El Estado “ampliado” en el pensamiento gramsciano

unita procNo hay una buena ideología política que se precie que no disponga de su propia teoría o modelo de estado. Por más que se ha anunciado la crisis del estado-nación, su declive frente a organizaciones supranacionales y demás, ahí está. El marxismo como es obvio también ha reflexionado y teorizado mucho sobre la cuestión, hasta propugnar su desaparición. Desde Marx y Engels hasta nuestros días. Y dentro de esa reflexión nos llama la atención, nos interesa especialmente lo que Antonio Gramsci dijo y dejó escrito. Difundimos un trabajo interesante de Mabel Thwaites Rey sobre la cuestión…

Saludos. Olivé

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El Estado “ampliado” en el pensamiento gramsciano*1

Mabel Thwaites Rey

“¿Cómo es posible pensar el presente, y un presente bien determinado, con un pensamiento trabajado por problemas de un pasado remoto y superado?”

(A. Gramsci: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce).

 

Introducción

El interés por la obra de Antonio Gramsci tuvo un pico sin precedentes en la década de los setenta. Cantidades de trabajos se escribieron entonces en torno al pensamiento del comunista italiano, que destacaban diferentes aspectos de su compleja producción, pretendiendo darle un sentido integral a las notas dispersas de su período carcelario. Justamente la característica no articulada de sus Cuadernos de la cárcel y el hecho mismo de que su autor no los haya revisado para su publicación ha dado lugar a las más variadas interpretaciones teóricas y políticas de los mismos. Las preguntas acerca de qué hubiera dado a conocer Gramsci, qué hubiera sostenido en definitiva y qué hubiera desechado por provisional o errado son de imposible dilucidación, pero han servido para provocar fuertemente, como acicate intelectual y político, la búsqueda de respuestas a los constantes desafíos de la dominación capitalista.1

No es extraño que la preocupación de Gramsci por desentrañar los mecanismos consensuales de la dominación burguesa en las sociedades modernas desde principios de siglo, que expresaban formas de integración social de los sectores populares más complejas y obligaban a pensar nuevas estrategias de lucha revolucionaria, haya sido puesta de manifiesto en el cenit de las formas benefactoras del Estado capitalista, con su intrincado entramado de instituciones, desarrolladas tanto en el ámbito de la sociedad civil como en el de la sociedad política, sobre la base de las condiciones materiales más favorables para las masas conocidas desde la aparición del capitalismo. Y también en América Latina se produjo un renovado interés por la obra de Gramsci, sobre todo a partir de la cruenta derrota del proyecto de Allende en Chile y de la emergencia de las dictaduras militares en el cono sur en su conjunto, que volvieron a poner en el tapete la cuestión de la construcción de contrahegemonía popular.2

Las lecturas que intentaron hacer de Gramsci un “teórico de las superestructuras“, un propulsor de la toma del poder “de a pedacitos“, el ideólogo del “compromiso histórico” con la burguesía y de la “vía democrática al socialismo“, o que intentaron escindirlo completamente de la tradición leninista e incluso del propio Marx para justificar posturas políticas socialreformistas, se entrecruzaron en una disputa política con quienes pretendían rescatar su esencia revolucionaria y el carácter de continuación-superación de la tradición marxista de sus escritos carcelarios en particular. Intensos debates se suscitaron alrededor de su obra, hasta que los nuevos tiempos neoconservadores, primero, y el derrumbe de los socialismos reales, después, terminaron por eclipsar el interés por este teórico convencido de la conveniencia y de la posibilidad de la transformación socialista de la sociedad.

De ahí que volver una vez más sobre la obra de Gramsci implica un gran desafío. Por una parte, se trata de ser lo más fiel posible al propio autor, teniendo en cuenta tanto la letra como el contexto histórico de su producción y su pertenencia teórico-política a la tradición marxista, en un terreno en que muchos otros antes se han adentrado. Rescatar la dimensión histórica nos permitirá, por cierto, no perder de vista el origen de las preocupaciones gramscianas, a la vez que evitar extensiones improcedentes de sus conceptos y categorías de análisis. Por otra parte, el sentido de un trabajo como el que hoy nos proponemos radica en rescatar la fecundidad explicativa de sus conceptos más sustantivos, aquellos cuya riqueza teórica otorga pistas interesantes para analizar la realidad presente de una sociedad como la nuestra, en un tiempo en que intentar pensar en cambios de la naturaleza opresiva de los capitalismos “realmente existentes” suena más utópico que nunca. No obstante, creemos que vale la pena el desafío.

La ampliación del concepto de Estado y la consiguiente reformulación del con-cepto de hegemonía producida por Gramsci es uno de los aportes más significativos a la teoría del Estado contemporánea. Más allá de contradicciones y debilidades ya muy bien señaladas por diversos autores, es preciso destacar cómo, al indagar sobre el aspecto consensual de la dominación, Gramsci realiza un invalorable aporte para desentrañar la complejidad de la dominación burguesa en las sociedades de capitalismo desarrollado, que a su vez provee interesantes herramientas para analizar las sociedades periféricas como la nuestra. La relación entre coerción y consenso, entre dirección intelectual y moral y dominio, entre hegemonía y dominación, indisolublemente ligadas a las bases materiales de producción y reproducción de la vida social, constituyen los términos nodales de la reflexión gramsciana de mayor relevancia para entender nuestras sociedades.

El proceso de retorno al sistema democrático en América latina a partir de los años 80, luego de años de regímenes dictatoriales, se vio signado por la implementación de severísimas políticas de ajuste económico contradictorias con las aspiraciones económicas y sociales de los pueblos que impulsaron esos cambios políticos democráticos. Así, la aparente “autonomización” de los aspectos económicos (miseria y exclusión) respecto de los políticos (voto universal periódico y libertades públicas) parecería marcar una fuente de innumerables interrogantes a la hora de pensar sobre el futuro de estas sociedades pauperizadas. Muchos análisis se han efectuado a propósito de esta contradicción, que remite a la ya clásica discusión en torno a la compatibilidad de (qué) capitalismo y (qué) democracia, cuya elucidación teórica y política sigue resultando fundamental. La crisis del esquema neoliberal abrió las puertas, en casi toda la región, a un nuevo ciclo de luchas populares y la consagración de gobiernos que, sea desde la retórica o desde acciones concretas, se plantean en oposición a la agenda de los noventa. En este contexto, la articulación de coerción y consenso, la tensión entre dirección y dominación, la problemática de la construcción de hegemonía burguesa y de contrahegemonía popular constituyen las cuestiones más importantes a propósito de las cuales la obra de Gramsci puede ayudarnos a arrojar luz.

Para dar cuenta de tales cuestiones el presente capítulo se propone, a partir del análisis del itinerario teórico de Gramsci sobre la cuestión del Estado desde la época de L’Ordine Nuovo hasta sus reflexiones carcelarias, indagar en la cuestión de la hegemonía y sus derivaciones en el actual contexto de los capitalismos periféricos como el argentino. Nuestro interés se centrará en un punto en especial: sobre qué bases materiales les es posible a las clases dominantes construir una supremacía hegemónica. En otras palabras, se trata de plantear si es posible la existencia de consenso entre las clases subalternas sobre la base de criterios puramente ideológicos, más allá de sus condiciones de vida reales consideradas en el mediano y largo plazo. De ahí el interés por insistir una vez más en las dimensiones que se abren a partir de la noción gramsciana de hegemonía.

Resta señalar que se ha adoptado el criterio de utilizar abundantes citas textuales, organizadas y expuestas según el orden temático propuesto en este trabajo, a efectos de mantener la mayor fidelidad posible con el pensamiento de Gramsci, justamente por las características no sistemáticas de su obra.

Las reflexiones sobre el estado antes de la cárcel

La preocupación de Gramsci por desentrañar la naturaleza del Estado no nace en la cárcel, como producto de una experiencia histórica y personal determinada, sino que tiene sus orígenes en su etapa de militante revolucionario activo y dirigente partidario. De ahí la necesidad de comprender su pensamiento en una perspectiva global, que destaque los hitos fundamentales de la evolución de sus reflexiones y que, a la vez de tomar en cuenta el aspecto cronológico, y los quiebres y fracturas que constituyen saltos cualitativos importantes respecto a las formulaciones teóricas precedentes -tanto del propio Gramsci como de los clásicos marxistas-, tenga presente la unidad básica del aporte intelectual gramsciano a lo largo de toda su vida de dirigente político partidario.

El “antes y después” de la cárcel, que para muchos “intérpretes” de Gramsci constituye la clave para entender una ruptura sustantiva en su pensamiento, para nosotros significa, en cambio, tener en cuenta el contexto histórico de producción de determinados conceptos cuya vigencia trasciende la coyuntura en la que fueron pensados, para comprenderlos en su real dimensión de continuidad-superación en la tradición marxista.

El Estado como lugar de constitución de la clase dominante

Tempranamente Gramsci concibe al Estado no como mero “instrumento” de la clase dominante, que lo toma y usa como tal, sino como el lugar donde la clase dominante se unifica y constituye para materializar su dominación no solamente mediante la fuerza, sino por medio de una complejidad de mecanismos que garantizan el consentimiento de las clases subalternas. “Las leyes de la historia estaban dictadas por la clase propietaria organizada en el Estado. El Estado fue siempre el protagonista de la historia, porque en sus organismos se concentra la potencia de la clase propietaria; en el estado la clase propietaria se disciplina y se unifica, por sobre las disidencias y los choques de la competencia, para mantener intacta la condición de privilegio en la faz suprema de la competencia misma: la lucha de clases por el poder, por la preeminencia en la dirección y ordenamiento de la sociedad“.3

Gramsci advierte así que, dado que la clase burguesa se divide en una infinidad de capas con intereses eventualmente contradictorios, signadas por la competencia que impone el capitalismo, necesita de un Estado unificador que recomponga jurídica y políticamente su propia unidad. El Estado, lejos de poder ser manipulado a voluntad por la clase dominante como una maquinaria exterior a ella, juega un papel central en su unificación-constitución.4 Los rasgos de una concepción más “estructural” del Estado están presentes en este escrito, en el que más adelante dice: “Las instituciones del estado capitalista están organizadas para los fines de la libre competencia: no basta cambiar el personal para orientar en otro sentido su actividad“. De ahí que la cuestión central no esté sólo en identificar la pertenencia de clase del personal del Estado, ni puedan cifrarse esperanzas en su remoción para cambiar el carácter capitalista del mismo. Para Gramsci se trata, entonces, de la destrucción del aparato de Estado y de las relaciones sociales que le dan sustento.

La construcción de un estado de “nuevo tipo”

El triunfo de la Revolución de Octubre y el ascenso de las luchas revolucionarias y populares en Europa, con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, hicieron pensar a los dirigentes de la III Internacional que el capitalismo se derrumbaría y que se sucederían revoluciones que afianzarían el poder de la clase obrera internacional. La estrategia de Lenin para el naciente estado socialista se basaba en esta convicción. En este contexto, las reflexiones de Gramsci acerca del Estado aparecen ligadas a la necesidad de crear las premisas para la construcción de un estado de nuevo tipo, con instituciones esencialmente distintas de las burguesas, que arraiguen en la clase obrera a la manera de los “soviets“, pero con la particularidad italiana.

Gramsci está convencido de que sólo la destrucción del viejo Estado burgués puede hacer nacer el nuevo Estado proletario, cuyas características, por naturaleza incompatibles con las del precedente, se definen así: “el Estado proletario no es la seudodemocracia burguesa, forma hipócrita de la dominación oligárquica financiera, sino la democracia proletaria que emancipará a las masas trabajadoras; no el parlamentarismo sino el autogobierno de las masas a través de su propio sistema de representación (…) La forma concreta del Estado es el poder de los Consejos y de las organizaciones del mismo tipo“.5

Por eso, en el citado “La conquista del EstadoGramsci dirá que “el estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del estado capitalista, sino que es una creación fundamentalmente nueva con respecto a éstas y con respecto a la historia del proletariado“. De ahí que “la fórmula „conquista del Estado‟ debe ser entendida en este sentido creación de un nuevo tipo de estado, originado en la experiencia asociativa de la clase proletaria, y sustitución por éste del estado democrático-parlamentario” (Gramsci 1981: 95).

El germen del nuevo Estado se encuentra, en Italia, en la experiencia de los Consejos de fábrica apuntalados por la revista L’Ordine Nuovo, de la que Gramsci forma parte. Así, en “Sindicatos y Consejos” dirá que, a diferencia de los sindicatos, donde florecen las tendencias burocráticas funcionales al mantenimiento del sistema capitalista: “el Consejo de fábrica es el modelo del estado proletario. Todos los problemas que son inherentes a la organización del estado proletario, son inherentes a la organización del Consejo” (idem: 113).

El Estado socialista deberá resultar, entonces, de la articulación de los diversos Consejos de fábrica en un Consejo Ejecutivo Central, al cual deberán sumarse los Consejos de Campesinos. Y esta tarea debe ser efectuada desde el presente, desde la realidad concreta en la que se actúa. Porque: “el Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social características de la clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aún respetando las necesarias autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional“.6

Es importante destacar que esta idea de crear “ya desde ahora” una democracia obrera, de disputar en el seno mismo del orden burgués la dirección de la sociedad, construyendo instituciones más aptas para el desarrollo pleno de las fuerzas productivas, es retomada después, en la cárcel, en la idea de que la clase obrera debe conquistar la hegemonía aún antes de la toma del poder.

Por otra parte, la idea de encontrar y desarrollar en el propio seno de la sociedad burguesa las instituciones que reemplazarán el orden estatal dominante refuerza su visión anti-instrumental del Estado y pone de manifiesto la complejidad de relaciones que se expresan en todo fenómeno estatal y los límites materiales para la construcción de un nuevo orden. En tal sentido, y siguiendo los conceptos fundamentales de La ideología alemana, Gramsci sostiene que “La historia es un continuo hacerse, por consiguiente es esencialmente imprevisible. Pero esto no significa que «todo» sea imprevisible en el hacerse de la historia, que la historia sea el campo del arbitrio y del capricho irresponsable. La historia es al mismo tiempo libertad y necesidad. Las instituciones, en cuyo desarrollo y actividad se encarna la historia, nacieron y perduran porque tienen un deber y una misión para realizar. Surgieron y se desarrollaron determinadas condiciones objetivas de producción de los bienes materiales y de conciencia espiritual de los hombres” (Gramsci 1981: 94).

La cuestión del Partido

El fracaso de la experiencia de los Consejos reveló que la clase obrera no puede triunfar en su lucha por la destrucción del Estado burgués si la restringe al territorio de la fábrica, ya que el “territorio nacional” de la clase obrera es el territorio social y político de la nación. Ligado a ello aparece el imperativo de dar una organización nacional al proletariado.

Gramsci hace rápidamente el balance de la situación y comienza a plantearse la cuestión del partido, la necesidad de romper con el viejo Partido Socialista -así como había sido necesario diferenciarse de los antiguos sindicatos, construyendo los Consejos de fábrica- y de crear un partido nuevo, que sea el partido de la Internacional Comunista, capaz de dirigir al conjunto de la clase obrera y de sus aliados en el proceso de preparación para la toma del poder y de su posterior reconstrucción. El 21 de enero de 1921 se constituye y realiza su Primer Congreso el Partido Comunista de Italia, siendo Gramsci elegido miembro del Comité Central. L’Ordine Nuovo se convierte en el órgano del PCI, bajo la dirección de Gramsci.

En esta etapa, entonces, Gramsci asimila dos principios básicos del leninismo. Por un lado, la cuestión de la creación de un Estado de nuevo tipo como resultado de la revolución socialista, indicando al mismo tiempo los modos concretos de aproximarse a la construcción de tal Estado a través de la ruptura con la espera pasiva y espontaneísta de la “gran catástrofe“. Y por otro lado, la necesidad de construir un partido totalmente distinto del Socialista, capaz de dirigir el proceso revolucionario.

Ya en 1921, las derrotas del movimiento obrero y revolucionario en Europa occidental llevan a Lenin a plantear una política de alianzas con la socialdemocracia ante la “estabilización relativa” del capitalismo, lanzando la consigna del “Frente Unico” en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista. Gramsci, en esta línea, comprende agudamente el peligro del avance fascista y polemiza acaloradamente con el ala “izquierdista” de Bórdiga dentro del PCI, que se opone al planteo leninista. Los cambios producidos en la situación internacional y en la propia Italia impulsarán a Gramsci a reflexionar sobre aspectos y cuestiones no abordados, o no profundizados, hasta entonces en la teoría marxista.

El análisis del Estado en los Cuadernos de la cárcel 7

Una nueva realidad

Gramsci, como Marx, Engels y Lenin, aborda la cuestión del Estado partiendo de dos premisas fundamentales: su carácter de clase y la necesidad de su destrucción / extinción, pero desde una perspectiva histórica que ilumina otros aspectos que no habían sido destacados anteriormente por los clásicos.

En El Estado y la revolución Lenin dice que “en 1852 Marx no plantea todavía el problema concreto de CON QUE se sustituirá la máquina del Estado que ha de ser destruida. La experiencia no había suministrado todavía materiales para esta cuestión, que la historia puso al orden del día más tarde, en 1871” (Lenin 1973ª: 42). Del mismo modo, la experiencia histórica del fracaso de la revolución en Occidente y el ascenso al poder del fascismo, pusieron a Gramsci ante la evidencia de elementos que no habían sido aprehendidos con anterioridad y cuya comprensión le parecía imprescindible para encarar una transformación revolucionaria. Así, decía que “es necesario llamar violentamente la atención sobre el presente si lo queremos transformar. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.8

Conocer la realidad presente para transformarla supone conocer, además, sus orígenes lejanos, su génesis. Con esta perspectiva abordó Gramsci el estudio del Estado italiano, desde su unificación hasta el régimen fascista. En esta indagación, mantiene una relación de conservación- superación respecto de los aportes teóricos de los clásicos. Como señala Coutinho, Gramsci produce una “concretización” con respecto a los conceptos generales sobre el Estado formulados por los clásicos marxistas. Se eleva de la idea de que todo Estado es un Estado de clase, a la determinación de las formas que adquiere el carácter clasista en las sociedades capitalistas de Occidente del Siglo XX. Este paso de una formulación abstracta a otra concreta no es un tan sólo movimiento gnoseológico que profundiza el conocimiento, sino que se trata de un movimiento histórico-ontológico, ya que es al explicar la propia realidad que se realiza tal paso (Coutinho 1986: 84).

Gramsci tiene ante sí una experiencia históricamente nueva y sobre ella reflexiona a partir de los elementos de la teoría marxista y del leninismo, produciendo nuevos aportes teóricos que permiten, además de comprender la realidad, y por ello mismo, actuar sobre ella creadoramente para transformarla. En este proceso, Buci-Glucksmann y Macciocchi coinciden en destacar que Gramsci retiene del leninismo tres componentes estratégicos: una teoría de la revolución como creación de un Estado nuevo partiendo de las masas, que ejerce la dictadura en vinculación con su poder hegemónico; una teoría del imperialismo, como etapa superior del capitalismo, que crea otras condiciones nacionales e internacionales; y una teoría del partido como fuerza dirigente (vanguardia) de la revolución (Buci-Glucksmann 1986: 157; Macciocchi 1980: 79).

La ampliación del concepto de estado

El fracaso de la revolución en Occidente hace reflexionar a Gramsci sobre las causas profundas de la derrota y sobre la estrategia revolucionaria encaminada a la destrucción de un poder capitalista enormemente fuerte, resistente al colapso económico y a los períodos de crisis, que lograba recuperarse y alcanzaba una estabilización con-sensual.9 La confianza y el optimismo de los fundadores del materialismo histórico y de sus sucesores en la inminencia del “derrumbe” capitalista, dieron paso a una reflexión más aguda e intensa sobre las nuevas condiciones en que se desarrollaría la lucha del proletariado para construir el socialismo.

La cuestión del Estado aparece, entonces, ligada a la necesidad de desentrañar la forma concreta que adquiere la supremacía burguesa, pero no con un afán teórico-cognoscitivo abstracto, sino como requisito para implementar una lucha exitosa, una praxis política verdadera y eficazmente revolucionaria, en un contexto en el cual el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas está acompañado por un desarrollo complejo de las superestructuras, que deviene en la conformación de un sólido “bloque histórico” que torna más compleja la lucha revolucionaria.

Precisamente las transformaciones operadas en el capitalismo occidental y la consecuente reformulación de la relación entre sociedad y Estado llevan al Gramsci de la cárcel a realizar una serie de reflexiones que constituyen búsquedas incesantes por encontrar las raíces de esas transformaciones, su sentido último, y la definición de una estrategia revolucionaria acertada. En esa búsqueda aparecen cambios, oscilaciones y no pocas contradicciones,10 que pueden atribuirse tanto a las condiciones en que fueron producidas las notas, bajo la censura del carcelero fascista, como al hecho mismo de que el proceso de reflexión de Gramsci fue dado a conocer “en bruto“, sin que el autor haya podido seleccionar y ordenar su producción en el sentido en que hubiera deseado su publicación. No obstante, aún en la forma en que son conocidas, proveen un riquísimo material teórico para el análisis de la dominación en las sociedades contemporáneas.

En las Notas de Maquiavelo Gramsci, utilizando el lenguaje de la estrategia militar e introduciendo un cambio en la concepción marxista clásica sobre la sociedad civil, advierte que en los estados más avanzados ésta “se ha convertido en una superestructura muy compleja y resistente a las «irrupciones catastróficas» del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.); las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna” (Gramsci 1978: 94).

En esta nota Gramsci modifica el concepto de sociedad civil concebido como el lugar de las relaciones económicas.11 La ubicación de la sociedad civil en el plano de las superestructuras constituye una singularidad de su pensamiento, encaminada a elucidar otras cuestiones que el presente le plantea. Gramsci formula estas reflexiones frente a las concepciones economicistas que esperaban tranquilamente que las contradicciones de la estructura desenbocaran en la revolución, ya que serían “entendidas” en forma inmediata por las masas, en un proceso unidireccional y directo.

Por otra parte, también se planteó Gramsci, como ya lo hiciera tempranamente, la necesidad de salir al cruce de la concepción del Estado como simple instrumento en manos de una clase dotada de voluntad preconstituida, concepción ligada a toda una tradición maximalista del movimiento obrero italiano “que hablaba siempre de la lucha de clases” -como él decía- sin proceder a un análisis concreto de las relaciones de fuerzas que se dan en el Estado, que simplificaba la cuestión del Estado en enunciados generales, sin profundizar en su real dimensión y significado en la realidad italiana concreta, obnubilada por el rasgo represivo de los “aparatos de dominación” como elemento excluyente y simplificado de la complejidad conceptual y fáctica del Estado.

A la concepción “instrumentalista” del Estado Gramsci opone, retomando su perspectiva pre-carcelaria, una relación no mecanicista entre estado y clase, dando lugar a su “concepción ampliada” del Estado. Profundizando su concepción del Estado como lugar de constitución de la clase dominante, Gramsci dirá que: “La unidad histórica de las clases dirigentes se da en el Estado y su historia es esencialmente la historia de los Estados y de los grupos de Estados. Pero no se debe creer que esa unidad sea puramente jurídica y política, aun cuando esa forma de unidad también tiene su importancia y no solamente formal: la unidad histórica fundamental, por su concreción, es el resultado de las relaciones orgánicas entre Estado y sociedad política y „sociedad civil‟“.12

Así, sostiene que la supremacía de la burguesía en el capitalismo desarrollado no se debe únicamente a la existencia de un aparato de coerción (Estado en sentido restringido), sino que logra mantener su poder mediante una compleja red de instituciones y organismos en el seno de la sociedad civil que, además de organizar / expresar su propia unidad como clase, organizan el consenso de las clases subalternas para la reproducción del sistema de dominación. La existencia del sufragio universal, de partidos de masas, de sindicatos obreros, de variadas instituciones intermedias, además de la escuela y la iglesia, formas todas en las que se expresa la complejidad de la sociedad civil capitalista de Occidente, hablan del denso entramado de relaciones sociales que el desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido construir. La supremacía, entonces, es algo más que la mera disposición de los aparatos represivos del Estado y se expresa en formas que exceden los límites del Estado en sentido restringido, para abarcar al conjunto de la sociedad civil.

En esta concepción está presente su convicción anti-instrumentalista, en la medida en que la noción de Estado, como lugar de constitución de la clase dominante y por tanto intrínseca a ella, excluye cualquier noción de “exterioridad” y pre-constitución de la clase, así como de subordinación mecánica del aparato estatal. Para las visiones instrumentalistas, en cambio, el Estado aparece como un conjunto de aparatos que se encuentran por encima y al margen de la sociedad, que son utilizados por la clase dominante a su antojo para asegurar su predominio. La coerción vehiculizada por estos aparatos, en este caso, es concebida como lo único que garantiza tal supremacía, que de otro modo estaría cuestionada por la realidad estructural de las contradicciones clasistas.

Las diferencias entre oriente y occidente

Gramsci desarrolla, especialmente en la cárcel, su concepción ampliada del Estado a partir de la constatación que realiza -y otra vez coincide con Lenin y lo profundiza- de las diferencias que se advierten entre las sociedades de Oriente y de Occidente, con formaciones económico-sociales muy distintas, lo que necesariamente debía redundar en estrategias de lucha distintas.

Ya en 1924, en una carta que Gramsci envía desde Viena a sus compañeros del Partido, sostiene que “en la Europa central y occidental el desarrollo del capitalismo no sólo ha determinado la formación de amplios estratos proletarios, sino también, y por lo mismo, la aristocracia obrera, con sus anexos de burocracia sindical y de grupos socialdemócratas. La determinación, que en Rusia era directa y lanzaba a las masas a la calle, al asalto revolucionario, en Europa central y occidental se complica con todas estas sobreestructuras políticas creadas por el superior desarrollo del capitalismo, hace más lenta y más prudente la acción de las masas y exige, por tanto, al partido revolucionario toda una estrategia y una táctica mucho más complicada y de más respiro que las que necesitaron los bolcheviques en el período comprendido entre marzo y noviembre de 1917“.13 Y en agosto de 1926, poco antes de caer preso, en su informe al CC del PCI, Gramsci decía: “La observación de que la clase dominante posee en los países de capitalismo avanzado reservas políticas y organizativas que no poseía en Rusia, por ejemplo. Ello significa que aún las crisis económicas gravísimas no tienen repercusiones inmediatas en el campo político. La política está siempre en retardo, y en gran retardo respecto de la economía. El aparato estatal es mucho más resistente de lo que a menudo suele creerse y logra organizar, en los momentos de crisis, fuerzas fieles al régimen, y más de lo que podría hacer suponer la profundidad de la crisis“.14

Esta idea de la existencia de una diferencia estructural entre las formaciones económico-sociales del Oriente y del Occidente constituirá uno de los ejes en torno a los cuales girarán las notas de la cárcel. Porque si, al terminar la Primera Guerra Mundial, Rusia e Italia parecían encontrarse ante similares perspectivas revolucionarias, la derrota italiana lleva a Gramsci a reflexionar sobre las causas que la determinaron. En esta indagación encuentra una perspectiva para el análisis en las diferencias que se evidencian entre ambos tipos de sociedades y en el rol del aparato estatal en cada una de ellas. “En Oriente, el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas” (Gramsci 1978: 95/96).

La sociedad civil en la estrategia de occidente

Teniendo en cuenta las diferencias estructurales entre Oriente y Occidente, Gramsci advierte que, para derrumbar al Estado capitalista en Occidente, es preciso elaborar una estrategia distinta de la que se utilizara en la Rusia zarista: la guerra de posiciones. Para hacer este análisis compara los conceptos de guerra de maniobra y guerra de posiciones en el arte militar con los conceptos correspondientes al arte político.

En primer lugar, Gramsci advierte que “la verdad es que no se puede escoger la forma de guerra que se desea, a menos de tener súbitamente una superioridad abrumadora sobre el enemigo” (Gramsci 1978: 93). La elección de la estrategia depende, entonces, de las condiciones económicas, sociales y culturales de cada país. En Oriente, en tanto que las masas populares estaban “distanciadas” social e ideológicamente de las clases dominantes, con la “toma” del aparato de coerción se logró desarticular más o menos rápidamente el sistema de dominación, que se basaba principalmente en la represión y no en el consenso. De ahí que la aplicación de la estrategia de la guerra de movimiento haya resultado exitosa frente a una sociedad civil en donde la clase dominante no “arraigaba” su poder y, por ende, la resistencia al cambio revolucionario era mucho menor. La distancia entre las masas de campesinos y obreros y las clases dominantes de la Rusia Zarista se patentizaba en la ausencia o extrema debilidad de las instituciones que mediaran entre la sociedad civil y el Estado.

En Occidente, en cambio, las relaciones de poder no se expresan únicamente en el momento de la coerción, sino que comprenden un enorme tejido de pautas culturales, ideológicas y políticas que, al plasmar en diversos niveles organizativos, aseguran la permanencia del orden social burgués como un verdadero sistema de defensa. Ante esta situación, la estrategia de la guerra de posiciones supone un gran despliegue organizativo y de hombres, de largo aliento, con el fin de desarticular las “trincheras” enemigas (sociedad civil), que son las que protegen a sus escuadrones de vanguardia (sociedad política). Por ello, Gramsci resalta que “se trata, por consiguiente, de estudiar en „profundidad‟ cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición” (Gramsci 1978: 94). Es decir, se trata de desentrañar los elementos que, en el seno de la sociedad civil, operan como “cemento” de las relaciones sociales vigentes, a partir de las prácticas cotidianas de las clases fundamentales.

Dirección y coerción: una relación compleja

Porque si se pretende comprender el funcionamiento real del Estado y lograr sus transformación, el Estado como concepto teórico abstracto debe concretizarse en una formación económico-social determinada. Aquí aparece la cuestión de lo nacional en la elaboración de la estrategia revolucionaria. Por eso, Gramsci estudia al Estado italiano desde su conformación como unidad, destacando su naturaleza de clase. Pero no se queda en esta definición teórico-global, sino que avanza en la comprensión de su configuración histórica y sus características concretas.

Siguiendo a los clásicos, dice que el Estado es en esencia coerción, dictadura, dominación. Reafirma así los elementos aportados por el desarrollo de la teoría marxista hasta ese momento, pero da un paso más en la comprensión de la cuestión al introducir el elemento del consenso, de la dirección, de la hegemonía, que completa la forma de supremacía de las clases dominantes en los capitalismos desarrollados. “La supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como „dominio‟ y como „dirección intelectual y moral‟15, dirá Gramsci en su análisis carcelario sobre el Risorgimiento italiano, estableciendo un “criterio metodológico” para el estudio de la hegemonía de la clase dominante.

La supremacía de una clase aparece como un momento sintético que unifica la hegemonía y la dominación, el consenso y la coerción, la dirección y la dictadura en el Estado. Ahora bien, estos dos momentos, estas dos funciones, existen en cualquier forma de Estado, pero el hecho de que prime uno u otro depende tanto de las características estructurales de cada sociedad como de la correlación de fuerzas entre las clases sociales fundamentales, que se expresa en los niveles económico, político, ideológico y militar.

Ya dijimos antes que la percepción del aspecto represivo del Estado como el principal de la dominación de clase corresponde, en gran medida, a la naturaleza real de los Estados a los que se enfrentaron Marx, Engels y Lenin.16 Gramsci, en cambio, reflexiona en una época y en un ámbito geográfico en los cuales se generalizó una mayor complejidad del fenómeno estatal, entendido como concepto global de dominación. El observa la intensificación de los procesos de socialización de la participación política voluntaria, a través de sindicatos, partidos políticos, parlamentos, que se convierten en “aparatos privados de hegemonía“, relativamente autónomos tanto del mundo económico como de los aparatos represivos (véase Coutinho 1986: 111-2). Y es precisamente mediante la sociedad civil que las clases dominantes logran consolidar su poder, como lugar donde se difunde su “visión del mundo“. Esto no quiere decir que Gramsci diluya la especificidad e importancia del aparato represivo del Estado, como se le ha criticado por la ambigüedad de algunos de sus pasajes. Lo que sucede es que se detiene a analizar la forma en que la fuerza se combina con el consenso ideológico para integrar a las masas en el Estado. El Estado -en sentido restringido- se constituye en la «trinchera avanzada» de un sistema único, mientras que la hegemonía, en las sociedades desarrolladas, tiende a asegurase fundamentalmente en la sociedad civil (véase Coutinho 1986:52; Portantiero 1985: 283).

Ahora bien, esas funciones de “coerción” y “consenso” diferenciadas teóricamente como características de los ámbitos de la sociedad política y de la sociedad civil, aunque no pierden su especificidad, en la práctica se interrelacionan, advirtiéndose, por ejemplo, que elementos de la sociedad política, como el derecho, operan como factores de consenso que se reproducen en la sociedad civil. Porque si bien las leyes tienen como función coaccionar al cumplimiento de lo que no se obtiene por el consentimiento, también imponen ciertos modos de comportamiento como “valores” de la sociedad. De este modo, el derecho cumple una función integrativo – educadora, además de la eminen-temente represiva. “El derecho no expresa toda la sociedad (para la cual los violadores del derecho serían seres antisociales por naturaleza o disminuidos psíquicos), sino la clase dirigente, que «impone» a toda la sociedad las normas de conducta que están más ligadas a su razón de ser y a su desarrollo. La función máxima del derecho es la de presuponer que todos los ciudadanos deben aceptar libremente el conformismo por él señalado, en cuanto todos pueden transformarse en elementos de la clase dirigente. (…) Este carácter educativo, creador, formativo del derecho, no fue suficientemente puesto de relieve por ciertas corrientes intelectuales” (Gramsci 1978: 169). En esta nota Gramsci advierte la función de conformidad que tiene el derecho burgués en la medida en que instituye ciudadanos formalmente libres e iguales, institución que oculta, por su efecto “fetichizador“, las diferencias profundas que obstaculizan que las clases subordinadas se conviertan, bajo el capitalismo, en clase dirigente.

Por otra parte, en la sociedad civil también se desarrollan funciones subalternas de dominación. Esto se verifica, por ejemplo, en el nivel del control de los medios de producción ideológica. Como señalaba Marx en La ideología alemana, al dominar el aparato productivo, la clase dominante ejerce, por ese mismo hecho, un cuasi-monopolio sobre los organismos privados de difusión. La libertad informativa se reduce a la libertad de empresa informativa, con lo que se ejerce coacción respecto al tipo de mensajes ideológicos que se difunden y los que son expulsados del sistema de circulación de ideas o directamente no llegan a conformarse. Sobre este punto de la dominación ideológica volveremos más adelante.

Pero cabría todavía agregar otro elemento. En la perspectiva teórica de Gramsci es posible la presencia del elemento eminentemente coercitivo, aún en el seno de la sociedad civil. La existencia de grupos paramilitares o parapoliciales, que tuvieron expresión en la Italia fascista pero que también pueden ser identificados en sociedades latinoamericanas como Colombia o Brasil, por mancionar solo dos ejemplos, aún bajo gobiernos formalmente democráticos, nos habla de la complejidad del fenómeno descrito por Gramsci. Si bien es cierto que no debe dejar de destacarse, como señala correctamente Anderson (1987: 91) invocando a Weber, que el Estado es el que tiene el monopolio legal de la represión como rasgo que define su especificidad, es fácil advertir que el momento represivo puede extenderse más allá de los límites del Estado propiamente dicho. Quizá en la crítica de Anderson esté presente su propia percepción de una realidad histórica (la vigencia del Estado Benefactor en el Occidente desarrollado) en la que la coerción aparece ciertamente circunscripta a los órganos estatales y como recurso último del sistema.

Hegemonía y contrahegemonía

“Visión del mundo” y hegemonía de la clase dominante 17

Lo que con mayor énfasis quiere destacar Gramsci es que la clase dominante ejerce su poder, no sólo por medio de la coacción, sino además porque logra imponer una visión del mundo, una filosofía, una moral, unas costumbres, un “sentido común” que favorecen el reconocimiento de su dominación por las clases dominadas.

Pero a su vez, y he aquí una cuestión fundamental, la posibilidad de difusión de ciertos valores está determinada por las relaciones de compromiso que la clase dominante efectúa con otras fuerzas sociales, expresadas en el Estado, que aparece como el lugar privilegiado donde se establecen las pujas y se materializan las correlaciones de fuerzas cambiantes en “equilibrios“, por definición “inestables“, entre los grupos fundamentales antagónicos. Y en esta instancia también se hace presente la política de alianzas como elemento necesario para la conformación hegemónica de una clase social que, por otra parte, no se resume en aquella. “El Estado es concebido como un organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías “nacionales”. El grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como una formación y superación continua de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino interés económico-cor-porativo” (Gramsci 1978: 72).

En otro pasaje Gramsci destaca como uno de los logros históricos de la burguesía ha sido imponer, a través del Estado, una “voluntad de conformismo” en las masas basada en la aceptación de la función que le cabe a ella como clase respecto al conjunto de la sociedad y a la percepción que ella tiene de sí misma. “La clase burguesa se considera a sí misma como un organismo en continuo movimiento, capaz de absorber toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado es transformada: el Estado se convierte en «educador», etc.“. Pero, se pregunta Gramsci, “¿Cómo se produce una detención y se retorna al concepto de Estado como fuerza pura?. La clase burguesa está «saturada»: no sólo no se expande, sino que se disgrega; no sólo no asimila nuevos elementos sino que se desprende de una parte de ella misma” (Gramsci 1978: 163).

Vemos en este pasaje cómo la coerción, la fuerza, aparecen como consecuencia de la debilidad de la burguesía para presentarse ante la sociedad como “la sociedad misma” y, por ende, para efectuar compromisos con otras clases. Porque para que la clase dominante pueda presentar al Estado como organismo del pueblo en su totalidad, es preciso que esta representación no sea enteramente falsa. Es preciso que el Estado tome a su cargo algunos de los intereses de los grupos dominados. La clase dominante necesita, para hacer valer sus intereses, como decía Marx, presentar al Estado ante la sociedad como representante del conjunto del pueblo. Es en este sentido que Gramsci afirma que el Estado encuentra su “fundamento ético” en la sociedad civil. “…cada Estado es ético en cuanto una de sus funciones más importantes es la de elevar a la gran masa de la población a un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas y por consiguiente, a los intereses de las clases dominantes” (Gramsci 1978: 161).

Como expresa Piotte, “por la función hegemónica que ejerce la clase dirigente en la sociedad civil es por lo que el Estado encuentra el fundamento de su representación como universal y por encima de las clases sociales” (1973: 132). Y es así que el Estado ampliado articula el consenso necesario a través de organizaciones culturales, sociales, políticas y sindicales que, en el seno de la sociedad civil, se dejan libradas a la iniciativa privada de la clase dominante y en las que se integran las clases subalternas.

Las bases materiales de la hegemonía

Pero para que la clase dominante “convenza” a las demás clases de que es la más idónea para asegurar el desarrollo de la sociedad, es decir que sus intereses particulares se confunden con el interés general, es necesario que favorezca, al interior de la estructura económica, el desarrollo de las fuerzas productivas y la elevación relativa del nivel de vida de las masas populares. Porque “el hecho de la hegemonía presupone indudablemente que se tienen en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejerce la hegemonía, que se forma un cierto equilibrio de compromiso, es decir que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, pero es también indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden concernir a lo esencial, ya que si la hegemonía es ético-política no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica” (Gramsci 1978: 55).

La posibilidad misma de ejercer una “supremacía hegemónica” y no un mero dominio depende, en última instancia, de las posibilidades de hacer avanzar a la sociedad en su conjunto hacia adelante, de asegurar la “incorporación” de los estratos populares al desarrollo económico-social. Y es en este punto donde no puede obviarse que la fórmula gramsciana remite necesariamente al momento estructural en su sentido más profundo. Porque la superación del economicismo vulgar -lo que implica destacar la importancia y complejidad de la dimensión “intelectual y moral” de la supremacía burguesa- no significa caer en una versión idealista que suponga la posibilidad de construcción de consenso, de producción hegemónica, de dirección no coercitiva más allá de toda referencia a las condiciones materiales en que se expresan las relaciones de poder social. Podrá ser verdaderamente hegemónica, entonces, la clase que logre presentarse a sí misma como desarrollando las fuerzas productivas “en el sentido de la historia“, consiguiendo así hacer aparecer sus intereses particulares de clase como el interés general, en la medida en que no exista entre ambos un divorcio absoluto y evidente. De lo contrario, puede abrirse un profundo hiato por donde puede colarse una crisis orgánica.

Y algo más, que constituye un núcleo clave para entender la proposición gramsciana de la “ampliación” del concepto de Estado. La primacía del momento de la coerción o del consenso, en el sentido en que venimos hablando, estará vinculada tanto a las condiciones de desarrollo de las fuerzas productivas y a los regímenes de acumulación vigentes en cada sociedad y en cada momento histórico, como a la posibilidad y voluntad de las clases dominantes de “hacer concesiones” en el plano económico y político, por una parte, y a la capacidad de las clases subalternas para modificar la correlación de fuerzas a su favor, por la otra. Y este último aspecto es de vital importancia, en la medida en que la materialización de condiciones favorables a las clases subalternas está unida a su capacidad para imponerlas a las clases dominantes y es el resultado histórico de la lucha de clases.

Anderson, en cambio, enfatiza en que el “alfiler de seguridad ideológico” del capitalismo occidental está dado por la forma general del estado representativo (la democracia burguesa), cuya existencia priva a la clase obrera de la idea del socialismo como un tipo diferente de Estado. Este autor plantea que “el Estado burgués „representa‟ por definición a la totalidad de la población, abstrayéndola de su distribución en clases sociales, como ciudadanos individuales e iguales“. Por su parte, “el Parlamento, elegido cada cuatro o cinco años como la expresión soberana de la voluntad popular, refleja la unidad ficticia de la nación a las masas como si fuera su propio auto-gobierno. Las divisiones económicas entre los „ciudadanos‟ se ocultan tras la paridad jurídica entre explotadores y explotados y junto con ellas, se oculta también la completa separación y no participación de las masas en las labores parlamentarias. Esta separación es pues constantemente presentada y representada a las masas como la encarnación definitiva de la libertad: la „democracia‟ como el punto terminal de la historia“. He aquí donde reside, para Anderson, la fortaleza del Estado en el occidente desarrollado, que permite asentar el dominio en el consenso. El aspecto material, relativo a mejoras económicas, en cambio, aparece como circunstancial para este autor. Y la siguiente reflexión de Gramsci pareciera abonar su interpretación: “En cuanto idea-límite, el programa liberal crea el Estado ético, o sea, un Estado que idealmente está por encima de la competición entre las clases, por encima del vario entrelazarse y chocar de las agrupaciones que son su realidad económica y tradicional. Ese Estado es una aspiración política más que una realidad política: sólo existe como modelo utópico, pero precisamente esa su naturaleza de espejismo es lo que le da vigor y hace de él una fuerza conservadora. La esperanza de que acabe por realizarse en su cumplida perfección es lo que da a muchos la fuerza necesaria para no renegar de él y no intentar, por tanto, sustituirlo“.18

No obstante, creemos que la dimensión última de la materialidad está presente en la concepción de la hegemonía de Gramsci. Así, en “Americanismo y fordismo“, al analizar las técnicas productivas implementadas por Ford en la industria automotriz, que supusieron un profundo cambio cualitativo tanto en la organización de la producción industrial como en la relación entre la clase capitalista y el proletariado, y que posibilitaron la “incorporación” de vastas masas al consumo y su correlativa producción a escala, Gramsci dirá: “A partir de la existencia de estas condiciones preliminares, ya racionalizadas por el desarrollo histórico, fue relativamente fácil racionalizar la producción y el trabajo, combinando hábilmente la fuerza (destrucción del sindicalismo obrero de base territorial) con la persuasión (altos salarios, diversos beneficios sociales, propagada ideológica y política muy hábil) logrando así hacer girar toda la vida del país alrededor de la producción. La hegemonía nace de la fábrica y para ejercerse sólo tiene necesidad de una mínima cantidad de intermediarios profesionales de la política y de la ideología” (1978: 287).

Queda en evidencia que la burguesía logra asentarse como clase “dirigente“, y no sólo dominante, en la medida en que sus intereses logran expresarse materialmente como los intereses de la sociedad concebida como un todo. Porque si la sociedad capitalista se basa en el efecto “fetichizador” de la mercancía, que oculta el lugar del productor bajo la fachada del ciudadano-consumidor, la plenitud de sus efectos consensuales podrá desplegarse en la medida en que la dimensión del consumo pueda traducirse en una experiencia constatable para las clases subalternas, en los términos que coloca la sociedad en cada contexto histórico. Porque la simple aspiración a “integrarse” en un modelo de sociedad construido a partir del imaginario creado para reproducir el orden vigente choca, en algún punto que varía de sociedad en sociedad y de época en época, con la posibilidad misma de su realización, y es allí donde el efecto “fetichizador” puede perder su vigor integrativo.

La relación entre estructura y superestructura: el concepto de bloque histórico

En las categorías de crisis orgánica y bloque histórico se encuentran dos de las claves para comprender el sentido de la hegemonía. Pero avancemos un poco más en la relación que Gramsci establece entre la base material y los fenómenos “intelectuales y morales“. Aparece otra vez aquí la cuestión de la ideología, que nos lleva a plantearnos la relación entre estructura y superestructura, el carácter de la conquista de la hegemonía y el papel de la lucha de clases. Gramsci dice que “la estructura y la superestructura forman un «bloque histórico», o sea que el conjunto complejo, contradictorio y discorde de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción. De ello surge: sólo un sistema totalitario de ideologías refleja racionalmente la contradicción de la estructura y representa la existencia de las condiciones objetivas para la subverción de la praxis” (Gramsci 1986a: 48).

En este pasaje la infraestructura material se define como un “conjunto de relaciones sociales” que ejerce la determinación “en última instancia“. La superestructura se constituye sobre los datos de la estructura, en tanto que lo que determina la historia es la producción y reproducción de la vida real, que opera como “marco“, como “límite” que condiciona el ámbito de las alternativas que se plantean a la acción política y de la ideología, pero no mediante la imposición mecánica de resultados unívocos. Los hombres piensan, sienten, crean, actúan, filosofan en una situación material concreta. Recordemos aquí lo planteado por Marx en La ideología alemana, cuando dice que “los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser con-siente y el ser de los hombres es su proceso de vida real” (Marx y Engels 1986: 26). A ciertas formas de organización de la producción le corresponden ciertos tipos de relaciones que se sustentan, a su vez, en instituciones e ideas. Es en este sentido que Marx dice que “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente” (idem: 50).

Siguiendo estas proposiciones básicas de Marx, Gramsci dice que “no se puede proponer, antes de la conquista del Estado, la completa modificación de la conciencia de toda la clase obrera; eso sería utópico, pues la conciencia de clase como tal no se modifica completamente más que cuando ha sido modificado el modo de vida de la misma clase, lo que implica que el proletariado ha llegado a ser la clase dominante y tiene a su disposición el aparato económico y el poder estatal“.19 Es así que la vida material, en toda su agitación y transformación, no se “refleja” de manera mecánica y automática en el entramado ideológico-cultural, sino que entre ambos hay una relación orgánica en la cual la dimensión de lo económico opera como el “material” del que se nutre la dimensión superestructural, que a su vez revierte sobre la primera. La adecuación completa del “momento” superestructural con el estructural requiere tiempos que son variables y azarosos, pero en última instancia es susceptible de producirse. De ahí que para que el proletariado llegue a modificar sustancialmente su conciencia es preciso que se modifiquen en un sentido radical las condiciones sociales que le dan sustento.20 E, inversamente, para que las condiciones materiales se modifiquen es preciso que las clases subalternas desarrollen una batalla “intelectual y moral” encaminada a construir su propia hegemonía. En este último sentido, por otra parte, queda eliminada toda posibilidad de interpretar los planteos gramscianos acerca de la necesidad de que el proletariado conquiste la hegemonía aún antes de la toma del poder como necesidad de una transformación completa de la superestructura como condición para la transformación estructural, invirtiendo de esta forma las proposiciones de Marx (véase Gramsci 1986a: 58). Así, Gramsci dirá: “¿Puede haber una reforma cultural, es decir, una elevación civil de los estratos deprimidos de la sociedad, sin una precedente reforma económica y un cambio en la posición social y en el mundo económico?. Una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse la reforma intelectual y moral” (Gramsci 1978: 31).

Con la noción de “bloque históricoGramsci pone de relieve la relación que existe entre la estructura y la superestructura en una formación económico-social, donde a las condiciones materiales de existencia le corresponden formas organizativas e ideológicas determinadas y donde se realiza la hegemonía de la clase dominante a nivel estructural sobre el conjunto de la sociedad. En la superestructura del bloque histórico se expresa la coerción que ejerce y el consenso que obtiene la clase dominante -sociedad política y sociedad civil- y es allí donde los intelectuales orgánicos cumplen un rol fundamental, como articuladores, como amalgama del bloque. Pero también es en el plano de la superestructura donde se expresan las contradicciones de la estructura y éstas también forman parte del bloque histórico. Por eso Gramsci dice que el bloque histórico no sólo se integra con la ideología dominante, sino que es un “sistema totalitario de ideologías” que refleja racionalmente las contradicciones de la estructura. De otro modo, no sería posible pensar la posibilidad de transformación radical de la sociedad.

La crisis orgánica

Las contradicciones que se producen en el seno del bloque histórico devienen esas crisis que Gramsci llama orgánicas y sobre las cuales deben actuar las clases subalternas en forma organizada y consiente para producir transformaciones estructurales favorables a sus intereses.

Cuando las clases dominantes no logran hacer avanzar a la sociedad hacia adelante, desarrollar las fuerzas productivas, se produce una crisis orgánica, una crisis de hegemonía. La crisis orgánica es una ruptura entre la estructura y las superestructuras en el seno del bloque histórico: es el resultado de contradicciones que se han agravado como consecuencia de la evolución de las estructuras y la ausencia de una evolución simultánea de las superestructuras (Portelli 1985: 121). “Si la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea, ya no es „dirigente‟, sino sólo „dominante‟, detentadora de la mera fuerza coactiva, ello significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían, etc. La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo, y en ese interregno ocurren los más diversos fenómenos morbosos“. 21

En la medida en que la clase dirigente deja de cumplir con su función de dirección económica y cultural, el bloque ideológico que le da cohesión y hegemonía tiende a disgregarse. Ahora bien, Gramsci destaca que las crisis orgánicas no son provocadas única e inmediatamente por las crisis económicas, resaltando una vez más el carácter no-mecánico de la relación entre base y superestructura. “Se puede excluir que las crisis económicas produzcan por sí mismas acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable a la difusión de ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida estatal” (Gramsci 1978: 74).

La desaparición del antiguo bloque histórico, entonces, sólo se produce si la crisis de la estructura acarrea una crisis orgánica o crisis de hegemonía. Ahora bien, en tanto que la crisis orgánica refleja la crisis de la estructura, sigue su evolución. De ahí que una situación así pueda prolongarse por un largo período. “Esta duración excepcional significa que en la estructura se han revelado (maduraron) contradicciones incurables y que las fuerzas políticas, que obran positivamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se esfuerzan sin embargo por sanear y superar dentro de ciertos límites” (idem: 77).

En las Notas sobre Maquiavelo Gramsci cita dos casos de crisis orgánica, uno producto de las debilidades propias de la clase dirigente y otro producido por la acción de las clases subalternas. Una crisis de hegemonía se produce, entonces, cuando la clase dirigente “fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra, por ejemplo), o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeños burgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. Se habla de «crisis de autoridad» y ésto es justamente la crisis de hegemonía o crisis del Estado en su conjunto” (idem: 76-77).

Pero no toda crisis es una crisis orgánica, ni toda crisis orgánica desemboca en una revolución: diferenciarlas es la esencia del arte político. Justamente, el error de identificar estos distintos tipos de crisis es lo que acarrea, para Gramsci, graves consecuencias en la estrategia revolucionaria. En su conocida nota “Análisis de situaciones. Relaciones de fuerza”, haciendo referencia a los movimientos orgánicos, relativamente permanentes, y a su diferencia con los movimientos coyunturales, que se presentan como ocasionales e inmediatos, Gramsci dice: “El error en que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional” (idem: 68).

Para que se produzca una crisis orgánica es necesario que la ruptura englobe a las clases “fundamentales“, es decir, a la clase dominante, por una parte, y a la clase que aspira a la dirección del nuevo sistema hegemónico, por la otra. Porque también las crisis pueden desarrollarse dentro del mismo sistema hegemónico, poniendo frente a frente a la clase fundamental y a sus grupos auxiliares o incluso a fracciones de la clase fundamental entre sí. En crisis de este tipo, las clases subalternas permanecen excluidas o son sólo las fuerzas de apoyo de las fracciones en conflicto (véase Portelli 1985: 120), lo que demuestra, a su vez, la debilidad y la ausencia de autonomía de las clases subalternas, excluyéndose así la posibilidad de manifestación de una crisis orgánica. En caso de existir una crisis orgánica puede darse el caso en que “la vieja sociedad resiste y se asegura un período de „respiro‟, exterminando físicamente a la elite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto…” (Gramsci 1978: 75). Este es un ejemplo de solución de la crisis por la vía de la utilización de la coerción. Pero siempre existe, por otra parte, alguna salida “reformista” que se desarrolla dentro de la misma estructura para superar la crisis y restablecer la hegemonía. Y en ella pueden aparecer los “compromisos” que vuelvan a restablecer un cierto equilibrio inestable.

Para que se genere una situación revolucionaria, para que una crisis orgánica desemboque en una revolución, es preciso que esté desarrollada una fuerza que exprese el cambio subjetivo de la clase revolucionaria. “El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza tal existe y está impregnada de ardor combativo). Es por ello una tarea esencial la de velar sistemática y pacientemente por formar, desarrollar y tornar cada vez mas homogénea, compacta y consciente de sí misma esa fuerza” (ibidem). Por eso, como decía Lenin, en ese cambio subjetivo es decisiva la actitud de la vanguardia, destinada a “revelar a las masas la existencia de una situación revolucionaria y la determinación revolucionaria del proletariado“.22

Para Gramsci, tanto como para Lenin, el “espíritu de escisión” de las clases subalternas, que las lleva a expresarse contra la opresión, debe ir acompañado por la construcción de un sistema hegemónico, para lo cual deberá cumplir un rol central la vanguardia, destinada a canalizar la espontaneidad dándole una dirección consciente a la rebelión. Porque, en caso contrario, las consecuencias de la crisis orgánica serán la victoria de la clase dominante, el aplastamiento de la dirección de las clases subalternas y la vuelta de éstas a la pasividad política. La crisis orgánica, en suma, es más que un dato objetivo al que necesariamente se le deberá sumar el elemento subjetivo, expresado por una vanguardia real, para lograr el triunfo revolucionario, es la expresión de un todo complejo en descomposición en el que intervienen, en un mismo movimiento, la objetividad y la subjetividad.

La lucha contra-hegemónica

Ahora bien, frente al papel hegemónico que cumple el Estado se encuentra, en una relación dialéctica, la posibilidad para las clases subalternas de gestar una lucha contra-hegemónica, de impulsar la construcción de una nueva hegemonía que transforme la relación existente entre estructura y superestructura en el bloque histórico dominante y conforme un nuevo bloque. La existencia misma de las contradicciones que se plantean en el seno de las superestructuras supone la posibilidad de generar una síntesis superadora que las resuelva.

Al llamar la atención sobre el aspecto hegemónico de la dominación estatal, la capacidad de producir consenso, adaptación, Gramsci pone el acento en la necesidad, para la clase obrera, de librar una batalla política e ideológica en el seno de la sociedad/Estado para lograr la superación del sistema capitalista dominante. Gramsci advierte que para “tomar” el aparato represivo y poder destruirlo es necesario desarticular el bastión ideológico que le da soporte y firmeza y que constituye la verdadera amalgama del sistema de dominación. La cuestión central de la ampliación del concepto de Estado radica así en sus consecuencias. Porque si la lucha contra el Estado no se resume en la lucha por la toma y destrucción del aparato de coerción, a la manera jacobina, es preciso librar una batalla “intelectual y moral“, que es a la vez profundamente política e ideológica.

El rol de los intelectuales

Es preciso destacar el rol fundamental que Gramsci asigna a la lucha intelectual, a través del análisis que realiza de la importante función que cumplen los intelectuales como nexos entre la estructura y la superestructura del bloque histórico, en cuyo seno se realiza la hegemonía de la clase dominante. “Los intelectuales son los «empleados» del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, a saber: 1) del «consenso» espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo social dominante, consenso que históricamente nace del prestigio (y por lo tanto de la confianza) detentada por el grupo dominante, de su posición y de su función en el mundo de la producción; 2) del aparato de coerción estatal que asegura «legalmente» la disciplina de aquellos grupos que no «consienten» ni activa ni pasivamente, pero que está preparado por toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que el consenso espontáneo viene a menos” (Gramsci 1975: 17/18).

Pero “no existe una clase independiente de intelectuales, sino que cada grupo social tiene su propia clase de intelectuales o tiende a formársela“.23 Porque “cada grupo social, naciendo en el terreno originario de una función esencial del mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no sólo en el campo económico sino también en el social y en el político” (Gramsci 1975: 11).

Se trata, entonces, de que las clases subalternas libren una batalla ideológica que logre disgregar la “amalgama” que constituyen los intelectuales en el bloque histórico. Por eso, “una de las características más relevantes de cada grupo que se desarrolla en dirección al dominio es su lucha por la asimilación y la „conquista ideológica‟ de los intelectuales tradicionales, asimilación y conquista que es tanto más rápida y eficaz cuanto más rápidamente elabora el grupo simultáneamente sus propios intelectuales orgánicos” (idem: 5). Y de ahí la función fundamental del partido de la clase obrera: formar sus propios componentes hasta convertirlos en intelectuales políticos calificados, ya que la lucha que tiene que librar el proletariado, antes y después de la toma del poder, supone la conquista de la hegemonía política, moral y cultural.

La hegemonía de la clase obrera

La hegemonía que tiene que conquistar la clase obrera es concebida como “dirección” de los grupos aliados, a la vez que constituye una opción para hacer avanzar al conjunto de la sociedad. Para ello, y una vez tomado el poder, se convertirá en dominante respecto a las clases antagónicas. Gramsci decía que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como „dominio‟ y como „dirección intelectual y moral’. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a „liquidar‟ o a someter incluso por la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede e incluso debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gobernante (ésta es una de las condiciones principales para la conquista misma del poder); después, cuando ejerce el poder y aún cuando lo tenga fuertemente en sus manos, se vuelve dominante pero debe continuar siendo también „dirigente‟” (Gramsci 1986b: 99).

Pero, si bien Gramsci enfatiza el contenido ideológico de la hegemonía, no subestima -como ya dijéramos más arriba- el aspecto político de la “alianza de clases“, que ya fuera destacado por Lenin:la tarea inmediata de la vanguardia consciente del movimiento obrero internacional, es decir, de los partidos, grupos y tendencias comunistas consiste en saber llevar las amplias masas (hoy todavía, en su mayor parte, adormecidas, apáticas, rutinarias, inertes, sin despertar) a esta nueva posición suya o, mejor dicho, en saber dirigir no sólo a su propio partido, sino también a estas masas en el transcurso de su aproximación, de su desplazamiento a esa nueva posición” (Lenin 1964: 78). Y en forma coincidente, ya en “La cuestión meridionalGramsci dice que “los comunistas turineses se plantearon concretamente la cuestión de la „hegemonía del proletariado‟, o sea de la base social de la dictadura proletaria y del estado obrero. El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida en que con- sigue crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el estado burgués a la mayoría de la población trabajadora” (en Gramsci 1981: 307).

Lenin ya destacaba el rol de dirección de las clases aliadas cuando decía, refiriéndose al partido de vanguardia, que éste debía tener capacidad “de ligarse, de acercarse y, hasta cierto punto, si se quiere de fundirse con las más amplias masas trabajadoras, en primer término con las masas proletarias, pero también con las masas trabajadoras no proletarias” (Lenin 1964: 9). Y Lenin habla de la necesidad de que el proletariado conquiste la hegemonía aún antes de la toma del poder: “la comuna, es decir, los soviets, no „implantan‟, no se proponen „implantar’, y no deben implantar ninguna reforma que no haya alcanzado plena madurez, tanto en la realidad económica como en la conciencia de la aplastante mayoría del pueblo“. Y agrega que “el partido del proletariado no puede, en ninguna circunstancia, ponerse el objetivo de „implantar‟ el socialismo en un país de pequeños campesinos en tanto la inmensa mayoría de la población no haya adquirido conciencia de la necesidad de una revolución socialista” (Lenin 1973b: 58).

En estos pasajes vemos como aparecen in nuce los elementos del concepto de hegemonía desarrollados posteriormente por Gramsci, 24 en un sentido innovador y específico en el que la dimensión ideológica adquiere su mayor expresión. Así, en la línea del pensamiento de Lenin, Gramsci dirá que: “ninguna acción de masa es posible si la propia masa no está convencida de los fines que quiera alcanzar y de los métodos que debe aplicar. Para ser capaz de gobernar como clase el proletariado tiene que despojarse de todo residuo corporativo, de todo prejuicio o de incrustación sindicalista (…). Si no se obtiene eso el proletariado no llega a ser clase dirigente y esos estratos, que en Italia representan la mayoría de la población se quedan bajo dirección burguesa y dan al estado la posibilidad de resistir el ímpetu proletario y de debilitarlo” (de Gramsci 1981: 312).

Precisamente el despojarse de los residuos corporativos implica que el proletariado abandone la estrechez de los intereses inmediatos para abarcar, en una nueva fusión, los de las demás clases subalternas, con su especificidad y diversidad. Porque para romper con la influencia de la ideología burguesa sobre la mayoría de la población, es preciso ser capaz de articular los núcleos de “buen sentido” que aparecen en las aspiraciones históricas de los demás grupos sociales y darles un sentido superador en la “visión del mundo” proletaria. La aspiración de una vida mejor se construye también en un imaginario común en el que cada parte tiene su lugar propio de confluencia, mientras que el proletariado no se propone subordinar a las clases con las cuales construye una alianza, sino que las integra en una visión que de tal manera se torna hegemónica. De este modo, ya en la cárcel, Gramsci distingue tres fases en la toma de conciencia de las masas: la fase económico corporativa, la fase trade-unionista y la fase propiamente política, donde el proletariado debe desplegar su hegemonía. Este tercer momento es “aquel donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de los otros grupos subordinados” (Gramsci 1978: 71/72).

Gramsci enfatiza la necesidad de plantearse una profunda lucha ideológica para lograr la hegemonía, que implica una profunda “reforma intelectual y moral” de la sociedad y la construcción de una “voluntad nacional-popular“, en un sentido que, reiteramos, va más allá de la mera alianza política de clases preconstituidas. Por eso es tan fundamental que el proletariado logre la dirección del conjunto de las clases subalter-nas para, a partir de amalgamar en una visión integral y común los elementos que definen a cada segmento de las clases subalternas, proyectar su hegemonía al conjunto de la sociedad. Y la cuestión no pasa por sumar sectores autónomos y, en su caso, subordinarlos a la visión del proletariado como clase fundamental, sino de producir una síntesis superadora de los intereses del conjunto de las víctimas del capitalismo, sin que se anulen cada uno de estos sectores sustantivos. Este es sin duda uno de los aportes más significativos de Gramsci, que se conecta precisamente con la complejidad que advierte en las formas ideológicas de la dominación burguesa, que a su vez se convierte en una mayor complejidad de la lucha contrahegemónica.

Pero contrariamente a lo que dicen Portelli (1985) y Piotte (1973), Gramsci no subordina la lucha política a la lucha ideológica, contraponiéndose así a Lenin, sino que destaca la articulación de ambas. El concepto gramsciano de hegemonía no se resume en lo cultural, sino que presupone el aspecto político. “La hegemonía política puede y debe existir antes de llegar al gobierno…” dice Gramsci en la cárcel (1986b: 100). Y no podía ser de otra manera, pues todas sus reflexiones tenían como objetivo aportar elementos que enriquecieran la praxis política del proletariado para llevarlo a la victoria revolucionaria.

Para lograr el poder del Estado y destruirlo, el proletariado debe tomar conciencia de sí mismo, de su lugar y función en el seno de la estructura, y extender su hegemonía primero al resto de las clases subalternas y de ahí al conjunto de la sociedad. Ahora bien, es en el plano de la ideología que la clase obrera toma conciencia y ejerce su hegemonía. Pero este proceso no se hace en abstracto, o por efectos de una pura acción intelectual, sino que es producto de la experiencia política. La relación entre la praxis y la ideología debe sintetizarse en la capacidad de dirección de la clase obrera, en el momento de la hegemonía. En tanto que la ideología es, para Gramsci, una “concepción del Estado que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva” (1986a: 16), la posibilidad de trasformarla nos remite a la praxis política del proletariado. Pero hay algo más: la superestructura del bloque histórico, como sistema totalitario de ideologías, “representa la existencia de las condiciones objetivas para la subversión de la praxis”. Ello significa que es allí donde aparecen los elementos objetivos que permiten a las clases subalternas tomar conciencia de su situación y luchar para transformar el orden vigente, constituyendo un nuevo bloque histórico.

La importancia asignada a la praxis política ligada a las condiciones estructurales deriva de que es en ese terreno donde surgen nuevas expresiones superestructurales susceptibles de entrar en contradicción con la ideología dominante. Al poner de relieve el aspecto intelectual y moral de la hegemonía, Gramsci está destacando que la dirección que debe ejercer el proletariado debe ser política e ideológica, para lograr articular en torno suyo una alianza de las clases subalternas capaz de proponer al conjunto de la sociedad una opción que signifique un avance respecto al sistema imperante. Para ello necesita difundir una “visión del mundo” opuesta al sentido común dominante en la sociedad burguesa. Y esta batalla es política, porque requiere la praxis social, y es ideológica, porque es precisamente en el plano de las ideas donde los hombres toman conciencia de su situación social y pueden luchar para transformarla. Aparece, entonces, el elemento de la voluntad, de la política, que está limitado históricamente por condiciones objetivas pero que no está determinado fatalmente, ya que si fuera así carecería de sen-tido el llamamiento que hace el marxismo a la lucha de clases y a la revolución social.

* Una versión preliminar de este artículo se publicó como “La noción gramsciana de hegemonía en el convulsionado fin de siglo”, en L. Ferreyra, E. Logiúdice y M. Thwaites Rey: Gramsci mirando al sur. Sobre la hegemonía en los 90, Bs. As., Kohen y Asociados, 1994.

1- Al respecto, es altamente ilustrativa una nota escrita por Gramsci en la que expresaba las dificultades y reparos metodológicos para abordar la obra de Marx y que, sin duda, pueden aplicarse a su propia obra. Así, decía que “si se quiere estudiar el nacimiento de una concepción del mundo que desde su fundador jamás ha sido expuesta de manera sistemática (y cuya coherencia esencial debe hallarse, no en cada escrito o serie de escritos, sino en todo el desarrollo del trabajo intelectual en el que están implícitos los elementos de la concepción), es preciso hacer preliminarmente un trabajo filológigo minucioso, ejecutado con el máximo de escrupulosidad y de exactitud, de honestidad científica, de lealtad intelectual, de ausencia de todo preconcepto y apriorismo, de toma de partido”. Y luego agregaba que “en las obras del pensador dado, es preciso distinguir entre otras, aquellas que ha llevado a término y publicado de las que quedaron inéditas por-que no ha sido terminadas y que fueron publicadas por algún amigo o discípulo, no sin revisiones, arreglos cortes, etc., o sea, con intervención activa del editor. Es evidente que el contenido de estas obras póstumas tiene que ser considerado con mucha cautela y discreción, pues no debe ser tenido por definitivo, sino como material en elaboración provisional (…) También el estudio del epistolario debe hacerse con cierta cautela: una afirmación suelta hecha en una carta no sería quizás repetida en un libro” (Gramsci 1986ª: 81-83).

2- En febrero de 1980, por ejemplo, se realizó en la Universidad Nacional Autónoma de México un seminario sobre “Hegemonía y alternativas políticas en América Latina”, cuyo propósito fue discutir la validez del concepto de hegemonía gramsciano para el análisis de las características distintivas de las luchas sociales en América Latina. Las ponencias a este seminario fueron publicadas en 1985, en una volumen colectivo titulado Hegemonía y alternativas políticas en América Latina, bajo la coordinación de Julio Labastida Martín del Campo. En 1987, el aniversario cincuenta de la desaparición de Gramsci motivó una serie de encuentros, trabajos y debates acerca de su obra. En Buenos Aires, por ejemplo, se celebraron las Jornadas “¿Por qué Gramsci hoy?”, con la participación de numerosos intelectuales que presentaron distintas ponencias, algunas de las cuales constituyen la base de los artículos incluidos en Ferreyra, Logiúdice y Thwaites Rey (1994). Y más recientemente, en el número 115 de la revista Nueva Sociedad, de setiembre-octubre de 1991, con motivo del centenario del nacimiento de Gramsci se incluyen, como tema central, una serie de artículos que efectúan un balance crítico sobre la recepción de la obra gramsciana en América Latina y la proyección de sus aportes fundamentales en los noventa.

3 En “La conquista del Estado”, artículo de L’Ordine Nuovo del 12/6/19 (Gramsci 1981: 93).

4- Véase Buci-Glucksmann (1986: 171). Es interesante destacar cómo esta concepción anti-instrumental del Estado es posteriormente desarrollada por Poulantzas en varios de sus trabajos

5- L’ Ordine Nuovo del 24/8/19, citado por Macciochi (1981: 158).

6- De “Democracia obrera”, en L’Ordine Nuovo del 21/6/19 (Gramsci 1986c: 59; 1981: 89).

7- Gramsci es detenido por el régimen fascista a las 22.30 hs. del día 8 de noviembre de 1926 e ingresa en la cárcel romana de Regina Coelli en régimen de incomunicación. Permanece detenido hasta el 21 de abril de 1937 cuando, a causa del agravamiento de su estado de salud, es liberado. Muere seis días después, a las 16.00 hs. del día 27.

8- En “Pasado y presente”, citado por Buci-Glucksman (1986: 39).

9- Véase Anderson (1982: 110/11).

10- Perry Anderson, en su interesante trabajo Las antinomias de Gramsci de 1977, señala que en los Cuadernos de la cárcel aparecen tres posiciones oscilantes respecto al Estado: 1) está en una “relación equilibrada” con la sociedad civil; 2) es únicamente una “superficie exterior” de la sociedad civil; 3) es la “estructura masiva” que cancela la autonomía de la sociedad civil. De ahí que el Estado esté en contraste, la abarque o sea idéntico a la sociedad civil, derivando de estas oscilaciones diferentes respuestas políticas provocadas por la coyuntura.

11- Sobre el concepto de sociedad civil en Gramsci puede verse el trabajo de N. Bobbio “Gramsci y la concepción de la sociedad civil”.

12- En los “Apuntes sobre la historia de las clases subalternas” (Gramsci 1986b: 249).

13- Carta a Togliatti, Terracini y otros del 9/2/24 (en Gramsci 1986c: 146).

14- Texto preliminar de un informe presentado en la reunión del CC del PCI del 2-3 de agosto de 1926 (en Gramsci 1981: 286).

15- En “El problema de la dirección política en la formación y el desarrollo de la nación y del Estado moderno en Italia” (en Gramsci 1986c: 486).

16- Esto plantea la discusión en torno a la “historicidad” de la producción teórica. Al respecto, Chantal Mouffe hace la advertencia correcta de que “hay que distinguir entre lo que cambió en la teoría marxista del estado y lo que cambió en la realidad misma del estado. En este sentido es necesario atribuirle una cierta autonomía a la teoría ya que al querer presentar su evolución como simple expresión de un cambio a nivel histórico fácilmente acabaríamos justificando el economicismo como expresión teórica adecuada de un período en el cual existía una separación real entre economía y política debido a que nos privamos de la manera de criticar los errores a nivel de la teoría”. No obstante, es preciso conjurar el peligro contrario de sostener la validez de una lógica autónoma de las teorías, más allá de todo contexto histórico-material de producción. Porque justamente las críticas respecto a la validez explicativa de una teoría suelen fundarse en su confrontación con la realidad de la que pretendieron dar cuenta (1985: 140).

17- Como señalan Anderson (1987) y Loyola Díaz y Martínez Assad (1985), el concepto de hegemonía ya era conocido y utilizado en el movimiento comunista internacional desde fines del S.XIX, pero referido a la estrategia del movimiento obrero y a la necesidad de ganar a las masas campesinas y a otros estratos sociales para la lucha revolucionaria. Lenin empleó este concepto, pero referido a la cuestión política de la “alianza de clases”. El aporte sustantivo de Gramsci radica, además de haber desarrollado la dimensión ideológica del concepto de hegemonía, en haberlo extendido al análisis de la dominación burguesa. Producida tal extensión, en la producción carcelaria de Gramsci aparecen numerosos pasajes en los que las definiciones de clase dominante y de hegemonía se utilizan en términos genéricos, que engloban tanto a la burguesía actualmente dominante como al proletariado en su afán de conquista del poder y una vez alcanzado éste. La referencia, entonces, es a toda clase dominante. En otros pasajes, la mención es más concreta y se refiere a una de ellas.

18- En “Tres principios, tres órdenes” (en Gramsci 1986c: 19).

19- “Necessitá di una preparazione ideológica di masas”, citado por Piotte (1973: 117).

20- Aclarando aún más este punto, Gramsci dirá que la concepción de “bloque histórico” implica que “las fuerzas materiales son el contenido y las ideologías la forma, siendo esta distinción de contenido y de forma puramente didascálica, puesto que las fuerzas materiales no serían concebibles históricamente sin forma y las ideologías serían caprichos individuales sin la fuerza de lo material”.

21- De “Oleada de materialismo y crisis de autoridad” (en Gramsci 1998: 313).

22- De V. I. Lenin: La bancarrota… (citado por Harnecker 1986: 65).

23- De A. Gramsci: Los intelectuales y la organización de la cultura, citado por Portelli (1972: 95).

24- Al respecto véase el prólogo de José Aricó a Labastida (1985).

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