Después del “socialismo científico”

socialismo científico (Warp Print)Cada día que pasa tenemos más motivos para luchar contra el capitalismo. Es un sistema ineficaz, injusto y biocida. ¿Argumentos?. A ver que tal éste: la esperanza de vida de los españoles retrocede por primera vez en la historia. ¿Causas? ¿catástrofes naturales, guerras, hambrunas…? Pues no, más bien los recortes para satisfacer el déficit. ¿Y este argumento? Muere un becario de un banco en Londres después de trabajar tres días sin parar. Leemos en la noticia que los estudiantes en prácticas pueden llegar a trabajar 100 ó 110 horas a la semana. Nuevos tipos de esclavitud.

Y también tenemos motivos para luchar contra los capitalistas. ¿Ejemplo? Rosell, jefe de los empresarios, con su nueva andanada veraniega. No contento con todas las contrarreformas que venimos padeciendo (y ninguna ha generado empleo), ahora quieren la hiperflexibilidad (o lo que es lo mismo, trabajadores “just in time”). ¿Eso no es violencia?. Claro, que mientras este individuo no reciba una respuesta contundente y vea sus huevos peligrar, intentará barrer para casa todo lo que pueda. Dicho de otra manera, todo lo que nos pueda quitar y más lo harán.

Mientras preparamos respuestas contundentes y de las otras, nuestra propuesta de lectura para hoy es de Luis Villoro. Filósofo, autor de conocidos libros, miembro del Consejo Asesor de la revista Dialéctica. Su propuesta consiste en un breve texto, polémico, para el debate sobre la evolución del anhelo de justicia y fraternidad.

¿Vamos allá?…

Un saludo, Olivé

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DESPUES DEL “SOCIALISMO CIENTIFICO”

Luis Villoro

Hace tiempo que, en algunos ámbitos intelectuales de los países occidentales, escuchamos un discurso que, palabras más, palabras menos, reza así:

La época de las ideologías ha terminado. Después de Auschwitz, de Hiroshima, del Gulag, nadie puede creer ya en el progreso. La razón no dirige la historia. Los intentos por cambiar la sociedad desde proyectos racionales han fracasado. El socialismo es el último de esos fracasos, el definitivo. Solo queda un orden social posible, al que cualquier trastorno tendría que volver, porque es el mejor logro de la historia: el capitalismo liberal. La era de las revoluciones ha quedado atrás. Todo está bien como esta. Podemos dormir tranquilos.

Hasta ahora la comprensión de la historia de Occidente requería una proyección hacia el futuro. Ese discurso supone un cambio en la percepción del tiempo: un anclaje en el presente o, cuando mas, en el mañana inmediato. El escepticismo ante la idea ilustrada del progreso parece conducir a la renuncia a dar un sentido a la historia mediante cualquier proyección del futuro. La visión se limita a la situación presente y a su advenir inmediato. El resto es utopía… y ya sabemos adónde nos han conducido los sueños utópicos. Pero una historia acabada, ¿tiene sentido? El discurso del fin de la historia expresa la aceptación del presente como definitivo, pero también la pérdida del sentido.

La modernidad se ha caracterizado por la apuesta por la razón, no pudo aceptar una historia producto de la irracionalidad y el acaso. Quiso racionalizar, en consecuencia, las pasiones que mueven la historia. El socialismo es una de las expresiones de la modernidad. Nace de la racionalización de una pasión antigua, que recorre la historia desde el remoto pasado: el anhelo de justicia y de fraternidad, la esperanza en la realización de una comunidad donde el interés particular coincidiera con el interés común. Es esa pasión la que convertía la historia, de un sufrimiento reiterado y ciego, en un decurso con sentido. Las ideologías socialistas quisieron expresar ese anhelo bajo la forma de teorías racionales. Pero debajo de la cobertura teórica latía siempre la tensión hacia una forma superior de comunidad humana. El impulso vital del socialismo, lo que hizo que tantos le consagraran sus vidas, no fue una fría creencia racional, sino la indignación por la injusticia y el anhelo de una sociedad comunitaria.

La racionalización de aquella pasión colectiva podía seguir varios caminos. Exigía una racionalidad ética, que justificara la elección de los valores socialistas. Varias tendencias intentaron esa vía; la más notable, en mi opinión, fue el austromarxismo. Sin embargo, la corriente ideológica que prevaleció y sirvió de base a las revoluciones socialistas no pretendió justificarse en una exigencia ética, sino en una pretendida necesidad científica. No se trataba de proponer un ideal de vida superior, sino de conocer las fuerzas que operan en la historia y utilizarlas. La sociedad liberada de la opresión se veía mas como un artefacto por construir que como una forma de vida que elegir. Había que “construir el socialismo” como un ingeniero levanta una presa o un técnico arma un robot. La política era estrategia, técnica del poder, guiada por una ideología que se consideraba una ciencia. La sociedad moralmente superior quedo confundida con la sociedad construida según la teoría; la conducta regida por la elección de valores superiores, con la acción eficaz.

Pero dominar un saber científico no está al alcance de cualquiera. Solo “saben” en verdad, solo pueden, en consecuencia, aplicar la práctica política eficaz, un pequeño grupo de iniciados conscientes de los verdaderos intereses de los explotados. Si el socialismo es una ciencia y su  aplicación una técnica, no es asunto de todo el pueblo, sino de un grupo que pretende saber lo que al pueblo le conviene. La denuncia que hizo Rosa Luxemburgo de la dictadura bolchevique, su exigencia de democracia, implicaba una revisión del pretendido carácter científico de la ideología marxista, aunque ella misma no haya dado ese paso. Pero la pasión por la justicia y el anhelo de una comunidad fraterna son una exigencia ética, no una necesidad técnica. El fracaso del socialismo burocrático tiene un paralelo en el campo teórico: la falsedad de la interpretación cientificista del socialismo. Ambos son el fin de un intento del pensamiento moderno: el de dar un cauce racional a la pasión secular por la justicia y la comunidad, utilizando para ello el mismo tipo de racionalidad científica y técnica que le había permitido comprender y dominar la naturaleza. Significa también el fin de toda posibilidad de justificar racionalmente aquella pasión colectiva? Intentemos una respuesta.

La vía más fácil es dejarnos llevar por la inercia del pensamiento. El fracaso del socialismo burocrático seria el de cualquier forma de socialismo. No quedaría entonces más vía que el liberalismo y la democracia multipartidista. Con ella habríamos llegado al fin. No sería factible una sociedad superior que elegir.

No obstante, la caída de los regímenes del socialismo de Estado y la predominancia actual de un neoliberalismo son ambivalentes. Por una parte, son una reactualización de ideas centrales, de contenido ético, que alimentaron al pensamiento revolucionario desde la independencia norteamericana y la revolución francesa: los derechos humanos y la democracia. También han dado lugar a la posibilidad real de avanzar hacia la unificación del mundo bajo un mínimo de proyectos globales comunes. Todo ello es muy positivo.

Pero, por otra parte, el liberalismo no puede dar solución a los problemas que dieron lugar al pensamiento socialista. Notemos solo tres puntos:

1. El predominio de una racionalidad puramente instrumental sobre una ética social no ha sido exclusivo del socialismo de Estado. También en los regímenes democráticos la sociedad tiende a verse al modo de un sistema regulado y la política al modo de un cálculo de los mejores medios para hacerlo funcionar sin tropiezos. Las decisiones políticas son cada vez más un asunto técnico y cada vez menos una elección de programas y metas colectivas. De hecho, la participación ciudadana se reduce a la designación de las personas que habrán de administrar la cosa pública, sobre la base de un consenso tácito. La política se parece a una ingeniería social que se resuelve por encima del ciudadano común.

2. Ese sistema se funda en la desigualdad y la injusticia. No son los socialismos de Estado, sino la competencia en el mercado capitalista, lo que origino la desigualdad, la marginalidad y el desempleo en los países desarrollados, la miseria y el atraso en el Tercer Mundo, y no hay en la ideología liberal tradicional ningún elemento para remediarlos.

3. El pensamiento liberal nació de un impulso de libertad frente a la irracionalidad y la opresión de los antiguos regímenes. Dio un nuevo sentido a la historia, al verla como una hazaña de la libertad. El neoliberalismo actual, en cambio, procede de un vacio: la ausencia de un sentido reconocible de la historia. Es resultado del fracaso del sueño de emancipación que animo a la revolución socialista. Ese sueño no es reemplazado por otra propuesta colectiva que otorgue una meta superior a la marcha histórica, sino por el regreso a la concurrencia entre los intereses particulares. El pensamiento liberal, por si solo, no puede llenar el vacío de sentido colectivo que deja el socialismo.

Por eso ese vacío trata de ser colmado por otro tipo de ideologías, esta vez regresivas; proponen valores colectivos por los que el individuo se siente integrado a una comunidad con sentido. En ellos el individuo cree encontrar de nuevo una posibilidad de superar su abandono y de expresar su anhelo de igualdad en una comunidad solidaria. El vacío del sueño socialista lo llenan los nacionalismos y los populismos integristas, porque en ellos, y no en las ideas liberales, puede expresarse la necesidad de trascender el individualismo en formas de comunidad. Por desgracia, la comunidad a que tienden nacionalismos e integrismos son la caricatura, el remedo irracional, de una autentica sociedad emancipada.

Pero no es el individualismo liberal sino los nacionalismos dogmáticos los que podrían llenar el vacío de sentido que deja el fin del socialismo de Estado. Porque el anhelo por lograr una verdadera comunidad no ha muerto en el corazón de los desheredados.

Frente a las tendencias regresivas de nacionalismos e integrismos religiosos, la alternativa no puede ser la competencia de los intereses individuales en el mercado. Tendría que ser un pensamiento que diera una nueva expresión racional a la pasión secular por la igualdad y la comunidad, un pensamiento que retuviera los valores superiores por los que lucho el socialismo.

No sé como será ese pensamiento, ni siquiera como habremos de llamarlo. Sin embargo, tal vez pueda aventurarme a señalar algunas de las notas que, para ser eficaz, tendrían que animarlo:

1. Subordinaría la racionalidad instrumental, técnica, en el manejo de la sociedad, a una racionalidad superior, de carácter valorativo. Por lo tanto, no sería fundamentalmente un pensamiento económico, sino ético y político. Porque los complejos problemas de las sociedades actuales no pueden tener soluciones puramente económicas y administrativas, sino requieren programas de largo alcance en que se proyecten nuevas formas de sociedad. Ese pensamiento vería a la sociedad, no tanto como un sistema funcional, sino como una creación colectiva en perpetua transformación, dirigida por una idea regulativa: alcanzar una sociedad otra, basada en la armonía del hombre con la naturaleza y en la comunidad entre todos los hombres.

2. No renunciaría a los valores fundamentales del liberalismo, los reconocería como un legado de los movimientos revolucionarios, pero trataría de “levantarlos” (en el sentido del Aufheben hegeliano) a un nivel superior. Consideraría los derechos humanos, no solo como la protección del individuo aislado frente a un poder estatal, sino como valores positivos que alcanzar para la realización plena de todo hombre en el seno de una comunidad. Propondría llevar a su término la idea de una democracia real, comprendida no como el acuerdo negociado entre intereses particulares contrapuestos, sino como la participación de los ciudadanos, en distintos niveles, en decisiones comunes. Democracia “ampliada” —para tomar la expresión de Norberto Bobbio—, cuyo escenario no sería la lucha entre los partidos, sino las diferentes comunidades de mayor o menor amplitud que componen la sociedad civil. El reto sería crear las instituciones permanentes que permitieran esa democracia participativa.

3. Ese pensamiento vería la función principal de la política en la marcha progresiva hacia una sociedad solidaria, cuyo rasgo principal seria la igualdad de oportunidades para todos sus miembros. El Estado se vería, no solo como un instrumento para garantizar las libertades ciudadanas y administrar la cosa pública, sino como un órgano destinado a corregir las injusticias que necesariamente genera el mercado libre. Porque el mercado nada sabe de justicia. Solo un poder político dirigido por los valores superiores de igualdad y justicia puede transformarlo de una fuente permanente de inequidad en un instrumento en beneficio de todos. El tercer reto de un pensamiento nuevo seria hacer compatible la productividad del mercado con la equidad.

Se trataría, en fin, de un pensamiento que recogiera el anhelo secular que precedió al socialismo e impulso su movimiento: reemplazar una sociedad basada en la competencia entre los intereses particulares por una comunidad solidaria donde prevaleciera el interés común. Su idea regulativa no sería solo la libertad, ni solo la igualdad, sino el más olvidado de los valores sociales, que está en la base de toda comunidad autentica: la fraternidad.

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