que rige la actualidad lo que está en juego con cada edición. El periodismo subjetivo reemplaza el punto de vista histórico por un punto de vista íntimo de la realidad. La realidad es el acontecimiento que se precipita por proximidad. Históricamente, constituye un punto de vista ciego. Es el ensimismamiento de la actualidad. La historia irá a ocupar el lugar anecdótico pero que no interfiere en la contemporaneidad que la invoca. La historia será descompuesta en un cúmulo de anécdotas perdidas que quedaron atrás, que ya no nos tocan y que por lo mismo se disponen para el asombro, la nostalgia efímera o la contemplación sin más. La noticia no historiza, sino intimiza. Nos acerca a lo concreto, pero nos aleja de lo histórico. De manera que la transparencia no se encuentra vinculada a imprimir algún tipo de visibilidad a las relaciones de producción que son otras tantas relaciones de explotación. La transparencia nos hablará de desempañar el entramado burocrático, para poner en evidencia un tejido mafioso o, mejor dicho, corrupto, que desplaza a la política de las reglas de juego estatuidas. Como decimos en otro lugar: la luz no impactará sobre los modos de producción, sino sobre los modos de corrupción. No está en juego la historia sino la legalidad constituyente de la actualidad.

14. Claro que la irrupción no será siempre la misma irrupción. A veces será individual y otras colectiva. Hablamos de irrupción colectiva para referirnos, por ejemplo: a) a los piquetes o tomas de ruta, que es cuando la multitud irrumpe en la circulación de bienes y servicios afectando la viabilidad, y por añadidura, el consumismo, la reproducción de plusvalor en las sociedades contemporáneas; b) a los escraches: cuando la multitud irrumpe en la vida privada, íntima, afectando el honor y el decoro, empañando la celebridad de los personajes y muchas veces exponiendo a los que pretendían pasar desapercibidos; cuando la multitud, digo, ya no pide justicia sino que produce actos de justicia; c) a los saqueos: cuando la multitud irrumpe en los negocios, afectando las relaciones comerciales en general y la apropiación exclusiva en particular; d) a los estallidos o las puebladas, que constituyen una suerte de irrupción total de la vida cotidiana; e) a las movilizaciones o las asambleas: cuando la multitud irrumpe en el monólogo de la clase dirigente, denunciando el carácter ficticio e ilegítimo de sus supuestas intervenciones; f) a la conversación: cuando la multitud toma la palabra que los parla-mentarios le habían expropiado para entrar en un estado de deliberación permanente. Hablamos, por el contrario, de irrupción individual, cuando la invasión hace pie en la acción individual. Por ejemplo, el crimen, o sea, el robo a mano armada.

15. En otro lugar dijimos (Rodríguez, Esteban: La invariante de la época. Las formas de la política en la argentina contemporánea, La Plata, Ediciones Grupo La Grieta, noviembre de 2001) que el izquierdismo es la forma de perpetuar al interior de la izquierda aquella misma serialidad que tuvo lugar con el Proceso Militar. Quiero decir que así como la democracia representativa es una forma de perpetuar la fragmentación que aconteció con la Dictadura, el sectarismo mezquindad típica en la izquierda argentinaes la manera de trascendernos en esa misma situación en el terreno de las experiencias críticas, o que por lo menos ingresan a la política con esa pretensión. Para decirlo con las palabras que alguna vez escogió Antonio Gramsci: “El individualismo no es más que un apoliticismo animalesco, el sectarismo es ‘apoliticismo’ y, si se observa bien, el sectarismo es, en efecto, una forma de ‘clientela’ personal” (Gramsci, Antonio: Notas sobre Maquiavelo. Sobre la política y sobre el Estado Moderno, Bs. As., Ed. Nueva Visión, 1998). Cada grupo andará con su propia pancarta predicando para la hinchada que mantiene cautiva. Lógica autobombística que termina postulando microclimas donde se dará manija hasta desapercibir el sentido de realidad. Desde ya que habría que estudiar bien el tema, aquí solamente queremos dejar sentada una situación que puede corroborarse en el solitario cotidiano de la izquierda. En efecto, el sectarismo ha recortado la política para la izquierda hasta desentenderla de la realidad. La imposibilidad de insertarse críticamente en la realidad, esto es, la imposibilidad de poder llegar a tener una incidencia real, se explica, entre otras causas, en esta extraña lógica clientelar. Si no fuera porque en los sesenta o los setenta ya se palpaban estas mismas “actitudes”, podría adjudicarse esta situación a la derrota, a los efectos de la derrota, esto es, a la babelización que acontece después de la soberbia. Pero más allá de sus causas, en cuanto a las consecuencias se refiere, coincide con lo que promovió bestialmente la Dictadura Militar: desarmar las experiencias políticas críticas, despolitizar las contrapotencias, impedir que la comunidad se junte. Y ello se explica y no se explica en el Proceso. Se explica porque la Doctrina de Seguridad Nacional venía a desmontar lo que se venía amasando; pero no se explica desde el momento en que habría que rastrear también sus causas en las interpretaciones escatológicas y otros planteos teleológicos por el estilo, que promueven cada uno de estos grupos cuando se sienten portadores de la verdad que predican. Es que sin quererlo, y como dice ahora Cornelius Castoriadis, el marxismo, muy a pesar de Marx, ha llegado a ser una ideología “en tanto que doctrina de las múltiples sectas que la degeneración del movimiento marxista oficial hizo proliferar”. Y aclara a renglón seguido: “La palabra secta para nosotros no es un calificativo, tiene un sentido sociológico e histórico preciso. Un grupo poco numeroso no es necesariamente una secta; Marx y Engels no formaban una secta, ni siquiera en los momentos en los que estuvieron más aislados. Una secta es una agrupación que erige como absoluto un solo lado, aspecto o fase del movimiento del que salió, hace de él la verdad de la Doctrina y la Verdad sin más, le subordina todo lo restante y, para mantener su ‘fidelidad’ a ese aspecto, se separa radicalmente del mundo y vive a partir de entonces en ‘su’ mundo aparte.” En definitiva, por el camino del sectarismo, el marxismo “ha llegado a ser una ideología en el mismo sentido que Marx daba a ese término: un conjunto de ideas que se relaciona con una realidad, no para esclarecerla y transformarla, sino para velarla y justificarla en lo imaginario, que permite a las gentes decir una cosa y hacer otra, parecer distintos de lo que son”(Castoriadis, Cornelius: La institución imaginaria de la sociedad. Vol.1 Marxismo y teoría revolucionaria, Bs. As., Tusquets editores, 1993, pp. 20 -21 respectivamente). Por eso decimos que el sectarismo es a la izquierda lo que la representatividad a la democracia. Ese izquierdismo que separa y desencuentra, se expone cotidianamente en el dogmatismo que asumen las discusiones que desmembran e impiden articular las experiencias colectivas. Éste, me parece, es uno de los principales obstáculos si no el más importanteen esta etapa de gestación: la imposibilidad de crear vínculos. La derrota que aconteció y nos diseminó confundió los lenguajes. Cada uno andará boyando con una palabra, y se aferrará a ella como la burguesía se aferra a sus especulaciones. Por eso, lejos de diferenciarnos de la burguesía, reproducimos hacia el interior de las experiencias la misma competencia individualista que caracteriza las relaciones capitalistas. Incluso, en el “éxito electoral” se puede advertir la misma arrogancia. Por eso, en la mayoría de los casos, el sectarismo expone a la izquierda como grupos de estudio; porque a veces resulta difícil distinguir entre una experiencia política y una orden, sea ésta de exégetas o de glosadores.

16. No debería leerse aquí ningún final feliz. Ya dijimos que la crisis está abierta. En este contexto caracterizado por la irrupción de la exclusión, el Estado (la representación) ha redefinido su intervención. Porque el Estado seguirá interviniendo, pero esta vez ya no tenderá hacia la integración social. Su intervención no será centrífuga sino centrípeta. Se interviene para reasegurar la exclusividad, para mantener la exclusión, o lo que es lo mismo, para evitar la irrupción. La intervención estatal se vuelve disruptiva. Por eso no serán políticas integradoras o socializantes, sino antiirruptoras en la medida en que buscan volver a producir la separación entre lo político y lo social; y al hacerlo, buscarán producir esa distancia que se abre entre lo que queda adentro y lo que queda o tiende a quedar afuera. Para ello, el Estado dispone de una serie de esclusas o dispositivos disruptivos, que si bien son los mismos de la época anterior, en la medida en que ya no buscan integrar sino separar, sus prácticas se imprimen con otro temperamento. En definitiva: la disrupción es la forma que asume el control social cuando de lo que se trata es de mantener la exclusión, cuando lo inviable se vuelve insustentable y por tanto ya no cabe inclusión alguna. Esas tecnologías de control tienen que ver con: a) las agencias políticas, que sobre la base de un remasterizado clientelismo (CGP en Bs. As. o la UGL en el Conurbano) organizarán la cooptación; b) las agencias sociales, que sobre la base de la cooptación organizan el asistencialismo (planes trabajar o jefas y jefes de familia); c) las agencias represivas que articulan diferentes prácticas (gatillo fácil, divisiones antitumulto y escuadrones de la muerte) que son formas de gestionar el crimen y romper la protesta social; y d) las agencias judiciales: que organizarán la criminalización de la pobreza, es decir, la criminalización de la protesta que a veces será colectiva pero a veces, también individual. Pero detengámonos en la última de las esclusas. La criminalización se inscribe en una política que hace pie otra vez en el terror. Porque ya sabemos que el terror despolitiza; que la seguridad personal es el viaducto despolitizante por excelencia; porque cuando el ciudadano (ya de por sí aislado, serializado por la representación, con la aritmética electoral y la geografía consumista) se siente para colmo desprotegido o amenazado, se retrae en la salvaguardia prepolítica de su privacidad. En esa región vital, íntima y primigenia, todo vale. El hombre se separa del grupo, se atrinchera para defenderse. Entonces, la despolitización privatista que neutraliza las expresiones colectivas es lo que está en la base de la cuestión de la seguridad. Cuando el Estado agita el problema de la “seguridad ciudadana”, del “orden” o la “paz social”, es porque quiere que los ciudadanos regresen a sus respectivos domicilios a ver televisión y que los dejen a ellos hacer las cosas como mejor “saben hacer”. Cuando las multitudes irrumpen, hay que intervenir; y la intervención será brutal aunque focalizada, contundente aunque imperceptible si la multitud no se resigna. De la “Doctrina de Seguridad Nacional” pasamos a la “tolerancia cero” de la misma manera que la mano invisible se vuelve mano dura (una mano que se vuelve puño, pero permanecerá invisible, difuso y errante; de allí que no pueda percibírselo como tal). El terror del que hablamos es un terror espectral, que ya no tiene su base real en un punto determinado en una institución quiero decir–, sino que permanecerá diseminado entre diferentes prácticas que organizan y gestionan la disrupción más allá de alguna centralidad. Eso será el terrorismo de Estado en esta nueva época signada por la crisis de representación: un puño sin brazo.

17, Es en el Programa de Gotha donde Marx arremete con fuerza contra la idea del Estado y aboga por su disolución. De ahí que prefiera utilizar otro vocablo para referirse a la experiencia donde fermenta la revolución, es decir, donde se construye el cambio social: “Por eso dice Marxnosotros propondríamos decir siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra Comunidad, una buena y antigua palabra alemana que equivale a la francesa comune”. En efecto, para Marx, el Estado es “la máquina de gobierno […] separado de la sociedad” (pp. 242). Si el Estado pretende desglosar lo político de la sociedad; en la Comunidad, por el contrario, lo político permanece vinculado a lo social. Las glosas que vierte Marx acá son una crítica al Programa de Gotha del Partido Obrero Alemán, que aduce que para resolver la cuestión social (para producir el cambio social) hay que recurrir al Estado (ese Estado que creará o apoyará la creación de cooperativas de producción). Marx no dará demasiadas vueltas, su respuesta es categórica: “¡Esta fantasía de que con empréstitos del Estado se puede construir una nueva sociedad como se construye un nuevo ferrocarril!” (pp. 238). Ésa es una “cura milagrosa”. Por el contrario: “el que los obreros quieran establecer las condiciones de producción colectiva en toda la sociedad y ante todo en su propia casa, en una escala nacional, sólo quiere decir que laboran por subvertir las actuales condiciones de producción, y eso no tiene nada que ver con la fundación de sociedades cooperativas con la ayuda del Estado. Y, por lo que se refiere a las sociedades cooperativas actuales, éstas sólo tienen valor en cuanto son creaciones independientes de los propios obreros, no protegidos ni por los gobiernos ni por los burgueses” (pp. 239). Como se puede advertir, el énfasis en el “sólo” que no es nuestro sino de Marx–, está para señalarnos la importancia que tienen las formas de vida en la invención de relaciones sociales desmercantilizadas, más allá de lo político-estatal, más allá incluso del partido. De manera que el énfasis está puesto en el proletariado, que sigue siendo sujeto, y no en un Estado o partido que vendría a desplazarlo, hasta reconstituirlo como un objeto que modelar a imagen y semejanza.

18. Marx, Karl: La Cuestión Judía, México, Ediciones Quinto Sol, pp. 44. El destacado es nuestro. periferias 11

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