Debate con Rosa Luxemburgo sobre la crisis actual…y sobre el valor

Leemos que la dirección de IU (el Consejo Político Federal) ha autorizado una nueva corriente dentro de IU, En Común IU (escisión de la corriente Izquierda Abierta) y automáticamente nos asaltan una serie de dudas: ¿no existe en IU asambleas federales, de comunidad autónoma -las federaciones-, provinciales y de barrio?¿no pueden participar militantes y simpatizantes y expresar lo que buenamente piensen?,entonces ¿para qué sirve una corriente de opinión organizada dentro de una organización?. Al hilo de esta noticia nos entra la curiosidad e investigamos un poco la vida interna de la federación de izquierdas y nos encontramos con algo que nos resulta alucinante: en IU conviven organizaciones, partidos, corrientes e individuos como el PCE, la UJCE, Izquierda Abierta (formada a su vez por Ezker Batua-Berdeak, X Tenerife, Red Verde y Convergencia por Extremadura), Izquierda Republicana, Redes (el POR), CUT-BAI, Ecosocialistas de la Región de Murcia, Izquierda Socialista Andaluza (ISA) e Iniciativa por el Hierro. Si a eso le sumamos que en Catalunya IU está representada por Iniciativa per Catalunya (conformada por la propia ICV, Esquerra Unida i Alternativa, Entesa pel Progrés Municipal, el PCC, el PSUC Viu) y las corrientes que existen en las diferentes federaciones (Foro Abierto en Andalucía, Frente Amplio, Plataforma de Izquierdas en Madrid)…etc. una auténtica sopa de letras y un desperdicio de energías dedicadas a mirarse el ombligo que o bien responde a la sublimación dialéctica de la división o es que todos quieren mandar. Y lo más acojonante de todo es que la mayor parte de dirigentes o cabezas visibles de todo ese batiburrillo provienen del PCE. Tampoco nos vamos a rasgar las vestiduras, la historia del socialismo está repleta de divisiones, subdivisiones y conflictos varios.

spartacus (Rorschach)

Pero puestos a debatir preferimos hacerlo con Rosa Luxemburgo. Y esa es nuestra propuesta para hoy. Gracias a la doctora Estrella Trincado Aznar -peazo curriculum-retamos el estudio de la obra de Rosa Luxemburgo. ¿Empezamos?…

Salud y República. Olivé

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DEBATE CON ROSA LUXEMBURGO SOBRE LA CRISIS ACTUAL…

Y SOBRE EL VALOR

Estrella Trincado Aznar

1. Introducción

Rosa Luxemburgo vuelve a los rotativos: unos restos encontrados en el Instituto Forense de Berlín desentierran a la revolucionaria asesinada en 1919 [1]. Parece que el cuerpo que se sepultó ese mismo año no era el suyo: carecía del defecto de cadera que ésta presentaba de nacimiento, con una pierna más larga que la otra. Otra vez comienza la incansable búsqueda de asesinos y las polémicas sobre su asesinato [2].

¿Dejarán descansar algún día a Rosa Luxemburgo? Rosa Luxemburgo se negó en vida a ir de víctima, y tampoco aquí vamos a buscar victimismo en su vida. Tal vez fue evitar ese victimismo lo que le permitió no verse tan discriminada por el hecho de ser mujer [3]. Sin embargo, eso no quiere decir que su sexo no fuera un freno a su actividad y a la extensión de sus ideas. Tendría que ser otra mujer, Joan Robinson, que publicó en 1951 el libro más conocido de Rosa Luxemburgo, La Acumulación del Capital, en Yale University Press, la que reconociera en una introducción de 15 páginas que Rosa había explorado casi por vez primera temas tan importantes en la economía como el incentivo a la inversión y que había creado una teoría del desarrollo dinámico del capitalismo, dando especial importancia al crecimiento de la demanda efectiva, con lo que anticiparía los modelos de crecimiento del Siglo XX.

También, el no ir por la vida de víctima ha relegado en la literatura su dimensión feminista. En su tiempo, el problema de la mujer era uno más, junto al de toda una sociedad oprimida. Por ello, Luxemburgo quiso ampliar su voz al de la opresión en general. Eso no significa que no intentara colaborar con movimientos de liberación femenina, y en particular con el periódico Gleichheit (Igualdad), dirigido por su amiga Clara Zetkin. Pero cuando los miembros del partido socialista intentaron limitar su labor, a lo que por entonces se llamaba la «cuestión de la mujer», se negó categóricamente a dejarse clasificar. El hecho de ser mujer no le podía impedir involucrarse y preocuparse por un cambio social más profundo.

Pero Luxemburgo sólo pudo involucrarse en ese cambio porque era una mujer muy sobresaliente. El hecho de que una joven de 27 años sólo un año después de su llegada a Alemania comenzara su vida intelectual con un desafío ¡nada menos que enfrentarse a Eduard Bernstein, albacea del marxismo, ya nos revela mucho del tipo de activista que era, y de la confianza que tenía en sí misma. Cuando ya era la directora del periódico socialdemócrata, en 1898 se enfrentó en Alemania a que los miembros varones no estaban dispuestos a otorgarle las mismas facultades que a su predecesor varón. Según sus propias palabras, los camaradas más viejos del partido decían que el lugar de la mujer estaba en el hogar. En las polémicas del partido, cuando comenzó a estar en desacuerdo con el núcleo de la jefatura ortodoxa de Bebel y Karl Kautsky en 1910, [4], tenían un sarcasmo especial que ningún oponente varonil habría tenido que soportar. Por ejemplo, en cartas de Bebel a Adler podemos leer: «La perra rabiosa aún causará mucho daño, tanto más cuanto que es lista como un mono, mientras por otra parte carece de todo sentido de responsabilidad y su único motivo es un deseo casi perverso de autojustificación»[5]. Sus quejas a Bebel no mejoraron la situación y pocos meses después renunció, aunque no hizo de esto parte de la «cuestión femenina» (véase Trincado 2004 y 2009b) [6].

Así que, si en su vida Rosa Luxemburgo casi logró que sus contemporáneos olvidaran que era una mujer, sería injusto que ahora, por «política de cuotas», diéramos una importancia excesiva a esta circunstancia casual. Seguramente ella, más que de la cuestión femenina, hubiera querido tratar con nosotros de otros temas. Por ejemplo, de la crisis económica actual. Un tema muy candente que seguro que hubiera discutido con gran vehemencia. Sin duda, la sociedad tal y como la conocemos, incluso a pesar del progreso que hemos disfrutado en muchos sentidos, no hubiera satisfecho sus expectativas para el género humano.

Precisamente por eso, en este artículo vamos a debatir con Rosa Luxemburgo sobre el tema de la crisis, y sobre el valor que damos a las cosas, que tanto se relaciona con aquélla, y vamos a intentar dilucidar qué elementos nuevos aporta la revolucionaria al debate económico.

2. El valor

Rosa Luxemburgo fue una marxista defensora a ultranza de la ortodoxia y, aunque en su debate particular con Karl Marx, finalmente desestimó muchas de sus ideas, su teoría del valor es plenamente marxiana (Trincado, 2007). Marx definió un concepto que sería fundamental en su análisis del capitalismo, el de la plusvalía, la diferencia entre el valor de uso y el valor de cambio de la mano de obra. La única fuente de plusvalía es el trabajo, y la plusvalía es el motor de la economía capitalista [7] pero el capitalismo es incapaz de dar empleo a la mano de obra, y esta Gran contradicción generará crisis económicas cada vez más extensas que llevarán a una revolución y al nacimiento de otro sistema económico, el socialismo.

El concepto de plusvalía tiene una importancia crucial en la teoría del valor de Rosa Luxemburgo. Pero lo cierto es que ésta no es más que el beneficio de los clásicos. «En esta exposición suponemos que la plusvalía es idéntica al beneficio del empresario, lo que es cierto con referencia a la producción total, que es la que únicamente interesa en lo sucesivo. También prescindimos de la escisión de la plusvalía en sus elementos: beneficio del empresario, interés del capital, renta de la tierra, que de momento carece de importancia para el problema de la reproducción» (Luxemburgo 1978a: pie 2, página 19). Lo que realmente diferencia a Luxemburgo de los clásicos es el concepto de Capital, que da nombre tanto a la obra de Marx como a la suya. Porque, según Luxemburgo, la verdadera finalidad e impulso motriz de la producción capitalista no es conseguir plusvalía en general, en cualquier cantidad, en una sola apreciación, sino plusvalía ilimitada, en cantidad creciente cada vez mayor (Luxemburgo 1978a: página 19). Es decir, acumular capital. La diferencia entre la reproducción simple y la ampliada estriba en que en la primera la clase capitalista consume toda la plusvalía, mientras que en la segunda una parte de la plusvalía se resta al consumo personal de sus propietarios, pero no para ser atesorada, sino para ser capitalizada. Para ello, el capital adicional debe encontrar las condiciones materiales que hagan posible su funcionamiento; y eso es posible gracias al ejército industrial de reserva [8].

La teoría del valor trabajo de Luxemburgo no es una teoría normativa, si no positiva: no pretende ser utópica. Dice Luxemburgo que muchos «amigos de la clase obrera» al descubrir que todos los valores mercantiles reposan sobre el trabajo pensaron que, de efectuarse correctamente el intercambio de mercancías, tendría que reinar la justicia plena. Si surgía la desigualdad, sería merecida, porque llevaría a diferenciar entre personas trabajadoras y holgazanes. Pero, dice Luxemburgo, la realidad es que el salario no compensa el trabajo. El capital adelantado por el capitalista se divide en dos partes: una que representa sus gastos en medios de producción, otra que se invierte en salarios. A la primera parte, que traspasa su valor al producto mediante el proceso de trabajo, lo llama Marx parte constante del capital; a la segunda, que genera plusvalía, parte variable del capital. Desde este punto de vista, la composición del valor de toda mercancía elaborada en el sistema capitalista responde normalmente a la fórmula c + v + m, donde c es el capital constante; v, capital variable o invertido en salarios; y m, plusvalía, aumento de valor por la parte no pagada del trabajo asalariado (Luxemburgo 1978 a, página 18).

Esto es una crítica a la teoría de Adam Smith, pero no a la de los clásicos. Smith no incluye el capital constante en el valor. Para él, el valor está compuesto por salarios (v), y beneficios y renta de la tierra (m), es decir (v+m). El capital fijo es una renta bruta; la renta neta se extrae eliminando los gastos de sostenimiento de las máquinas y medios de producción, es decir, el capital fijo; y el capital circulante. La verdadera riqueza está en la renta neta, no en la bruta. El capital, en cualquier caso, podría resolverse en salarios, beneficio y renta de la tierra (Smith 2001: libro II). Y es que, para Smith, el valor natural es de largo plazo, un flujo que se da en movimiento y que es reflejo de otros precios en el mercado, dado por la escasez relativa.

Sin embargo, los clásicos, que se basaban en Ricardo (1817), llevaron de forma natural a las conclusiones de Marx. Precisamente, en el problema del capital está la raíz de la definición ricardiana de capital como «tiempo de espera» para obtener rendimientos de la inversión[9]. Aunque Bohm-Bawerk (1884) creía que su explicación del capital a través de la mayor productividad de los métodos indirectos de producción era una refutación del sistema socialista, sus teorías no van contra la idea central de Luxemburgo. Bohm-Bawerk afirmaba, desde el subjetivismo, que los individuos pagan intereses porque prefieren los bienes presentes a los futuros, y necesitan ser compensados por no consumir. Para Luxemburgo, también el individuo necesita anticipar su acumulación para tener mayor productividad en el futuro. Para capitalizar la plusvalía, sin embargo, «no basta la apetencia acumulativa del capitalista, ni tampoco su ahorro » y «sobriedad», «virtudes que le permiten destinar a la producción la mayor parte de su plusvalía», en vez de gastarla toda en lujo y placeres (Luxemburgo, 1978a, página 23). El capital no son medios de consumo privado, si no medios necesarios para la producción y los salarios son parte del capital de explotación, aunque para los obreros sean renta, fondo de consumo.

De hecho, la idea de que hay una tendencia incesante a la reproducción ampliada, es decir, a transformar la plusvalía en capital activo y ampliar la reproducción mecánicamente (Luxemburgo, 1978a, página 21) no es más que el Efecto Ricardo. Según Luxemburgo, la reproducción ampliada (el aumento de la producción más allá de unas necesidades inmediatas) es la regla en toda formación social histórica en que se quiere crear un progreso económico y cultural. El problema del capitalismo es que la acumulación es exigencia para el capitalista individual. En las formas sociales de economía natural, la reproducción ampliada se refiere a la masa de artículos de consumo: el consumo es el fin de la producción. Pero en el sistema capitalista la producción no está encaminada a satisfacer necesidades; su fin es la creación de valor. La elaboración de mercancías no es un fin si no un medio para apropiarse de la plusvalía. De hecho, el incremento del proceso productivo y la elaboración de una masa mayor de valores de uso no son por sí mismos reproducción ampliada capitalista. El capitalista puede conseguir una mayor plusvalía sin alterar la productividad del trabajo, intensificando el grado de explotación — por ejemplo, rebajando los salarios — sin elaborar una mayor cantidad de productos. La reproducción ampliada capitalista expresa específicamente el crecimiento del capital por capitalización progresiva de la plusvalía. La fórmula entonces sería:

trincado aznar 4

siendo la división la parte capitalizada de la plusvalía apropiada en el período de producción anterior (por ejemplo, se capitaliza la mitad de la plusvalía) y m’ la plusvalía nueva del capital adicionado. Esta plusvalía nueva se capitaliza a su vez en parte. El flujo constante de esta apropiación y capitalización de plusvalía, que se condicionan mutuamente, constituye el proceso de la reproducción ampliada en el sentido capitalista, que mantiene la composición orgánica de capital (c/v), y luego determina la nueva plusvalía por la tasa de plusvalía (m/v).

Pero además, dice Luxemburgo, la v expresa que en el capitalismo los obreros son «libres» en un doble sentido: libres personalmente y libres de los medios de producción; y también que la producción de mercancías es la forma general de la producción [10]. Pero la idea de plusvalía implica que no es que el asalariado cree en la primera parte de su jornada objetos que necesita para producir luego cosas para el empresario. El trabajador produce un objeto que pertenece al empresario y sólo tiene que hacer lo que el empresario le indique. El capitalista intentará incrementar su plusvalía con la prolongación del tiempo de trabajo y la reducción de los salarios y el resultado dependerá de la relación de fuerzas entre capitalistas-trabajadores. Pero, en el capitalismo, v tiende a ser rebajada al mínimo fisiológico y social necesario para la existencia de los trabajadores, y m propende a crecer a costa de v y en proporción a ella. El capital fijo (C) muestra cuánta cantidad de trabajo realizado anteriormente entra en forma de medios de producción en el producto de este año; v+m designa la parte del producto creada exclusivamente el último año por trabajo nuevo; y la relación v y m indica el reparto de la cantidad anual de trabajo social entre los trabajadores y «los que no trabajan».

«Después de cerrar el trato se descubre que él no era “un agente libre”; que el tiempo por el cual es libre de vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el cual está obligado a venderla… Para “protegerse” de la serpiente de sus males, los obreros tienen que apiñar sus cabeza y arrancar como clase una ley estatal, un prepotente obstáculo social que les impida a ellos mismos venderse a sí mismos y a los suyos, por contrato voluntario con el capital, para la muerte y la esclavitud» (Luxemburgo, 1978 a, página 196).

Es decir, para la teoría luxemburguiana —como para la marxiana—, los obreros son entes inertes que se dejan alimentar —o no—. Han perdido totalmente el dominio de su consumo, y de su vida. Rosa Luxemburgo es especialmente incisiva en plantear la compensación del capital como una forma de renta por un recurso escaso (del modo en que lo hacían los Fabianos —ver Berzosa y Santos, 2000), pero parece incapaz de concebir el trabajo especializado también como una forma de «renta» por la posesión de un recurso escaso— lo que le hubiera llevado a la teoría de los diferenciales salariales de Adam Smith. Además, el problema de Luxemburgo es el mismo en que había incurrido Ricardo hablando del coste incorporado en vez del valor ordenado de Smith. El valor de largo plazo no es el trabajo incorporado a la producción, como decía Ricardo, sino el valor exigido en términos del sacrificio que el comprador se evita e impone a otros lo que, de hecho, implica externalidad e incorpora la demanda como una condición previa del valor (Trincado, 2009a)[11].

3. El beneficio

Para Luxemburgo, como decíamos, para capitalizar la plusvalía no basta la sobriedad —pero ésta es necesaria. El concepto de compensación por la abstinencia se encuentra en la teoría de Luxemburgo como en los clásicos. De lo que carece la teoría es del concepto de riesgo, pero ahí no difiere tampoco de los clásicos. Luxemburgo no valora el riesgo porque el tiempo determinista del materialismo dialéctico no concibe la incertidumbre. Al menos, no como la planteaba Knight (1921), que diferenciaba entre riesgo (una aleatoriedad cuya probabilidad puede calcularse) e incertidumbre (una aleatoriedad cuya probabilidad no puede calcularse). El riesgo es distinto del esfuerzo por el ahorro de los clásicos. Y la incertidumbre también.

Los clásicos decían que el beneficio retribuye al capital y puede dividirse en un salario de dirección, un premio por el riesgo y una remuneración por la abstinencia, que coincide con el tipo de interés [12]. Es el tipo de interés el que retribuye ese ahorro, además del riesgo de impago del crédito, y el coste de oportunidad de prestar. Igualmente, para Luxemburgo la plusvalía —el beneficio— no retribuye el ahorro. Es posible organizar trabajo sin ahorro a través, por ejemplo, del crédito. Para ella, el beneficio se puede resolver en trabajo «no pagado». Sin embargo, los clásicos se basaban en la Teoría del Fondo de Salarios para afirmar que el capitalista con su ahorro anticipa los salarios y que la acumulación de capital, que requiere tiempo de producción, es prerrequisito para empezar el proceso productivo; y en la teoría Turgot-Smith del capital, es decir, todo lo que se ahorra, se invierte [13]. De forma que el ahorro es el motor básico del crecimiento de la industria y el empleo. La cuestión es que se les paga a los trabajadores antes de que el output que han producido se venda y el capital debe entenderse en términos de un intervalo de tiempo entre la producción y el consumo [14]. Frente a esto, Marx ([1867] 1980) y Luxemburgo afirmarían que el proceso es el contrario del que planteaban los clásicos: los trabajadores adelantan el salario porque cobran a fin de mes lo que han producido. Además, el fondo de capital no sólo es un fondo de salarios sino también un fondo con el que se pagan los beneficios [15]. Y para el capitalista no importa el intervalo entre producción y consumo porque la elaboración de productos para el consumo es un mandato ineludible, pero no es su impulso motriz, que es la realización de la plusvalía (Luxemburgo, 1978a, página 20).

Sin embargo, aunque fuera cierto que el trabajador adelantase su salario, lo importante es que éste espera no sólo obtenerlo ese mes, si no que confía que la empresa siga ahí durante todo el período de su contrato. Lo relevante, en realidad, es que la empresa se convierte en una institución. La importancia del empresario, pues, es la del que adquiere, a través de las relaciones contractuales, una dependencia hacia su empresa, que aúna obligaciones de crédito con obligaciones laborales, de calidad… Ni los clásicos ni Luxemburgo comprendieron que con el beneficio, un empresario no sólo organiza el trabajo (salario de dirección) si no que también se compromete en el sistema de contratos a pagar unos salarios o materias primas en el futuro, incluso poniendo en juego su patrimonio. Por tanto, crea unas deudas con la sociedad sometido, no sólo al riesgo, sino también a la incertidumbre. Y la economía capitalista está pletórica de incertidumbres. Especialmente porque no sólo se basa en costes objetivos, sino en elementos intersubjetivos y en valores reflexivos [16]. Ese empresario está también creando distintas vías de riesgo y de posibilidad de crisis en función del tipo de empresa [17], aunque también posibilidades creativas nuevas y nuevas relaciones entre los hombres y las cosas.

Precisamente pensando en este riesgo, Luxemburgo, como otros marxistas, habla del capitalismo como una situación de «anarquía de la producción». Por ejemplo, igual que hiciera Smith, Luxemburgo plantea el problema del agente en las Sociedades Anónimas [18]. Pero el problema, según ella, es que la producción se basa en los deseos de los empresarios individuales, no en una decisión colectiva racional. Fatal arrogancia [19]. Esta decisión puede reducir el riesgo, al modo del seguro, pero eso incrementa el riesgo moral, que fácilmente puede compensar al primero. La clave no es reducir el riesgo: de hecho, debemos asumirlo, o, si no, impedir que se hagan determinadas transacciones especulativas o sin base de capital [20].

En cualquier caso, lo que incorpora Rosa Luxemburgo, y los marxistas, es el concepto de capital como fuerza productiva, descriptiva de la forma de organización económico-social distinta en distintos períodos históricos. También aclara la diferencia de la mercancía fuerza de trabajo respecto a las demás mercancías. La fuerza de trabajo es inseparable de su vendedor y, «en virtud de ello no admite esperar largamente un comprador, porque entonces perece junto con su portador, el trabajador, por falta de medios de vida, mientras que la mayoría de las otras mercancías puede aguantar sin menoscabo una espera más o menos larga hasta la venta» (Luxemburgo, 1978a, página 184). Es decir, como diría Keynes, en el largo plazo, todos muertos. Por tanto, la fuerza de trabajo no se diferencia en su valor de cambio, si no en su valor de uso. «Y reinaría también plena igualdad entre los vendedores de mercancías si entre los millones de tipos distintos de mercancías que llegan de todas partes al mercado para ser intercambiadas, no se encontrase una única mercancías de condición absolutamente especial: la fuerza de trabajo. Traen al mercado esta mercancía aquellos que no poseen medios de producción para producir otras mercancías» (Luxemburgo, 1978 a, página 182).

4. El dinero

Los escritores clásicos consideraban el crear mercancías para el cambio y el dinero como una propiedad originaria, natural del trabajo humano.

«En otros términos, suponían que el hombre, con la misma naturalidad con que necesita beber y comer, con la que tiene cabellos sobre la cabeza y una nariz en la cara, tiene también que producir con sus manos mercancías para el comercio. Lo creían tan firmemente que Adam Smith, por ejemplo, se plantea con toda seriedad la pregunta de si los animales mismos no mantienen comercio entre sí, y lo niega sólo porque no se han observado aún ejemplos de esto entre los animales» (Luxemburgo, 1978 a, páginas 178-9).

Pero para Rosa Luxemburgo el deseo de intercambio y de venta no es un principio original en el hombre —a pocos hombres les gusta ser vendedores—. De hecho, sigue, como Marx, la dirección opuesta a los clásicos, partiendo no de la creencia de que la forma de producción burguesa es lo normal, lo humano, sino de que se trata de algo históricamente perecedero. El deseo adquisitivo y de capitalización es consecuencia, no causa,  del sistema capitalista. En una economía natural la mercancía sirve para una utilidad, el consumo, y se intercambia en función del esfuerzo de conseguirla; pero en una economía capitalista la mercancía es inútil en manos del capitalista y necesita realizarla, transformarla en su pura figura de valor, es decir, en dinero. Todo el capital anticipado debe perder la forma de mercancía y volver a él en forma de dinero. En una economía natural, la riqueza acumulada en forma de bienes tiene un límite, porque éstos se desgastan. Pero el almacenamiento en dinero no conoce límites [21].

Sin embargo, según Luxemburgo, para capitalizar la plusvalía y realizarla en dinero hace falta que el ahorro encuentre los medios de producción materiales para la producción, y que pueda transformar aquella porción de capital variable, para lo que es necesario: que en el mercado de trabajo haya mano de obra suficiente, y que existan los medios de subsistencia adicionales contra los cuales los nuevos trabajadores ocupados puedan cambiar la parte variable del capital obtenida de los capitalistas. Pero, además, para que la acumulación se realice es necesario que la masa adicional de mercancías elaborada por el nuevo capitalista conquiste un puesto en el mercado y se realice su valor en dinero. Sin embargo, dentro del capitalismo, la competencia lleva al capitalista individual a abaratar las mercancías, y los costos de producción sólo pueden reducirse de manera duradera —aparte de con una depresión de salarios o prolongación de la jornada de trabajo— con una ampliación de la producción en que la gran empresa se encontrará en posición ventajosa. «La existencia de todo ello depende de elementos, circunstancias, procesos que se realizan a espaldas suyas y con entera independencia de su persona… es algo frente a lo cual él es impotente en absoluto» (Luxemburgo, 1978a, página 25). Es decir, según Luxemburgo, uno de los supuestos de la reproducción ampliada del capitalista individual es una ampliación correspondiente de su posibilidad de venta en el mercado. Pero el capitalista individual puede lograr esta ampliación no por extensión absoluta de los límites del mercado en general sino por la concurrencia, a costa de otros capitalistas individuales, de modo que un capitalista aprovecha lo que significa pérdida para otro u otros capitalistas excluidos del mercado —lo que es la reducción de la tasa de beneficios. Con esto, Luxemburgo presenta una visión mercantilista del comercio. El comercio no es una creación de riqueza, si no una forma de distribuirse los recursos monetarios limitados. Lo que beneficia a uno, perjudica a otro.

Eso no significa que Luxemburgo defienda la abolición del dinero. Algunos autores de la época decían que, si hay dinero, habrá oscilaciones de precios, precios arbitrarios, estafas y acumulación de riquezas a costa de otros, «Así pues, ¡fuera el dinero!» (Luxemburgo, 1978 a, página 181). Este socialismo surgió en Inglaterra, con Thompson, Bray, Rodbertus, Proudhon (con su banco popular). «Estos intentos, como la teoría misma, entraron pronto en bancarrota. En realidad, el intercambio es impensable sin dinero, y las oscilaciones de precios que se pretendía abolir son el único medio de indicar a los productores de mercancías si están produciendo demasiado o demasiado poco de una mercancía, si emplean en su producción menos o más trabajo que el necesario, si producen, o no, las mercancías que deben» (Luxemburgo, 1978 a, página 181). A nivel de consumo, el precio es un elemento de racionalización por parte del consumidor de su renta o restricción presupuestaria y una señal para economizar. Lo que no tiene en cuenta Luxemburgo es que, a nivel de la producción, el productor genera la demanda y, con ella, crea conexiones nuevas que hacen que el dinero existente se mueva más rápidamente y con más confianza. Luxemburgo está despreciando el concepto de velocidad de circulación del dinero [22].

5. La Ley de Say

La ley de Say o ley de los mercados que defendían los clásicos [23] afirmaba que toda oferta crea su propia demanda: es gracias a que yo produzco bienes que, con ellos, puedo comprar otros bienes. Una conclusión de la ley de Say es que no es posible el desempleo permanente de recursos. El ahorro se convierte automáticamente en una forma de gasto, la inversión, y una plétora general de bienes, a causa del subconsumo, es imposible.

En una economía de trueque, el argumento de Say ([1803] 1876) es siempre válido, es decir, no puede haber un exceso de bienes al tiempo que hay un exceso de dinero. Según la ley de Say, si pasamos del trueque (cambiamos mercancía por mercancía, es decir, M-M’), a una economía con dinero (D), tendremos M-D-M’, pero, como sólo se demanda dinero por motivo transacciones, nada varía. Sin embargo, según Luxemburgo, Say (y Ricardo) no salen de la circulación simple y de M-D-M. «Esto significa retroceder hasta antes de Smith» (Luxemburgo, 1978a: 160). Según Rosa Luxemburgo, lo que Smith plantea como trabajo pagado y no pagado v+m, Say lo equivoca diciendo que el empresario en todos los estadios productivos paga los medios de producción, que constituyen un capital para él, a otros y que éstos se guardan parte como renta suya, y otra como reembolso de los gastos por ellos adelantados, para pagar sus rentas a otras personas. La cadena indefinida de procesos de trabajo de Smith se transforma en Say (1876, página 376) en una cadena indefinida de mutuos adelantos sobre rentas. Aquí el obrero aparece equiparado al empresario, dado que recibe el salario como adelanto de su renta que paga a su vez con trabajo realizado. Para Say, toda la masa de productos elaborada anualmente por la sociedad se resuelve en renta pura; por tanto, se consume anualmente en su totalidad.

En lo que fallan los clásicos, dice Luxemburgo, es que prescinden de la circulación del dinero. MacCulloch [24] decía que la oferta de una clase de bienes determina la demanda de bienes de otra —aunque puede haber un exceso de oferta en el corto plazo (Luxemburgo, 1978 a, página 470). Y es cierto que en un mundo de precios flexibles, no hay excesos de oferta y demanda. Pero esa es una situación irreal. Adam Smith resuelve el problema con la idea de salida del excedente que, en definitiva, significa que un país, o un individuo, en principio produce para si mismo (consume sus propios productos) y sólo cuando tiene un excedente, intercambia. Ese excedente en el largo plazo desaparece, porque nadie produciría en excedente nada que no se vendiera, pero en el corto plazo puede generar productos en almacén y producir crisis.

A pesar de sus críticas a Sismondi, y sobre todo a Malthus, Luxemburgo se basa en sus teorías [25]. Coincide con ellos en buscar una categoría de consumidores que compren sin vender. Además, tanto Malthus ([1820], 2008) como Sismondi ([1819] 1971) fueron críticos de la Ley de Say [26]. Afirmaban que puede que los productores no sean capaces de vender toda su mercancía a unos precios que les permitan cubrir los costes, y que un defecto de poder de compra para absorber la capacidad extra creada por la creciente acumulación de capital puede provocar subconsumo. Sismondi intentó probar la imposibilidad de la acumulación por las crisis y advirtió del peligro del desarrollo de las fuerzas productivas. Replica a Mac Culloch:

«Distinguido amigo: mis respetos para su flexibilidad espiritual, pero usted trata de eludir la cosa como una anguila. Mi pregunta es: ¿Quién va a adquirir el producto sobrante, si los capitalistas en vez de derrochar toda su plusvalía la aplican a fines de acumulación, esto es, a ampliar la producción? Y usted me responde: pues bien, realizarán esa ampliación de la producción en objetos de lujo y esos objetos de lujo los consumirán, naturalmente, ellos mismos. Pero esta es una prestidigitación. Pues si los capitalistas se gastan la plusvalía en objetos de lujo para ellos mismos, la consumen y no acumulan. Pero de lo que se trata es de si la acumulación es posible, y no del lujo personal de los capitalistas. Por tanto, dé usted —si puede— una respuesta clara, o váyase allí donde crecen el vino y el tabaco o, si lo prefiere, la pimienta» (citado en Luxemburgo, 1978a, página 146).

Say atribuía a Sismondi hablar de un exceso de productos no en relación con los medios adquisitivos de la sociedad, sino con sus necesidades efectivas. Dice Say, aún en el caso de que la sociedad cuente con un gran número de personas mal alimentadas, vestidas o alojadas, sólo apetecen lo que pueden comprar, pero sólo pueden comprar con su renta. Lo que falta no son consumidores, sino medios para comprar. Pero Sismondi creía que estos medios serán mayores si los productos fueran escasos y caros y su elaboración reportara a los obreros un salario mayor. Los bienes constituyen un bien cuando son apetecidos, y un mal cuando no.

Luxemburgo sigue el debate con otros autores. Por ejemplo, Rodbertus (1837) decía que, con una productividad del trabajo creciente, el salario representa una cuota cada vez menor del producto nacional. Por tanto, la raíz del mal estaba en una distribución deficiente del producto nacional (como para Malthus). Mientras crece la riqueza nacional, crece el empobrecimiento y el número de las clases trabajadoras pero la sociedad necesita incrementar la riqueza con lo que Rodbertus defiende una rápida e ilimitada expansión de la actividad de inversión de capitales, fomentada por los bancos de emisión y el comercio exterior (ver también Rodbertus, 1851). Sin embargo, Kirchmann (1848) atribuía el pauperismo a los efectos de la renta de la tierra y las crisis a la falta de salida para los productos y a que se aconseje el ahorro para fines de consumo productivo a los capitalistas.

Por tanto, veía la raíz del mal en los límites del mercado de la producción capitalista (como Sismondi). Es decir, Rodbertus y Kirchmann aceptan que pueden surgir crisis y que el capital no surge por ahorro y acumulación, sino del trabajo. Uno ve el remedio en la fijación legal de la cuota de plusvalía; mientras el otro en el consumo total de la plusvalía por los capitalistas, es decir, ambos la ven en la renuncia a la acumulación. Sismondi recomendaba la atenuación de las fuerzas productivas en general, Kirschamnn su aplicación a la producción de lujo; y Rodbertus luchaba contra el concepto de acumulación. Todos ellos, según Luxemburgo, «Fueron a parar así a la vía muerta del descubrimiento de un remedio contra las crisis» (Luxemburgo, 1978a, página 202).

De hecho, Rosa Luxemburgo no renuncia a la acumulación, simplemente afirma su imposibilidad en el largo plazo. En Introducción a la Economía Política, publicado póstumamente en 1925, Rosa consideró que seguía a Marx con su crítica de la Ley de Say [27], pero encontró que Marx no probaba satisfactoriamente que el capitalismo puro podría continuar creciendo en un mundo totalmente capitalista. En particular, el problema era el incentivo a la inversión —a la acumulación de capital. ¿De dónde vendría la demanda para sostener la nueva inversión cuando no existen mercados rentables para los bienes? La respuesta se daría en su libro más conocido, La Acumulación de Capital: contribución a una explicación económica del imperialismo (1913), que Luxemburgo creía que podría ser una continuación del libro 2 de «El Capital» que el propio Marx no pudo acabar. Tras la Primera Guerra Mundial, en la cárcel, y ya con la certeza de haber tenido alguna razón en el tema del reparto y subordinación de unos países a otros, dentro del imperialismo, Rosa escribiría el Segundo volumen, en este caso titulado La Acumulación del capital, o lo que los epígonos han hecho de ella. Una anti-crítica, que respondería a las críticas a su primer volumen.

El grueso del libro de La Acumulación de Capital consiste en debates con otros economistas sobre el tema colonial: desde Quesnay a Marx [28]. En la visión de Marx, el capitalismo, como los sistemas económicos previos, debe caer porque sufre una falta de demanda, por la caída de los beneficios y por una competencia frenética. El resultado será desempleo tecnológico —por desplazamiento de la mano de obra por máquinas—, polarización de clases, conflicto y crisis industriales cada vez más severas. Al final, una crisis final llevará a la revolución y, tras ella, llegará el socialismo, más benévolo.

¿Es esto falso? No, dijo Rosa; sólo es incompleto. Su Acumulación de Capital estaba diseñada para ampliar el análisis de Marx, no para negarlo, especialmente en lo que respecta al supuesto de Marx de que estamos ante una economía cerrada o con una capitalismo extendido por todo el mundo.

En una sociedad con acumulación continua de capital, la inversión sólo se garantizará si hay un mercado en continua expansión para los bienes producidos: los capitalistas no continuarán produciendo e invirtiendo si no pueden vender su output con beneficio. Si se produce una cantidad masiva de bienes, éstos no tendrán compradores si los trabajadores ganan bajos salarios y los capitalistas no consumen, sino que reinvierten el excedente para mantener la acumulación de capital. Como Marx, Luxemburgo divide el capital total en dos: capital como producción de medios de producción y capital como producción de medios de subsistencia para trabajadores y capitalistas. Ambas secciones se hallan en mutua dependencia y ha de haber entre ellas determinadas relaciones de cantidad. Una de ellas ha de elaborar todos los medios de producción de los dos sectores, y la otra todos los medios de subsistencia para los obreros y capitalistas. Según Marx, la sección I, que produce medios de producción aumentados, necesita de la sección II para poder elaborar más medios de subsistencia para la sección I, que cada vez ocupa más obreros. Pero eso es un círculo vicioso. «Elaborar más medios de consumo simplemente para poder aumentar más obreros y elaborar más medios de producción simplemente para dar ocupación a aquel aumento de obreros, es un absurdo desde el punto de vista capitalista» (Luxemburgo, 1978 a, página 95). Además, los obreros y capitalistas de la sección I sólo pueden recibir de la sección II tantos medios de subsistencia como los que pueden suministrar sus medios de producción. Pero la demanda de medios de producción de la sección II se mide por la magnitud de su capital constante. Se sigue que la suma del capital variable y de la plusvalía en la producción de los medios de producción debe ser igual al capital constante en la producción de los medios de subsistencia. Pero a Rosa Luxemburgo no le salen los cálculos. En el capitalismo, no hay suficiente demanda de medios de subsistencia.

La conclusión de Luxemburgo sería que para lograr una acumulación de capital continua deben encontrarse consumidores externos al capitalismo, invadirse las economías primitivas a través del imperialismo de economías no-capitalistas, o mejor dicho, precapitalistas —en el largo plazo llegarían a ser capitalistas [29]. Con esa demanda, las crisis se reducirán en la madre patria y el capitalismo parecerá beneficioso para los empleadores y trabajadores de los países desarrollados —pero no para los países subdesarrollados [30]. Sin embargo, el aplazamiento de las crisis en los países capitalistas no duraría siempre. A no ser que los mercados y guerras rentables se expandan indefinidamente, acabará habiendo sobreproducción global. Eso no significa que el objetivo de la producción sea el consumo, sino que, para lograr su objetivo, el capital tiene que atender al consumo, tanto productivo como individual.

Lo que Rosa Luxemburgo no aclara es de dónde sale la demanda de los países precapitalistas: es cierto que como decía Say para consumir debes producir, por más que pueda haber un exceso de producción respecto a la demanda. Dice Luxemburgo que Adam Smith pudo llegar a sus conclusiones viendo la no congruencia de las categorías de capital fijo, capital circulante y renta. Pero lo que no se da cuenta es que para Smith el capital acumulado no es riqueza: China no era rica, a pesar de las antiguas riquezas (Smith, 1976; I. viii.24). Es la posibilidad de generar ingresos anuales, y crecimiento económico, lo que provoca un incremento continuado de los salarios. Además, para él, el fin de la producción sí es el consumo.

6. Críticas al reformismo… Por miedo a caer en él

Rosa Luxemburgo identifica producción y realización, idea que cada vez iba siendo más aceptada en los inicios del Siglo XX en las teorías reformistas. Según éstas, el objetivo del capitalismo es la producción y apropiación de valor. Además, para Luxemburgo la acumulación ya no es sólo una relación interna entre el capital y el trabajo, sino entre el ambiente capitalista y no capitalista. De ser una sustancia derivada del trabajo, se ha convertido en una cuyo principal sostenimiento es una fuerza exterior: el ambiente no capitalista (véase Dunayevskaya 1985). Contra Marx, es el mercado el que determina la producción, lo que hace perder el sentido de lucha de clases de la ampliación de producción marxiana. La lucha de clases se da en el interior de la producción, como una lucha del capital para autovalorizarse y reproducirse en escala ampliada y del proletariado para reproducir su fuerza de trabajo. Pero Luxemburgo deja de lado la relación social dentro de la fábrica y el ambiente de la producción, donde se enfrentan obreros y capitalistas, y eso implica en cierto modo la renuncia de la teoría del plusvalor, es decir, de la explotación. La lucha de clases no conduce a la contestación del capitalismo sino solamente a la lucha por la repartición del producto, ya generado. De modo que el modelo de Luxemburgo  se basa en una idea más afín a la economía «burguesa»: en la demanda efectiva, necesaria para que se dé la producción. Para Luxemburgo, son las sociedades precapitalistas las que constituyen la «reserva de la fuerza de trabajo», con lo que la negativa de su teoría —las masas coloniales— no aparecen como revolucionarias, y la metodología dialéctica, desaparece. No logra demostrar la necesidad del derrumbe porque el «enterrador» del capitalismo, en el caso de Rosa no está localizado dentro del capitalismo, sino fuera, en los estratos no capitalistas. En cierto modo, incluso puede que eso le hubiera tenido que llevar, por lógica interna, a caer en el valor utilidad, a pesar de sus continuas negativas [31]. La obra de Luxemburgo tuvo una enorme influencia en la ideología del subconsumismo, totalmente reformista, en ciertos sectores intelectuales de la «nueva » izquierda en los años sesenta, especialmente en los ámbitos académicos anglosajones, así como en grupos «tercermundistas», en que la lucha de clases es sustituida por la contradicción entre los países desarrollados y los subdesarrollados [32].

Este parecido con la economía oficial, que podría verse como una alabanza, es criticado por los marxistas [33]. Ellos se defienden de esta «afrenta» diciendo que lo que Marx quería decir con su «producción por producción» era que, como plantea Tugan-Baranowski, aunque el capital constante no se consuma personalmente, se consume productivamente, es decir, produciendo medios de producción o máquinas. Sin embargo, Luxemburgo apunta que Tugan-Baranowski se equivoca al decir que la producción de medios de producción es independiente del consumo. Éste decía que la plusvalía capitalizada pasaba a la producción, y no había posibilidad de atesorar la plusvalía en forma de dinero como capital que busca inversión. Pero el esquema excluye el incremento de la producción a saltos. Sólo permite el incremento continuado que marcha al compás de la formación de la plusvalía. Y según Luxemburgo, la historia de la forma de producción capitalista se caracteriza por la expansión periódica de todo el campo de la producción a saltos; y el desarrollo desigual de diversas ramas de la producción.

«la reproducción capitalista sólo puede ser representada —para emplear una conocida expresión de Sismondi— como una serie continuada de espirales distintas, cuyas curvas, pequeñas al principio, son cada vez mayores, y muy grandes al final, a lo que sigue una contracción, y la próxima espiral comienza de nuevo con curvas pequeñas para recorrer el mismo cíclico, hasta que éste se interrumpe. Es decir, se trata de un proceso continuamente repetido.

La periodicidad con que ocurre la mayor extensión de la reproducción, y su contracción e interrupción parcial, es decir, lo que se designa como el ciclo periódico del restablecimiento o coyuntura baja, prosperidad o coyuntura alta y crisis, es la peculiaridad más saliente de la reproducción capitalista » (Luxemburgo, 1978a, páginas 16-17).

Sin embargo, si bien la periodicidad de coyunturas de prosperidad y de crisis representa un elemento importante de la reproducción, no constituye el problema de la reproducción capitalista en su esencia. Las alternativas periódicas de coyuntura o de prosperidad y de crisis son las formas específicas que adoptan el movimiento en el sistema económico capitalista, pero no el movimiento mismo. De hecho, para plantear y resolver el problema del valor tenemos que prescindir de las oscilaciones de los precios. Tenemos que abordar el problema bajo el supuesto de que la oferta y la demanda se equilibran, es decir, que el precio y el valor de las mercancías coinciden. Por tanto, el problema científico del valor comienza justo allí donde cesa la acción de la oferta y la demanda. Pues, a pesar de las oscilaciones de las coyunturas, a pesar de las crisis, las necesidades de la sociedad se satisfacen bien o mal, la reproducción sigue su camino ondulante y las fuerzas productivas se desarrollan cada vez más.

Pero, tal vez por las críticas de sus camaradas, Luxemburgo reitera hasta la saciedad que no era una reformista. En Reforma y Revolución, afirma que un posible camino evolutivo hacia el socialismo era una renuncia a él, dado que el sistema de trabajo asalariado se mantendría. Además, Marx, y los economistas clásicos antes que él, habían demostrado que las leyes redistribuidoras no logran una mejora social: los bajos salarios dependen de factores económicos ineludibles y éstas pueden, incluso, llegar a crear un inmovilismo que perjudique al conjunto de los trabajadores, aunque en el corto plazo beneficie a trabajadores particulares. Luxemburgo critica tanto a los sindicatos reformistas como al sistema de cooperativas, que mantienen la división capitalista- trabajador: «en la economía capitalista (…) los obreros que forman una cooperativa de producción se ven así en la necesidad de gobernarse con el máximo absolutismo. Se ven obligados a asumir ellos mismos el rol de empresario capitalista, contradicción responsable del fracaso de las cooperativas de producción, que se convierten en empresas puramente capitalistas o, si siguen predominando los intereses obreros, terminan por disolverse» (Luxemburgo, 1937, páginas 35-41). Los líderes de las trade-unions en el partido eran para Luxemburgo una fuerza conservadora que reconoce sólo «un concepto rígido, mecánico y burocrático» (cit. en Dunayevskaya 1985, de «Huelga general», 1906). Los sindicatos no tendrían, según Luxemburgo, más finalidad que hacer surgir la conciencia revolucionaria de los trabajadores: «La principal función de los sindicatos consiste, por el aumento de las necesidades de los trabajadores, por su elevación moral, en remplazar el mínimo fisiológico por el mínimo social, es decir, por un nivel de vida y de cultura determinados de los trabajadores, por debajo del cual los salarios no pueden descender sin provocar inmediatamente una lucha de la coalición, una resistencia. La gran importancia económica de la socialdemocracia reside en que, sacudiendo espiritual y políticamente a las amplias masas de los trabajadores, eleva su nivel cultural y, con ello, sus necesidades económicas» (Luxemburgo, 1978 a, página 210).

Así, Luxemburgo debate con los reformistas y con los populistas rusos —especialmente en Acumulación de Capital— y encuentra con ellos similitudes, pero, por miedo a caer en él, intenta mostrar sus diferencias (ver Howard y King, 1989). Por ejemplo, V. Woronzof descubre lo que, según Luxemburgo, nadie había percibido, que los clásicos no supieron explicar el beneficio del empresario. Suponen que el intercambio se da por los costos de producción, con lo que no hay lugar para un sobrante de mercancías, «no hay espacio para el beneficio del capital». Para él, Woronzof han de buscarse otros consumidores que no estén ligados orgánicamente a la producción. Pero, para Luxemburgo, la solución que da Woronzof, que consistiría en que los empresarios sólo se reservasen lo que necesitan para la satisfacción de todos sus caprichos, dejando el resto de todo incremento de la renta nacional a la clase obrera, es decir, renunciasen a la capitalización de la plusvalía e hiciesen donativos a los obreros, es contraproducente.

Nikolai-on (pseudónimo de Danielson), sin embargo, decía, que para la economía capitalista, el mercado es decisivo, pero «la distribución social de sus fuerzas no se encamina a la satisfacción de las necesidades reales de la población, sino simplemente a la satisfacción de necesidades con capacidad de pago» (Luxemburgo, 1978a, página 215) con lo que la economía capitalista necesita de mercado exterior. Pero según Danielson (1893), las necesidades reales de las masas populares sólo pueden ser satisfechas implantando la forma de producción populista basada en la unión de los productores con los medios de producción, de la pequeña industria. Así, la reforma social que recomienda Danielson es utópica.

Peter v. Struve (1894), sin embargo, critica a los populistas. El capitalismo incluye cada vez más círculos de productores antes independientes y no aniquila el mercado interior, lo crea por la difusión de la economía monetaria y la inclusión de «terceras personas», distintas del capitalista o trabajador. Sin embargo, Bulgakof rechaza las «terceras personas» de Struve como tabla de salvación para consumir la plusvalía. ¿Dónde se encuentra el poder de compra de estas personas? Según él, si necesitan más dinero, sólo el crédito suple la producción de oro. Para Bulgakof (1897) y Tugan-Baranowski (1901), el único mercado para los productos de la producción capitalista es la producción misma. Sin embargo, Bulgakof esperaba que la economía capitalista se viniese abajo, a pesar del equilibrio producción- consumo, por el descenso de la cuota de beneficio —aunque ese descenso relativo es compensado con el crecimiento absoluto del capital—; mientras que Tugan- Baranowski, siguiendo a Marx al pie de la letra, decía que la acumulación capitalista es independiente de renta y consumo. Su mejor mercado no es el consumo, sino la producción misma. Cada nueva mercancía producida representa un nuevo poder de compra para la adquisición de otras mercancías. La única circunstancia que engendra periódicamente exceso de productos es la falta de proporcionalidad en el aumento de la producción (no atenerse exactamente al esquema aritmético de Marx de bienes de producción-consumo), es decir, la falta de control social del proceso de producción.

En cualquier caso, el debate sobre los esquemas de reproducción adolece, en su raíz, de un vicio básico, que, en la polémica rusa, Lenin había ya puesto en evidencia: la confusión entre lo lógico y lo histórico, entre lo abstracto y lo concreto (Ruy, 1979). Los clásicos creían que el orden social capitalista, en que todo es mercancía y se produce para el comercio, era un ordenamiento social eterno y el único posible. Sin embargo, para Marx, «para comprender las categorías fundamentales de la producción capitalista, valor y plusvalía, en su movimiento vivo como un proceso social de reproducción, había que tomar este movimiento históricamente y considerar a las categorías mismas como formas históricamente condicionadas de relaciones generales de trabajo» (Luxemburgo, 1978a, página 73). Luxemburgo en «Reformismo o revolución» hace un tratamiento de las crisis iniciales del capitalismo «producto de su crecimiento infantil» con las crisis de decadencia que aún no han llegado pero que cabe esperar. Aquellas primeras derivan de la fase de expansión del capitalismo, mientras que las futuras van a ser crisis de envejecimiento y decrepitud. Esta formulación luego la desarrollaría Lenin, aunque para Luxemburgo los límites están en el mercado no en la producción, con lo que las crisis aparecen como crisis comerciales: «la carencia de plan se manifiesta en que la coincidencia de demanda y oferta, en todas las esferas, sólo se realiza momentáneamente, merced a desviaciones y oscilaciones de los precios; y al juego cruel de la ley de la oferta y la demanda, con su secuela obligada: la crisis» (Luxemburgo, 1978b, página 25).

7. Conclusión

Así, hemos visto como Rosa Luxemburgo se debatió en su propia Gran Contradicción: quiso defender la teoría del valor de Marx, al tiempo que aceptaba que el consumo es necesario para la producción. Según Luxemburgo, los clásicos no habían logrado comprender el concepto de Capital como componente del valor que genera un impulso motriz específico para la producción capitalista: conseguir plusvalía ilimitada, en cantidad creciente cada vez mayor. Sin embargo, Luxemburgo sigue dentro la teoría de los clásicos, que ya venían separándose de las bases doctrinales de Adam Smith. Sólo para Smith el capital acumulado no es riqueza: es el crecimiento económico el que provoca un incremento continuado de los salarios.

Para Luxemburgo en el sistema capitalista la producción no está encaminada a satisfacer necesidades; su fin es la creación de valor y, para lograr la reproducción, parte de la plusvalía se resta al consumo personal de sus propietarios. Pero el nuevo capital adicional debe encontrar las condiciones materiales que hagan posible su funcionamiento. Al depender c de la plusvalía, para capitalizarla no basta el ahorro —aunque éste obtiene una compensación por la abstinencia— si no que hay que transformarla en dinero. Y los clásicos se olvidaron del dinero, de la posibilidad de venta en el mercado. Sin embargo, Malthus y Sismondi —a pesar de las fallas de su teoría— consiguen enmendar el error de la Ley de Say, y afirman que hay que buscar una categoría de consumidores que compren sin vender. Pero, Sismondi, así como Rodbertus o Kirchmann, recomendaban la atenuación de las fuerzas productivas. Rosa Luxemburgo no renuncia a la acumulación, aunque confía en que llegará un momento en que la extensión del capitalismo hará inviable este sistema.

De lo que carece la teoría de Rosa Luxemburgo es de un concepto complejo de riesgo. El tiempo determinista del materialismo dialéctico no concibe la incertidumbre. Es cierto que Luxemburgo da importancia a los empréstitos internacionales, pero el riesgo que asume un capitalista no compensa al del otro, si no que genera una «anarquía de producción». La asunción de riesgo no forma parte del valor de los bienes o de la compensación al empresario. Luxemburgo, tampoco valora las instituciones necesarias para mantener el salario y las obligaciones que asume el empresario con sus distintas vías de riesgo, algo que depende de los incentivos. No llegó a comprender la importancia del valor ordenado en términos del sacrificio institucional que el comprador se evita e impone a otros, sin el cual no existiría el valor.

Una conclusión que podíamos sacar es que Rosa Luxemburgo, simplemente, había introducido una etapa más, la imperialista, en la necesaria llegada del socialismo marxiano. Pero, como hemos visto, Rosa estaba transformando la teoría de Marx haciendo depender del mercado la producción. Por mucho que ella reivindicara no ser reformista, el futuro ha querido contradecirla. El reformismo y el «tercermundismo» han tomado de Luxemburgo gran parte de sus bases. En cualquier caso, la teoría de Rosa Luxemburgo es un importante punto de inflexión para las teorías de las crisis posteriores. Sin embargo, en esto también Luxemburgo es clásica. Cuando habla de que las alternativas periódicas de prosperidad y crisis como formas específicas que adopta el movimiento del capitalismo reconoce que, para estudiar la economía, debemos olvidar las oscilaciones de los precios. Por tanto, el problema científico del valor comienza justamente allí donde cesa la acción de la oferta y la demanda, y donde acaban las crisis.

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[49] TRINCADO, E. (2008c): «Di ottimismo si può morire», Formiche, Anno V, Numero 32, decembre, Roma.

[50] TRINCADO, E. (2009a): «Teorías del valor y la función empresarial», Investigaciones de Historia Económica, número 14, Madrid, páginas 11-38.

[51] TRINCADO, E. (2009b): «Rosa Luxemburg’s Contribution to the Philosophy of Liberation, with a Special Reference to Women Liberation Movement», The Collected Papers of International Conference on Rosa Luxemburg’s Thought and Its Contemporary Value, Wuhan: Renmin Press of China (in press).

[52] TUGAN-BARANOWSKI, M. I. (1901): Estudios sobre la teoría y la historia de las crisis comerciales en Inglaterra, Gema.

[53] VALDERRAMA, M.ª C. E. (1978): «Ni socialdemocracia, ni bolchevismo», Autogestión y Socialismo 1, Rosa Luxemburgo, Madrid: Castellote editor.

NOTAS


[1] Ver El País de 29 de mayo de 2009; La Vanguardia de 15 de junio de 2009; El mostrador.cl de 4 de junio de 2009…

[2] Leo Jogiches, su compañero sentimental, logró mostrar una fotografía de los asesinos, unos soldados que se decía que estaban celebrándolo en el hotel donde fueron interrogados. Tres semanas después, Jogiches sería también asesinado, el 10 de marzo (véase TRINCADO, 2001).

[3] De hecho, su compañero sentimental se sintió finalmente tan eclipsado por la fama de Rosa que sus celos provocó la separación de la pareja (FRÖLICH, 1972, página 14).

[4] Con Kautsky estuvo bastante de acuerdo hasta que éste se enfrentó a la huelga de masas, que ella defendía, y que Kautsky defendiera el imperialismo alemán en Marruecos (1911), que ella atacaba.

[5] Victor Adler a August Bebel, 5 de agosto de 1910 en NETTL (1966, página 432). También diría Bebel: «Con todos los chorros de veneno de esa condenada mujer, yo no quisiera que no estuviese en el partido» (respuesta de Bebel a Adler, 16 de agosto de 1910, ibid.).

[6] Sin embargo, cuando se produjo la Revolución Rusa de 1905, deseó unirse al proletariado en Polonia, pero Jogiches, que ya estaba en Polonia, y sus colegas alemanes no la alentaron a retornar a Polonia durante tiempos tan tumultuosos. La llamada «cuestión femenina» ya no era una generalización, sino que le irritaba de forma personal, al decírsele que para ella, como mujer, los riesgos eran mayores que para los emigrados revolucionarios varones que estaban retornando. Aunque retrasó su regreso a Polonia, este tipo de argumento sólo le reafirmó más en su decisión de dirigirse allí.

[7] «La plusvalía es el fin último y el motivo impulsor del productor capitalista. Las mercancías elaboradas, una vez vendidas, no sólo deben suministrar a aquél el capital anticipado, sino un excedente sobre él, una cantidad de valor a la que no corresponde gasto alguno de parte suya» (LUXEMBURGO, 1978a, página 18).

[8] Esto lo contradice el hecho de que en período de crecimiento económico (acumulación de capital) hay pleno empleo, y en períodos de des-acumulación se genera paro.

[9] Ricardo quiso reducir todo valor a trabajo incorporado, eliminando la renta y capital, que tachó de «trabajo incorporado indirecto» o trabajo acumulado e incorporado a las máquinas. Al final, tuvo que aceptar que no todo el valor es trabajo, sólo el 93 por 100. Lo demás, es capital puro (tiempo de espera de obtener la rentabilidad de las inversiones). Ricardo se basó en supuestos empíricos para demostrarlo (véase BARKAI, 1967).

[10] «Lo particular que tiene la relación actual entre el trabajador asalariado y el empresario, lo que la diferencia de la esclavitud así como de la servidumbre es, ante todo, la libertad personal del trabajador… Un hombre que no es libre no puede vender su fuerza de trabajo. Pero además es necesario, como condición para ello, que el trabajador no posea medios de producción» (LUXEMBURGO, 1978a, página 187).

[11] Como dice LEVY (1999), Smith empieza su estudio de la vida económica suponiendo dos individuos que comercian, no un Robinson Crusoe, con lo que inmediatamente accedemos al juicio del espectador.

[12] Su doctrina del beneficio, se basa en Ricardo, no Adam Smith. Para MILL (1848), por ejemplo, los beneficios son inversamente proporcionales a los salarios, es decir, dependen del trabajo. Mill combina esta teoría con la idea contradictoria de que los beneficios (y el interés) son la remuneración por la abstinencia. El trabajo necesita el apoyo del capital y éste es también el producto acumulado del trabajo, ahorrado por los capitalistas y sus antecesores. Por ello, una redistribución de la propiedad no conseguiría nada en el largo plazo: la desigualdad reaparecería en pocos años (TRINCADO, 2008b).

[13] La denominada teoría «Turgot-Smith del ahorro e inversión» es de SCHUMPETER (1954, páginas 324-5).

[14] La Teoría del Fondo de Salarios, aunque parece hoy en día relegada, marca el principio de la consideración del capital como factor de producción diferenciado. Posteriores autores la consideraron un retroceso respecto a autores, como Say, que subrayaban que la demanda y los precios de los factores de producción vienen determinados por su capacidad de producción de los bienes de consumo que la sociedad demanda. Pero la teoría también ha sido retomada por los austriacos. En cualquier caso, la teoría del tipo de interés basada en la abstinencia, incluye sólo la oferta de ahorro, no la demanda de inversión.

[15] Como ya había dicho William Thomas Thornton sobre la teoría de Mill en On labour (THORNTON, 1869).

[16] Los precios no sólo dependen de lo que yo deseo o quiero, si no de lo que tú piensas sobre ese desear o querer. De ello habla especialmente SOROS (2009). Por ejemplo, el enunciado «yo soy tu enemigo» sólo tiene sentido a nivel intersubjetivo y no puede decirse si es verdadero o falso.

[17] Por ejemplo, en terminología de MINSKY (1986), cubierta, especulativa o Ponzi.

[18] Según Luxemburgo, en la sociedad por acciones capitalista todo el mundo sabe lo que mete en ellas, pero no lo que saca (cita de El capital, tomo II, de Marx, en LUXEMBURGO, 1978a, página 52).

[19] Como dijo HAYEK (1990) apelando a que la planificación central no toma en cuenta los procesos históricos de desarrollo, como el conocimiento disperso y el orden espontáneo, y cae en la Fatal Arrogancia de creerse que tiene toda la información, y que la información que puedan aportar los demás es desdeñable. Además, la mayor parte de los fines de la acción no son, ni siquiera, deliberados. Es curioso que Rosa Luxemburgo defienda que «El fin de la economía política como ciencia entraña pues un hecho histórico mundial: la traducción a la práctica de una economía mundial organizada de acuerdo con un plan», LUXEMBURGO (1978a, página 59), a pesar de sus teorías espontaneistas (LUXEMBURGO, 1975a; 1975b o 1978b, páginas 116-117). Probablemente cuando hablaba de decisión colectiva se refería a decisiones democráticas no al (ultra)centralismo de Lenin (TRINCADO, 2001). Pero el sistema de autogestión también genera problemas (TRINCADO, 2008a), algunos que Luxemburgo misma apunta (véase LUXEMBURGO, 1978c).

[20] Lo que, de nuevo, implica incrementar su coste ante «el riesgo de ser descubierto» (TRINCADO, 2008c).

[21] Sin embargo, esto ya lo decía Aristóteles, y la economía griega en términos históricos marxistas debe ser natural (de hecho, a la acumulación ilimitada la llama Aristóteles «no natural»).

[22] «Mas adelante rechaza todavía Marx una salida que pudiera intentarse para la explicación del problema: el recurrir a la velocidad de circulación del dinero que permite con menos dinero poner en circulación una masa mayor de valor. El recurso no conduce naturalmente a nada, pues la velocidad de circulación del dinero entra ya en cuenta cuando se supone que para la masa de mercancías son necesarias libras esterlinas» (LUXEMBURGO, 1978a, página 117).

[23] Enunciada por JAMES MILL ([1808] 1965).

[24] Al que Marx llamaba «el farsante escocés».

[25] Luxemburgo en el primer tomo de La acumulación del capital dedica todo un capitulo a Malthus y Sismondi. Prefiere a Sismondi:

mientras que Malthus es apologista de la producción capitalista, Sismondi es un crítico del sistema. Asume la acusación de plagio que Marx hizo a MALTHUS considerando sus Principios de la Economía Política (1820) una copia de los Nuevos principios (1819) de SISMONDI. Los marxistas siempre han considerado a Malthus un representante del status y defensor de los consumidores improductivos (LUXEMBURGO, 1978a, página 189). Luxemburgo, critica su pretensión de transformar la evolución a la baja de los salarios en una «ley natural de población». Según Luxemburgo, el exceso relativo de mano de obra frente al capital (inversión), el exceso de personas, lo es respecto a las posibilidades de industrialización o creación de puestos de trabajo (véase SARRIBLE, 1998, página 36).

[26] También John Stuart Mill critica la ley de Say: cuando existe un intervalo de tiempo o una distancia espacial que separa la venta de la compra, especialmente si se compra a crédito, la regla de un valor fijo de D no tiene porqué darse. Depende de la confianza que depositen los productores en los mercados. El productor puede preferir mantener la mercancía en almacén, o bien porque temporalmente no encuentra demanda o bien porque espera una subida de precios (véase TRINCADO, 2008b). Además, admite que, además de la tendencia a atesorar en épocas de crisis, la caída secular del tipo de beneficios es un hecho que puede prestar visos de realidad a la teoría de los excesos globales de producción de Malthus y Sismondi.

[27] Lenin también en esto estuvo contra Luxemburgo, dado que creyó que la ley de Say se cumplía —la producción crea su propio mercado—, y que las plétoras no estaban fuera de la producción, en la demanda, sino en la anarquía de la producción —el sub-consumo no es más que un elemento subalterno (RODRÍGUEZ BRAUN, 1989, páginas 193-205).

[28] En el sistema fisiócrata del Tableau économique sólo la agricultura genera excedente, es decir, plusvalía, y la clase estéril no consume en sí misma más que el capital circulante. Quesnay únicamente acepta la existencia del capital fijo en la agricultura (los avances primitives —capital fijo en Smith— a diferencia de los avances annuelles —capital circulante en Smith—).

[29] Rosa Luxemburgo caracterizaba el imperialismo por una competencia de los países capitalistas por conquistar a los no capitalistas y las oportunidades de inversión, por las barreras arancelarias, por los monopolios en el ámbito mundial especialmente en las finanzas y préstamos, por el militarismo. Consideraba que el ataque de Japón a China en 1895, que condujo a la intrusión de las potencias europeas en Asia y África, era fundamental para el comienzo de una época nueva para el desarrollo capitalista.

[30] El «tercermundismo», que da gran importancia a la contradicción entre grandes potencias y Estados subdesarrollados de la periferia, no tiene en cuenta la lucha de clases dentro de las metrópolis imperialistas, llegando a sostener que la clase obrera de estos países participa del saqueo neocolonial.

[31] «Abrazados al hijo de su ingenio, Bernstein, Boehm y Jevons, y toda la cofradía subjetiva pueden permanecer veinte años en contemplación del misterio del dinero, sin llegar a ninguna conclusión distinta de la de un zapatero, fundamentalmente que el dinero es “util”» (LUXEMBURGO, 1937, páginas 33-4).

[32] El «tercermundismo», que da gran importancia a la contradicción entre grandes potencias y Estados subdesarrollados de la periferia, no tiene en cuenta la lucha de clases dentro de las metrópolis imperialistas, llegando a sostener que la clase obrera de estos países participa del saqueo neocolonial.

[33] «Rosa Luxemburgo ocupa una posición notoria pero no envidiable en este debate: la de una revolucionaria aclamada por los economistas burgueses por haber aportado “la formulación más clara” del problema de la “demanda efectiva” hasta la llegada de la “Teoría general del empleo, el interes y el dinero”, de Keynes» (KALECHI, 1939, página 46).

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