PolyluxMarx. Material educativo para la lectura de El Capital

PolyluxMarxSi nos han seguido con regularidad, sabrán que nuestro lema siempre ha sido leer a Marx, directamente y sin intermediarios o intérpretes. Pero también hemos defendido que cualquier material que ayude al entendimiento y comprensión de lo leído, bienvenido sea. Ese fue más o menos el leitmotive de Marx desde Cero.

Unos años después, comprobamos que no estábamos tan locos. La Fundación alemana Rosa Luxemburgo Stiftung  ha elaborado un material educativo para la lectura y comprensión del Primer Volumen de El capital de Marx, y lo han llamado PolyluxMarx. Publicado por  la editorial Karl-Dietz-Verlag y disponible su descarga en la web de la Fundación, reproducimos el primer tema. Interesante, muy interesante…

Salud y revolución. A, Olivé

DAR CON EL VALOR. LEER EL CAPITAL EN TIEMPOS DE CRISIS

En la revista cultural en línea perlentaucher.de la introducción de David Harvey a El Capital es de los libros «más buscados» (según datos de otoño de 2011). En muchas librerías los estantes correspondientes al tema «Economía y política» están repletos de novedades en torno al tema Marx. Y la demanda por El Capital tampoco ha bajado; es mas, el interés por este clásico no ha cesado, y eso desde mucho tiempo antes de que surgiera la crisis inmobiliaria y financiera de 2008. Fue poco después de que comenzara el nuevo milenio cuando paulatinamente empezó a resurgir el interés por acercarse de nuevo a Marx. Así surgieron círculos de lectura organizados por los interesados e interesadas, lo mismo que seminarios de estudiantes en universidades y otros centros educativos con una
cada vez mayor asistencia. Las causas son todas de muy diferente índole.

Una década después de la caída del muro, cuando ya se había mandado a Karl Marx al basurero de la historia, empezó a divisarse que el tan proclamado «fin de la historia» podría devenir en un terror interminable. Desde entonces la brecha entre pobres y ricos se abre de forma progresiva: las crisis económicas invaden el globo terráqueo, los conflictos militares van en aumento y la crisis ecológica adquiere una magnitud sin precedente. A todo ello se enfrentan los habitantes del siglo XXI. Las explicaciones habituales que ofrecen los manuales de la teoría económica dominante pierden cada día más credibilidad. Ya ni los más liberales de los liberales hablan de la mano invisible del mercado que conduzca al mejor de los mundos posibles. Asimismo, desde que finalizó el conflicto esteoeste ha crecido una generación que no presenció conscientemente la caída del muro de Berlín; y ni hablar de la época de la guerra fría. Las luchas enconadas en favor y en contra de Marx, que a la vez significaban la adhesión a todo un sistema social, quedaron en el pasado. La realidad de esta generación ahora está determinada por la globalización capitalista, con sus consecuencias devastadoras y las múltiples luchas de los diferentes actores que la critican. Al mismo tiempo, en las universidades disminuyen las opciones para dedicarse a las teorías económicas y sociales críticas. La «bachelorización»(1) de las universidades, la eficiencia como punto de referencia y la presión en cuanto al rendimiento se oponen al interés por un conocimiento que requiere tiempo y tranquilidad. Únicamente en algunos nichos de los institutos y las facultades se practica una ciencia que plantea explicaciones sobre el funcionamiento del orden social, político y económico existente más allá de justificaciones y aprobaciones.

De modo que el nuevo despertar del interés en los escritos de Marx puede interpretarse como el deseo de muchas personas —en su mayoría jóvenes— para comprender su propia realidad, percibida como conflictiva. Recurrir precisamente a El Capital de Marx tiene que ver, entre otras cosas, con que en todas partes se le atribuye (erróneamente) a Marx que pronosticó el derrumbe del capitalismo o que desarrolló la propuesta para crear una sociedad que dejara atrás a la capitalista. Lo menos que se asocia con él es que pudo anticipar en gran medida la evolución del capitalismo (y eso sí es correcto).

Por fortuna, hoy se lee a Marx sin tener que seguir líneas ideológicas fijadas por el Estado. Acercarse a Marx puede ser por iniciativa propia: ni es una obligación ni tampoco se tienen que seguir determinadas interpretaciones previamente establecidas para leerlo. La mayoría de las y los participantes en los cursos de lectura de El Capital son, además, ajenos a las crispadas disputas de interpretación que suelen darse en torno a la lectura correcta y a la tendencia —tan presente en la izquierda— de sumarse a escuelas que forjan una determinada identidad. Gracias a todo ello se ha favorecido el renacimiento de la obra principal de Marx.

Ahora bien, es un error pensar que con una sola ojeada a El Capital puede obtenerse, por así decirlo, la llave para explicarse las turbulencias momentáneas de los mercados financieros, la crisis de la deuda en Grecia o los precios energéticos al alza en el mundo. Igual se decepcionará quien espere conocer en dos o tres sesiones toda la verdad sobre la conformación económica de nuestra sociedad. La lectura de Marx, lo mismo que la materia que se estudia, están de por sí colmadas de escollos. Para empezar, en El Capital no se expone una teoría terminada. Durante décadas Marx se formuló preguntas, investigó y escribió; incluso el objeto de su interés gnoseológico cambió al paso de los años. Pasaba días en la biblioteca del Museo Británico de Londres, leyendo y al mismo tiempo batallando con su tema: una y otra vez desechó su trabajo para reordenarlo y nuevamente volver a pulir la exposición de su complejo estudio. Su plan original de publicar seis libros semejantes a El Capital en volumen terminó frustrándose: primero porque se exigía mucho a sí mismo y luego porque su salud estaba muy deteriorada; al grado que finalmente terminó vencido por la muerte. Por eso la obra marxiana es un sitio analítico en construcción, un torso; o sea, todo menos una teoría acabada, coherente y pensada hasta el final.

Con todo y que El Capital quedó incompleto, se trata de una obra voluminosa. Marx no concluyó el análisis en el primero tomo, sino que lo extendió a lo largo de los tres tomos. De aquí que el gran número de páginas que deben leerse desaliente a muchas personas. «¿Por qué leer un libro, no, un librote de más de 2,300 páginas? Todo un mamotreto que además fue publicado por primera vez hace 140 años.» Así resume Michael Krätke el 2 de octubre de 2008 en el diario de izquierda junge Welt los recelos que suelen cundir a raíz de eso. Cabe agregar que Marx estructuró su «Crítica de la economía política» de tal forma que cada una de las secciones se enlazan de manera singular: tratar de leer en zigzag o escoger únicamente algunos capítulos impide comprender la manera como Marx analiza el modo de producción capitalista.

La forma como avanza el proceso de exposición, y con ello el de conocimiento, no es lineal sino son frecuencia serpenteante; con cortapisas y altibajos. El objeto del análisis marxiano (el modo de producción capitalista) se presenta desde el comienzo de El Capital, sin muchas definiciones, pero a lo largo de los tres tomos la exposición se torna cada vez más compleja y polifacética hasta llegar a responder las preguntas que mantuvieron ocupado a Marx durante décadas: ¿cuáles son los principios estructurales, cuáles los modos de funcionamiento y cuáles las racionalidades de comportamiento que convierten al capitalismo en capitalismo?

Con Marx se ejercita la percepción de las estructuras sociales en las que forzosamente nos movemos; de la «coerción sorda de las relaciones económicas» (Tomo I, Vol. 3: 922), junto con la lógica del comportamiento y la conciencia de quienes actúan como resultado de ello. La forma poco común en la que Marx fundamenta científicamente estos contextos hace que lo mismo se enriquezcan o se frustren las sucesivas reflexiones sobre los estados del capitalismo «trastocados» y «que trastocan o desplazan». Al comenzar la lectura de El Capital hay que enfrentarse a muchas preguntas sin respuestas y armarse de paciencia para dejarlas sin contestar por el momento; es decir, hay que sobrellevar esas contradicciones. Desde las primeras páginas del primer tomo surgen preguntas a las que pueden encontrarse diferentes respuestas; según la lectura y las suposiciones: ¿qué significa «valor»?, ¿exactamente de dónde viene?, ¿es El Capital también una historia del capitalismo?, ¿por qué comienza Marx su análisis con la mercancía? Las respuestas ponen de manifiesto las distintas interpretaciones de la obra marxiana.

En ocasiones Marx utiliza un lenguaje peculiar para los hábitos de lectura de nuestro tiempo, a la vez que emplea términos de la vida cotidiana (como «valor», «fetiche» o «productivo», por ejemplo), provistos de un significado muy específico en su obra y que, las
más de las veces, poco tiene que ver con nuestras asociaciones espontáneas. Esta peculiaridad provoca confusiones y opiniones divergentes acerca de cómo debe interpretarse lo leído. Cabe agregar que a través de MEGA2 hoy podemos saber cómo y en qué parte Engels compiló los tomos dos y tres a partir de los manuscritos que Marx había dejado. Gracias a los manuscritos de sus investigaciones a las que ahora tenemos acceso, Krätke asegura que es posible «identificar los problemas en los que Marx trabajó reiteradamente y hasta dónde llegó». Marx conocía muy bien la dificultad de su obra, al menos por lo que se refiere al comienzo de El Capital. En una carta que le escribe al editor del primero tomo en francés acerca de su método de investigación, expresa la preocupación
por desalentar a los lectores y lectoras impacientes: «Nada puedo contra ese inconveniente, sin embargo, salvo advertir y prevenir acerca de él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay caminos reales, y sólo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados.» (Tomo I, Vol. 1: 21)

Pese a todos los obstáculos, la lectura perseverante se ve recompensada: El Capital revela las relaciones como relaciones de clase, pone al descubierto la ideología dominante en la «sociedad de los servicios» y «de la información», presuntamente sin clases, al mismo tiempo que desenmascara el discurso del supuesto fin de la historia, que estiliza la economía de mercado capitalista como la que corresponde a la «esencia» del ser humano, como individualismo engreído. Con Marx se explica de manera lúcida, por ejemplo, cómo la fe en las bendiciones del libre mercado no se reduce simplemente a los intereses de las clases dominantes, sino que radica en la naturalización de formas sociales histórico-específicas que se encuentran en todas partes. Es decir, en la sociedad burguesa las personas identifican a partir de sus percepciones cotidianas las cosas que les rodean y las condiciones en las que viven con los modos de producción y de vida capitalistas: el dinero, en su cualidad material, parece ser algo valioso que trasciende la historia; lo mismo que la propiedad privada y la competencia parecen ser estímulos necesarios por naturaleza para la creatividad y entrega, y el intercambio de mercancías la única posibilidad para que las personas tengan acceso a los bienes y servicios que necesitan o desean tener.

La «Crítica de la economía política» cuestiona a fondo la conciencia cotidiana: incluso —y precisamente— la propia. Marx examina al mismo tiempo hasta qué punto esas percepciones cotidianas se fundamentan en esta sociedad misma, por lo que son de cierta forma plausibles tanto para el capitalista como para los asalariados y asalariadas: por ejemplo, por qué es lógico que exijan primero un salario «justo» o por qué el principio del individuo racional, egoísta, que se dedica a buscar la máxima utilidad («el hombre es un lobo para el hombre») en una sociedad donde rige la ley del más fuerte, se explica con una característica inherente a la «naturaleza humana», prácticamente innata. O igualmente cómo llegó a estar tan difundida la idea del («buen») capital productivo frente al («mal») capital especulativo, e incluso percibir a los dos ámbitos como si estuvieran separados el uno del otro; así como por qué «jefes codiciosos» y «directivos incapaces» se consideran a menudo el mal de una economía que en el fondo se supone sana, al tiempo que las crisis se presentan como desviación de una economía que, por lo demás, se desenvuelve con normalidad.

Quien se adentre en la lectura intensiva de El Capital descubrirá que las constantes básicas de nuestra vida y supervivencia, a menudo no cuestionadas (dinero, propiedad e intercambio de mercancías), pertenecen al capitalismo y son su característica nodal; pese a que de ninguna manera son necesidades naturales suprahistóricas o dadas por voluntad divina. Detrás de las cosas se manifiestan las condiciones sociales y las relaciones entre las personas, por lo mismo, conceptualizarlas para profundizar en todas sus contradicciones es la base de la obra maestra de Marx: de ello sin más ni menos es de lo que trata el análisis.

Para estudiar el modo de producción capitalista en el siglo XXI, en todas sus manifestaciones histórico-específicas, leer El Capital no es suficiente. Marx analiza el modo de producción capitalista «en su término medio ideal» (Tomo III, Vol. 8: 1057), con lo que pretende darle validez a las diferentes formas en las que se presenta el capitalismo en tiempo y espacio. Marx escribe que «la misma base económica —la misma con arreglo a las condiciones principales—, en virtud de incontables diferentes circunstancias empíricas, condiciones naturales, relaciones raciales, influencias históricas operantes desde el exterior, etc., pueda presentar infinitas variaciones y matices en sus manifestaciones, las que sólo resultan comprensibles mediante el análisis de estas circunstancias empíricamente dadas» (Tomo III, Vol. 8: 1007). Saber cómo se manifiestan estas distintas formas del capitalismo, qué es lo que diferencia el capitalismo actual y sus crisis de los capitalismos anteriores, no se logrará con el solo estudio de Marx, sino que hay que recurrir también a otros análisis.

Ahora bien, cuando se les pregunta a las personas que asisten a los cursos de lectura de El Capital sobre su motivación para leerlo sin tirar la toalla (un gran número abandona la lectura luego de un par de capítulos), se observa todo un colorido ramo de intereses y motivos que van desde la sobria afirmación de que la lectura de El Capital es estimulante y ayuda a tener bases más sólidas para el debate político, pasando por el deseo de adquirir fundamentos teóricos para la propia crítica —a menudo difusa— de las relaciones sociales, o la convicción de que si se quiere comprender a la sociedad en su conjunto simplemente no puede pasarse por alto a Marx, hasta por el puro gusto que les da el estilo divertido, mordaz y en ocasiones literario que emana de la pluma de Marx.

Durante la lectura del texto y el análisis detallado de las categorías que Marx desarrolla en su obra, a las y los participantes suelen abrírseles diversas puertas hacia el conocimiento. Su asombro ante la manera como El Capital ofrece una mirada tan diferente y poco común, pero al mismo tiempo fascinante sobre la sociedad, aligera el proceso de lectura subsecuente. Donde en momentos todo parece «tan nebuloso», una y otra vez se logra ascender a cúspides que realmente permiten mirar determinados contextos. Y finalmente
porque no es sino hasta en el tercer tomo cuando se analizan por medio de la categoría del capital ficticio los movimientos de crisis en los mercados financieros y el sistema crediticio hay motivo suficiente para perseverar en el estudio. Incluso volver a leer El Capital puede sacar a la luz nuevos aspectos que no se habían detectado antes, o bien puede ser que se dude de lo que ya parecía estar aclarado.

«ENTRAR EN LA LECTURA DE EL CAPITAL»

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Para comprender el capitalismo en el siglo XXI, El Capital sigue siendo sumamente revelador. Marx analiza el modo de producción capitalista en «su término medio ideal» (Tomo III, Vol. 8: 1057). Su estudio es tan abstracto que su validez puede plantearse sin importar el país o el momento en el que predomina el respectivo modo de producción capitalista; y en esta lectura se basan los autores y autoras de este material educativo. Y es precisamente porque Marx no examina un determinado capitalismo histórico (como el capitalismo de la Inglaterra del siglo XIX), sino que se concentra en sus leyes generales de movimiento, lo que hace su análisis tan actual. A pesar de ello hay quienes leen El Capital como la historia del desarrollo del capitalismo, o como la descripción del capitalismo en el siglo XIX; no obstante, leerlo de esa manera si acaso le da un valor histórico a El Capital (como si fuera un libro de historia). Esto sucede porque tanto en los textos del propio Marx como en los de Engels, sobre todo, hay pasajes que sugieren esa interpretación. Así que, para formarse una opinión propia, no hay más remedio que ahondar en El Capital.

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A finales de los años cincuenta del siglo XIX, los estudios a los que Marx se ha dedicado devienen en la elaboración de una teoría propia. Entre 1857 y 1858 redactó el primer esbozo de El Capital (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política), en 1859 publicó el primer fascículo de Contribución a la crítica de la economía política, únicamente con el capítulo sobre «Mercancía y dinero». No fue sino hasta 1867 cuando por fin se pudo editar el primer tomo de El Capital. Para su segunda edición (1872) Marx revisó el primer capítulo y reestructuró su exposición, por lo que dividió el libro en secciones y capítulos. Para su traducción al francés (1875) volvió a redactar la sección sobre el proceso de acumulación; un texto que iba a ser la base para la tercera edición alemana. Pese a todo su empeño para continuar con el primer tomo, Marx dejó su obra inconclusa; de ahí que Engels haya tenido que enfrentarse a una tarea casi imposible de resolver: en el legado de Marx encuentra todos los manuscritos con los que reconstruye los tomos dos y tres de El Capital. Debido a que Marx los redactó en diferentes momentos y expresan los diferentes conocimientos que había adquirido, Engels tuvo que enfrentarse a la dificultad de ordenar los textos, unificar la terminología y reestructurar varias partes.

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Marx invirtió casi 40 años de su vida para elaborar su obra magna. Desde su primer periodo de emigración en París estudió la literatura clásica y contemporánea, sobre todo en torno a la economía política (Cuadernos de París 1844). Más tarde retomará esos estudios en el exilio londinense (Cuadernos de Londres 1850-1853). Como los economistas británicos Adam Smith y David Ricardo ya habían escrito sobre los principios de la economía política y la tributación, Marx se apoya en ellos, los valora, pero también critica su pensamiento y, sobre todo, se distancia de la economía política tal como la conciben los profesores consagrados en Alemania. La recepción de la obra marxiana varía según el contexto histórico y político. Poco después de haberse constituido el Partido Obrero Socialdemócrata en Alemania (1869), Bismarck* prohibió este movimiento político mediante la «Ley Socialista» (1878-1890), también conocida como «leyes antisocialistas». Con la fundación de la Segunda Internacional (1889) súbitamente aumentó la difusión y el estudio de la teoría marxiana, así como la disponibilidad de sus escritos. De este modo, el «marxismo», como se comenzó a llamar, empezó a difundirse ampliamente en Europa a finales del siglo XIX.

*Otto von Bismarck (1815-1898), político prusiano. Después de la guerra franco-prusiana de 1870 a 1871 consiguió la proclamación del Imperio Alemán y fue su canciller de 1871 a 1890. Estableció un régimen autoritario, amparado por una constitución que aparentemente garantizaba ciertos derechos y una legislación social que en el papel se consideraba la más avanzada del momento, pero al mismo tiempo reprimió duramente el movimiento obrero (N. de la T.).

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Marx pone muy en alto el listón cuando se propone someter todo un campo teórico, incluyendo sus premisas, a una extensa crítica. Aunque para Marx la economía política había aportado muchos conocimientos acertados (lo mismo que las bases útiles para su propio análisis), rara vez formuló las preguntas adecuadas para el objeto de su investigación; se quedó apegada a las formas burguesas del pensamiento. En este sentido la crítica marxiana de la economía política no es únicamente la crítica de una determinada concepción teórica y científica, sino también una reflexión crítica sobre la sociedad a la que se refiere esta ciencia de modo afirmativo.

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El análisis marxiano es completamente diferente al de la economía política clásica y neoclásica. En vez de basar el análisis de la sociedad en los motivos, intereses y acciones que suelen atribuírsele a los individuos (como el célebre homo economicus donde el individuo racional, completamente informado busca siempre la máxima utilidad), en El Capital las personas aparecen como la «personificación de categorías económicas»; esto es, los intereses, las estructuras y las relaciones de clase están inscritos en las personas y actúan a través de ellas: de ahí que el ser humano sea el «conjunto de las relaciones sociales» (Tesis sobre Feuerbach [VI]). En otras palabras: lo que explica el sistema económico no son los cálculos del individuo, sino es a la inversa; es decir, es partiendo de las estructuras del sistema cómo puede analizarse —aunque no determinar ni predecir— la actuación de los individuos. He aquí un ejemplo: no es la codicia de los ejecutivos la que ocasiona la crisis financiera, sino que la lógica del movimiento del capital (financiero) explica la codicia de los ejecutivos. El que Marx remita explícitamente a su método analítico en el prólogo del primer tomo de El Capital subraya la importancia que tiene para la comprensión de su teoría.

Diapositiva 7 (de 8)

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El dinero (D) compra fuerza de trabajo (FT) y medios de producción (MP). P es el proceso de producción en el que se gesta un producto que vale más (M’) que la suma de FT y MP. Este producto se transforma en más dinero (D’) que el dinero originalmente adelantado (D). D’ se vuelve a invertir (como D nuevo), el mismo proceso comienza otra vez. Los guiones [—] representan actos de intercambio, los puntos […] simbolizan el proceso de producción en el que no se lleva a cabo ningún intercambio. — Marx presenta esta fórmula ilustrativa de modo explícito en el segundo tomo. Si bien los conceptos y contextos aquí expuestos no se explican por sí mismos, lo cierto es que ofrecen una noción general.

Diapositiva 8 (de 8)

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SUGERENCIA:
Quien entre en pánico con esta diapositiva estará (por de pronto) en lo correcto. Marx aseguró al respecto: «Nada puedo contra ese inconveniente, sin embargo, salvo advertir y prevenir acerca de él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay caminos reales, y sólo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosos aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados.» (Tomo I, Vol. 1: 21)

Este es un diagrama simplificado que muestra cómo se interrelacionan los diferentes niveles de la presentación del primer tomo. Además, la diapositiva sirve de orientación en cuanto a los cuadros «Nivel de presentación» que aparecen en cada una de las siguientes diapositivas. —*Explicación: «inmediato» significa que prescinde de cualquier mediación. Aunque la producción y reproducción del capital están mediadas por la circulación, a este nivel de la presentación todavía no está incluida ya que es tema del segundo tomo de El Capital. Del mismo modo, hasta el capítulo 22 inclusive, en general no se toman en cuenta las demás formas del capital. Aquí se trata de un capital individual que aún no está del todo determinado. Por lo general, Marx siguió determinando las categorías durante toda su exposición; es decir, los aspectos adicionales se analizan más adelante en otro nivel de abstracción. Por ejemplo, la mercancía está determinada con mayor detalle al final del primer tomo que en el primer capítulo ya que Marx no pudo exponer todo al mismo tiempo.

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