LA DIGNIDAD DEL ALMA TRABAJADORA

Las uvas de la iraRecortes, suicidios, desahucios, paro, pobreza… Crisis. Si escuchamos a los voceros televisivos del sistema capitalista, esos “guardianes del sistema establecido” parafraseando a nuestro barbudo favorito, cualquiera diría que esto de la crisis es una desgracia puntual, una especie de catástrofe natural que nos ha caído encima pero de la que saldremos. Eso sí, si “todas y todos” nos sacrificamos lo suficiente. Aún no sabemos cuánto es “suficiente” para Rajoy, Rubalcaba y sus secuaces del PP$OE. Probablemente para esta caterva de mangantes, “suficiente” sea sinónimo de “infinito”… Así que al loro.

El caso es que no. Que esto de la crisis no es un fenómeno meteorológico adverso y puntual que se arregla desangrando becerros, vírgenes, jubilados, estudiantes o trabajadoras y ofreciéndoselas al dios capital. No es un caso aislado.

En el capitalismo, sistema económico actualmente dominante en toda la Tierra, sistema que Marx estudió a fondo, las crisis como la de ahora no sólo son habituales, sino INHERENTES y necesarias al propio modo de producción capitalista. Es decir, que si al final “salimos de ésta”, inevitablemente caeremos en otra, y como decía Allende, “mucho más temprano que tarde”.

Hoy os ofrecemos un estupendo estudio a cargo de Pablo Ferrando García, profesor de Narrativa Audiovisual de la Universidad Jaume I de Castelló, alrededor de la película Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) de John Ford. Tanto en la película (que os recomendamos veáis con calma y respirando hondo) como en el excelente análisis de la misma que nos brinda el compañero Ferrando, queda más que clarito que ya hace muchos años que el capitalismo nos regala crisis horribles y nos hace pagar sus platos rotos a las y los de siempre, a las y los trabajadores, estudiantes, jubiladas, autónomos, paradas, profesionales y hasta a pequeños empresarios que acaban dejando de serlo para transformarse en trabajadores desempleados. Para salir de sus crisis connaturales, el capitalismo arrasa hasta con sus propios “aliados”, que para este nefasto sistema no son más que “daños colaterales”. El beneficio es lo que cuenta.

Sin más reflexiones (por ahora) os dejamos con el estupendo trabajo de Pablo, del que podéis consultar más bibliografía HACIENDO CLIC AQUÍ.

Saludos revolucionarios y buena sesión de lectura y cine. Un consejo: Agarraos a las butacas. Vais a fliparlo.

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LA DIGNIDAD DEL ALMA TRABAJADORA

Por Pablo Ferrando García

Universitat Jaume I de Castelló

Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) de John Ford sorprende por su enorme vigencia pese a sus setenta y tres años de vida. No sólo por la denuncia social que plantea ante las pérdidas de los derechos fundamentales del pueblo humilde y trabajador, sino también por las políticas represoras que practican las instancias del poder, en connivencia con las fuerzas del orden, al criminalizar a los ciudadanos. En la película, del mismo modo que en nuestro país, la banca, las grandes multinacionales, las administraciones públicas y el estado se cobijan al amparo de una legislación hecha a medida de sus intereses para beneficiarse de la crisis en detrimento del pueblo.

No de otra manera podemos percibir la temperamental denuncia que manifestó el pasado cinco de febrero de este año Ada Colau, la Portavoz de Afectados por la Hipoteca (PAH), en la Comisión de Economía del Congreso en respuesta al Representante de la Sociedad Española de la Banca, Javier Rodríguez. Tras haber comparecido éste y afirmar que la legislación actual no es la causa de los deshaucios, Ada Colau expresó su indignación con unas palabras encendidas y, por momentos, con el hilo de voz quebrada : “Decir eso cuando hay personas que se están quitando la vida como consecuencia de esa criminal ley… les aseguro que no le tiro un zapato a este señor porque creía que era importante quedarme aquí para decirles lo que les estoy diciendo. Pero este señor es un criminal y como tal deberían ustedes tratarle. No es un experto. Los representantes de las entidades financieras han causado este problema. Son esta misma gente la que ha causado el problema, la que ha arruinado la economía entera de este país y a esta gente ustedes le siguen tratando de expertos[1]. Al término de su comparecencia, Santiago Lanzuela, el Presidente popular de la Comisión del Congreso, la instó a retirar sus palabras amenazando incluso con suspender la sesión. Ada Colau se negó e insistió en la protesta precisamente porque consideró que el supuesto afectado había agredido verbalmente a todos los damnificados de los embargos. Javier Rodríguez había pretextado sus actuaciones al cobijo de las leyes que se habían creado frente a la crisis ignorando a las personas que están sufriendo en sus propias carnes la tragedia de la pérdida de sus trabajos y sus casas.

Así pues en lugar de acercarse, comprender y defender a los débiles, a quienes están siendo las víctimas de esta crisis profunda y destructiva, los representantes del gobierno están vulnerando los valores y las bases fundamentales de la democracia mediante gestos restrictivos. Sin embargo la respuesta a la devastadora crisis económica norteamericana que tuvo Franklin D. Roosevelt fue bien distinta. Al tomar el cargo de la presidencia el 4 de marzo de 1933 en el Capitolio expuso abiertamente el terrorífico panorama social y económico: “Los valores han disminuido hasta alcanzar niveles extraordinarios; los impuestos han aumentado; nuestra capacidad de pago se ha menoscabado; la administración de toda clase enfrenta una serie de reducción de los ingresos; los medios de cambio se hallan congelados en los flujos de mercado; las hojas caducas de la industria yacen por todas partes; los granjeros no encuentran mercado para sus productos; los ahorros que miles de personas acumularon durante años se han esfumado. Y lo que es peor aún, una multitud de ciudadanos desempleados enfrenta el severo problema de la existencia, y un número igualmente enorme trabaja por una mínima retribución (…). Nuestra principal tarea es poner al pueblo a trabajar” (BOROSTIN, 1997: 675-679)[2] Por tanto, los problemas que les acuciaban no eran tan diferentes a los que tenemos ahora y en cambio Roosevelt insistió en la perentoria necesidad de encararse a ellos para poder empezar a resolverlos. A diferencia de nuestro presidente, que se parapeta en la pantalla líquida de un plasma en lugar de ofrecer soluciones y ayudar a salir de la crisis. Franklin D. Roosevelt, en cambio, se enfrentó directamente a la terrible situación socioeconómica fomentando un lenguaje visual que se inició con las campañas desarrolladas por la Farm Security Administration (FSA). Gracias al apoyo del gobierno americano, mediante la política del New Deal, se pusieron los esfuerzos por hacer las reformas en el sector agrario y éstas partieron de una serie de reportajes periodísticos difundidos por las revistas Fortune, Look o Life. Igualmente se trató de realizar obras conjuntas en las cuales se combinaban la literatura con una elocuente crónica fotográfica para dotar credibilidad a un contexto histórico-social. Entre los trabajos plásticos y literarios caben destacarse el de Margaret Bourke-White con el texto literario de Elksine Caldwell en You Have Seen Their Faces (1936), o la de la prestigiosa fotógrafa Dorothea Lange y Paul S. Taylor como autor de los escritos en An American Eodus: Record of Human Erosion (1939), así como los retratos sociales de Walker Evans y la aportación periodístico-literaria de James Agee con Lets Us Now Praise Famous Men (1941)[3].

Es en este mismo contexto donde comenzó a gestarse la novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath), publicado el 14 de abril de 1939. El escritor, junto al fotógrafo Horace Bristol, por encargo de la revista Life emprendieron un viaje a California para testimoniar sobre los campos de inmigrantes. A raíz de las crónicas para la célebre publicación Steinbeck consideró la posibilidad de escribir un libro sobre esta experiencia periodística. Al cabo de un año, el 15 de marzo de 1940, John Ford estrenaría la película adaptando la obra de Steinbeck. Éste en las mismas fechas recogería el premio Pulitzer, lo que ayudaría a promover con más fuerza la trayectoria comercial de la película[4]. Será, pues, a través de la política rooseveltiana, de dar a conocer al ciudadano norteamericano de clase media la gran escasez que había en las zonas agrarias, la que favoreció la buena acogida dispensada a la película de John Ford. Un período que, además, vino acompañado por la intensa actividad cinematográfica que desarrolló el cineasta en aquellos años. Porque no debemos olvidar que en 1939 llegaría a dirigir tres grandes películas: La diligencia (Stagecoach), El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln) y Corazones Indomables (Drums Along the Mohawk). Y tras Las uvas de la ira realizó Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940), La ruta del tabaco (Tobacco Road, 1941) y ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941). Casi todas ellas, incluida la que nos ocupa, tienen una línea narrativa común: la paulatina desintegración de la familia debido a unas sociedades encerradas por la clase social a la que pertenecen (véanse los oprimidos), por medio de transportes (diligencias, camionetas…), por el trabajo profesional (bases militares) o por límites geográficos (lugares hostiles).

Las uvas de la ira trata, por un lado, de incorporar la estética fotográfica de la FSA al mostrar en algunos momentos una plástica despojada y sobria para mostrar frontalmente la penuria, la dignidad humana, así como el reconocimiento de la identidad del pueblo cuya relación especular con nosotros, los espectadores, por el proceso de identificación/empatía la hacemos como “nuestra gente”. Por otro lado, gracias a la extraordinaria participación del director de fotografía Gregg Toland se aplicó una fotografía expresionista al mostrar imágenes de enorme contraste entre luces y sombras. Con ello se ponía de relieve la exteriorización de los gestos en las manos y los rostros de los protagonistas, además de facilitar muchos momentos de atmósferas oníricas, lo cual contradecía la descarnada corriente fotográfica impulsada por la FSA. No en vano la película pone en escena, bajo un ritmo narrativo siempre moroso, la angustia y neurosis de un pueblo oprimido, en pos de la conquista de sus derechos y deberes más elementales: un techo donde cobijarse, alimentos, trabajo, así como la recuperación de su dignidad. El tono dramático del relato fordiano es sombrío y apesadumbrado, pese a que el final se haya suavizado considerablemente respecto a la extrema dureza que tiene el libro de Steinbeck. Durante toda la película, y de la misma forma que se procuraba con los reportajes periodísticos de las revistas y textos gráfico-literarios del momento, también se lleva a cabo la representación del sufrimiento rural en una suerte de viaje de dimensiones épicas que lleva a cabo la familia Joad, oriundos de Oklahoma, hasta llegar a la tierra prometida (California) para volver a comenzar sus vidas en detrimento de la pérdida de algunos seres queridos. Hay, de hecho, algunos intertextos que nos remiten a las fotos de la campaña de la FSA, como aquellos planos del comienzo de la película en los que el banquero embarga las tierras y la casa de la familia granjera de Muley (John Qualen). Una familia completamente estática e impotente al ver cómo les arrebatan de un plumazo las pertenencias que han mantenido a lo largo de varias generaciones. La tartana en la que se desplaza la familia Joad evoca aquella otra que había sido retratada por Dorothea Lange en su álbum de fotos para la FSA. Pero, sobre todo, creemos que la referencia más nítida y elocuente es la que se corresponde a la secuencia en la que la familia protagonista llega al primer campamento de acogida de inmigrantes y se quedan entristecidos por la terrible pobreza que descubren en ese lugar. En un plano objetivo, tomado por el dispositivo técnico, es de inmediato desenmascarado como subjetivo al presentarnos los rostros de los Joad. Las miradas de los protagonistas  coinciden con la que tenemos nosotros, los espectadores, al ser testigos igualmente de las penosas circunstancias que sufren los campesinos y granjeros que han emigrado de sus tierras. Por tanto, el efecto de empatía queda refrendada por este juego de espejos visuales: la que tiene de base diegética, es decir, la que se corresponde al universo de la ficción, y aquella otra que se identifica con el referente histórico-cultural.

Porque, ante todo, el film de John Ford es un relato coral con el explícito propósito de generar concienciación social a través del retrato de una familia humilde y sencilla. Los personajes carecen de un perfil estereotipado, lo que los hace más humanos a costa de tener un dibujo más superficial. Sin embargo destaca Tom Joad (Henry Fonda) por su mayor hondura dramática, aunque también por la trascendencia simbólica y discursiva que envuelve la película. Tom es un héroe fordiano, una figura mesiánica que se debate entre la obligación moral de asumir el relevo del predicador Casey (John Carradine) para dar a conocer las injusticias humanas y el sacrificio de su propio destino. A lo largo de ese largo viaje[5]pasa de asumir su identidad personal a reconocerse como miembro de una clase trabajadora. De ahí que los dos primeros planos que abren la película nos muestren al protagonista en una encrucijada y ésta es anticipada visualmente a modo de frase hermenéutica, según la acepción barthesiana: Tom Joad camina por una carretera solitaria y levemente brumosa. Al haber salido de la cárcel está comenzando a disfrutar de la libertad condicional. Llega a un cruce hasta que finalmente solicita a un camionero que le acerque a las tierras de su familia. Esta imagen de apertura debe leerse de forma simétrica a aquella otra que había previsto el cineasta norteamericano para cerrar la película: la vista general de Tom Joad subiendo, colina arriba tras abandonar a su familia. Es un hermoso plano, perfectamente reconocible en el estilo visual de John Ford, donde la inmensidad de las tierras empequeñece al hombre. Al mismo tiempo la estilizada composición viene arropada por las melancólicas notas del acordeón de Danny Borzage[6] interpretando la canción popular Red River Valley (Valle del río Rojo). Pero, además, este plano tenía claras resonancias plásticas con la clausura de El joven Licoln (Young Mr. Lincoln, 1939) El cierre definitivo que conocemos de la película fue impuesta por el productor de la Fox, Darryl F. Zanuck, quien consideró que no estaba suficientemente cerrada la historia de la familia y liderada por la madre (Jane Darwell). No obstante creemos que es innecesario este final, la declamación que realiza la mujer se nos antoja redundante porque el monólogo final de Tom Joad queda claro su misión en la vida. Pero también nos parece impostada por ser incongruente al dibujo sencillo y modesto que se le ha hecho a la madre a lo largo de toda la película. Frente a las serenas y lúcidas palabras verbalizadas en los planos finales de la madre están aquellas otras dubitativas, confusas, llanas y directas que las ha proferido en el film.

En suma, la película presenta el gesto pertinaz de la familia Joad que trata de lograr sus objetivos vitales. El coste que ello les supone es enorme, conlleva la desintegración familiar: primero el abuelo (Charley Grapewin), luego Connie (Eddie Quillan) -el novio de Rosasharn (Dorris Bowdon)-, seguido de la abuela (Zeffie Tilbury) y de Casey[7]. También debemos tener en cuenta el sucesivo abandono patriarcal, como señala certeramente Gallagher[8]. En primer lugar sabemos que Casey, es un cura que ha perdido la fe y se retira de su vocación. Después nos encontramos con Muley, transfigurado por su neurosis y anclado en su pasado. El abuelo fallece, el padre de Tom se vuelve senil y Connie se desentiende de la familia. Por último Tom también se aleja sacrificando su vida familiar, de forma similar a la figura de Cristo. Trata de recuperar y aliviarles del mal que le aqueja a la clase trabajadora. Una vez que ha dejado de pensar sobre su vida futura, su papel en la sociedad, se convierte en un individuo que actúa para reconocer y defender la identidad de su gente cuya dimensión moral contrasta con los representantes de los poderes fácticos.

Pablo Ferrando García

Notas:


[1] Estas declaraciones han sido recogidas en la noticia televisiva emitida en La Sexta, el 5 de febrero de 2013.

[2] Esta fuente ha sido recogida por el texto de Rebeca Romero), cuyo título es Migraciones: Las uvas de la ira y los objetivos de la Farm Security Administration. En la revista L’Atalante nº 12 (Julio-Diciembre), Valencia, p. 32.

[3] En España se ha publicado bajo el título Elogiemos ahora a hombres famosos en 1993, por Seix Barral y traducido por Pilar Giralt Gorina. Los datos de los reportajes han sido tomados por el enorme trabajo de documentación desarrollado por Rebeca Romero Escrivá.

[4] Según Tag Gallagher logró una excelente recaudación, resultó el mayor éxito de la Fox en ese año. Queremos añadir, además, que la película ganó dos Oscars: al mejor dirección y a la mejor actriz de reparto (Jane Darwell)  Ver en John Ford, El hombre y su cine. Ed. Akal/Cine. Madrid: 2009, p. 643. Traducción de Francisco López Martín, con la colaboración de Juan Gorostidi Munguía.

[5] Según hemos llegado a descubrir, la familia Joad realizan dos mil kilómetros desde Oklahoma hasta llegar a California.

[6] Era el hermano menor del célebre cineasta Frank Borzage y tenía por costumbre amenizar los rodajes de las películas de Ford tocando música el acordeón.

[7] Aunque este personaje no forma parte de los Joad sí que acompaña en el tiempo y lugar a la familia. Además, se erige en figura reveladora para Tom, quien tomará su testigo como revolucionario para dar testigo del trato denigrante y las injusticias sociales que han azotado a la clase obrera.

[8] Gallagher, Tag, p. 246.

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Una respuesta a LA DIGNIDAD DEL ALMA TRABAJADORA

  1. Odette dijo:

    Interesantísima información! hoy me la miro! gracias!

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