El marxismo y el curso de la historia

Blockupy 1Por fin van apareciendo intentos de respuestas globales a las políticas neoliberales que nos están aplicando. Con la convocatoria “Resistencia en el Corazón del Régimen Europeo de la Crisis 31 de Mayo y 1 de Junio de 2013″, España, Alemania, Portugal y Bélgica se unen contra la Troika. Hubiéramos deseado ver las calles a rebosar de manifestantes pero no ha sido así. En cualquier caso hay que continuar, como el pelotari que devuelve golpe a golpe cada pelota que le llega.

Hoy vamos a ofrecer el trabajo de otra clásica del marxismo, Ellen Meiksins Wood. De padres letones judíos, exiliados del horror nazi, nació en New York. Ha escrito numerosos libros y artículos, algunos de ellos junto a su marido, Neal Wood (1922-2003). Su escritura está caracterizada por una teorización sofisticada, un estilo enérgico y la defensa del socialismo. Su libro The Retreat from Class [“La retirada de la clase”] recibió el premio Deutscher en 1988. Sus trabajos han sido traducidos al castellano, portugués, italiano, francés, alemán, turco, chino, coreano y japonés.

Wood participó en el consejo editorial de la publicación británica New Left Review entre 1984 y 1993. De 1997 a 2000, Wood fue editora, junto a Harry Magdoff yPaul Sweezy, de la Monthly Review, la revista socialista independiente. Y de la New Left Review, n. 147 es el artículo que difundimos hoy en el que la autora polemiza a base de bien con Ernest Gellner.

Esperamos que os resulte interesante.

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El marxismo y el curso de la historia

Ellen Meiksins Wood

Hubo un tiempo, no hace mucho, en que una de las críticas más graves y frecuentes dirigidas contra el marxismo era la de que suscribía una visión simplista y mecanicista de la historia según la cual todas las sociedades están predestinadas a pasar por una única e inexorable secuencia de estadios, desde el comunismo primitivo a la esclavitud, el feudalismo y, finalmente, el capitalismo, que inevitablemente dará paso al socialismo. Lo que estaba en entredicho no era simplemente el valor del marxismo como teoría de la historia y su supuesta incapacidad para explicar la diversidad de modelos históricos desplegados en el mundo, sino también la viabilidad del propio proyecto socialista. Puesto que el marxismo estaba tan claramente equivocado en cuanto al curso unilineal de la historia, sin duda lo estaba igualmente en cuanto a la inevitabilidad ―e incluso la posibilidad― del socialismo.

Ahora que esta visión de la historia ha sido generalmente repudiada por marxistas no sólo del Oeste sino también del Este, ahora que muchos marxistas han reconocido en ella una aberración que tenía menos que ver con la teoría marxista que con el dogma stalinista y que fue siempre incompatible no sólo con la idea de la historia del propio Marx, sino también con los principios fundamentales del materialismo histórico y su concepción de la lucha de clases, el terreno de la crítica ha variado. Ahora se nos dice que el marxismo no puede existir sin una historia unilineal y mecánicamente determinista. Al haber abandonado su salvavidas, su concepción de la historia, aunque profundamente errónea, el marxismo ha muerto. Y con la historia marxista, también el proyecto socialista, ya que no puede seguir habiendo motivos para creer que la historia ha sentado las bases del socialismo.

El Times Literary Supplement ha sido un vehículo especialmente popular para tales certificados de defunción. En los últimos dos años se han dedicado a estos temas al menos tres reseñas excepcionalmente largas: dos análisis característicamente provocativos y a menudo incisivos, aunque con profundos fallos, de Ernest Gellner, que pertenecen a un género diferente de las terribles diatribas antimarxistas más habituales en el TLS;[1] y una polémica de lobo Gray presuntuosa y poco documentada, desde una óptica de derecha. Habría que decir, sin embargo, que no han sido los críticos del marxismo los únicos en creer que algo vital se había perdido con la  concepción unilineal de la historia y que la fe socialista sufrió un rudo golpe cuando se vio obligada a renunciar a la creencia simplista en un modelo universal de historia caracterizado en particular por un inexorable crecimiento de las fuerzas productivas. Esta consideración debe sin duda de haber pesado en el intento de G.A. Cohen de resucitar un marxismo tecnológico determinista. Una opinión similar ha sido expuesta recientemente en la New Left Review. Eric Hobsbawm, en “Marx y la historia”, ha argumentado que, a falta de este modelo histórico universal, la concepción materialista de la historia “como manera de cambiar el mundo” pierde dos cosas importantes: “a] la idea de que el triunfo del socialismo es el fin lógico de toda la evolución histórica hasta la fecha; y b] que el socialismo marca el fin de la ‘prehistoria’ en el sentido de que no puede ser ni será una sociedad ‘antagónica’”.[2] Hobsbawm, incapaz de defender una visión unilineal, pero reacio a renunciar a lo que él toma por sus frutos, propone un compromiso consistente en afirmar que “todo desarrollo es un desarrollo mixto”.[3]

En lo que viene a continuación se argüirá que (aunque tenemos que tomar muy en serio el valioso análisis de Hobsbawm acerca de la necesidad de comprender la complejidad del “desarrollo mixto”), no es preciso salvar al proyecto teórico y político marxista de su pérdida de unilinealidad. No se requiere ninguna operación de salvamento porque no se le ha causado ninguna grave afrenta, sino todo lo contrario. De hecho, los supuestos en que se basan tanto el malestar de Hobsbawm como el triunfo de los críticos por motivos muy diferentes son profundamente discutibles: que el marxismo, por una u otra razón, necesita una concepción (más o menos) unilineal de la historia concebida como un modelo universal de crecimiento sistemático y constante de las fuerzas productivas, y que el proyecto socialista se ve profundamente comprometido por el fracaso de tal visión, porque de esta concepción de la historia depende la convicción de que el inevitable auge del capitalismo preparará el terreno para el socialismo con idéntica inevitabilidad.

HISTORIA UNIVERSAL FRENTE A ESPECIFICIDAD DEL CAPITALISMO

John Gray, al pasar revista a nada menos que catorce libros recientes que se ocupan de diversos aspectos del marxismo, llama nuestra atención sobre uno de los “más desastrosos errores” del pensamiento marxista. Aunque Marx declaró reconocer las particularidades de las culturas específicas y la desigualdad del desarrollo económico, Gray mantiene que “se atuvo a una creencia en algo así como una ley del desarrollo creciente de las fuerzas productivas a lo largo de la historia humana. Marx no afirmó esto sólo como un hecho histórico bruto ni tampoco como una mera tendencia, sino como el principio unificador de la historia humana”.[4] Sobre esta base, todo el proyecto marxista se ha derrumbado. Cualquier intento de defender esta concepción (Gray menciona específicamente el reciente esfuerzo de Cohen como el mejor de su género) “[…] tiene que enfrentarse, sin embargo, al hecho incómodo de que la expansión sistemática y continua de las fuerzas productivas a lo largo de muchos siglos parece haberse dado en la Europa capitalista y sus retoños, y en ningún otro sitio. La explicación de la singularidad del desarrollo capitalista da lugar a una crítica fundamental del esquema marxista de interpretación de la historia. Pues, contrariamente a la reconstrucción del materialismo histórico que intenta realizar Cohen bajo una forma funcionalista darwiniana, sólo dentro del modo capitalista de producción existe un mecanismo para filtrar y desechar los dispositivos productivos ineficientes. Dentro de una economía de mercado capitalista existe un poderoso incentivo para que las empresas realicen innovaciones tecnológicas y adopten las innovaciones iniciadas por otros, dado que las empresas que persistan en usar tecnologías menos eficientes perderán mercados, conseguirán menores ganancias y finalmente quebrarán. Nada similar a este mecanismo selectivo de competencia en el mercado existía en el modo asiático de producción. Tampoco tiene réplica en las economías socialistas existentes. La defensa que hace Cohen de la tesis del desarrollo está abocada al fracaso porque intenta explicar la sustitución de un modo de producción por otro invocando un mecanismo que aparece en un solo modo de producción, el capitalismo mercantil”.

Gray da tan exactamente en el blanco con su insistencia en la singularidad del capitalismo y su descripción de éste como el único sistema movido por un “poderoso incentivo” para revolucionar las fuerzas productivas que parece grosero señalar que Marx habló de ello primero (y en términos mucho menos simplistas y circulares que el propio Gray).[5] De hecho, se puede decir que esto constituye el núcleo del análisis de Marx. Uno de los principales objetivos de la descripción que hace Marx del capitalismo es explicar este “poderoso incentivo”, ese imperativo exclusivo que impulsa al capital hacia una constante autovalorización y da lugar a la inclinación exclusivamente capitalista a incrementar la productividad del trabajo. El carácter exclusivo del capitalismo a este respecto, lejos de constituir un problema para el marxismo, es la base misma de su existencia teórica. Fue Marx quien por primera vez proporcionó una explicación sistemática de este fenómeno exclusivo: en realidad fue Marx quien reconoció que ‘exigía una explicación y que no se le podía dar por sentado, como algo inscrito en la naturaleza humana, ya fuera en el desarrollo natural de la razón humana o en la propensión a “trocar y cambiar”, o en la codicia humana, y/o en la indolencia. Y siguen siendo los marxistas quienes están realizando los más serios esfuerzos por desarrollar y perfeccionar esta explicación.

En cambio, las exposiciones convencionales “burguesas” del desarrollo tecnológico y económico, han tendido, desde el comienzo mismo de la economía clásica política, a basarse implícita o explícitamente en concepciones unilineales y “etapistas” del progreso, en las que el perfeccionamiento de las “artes prácticas” y el incremento de la prosperidad humana ha acompañado inexorablemente al despliegue de la naturaleza humana, a medida que la humanidad evolucionaba desde la sociedad pastoril primitiva (o lo que fuera) hasta la sociedad “comercial” moderna. Tal vez los economistas contemporáneos se hayan deshecho de las perspectivas históricas y morales de sus predecesores, pero dependen aún más, si cabe, de oscuros supuestos acerca de la codicia natural de los seres humanos, el carácter “ilimitado” de los deseos humanos, la necesidad de acumulación y, por tanto, la tendencia natural a incrementar las fuerzas productivas.

EL ANSIA DE PLUSVALOR DEL CAPITAL

El argumento de Cohen de que el capitalismo es simplemente el producto de una tendencia perenne y universal, inscrita en la naturaleza humana, a “ahorrar esfuerzos” plantea las mismas cuestiones que Marx situó en el centro de sus análisis, las cuestiones de la exclusividad y las fuentes de la dinámica capitalista. A lo largo de El Capital y en otras partes, Marx hace hincapié en la particularidad de la inclinación capitalista a revolucionar las fuerzas productivas: la “industria moderna”, creada por el capital, es “revolucionaria”. “mientras que todos los modos de producción anteriores eran esencialmente conservadores[6] por tener instrumentos, técnicas y modos de organización del trabajo que, una vez establecidos, tienden a “petrificarse”;[7] la clase capitalista exige un constante cambio en la producción, mientras que las clases anteriores exigían estabilidad: “La burguesía no puede existir sin revolucionar continuamente los instrumentos de producción, por tanto las relaciones de producción, y por tanto todas las relaciones sociales. La conservación inalterada del viejo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales anteriores”.[8]

Aún más significativa que todo esto es, sin embargo, la tesis de Marx de que el objetivo particular del cambio tecnológico en el capitalismo es específico de este sistema y difiere de cualquier objetivo universal que pudiera ser atribuido a la humanidad en general, tal como, precisamente, “ahorrar esfuerzos” o “aligerar el trabajo”. Marx insiste repetidas veces en que el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas no se propone reducir el “tiempo de trabajo para la producción material” en general, sino incrementar “el tiempo de plustrabajo de la clase obrera”.[9] Para el capital, esa fuerza productiva se incrementa, no cuando se economiza en general en materia de trabajo vivo, sino sólo cuando se economiza en la parte paga del trabajo vivo […]”.[10] Al comentar la afirmación de J. S. Mill en el sentido de que “es discutible que todos los inventos mecánicos efectuados hasta el presente hayan aliviado la faena cotidiana de algún ser humano”, Marx observa que éste no es “en modo alguno el objetivo de la maquinaria empleada por el  capital. Al igual que todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, la maquinaria debe abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para sí, prolongando, de esta suerte, la otra parte de la jornada de trabajo, la que el obrero cede gratuitamente al capitalista. Es un medio para la producción de plusvalor”.[11] En otras palabras, aun si hubiera una tendencia general, inherente a la naturaleza humana, a buscar el medio de “ahorrar esfuerzos” o “aligerar el trabajo”, la inclinación específica del capitalismo a revolucionar las fuerzas productivas no es reducible a aquélla. Todavía nos queda el problema de determinar la fuente de un impulso específico del capitalismo. En resumen, tenemos que establecer una distinción fundamental entre cualquier tendencia general al incremento de las fuerzas productivas (sobre la cual añadiremos algo dentro de un momento) y la tendencia específica del capitalismo a revolucionar las fuerzas productivas.

El hincapié en la exclusividad del capitalismo y su inclinación al desarrollo ―así como la negación del unilinealismo que esto implica― no es por consiguiente una aberración, ni un desliz momentáneo, aunque fatal, del marxismo. Es algo profundamente enraizado desde un principio en el propio análisis de Marx, e intrínseco a él. Esto debería bastar para ponemos en guardia contra cualquier fácil supuesto de que el “abandono” de un determinismo tecnológico unilineal asesta un golpe mortal al proyecto marxista. ¿Cómo se puede hacer, pues, que este hincapié sea compatible no sólo con una teoría marxista general de la historia, sino también con la convicción marxista de que el socialismo es el “fin lógico” de un proceso histórico general?

LAS FALSAS ALTERNATIVAS DE GELLNER

En primer lugar, debemos preguntarnos qué es lo que se entiende por “teoría general” de la historia. Ernest Gellner nos ofrece poco donde escoger. Al menos para los marxistas, es todo o nada, el unilinealismo o el caos, la predestinación o el abismo. Si los marxistas no pueden recurrir a una secuencia universal e inexorable de unos estadios históricos específicos, tampoco pueden, al parecer, pretender explicar los procesos históricos. No pueden descubrir ningún modelo o lógica en la historia; sólo pueden describir una mezcla caótica y arbitraria de contingencias: “El abandono del unilinealismo suscita problemas muy profundos. Si se reniega de él sin remplazarlo por otra cosa, cabe preguntarse si es que queda alguna teoría o simplemente los restos de una teoría. Se supone que el marxismo es una teoría del cambio histórico que ofrece la clave de su fuerza motriz y, presumiblemente, su modelo global. Si cualquier tipo de sociedad puede seguir a cualquier otro tipo, sin restricciones, si las sociedades pueden estancarse para siempre, ¿qué significado cabe otorgar a la atribución de una primacía a las fuerzas productivas o, de hecho, a cualquier otra cosa? Si no hay restricciones a los posibles modelos de cambio, ¿qué sentido tiene buscar el mecanismo subyacente o el secreto de la restricción, cuando no hay ninguna restricción que explicar? Si es posible cualquier cosa, ¿qué podría explicar una teoría y qué teoría podría ser verdadera? Los marxistas occidentales que reniegan alegremente del unilinealismo como una especie de estorbo molesto e innecesario, sin tratar siquiera de remplazarlo por alguna otra cosa, no parecen darse cuenta de que lo único que les queda es una etiqueta, y no una teoría. Pues aunque el unilinealismo sea de hecho falso, su abandono incondicional deja vacío al marxismo”.[12]

Ésta parece ser una concepción extraordinariamente errónea no sólo del marxismo sino también de lo que implican la teoría y la explicación históricas. ¿Es cierto que, si no hay unilinealismo, “cualquier tipo de sociedad puede seguir a cualquier otro tipo, sin restricciones”? ¿Significa realmente el “abandono” del unilinealismo que “es posible cualquier cosa”? Si los marxistas se niegan a aceptar que la historia humana consiste en un progreso inexorable desde el comunismo primitivo hasta el capitalismo pasando por la esclavitud y el feudalismo, ¿están realmente obligados a aceptar, por ejemplo, que el capitalismo puede surgir de una sociedad pastoril, que la “industria moderna” puede brotar directa- mente de la agricultura primitiva, que una economía de caza y recolección puede sostener una estructura feudal? ¿Están obligados a admitir que un sistema de producción que genera poco excedente puede sostener un Estado o un  establecimiento religioso de grandes dimensiones y una lujosa cultura material? ¿No queda realmente nada en la teoría marxista, si desaparece el unilinealismo, que niegue la posibilidad de todas estas anomalías históricas? Con una visión tan maniquea de las alternativas, resulta difícil comprender cómo es posible una teoría cualquiera o incluso una explicación histórica cualquiera. ¿Necesita realmente el marxismo el unilinealismo para tener una “teoría del cambio histórico”? En realidad ¿es el unilinealismo una teoría del cambio o es más bien un intento de evitar explicar el cambio histórico adelantándose a la cuestión con una secuencia mecánica de estadios, cuando el objetivo de una teoría marxista que prescinde del unilinealismo es precisamente ofrecer la “clave” de las fuerzas motrices del proceso histórico?

Marx hizo al menos dos cosas importantes: proporcionó una vía de acceso a los procesos históricos, una guía de lo esencial, un medio de descubrir una “lógica del proceso” en la historia, mediante sus principios generales acerca del carácter central de la actividad productiva en la organización social humana: la afirmación de que el “secreto más íntimo”, de la estructura social es la forma específica en que “se extrae el plustrabajo […] al productor directo[13] y la generalización de que hasta ahora la historia desde el primitivo comunismo ha sido la historia de la lucha de clases. Y también proporcionó una aplicación específica, exhaustivamente detallada y fructífera, de estos principios generales al análisis del capitalismo, su desarrollo particular y sus “leyes”. Su teoría de la historia no adopta la forma de afirmaciones tales como “el comunismo primitivo va (debe ir) seguido de la esclavitud…, etcétera” (que no es tanto una teoría o una clave de las fuerzas del cambio como una proclama), sino más bien de algo así como “la clave fundamental del desarrollo del feudalismo (pongamos por caso) y las fuerzas en acción en la transición al capitalismo ha de hallarse en el modo específico de actividad productiva característico del feudalismo, la forma específica en que el excedente era extraído a los productores directos y los conflictos de clase que rodeaban a ese proceso de extracción del excedente”. Sin duda hay aquí “restricciones” más que suficientes.

EL DESARROLLO DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

En todo esto, ¿dónde figuran, pues, las fuerzas productivas?[14] La afirmación de que la historia es simplemente el progreso inexorable de las fuerzas productivas es un concepto vacío y de por sí contradictorio con el análisis del capitalismo realizado por Marx. Puede dar cabida a toda una serie de posibilidades, desde la revolución de las fuerzas productivas en el capitalismo hasta la tendencia de las fuerzas productivas a “petrificarse” en las sociedades precapitalistas. El sentido en el que es cierto tiene un valor explicativo muy limitado y plantea la cuestión crucial del desarrollo capitalista. Por supuesto es indiscutible que desde una perspectiva muy amplia ha habido, como dice Hobsbawm, “una inevitable tendencia evolutiva al desarrollo de las fuerzas productivas materiales […]”,[15] pero esto no tiene por qué significar sino que los cambios en las fuerzas productivas tienden a ser progresivos y acumulativos, que una vez que se produce un avance es difícil que se pierda y que la regresión es excepcional a largo plazo. Si esto es así, sigue siendo posible describir estos desarrollos como evolutivos y “direccionales” (no teleológicos) en la medida en que hay una tendencia progresiva general y que cada desarrollo va acompañado de nuevas posibilidades, así como de nuevas necesidades.[16] Sin embargo, esto no nos dice nada acerca de la probabilidad, frecuencia, rapidez o extensión del cambio; ni tampoco está en contradicción con la tesis, expresada por Marx, de que la “petrificación” ha sido más la regla que la excepción. El cambio y los perfeccionamientos tecnológicos en la productividad del trabajo no son los únicos medios por los cuales las sociedades se han adaptado a sus necesidades materiales o incluso a las exigencias de explotación de las clases dominantes, y los sistemas de producción no incluyen necesariamente la obligación de ir seguidos de sistemas más “productivos”.[17] Una vez más, el hecho de exigir la transformación constante de las fuerzas productivas como su principal forma de adaptación es una característica específica del capitalismo. Si esta obligación se ha convertido en una regla más general es porque una de las principales consecuencias del impulso capitalista ha sido una capacidad ―y una necesidad― sin precedentes de expulsar a otras formas sociales, o de imponerles su lógica. Por consiguiente, aunque la evolución de las fuerzas productivas es un dato importante para comprender el proceso histórico, su fuerza explicativa está sometida a severas limitaciones. Sobre todo, no se puede suponer que la observación de que la historia ha estado generalmente caracterizada por un desarrollo progresivo de las fuerzas productivas significa que tanto el movimiento de la historia como el cambio social son impulsados por una inclinación a incrementar las fuerzas productivas, o que las formas sociales surgen y desaparecen según promuevan u obstruyan tal incremento. ¿Qué ocurre, pues, con la afirmación de que la historia es propulsada por las inevitables contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, contradicciones que surgen cuando las fuerzas productivas en desarrollo tropiezan con las “trabas” impuestas por las relaciones de producción y sus “expresiones superestructurales relativamente inflexibles”?[18] Dado que (entre otras cosas) esta afirmación plantea la cuestión de si las fuerzas productivas pueden y deben desarrollarse en primer lugar, y en qué medida, podría parecer, a la vista de esto, casi tan vaga como la ley general del desarrollo tecnológico en su forma más simple. Se puede decir sin duda que existe un nivel mínimo de las fuerzas productivas por debajo del cual no se puede sostener un conjunto de relaciones de producción, y también es cierto que cualquier conjunto de relaciones de producción puede permitir o fomentar sólo un cambio así en las fuerzas productivas y sólo en una gama limitada de formas. Pero sugerir que existe un determinado conjunto de fuerzas productivas para cada conjunto de relaciones de producción (o viceversa), o que el desarrollo en uno de esos conjuntos debe ir acompañado del desarrollo en el otro es una cuestión muy diferente. Las fuerzas productivas establecen las condiciones últimas de lo posible, pero la gama de relaciones de producción que pueden ser sostenidas por un conjunto de fuerzas productivas es muy amplia, y los diversos cambios acaecidos en las relaciones de producción no pueden ser explicados haciendo simplemente referencia al desarrollo de las fuerzas productivas, ya sea en el sentido de que éstas han seguido a aquéllas o en el de que aquéllas han cambiado “a fin de” eliminar obstáculos al desarrollo de éstas.

CONTRADICCIONES ESPECÍFICAS DEL CAPITALISMO

Hay que decir que tanto los marxistas como sus críticos han hecho un enorme hincapié en los breves aforismos de Marx ―especialmente los relativos a las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y los relativos a la “base” y la “superestructura”― sin tener en cuenta que aparecen rara vez y que cuando lo hacen es con un carácter poético y una gran economía de expresión, y sin poner en el platillo de la balanza el peso del trabajo de toda su vida y lo que éste nos dice de sus principios teóricos. Sin embargo, la fórmula referente a las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción parece tener un significado más específico y fructífero si dejamos de tratarla como una ley general de la historia ―una ley tan general que termina por ser vaga― y la consideramos como una expresión de una ley del desarrollo capitalista, un principio interno del modo capitalista de producción desde sus comienzos hasta su decadencia, un enunciado de sus contradicciones específicas, dinámicas e internas. De hecho, es precisamente en esta aplicación específica, y sólo en ella, donde el principio es elaborado en detalle por el propio Marx, y de tal forma que se presenta no como una ley general, sino como una característica específica del capitalismo, una explicación de esas contradicciones que van precisamente asociadas a la inclinación del capitalismo a revolucionar las fuerzas productivas. Por ejemplo: “El verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital; es éste: que el capital y su autovalorización aparecen como punto de partida y punto terminal, como motivo y objetivo de la producción; que la producción sólo es producción para el capital, y no a la inversa; que los medios de producción son meros medios para un desenvolvimiento constantemente ampliado del proceso vital, en beneficio de la sociedad de los productores. Los límites dentro de los cuales únicamente pueden moverse la conservación y valorización del valor de capital, las que se basan en la expropiación y empobrecimiento de la gran masa de los productores, esos límites entran, por ello, constantemente en contradicción con los métodos de producción que debe emplear el capital para su objetivo, y que apuntan hacia un aumento ilimitado de la producción, hacia la producción como fin en sí mismo, hacia un desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales del trabajo. El medio —desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales— entra en constante conflicto con el objetivo limitado, el de la valorización del capital existente. Por ello, si el modo capitalista de producción es un medio histórico para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial que le corresponde, es al mismo tiempo la constante contradicción entre esta su misión histórica y las relaciones sociales de producción correspondientes a dicho modo de producción”.[19]

La fórmula resume así los principios exclusivos del capitalismo, sus contradicciones internas y dinámicas, y también las posibilidades de transformación de la sociedad que encierra el capitalismo: “La contradicción entre el poder social general en que se convierte el capital, y el poder privado de los capitalistas individuales sobre esas condiciones sociales de producción se desarrolla de manera cada vez más clamorosa e implica la disolución de esa relación, al implicar al mismo tiempo la transformación de las condiciones de producción para convertirlas en condiciones generales, colectivas, sociales. Esta transformación está dada por el desarrollo de las fuerzas productivas bajo la producción capitalista y por la manera en la cual se lleva a cabo este desarrollo”.[20]

La fórmula de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción puede ser utilizada, con precaución, para aclarar, retrospectivamente como si dijéramos, la transición del feudalismo al capitalismo, en la medida en que sugiere que la aparición de un modo de producción cuyo principio interno y cuyas consecuencias históricas son la revolución de las fuerzas productivas tuvo como condición necesaria la transformación de las relaciones de producción y de clase. Pero no deberíamos confundir el significado de estas formulaciones retrospectivas, en las que las consecuencias históricas son descritas como si fueran causas. Éste es uno de los modos de análisis y expresión favoritos de Marx —como en el famoso dicho de que “la anatomía humana contiene la clave de la anatomía del simio”—, a menudo erróneamente interpretado como una teleología. En este caso, la fórmula no debería ocultar el hecho de que la inclinación a transformar las fuerzas productivas no fue la causa sino el resultado de una transformación de las relaciones de producción y de clase.[21]

Si bien la fórmula es fructífera en cuanto explicación del capitalismo, en cuanto ley general de la historia es más bien inútil y no la hace más informativa la afirmación teleológica de que el capitalismo surgió porque la historia exige el desarrollo de las fuerzas productivas y el desarrollo de las fuerzas productivas exige el capitalismo. Esta petición de principio no es la formulación de Marx. Cuando Marx habla de la “misión histórica” del capitalismo, no identifica las causas ni explica los procesos que dieron lugar al capitalismo; sólo enuncia los efectos del desarrollo capitalista, y lo hace de forma específica desde el punto de vista del socialismo. “El modo de producción capitalista se presenta […] como necesidad histórica para la, transformación del proceso de trabajo en un proceso social[22] nos dice algo acerca de lo que el capitalismo ha hecho para que sea posible la transición al socialismo, pero nos dice poco acerca de las leyes de la historia en general, y todavía queda por explicar cómo llegó a establecerse un sistema que tenía como principio inherente la transformación de la producción.

APROPIACIÓN Y LUCHA DE CLASES COMO “TENDENCIAS GENERALES”

En este punto, Marx mantiene que el factor crucial es “el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción” y en particular el proceso por el cual los productores agrícolas fueron desposeídos de la tierra.[23] Aunque Marx apenas habló de este proceso, a los historiadores posteriores les ha tocado explicar cómo y por qué tuvo lugar y cómo dio origen a las relaciones capitalistas y al consiguiente imperativo de revolucionar las fuerzas productivas materiales. Estas cuestiones han sido, de hecho, el tema de algunos de los trabajos más fructíferos de la reciente historiografía marxista, en especial el “debate sobre la transición” y la obra de Robert Brenner. Así pues, si hemos de descubrir en Marx un enunciado sistemático de una “tendencia general” de la historia, una dirección única hacia la que, en términos generales, haya tendido toda la historia humana, sus observaciones sobre la creciente separación entre los productores directos y los medios de su propio trabajo, subsistencia y reproducción están más sistemáticamente desarrolladas (véase en particular el análisis de las formaciones precapitalistas en los Grundrisse) y son más útiles que el determinismo tecnológico. Sin embargo, lo que hace que sea especialmente difícil formular este proceso como una “ley” —al menos en una forma capaz de satisfacer a Gellner— es que el proceso de la lucha de clases, cuyo resultado específico resulta, por definición, imprevisible, es inherente al proceso de expropiación. La teoría marxista puede señalamos la lucha de clases como principio operativo del movimiento de la historia y proporcionamos los instrumentos para explorar sus efectos, pero no puede decimos a priori cuál será el resultado de esa lucha. Y en realidad, ¿por qué habría de hacerlo? Lo que nos dice la teoría marxista es que la capacidad productiva de la sociedad fija los límites de lo posible y, más específicamente, que el modo particular de extracción del excedente es la clave de la estructura social. También nos dice que la lucha de clases genera el movimiento de la historia. Nada de esto hace de la historia algo accidental, contingente o indeterminado. Por ejemplo, aunque el resultado de la lucha de clases no esté predeterminado, la naturaleza específica, las condiciones y el terreno de la lucha, así como la gama de resultados posibles, están ciertamente determinados desde el punto de vista histórico: las luchas entre asalariados y capitalistas industriales en torno a la extracción de un plusvalor son, ni qué decir tiene, necesariamente diferentes de las luchas entre campesinos y señores feudales en torno a la apropiación de una renta. Cada una de estas luchas tiene su propia lógica interna, aparte de las especificidades adicionales de tiempo y lugar. Una aplicación específica de estos principios proporciona una explicación de cómo surgió el capitalismo, cómo han generado las relaciones capitalistas una tendencia compulsiva a revolucionar las fuerzas productivas (entre otras cosas), cómo han tendido los imperativos de la acumulación del capital a generalizar la lógica del capitalismo y a arrinconar a los otros modos de producción al tiempo que han creado las condiciones que colocan al socialismo en el orden del día.

HISTORIA Y NECESIDAD DEL SOCIALISMO

¿Cómo afecta, pues, el rechazo del unilinealismo y el determinismo tecnológico al proyecto socialista? Tanto Gellner como Hobsbawm parecen afirmar que, sin esa visión de la historia, el movimiento socialista carece de ciertas convicciones de vital importancia, en particular que el socialismo no es simplemente la conclusión arbitraria de un proceso histórico único y contingente, sino también el resultado de una lógica histórica universal y la respuesta a unas necesidades y aspiraciones universales, aunque sin duda, y con razón, Hobsbawm disentiría de la mesiánica formulación de Gellner (y mucho más de su tendenciosa descripción): “El marxismo es una soteriología colectiva. Es una fe que, aunque no promete la salvación a los individuos, se la ofrece categóricamente a la sociedad en su conjunto. Difiere del cristianismo al menos en otros dos aspectos: la salvación no es selectiva, ni depende del mérito o la elección, sino que descenderá sobre todos nosotros sin distinción, si estamos aún aquí cuando llegue el momento. Llegará sin condiciones, o mejor dicho, sin consulta. Seremos salvados lo queramos o no […] El potencial de una salvación final y de hecho inevitable está inscrito en el presente. La entelequia de la salvación, la visión del cambio social, es esencial para el marxismo y constituye una parte importante de su atractivo”.[24] Con el “nuevo modelo de marxismo”, que reniega del unilinealismo, la historia se convierte en puro accidente, dice Gellner (de acuerdo con su noción un tanto curiosa de lo que implica una teoría de la historia), y “la promesa de la salvación es remplazada por una extraña posibilidad, meramente contingente y humillantemente accidental, de salvación”.

Hay muchas cosas en este enunciado que son a la vez erróneas y discutibles (¿dónde entra la lucha de clases en él, dicho sea de paso?), pero dejémoslas de lado y abordemos la cuestión general que plantea la exposición de Gellner. Antes de atacar el problema de la necesidad y la universalidad de una emancipación socialista, veamos sin embargo la cuestión más limitada de la relación entre capitalismo y socialismo y el sentido en el que se puede decir que el capitalismo ha preparado el terreno para el socialismo.

Ya hemos señalado las diversas formas en las que, según Marx, la dinámica del capitalismo y su específica inclinación a transformar la producción han creado contradicciones y posibilidades para otras transformaciones, esta vez socialistas, de la producción. El socialismo puede incluso ser considerado como el medio por el cual las fuerzas productivas romperán las “trabas” del capitalismo y se desarrollarán hasta un nivel superior, siempre que entendamos perfectamente lo que esto significa: el socialismo liberará a las capacidades creativas de la humanidad de los imperativos de la explotación y, específicamente, de las obligaciones de la autovalorización capitalista, que es algo muy diferente de continuar simplemente el desarrollo capitalista permitiendo una revolución aún más “incondicional” de las fuerzas productivas, del tipo de la que el capitalismo ha puesto en marcha. De hecho, el socialismo desarrollará las fuerzas productivas precisamente poniendo fin al impulso específicamente capitalista. Vale la pena subrayar esto. Es de vital importancia tener una idea más precisa de cuál es el sentido en el que el socialismo fomentará el desarrollo de las fuerzas productivas, a fin de disociar el proyecto socialista de la lógica de la acumulación capitalista y del determinismo tecnológico según el cual la misión histórica del socialismo es al parecer simplemente incrementar el “progreso” y el desarrollo capitalista. Este tipo de interpretación errónea no sólo pone en entredicho los efectos liberadores de la producción socialista, sino que también, entre otras cosas, crea en muchas personas cada vez más sensibles a los peligros del medio ambiente la sospecha de que el marxismo es, no menos que el capitalismo, una invitación al desastre ecológico.

Sin embargo, si bien el desarrollo de las fuerzas productivas desempeña un importante papel en la concepción marxista de la transición al socialismo, estos factores no pueden explicar el impulso positivo hacia el socialismo que existe en el capitalismo, ni tampoco pueden explicar en qué sentido es el socialismo lo que Hobsbawm denomina “el fin lógico de toda evolución histórica hasta la fecha”. El capitalismo sienta las bases del socialismo no sólo al crear contradicciones y posibilidades, sino también al producir un impulso positivo hacia el proyecto socialista y un agente social capaz de llevarlo a cabo. Lo hace porque está caracterizado por un sistema de explotación en el cual la clase explotada, al no tener propiedades que proteger ni capacidad de explotación que defender, no puede hacer valer sus propios intereses de clase sin eliminar las clases en su conjunto. Dado que la abolición de las clases es el núcleo del proyecto socialista, el capitalismo es su predecesor sobre todo en el sentido de que el sistema capitalista crea una clase que encierra en su seno la posibilidad de una sociedad sin clases, una clase cuyos intereses y capacidades específicos coinciden con los objetivos socialistas y con la emancipación de toda la humanidad con respectó a las clases.

Así pues, si bien el capitalismo ofrece algo menos que una promesa absoluta de socialismo (la necesidad de una lucha y su falta de garantías no pueden ser soslayadas en la transición al socialismo, como tampoco pueden serlo en otros momentos históricos), ofrece algo más que una mera posibilidad (aunque ¿sería realmente algo tan insignificante la aparición de una “mera” posibilidad allí donde antes no existía ninguna?); el capitalismo ha creado las condiciones en las cuales la liberación de la explotación y las clases puede ser algo más que un ideal abstracto o una vaga aspiración. Ha creado las condiciones en las cuales el socialismo puede ser el objetivo concreto e inmediato de la lucha de clases. Ha colocado al socialismo “en el orden del día”.

Si el socialismo es “el fin lógico de toda evolución histórica hasta la fecha” lo es por ser el fin de todas las clases y no por ser el término del determinismo tecnológico.[25] Aquí también reside su universalidad, en la medida en que la historia, desde la aparición de la sociedad de clases, ha sido la historia de la lucha de clases. A este respecto, la especificidad y la “contingencia” del capitalismo no afectan al carácter universal de la “promesa” socialista. Lo más significativo del capitalismo no es tanto que represente el más alto desarrollo de las fuerzas productivas hasta la fecha como que sea, por así decir, el más alto desarrollo de la explotación, con la mayor polarización final (aunque nunca completa) de las clases, el estadio final de la separación entre los productores y los medios de producción. El capitalismo es la última fase de la “prehistoria” porque se caracteriza por unas relaciones de clase cuyo resultado “lógico” es la abolición de todas las relaciones de clase. La trayectoria histórica que produjo esta particular configuración de las clases tal vez haya sido relativamente local y específica, pero la lucha de clases y la aspiración a liberarse de la explotación no lo son. Además, a medida que el capitalismo arrastra al mundo al ámbito de su lógica expansionista, cambian en todas partes las condiciones y el terreno de la lucha de clases y cada lucha de clases se acerca más y más al umbral de la última. La afirmación de que la historia ha sido la historia de la lucha de clases y la definición del socialismo como la abolición de las clases encierran toda la “lógica” universal que requiere el proyecto socialista.

NOTAS


[1] Por ejemplo J. H. Hexter sobre Christopher Hill, David Landes sobre Eric Hobsbawm, J. P. Kenyon sobre Pase and Present, Kenneth Minogue sobre Sartre, William Letwin sobre el “debate sobre la transición”, Geoffrey Marshall sobre Ralph Miliband, Leopold Labedz sobre E. H. Can e Isaac Deutscher.

[2] Eric Hobsbawm, Marx y a histona, véase en este numero pp. 73-81. Cita en p. 77.

[3] Ibid. p. 79.

[4] John Gray, “The system of ruins”, TLS, 30 de diciembre de 1983, p. 1460.

[5] A veces hay una tendencia a exagerar el grado de “estancamiento” característico de otras sociedades, especialmente las del Este. Sin embargo, sigue siendo cierto que el desarrollo del capitalismo en Occidente se ha caracterizado por su inclinación exclusiva a revolucionar las fuerzas productivas, y específicamente a desarrollar tecnologías y medios de trabajo Cuyo objetivo es incrementar la productividad del trabajo y abaratar las mercancías (en lugar, por ejemplo, de aumentar su duración o realzar sus cualidades estéticas).

[6] K. Marx, El Capital, Siglo XXI, México, 1975-1981, libro 1, vol. 2, p. 592.

[7] Ibid., p. 591.

[8] Véase el Manifiesto comunista y también El Capital, cit., libro 1, vol. 2, p. 592.

[9] El Capital, cit., libro III, vol. 6, p. 338.

[10] Ibid., vol. 6, p. 336.

[11] El Capital, cit., libro 1, vo1. 2, p. 451.

[12] Ernest Gellner, “Along the historical highway” (reseña de Sovremennaia filosofía istorii, de Eero Loone), TLS, 16 de marzo de 1984, p. 279.

[13] El Capital, cit., libro III, vol. 8, p. 1007.

[14] El concepto de “fuerzas productivas” puede incluir algo más que simples fuerzas y tecnologías “materiales”, pero lo que habitualmente está en cuestión en estos debates son los instrumentos, las técnicas y las formas organizativas que tienen el efecto de incrementar la capacidad productiva.

[15] Hobsbawm, cit., p. 77.

[16] Erik Olin Wright, como respuesta a la crítica de la teoría de la historia de Marx realizada por Anthony Giddens (“Giddens’s critique of Marx”, NLR, 138, marzo-abril de 1983, especialmente pp. 24-29, demuestra cómo una defensa más limitada del desarrollo de las fuerzas productivas (tal como la aquí propuesta), que no tiene excesivas pretensiones explicativas ni hace suposiciones injustificadas sobre la obligación de que las formas sociales menos productivas vayan seguidas de otras más productivas, continúa siendo coherente con el carácter acumulativo, evolutivo y “direccional” del desarrollo social. Wright ofrece algunas cautelosas sugerencias sobre la razón de que el desarrollo de las fuerzas productivas sea acumulativo, sin reivindicar una inclinación universal al incremento de la capacidad productiva. Y, aunque acepta que los productores directos en general tienen interés en reducir el trabajo duro y desagradable niega que exista una “presión sistemática””: de hecho sugiere que si bien en las sociedades preclasistas tal impulso ―aunque “muy débil”― pudiera tener el efecto de fomentar el incremento de las fuerzas productivas o al menos la aceptación de las introducidas desde fuera, el deseo de aligerar el trabajo no es principio que opera allí donde existe la “explotación de clase. (p. 28). En otras palabras, su explicación del evolucionismo marxista parece en general compatible con el argumento aquí esbozado. En cualquier caso, es un útil correctivo a las extravagantes reivindicaciones del desarrollo de las fuerzas productivas planteadas a menudo.

[17] Véase Robert Brenner, “The origins of capitalist development”, NLR, 104, Julio-agosto de 1977, pp- 59-60.

[18] Hobsbawm, op. cit., p. 77.

[19] El Capital, cit., libro III, p. 321.

[20] Ibid., p. 339. Recientemente se ha afirmado que Marx se equivocó al considerar que este desarrollo preparaba el terreno para el socialismo, ya que supuestamente no tenía en cuenta la naturaleza conflictiva del proceso de trabajo capitalista y las relaciones de dominación y las luchas inherentes al mismo. (Chantal Mouffe, “Working class hegemony and the struggle for socialism”, Studies in Political Economy, 12, otoño de 1983, especialmente pp. 13-17.) Esta interpretación notablemente errónea del argumento de Marx es analizada por Peter Meiksins y Ellen Meiksins Wood en un artículo de próxima aparición, “Beyond class? A reply to Chantal Mouffe”. En este artículo también se ofrece una breve réplica al argumento de que la clase obrera no tiene un “interés fundamental” en el socialismo.

[21] “La producción del plusvalor relativo revoluciona cabal y radicalmente los procesos técnicos del trabajo y los agrupamientos sociales. La producción del plusvalor relativo, pues, supone un modo de producción específicamente capitalista, que con sus métodos, me- dios y condiciones sólo surge y se desenvuelve, de manera espontánea, sobre el fundamento de la subsunción formal del trabajo en el capital. En lugar de la subsunción formal, hace su entrada en escena la subsunción real del trabajo en el capital” (El Capital, cit., libro 1, vol. 2, p. 618). En otras palabras, una transformación de las relaciones sociales de producción que dio lugar a la “subsunción formal” del trabajo en el capital —la transformación de los productores en asalariados directamente sometidos al capital, sin una transformación previa de los medios y métodos de producción— puso en marcha un proceso cuya consecuencia final fue la revolución de las fuerzas productivas. Las relaciones capitalistas llevaban consigo la obligación de incrementar el plusvalor, Y cuando la producción de plusvalor absoluto dio paso a la producción del plusvalor relativo, la necesidad de incrementar la productividad del trabajo se satisfizo mediante la transformación total del proceso de trabajo, mediante la “subsunción real” del trabajo en el capital. La revolución de las fuerzas productivas no fue, pues, sino el fin de un complejo proceso que comenzó con el establecimiento de las relaciones sociales capitalistas.

[22] El. Capital, cit., libro I, vol. 2, p. 407.

[23] Ibld., vol. 3, p. 893.

[24] Ernest Gellner, “Stagnation without salvation” (reseña de The fall and rise of the Asiatic mode of production, de Stephen P. Dunn), TLS, 14 de enero de 1983, p. 27.

[25] Vale la pena señalar que esta interpretación restringida del marxismo como una especie de determinismo tecnológico está implícita en algunos argumentos esgrimidos recientemente en contra de la idea de que la clase obrera es el principal agente de la transición al socialismo. Los argumentos de André Garz, por ejemplo, al igual que los de Chantal Mouffe, están basados en una desnaturalización de Marx por la que se critica su concepción del proletariado revolucionario sin hacer frente a las cuestiones esenciales que Marx plantea. Tras haber reducido primero el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo a poco más que una contradicción mecánica entre fuerzas productivas y relaciones de producción, y la “misión histórica” de la clase obrera a poco más que la gestión colectiva de las fuerzas productivas desarrolladas por el capitalismo (véase, por ejemplo, Mouffe, p. 10), despachan estas cuestiones sin abordar en ningún momento los temas esenciales de la explotación y la lucha de clases. Pero ésa es otra historia.

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