El pensamiento engelsiano en sus rasgos más genuinos y originales

engels (Newsprint)Dirán que me conformo con poco. Y puede que acierten. Pero ver al diputado David Fernandez (de la CUP), sesión tras sesión en la comisión de investigación sobre las cajas de ahorros en el Parlament, cantarles las verdades a la cara a gentes como Narcis Serra, Rodrigo Rato (al que despidió llamándole ganster) o al resto de responsables de bancos y cajas que nos han conducido a esta situación, pues da cierto regusto. A lo mejor si cualquiera de estos dejaran de pasear impunes y ni salieran de sus casas por miedo a algún cachiporrazo, los mangantes del futuro se lo pensarían.

Pero mientras llega ese momento, nosotros continuamos nuestro camino. Y nuestro camino hoy nos dirige hacia el elemento menos celebrado de nuestra dupla clásica, Federico Engels. Más allá del “colaborador fiel”, “amigo inquebrantable” y demás virtudes queremos acercarnos al Engels pensador, teórico, revolucionario. Para este propósito difundimos el trabajo de Angelo Altieri M. que viene a continuación…

Salud y caña al capital.

A. Olivé

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EL PENSAMIENTO ENGELSIANO EN SUS RASGOS MAS GENUINOS Y ORIGINALES

Angelo Altieri M.

El nombre de Federico Engels suele ser asociado con el de Carlos Marx en un sentido que menoscaba la personalidad relevante del filósofo de Barmen. No nos referimos, por cierto, a la actitud interesadamente malévola de sus adversarios, para los cuales los créditos de Engels se circunscribirían a “su inmutable fidelidad de escudero”. Aun muchos de sus admiradores no ven en él sino al colaborador eficiente, al amigo fraternal y al infatigable compañero de lucha de Marx. Escasos son, en verdad, los testimonios de la originalidad y de la genialidad de su pensamiento, que llegó a coincidir con el de Marx por caminos distintos (1) y que, tras el largo periodo de mutua y fecunda colaboración entre los dos grandes fundadores del “socialismo científico”, siguió desarrollándose hasta tomar la forma de una “dialéctica de la naturaleza”, en virtud de la cual también el “materialismo histórico” cambió de fisonomía. Lamentablemente, el propio Engels favoreció, en cierto modo, esta inexacta, por limitativa y empobrecida, valoración de su personalidad, al decir con respecto a sus relaciones con Marx:

“Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundación y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté —si se exceptúa, todo lo más, un par de especialidades— pudo haberlo aportado también Marx sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, era un genio; los demás, a lo sumo hombres de talento”. (2)

Y en la carta a I. F. Becker del 15 de octubre de 1884, se había expresado aproximadamente de la misma manera: “Al lado de Marx me correspondió el papel de segundo violín“. Palabras, éstas, que le fueron dictadas, evidentemente, por su excesiva modestia y por la devoción hacia el amigo y que, por eso mismo, no deben condicionar un juicio que pretenda estar fundado en la evidencia objetiva.

Estudiante brillante, aficionado a la literatura, Engels se vio pronto obligado a trocar los estudios por el comercio ante la presión del padre, el cual, rigurosamente pietista, recelaba de las inquietudes que el hijo manifestaba en el terreno religioso. Fue precisamente la lectura de la Vida de Jesus de Strauss que acercó a Engels a la “izquierda hegeliana”. Durante el cumplimiento del servicio militar en Berlín, en 1841, tuvo la oportunidad de escuchar a Schelling, que desde la cátedra que había sido de Hegel, proclamaba su “filosofía de la revelación”, cual sustentáculo de la ortodoxia religiosa y del conservadurismo político. En tres obras polémicas, que vieron la luz al año siguiente. (Schelling y la revelacion;, El triunfo de la fe y Federico Guillermo IV, rey de Prusia), Engels tomó decididamente la defensa de la filosofía hegeliana que interpretaba como filosofía del cambio, que traza el camino de la humanidad hacia la libertad y el triunfo de la razón. Tal teoricismo abstracto no podía empero ser la respuesta adecuada a la viva curiosidad intelectual y al profundo interés de Engels por las cuestiones político-sociales de la época; en contra, empezaba a abrirse, a su agudo espíritu de observación, la exigencia de conectar la teoría con la praxis. Quizá hayan sido éstos los motivos que le impulsaron a sacudirse el tedio de la vida alemana y a trasladarse a Manchester, como empleado en una industria textil de la cual el padre era copropietario: Inglaterra, cuna del capitalismo, con sus crisis periódicas de estancamiento y de sobreproducción, y con un proletariado extremamente pugnaz y sindicalmente organizado, constituía como un inmenso laboratorio de estudio y de experimentación. Antes de embarcarse, fue a Colonia para concertar su colaboración con la “Gaceta del Rin” y allí conoció ocasionalmente a Marx.

En Manchester Engels no se limitó, por lo tanto, a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que anduvo por los barrios inmundos en los que se albergaban los obreros y comprobó con sus propios ojos las miserias y las calamidades que los azotaban. No conformándose con sus propias observaciones, Engels leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos que estaban a su alcance“. (3) Engels, quien había llegado a Inglaterra con una “buena dosis de arrogancia filosófica”, quedó sorprendido de que los ingleses ignorasen la dialéctica y basasen las posibilidades de éxito de la revolución casi exclusivamente en datos empíricos, en hechos reales. Acerca de la relación entre factores materiales y factores ideales, él, cuyo “izquierdismo” se reducía al reconocimiento del carácter revolucionario del método hegeliano y no embestía todavía el fundamento especulativo del mismo, daba la prioridad a los segundos: son las fuerzas ideales las que determinan el curso de la historia, por lo cual el “cartismo”, falto de una teoría científica que interprete y oriente la lucha, está expuesto a la incertidumbre del acaso y el “owenismo”, que pretende conciliar los antagonismos por medios pacíficos y por vía del ejemplo, peca de ingenuidad y corre el riesgo de convertirse en instrumento de la conservación. Engels consignó estas reflexiones en las páginas de la “Gaceta del Rin” y, después de la supresión de ésta, en las del “Republicano suizo”.

Ahora bien, puesta la necesidad de dar un fundamento teórico al movimiento de las masas, ¿cuál filosofía era la indicada? En un opúsculo, Progreso y reforma social en el continente, publicado en 1843 en un periódico owenista, Engels señalaba a ese propósito, no sólo la filosofía clásica alemana, sino también a Feuerbach, del cual en aquel entonces empezaba a sentir, igual que Marx, la influencia (del 1843 son también la Critica de la filosofia hegeliana del Estado de Marx y los Principios de la filosofía del porvenir de Feuerbach; pero de este último habían ya visto la luz con anterioridad Para la crítica de la filosofía hegeliana, la Esencia del cristianismo y las Tesis provisionales para una reforma de la filosofía, respectivamente, en 1839, 1841 y 1842). Se trataba, a todas luces, de una crisis en proceso del pensamiento engelsiano, que mientras tanto se nutría con estudios de la economía clásica. El resultado de esta maduración profunda y vigorosa de pensamiento apareció en dos ensayos: Esbozo para la crítica de la economía política (1843-44) y La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Cabe advertir, en obsequio a la verdad histórica y a la exactitud cronológica, que, entre las fechas de aparición de las dos obras citadas, Engels había ya iniciado en París su largo y fecundo periodo de colaboración con Marx mediante la redacción conjunta y la publicación de La sagrada familia o critica de la critica critica (1845), dirigida contra Bruno Bauer y sus secuaces, quienes habían erigido la potencia crítica de la razón en guía de la historia y que, consecuentemente, guardaban una distancia aristocrática para con el proletariado inculto.

El análisis del “Esbozo” reconoce en principio que la economía clásica representa un progreso con relación al mercantilismo, ya que ha abandonado la senda puramente empírica por la cual éste estaba encaminado y se ha constituido en “ciencia del enriquecimiento”. Eso no obstante, la economía sigue conservando una visión egoistamente atomista de la sociedad, fundamentada, como antes, en el derecho de la propiedad privada. A la postre, bien mirada, la economía política, que ha surgido como consecuencia natural de la extensión del comercio, no representa sino un progreso a medias: pretende enriquecer a las naciones, cuando en realidad enriquece a unos cuantos y deja en la más monstruosa pobreza y esclavitud a la mayoría. Testimonio de esta aberración es la situación económico-social de los ingleses, los cuales son el pueblo más pobre bajo el sol, a pesar de ser su riqueza nacional muy grande. Más propio sería, entonces, llamar la “economía privada” y no “política” o “pública“, “ya que sólo en aras de la propiedad privada existen en la economía relaciones públicas“. (4) El grito de combate de los economistas es la “concurrencia“, que se regularía por la ley de la oferta y la demanda. Pero, observa Engels, los términos de dicha relación distan mucho de ajustarse o de complementarse, como suponen los economistas: tan pronto como baja uno sube el otro y viceversa, en una constante alternativa de flujo y reflujo, sin llegar jamás ambos a coincidir totalmente. La ley de la oferta y la demanda prueba, en la incesante sucesión de vaivenes de sus extremos, que en el régimen económico burgués las contradicciones son inevitables. Y las contradicciones se superan prácticamente, suprimiendo, con la revolución, su base real; la propiedad privada. Engels, para esto, ha consultado a Feuerbach, del cual ha aceptado la exigencia de la inversión de la relación hegeliana “pensamiento-realidad”, pero no su actitud puramente teórica ni su materialismo estático. Es sabido, por otra parte, que el “Esbozo” contribuyó a que Marx se decidiera a ocuparse en el estudio de la economía política. En fin, la exaltación que Engels hace en el “Esbozo” de la ciencia, de la que se sirve para refutar las teorías económicas burguesas (particularmente, la teoría de Malthus) y en la que ve el camino para llegar a una visión racional del mundo y de la sociedad al mismo tiempo, nos autoriza a pensar que el interés que él manifestó en su madurez por los estudios de las ciencias naturales no fue algo adicional y fortuito, sino enraizaba en sus años juveniles como una componente esencial de su pensamiento. “La demencial afirmación de Malthus de que la tierra no tiene fuerza para alimentar a los hombres“, (5) basada en la premisa de que la población crece en progresión geométrica y la capacidad de producción de la tierra sólo en progresión aritmética, se debe precisamente a que él ignora que la ciencia aplicada a la producción industrial y agrícola permite un incremento productivo igual al crecimiento de la población. “No aceptaré (dice textualmente Engels) como competente ninguna defensa de la teoría malthusiana que antes no me demuestre, partiendo de sus propios principios, cómo un pueblo puede pasar hambre a fuerza de abundancia y ponga esto en consonancia con la razón y con los hechos… ¿Qué progresos no debe la agricultura del siglo actual a la química, más aun, solamente a dos hombres, sir Humphrey Davy y Justus Liebib? Ahora bien, la ciencia crece, por lo menos, como la población; ésta crece en proporción al número de la generación anterior y la ciencia avanza en proporción a la masa de los conocimientos que la generación precedente le ha legado, es decir, en las condiciones más usuales, también en proporción geométrica, y para la ciencia no hay nada imposible“.(6)

La situacion de la clase obrera en Inglaterra, escrita después de la breve estadía parisiense de 1844 al lado de Marx, arranca con el análisis crítico de la obra Pasado y presente de Carlyle, en la cual el autor opone la Inglaterra del siglo XIX a la Inglaterra feudal del siglo XII. Engels aprecia la descripción que Carlyle hace de la monstruosa realidad de la Inglaterra capitalista, repleta de riqueza y en donde, sin embargo, se muere de hambre. Rechaza empero la solución que el filósofo-poeta aporta a tanto mal y que divisa en la restauración religiosa, en virtud de la cual el hombre moderno, sea burgués o proletario, podrá recobrar su “alma” e Inglaterra regresar a la espiritualidad de vida de la Edad Media. Tampoco las formas de socialismo que los ingleses, eminentemente prácticos, adoptaban, y que consistían en simples paliativos (v. g. las “home-colonies” de Owen) eran remedios adecuados, ya que carecían de una base teórica capaz de señalar objetivos precisos de lucha. Un conocimiento verdadero de los males sociales —apunta Engels— ha de ser dialéctico; esto es, ha de aprehender las contradicciones internas de una situación histórico-social, mostrar su inconciliabilidad, para poder afirmar luego la necesidad de su superación mediante la praxis revolucionaria. El proletariado debe, consecuentemente, adquirir conciencia de su participación activa en la lucha por su emancipación y construir libremente su futuro. Dicho diversamente, gracias a la interpretación científica y dialéctica de la realidad social del sistema capitalista (que pone de manifiesto las contradicciones estridentes entre capital y salariado y la necesidad de superarlas), la acción de la clase obrera deja de ser ciega y se convierte en una acción críticamente iluminada y dirigida. El materialismo estático de Feuerbach ha quedado definitivamente atrás. He aquí por qué, como Lenin hace patente, La situación de la clase obrera en Inglaterra es el primer gran documento del socialismo científico. “Es cierto que con anterioridad a Engels muchos describieron los padecimientos del proletariado e indicaron la necesidad de ayudar a éste. Pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no sólo constituye una clase que sufre, sino que precisamente la miserable situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a la conciencia de que no les queda otra salida que el socialismo. Por otra parte, el socialismo tan sólo se transformará en una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Estas son las ideas fundamentales de la obra de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas aceptadas ahora por todo el proletariado que piensa y lucha, pero entonces completamente nuevas“.(7)

En París (1844), como hemos dicho arriba, se inició la labor común de Marx y Engels, que prosiguió luego en Bruselas (1845-47) y más tarde en Inglaterra (desde 1849 en adelante). Esta labor común, que tuvo su razón en la comprobación de un perfecto acuerdo acerca de todos los aspectos de la teoría, se tradujo de inmediato en la producción común de tres obras imprescindibles para una inteligencia cabal del materialismo histórico y del socialismo científico-revolucionario: la ya citada Sagrada familia (1845), la Ideología alemana (1845-46), que es una crítica radical de las superestructuras ideológicas que pretenden afirmar su autonomía frente a sus bases reales, y el Manifiesto del partido comunista (1848), que expone en trazos claros y brillantes los fundamentos de la concepción comunista del mundo. La colaboración en suelo británico no fue tan directa, ni pudo serla (Marx vivía en Londres y Engels en Manchester; sólo hasta 1870 volvieron a reunirse en la capital inglesa). Por una parte, Marx escribió y publicó Contribución a la critica de la economía política (1859), que es el compendio de los esfuerzos de quince años de estudios en materia económica; pero, sobre todo, se consagró a plasmar su obra maestra, El capital, cuyo primer tomo vio la luz en 1867. Por su parte, Engels difundió en numerosos escritos sus propias concepciones económico-políticas; nosotros, con el objeto de no rebasar los límites de la presente tratación, nos referiremos tan sólo a las obras de argumento más propiamente filosófico: Anti-Dühring (1878), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Ludwig Feuerhach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886) y la Dialéctica de la naturaleza (iniciada en 1873, dejada inconclusa en 1883 y publicada en este siglo en ediciones siempre incompletas). Por lo demás, es justo recordar que Engels dedicó el mejor tiempo de sus últimos años al arduo, aunque grato, trabajo de redactar los últimos dos volúmenes de El capital, no sólo ordenando los apuntes dejados por Marx, sino reestructurando gran parte del material de que disponía, e inclusive integrándolo con nuevos capítulos. “El socialdemócrata austríaco Adler observó con razón que, con la edición del segundo y tercer tomos de El capital, Engels erigió a su genial amigo un monumento majestuoso en el que, involuntariamente, había grabado también con trazos indelebles su propio nombre. En efecto, dichos tomos de El capital son obra de ambos, de Marx y Engels“.(8)

En la compilación de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado intervinieron una serie de factores, contingentes algunos (como “la ejecución de un testamento“, por cuanto Marx había dejado glosas críticas acerca de los resultados de las investigaciones de Morgan, historiador de la sociedad primitiva, como premisa de un trabajo que no alcanzó a escribir), culturales otros (como el interés de Engels, que remontaba a sus años juveniles, por esclarecer el sentido histórico de las religiones a la luz de las estructuras sociales; así como la exigencia de probar que el materialismo histórico era un instrumento válido de explicación y de interpretación también de las sociedades precapitalistas). “Según la teoría materialista —dice Engelsel factor decisivo en la historia es, en fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción son de dos clases. De una parte, la producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados está condicionado por esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo del trabajo, de una parte, y de la familia, de la otra. Cuanto menos desarrollado está el trabajo, más restringida es la cantidad de sus productos y, por consiguiente, la riqueza de la sociedad, con tanto mayor fuerza se manifiesta la influencia dominante de los lazos de parentesco sobre el régimen social”. (9) Con ello, Engels no está estableciendo dos fuerzas motoras de la sociedad humana (la producción de los medios de vida e instrumentos de trabajo y la producción de la especie), como algunos de sus críticos le reprochan, sino está afirmando el carácter social de la producción, en virtud del cual las fuerzas productivas, a medida que van desarrollándose, tienden a ampliar los límites de la participación social en la producción. Por lo demás, este concepto había sido ya expresado en la Ideología alemana. Allí, en efecto, leemos: “La estructura social del viejo mundo no era sino una extensión de la familia“. (10) Y más adelante: (11)Producir la vida, tanto la propia con el trabajo, como la de los otros con la procreación, se nos presenta como una doble relación: natural por un lado y social por el otro (social en el sentido de acción conjugada de diversos individuos, no importa en qué condiciones, de qué manera y con qué finalidad). De donde se desprende que un modo de producción o un estadio industrial determinados van siempre ligados a una forma de cooperación o a un estadio social determinado y que…la suma de las fuerzas disponibles al hombre determina el estado social“. Notable es el empleo que Engels hace del descubrimiento del matriarcado como forma de organización social primitiva: si la mujer tiempo, hasta la división de la sociedad en clases, quedan desacreditadas ipso jacto todas las doctrinas tendientes a presentar a la mujer como un ser biológica y fisiológicamente inferior al hombre. Absurda es, consecuentemente, también la tesis iluminista de que la mujer en las sociedades antiguas haya sido esclava del hombre. El tránsito del matriarcado al patriarcado es explicado con el hecho de que “las riquezas, a medida que iban creciendo, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido“.(12) El patriarcado es, a su vez, el antecedente lógico inmediato de la familia monogámica, “la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, originada espontáneamente. Preponderancia del hombre en la familia y procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados a heredarle… La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos… El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino… En el antiguo hogar comunista… la dirección del hogar, confiada a las mujeres, era también una industria socialmente tan necesaria como el cuidado de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a los hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y aun más con la familia individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social y se transformó en servicio privado; la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción social“.(13) De ninguna manera fue, pues, la monogamia fruto del amor sexual individual y expresión de sentimientos y actitudes concordantes. Producto del cálculo, significó desde un principio desigualdad económica y jurídica de las partes: predominio absoluto del hombre y envilecimiento de la mujer, reducida al papel de servidora y de simple instrumento para la procreación de hijos cuya paternidad fuera indiscutible. Paternidad indiscutible de iure, pero no siempre de facto, porque, si el hombre, fuerte de su posición de jefe, no entendía renunciar a los goces que le proporcionaba el heterismo o comercio extraconyugal, la mujer, por su parte, se veía a veces impelida a acudir al adulterio, como medio de evasión y de rebelión contra el abandono y la opresión de que era víctima. Engels alcanza así su objetivo: el de demostrar que la familia fue la más antigua forma de organización de la producción y que, por tanto, su estudio es la condición primera para un estudio histórico-materialista de las sociedades primitivas. El propio Engels empero reconoce honestamente que ya Marx había comprendido el carácter económico de la institución familiar: “La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud, sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature, todos los antagonismos que se desarrollarán más adelante en la sociedad y en el Estado“.(14) Con respecto a la investigación sobre el origen del Estado, Engels examina las tres formas principales en que el Estado se alza sobre las ruinas de la constitución gentilicia: la ateniense, la romana y la germánica. Dicho examen le permite determinar los elementos distintivos del Estado, que son: la agrupación de sus subditos según “divisiones territoriales“; la institución de una “fuerza pública“, que ya no es el pueblo armado; la captación de recursos financieros, por vía de “impuestos” o “deudas de Estado“, para poder sostener en pie esa fuerza pública. “El Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde afuera a la sociedad; tampoco es la realidad de la idea moral, ni la imagen y la realidad de la razón, como afirma Hegel“.(15) El Estado no ha existido siempre, pues ha habido sociedades, las comunistas, que pudieron pasar sin él. El origen del Estado está ligado a cierta fase de desarrollo económico y a la consecuente división de la sociedad en clases; su función es la de contener los antagonismos de clases, convirtiéndose en el instrumento del dominio de una (la más poderosa económicamente) sobre la otra. Pero, ya que las clases desaparecerán del mismo modo como surgieron, también el Estado perderá un día su razón de ser y toda su maquinaria será enviada al “museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce“.(16)

La obra Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofia clásica alemana es un estudio profundo de aquel pensamiento filosófico alemán que había servido de antecedente al materialismo histórico, y que había tenido sus últimos y más representativos exponentes en Hegel y en Feuerbach. En lo tocante al problema cardinal de toda la filosofía, el de la relación entre el pensar y el ser, Hegel asume una posición antirrealista: el ser no es sino el producto del pensar, en el cual, además está llamado a resolverse. Feuerbach invierte los términos de la relación, instaurando, así, una nueva forma de filosofía naturalista o materialista (el objeto, que ahora gracias a la inversión viene a desempeñar el papel principal, el de agente o productor, era, en efecto, en Hegel, la “naturaleza”). La crítica de Feuerbach (de conformidad con la tendencia de toda la izquierda hegeliana) mira a determinar la “esencia” de la religión, y señaladamente del cristianismo: la esencia de la religión consiste en proyectar en el cielo lo que es terrenal, en hacer del mundo real un mundo solamente representado, en el cual y por el cual el hombre alcanza la liberación de todas sus necesidades. Con esta interpretación, el ser (naturaleza, hombre) se reconvierte en productor o agente y el pensar (idea, Dios) en producto. Engels reconoce la “fuerza liberadora” del pensamiento feuerbachiano; mas ello no le impide profundizar el examen y darse cuenta de que, bajo el velo de su declarado materialismo, se oculta una actitud auténticamente idealista. También Starcke había hecho a Feuerbach la misma reconvención; sólo que Starcke busca el idealismo de Feuerbach allí donde no está, a saber, en su fe en el progreso de la humanidad y en su exaltación de fuerzas ideales (la compasión, el amor y la pasión por la verdad y la justicia). “El verdadero idealismo de Feuerbach —nota Engelsse pone de manifiesto en su filosofía de la religión y en su ética. Feuerbach no pretende, en modo alguno, acabar con la religión; lo que él quiere es perfeccionarla. La filosofía misma debe volverse religión… El idealismo de Feuerbach estriba aquí, en que para él las relaciones de unos seres humanos con otros, basadas en la mutua afección, como el amor sexual, la amistad, la compasión, el sacrificio, etc., no son pura y sencillamente lo que son de suyo… sino adquieren su plena significación cuando aparecen consagradas con el nombre de religión. Para él, lo primordial no es que estas relaciones puramente humanas existan, sino que se las considere como la nueva, como la verdadera religión. Sólo cobran plena legitimidad cuando ostentan el sello religioso. La palabra religión viene de religar y significa, originalmente, unión. Por tanto, toda unión de dos seres humanos es una religión. Estos malabarismos etimológicos son el último recurso de la filosofía idealista… Igualmente en la ética Feuerbach es realista por la forma, ya que arranca del hombre; pero, como no nos dice ni una palabra acerca del mundo en que vive, este hombre sigue siendo el mismo hombre abstracto que llevaba la batuta en la filosofía de la religión“.(17) Pero, entre los retoños de la filosofía hegeliana (Strauss, Bauer, Stirner, Feuerbach, etc.) hubo uno, Marx, el cual, si por un lado aceptó la inversión de la relación “pensamiento-realidad”, por el otro salvó, de la herencia hegeliana, el carácter eminentemente revolucionario del método dialéctico; con ello, dio vida a un materialismo dinámico, que explica las leyes generales del desarrollo de la realidad histórica en su totalidad; es decir, de la sociedad, tanto en su estructura económica, como en sus superestructuras ideológicas, mismas que, a pesar de estar condicionadas por su base económica, tienen un desarrollo propio, como si fueran entidades independientes.

En el Ludwig Feuerbach, Engels reafirma, además, su gran pasión y admiración, que ya expresó en el “Esbozo”, por las ciencias naturales: “gracias a los grandes descubrimientos y progresos formidables de las ciencias naturales, estamos hoy en condiciones de poder demostrar, no sólo la ligazón entre los fenómenos de la naturaleza dentro de campos determinados, sino también, a grandes rasgos, la existente entre los distintos campos, presentando así un cuadro de conjunto de la concatenación de la naturaleza bajo una forma bastante sistemática, por medio de los hechos suministrados por las mismas ciencias naturales empíricas… Hoy, la filosofía de la naturaleza ha quedado definitivamente liquidada… Y lo que decimos de la naturaleza, concebida aquí también como un proceso de desarrollo histórico, es aplicable igualmente a la historia de la sociedad en todas sus ramas y, en general, a todas las ciencias que se ocupan de cosas humanas (y divinas)“. (18) Hemos citado este pasaje, para enlazarnos con la última fase del pensamiento engelsiano, caracterizada precisamente por su concepción general de la naturaleza.

Dicha concepción ya aparece esbozada en la primera sección del Anti-Dühring, que, como ya se ha señalado, vio la luz en 1878. Pasaremos por alto el examen de las otras dos secciones, en donde se trata de economía política y socialismo; tan sólo a título de información, diremos que el propio Engels arregló tres capítulos de estas materias para un folleto, Del socialismo utopico al socialismo cientifico (1880), de enorme difusión, mayor aun que la del Manifiesto y El capital. (19) Pero la obra en que la concepción teorética de la naturaleza de Engels se halla perfectamente delineada es Dialéctica de la naturaleza, empezada en 1873, pero publicada por primera vez en 1925.

El autor enfoca su ataque contra el materialismo mecanicista, al cual considera como una de las expresiones más audaces del pensamiento burgués, en un siglo en que hervían las polémicas en torno a las variadas formas de materialismo (mecanicismo, evolucionismo, agnosticismo) y sobre las relaciones entre filosofía y ciencia. Para Engels, el movimiento no puede reducirse a cambio de lugar; cuando procede más allá de las leyes mecánicas, es también cambio de calidad: “Las ciencias naturales contemporáneas se han visto constreñidas a tomar de la filosofía el principio de la indestructibilidad del movimiento; sin este principio las ciencias naturales ya no pueden existir. Pero el movimiento de la materia no es únicamente tosco movimiento mecánico, mero cambio de lugar; es calor y luz, tensión eléctrica y magnética, combinación química y disociación, vida y, finalmente, conciencia. Decir que la materia en toda la eternidad sólo una vez —y ello por un instante, en comparación con su eternidad— ha podido diferenciar su movimiento y, con ello, desplegar toda la riqueza del mismo, y que antes y después de ello se ha visto limitada eternamente a simples cambios de lugar; decir esto equivale a afirmar que la materia es perecedera y el movimiento pasajero. La indestructibilidad del movimiento debe ser comprendida, no sólo en el sentido cuantitativo, sino también el cualitativo“.(20) Se configura, de tal manera, la primera ley de la dialéctica: la conversión de la cantidad en cualidad y viceversa. Las otras dos son: la interpenetración de los opuestos y la negación de la negación. Según Engels, estas tres leyes han sido desarrolladas por Hegel, si bien a su manera idealista, como meras leyes del pensamiento: la primera y la segunda ocupan, respectivamente, la teoría del ser y la teoría de la esencia; la tercera, por su parte, es la ley fundamental para la construcción de todo el sistema. Pero Engels no se detiene aquí: considerando que “todo lo que nace es digno de morir” (palabras de Mefistófeles en el “Fausto” de Goethe), comparte las previsiones de algunos científicos acerca del fin del universo; y al mismo tiempo expresa la “certeza de que la materia será eternamente la misma en todas sus transformaciones, de que ninguno de sus atributos puede jamás perderse y que por ello, con la misma necesidad férrea con que ha de exterminar en la Tierra su creación superior, la mente pensante, ha de volver a crearla en algún otro sitio“. (21) A las claras, se nota que esta visión de la “sucesión eternamente reiterada de los mundos en el espacio infinito(22) excede con mucho el alcance de los resultados obtenidos por las ciencias naturales y pugna con la afirmación antedicha de que “la filosofía de la naturaleza ha quedado definitivamente liquidada“. Esta concepción general de la naturaleza ¿no se extralimita del dominio de la ciencia y se encauza por la senda peligrosa de la metafísica? ¿De aquella misma metafísica que él ha reprochado a algunos filósofos, como precisamente a Dühring, los cuales estimaban poder encerrar la historia eterna del universo dentro de esquemas más dogmáticos que el sistema formulado por Hegel? Estas aberraciones de Engels maduro son demasiado evidentes para quedar ocultas; y, por otra parte, tienen el agravante de avalar la acusación “de haberse convertido en positivista“, cuando, al principio, del positivismo él había reconocido sólo su importancia como corriente cultural, no su validez como doctrina filosófica, y conformemente había desenmascarado sus empeños metafísicos.

Eso no obstante, convenimos con Ludovico Geymonat (23) en que hubo un motivo, tal vez para él el más importante, que impulsó a Engels a delinear una concepción dialéctica general de la naturaleza: el propósito de dar un fundamento objetivo al materialismo histórico. En efecto, hasta cuando éste se limita a probar la validez de la dialéctica en el campo de los hechos humanos, no deja de engendrar la sospecha de que se trata de algo meramente subjetivo, y por tanto ilusorio. Si, por el contrario, el materialismo logra fundar la dialéctica de la historia humana en la dialéctica de la historia de la naturaleza, su validez resultará inmensamente reforzada. Y, para Engels, reforzar la validez del materialismo dialéctico significa reforzar el movimiento revolucionario del proletariado. He aquí por qué, al comienzo de la presente exposición, decíamos que, en virtud del desarrollo que experimentó el pensamiento engelsiano en su madurez hasta adquirir la forma de una dialéctica de la naturaleza, también el materialismo histórico acabó por cambiar de fisonomía, esto es, por perder su significado originario.

NOTAS

1. Marx, Prólogo de la Contribución a la critica de la economía política, Ediciones de cultura popular, S. A., México, 1973, pp. 13-14

2 Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Ediciones de Cultura Popular, S. A., México, 1972, p. 193.

3 Lenin, “Federico Engels”, en Marx y Engels, Editorial Progreso, Moscú, 1966, p. 15.

4 Engels, “Esbozo para la crítica de la economía política”, en Escritos económicos varios, Ed. Grijalbo, S. A., México, 1966, p. 6.

5 Engels, op. cit., pp. 20-21.

6 Engels, op. cit., pp. 21-22.

7 Lenin, op. cit., p. 15.

8 Lenin, op. cit., p. 18.

9 Engels, “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, en Marx y Engels Ed. Progreso, Moscú, 1969, Prefacio, pp. 482-83.

10 Marx y Engels, Ideología alemana, Ediciones de Cultura Popular, México, 1972, p. 22.

11 Ibidem, p. 37.

12 Engels, op. cit.s p. 524,

13 Engels, op. cit., pp. 532-33, 539.

14 Engels, op. cit., p. 526.

15 Engels, op. cit.t p. 621.

16 Engels, op. cit.. p, 624.

17 Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Ediciones de Cultura Popular, S. A., México, 1972, pp. 178-84.

18 Engels, op. cit.s pp. 200-1.

18 Engels, “Del socialismo utópico al socialismo científico”, en Marx y Engels, Editorial Progreso, Moscú, 1969, Prólogo a la edición inglesa de 1892, p. 402.

20 Engels, “Dialéctica de la naturaleza”, en Marx y Engels, Editorial Progreso, Moscú, 1969, Introducción, p. 375.

2 1 Engels, op. cit., p. 377.

22 Engels, op. cit., p. 377.

23 L. Geymonat, Storia del pensiero filosofico e scientifico Garzanti, Milano, 1971, Yol. V, p. 370.

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