Las crisis económicas

ASmith y DRicardoJornada histórica para la deuda española. El bono a diez años ofrecía, al cierre del viernes, un interés del 2,974%. La prima de riesgo se sitúa en los 152 puntos y los burros vuelan. Ahora, la otra cara de la moneda. La última Encuesta de Población Activa, relativa al primer trimestre de 2014, arroja los siguientes datos: en España tenemos 5.933.300 desempleados. La ocupación ha bajado en 184.600 personas hasta situarse en un total de 16.950.600. La tasa de actividad se sitúa en el 59,46%, la más baja desde el segundo trimestre de 2007. En un año la población activa se ha reducido en 424.500 personas.
Los hogares que tienen a todos sus miembros activos en paro se han incrementado este trimestre en 53.100, situándose en la friolera de 1.978.900. Que cada cual juzgue.

Para ayudarnos a entender las crisis de este nuestro “maravilloso” sistema y que no nos den gato por liebre, aprovechamos y recomendamos la lectura de un clásico, Maurice Dobb. En concreto es el capítulo IV de su libro Political Economy and Capitalism. Some Essays in Economic Tradition (1937) y fue publicado en Revista de Economía Crítica, nº15, primer semestre 2013. Ánimate…

Un saludo. Olivé

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LAS CRISIS ECONÓMICAS

Maurice Dobb

Para Marx, la aplicación más importante que puede hacerse de su teoría es, sin duda alguna, el análisis de la naturaleza de las crisis económicas. En su tiempo, el estudio de este fenómeno se hallaba todavía en su infancia. Sismondi había hecho algunas fecundas observaciones, aunque asistemáticas, en relación con los efectos perturbadores de la competencia y la producción para un vasto mercado. Malthus y Ricardo ya habían tenido, por entonces, su clásica discusión acerca de si la plétora y la depresión podían atribuirse a una deficiencia del consumo y, en Alemania, Rodbertus había formulado su teoría del infraconsumo para explicar el fenómeno de las crisis. Pero por lo que se refiere a la escuela ricardiana y a sus herederos, puede decirse que las crisis no ocuparon virtualmente lugar alguno dentro de su sistema: las depresiones debían atribuirse a interferencias del exterior que impedían el libre juego de las fuerzas económicas o el proceso de la acumulación de capital, más bien que a los efectos de un mal crónico interno de la sociedad capitalista. Los sucesores de esta escuela estaban lo suficientemente obsesionados con esta idea para buscar otra explicación fundada en causas naturales (como las fluctuaciones de las cosechas) o en “el velo monetario”. Pero para Marx era evidente que las crisis estaban asociadas a las características esenciales de la economía capitalista en sí misma. Esas dos características fundamentales eran lo que él llamaba “la anarquía de la producción”, esto es, la multiplicidad de productores que decidían autónomamente lo que debía producirse, y el hecho de ser un sistema de producción no con propósitos sociales conscientemente determinados, sino de lucro. Debido a la primera característica, tuvieron validez las leyes clásicas del mercado y, por ello, también adoptaron la forma particular que asumieron.1 A esta característica, según Marx, debía atribuirse la existencia, no sólo de las tendencias perturbadoras del equilibrio, sino también las tendencias hacia su restablecimiento, únicas a las que dieron importancia los economistas clásicos. Fue por la segunda característica de la sociedad capitalista por lo que la obtención de la plusvalía, y los factores que favorecían su incremento, adquirieron una importancia tan grande que se consideraba que una alteración de la ganancia ‑el ingreso de la clase dominante‑ estaba destinado a ejercer una influencia sobre los acontecimientos como no la podía ejercer ningún cambio en cualquier otra clase de ingreso. Por otra parte, era evidente que Marx consideraba las crisis, no como desviaciones incidentales de un equilibrio predeterminado, ni como el abandono veleidoso de un sendero establecido al que se debía retornar sumisamente, sino más bien como una forma dominante de movimiento que forjaba y modelaba el desarrollo de la sociedad capitalista. Estudiar las crisis significaba, por eso mismo, estudiar la dinámica del sistema; pero este estudio sólo podía emprenderse correctamente como una parte del examen de la evolución de las relaciones entre las clases sociales (lucha de clases) y de sus ingresos, que eran la expresión de aquellas relaciones en el mercado.

Un aspecto del problema agitó particularmente a los economistas por algún tiempo, suscitando un buen número de explicaciones rivales. Ese aspecto fue la tendencia decreciente del tipo de ganancia del capital. El cambio de circunstancias modificó la actitud frente a esta cuestión. En el siglo XVIII esa tendencia decreciente era recibida, en general, como un síntoma saludable, acaso porque los economistas habían examinado la cuestión fundamentalmente desde el punto de vista del prestatario de capital. Pero en el siglo XIX, con el florecimiento de la Economía Política burguesa por excelencia, la admiración se tornó en aprensión. Tan famosa llegó a ser la discusión, que Marx pudo decir que “el misterio en torno a cuya solución viene girando toda la economía política desde Adam Smith y que, desde este autor, es la diferencia existente entre las diversas escuelas consiste precisamente en los distintos intentos hechos para resolverlo”.2

Hume (que hablaba tanto del tipo de interés tratándose de un préstamo en dinero como del término más ampliamente genérico de ganancia) decía que “mientras exista dentro del Estado una clase media agrícola y campesina, los prestatarios serán numerosos y alto el interés”, a causa del desenfreno y “la ociosidad de los terratenientes”. En tales condiciones la industria se estanca y se progresa poco. Por el contrario, los comerciantes constituyen “una de las castas más útiles para estimular la industria y para llevarla a todos los confines del Estado… El comercio, haciendo producir en grandes cantidades, reduce el interés y la ganancia, y a la disminución de uno siempre contribuye el hundimiento proporcional de la otra. Podría agregar que como la reducción de ganancias se debe al crecimiento del comercio y de la industria, a su vez, sirven de estímulo para su aumento, al abaratar las mercancías, al fomentar el consumo y al impulsar la industria”.3 Para Adam Smith, como para Hume, un alto nivel de ganancias era un signo de retraso de la acumulación de capital, en tanto que una reducción del tipo de ganancia generalmente era considerada como resultado del progreso de esa acumulación. La explicación que daba, en términos de oferta y demanda, fue acaloradamente discutida por la escuela ricardiana, y quizá eso contribuyó no poco a alimentar su apasionado desdén por las simples explicaciones en términos de “oferta y demanda”. “El aumento de capital ‑escribía Adam Smith‑, que hace subir los salarios, propende a disminuir el beneficio. Cuando los capitales de muchos comerciantes ricos se invierten en el mismo negocio, la natural competencia que se hacen entre ellos tiende a reducir su beneficio; y cuando tiene lugar un aumento del capital en las diferentes actividades que se desempeñan en la respectiva sociedad, la misma competencia producirá efectos similares en todas ellas.”4

Pero como la revolución industrial, en pleno apogeo, modificó las perspectivas, la cuestión comenzó a verse de modo distinto. El conflicto con los intereses de los terratenientes alcanzaba su fase más aguda en la controversia sobre la ley de granos. La ganancia, ingreso de la clase capitalista y, por consiguiente, fuente de la acumulación del capital e incentivo del progreso y de la invención, llegó a adquirir una importancia que no había tenido antes. Con Ricardo y su escuela la ganancia ocupó el centro de la escena. El problema se presentaba, naturalmente, así: ¿cómo puede ser favorable al progreso una reducción de aquel ingreso? Si el sistema, por su propio desarrollo, genera una tendencia decreciente de la ganancia ¿no hay en él algo de extrañamente contradictorio? Al generar la semilla de su propio retraso y decadencia ¿no resulta, de ese modo, un sistema transitorio?5 Semejantes cuestiones, implícitas más bien que explícitas, parecen haber sido el origen de la severa crítica a que dio lugar la interpretación de Adam Smith. Esa critica no negaba la tendencia, trataba simplemente de explicarla, no por una característica interna del sistema o del proceso de acumulación del capital, sino por un factor externo. Esa explicación se encontró en la famosa “ley de los rendimientos decrecientes”.

Este límite externo del progreso lo entrevió Sir James Steuart diez años antes de la aparición de la Riqueza de las naciones, quien había sostenido que el “aumento del valor de las subsistencias debe necesariamente elevar el precio de toda clase de trabajo… tan pronto como el progreso de la agricultura requiera un gasto adicional que no sea recompensado por el rendimiento natural a los precios ya indicados de las subsistencias.”6 En 1815, West usó estas ideas para criticar la teoría formulada por Adam Smith, tanto para explicar el hecho del poder productivo más limitado de la agricultura comparado con el de la industria (que Adam Smith había atribuido a las menores potencialidades de la división del trabajo en la agricultura), como la tendencia decreciente de la ganancia. Calificó de sofística la teoría de Adam Smith que atribuía la reducción del tipo de ganancia, no sólo en una industria, sino en todas, a la competencia del capital. Tampoco creía posible “explicar satisfactoriamente la disminución progresiva de las ganancias del capital por un aumento de los salarios”. La reducción no debía atribuirse principalmente a una elevación de salarios debida al progreso, sino a una reducida productividad del capital destinado a la agricultura. “El principio consiste simplemente en que debido al perfeccionamiento de los métodos de cultivo, la cosecha de los productos va siendo progresivamente más costosa; o, en otras palabras, que la proporción entre el producto neto de la tierra y el producto bruto disminuye continuamente… La proposición consiste en que a cada cantidad adicional de capital invertido corresponde un rendimiento menos que proporcional y, consecuentemente, a mayor capital invertido corresponde una menor proporción de ganancia.”7

Ricardo fue aún más explícito. Desarrolló de tal modo su razonamiento, que se convirtió en el punto de apoyo de su crítica de los intereses de los terratenientes. Como ya hemos visto, entre los principios básicos de su sistema se hallaba el de que el valor no dependía ni de la demanda ni de la abundancia de mercancías (a lo que llamaba “riqueza” por contraste con “valor”), sino de la “dificultad o facilidad de producción”. De esto infería que la ganancia, o valor del producto neto, no dependía ni de la magnitud del “producto bruto” ni de la productividad del capital, sino de la proporción del trabajo social requerido para procurar la subsistencia de los trabajadores, es decir, de la diferencia entre salarios y valor del producto.8 Por consiguiente, la afirmación de que “cuando los salarios suben, las ganancias bajan”,9 que a primera vista parecía una simple tautología, en todas sus implicaciones respecto de que la ganancia se determina por esas dos cantidades (el costo de producción de las subsistencias y el costo de producción de los productos en general), era mucho más que una tautología. Como, por otra parte, el capital era concebido fundamentalmente como “anticipos de salarios” a los trabajadores, la afirmación fue todavía interpretada en el sentido de que el tipo de ganancia (es decir, el volumen de ganancia en relación a la inversión original) debía depender únicamente de las mismas dos cantidades. Toda causa que influyera sobre el tipo de ganancia sólo podía hacerlo alterando la proporción entre salarios y el valor del producto bruto. “Ninguna acumulación de capital reducirá permanentemente esas utilidades, a menos que haya alguna causa permanente para la elevación de los salarios.”10

Al adoptar la ley de la población de Malthus, Ricardo no podía considerar una deficiente oferta de mano de obra como una causa suficiente para elevar el precio de la fuerza de trabajo, al menos como un factor permanente a la larga. La población trabajadora sólo está en espera de nuevas oportunidades de ocupación derivadas de cualquier incremento de capital. Le parecía, por consiguiente, que dentro de las relaciones de capital y trabajo no había razón para que las cantidades adicionales de capital, invertidas en ofertas adicionales de trabajo productivo y en ciclos de producción cada vez más amplios, dejaran de seguir extrayendo, por lo menos, el mismo tipo de ganancia que antes. Por tanto, la única causa eficiente de una caída del tipo de ganancia, mientras continúa el proceso de acumulación del capital, sólo puede consistir en la intervención de un factor con tendencia a elevar el precio de la fuerza de trabajo y, con ello, el valor de la subsistencia de los trabajadores. Ese factor, para él, era la ley de los rendimientos decrecientes de la tierra. En sus Principios escribía: “Si los artículos necesarios para el trabajador pudieran ser incrementados constantemente con la misma facilidad, no podría haber una alteración permanente en la tasa de utilidades o salarios, cualquiera que fuese la cuantía del capital acumulado… Adam Smith, al parecer no advierte que, al mismo tiempo que el capital aumenta, el trabajo a realizar por el capital aumenta en la misma proporción… Que estas producciones incrementadas, y la consiguiente demanda que ellas ocasionan, disminuyan o no las utilidades, depende únicamente de la elevación de los salarios; a su vez, esta elevación, excepto por un periodo limitado, depende de la facilidad de producir alimentos y artículos indispensables para el trabajador. Digo que excepto por un periodo limitado, porque ningún punto está mejor establecido que ése de que la oferta de trabajadores se hallará siempre, en último término, en proporción a los medios de sostenerlos.”11

En esta carta a Malthus, Ricardo le decía: “Sostengo que no existen causas que, durante cualquier periodo de tiempo, hagan disminuir la demanda de capital, por más abundante que éste pueda llegar a ser, excepto un precio comparativamente elevado de los alimentos y de la mano de obra. En otras palabras, que las ganancias no se reducen necesariamente debido a un aumento del volumen de capital, ya que la demanda de éste es infinita y se gobierna por la misma ley de la población. Ambas hallan un freno en la elevación de los precios de los alimentos y en la consecuente elevación del valor de la mano de obra. Si dicha elevación no existiera ¿qué podría impedir el aumento ilimitado de la población y del capital?12 De esto deducía la conclusión sobre la que descansaba la prueba de su ataque a los intereses terratenientes: “creo que puede comprobarse satisfactoriamente que en toda sociedad que aumenta su riqueza y su población …, las ganancias, en general, deben caer, a menos que progrese la agricultura o que el trigo pueda ser importado a un precio más reducido”.13 Como ambas condiciones son contrarias a los propietarios de la tierra, “se concluye que el interés del terrateniente siempre es contrario a los intereses de cada una de las otras clases sociales. Su situación nunca es tan próspera como cuando los artículos alimenticios son escasos y caros, no obstante todo el resto de la población se beneficia considerablemente con la baratura de los artículos alimenticios”.14

Fueron estas discusiones sobre los intereses de los terratenientes las que suscitaron la critica de su amigo Malthus, y la cuestión de la tendencia decreciente del tipo de ganancia lo que constituyó el centro principal de su desacuerdo.15 Malthus sostenía que la ganancia podía caer no a consecuencia de una elevación de salarios, sino de una reducción del precio de las mercancías como resultado de una demanda deficiente, y que esto tendría que ocurrir probablemente si la acumulación de capital era demasiado rápida, sobre todo si tenía lugar a expensas de una reducción del consumo. En contraste con la ley de los mercados de Say, Malthus sostenía que era posible que la producción dejara atrás al consumo, en el sentido de provocar una reducción de precios y ganancias y una consecuente “plétora” y depresión económica, si el equipo de producción se aumentaba a expensas del consumo. “La frugalidad, o conversión de ingresos en capital, puede darse sin ninguna disminución del consumo si el ingreso aumenta primero… [sin embargo], ninguna nación puede enriquecerse por una acumulación de capital que provenga de una disminución permanente del consumo porque, al acumularse más de lo que se necesita para satisfacer la demanda efectiva de productos, una parte perderá en seguida su utilidad y su valor y dejará de poseer el carácter de riqueza.”16 En contraste con Say y Ricardo, sostenía que la reducción de valor, en relación al trabajo, era una tendencia natural de todas las mercancías, supuesta una creciente acumulación, por más que no está muy claro cómo reconciliaba este punto de vista con su propia doctrina acerca de que la población tendía constantemente a aumentar hasta los límites de subsistencia. “Algunos escritores muy inteligentes han pensado que si bien no es difícil que se produzca un abarrotamiento de ciertas mercancías, no es posible que éste sea general… Sin embargo, me parece que, si se aplica esta doctrina con caracteres de generalidad, no tiene ningún fundamento… En realidad, no es cierto que las mercancías se cambien siempre por mercancías. Muchísimos productos se cambian directamente por trabajo productivo o por servicios personales; y no cabe duda que esa masa de mercancías, comparada con el trabajo por el que ha de cambiarse, puede bajar de valor como consecuencia de un abarrotamiento, igual que una sola mercancía baja de valor debido a un exceso de la oferta en comparación con el trabajo o el dinero.”17

Esto, junto con los escritos de Sismondi, que habían anticipado una crítica semejante,18 estaba destinado a ser el venero de donde habían de manar las diversas doctrinas del infraconsumo que hoy día son nuevamente el motivo central de las controversias. Con el triunfo de la tradición ricardiana en la Inglaterra victoriana, esta doctrina de Malthus se hundió por mucho tiempo en la oscuridad, y sólo se la recordaba como ejemplo del destacado sofisma de que el lujo crea oportunidades de ocupación y de que era mejor gastar que ahorrar. Unos treinta años después, en Alemania, Rodbertus le dio una nueva forma, y a través de él y de su influencia sobre Lassalle, Dühring y la naciente escuela del socialismo alemán llegó a implantarse firme y francamente en el pensamiento socialista. Por una ironía del tiempo, la doctrina aderezada originalmente para justificar a los terratenientes y a los tenedores de bonos en su calidad de “consumidores improductivos” se transformó en un arma en manos del proletariado que le servía para criticar un sistema que imponía la pobreza y restringía el consumo de la gran masa de productores. En los últimos años ha sido resucitada, y aun puede decirse que hoy día está en boga. Esto debe atribuirse, en gran parte, a la defensa que de ella ha hecho durante un buen número de años J. A. Hobson, exponiéndola en una forma novedosa, a pesar de que muchos de los aspectos son esencialmente tradicionales. Todavía más recientemente, G. D. H. Colé 19 ha salido a su defensa, en tanto que J. M. Keynes nos asegura que el “principio de la demanda efectiva” de Malthus es una contribución fundamental para el entendimiento de las cuestiones económicas que ha sido menospreciada.20 Repudiada por Marx y Engels,21 por lo menos en su forma rodbertiana, llegó a tener una considerable popularidad en círculos marxistas. Rosa Luxemburgo le dio una variante “marxista” especial y criticó a Marx por menospreciar indebidamente este aspecto.22

Es difícil que para el simple sentido común, libre de ilustradas complicaciones, pueda haber duda acerca de cuál de las doctrinas, la ricardiana o la del infraconsumo, se halla más cerca de la verdad. El propósito de la producción, hay que suponerlo, es el consumo. La realización de la ganancia del productor depende de la existencia de mercados donde poder vender. Si el desarrollo desproporcionado de unas industrias respecto de otras fuera posible, es decir, si la expansión de la capacidad productiva en ciertas direcciones resultara excesiva respecto de la demanda, parecería muy razonable sostener, como lo hizo Malthus, la posibilidad de una desproporción general entre todos los artículos de consumo en relación con la “demanda efectiva”. La doctrina, a la que ya nos hemos referido,23 de que la producción y el cambio, considerados como un todo, debiera ser correctamente tratada como un proceso continuo de trueque de bienes contra bienes y de que, por consiguiente, la demanda total tiene que aumentar parejamente a la oferta total porque son idénticas, parecía ser una evasión abstracta del problema real. El ingreso total podría ser suficiente para cubrir el costo total de todos los bienes de consumo producidos, si aquel ingreso fuera gastado realmente en artículos de consumo. Pero si se ahorra una parte, ésta tendría que invertirse, no en la compra de artículos de consumo, sino en la de bienes de producción, lo que contribuiría a aumentar aún más la corriente de bienes de consumo en el futuro. Si el ahorro continuara ¿dónde se podría hallar mercado para este flujo adicional de productos, si los precios no declinaran hasta un punto en que las ganancias no sólo comenzaran a caer, sino hasta desaparecer? ¿Acaso los bienes no se producen, en último análisis, para ser consumidos, por más “largo” y “prolongado” que sea el proceso de producción? ¿Acaso la ganancia del capital y los salarios del trabajo no se “derivan”, reconocidamente, del valor de los bienes de consumo? ¿Acaso la demanda final de los consumidores no se “deriva” del valor de esos mismos bienes de consumo? Sólo la fantasía de un economista puede considerar posible la existencia de un mundo (en la desafortunada frase de J. B. Clark)24 “en el que se construyan fábricas que sólo servirán para hacer más y más fábricas indefinidamente”, sin que llegue a haber plétora.

El punto de vista tradicional tenía para esto dos respuestas. La primera fue la de Ricardo, enderezada contra Malthus. En sus Notas a Malthus, comentando los párrafos que hemos citado, escribe: “Niego que las necesidades de los consumidores disminuyan por lo general con la frugalidad; son transferidas, con la capacidad de consumir, a otro sector de consumidores… Por acumulación de capital procedente del ingreso se entiende el aumento del consumo por trabajadores productivos en vez de por trabajadores improductivos.”25 En un famoso pasaje, Adam Smith había dicho que “lo que cada año se ahorra se consume regularmente, de la misma manera que lo que se gasta en el mismo periodo, y casi al mismo tiempo también, pero por una clase distinta de gente”.26 La fuerza de esta respuesta dependía claramente de la simplificada concepción del capital como “anticipos a los trabajadores”. Si un capitalista o un terrateniente “ahorraban”, ello podía concebirse como una entrega ‑en forma de salarios‑ de parte de su ingreso con el propósito de ampliar el proceso de producción: pero el consumo a que renunciaban lo realizaban, en su lugar, trabajadores adicionales. Por consiguiente, el ahorro no implicaba en absoluto una reducción de la demanda de los consumidores. Si una parte de la inversión tomaba la forma, no de “capital circulante”, sino de “capital fijo”, es decir, si no se utilizaba directamente en el pago de trabajadores, sino en la compra e instalación de maquinaria, el resultado indicado no se percibía ni tan clara ni tan directamente. Pero un análisis más cuidadoso permite aclarar que a este respecto no hay diferencia fundamental entre los dos casos: que la compra de una máquina es una transferencia de poder de compra ‑en este caso a los obreros que hacen la máquina y a los capitalistas que les dan ocupación‑, como lo es una inversión de capital que toma la forma de ocupación directa de mano de obra (aunque las circunstancias no son indiferentes, como veremos, para los efectos de la inversión sobre la demanda de mano de obra y sobre la ganancia).

La segunda respuesta estaba dirigida a la otra mitad del laberinto del infraconsumo: ¿qué sucedía con los bienes adicionales producidos por los nuevos trabajadores o por la nueva maquinaria? La contestación era que, o bien el ingreso de la sociedad aumentaba con la ampliación del mecanismo de la producción al contar con más trabajadores que antes (y, por consiguiente, aumentaba el ingreso distribuido en forma de salarios y de ganancias), o bien, si la inversión tomaba la forma de una transferencia de obreros para hacer máquinas, el aumento resultante de la producción de artículos, siendo el fruto de una mayor productividad del trabajo, venía acompañado de una reducción de costos de producción, de modo que, aunque más abundantes, los bienes podían venderse sin pérdida, a precios más reducidos.27

Lo que quizá pueda llamarse la forma rudimentaria de la teoría del infraconsumo (esto es, que la inversión, por sí misma, origine una plétora), tal como se halla formulada en los escritos de Sismondi y de Rodbertus, parece haber sido considerada por Marx como demasiado superficial para dar una respuesta adecuada a la clásica ley de los mercados. Considerando la demanda como si fuera un factor aislado, descuidaron la relación que mantiene con la producción: el hecho de que la sociedad como consumidora, con una determinada cantidad de poder de compra, es simplemente una faceta de la sociedad como productora. Refiriéndose a Sismondi, Marx decía que, “aunque enjuicia magníficamente las contradicciones de la producción capitalista, no comprende sus causas y, no comprendiéndolas, no puede comprender tampoco el camino para resolverlas”; pero lo que en particular ignora es el hecho de que “las condiciones de producción vigentes no son sino un aspecto distinto de las condiciones de producción imperantes”.28 Indicaba, además, la necesidad de un análisis mucho más riguroso del que se había hecho hasta entonces del proceso de la acumulación del capital. Desgraciadamente su propio análisis no quedó terminado, aunque su trazo esencial fue suficiente para marcar una época, adelantándose a los trabajos de economistas posteriores sobre el mismo problema, y supliéndolos a tal grado que el desprecio con que lo tratan los académicos resulta realmente asombroso.

Puede decirse que el punto de partida del examen que hizo Marx del problema descansa en dos nociones fundamentales olvidadas. La primera, una enmienda, y la segunda, una ampliación de la doctrina ricardiana. Aquélla consistía en la división del capital en “constante” y en “variable”, y la segunda en su concepción de un “aumento de la plusvalía relativa”. La primera era una importante calificativa de la noción de capital considerado como simples “anticipos a los trabajadores”. El uso que de esa noción hacían los primeros economistas, estaba lejos dé ser preciso. Es cierto que tenían una noción tolerablemente clara de la diferencia entre capital fijo y capital circulante (correspondiendo, como lo advirtió Marx, a los avances prímitives y a los avances annuelles de los fisiócratas), así como del hecho de que en las diferentes ramas de la producción estos dos elementos se hallaban combinados de modo diverso. Ricardo se había dado cuenta de la importancia de la durabilidad en el caso del capital fijo, habiendo observado que, “en la medida que el capital fijo es menos duradero, se aproxima a la naturaleza del capital circulante”, ya que “será consumido en un tiempo más corto”. Pero cuando los economistas pasaban de una industria aislada a la economía en su conjunto, daban la impresión, en general, de haber retornado a la noción de que todo el capital, en último análisis, se reducía a los “anticipos de salarios” a los trabajadores. Parece que el significado de este punto de vista no fue claramente definido. Es de presumirse que con ello no querían decir que todo el capital podía reducirse a esa forma en un ciclo dado de la producción. Sin embargo, condujo a Ricardo a identificar el tipo de ganancia (la relación entre capital total y ganancia) con la relación entre ganancia y salario, y a J. S. Mill a sostener que el tipo de ganancia dependía únicamente de la proporción de lo producido que correspondía al trabajo. (McCulloch, sin embargo, no había visto tan claramente como Longford que dependía de la proporción entre la ganancia y el capital total).

Marx hizo ver que la distinción entre capital fijo y circulante giraba propiamente no sobre el tiempo que requería el capital para circular, sino sobre la diferencia entre el papel concreto que desempeñan en la producción los instrumentos y los objetos del trabajo, los primeros circulando poco a poco durante el proceso de depreciación de las máquinas y los segundos incorporándose como un todo y en un solo acto al producto. (“El ganado considerado como ganado de labor, es capital fijo; considerado como ganado de matanza es materia prima, destinado en último resultado a entrar en la circulación y actúa, por tanto, no como capital fijo, sino como capital circulante”).29 Consideraba, sin embargo, que esta distinción era menos fundamental que la que existe entre trabajo “acumulado” o “muerto” de ambos tipos y trabajo activo o “viviente”, ya que esta última distinción para la economía en su conjunto corresponde a la que existe entre el poder productivo heredado del pasado y la producción corriente de valor neto o añadido. El capital invertido en equipo o en materias primas era, para Marx, el capital constante, y el destinado a la compra de fuerza de trabajo, considerado como un fondo corriente de salarios, capital variable. Esto lo condujo a sostener que el tipo de ganancia (relación entre la ganancia y el capital total, en un periodo dado) no dependía exclusivamente de lo que él, por contraste, llamaba “tipo de plusvalía” (la relación entre ganancia y salarios o entre la plusvalía y el capital variable).30 Si ocurría un cambio de la proporción en que el capital existente se hallaba dividido entre esas dos formas (lo que él llamaba la “composición orgánica del capital”), el tipo de ganancia podía cambiar aunque el tipo de plusvalía permaneciera constante. La influencia del progreso técnico tendía a alterar esta proporción general, aunque no invariablemente, en dirección de una elevación de la proporción del capital constante respecto al variable. Por consiguiente, la tendencia del progreso industrial se apuntaba en el sentido de reducir el tipo de ganancia, aun cuando el tipo de la plusvalía no declinara. Ésta fue su respuesta a la afirmación de Ricardo de que sólo el mecanismo de los rendimientos decrecientes de la tierra era capaz de explicar la tendencia decreciente del tipo de ganancia.

Pero Marx se apresuró a señalar la existencia de “tendencias opuestas” cuya influencia era en dirección contraria. Entre éstas se destacaba el “aumento de la plusvalía relativa”, al que ya nos hemos referido. Esto ocurre cuando un aumento de la productividad del trabajo, habiéndose extendido a la producción de las subsistencias, se traduce en una reducción del valor de la fuerza de trabajo y del valor de las mercancías en general. El resultado es un aumento del tipo de la plusvalía, debido al hecho de que se requiere una proporción más pequeña de la fuerza de trabajo social para producir las subsistencias del trabajador, de manera que “el producto neto” aumenta de forma pareja en valor y en cantidad. O, como lo expresó Marx más directamente, debido al hecho de que se requiere una porción más pequeña de la jornada de trabajo de cada obrero para reemplazar el valor de su propia fuerza de trabajo, quedando una parte mayor de la jornada para producir la plusvalía del capitalista. Ricardo había apuntado esta posibilidad, aunque no la analizó en detalle. Su obsesión por la amenaza de los rendimientos decrecientes de la tierra lo había conducido a menospreciar la importancia de aquella posibilidad, aunque se la daba tratándose de la apertura de mercados extranjeros y de la importación de trigo más barato. Pero este aumento de la productividad del trabajo era, en sí mismo, uno de los efectos del progreso técnico, y la posibilidad de su extensión a la agricultura, lo mismo que a la industria, era otra razón para que Marx negara que los rendimientos decrecientes fueran un factor importante con influencia sobre el tipo de ganancia y sobre las crisis económicas. Más adelante volveremos a examinar esta influencia y su relación con la “tendencia decreciente del tipo de ganancia”.

La noción de la “composición orgánica del capital”, expresando como expresaba una relación entre trabajo “acumulado” o pasado y trabajo “viviente” o presente, puede ser considerada como la precursora de las ulteriores nociones austriacas del “periodo de producción” o de la “intensidad del capital”.31 No obstante, Marx ha sido criticado frecuentemente por no haber tenido una concepción del papel del tiempo en la producción y por confundir el ritmo del flujo de capital con su volumen, como si la segunda parte del volumen II de El Capital, que se refiere a estas cuestiones, nunca hubiera sido escrita. Marx aclaró que “el ciclo de rotación del capital invertido” dependía de la amplitud del tiempo ocupado por el “proceso de trabajo” ‑el tiempo durante el cual el trabajo se aplica directamente a la fabricación de un producto‑ y también del tiempo durante el cual “los bienes en proceso” están madurando por razones técnicas. Cita como ejemplos los “granos de invierno [que] necesitan alrededor de nueve meses para madurar” y la explotación de maderas ya que en algunos casos “la semilla puede necesitar cien años para transformarse en un producto acabado, periodo durante el cual requiere muy pequeñas contribuciones de trabajo”. Por otra parte, no limita el concepto al “capital de trabajo” wickselliano, sino que también lo aplica explícitamente a los instrumentos de trabajo, indicando que como el capital fijo imparte su valor al producto “poco a poco”, generalmente tiene un ciclo más prolongado de rotación que el capital de operación, aunque no sucede así invariablemente, como lo demuestra el ejemplo de la explotación de maderas.32 El punto de divergencia con ulteriores economistas reside en el decidido apego al énfasis que puso en el volumen I para sostener que, no obstante la influencia del ciclo de rotación del capital sobre el tipo de ganancia, el agregado de plusvalía seguía determinándose únicamente por la relación entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor del producto, la relación de explotación fundamental, que era la base de su estructura.

Pero éstos no eran más que los prolegómenos de la parte tercera del volumen II que consagró al análisis de los efectos de la acumulación del capital sobre la división de las fuerzas productivas entre las industrias de medios de producción y las de bienes de consumo. La demanda de las primeras dependía del ritmo ordinario de renovación del capital constante (“trabajo acumulado”) y del ritmo de aumento de su volumen existente, de manera que cualquier cambio súbito del ritmo de acumulación de capital o de las proporciones entre capital constante y variable tenía que traducirse, probablemente, en una desproporción entre esas dos ramas industriales. Marx atribuía una importancia fundamental al proceso de cambio entre los dos departamentos y el análisis que de él hizo representa otra notable contribución al pensamiento económico. Es indudable que lo que el Tableau Économique, de Quesnay, había sido para la agricultura y para el artesanado del siglo XVIII, lo fue el esquema departamental de Marx para el proceso económico más complejo introducido por la revolución industrial. Ambos eran un intento para dibujar un mapa del proceso real como base de un análisis y una generalización más desarrollados. Es indudable que para la formulación de su propio esquema Marx se inspiró, y mucho, en el Tableau Économique, Es interesante hacer notar a este respecto que en una carta dirigida a Engels en 1863 ya exhibía los lineamientos esenciales de este esquema como su propio Tableau Économique, aplicándolo primero a lo que él llamaba “la reproducción simple”, o las condiciones estáticas de la reposición del capital sin una nueva acumulación del mismo, con objeto de descubrir cuál sería el equilibrio necesario entre ambos departamentos y los diversos ingresos en cada uno, si el intercambio entre ellos debía tener lugar sin interrupción.33 En los últimos años de la década del setenta, cuando ya su salud declinaba, Marx desarrolló el tema; pero a su muerte sólo dejó algo más que notas y citas: “una presentación preliminar del tema”, como decía Engels, “fragmentaria” e “incompleta en diversos lugares”. Fue este manuscrito inconcluso el que Engels puso en orden en 1885, después de la muerte de Marx, el que había de constituir la tercera sección de El Capital, volumen II. Los manuscritos que fueron publicados más tarde en el volumen III y que se refieren a la tendencia decreciente del tipo de ganancia, fueron escritos antes, a mediados de la década del sesenta, aunque también no eran sino “un primer intento” y “muy incompleto”.

El propósito principal de estos esquemas era doble. En primer lugar mostraban claramente la diferencia entre el producto bruto y el neto, entre la suma total de transacciones con mercancías y el ingreso de los individuos. Desprendiéndose, como se desprendían, de la discusión de una proposición de Adam Smith acerca de que “el valor de cambio… de todas las mercancías que constituyen el producto anual del trabajo en cada país se resuelve en… tres partes que se dividen entre los diferentes habitantes del país, ya sea como salarios por su trabajo, como ganancias por su capital o como renta por su tierra”, Marx los ideó, en parte, para demostrar cómo podía ser verdad, al mismo tiempo, que el valor de cada mercancía era igual al valor de la fuerza de trabajo necesaria para su producción más la plusvalía más el valor del capital constante consumido, y que el valor neto producido por el sistema económico era igual, simplemente, a los salarios más la plusvalía.34 En segundo lugar postulaban las relaciones que debían mantenerse entre las industrias de bienes de producción y las de bienes de consumo por una parte y, por otra, entre la demanda de las industrias para la sustitución de equipos y de materias primas y la división del ingreso de los trabajadores y de los capitalistas entre el consumo y la inversión.35 Esto daba, implícitamente, una respuesta a la rudimentaria teoría del infraconsumo, demostrando que la acumulación del capital podía continuar sin provocar ningún problema dentro de la esfera del cambio, a condición de que esas relaciones fueran observadas.

Marx se apresuró a agregar, sin embargo, que bajo la producción individualista destinada al mercado, estas relaciones necesarias sólo podían mantenerse por “accidente”, aclarando que en una situación móvil el proceso de cambio quedaba sujeto continuamente al peligro de una interrupción debido a la ausencia de un mecanismo adecuado dentro de la economía capitalista que permitiera mantener las proporciones requeridas. Cualquier cambio de alguna importancia en el sistema económico y, en particular, un cambio de la técnica o del ritmo de la acumulación, tendería normalmente, y no por mero accidente, a una ruptura del equilibrio. Que esto es así se desprende del hecho de que la producción (interdependiente en sus diversas ramas) está sujeta a un control atomístico de un buen número de decisiones autónomas sin relación entre sí, cada una de las cuales se adopta con desconocimiento de las que simultáneamente se toman en otras partes.36 El mercado es impotente para coordinar estas decisiones antes de que el equilibrio se rompa y sólo puede coordinarlas después de que se ha roto, es decir, sólo puede hacerlo a través, precisamente, de la presión del cambio de precios que provoca la ruptura inicial del equilibrio. Una crisis opera como una catarsis y como un justo castigo, como el único mecanismo mediante el cual, dentro de esa economía, puede restablecerse el equilibrio una vez que ha sido roto.

Es evidente que las proporciones entre esos dos grandes departamentos de la industria se rompen de dos modos en el curso de una rápida acumulación de capital, y hay razón para pensar que Marx tenía en la cabeza esas dos formas cuando se refería a la “desproporción” del desarrollo de las dos ramas. Un aumento de la acumulación, si es un aumento discontinuo, supone un periodo de transición durante el cual la demanda de bienes de consumo (como una proporción del poder de compra ordinario) disminuye, en tanto que la mano de obra y otros recursos se desplazan hacia la fabricación de medios de producción. Esto tendrá que ser así a fortiori si la acumulación está acompañada por un cambio notable de la composición orgánica del capital. Como expresión de este hecho, las ganancias tenderán a disminuir en las industrias de bienes de consumo, apareciendo la desocupación. A primera vista podría parecer que ésta no es una razón para provocar una crisis general, y que la reducción de ganancias y del volumen de ocupación en uno de los departamentos se compensará por el aumento de las ganancias y de la ocupación en el otro, en el de bienes de producción. Puede preguntarse por qué un cambio de esta naturaleza habría de tener algo más que efectos transitorios y parciales, algo más que cambios de la demanda de los consumidores que continuamente ocurren trasladando el “peso” de las diferentes industrias dentro del grupo de las que producen bienes de consumo, cambios que implican un abandono del algodón por la seda artificial, de los ladrillos por el cemento, del gas por la electricidad. Sin embargo, una disminución de la actividad generalizada en las industrias de artículos de consumo tiene consecuencias especiales por la razón de que las industrias que fabrican instrumentos de producción dependen de las que producen artículos de consumo, y la demanda de aquéllas es, en cierto sentido, “derivada” de la de éstas. Esto constituye una importante calificativa de la afirmación de que la “demanda de mercancías no es una demanda de mano de obra”; e implica que, como lo ha subrayado recientemente Durbin,37 un cambio de la demanda de bienes de consumo comparativamente a la de medios de producción, tiene una significación más destacada que cualquier cambio de la demanda dentro de las industrias mismas de bienes de consumo. Cuando en éstas se registra una declinación de las ganancias, ello, probablemente, revela una disminución de la demanda de instrumentos de producción que puede llegar a traducirse en una crisis general. Tal es la parte de verdad que ha descubierto la teoría del infraconsumo. Este caso es un importante ejemplo de desarrollo desproporcionado que surge del hecho de que en cualquier situación concreta, en cualquier momento dado, el capital se halla cristalizado en formas más o menos durables, y adaptadas a usos particulares y sólo a esos usos. El cuadro pintado por J. B. Clark, respecto a la construcción “de fábricas que sólo servirán para hacer más y más fábricas indefinidamente”, nunca puede tener realidad, porque las fábricas se hallan siempre especializadas para satisfacer una corriente particular de demanda conectada con el consumo en un futuro inmediato y no una demanda que se proyecta hacia un futuro indefinido y remoto. Por consiguiente, cuando el consumo cambia, sus efectos repercuten hacia atrás a lo largo de la corriente de la demanda hasta llegar a todos los procesos intermedios conectados y adaptados a ella.38

Pero si bien esta forma de desproporción puede ser la causa que dé origen a una crisis general, no puede decirse que ésa sea la causa necesaria. La ruptura del equilibrio puede venir de un sector opuesto, mostrándose primeramente en una declinación de la ganancia y de la actividad en las industrias de bienes de producción. Existe, ciertamente, un buen número de pruebas de que ésta es la forma más frecuente en que se presenta una crisis. El profesor J. M. Clark, revisando los datos norteamericanos de que se dispone, nos dice que “hasta donde lo demuestran las observaciones, éstas nos conducen a la conclusión de que la demanda general de los consumidores no dirige, sino que obedece los movimientos de la producción de bienes de consumo, la cual se mueve hacia arriba o hacia abajo debido, principalmente, a que los cambios del ritmo de producción aumentan o disminuyen el poder de compra ordinario de los trabajadores… El movimiento inicial tiene lugar en un punto colocado más allá de donde está situado el consumidor, es decir, dentro de la etapa de la producción y no en la de la venta al menudeo».39 Las “nóminas” o “listas de raya” parecen aumentar más rápidamente en las últimas fases del auge que en las primeras, en tanto que la producción industrial, y particularmente la producción de bienes de producción, muestran un ritmo de aumento más flojo a medida que continúa la expansión.40

Pero volviendo al esquema de la “reproducción ampliada” de Marx, es instructivo destacar los supuestos implícitos en su manejo, puesto que un examen de ellos conduce inmediatamente a otros dos elementos de su teoría de las crisis económicas que, en cierto modo, son más importantes. En primer lugar parece que Marx suponía que las nuevas inversiones no introducen ningún cambio en la composición orgánica del capital, es decir, que aquéllas se destinaban exclusivamente a lo que Hawtrey ha llamado recientemente “ampliación”, por oposición a “profundización”, de la estructura del capital.41 Tal era el caso (en el que esta condición no se cumplía) que ocupó su atención en la parte inicial del volumen III. En segundo lugar, comienza por suponer que la “reproducción ampliada” (o inversión neta) se efectúa a un ritmo constante. Tan pronto como se abandona este supuesto, escogiéndose un ejemplo ya sea de reproducción a un ritmo creciente o de ahorro en escala general sin ningún acto concurrente de inversión,42 surge el llamado problema de la “realización” de la plusvalía, que fue el principal tema de Rosa Luxemburgo. Marx plantea la cuestión en esta forma: si los capitalistas deciden acumular (o ahorrar) parte de la plusvalía que antes gastaban en la adquisición de bienes de consumo, entonces los vendedores de estos bienes de consumo se quedan con artículos no vendidos. ¿De dónde adquieren, por consiguiente, estos vendedores de bienes de consumo el dinero para invertir? Si mediante la venta de estos bienes no se puede “sustraer dinero de la circulación para atesorar o para constituir un nuevo capital-dinero virtual”, no habrá demanda de nuevos bienes de producción y el proceso de acumulación quedará interrumpido. En las palabras de algunos economistas modernos, “el impulso de ahorrar habrá abortado”. Éste es “un nuevo problema cuya mera existencia tiene que resultar asombrosa para quienes comparten el punto de vista corriente de que se cambia [¿siempre?] mercancías de una clase por mercancías de otra clase”.43 Marx se reservó la solución de este laberinto hasta el último párrafo del volumen II. Dicha solución consistía en que las industrias de bienes de consumo podían encontrar mercado para sus artículos en los productores de oro, al realizar con ellos una transacción unilateral de bienes contra dinero. La “reproducción ampliada” con un ritmo creciente podía tener lugar suavemente en la medida, pero sólo en la medida, en que se introdujera nuevo dinero al sistema económico. Si bien esta respuesta puede tener un parecido superficial con la de Rosa Luxemburgo (quien sostenía que la acumulación requiere un mercado externo que permita “realizar” por un acto de venta la plusvalía acumulada por los capitalistas) difiere en dos puntos fundamentales. La dificultad sólo se refiere, como ya hemos dicho, al caso en que el ritmo de ahorros aumenta; y Marx habla de una venta de bienes contra oro como una solución del problema, en tanto que Rosa Luxemburgo se refiere a una exportación de bienes contra bienes, que no resuelve necesariamente el problema del excedente no vendido de bienes de consumo.44

Sin embargo, el supuesto de que la acumulación podía seguir por largo tiempo sin ningún cambio en la “composición orgánica del capital” era muy abstracto. Desde luego implicaba un ejército de reserva industrial inagotable, si el capital variable tenía que aumentar con el mismo ritmo con que se hacía la inversión total; y, en circunstancias normales, antes de que esta “ampliación” del capital fuera muy lejos, el agotamiento de la reserva de mano de obra crearía una acentuada tendencia ascendente de los salarios que acabaría por precipitar la caída del tipo de ganancia.45 Por consiguiente, la consecuencia habitual de la acumulación del capital es una elevación de su composición orgánica; y este cambio, a menos que sea neutralizado por un aumento del “tipo anual de la plusvalía”, precipitará una caída del tipo de ganancia. Parece claro que Marx consideraba esta tendencia decreciente del tipo de ganancia como una importante causa subyacente de las crisis periódicas y como un factor que configura la tendencia a largo plazo: como una razón fundamental de por qué el proceso de acumulación y expansión es, por sus efectos, destructor de sí mismo, teniendo que padecer, por consiguiente, una recaída inevitable.

Pero ¿qué decir de las tendencias en sentido contrario a que aludía el mismo Marx? Se ha dicho que el análisis de Marx no proporciona ninguna base lógica para decidir cuál de las dos tendencias acaba por prevalecer, que Marx no hizo sino enumerar las “tendencias en sentido contrario” colocándolas al lado de su análisis anterior como razones de por qué, en la realidad, “esta baja [del tipo de ganancia] no es mayor o más rápida”.46 No hay duda, pues, de que Marx tenía la seguridad de que el tipo de ganancia tendría que seguir cayendo en tanto que la acumulación del capital y los cambios técnicos tuvieran lugar. Pero el hecho de que no diera una prueba a priori acerca de cuál grupo de influencias tendría necesariamente que sobreponerse al otro, fue una omisión que, a mi modo de ver, se cometió deliberadamente y no porque el volumen III de El Capital haya quedado sin terminar. Decimos deliberadamente porque habría sido contrario a todo su método histórico sugerir que podía darse una solución en forma abstracta o que alguna conclusión de aplicación universal podía deducirse mecánicamente de los datos relativos a los cambios técnicos examinados in vacuo. Sin duda, Marx concibió una situación en la cual los cambios de valores que tenían lugar eran el resultado de la interacción de cambios técnicos y de la particular configuración de las relaciones de clase que prevalecían en un momento y fase determinados. Todo el énfasis de su análisis lo ponía en la influencia dominante de estas relaciones al dar forma a la “ley que mueve a la sociedad económica”. (Entre los factores destacados de estas relaciones de clase determinantes se hallaban las condiciones de la oferta de fuerza de trabajo, independientemente de que los obreros se hallaran organizados o no en sindicatos, etcétera). Esta ley motora no podía recibir una interpretación puramente tecnológica, es decir, no podía ser considerada como un simple corolario de una generalización relacionada con la naturaleza de los cambios de la técnica de producción. El resultado real de esta interacción de elementos en conflicto podía ser, en una situación concreta, diferente del que era en otra diversa. Con mucha frecuencia se tiende (y no creo que el último libro de John Strachey sobre el problema escape a la observación)47 a considerar el punto de vista de Marx sobre esta cuestión como demasiado mecánico, describiéndolo como si descansara en la predicción de que la ganancia decreciera en forma de una curva continuamente hacia abajo hasta alcanzar un punto en el que el sistema tendría que pararse bruscamente, como una máquina a la que faltara vapor. La verdadera interpretación parece ser que Marx consideró la tendencia y las fuerzas en sentido contrario como elementos en conflicto de los cuales surgía la dirección general del sistema. El conflicto de fuerzas acababa por hallar un equilibrio, y por tanto un movimiento uniforme sólo se daría “por accidente”, y daba lugar a esas bruscas sacudidas del equilibrio acompañadas de fluctuaciones que en las circunstancias concretas de la economía capitalista toman la forma de crisis. Quizá las condiciones técnicas sean el esqueleto, los canales por los que discurren los acontecimientos, exactamente como los huesos son el esqueleto del cuerpo humano, pero sin ser todo el cuerpo.

¿Puede decirse algo más preciso acerca de las condiciones en que la tendencia acabará probablemente por imponerse a las fuerzas en sentido contrario?

Supongamos un estado de cosas en el que exista una gran “sobrepoblación relativa”, es decir, una considerable abundancia de mano de obra que resulte excesiva por comparación a la que puede emplearse.48 Esto puede ser atribuible al hecho de que el ritmo natural de incremento de la población haya sido superior al ritmo de la acumulación de capital, o a que la mano de obra haya sido desplazada por la maquinaria más rápidamente de lo que la inversión en nuevas industrias permite absorberla o porque ciertos sectores de la economía se hallen todavía en la etapa de lo que Marx llama la “acumulación primitiva”, bajo la cual el campesinado o los pequeños productores están siendo desposeídos y proletarizados. Esta situación sería la misma que describe Ricardo como el dorado camino del capitalismo; cada nueva ola de capital acumulado podía ser invertida repitiendo y ampliando los procesos productivos precedentes extrayendo estratos adicionales de fuerza de trabajo a un precio no mayor que los anteriores y sujetando estos nuevos estratos a una explotación del mismo tipo de plusvalía que antes. En otras palabras, el campo de explotación podría ampliarse a la par que la acumulación de capital.49 En consecuencia, no se necesita que el tipo de ganancia caiga y, por la misma razón, no hay motivo, ceteris paribus, para ninguna alteración de la composición orgánica del capital.50 Cada ciclo de producción sería mayor que el anterior; pero la proporción en que el capital se halle dividido en capital constante y capital variable seguirá siendo la misma. Por otra parte, no habría problema de “venta” de los productos siempre que la proporción entre la industria de bienes de producción y la de bienes de consumo siguiera correspondiendo a la proporción en que el ingreso monetario de la sociedad se destinara a la inversión (incluyendo reparaciones y reposiciones) y al gasto en bienes de consumo.

Si la situación llegara a complicarse más debido al invento de un nuevo procedimiento técnico, gracias al cual la maquinaria se tornara más eficiente o se le descubriera un nuevo uso, entonces sí habría un motivo de cambio de la composición orgánica del capital: se invertiría más proporcionalmente como capital constante y menos como capital variable, para sustituir al hombre por las máquinas, es decir, el “trabajo viviente” por el “trabajo acumulado”. Pero en esta situación el cambio no tendrá que traducirse necesariamente en una caída del tipo de ganancia. Si suponemos que el nuevo procedimiento es susceptible de aplicación a todas las industrias, incluyendo las agrícolas y las que producen medios de producción, es posible que el tipo de ganancia no sólo no caiga, sino que suba. Porque, a condición de que no exista una influencia que tienda a elevar los salarios reales (condición que se tiene ex hypothesi por el excedente de mano de obra) el valor de la fuerza de trabajo tendrá que caer paralelamente a la reducción del valor de la subsistencia, aumentando de ese modo “la intensidad de la explotación o el tipo de plusvalía”,51 en tanto que el aumento de la productividad reducirá en mayor o menor grado el valor de las máquinas y de las materias primas. En otras palabras, las fuerzas en sentido contrario que tienden a aumentar la “plusvalía relativa” y hacia un “abaratamiento de los elementos del capital constante” pueden reprimir la tendencia decreciente del tipo de ganancia latente en el cambio inicial de la proporción del capital constante respecto del variable. Por otra parte, la tendencia a aumentar la “sobrepoblación relativa” de los inventos que ahorran trabajo puede tener, además, el efecto de hacer bajar los salarios a un nivel inferior al que tenían previamente.52

Supongamos ahora, en cambio, una distinta situación del mercado de mano de obra. A saber: que la “sobrepoblación relativa” sea pequeña y se halle en vías de agotarse debido a la expansión de la industria, que el proceso de proletarización de los estratos sociales intermedios sea lento o se halle detenido o que, por último, los trabajadores se hallen organizados tan vigorosamente que puedan resistir cualquier acción tendiente a reducir sus salarios monetarios y aun puedan aumentarlos en todos aquellos casos en que la competencia de los patronos por la mano de obra lo permita. En esta situación, a medida que aumenta la acumulación del capital y el excedente de fuerza de trabajo disponible en el mercado comienza a agotarse (lo que se necesita es una aproximación al límite de agotamiento, aunque no se alcance), la competencia del capital para obtener fuerza de trabajo dará origen a una tendencia ascendente de su precio, si no necesariamente universal, sí, por lo menos, dentro de ciertos tipos de trabajo y dentro de ciertas industrias. Esta situación es bastante frecuente cuando se acerca el “pico” de un auge industrial. En otras palabras, la acumulación del capital, en este caso, tiende a dejar atrás cualquier posible extensión del campo de explotación, y a falta de medios para intensificar la explotación del campo existente, el tipo de ganancia por unidad de capital tiene que caer. El nuevo capital, tropezando con reservas limitadas de mano de obra barata, tiende cada vez más a colocarse en forma de capital constante, fluye, es decir, hacia nuevos procesos técnicos que se traducen en una elevación de la composición orgánica del capital. En este caso, la alteración de la relación entre capital constante y variable está asociada a una caída del tipo de ganancia, puesto que el mismo cambio se expedita por un estado de escasez relativa en el mercado de trabajo que impide una “compensación” inmediata o, por lo menos, equivalente a esta caída, en la forma de un aumento de la “plusvalía relativa”.53

La importancia que Marx atribuía a esta tendencia decreciente del tipo de ganancia puede ser apreciada por el énfasis que ponía en sus críticas a Say y Ricardo por no haber tomado en cuenta el hecho de que el sistema capitalista es un sistema no de “producción social” (motivada por fines sociales), sino de lucro. De ahí que la consideración importante no fueran los límites abstractos para el cambio, sino los límites para invertir y producir a cierto tipo de ganancia. Reprochaba a la ley clásica de los mercados el hecho de conceder una importancia tan exclusiva a la interdependencia de la producción y el consumo, de la oferta y la demanda, hasta llegar a considerarlos como idénticos virtualmente y omitir, por consiguiente, las verdaderas causas capaces de producir el desequilibrio entre estos elementos. Describiendo el cambio simplemente como un proceso de M–D–M (mercancía-dinero-mercancía), aquellos autores menospreciaban el hecho de que la producción capitalista se hallaba caracterizada por la relación de D–M–D’ (capital-dinero: la mercancía, fuerza de trabajo: capital-dinero más ganancia), y que si las condiciones para obtener la ganancia esperada de esta transacción cerrada se interrumpían, tendría que suspenderse, rompiéndose, además, un amplio círculo de otras transacciones de cambio dependientes. “Ricardo ‑escribía Marx‑ concibe la producción capitalista como una forma absoluta de producción cuyas condiciones particulares nunca se oponen ni estorban al propósito de la producción en general: la abundancia… Cuando hablamos de valor y de riqueza debemos concebir la sociedad como un todo; pero cuando hablamos del capital y del trabajo, es claro que el ingreso bruto sólo tiene significado con objeto de establecer un ingreso neto.” “Para negar las crisis [los economistas ricardianos] hablan de unidad donde hay contraste y oposición… Todas las objeciones hechas por Ricardo, etc., a la sobreproducción, tienen la misma base: consideran la producción burguesa como un modo de producción en el que no hay diferencia entre compra o venta (cambio directo), o consideran que la producción tiene un carácter social, en la cual la sociedad divide sus medios de producción y sus recursos productivos de acuerdo con un plan: en las proporciones que son necesarias para la satisfacción de diferentes necesidades.” Pero precisamente porque la producción capitalista es una producción para el lucro, “la sobreproducción de capital” llega a ser posible en el sentido de un volumen de capital acumulado que es incompatible con el mantenimiento del nivel primitivo de ganancia.54 “Lo que sí ocurre es que se producen periódicamente demasiados medios de trabajo y demasiados medios de subsistencia para poder emplearlos como medio de explotación de los obreros a base de una determinada cuota de ganancia… No es que se produzca demasiada riqueza. Lo que ocurre es que se produce periódicamente demasiada riqueza bajo sus formas capitalistas, antagónicas… [El sistema capitalista] por eso, tropieza con límites al llegar a un grado de expansión de la producción, que en otras condiciones sería, por el contrario, absolutamente suficiente. Se paraliza, no donde lo exige la satisfacción de las necesidades, sino allí donde lo impone la producción y realización de la ganancia.”55

La tendencia decreciente del tipo de ganancia a medida que aumenta el equipo de capital (capital-equipment) desempeña un papel prominente en ciertas teorías recientes del ciclo económico (como la de Keynes y la del Dr. Kalecki); pero consideramos que su relación con las causas de las crisis no requiere aquí una mayor elaboración. Algunas veces se ha pensado, sin embargo, que la teoría de Marx es incompleta porque a falta de pruebas de que el tipo de interés subiría al mismo tiempo (o, por lo menos, de que permanecería rígido) en lugar de caer, no explica por qué una caída del tipo de ganancia habría de provocar una disminución de las inversiones. Algunos han llegado hasta sugerir que las crisis deben atribuirse a que el tipo de interés no baja más bien que al hecho de la caída de la ganancia. Pero me inclino a creer que aquí se halla implícito el deseo de afirmar que las perturbaciones no son atribuibles al capitalismo per se, sino que, por el contrario, pueden ser eliminadas mediante una política monetaria apropiada que haga caer pari passu el tipo de interés mientras continúa el proceso de inversión. Cierto, Marx no se refiere explícitamente en ninguna parte a la relación entre ganancia, tipo de interés y volumen ordinario de inversiones; no obstante, distingue con toda claridad la influencia separada de los dos, distinción que, como el profesor Hayek lo ha hecho observar,56 ha sido abandonada erróneamente por economistas posteriores. Y en un capítulo subsecuente sobre el tipo de interés, Marx aduce razones de por qué en el momento preciso en que una crisis está germinando, el tipo de interés tiende a subir. Sobre la cuestión de si el énfasis de Marx fue correcto, baste decir aquí que hay cierta razón para pensar que los cambios del tipo de interés para frenar un auge desempeñan un papel mucho más modesto de lo que algunos escritores habían creído anteriormente 57 y que existe un vigoroso fundamento que nos hace dudar de la capacidad de una política monetaria para influir en el grado necesario y a largo plazo sobre el tipo de interés.58

Si la teoría de Marx difiere en importantes aspectos de la mayor parte de las versiones de la teoría del infraconsumo, ¿cuál es la relación precisa entre ambas? ¿Existe alguna razón para interpretar su teoría como se interpreta con tanta frecuencia, como una teoría de infraconsumo? Creo que no puede resolverse fácilmente esta cuestión, puesto que su solución requeriría un análisis y una clasificación más rigurosos de los que se han hecho hasta ahora de las diversas variantes de la teoría del infraconsumo. La verdad es que su teoría no es una teoría de infraconsumo ni en el sentido de que la inversión provoca necesariamente la sobreproducción si no se abre una nueva fuente de consumo, ni en el sentido de que un aumento de salarios basta para prevenir la crisis y para aliviar la depresión, ni en el sentido de que una deficiencia del consumo es siempre la causa que precipita la crisis, con lo que se quiere decir que ésta comienza en las industrias de bienes de consumo. Es evidente, asimismo, que estaba lejos de atribuir al nivel de consumo una influencia insignificante como un factor límite de la realización de la ganancia. Ya nos hemos referido a un caso en el que Marx considera que la crisis se origina no “dentro de la esfera de la producción”, sino en un elemento de desequilibrio dentro de la esfera de la circulación o cambio. Ese caso era el de un aumento del ritmo de ahorros que da lugar a una plétora en las industrias de bienes de consumo, aunque hay pasajes que dan la impresión de que Marx consideraba la demanda de bienes de consumo como un factor límite en un sentido más fundamental que éste. Los dos pasajes que se citan con más frecuencia por aquellos que interpretan su teoría como una teoría de infraconsumo, son los siguientes: “La razón última de toda verdadera crisis es siempre la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad.”59 Este párrafo se encuentra en el desarrollo de una crítica que hace Marx al punto de vista de que las crisis se deben a la escasez de capital. Su contexto inmediato es oscuro y no nos ayuda a determinar su significado. Aisladamente ese pasaje quedaría expuesto, sin duda alguna, a ser considerado como una simple variante de la teoría del infraconsumo semejante a la de Malthus y de Rodbertus. Pero teniendo en consideración todo lo que Marx dice en otros lugares, particularmente en vista de la explícita repudiación de la opinión de Rodbertus acerca de que las “crisis se producen por falta de capacidad de pago del consumo” y que “el mal se remedia [cuando] su salario aumente”,60 es indudable que no podemos darle esa interpretación. El segundo pasaje es éste: “Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. No sólo difieren en cuanto al tiempo y al lugar, sino también en cuanto al concepto. Unas se hallan limitadas solamente por la capacidad productiva de la sociedad, otras por la proporcionalidad entre las distintas ramas de producción y por la capacidad de consumo de la sociedad. Pero ésta no se halla determinada ni por la capacidad productiva absoluta ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo a base de las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo susceptible sólo de variación dentro de límites muy estrechos.”61 Lo que parece razonable suponer es que al escribir esos pasajes Marx tenía en la mente la siguiente proposición, la cual creo que recibiría una franca y amplia aceptación hoy día. El volumen de ganancia que puede obtener el capital existente siempre depende no sólo de la perfección con que este capital se halle distribuido entre las industrias de bienes de producción y las de bienes de consumo en relación con la inversión y consumo dominantes, sino también del volumen total de consumo más el de la inversión en ese momento. Aumentar el consumo sería la forma más duradera de incrementar la ganancia, porque además de su efecto momentáneo, aumentaría la demanda de futuros bienes de producción (al dar lugar para una “ampliación” de capital) y ejercería, de ese modo, una influencia dilatoria sobre la tendencia de las nuevas inversiones (agotando las oportunidades de inversión) a provocar la caída del tipo de ganancia.62 Sin embargo, cualquier aumento del consumo de la masa de la población como resultado de una elevación de salarios, sólo haría desaparecer en sus oscilaciones las ventajas obtenidas indirectamente: elevaría los costos tanto como la demanda. Por consiguiente, dentro del capitalismo hay pocas perspectivas de aumentar el consumo proporcionalmente al incremento de la productividad. Por otra parte, el incremento de las inversiones, aunque podría tener temporalmente un ejemplo similar aumentando la demanda, precipitaría el problema de la cambiante composición del capital y, por consiguiente, la caída del tipo de ganancia en el futuro inmediato. En este sentido el consumo es un incidente, aunque importante, en el planteamiento total, y el conflicto entre la productividad y el consumo sólo una faceta de la crisis y un elemento de la contradicción que encuentra su expresión en un colapso periódico del sistema. Parece evidente, además, que para Marx la contradicción dentro de la esfera de la producción ‑la contradicción entre la creciente capacidad productiva, consecuencia de la acumulación, y la lucratividad decreciente del capital, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción de la sociedad capitalista‑ es la parte esencial del problema.63

Pero si el consumo puede ser un factor que limita la “realización” de la plusvalía, es evidente que la oferta de mano de obra es un factor fundamental que limita su creación en primera instancia, y como tal lo consideró Marx. Para él una crisis no era simplemente una dislocación transitoria, sino algo que jugaba un papel positivo en la configuración de las tendencias a largo plazo del sistema, algo que reaccionaba sobre el nuevo equilibrio hacia el que, después de la crisis, tendía a estabilizarse. Su opinión se explica, en gran parte, por la influencia que las crisis ejercen sobre lo que él llamaba “sobrepoblación relativa” o “ejército industrial de reserva”. “Las crisis son siempre soluciones violentas puramente momentáneas de las contradicciones existentes, erupciones violentas que restablecen pasajeramente el equilibrio roto.”64 Un efecto principal de la crisis es el de volver a crear, o aumentar, este “ejército industrial de reserva” que, a su vez, reducirá el precio de la fuerza de trabajo. El vigor y la rapidez con que opere ese efecto dependerá de los diversos factores que determinan la fuerza de resistencia de los trabajadores para oponerse a la reducción de salarios. Es cierto que el efecto inmediato de semejantes reducciones de salarios puede ser la agudización de la crisis, debido a las consecuencias deflacionistas de esa reducción sobre la demanda y sobre el precio de los bienes de consumo. Pero en la medida que representa una disminución del precio real de la fuerza de trabajo, crea la condición necesaria para un aumento del tipo de plusvalía, preparando, de ese modo, la base para reanudar el proceso de inversión. Este abaratamiento de la fuerza de trabajo reaccionará también, en cierto modo, sobre la tendencia anterior a elevar la composición orgánica del capital: servirá para retardar el proceso de cambios técnicos, haciendo costeables nuevamente los métodos técnicos primitivos.

Este reclutamiento periódico del “ejército industrial de reserva” aparece, por consiguiente, como el punto de apoyo de que se vale el sistema para resistir cualquier intrusión grave sobre el valor del capital y compensar, además, la tendencia de la acumulación de capital a reducir el tipo de ganancia. Esto es lo que Marx llamaba “la ley propia de la población del capitalismo”, la cual explica la desocupación y la pobreza tal como existe, no porque la capacidad productiva del hombre fuera insuficiente para arrancar a la naturaleza su propia subsistencia, sino debido a los límites impuestos a la ocupación y a los salarios por las condiciones de la extracción de la plusvalía; no porque la población sea redundante en un sentido absoluto, sino porque el capital es excesivo con relación a las posibilidades de obtención del tipo de ganancia que se espera. La crisis, como la reacción uniforme del capital frente a perspectivas de lucro no realizadas, opera, por consiguiente, como si la clase capitalista actuara al unísono, como un solo monopolio vis-a-vis de la clase trabajadora. Tenemos este cuadro: tan pronto como se alcanza una condición cercana a la plena ocupación, tan pronto como la inversión comienza a utilizar los métodos técnicos existentes más allá de cierto margen, tan pronto como la masa de productores se halla, de ese modo, en el umbral de cualquier mejoramiento considerable de su participación en los beneficios del progreso, se le arrebatan de la mano los frutos, y la ley inexorable del mercado de trabajo lo hunde una vez más en la humillación.

Hemos hecho una distinción entre desarrollo extensivo e intensivo del campo de inversión. La distinción es, según creo, de importancia fundamental, no sólo por la luz que arroja sobre la historia de las crisis, sobre las circunstancias que las motivan y sobre las nuevas condiciones que crean, sino también en relación con la teoría de los salarios de Marx y, por consiguiente, con la forma cambiante que adopta la lucha proletaria en diferentes etapas de su desarrollo. En la edad de oro del capitalismo competitivo, el reclutamiento periódico del “ejército industrial de reserva” bastaba para mantener intensivamente el campo de explotación para una acumulación creciente de capital. Ese reclutamiento quizá pueda ser considerado como el método clásico del capitalismo para preservar el tipo de ganancia. Pero ya para el último cuarto del siglo pasado, con la fuerza creciente de la organización del trabajo y con la “rigidez” consecuente del mercado de mano de obra, este método clásico comenzó a perder parte de sus efectos; y las ventajas de los precios decrecientes de los artículos alimenticios importados durante las décadas del 70 y del 80 parecen haberse traducido para el trabajador en una elevación de los salarios reales y en una disminución del precio nominal de la fuerza de trabajo para el capitalista. Se supone con mucha frecuencia que Marx apoyó su teoría de los salarios, como lo hizo Ricardo, en la ley malthusiana de la población.65 Sin embargo, Marx lo negaba explícitamente. Es evidente, por otra parte, que para Marx el supuesto de que los salarios se mantenían al nivel de subsistencia, sólo era una “primera aproximación” y de ningún modo una “ley del bronce” universal, válida para cualquier situación del mercado de trabajo. Es más, en su discusión 66 sobre los sindicatos con un tal Weston en una sesión de la Primera Internacional, repudió explícitamente semejante interpretación. Por tanto, si a diferencia de la de Ricardo, su teoría no descansaba en esa ley de la población, puede parecer que no explica por qué el precio de la fuerza de trabajo no se eleva hasta igualar el valor del producto. ¿Qué podía impedir que la acumulación del capital, con la creciente demanda de mano de obra a que daba origen, elevara el nivel de salarios hasta una altura en que la plusvalía desapareciera de modo que el capitalismo, por su propio impulso, acabara por extinguir la desigualdad de clases de que se alimentaba? Esta cuestión, como hemos visto ‑la razón de la persistencia de la plusvalía‑ ha ocupado un lugar central a través de la historia de la Economía Política y ha dado lugar a tan numerosas como superficiales soluciones apologéticas. El factor fundamental que operaba aquí, de acuerdo con la teoría de Marx acerca del mecanismo defensivo de que se valía el sistema para evitar su propia destrucción, consistía en la doble reacción mediante la cual se reclutaba periódicamente el ejército industrial de reserva: la tendencia de la economía capitalista hacia cambios que “ahorran trabajo”67 y la tendencia que retarda la acumulación y retrae las inversiones cuando aparece cualquier síntoma de una apreciable reducción del tipo de ganancia. Por una parte, este reclutamiento intensivo de la reserva de trabajo ‑un factor que operaba, por así decirlo, del lado de la demanda en el mercado de trabajo‑ y, por otra, el reclutamiento extensivo de las nuevas ofertas de mano de obra derivadas del aumento de la población, de la proletarización de las capas sociales intermedias y de la penetración de las inversiones en los territorios coloniales vírgenes, eran los factores que operaban continuamente para deprimir el precio de la fuerza de trabajo a un nivel que permitía obtener la plusvalía. La operación de uno o de ambos factores era la condición indispensable para la continuación de la producción capitalista. Por consiguiente, desde el punto de vista del capital, el progreso se detiene y las crisis ocurren debido a que los salarios son “demasiado altos”, y ésta es la forma en que el problema se ha expresado tradicionalmente en la literatura económica. Pero semejante afirmación es, por supuesto, estrictamente relativa al supuesto de que es “necesario” cierto rendimiento mínimo del capital, y sólo tiene algún significado en este contexto. Sería más exacto decir que las crisis ocurren debido a que la ganancia y el interés son demasiado elevados, ya que semejante afirmación enfoca la atención sobre el hecho fundamental de que, por comparación con un sistema de “las condiciones sociales de producción”, el “verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital”.68

En las primeras etapas del desarrollo capitalista era más fácil reclutar “el ejército industrial de reserva”, ya que no había que hacer mucha presión sobre el mercado de trabajo del lado de la demanda. El campo de explotación se ampliaba continuamente mediante el proceso de la “acumulación primitiva”, es decir, mediante el despojo de los pequeños productores, de los campesinos y de los artesanos. Por consiguiente, las crisis de esos primeros periodos, si bien podían ser agudas y violentas, eran de corta duración y susceptibles de fácilcuración. Pero a medida que el capitalismo se desarrollaba, la fácil condición de su infancia desaparecía. La oferta de mano de obra ya no podía inflarse, por lo menos en la misma escala de antes, mediante la expropiación de la pequeña burguesía. Con el desarrollo de la organización del trabajo y con la agudización del conflicto de clases, la explotación intensiva tropieza con crecientes obstáculos. Y la diferencia entre la facilidad y la dificultad de estas formas básicas de compensación del tipo decreciente de ganancia es lo que parece constituir la distinción fundamental entre las crisis de los primeros tiempos y las de las etapas posteriores de la economía capitalista. Había que ensayar nuevos métodos de ampliación de los campos de explotación, extendiéndolos más allá de sus primitivas fronteras hacia nuevos e inviolados sectores. Pero cuando estos campos también comenzaron a agotarse, fue necesario descubrir todavía nuevos métodos ‑coercitivos‑ para intensificar el desarrollo de los campos domésticos, tales como esos que la historia contemporánea nos revela con una lógica tan brutal. Hoy día el capital hinca sus dientes de dragón lo mismo en su propia tierra que en las colonias. Y el pueblo recoge la cosecha.

NOTAS

1 Quizá sea necesario aclarar que Marx, al decir que la producción individual era “anárquica”, no tuvo intención de usar el término como sinónimo de caótica. Entendía el término en su sentido literal, subrayando que si bien era responsable de las influencias perturbadoras, era también el medio de que se valía la “mano invisible” para gobernar el mercado. En una reciente discusión entre G. B. Shaw y H. G. Wells, el primero sostenía que Wells sólo veía en el capitalismo una ausencia de sistema y de allí su prurito por sistematizarlo, cuando en realidad es un sistema gobernado por leyes propias. Creo que Marx habría suscrito este punto de vista. (Véase The New Statesman, de 3 de noviembre de 1934.)

2 El Capital, vol. III, p. 215, ed. cit. En una carta dirigida a Engels, en 1868, Marx se refería al problema de la “tendencia de la cuota de ganancia a decrecer a medida que progresa la sociedad” como al “ponsasini de toda la Economía anterior”. (Ibid., p. 836).

3 Hume, Essays (ed. 1809), vol. 1, 2ª parte, cap. IV, pp. 316, 318 Y 320.

4 Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, F.C.E., México, 1958, p. 85.

5 Ver Marx: “Los economistas que, como Ricardo, consideran el régimen capitalista de producción como régimen absoluto, advierten al llegar aquí que este régimen de producción se pone una traba a sí mismo y no atribuyen esta traba a la producción misma, sino a la naturaleza (en la teoría de la renta).” (El Capital, vol. III, p. 240, ed. cit.). En otra parte Marx dice: “El hecho de que la simple posibilidad [la caída progresiva del tipo de ganancia] de ello inquiete a Ricardo es precisamente lo que demuestra su profunda comprensión de las condiciones en que se desenvuelve la producción capitalista… Lo que a Ricardo le inquieta es el observar que la cuota de ganancia, el acicate de la producción capitalista, condición y motor de la acumulación, corre peligro por el desarrollo mismo de la producción.” (Ibid., p. 256).

6 An Inquiry into the Principles of Political Economy, 1767, p. 226. Turgot, el fisiócrata, aproximadamente el mismo año, también había llamado la atención sobre este hecho. Consúltese Cannan, Historia de las teorías de la producción y distribución, 2ª ed. (Fondo de Cultura Económica, México, 1958, pp. 163-4 ).

7 Essay on the Application of Capital to Land, por un miembro del University College, 1815, pp. 2, 3, 19-20.

8 El cargo que Ricardo hizo a Say se debió a que éste confundía “riqueza” y “valor”. Una crítica de menor importancia a Smith se debió a que “exagera constantemente las ventajas que un país deriva de un fuerte ingreso bruto, más que la de un fuerte ingreso neto”. Principios, ed. cit., cap. XVIII, p. 259.

9 Véase supra, p. 37.

10 Ricardo, Principios, cap. xxi, p. 216, ed. cit.

11 Principios ed. cit., pp. 216, 218. Ver también lo relativo a “las utilidades tienden naturalmente siempre a decrecer” (p. 92).

12 Letters of Ricardo to Malthus, 1810-23, ed. Bonar, p. 101. Cuando Malthus decía que la rápida acumulación de capital debe conducir a la sobreproducción, Ricardo comentaba que en las circunstancias específicas descritas por Malthus (disminución de ganancias y demanda insuficiente), “la falta específica sería la de demanda de población.” (Notas a Malthus, Fondo de Cultura Económica, 1958, p. 226).

13 Essay on the Influence of a Low Price of Corn on the Profits of Stock, 1815, p. 22. Esto es lo que Marx describía como un aumento de la “plusvalía relativa” (una reducción del valor de la fuerza de trabajo relativamente al valor del producto).

14 Ibid., p. 20.

15 Véase Malthus, Principios, pp. 163-173, y Letters of Ricardo to Malthus, 1810-23, ed. Bonar, pp. 186-191.

16 Principios, pp. 274-275.

17 Principios, p. 266. El desacuerdo entre Malthus y Ricardo respecto a la teoría del valor estaba íntimamente conectado con este problema. Malthus pretendía definir el valor en términos de “la cantidad de trabajo de que una mercancía puede disponer”, en tanto que Ricardo insistía en su propia definición que hacía consistir el valor en la cantidad de trabajo requerida para producir la mercancía en cuestión. En términos de la definición de Malthus, cualquier reducción de la ganancia se traducía en una caída del valor de las mercancías; pero de acuerdo con la de Ricardo, el valor de las mercancías sólo caía si las mejoras permitían producirlas con menos trabajo que antes; y esa caída sólo podía traducirse en un tipo de ganancia más reducido si la fuerza de trabajo era la única entre todas las mercancías cuyo valor no se reducía. (Ver Letters to Malthus, p. 233.)

18 H. Grossman, en su Sismonde de Sismondi et ses Théories Économiques, pretende que Sismondi no considera el infraconsumo como una causa de las crisis, sino como su resultado (p. 55). Pero es difícil aceptar que ésa sea la interpretación que se desprenda de pasajes como los de los Nouveaux Principes, vol. I, pp. 120-329; y como los de los Études, vol. I, pp. 60 ss.; vol. II, p. 233. Ver también los comentarios de M. Tuan, Sismondi as an Economist, pp. 68 ss.

19 Ver Principles of Economic Planning, pp. 50-51.

20 Ver Economic Journal, de junio de 1935.

21 Ver Engels, Anti-Dühring, pp. 312 ss. (Ed. Cenit, S. A., Madrid, 1932.) Marx escribía lo siguiente: “Es una pura tautología el decir que las crisis se producen por falta de capacidad de pago del consumo… El que las mercancías no puedan venderse, no significa otra cosa sino que no se encuentran compradores que puedan pagarlas (a no ser que las mercancías en último término su forma rodbertiana, llegó a tener una considerable popularidad en círculos marxistas. Rosa Luxemburgo le dio una variante “marxista” especial y criticó a Marx por menospreciar indebidamente este aspecto. Es difícil que para el simple sentido común, libre de ilustradas complicaciones, pueda haber duda acerca de cuál de las doctrinas, la ricardiana o la del infraconsumo, se halla más cerca de la verdad. El propósito de la producción, hay que suponerlo, es el consumo. La realización de la ganancia del productor depende de la existencia de mercados donde poder vender. Si el desarrollo desproporcionado de unas industrias respecto de otras fuera posible, es decir, si la expansión de la capacidad productiva en ciertas direcciones resultara excesiva respecto de la demanda, parecería muy razonable sostener, como lo hizo Malthus, la posibilidad de una desproporción general entre todos los artículos de consumo en relación con la “demanda efectiva”. La doctrina, a la que ya nos hemos referido,23 de que la producción y el cambio, considerados como un todo, debiera ser correctamente tratada como un proceso continuo de trueque de bienes contra bienes y de que, por consiguiente, la demanda total tiene que aumentar parejamente a la oferta total porque son idénticas, parecía ser una evasión abstracta del problema real. El ingreso total podría ser suficiente para cubrir el costo total de todos los bienes de consumo producidos, si aquel ingreso fuera gastado realmente en artículos de consumo. Pero si se ahorra una parte, ésta tendría que invertirse, no en la compra de artículos de consumo, sino en la de bienes de producción, lo que contribuiría a aumentar aún más la corriente de bienes de consumo en el futuro. Si el ahorro continuara ¿dónde se podría hallar mercado para este flujo adicional de productos, si los se compren para el consumo productivo o individual). Pero si se quiere dar a esta tautología un sentido más hondo diciendo que la clase obrera percibe una parte muy pequeña de su propio producto y que el mal se remedia tan pronto como perciba una parte mayor, es decir, que su salario aumente, habrá que objetar a esto tan sólo que las crisis se preparan cada vez por un periodo en que el salario sube en general y la clase obrera realiter recibe una mayor participación en la parte del producto anual destinado al consumo.” Una nota a este pasaje agrega: “Ad notam de ciertos secuaces de la teoría de las crisis de Rodbertus. F. E.” El Capital, 2ª ed., vol. II, p. 366 (F.C.E., México, 1959).

22 La acumulación del capital. La misma Rosa Luxemburgo criticaba alguna de las formulaciones tradicionales de la teoría del infraconsumo, pero sostenía que Marx había puesto muy poco énfasis en lo que ella llamaba la “realización de la plusvalía” a través de la venta en el mercado y, por consiguiente, en el poder de consumo de la sociedad. Esto la condujo a su famosa teoría de las “terceras personas”, esto es, que el capitalismo requiere siempre, o una clase “media”, o colonias para poder disponer del excedente de mercancías. Ver J. Z. Salz, Das Wesen des Imperialismus, pp. 40-44.

23 Ver supra, pp. 34 ss.

24 En su prefacio a la traducción inglesa de Over-production and Crises, de Rodbertus.

25 Notas a Malthus, ed cit., pp. 219 y 231. Ver también James Mil, Commerce Defended, p. 78.

26 Riqueza de las naciones, ed. cit., p. 306.

27 Ver E. F. M. Durbin, Purchasing Power and Trade Depression, pp. 75-76, donde se destaca este razonamiento. Esta argumentación nos procura una respuesta, por ejemplo, a la pretensión de Malthus de que la “parsimonia” aumenta de tal modo la producción de mercancías que éstas no pueden encontrar compradores “sin una reducción del precio que haga quizá bajar su valor a menos de lo que representan los gastos”. (Principios, ed. cit., p. 266.) Durbin hace notar que su costo de producción se reduce también como un resultado de la inversión de capital. El hecho de que se reduzca proporcionalmente es otra cuestión.

28 Historia crítica de la teoría de la plusvalía, ed. cit., vol. III, p. 49.

29 El Capital, ed. cit, vol. II, p. 144. Ver también vol. II, p. 140: “El valor así adherido va disminuyendo constantemente hasta que el medio de trabajo queda fuera de uso y su valor se distribuye, por consiguiente, durante un periodo de tiempo más o menos largo, entre una masa de productos que brotan de una serie de procesos de trabajo constantemente repetidos.” En el curso de su discusión acerca del capital fijo, Marx se detiene a considerar el problema del mantenimiento, citando a Lardner en el caso de los ferrocarriles para demostrar que “la línea divisoria entre las verdaderas reparaciones y las reposiciones, entre los gastos de conservación y los gastos de renovación, es una línea más o menos incierta.” (Ibid., p. 158).

30 Marx tuvo mucho cuidado en demostrar que lo importante para la determinación del tipo anual de ganancia no era la relación entre ganancia y salarios en cada rotación del capital, sino el “tipo anual de plusvalía”; hallándose este último en relación con el tipo simple del ciclo de rotación del capital variable. El ciclo de rotación del capital variable llegó a ser, por consiguiente, un factor separado para la determinación del tipo de ganancia. (El Capital, vol. II, pp. 262-285. Ver también el capítulo sobre “Cómo influye la rotación sobre la cuota de beneficio”, El Capital, vol. III, pp. 84-90).

31 Aunque el orden cronológico tiene su importancia, creo que no ha sido destacado por los historiadores del pensamiento económico. El vol. II de El Capital apareció en 1885, y la Positive Theorie, de Böhm-Bawerk, en 1889. La diferencia fundamental reside en que Marx no opera con una conexión entre los diferentes periodos de la rotación y la productividad del trabajo, que era la principal preocupación de Böhm-Bawerk y uno de sus intentos de “justificación” de la plusvalía. Para Marx sólo el valor del capital constante y la rotación del variable afectaban directamente el tipo de ganancia.

32 Ibid., p. 802: “se ha desprendido, en general, que según la distinta magnitud de los periodos de rotación habrá que anticipar capitales-dinero de muy distinta magnitud para poner en movimiento la misma masa de capital productivo circulante y la misma masa [de fuerza] de trabajo, con un grado igual de explotación del trabajo”.

33 Ver Marx-Engels Correspondence, pp. 153 ss. La condición requerida para el equilibrio en el caso de la “reproducción simple” es la de que el capital constante usado durante un periodo de tiempo dado en el departamento 2 (el que produce bienes de consumo) debe ser igual en valor al capital variable más la plusvalía durante el mismo periodo en el departamento 1. Éste era un simple corolario del principio de que el producto total del departamento 1, expresado en valor, debía ser igual al capital constante consumido en ambos departamentos. Las condiciones de equilibrio para “la reproducción ampliada” son similares, aunque más complejas (ver El Capital, vol. II, p. 352 ss.)

34 El Capital, vol. II, pp. 330 ss. Fan Hung, en The Review of Economic Studies, de octubre de 1939, traza un paralelo entre el análisis de Marx y la distinción que hace Keynes entre costo de uso y costo de factores.

35 El Dr. Kalecki ha hecho notar que Marx sostenía virtualmente en este caso lo mismo que ciertas proposiciones recientes acerca de la identidad del “ahorro” y la “inversión” ex post. (Essays in the Theory of Economic Fluctuations, p. 45.)

36 Este problema y su relación con la generación de fluctuaciones económicas se desarrolla más ampliamente después (cap. VI y pp. 185 ss.). (nota del editor: se refiere al capítulo IV de Economía Política y Capitalismo, aquí no reproducido).

37 E. F. M. Durbin, Purchasing Power and Trade Depression, p. 83.

38 Es cierto que lo que aquí se ha dicho sólo se aplica a la ganancia sobre el capital existente. Esto no quiere decir que el nuevo capital, invertido en los nuevos y más baratos medios de producción (fomentados por la ampliación de industrias que fabrican medios de producción), no puedan ganar el tipo anterior de ganancia (a menos que haya causas que tiendan a disminuir el tipo general de ganancia). Pero en el momento que tiene lugar la caída de la demanda de bienes de consumo, estos nuevos métodos de producción todavía no están disponibles; y la depresión en las industrias de bienes de consumo intervendrá para frenar la demanda y la expansión de las industrias de bienes de producción, impidiendo, de ese modo, la inversión en esos nuevos métodos de producción.

39 Strategic Factors in Business Cycles, pp. 48 y 53.

40 Ibid., pp. 50-53.

41 Debo reconocer mi deuda con el Dr. Kalecki por haberme llamado la atención sobre este punto. Este supuesto no se halla necesariamente implícito en los cuadros de Marx, puesto que la relación entre capital constante y variable, en esos ejemplos, se refiere al capital constante consumido y no a su existencia total. Pero cuando da ejemplos numéricos acerca de cómo se distribuye el capital nuevamente invertido entre esos dos tipos de capital, es claro que Marx hace ese supuesto.

42 Lo que él llamaba una “venta unilateral de sus mercancías no acompañada de compra” que implica “las reservas de dinero deben acumularse, es decir, sustraerse a la circulación, en muchos puntos, en parte para hacer posible la formación de nuevo capital-dinero”. (El Capital, vol. II, p. 442, y también pp. 447-48, ed. F.C.E., México, 1959.)

43 Ibid., p. 451. Ver también Sartre, Esquisse d’ une Théorie Marxiste des Crises.

44 Es de observarse que una exportación de capital (con una consecuente exportación de excedente de bienes) proporcionaría una solución semejante a la que Marx se refiere; un acto de cambio en el mismo sentido, en este caso, contra valores en vez de oro. Marx no formuló explícitamente las condiciones en que tendría lugar una suave “reproducción ampliada” con un ritmo constante, aunque de sus cuadros se desprende con claridad que esas condiciones eran que la parte gasta de V + P en el departamento 1 debería ser igual a C + la parte ahorrada de S en el departamento 2.

45 Algunos escritores modernos sostienen el punto de vista de que un alza de los salarios nominales a medida que la reserva de mano de obra se agota, da origen a un trastorno de la situación, no en esta forma, sino lanzando al sistema hacia un estado de violenta inestabilidad y precipitando una “hiperinflación”. (Ver Joan Robinson, Essays in theTheory of Employment.) No obstante, parece claro que Marx suscribía el punto de vista ricardiano de que un alza en los salarios nominales conduce generalmente a una elevación de los salarios reales y a una caída de la ganancia. En un pasaje critica a quienes sostienen que un alza de los salarios nominales engendra un alza equivalente de los precios, argumentando que la mayor demanda de artículos ordinarios de consumo da lugar a una emigración de los recursos destinados a la producción de artículos de lujo y, por consiguiente, a una mayor oferta de los primeros y a una declinación de la de los últimos.

46 El Capital, vol. III, p. 232, ed. cit. Además de un aumento de la plusvalía relativa, a que nos referimos arriba, Marx incluía entre las tendencias en sentido contrario lo que él llamaba un “abaratamiento de los elementos del capital constante”, debido a un aumento de la productividad del trabajo. También se refería a la creación de “una sobrepoblación relativa”, que podía tener un efecto deprimente sobre el nivel de salarios y, por último, el comercio exterior (que examinaremos en un capítulo posterior).

48 Esto es lo que los economistas de hoy día considerarían como una condición de la oferta de mano de obra infinitamente elástica para la industria en general. Suponemos también que las materias primas y los alimentos son de una oferta perfectamente elástica.

49 Ver Mane: “La creación de plusvalía no tropieza [descontada… la suficiente acumulación del capital] con más límite que la población obrera, siempre y cuando que se parta como un factor dado de la cuota de la plusvalía, es decir, del grado de explotación del trabajo.” (El Capital, t. III, p. 242.)

50 Esto quizá se explica porque los empresarios capitalistas han distribuido previamente su capital para comprar fuerza de trabajo, máquinas, materias primas, etcétera, en las proporciones que, a su modo de ver, son las más provechosas. A menos que el precio de alguna de estas cosas cambie, no habrá motivo para que el capital se distribuya en proporciones diferentes.

51 El argumento de Ttigan-Baranovski (Theorie und Geschichte der Handelkrisen in England, pp. 212-15), que cita el profesor K. Slúbata en Kyoto University Economic Review, de julio de 1934, para demostrar que una elevación de la composición orgánica debe traducirse en una elevación del tipo de ganancia, descansa en un supuesto especial: el de que el tipo de la plusvalía (en el ejemplo citado) se duplica como resultado del cambio. Este resultado se consigue reduciendo a la mitad de lo que era antes la cuenta total de salarios reales (con la misma producción total), un supuesto especial en el que, naturalmente, la conclusión se halla implícita. El supuesto es paralelo al que hicimos arriba en el primero de los dos casos que citamos; pero es incompatible con el segundo de esos casos, en el que el precio de la fuerza de trabajo permanece constante, el precio de los productos acabados cae paralelamente al aumento de la productividad y el tipo de plusvalía no se altera. En una nota matemática no publicada sobre este problema, que he tenido el privilegio de leer, H. D. Dickinson da una prueba para demostrar que aun en el primer caso el tipo de ganancia puede caer. El asunto gira sobre la relación entre la mayor productividad del trabajo y la importancia de los cambios de la composición orgánica.

52 Si este efecto adicional es considerable, puede revertir, parcial o totalmente, la tendencia inicial a elevar la proporción entre capital constante y variable. En otras palabras, desplazará una de las condiciones del equilibrio (el precio de la fuerza de trabajo), y hará costeable una reversión, como lo decía Marx, a métodos técnicos más primitivos, a pesar de los nuevos inventos.

53 La distinción que se hace aquí corresponde a la distinción entre inventos “autónomos” e inventos “derivados” (induced), de J. R. Hieles (Theory of Wages, p. 125). Los primeros constituyen una nueva adquisición del conocimiento, los últimos un método técnico, previamente conocido, pero no costeable con anterioridad, debido a la relativa baratura de la mano de obra. Debe notarse que la otra clase de “compensación”, el abaratamiento del capital constante, no puede ser suficiente para neutralizar la tendencia decreciente de la ganancia en este caso, porque si este abaratamiento fuera equivalente al cambio de la relación entre la maquinaria, etc., y el trabajo, entonces la relación entre capital constante y capital variable no cambiaría en términos de valor, la invención no sería estrictamente de las que “ahorran trabajo”, la cual, de haber sido conocida, habría sido costeable adoptarla previamente. El razonamiento de Durbin (op. cit.) de que el tipo de ganancia anterior seguirá siendo el mismo debido a que el aumento de la productividad será proporcional al aumento de las inversiones, parece depender de un supuesto especial en el que se halla implícito este resultado: un “ritmo de nuevas inversiones” proporcional al “ritmo de ahorros”. De ahí que la caída proporcional de los costos a que llega sea un resultado inseparable de los ahorros más los nuevos inventos. ¿Se aplicará, igualmente, lo que dice en el capítulo siguiente acerca de los resultados de un ritmo creciente de ahorros al ritmo constante de ahorro y a las condiciones estáticas de la técnica? Ni los supuestos de Durbin, ni aquellos del primero de mis dos casos señalados arriba, son compatibles, naturalmente, con lo que se llama “equilibrio completo” (full equilibrium). Por otra parte, si las condiciones de la oferta en los mercados de trabajo fueran de tal naturaleza que mantuvieran constantes los salarios reales (oferta elástica) y si las condiciones fueran también de tal carácter que permitieran abaratar las subsistencias proporcionalmente a las otras mercancías, no habría ningún incentivo para los “inventos derivados”.

54 Marx, Historia crítica de la teoría de la plusvalía, ed. cit., vol. III, p. 48; vol. II, pp. 517-19; también vol. II, p. 488.

55 El Capital, vol. III, pp. 255-56, cd. cit. (Las cursivas son mías.) Marx admitía que semejante sobreproducción podía calificarse propiamente de relativa, más bien que de absoluta: relativa para ciertas condiciones de clase y para un cierto nivel de ganancia.

56 Profit, Interest and Investment, p. 5. Marx consideraba el tipo de interés como gobernado parcialmente (a la larga) por el tipo de ganancia, pero gobernado también en cualquier momento por la oferta y demanda de capital-dinero, o fondos destinados a ser prestados. (Ver Fan Hung, loc. cit., y S. Alexander, ibid., febrero de 1939.) Marx negaba que existiera un “tipo natural de interés”, determinado por “factores reales”, esto es, por los factores de la producción.

57 Ver Dr. Kalecki, op. cit.

58 Ver Harrod, Trade Cycle, pp. 168-70, etc.

59 El Capital, t. III, p. 455.

60 Citado supra, pp. 66 ss. Por otra parte, este último pasaje del vol. II fue escrito en fecha posterior a la del pasaje del vol. III. (Ver supra pp. 73 ss.)

61 Marx, El Capital, ed. cit., vol. III, p. 243

62 Puesto que el nivel de consumo limita la magnitud de las industrias de consumo y, por consiguiente, la cantidad de equipo existente en esas industrias, un volumen dado de inversiones pronto se traducirá necesariamente en una profundización de la estructura del capital ‑en una elevación de la composición orgánica‑ a medida que el consumo sea menor. En el lenguaje de un capítulo posterior, la “saturación de capital” se alcanza más pronto con un ritmo dado de inversión cuanto menor es el nivel de consumo.

63 E. Varga, por ejemplo, en su Great Crisis and its Political Consequences sostiene que Marx define las crisis como el conflicto entre la “capacidad productiva” y “la capacidad de consumo”, interpretándolo, por tanto, en un sentido aparentemente luxemburguiano como un problema de los mercados y de la venta de las mercancías, aunque admite, sin embargo, que esto es expresar el problema en una “forma considerablemente simplificada e incompleta”. Una tendencia similar puede percibirse en el libro de Lewis Corey, The Decline of American Capitalism, especialmente en sus pp. 66 y 71.

64 El Capital, ed. cit., vol. III, p. 247.

65 Bertrand Russell, por ejemplo, hace esta afirmación en Freedom and Organization, pp. 231-32.

66 Publicada en un panfleto con el nombre de Valor, precio y beneficio.

67 Ver J. R. Hicks, Theory of Wages, pp. 123-2?.

68 El Capital, ed.cit., vol III, p. 248.

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