Siglo XXI: ¿Socialismo o barbarie?

Rosa_Luxemburg strasseDespués de la II Guerra Mundial se establecieron las bases para que lo ocurrido no sucediera jamás -al menos en Europa-. “Para que la Historia no se repita, para que la barbarie no vuelva jamás” fueron proposiciones repetidas y deseadas. Y cuando ya se festejaba la posmodernidad, el fin de la Historia y de las Ideologías, retornaron los campos de concentración al corazón de Europa y tuvimos noticia de que la barbarie había regresado, aunque de algunos sitios -Chechenia o Argelia, por ejemplo- nunca se marchó. Esa misma barbarie continuó en Kosovo y en el estrecho de Gibraltar, en forma de patera; y en otros tantos sitios, olvidados.

En 1915 en el folleto “Junius”, Rosa Luxemburg, con la clarividencia de los “grandes”, ya nos planteaba la célebre consigna “socialismo o barbarie” y la barbarie tomó cuerpo en forma de dos guerras mundiales. ¿Está el siglo XXI muy lejos de esa barbarie, eso pertenece al pasado?, ¿tiene vigencia el dilema de Rosa Luxemburg?¿juzgarán algún día a la cúpula del PP por asociación ilícita y algunas cosillas más?. A casi todas estas preguntas encontrarás respuesta en el  texto que difundimos a continuación, obra de la profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Gabriela Roffinelli. ¿Te interesa?…

Salud, A. Olivé

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Siglo XXI: ¿Socialismo o barbarie?

Gabriela Roffinelli

“Aquí el capitalismo descubre su cabeza de
cadáver, aquí confiesa que su derecho a la
existencia ha caducado, que la continuación
de su dominación ya no es compatible con
el progreso de la humanidad”.

Rosa Luxemburgo

Los inicios del siglo XXI quedarán signados como una época de guerras preventivas contra el “eje del mal”, de masacres de poblaciones enteras, de daños colaterales (que causan miles de muertos rápidamente “olvidables” porque mayoritariamente pertenecen al tercer mundo) y de torturas perpetradas por el Imperialismo.[1] Por lo tanto, no estaríamos exagerando si afirmamos que vivimos en una época de barbarie. Hace exactamente 90 años, Rosa Luxemburgo planteaba que: “la sociedad burguesa está situada ante un dilema: o pasa al socialismo o cae en la barbarie”. Lamentablemente, la historia del siglo XX se encargó de demostrarnos, una y otra vez, que Rosa tenía razón.

En su “folleto de Junius” (La Crisis de la Social Democracia, 1915) Rosa señala que la historia de la humanidad no es un progreso inexorable que conduce inevitablemente hacia el socialismo, como sostenía el fatalismo determinista de la Segunda Internacional. Por lo tanto, el futuro de la humanidad está abierto y será moldeado por el resultado de la lucha de clases. Dice Rosa “Sin la voluntad consciente y la acción consciente de la mayoría del proletariado no puede haber socialismo”.[2] Nos advierte: o se avanza hacia una sociedad democrática y humanista, es decir socialista o se cae en la barbarie capitalista.

A partir de 1915, Rosa realiza una ruptura de fondo con la confianza, fuertemente arraigada en la Segunda Internacional, en un progreso continuo, indefinido e ineludible de la humanidad hacia el socialismo. Garantizado, a su vez, por las “leyes objetivas” del desarrollo económico.

Además, la ideología del progreso – de origen burgués pero adoptada por los partidos socialistas – se vinculaba a la ideología colonialista que entendía que el desarrollo de la civilización iba de la mano de la conquista y la colonización. Europa tenía una misión civilizadora que llevar a los más “oscuros rincones del mundo”, habitados por seres “primitivos”, “bárbaros” y, hasta, “tenebrosos”. Trágicamente, “misión civilizadora”, “progreso” y “exterminio de las razas inferiores” iban de la mano.

En Argentina, por ejemplo, Domingo Faustino Sarmiento – el más lucido exponente de la burguesía local del siglo XIX – era tributario de esta ideología. Afirmaba “Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de terreno privilegiado; pero gracias a esta injusticia, la América, en lugar de permanecer abandonada a los salvajes, incapaces de progreso, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra; merced a estas injusticias, la Oceanía se llena de pueblos civilizados, el Asia comienza moverse bajo el impulso europeo, el África ve renacer en sus costas los tiempos de Cartago y los días gloriosos de Egipto. Así, pues, la población del mundo sujeta a revoluciones que reconocen leyes inmutables: las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan la posesión de la tierra a los salvajes”.[3]

En la cultura occidental del siglo XIX y principios del XX conceptos, como colonialismo, progreso, civilización y exterminio eran sinónimos. Existía la convicción extendida en todos los estratos sociales que se necesitaba llevar “la civilización” a todo el planeta, incluso cuando implicaba la destrucción de los “pueblos salvajes”. La teoría social darwiniana justificaba “la extinción de todas las razas inferiores y mentalmente subdesarrolladas con la que los europeos entraban en contacto”.[4] En este contexto, la postura de la Segunda Internacional sobre la cuestión nacional y colonial fue ambigua y vaga. Durante los Congresos de Paris (1900), Ámsterdam (1904) y Stuttgart (1907) este tema provocó fuertes divisiones. Algunos manifestaron una posición claramente anti – colonial (Kautsky, Rosa) y otros justificaron el colonialismo alegando su “misión civilizadora” (Van Kol, Jaurès y Bernstein).

En los debates sobre la cuestión nacional que se produjeron en el Congreso de Ámsterdam (1904), el delegado holandés, Van Kol, defendió el colonialismo y presentó una resolución en la que expresaba:

“Colonias hay y habrá durante muchos siglos todavía; su existencia está indisolublemente entretejida con la historia de la humanidad. […] En la mayor parte de los casos (tras la victoria de la clase obrera europea), no se podrá renunciar a las antiguas colonias porque éstas no resultan capaces de autogobernarse y, debilitadas por una centenaria tutela, caerían en la anarquía y la miseria. Abandonar totalmente al niño débil e ignorante, que no puede prescindir de nuestra ayuda, equivaldría a hacerlo víctima de una explotación sin barreras o entregarlo a otros dominadores”.[5]

Que una resolución como la del Partido Social Demócrata Holandés se presentara en un Congreso de la Internacional Socialista es un claro indicio de la aceptación que tenían las ideas burguesas en muchos líderes de la Internacional. En este sentido, Edward Said sostiene que el imperialismo y el colonialismo del siglo XIX se encuentran sustentados en “impresionantes formaciones ideológicas” que “permitieron, por un lado, que hombres y mujeres decentes aceptaran la idea de que territorios distantes con sus pueblos nativos debían ser subyugados y, por el otro, alimentaban las energías metropolitanas de modo que esa misma gente decente pudiese pensar en el imperium como una prolongada y casi metafísica obligación de gobernar pueblos subordinados, inferiores o menos avanzados.[6]

A su vez, durante el siglo XIX la conquista de los territorios “remotos” en posesión de “seres salvajes y bárbaros” se llevó a cabo gracias, por un lado, a la aparición un sofisticado y moderno armamento y, por el otro, a la planificación minuciosa que realizó la burocracia militar y civil. Pero la cultura del progreso y de la misión civilizadora de Occidente impidió reflexionar acerca de este problema. Hubo que esperar hasta la Primera Guerra Mundial para que se hiciera evidente el poder de destrucción que tenían las nuevas armas. Como señala Enzo Trasverso, las ametralladoras habían sido probadas durante las guerras coloniales en África pero los prejuicios racistas de las elites militares impidieron que se toma conciencia del poder de fuego de éstas y, al principio de la Gran Guerra, mandaban al asalto en el campo de batalla a miles de soldados armados de bayonetas, que eran masacrados rápidamente por las armas automáticas.[7]

De modo que, la Primera Guerra Mundial inauguró la posibilidad de realizar masacres de masas anónimas de la mano de la tecnología y de la planificación burocrática. De allí que, la barbarie que aparece trágicamente durante la contienda bélica no es un regreso al pasado pre-moderno, (feudal, como pensaba José Ingenieros [8]), sino, por el contrario, es plenamente moderna. Nace del seno del capitalismo y crece, a pasos agigantados, de la mano de su apetito insaciable. Barbarie moderna y civilización capitalista son las dos caras de una misma moneda.

La barbarie, entonces, no puede comprenderse fuera de las estructuras constitutivas de la moderna civilización capitalista, como: la técnica, la industria, la división del trabajo, la organización burocrática – racional y el monopolio estatal de la violencia. Y es justificada por una ideología moderna que se apoya en la ciencia, en la biología, en la higiene social y en la teoría social darwiniana. Se trata, entonces- desde el punto de vista de su ideología y de su estructura de una barbarie específicamente moderna. En este sentido, Zygmunt Bauman sostiene que el icono de la barbarie moderna lo constituye Auschwitz por su estructura de fábrica de muerte, científica y técnicamente organizada, pero sobre todo porque es un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de la gestión administrativa toda interferencia moral y toda responsabilidad.

A su vez, Michael Lowy sintetiza los rasgos que definen la barbarie como propiamente moderna:

“Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio.

Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta. Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras –hombre y mujeres, niños y ancianos- son “eliminados” con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas.

• Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, “racional” (en términos instrumentales) de los actos de barbarie.

• Ideología legitimadora de tipo moderno: “biológica”, “higiénica”, “científica” (no religiosa ni tradicionalista).

• Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas”.[9]

Los crímenes en masa meticulosa y pormeronizadamente planificados, burocráticamente organizados y ejecutados por la fuerza del Estado moderno no significan un regreso a una época de salvajismo superada por la civilización sino que son parte constitutiva de la civilización capitalista. “Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna –o de su copia “socialista” burocrática”.[10]

Como decíamos al comienzo, la barbarie constituyó el rasgo dominante de todo el siglo XX y podemos decir lo mismo de los inicios del presente siglo. Los ejemplos abundan… Estos hechos constituyen un ejemplo terrible de las potencialidades – cada vez mayores – destructivas que encierra la civilización capitalista. Al mismo tiempo, ponen en crisis la herencia humanista y universalista de la Ilustración. Sin embargo, no se trata de sustentar el fracaso de la modernidad, ni de postular un regreso a un pasado arcaico, pre-moderno – como proponen los culturalismos -, ni de renunciar a uno de los principales aportes de la Ilustración, que a su vez retoma Rosa Luxemburgo, la idea de que el hombre es el artífice de su propio destino, el hacedor de su propia historia. Rosa afirmaba: “Los hombres no hacen la historia por su mera voluntad libre, pero sí hacen su propia historia. El proletariado depende, en su acción, del grado de madurez del desarrollo social del momento, pero el desarrollo social no ocurre al margen del proletariado, y éste es tanto su causa y origen como su producto y consecuencia”.[11]

Se trata sí de advertir que el devenir de la modernidad occidental está indisolublemente ligado al desarrollo del capitalismo y a su barbarie, en tanto, una de sus caras. La modernidad capitalista ha dado lo mejor y lo peor a la vez.

Los intelectuales de la Escuela de Frankfurt oportunamente advirtieron acerca de estadialéctica de  la contradicción propia de la modernidad. W. Benjamín, sí bien reconocía el aporte positivo del desarrollo de la ciencia y de la técnica, se preocupaba más por su dominio social. “No se puede confiar ilimitadamente en I.G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luffwaffe.” Señalaba en forma dramáticamente premonitoria en 1929.

También Marx pensó la historia como progreso y catástrofe a la vez, sin favorecer ninguno de los dos aspectos. En este sentido, Frederic Jameson sostiene que “Marx nos exige hacer lo imposible es decir pensar el desarrollo (del capitalismo) positiva y negativamente a la vez. Se trata de una forma de pensar que sería capaz de captar simultáneamente los rasgos demostrablemente siniestros del capitalismo y su dinamismo extraordinario y liberador en un solo pensamiento y sin atenuar la fuerza de ninguno de los dos aspectos. Debemos abrir nuestra mente hasta poder comprender que el capitalismo es a la vez la mejor y la peor cosa que jamás le ha ocurrido a la humanidad”.[12]

De allí que los considerados fracasos de la modernidad – que postulan el postmodernismo y los culturalismos – son en realidad el resultado del despliegue del capitalismo. Y los inicios “de que ha llegado (el capitalismo) al final del recorrido a lo largo del cual todavía podía parecer sinónimo de progreso, a pesar de sus propias contradicciones. Hoy día entonces la elección «socialismo o barbarie» es verdaderamente aquella a la cual la humanidad está confrontada”.[13]

La civilización moldeada por el sistema capitalista ya no tienen nada que ofrecer a la humanidad. Por el contrario, nos conduce a una encrucijada de muerte y horror. Creemos que – para conjurar la barbarie – el capitalismo debe ser superado por un socialismo que marque una diferencia cualitativa en la historia de la humanidad. Es decir, tendrá que significar una verdadera transformación social en el ámbito cualitativo, no sólo un mero cambio de sistema económico, sino una verdadera transformación de los valores sociales y morales. En palabras de Marcuse: una auténtica transformación social no significa sustituir un sistema de servidumbre por otro sistema de servidumbre sino que implica un profundo cambio del sistema mismo en su conjunto.


NOTAS

[1] El imperialismo norteamericano y sus aliados justifican sus acciones en nombre de una
supuesta defensa de la civilización occidental amenazada por el terrorismo internacional. En
este sentido, Noam Chomsky advierte que la ficción de un enemigo maligno (enemigo de la
democracia y del estilo de vida occidental) ha sido un recurso habitual de los sectores dominantes en Estados Unidos para aterrorizar a su población. La finalidad de esa ficción está destinada a apoyar la producción de armas y la incursión militar en los países del Tercer Mundo, dos fuentes importantes de beneficios para el gran capital. Pero también para que los atemorizados ciudadanos estadounidenses acepten cualquier acción criminal del poder y canalicen su ira por la situación económica hacia un “temible enemigo exterior”. Osama Bin Laden, Saddam Hussein, Noriega, Gaddafi o Milosevic han sido personajes sumamente útiles en ese sentido. En realidad, Estados Unidos siempre ha necesitado construir un peligroso enemigo exterior, que amenaza su sistema de vida. Antes de la década del ’90, ese «enemigo» era el comunismo, en la actualidad es el “terrorismo árabe” o “ cualquier otro que se interponga en su camino”, como por ejemplo:

• Los narcotraficantes latinoamericanos.
• Los inmigrantes hispanos y de los países del este.
• Los criminales negros.
• Los fundamentalistas árabes.
• Hasta las madres solteras que viven del seguro estatal. (ironiza Chomsky).

[2] Luxemburgo, Rosa. Discursos y Escritos escogidos. Citado en Clif, Tony. Rosa Luxemburgo (Introducción a su lectura). Edit. Galerna. Bs. As. 1971. Pág. 60

[3] Sarmiento, Domingo Faustino. Citado por Viñas, David. Indios, ejército y frontera. Santiago Arcos editor. Bs. As. 2003. Pág. 65.

[4] Cfr. Traverso, Enzo. La violencia Nazi. Una genealogía europea. Edit. FCE. Bs. As. 2002.

[5] Van Kol, Henri. “Sobre la política colonial”. En La Segunda Internacional y el problema nacional y colonial. Edit. Siglo XXI. Pág. 24 El Congreso de Ámsterdam (1904) dio la bienvenida entusiasta a Dadabhai Naoroji, fundador y presidente del Congreso Nacional Indio, pero en su resolución sobre la India, mientras pedía el auto gobierno, especificaba que la India debía seguir bajo soberanía británica. Ni aprobaba ni rechazaba las opiniones de Van Kol. En el debate sobre la inmigración, se presentó una resolución racista por parte del estadounidense Hillquit y fue apoyada por los austriacos y holandeses. Pero originó tales protestas que al final tuvieron que retirarla. Pero el simple hecho de que una  resolución como esa se presentara en un congreso de la Internacional Socialista es un claro síntoma de la presión de las ideas nacionalistas y burguesas en los partidos socialistas. Cfr Woods, Alan y Grant, Ted. El Marxismo y la cuestión nacional. http://www.engels.org/docum/nacion/cn_1.htm. El Congreso de Stuttgart (1907) designó una Comisión de Colonias que presentó un informe señalando que el colonialismo tenía algunos aspectos positivos, condenaban los excesos pero creían que debían “abogar por reformas, mejorar la suerte de los nativos… y educarlos para la independencia por todos los medios posibles.” Cfr. Clif, Tony. Rosa Luxemburg (introducción a su lectura). Edit. Galerna. Bs. As. 1971.

[6] Said, Edward. Cultura e Imperialismo Edit. Anagrama. Barcelona 2001. Pág. 45

[7] Cfr. Traverso, Enzo. La violencia Nazi. Una genealogía europea. FCE. Bs. As. 2003.

[8] José Ingenieros consideró que la Primera Guerra Mundial significaba “El suicidio de los bárbaros”, pero, imbuido por la ideología de la época, creyó que la barbarie que se expresaba en la guerra era de origen medieval. “La civilización feudal, imperante en las naciones bárbaras de Europa, ha resuelto suicidarse, arrojándose al abismo de la guerra. Este fragor de batallas parece un tañido secular de campanas funerarias. Un pasado, pletórico de violencia y de superstición, entra ya en convulsiones agónicas”. Ingenieros, José. Los Tiempos Nuevos. Reflexiones optimistas sobre la guerra y la revoluciónEditorial Futuro. Bs. As. 1917. Pág. 15 

[9] Lowy, Michael. “Barbarie y Modernidad en el siglo XX”. Publicado en la revista virtual Memoria www.memoria.com.mx

[10] “El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que era burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al servicio de proyectos estanilistas faraónicos de «modernización» económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más «primitivos»: corrupción, ineficacia, arbitrariedad, “irracionalidad”. Por esa razón se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich”. Cfr. Lowy, Michael. “Barbarie y Modernidad en el siglo XX”. Op. Cit.

[11] Luxemburgo, Rosa: citado en Clif, Tony. Op. Cit. Pág. 58.

[12] Jameson, Frederic. Citado por Lowy, Michael. “Dialéctica marxista del progreso en Marx”. Publicado en la página Web http://www.mas.org.ar

[13] Amin, Samir. Crítica de nuestro tiempo. A los ciento cincuenta años del Manifiesto comunista. Edit. Siglo XXI. México. 2001. Pág. 106

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