La globalización neoliberal como revolución pasiva

Acometemos la última semana de enero con una sonrisa de oreja a oreja. En estosgramsci engl-13 (Old Film) momentos, con el 70% de los votos escrutados Syriza está a dos escaños de la mayoría absoluta. Somos conscientes de que no va a obrar un milagro y la política económica europea vire de la noche al día. Pero ¡caramba!, por fin ganan los nuestros y como poco, se abren nuevos escenarios y nuevas relaciones de fuerza. Ya es algo.

Con esa alegría en el cuerpo, nuestra difusión de hoy está dedicada a GramsciCarlos Javier Maya Ambía en el presente trabajo propone recuperar la categoría gramsciana de revolución pasiva, la cual permite colocar en el centro del análisis el tema de la hegemonía y considerar diversas formas de Estado, como el keynesiano y el neoliberal, en función de los intentos de las fracciones de clase dominantes para superar crisis no sólo económicas sino de hegemonía. Mediante la crítica de algunos principios básicos de la ideología neoliberal, el texto persigue aportar elementos para una interpretación no economicista de la globalización neoliberal. Disfruten de la lectura…

Salud. Olivé

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL COMO REVOLUCIÓN PASIVA

Carlos Javier Maya Ambía

Consideraciones iniciales

Una vez más, los economistas nos encontramos frente a un callejón sin salida. El paradigma que arrogantemente aspiró a echar por la borda al keynesianismo es cuestionado por sus otrora defensores; aunque no pocos todavía se obstinan en cerrar los ojos ante el horror económico parido por el neoliberalismo. 1 El viejo paradigma tampoco puede defenderse a ultranza y muchos piensan que lo que aspiró a ser una teoría general era en esencia más particular de lo que pretendía.

En este tortuoso escenario seguimos dando vueltas en círculo y volvemos a rumiar antiguas convicciones. Por ello quizá sea sano abrir las ventanas y dejar entrar aires de otras disciplinas y permitirnos impulsar por alientos de pensadores que no hemos tomado en cuenta, para armarnos teóricamente y fortalecer nuestra capacidad analítica. Entre los cerebros más lúcidos en la historia de la humanidad hay uno de quien todavía tenemos mucho por aprender y cuyas reflexiones y categorías pueden servirnos, con un poco de imaginación y espíritu abierto, de cimiento para nuevas construcciones, de cuya eventual fortaleza o debilidad, desde luego, seremos los únicos responsables. En el momento histórico actual se hace más evidente que nunca antes la imposibilidad de “pensar” la historia como simple “historia nacional”, pues la historia —como estaba convencido Antonio Gramsci— es total y universal, en cuanto tendencia del desarrollo social global que adquiere formas concretas nacionalmente. 2 Volvamos la mirada a Gramsci, no para pedirle que nos repita la historia de su época, sino para plantearle las acuciantes preguntas que nos dicta la nuestra.

Americanismo y fordismo dentro del sistema conceptual de Gramsci

Una de las características más admirables del pensamiento de Antonio Gramsci es su carácter sistémico. Cada una de sus categorías analíticas está sólidamente enlazada con las demás, complementándose y reforzándose todas de modo mutuo. En los Cuadernos de la cárcel, Gramsci va desplegando sus ideas en torno a una serie de temas filosóficos y políticos principalmente, levantando así una obra que, si bien venía dictada por las circunstancias inmediatas: el fascismo y la derrota de la revolución socialista en Occidente, alcanza finalmente las dimensiones por él deseadas: für ewig. 3 Dentro de los intereses gramscianos ocupan un lugar muy especial las reflexiones sobre el fenómeno por él llamado americanismo y fordismo, plasmadas en el Cuaderno 22. Su preocupación central era comprender la modernización (no sólo económica) en curso hacia los años veinte y albores de los treinta en los Estados Unidos, pues intuía la generalización del fenómeno en el mundo y probablemente bajo diversas apariencias (incluyendo una versión fascista), razón suficiente para una cuidadosa atención. En opinión de Franco de Felice 4 las notas sobre americanismo y fordismo se refieren a la acentuación de la desigualdad en el desarrollo del capitalismo (relación Europa-América) y al surgimiento de nuevas formas de organización de éste. Si aceptamos esta tesis como válida, no es difícil descubrir la utilidad de la reflexión gramsciana en el estudio de la globalización. Esto, si la concebimos como un proceso contradictorio en el que coexisten homogeneización y polarización y las desigualdades se dan entre centro y periferia, así como en el interior de cada país, con independencia de su grado de desarrollo. 5 Por su parte, Christine Buci-Glucksmann 6 apunta que la originalidad del análisis gramsciano consiste en llevar el estudio de las contratendencias del capital a la baja de la tasa de ganancia hasta las formas de organización del trabajo y explicar el espacio de la política a la luz de los nuevos desarrollos del capitalismo; o sea, las formas de la política en sus relaciones con las fuerzas productivas. Estos señalamientos, citados a manera de ejemplo, anuncian el provecho posible derivado del tratar de explicarnos el fenómeno de la globalización retomando las ideas centrales de Antonio Gramsci contenidas en el Cuaderno 22, cuyas principales líneas de argumentación podrían resumirse en los siguientes términos: 7

1) Las condiciones objetivas de la economía en general y en particular la búsqueda de éxito en la competencia, lo cual implica la necesidad de superar la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia, hacen que los capitalistas introduzcan nuevas formas de racionalización del proceso laboral y de programación económica.

2) El fordismo 8 es una de estas formas de racionalización del proceso laboral que, combinando coerción y persuasión, produce los siguientes efectos en la empresa que lo aplica:

a) Aumenta el poder de competencia en los mercados (incluido el mercado internacional). 9

b) Posibilita el pago de altos salarios (elemento de persuasión), con lo cual se asegura cierta estabilidad de la plantilla laboral. Los altos salarios son una forma transitoria de retribución que presupone la existencia de poco o nulo desempleo. Ellos son posibles sólo cuando todavía no se han generalizado los nuevos métodos de trabajo y producción, gracias a que la empresa en cuestión ejerce un monopolio que le permite obtener beneficios de monopolio. Por otra parte, sólo disfrutan de ellos algunos obreros (aristocracia obrera).

c) La mecanización de las operaciones laborales (taylorismo) puede hacer que el obrero tenga mayor libertad para pensar. Para evitar que esa libertad se use en desarrollar pensamientos inconformistas, se ponen en marcha iniciativas “educativas”.

Asimismo, el fordismo tiene como fin principal la creación de un nuevo tipo humano que se comporte “racionalmente” dentro y fuera de la fábrica (control del instinto sexual mediante ideas puritanas y prohibicionismo).

3) El industrialismo ha sido un proceso continuo de sometimiento de los instintos a hábitos de orden, exactitud, etc., de acuerdo con cierta racionalidad.

4) Existe una estrecha relación entre métodos de trabajo y modos de vivir, pensar y sentir la vida.

5) El americanismo, como el mayor esfuerzo colectivo en la historia para crear un nuevo tipo humano, representa una fase del industrialismo, una prolongación e intensificación de la civilización europea basada en la industrialización, que al transformar en extremo las bases materiales de la civilización europea, podría dar nacimiento a una nueva civilización.

6) El americanismo, apoyándose en el fordismo y en el taylorismo, 10 es una moderna forma de producción y una forma específica de racionalización que requiere cierta estructura de clases de la sociedad, sin clases absolutamente parasitarias, razón por la cual encuentra resistencias en los residuos pasivos de la sociedad.

7) El americanismo modifica al hombre y a la realidad, pero no en forma explosiva, sino mediante cambios graduales y acumulativos, por lo cual se puede considerar como una suerte de revolución pasiva.

8) El americanismo encuentra un apoyo propicio en el Estado liberal. Éste garantiza el funcionamiento de la libre competencia, produciendo la monopolización.

9) El corporativismo puede facilitar la introducción del americanismo.

Los conceptos fundamentales introducidos, tales como competencia, fordismo, civilización industrial, americanismo y revolución pasiva, así como las proposiciones anteriores, sólo pueden ser cabalmente comprendidos si se profundiza en cuatro ejes temáticos que los vertebran y permiten enlazar los conceptos centrales mencionados con el resto de las categorías elaboradas por Gramsci. Estos ejes temáticos son los siguientes:

a) La filosofía-acción

b) La civilización industrial

c) Hegemonía y Estado

d) La competencia capitalista

Cada uno de estos grandes temas: competencia, hegemonía y Estado, civilización industrial y filosofía, corresponden a distintos niveles y tienen diferentes funciones en el discurso de Gramsci. A cada uno de ellos dedica en los demás cuadernos reflexiones variables en cuanto a extensión, número y profundidad. Sin embargo, de su lectura se desprende una pregunta central en la reflexión gramsciana: ¿cómo se construye la hegemonía (combinación de coerción y persuasión) por parte de determinado grupo o fuerza social que, para alcanzar el éxito en la competencia dentro del mercado mundial, tiene que innovar la economía y por consiguiente la civilización industrial?

La respuesta de Gramsci a la interrogante anterior se apoya en sus concepciones sobre los ejes temáticos señalados. Aproximémonos a las principales líneas de argumentación de cada uno de ellos.

Filosofía-acción

Para Gramsci, la filosofía se puede expresar de dos maneras: como discurso y como acción, debido al correlato entre el hacer y el pensar/sentir, que se manifiesta como un determinado nexo psico-físico. En particular, esto funciona igualmente cuando el hacer se refiere a los procesos de trabajo y producción, y el pensar/sentir corresponde a las formas ideológicas a través de las cuales se mira y se valora el mundo.

El concepto de filosofía-acción sirve a Gramsci para concebir el americanismo como cierta forma de filosofía no expresada en fórmulas, en un discurso, sino en actos. Como es conocido, a la pregunta “¿Qué es la filosofía?”, al inicio de la Nota 59 del Cuaderno 11, Gramsci responde que se trata de una actividad creativa, pero para no caer en el solipsismo, debe plantearse la cuestión históricamente y al mismo tiempo colocar en la base de la filosofía la voluntad, es decir, en última instancia la actividad práctica o política, una voluntad racional (las cursivas son mías) “que se realiza en cuanto corresponde a necesidades objetivas históricas, esto es, en cuanto es la misma historia universal en el momento de su actuación progresiva…”. 11 En esta misma nota precisa que la racionalidad de esta voluntad puede convertirse en cultura, en una concepción del mundo, con una ética conforme a su estructura. Estamos frente a una filosofía que se convierte en una norma activa de conducta. Es creativa en tanto enseña que no existe una realidad en sí misma, sino en una relación histórica con los hombres que la modifican. 12 Esta idea se complementa con otra igualmente importante. Para Gramsci la filosofía, la política y la economía eran los elementos constitutivos necesarios de una concepción del mundo, razón por la cual sus principios teóricos debían poder traducirse o ser convertibles, formando en su conjunto una unidad homogénea. 13

Estos elementos, sin agotar el concepto gramsciano de filosofía, son suficientes para entender por qué Gramsci considera que el americanismo puede ser concebido como una filosofía.

Civilización industrial

Es pertinente en primer lugar aclarar dos conceptos: civilización e industrialismo. Por ejemplo, en las primeras líneas del Cuaderno 17 escribe el autor respecto de humanismo y Renacimiento: “Se podrá decir que el Renacimiento ha creado una nueva cultura o civilización en oposición a aquellas precedentes…”. Una nueva forma de cultura quiere decir el esfuerzo por crear un nuevo tipo de hombre entre las clases dominantes. Este uso no es propio sólo de Gramsci. Por ejemplo, en la Nota 3 del Cuaderno citado, se refiere a la traducción italiana del libro de J. Burckhardt, que en alemán es La cultura del Renacimiento y que en Italia apareció como La civilización del Renacimiento. Sin embargo, esta identidad civilización-cultura no es constante en el texto gramsciano, es decir, no sería pertinente sustituir siempre civilización por cultura. Por ejemplo, Gramsci habla de cultura de las clases revolucionarias y de las clases conservadoras, de la cultura popular como premisa para el desarrollo de una nueva literatura, de alta cultura y cultura popular, de las diversas culturas europeas, o sea, culturas nacionales, de política cultural, etc. En todos estos casos no se podría sustituir la palabra cultura por civilización.

Civilización es para Gramsci todo intento de sometimiento de los instintos animales en aras de la vida colectiva. Civilizaciones han sido el nomadismo, la vida sedentaria agrícola (la revolución neolítica), etc. 14 En el Renacimiento temprano surge la civilización moderna y se convierte en dominante a través de la Revolución Francesa y el movimiento de ideas conocido como filosofía clásica alemana y como economía política inglesa. 15 Para Gramsci existe, por consiguiente, un gran número de culturas, pero sólo pocas civilizaciones (la nómada, basada en la caza, la pesca y la recolección; la agraria y la industrial). Las segundas son un concepto más amplio y existe una determinada civilización basada en la industrialización. El americanismo se ubica como una fase o momento histórico de esa civilización. Por otra parte, dentro de la civilización industrial (y dentro del americanismo) caben tanto los países capitalistas como los socialistas. Este planteamiento se asemeja al de Wallerstein respecto al liberalismo, dentro del cual encuentra una vertiente capitalista y otra soviética. En esencia, buscan los mismos fines pero por medios diferentes. 16

En la Nota 76 del primer Cuaderno se habla de la crisis de “Occidente”, crisis de la unidad europea forjada en los siglos XVIII y XIX y que se apoya en tres pilares: el espíritu crítico, el espíritu científico y el espíritu capitalista o “industrial”. La concepción del industrialismo como una continua victoria sobre la animalidad del hombre, como un proceso ininterrumpido y doloroso de sojuzgamiento de los instintos a nuevos y rígidos hábitos de orden, exactitud y precisión, aparece ya en la última Nota (158) del primer Cuaderno, redactado entre 1929 y 1930; idea desarrollada en la Nota 10 del Cuaderno 22. En la primera versión Gramsci habla de una continua victoria, en la segunda, de una continua lucha. En la segunda aclara, además, que los hábitos señalados hacen posible formas siempre más complejas de vida colectiva.

Hegemonía y Estado

La hegemonía es uno de los temas centrales de todo el pensamiento gramsciano. Ella consiste en la combinación de dominio, coerción y fuerza, por una parte, y dirección, persuasión y consenso, por la otra. La hegemonía siempre la ejerce un grupo o clase social sobre otro o el resto de la sociedad. Por su parte, el Estado viene a ser una forma sumamente acabada y articulada de organización de la hegemonía. Sin embargo, no es la única.

En relación con el tema principal del cuaderno señalado, encontramos que el americanismo, como una nueva fase dentro de la civilización industrial, sólo se puede imponer echando mano de ambos elementos de la hegemonía. La parte correspondiente a la fuerza viene a ser aquí el fordismo, es decir, la mecanización racionalizada de las funciones del obrero. Su contraparte persuasiva incluye diversos elementos. El más importante de ellos en el discurso gramsciano son los altos salarios; sin embargo, su función se complementa con otros factores, como las iniciativas ideológicas puritanas, el prohibicionismo, las reglamentaciones jurídicas y la instauración de organizaciones de la sociedad civil, como el Club Rotario o la masonería, que se encargan de difundir ideologías propiciatorias de conductas adecuadas a las nuevas formas de producción y de trabajo. A los altos salarios, por su parte, no se les considera tanto en su función meramente económica (precio por la fuerza de trabajo) sino ideológica.

Dentro de las formas de Estado adecuadas al americanismo, el corporativo es a los ojos del comunista italiano una posible vía de introducción de éste (modernización) en Italia. Para Gramsci, debe recordarse, entre la estructura económica y el Estado, con su legislación y su coerción, se encuentra la sociedad civil. Esta última debe ser radicalmente transformada en concreto y el Estado es el instrumento para adecuar la sociedad civil a la estructura económica, pero para ello el Estado necesita querer hacerlo, esto es, en la conducción del Estado deben encontrarse los representantes de las transformaciones ocurridas en la estructura económica. 17 En el caso del americanismo, Gramsci observa la existencia de importantes sectores sociales (llamados parasitarios) opuestos a él. Por el contrario, entre sus promotores pueden encontrarse los capitalistas más innovadores y deberían estar asimismo los propios trabajadores. En Italia en particular, considera al Estado fascista como un posible agente de la modernización del país, y al Estado corporativo como una de las formas adecuadas al americanismo, esto es, como un tipo particular de Estado intervencionista. Para Gramsci, como para los marxistas en general, existía la firme creencia en la necesaria intervención del Estado en la economía para garantizar la sobrevivencia del propio capital. Esta creencia se vio confirmada con una serie de acontecimientos en Europa y en América. En Europa aparecieron estados fuertemente intervencionistas bajo la forma de regímenes fascistas, por una parte, y estados socialistas, por la otra. En los Estados Unidos la crisis de 1929 catalizaría la participación estatal en la vida económica. En teoría económica la revolución keynesiana vendría a fundamentar la necesidad del intervencionismo estatal.

Para Gramsci, el Estado corporativo italiano, como un caso particular de Estado intervencionista, a largo plazo no tiene viabilidad, debido a poderosas resistencias sociales. Esta apreciación será correcta en lo concerniente al corporativismo fascista, pues todos los regímenes de este tipo tendrán corta duración y después de la Segunda Guerra Mundial, llegarán a su fin. Sin embargo, no es válida para el corporativismo en general y, menos aún, para el corporativismo no fascista o (pseudo)democrático, pues a través de sus variantes llegará a ser de hecho la forma predominante de régimen político a todo lo largo del siglo XX. 18

El autor de los Cuadernos concibe el americanismo y el fordismo como formas de revolución pasiva; esto es, como una estrategia seguida por la clase capitalista dominante para enfrentar la crisis económica, pero también para recomponer su hegemonía. Como correctamente apunta De Felice, 19 para entender el concepto de americanismo es necesario aclarar el de revolución pasiva, aplicable a los países donde se modernizó el Estado a través de una serie de reformas y guerras nacionales, sin pasar por la revolución política de tipo radical-jacobino. Fenómenos históricos muy diversos pueden identificarse como revolución pasiva gracias a dos elementos comunes: transformaciones moleculares de las fuerzas en juego y absorción/decapitamiento del antagonista por parte de los grupos dominantes (transformismo). Asimismo, el nexo revolución pasiva-hegemónica está mediado por otra categoría clave: guerra de posiciones. Mientras el concepto de revolución pasiva sirve para identificar las formas de un proceso de transformación, la guerra de posiciones identifica las formas de enfrentamiento de clases en relación con este proceso.

La revolución pasiva es un proceso de transformación gestionado desde lo alto, como respuesta capitalista a los problemas planteados por la crisis de hegemonía. Pero es un proceso transitorio, “no hace época”, es decir, se trata de modificaciones de una formación económico-social que no representan su superación, o sea, nuevas relaciones sociales de producción.

El análisis de las formas políticas que tienden a sustituir a las liberales queda, como subraya De Felice, dentro de la categoría de revolución pasiva. En este análisis, el acento viene puesto sobre los elementos de transformación necesarios para la reconstrucción del aparato hegemónico de las clases dominantes.

El concepto de revolución pasiva, aclara Christine Buci-Glucksmann, 20 lo utiliza Gramsci para referirse a una suerte de revolución sin revolución, a una revolución estructural y políticamente distinta de la Revolución Francesa. Si la francesa fue una revolución popular de carácter explosivo (guerra de movimiento), el Risorgimento italiano fue una revolución pasiva (guerra de posiciones). Más allá del caso italiano, Gramsci emplea el concepto primeramente para designar cualquier proceso de transición de tipo conservador o reformista, que neutraliza y dirige la iniciativa popular, tratando de satisfacer muy parcialmente algunas de sus demandas. En estos términos, el concepto sirve para entender la morfología del capitalismo avanzado, es decir, transformaciones que no conllevan la aparición de nuevas relaciones de producción fundamentales. Más específicamente, para esta estudiosa, la teoría de la revolución pasiva comprende los modos de reestructuraciones pasivas del capitalismo mismo. 21 La autora, al escribir estas líneas, se refería al keynesianismo, pero hoy también podemos comprender el neoliberalismo en estos términos.

Otras connotaciones importantes del concepto de revolución pasiva son las apuntadas por Dora Kanuossi y Javier Mena 22 a lo largo de su estudio sobre el tema, las cuales pueden resumirse en diez puntos:

a) La categoría se aplica a la problemática relación entre estructura y superestructura y al análisis histórico de las relaciones entre las clases.

b) El elemento conservación-innovación es fundamental en la revolución pasiva, que es una forma de restauración.

c) La cuestión clave en la revolución pasiva es la modernización del Estado emprendida por la burguesía para hacer avanzar el capitalismo. 23 Esto se persigue transformando, a modo de reforma, la estructura económica de individualista a economía dirigida; una “economía media”, entre la individualista y la planificada, permitiría el paso a formas políticas más avanzadas sin cataclismos radicales, y el corporativismo sería el instrumento para realizarla. 24

d) En la revolución pasiva la base económica es impulsada por las superestructuras (intelectuales-Estado). 25

e) La revolución pasiva es la concreción nacional de un proceso internacional de revolución-restauración que corresponde al polo de restauración de la unidad dialéctica.

f ) Durante la revolución pasiva los grupos dirigentes responden con un reformismo atemperado que moderniza legalmente desde arriba al Estado y a la sociedad y evita la participación de las masas. 26

g) El programa de la revolución pasiva es la modernización conservadora, en donde el presente es sólo lo distinto, no lo opuesto del pasado.

h) La revolución pasiva se apoya en el transformismo, que consiste en la incorporación “molecular” al gobierno conservador y moderado de intelectuales aislados y grupos enteros de radicales y demócratas de la tendencia opuesta. 27

i) En la revolución pasiva, el impulso proviene de fuerzas progresistas escasas e insuficientes, pero que tienen un gran potencial por representar la tendencia universal y contar con una situación internacional favorable. 28

j) Los intelectuales de la revolución pasiva creen representar la síntesis del devenir histórico y ser la personificación de la racionalidad.

Competencia capitalista

El surgimiento del fenómeno llamado por Gramsci americanismo se explica por las formas de acción y la naturaleza de la competencia capitalista. 29 El autor no se ocupa de la competencia como objeto central de sus reflexiones, pero sí la vincula con otros tópicos de economía, en particular con la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia, la cual, dice Gramsci en la séptima parte de la Nota 41 del Cuaderno 10 (dedicado a la filosofía de Croce), debe estudiarse sobre la base del taylorismo y el fordismo, dos métodos de producción y de trabajo que son intentos progresistas por superar dicha ley, multiplicando las variables en las condiciones de aumento permanente del capital constante. 30 Entre las variables señaladas por Gramsci se encuentra un nuevo tipo de obrero monopolizado con los altos salarios. Con cada una de estas innovaciones, precisa el autor, el industrial pasa de un periodo de costos crecientes (caída de la tasa de ganancia) a un periodo de costos decrecientes, debido al monopolio más o menos duradero derivado de sus innovaciones. Los altos salarios contribuyen a esta duración del monopolio, pues aseguran la disponibilidad de una fuerza de trabajo altamente capacitada y seleccionada, a la cual no tendrán acceso sus competidores. Para Gramsci, la ley apuntada “sería la causa del ritmo acelerado en el progreso de los métodos de trabajo y de producción y de modificación del tipo tradicional de obrero”. 31

Entre las categorías económicas empleadas por Gramsci —como ya se señaló—, la de competencia no ocupa un lugar central, pero puede entenderse perfectamente a la luz de otra, objeto de repetidas reflexiones en los cuadernos. Me refiero al concepto de “mercado determinado”. El mercado determinado —apunta Gramsci en la Nota 32 del Cuaderno 10— designa el conjunto de actividades económicas concretas de una forma social específica, asumida en sus leyes de uniformidad. En la Nota 128 del Cuaderno 8 escribe Gramsci que el concepto aludido expresa que ciertas fuerzas han aparecido históricamente, cuyo operar se presenta como un “automatismo”. Esto permite algún grado de previsibilidad y de certidumbre para las iniciativas individuales. Sin duda hoy, cabe agregar, la previsibilidad y la certidumbre en economía exigen directrices públicas muy claras, coherentes a lo largo del tiempo y, por ende, también previsibles. Mercado determinado equivale a una concreta relación de fuerzas sociales en una determinada estructura del aparato productivo garantizada por la superestructura jurídica correspondiente. Un mercado tal posee su propio automatismo.

El estrecho nexo entre ambos aparece también en la Nota 162 del Cuaderno 8; conspicua también porque destaca que los elementos del automatismo económico se forman históricamente dependiendo del grado de desarrollo del mercado mundial. Por otra parte, en la Nota 216 de este mismo cuaderno se aclara que el mercado determinado lo está por la estructura fundamental de la sociedad en cuestión, debiendo analizarse dicha estructura para distinguir entre sus elementos constantes y los variables. Los primeros se modifican en las crisis orgánicas y los segundos en las crisis coyunturales. En el Cuaderno 10, Nota 20, polemizando con las ideas de Spirito y de Einaudi sobre la intervención del Estado en la economía, Gramsci ve en éste una condición preliminar de toda actividad económica colectiva: es un elemento del mercado determinado en tanto expresión político-jurídica del hecho por el cual la mercancía- fuerza de trabajo se coloca en condiciones de inferioridad competitiva. Este enfoque permite no sólo entender la trivialidad de la aparente contradicción entre Estado y mercado, sino, en definitiva, trasladar a otro plano la discusión sobre las funciones, prescindibles e imprescindibles, del Estado y las funciones, económicamente necesarias o bien socialmente nocivas, del mercado.

Por último, el lugar central del concepto de mercado determinado queda expresado con claridad en la Nota 30 del mismo cuaderno, donde Gramsci escribe que el postulado “hedonista” de la llamada economía “pura”, en una economía crítica e histórica, debería ser sustituido por la descripción del mercado determinado, “esto es, la descripción de la forma social determinada, del todo frente a la parte, del todo que determina, en aquella determinada medida, aquel automatismo y conjunto de uniformidades y regularidades que la ciencia económica trata de describir con el máximo de exactitud y precisión y completud”.

El concepto de revolución pasiva como eje de interpretación no economicista de la globalización neoliberal

Con los conceptos manejados por Gramsci, sobre todo en el Cuaderno 22, titulado Americanismo y fordismo, así como con las elucidaciones aportadas por diversos estudiosos de la obra gramsciana, es posible aproximarnos al neoliberalismo y la globalización en una perspectiva que Gramsci llamaría no economicista. Gramsci explica el surgimiento del americanismo y fordismo según dos niveles estrechamente vinculados: el económico, marcado por los esfuerzos de los capitalistas para contrarrestar la baja tendencial de la tasa de ganancia; 32 y el político-ideológico, que apunta hacia la recomposición de la hegemonía burguesa.

El sistema capitalista global surge en la década de 1970.33 Los países de la OPEP, para contrarrestar el inicio de la Fase B de Kondratieff, incrementaron los precios del petróleo, y los cuantiosos superávit así obtenidos fueron canalizados a bancos comerciales de países de la OCDE, quienes se encargaron de ponerlos en circulación por todo el mundo. De esta situación se beneficiaron:

a) Los estados de la OPEP.

b) Por lo pronto, los países, principalmente comunistas y del Tercer Mundo, que recibieron préstamos para mejorar sus balanzas de pagos.

c) Los países de la OCDE que pudieron mantener sus exportaciones.

En este contexto se inventaron los eurodólares y se desarrollaron grandes mercados extraterritoriales. Los gobiernos comenzaron a hacer concesiones fiscales y de otro tipo al capital financiero internacional para atraerlo de nuevo a los países industrializados. El auge del préstamo terminó en la crisis de la deuda y la recesión en 1982, pero la libertad de circulación del capital financiero ya se había consolidado. El desarrollo de los mercados financieros internacionales recibió un gran impulso en 1980, con Thatcher y Reagan. 34

Vale la pena destacar que, tanto en la esfera económica como en la políticoideológica, la ampliación del Estado en el contexto de la revolución pasiva representa una forma de sustitución de la clase dirigente por dicho Estado. Esto no significa que el Estado sea ajeno a la clase dirigente, sino sólo que asume ciertas funciones que, en condiciones de una clase dirigente más madura, con un desarrollo histórico más rico, serían desempeñadas por dicha clase directamente. En el escenario de la revolución pasiva —señala Buci-Glucksmann35 el aspecto de dominio (coerción) prevalece sobre el aspecto de dirección (hegemonía como organización del consenso). Esto sin duda fue el caso, en diversos grados, con los estados keynesianos, en particular en los países socialistas y en numerosos del Tercer Mundo. Con el neoliberalismo el Estado busca fortalecer a la clase dominante, sobre todo a la fracción del capital financiero transnacional, en sus labores, bajo el disfraz de ampliar la esfera de acción del mercado; mediante las privatizaciones (transferencia de dominio económico del gobierno al capital); 36 a través de las desregulaciones y la implantación de todo tipo de facilidades al capital financiero; pero muy especialmente por medio de la ampliación de la lógica del mercado y del predominio del afán de lucro en casi todas las esferas de actividad de los ciudadanos. Pensemos en particular en el caso de la educación, la seguridad social, los servicios médicos, por mencionar algunos ejemplos.

La globalización teóricamente consiste sólo en la ampliación del escenario de la competencia en el mundo, pero con la particularidad de que los sujetos de dicha competencia ya no responden necesariamente a la identificación de los capitales individuales con sus respectivos estados-nación. Además, la competencia global involucra a todos los mercados, los más relevantes de los cuales son los financieros. En términos de Gramsci, sigue vigente el mismo mercado determinado, sólo que su horizonte aparece ampliado a escala mundial (global), si bien debe reconocerse que esta ampliación no es ni completa ni homogénea. 37 Es probable que el mercado más globalizado sea el financiero y el más acotado por incontables restricciones al libre flujo de mercancías sea el laboral, en que la mercancía es el ser humano mismo. Siguiendo entonces la línea de reflexión gramsciana, deberíamos concluir que la globalización no constituye lo que nuestro autor llamaría una “nueva época”, sino sólo una continuación y extensión de la que él denomina industrialismo y en particular una conservación/modificación del americanismo. En otras palabras, sigue vigente el mismo “mercado determinado”, lo cual no impide que se produzcan ajustes en el interior del ámbito definido por dicho mercado. Estos ajustes vienen dados por la dinámica y las formas específicas que asume la competencia. Ésta puede propiciar la monopolización (oligopolización en el lenguaje de la teoría de la organización industrial) durante ciertos periodos. Pero la misma competencia dará origen a nuevos productos y procesos, a la formación de nuevos mercados, donde habrá oportunidades de desarrollo para nuevos capitales.

Por otra parte, debe recordarse que también el ciclo económico influye sobre la monopolización, la cual, en suma, no es un proceso lineal. Estos ajustes, aun teniendo un origen de naturaleza económica, se hacen necesarios para recomponer la hegemonía de la clase dominante, aunque con desplazamientos al interior de la misma.

Así, es de sobra conocido que con la globalización los sectores capitalistas más favorecidos son los vinculados con los mercados internacionales y muy particularmente el capital financiero. De esta manera, no es difícil constatar que el surgimiento de la globalización tiene como causas los mismos problemas de rentabilidad del capital que Gramsci refería a la emergencia del americanismo. En esta lucha por la rentabilidad, como antes quedó apuntado, concedía Gramsci singular importancia al papel de los “altos salarios”. La revolución pasiva americana, dice Buci-Glucksmann, 38 ocurre mediante el reajuste del salario (política de altos salarios), el desarrollo de prácticas de diferenciaciones internas en la clase obrera, y la creación de un proletariado fragmentado, parcelizado e intercambiable. Mientras tanto, el desarrollo (“racionalización”) de las fuerzas productivas se sitúa bajo la dirección de las clases dominantes, poseedoras del monopolio de la iniciativa, en ausencia de una dirección consciente y autónoma de la clase obrera. En el neoliberalismo ocurre también un reajuste salarial; altos salarios relativos en algunos sectores y países o regiones, pero sobre todo grandes diferenciaciones salariales, fuerte fragmentación de la clase obrera, modificaciones profundas en los procesos de trabajo y en el concepto mismo de trabajo y, también, racionalización del desarrollo de las fuerzas productivas bajo ciertas fracciones de la clase dominante.

En el mismo contexto de lucha por asegurar la rentabilidad del capital, en la revolución pasiva, apunta la autora citada, 39 el Estado sirve de instrumento para el desarrollo de las fuerzas productivas. En el neoliberalismo el Estado sigue cumpliendo esta función, aunque por vías distintas de las propias del Estado keynesiano. Ahora, por ejemplo, para ello regresa a manos privadas industrias, bancos, empresas, que tomó en sus manos cuando ya no, o todavía no, eran rentables; sigue encargándose (por la vía de las universidades públicas) de la investigación básica, dejando que el capital privado sólo goce de los beneficios del desarrollo tecnológico sin cargar con los costos. Recuérdese que todas las medidas tomadas para supuestamente “adelgazar” al Estado han provenido del Estado mismo. Con el resultado de que el adelgazamiento se ha experimentado sólo en ciertos renglones (educación, servicios médicos, etc.) y no en otros (gasto militar, medidas de apoyo al capital financiero, como los costosos rescates bancarios), es decir, siempre beneficiando al capital financiero globalizado y a los sectores mejor posicionados en el mercado mundial. Lo cual viene a confirmar la idea gramsciana, subrayada por Kanoussi y Mena: “Si la hegemonía es política, no puede no ser económica”. 40

La afirmación de Buci-Glucksmann, formulada antes de que el neoliberalismo se impusiera, en el sentido de que es a partir de y en la economía, a partir de y en los aparatos de hegemonía, que se delinean las revoluciones pasivas del capitalismo, se aplica perfectamente al fenómeno neoliberal.

Resulta de interés constatar el siguiente paralelo histórico. Hablando del fascismo como una forma de revolución pasiva, para Gramsci el arribo de esta forma de economía, vinculada con el corporativismo, implica de hecho un nuevo papel del Estado en la economía. Como la revolución es pasiva, la ganancia y la dirección de las clases dominantes y dirigentes tradicionales no se modifican y las fuerzas productivas se desarrollan bajo su guía. 41

Nótese que el neoliberalismo ha prosperado más firmemente en países con regímenes autoritarios, en particular donde el (neo)corporativismo es más fuerte. Además, cabría preguntarse si la asignación al Estado de relativamente nuevos o diferentes papeles en la economía es otra característica de las revoluciones pasivas del capitalismo. Por último, los últimos elementos señalados por la autora (ganancia, clases dominantes, desarrollo de las fuerzas productivas) se cumplen también a cabalidad en el neoliberalismo.

La revolución pasiva observada por Gramsci se caracterizaba por la penetración del Estado simultáneamente en la economía y en los aparatos de hegemonía de la sociedad civil. En el neoliberalismo, el Estado no deja de penetrar en la economía (gasto militar, subsidios selectivos a productores, medidas proteccionistas, controles salariales, etc.); lo sigue haciendo, pero ahora sin necesidad de hacer las concesiones a las masas a que antes estaba obligado por el pacto social corporativo basado en el constante crecimiento de la productividad del trabajo. Ahora la clase obrera está tan agobiada económica (crisis) y políticamente (derrota del marxismo histórico: socialismo real, socialdemocracia, nacionalismo tercermundista) que se la puede someter sin concesiones. Ésta es la diferencia esencial.

Por lo que concierne a la esfera político-ideológica, la recomposición de la hegemonía pasa por la ampliación del Estado, pero al hablar de este tema no debería pensarse en términos meramente cuantitativos, referidos al gobierno (por ejemplo, participación en el PIB), sino descubrir que se trata en esencia de la ampliación del Estado de la burguesía (y quizá mayormente de alguna fracción de ella, v. gr. el capital financiero internacional) y que la ampliación se refiere a la hegemonía, y a las concepciones del mundo y de la vida. 42 Por consiguiente, la difusión de la ideología fundamentalista del mercado en todos los ámbitos de la vida social representa una fortísima ampliación del Estado capitalista, tanto o más importante que la ampliación del gobierno. En el caso del neoliberalismo, se está ampliando la esfera de la dirección intelectual y moral, mientras que con el Estado keynesiano la ampliación se observó principalmente en la esfera del dominio económico-político. Si se ha tratado de una suerte de complementación a largo plazo entre ambos tipos de Estado, es algo que por ahora no podemos aclarar, si bien la hipótesis emerge casi en forma espontánea. Sin embargo, la contracción del Estado (sociedad política) en el neoliberalismo proviene del Estado mismo. Existen indicios de que esta contracción ha sido sólo aparente, si se atiende a indicadores como participación del gasto público en el PIB (gasto militar, por ejemplo). Por eso el neoliberalismo no es, en esencia, diferente de lo anterior; sólo lo es en las formas y, sobre todo, en su ideología (propaganda, retórica, etcétera).

La ampliación del Estado es hoy en esencia la expansión del sistema capitalista global, que, como subraya Soros, no se ha operado tanto geográficamente como en términos de influencia sobre la vida de las personas. Lo cual no significa en realidad la desaparición del Estado en la economía. Por el contrario, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la cuota del Estado en el PNB de los países industrializados en conjunto casi se ha duplicado. Aunque a partir de 1980 ha cambiado la corriente, la cuota antedicha no se ha reducido en forma perceptible, sólo la carga de los impuestos, que ha pasado del capital a los ciudadanos. Lo esencial es que la forma actual de capitalismo global se caracteriza por la intensificación del afán de lucro y su penetración en áreas que antes se regían (y que deberían seguirse rigiendo) por otras consideraciones, con lo cual el papel del dinero como valor intrínseco ha cobrado dimensiones antes nunca vistas. 43 En otras palabras, la ampliación del Estado capitalista en el mundo globalizado se da principalmente por la vía del fortalecimiento de la ideología neoliberal y en especial del fundamentalismo del mercado y su irrupción en todos los órdenes de la vida social.

Esta invasión de la ideología fundamentalista del mercado en la casi totalidad de las actividades humanas es una cuestión de hegemonía. Esta ideología ha exaltado en forma desmesurada la competitividad, el liderazgo y la excelencia como valores absolutos y de vigencia en todos los órdenes de la vida, ocultando que tales conceptos se manejan en su sentido clara y exclusivamente dinerario-comercial. Se nos quiere convencer de que todos somos vendedores, todos ofrecemos alguna mercancía, nuestra existencia tiene por fuerza como escenario por lo menos algún mercado. 44 Así, se supone que estamos siempre en competencia, la cual premia con el éxito sólo a los que saben conquistar el liderazgo. La masiva difusión de estos valores por diversos medios (libros, prensa, televisión, discurso político, instituciones educativas, etc.) persigue reducir al ser humano a una suerte de comerciante primitivo o buhonero, que actúa solo, cuya única meta es maximizar su ganancia, desplazar competidores, ampliar su mercado, ejercer un monopolio en él. Bien observados, los conceptos clave de la ideología fundamentalista del mercado no enfatizan ni promueven las capacidades creativas ni la responsabilidad o el trabajo en equipo, menos aún la solidaridad, la compasión; en suma, ninguna conducta que no encuadre en el do ut des (doy para que des), en el entendido de que no se busca un intercambio de equivalentes, pues si así fuera no habría ganancia, sino de no equivalentes. Lo cual, generalizado en dimensiones sociales, es absurdo e imposible. Por ello, el neoliberalismo y su ideología, el fundamentalismo del mercado, constituyen mucho más que una determinada política económica. Estamos frente a lo que Gramsci llamaba una “revolución intelectual y moral”. Sin embargo, esta revolución se ha impuesto a las masas populares echando mano ampliamente del dominio (coerción), más que del consenso, si bien este último no ha estado ausente, sobre todo a través de las instituciones de educación superior y de todo un ejército de intelectuales (periodistas, economistas del mainstream, políticos, formadores de opinión, etcétera). 45

En este caso, como en el americanismo estudiado por Gramsci, también se impone una nueva racionalidad que, habiendo sido primeramente introducida en la producción, rápidamente fue “extendida adecuadamente al conjunto de la sociedad, permeando toda la vida del Estado y desembocando en cambios en la hegemonía […]”. 46

Las políticas neoliberales centradas en la lógica del mercado se han impuesto en aras de la racionalidad económica y en ese sentido se cobijan bajo la misma bandera del fordismo. 47 Estas políticas se han extendido a todos los ámbitos, incluso los no económicos, convirtiéndose en paradigmas de conducta social e incluso personal. 48 Por estas razones, el neoliberalismo se ha convertido en lo que Gramsci llamaba una filosofía-acción. Además, las transformaciones neoliberales han sido impulsadas desde la cúspide del poder, otra característica de toda revolución pasiva.

Una valoración crítica del neoliberalismo puede pertrecharse de las armas esgrimidas por Gramsci en contra del economicismo. Se ha intentado ampliar la lógica del mercado a todos los ámbitos, incluso aquellos que por su naturaleza no son económicos, como lo son la producción de conocimientos y la reproducción de valores culturales. Pero incluso dentro del ámbito de la economía existen fenómenos inexplicables por la lógica del mercado, como las donaciones sin fines de lucro, así como las exacciones realizadas por la fuerza, bien sea la fuerza estatal. 49 Igualmente inaplicable es dicha lógica para explicar el funcionamiento de mercados como el laboral y el agrícola en los Estados Unidos y Europa, o bien la industria militar en todas partes del mundo.

Por otra parte, dentro de toda una patología histórica de procesos de revolución pasiva,50 el neoliberalismo ocupa un lugar preeminente. Así como el estalinismo y la socialdemocracia fueron dos revoluciones pasivas del siglo XX, el neoliberalismo vino a ser la última de dicha centuria. Asimismo, podría pensarse en el americanismo como una categoría general que abarca el Estado keynesiano, el neoliberal y tal vez otros, cuyo propósito es siempre cierta modernización para reconstruir la hegemonía de la clase dominante. Recordemos que la tarea histórica de la burguesía es “modernizar al capitalismo y a la forma de Estado correspondiente”. 51

En el contexto de las formas de Estado adecuadas al americanismo, Gramsci estimaba que el Estado corporativo italiano, el Estado fascista, podría representar una alternativa de modernización para Italia; al hablar de corporativismo es probable que pensara en su forma fascista, sin dejar abierta la posibilidad a otras variedades no fascistas de corporativismo. En este sentido, su contemporáneo Manoilescu tuvo una mejor intuición del futuro. Para él eran tan corporativos el régimen de Salazar como el de los fascistas rumanos e italianos, al igual que el recién emergido de la revolución bolchevique. 52 El corporativismo ha sido, como indica la experiencia histórica, una forma política altamente funcional al capitalismo, y no sólo al subdesarrollado. El canadiense John Ralston Saul lleva esta idea más lejos, al sostener que en la actualidad no existe ninguna sociedad auténticamente democrática, donde sea el individuo quien cuente. En todas, sostiene, son los grupos de interés, las modernas formas de corporaciones, quienes tienen en sus manos el control político. Así, el americanismo globalizado es profundamente corporativo, mucho más de lo que Gramsci hubiera esperado.

Una observación secuencial de las formas de Estado en el capitalismo contemporáneo puede sugerir que cada una de ellas se constituye para superar la crisis de la anterior. Kanoussi y Mena apuntan que hay revolución pasiva en la formación de ciertos estados nacionales, pero también “como intervención del Estado en la absorción de la crisis y regulación de la función productiva”. Parecería que los autores se refieren sobre todo a una crisis económica, pero lo cierto es que, sin dejar de ser económica, es más que eso: una crisis de hegemonía. Así, la crisis del Estado liberal se resuelve con el Estado intervencionista, y la crisis de éste se supera con la restauración del Estado liberal (ahora neoliberal). Pero como es una restauración desde arriba, se trata de una revolución pasiva. Se puede prescindir del transformismo porque la crisis económica ya se encargó de debilitar a las masas trabajadoras, las cuales políticamente ya habían sido —con habilidad— neutralizadas, esterilizadas, por largos años de transformismo socialdemócrata.

El Estado interviene para resolver la contradicción entre consumo restringido y producción creciente en la economía capitalista. La burguesía “produce y necesita de la ganancia y ésta se obtiene con la realización (el consumo) que hace surgir a las masas asalariadas, de ahí lo ingobernable de la economía sin la presencia del Estado y de ahí el Estado integral, como hegemonía difundida entre las masas: el Estado media entre estas dos grandes esferas y establece el andamiaje físico y moral de la relación producción-consumo”. 53

De acuerdo con lo anterior, podría plantearse la hipótesis de que el Estado keynesiano surge para resolver el problema de realización (restricción del consumo) derivado del desempleo. El Estado neoliberal aparece para superar la crisis del Estado keynesiano: hipertrofia de sectores parasitarios y merma de la ganancia, porque al ya no ser factibles ulteriores incrementos de la productividad, ya no es posible mantener y, menos aún, aumentar la participación del salario en el producto (PIB) sin menoscabo de la ganancia. El Estado neoliberal sacrifica al asalariado para ampliar la participación de las ganancias en el producto. Pero lleva esto a tal extremo que reaparece una crisis de realización (desempleo, sector informal, clases parasitarias, pobreza extrema, etc.) que llega a poner en peligro la propia ganancia. Cabe aclarar que, en las condiciones actuales, la maximización de la ganancia puede lograrse gracias al consumo de ciertos estratos de altos ingresos y no necesariamente merced al consumo masivo. Su demanda conforma nichos de mercado que se convierten en objeto de la rivalidad concurrencial entre los capitales. Por otra parte, las dificultades para alcanzar un consumo masivo, en un escenario de creciente pobreza extrema, constituye uno de los escollos con que tropiezan los intentos de resucitar el keynesianismo. En estas circunstancias emerge la crisis actual del Estado neoliberal, cuya intervención se enfoca en proteger el espacio de su moneda, para promover la más ventajosa inserción de sus fracciones dominantes del capital en la economía mundial. Sin embargo, en esta lucha por lograr una mejor inserción en la economía mundial globalizada, un resultado posible es el sometimiento de los estados nacionales, sobre todo los más débiles, al capital financiero transnacional y sus instituciones. Esto nos lleva a suponer que también hay revolución pasiva en la superación o sometimiento de los estados nacionales.

En la contraposición Estado keynesiano-Estado neoliberal, como formas americanistas de Estado, se revela otro elemento característico de la revolución pasiva: el nexo revolución-restauración. El neoliberalismo, como modernización capitalista, muestra claros rasgos de revolución pasiva. En efecto, el neoliberalismo procede por la misma razón: modernizar, racionalizar, corregir los excesos y desviaciones del Estado keynesiano, y devolver al mercado su primacía porque sólo él garantiza la racionalidad de la economía en su conjunto.

El Estado, keynesiano o neoliberal, “sigue siendo la racionalidad de una actividad o función productiva de la clase que organiza el proceso de reproducción social en su conjunto. Es la racionalidad de la práctica de una clase que se materializa en instituciones”. 54 La diferencia estriba en que el Estado neoliberal trata de imponer en todos los ámbitos la racionalidad del mercado y lo hace más autoritariamente. Esto se explica porque la revolución pasiva atañe a las relaciones entre las clases sociales 55 y en el neoliberalismo la relación de fuerza entre las clases sociales es fundamental. Se trata de una relación asimétrica, en desventaja de las clases trabajadoras y de los sectores de la burguesía desvinculados de los mercados exteriores. El neoliberalismo indica una derrota del movimiento obrero y un repliegue de la izquierda histórica (socialdemocracia, comunismo, nacionalismo revolucionario). Su propósito como revolución pasiva es la reconstrucción de la hegemonía capitalista, y para ello se ha valido de varias rupturas. La más importante es la ruptura con el pacto por la productividad, concertado entre la clase obrera y la clase capitalista, en particular con sus sectores más vinculados con las ramas dedicadas a la producción de bienes para el mercado interno. Este pacto, posible gracias a la fase ascendente de la onda larga de Kondratieff que llegó a su fin hacia la década de los setenta, fue de tipo claramente corporativo. Tuvo su expresión económica en al keynesianismo y la política en la socialdemocracia europea y sus semejantes de otras latitudes.

Por lo que concierne a la neutralización de la iniciativa popular, como rasgo de la revolución pasiva, ésta se cumple en los distintos tipos de estados keynesianos, todos intervencionistas, como los del socialismo real, los socialdemócratas y los desarrollistas del Tercer Mundo. Sin embargo, el Estado neoliberal ya no necesitó hacer concesiones para neutralizar a las masas populares, pues ya se encontraban neutralizadas, o bien tan golpeadas por la crisis, que no tenían posibilidades de dirigir iniciativa alguna. Además, políticamente estaban siendo derrotadas en el lapso de auge y extensión del neoliberalismo. Todo esto apunta a validar la idea de que el Estado neoliberal es distinto del Estado intervencionista keynesiano, pero no es lo opuesto. Es igualmente corporativo y mantiene la misma estructura de clases. Tal vez lo opuesto tampoco fue el Estado del “socialismo real”, sino que acaso podría llegar a ser (si llegara a cristalizar históricamente algún día) el Estado basado en la autogestión de los productores, como deseaba Gramsci.

Por otra parte, el Estado neoliberal pretende restaurar el orden individualista liberal prekeynesiano, cuando en realidad lo que instaura es un orden neoliberal corporativista. Un interesante paralelo histórico entre la época de Gramsci y la nuestra consiste en que él se interesó por reflexionar sobre el fascismo como un aspecto y un elemento de la disolución del Estado liberal. Hoy también el Estado liberal enfrenta una seria amenaza, ahora a causa de la globalización y en particular por parte del capital financiero internacionalmente móvil. Siendo todavía la unidad básica político-social el Estado-nación, se crea una fuerte tensión entre el ámbito global de los mercados financieros y el ámbito nacional de la política, pudiendo el capital internacional sustraerse en gran medida de cualquier control político o social.

En cuanto a la estructura de clases, según Gramsci, el americanismo exigía reducir a un mínimo a las clases parasitarias, es decir, las ubicadas en el sector servicios y que satisfacían sobre todo la demanda de las viejas clases dominantes, resabios de modos de producción anteriores, como la aristocracia terrateniente. Ahora sucede lo contrario. La globalización se sustenta en forma considerable en la extensión y diversificada reproducción de estas clases. Las clases parasitarias creadas o promovidas por la globalización son, por una parte, las élites directivas y, por la otra, el heterogéneo mundo del empleo llamado informal. Las élites directivas son hoy, como afirma Saul, 56 tan amplias y ejercen un efecto tan dominador sobre nuestro sistema educativo, que estamos enseñando a la mayoría de la gente a dirigir, mucho más que a pensar. No sólo no recompensamos el pensamiento, sino que lo penalizamos incluso como poco profesional. Este enfoque utilitarista, aunque de utilidad muy limitada, se está introduciendo ahora en la educación general preuniversitaria. La enseñanza de las mudables habilidades directivas y tecnológicas está suplantando los principios fundamentales del saber.

Pero también los modernos “parásitos rituales” han tenido un efecto negativo directo en la economía. Los administradores y directivos han venido a suplantar a los verdaderos empresarios capitalistas. La formación y las estructuras de la empresa multinacional o de la gran empresa nacional, tienen muy poco que ver con el capitalismo o el riesgo: son reencarnación de los monopolios regios del siglo XVII. 57 Son una versión moderna del mercantilismo. 58 Estas compañías, administradas más que dirigidas inteligentemente, son a la larga malos inversores, en especial en investigación y desarrollo. A las mentalidades administrativas les espanta la creatividad y por eso ejercen una influencia negativa sobre la innovación. Sólo promueven la eficiencia —habilidad para realizar una tarea determinada con el mínimo esfuerzo—, pero no la efectividad, es decir, la obtención de resultados. Esta última mira al contenido y a la forma de darlo. La eficiencia, en cambio, es sólo un concepto abstracto y primordialmente negativo. Esta obsesión por la eficiencia impide el crecimiento, desanima al capitalismo y conduce al fracaso, debido en gran medida al miedo del administrador a la incertidumbre. Por lo mismo, resulta ser la persona menos indicada para enfrentar una crisis. Sin contar con las virtudes del propietario, ha buscado estimular la actividad capitalista a través de fusiones, adquisiciones, enajenaciones y el control mayoritario de las empresas. Todo ello facilitado por la globalización. 59

Finalmente, el parasitismo de las clases dirigentes actuales se expresa en su avidez por la falsa expansión empresarial, por el camino fácil de la privatización de las empresas públicas. Muy pocas de las empresas estatales (en todo el mundo) prestaban servicios ineficaces antes de ser enajenadas. No existen hoy indicios de que, una vez privatizadas, aquellas empresas que funcionaban adecuadamente hayan mejorado sus servicios. 60

Consideraciones finales y reflexiones provisionales sobre el tema

La propuesta esbozada en estas páginas considera la globalización como una forma del americanismo y al neoliberalismo como revolución pasiva, lo cual nos permite ver desde una nueva perspectiva fenómenos considerados como dictados por una lógica económica inexorable y de los cuales no hay escapatoria. Se descubre que tal inexorabilidad no existe y que la imposición de una racionalidad acorde con el mercado en el fondo persigue la recomposición de la hegemonía del capital, hoy adjetivado como global. En primer lugar, debe reconocerse que el fordismo,61 bajo cualesquiera de sus formas, no se guía por “la racionalidad” económica sino sólo por una forma específica de ella. En segundo lugar, considerar el neoliberalismo como una forma fordista de revolución pasiva permite asimismo superar el falso dilema entre Estado y mercado y analizar el fenómeno bajo una luz diferente, es decir, a la luz del concepto de hegemonía. 62

Retomar a Gramsci y a los estudiosos de su obra y hacerlos dialogar con otros pensadores contemporáneos de mirada crítica puede ayudarnos a entender que la globalización no es un hecho económico inexorable o automático, menos aún la globalización desde arriba, sino que puede haber otras formas de convivencia en un planeta intercomunicado, interrelacionado e interdependiente; por ejemplo, una globalización desde abajo; pues si reconocemos que se trata en esencia de una cuestión de hegemonía, entonces quedan abiertas diversas posibilidades, cada una acorde con un proyecto hegemónico diferente. La globalización excluyente —hoy imperante— corresponde al proyecto hegemónico de las fracciones del capital mencionadas aquí. Concebimos la globalización como una nueva forma del americanismo, abierta para recomponer la hegemonía del capital por la vía de una nueva revolución pasiva. Tal recomposición se hizo necesaria por dos razones. Una fue la crisis económica a partir de la fase B de la onda larga de Kondratieff. La otra fue la crisis del Estado keynesiano y en general de las diversas versiones del Estado intervencionista, o bien, en términos más amplios, crisis del liberalismo. 63

Esta recomposición se lleva a cabo en forma de revolución pasiva, buscando no lo opuesto del pasado (keynesiano), sino lo distinto, donde los elementos de consenso juegan un papel determinante. Este consenso se ha articulado en torno a la ideología fundamentalista del mercado. Por consiguiente, una crítica radical de la actual globalización “pasiva” y excluyente se enriquecería con la incorporación creativa de la herencia gramsciana. Así, la globalización se abordaría sin descuidar los factores económicos, pero sin caer en el economicismo, tan rechazado por Gramsci. Superaríamos, con base en el concepto gramsciano de mercado determinado, la falsa antinomia Estado versus mercado. Igualmente se destacarían los elementos subjetivos, las voluntades políticas, impulsoras de la globalización, así como sus móviles específicos, hoy ocultos bajo el disfraz de la inexorabilidad y de la racionalidad de los procesos económicos. Una tercera tarea sería la crítica del fundamentalismo del mercado, identificándolo previamente como elemento clave de un determinado proyecto hegemónico. Se le arrancaría, así, su antifaz de teoría científica neutra y acorde con una supuesta racionalidad absoluta. Por último, la ubicación de la globalización dentro de la morfología de las revoluciones pasivas del capital permitiría su evaluación en una dimensión histórica de largo alcance, abriendo la puerta a la prefiguración de escenarios alternativos, hoy reclamados sobre todo por quienes han resultado ser los perdedores en un mundo globalizado, renuente a reconocer el derecho a existir de, por lo menos, ochenta por ciento de la población del planeta.

*Publicado en Política y Cultura, núm. 18, otoño 2002, pp. 9-38

NOTAS

1 No es casual que una de las más resonantes críticas a esta situación provenga de una especialista en literatura; véase Viviane Forrester. El horror económico: Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997.

2 Cfr. Dora Kanoussi y Javier Mena. La revolución pasiva: una lectura de los Cuadernos de la cárcel: Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1985.

3 Hasta ahora la edición más completa de los Cuadernos de la cárcel, si bien no exenta de polémica en cuanto a la datación y numeración de los textos, es la de Valentino Gerratana, que data de 1975. La traducción española ha aparecido un cuarto de siglo después, mientras que las versiones en alemán e inglés todavía están en elaboración.

4 Franco de Felice. “Rivoluzione pasiva, fascismo, americanismo in Gramsci”, en Franco Ferri (comp.). Política e storia in Gramsci I: Roma, Editori Riuniti/Istituto Gramsci, 1997, p. 178.

5 Una muy ilustrativa revisión de la literatura sobre globalización publicada en inglés, alemán, español, italiano, portugués y francés, se puede leer en el primer capítulo de la cuarta edición revisada de Elmar Altvater y Birgit Mahnkopf. Grenzen der Globalisierung, 4a ed.: Munich, Westfälisches Dampfboot, 1999.

6 Cfr. Christine Buci-Glucksmann. “Sui problemi politici della transizione: classe operaia e rivoluzione pasiva”, en Franco Ferri, op. cit., p. 118.

7 Deseo subrayar que el propósito de este ejercicio heurístico no es profundizar per se en el análisis de los fenómenos básicos del capitalismo contemporáneo, como la globalización neoliberal, pues para ello evidentemente deberíamos tomar en cuenta a numerosos autores contemporáneos, quienes en diversas disciplinas, no sólo en economía, han hecho y siguen haciendo esfuerzos dignos de consideración. El propósito de este trabajo es únicamente encontrar en Gramsci una serie de elementos analíticos que, en combinación con los de otros autores, puedan enriquecer nuestra comprensión de los fenómenos arriba apuntados.

8 Actualmente se habla de fordismo y posfordismo en términos que no coinciden exactamente con los de Gramsci. Los métodos de producción aplicados por Henry Ford en 1913 se generalizaron en el resto de las industrias. El fordismo comprende normas que tratan de la organización de los procesos productivos, en particular el factor trabajo, así como de los objetivos productivos y los métodos para resolver conflictos laborales. El fordismo se combina con el taylorismo (racionalización de los procesos productivos dividiendo la organización de la producción de las tareas mecánicas), pero separa los aspectos mentales de las tareas manuales. El fordismo entró en crisis hacia finales de la década de 1960, a medida que las relaciones sociales se volvían cada vez más tensas y los antiguos acuerdos en torno al pleno empleo y a la financiación de un Estado de bienestar cada vez más caro se debilitaban. Por otra parte, en el posfordismo los métodos de producción se centran en nuevas tecnologías productivas, como la biotecnología, la microelectrónica y la tecnología de la información, mientras que las relaciones y prácticas laborales son más flexibles.

9 De Felice recuerda la opinión de Gramsci en el sentido de que en algunos países capitalistas atrasados las masas obreras y campesinas no se consideran como un mercado. El mercado para la industria está pensado en el exterior. La industria, con el proteccionismo interno y con los bajos salarios, se procura mercados exteriores con un dumping permanente. Véase Franco de Felice, op. cit., p. 212.

10 En opinión de Franco de Felice, op. cit., p. 211, para Gramsci el fordismo se entiende como una forma particularmente desarrollada de organización del trabajo en la fábrica (taylorismo y producción en serie), y el americanismo se entiende como una forma de organización de las relaciones sociales y humanas. Por otra parte, me atrevería a sugerir que la posición de Gramsci frente al taylorismo no fue lo suficientemente crítica. No alcanzó a reconocer, como Saul, que el modelo taylorista, origen mismo de la teoría empresarial, es falsamente científico y que concibe al ser humano como un mecanismo; que elimina la incertidumbre del tiempo y envuelve la actividad humana, para encajar al hombre en una estructura propia para la maquinaria. Véase John Ralston Saul. La civilización inconsciente: Barcelona, Anagrama, 1997, p. 176.

11 Antonio Gramsci. Quaderni del Carcere: edición crítica a cargo de Valentino Gerratana, Turín, Einaudi Editore, 1975, cuaderno 11, p. 1485.

12 Este planteamiento guarda semejanza con el concepto de reflexividad manejado por Soros. Véase George Soros. La crisis del capitalismo global: la sociedad abierta en peligro: México, Plaza & Janés, 1999.

13 Véase Antonio Gramsci, op. cit., cuaderno 11, nota 65.

14 En este contexto el concepto gramsciano de civilización es compatible con, mas no idéntico, al de Huntington. Cfr. Samuel P. Huntington. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial: México/Buenos Aires/Barcelona, Paidós, 1997.

15 Cfr. Antonio Gramsci, op. cit., cuaderno 28, nota 1.

16 Véase Immanuel Wallerstein. Después del liberalismo: México, Siglo XXI Editores, 1998.

17 Véase Antonio Gramsci, op. cit., cuaderno 10, nota 17.

18 Véanse los ensayos de Schmitter, en particular el artículo titulado “¿Continúa el siglo del corporativismo?”, que ha servido de base y punto de partida para la rica discusión sobre el tema en las últimas tres décadas. Philippe C. Schmitter. Teoría del neocorporativismo: Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1992.

19 Véase Franco de Felice, op. cit.

20 Cfr. Christine Buci-Glucksmann, op. cit.

21 Véase Christine Buci-Glucksmann, op. cit., p. 114.

22 Cfr. Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., pp. 75, 76, 84, 90, 91, 96, 97, 98, 100, 106-108.

23 Sobre la centralidad del tema de la modernización en el pensamiento gramsciano y en particular en el cuaderno dedicado a americanismo y fordismo, quien más profundamente ha insistido es probablemente Mario Teló. Véase Mario Teló, “Gramsci, el nuevo capitalismo y el problema de la modernización”, en Dialéctica, nueva época, año 17, núm. 26 (especial), verano-otoño, 1994, pp. 130-164, y “Gramsci y el futuro de Occidente”, en Dora Kanoussi (comp.). Los estudios gramscianos hoy: México, International Gramsci Society/Plaza y Valdés, 1998, pp. 201-228.

24 Véase Franco de Felice, op. cit., p. 212.

25 Los autores atribuían a la debilidad de la base económica la necesidad del impulso por parte de las superestructuras. Cierto que en numerosos casos (países subdesarrollados) el intervencionismo estatal ha tenido esta justificación. Sin embargo, el neoliberalismo reclama una retirada masiva del Estado de la economía, pero la verdad es que la imposición de la política económica neoliberal se hace desde el Estado mismo (reglamentaciones —incluso para desregular—, controles salariales, subsidios selectivos, privatizaciones, política económica en general, etc.). En otras palabras, el intervencionismo estatal se mantiene pero cambia de enfoque.

Además, se mantiene para fortalecer, no la base económica en general, sino el capital privado, sobre todo los sectores vinculados con el mercado mundial. Esto significa que el Estado neoliberal actúa o deja de actuar principalmente para favorecer a las fracciones de clase ubicadas dentro del bloque dominante, cuyos capitales requieren proseguir sus procesos de acumulación a escala mundial. En el caso de los países desarrollados (Europa, Estados Unidos) la base económica era fuerte pero distorsionada, a juicio de los neoliberales. Tratándose de los países subdesarrollados, lo que importó a los neoliberales no fue tanto la debilidad de su economía, sino su composición, estructura y orientación (escasa al mercado exterior). El neoliberalismo, por consiguiente, ha significado un fuerte y sesgado impulso a la estructura económica desde las superestructuras.

26 Algunos autores, como Kanoussi y Mena, parecen poner el acento en el reformismo, pero una reflexión más cuidadosa muestra que el punto crucial es la modernización. El reformismo es sólo una vía para alcanzar esta última. Cfr. Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 96.

27 Tal fue el caso del neoliberalismo en México, especialmente con el gobierno de Salinas de Gortari y en particular a través del programa de ayuda a los sectores más pobres de la población, denominado Solidaridad, entre cuyos funcionarios se encontraban numerosos ex militantes de diversas organizaciones de izquierda, en su mayoría universitarias.

28 En el contexto actual la tendencia universal es sin duda la globalización, y las fuerzas que gozan de una situación internacional favorable son las fracciones del capital transnacional ubicadas en los sectores económicos globalizados: automotriz, aeronáutico, informático, químico y bancario.

29 El americanismo —apunta De Felice— se convierte en un punto central en cuanto se puede interpretar como el desarrollo de una contratendencia a la caída de la tasa de ganancia, y esto no sólo en relación con las modificaciones, que le son propias, del proceso productivo y de la organización del trabajo, sino sobre todo porque es inseparable del desarrollo de elementos de racionalización económica, esto es, de una intervención que busca la reducción de los costos generales del complejo aparato productivo nacional e internacional. En relación con esta cuestión objetiva, Gramsci interpreta la experiencia corporativa como posibilidad de desarrollar las fuerzas productivas de la industria bajo la dirección de las clases dirigentes tradicionales. Véase Franco de Felice, op. cit., p. 206

30 Un punto sin duda muy polémico y merecedor de una seria discusión concierne al aspecto progresista que Gramsci veía en el taylorismo. Sin duda no ignoraba sus efectos enajenantes; él mismo habla del gorila amaestrado en los Cuadernos, pero en su apreciación global no resaltó suficientemente la vertiente deshumanizante del taylorismo. En otras palabras, Gramsci, al igual que la mayoría de los marxistas de su generación y desde luego de la anterior, fue víctima de cierta fascinación por la técnica.

31 Antonio Gramsci, op. cit., cuaderno 11, p. 1313.

32 Sería demasiado simplista pensar que un solo indicador económico puede resumir y expresar la dinámica de toda la economía. Por ello, parece más adecuado considerar la tasa de ganancia sólo como un sinónimo de las condiciones generales de valorización y de rentabilidad de capital.

33 Véase George Soros, op. cit.

34 “Estos mercados —dice Soros— que constituyen el eje del sistema capitalista global, son intrínsecamente inestables. Lo cual se debe a que intentan predecir un futuro supeditado a decisiones tomadas por las personas en el presente. En estos mercados no rige el principio de equilibrio, sino el de reflexividad, pero no se limitan a reflejar pasivamente la realidad, sino que la crean activamente y la reflejan a su vez. En consecuencia siempre está presente cierta divergencia entre la realidad y nuestro conocimiento de ella (sesgo de los actores) y por ende siempre impera el principio de falibilidad, esto es, nuestra comprensión del mundo es intrínsecamente imperfecta”. Cfr. George Soros, op. cit.

35 Cfr. Christine Buci-Glucksmann, op. cit., p. 109.

36 Medidas como las privatizaciones deben insertarse en el contexto y en la perspectiva de un Estado (el neoliberal) cuyo propósito es fortalecer ciertas fracciones del capital (el capital financiero internacional). De tal manera que las privatizaciones pueden alternarse o complementarse con “estatizaciones”, siempre para mejorar las condiciones que permitan aumentar la rentabilidad del capital.

37 Esto significa que todos los mercados se ven bajo la influencia de la competencia global. La rivalidad entre Samsung y Philips o entre Ford y GM se da en todo el orbe. Fenómenos y tendencias ocurridos en sus mercados, por ejemplo en Europa o en los Estados Unidos, pueden repercutir específicamente en recortes de personal en sus plantas de Hermosillo o Tijuana. El capital se desplazará con facilidad a localidades más favorables desde la perspectiva y de acuerdo con los intereses estratégicos de la firma matriz. Así, las inversiones pueden fluir a China o a la República Checa. Por el contrario, los obreros ahora desempleados en Hermosillo o Tijuana no podrán irse a buscar empleo en Cantón o en Praga.

38 Christine Buci-Glucksmann, op. cit., p. 118.

39 Ibid., p. 121.

40 Cfr. Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 130.

41 Cfr. Christine Buci-Glucksmann, op. cit., p. 116.

42 Para evitar confusiones, recuérdese que para Gramsci el Estado en sentido amplio comprende sociedad política y sociedad civil, mientras que en sentido restringido equivale sólo a sociedad política. Cuando en el neoliberalismo se reducen ciertas atribuciones o ámbitos del sector público, éstos pasan a la esfera de la sociedad política. El Estado no se reduce, según la terminología gramsciana. Véase Carlos Maya, “El concepto de Estado en los Cuadernos de la cárcel”, en Cuadernos Políticos, núm. 33, julio-septiembre, 1982, pp. 7-19.

43 Tales áreas corresponden a lo que Altvater y Mahnkopf llaman espacios funcionales: economía, sociedad, política y naturaleza regidos cada uno por lógicas diferentes y propias. Cfr. Elmar Altvater y Birgit Mahnkopf, op. cit.

44 Deseo llamar la atención sobre la pertinencia de considerar el mercado como forma y no como sustancia, empleando los términos que usa Saussure hablando del fonema y que han retomado autores como Paul Ricoeur. El lingüista suizo apunta que el fonema no es una sustancia, sino una forma, o sea, un haz de relaciones. Ricoeur, por su parte, afirma que “una oración es una totalidad irreductible a la suma de sus partes. Está hecha de palabras, pero no es una función derivativa de sus palabras. Una oración está hecha de signos, pero no es un signo en sí”. (Véase Paul Ricoeur. Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido: México, Siglo XXI Editores, 1995, p. 21.) Esto trae a la memoria que ya Marx había apuntado algo similar al decir que el capital no es una cosa, sino una relación social. Análogamente, podemos pensar que el mercado no es una cosa, aunque en un principio fuera un lugar (la plaza pública; recuérdese que en México hasta no hace muchos años se usaba el término plaza como sinónimo de mercado y que este último término se fue generalizando a medida que se difundían los llamados supermercados de tipo estadounidense) o un espacio en el que se encontraban física y personalmente compradores y vendedores. Por consiguiente, es válido concebir el mercado como un haz de relaciones dadas por las transacciones entre oferentes y demandantes. Así, cuando se dice que “el mercado fija los precios”, no se trata de un sujeto por encima de los simples mortales con una visión fragmentaria de su mundo económico, sino de un sistema, de un conjunto de relaciones, de interacciones. Asimismo, la idea de totalidad irreductible a la suma de sus partes, expresada por Ricoeur, podría aplicarse al mercado, pero también a la economía nacional o a la mundial. La primera, por ejemplo, no es la suma de las economías individuales de las empresas y las familias, sino un sistema que al funcionar como tal se convierte en “un mundo en sí mismo, dentro del cual cada elemento sólo se refiere a elementos del mismo sistema, gracias a la interacción de oposiciones y diferencias constitutivas del sistema” (ibid., p. 20).

Análogamente a lo que sucede con el lenguaje, según Ricoeur, que ya no aparece como la mediación entre mentes y cosas, tanto la economía nacional como la economía mundial y sus respectivos mercados se convierten en sistemas autosuficientes de relaciones internas. El mercado no es la mediación entre hombres (oferentes, demandantes) y cosas (mercancías y servicios), sino un mundo en sí mismo, dentro del cual cada elemento sólo se refiere a elementos del mismo sistema.

45 Para una lúcida crítica al fundamentalismo del mercado y el daño que produce al capitalismo mismo véase George Soros, op. cit.

46 Dona Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 123.

47 Ni la racionalidad en general ni la racionalidad económica en particular existen como enunciados a priori, como se quiere hacer creer. Existen muchas racionalidades económicas, estructuradas en función de axiologías metaeconómicas. Un bello ejemplo de esto puede leerse en el capítulo que dedica Schumacher, en Lo pequeño es hermoso, al funcionamiento de una aldea budista. Otro no menos brillante nos lo proporciona B. Traven en su cuento titulado “El vendedor de canastas”, incluido en su conocida obra Canasta de cuentos mexicanos. Por lo que toca a la racionalidad y los absurdos a que ha conducido en la cultura occidental el culto a la razón, en detrimento del humanismo, véase John Ralston Saul, op. cit.

48 No es casual que no hace mucho haya recibido el Premio Nobel de Economía Gary Becker, a quien se debe una interpretación de las relaciones familiares como relaciones de mercado.

49 Véase Kenneth Ewart Boulding, The economy of love and fear; a preface to grants economics: Belmont, Wadsworth Pub. Co., 1973.

50 Cfr. Christine Buci-Glucksmann, op. cit.

51 Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 85.

52 Sin duda ha sido Schmitter quien en la discusión contemporánea ha llamado la atención sobre la obra de Mijail Manoilescu, en particular su libro titulado El siglo del corporativismo, publicado en francés en 1934. Sobre este autor resulta de interés mencionar que se ocupó del proteccionismo y el comercio internacional, tema sobre el que publicó un libro de cuatrocientas páginas, aparecido en rumano, francés y alemán hacia 1929.

53 Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 155.

54 Ibid., p. 148.

55 Cfr. Dora Kanoussi y Javier Mena, op. cit., p. 75.

56 Véase John Ralston Saul, op. cit., pp. 25-26.

57 Ibid., pp. 137, 140, 141.

58 Algunos apologistas del neoliberalismo consideran que, antes de su instauración en América Latina, lo que existía no era verdadero capitalismo, sino una suerte de mercantilismo, cuyo móvil era no la maximización de las ganancias, mediante la innovación y la competencia, sino la búsqueda de rentas, sobre todo por la vía del clientelismo, de los vínculos personales y del cabildeo. En su opinión, el mérito de gobernantes como De la Madrid y Salinas en México, Menem en Argentina y Pinochet en Chile, fue producir una revolución capitalista en el subcontinente. Véase Paul Craig Roberts y Karen L. Araujo. La revolución capitalista en Latinoamérica: México, Oxford University Press, 1999.

59 Cfr. John Ralston Saul, op. cit., pp. 143-144.

60 La larga crítica de Saul de la visión empresarial tecnocrática busca demostrar que se ha perdido por completo la noción de lo que Adam Smith denominaba “el trabajo útil” y que los responsables de esta confusión son los economistas, las escuelas empresariales y los directivos del sector privado. A juicio del autor, la economía debería ser rescatada del punto muerto a que la ha llevado la econometría, y reintegrada a un enfoque que incluya la política, la historia y la filosofía. Por su parte, las facultades de ciencias empresariales representan un grave fracaso y son un impedimento para la prosperidad y el desarrollo en todo Occidente. El autor propone quitarlas de las universidades y convertirlas en un elemento más de un sistema de aprendizaje financiado por los negocios privados. Véase John Ralston Saul, op. cit., pp. 149-150.

61 Recuérdese que estoy empleando el término fordismo sólo en su acepción gramsciana. Un análisis más completo de los fenómenos apuntados exigiría considerar otras aportaciones. En el caso del fordismo habría que apoyarse sin duda en la obra de Alain Lipietz.

62 Aquí sólo he buscado mostrar la utilidad del aparato conceptual gramsciano para un análisis de la globalización neoliberal. Dentro de este aparato el concepto de hegemonía ocupa un lugar clave. Sin embargo, un análisis más preciso debería enriquecer el enfoque gramsciano con otras aportaciones. Así, por ejemplo, para profundizar en la compleja relación Estado-mercado, la categoría gramsciana de hegemonía debería complementarse con el concepto de legitimación y, muy especialmente, con el uso dado por Jürgen Habermas a este término.

63 Cfr. Immanuel Wallerstein, op. cit.

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