Comunismo y democracia

Se continua jugando la partida de ajedrez entre el gobierno griego y los poderes europeos y023raketaambanforaextra muchos no son conscientes de que nuestro futuro va ligado al futuro griego. El instrumental de guerra macroeconómico está en marcha: la prima griega disparada, la bolsa hundida, rumorología cotidiana. Pero que nadie se lleve a engaño, Grecia se defenderá con su política exterior: puede plantear el órdago de abandonar la OTAN (de ahí la presión de Obama a sus socios europeos). Nos mantendremos al tanto.

Mientras, la entrada de hoy la dedicamos a lo que para muchos neoliberales de tres al cuarto consideran un oximorón: comunismo y democracia. Pero más bien convendría preguntarse ¿qué democracia? ¿qué comunismo?. Eso es lo que trata el trabajo de Elvira Concheiro Bórquez, buena lectura…

Saludos, Olivé

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Comunismo y democracia

Elvira Concheiro Bórquez

 

Igual que tras un terremoto, hay muchos escombros que remover, mucho por reconstruir, mucho que recuperar. Al principio uno empieza por donde puede, por lo que se intuye como más importante, pero no siempre resulta lógico. Se trata de aquello que tiene un valor subjetivo para reafirmar el milagro de seguir con vida cuando todo se ha desplomado. Podemos decir que a una situación similar se han enfrentado las izquierdas en el mundo entero después del triple derrumbe ocurrido en el último tercio del siglo XX.

Del entrelazamiento de la crisis del capitalismo de los años setenta y de la crisis general del llamado socialismo real de fines de los ochenta, resultó la más agresiva y profunda reconversión de la historia del capitalismo. Dicha reconversión se fincó, primero en la derrota del movimiento obrero, luego en el fracaso de la socialdemocracia con el consecuente triunfo de las derechas “tacheristas” en Europa y “reganianas” en Estados Unidos, y finalmente en el desplome del socialismo. No podemos olvidar, además, que las primeras señales de este proceso aparecieron justamente en América Latina con la brutal imposición de las dictaduras militares, es decir, con la derrota de las democracias latinoamericanas. Ante esta tercera fase del capitalismo, que se despliega sin freno gracias a esta combinación de derrotas de significados y alcances distintos, las izquierdas de todo el mundo se quedaron prácticamente sin referentes teóricos y políticos, sin contacto con el programa de transformaciones de gran alcance.

En esta devastación, que arrasó con muchos de los logros más importantes alcanzados durante el siglo XX por las izquierdas socialistas, se ha perdido, o al menos cuestionado seriamente, el proyecto emancipatorio mismo que les dio razón de ser. De forma que se ha caminado a tientas, instalándose en muchos –pese al continuo reclamo– la convicción de que no existe capacidad para ofrecer una opción global al desastre que es hoy el mundo. Aún más, invadidos por la ideología posmoderna, muchos se cuestionan sobre la pertinencia o necesidad de contar con un proyecto de gran alcance que diera congruencia y relacionara las pequeñas batallas diarias. En la negación de las pretensiones “teleológicas” y el rechazo a la conceptualización totalizadora del régimen capitalista, se hace el elogio de la diversidad y la pluralidad de las luchas y movimientos que se mantienen al margen de objetivos unificadores y se exalta, en calidad de “teoría”, el navegar sin rumbo.

Ello encuentra posibilidades de recepción gracias a la dinámica con la que se han estado produciendo los cambios que impone esta fase capitalista. La velocidad y el alcance de modificaciones que abarcan todos los ámbitos de la sociedad dan la apariencia de que son inabarcables e imposibles de contener y atajar. Ante la avalancha, se nos insiste, lo que se disemina es la resistencia, no parecen tiempos para arremeter, sino de buscar refugio; no parece viable emprender una nueva opción, son momentos de defenderse; no hay expectativas, hay agobio, se repite y también se pretende teorizar.

Resurge el “anticapitalismo”

Ciertamente, en estos años no han dejado de producirse infinidad de luchas y movimientos de muy diverso tipo que, abriéndose camino en ese ambiente desalentador, han hecho resistencia a los devastadores cambios que ha adoptado el capitalismo de nuestros días. Estas movilizaciones están con frecuencia impulsadas por una extensa red de numerosas organizaciones, muchas de ellas pequeñas, que dedican sus esfuerzos a diversas reivindicaciones concretas o locales pero que poco a poco se han ido dando cita en instancias amplias, una de las cuales, que más relevancia ha tomado, es el Foro Social Mundial.

Aunque está fuera de duda la importancia de estas luchas de resistencia, también es claro que en ellas se deja ver el impacto de la derrota sufrida, particularmente en lo que se refiere al cambio en las condiciones de trabajo que han impactado las propias condiciones generales de vida de la población trabajadora. Aunque los asalariados de la industria, el comercio y los servicios no han dejado de realizar importantes luchas que, por momentos han incidido en el ámbito político, la mayor parte han tenido que poner toda su energía en la defensa de derechos adquiridos que hoy se regatean.

Pese a que se siente la necesidad de construir alternativas generales ante el deterioro creciente de las grandes mayorías, lo cierto es que, en términos generales, el discurso aún se pierde en múltiples e inconexas reivindicaciones y, con frecuencia, sus análisis y denuncias de la injusticia y la desigualdad que prevalece en el mundo se extravían en el laberinto de la pobreza y la falta de oportunidades. Se reivindica un mundo sin injusticia, sin miseria, sin desigualdades, sin exclusión, sin autoritarismo ni violencia, pero ¿cómo lograrlo? Las miras, hasta ahora, se detienen en la exigencia de una distribución más equitativa y de espacios de participación.

En estas limitaciones se expresa la desarticulación y las derrotas sufridas por el movimiento obrero a nivel mundial o, dicho en otras palabras, la pérdida de centralidad del conflicto entre el capital y el trabajo. Lo cual ha provocado que aparezca en la escena política y social “una conflictividad puntual y episódica, fuerte e impetuosa pero al mismo tiempo incapaz de unificar un movimiento social según el objetivo de una reforma del sistema.1

No obstante, en los últimos años el múltiple y disperso proceso de resistencia ha dado lugar a una terca búsqueda en la que han empezado a reconstruirse las izquierdas y a surgir algunos movimientos que simplemente se autodenominan “anticapitalistas”. También se han producido un sinnúmero de movimientos y organizaciones que aunque no se denominen de alguna forma específica, sus acciones empiezan a estar orientadas al cuestionamiento del régimen socioeconómico de nuestros días o, al menos, de aspectos importantes de este.

No parece ocioso, por tanto, repensar qué puede significar hoy el “anticapitalismo”, aunque el movimiento que lo impulsa pareciera estar aún en un momento tan inicial después del pasmo ocurrido en los años noventa que no ha puesto entre sus urgencias definir el significado del anticapitalismo, no le apura designarlo, atreverse a nombrarlo de nuevo de alguna forma positiva. Sí, no parece urgente, pero también hay dificultad, perplejidad, confusión, ausencia de debate, desconcierto, que no permiten levantar la mirada. Y es que en esta resistencia que también es incapacidad, hay historias con las que no se han ajustado cuentas, fenómenos que no han sido analizados y comprendidos, particularmente en relación con el comunismo del siglo XX, el más audaz intento de superar el capitalismo, pero también por ello, el más frustrante y malogrado.

En cambio la derecha, las fuerzas de la conservación, no pierden tiempo y se han apresurado a emitir su veredicto: la muerte de toda alternativa al capitalismo, que es en lo que podemos traducir –como dice Sánchez Vázquez— las sucesivas actas de defunción emitidas (de la historia, de las ideologías, de las utopías… y por supuesto del fantasma que recorría, se dice, el mundo). Pero la derecha no sólo lanzó su ominosa sentencia tacheriana de que no existe otro camino, sino que ha emprendido una compleja construcción ideológica y una reinterpretación de la historia del siglo XX, siglo en el que sufrió importantes derrotas y se vio seriamente amenazada. 

Repensar el comunismo

En esta reinterpretación han jugado un papel medular los apresurados balances y estudios sobre el comunismo. Estudios que reflejan y apuntalan una eficaz construcción ideológica sobre el comunismo que lo presenta como un proceso simplificado, un fenómeno reducible y claramente identificable con las peores atrocidades cometidas en el siglo más violento y destructor de la historia humana.

Lo peor es que esta reducción simplificadora que ha realizado el pensamiento neoconservador ha empatado con lo que una izquierda, ignorante pero dada a la repetición de esquemas y clichés, dice también sobre el comunismo. De forma que estamos ante una situación en la que una rica experiencia histórica, acontecimientos extraordinariamente complejos y contradictorios, así como personajes con vivencias intensas quedan reducidos a unas cuantas frases repetidas y a una trillada estigmatización.

Quizá uno de los personajes que produjo el comunismo del siglo XX que más ha sufrido esta manipulación y vulgarización, de un lado y de otro, ha sido Lenin. Tanto el pensamiento y experiencia, como la propia persona del líder bolchevique han sido momificados en ese doble juego de adoración/odio que ha permitido que hasta la fecha siga en su mausoleo en la plaza central de Moscú.

Frente a esta potente construcción ideológica no sólo hace falta una rigurosa reconstrucción histórica que hoy es posible gracias a la montaña inmensa de documentos resguardados en los archivos comunistas abiertos apenas hace poco más de una década, sino un replanteamiento metodológico que permita, entre otras cosas, el desmontaje de ese encadenamiento que comparten la derecha y la izquierda dogmática, que inicia con Marx, pasa por Lenin y llega a Stalin (y a Mao en el caso de China), en lo que se refiere a la emblemática personificación del comunismo; o el desmantelamiento de ese otro encadenamiento aún más perverso que identifica el comunismo con el bolchevismo, con el estalinismo, con el totalitarismo, en el que el terror y los asesinatos estalinistas son principio y fin que explica todo y hace desaparecer toda diferencia con el nazismo, arrimando hacia el olvido los millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial provenientes del bando comunista.

Ese nuevo enfoque metodológico debiera, por tanto, permitirnos distinguir, en primer lugar, lo que evidentemente es distinto pero que la ceguera ideológica no permite ver. Distinguir, por ejemplo, lo que son numerosos actos de lucha justiciera por transformar las ominosas condiciones de vida y trabajo, de lo que es la lógica de Estado de una gran potencia, es decir, distinguir lo que fueron las luchas y revoluciones encabezadas por los comunistas de lo que representó el poder injerencista del Estado soviético. Distinguir lo que ha sido resultado de lo más avanzado del pensamiento social, como proyecto de transformación radical, de lo que fue su uso y encajonamiento ideológico con fines de dominio, es decir, diferenciar a Marx y los marxistas del llamado marxismo-leninismo; así como el pensamiento de Lenin del leninismo.

Pero estas distinciones, necesarias en honor a la verdad más elemental, no pueden significar o estar motivadas por justificación alguna. Se trata de que sean simplemente el soporte de las condiciones mínimas para estar en posibilidades de analizar críticamente y comprender esa experiencia y su derrota.

No pretendo aquí desarrollar lo planteado, sino sólo señalar que cuando hablo del comunismo y su vínculo con la democracia, parto de esas diferenciaciones y, por tanto, me refiero –siguiendo a Marx— al proyecto emancipador que surge de las luchas reales por transformar el estado de cosas, proyecto que no podemos identificar con lo que intentó el llamado “socialismo real”, aunque lo hiciera en su nombre. Ciertamente tenemos hoy esa experiencia frustrada que estamos obligados a analizar, pero en los legados con que resurge el nuevo “anticapitalismo” hay más que esa experiencia y, sobre todo, existe la necesidad de definirse frente a los nuevos retos, ante las nuevas problemáticas que impone el capitalismo actual. En esos términos es que pretendo aquí una reflexión sobre el vínculo entre comunismo y democracia en la perspectiva de una reconstrucción del proyecto emancipador de nuestros días.

Aunque el tema no es nuevo y hay muchísimo que recuperar de los fructíferos debates realizados a lo largo de más de siglo y medio desde que la vinculación entre comunismo y democracia apareció como un problema de la praxis transformadora, es necesario señalar que hoy existen las condiciones para que el conflicto que subyace en toda sociedad contemporánea pueda ser –tal como escribe Pietro Barcellona— “rediseñado sobre la cuestión fundamental de la actualidad del comunismo en términos absolutamente no reconducibles a las estructuras y a las instituciones de las experiencias de los países del Este (del socialismo estatista, economicista y burocrático –y autoritario, agrego yo–) ni al paradigma economicista de la redistribución compensatoria de las políticas socialdemócratas”.2

En realidad, esta perspectiva de “actualidad del comunismo” está dada por las propias condiciones y contradicciones que impone hoy día el capitalismo planetario informático. Pero antes, así como es necesario reprensar hoy el comunismo, nuestra realidad nos impone también repensar la democracia.

Repensar la democracia

Es necesario insistir, en primer lugar, que la democracia es, realmente, el espacio de lucha en el que se expresa de manera muy sensible lo que Gramsci llamaba “la correlación de fuerzas”. La sociedad moderna está en una permanente tensión entre intereses y proyectos diferentes y con frecuencia contrapuestos. Dicha tensión limita o expande la democracia de acuerdo a la situación de las fuerzas en lucha. Sabemos que para el capital ha sido siempre necesaria una cierta dosis de democracia que deje establecido en la esfera jurídica la igualdad requerida, en primer lugar, para la compra-venta de la fuerza de trabajo y la libre circulación de las mercancías. En términos generales, el resto de lo conquistado ha sido obra de la lucha de amplios sectores de la sociedad, y particularmente de los trabajadores, y sus limitaciones, resultado de la incapacidad o derrota de esas luchas.

Dicho en otras palabras, corresponde a la naturaleza del capital la limitación permanente de la democracia a sus términos más estrictamente jurídico-procedimentales, mientras que para las fuerzas del trabajo la expansión democrática es elemento vital en la superación de su condición enajenada. Para estas últimas permite –en primer lugar– su autorreconocimiento como fuerza diferenciada con proyecto propio. Ha sido a través de su autoorganización y la conquista de la libre expresión, que estas fuerzas han podido abrir espacios para su participación en los asuntos públicos, conformando su propia fuerza e incidiendo con sus propios programas.

En estos términos, el contradictorio proceso de conquista de la democracia, su permanente cuestionamiento, sus avances y retrocesos, a la vez que expresan la escisión contrapuesta que caracteriza a la sociedad moderna, capitalista, dan cuenta de la situación de la lucha soterrada o abierta que dicha escisión genera.

Por lo mismo, las izquierdas socialistas han realizado siempre la crítica de las limitaciones que impone a la democracia el dominio del capital. Sin embargo, una cosa es el señalamiento crítico para encaminarse a superar sus límites y distorsiones mercantilistas, y otra el menosprecio de los valores democráticos y lo que representan en tanto prefiguración social. El que el dominio del capital haya escindido el mundo social del mundo político, la esfera pública de la esfera privada, no puede llevar a negar el valor de la representación democrática en sociedades complejas como las actuales y menos aún a olvidar cómo se construye los propios sujetos de la transformación.

En nuestros días ocurre un proceso paradójico: mientras, por un lado, los movimientos populares cada vez centran más en la democracia el foco principal de sus luchas; reclaman más espacios democráticos y con frecuencia los construyen en los hechos; por el otro lado, se refuerzan ciertas actitudes de menosprecio a los valores democráticos y se expresan en la acción, viejas formas intolerantes y autoritarias. De varias formas reaparece en el discurso de las izquierdas la falsa disyuntiva entre una democracia “directa”, “participativa”, “verdadera” y una democracia “representativa”, “procedimental”, “formal”.

Esta tentación dicotómica se explica por la castración creciente de que es objeto la democracia en el capitalismo de nuestros días, en la que juega un papel determinante la mercantilización y la corrupción de la política que han logrado los señores del dinero.

En palabras de Boaventura de Sousa: “Lo que ha pasado desde los años 80 hasta ahora es que el mercado económico empezó a contaminar al mercado político, el mercado político hoy en día es cada vez más económico, las ideologías desaparecieron, los votos y las posiciones políticas de los partidos tienen precio; […] la corrupción, que a veces es legal, como en el caso de las Estados Unidos. Entonces la democracia representativa se ha mostrado extremadamente vulnerable a la fuerza de los grandes poderes económicos, y esto es el resultado del proceso que ha creado la contaminación entre el mercado económico y el político, que se refleja en las privatizaciones de los servicios públicos, las leyes de financiación de los partidos, la mediatización de la política. Todo esto, de hecho, ha dado un poder enorme a grandes actores económicos y sociales, que de alguna manera ejercen funciones políticas privadas.3

Sin embargo, esta “contaminación” de la política no puede ser enfrentada más que en su propio terreno. Ninguna expresión de la democracia puede ser excluida o desechada, sino enriquecida y ampliada por la lucha de quienes buscan la emancipación humana. Emancipación que no sólo se representa en un acto, o en la toma del poder, sino en el dificultoso y constante proceso de construcción de una fuerza política y también moral, humana en tanto universal, que logre conformar un poder constituyente, que sólo puede alcanzarse y desplegarse generando las instituciones y prácticas democráticas que le dan forma.

Mi tesis –concluye de Sousa Santoses que en las condiciones objetivas de nuestro tiempo, es posible crear una democracia de alta intensidad, combinando, articulando en una complementariedad confrontacional y creativa la democracia representativa y la democracia participativa”.4

Efectivamente, a la par del desarrollo creativo de nuevas formas participativas, no se puede renunciar a la lucha electoral pese a sus enormes deficiencias y descomposición actual, por varias razones, pero señalaré dos:

a) Las elecciones son un derecho conquistado en un sinnúmero de difíciles combates de los trabajadores y de otros sectores sociales; abandonar ese derecho, y junto con él la construcción de la ciudadanía universal, sería un retroceso en la lucha por alcanzar la transformación social. Es falso considerar el abstencionismo (cuando éste no es convocado organizadamente) como actitud rebelde, cuando de lo que se trata es de incapacidad para tener opción propia. Y al tratarse, como generalmente ocurre, de una difusa expresión de desinterés, incredulidad, apatía, más bien se debería ver como triunfo de las fuerzas dominantes que, aunque requieran de un mínimo de legitimidad (y ese mínimo puede ser muy mínimo) no están interesadas en alentar la participación y la construcción de opciones políticas. Hoy podemos observar cómo los medios de comunicación se han convertido en el principal vehículo de ese desaliento, enmascarado en una severa crítica a la política y los políticos. Frente a lo cual el reto −como siempre− es la construcción de fuertes opciones político-electorales propias que hagan frente a la descomposición y corrupción que hoy campea.

b) En una perspectiva más general, el asunto es que las formas representativas no son, en las sociedades complejas y abigarradas de nuestros días, prescindibles en una ampliación democrática. Es decir, en la construcción de una nueva sociedad empeñada en la superación de toda forma enajenada los procesos de elección y la propia delegación de funciones no desaparecerán, sino que dejarán de ser la forma privilegiada o única de democracia, para ser complemento de una multiplicidad de medios de participación directa en los asuntos colectivos.

Al respecto habría que tener presente y analizar críticamente el papel determinante que significó el régimen de partido único y la consecuente ausencia de verdaderos procesos de elección en el enorme déficit democrático general que caracterizó a los países del llamado socialismo real.

En realidad, como hemos dicho, el rechazo a los procesos electorales que ha vuelto a aparecer y amenaza con acrecentarse, no expresa sino la crisis por la que atraviesa hoy la acción política en general, y los partidos políticos, en particular. Pero no entender el trasfondo de esta crisis, no empeñarse en buscar una diferente solución a ella que no implique el abandono de este espacio sustantivo de la lucha, de la disputa entre intereses contrapuestos y de sus formas organizativas, no logrará más que consolidar el retraimiento, el retorno de la política a sus términos decimonónicos.

Hay que tener claro que el nuevo predominio del pensamiento liberal promueve, justamente, el descrédito que sufre actualmente la política, a la cual se le presenta como algo ajeno a la sociedad y perjudicial para la misma. En realidad, este hecho no corresponde propiamente al razonamiento original del liberalismo, sin embargo es claro que la ampliación de la democracia como resultado de la actuación organizada de los trabajadores en el seno de sus partidos socialistas y comunistas, los cuales conquistaron una serie de reformas que permitían ampliar la participación y la representación, convirtió durante el siglo XX a la política en una actividad de grandes sectores de la población. Con este hecho, la visión liberal de la política, como una actividad de la mayor importancia y, por eso mismo, como un asunto de elites, se vio radicalmente transformada.

En ese proceso, sobre todo en Europa, se formaron complejos sistemas políticos pluripartidistas y muchos de los partidos constituyeron grandes organizaciones de masas. Incluso los movimientos no partidistas que se desarrollaron a lo largo del siglo pasado, tuvieron un componente fuertemente político y organizaciones como los sindicatos se volcaron abiertamente a la acción política como medio de conseguir sus demandas económicas o sociales.

Pero la gran derrota de la lucha sindical de los años setenta, la descomposición y corrupción de varios de los sistemas políticos europeos y la crisis mundial en la que se vieron envueltos los partidos de izquierda tras los acontecimientos de 1989, trilogía a la que ya nos hemos referido, creó las condiciones para que el discurso actual que denigra a la política tenga eco suficiente en ámbitos muy diversos de la vida social, provocando un mayor vaciamiento de la democracia.

Ahora bien, llegamos a otra problemática que ronda siempre en la cabeza de buena parte de las izquierdas y que, al menos en otros tiempos, las llevó a ver con recelo la lucha por la democracia, cuando no a rechazarla en nombre de un valor supremo.

¿La democracia excluye la revolución?

Si, como pensamos, la revolución no es un acto violento de conquista del poder, preparado pacientemente por un grupo disciplinado y consciente que un día a una cierta hora se lanza a la hazaña preconcebida de “asalto al cielo”, sino la transformación profunda de toda la vida social que se realiza por la actuación de grandes sectores de la sociedad a través de diferentes medios y formas de lucha en correspondencia con la situación concreta en la que esta ocurre y, en particular, frente a la capacidad de respuesta de quienes se oponen a dicha transformación, podemos entender que la revolución no sólo no es contraria a la democracia, sino que la requiere esencialmente en la consecución de sus fines.

Ciertamente, la transformación social de raíz que permita superar el capitalismo representa un acto de fuerza, de la misma manera que es la fuerza hegemónica que mantiene el capital la que lo impide, mientras puede y, tal como lo muestra la historia, recurriendo a los medios que sean necesarios. Y es acto de fuerza porque trasgrede los límites establecidos, las reglas acordadas, aunque ejerza la llamada soberanía popular.

Ese ejercicio de poder constituyente –en los términos en que apunta Pietro Barcellona— que se permite reformular las pautas de organización social puede ser considerado, desde la perspectiva de la democracia liberal, como trasgresor de la propia democracia. Pero no porque necesariamente haga uso de la violencia, ya que las formas o los medios utilizados han sido históricamente diversos e, incluso, en no pocas circunstancias poco o nada violentos, sino porque se sale de las reglas establecidas.

Sin duda alguna, las revoluciones del siglo XX en su intento por superar el capitalismo, hicieron uso de la fuerza y del poder “constituyente” y aquellas que lograron triunfar, mostraron contar con la capacidad y legitimación necesarias. Sin embargo, fue la acción violenta de respuesta y atropello a esas voluntades mayoritarias la que desató guerras civiles de extraordinaria violencia, con las cuales se identificó, después, a la propia revolución. El problema, por tanto, estriba en que la ampliación de la democracia a través de la creciente participación de la sociedad en sus asuntos, despojando al Estado del monopolio de la administración y gestión de la “cosa pública”, llega necesariamente a un punto de modificación radical del orden existente, a la revolución.

En esos términos, la revolución no puede ser entendida más que como estallido del conflicto social en el que se sustenta la sociedad moderna, su “momento extraordinario” que rompe con las normas que “regulan” dicho conflicto, en la búsqueda de su superación. Es por ello, un acto con frecuencia imprevisto; nadie puede determinar de antemano el momento preciso en el que el desarrollo del conflicto se topa con un “límite” que se siente necesario, incluso vital, transgredir y trascender.

Más allá de cualquier sublimación del concepto de revolución, en el que cierta izquierda se empeña en buscar su identidad diferenciada de los “otros”, y en tiempos en los que la revolución no parece tener actualidad (según los términos utilizados por Lukács), es necesario reconocer que las revoluciones, en plural, como hechos concretos, diversos e históricamente determinados, han representado actos radicales de asunción del papel protagónico de sectores de la sociedad que se rebelan a un orden existente que los excluye. Esas acciones representan, entonces, un ejercicio pleno de autodeterminación y, por tanto, de soberanía democrática.

La lucha por la ampliación permanente de la democracia y su continua reinvención es, por tanto, el camino de las transformaciones radicales. Al hacer manifiestas y nítidas las contradicciones en que se sustenta el régimen capitalista, la democracia es también el terreno práctico de su superación, el camino de conocimiento y adquisición de las experiencias necesarias que permiten trascender el solo ámbito de lo político para abrir paso a la revolución social, a la restitución comunitaria con fundamento en la libre asociación de los productores que han superado el trabajo enajenado, de la que habló Marx.

¿Qué emancipación?

La propuesta histórica más global de las izquierdas derivadas del pensamiento marxista, ha sido la de la emancipación humana, es decir, la superación de la explotación y la enajenación, la reapropiación del individuo del producto de su trabajo; la reconciliación del ser humano con la naturaleza; la construcción de una nueva comunidad libre y autodeterminada. Esta perspectiva emancipatoria tiene su fundamento en la crítica de la propiedad privada capitalista, fuente, ésta, del trabajo enajenado y la explotación.

Desde esa perspectiva, en la lucha por la superación del capitalismo se puso en el centro el propósito de establecer la socialización de los medios de producción y de cambio. Sin embargo, como sabemos, la idea de “expropiación de los expropiadores” –en palabras de Marx–, en realidad terminó en estatismo y despotismo burocrático en las experiencias socialistas del siglo XX. Tanto en los países del socialismo real como en muchos de los países capitalistas en los que se desplegó un fuerte movimiento obrero, esa lucha derivó en estatización burocrática y en un amplio sector público resultado de las nacionalizaciones de empresas en el que no se produjo la gestión de los trabajadores.

En las últimas décadas, las regresivas reformas económicas, financieras, fiscales y laborales que han sido aplicadas por los Estados latinoamericanos siguiendo la pauta del llamado Consenso de Washington, posibilitaron tanto la libre movilidad de capitales mediante inversión extranjera directa e inversión de portafolio, como amplios procesos de privatización que favorecieron a los grandes grupos privados de sus respectivos países y a las empresas transnacionales, en sectores estratégicos como el financiero, el de telecomunicaciones, el energético (electricidad, gas y petróleo) y el sector productivo manufacturero. Por otra parte, mediante la apertura comercial, se impulsó también un intercambio mercantil que ha favorecido a las empresas trasnacionales y algunos grupos privados nacionales.5

Las sucesivas crisis de México, Brasil, Argentina, Venezuela y Bolivia mostraron en América Latina que esta violenta apertura de las economías al mercado externo ha tenido un efecto devastador especialmente entre los asalariados y los pobres de nuestros países, a la vez que evidenciaron los límites y las contradicciones del proceso.

En particular, es importante señalar que en el proceso de desmantelamiento del sector público y de privatización de sectores fundamentales de la economía de nuestros países, que en no pocos lugares resultó un verdadero saqueo escandaloso, es el propio capital quien fija la mira en el asunto de la propiedad. En correspondencia, por tanto, las acciones de respuesta contra el neoliberalismo se han visto en la necesidad de poner en el centro la defensa de la propiedad pública.

Aunque poco se discute la cuestión de fondo, al menos parece que se intuye que en cierta forma ese tipo de propiedad en manos del Estado representa una trasgresión de la propiedad privada, o quizá, simplemente, se piensa que bajo el control y la lógica del capital trasnacional es aún más difícil concebir la posibilidad de intervenir en la conducción de las empresas y en la preservación de los recursos naturales.

No obstante, la izquierda anticapitalista no puede pasar por alto el hecho de que, como se mostró por décadas, no es suficiente la preservación o la recuperación de esas empresas como propiedad pública. Y no lo es porque en el marco de un poder político estatal que no representa el interés nacional-popular y bajo la dinámica de una economía nacional y mundial capitalista, esas empresas no pueden actuar más que bajo la misma lógica del capital.

Por tanto, en las condiciones actuales y como en cierto sentido lo muestra la acción de los indígenas bolivianos, la opción que se presenta es la lucha por el control social de esas empresas y recursos.

El problema central es que la socialización de la propiedad tiene razón de ser sólo si conlleva la socialización de la gestión, es decir, la intervención, la decisión y el control de la producción, sobre el qué se produce, cómo se produce, y para qué se produce por parte de los productores directos, como señala Marx, y la socialización del conocimiento y la información, elemento cada día más determinante sin el cual no es real dicha gestión. 

Lo primero, la socialización de la propiedad puede resultar –como señala Lucien Séve 6− de un acto jurídico, de una acción del poder político que decreta la abolición de la propiedad privada de los grandes medios de producción y de cambio (vale la pena aclarar que nunca se ha tratado de todos los medios de producción o de toda la propiedad privada), pero lo segundo, la socialización de la gestión y del conocimiento, es un proceso de mayor complejidad y largo en el tiempo, que en realidad implica a la sociedad en su conjunto, que exige la capacitación de esta (y, particularmente, de los trabajadores), que se sustenta en la autoorganización diversa y plural de la sociedad, y que forja y hace prevalecer un interés colectivo a través de nuevas prácticas democráticas hasta ahora desconocidas.

No puede haber, por tanto, emancipación alguna sin la intervención conciente de los individuos en el propio proceso liberador. Ello implica, necesariamente, la participación democrática. Pero, a la vez, la emancipación que hoy se requiere presupone la superación de las limitaciones actuales de la democracia.

Si el proyecto emancipatorio –escribe Adolfo Sánchez Vázquez—consiste en liberar al hombre como ciudadano, es decir, políticamente –que tal fue la gran conquista de la Revolución francesa–, la democracia quedará limitada a la esfera política. Si se trata de una emancipación radical, humana, que entrañe la transformación profunda de todas las esferas de la vida social, la democracia no puede detenerse –como se detiene la democracia política que surge de la revolución burguesa—ante las fronteras de la propiedad privada y de la desigualdad de la sociedad dividida en clases.7

De esa forma, la socialización planteada tiene como correlato el acotamiento del Estado. Si este se mantiene, como se mantuvo en el llamado socialismo real, como una gigantesca maquinaria de confiscación de la intervención y decisión de la sociedad sobre los asuntos comunes, a través de la representatividad formal, la centralidad burocrática, la verticalidad administrativa, la autoridad impositiva, no hay posibilidad alguna de que la socialización sea verdadera.

Por eso, como también afirma Séve, “ir a una apropiación efectivamente social del aparato productivo exige nada más y nada menos que desestatizar el Estado mismo en beneficio de los ciudadanos puestos en posesión de un poder político de nuevo tipo8, es decir, de un poder verdaderamente democrático que no escinde, como señalaba Marx, lo público de lo privado, lo político de lo social, los dirigentes de los dirigidos, escisión cuyo fundamento es el predominio de la propiedad privada.

En su obra, Marx quitó el velo de los procesos contradictorios y enfrentados que la forma fetichizada del capital oculta, mostrando “la violencia originaria del vínculo social”. Pero no sólo, sino también “formuló un proceso material, práctico, de reapropiación comunitaria del Estado por medio de la reconciliación de la producción con la vida colectiva y del hombre con la naturaleza.9

Como explica Barcellona, en la experiencia socialista del siglo XX se produjo un intento por llevar a cabo esa nueva “comunidad de iguales” pero, contradictoriamente, se le atribuyó al Estado la capacidad para autoextinguirse y dar paso a una sociedad de hombres libres, con lo cual, lejos de constreñir al Estado, encaminarlo (como vio Marx que había hecho la Comuna de París) a ser un no-Estado, éste se transformó en una maquinaria coercitiva omnipotente que asfixió a la sociedad entera. Por tal razón, podemos coincidir con este autor en que el “comunismo real es la tragedia moderna de la comunidad imposible dentro de la estructura del Estado omnipotente.10

De la crítica de esta experiencia es que el nuevo proyecto emancipatorio debe sacar su fundamento; aprender que en la intrínseca relación entre la democracia y el comunismo como construcción revolucionaria de una nueva comunidad de hombres y mujeres libres está el camino práctico de su realización.

NOTAS

1 Pietro Barcellona, Posmodernidad y comunidad. El retorno de la vinculación social, Ed. Trotta, Madrid, 1992, p.

2 Pietro Barcellona, op.cit., p. 135.

3 Boaventura de Sousa, Conferencia: Globalización y democracia. Colombia, mimeo., s/f, p.6

4 Ibid, p.10.

5 Cfe. Carlos Morera, Memoria, num. 197, México, julio de 2005, p.6.

6 Lucien Séve, en Socialización, democracia, autogestión. Un debate marxista en tiempos de la izquierda plural, Ed. Viejo Topo, Madrid, 2004, 51-54.

7 Adolfo Sánchez Vázquez, El valor del socialismo, Ed Itaca, México, 2000, p. 111.

8 Lucien Séve, op.cit., p. 55.

9 P. Barcellona, op. cit., p. 60.

10 Ibid., p. 61.

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Una respuesta a Comunismo y democracia

  1. Reblogueó esto en Brisa de mañana intempestivay comentado:
    Comunismo y democracia
    Elvira Concheiro Bórquez
    “…la transformación social de raíz que permita superar el capitalismo representa un acto de fuerza, de la misma manera que es la fuerza hegemónica que mantiene el capital la que lo impide, mientras puede y, tal como lo muestra la historia, recurriendo a los medios que sean necesarios. Y es acto de fuerza porque trasgrede los límites establecidos, las reglas acordadas, aunque ejerza la llamada soberanía popular.”

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