Clara Zetkin y el origen del 8 de Marzo

No pudo ser. Mucho nos hubiera gustado haber contribuido a la conmemoración del día de la mujer trabajadora -8 de marzo-, pero al final no pudo ser. Aunque si hacemos caso al refranero, nunca es tarde si la dicha es buena; y aunque nos gusta celebrar y conmemorar una efemérides, pensamos más en los 364 días de lucha restantes. Sí de lucha, porque mientras se siga dando desigualdad entre hombres y mujeres (en salarios, en desarrollo profesional, en oportunidades…), se siga produciendo violencia, habrá que luchar, y mucho.

CZetkin

¿Y quién mejor que Clara Zetkin para aproximarnos a las cuestiones de la lucha de las mujeres por la igualdad?. Difundimos el trabajo de Jean-François Cabral, miembro de la dirección del NPA de Francia, publicado en la maravillosa revista sinpermiso. ¿Vamos chicas? …y chicos, claro.

Salud y república. Olivé

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Clara Zetkin y el origen del 8 de Marzo

Jean-François Cabral

8 de marzo 1911: el primer día internacional por los derechos de las mujeres es un éxito, sobre todo en Alemania, donde solo en Berlín tienen lugar más de cuarenta reuniones y eventos. Según Clara Zetkin, que fue la instigadora y quien hizo adoptar la celebración a la Segunda Internacional un año antes, aquella jornada fue “el movimiento de protesta más masivo que se ha conocido a favor de la emancipación de la mujer[1].

Sin embargo, la tarea no fue fácil. Militante del Partido Socialdemócrata de Alemania en 1881, Clara Zetkin dirige la revista de las mujeres socialistas Gleichheit (“Igualdad”), que alcanzó con dificultad los 4.000 ejemplares a principios de siglo XX, desde 1891 hasta 1916. Sin embargo, la circulación creció hasta los 28.000 ejemplares en 1905 y a 125.000 en 1914.

Secretaria Internacional de las Mujeres Socialistas de la Segunda Internacional, Clara Zetkin participa en todos los combates de su ala izquierda, junto a Rosa Luxemburgo. Miembro fundadora del Partido Comunista de Alemania (KPD) en enero de 1919, escapó a la masacre y continúa la lucha desde el sur de Alemania antes de ponerse al frente en Moscú de la secretaría de la mujer de la Tercera Internacional. Elegida diputada del Reichstag como comunista sin interrupción hasta 1933, asistió a la toma del poder nazi antes de morir un par de semanas más tarde.

Esta es la historia que queremos trazar aquí, en la que se mezclan íntimamente la lucha por la emancipación de la mujer con la del proletariado.

El auge del movimiento obrero

La juventud de Clara Eissner es una expresión más de todas las transformaciones que conoce Europa durante este período. Nacido en 1857 en el seno de una familia de artesanos en Sajonia, una región entonces pobre y remota, se familiarizará muy pronto con las ideas de la Revolución Francesa que se prolongan de alguna manera con las de 1848 en Alemania. Su madre, a pesar de su origen modesto, es una ávida lectora de George Sand, que mantenía correspondencia con las pioneras del movimiento feminista. Una comunidad de inmigrantes rusos sembró las primeras semillas del socialismo en la región.

Clara, que convive con uno de estos inmigrante llamado Zetkin, aspira conocer el amplio
mundo. Se encuentra en París con todas las corrientes de un movimiento obrero renacido en la década de 1880, después de la masacre de los Comuneros. Mientras que Alemania, nace en 1875 el primer partido obrero importante de la historia: la socialdemocracia, producto de la fusión entre la corriente lassalliana y la minoría que se reclama de Marx. Clara escribe cada vez más para el periódico de Kautsky: Die Neue Zeit (“Tiempos nuevos”).

En el punto de encuentro de estas diferentes influencias, Clara juega un papel activo en el
nacimiento de la Segunda Internacional en París en 1889, donde presentó por primera vez un informe sobre el papel de las mujeres en la clase obrera y el movimiento socialista, haciendo del trabajo una herramienta a sus ojos fundamental de su emancipación. Sin dejar de lado tampoco la trampa de la “doble jornada”, como dice en una de sus cartas a Karl Kautsky: “Apenas había comenzado a meterme de lleno en el estudio de Louise Michel [para un artículo] cuando tuve que sonarle los mocos al N º 1, y apenas me había sentado a escribir, cuando me toco darle de comer al N º 2. A lo que hay que añadir la miseria de una vida bohemia“. [2]

Clara Zetkin regresó a Alemania en 1890 en un momento decisivo: las leyes que prohibían la Socialdemocracia son derogadas. Comienza una nueva etapa. Su prioridad es dirigirse a las mujeres que se acercan al socialismo con un material especialmente adaptado, al mismo tiempo que participa activamente en la vida de la Internacional y su partido alemán. En 1895 se convirte en la primera mujer miembro de un órgano de dirección del SPD, elegida para su comisión de control.

Oprimidas como mujeres, explotadas como trabajadoras

Esta lucha no es una sinecura. La legislación es profundamente retrógrada en un país que todavía en el siglo 20 es una curiosa mezcla de feudalismo conservador (el de los “Junkers”, los grandes propietarios de tierras) y de difusión de las ideas más progresistas por parte de algunos círculos liberales y del movimiento obrero.

No sólo se trata de la cuestión del derecho al voto. Especialmente en el Reino de Prusia (el Imperio alemán ha conservado una gran autonomía después de la unidad alcanzada en 1871), las mujeres simplemente no tienen el derecho a afiliarse a una organización política hasta 1908. ¡Ni siquiera tienen derecho a asistir a una reunión política!

Es cierto que, hasta ese momento, a las mujeres no se les permite pasar el Abitur (equivalente a la revalida de bachillerato) o ir a la universidad. Hasta 1918 las maestras no tendrán derecho a casarse sin tener que abandonar su profesión, ya que el ejercicio de la enseñanza -a menudo el único trabajo posible para las mujeres que han estudiado- es fácilmente confundido con un verdadero sacerdocio.

El propio Kaiser Guillermo II declara que: “La misión principal de las mujeres no es participar en esas reuniones ni conquistar los derechos que le permitan ser iguales a los hombres, sino cumplir en silencio sus labores domésticas, cuidar a su familia y educar a las generaciones más jóvenes, inculcándolas ante todo el deber de obediencia y el respeto a los mayores[3]. En esta Alemania Guillermina, que pretende regenerar un mundo considerado “enfermo”, dando ejemplo de disciplina y orden, el lugar asignado a las mujeres tiene una función política e ideológica clara. Ponerla en cuestión lleva lógicamente a cuestionar el orden patriarcal que se entrelaza a la perfección con el orden social dominante.

Pero dirigirse a las mujeres más explotadas representa una dificultad añadida. A diferencia del proletariado masculino concentrado cada vez más en las grandes fábricas, el proletariado femenino está mucho más disperso, y no tiene, generalmente, ninguna formación profesional. La mayoría de las trabajadoras están empleadas en pequeñas unidades de producción artesanales y sobre todo en el trabajo en el hogar o en ocupaciones tales como el servicio doméstico, camareras en cafeterías o restaurantes (a veces equiparadas a prostitutas).

El proletariado femenino es mucho más difícil de organizar. La tasa de sindicalización es
superior al 50% en los hombres, pero es sólo el 9% en las mujeres empleadas.

Las mujeres y el socialismo

La referencia para Clara Zetkin, como para todos los activistas de la época, es el libro que publicó en agosto de 1891 August Bebel, La mujer y el socialismo. Siendo él mismo uno de los principales líderes del partido, se inspiró en gran medida en la obra de Engels, publicada en 1884 [4], El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Para este último, la cuestión de la emancipación está estrechamente vinculada al trabajo: “Para que la emancipación de la mujer sea factible, debe primero la mujer participar en la producción a gran escala y que el trabajo doméstico no le ocupe más que un tiempo insignificante. Y ello no ha sido posible más que con la fábrica moderna que no sólo admite a gran escala el trabajo de las mujeres, sino que también lo exige formalmente y tiende cada vez más a hacer del trabajo doméstico privado una industria pública”.

Por tanto, la cuestión se plantea a dos niveles: gracias a la evolución general introducida por el capitalismo con la generalización del trabajo asalariado, las mujeres pueden empezar a escapar de las garras de la familia para conquistar el comienzo de una autonomía financiera y participar en las luchas del proletariado por el socialismo; también gracias a estos avances podemos imaginar en otra sociedad la extinción gradual de la frontera entre la esfera pública y la esfera privada, lo que puede reducir significativamente el peso de las tareas domésticas y permitir una participación efectiva en los asuntos cívicos.

Este enfoque se acompaña con una consideración más amplia y fundamental, que es la estrecha relación entre el patriarcado y el tema de la herencia – en particular, su transmisión –asunto básico en la mayoría de las sociedades de clases. Pero, al mismo tiempo, ignora otros aspectos: las muy variadas formas de opresión, que pueden persistir incluso en una sociedad sin clases. Basta con volver al ejemplo citado por Engels: la gran industria -desarrollada de una manera racional y planificada por el proletariado- probablemente pueda reducir significativamente la carga del trabajo doméstico, sin que ello signifique automáticamente una mejor distribución de su gestión diaria entre hombres y mujeres.

Después de un largo período de ensayo y error, la contribución de Clara Zetkin es doble: dar a la lucha feminista su dimensión completa, al incluir en su reflexión las distintas dimensiones de la opresión de la mujer, mientras se mantiene firmemente en una perspectiva de clase.

Por la conquista de los derechos democráticos y sociales

Significativamente, su primer folleto sobre el tema se titula Las trabajadoras y la cuestión de la mujer en nuestro tiempo. Aborda la dimensión específica de la cuestión de la mujer, pero la lucha feminista de las militantes socialistas no es la misma que la de corrientes, incluso las más progresistas del “feminismo burgués“.

Porque todo es diferente, según Clara Zetkin: el medio al que se dirigen, las preocupaciones, los objetivos, los medios de acción. Como dice al Congreso de 1896: “Comprometido con la lucha de clases, el proletariado necesita tanto como la mujer de la pequeña y mediana burguesía y las intelectuales la igualdad jurídica (…) Pero a pesar de todos estos puntos de encuentro (…) el proletariado no tiene nada en común en cuanto a sus intereses económicos esenciales con las mujeres de otras clases. La emancipación de la proletaria no será obra de las mujeres de todas las clases, sólo del esfuerzo de todo el proletariado, sin distinción de sexo“.

El centro de gravedad es la lucha por el socialismo. Y la primera reivindicación es mejorar las vidas de las trabajadoras, exigiendo la igualdad de remuneración, pero también disposiciones específicas, tales como la licencia de maternidad, o la abolición del trabajo nocturno. Los argumentos utilizados es cierto que no siempre son inequívocos. Porque esta última reivindicación, por ejemplo, se apoya en la necesidad de preservar la salud de la mujer como madre. Pero en el mundo del trabajo, esta campaña se encuentra con una respuesta favorable que abre muchas otras oportunidades para discutir de todo.

Clara Zetkin está profundamente comprometida a mantener una total independencia vis-à-vis lo que llama el “feminismo burgués“, que es muy hostil a los socialdemócratas, con la excepción de una pequeña franja que se considera más “progresista” al llamar a votar por los liberales, que sin embargo no incorporan prácticamente ninguna de sus reivindicaciones. Esto no impide que Clara Zetkin plantee una política particularmente ofensiva, especialmente en el campo de los derechos democráticos.

La lucha por el derecho de las mujeres a votar es un ejemplo. Esta reivindicación es defendida por Clara Zetkin en colaboración con otros movimientos feministas. Sin embargo, debe luchar en dos frentes. Dentro de la socialdemocracia debe sobre todo hacer que las palabras se correspondan con los hechos. A los movimientos feministas debe convencerles de que se debe conceder el sufragio a todas las mujeres -incluso las pobres– lo que está lejos de conseguirse (a sabiendas de que el sufragio universal masculino no existía en algunos estados como Prusia).

En una conferencia de mujeres en Stuttgart en 1907, Clara Zetkin aprobó una resolución en la que se especifica que “los partidos socialistas de todos los países tienen el deber de luchar vigorosamente por la introducción del sufragio universal para las mujeres“. En la conferencia de Copenhague en 1910, se decidió organizar cada año en marzo, un día internacional de la mujer: será el 8 de marzo. La reivindicación inmediata es obtener el derecho al voto.

Hecho notable: gracias a esta reivindicación democrática, el movimiento obrero es capaz de
arrastrar a la mayor parte del movimiento feminista que está todavía en la estela de los partidos liberales. Pero también podemos observar que esta reivindicación se obtuvo en Alemania como resultado de una revolución, tras el derrocamiento del Emperador, el 9 de noviembre 1918, y la proclamación de la República. Mucho antes que en Francia.

En el partido también 

Clara Zetkin repite sin cesar que “la emancipación de la proletaria no puede ser obra de las mujeres de todas las clases, sólo el esfuerzo de todo el proletariado, sin distinción de sexo“, lo que implica que esta preocupación es realmente tomada en serio en el partido.

Por desgracia, su labor parte con una gran desventaja que es la influencia de Lassalle y su
posiciones muy próximas a las de Proudhon, que consideraba que el lugar “natural” de las mujeres es el hogar. Marx y Engels defendieron una posición diferente, pero a principios de 1870, no es raro ver todavía como los sindicatos votan por la abolición del trabajo femenino. Así que después de una larga batalla los marxistas, con August Bebel, imponen un punto de vista completamente diferente, siendo al mismo tiempo el Partido Socialdemócrata realmente la única vanguardia en este tema.

Pero del programa a la acción cotidiana de sus militantes, a veces hay un gran margen. Clara Zetkin está convencida: para convertirla en una verdadera preocupación, hay que dar una mayor visibilidad y una mayor responsabilidad a las mujeres en el partido. En particular, sus estatutos prevén la posibilidad de que en los Congresos las mujeres puedan designar directamente un número de delegadas si las mujeres no son elegidas en las asambleas de las secciones locales. Clara Zetkin luchó activamente por la aplicación efectiva de la susodicha cláusula, no sin éxito: hay sólo 25 mujeres delegadas en 1901, pero son 407 en 1907.

Clara Zetkin organiza con ocasión de cada Congreso una conferencia a una conferencia de
mujeres previa, que reúne a las mujeres para que puedan discutir una serie de temas que a
continuación se puedan defender de una manera más coordinada en la conferencia. La práctica también se extiende en la Segunda Internacional con las “conferencias internacionales de mujeres“. Así, en una de ellas, en Copenhague en 1910, se adopta la celebración del 8 de marzo.

La batalla se libra a dos niveles: se trata de alentar a las mujeres a participar en todas las tareas del partido, al mismo tiempo que se realiza un trabajo específico hacia las mujeres proletarias. Sobre el primer punto, Clara impone el término “Vertauenspersonnen” (personas de confianza) para designar a los propagandistas del partido, en lugar de “Vertrauensmänner” (hombres de confianza), con el fin de demostrar que esta tarea también está abierta a las mujeres. Al mismo tiempo, los estatutos establecen en 1905 que “la propaganda sistemática en el proletariado femenino es llevada a cabo por las delegadas electas, si es posible en todas las áreas, de acuerdo con las direcciones del partido“. Al mismo tiempo, las ventas de Gleichheit literalmente se disparan, una señal de que algo está cambiando en el alma del partido.

Soñar la emancipación completa 

Contrariamente a algunos prejuicios, el movimiento obrero de la época es consciente de los problemas que, es cierto, se convertirán más adelante en una prioridad, especialmente en 1960-1970.

En una Alemania todavía profundamente imbuida de la moral religiosa, la revista de Clara Zetkin trata ampliamente sobre las cuestiones del matrimonio y el divorcio. Defiende -aunque con menos fuerza que Alexandra Kollontai– el “amor libre“, sin hacer de la libertad sexual un estandarte de la lucha feminista. Pero por repetir aquí la opinión expresada por el historiador Gilbert Badia, “su vida, tal vez más que sus teorías sobre el tema, muestra sus concepciones más profundas. Vivió hasta su muerte con un hombre, con el que tuvo dos hijos, sin que creyera necesario casarse (…) A los treinta y nueve años, no dudo en vivir en unión libre con un joven dieciocho años más joven“.

En cuanto a su curiosidad, es insaciable: es uno de los pocos dirigentes que se interesó por el psicoanálisis, entonces una nueva disciplina.

Sobre la cuestión de la “naturaleza femenina“, su posición está claramente muy por delante de su tiempo, incluso yendo tan lejos como cuestionar la idea de que en la mujer existe naturalmente un “instinto maternal“. Al mismo tiempo, sería inútil tratar de encontrar en ella una “teoría de género“. Pero su profundo compromiso con el marxismo como filosofía materialista le proporciona, sin embargo, algunos indicios para evitar cualquier forma de naturalización de las relaciones humanas …

Probablemente se la puede culpar de cierto optimismo sobre la resolución de los conflictos entre los géneros en la sociedad socialista futura. Pero no es peor, o mejor, que el optimismo de la época sobre la sociedad del futuro, antes de la experiencia del estalinismo. Ciertas discusiones deben, sin duda, situarse en el contexto. Se trata, en particular, de la cuestión del control de la natalidad. Dentro de la burguesía, las ideas de Malthus -que quería reducir la pobreza al limitar el número de pobres- todavía es muy influyente. Lo que probablemente explica en gran parte que la misma idea de la planificación familiar sea combatida en el movimiento obrero. Clara Zetkin, sin embargo, luchará vigorosamente por la legalización del aborto en nombre de la libertad de decisión de las mujeres a disponer de su cuerpo. En 1913, los socialdemócratas se oponen al Centro Católico (uno de los principales partidos con representación en el Reichstag) que quiere prohibir la venta de preservativos, con el argumento de que el legislador no debe regular su uso.

Sobre el futuro comunista, incluso si las ideas son vagas, surgen algunos proyectos en el contexto de un movimiento cooperativo mucho más desarrollado que en Francia: las cooperativas de consumo, las cocinas y los lavaderos comunales, los restaurantes cooperativos, la ciudad jardín… muchos experimentos que sugieren la posibilidad de una reorganización de toda la sociedad. Del mismo modo, en el campo de la educación, muchas ideas innovadoras comienzan a surgir, incluso si no están tan desarrolladas como posteriormente lo serían por Montessori o Freynet. A veces son cosas sencillas, como las escuelas mixtas, mientras que la alternativa en los ambientes populares era o bien trabajar por una miseria sin ninguna formación o escapar de esa miseria entre los ricos como ama de casa.

Pero después de la revolución rusa, la lucha feminista cambia de naturaleza. Porque el comunismo ya no es una utopía: es una forma de realización práctica, para bien y a veces para mal. Pero esa es historia… [5]

Notas

[1] Todas las citas, a menos que se indique lo contrario, son del libro de Gilbert Badia, publicado en 1993 por Editions de l’Atelier, Clara Zetkin, féministe sans frontières.

[2] A partir de un discurso público en 1910.

[3] http://es.scribd.com/doc/38870391/Bebel-Augusto-La-Mujer-en-El-Pasado-en-El-Presente-en-El-Porvenir-Doc

[4] Para una visión general de la investigación actual, el libro publicado por Christophe Darmangeat, Conversation sur la naissance des inégalités, en Ed. Agone, y un libro del mismo autor, más apasionado, Le communisme primitif n’est plus ce qu’il était, publicado por Ed. Smolny.

[5] Para los primeros años, ver la obra de Trotsky, escrita sobre la base de numerosas investigaciones, El nuevo curso y las cuestiones de la vida cotidiana

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