Soy un fracasado

Amigas/os de este blog, bienvenidos/as nuevamente.

Habréis podido comprobar que hemos entrado en una “onda larga” y el blog ha aumentado en contenidos. Así, ya se encuentran disponibles las tres entregas del “Taller Marx desde Cero” (la primera completa, la segunda y terceras progresando). El escrito que presentamos aquí pertenece a la segunda entrega. A disfrutar.

Artículo publicado en el diario Egin en 1987 por Carlos Fernández Liria. Os proponemos su lectura a modo de “confesión de posibles motivos para ser comunista”. Y es que no estudiamos qué es el capital porque nos guste o porque esperemos así poder  llegar a algo en esta vida… Lee La Defensa de Sócrates -la tienes en esta entrega- y pregúntate si el filósofo griego ajusticiado era un fracasado.

 

SOY UN FRACASADO

Carlos Fernández Liria

Me sentí aludido -acaso sin razón- por la referencia a ciertos escritores fracasados contenida en el editorial de El País unos días después del atentado de Hipercor. En fin, no me considero escritor, pero sí me considero un fracasado y seguramente pensé que al menos tangencialmente se hablaba de mí. De todas maneras, yo había publicado algunos artículos en el diario Egin -al que sin duda se refería el editorial en cuestión- así es que, con todo el respeto del mundo, consciente de mi inexcusable tono lacrimógeno, me voy a poner a contar mi vida, ya que finalmente se me ha reconocido como lo que soy: un fracasado.

 ¿Y cómo no iba a reconocérseme como tal? Me habría gustado vivir un mundo lleno de hombres. Hubiera querido ver a los seres humanos luchar por su felicidad, contemplarles ocupados en sí mismos, en la naturaleza, en su sociedad. Me habría gustado ser un hombre cualquiera. Entonces habría agradecido la luz de la luna, la música de una guitarra, el poder de la técnica. Habría aceptado gustoso los sufrimientos, las desigualdades, los desengaños, los errores, el amor de los amigos y el odio de los enemigos, porque en todas esas cosas consiste la vida de todos los que no somos dioses, sino sencillamente héroes. Pero yo no nací sólo por el coño de mi madre -como dice la Polla Records-. Nací en España, una triste colonia del imperialismo yanqui, y desde entonces esa bandera de estrellitas, símbolo de todos los crímenes y magnicidios de la economía privada fue ya mi único cielo y mi único horizonte.

Contemplé a la Humanidad amenazada, masacrada día a día por un poder más cruel y más ciego,más impersonal que el que antaño supusieran las fuerzas naturales: las cuentas corrientes de los que son propietarios de todas nuestras condiciones de trabajo. Desde que nací me sentí tan desgraciado, tan frustrado y tan desesperado que tuve que dedicarme a lo único para lo que no consideraba dotado: escribir. Odiaba escribir, -en realidad, a mí me gustaba la pesca submarina y también, bastante, las mujeres-, no porque lo considerara malo en sí mismo; al contrario, admiraba y admiro a los poetas, a los filósofos, a los científicos, a todos los que son capaces de entusiasmarse por los versos, los conceptos y todas esas realidades sutiles para las que evidentemente no me había me había llamado Dios.

Pero es que –juzguen ustedes si no es una fatalidad- sobre lo único que se me ocurría escribir era, además sobre lo que más odiaba, sobre lo que menos me interesaba: las relaciones de producción capitalistas. Odiaba tanto escribir sobre esta sociedad capitalista que  habría agradecido, que nunca hubiera existido.  Sin duda, los poetas agradecen la existencia de la luna a la que cantan; a mí me ocurría lo contrario: cuanto más conocía esta sociedad criminal más y más criminal me parecía. Y miren, se lo juro a todos ustedes… He reflexionado mucho sobe este odioso objeto de reflexión.

Pero nada, por más vueltas que le doy, sólo logro ver un problema y muy poco atractivo por desgracia, un problema monótono y aburrido, intolerablemente repetitivo: la Humanidad entera está perdiendo su vida, sacrificando seis días de cada siete mientras la mitad de la población está en paro, porque esta criminal repartición del trabajo es una necesidad de la economía privada. La Humanidad entera ha dejado de ser Humanidad: la Humanidad entera vale hoy menos que un esclavo. Un esclavo era valioso porque tenía precio, porque le costaba un dinerito a su amo. Hoy, cualquier parado puede sustituir alegremente a un obrero en el más denigrante de los trabajos con la seguridad de que no ya su felicidad, ni tan siquiera su vida, vale nada, porque siempre habrá otro que le sustituya. Sí, todos recordamos con horror la sociedad de los esclavos. Esa sociedad intolerable que sin embargo era menos intolerable que ésta. Hoy en día nadie puede decidir qué fabricar, ni en qué cantidad, ni con qué ritmo, ni con cuánto trabajo. Necesitamos riqueza, pero se nos impide trabajar. Necesitamos pan, pero el único negocio rentable es la producción de armamento.  Necesitamos descansar, pero se nos obliga a trabajar sin descanso, con la única alternativa del sueño de los muertos, de la artificial catatonia del parado.  Necesitamos aceite, pero las aceitunas de Jaén ya no son una bendición sino un problema para las necesidades del mercado. Tragamos margarina, pero las vacas se comen la mantequilla que nuestros empresarios comunitarios no han logrado vender: a eso se llama “destrucción de stocks“. Hoy ya nadie puede impedir que su trabajo suponga sin remedio la destrucción de este planeta. Si sobra riqueza es un .problema, si falta también: La economía privada tiene sus propias crisis, y ni sus necesidades ni sus crisis coinciden con las nuestras, ni siquiera con las de los pobres empresarios, que también son seres humanos al fin y al cabo. Un esclavo valía muy poco. Hoy; un obrero, un ser humano, sencillamente no vale nada. Ya no hacen falta cadenas -¿para qué?- cuando todas las condiciones de su vida, son propiedad privada de otros: la tierra, el mar, las fábricas que él trabaja. ¡Que vote! ¡Que vote lo que quiera mientras no pretenda ser propietario de lo que él mismo trabaja! Esa pretensión, claro está, sería inconstitucional y, por tanto, no “democrática”. Mientras tanto que diga lo que quiera… que sueñe con la paz y que suspire por un pedazo de mantequilla. De todas maneras, si las empresas pueden producir con ello su beneficio, se nos proporcionará un trabajo, trabajo que aceptaremos gustosos, sea en lo que sea, como sea y para lo que sea, quizás en una fábrica de explosivos, quizás en una central nuclear. De lo contrario, ya podemos estar muriéndonos de hambre: nuestra capacidad de saciamos ya no depende ni de nuestros recursos ni de nuestros brazos: depende tan solo de las posibilidades de ganancia del capital privado.

¡Y somos libres! Libres para producir beneficios a los propietarios de nuestras condiciones de vida, condiciones que para ellos no son sino instrumentos de inversión en bolsa. Libres para reconocer todas nuestras capacidades en las necesidades de una crisis que no es la nuestra. Libres para reconocer nuestros problemas en un problema que no es el nuestro. Pero nada se nos prohíbe: porque nada podemos hacer  cuando todas nuestras condiciones de trabajo nos han sido previamente expropiadas. Nadie nos obliga a trabajar, nada nos impide quedar en paro. Sólo se nos pide que, una vez en paro, muramos en la miseria “respetando democráticamente a los demás”. Porque para este último delito –el menosprecio a nuestra tres veces santa democracia- se nos reserva un castigo peor que el látigo para el esclavo: la cárcel. Somos perfectamente libres, aunque sólo podemos elegir la esclavitud. Sólo una cosa nos está vedada: ser comunistas. Puesto que “no existe Dios”, mientas respetemos la economía privada “todo nos está permitido”: bien está que nos otorguen la libertad de elegir allí donde sólo una cosa es posible elegir. No es que esté prohibido ser vasco, ser nicaragüense. Tampoco está prohibido mirar a la luna, ni escribir sobre matemáticas, ni hacer el amor, ni cantar ni descansar después del trabajo; no está prohibido nada de eso, porque todo eso es día a día extirpado de la faz de la tierra con la espontánea y natural aunque también sangrienta- lógica de la economía privada.

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