¿Qué es el materialismo histórico?

Lunes. Vuelta a la rutina. Vistazo a los titulares de la prensa. Continúa el desmelene de los que más tienen y más quieren. Veamos: gurús de la CEOE piden la jubilación a los 70 años y recortar el desempleo. Aún más, proponen “acelerar” la reforma de las pensiones, bajar el Impuesto de Sociedades y reducir el gasto en empleo público. Veamos más: sus primos del Círculo de Empresarios critican los presupuestos generales y al gobierno por “tibios”. Exigen ser más contundentes en materia de pensiones y contratos y reclaman la bajada del Salario Mínimo. Una más: Eurostat ha dado los datos de déficit y deuda en la zona euro en 2012. España es el país con el déficit más alto de toda la zona -un 10,6%- gracias a las ayudas a la banca y su recapitalización -un 3,7%-. He ahí tres “perlas” del maravilloso capitalismo español.

elocuencia (Spirals)

Nosotros mientras tanto continuamos acumulando herramientas para darle un buen golpe a tan bárbaro sistema. Si hace poco publicamos ¿Qué es el marxismo?, de Francisco Erice, vamos a continuar con el mismo autor que nos va a explicar en qué consiste eso del materialismo y demás. ¿Nos acompañas?…

Salud. Antoni Olivé

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«LA TEORÍA DE LA HISTORIA: EL MATERIALISMO HISTÓRICO»

Francisco Erice

1. ¿QUÉ ES EL MATERIALISMO HISTÓRICO? [1]

Marx y Engels no dejaron escrito ningún tratado general de Materialismo Histórico, aunque el Anti-Dühring pudiera en cierto modo parecerlo. Es precisamente Engels, el autor de ese texto, el que utilizó y divulgó más esta denominación para designar la nueva concepción de la historia desarrollada por Marx y por él mismo, llegando a definirla de esta manera:

“…Confío en que la respetabilidad británica, que en alemán se llama filisteísmo, no se enfadará demasiado porque emplee en inglés, como en tantos otros idiomas, el nombre de materialismo histórico para designar esa concepción de los derroteros de la historia universal que ve la causa final y la fuerza propulsora decisiva de todos los acontecimientos históricos importantes en el desarrollo económico de la sociedad, en las transformaciones del modo de producción y de cambio, en la consiguiente división de la sociedad en distintas clases y en las luchas de estas clases entre sí” [SUSC, en OE, t. II, pp. 102-103] 

En general, cuando se trata de solventar el arduo problema de exponer sintéticamente la teoría marxista de la historia, suele recurrirse a la selección de alguna cita significativa de sus obras donde se condensen, en pocas frases, los aspectos fundamentales. Las más utilizadas, desde luego, proceden de La Ideología Alemana y del Prefacio de la Contribución a la Crítica de la Economía Política. En La Ideología Alemana, obra de juventud  conjunta de Marx y Engels, se incluye por primera vez una sinopsis de esa visión de la historia, en términos como los que refleja esta larga cita:

“Podemos distinguir al hombre de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Pero el hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida, paso éste que se halla condicionado por su organización corporal. Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material.

El modo como los hombres producen sus medios de  vida depende, ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con que se encuentran y que tratan de reproducir. Este modo de producción no debe considerarse solamente en cuanto es la reproducción de la existencia física de los individuos. Es ya, antes bien, un determinado modo de la actividad de determinado modo de vida de los mismos (…) (…).

Nos encontramos, pues, con el hecho de que determinados individuos que, como productores, actúan de un determinado modo, contraen entre sí estas relaciones sociales y políticas determinadas. La observación empírica tiene necesariamente que poner de relieve en cada caso concreto, empíricamente y sin ninguna clase de falsificación, la trabazón existente entre la organización social y política y la producción. La organización social y el Estado brotan constantemente  del proceso de vida de determinados individuos; pero estos individuos, no como pueden representarse ante la imaginación propia o ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad.

La producción de las ideas y representaciones, de la conciencia, aparece al principio directamente entrelazada con la actividad material y el comercio material de los hombres, como el lenguaje de la vida real. Las representaciones, los pensamientos, el comercio espiritual de los hombres se presentan todavía, aquí, como emanación directa de su comportamiento material. Y lo mismo ocurre con la producción espiritual, tal y como se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc., de un pueblo. Los hombres son los productos de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de las fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en una cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico.

Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología, y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad (…). No es la  conciencia lo que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia (…).

Tan pronto como se expone este proceso activo de vida, la historia deja de ser una colección de hechos muertos, como lo es para los empiristas, todavía abstractos, o una acción imaginaria de sujetos imaginarios, como para los idealistas.

Allí donde termina la especulación, en la vida real, comienza también la ciencia real y positiva, la exposición de la acción práctica, del proceso práctico y de desarrollo de los hombres. Terminan allí las frases sobre la conciencia y pasa a ocupar su sitio el saber real. La filosofía independiente pierde, con la exposición de la realidad, el medio en que puede existir. En lugar de ella, pude aparecer, a lo sumo, un compendio de los resultados más generales, abstraído de la consideración del desarrollo histórico de los hombres. Estas abstracciones de por sí, separadas de la historia real, carecen de todo valor. Sólo pueden servir para facilitar la ordenación del material histórico, para indicar la sucesión en serie de sus diferentes estratos. Pero no ofrecen en modo alguno, como la filosofía, una receta o un patrón con arreglo al cual pueden aderezarse las épocas históricas. Por el contrario, la dificultad comienza allí donde se aborda la consideración y ordenación del material, sea el de una época pasada o el del presente, la exposición real de las cosas  [IA, pp. 19-20 y 25-27].

En este texto primerizo, que conserva aún evidentes vacilaciones de lenguaje, se formulan ya con nitidez, en todo caso, algunas de las ideas básicas de la concepción materialista de la historia: primacía de la producción de la vida material sobre las relaciones sociales, las formas políticas y las “ideas y representaciones de la conciencia”determinación de la conciencia por el ser socialnecesidad de comprender la historia real al margen de las “especulaciones abstractas” y de analizar en cada caso las relaciones entre la organización social y política y la producción…  Se trata de reaccionar contra la visión de la historia como una “colección de hechos muertos”, puramente descriptiva y superficial, a la manera de los empiristas “abstractos”; y sobre todo de rechazar las explicaciones idealistas propias de los herederos de Hegel contra los que se dirige la obra.

Quince años más tarde, en el citado Prefacio de 1859, la formulación es ya mucho más directa, contundente y lapidaria:

“El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo: en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden  a un modo determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente la colosal superestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción –que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época de trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productivas que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria humana” [CCEP, pp. 38-39].

Como puede apreciarse, se mantienen, en este segundo texto, que no sin razón ha sido calificado de ultraconciso [2], algunos de los planteamientos esenciales del primero (primacía del ser social sobre la conciencia y de la producción de la vida material sobre las demás esferas), pero además se formula de manera más precisa una concepción de la dinámica histórica basada en la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, así como la idea de una historia que avanza a través de una serie de etapas hasta la superación de los antagonismo sociales y el fin de la “prehistoria humana”.

Entre ambos textos, el Manifiesto Comunista establecía una sencilla descripción de la dinámica histórica en términos algo distintos, que parecen enfatizar más el protagonismo humano colectivo:

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes” [MC, en OE, t. I,  pp. 21-22]

Sin duda textos como éstos, extraordinariamente sugerentes, en los que se definen esquemáticamente los fundamentos de una nueva concepción histórica, se han utilizado de forma abusiva, olvidando a veces que el propio Marx  los consideraba una simple guía para sus estudios o el resultado de principios generales que debían ser sometidos a la comprobación empírica en cada caso. La repetición excesiva de algunos de los más conocidos aforismos o sentencias breves de Marx (sobre contradicciones fuerzas productivas-relaciones de producción o nexos base-superestructura, por ejemplo), o de los quiasmos [3] que inundan toda su obra de juventud (del estilo de el arma de la crítica-la crítica por las armas; o acción sin ideas-ideas sin acción) han contribuido a simplificar en exceso las ideas marxistas, sin tener en cuenta que las formulaciones más rígidas aparecen rara vez, o cuando lo hacen, tienen un marcado carácter literario o de economía de expresión. Probablemente, como afirma Fernández-Buey, a Marx algunas de las metáforas que utiliza “se le han vuelto en contra”, contribuyendo a deformar su pensamiento. [4] 

Para comprender realmente la visión marxiana y su extraordinario carácter renovador [5] , más allá de las frases ingeniosas o brillantes que sin duda Marx sabe prodigar como nadie, habría que tener en cuenta varias cuestiones. En primer lugar, que Marx no es historiador en  sentido estricto, pero ha impregnado toda su obra de elementos y componentes históricos e intercalado análisis con especial contenido histórico; esto es así desde  el Manifiesto Comunista hasta El Capital. Según el historiador marxista francés Pierre Vilar, el Manifiesto puede considerarse una obra maestra de historia-síntesis, de historia-explicación, y La Ideología Alemana “no es un libro de historia, pero es con seguridad una obra de historiadores”, y algo parecido sucede con El Capital; en sus escritos sobre España, por citar otro ejemplo, Marx no se propone hacer una historia de este país, pero sí “pensar históricamente sobre España”. Hobsbawm, coincidiendo básicamente en el sentido de estas apreciaciones, recuerda que Marx rara vez elabora trabajos históricos, pero “siempre escribió con un sentido histórico”. [6]

No puede decirse, en rigor, que el interés histórico de Marx haya decrecido desde su juventud hasta su madurez, pese a la opinión de otro historiador marxista, Edward P. Thompson [7] . En El Capital, por ejemplo, se encuentran capítulos más directamente históricos (sobre la evolución de la jornada de trabajo, la acumulación primitiva, etc.), pero –señala nuevamente Pierre Vilar– más difícil, y también mucho más significativo, es buscar la historia allí donde voluntariamente se oculta, donde veinte años de investigación y reflexión se condensan en veinte páginas aparentemente abstractas; de hecho, en los primeros años de los partidos socialistas, se consideraba El Capital sobre todo como una historia del capitalismo, y los capítulos específicamente históricos de la obra a veces se publicaban en ediciones aparte [8] .

En segundo lugar, Marx no publicó obras históricas propiamente dichas, aunque, muy interesado por le Revolución francesa, estuvo tentado de elaborar una historia de la Convención [9] Los trabajos de Marx más históricos son de historia reciente o de carácter periodístico, como El 18 Brumario de Luis BonaparteLas luchas de clases en Francia de 1848 a 1850La guerra civil en Francia, sus escritos sobre España, etc. Muchos datan de los años posteriores a las revoluciones de 1848, cuando, como se ha señalado, Marx adquiere realmente una perspectiva histórica mundial. Además, en ellos se pueden apreciar algunos rasgos significativos de la visión histórico-social de Marx, como la importancia de las interrelaciones entre los diversos aspectos de la realidad histórica, la función de las clases y la lucha de clases, la complejidad de las estructuras sociales (frente a esquemas demasiado mecánicos), el papel (matizado) de lo político-ideológico o la influencia en el individuo de las condiciones sociales.

En tercer lugar, la consideración histórica de los fenómenos en la obra de Marx, va unida al rechazo de la ideología burguesa, que pretende presentar como eterno y natural aquello que es estrictamente histórico. Éste era el reproche general que hacía a la Economía política clásica, algunos de cuyos logros aceptaba:

“Los economistas razonan de forma singular. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: unas artificiales y otras naturales (…). Las instituciones del feudalismo son artificiales y las de la burguesía son naturales (…). Al decir que las actuales relaciones –las de producción burguesa- son naturales, los economistas dan a entender que se trata precisamente de unas relaciones bajo las cuales se crea riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Por consiguiente, estas relaciones son en sí leyes naturales, independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. De modo que hasta ahora ha habido historia, pero ahora ya no la hay” [MF, p. 104].

Sentido semejante tienen sus observaciones por ejemplo acerca del carácter histórico – no natural– de las necesidades (en Trabajo asalariado y capital) [TAC, en OE,  t. 1, p. 87]; o bien consideraciones de este estilo recogidas en ese mismo escrito:

“Un negro es un negro. Sólo en determinadas condiciones se convierte en un esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital” [TAC, en OE, t. 1, p. 87]

Condiciones que son, obviamente, históricas.

En cuarto lugar, el acercamiento histórico no excluye en Marx la perspectiva estructural. Se ha discutido mucho acerca de la primacía de una u otra en Marx. En cualquier caso, como señala Henri Lefebvre, “poner el acento sobre la estabilidad, sobre la permanencia, es lo opuesto al método marxista”, pues “jamás las estructuras pueden consolidarse y afirmarse”, y “la destrucción opera en el seno de las estructuras, desde su nacimiento [10] .

En quinto lugar, dado que Marx aborda multitud de aspectos, muchos de los cuales no desarrolla, cabe plantearse –más por interés actual que por interpretar fielmente a Marx– no sólo lo que Marx dice, sino los caminos que abre,  los que permite abrir o los que obstaculiza o dificulta. Para Pierre Vilar, en una visión tal vez optimista en exceso, Marx abre todas las vías y no cierra ninguna, y habría estado encantado de poder utilizar, por ejemplo, el Psicoanálisis o los métodos de la moderna Lingüística [11] . Otros, por el contrario,  piensan que Marx, al poner un énfasis casi exclusivo en la explotación de clase, oscureció otras formas de desigualdad y dominación, aunque los marxistas actuales intenten ahora abordarlas [12] . En mi opinión, es cierto que el marxismo clásico, tal como ha sido históricamente asumido, ha podido bloquear determinados desarrollos historiográficos potencialmente fértiles; pero lo mismo ha ocurrido con  cualquier otra teoría de la historia, en igual o –generalmente- en mayor medida; y el marxismo, salvo en el caso de perspectivas netamente idealistas, de difícil o imposible encaje, es capaz de asumir y enriquecer la mayoría de los nuevos campos temáticos y muchos de los nuevos planteamientos (la historia de las mujeres o de los movimientos sociales, por ejemplo), renovándose y enriqueciéndose a su vez, y ofreciendo además para ello la perspectiva dialéctica y totalizadora de la que otras tradiciones teóricas carecen.

Continuará.

NOTAS

[1] Las referencias bibliográficas las incluimos a pie de página por su autor y año de edición (la relación completa viene al final). En cambio las obras o recopilaciones de Marx y Engels aparecen citadas en el mismo texto, entre corchetes, según las siguientes equivalencias: AC =  Acerca del colonialismo; AD = Anti-Dühring;  C = El Capital; CC = Cartas sobre El Capital; CCEP = Contribución a la Crítica de la Economía Política; CPG = Crítica del Programa de Gotha; DB = El 18 Brumario de Luis Bonaparte; FEP = Formaciones Económicas Precapitalistas; G = Grundrisse; GCF = La Guerra civil en Francia; IA = La Ideología Alemana; IC = Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda; LCF = Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850; MC = El Manifiesto Comunista; MF = Miseria de la Filosofía; MP =  Manuscritos económico-filosóficos o Manuscritos de París; OE =Obras escogidas; OFPE = El origen  de la familia, la propiedad privada y el Estado; SUSC = Del socialismo utópico al socialismo científico; TAC  = Trabajo asalariado y capital. Las páginas corresponden a las ediciones que se citan en la bibliografía  final.

[2] “Esta formulación ultraconcisa requiere que se la amplíe”, subraya el historiador marxista británico E. J. Hobsbawm (1998), p. 167.

[3] El quiasmo es una figura retórica que consiste en utilizar de manera seguida dos expresiones paralelas, pero invirtiendo en la segunda el orden de los términos de la primera.

[4] E. M. Wood (1984), p. 12; F. Fernández Buey (1998), p. 13.

[5] Althusser y sus seguidores han insistido en que Marx descubrió el continente de la historia, planteamiento tal vez algo exagerado; Marx sería el Galileo de la Historia. G. Bueno (1973, p. 19), por su parte, lo compara más con Einstein que con Galileo, pues Marx no habría creado una ciencia (la Historia) que ya existía antes que él, como preexistía la Física a la revolución relativista de Einstein.

[6] P. Vilar (1974), (1979) y (1988). . J. Hobsbawm (1983), p. 335.

[7] Para Thompson (1981, pp. 100 y ss), en la etapa de madurez, “hay algo en la confrontación de Marx con el economía política que es obsesivo”, y por ello el marxismo quedó marcado, en un estadio crítico de su desarrollo, por las categorías de la economía política”. Por el contrario, P. Anderson (1985, pp. 67-69) piensa, creo que justificadamente, que “la actividad de Marx a partir de 1848 no le alejó (…) de la historia, sino que profundizó más en ella”.

[8] F. Andreucci (1980), pp. 77-78.

[9] Sobre el interés de Marx por la Revolución francesa, F. Furet (1992). Engels sí elaboró trabajos históricos como La guerra campesina en Alemania (con fuentes de segunda mano) o la etnológico-histórica El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. 

[10] H. Lefebvre y otros (1975), pp. 10-11; A. Schmidt (1073), p. 126.

[11] J. García Martín (1983), p. 126.

[12] M. Poster (1987).

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