Carlos Marx: minimalismo y maximalismo democrático para el siglo XXI


Carlos Marx: minimalismo y maximalismo democrático para el siglo XXI

Armando Fernández Steinko

1. Enfrentar Marx y democracia es una invención de la Guerra Fría. Los que se reclamaban de él fueron literalmente los padres del sufragio universal en Finlandia (1906), marx the guardianRusia (1917), Alemania (1918), Suecia (1923), España (1931), Francia (1945), Italia (1946) o Bélgica (1948). La noción de democracia que manejaba Marx no era precisamente superficial y escasa, sino más bien todo lo contrario y poco más se le puede pedir a una persona que vivió hace ahora ciento cincuenta años, treinta años antes de la Primera Guerra Mundial, sesenta años antes de la Segunda y setenta antes del triunfo del fordismo. Lo que se esconde detrás de esta invención, sin embargo, no es sólo propaganda o el resultado de las prácticas políticas de los países del llamado socialismo real. También influyó que los marxistas perdieron en su día la hegemonía dentro del propio discurso sobre la democracia. ¿Por qué la perdimos?

2. La situación que se vive en Europa a partir de 1950, es de derrota de todas aquellas fuerzas que querían empezar de nuevo sobre la base de un orden auténticamente democrático, es decir, maximalista en términos de participación de la ciudadanía en los asuntos sociales, empresariales y económicos. Este objetivo era compartido por casi todas las fuerzas políticas, desde los comunistas hasta los democratacristianos europeos y, en menor medida, los “liberales” norteamericanos continuadores de la política de New Deal de los años treinta de Franklin Delano Roosevelt 1. En realidad se puede definir la restauración política que triunfa hacia 1950 y pone fin a seis años de luchas democráticas (1944—1950) como la suplantación de un determinado modelo de democracia que era hegemónico en aquellos tiempos (el maximalista) por otro (el minimalista) que era minoritario nada más acabar la Segunda Guerra Mudnial. La democracia minimalista tiene mucho en común con la democracia liberal que surge en los principales países capitalistas durante el siglo XIX y que tanto criticaba con razón el movimiento obrero organizado. Pero a diferencia de ella, la cultura del minimalismo democrático que se implanta en los años de la restauración posbélica, admite dos innovaciones sin las cuales las fuerzas restauradoras nunca habría podido arrinconar de esa forma el proyecto maximalista. Estas son:

3. -el modelo democrático de la restauración extiende el sufragio al 100% de la población adulta nacionalizada del país (incluidas las mujeres, los pobres, los presos, los soldados y los incultos). Ni siquiera las fuerzas más reaccionarias y conservadoras, que resurgen de las cenizas gracias al apoyo británico—norteamericano, lo ponen ya en duda. Lo que reivindican Marx y Engels en el Manifiesto Comunista en 1948 y se vivió en el París revolucionario de 1848 y de 1871 por unos meses, es, por fin una realidad. Este derecho rompe con la democracia liberal que le concedía a no más que entre un 20% y un 30% de toda la población adulta el derecho al voto o que, si se lo concedía, era para cancelarlo de nuevo a la primera oportunidad.

4. -el minimalismo democrático, que se impone en una determinada situación internacional muy adversa para el capitalismo, amplia la democracia política a la democracia económica y social. A las personas se les concede, por primera vez en la historia del capitalismo, no sólo el derecho a optar entre varios partidos políticos (no entre todos porque algunos partidos comunistas son ilegalizados o arrinconados de hecho), sino que, además, pueden acceder a un nivel mínimo de bienestar material, a unas infraestructuras colectivas y un sistema sanitario y educativo independientemente de su condición social de partida. Esta innovación dentro del capitalismo para restaurar el propio capitalismo en Europa también rompe con la democracia liberal del siglo XIX que no admitía ningún tipo de derechos económicos y educacionales para las clases subalternas.

5. La suplantación del modelo minimalista por el maximalista era la condición que ponían los norteamericanos para conceder la ayuda que Europa necesitaba urgentemente para su reconstrucción. Es decir, el dilema no era minimalismo versus ausencia de sufragio universal, como se ha repetido hasta la saciedad durante y después de la Guerra Fría, sino minimalismo versus maximalismo. La propia Guerra Fría es una trampa inventada por los británico—norteamericanos para empujar a la opinión pública europea de un modelo democrático a otro. Toda la confusión que vino después, y que se basaba en la identificación entre democracia y minimalismo obviando el hecho de que, dado el debilitamiento del capitalismo europeo, lo que realmente se estaba librando era una batalla dentro de la propia democracia, es decir, entre minimalismo y maximalismo, es un poderoso filtro ideológico que viene durando varias décadas y cuyo calado político de fondo es restaurador más que innovador. La estrategia fue exitosa por diversas razones que ahora no pondemos desarrollar y sectores importantes de las clases subalternas (trabajadores, pequeña burguesía etc.) abandonaron su apuesta por el modelo maximalista. Pero una de esas razones era que la vieja democracia liberal logró adaptarse a los nuevos tiempos sin, por ello, fenecer. No feneció porque conservó dos de sus elementos más esenciales. Estos son:

6. -los ciudadanos siguen excluidos de la participación en el trabajo y en la gestión de las empresas: esta sigue siendo monopolio de sus propietarios y accionistas. Igual que en el siglo liberal, y a pesar del aumento paulatino de las reglamentaciones sobre condiciones de trabajo, salarios etc. las empresas siguen siendo a partir de 1950 un espacio privado en el que la ciudadanía no puede y no debe ejercer como tal. En el trabajo los hombres siguen siendo no sujetos, sino objetos de las decisiones de otros. Dentro del modelo económico, que se basa precisamente en este monopolio en la gestión empresarial, ocurre exactamente lo mismo: los ciudadanos no intervienen en la definición de las grandes orientaciones económicas. La economía, y por tanto un continente entero del que dependen sus trayectorias de vida, el perfil de su existencia social, sigue siendo, o bien un fenómeno espontáneo regulado por fuerzas ajenas a su voluntad (leyes de la oferta y la demanda) o bien por grupos sociales que regulan esa economía pero que sólo en muy pequeña parte representan a las mayorías (tecnócratas, banqueros, grandes industriales, políticos que depende de ellos etc.).

7. -No hay una cultura de la participación directa, cotidiana e implicada del conjunto de la ciudadanía en la regulación los grandes y pequeños asuntos que le conciernen. El modelo delegador (separación entre electores y elegidos, ausencia de mandato imperativo, celebración de elecciones muy espaciadas en el tiempo, profesionalización de la policía etc.), que es una continuación de la democracia liberal del siglo XX, se mantiene en su esencia. Esto aleja a las mayorías de la intervención intensa en la vida social, política, económica y empresarial. La política y la participación forman parte de la vida de las personas sólo de forma discontinua, esporádica y, con el tiempo, cada vez más diluida. La vida política de las mayorías vuelve a flotar, igual que durante el siglo XIX, encima de sus cabezas, de su cotidianidad.

8. Los comunistas y los socialistas de izquierdas, que habían planteado inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial la necesidad de ir a una democracia maximalista para evitar otro desastre civilizatorio, se quedaron en minoría en sus respectivos países. Pero no sólo porque la socialdemocracia emprendiera un viraje radical hacia posiciones minimalistas restauradoras. Una buena parte de los partidos socialdemócratas y laboristas nunca se había sentido especialmente atraídos por la cultura del maximalismo democrático y los economistas socialdemócratas como Eduard Bernstein o Rudolf Hilferding partían de un automatismo de lo económico que, desde posiciones progresistas, desaconsejaba trastocar demasiado los pilares de la economía capitalista puesto que se suponía que esta iba a regularse sola debido a los imparables procesos de socialización y de concentración empresarial que, antes o después, iba a demandar una forma u otra de planificación. La tensión entre mencheviques y bolcheviques en la Rusia revolucionaria en torno al dilema minimalismo—maximalismo democrático (tensión entre Duma y Soviets) es sólo un ejemplo histórico que se puede ampliar a los debates dentro de la socialdemocracia alemana hacia 1920, a la polémica entre Antonio Gramsci y Amadeo Bordiga dentro del propio comunismo italiano (Bordiga apostaba por una especie de minimalismo comunista, Gramsci por un maximalismo comunista), o a las que se dieron entre el movimiento de los shop stewards en Gran Bretaña y los Trade Unions dentro del mundo laboral británico. Lo que pasó a llamarse el “consenso democrático” hacia 1950 no es sino una aproximación de posiciones entre democratacristianos y socialdemócratas alrededor de la causa del minimalismo democrático. De forma que los marxistas (comunistas y socialistas de izquierda así como los sectores más progresistas de la democracia cristiana) se quedaron en minoría y fueron perdiendo peso.

9. Pero ¿porqué no consiguieron mantener su proyecto democrático maximalista en la oposición en espera de tiempos mejores?. Algunos lo intentaron durante algunos años, aunque la dinámica del crecimiento y del aumento ininterrumpido de la prosperidad fordista se lo puso difícil. Muchos, como el Partido Comunista Francés o Italiano así lo hicieron, pero cuando se renovó la cultura del maximalismo democrático en los años sesenta (y aquí la Revolución Cubana fue un trascendental pistoletazo de salida), no supieron estar a la altura. Por un lado los países del Este de Europa, que era un importante referente para todos ellos, había cancelado su propia tradición maximalista desde finales de los años veinte y esto generó enormes contradicciones en su propia estrategia política. Estas contradicciones, que afectan más al PCF que al PCI, les hizo perder mucho tiempo cuando hacia 1968, los llamados “nuevos movimientos sociales” eclosionan precisamente alrededor de la reivindicación de los viejos principios del maximalismo democrático. Otra explicación es que el capitalismo del estado del bienestar domesticado por los parlamentos y los tecnócratas ofrecía un campo muy amplio para plantear reformas institucionales dentro de la propia tradición minimalista (lucha institucional, parlamentaria, consolidación del estado del bienestar etc.). En tal contexto de bonanza económica, empujada por las leyes de la acumulación capitalista y por las políticas redistributivas aunque cada vez más consumidora de energía, espacio físico y recursos naturales por unidad de Producto Interior Bruto, sólo si la URSS y sus aliados cambiaban de cultura política, sólo si se encontraba la fórmula para hacer hegemónico el maximalismo democrático, podía la izquierda marxista salir del atolladero. La llamada “izquierda extraparlamentaria” hizo precisamente de esa lucha su bandera en los años setenta, aunque tuvo poco éxito.

1. CRISIS DEL MINIMALISMO DEMOCRÁTICO

10. Cuando la “Segunda Guerra Fría” de la era ReaganThatcher (otra vez la alianza de ambos países anglosajones) conduce al desmontaje de la democracia económica y social (precarización laboral, privatización de servicios públicos, mercantilización de cada vez más zonas desmercantilizadas hacia 1950 etc.), todo el sistema minimalista entra en una lento declive, declive que en los años noventa afecta de lleno a los países del continente europeo y a los países de su órbita (Israel, Australia etc.). Este declive se manifiesta en un constate aumento de la abstención electoral y una disminución del interés por la política. En un reciente estudio comparativo internacional, Robert D. Putnam llega a las siguientes y contundentes conclusiones: “la participación electoral en Norteamérica empezó a decaer en los años 1960, una tendencia que se fue acelerando en la década siguiente. A pesar de que este dato es conocido y ha sido sacado a la luz una y otra vez desde hace décadas, los investigadores de otros países no han querido ver durante mucho tiempo que esta tendencia también es inequívoca en el resto de los países de la OCDE. En 17 de 19 países de la OCDE, la participación electoral está hoy por debajo de la que se daba en los primeros años 1950… Este retroceso casi universal en la forma de intervención política más importante (casi la única de la que disponen los ciudadanos dentro del esquema minimalista AFS) es especialmente llamativo porque va unido a un rápido aumento del nivel de formación de la población, y porque la educación es considerada normalmente como una garantía de participación política2. Las afirmaciones de Putman han vuelto a ser ratificadas en las elecciones presidenciales francesas de 2002 (con tres millones de personas que no acudieron a las urnas, en su mayor parte votantes de izquierdas) y en las elecciones británicas del 2001. En estas últimas se produjo un 46% de abstención, un porcentaje superado por los Estados Unidos pero que representan un récord histórico para la cultura política de Europa y de Gran Bretaña en particular. El ejemplo británico es seguido de cerca por el 45% de abstención electoral que se registró en las elecciones del 2002 en el Land alemán de Sachsen—Anhalt. El los países del Este de Europa este desencanto ha llegado aún antes y en países como Polonia, la República Checa o Hungría desde hace diez años, los índices de participación próximos al 50% de la población con derecho al voto –en la mayoría de los casos a costa del electorado de izquierdas— son la normalidad 3. Muchos gobiernos municipales norteamericanos están saliendo elegidos hoy con un 5% de participación electoral, preferentemente de las clases medias y acomodadas y en las elecciones israelíes de enero de 2003, la abstención, aún siendo más baja que en la mayoría de los países occidentales, ha alcanzado una cifra récord. De forma que hacia el final del siglo XX el resquicio más importante que le quedaba a la ciudadanía para intervenir en el gobierno de sus sociedades y sus economía es desaprovechado sistemáticamente por ella. El derecho al sufragio universal sigue existiendo, pero la “vida real” de la gente, su día a día y su cotidianidad desincentiva la participación puesto que los ciudadanos perciben que el sistema económico, social y político se desenvuelve sin su propia intervención, a sus espaldas y sin que ellos puedan hacer nada para cambiarlo puesto que no hay garantía de que la oposición lo haga todo realmente “de otra manera”. Esto demuestra lo siguiente:

11. -que la democracia liberal renacida en 1950 (minimalismo democrático) sólo funciona cuando efectivamente acomete al mismo tiempo sus dos innovaciones (ver arriba).

12.-que el estrechamiento del margen para las políticas emancipatorias dentro del minimalismo democrático no es un fenómeno coyuntural sino estructural, al menos dentro del actual orden neoliberal.

2. MARX Y EL LEGADO MAXIMALISTA

13. ¿Cuál es el legado de Marx y qué ofrece en este contexto de crisis del minimalismo democrático de signo liberal? Es evidente que la democracia en la que pensaban Marx era de signo maximalista y que, como no podía ser de otra forma, incluía tanto el sufragio universal como la democracia económica y social. Para Marx la economía es una realidad que sólo aparenta desenvolverse de forma automática y a espaldas de la voluntad de la gente. En realidad no es así pues obedece a un determinado mecanismo de reproducción social basado la mercantilización de la fuerza de trabajo, la cosificación etc.. Este mecanismo está explicado en “El Capital”. Cuando en sus años jóvenes Marx intenta desenmascarar el carácter “irreal“, ficticio y pretendido de la ciudadanía del siglo XIX y del estado burgués (en textos escritos en solitario o en colaboración con Engels como La cuestión judía o La ideología alemana), argumenta que la ausencia de sufragio universal convierte a aquella democracia en una cosa construida, separada de la vida real de las mayorías: el parlamentarismo burgués es un parlamentarismo de las clases propietarias y no de las clases subalternas, ni siquiera de todas las clases y grupos sociales y los datos históricos sobre los censos electorales corraboran con creces esta opinión. Además, para Marx la ciudadanía que construye la burguesía es ficticia porque no penetra, no accede, no forma parte de todo ese mundo privado de la empresa capitalista donde las personas permanecen durante más de 12 horas al día y donde se ganan su sustento. Pero tampoco penetra en la familia patriarcal burguesa, en el ejército o en la administración del estado, todos ellos ámbitos de la vida social donde se decide una buena parte de la sustancia de la vida cotidiana de muchos ciudadanos. Es la crítica no de la ciudadanía en sí, sino de la ciudadanía—a—medias. Como se sabe, en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels piden que el despotismo dentro de la fábrica de paso a un orden empresarial en el que los propios trabajadores, a través de su propiedad en los medios de producción, puedan decidir sobre las decisiones empresariales. También critican en el “Manifiesto” los movimientos sociales y políticos protagonizados por minorías pudientes y destinados a favorecerles sólo a ellas (democracia liberal) al tiempo que pide el sufragio universal (democracia política plena) pero también la enseñanza pública gratuita para los niños, la supresión de la jornada infantil, la reducción de la jornada de trabajo etc. (democracia social). El entusiasmo que mostró Marx hacia la Comuna de París tiene mucho que ver con las innovadoras prácticas autogestionarias en las “comunas” parisinas en aquellos breves meses que van de marzo a mayo de 1871 y que no dejan ninguna duda sobre su noción de participación política popular. En la Introducción a “Las luchas de clases en FranciaEngels elogia en 1895 la estrategia parlamentaria porque sirve para romper la censura y para darle voz a los intereses de las clases subalternas y sus luchas sociales y no para lo que servía hasta entonces, para representar los intereses de las clases privilegiadas 4, una situación que se empieza a dar de forma sistemática en los países capitalistas desarrollados.

14. El modelo democrático por el que apuesta Marx tiene su soporte principal en lo que llamaba la “vida terrena” y hoy se denomina la “sociedad civil”, en la suma de los condicionamientos sociales, culturales y económicos que configuran la vida cotidiana de las personas entendidos, no sólo como la experiencia empírica diaria de las personas en la fábrica y fuera de ella, sino también como una sociedad real paralela a los espacios parlamentarios e institucionales de representación política cuando estos espacio no recogen los intereses de todos aquellos que no son propietarios de medios de producción. El mensaje de Marx es que “La sociedad civil, es decir, el entramado derivado de la reproducción práctica y cotidiana de la vida, es el verdadero escenario de la historia. Esta sociedad civil, que en está transformándose permanente en el capitalismo, tiene que ser siempre la base de todo proceso de transformación consciente de la sociedad5. Esto significa que las formas de participación política de las mayorías tienen que producirse y entroncarse en esa misma vida cotidiana: tanto en las empresas y fuera de ellas.

3. MARX Y DEMOCRACIA HOY

15. Hemos dicho que el maximalismo democrático tiene dos patas: la de la cultura política activa, cotidiana y participativa tan distinta a la introducida en Europa hacia 1950, y también la de la democracia en la empresa, la de la ciudadanización del espacio empresarial. Esta última es la gran tarea pendiente de los movimientos reformistas y anticapitalistas situados a la izquierda del centro—izquierda en los países capitalistas desarrollados. La ciudadanización de las empresas enlaza con el tronco del pensamiento de Marx y Engels al tiempo que profundiza las formas de participación ciudadana, su control sobre los resortes que controlan y codeterminan su vida (sus tiempos de vida, su medioambiente, sus ingresos, sus condiciones de trabajo, sus formas de consumo). No podemos desarrollar aquí con más detalle el cómo se puede hacer hoy esto 6. Simplemente añadir aquí el porqué la democracia en la empresa tiene hoy posibilidades de reforzar la cultura del maximalismo democrático de la que tan necesitada está la humanidad.

16. Porque hoy se dan unas circunstancias que no sólo hacen deseable una ciudadanización también de la vida económica y empresarial, sino que, además, la hacen viable. Esto no quiere decir que esta vaya a venir sola. Todo lo contrario, mientras no se recupere una cultura maximalista de la participación el actual marco ultracompetitivo secará todas las posibilidades de emancipación social y laboral creadas por la crisis del fordismo, resolverá esta crisis en un sentido socialdarwinista y tendencialmente autoritario. El desarrollo social ha tenido siempre un carácter abierto (no existen teleologías en la historia) y a la movilización social ha sido siempre la que ha provocado cambios democráticos en situaciones de crisis y rupturas estructurales que las han hecho “técnica” (sólo técnicamente) posibles. El análisis preciso, realista y científico de esas rupturas es otros de los legados que nos han dejado Marx/Engels. Las posibilidades que ofrece la actual coyuntura capitalista para avanzar hacia una democracia económica de signo maximalista, que sería un paso muy próximo a lo que los dos alemanes entendían por socialismo, son, entre otras, las siguientes:

17. -Nunca ha existido una población con los niveles de instrucción e información como la actual. Esto sigue siendo así incluso admitiendo el encarecimiento de la calidad de la enseñanza y el embrutecimiento de una parte de la población por parte de los medios de comunicación. Muchos de los fracasos y salidas autoritarias del pasado se debieron y fueron posibles en parte porque la incultura de la gente cerró opciones al desarrollo democrático, porque una parte de la población era muy vulnerable a los discursos autoritarios también debido a la alta concentración de saberes en unos pocos y porque, aún queriendo organizar la vida económica y empresarial de forma más democrática, no disponían de los medios, de los saberes necesarios para hacerlo. Hoy pasa todo lo contrario. El problema hoy es que la gente sabe muchas más cosas de las que puede aplicar en el trabajo y en la vida social, no hay cauces, no hay una organización social y laboral adaptada a esa esta especie de “exceso de oferta” (dicho con palabras nada amadas por mí). Los conservadores intentan reducir estos “excesos” recortando la calidad de la enseñanza y dualizando el mercado de trabajo, pero esto no es tan fácil de alcanzar puesto que también hay tendencias muy visibles que obligan a los gobiernos a seguir tomándose en serio la educación de sus poblaciones.

18. -Las empresas posfordistas, que son cada vez más a pesar de la vuelta a ciertas formas de trabajo típicamente fordistas en algunos centros productivos, han reducido drásticamente los niveles de supervisión y control. El capataz es cada vez más innecesario. Primero porque sale caro, y segundo porque desmotiva y porque su trabajo es, simplemente, técnicamente innecesario. Esto abre espacios de autonomía nunca vistos en las empresas. El trabajo se subjetiviza, los trabajadores tienen que autocontrolarse, tener sentido de la responsabilidad, tomar iniciativas y todo esto le descarga al mando intermedio de muchas tareas de supervisión tradicional. Por culpa del actual orden económico esto está llevando a una dinámica de autoexplotación, de trabajo sin fin que está encareciendo la salud psíquica de muchas personas, comiéndose su tiempo libre, su posibilidad de participar en sociedad. Pero la posibilidad técnica de trabajar sin estructuras de control ya es una realidad (una necesidad para muchas empresas) y además, no lo olvidemos, ha sido siempre uno de los grandes objetivos del movimiento obrero.

19. -No es verdad que las personas no busquen una realización personal en el trabajo, como sugieren algunos sociólogos que teorizan el “fin de la sociedad del trabajo” distanciándose claramente del pensamiento de Marx y Engels, que, como sabemos, construyen una buena parte de sus argumentos sobre la necesidad de dignificar el trabajo, de suprimir la mercantilización de la fuerza de trabajo. Lo que sucede es que las personas buscan un equilibrio razonable entre trabajo y no trabajo. El trabajo como espacio para la proyección del propio yo, del propio saber, de la propia implicación, es deseado, buscado y añorado, especialmente -así por lo menos en España— por parte de las mujeres y los jóvenes. La subjetivización del trabajo abre la posibilidad de introducir formas de participación maximalistas que pueden llegar a funcionar de forma tan sorprendente como las experiencias de Porto Alegre. La gente no ve en el trabajo un castigo divino, sino en la actual organización del mismo. Como esta se debe de forma cada vez más directa y visible a una determinada organización de la economía global (ultracompetitividad internacional) aquí hay posibilidades de que las personas empiecen a politizar su sino y su experiencia laboral individuales.

20. -La socialización de la propiedad ha alcanzado niveles espectaculares. Hoy esta socialización no se traduce en disposición colectiva sobre el capital y la gestión, pero hay una especie de base, de estructura latente que lo hace posible. Naturalmente que habría que cambiar las leyes, los reglamentos que regulan las juntas de accionistas, habría que socializar la información y no sólo la propiedad. Sobre todo habría que cambiar el funcionamiento de la economía internacional, que le da prioridad al sector financiero frente al productivo, que machaca literalmente los ritmos y los espacios laborales, las formas de vida sostenibles pues necesita que los beneficios económicos se vean a corto plazo a no importa qué precio. Pero no conviene perder de vista todo lo que, en términos democráticos, se puede llegar a derivar de esta socialización de facto de la propiedad accionarial. El control que hoy ejercen las juntas de accionistas sobre los managers, control que hace diez años era justamente a la inversa, podría ser un presagio de lo que puede llegar a pasar en el futuro si la actual socialización de la propiedad se convierte en socialización de la disposición sobre la propiedad, que es el dato relevante desde un punto de vista democrático.

21. La hipótesis final que yo sostengo aquí es la siguiente: la recuperación de la cultura democrática sólo puede venir hoy con la recuperación de la cultura del maximalismo democrático. Por un lado esto ya es un hecho: los experimentos democráticos más sobresalientes de la actualidad, desde los presupuestos participativos en Brasil y otros países hasta la revolución bolivariana en Venezuela 7 se nutren de una forma no minimalista de practicar la democracia. Las sociedades modernas albergan energías para superar el orden capitalista, al menos en su versión moderna, la del neoliberalismo y la desregulación. Crear una cultura de la participación no conduce automáticamente a una superación del capitalismo, pero sí a darle a las mayorías el poder que les corresponde por el simple hecho de serlo. Esta es la enseñanza de la experiencia venezolana, por ejemplo. Pero esta cultura no se decreta ni surge de la noche a al mañana, sino que hay que construirla anclándola en la experiencia cotidiana de la vida de los ciudadanos como decían Marx y Engels. No es casualidad que los experimentos participativos en Porto Alegre hayan tenido tanto éxito en el ámbito municipal, que es donde las personas viven y experimentan la relación de sus vidas para con las grandes decisiones presupuestarias, sociales y políticas. Desde el Foro Social Europeo celebrado en Florencia se abre la perspectiva de una dinámica similar en Europa. Por ahí es por donde, si dejamos fuera el sectarismo y el vanguardismo intelectualoide, es donde nos reencontraremos con el legado de los dos alemanes geniales.

NOTAS

1. En A.Fernández Steinko: Experiencias participativas en economía y empresa. Tres ciclos para domesticar un siglo (Siglo XXI, Madrid 2002) desarrollamos extensamente esta idea.

2. R.D. Putman (2001): Gesellschaft und Gemeinsinn. Gütersloh, p. 773.

3. El resumen que hace P.Gowan (La apuesta por la globalización. Akal, Madrid 2000 es muy esclarecedor.

4. Obras completas de Marx/Engels. Berlín 1963, tomo 22, p.519ss.

5. J.Bischoff/H.G. Draheim: Sozialismus im 21.Jahrhundert. Suplemento de la Revista Sozialismus, 1/2003, p.17.

6. Ya lo hemos hecho en A.Fernández Steinko: Democracia en la empresa. HOAC, Madrid 2000.

7. Ver Chávez Frías, H.: Un hombre, un pueblo. Entrevista con Marta Harnecker. Gakoa, San Sebastián 2002.

 

Esta entrada fue publicada en Temas marxistas y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s