La Comuna de París y la doctrina marxista del estado

¿Aburrida? ¿cansado de tanto pseudo debate televisivo? ¿sin un céntimo que poder dedicar al ocio?. Desde Marx desde Cero os proponemos algo. No, no os proponemos sesudas reflexiones sobre la ontología del ser, ni complicadas ecuaciones que demuestran la explotación. Nuestra propuesta quizás os entretenga: una buena historia. De mucha acción, con héroes colectivos y villanos, muchos muertos y desgraciadamente, sin final feliz. ¡Vamos, un dramón en toda regla!.

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Pues si, se trata de la Comuna de París y de la experiencia en un breve período de tiempo (¡y tan breve!, dos meses) del autogobierno popular y la brutal represión que siguió a la caída de esta. Para contarnos esta historia contamos con el trabajo de la historiadora social, militante de CCOO y conferenciante Encarna Ruiz Galacho. 

Si están interesados, tomen asiento y adelante…

LA COMUNA DE PARÍS Y LA DOCTRINA MARXISTA DEL ESTADO

Encarna Ruiz Galacho

El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo  
glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera.

Carlos Marx, La Guerra Civil en Francia

La Comuna de París (1871) fue una experiencia revolucionaria breve, al sucumbir a los setenta y dos días, a manos de la contrarrevolución y “las atrocidades de las clases superiores”; pero esta experiencia fue lo suficientemente instructiva como para constituir un hito esencial en la formación de la teoría marxista del Estado. En el Manifiesto Comunista (1847), Carlos Marx y Federico Engels habían formulado: a), el fundamento objetivo de la revolución social proletaria, en términos generales, referido a la contradicción creciente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas ; b), la materialización de este factor determinante (en última instancia) en la lucha de clases y razón por la que ésta era motor de la historia de las sociedades (clasistas), y c), el principio metodológico fundamental por el que se afirma que las teorías de los comunistas no son inventos ni fantasías, “sino la expresión del conjunto de las condiciones reales de la lucha de clases existente, del movimiento histórico que está desarrollándose ante nuestros ojos”. Y precisamente atendiendo a este principio metodológico fundamental, Marx espera el momento práctico de la Comuna, en la que halla “la fórmula al fin descubierta” de llevar a cabo la destrucción de “la máquina burocrática-militar del Estado” y la forma concreta que adopta el poder político de la clase obrera.

El análisis de la Comuna lo realiza Marx desde el Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, que había contribuido a fundar en 1864. De suerte que los dos manifiestos o comunicados de la AIT, en los que Marx analiza la coyuntura bélica de la guerra franco-prusiana (1870), junto al análisis de la insurrección comunal de París, y que integran su obra La Guerra Civil en Francia, hermanan la penetración del análisis con el superior conocimiento de la la historia revolucionaria de Francia que tenía Marx; y, en particular, del régimen bonapartista, que es el que se derrumba en esa coyuntura bélica, y del que ya había dado una buena muestra en su libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). Eso explica, además, que el texto de la Comuna lo leyera Marx, en el Consejo General de la AIT, tan sólo dos días después de haber sucumbido la revolución comunal. Veinte años después (1891), Engels, al escribir el prólogo a La Guerra Civil en Francia, dirá que en su alocución, Marxesboza la significación histórica de la Comuna de París en trazos breves y enérgicos, pero tan precisos y sobre todo tan exactos que no han sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicados sobre este tema”. Por nuestra parte, se tratará de pormenorizar los episodios del movimiento histórico de la Comuna de París, exponente de la lucha de clases, en sucesivos epígrafes, para ultimar con las aportaciones que suponen a la doctrina marxista del Estado.

1. LA INTERNACIONAL ANTE LA GUERRA FRANCO-PRUSIANA

El estallido de la guerra franco-prusiana (19 de julio de 1870) fue seguido con la máxima atención por la AIT. Inmediatamente el Consejo General de la AIT, residente en Londres, lanzó su primer manifiesto (23 de julio), haciendo saber que la emancipación de la clase obrera es radicalmente incompatible con una política exterior que “persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo”. En cambio, la política exterior de la Internacional estriba en: “Reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia que deben presidir las relaciones entre los individuos sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones”.

Las secciones nacionales y locales de la Internacional son llamadas a movilizarse, empezando por los internacionalistas de los países contendientes. En Francia, la sección de París y otras localidades francesas se suman a las protestas de la AIT contra una guerra que no consideraban justa, sino movida por los intereses dinásticos y territoriales de Napoleón III. También la clase obrera alemana se pronuncia en contra de la guerra y su degeneración (de guerra contra el gobierno francés, en guerra contra el pueblo de Francia), haciendo patente la fidelidad a la consigna estratégica de la Internacional: “Proletarios de todos los países uníos”, y que ilustra el conocido estribillo de la revolución de 1848: “Jamás olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos, y los déspotas de todos los países nuestros enemigos”. Este pronunciamiento fue subrayado por la abstención de los dirigentes socialistas alemanes, Liebknetcht y Bebel, el 21 de julio, en la votación a los créditos de guerra en el Reichtag.[1]

A tenor de su línea estratégica, el primer manifiesto de la AIT afirma que es la alianza de los obreros de todos los países la que dará fin a las guerras. Buena prueba de lo cual es el hecho de que las organizaciones obreras de Francia y Alemania se intercambien mensajes de paz y amistad, lo cual no sólo se considera un “hecho grandioso, sin precedentes en la historia”, sino el anticipo de “una sociedad nueva cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo”.

No obstante, la sección francesa de la AIT no está en su mejor momento para hacer frente a la coyuntura bélica. Desde su creación en 1865, había ido ganando influencia por su decidido apoyo al movimiento huelguístico, que se desarrolla especialmente a partir de 1867. El apoyo de los internacionalistas a las huelgas obreras es un fermento nuevo en el movimiento obrero, que supone romper con el apoliticismo y la condena de la coalición y la huelga sostenida por el obrerismo partidario de Proudhon [2]. Los militantes internacionalistas se trasladan a las regiones en las que estallan las huelgas y se esfuerzan por extender la organización y la resistencia económica para no dejar abandonados a los huelguistas. En este sentido, las Sociedades Obreras de París organizan la Caja de la Perra, una caja de ayuda a los trabajadores en huelga. Todo esto hace que la represión caiga sobre la sección francesa de la Internacional, obligándola a sucesivas disoluciones y reorganizaciones. El primer proceso le será incoado en marzo de 1868, lo que lleva aparejado la disolución de la oficina de París, aunque inmediatamente los internacionalistas crean una segunda oficina, tras la que conocen otro segundo proceso y otra reorganización inmediata.

Eugène Varlin

Eugène Varlin

La sección francesa de la AIT se articulaba en secciones de barrios, sociedades obreras y cooperativas. A sus esfuerzos organizativos en el campo político y sindical se debe la creación en París, en noviembre de 1869, de la Cámara Federal de las Sociedades Obreras y la Federación de las secciones parisienses de la Internacional. A estos años se vincula el impulso del feminismo obrero, de rechazo al mutualismo proudhoniano aferrado a que la mujer debe quedar en el hogar. En cambio, el internacionalista Eugene Varlin y sus camaradas, al fundar en 1866 la Sociedad de los Obreros Encuadernadores de París, inscriben en los estatutos la igualdad de los derechos de la mujer obrera [3]. Más adelante, en julio de 1869, las obreras del devanado y la torsión de la seda y las ovalistas, que mantendrán una huelga exitosa, se constituyen en sección de la Internacional [4]. El nexo del feminismo con la revolución ya había sido apuntado por Marx, al decir que “las grandes revoluciones sociales sólo son posibles si se cuenta con el fermento femenino”.

El signo de este periodo militante es la organización de clase. En este sentido, Varlin explicará el alcance de la organización obrera, desde el punto de vista de la socialización que entraña, al habituar a sus miembros a “ponerse de acuerdo y a entenderse y razonar sobre sus intereses materiales y morales, siempre desde el punto de vista colectivo”. La táctica política de los internacionalistas franceses, expresada en 1869, con motivo de la participación en unas elecciones parciales en París, destaca el primado del objetivo propagandístico: “Acrecentar nuestra fuerza para una propaganda activa, y destruir el prestigio de esas personalidades burguesas más o menos radicales, que son un peligro para la revolución social”. Más adelante, de rechazo al plebiscito bonapartista del 8 de mayo de 1870, proclaman sin rodeos: “Nosotros sostenemos la República social universal. Protestamos contra el plebiscito y contra sus resultados, cualquiera que sea, y recomendamos a nuestros hermanos trabajadores la abstención en todas las formas”.

Pero si a principios de 1870, los internacionalistas eran la fuerza principal del movimiento obrero francés, justamente coincidiendo con un movimiento de huelgas, que son reprimidas con especial dureza, se les incoa un tercer proceso. Lo militantes más activos de París y provincias son detenidos y encarcelados, y otros logran huir, y en esa desfavorable situación afrontan la coyuntura bélica.

2. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA

Tal como había vaticinado el primer manifiesto de la Internacional, con la guerra se derrumba en Francia el Segundo Imperio. Después de la rendición de Luis Bonaparte en Sedán, será proclamada la República -el 4 de septiembre- por los obreros en París y aclamada en toda Francia. La guerra continúa, pues el ejército prusiano victorioso ha pasado de la guerra defensiva a la guerra de conquista, exigiendo la anexión de las regiones francesas de Alsacia y la Lorena de habla alemana. A esta guerra reaccionaria se opone enérgicamente el segundo comunicado del Consejo General de la Internacional (9 de septiembre), a la par que se pronuncia a favor de la recién proclamada república francesa, no sin reparar en dos aspectos primordiales. Estos son:

    • el hecho de que la república no ha sido la resultante de haber derribado el trono de Bonaparte, sino la ocupación de la vacante o vacío de poder producido, y
    • que la república no ha sido proclamada a título de “conquista social, sino como medida de defensa nacional”.

A estos dos condicionantes, se añaden la desconfianza respecto al Gobierno provisional de la Defensa Nacional, formado por los diputados parisinos del anterior cuerpo legislativo. Primero, por la composición de dicho gobierno, al estar formado por monárquicos y republicanos burgueses, enemigos declarados de la insurrección obrera de 1848. Segundo, por el significativo reparto de funciones gubernamentales, en la que los monárquicos se hacen cargo de los departamentos importantes: del ejército y de la policía, mientras los republicanos ocupan “los departamentos puramente retóricos”. Tercero, porque “sus primeros actos de gobierno bastan para revelar que no han heredado del Imperio solamente un montón de ruinas, sino también su miedo a la clase obrera”, cuando era ésta la autora de la revolución política que suponía la proclamación de la república. Cabe, por tanto, el interrogante relativo a si la república en manos de tal gobierno no se convertiría en un expediente provisional de cara a una restauración monárquica.

Por iniciativa de Marx y del Consejo General de la Internacional se lanza una gran campaña de mítines a favor del reconocimiento de la república francesa, exhortando a la clase obrera de cada país a la acción, a cumplir con su deber, so pena de “nuevas derrotas de los obreros por los señores de la espada, de la tierra y del capital”. Es más, considerando que la situación de la clase obrera francesa era “dificilísima”, por tener al ejército prusiano a las puertas de París, mientras los dirigentes de la clase obrera estaban en las prisiones bonapartistas, Marx y el Consejo General desaconsejan a la clase obrera francesa derribar al gobierno provisional; consideran que sería una acción prematura, “una locura desesperada”. En su lugar, recomiendan aprovechar “serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar en la organización de su propia clase. Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra obra común: la emancipación del trabajo”.

La desconfianza hacia “la cuadrilla de abogados arrivistas, con Thiers como estadista y Trochu de general” (Marx) que conforman el gobierno provisional de la Defensa Nacional quedará plenamente confirmada. La camarilla gubernamental, desde el primer momento, renuncia a expulsar a los prusianos y romper el asedio de París, en aras del pacto y la capitulación. Según Lissagaray, el historiador de la Comuna, se trata de “la mayor traición y vileza que habían visto los siglos, cuando la simple idea de capitular era repudiable hasta por los tenderos más tranquilos”. Y relata cómo desde el primer momento el gobierno de “los defensores” preparaba el terreno de la derrota y la capitulación ante el enemigo, y cómo para encubrir la negativa a luchar, achacaban el afán de lucha del París sitiado, a la “locura del sitio”. De modo que, para curar esa locura accedían a simulaciones, a fin de que los reveses les quitaran a la población las ganas de lucha. “Los defensores tuvieron que avenirse a demorar las cosas, ceder a lo que llamaban la “locura del sitio”, considerándose los únicos de París que no habían perdido la cabeza. Se lucharía, puesto que los parisienses no querían cejar, pero se lucharía solamente para que perdieran su petulancia[5].

Pero el 31 de octubre, estalla el antagonismo, registrándose una tentativa de derribar al gobierno. Una multitud enorme se subleva y los guardias nacionales ocupan el Ayuntamiento de París, y retienen prisionero a algunos miembros del gobierno. Gritan “¡Muera Trochu!” y “Nada de armisticio”. El intento de que Blanqui [6] y otros dirigentes de la izquierda tomen las riendas del poder político se desvanece. A partir de ahí, la preocupación gubernamental fue el motín, sofocar la agitación social de una población exasperada por las privaciones del asedio. Sobre todo teniendo en cuenta que el pueblo de París contaba con la Guardia Nacional, formada por todos los parisienses capaces de empuñar las armas, y dentro de la cual los obreros eran una mayoría. Y esto es lo que sustancia el “miedo a la clase obrera” y al París en armas. Al fin, el 28 de enero de 1871 se firma la capitulación, cuyos términos son la anexión de Alsacia, Lorena y Metz al nuevo imperio alemán, junto a una indemnización de cinco mil millones de francos. Además, el pacto de capitulación impone la dimisión del gobierno provisional y la convocatoria de elecciones, en el plazo de ocho días, a fin de elegir una Asamblea Nacional destinada a concluir la paz. “La fiebre electoral -según Lisagaraysustituyó a la fiebre del sitio”. La oposición política siguió en el fraccionamiento y la impotencia demostrada hasta entonces. Por su parte, las secciones parisinas de la Internacional y la Cámara Federal de Sociedades Obreras participan en los comicios, junto al comité de los veinte distritos de la ciudad, publicando un manifiesto común. “Las candidaturas socialistas revolucionarias -decían- significan: denegación a quienquiera que sea de poner a discusión la República; afirmación de la necesidad del advenimiento político de los trabajadores; caída de la oligarquía gubernamental y del feudalismo industrial”. Pero tuvieron pocos pasquines y periódicos “para hacer competencia a las trompetas burguesas”, de manera que sólo obtuvieron cinco diputados de su lista.

En contraste con el voto republicano de París, los votos a la Asamblea Nacional estuvieron dominados por los monárquicos (orleanistas y legitimistas). Un resultado que obedece, sobre todo, a la precipitación de los comicios, de los que en algunos lugares no se supo hasta la víspera, al hecho de que una tercera parte del territorio francés estuviera en manos del enemigo, y a que París quedara aislado de las provincias. Así, de los 750 diputados que componían la asamblea nacional, 450 eran monárquicos, exponentes de los intereses de los terratenientes y de los elementos reaccionarios de la ciudad y el campo, de ahí que fuera llamada asamblea de “rurales”. Esta asamblea reunida en Burdeos el 12 de febrero, aprobó los preliminares de paz y eligió a Thiers jefe del nuevo gobierno, cuyo objetivo inmediato era poner a la resistencia de París fuera de combate, y “empalmar la guerra exterior con la guerra civil ante los ojos del invasor” (Marx). Desde la capitulación, la exasperación del París asediado aumenta ante las manifestaciones antirrepublicanas de los “rurales” y el propio Thiers. A todo esto, la Guardia Nacional había iniciado su reorganización desde el 15 de febrero, mediante la creación de una Federación Republicana y un Comité Central. “La guardia nacional era tanto como el París viril en su totalidad. La idea clara, simple, esencialmente francesa de federar los batallones, vivía desde hacía tiempo en el espíritu de todo el mundo. Brotó de la reunión y se decidió que los batallones se agruparían en torno a un Comité  Central” (Lissagaray). Esta reunión acordó que una comisión redactara los estatutos y que cada distrito allí representado nombrase un comisario de inmediato. A la reunión siguiente, a la que asisten dos mil delegados de compañías y guardias nacionales, la comisión presenta el proyecto de estatutos de la Federación Republicana y procede a la elección del Comité Central. Por unanimidad votaron contra todo intento de desarme, al que se resistirían por la fuerza de las armas. También se comprometen “a la primera señal de entrada del ejército prusiano, en París, a ir inmediatamente a las armas y a proceder luego contra el enemigo invasor”. Y a lo cual se opondrá la intervención del Comité Central, moderando los ánimos. Del uno al tres de marzo 30.000 hombres del ejército alemán entran en París.

Ante la ocupación del ejército prusiano se redoblan las manifestaciones republicanas en la ciudad; el gobierno capitulador de Thiers repliega las tropas, y por incuria entrega doce mil fusiles de más al invasor, además de abandonar cañones y ametralladoras, que serán trasladadas a lugar seguro por el Comité Central. Quedan en poder de París los cañones de la guardia nacional que por ser de su propiedad, costeados por suscripción, no forman parte de la rendición. Los soldados prusianos quedan acampados desde el 1 de marzo entre el Sena y el Louvre, con las salidas cerradas y un cordón de barricadas bordeando el barrio de Saint-Honoré. Pero lejos de apreciar la entereza de París, los “rurales” de Burdeos multiplicaban en su prensa las injurias contra el hecho de que la población hubiera osado manifestarse contra el invasor.

Los Estatutos de la Guardia Nacional ratificaban a la República “como único gobierno de derecho y de justicia, superior al sufragio universal, que es obra suya”. Además señalaba que la misión del Comité Central era velar por la ciudad, “velar sobre las calamidades que le preparan, en las sombras, los partidarios de los príncipes, los generales de los golpes de Estado, los ambiciosos ávidos y desvergonzados de toda especie”. Ante la firmeza que representa el París republicano, Thiers intensifica el hostigamiento. Si meses atrás, en su gira por las cortes europeas, estaba dispuesto a cambiar la república por un rey; ahora, pese a que el propio pacto de capitulación había reconocido el fundamento legal de la república, Thiers se permite la usurpación, mediante la declaración de la república como expediente provisional. A esto se añaden otras medidas hostiles, tales como el nombramiento de general de la guardia nacional a un consumado bonapartista, enemigo del París revolucionario, aunque la guardia nacional había declarado no reconocer por jefes más que a sus elegidos por ella; la descapitalización de París al trasladar la capital a Versalles, la supresión de seis periódicos republicanos, la condena a muerte en rebeldía a destacados dirigentes de la izquierda, como Blanqui, por la tentativa del 31 de octubre.

3. LA INSURRECCIÓN DEL 18 DE MARZO 

La declaración de la guerra civil, en sentido estricto, se plantea cuando el gobierno de Thiers da la orden de confiscar los cañones de la Guardia Nacional, bajo el pretexto de que aquellos pertenecían al Estado. El golpe de fuerza de las tropas de Versalles sobre París, tiene lugar en la madrugada del 18 de marzo, al ocupar los puestos estratégicos de la orilla derecha del Sena, mientras varios destacamentos tratan de apoderarse de los cañones de Montmartre. Agresión que, en alevosa nocturnidad, al principio les parecerá fácil, hasta que los barrios despiertan y las mujeres son las primeras que rodean las ametralladoras e increpan a los agresores. A las once de la mañana la tentativa del gobierno de apoderarse de los cañones ha fracasado. La Guardia Nacional está en pie con sus batallones y en los barrios la gente tiene los adoquines a mano. La muchedumbre ejecuta a dos generales, indignada por la agresión que no dudan en calificar de “golpe de Estado” de Versalles, y a lo que el gobierno golpista replica tachándolo de “rumor absurdo”, al tiempo que lanza una andanada contra el poder insurreccional del Comité Central de la Guardia Nacional. “Circula -dicen los carteles del gobierno- el absurdo rumor de que el gobierno prepara un golpe de Estado. Lo que ha querido y quiere es acabar con un Comité insurrecto cuyos miembros no representan más que las doctrinas comunistas y que llevarán a París al saqueo y a Francia a la tumba”.

El Comité Central, en representación del pueblo armado, se constituye en gobierno provisional revolucionario, con el objetivo inmediato de convocar las elecciones municipales a la Comuna de París. Recordemos que el Comité Central había sido elegido por doscientos quince batallones de la Guardia Nacional. La mayoría de los miembros del Comité Central eran seguidores de Blanqui, en tanto los internacionalistas tenían escasa participación, en la que destaca la presencia de Eugene Varlin [7]. En su proclama a la población, firmada con los nombres de sus miembros, el Comité Central argumenta la toma del poder en nombre del proletariado de París:

“Los proletarios de la capital, en medio de los desfallecimientos y de las traiciones de las clases dominantes, han comprendido que ha llegado para ellos la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos…”

Sin embargo, tras hacer fracasar el golpe de fuerza de las tropas de Versalles y provocar con ello la huida del gobierno de Thiers, el Comité Central pierde la ocasión -desde el punto de vista militar elemental- de “marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, y de acabar así con los manejos conspirativos de Thiers y sus rurales”. A juicio de Marx este “error decisivo” obedece a la “repugnancia del Comité Central a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto nocturno”. El imperativo de cortar la retirada y la reorganización de la contrarrevolución era obligado[8], si se considera que la táctica de la retirada para organizar el ejército de la represión y el aplastamiento de los levantamientos populares de París había sido empleada por Thiers en sucesivas ocasiones anteriores, desde 1834 a 1848. Había sido Thiers -en febrero de 1848- el que había aconsejado al rey Luis Felipe abandonar la capital con el ejército, rehacer la tropa y volver para reprimir el levantamiento de la capital. Y la repetición de la maniobra será anunciada, por uno de sus secuaces (Jules Favre) a la Asamblea de Versalles, tras la huida: “si hemos abandonado a París ha sido con el propósito de regresar para dar resueltamente la batalla al desorden[9].

La reacción de Versalles, monárquicos, gran burguesía y demás esclavistas, vociferaba que el Comité Central era “un atajo de bandidos”, y que los insurrectos proletarios carentes de preparación política serían incapaces de “timonear su barca”. Acusaban a los miembros del Comité Central de ser hombres oscuros, clandestinos y provocadores de todo tipo de excesos y violencias. La prensa burguesa actuaba en París al servicio de Versalles, con total libertad e impunidad, inventando todo tipo de ferocidades del poder revolucionario, con el fin de enajenarle a París el apoyo de las provincias, y asociar la revolución a los mayores horrores. En este punto, “los plumíferos de todos los regímenes coaligados, como en junio de 1848 contra los trabajadores, no dejaban de despotricar contra la guardia nacional. Fueron ellos quienes propalaron la bárbara leyenda de la ejecución de los liberales, de una multitud despojando los cadáveres y pisoteándolos. Hablaban de las cajas públicas y de las propiedades saqueadas; del oro prusiano que corría a raudales por los suburbios…

En sus proclamas, el Comité Central se defendía de los ataques; hacía notar que no estaban ocultos ni eran clandestinos; que actuaban a la luz del día y firmaban con sus nombres todas las proclamas; que sus miembros no eran unos desconocidos, sino “la libre expresión de los sufragios de doscientos quince batallones; que no habían cometido ningún exceso, aunque no le habían faltado motivos y provocaciones, atestiguando la moderación y la generosidad de su actuación, tan opuesta a la camarilla de figurones y arrivistas, de los que la fuerza reaccionaria de Versalles estaba bien servida. Y a lo cual se referían en sus proclamas a la población:

“Uno de los más grandes motivos de cólera que abrigan contra nosotros es la oscuridad de nuestros nombres. Hartos nombres conocidos, demasiado conocidos, ha habido ya cuya notoriedad nos ha sido fatal. La fama se obtiene a poca costa: bastan para ello algunas frases hueras y un poco de cobardía; un reciente pasado lo demuestra…”

El Comité Central dejaba despotricar a la prensa burguesa, confiando en que los periódicos “tomarían como un deber el respeto a la República, la verdad y la justicia”. Confiaba en la mera lucha ideológica para combatirlos, no sin constatar “cómo puede encontrarse una prensa bastante injusta para lanzar la calumnia, la injuria y el ultraje”; y preguntarse si los trabajadores habrían de ser eternamente víctimas del ataque a su derecho a la emancipación. “¿No les será permitido jamás trabajar por su emancipación sin levantar contra suya un concierto de maldiciones?”. Pero, creciéndose con esa tolerancia, la reacción de los “Amigos del Orden” organizan manifestaciones callejeras, en sintonía con la Asamblea de Versalles que se conjura en el “¡Llamemos a las provincias!” para ir contra París.

El Comité Central era un defensor de la unidad de la nación y no abriga ningún interés separatista. El 21 de marzo había proclamado: “París no abriga ni la más remota intención de separarse de Francia; lejos de eso ha padecido por ella el Imperio, el Gobierno de la Defensa nacional, ha pasado por todas sus traiciones y cobardías”. Y días más tarde hace notar el espantoso llamamiento a la destrucción de París por las provincias realizado por Jules Favre, en nombre de las calumnias más abominables. Las simpatías de las provincias con París se plasma en la proclamación de Comunas en las ciudades de Lyon, Saint-Etienne, Le Creusot, Marsella, Narbona y Toulouse, entre los días del 22 al 25 de marzo, sin conseguir su propósito. “Los revolucionarios de provincias se habían mostrado en todas partes desorganizados, impotentes para empuñar el poder. Vencedores en todas partes en el primer choque, los trabajadores no habían sabido hacer otra cosa que gritar “¡Viva París, abajo Versalles!” (Lissagaray). De modo que cuando se proclama la Comuna de París, sólo se mantiene el movimiento en Narbona y Marsella.

El apresuramiento en convocar elecciones y entregar su mandato era considerado por el propio Comité Central como la prueba fehaciente de su conducta desinteresada en el ejercicio del poder revolucionario. “No hay en la historia -dirán- ejemplo de un gobierno provisional que se haya dado más prisa en deponer su mandato”. El Comité Central no se presenta a los comicios, aunque algunos de sus miembros serán elegidos; en su proclama de despedida expondrá su concepto del sufragio y las orientaciones del voto virtuoso: “No perder de vista que los hombres que mejor os servirán serán los que escojáis de entre vosotros mismos. Los que vivan vuestra propia vida, los que sufran vuestros propios dolores. Desconfiad igualmente de los ambiciosos tanto como de los recién llegados. Desconfiad igualmente de los charlatanes. Evitad a aquellos a quienes ha favorecido la fortuna, porque el que ha sido favorecido por la fortuna es difícil que esté dispuesto a mirar al trabajador como a un hermano. Conceded vuestras preferencias a los que no busquen vuestros sufragios. El verdadero mérito es modesto y a los trabajadores corresponde conocer a sus hombres, y no a éstos presentarse”.

El domingo 26 de marzo se realizan las elecciones a la Comuna de París. El Comité Central había decretado que habría un concejal por cada 20.000 electores y por fracción de diez mil, noventa en total. Había expresado el deseo de que en el futuro se considerase el voto nominal como el más adecuado a los principios democráticos, y conforme a esto, los suburbios obreros votaron con papeleta abierta. Algunos desfilaron por la plaza de la Bastilla en columna, con la papeleta en el sombrero y fueron a las secciones en el mismo orden. Votaron 227.000, muchos más, relativamente, que en las elecciones de febrero. No obstante Thiers telegrafiaba a las provincias diciendo: “Los ciudadanos, amigos del orden se han abstenido de acudir a las elecciones”. Y al día siguiente amenazaba: “No, Francia no dejará que triunfen en su seno los miserables que quieren bañarla en sangre”.

4. PROCLAMACIÓN Y MEDIDAS DE LA COMUNA

El 28 de marzo fue proclamada la Comuna, en un ambiente festivo. Sobre ochenta concejales elegidos, había sesenta y seis revolucionarios, de los que unos veinticinco eran obreros, en su mayoría jóvenes, algunos con apenas veinticinco años. Al día siguiente se organiza el gobierno de la Comuna mediante la formación de nueve Comisiones de trabajo, compuesta cada una por cinco miembros. Estas comisiones son: de Finanzas, Guerra, Justicia, Seguridad Nacional, Subsistencias, Trabajo, Relaciones Exteriores, Servicios Públicos y Enseñanza. Y una Comisión Ejecutiva, formada por los delegados de las nueve Comisiones.

La mayoría de los miembros revolucionarios de la Comuna eran blanquistas, y entre la minoría internacionalista se encuentran los hombres que habían organizado el movimiento obrero a finales del Segundo Imperio, y que ahora afrontan la tarea de gestionar los servicios de la nueva administración, que funcionará con diez mil empleados, cuando antes exigía sesenta mil. En el caso de Varlin, vemos que pasa de las finanzas a los abastecimientos y de éstos a la intendencia. Hay que alimentar cada mañana a 300.000 personas sin trabajo y sin recursos que viven de los 1,5 francos diarios que reciben. De los 600.000 obreros censados solamente 114.000 están ocupados, de los que 62,5 miles son mujeres. Otras actuaciones de los internacionalistas son la del joven contador Jourde, que queda a cargo de las finanzas; Theisz, el organizador de la Federación de Sociedades Obreras, encuentra el servicio de Correos desorganizado, y con letreros en salas y patios que ordenan a los empleados trasladarse a Versalles bajo pena de despido; con ayuda de algunos trabajadores, Theisz reorganiza en 48 horas la recepción y distribución de las cartas. Por su parte, Avrial, delegado del cuartel de artillería aprueba el reglamento de los talleres del Louvre, que fija la jornada laboral en diez horas. Léo Frankel, al frente de la Comisión de Cambio y Trabajo, estará ayudado por una comisión de iniciativas, compuesta por trabajadores. En ese departamento, Elisabeth Dimitrief se encarga de la organización de las mujeres obreras.

En síntesis, las medidas revolucionarias de la Comuna serán las siguientes:

-El 30 de marzo abolió el servicio militar obligatorio y el ejército permanente, declarando a la guardia nacional la única fuerza armada en la que debían organizarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de los alquileres de las viviendas y suspendió la venta de objetos empeñados en las casas municipales de préstamos. Confirmó en sus cargos a los extranjeros elegidos para la Comuna, afirmando que “la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial”.

-El 1 de abril acordó que el sueldo máximo a percibir por los miembros y funcionarios de la Comuna no podría exceder del sueldo de un obrero, entonces cifrado en 6.000 francos.

-El 2 de abril decretó la separación de la Iglesia y el Estado y la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos; declaró propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia, consecuencia de lo cual fue que el 8 de abril ordenase la eliminación de los símbolos religiosos de las escuelas.

-El 6 de abril la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular.

-El 12 acordó que la Columna triunfal de la Plaza Vendome instalada por Napoleón, fuera demolida por ser el símbolo del chovinismo e incitación a los odios entre las naciones.

-El 14 de abril decreta la ocupación de las empresas y talleres abandonados por las sociedades obreras. Se dispone un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patronos y la preparación de planes de organización cooperativa para reanudar el trabajo con los obreros que antes lo hacían en aquellas empresas. Se plantea la organización de todas estas cooperativas en una gran Unión de Cooperativas.

-El 20 de abril declara abolido el trabajo nocturno de los panaderos[10]. Y suprime las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio había sido monopolio de sujetos designados por la policía; estas oficinas fueron transferidas a las comisiones de los 20 distritos de la capital.

-El 30 de abril procede a la clausura de las casas de empeño, sobre la base de que eran incompatibles con el derecho de los trabajadores a disponer de sus instrumentos de trabajo y crédito.

-El 5 de mayo fue demolida la Capilla Expiatoria, erigida por la ejecución del rey Luis XVI.

Engels atribuye el carácter revolucionario de estas medidas de la Comuna al componente obrero de sus miembros: “Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos por los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar por vil cobardía, y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera, como por ejemplo la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y en parte abrían profundas brechas en el viejo orden social. Sin embargo en una ciudad sitiada lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas…

Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías, sin reparar en que una de sus medidas claves habría sido apoderarse del Banco de Francia. Durante su existencia la Comuna gastó 46 millones de francos, de los que 16,7 millones fueron proporcionados por el Banco de Francia, y el resto por los diversos servicios administrativos y fiscales. Pero durante ese periodo el Banco de Francia aceptó cerca de 260 millones de letras giradas sobre él por el gobierno de Versalles ¡para combatir a la Comuna! Ante ese gran error económico y político, exclama Lissagaray: “El Comité Central había cometido el error garrafal de dejar marcharse al ejército de Versalles; la Comuna cometió otra torpeza cien veces más grave. Todas las insurrecciones serias han empezado por apoderarse del nervio del enemigo: la caja. La Comuna ha sido la única que se negó a hacerlo. Abolió el presupuesto del clero, que estaba en Versalles, y se quedó en éxtasis ante la caja de la gran burguesía que tenía al alcance de la mano”.

Por su parte, Engels atribuye a los proudhonianos, en cuanto responsables de los decretos económicos, “el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste -añade Engelsademás un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna”.

5. LA DERROTA DE LA COMUNA 

Desde el 2 de abril las tropas de Versalles fusilan a los comunalistas hechos prisioneros. Durante las semanas de abril y mayo se ofrecen negociadores que se esfuerzan por persuadir al gobierno de Versalles para llegar a un compromiso. La Comuna acoge los ofrecimientos con buena voluntad a pesar de la salvaje brutalidad con que son tratados sus prisioneros. Las Cámaras sindicales tratan de mediar, no sin definir a su juicio el carácter de la Comuna: “París hizo una revolución -dicen- tan aceptable como muchas otras; y para muchos espíritus es la más grande que se haya hecho jamás; es la afirmación de la República y la voluntad de defenderla”. Un grupo de diputados de la clase media forman la Unión Republicana para defender los derechos de París. A su lado los masones envían una delegación a Versalles, sin conseguir su propósito. El 22 de abril, la Unión Nacional de Cámaras Sindicales, la Liga de los Derechos de París y la masonería intervienen a favor de la Comuna, siendo rechazados por los de Versalles, que responden: “Los apóstoles de la conciliación no merecen más que una negativa”.

Thiers rompe las negociaciones para canjear al arzobispo de París y otros clérigos por Blanqui, elegido por la Comuna, pero que estaba preso en Clairvaux. Con el simulacro de esas negociaciones, Thiers, trataba de ganar tiempo para emprender la reconquista de París, mediante la formación de un ejército dispuesto a aplastar la revolución. Primeramente, Thiers trató de que las provincias acudieran en ayuda de Versalles, pero éstas se negaron en su gran mayoría a ayudar a los “rurales”. Por lo cual ordenó las elecciones municipales del 30 de abril, sobre la base de una nueva ley municipal y la finalidad de obtener una mayoría contrarrevolucionaria, del “partido del orden”. Pero los cálculos le fallaron a los legitimistas, orleanistas y bonapartistas coaligados, que sólo obtuvieron 8.000 de los 700.000 concejales elegidos en los 35.000 municipios de Francia. Ante este descalabro, el aplastamiento de París pasa por obtener la ayuda del gobierno prusiano, al que Thiers implora la devolución de los soldados prisioneros en Sedan y Metz y la oficialidad bonapartista ansiosa de desquite. Además, Thiers obtuvo de la complicidad del gobierno prusiano la anulación del Tratado de Francfort, por el cual al gobierno francés le estaba prohibido reunir a más de cuarenta mil hombres en los alrededores de París. De este modo, desde comienzos del mes de mayo, a medida que regresan los prisioneros bonapartistas, se afianza la superioridad militar aplastante de Versalles, llegando a contar con un ejército de 130.000 hombres provistos de todo tipo de armamento. Y con el cual podrían haber tomado París en una jornada, pero el combate se prolongará en las calles durante ocho días.

Paris sometido a un constante bombardeo, y debido a la traición y el descuido de los guardias nacionales en el sector occidental, se encuentra el 21 de mayo con que la invasión del ejército de Versalles se abre paso. El ejército prusiano les permite el acceso a los invasores por la parte norte, por el que según el armisticio no se podía pasar, abriéndose un largo frente que la Comuna tenía escasamente defendido. En el sector occidental ocupado por los barrios ricos, la resistencia fue débil, no así cuando los agresores se acercaron al sector oriental, que era el de los barrios obreros, donde se multiplican las barricadas y los actos heroicos. Al fin, después de 8 días de lucha, el domingo 28 de mayo al mediodía, se dispara el último cañonazo de la Comuna. Tras la cual llega la ferocidad de la contrarrevolución. “Acabada la lucha, el ejército se transformó en un inmenso pelotón de ejecución” (Lissagaray [11]).

Llega la matanza en masa de población civil, los fusilamientos de los hombres desarmados, de las mujeres y niños, y su traslado a las prisiones y campos de concentración. Los de Versalles hicieron ocho o diez veces más prisioneros que combatientes había y fusilaron a más hombres de los que había tras las barricadas. En cambio, los versalleses sólo tuvieron 600 muertos y 7.000 heridos. Las matanzas en masa duraron hasta los primeros días de junio y las ejecuciones sumarias hasta mediados de dicho mes; en total, las cifras oficiales admitirán unos 20.000 fusilamientos. Los oficiales bonapartistas no desmayaron en su ferocidad, remataban con sus propias manos a los prisioneros. “El suelo está sembrado de sus cadáveres -telegrafió Thiers a sus prefectos-; este espantoso espectáculo servirá de lección”.

Y la “lección” superó con creces a la anterior. Comparada con la matanza de la insurrección parisina de junio de 1848, ésta palidece ante la de 1871. Pues, mientras la insurrección de 1848 tuvo que batirse con un ejército de 30.000 efectivos, los batallones de la Comuna lo hicieron frente a un ejército de 130.000. Y mientras en 1848 la lucha duró cinco días, en 1871 la lucha se mantuvo durante varias semanas, antes de la semana sangrienta (del 21-28 de mayo). Tras la derrota, la represión fue implacable, causando más de cien mil víctimas. Según el Journal des Débats: “las pérdidas sufridas por el partido de la insurrección, incluyendo muertos y prisioneros ascendía a la cifra de cien mil individuos”. Y concluye Lissagaray: “El siglo XIX no vió nunca semejante degollina después del combate. Sólo las hecatombes asiáticas pueden dar una idea de esta carnicería de proletarios[12]. “La Comuna había rechazado a los delatores; la policía del orden los recibió abriéndole de par en par sus registros. Llegaron las denuncias a la fabulosa cifra de 399.823 -cifra oficial- una ventiava parte de las cuales, a lo sumo, iban firmadas”. Habría que remontarse a la historia de Roma, señalaba Marx, para hallar un referente en la ferocidad de la represión:

“Para encontrar un paralelo con la conducta de Thiers y de sus perros de presa hay que remontarse a los tiempos de Sila y de los dos triunviratos romanos. Las mismas matanzas en masa a sangre fría; el mismo sistema de torturar a los prisioneros, las mismas proscripciones pero ahora de toda clase; la misma batida salvaje contra los jefes escondidos, para que ni uno sólo se escape; las mismas delaciones de enemigos políticos y personales; la misma indiferencia ante la matanza de personas completamente ajenas a la contienda. No hay más que una diferencia, y es que los romanos no disponían de ametralladoras para despachar a los proscritos en masa y que no actuaban “con la ley en la mano” ni con el grito de “civilización en los labios”.

Lissagaray relata cómo gran parte de las delaciones se debía a los periodistas de Versalles, que “habían vuelto a París a la zaga del ejército, seguían a este como chacales y hundían su hocico en los cadáveres….. Publicaban los nombres, los escondites de aquellos a quienes había que fusilar, mostrándose inagotables en invenciones para atizar el furor burgués. Después de cada fusilamiento, gritaban: “¡Todavía hay más! ¡Hay que cazar a los comunalistas! Ni uno sólo de esos malhechores, en cuyas manos se ha encontrado París durante dos meses, será considerado como político; se les tratará como a bandidos que son, como a los más espantosos monstruos que se hayan visto nunca en la historia de la humanidad” [13].

6. LAS ENSEÑANZAS DE LA COMUNA EN EL ANÁLISIS DE MARX Y ENGELS 

El capítulo tercero de La Guerra Civil en Francia es un compendio de las enseñanzas de la revolución comunal. Marx inicia ese capítulo con la aportación fundamental de la insurrección parisina del 18 de marzo, en cuanto esta insurrección armada pone de relieve la necesidad histórica de romper con la maquinaria estatal burguesa. Este aspecto cardinal de la teoría marxista del Estado no estaba planteado en el Manifiesto Comunista, pese a que en éste la revolución comunista se definía como la revolución más radical; será tras las experiencias de las revoluciones de 1848, cuando Marx lo conjeture. Precisamente, en la carta a su amigo Kugelman (12.4.1871) escribe: “En el último capítulo de mi 18 Brumario, señalo, como verás si lo relees, que la próxima tentativa de la revolución en Francia deberá señalarse como objetivo la destrucción del aparato burocrático-militar y no, como ha sucedido hasta ahora, hacer que pase de unas manos a otras. Es la condición esencial para cualquier revolución realmente popular en el continente. Y esto es lo que han intentado nuestros heroicos camaradas de París”.

1) La destrucción del Estado burgués

Al reproducir el manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional del 18 de marzo, en el que afirman que los proletarios de París toman en sus manos la dirección de los asuntos públicos y consideran un deber y un derecho “hacerse dueños de su propio destino, tomando el Poder”, Marx agrega: “Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está, y servirse de ella para sus propios fines”.

Y pasa a argumentarlo, explicando el origen y la evolución histórica del Estado en poder de la burguesía. “El poder estatal centralizado con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta, y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en su lucha contra el feudalismo”.

Ese poder estatal evoluciona en un sentido antagonista hasta convertirse en una máquina de guerra contra la emancipación del trabajo, a medida que se desarrolla la moderna industria, y adquiere cada vez más un “carácter puramente represivo”. En Francia, lo ilustra el paso de la maquinaria estatal de unas fracciones de las clases dominantes a otras, en hostilidad directa y creciente a la clase obrera:

“La revolución de 1830, al traducirse en el paso del gobierno de manos de los terratenientes a manos de los capitalistas, lo que hizo fue transferirlo (el poder del Estado) de los enemigos más remotos a los enemigos más directos de la clase obrera. Los republicanos burgueses que se adueñaron del Poder del Estado, en nombre de la Revolución de Febrero (1848), lo usaron para las matanzas de junio, para probar a la clase obrera que la república “social” es la república que asegura su sumisión social, y para convencer a la masa monárquica, de los burgueses y terratenientes, de que pueden dejar sin peligro los cuidados y los gajes del gobierno a los “republicanos” burgueses”.

A partir de la revolución parisina de 1848 el poder del Estado es una “máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo”, carácter de clase que consolida el Segundo Imperio de Luis Bonaparte, al que Marx concibe como una forma corrupta del poder estatal: “la forma más prostituida y al mismo tiempo la forma última de aquel Poder estatal que la sociedad burguesa naciente había comenzado a crear como medio para emanciparse del feudalismo y que la sociedad burguesa adulta acabó transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital”.

Además, Marx llega a la conclusión fundamental de que es una característica de las revoluciones y alternativas burguesas el apoderarse de la maquinaria del Estado como botín del vencedor: “Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina en vez de destruirla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín del vencedor”.

Y Engels resume el fundamento de la ruptura revolucionaria planteado por el gobierno de la Comuna al decir: “La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos sin excepción, revocables en todo momento”.

2) La república proletaria 

En el Manifiesto Comunista quedaban claro dos cuestiones: lo que es el poder político y por qué lo necesita el proletariado. “El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo, que estas relaciones de producción, las condiciones de existencia del antagonismo de clases y de las clases en general y, por tanto, su propia dominación como clase”. Por tanto, la respuesta del Manifiesto Comunista a la pregunta sobre la sustitución de la maquinaria estatal burguesa consistía en afirmar que “el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia”. Y esto, no sólo porque se partía de que el dominio político de la clase obrera llevaba consigo la democracia más completa, tal como era planteado por el cartismo inglés, sino porque entonces se consideraba que la república y el sufragio universal integral eran incompatibles con la dominación burguesa, de donde se desprende que ambos se asociaran a la revolución obrera y popular.

Ahora, tras la experiencia de la Comuna, Marx afirma no sólo que ésta era la antítesis directa del Imperio, por un lado, y la “forma positiva”, por otro de la “república social anunciada por el proletariado de París, con el anhelo de acabar con no sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase”. Frente a las diversas interpretaciones a que diera origen la Comuna, Marx destaca su carácter de clase y la flexibilidad derivada de éste, a diferencia de las formas represivas burguesas de gobierno. En consecuencia, el secreto de esta flexibilidad estriba en que: “la Comuna era esencialmente un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.

Las características revolucionarias fundamentales del gobierno obrero de la Comuna eran: a) el haber sido elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad; b) el ser responsables y revocables en todo momento; c) el desempeño de los cargos públicos con salarios de obreros; d) el ser un organismo ejecutivo y legislativo al mismo tiempo; y e) el ejercicio de la crítica y la autocrítica de sus actos:

“La verdad es que La Comuna no pretendía tener el don de la infabilidad, que se atribuían sin excepción todos los gobiernos a la vieja usanza. Publicaba sus hechos y sus dichos y daba a conocer al público todas sus faltas”.

Por su parte, Engels resumirá “los remedios infalibles” de la Comuna, al decir: “Contra esta transformación del Estado y de los órganos del Estado de servidores de la sociedad en señores de ella, transformación inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores. El sueldo máximo abonado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arrivismo y la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos”.

El impacto de esta gran novedad hará decir a Marx: “Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando por vez primera en la historia los simples obreros se atrevieron a violar el monopolio del gobierno de sus “superiores naturales” y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron una labor de un modo modesto concienzudo y eficaz”; y con sueldos de obreros, “el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo…

3) La eliminación del parlamentarismo 

La Comuna era un gobierno obrero y esto se traduce en formas y contenidos diferenciales del ejercicio del poder. Empezando por el hecho de que la Comuna no fuese “un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo ejecutiva y legislativa al mismo tiempo”. Cuestión que Marx argumenta diciendo: En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica”.

4) La institución del pueblo armado 

La posibilidad de implantar el poder de la Comuna viene dada por reunirse dos condiciones definitorias: una, el hecho de que París fuese “la sede central del viejo Poder gubernamental y, al mismo tiempo, baluarte social de la clase obrera de Francia”; y dos, la coyuntura bélica que propicia el armamento de los obreros.

Gracias al desarrollo económico y político de Francia desde 1789 -señala Engelsla situación de París desde hace cincuenta años ha sido tal que no podía estallar en esta ciudad ninguna revolución que no asumiese enseguida un carácter proletario, sin que el proletariado que había comprado la victoria con su sangre presentase sus reivindicaciones más o menos confusas, cuyo objetivo final era siempre abolir los antagonismos de clase entre capitalistas y obreros. La reivindicación por vaga que fuese era una amenaza al orden existente porque los obreros que la mantenían estaban armados; por eso el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al frente del Estado”.

Pero más destacable fue la eliminación del ejército permanente y convertir al pueblo armado en una institución duradera del nuevo poder estatal. Como dirá Marx: “si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho del ejército, sustituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trataba de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado”.

5) El gobierno barato 

La Comuna no sólo dota de instituciones democráticas a la república, sino que, en la medida en que acaba con el ejército permanente y la burocracia estatal, se convierte en un gobierno barato: “La Comuna -señala Marxconvirtió en una realidad ese tópico de las revoluciones burguesas, que es ‘un gobierno barato’, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado. su sola existencia presuponía la no existencia de la monarquía que, en Europa al menos, es el lastre normal y el disfraz indispensable de la dominación de clase. La Comuna dotó a la república de una base de instituciones realmente democráticas. Pero ni el gobierno barato, ni la ‘verdadera república’ constituyen su meta final; no eran más que fenómenos concomitantes. 

6) El esbozo del régimen político comunal 

En este apartado, Marx destaca cómo el régimen comunal no era un simple modelo de descentralización del Estado, ni un elemento destructor de la unidad de la nación, sino un gobierno de nuevo tipo, “gobierno del pueblo por el pueblo”. Regenerador de la organización y del tejido social de la nación, en cuanto “verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad”, que desde los centros industriales llegaría a los distritos rurales.

Como es lógico, -dice Marx-, la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en París y en los centros secundarios el régimen comunal, el antiguo gobierno centralizado tendría que dejar paso también en provincias al gobierno de los productores por los productores. En el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejército permanente habría de ser reemplazado por una milicia popular, con un plazo de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores. Las pocas pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central no se suprimirían, como se ha dicho, falseando de intento la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables”.

7) La iniciativa social respecto a las clases media urbana 

Marx considera que la Comuna es: la primera revolución en la que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social, incluso por la gran masa de la clase media parisina -tenderos, artesanos, comerciantes- con la sola excepción de los capitalistas ricos.

Esa clase media que, había participado en el aplastamiento de la insurrección obrera de junio de 1848, había cambiado posteriormente de posición al haber visto lesionados sus intereses por el Imperio, tras el cual se verá beneficiada por algunas medidas adoptadas por la Comuna; en consecuencia, bajo la bandera de la Comuna, surgió el partido de la clase media, llamado Unión Republicana, y que “se puso a defenderla contra las desfiguraciones malévolas de Thiers”.

No menos importante era la seguridad ciudadana alcanzada en razón de la transformación política y social operada, y en la que florece la virtud frente al vicio y la degeneración. En este sentido Marx subraya el papel de las mujeres revolucionarias, equiparándolas, curiosamente, a la grandeza de sus homónimas de la antigüedad.

“Maravilloso en verdad -señala- fue el cambio operado por la Comuna en París. De aquel París prostituido del Segundo Imperio no quedaba ni rastro. París ya no era el lugar de cita de terratenientes ingleses, absentistas irlandeses, ex esclavistas y rascacueros norteamericanos, ex propietarios rusos de siervos y boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en el depósito, ni asaltos nocturnos, ni apenas hurtos; por primera vez desde los días de febrero de 1848 se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase”. “Las cocotas habían encontrado el rastro de sus protectores, fugitivos hombres de la familia, de la religión y, sobre todo, de la propiedad. En su lugar, volvían a salir a la superficie las auténticas mujeres de París, heroicas, nobles y abnegadas como las mujeres de la antigüedad. París trabajaba y pensaba, luchaba y daba su sangre; radiante en el entusiasmo de su iniciativa histórica, dedicado a forjar una sociedad nueva, casi se olvidaba de los caníbales que tenía a las puertas”.

8) La Comuna y el campesinado francés 

Las características peculiares de los campesinos parcelarios, creados por la revolución francesa (1789) ya habían sido objeto del análisis de Marx, dada su importancia numérica y su relación de apoyo al régimen bonapartista; en cambio, ahora asegura Marx que “tres meses de libre contacto del París de la Comuna con las provincias hubieran bastado para desencadenar una sublevación general de los campesinos”.

La Comuna defendía los intereses del campesinado francés, desde la oposición que planteaba a pagar la indemnización de guerra a los prusianos, hasta las ventajas que suponía su condición de “gobierno barato”, pasando por la lucha contra los “vampiros” y el embrutecimiento a que estaban sometidos los campesinos.

“En 1848, la burguesía gravó su parcela con el impuesto adicional de 45 céntimos por franco, pero entonces lo hizo en nombre de la revolución, en cambio, ahora, fomentaba una guerra civil en contra de la revolución, para echar sobre las espaldas de los campesinos la carga principal de los 5.000 millones de indemnización a pagar a los prusianos. En cambio la Comuna declaraba en una de sus primeras proclamas que las costas de la guerra habían de ser pagadas por los verdaderos causantes de ella. La Comuna habría redimido al campesino de la contribución de sangre, le habría dado un gobierno barato, habría convertido a los que hoy son sus vampiros -el notario, el abogado, el agente ejecutivo y otros dignatarios judiciales que le chupan la sangre- en empleados comunales asalariados, elegidos por él y responsables ante él mismo. Le habría librado de la tiranía del guarda jurado, del gendarme y del prefecto; la ilustración por el maestro de escuela hubiera ocupado el lugar del embrutecimiento por el cura….”

9) El comunismo realizable 

La meta final de la Comuna no era la “república verdadera”, sino la sociedad comunista, respecto a la cual el Manifiesto Comunista daba la pista, al decir que en aquella “el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”, y a la que se llegaría tras un periodo de transición, en el que: “El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas”.

Y esta meta final es subrayada por Marx, en estos términos: “El dominio político de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de clase.

Y agrega la reacción catastrofista que se registra ante el fantasma del comunismo, o sea, cuando de las palabras se pasa a la acción: “A pesar de todo lo que se ha hablado y se ha escrito con tanta profusión durante los últimos años acerca de la emancipación del trabajo, apenas en algún sitio, los obreros toman resueltamente la cosa en sus manos, vuelven a resonar de pronto toda la fraseología apocalíptica de los portavoces de la sociedad actual, con sus dos polos de capital y esclavitud asalariada…¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Querían convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el ‘irrealizable’ comunismo!”.

Para Marx, la sociedad comunista no es utopía, en la medida en que la emancipación del trabajo está unida a la “forma superior de vida a la que tiende la sociedad actual por su propio desarrollo económico”, y a “toda una serie de procesos históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres”. Y a tenor de todo lo cual, de lo que se trata es de “dar rienda suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno”.

10) La malsonante dictadura del proletariado 

El hecho de que Marx no mencione la expresión “dictadura del proletariado” en su análisis de la Comuna, no significa el abandono del concepto, sino más bien el enriquecimiento de éste, a través de la experiencia práctica, en la que se inscribe “la fórmula al fin descubierta” por la revolución comunal. Antes, en 1852, en la carta a Weydemeyer, señalaba el propio Marx cuáles eran sus aportaciones en el terreno de la lucha de clases: “Lo que yo he aportado de nuevo es:1º , demostrar que la existencia de las clases no está vinculada más que a fases históricas determinadas del desarrollo de la producción; 2º, que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado; 3º, que esa misma dictadura no representa más que una transición hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.

Por ello, a los veinte años de la Comuna, al finalizar su célebre prólogo a la obra de Marx, La Guerra Civil en Francia, Engels no tuvo ningún inconveniente en asociar la imagen de la Comuna a la “dictadura del proletariado”, de rechazo al “filisteo socialdemócrata” y a “la fe supersticiosa en el Estado que se ha trasplantado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros”. Engels confía en que la lucha revolucionaria de la clase obrera al hacer “lo mismo que hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, en tanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado”.

NOTAS


[1] Meses después, tras la proclamación de la república en Francia, Bebel y Liebknecht votan en contra de nuevos créditos de guerra, el 26 de noviembre, siendo detenidos por ello.

[2] Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) está considerado el representante clásico del socialismo pequeñoburgués, el de los pequeños campesinos y maestros artesanos de su tiempo. Es enemigo de la asociación y de la huelga obrera. “Cuando en 1846 Marx le pide que forme parte de la oficina de correspondencia comunista que él organizó en Bruselas con Engels, Proudhon le responde que no se debe “poner la acción revolucionaria como medio de reforma social”. En su obra “Filosofía de la miseria”, a la que Marx reponde con “Miseria de la filosofía”, Proudhon se pronuncia claramente contra las coaliciones obreras” (El socialismo francés de 1815 a 1848, p. 390, en Historia General del Socialismo, dirigido por Jacques Droz, Barcelona 1976).

[3] También los obreros de la porcelana de Limoges reconocen la igualdad del hombre y la mujer que trabajan, en estos términos: “Considerando que las mujeres producen todo tan bien como los hombres y que sienten las mismas necesidades, son admitidas como parte del sindicato”.

[4] Édouard Dolléans, Historia del Movimiento Obrero 1830-1871, pp. 300-301, Madrid 1969.

[5] P.O.Lissagaray: Historia de la Comuna (editada en Bruselas en 1876), Barcelona 1971.

[6] Luis Augusto Blanqui (1808-1881), llamado “el encerrado” por haber pasado en prisión cerca de 30 años de su vida. Formó parte de sociedades secretas y fue condenado a prisión perpetua por haber organizado un levantamiento armado en 1839. Liberado después de la revolución de febrero, fundó su club y organizó otro intento de derribar al gobierno; más tarde fue condenado a diez años prisión; en agosto de 1870 intentó derribar al gobierno de Napoleón III, y el 31 de octubre del mismo año participó en la tentativa de derrocar al gobierno de la Defensa Nacional; condenado a prisión por esta última acción no podrá participar en la Comuna de París. El pensamiento y la acción de Blanqui y sus seguidores está unida a la conquista del poder por obra de una minoría decidida. En 1868 había redactado una “Instrucción para una toma de armas”, de acuerdo con su idea de la organización conspirativa.

[7] No obstante, las relaciones entre blanquistas e internacionalistas eran buenas, como lo atestigua el hecho de que las reuniones del Comité Central se realizaran en la sede de las Federaciones de las Sociedades Obreras y de las Secciones de la Internacional, en la plaza de la Corderie du Temple. De todos modos, aunque la prensa de toda Francia atribuía a la Internacional la toma del poder, reflejada en la ejecutoria del Comité Central, hasta días después de la insurrección del 18 de marzo, los internacionalistas no publican un manifiesto destinado a reforzar públicamente y con toda su fuerza moral al Comité Central.

[8] Lissagaray disculpa el error garrafal de no marchar sobre Versalles, en razón de la falta de preparación militar de la Guardia Nacional. “Se dice que hubieran debido marchar el 19 o el 20 sobre Versalles. La Asamblea (de rurales), al primer grito de alerta, hubiera escapado a Fontanebleau con el ejército, con la administración, con la izquierda, con todo lo que hacía falta para embaucar y gobernar a las provincias. La ocupación de Versalles no habría hecho más que cambiar de sitio al enemigo; no hubiese durado mucho; los batallones populares estaban demasiado mal preparados para dominar al mismo tiempo a París y a esta villla abierta”. O.c., p. 206.

[9] Jules Favre (1809-1880): Uno de los dirigentes del republicanismo burgués de 1848, componente del gobierno de Thiers y enemigo declarado de la insurrección obrera. En marzo de 1869, decía Marx (carta a Kugelman): “Thiers, Jules Favre, Jules Simon, etc., en resumen los dirigentes de lo que en Francia se llama la Unión Liberal, viejos perros  Infames…”

[10] El trabajo nocturno -decía el panadero Tabouret- nos separa de la sociedad y de la familia; durmiendodurante el día vivimos como separados del mundo.

[11] Y añade: El domingo 28, terminada la lucha, varios millares de personas reunidas en los alrededores del Pére-Lachaise fueron conducidas a la cárcel de La Roquette. Un jefe de batallón que estaba a la puerta miraba de arriba abajo a los prisioneros y a su capricho decía ¡A la derecha! ¡A la izquierda! Los de la izquierda eran para ser fusilados, después de vaciarles los bolsillos; se les alineaba ante un Muro y se les mataba. Frente al muro, dos curas canturreaban las recomendaciones del alma.

[12] “Los cautivos formados en largas cadenas, unas veces sueltos, otras atados con cuerdas, hasta formar un bloque, eran conducidos a Versalles. Al que se negaba a andar le golpeaban con la bayoneta; si se resistía, lo fusilaban sobre la marcha, o lo ataban a la cola de un caballo. Ante las iglesias de los barrios ricos se les obligaba a arrodillarse, con la cabeza descubierta, mientras la turba de lacayos elegantes y prostitutas gritaba:” ¡Matadlos! ¡No vayáis más lejos! ¡Fusiladlos aquí mismo!”.

[13] Entre los delatores se encuentran los curas. Precisamente el revolucionario Eugene Varlin fue apresado, el mismo domingo 28 de mayo, en la plaza Cadet, al ser reconocido por un cura, que corrió en busca de unos oficiales del ejército. Lo detuvieron y ataron las manos a la espalda y se lo llevaron arrastrándolo por las calles empinadas de Montmartre. “Bajo la granizada de golpes, su joven cabeza meditabunda, que no había alojado más que pensamientos de fraternidad, se convirtió en un informe montón de carne, con un ojo colgándole de la órbita. Cuando llegó a la calle Rossiers, al estado mayor, ya no andaba, sino que lo llevaban. Lo sentaron para fusilarlo. Los soldados destrozaron su cadáver a culatazos……” Y Lissagaray añade: “EL Mont de Martyrs no cuenta con un mártir más glorioso. ¡Que sea también él enterrado en el gran corazón de la clase obrera”, parafraseando las memorables palabras de Marx, de que los mártires de la Comuna “tienen su santurario en el gran corazón de la clase obrera”.

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