Los hijos de Marx y de la Coca-Cola

TV MAN (Balla)Desde hace un par de décadas se instaló entre nosotros “el movimiento post”. La posmodernidad, el postcapitalismo, el postestructuralismo… prácticamente cualquier palabra admitía el prefijo. Pero como nos recuerdan Santi Alba y Fernández Líria en Dejar de Pensar (un fenomenal alegato contra el posmodernismo) el posmodernismo hace referencia a una época que ya no quiere pensar en qué sociedad vive porque no sería capaz de soportar la realidad; la realidad de seguir siendo, de hecho y sin sorpresa, miembros de la sociedad moderna, es decir, de la sociedad capitalista.

También desde este lado de la izquierda y sobre parecida temática reflexiona Alex Callinicos, profesor de teoría política en el King’s College de Londres y uno de los más destacados autores marxistas y activista comunista actuales. ¿Te atreves…?

Los hijos de Marx y de la Coca-Cola (*)

Alex Callinicos

Comenzamos con Lyotard, y acabaremos con él (en más de un sentido). Lyotard escribe: «El eclecticismo es el grado cero de la cultura general contemporánea: se escucha reggae, se ven películas de vaqueros, se almuerza hamburguesas de McDonald y se cena cocina típica del lugar, se usan perfumes de París en Tokio y vestidos retro en Hong Kong; el conocimiento es un asunto de concursos de televisión». Todo depende, por supuesto, de quién es el sujeto de esas acciones. Se trata de algo más que de una puntualización ad hominem, aunque quizás es un poco fuerte que Lyotard ignore a la mayoría de la población, incluso la de los países económicamente avanzados, a los que se niega las delicias del perfume francés y de los viajes a Extremo Oriente. ¿Quién tiene, entonces, acceso a este tipo de experiencias? ¿A qué sujeto político ayuda a constituir la idea de una época posmoderna?

La “nueva clase media”

Hay una respuesta obvia para esta pregunta. Uno de los desarrollos sociales más importantes en las economías avanzadas durante el presente siglo ha sido el crecimiento de una “nueva clase media” de asalariados de cuello blanco de nivel superior. John Goldthorppe escribe: «Mientras que a comienzo del siglo XX, los empleados profesionales, administrativos y gerenciales sólo significaban un 5-10% de la población activa en la mayoría de los países económicamente avanzados, hoy representan por lo general un 20-25% en las sociedades occidentales». Las nuevas clases medias, concebidas como asalariados que ocupan lo que Erik Olin Wright llama «un lugar de clase contradictorio» entre el trabajo y el capital, desarrollando sobre todo tareas de gestión y supervisión, es con toda probabilidad un grupo mucho más pequeño que lo que reflejan estas cifras. Quizás el 12% de la población trabajadora de Gran Bretaña. En cualquier caso, bien por el poder social que tienen sus miembros, bien por la influencia cultural que ejercen sobre otros trabajadores de cuello blanco, que aspiran a promocionarse hasta formar parte de ese grupo, las nuevas clases medias son una fuerza con la que hay que contar en la mayor parte de las sociedades occidentales.

Raphael Samuel ha pintado un retrato evocativo de esta clase media asalariada que, a diferencia de la pequeña burguesía tradicional de pequeños capitalistas y profesionales independientes, «se caracterizan más por su consumo que por su ahorro. El suplemento dominical del Sunday les proporciona a la vez materiales sobre los que elaborar sus fantasías y pistas culturales que seguir. Sus presunciones culturales suelen limitarse al despliegue llamativo de su buen gusto, bien sea a través de sus utensilios de cocina, su comida continental o sus fines de semana campestres. Las nuevas formas de sociabilidad, como las fiestas y los ligues, han roto el apartheid sexual que mantenía separadas a las personas en rígidos círculos. El concepto de clase raramente aparece en la imagen que tienen de si mismas las nuevas clases medias. Muchos de ellos trabajan en un mundo institucional de sutiles jerarquías pero en el que no existen fronteras antagónicas definidas. Las nuevas ciases medias tienen una economía emocional que difiere de la de sus predecesores de preguerra. Les atrae la satisfacción inmediata más que la gratificación buscada, hacen de su consumo una virtud positiva, y consideran la autoindulgencia como una muestra ostentosa de buen gusto. Los placeres de la carne, lejos de estar prohibidos, son un terreno privilegiado a la hora de establecer sus aspiraciones sociales y confirmar sus identidades sexuales. La comida en particular, una pasión burguesa de posguerra, …se ha convertido en un distintivo crucial de clase».

No resulta difícil adivinar cuales son las condiciones económicas que requieren estas prácticas sociales. El ahorro es mucho menos importante cuando la posición social depende menos del capital que se acumula que de la habilidad para negociar en la escala jerárquica gerencial, y cuando existe la posibilidad de aumentar el consumo a través del crédito.

Es tentador concebir el posmodernismo como la expresión cultural del ascenso de las nuevas clases medias. Pero creo que sería una equivocación. Las nuevas clases medias no son tanto una colectividad homogénea como una colección heterogénea de distintas capas, que ocupan todas una posición contradictoria en las relaciones de producción, pero desarticulada por distintas bases de poder; por ejemplo, una importante fuente de diferenciación en el interior de las nuevas clases medias es el trabajar en el sector público o en el privado: un profesor universitario no suele experimentar la misma identidad que un corredor de bolsa. Por otra parte, si el término posmodernismo tiene un referente cultural auténtico, este se remonta a los años 60, mientras que las nuevas clases medias se han desarrollado mucho antes. Lo que sugiere la necesidad de un análisis que, como la genealogía que traza Anderson del modernismo, busque aislar la coyuntura histórica en la que comenzó todo este discurso sobre el posmodernismo.

La ruptura del círculo encantado

Dos desarrollos me parecen decisivos. El primero es el que Mike Davis describe como «la emergencia de un nuevo y embrionario régimen de acumulación que podría recibir el nombre de superconsumismo», por lo que entiende «la creciente trasferencia de subsidios políticos a una sub-burguesía, compuesta por masas de ejecutivos, profesionales, nuevos empresarios y rentistas». Davis defiende que el capitalismo americano atravesó en los años 70 y 80 la crisis del viejo régimen de acumulación fordista basado en la articulación de la producción masiva semiautomática, el consumo de la clase obrera y la redistribución de la renta en favor, no solo del capital, sino también de una nueva clase media cada vez más segura de sí misma.

Los recortes fiscales y del Estado del Bienestar que llevó a cabo la primera administración Reagan significaron que las familias de renta más baja perdieron al menos 23.000 millones de dólares en subsidios y beneficios federales, mientras que las familias de renta más alta ganaron más de 35.000 millones. «El viejo circulo encantado de los pobres que se hacían ricos y de los ricos que se hacían aún más ricos ha sido sustituido por el de los pobres que se hacen aun mas pobres y el de los ricos más ricos, en la medida en que la proliferación de empleos de bajos salarios amplia simultáneamente un prospero mercado de no-productores y jefes». El resultado es una «economía de geometría variable» que implica «como ha señalado Business Week, un mercado de consumo fuertemente dividido…con la mayoría de los asalariados pobres pululando alrededor de los K-Marts (nota: cadenas de tiendas de barrio, muy populares en el mundo anglosajón) y las importaciones taiwanesas, en un extremo, mientras que en el otro existe un (relativamente) vasto mercado de productos y servicios de lujo, que incluye viajes y ropa de diseño, restaurantes de moda, computadoras domésticas y coches deportivos de lujo».

Aunque la línea argumental de Davis se debilita en parte porque se apoya en la equivocada teoría de las crisis de la escuela regulacionista, tengo pocas dudas de que se está refiriendo a un fenómeno de significación universal. La era Reagan-Thatcher fue testigo, no del abandono del keynesianismo, sino de una importante reorientación fiscal, una de cuyas principales características fue la redistribución a favor de los ricos y en contra de los pobres. La reforma de la seguridad social británica y las reducciones de impuestos de los sectores de renta más altos, ambos aprobados en la primavera de 1988, siguieron el modelo económico de Reagan. Otros acontecimientos fomentaron la expansión del consumo de las rentas más altas -por ejemplo, el importante crecimiento del sector financiero gracias, primero, al boom de créditos al Tercer Mundo en los años 70, y después al conjunto del mercado en los 80-. En última instancia fue en los años 80 cuando se puso de moda hablar de los yuppis.

Los yuppis eran algo más que personajes de comedia u objetos de resentimiento, a pesar de la amplia Schadenfreude {nota: alegrarse de la desgracia ajena) con que fueron acogidos el “lunes negro” y sus consecuencias en la City y Wall Street. Son un símbolo de una parte importante de las nuevas clases medias que supieron aprovecharse de la era Reagan-Thatcher.

1968: Una derrota política

La “prosperidad patológica” (en palabras de Davis) que caracterizó la recuperación económica de Occidente de las recesiones de 1974-75 y 1979-82 supuso una cierta reorientación del consumo que favoreció a las nuevas clases medias, una capa social cuyas condiciones de existencia tiende a favorecer un alto consumo. Pero hay algo mas que debe tenerse en cuenta si se quiere explicar el ambiente de los años 80: la derrota política de 1968.

1968 fue un año en el que una combinación de crisis -Mayo en Francia, la revuelta estudiantil en los EE UU, la Primavera de Praga- parecían augurar una ruptura del orden establecido, tanto en el Este como en el Oeste. En el proceso de radicalización que se produjo, toda una generación de jóvenes intelectuales occidentales fue ganada para la militancia política, muchos de ellos en organizaciones de la extrema izquierda, maoístas o troskistas, que crecieron como hongos a finales de los años 60. Diez años más tarde, las expectativas milenaristas de una revolución inminente se habían desvanecido. El status quo demostró ser más fuerte que lo que parecía. En aquellos sitios en los que sí se produjeron cambios, sobre todo con el colapso de las dictaduras del Sur de Europa, el principal beneficiario fue la socialdemocracia y no el socialismo revolucionario. La extrema izquierda se desintegró en toda Europa a finales de los años 70. En Francia, donde las esperanzas habían sido mayores, la caída fue más dura. Los nouveaux philosophes convirtieron a la intelectualidad parisina al liberalismo, a pesar de que había sido marxista desde los tiempos del Frente Popular y la Resistencia. La izquierda parlamentaria llegó al Gobierno en 1981, por primera vez desde la IV República, en medio de un ambiente intelectual caracterizado por la completa bancarrota del marxismo. Antiguos maoístas recogían firmas para apoyar a la contra nicaragüense y la rive gauche parecía la tierra prometida de Nietzche y la OTAN.

La explicación más chocante fue la de Regis Debray, cuya evolución personal de teórico de la guerrilla, a punto de morir fusilado a manos de los militares bolivianos como colaborador del Che, a consejero de Mitterrand en el Elíseo es por sí misma un ejemplo. Debray defendió que Mayo de 1968 había sido un acicate para la modernización, que había ayudado a eliminar los obstáculos institucionales que frenaban la integración del capitalismo francés en el capitalismo americanizado de las multinacionales y el consumo. Los événements se podían resumir así: «el más razonable de los movimientos sociales; la triste victoria de la razón productivista sobre la pasión romántica; la más triste demostración de la teoría marxista del papel determinante, en última instancia, de la economía (tecnología+relaciones de producción). La industrialización tuvo que ser recubierta de ética, no porque los poetas estuvieran reclamando la llegada de una nueva moral, sino porque así lo exigía la industrialización. La vieja Francia pagó su deuda a la nueva; y en todos los terrenos a la vez: social, político y cultural. El cheque fue abultado. La Francia del centeno y la piedra, del aperitivo y el instituto, del oui papa, oui patrón, oui cherie fue arrinconada para dar paso a la Francia del software y el supermarket, de las noticias y el planning, del knowhw. En este discurso, la desilusión de la generación del 68 era a la vez inevitable, por la lógica objetiva de los acontecimientos -que buscaba modernizar el capitalismo francés, no acabar con él- y una forma de adaptarse a la sociedad de consumo, perfeccionada como resultado de la crisis.

El argumento de Debray ha sido retomado y afinado por Gilles Lipovetsky, que defiende  que las revueltas de finales de los años 60 ayudaron a establecer el predominio del individualismo narcisista identificado por Lasch, Sennett y Bell como una de las principales tendencias culturales de los últimos veinte años. «Fin del modernismo: los años 60 son la última manifestación de la ofensiva lanzada contra los valores del puritanismo y el utilitarismo, el último movimiento de rebelión cultural, en este caso de masas. Pero también el comienzo de la cultura posmoderna, sin innovación ni audacia real, que se contenta con la democratización de la lógica del hedonismo, un hedonismo que se ha convertido en una “condición” del “funcionamiento” y la “expansión” del capitalismo».

La triple crisis

El principal defecto de este tipo de explicaciones es su extravagante funcionalismo. Debray abraza alegremente una filosofía hegeliana de la historia en la que, por virtud de la rueda de la fortuna, los acontecimientos acaban sirviendo a los propósitos inconscientes de los actores. «La sinceridad de los actores de Mayo fue acompañada, y raptada, por una astucia que ignoraban. La cumbre de la generosidad personal fue tan alta como la cumbre del cinismo anónimo del sistema. De la misma manera que los héroes hegelianos son lo que son gracias al espíritu del mundo, los revolucionarios de Mayo fueron los empresarios del espíritu que necesitaba la burguesía». La reducción de Mayo de 1968 a un episodio de la modernización capitalista, o del posmodernismo, como quieren Debray y Lipovetsky, excluye toda posibilidad de cualquier otro resultado histórico y el mismo hecho de que la expansión que disfrutó el sistema en los 70 y 80 fuera posible gracias a la derrota del desafío político que supusieron las luchas de finales de los 60. Como han observado Alain Krivine y Daniel Bensaïd -dos de los pocos líderes estudiantiles que no han abandonado el marxismo- Debray y Lipovetsky confieren a «los hechos consumados la virtud de la necesidad histórica. En su visión de Mayo, la lógica del capital sustituye a la de la razón». Incluso Henri Weber, antiguo camarada de Krivine y Bensaïd, y una de las mentes más interesantes de la generación del 68, que posteriormente abandonó el socialismo revolucionario para convertirse en socialdemócrata, ha defendido que «el individualismo de Mayo fue prometeico y comunitario…portador de un proyecto más o menos grandioso de transformación de la sociedad» y está convencido de que «no hay auténtica autorealización mas que en y a través de la colectividad», de manera que «hay una ruptura y no una continuidad» entre Mayo y el «individualismo narcisista y patético de finales de los años 70» como quiere Lipovetsky.

Intentos como los de Debray y Lipovetsky de explicar 1968 quitándole importancia se contradicen con la propia dimensión que tuvieron los acontecimientos. Mayo- Junio de 1968 en Francia no fueron sólo las barricadas estudiantiles del Barrio Latino y la ocupación de la Sorbona, sino también la mayor huelga general de la historia de Europa. Se trata simplemente del episodio más dramático de lo que Hartman llama, en su magistral historia del período, la “triple crisis”: de hegemonía norteamericana en Vietnam, de las formas de dominación autoritarias frente a una clase obrera enormemente ampliada y del stalinismo en Checoslovaquia. Una crisis que provocó un desarrollo generalizado de la lucha de clases en todo el capitalismo occidental, que se extendió y fue inicialmente alimentada por el estallido de la recesión internacional tras la crisis del petróleo de 1973. Este ciclo ascendente de la lucha de clases, el mayor que ha visto el capitalismo occidental desde la Revolución Rusa, dio luz, además de Mayo-Junio de 1968 en Francia, al “Mayo rampante” italiano iniciado en otoño de 1969; a la ola huelguística de 1970-74 contra el Gobierno Heath en Gran Bretaña, que culminó con su caída por las huelgas de los mineros; la Revolución Portuguesa de 1974-75; y las duras luchas obreras que acompañaron la agonía del régimen franquista en España en 1975-76. Aunque las luchas sindicales no llegaron a alcanzar esta amplitud en los EE UU, la combinación del movimiento anti-guerra, la rebelión de los ghettos negros y la revuelta estudiantil produjeron la peor crisis interna norteamericana, a finales de los años 60, desde la guerra civil. Y hubo reflejos mucho más lejos: el cordobazo en Argentina, las movilizaciones de obreros y estudiantes en Australia, la huelga general de Quebec de 1972.

El fracaso de estas luchas a la hora de imponer al capital conquistas duraderas no se debió tanto a causas estructurales que reflejasen la lógica inmanente del sistema como a la hegemonía en el movimiento obrero occidental de organizaciones e ideologías que, de tradición socialdemócrata o stalinista, tenían como principal objetivo el conseguir reformas parciales en un marco general de colaboración de clases. La intervención del PCF para poner fin a la huelga de Mayo-Junio de 1968 se repitió en otros lugares y momentos, desde el pacto social firmado por los sindicatos con el Gobierno laborista en Gran Bretaña de 1974 a 1979 a los Pactos de la Moncloa en España en 1977, en el que tanto el PSOE como el PCE ofrecieron su apoyo a los herederos de Franco. Compromisos de clase como estos permitieron al capital occidental bandear las grandes recesiones de mediados de los años 70 y comienzos de los 80, y utilizarlos para reestructurarse y racionalizarse. Con el paso de la clase obrera occidental de la ofensiva a la defensiva, la izquierda radical se vio aislada y a contracorriente. En estas circunstancias desfavorables, muchas organizaciones se vinieron abajo, sucumbiendo a una “crisis de militancia” provocada por los escasos resultados obtenidos, que estaban muy lejos de sus expectativas.

La cuarentena

La odisea política de la generación del 68 es, desde mi punto de vista, esencial para comprender la amplia aceptación que ha tenido en los años 80 la idea del posmodernismo. Los 80 fueron la década en la que los jóvenes radicalizados en los 60 y 70 llegaron a la cuarentena. En general, sin ninguna ilusión ya en la revolución socialista, e incluso creyéndola perjudicial. Muchos de ellos ocupaban puesto de gestión profesional, administrativa o directiva, y eran parte de las nuevas clases medias, en un momento en el que la dinámica superconsumista del capitalismo occidental les ofrecía mejoras en su nivel de vida (que por otra parte negaba a la mayoría de la clase obrera: los salarios medios, por hora, cayeron en un 8,7% en los EE UU entre 1973 y 1986). Esta coyuntura -la prosperidad de las nuevas clases medias occidentales combinada con la desilusión política que habían sufrido muchos de sus miembros más articulados- creó el contexto en el que proliferó la discusión sobre el posmodernismo. Quisiera, antes de continuar, aclarar un punto. No pretendo, por poner un ejemplo, que la filosofía de Foucault o las novelas de Rushdie son una consecuencia directa de la situación económica o política antes descrita. Lo que me preocupa es explicar por qué un gran número de personas aceptan ciertas ideas.

Los principales temas del posmodernismo se hacen inteligibles, creo, cuando se sitúan en la coyuntura histórica de finales de los 70 y comienzos de los 80. Por ejemplo, una de las principales características del posestructuralismo es su estética, heredada de Nietzsche y reforzada por los intentos de Derrida, Foucault y compañía, por articular las consecuencias filosóficas del modernismo. Richard Shusterman señala la aparición de «una intrigante y cada vez más definida corriente en la filosofía moral (y cultural) anglosajona que busca estetizar la ética. La idea es que las consideraciones estéticas son o deben ser cruciales en última instancia a la hora de determinar nuestras elecciones vitales y evaluar qué es una buena vida». El principal ejemplo que propone es el de Rorty, cuya fama en los años 80 reflejaba el papel que había jugado en la traducción de los temas posestructuralistas a un lenguaje analítico. Quizás la instancia más interesante de esta tendencia es la que proporciona la noción nieztschiana de una “estética de la existencia”, desarrollada por Foucault en su último libro.

Lo más impresionante de esta tendencia filosófica al esteticismo es lo bien que se compagina con el ambiente cultural de los años 80. Que se trata de una década obsesionada con la moda es casi una tautología. Los teóricos del posfordismo tenían toda la razón, aunque exageraban algo, cuando apuntaban una cierta diferenciación de los mercados y la importancia de la proliferación de marcas cuyo atractivo reside en sugerir que se está comprando con la mercancía, pongamos por ejemplo unos Levi 501, todo un estilo de vida. Es posible detectar en varios aspectos de la vida una asociación similar entre cierta clase de consumo con la propia concepción del tipo de persona que se es; entre las más importantes se puede señalar una obsesión narcisista con el cuerpo, tanto masculino como femenino, convertido menos en un objeto de deseo que en un símbolo de status, juventud, salud, energía y movilidad, una vez que ha sido disciplinado por la dieta y los ejercicios convenientes. Esta estilización de la existencia (por utilizar la frase de Foucault) se comprende mejor en relación no con el advenimiento de una nueva época sino de una buena racha, como la que han disfrutado las nuevas clases medias durante los años 80, con dinero en los bolsillos y fácil crédito, y sin sufrir la presión de ahorrar para la vejez que padeció la vieja pequeña burguesía.

El desastre que viene

Otra característica notable del discurso posmodernista es su tono apocalíptico, quizás mas estridente en los escritos de Baudrillard y sus discípulos, como Arthur Kroker. Durante todo este siglo, la cultura occidental ha tenido una fuerte sensación de la inminencia del desastre, sobre todo después de Auschwitz e Hiroshima. Pero creo que se trata de algo más que de este “apocalipsis de rutina”, como le ha llamado Frank Kermode. Porque, ¿cuál ha sido la experiencia de la generación del 68?. Han vivido un período, de finales de los años 60 y comienzos de los 70, cuando parecían posibles grandes transformaciones y durante el que muchos creyeron que el futuro inmediato que les aguardaba era un difícil equilibrio entre la utopía y la distopía, entre el avance al socialismo y la tiranía de la reacción (una creencia que acontecimientos como el golpe de Estado de septiembre de 1973 en Chile no minó).

La esperanza de la revolución se ha desvanecido, pero no ha sido sustituida, creo, por una creencia positiva en las virtudes de la democracia capitalista, incluso para aquellos que creen equivocadamente que el capitalismo ha superado sus contradicciones económicas, porque hay un sin fin de amenazas de catástrofe potenciales en el horizonte: guerra nuclear, colapso ecológico, por ejemplo. Para quienes mantienen este punto de vista, es posible creer que estamos entrando en una fase de desarrollo en la que el marxismo, con su énfasis en la lucha de clases, es irrelevante, pero en la que en ningún caso se cumplirán las promesas del liberalismo.

El éxito alcanzado por Lyotard y Baudrillard, totalmente desproporcionado con los méritos intelectuales que pueda tener su obra, se hace así comprensible. Ambos se identificaron totalmente con 1968. Baudrillard, por ejemplo, dijo: «mi obra comenzó en realidad con los movimientos de los años 60». Ambos han producido extensos comentarios sobre la actualidad -a diferencia de Derrida, que se ha concentrado en la desconstrucción de textos teóricos, o Foucault, cuya principal preocupación fue la genealogía de la modernidad-. Ambos han seguido una trayectoria, desde finales de los 60 y comienzos de los 70 que partiendo de una posición política explícita -la rama espontaneísta, anti-leninista de la extrema izquierda pos-1968 (con la que Deleuze y Guattari han estado identificados mucho mas)- ha evolucionado hasta la adopción de lo que es esencialmente una pose estética basada en el rechazo de la búsqueda, comprensión o transformación de la realidad social existente. ¿Qué puede ser más reconfortante para una generación, atraída primero y después apartada del marxismo por las circunstancias políticas de las últimas dos décadas que le digan -en el estilo elaborado, aparentemente profundo y genuinamente oscuro de la retórica sub-modernista cultivada por el “pensamiento del 68”- que no pueden hacer nada para cambiar el mundo? La “Resistencia” se reduce al consumo consciente de productos culturales, quizás las obras de arte “posmodernas” cuyos autores intentan simbolizar este tipo de pensamiento, pero si no de cualquier vieja comedia televisiva, porque como Susan Sontag ha señalado, el esteticismo implica una «actitud que es neutral con relación al contenido».

El tipo de ironía distanciada del mundo, que era una característica tan importante de las grandes obras de arte del modernismo, se ha convertido en rutina, trivializada, en la medida en que es un medio de negociar una realidad aún irreconciliable pero que ya no se cree que pueda ser cambiada.

Como he escrito en otra parte: «el discurso del posmodernismo debe ser interpretado como el producto de una intelligentsia socialmente móvil, en un ambiente dominado por el retroceso del movimiento obrero occidental y la dinámica de superconsumo del capitalismo en la era Reagan-Thatcher. Desde esta perspectiva, el término posmoderno parecería ser un significante flotante, gracias al cual esta intelligentsia ha buscado articular su desilusión política y sus aspiraciones a un estilo de vida orientado hacia el consumo. La dificultad que implica la identificación de un referente para este término están por lo tanto mas allá de lo posible, porque cualquier discurso sobre el posmodernismo acaba siendo, no tanto sobre el mundo, sino la expresión del sentido del fin de una generación particular».

No hay ninguna novedad en esta trahison des cleros. Un antecedente destacado es el brillante grupo de intelectuales americanos ganados al movimiento troskista en los años 30 y 40, pero que en su mayoría volvieron desilusionados a las filas del liberalismo, cuando no del neo-conservadurismo en los 70. Historias parecidas pueden contarse de cada período en el que la izquierda radical se ha encontrado aislada, desde la época de la Restauración.

He intentado analizar la patología de esta última “experiencia” de derrota, y en particular el intento de explicarla en términos de la emergencia de una época posmoderna en la que el proyecto de la Ilustración -incluso cuando ha sido radicalizado por el marxismo- resulta irrelevante. Pero este intento fracasa tanto como filosofía, estética o teoría de la sociedad. El posmodernismo debe entenderse en gran medida como una respuesta a la quiebra del gran ciclo ascendente de la lucha de clases de 1968-76 y a la frustración de las esperanzas revolucionarias que despertó. En este período, toda una serie de temas que habían sido olvidados durante medio siglo renacieron durante un breve intervalo: no solamente la idea de la revolución socialista, concebida como una irrupción democrática desde abajo y no como la imposición del cambio desde arriba, ya sea dirigido por una administración socialdemócrata o un partido stalinista, sino también la idea de vanguardia de superar la separación entre el arte y la vida.

Por una “Ilustración radical”

Estas aspiraciones han sido en gran medida marginadas de nuevo. Pero creer que siempre será así es suponer que no volverá a haber nuevas explosiones en los países avanzados, comparables a las que tuvieron lugar en y después de 1968. El carácter frágil e inestable de la prosperidad patológica de los 80 sugiere lo contrario. El capitalismo mundial no ha escapado del período de crisis que empezó a comienzos de los 70, ni ha abolido por arte de magia a la clase obrera. Por el contrario, los años 80 se han caracterizado por el ascenso de nuevos movimientos de los trabajadores, sobre la base del proletariado creado por la industrialización mas reciente: Solidarinosc en Polonia, el PT en Brasil, el Congreso de Sindicatos de Sudáfrica, el nuevo movimiento obrero sur-coreano.

El proyecto de una “Ilustración radical”, elaborado por Marx por vez primera, para el cual las contradicciones de la modernidad solo podían superarse mediante la revolución socialista, todavía espera el día de su advenimiento.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Temas marxistas y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s