Política, elitismo y engaño en el ideario neocon

neocon (Clouds)Grotescos y extraños comportamientos genera la política: el ex-presidente Zapatero y el líder macho-alfa de Podemos P. Iglesias, han mantenido una reunión secreta, con Bono de mamporrero. Conste que se pueden reunir, lo que no está tan claro es el secretismo. Como no está claro que el “martillo contra la casta” se reúna con el que fue lider de uno de los dos partidos de la casta; que sus economistas mantengan “discretas” reuniones con el Santander o cosas por el estilo. Pero por sus actos los conoceréis.

Hoy vamos a ceder espacio nuevamente al tema de los intelectuales y la política, pero en esta ocasión, vamos a tratar a los intelectuales del enemigo, que los tiene y muchos. En concreto, vamos a tratar de comprender a los neocons y la influencia que sobre ellos ejerció Leo Strauss. Hay que conocer al enemigo…

Salud. A. Olivé

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POLÍTICA, ELITISMO Y ENGAÑO EN EL IDEARIO NEOCON. LA INFLUENCIA DE LEO STRAUSS SOBRE LOS NEOCONS

Ramón Campderrich Bravo

 

Lo esencial en una aristocracia buena y sana es (…) que no se sienta a sí misma como función (…), sino como sentido (…) que acepte, por tanto, con buena conciencia el sacrificio de un sinnúmero de hombres, los cuales, por causa de ella, tienen que ser rebajados hasta convertirse en hombres incompletos, en esclavos, en instrumentos.

NIETZCHE, Más allá del bien y del mal, 259.

Me veo inclinado a restablecer la jerarquía en una época de sufragio universal.

NIETZSCHE, La voluntad de poder, 849.

 

I

En el presente escrito se expondrán algunas ideas muy generales acerca del probable influjo del pensamiento político del filósofo alemán profesor en la Universidad de Chicago Leo Strauss sobre el grupo de intelectuales al servicio de la Administración norteamericana y de poderosas fundaciones e institutos de investigación 1 conocidos con el nombre de neocons. 2 Entre los neocons más relevantes o conocidos cabe citar a William Kristol, John Podhoretz, Abram Shulsky, Lewis Libby, Richard Perle, Robert Kagan, Paul Wolfowitz, Lawrence Kaplan, Douglas Feith, Elliott Abrams, John Bolton y William Bennett. Los neocons han suscitado el interés de los científicos sociales no tanto por la calidad de sus publicaciones y la sutileza y fecundidad intelectual de sus doctrinas, en verdad bastante mediocres, sino por ser juzgados los inspiradores ideológicos de la política exterior estadounidense durante el primer mandato del presidente George W. Bush. 3

La instrumentalización mediática del impacto psicológico en la población estadounidense de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la elevada posición de poder ostentada por importantes neocons en los departamentos de Estado y Defensa de la Administración Bush 4 han transformado a éstos en los instigadores ideológicos de las decisiones del gobierno estadounidense en política exterior, en particular, de las ocupaciones de Afganistán e Irak. En suma, el interés despertado por los neocons es indirecto: no se estudian sus ideas por su intrínseca productividad, por su valor intelectual intrínseco, sino por su influjo efectivo en la orientación de las decisiones tomadas por la primera potencia mundial. Por consiguiente, el interés por este grupo de académicos de la derecha radical estadounidense desaparecerá en cuanto se esfume, se evapore, su capacidad de influir la política estadounidense a través de sus posiciones de poder en la Administración Bush.

Ya desde este mismo momento conviene advertir que estos neocons no se deben confundir con el conjunto de filósofos y politólogos, intelectualmente mucho más brillantes, que constituyen la primera generación de pensadores neoconservadores norteamericanos de los años sesenta y setenta —aludo a los años en que comienzan a ser conocidos. Me refiero a figuras tan relevantes para la intelectualidad estadounidense como Daniel Bell, James Q. Wilson, Robert Nisbet, Irving Kristol, Allan Bloom, Norman Podhoretz, Nathan Glazer, Daniel Patrick Moynihan o Albert Wohlstetter. Los neocons, que adquieren notoriedad en los años ochenta y, sobre todo, noventa, son los mediocres herederos de esta primera generación neoconservadora, razón por la cual se les puede calificar con toda justicia de segunda generación neoconservadora, incluso en sentido literal (así, William Kristol es hijo de los neoconservadores de primera generación Irving Kristol y Gertrude Himmelfarb; John Podhoretz es hijo de los neoconservadores de primera generación Norman Podhoretz y Midge Decter; el neocon Daniel Kagan es hijo del neoconservador de primera generación Donald Kagan, ejemplos que nos dan una idea de la cerrazón y carácter endogámico del neoconservadurismo norteamericano).

II

Las raíces intelectuales profundas de los neocons pueden ser agrupadas en tres grandes bloques: la tradición del idealismo universalista norteamericano (1); la tradición de los académicos-burócratas de la Guerra Fría (2); y el pensamiento de una serie de filósofos conservadores originarios de Europa Central que huyeron del nazismo y se instalaron en las universidades norteamericanas en los años treinta y cuarenta, entre los cuales sobresale Leo Strauss (3). Precisamente el pensamiento de Leo Strauss en tanto que una de las raíces intelectuales de los neocons heredada de la primera generación de neoconservadores constituirá el principal objeto de estas líneas. Pero antes es preciso referirse a los otras dos fuentes inspiradoras primordiales de los neocons, el idealismo universalista y la experiencia de los académicos-burócratas de la segunda posguerra mundial, fuentes muy lógicas a la vista de la inclinación de los neocons a publicar libros y artículos dedicados casi en exclusiva a la temática del orden internacional y del papel de los EE UU en ese orden.

(1) Comenzaré por la tradición del idealismo universalista norteamericano. El nacionalismo norteamericano, el cual ha conducido a Estados Unidos a protagonizar un proceso histórico sin precedentes de ininterrumpida extensión de su hegemonía a todo el mundo desde su primitivo núcleo en la costa atlántica, ha adoptado casi siempre, en el plano del discurso ideológico, la paradójica forma de un idealismo universalista que rechaza explícitamente cualquier descripción de sí mismo como imperialismo. Ya sea en sus modalidades conservadoras (ejemplos: la doctrina Monroe en la versión rooseveltiana del «Gran Garrote»; la doctrina Reagan de la lucha contra el «Imperio del Mal» soviético) o ya sea en sus modalidades liberales (ejemplos: el idealismo wilsoniano; la doctrina Carter de la primacía de los derechos humanos en las relaciones internacionales), el discurso del idealismo universalista norteamericano ha consistido en la ideológica patrimonialización por los Estados Unidos de los ideales proclamados por las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, valores a los cuales se les atribuye una validez temporal y espacial universal. Esta patrimonialización implica, en lo fundamental, tres cosas.

En primer lugar, los ideólogos del nacionalismo estadounidense en su forma de idealismo universalista consideran a la sociedad y al sistema político estadounidenses la expresión más pura, más perfecta, de los ideales más preciados de raigambre liberal. Desde esta perspectiva, Estados Unidos es la realización más acabada de los valores de la libertad, la democracia y la felicidad fundada en el progreso material y moral, ni más, ni menos.

En segundo lugar, dado el pretendido valor universal de los ideales citados y su encarnación en el gobierno y la sociedad estadounidenses, Estados Unidos tiene una misión especial, que muchos han teñido de coloración teológica, de difusión, incluso por la fuerza militar si es necesario, de dichos ideales por todo el mundo. El fortalecimiento del poder de los Estados Unidos en el ámbito de las relaciones internacionales se presenta así como la garantía del progreso de la Humanidad hacia formas de organización social y política mejores. El idealismo universalista norteamericano no es, por tanto, más que una versión exclusivista y radicalizada de la supuesta misión civilizadora invocada por las potencias europeas decimonónicas para justificar sus imperios coloniales. 5

En tercer lugar, corresponde a la sociedad norteamericana a través de sus instituciones políticas decidir en qué consisten exactamente en cada situación concreta los ideales universales y qué es necesario hacer para defenderlos. En definitiva, la tradición ideológica a la cual me estoy refiriendo en este momento reserva a los Estados Unidos el monopolio para definir con efectos prácticos el contenido de los valores supremos de la Humanidad y, por ende, qué es lo mejor en cada concreta coyuntura para los demás pueblos de la Tierra.

(2) En los neocons, la tradición del idealismo universalista aparece fundida con la tradición de la realpolitik de los especialistas académicos en ciencia política y relaciones internacionales que durante la segunda posguerra mundial trabajaron como verdaderos «consejeros del príncipe» al servicio de la Administración norteamericana en los Departamentos de Estado y Defensa y en el Consejo de Seguridad Nacional. Aunque no siempre estén dispuestos a confesarlo, personajes como George Kennan, Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinski son, para los neocons, espejos en los cuales ellos mismos desearían verse reflejados, pues su meta no es otra que ser los nuevos «consejeros del príncipe» de la era unipolar.

Como se sabe, Kennan, Kissinger y Brzezinski pertenecen, desde el punto de vista de su adscripción teórica, al denominado paradigma realista en la concepción de las relaciones internacionales. En consecuencia, poseen una visión en última instancia hobbesiana de la sociedad internacional: ésta es descrita como un «estado de naturaleza» cuyos sujetos protagonistas no son los seres humanos egoístas y amorales de Hobbes, sino unos estados igualmente egoístas y amorales en sus relaciones mutuas. Estos estados coexisten en un estadio evolutivo previo a la sociedad civil caracterizado por una competencia interminable por la acumulación de recursos de poder para garantizar a toda costa su seguridad, lo que genera inevitablemente desconfianza recíproca. Según estos «consejeros del príncipe» de los tiempos de la Guerra Fría, aunque la competición por el poder en el terreno de las relaciones internacionales mundiales hubiera quedado reducida tras la Segunda Guerra Mundial a las dos grandes superpotencias nucleares, la naturaleza de las relaciones internacionales seguía siendo hobbesiana. Por lo tanto, la acumulación de un poder nuclear suficiente para amenazar con la aniquilación al enemigo soviético, la diplomacia reforzada por presiones económicas, las guerras por «poderes» 6 limitadas a teatros regionales secundarios y las alianzas con potencias regionales emergentes constituían los instrumentos básicos para alcanzar y mantener el «equilibrio de poder» entre las grandes superpotencias, presupuesto mismo de la supervivencia de los Estados Unidos. La única guía político- moral en la utilización de esos instrumentos debía ser su supuesta utilidad para alcanzar dicho objetivo del «equilibrio de poder». De ahí que cosas como la diplomacia secreta, los cauces de comunicación clandestinos o el apoyo a dictaduras derechistas y muy represivas estuvieran perfectamente justificadas. 7

Si se observan ahora conjuntamente los dos primeros bloques constitutivos de las raíces intelectuales de los neocons, se llega a la siguiente conclusión: la fusión entre el realismo reduccionista de los estrategas académicos de la Guerra Fría adaptado a las nuevas circunstancias de un mundo unipolar y la tradición idealista universalista norteamericana explican esa sorprendente combinación de espíritu de cruzada y cinismo desvergonzado tan habitual en los autores neocons. En cierto modo, dichos autores suscriben al mismo tiempo las llamadas wilsonianas a la vocación idealista de la política exterior de Estados Unidos y la ley del más fuerte en el gobierno de la sociedad internacional.

(3) El tercer y último bloque en que cabe agrupar las raíces culturales de los neocons está formado por la influencia de la filosofía política conservadora centroeuropea recibida a través de la primera generación de neoconservadores. Las corrientes de pensamiento conservadoras desarrolladas en Europa Central fueron insertadas en el mundo académico estadounidense por una serie de prestigiosos profesores universitarios emigrados a Norteamérica en los años treinta y cuarenta, como Eric Voegelin, Hans Morgenthau, Joseph Schumpeter o Leo Strauss. Fue este último, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago desde 1949, quien adquirió mayor predicamento entre los neoconservadores de primera generación, hasta el punto que muchos de esos neoconservadores, piénsese en Allan Bloom, Albert Wohlstetter, Irving Kristol o Donald Kagan, pasaron a ser conocidos también con el término de straussianos. Los neoconservadores straussianos fueron justamente quienes transmitieron a los neocons las principales ideas de Strauss en el terreno de la reflexión filosófico-política. Así, por poner sólo los casos más conocidos, Wolfowitz se familiarizó con las ideas de Strauss a través de las enseñanzas de Allan Bloom, e, incluso, algo excepcional entre los neocons, llegó a asistir a los seminarios de Strauss en la Universidad de Chicago, mientras William Kristol y Robert Kagan entraron en contacto con el pensamiento straussiano de la mano de sus respectivos padres Irving Kristol y Donald Kagan.

¿Pero cuáles son las principales ideas del emigrée alemán Leo Strauss transmitidas a los neocons? Estas ideas no resultan fáciles de extraer de unas publicaciones, exactamente 15 libros y 80 artículos, que son, ante todo, eruditos y farragosos comentarios de texto de las obras de las figuras preeminentes de la tradición filosófica occidental. Sin embargo, siguiendo en buena medida a los máximos intérpretes críticos de la obra straussiana en el área anglosajona, Shadia B. Drury y Robert Devigne, 8 el pensamiento político de Strauss se puede sintetizar en tres postulados que paso a exponer a continuación.

El primero de los postulados políticos básicos de Strauss que mayor influjo ha tenido sobre la primera generación de neoconservadores y, a través de ésta, sobre los neocons, es la indisoluble vinculación causal entre, por un lado, la filosofía de la Ilustración y sus productos ideológicos, a juicio de Strauss, más radicales, el liberalismo progresista y el socialismo, y, por otro lado, los totalitarismos nazi y soviético. Según Strauss, la terrible experiencia de los regímenes totalitarios es el producto de la hegemonía conquistada en Europa por las ideas ilustradas más radicales. La Ilustración y las corrientes filosóficas e ideológicas inspiradas por ella difundieron un relativismo ético-político que permitió el triunfo en el siglo XX del nihilismo, esto es, de la creencia socialmente generalizada en la inexistencia de verdad ético-política alguna, en la inexistencia de criterios objetivos ético-políticos válidos para toda una comunidad política que permitan rechazar ciertas posiciones ético-políticas como reprobables y aprobar otras como encomiables. En ese contexto de generalización del nihilismo, un grupo de activistas políticos radicales convencidos de la primacía de la voluntad y la acción sobre la reflexión y el discurso racionales 9 pudieron tomar el poder aprovechándose de la situación anárquica unida a la extensión de la democracia de masas y utilizarlo sin ningún tipo de freno para hacer realidad sus utopías criminales.

Strauss recurrió a esta fantasiosa especulación acerca de la génesis de los totalitarismos del siglo XX para denigrar el liberalismo progresista norteamericano en un período de luchas políticas intensas (recuérdese el movimiento por el reconocimiento de los derechos civiles, iniciado en los años cincuenta, o las protestas contra la guerra de Vietnam). Según Strauss, la extensión del liberalismo progresista en Estados Unidos está destruyendo el conjunto de principios ético-políticos y normas de moralidad positiva compartidos por los estadounidenses derivados de la posesión de una fe cristiana común y está creando el contexto propicio para la futura emergencia de un nuevo totalitarismo. En suma, la especulación straussiana sobre el nexo causal entre Ilustración, relativismo, nihilismo y totalitarismo y su reproducción en los Estados Unidos de la segunda posguerra mundial no tiene otra finalidad que culpabilizar de las experiencias históricas contemporáneas más terribles, en contra de las evidencias más elementales arrojadas por la investigación histórica, 10 a las corrientes críticas de izquierda, ya sean liberales o socialistas, para desacreditarlas por completo.

Este primer postulado político straussiano presupone el segundo postulado al cual voy a aludir aquí. Para Strauss, la posibilidad misma de alguna forma de orden político-social requiere la preservación de algún credo ético-político profundamente interiorizado por la inmensa mayoría de los miembros de la sociedad. Este credo, cuya forma más eficaz, pero no única, viene dada, a juicio de Strauss, por las grandes religiones monoteístas, proporciona la legitimidad política y la cohesión social que las sociedades necesitan para subsistir. Si el credo ético-político propio de una sociedad contemporánea determinada se resquebraja, deja de formar parte de las creencias íntimas de los ciudadanos, ésta se verá abocada a la anarquía o al totalitarismo. De ahí que, para Strauss, el ejercicio «irresponsable» de las libertades liberales, en particular, la libertad de expresión, la libertad de información y la libertad de cátedra en la época de la masificación de la educación superior, tenga efectos socialmente disolventes, socialmente disgregadores, muy perniciosos. Por ejercicio «irresponsable» de las libertades liberales se debe entender, siguiendo a Strauss, el ejercicio de dichas libertades sin miramientos, por inconsciencia o mala fe, hacia los fundamentos fideísticos ético-políticos de la cohesión social; en definitiva, por ejercicio «irresponsable» de las libertades liberales entiende Strauss el ejercicio de la libertad sin practicar la autocensura o autorestricción por consideraciones de preservación del orden social establecido.

Como para Strauss, la presencia efectiva de un credo ético-político es condición indispensable de la preservación del orden social y garantía insustituible frente a su degeneración en anarquía y totalitarismo, la práctica de las denominadas «mentira noble» o «fraude pío» es, a juicio de Strauss, perfectamente legítima. Strauss considera que los hombres de estado y los intelectuales a su servicio están autorizados a pergeñar «mentiras nobles» o «fraudes píos», esto es, falsedades supuestamente beneficiosas para la comunidad, que apuntalen o refuercen la ortodoxia ético-política existente en una sociedad. Por una parte, determinados acontecimientos históricos o procesos socioeconómicos pueden ser difícilmente compatibles con la concepción del mundo implícita en el credo ético-político hegemónico existente en una sociedad. Por otra parte, la defensa del interés colectivo puede exigir la adopción de decisiones incoherentes con el credo ético-político fundante de un orden social, incluso reprensibles desde la perspectiva de dicho credo. La exposición de la gente común a la dura realidad de esos hechos puede poner seriamente en entredicho la eficacia aglutinante del credo ético-político en cuestión al minar la credibilidad de sus contenidos. Eso es un riesgo que, según Strauss, no se debe correr. Por ello, para soslayar tal riesgo, las elites dirigentes políticas e intelectuales deben construir y utilizar «mentiras nobles» o «fraudes píos», mentiras y fraudes que pueden ir desde la creación de verdaderos mitos político-religiosos hasta la falsificación de hechos y datos, pasando por las interpretaciones tergiversadas de cualquier acontecimiento o discurso. Strauss, por consiguiente, defiende una práctica política hipócrita e inmoral justificada por la razón de estado.

Este segundo postulado del pensamiento político straussiano, al diferenciar entre el común de los ciudadanos, susceptible de ser engañado, y las élites dirigentes, autorizadas a engañar a los primeros, apunta ya al tercer postulado básico de dicho pensamiento: cualquier orden político-social estable y duradero exige una fuerte jerarquía social. 11 En efecto, el elitismo extremo es otro de los rasgos esenciales del ideario político de Strauss, hasta el punto de que cabe concebir toda su obra como un intento de rehabilitación filosóficoacadémica de la jerarquía social y el elitismo en un período histórico de intensísimo cuestionamiento de los mismos. En Strauss, los miembros de cualquier sociedad contemporánea pacífica, estable y bien ordenada están divididos en dos grandes grupos: el común de los ciudadanos y las élites. El común de los ciudadanos consagra su vida a enriquecerse y obtener reconocimiento social mediante sus negocios particulares y a mantener un círculo de relaciones familiares y personales más o menos gratificante. En cambio, las elites persiguen su realización personal mediante la consecución de finalidades pretendidamente más nobles. En función de esas finalidades, Strauss distingue dos grandes sectores dentro de las élites contemporáneas: los «hombres de estado» o «gobernantes» y los «filósofos».

Los «hombres de estado» o «gobernantes» ansían la fama y la gloria derivados de la práctica de la política. 12 Al entender de Strauss, la grandeza de las naciones está íntimamente ligada a esta clase de hombres, pues la acumulación de poder y prestigio nacionales redunda en mayor fama y gloria de los gobernantes.

Los «filósofos», por su parte, son intelectuales académicos interesados, en último término, únicamente en el placer que les proporciona la consagración a la actividad intelectual. Según Strauss, esta parte de la élite constituida por el grupo de los intelectuales académicos o «filósofos» sabe que sin estabilidad, orden y paz sociales no podrán desempeñar a su gusto su actividad intelectual. Por consiguiente, están especialmente interesados en asistir en calidad de «consejeros del príncipe» al «hombre de estado» con sus conocimientos y destreza discursiva para que éste pueda asegurar eficazmente la estabilidad social. La función principal, aunque no única, que parece encomendar Strauss al intelectual académico en tanto que «consejero del príncipe» es la de proporcionar a éste, es decir, al «gobernante», poderosas, convincentes y bien construidas «mentiras nobles» o «fraudes píos» aptos para mantener al ciudadano común en una saludable inopia. Por lo demás, el intelectual académico responsable de impronta straussiana siempre tiene presente en toda su actividad, no sólo en cuanto «consejero del príncipe» acuñador de «mentiras nobles», la necesidad de mantener a la gente común en el limbo de sus ilusiones. Esta idea de responsabilidad político-social del intelectual académico más allá incluso de su papel específico de «consejero del príncipe» lleva a Strauss a justificar la doblez del filósofo en su actividad intelectual: las publicaciones e intervenciones públicas de los «filósofos» nunca deben expresarse en un lenguaje «exotérico», es decir, nunca deben suponer una exposición clara y sincera del propio pensamiento que pueda destruir las ilusiones populares; éstos se deben expresar en un lenguaje «esotérico», el cual debe ocultar al gran público toda reflexión o descubrimiento que pueda poner en peligro sus convicciones ético-políticas y debe permitir entablar una discusión plena tan sólo a los «filósofos». El interrogante que abre toda esta defensa straussiana de la hipocresía y la doblez política e intelectual es si se puede tomar en serio a un autor cuyo modelo de intelectual es el de un profesional de la manipulación, del engaño, al servicio de los gobernantes.

III

Los neocons han asumido los tres postulados básicos de la doctrina política straussiana expuestos en la presente comunicación, sobre todo los dos últimos, si bien, naturalmente, conforme a una lectura de los mismos adecuada a sus propios intereses intelectuales y prácticos. Me voy a centrar en los dos aspectos de la ideología neocon en los cuales resulta más visible la impronta de las ideas de Strauss.

En primer lugar, las enseñanzas políticas straussianas han servido de acicate, de revulsivo, neocon frente al denominado «síndrome de Vietnam», fenómeno que marcó profundamente no sólo la primera generación neoconservadora, sino también a los propios neocons. Como es conocido, las atrocidades cometidas en la guerra de Vietnam y el movimiento de protesta contra esta guerra supuso un efecto deslegitimador de las elites dirigentes norteamericanas frente a su propia población nunca antes experimentado en la historia estadounidense. Las ideas straussianas relacionadas con el liberalismo, con el ejercicio «irresponsable» de las libertades liberales y con el modelo de élite académico- intelectual contemporánea «responsable» han sido la base sobre la cual los neocons han construido una «leyenda de la puñalada por la espalda» específicamente estadounidense con el objetivo de borrar de la memoria colectiva norteamericana la deslegitimación padecida por el establishment entre finales de los años sesenta y finales de los años setenta, en especial, por lo que se refiere al posible rechazo popular de una política exterior agresiva. 13

Según esta «leyenda de la puñalada por la espalda» neocon los Estados Unidos hubieran vencido en Vietnam a los comunistas gracias a su gran superioridad militar, pero la crítica antipatriótica derrotista de los intelectuales liberales e izquierdistas y el exceso de libertades políticas llevó a muchos norteamericanos políticamente mal orientados a oponerse a la guerra. Un exceso de convicciones democráticas liberales de los gobernantes estadounidenses de aquel momento les impidió ejercer con mano dura su autoridad frente a quienes se oponían a la guerra, por lo que no tuvieron otra salida que claudicar vergonzosamente ante los comunistas vietnamitas. Esta leyenda, verdadero ejemplo paradigmático de «mentira noble» o «fraude pío» straussiano impulsado por los neocons, ha ido impregnando desde los años ochenta buena parte de la sociedad estadounidense, reforzando su sentimiento patriótico, arruinando su tradición liberal y predisponiéndola a la aceptación de aventuras militares de cierta envergadura, como las dos guerras del Golfo y la guerra de Afganistán.

En segundo lugar, el elitismo extremo de los neocons, su aspiración por erigirse en los nuevos «consejeros del príncipe» del presidente Bush y su obsesión por la intangibilidad de lo que suponen que es el credo ético-político fundamental de la sociedad estadounidense, a saber, el idealismo universalista norteamericano fusionado con el american way of life y envuelto en la fe cristiana, muestra evidentes paralelismos con el ideario de Leo Strauss. Los neocons han intentado durante la Administración Bush hacer de la política exterior norteamericana el terreno por excelencia de transformación en práctica política de las doctrinas de Leo Strauss recibidas de la primera generación de neoconservadores. Así, por ejemplo, han buscado infiltrarse en la Administración como «consejeros del príncipe», dicho en términos más actuales, asesores en política exterior, ocupando cargos importantes, en los Departamentos de Defensa y Estado y en el Consejo de Seguridad Nacional; han insistido una y otra vez en la idea del «excepcionalismo» americano, revelando su inclinación a considerar el idealismo universalista norteamericano el núcleo del credo ético-político estadounidense; se han dedicado a difundir a través de los medios de comunicación todo tipo de patrañas, en terminología straussiana, «mentiras nobles», acerca de las conexiones internacionales de los atentados del 11 de septiembre del 2001 y de la posesión de armas de destrucción masiva por parte de los llamados «estados canallas» con la finalidad de justificar un estado de alarma militar permanente y la invasión de Irak.

Esta constatación lleva a formular la siguiente pregunta, con la cual concluiré este escrito: ¿de dónde surge este interés neocon en convertir la política exterior estadounidense en el campo de experimentación de las ideas políticas recibidas de Strauss? Desde luego, no de la fecundidad intelectual de los planteamientos de Strauss para comprender el complejo mundo actual, más bien escasa, sino de la utilidad ideológica del pensamiento político straussiano para construir discursos de legitimación de una política exterior agresiva. Una política exterior agresiva que sirve muy bien a los intereses de dos sectores muy poderosos del establishment norteamericano con los cuales los neocons mantienen estrechísimos lazos de todo tipo (económicos, laborales, culturales e, incluso, familiares): 14 el «complejo militar industrial» y la industria del hidrocarburo. Es muy lógico, por consiguiente, que un profesor emigrado conservador formado en la culta y académicamente prestigiosa Alemania, pero exento de toda sospecha de afinidad con la extrema derecha antisemita, cuyas ideas centrales son un elitismo extremo, una crítica feroz de quienes cuestionan el orden socioeconómico y político establecido en Estados Unidos y una reivindicación del papel del intelectual como servidor de la jerarquía social y de la razón de estado haya cautivado a unos académicos deseosos de legitimar con buena conciencia de sí mismos una política exterior beneficiosa para el entorno socioeconómico al cual, en definitiva, pertenecen.

*Es te artículo se publicó originalmente en el nº 95 de la revista Mientras Tanto

NOTAS

1. Entre las más importantes cabe citar: American Enterprise Institute (AEI); Project for the New American Century (PNAC); Jewish Institute for National Security Affairs (JINSA); Institute for Advanced Strategic and Political Sudies (IASP).

2. Del inglés neoconservatives.

3. Si bien, según Anatol Lieven, podrían estar perdiendo terreno a pasos agigantados como consecuencia de la desastrosa ocupación de Irak (vid., A. Lieven, Le nouveau nationalisme américain, JC Lattès, París, 2004, p. 334).

4. Durante el primer mandato Bush, Wolfowitz fue el número dos del Departamento de Defensa; Perle, presidente del Consejo de Política de Defensa; Libby, Jefe de Gabinete y Consejero de Seguridad Nacional del vicepresidente; Bolton, Subsecretario de estado para el control de armamentos y seguridad internacional y Feith número tres del Departamento de Defensa, por citar sólo los casos más dignos de mención.

5. Aunque, a diferencia de estas últimas, sin un recubrimiento ideológico racista explícito, al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

6. Esto es, a través de terceros estados evitando el enfrentamiento militar directo entre las superpotencias.

7. Quizás uno de los ejemplos más extremos de las extravagantes decisiones a que podía conducir esta realpolitik venga dado por la perseverancia de los Estados Unidos en el reconocimiento del genocida de la extrema izquierda Pol Pot en tanto que legítimo gobernante de Camboya por la sencilla razón de ser un enemigo declarado de Vietnam y, por lo tanto, de la Unión Soviética, y un aliado de China, con la cual EE UU quería estrechar lazos en su búsqueda de contrapesos a la Unión Soviética.

8. Vid., Shadia B. Drury, The Political Ideas of Leo Strauss, Macmillan, Londres, 1988; de la misma autora, Leo Strauss and the American Right, St Martin´s Press, 1994; y Robert Devigne, Recasting conservatism: Oakeshott, Strauss and the response to postmodernism, Yale University Press, 1994.

10. Strauss está pensando tanto en el partido nazi como en el partido bolchevique.

11. No debe extrañar, por ello, la inquina antihistoricista de Leo Strauss. 

12. Las resonancias platónicas (vid.: República) y nietzscheanas (vid.: Más allá del bien y del mal; La genealogía de la moral) de este postulado straussiano y del anterior son incontestables.

13. Son personas dominadas por el mismo tipo de vocación que mueve al líder carismático weberiano.

14. Esta «leyenda de la puñalada por la espalda» específicamente norteamericana guarda ciertas semejanzas con la «leyenda de la puñalada por la espalda» (Dolchstoss) divulgada por la extrema derecha alemana después de la Gran Guerra con el fin de culpabilizar a los liberales y socialdemócratas alemanes de la derrota de los imperios centrales en esa guerra.

15. La mayoría de los neocons han trabajado o trabajan para empresas armamentísticas o petroleras; han ocupado u ocupan puestos en los Departamentos de Defensa o Estado o en el Consejo de Seguridad Nacional o son hijos de personas que los han ocupado bajo los mandatos de anteriores presidentes norteamericanos; las fundaciones e institutos a los cuales pertenecen son financiados por empresas armamentísticas o petroleras…

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