Unialismo y multilianismo. El debate sobre el Marx tardío

No es lo mismo predicar que dar trigo, dice el refranero. Y si no que se lo pregunten a los directivos de las empresas del Ibex: el millar largo de altos directivos de las empresas del selectivo español en 2012 cobraron una media de 474.000 euros. Esos sueldos supusieron un incremento del 1,6% respecto al año anterior ¿moderación salarial tal vez?). Y no sólo eso, un total de 237 de esos directivos tienen constituidas cláusulas de blindaje. Para el MARXMATE (Balla)resto de trabajadores precariedad y salarios de subsistencia. Pero ya sabemos, un día…el mundo cambiará de base. Eso si, siempre que la base se instruya, se organice y tenga voluntad de cambio.

Y en eso andamos. Hoy, vamos a concluir con un tema que iniciamos con la publicación de ciertas cartas de Marx a los populistas rusos sobre la comuna rural rusa. Un tema que venía a indicar “cierta” evolución en el pensamiento de Marx sobre el desarrollo histórico, sobre colonialismo…etc. Para concluir, elegimos un texto de Francisco Erice elaborado para una escuela de formación del PC Asturias. Que lo disfruten…

Salud y república. Olivé

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UNILINEALISMO Y MULTILINEALISMO

EL DEBATE SOBRE EL “MARX TARDÍO”

Francisco Erice

6.1. Eurocentrismo y unilinealismo.

            Parece indudable que la visión de Marx y Engels acerca del desarrollo histórico, como la de sus contemporáneos, estaba impregnada de un claro eurocentrismo y se caracterizó, al menos hasta sus  años finales, por un patente unilinealismo [1] . Tal es la perspectiva que se manifiesta en el conocido pasaje del Prólogo a la primera edición del libro I de El Capital:

Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes. La sede clásica de ese modo de producción es, hasta hoy, Inglaterra. Es éste el motivo por el cual, al desarrollar mi teoría, me sirvo de este país como principal fuente de ejemplos. Pero si el lector alemán se encogiera farisaicamente de hombros ante la situación de los trabajadores agrícolas e industriales ingleses, o si se consolara con la idea optimista de que en Alemania las cosas distan aún de haberse deteriorado tanto, me vería obligado a advertirle: ¡De te fabula narratur! [A ti se refiere la historia](…). El país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”[C, t. I, p. 7].

            Ciertamente Marx, como hombre de su tiempo, piensa en términos de evolución más o menos lineal [2] . Pero lo que a veces parece dudoso es qué alcance otorga al de te fabula narratur; es decir, qué significa exactamente pasar por las mismas fases: ¿total uniformidad en el desarrollo o simplemente, en términos generales, difusión en todas partes, con la universalización de las relaciones económicas modernas, de las formas capitalistas? Este problema surge a propósito de sus artículos sobre la India publicados en el New York Daily Tribune en 1853, presentados frecuentemente como modelo de unilinealidad y –en gran parte lo son-, pero que presentan algunos matices peculiares y no exentos de interés.

            En el primero de esos artículos [en OE, t. I, pp. 352-359] Marx, rechazando las visiones idealizadoras del pasado de la India, afirmaba sin embargo que “la miseria ocasionada en el Indostan por la dominación británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país”. Inglaterra había destruido el entramado  de la vieja sociedad sin aportar nada nuevo; había acabado con la industria textil tradicional y desvinculado el artesanado de la agricultura. Con ello había producido “la única revolución social que jamás se ha visto en Asia”. Porque la función histórica del colonialismo británico se revelaba ambivalente:

“…Por muy lamentable que sea desde el punto de vista humano ver cómo se  desorganizan y descomponen (…) esas decenas de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no podemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que pareciesen, constituyeron siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más estrechos (…). No debemos olvidar que esa vida sin dignidad, estática y vegetativa, que esa forma pasiva de existencia despertaba, de otra parte y por oposición, unas fuerzas destructivas salvajes, ciegas y desenfrenadas, que convirtieron incluso el asesinato en un rito religioso en el Indostaní. No debemos olvidar que esas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las diferencias de castas y por la esclavitud (…).

Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostan, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de  imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución (…) (…)

En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe: ¿Quien lamenta los estragos / Si los frutos son placeres? / ¿No aplastó miles de seres / Tamerlán en su reinado?”.

            En el segundo artículo de la serie [en OE, t. I, pp. 360-367], Marx atribuía a Inglaterra en la India una doble misión: “destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”. La obra regeneradora había comenzado ya, con la unificación política, la organización de un ejército hindú, la introducción de la prensa libre, la educación europea de los indígenas o el desarrollo de los transportes modernos; todo ello preparaba al país para su futura independencia. Particularmente, al introducir los ferrocarriles en un país que poseía hierro y carbón, no podría evitarse un desarrollo industrial propio; la industria moderna destruiría la división hereditaria del trabajo, base de las castas. Ciertamente con ello la burguesía inglesa no mejoraría la situación de las masas populares hindúes, que no dependía del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de su apropiación por el pueblo, pero permitía crear “las premisas materiales necesarias” para ese objetivo. Los hindúes sólo podrían recoger los frutos cuando las clases dominantes inglesas fueran desalojadas por su proletariado, o cuando ellos mismos acabaran con el yugo británico. En todo caso, en la India, “la profunda hipocresía y la barbarie propias de la civilización burguesa se presentan desnudas ante nuestros ojos cuando, en lugar de observar esa civilización en su casa, donde adopta formas honorables, la contemplamos en las colonias, donde se nos ofrece sin ningún embozo” (rapiña, confiscaciones, destrucciones). La otra cara de esos abusos era, sin embargo, el inicio de una serie de cambios históricos trascendentales:

“El período burgués de la historia está llamado asentar las bases materiales de un nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el intercambio universal, basado en la dependencia mutua del género humano, y los medios para realizar ese intercambio; y, de otro lado, desarrollar las fuerzas productivas del hombre y transformar la producción material en un dominio científico sobre las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones geológicas crearon la superficie de la tierra. Y sólo cuando una gran revolución social se apropie las conquistas de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndose al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber el néctar en el cráneo del sacrificado”.

             El contenido de estos dos interesantes artículos muestra, sin duda, la agudeza y también algunas limitaciones de la visión de Marx acerca de la expansión colonial europea. Destaca su negativa a idealizar el pasado precolonial (que hoy, sin duda, podría alertarnos acerca de los excesos de muchos indigenismos), así como su sutil argumentación acerca de la ambivalencia de los fenómenos históricos y la necesidad de juzgarlos no en términos moralistas sino objetivos. Aquí hay ramalazos del mejor Marx, y podemos considerar relativamente correcto su diagnóstico acerca de cómo los británicos preparaban algunas de las bases para la maduración de la sociedad colonizada y su futura independencia; en cambio habría que cuestionar seriamente, visto el proceso histórico posterior,  su visión del desarrollo económico de la colonia. Pero lo que nos interesa ahora no es el caso específico de la India, sino la forma de argumentar y algunas ideas claves para entender la visión de la historia de Marx.

            En primer lugar, Marx analiza el caso de la India desde la perspectiva de un proceso histórico mundial que conduce a la superación del capitalismo. Esta visión histórica, impregnada de elementos dialécticos (por ejemplo la imagen hegeliana de una historia de avanza por el lado malo, la burguesía como instrumento inconscientede la historia, etc.), es la que está presente en su visión de las etapas o fases de desarrollo. G. Bueno ha subrayado cómo estas etapas no deben ser entendidas a modo de fases empíricamente verificables, sino como “momentos sistemáticos solidarios de una ontología revolucionaria”. Partiendo del presente, Marx constata la ausencia de algunas de sus categorías en el pasado, en la medida en que el propio presente es concebido a  la luz de un futuro diferente: “la reorganización del material pretérito estaría, según esto, inspirada por la visión que del presente nos ofrece la práctica de un futuro representado [3] .

            En segundo lugar, no cabe duda de que, por debajo de todo ello, late una visión marcadamente eurocéntrica (lo que no significa necesariamente errónea, aunque sí seguramente parcial) y una fe evidente en el progreso tecnológico, muy en consonancia con otras corrientes intelectuales del siglo XIX [4] .

            En tercer lugar, esta valoración del papel histórico progresivo de la burguesía (al igual que en el Manifiesto Comunista) no supone en modo alguno una justificación moral de sus comportamientos. Marx pensaba que el desarrollo del capitalismo preparaba el futuro comunismo, pero no por ello aconsejaba a los trabajadores que dejaran de resistir contra esta labor histórica objetiva de la burguesía [véase por ejemplo Salario, precio y ganancia, en OE, t. I, pp. 459-465]. Por si se dudara del anticolonialismo de Marx y Engels, pueden leerse sus artículos de denuncia sobre las atrocidades inglesas en China, las torturas en la India o (de Engels) sobre la violencia francesa en Argelia [AC, pp. 113-117, 153-158 y 168-174].

6.2. Los problemas de la periodización histórica.

            Sería excesivo, en cualquier caso, juzgar la perspectiva de análisis marxiana como plenamente unilineal y eurocentristaMarx que, como ha señalado Wallerstein, ponía a veces énfasis alternativamente en uno u otro aspecto que le interesaba resaltar, ofrece otras posibles lecturas más matizadas. Hobsbawm, que resalta la importancia de la idea de progreso en Marx, ha argumentado convincentemente la tesis de que en los Grundrisse no se defiende como elemento esencial e incuestionable una estricta secuencia de etapas históricas de obligado tránsito. También E. M. Wood considera perfectamente desligable la validez del esquema marxista respecto al establecimiento de una secuencia unilineal de formas sociales o modos de producción sucesivos. Wallerstein distingue al Marx eurocentrista y unilineal (el del capitalismo progresista y la revolución burguesa)  del Marx de la multiplicidad de las relaciones sociales. El historiador P. Burke, por su parte, observa que el modelo de Marx cuenta con la posibilidad de cambios en la dirección errónea (piénsese en procesos como la refeudalización o en el desarrollo del subdesarrollo), aunque esta observación la ejemplifica más con marxistas posteriores (y ese es otro cantar) que con el propio Marx [5].

            La imagen habitual de la visión marxiana de la historia como un proceso unilineal de etapas prefijadas requiere, por tanto, muy serias matizaciones, particularmente la teoría de los cinco estadios convertida en versión canónica del marxismo en la época de Stalin. Nada más lejos de la intención de Marx y Engels que ofrecer un esquema acabado de la historia de la humanidad y de la sucesión inevitable de los modos de producción y formaciones sociales.

            En realidad, las observaciones de Marx y Engels sobre las sociedades precapitalistas (los modos de producción  precapitalistas), sobre todo las de Marx, son comparativamente escasas, y casi siempre aparecen relacionadas con el análisis del capitalismo, que es lo que prioritariamente les interesa. Así, lo que pretende Marx en los Grundrisse, por ejemplo, es presentar una serie de formas sociales en las que no se encuentran los rasgos típicos del capitalismo (separación de los productores y los medios de producción, etc.), para resaltar, como contraste, las características del modo de producción capitalista [FEP].

            Además de ello, las visiones de Marx y Engels están seriamente condicionadas por los conocimientos, bastante precarios, existentes en su época, acerca de las distintas etapas históricas. Hobsbawm ha señalado cómo Marx y Engels poseían unos conocimientos de la Antigüedad clásica básicamente cimentados en los textos literarios (la Arqueología o la Epigrafía estaban en su infancia), y mucho más reducidos eran los datos que entonces se manejaban acerca de las sociedades orientales o las sociedades primitivas; lo cual significa que muchas de sus ideas en este terreno no son hoy en modo alguno defendibles (por ejemplo las que se refieren al sistema de castas o al llamado despotismo asiático) [6]

            El pensamiento de Marx y Engels sobre las  sociedades precapitalistas estuvo, por consiguiente, modelándose de manera continua a lo largo de su trayectoria intelectual. Godelier opina que con ellos se demuestra su apertura intelectual:

“Lo que llama la atención en esta evolución es ante todo su continuidad, su amplitud, su apertura permanente a informaciones y problemas nuevos (…). Desde 1845, los temas de la propiedad tribal, de la oposición ciudad-campo, de la desigualdad en el seno de las sociedades primitivas, son los temas planteados, que se enriquecen constantemente hasta 1884 (…). Esta riqueza teórica explica que Marx y Engels hayan tenido la capacidad de incorporarse a los descubrimientos hechos por los especialistas como Marurer y Morgan, fundadores de nuevas disciplinas científicas” [7]

            En algunos extremos, en concreto, sin excluir la continuidad de la problemática y la persistencia de focos de interés, los cambios de perspectiva son de tal calibre que quizás lo mejor sea seguir las ideas de Marx y Engels sucesivamente, en distintos períodos.

            Un  primer momento correspondería a los años 1845-1848, desde La Ideología Alemana al Manifiesto Comunista. En La Ideología Alemana, se distinguen tres épocas en la historia europea (Oriente está ausente del esquema): la tribal-comunal, con escaso desarrollo económico; la propiedad comunal y de Estado de la Antigüedad; y la feudal, que es al que más atención se le dedica, para hablar del paso al capitalismo. En el Manifiesto, al enumerar las sociedades caracterizadas por la lucha de clases, se habla de la antigua, la feudal y la burguesa; parece que las dos primeras son concebidas como vías alternativas hacia la fase burguesa desde la comuna primitiva [8] .

            En 1853, con la aproximación a los problemas de la India, la sociedad oriental viene a complejizar el esquema. Marx comienza a dibujar los perfiles de unas sociedades asiáticas caracterizadas por la combinación de comunidades agrícolas aisladas entres sí y con formas de propiedad diversas por un lado, y un Estado despótico,  que percibe tributos de los campesinos y lleva a cabo grandes obras de irrigación, por otro. Estas sociedades representarían una forma de transición de la barbarie a la civilización, y se caracterizarían por su pertinaz estancamiento. La imagen marxiana de las sociedades asiáticas está lejos de la idealización, y es heredera del estereotipo europeo del momento acerca de Asia (despotismo e inmovilidad); imagen cuya evidente falsedad han señalado los estudiosos posteriores [9]

            Una nueva etapa se abre con la Contribución a la Crítica de la Economía Política de 1859, y sobre todo tras los Grundrisse de 1857-58, donde se presenta ya, en un capítulo específico, un esquema más completo, complejo y flexible de la evolución de las sociedades. [10] Según Godelier, Marx, habiendo descubierto el secreto del modo de producción capitalista (la plusvalía como mecanismo de extracción del excedente), puede plantearse en términos más rigurosos la comprensión de su génesis y la ordenación de los procesos del pasado en secuencias significativas. Lo más llamativo de los Grundrisse, y que contrasta con los tópicos habituales, es que se presenta la relación de modos de producción precapitalistas no como una sucesión lineal y cronológica, sino como una serie de vías alternativas desde la comunidad primitiva al capitalismo. Estas vías, tal como aparecen esquematizadas, serían la antigua (con el desarrollo de las ciudades y la esclavitud); la asiático-oriental (con unidades productivas agro-artesanales autosuficientes, propiedad colectiva y posesión privada, y un sistema político despótico); la germánica (con colonización dispersa en grupos familiares autosuficientes y menor fuerza de lo comunal); y la eslavónica (parecida a la asiática) [11] .

            Con posterioridad no vuelve a aparecer en la obra de Marx ningún texto amplio y relativamente sistemático como éste que aborde el tema de las formaciones precapitalistas. Lo que sí se encuentra es un interés renovado por afinar los análisis acerca del feudalismo y la comunidad germánica y rusa, en este segundo caso por el atisbo de que en Rusia podía estar incubándose un proceso revolucionario. Hay además en Marx y Engels una influencia de estudios innovadores en el campo de la Antropología, como Morgan (que publica su Ancient Society en 1877), el cual resaltó la importancia del parentesco en las sociedades primitivas, estableció la secuencia de fases salvajismo-barbarie-civilización, y apuntó a una correlación (de ahí la admiración de Marx y Engels) entre formas productivas, sistemas de parentesco y formas de conciencia social. Bajo el influjo de Morgan y otros escritos de la época y continuando (y remodelando a la vez) viejos esquemas, Engels planteará el problema del surgimiento de las diferencias sociales y el nacimiento del Estado en el Anti-Dühring y sobre todo en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884). En el Anti-Dühring se establecen dos vías de diferenciación social y aparición del Estado: la oriental, con el surgimiento de una aristocracia de funciones religiosas o de control de grandes obras colectivas y con un Estado despótico; y la occidental, con desarrollo de la explotación parcelaria familiar y luego la esclavitud. En El origen…, analiza el surgimiento del Estado  por varias vías diferentes [12]

            En síntesis, las obras de Marx y Engels no ofrecen (salvo el limitado intento tardío engelsiano) indicaciones suficientes acerca de las sociedades precapitalistas, que permitan hablar de una teoríaacabada como la del modo de producción capitalista. Su visión de las formas pretéritas se deriva, en general, del interés por esclarecer los problemas del presente. No hay, por tanto, una periodización estricta de las etapas previas al capitalismo, puesto que los modos de producción que se presentan en el Prefacio de la Contribución a la Crítica de la Economía política (asiáticos, antiguos, feudales y burgueses) no representan etapas sucesivas de obligado tránsito.

            Lo que sí parece claro es que, para Marx, el elemento clave de la periodización histórica es el modo de producción de la vida material. Pero sólo tras su muerte se fue acentuando la tendencia a simplificar sus esquemas, que acabaría santificando la sucesión de los cinco estadios (suprimiéndose el asiático y añadiendo al antiguo, feudal y burgués la comunidad primitiva y el socialismo), como una especie de llave maestra de la comprensión histórica; Materialismo dialéctico e histórico (1938) de Stalin representa la culminación de esas tesis, que a duras penas podríamos encajar, siendo un poco rigurosos, en la visión de Marx, salvo que aislemos en su obra algún párrafo o formulación especialmente simplificados. Las dificultades de aplicar este modelo mecánico al análisis histórico han provocado además soluciones realmente pintorescas, como en algún ejemplo de la Cuba inmediatamente posterior a la Revolución en el que llegó a identificarse la comunidad primitiva con los indios taínos (previos a la llegada de Colón), el esclavismo antiguo con la esclavitud de indios y negros tras llegar los españoles, y el feudalismo con la etapa del patronato, intermedio entre la abolición de la esclavitud y el capitalismo; según este esquema, el feudalismo duraría en Cuba desde el 10 de enero de 1883 al 15 de marzo de 1885; ¡Todo un record! [13] .

Para ajustar la realidad al esquema de los cinco estadios, hubo que hacer, desde luego, muchos más malabarismos. Por ejemplo, llevar a cabo algunos reajustes, como la omisión del modo de producción asiático, las limitaciones del antiguo o la expansión indiscriminada del modo de producción feudal (buscando desesperadamente feudalismo por todas partes) [14] .

6.3. El Marx tardío: ¿un replanteamiento del unilinealismo?.

            En cualquiera de los casos, hay muestras bien patentes de que, en los últimos años de su vida, Marx puso en cuestión –o matizó significativamente- el esquema unilineal y eurocentrista de desarrollo. A ello contribuyeron la consideración del problema irlandés como residuo colonial y la situación de Rusia –donde llegó a vislumbrar una revolución más o menos inminente- a través de sus contactos con algunos dirigentes del movimiento populista [15] .

            El tratamiento del tema de Irlanda por parte de Marx y Engels es importante para las reflexiones marxistas acerca del asunto, antes descuidado, de la cuestión nacional, la cual, en este caso específico, llega a plantearse como condición para la emancipación social. Al analizar los entresijos del colonialismo en Irlanda, según una opinión cualificada, “el Marx europeísta y privilegiador de los efectos objetivamente progresivos del capitalismo cede el lugar a un Marx inédito, matizado, profundamente dialéctico y hasta, podríamos decirlo, tercermundista… [16] .

            Más interés reviste incluso la reconsideración de la realidad rusa por parte de Marx. En carta a Vera Zasúlich (1881), dirigente populista, Marx llegaba a afirmar que el análisis de El Capital (en particular sobre cuestiones relacionadas con la propiedad de la tierra) se refería a Europa occidental, admitiendo la posibilidad de que la comuna agrícola sirviera de base a la regeneración social de Rusia; lo cual era tanto como decir que Rusia no tenía necesariamente que pasar por las mismas fases que Europa occidental [CC, pp. 234-235]. En el Prefacio a la edición rusa de 1882 del Manifiesto [en OE, t. I, pp. 15-16], Marx y Engels opinaban que “si la revolución rusa da la señal para la revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista”.

Dos años antes, en carta a Danielson, Marx hacía una serie de sugerentes afirmaciones acerca del papel de los ferrocarriles, que habían dado un enorme impulso al desarrollo del comercio exterior; pero ese comercio –añadía- “en países que exportan principalmente materias primas, ha acrecentado la miseria de las masas”. Puede compararse esta enfoque, significativamente, con el tratamiento en 1853 del papel de los ferrocarriles en la India.

Por el contrario, todo indica que las opiniones de Engels sobre Rusia eran algo distintas, más en la línea de considerar inevitable la implantación del capitalismo en el país, enlazando así con el Lenin de El desarrollo del capitalismo en Rusia. Así lo muestra por ejemplo la carta que remite al propio Danielson en septiembre de 1892 [CC, pp. 299-301], que recuerda las observaciones de Marx en los años 50.

Marx, por el contrario, en carta a una publicación populista rusa, se mostraba aún más explícito y genérico en sus observaciones, al rechazar la intención de los críticos liberal es de El capital de “metamorfosear mi esbozo de la génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría histórico-filosófica de la marcha general impuesta fatalmente da todos los pueblos en cualquier situación en que se encuentren”. Por el contrario, él proponía estudiar separadamente los fenómenos y luego compararlos entre sí, cosa que “nunca se conseguirá con el passe-partout de una filosofía de la historia, cuya suprema virtud es la de ser suprahistórica” [IC, pp. 52-53] [17] .

¿Hasta qué punto estas observaciones constituyen un giro significativo en las concepciones de Marx? Ciertamente no tuvo tiempo de integrarlas en ninguna obra acabada que hubiera podido matizar tal vez la tendencia a ver la historia de manera unilineal a la que –como hombre europeo del siglo XIX- tenía necesariamente que rendir tributo. Probablemente lo que demuestran, por encima de toda, es que Marx consideraba su trabajo intelectual abierto a los cambios y a las reconsideraciones que fueran necesarias para comprender mejor el capitalismo y transformarlo de manera revolucionaria. Fernández Buey defiende los últimos textos de Marx en ese sentido, como atisbos profundos de la complejidad de los procesos históricos y como muestras de un Marx que, con el paso de los años, fue incluso radicalizándose políticamente [18] 

            Yendo aún más lejos, Theodor Shanin, un conocido especialista en problemas del campesinado y los movimientos campesinos, nos recuerda que Marx dejó 20.000 páginas de notas de sus últimos años, en las que daba paso a una conceptualización histórica más compleja, con la aceptación del desarrollo desigual, bajo los efectos de la Comuna de París, los progresos científicos en los campos de la Prehistoria y la Arqueología, y el conocimiento de la situación rusa. La última década de Marx habría constituido, así, “un salto conceptual, detenido por su muerte [19]


NOTAS

[1] Véanse observaciones de D. Bell (1989), pp.73-82.

[2] Según J. J. Carreras (véase Varios, El marxismo en España, 1984, pp. 114-117 y 123), “creía que sólo había una escalera, pero que también había solamente un pueblo que lo recorría: el europeo occidental”.

[3] G. Bueno (1973), p. 38.

[4] Una crítica a esta fe en el progreso desde posiciones marxistas, relacionándola con Adam Smith y la llamadaescuela escocesa, fundamental en el origen del liberalismo, en J. Fontana (1982), pp. 150-152.

[5] . J. Hobsbawm (1975), pp. 42y ss.; E. M. Wood (1984), pp. 1 y 7-8; I. Wallerstein (1983); P. Burke (1987), pp. 114-115.

[6] E. J. Hobsbawm (1975), pp. 44-52; M. Godelier (1971), pp. 119 y ss.

[7] M. Godelier (1971), p. 19.

[8] M,. Godelier (1971), pp. 13-22; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 53-60.

[9] M. Godelier (1971), pp. 24-42.

[10] Este esquema, en opinión de L. Krader (1979), pp. 128-129, luego se empobrecerá por la influencia del antropólogo Morgan, que orientó a Marx y Engels a una teoría mucho más basada en el parentesco.

[11] M. Godelier (1971), pp. 45-71; E. J., Hobsbawm (1975), pp. 60-68.

[12] M. Godelier (1971), pp. 75-114; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 83-95. Sobre Morgan y Engels, E. Fioravanti (1974), pp. 93-100.

[13] Ejemplo citado por Manuel  Moreno Fraginals y recogido por P. Pagés (1983), p. 82.

[14] M. Godelier (1971), pp. 5-8; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 97-101.

[15] Cambios en las perspectivas de Marx sobre Rusia en F. Fernández Buey (1984) y (1898). Consideraciones breves en J. Fontana (2001), pp. 158-160 . Tratamiento más pormenorizado en T. Shanin (1990).

[16] Introducción a  IC (1979), p. 11.

[17] Opiniones de Marx sobre Rusia en A. Walicki (1980). Las opiniones de Engels sobre el futuro ruso, por el contrario, iban más en la línea de considerar inevitable su desarrollo capitalista, enlazando en ese sentido con el  Lenin de El desarrollo del capitalismo en Rusia;  véase por ejemplo la carta de Engels  a Danielson de septiembre de 1892 [CC, pp. 299-301], que recuerda a las citadas observaciones de Marx d los años 50.

[18] F. Fernández Buey (1998).

[19] T. Shanin (1990).

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