Iniciación a la economía marxista (III y última)

Hola a todo el mundo,

con la entrada de hoy, finalizamos la Iniciación a la economía marxista de Mandel, que nos ha ocupado tres entrega. Si queréis descargaros este material en formato pdf está disponible aquí. Un material que viene a completar nuestra sección “Talleres y materiales básicos” dedicada a todos esos trabajos introductorios, que si bien no sustituyen la lectura de Marx, nos la pueden hacer más sencilla.

Si os ha picado la curiosidad y queréis indagar más sobre el movimiento del capitalismo en forma de ciclos y ondas podéis recuperar las antiguas entradas que publicamos en su momento: Katz, Mandel, Mattick, ondas largas y fluctuaciones cortasSe está abriendo una nueva onda larga recesiva o el magnífico trabajo de Albarracín, La economía de mercado.

Para lo que gusten, a su servicio. Salud

A. Olivé

Iniciación a la economía marxista (III y última)

Ernest Mandel

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III. El neocapitalismo

Orígenes del neocapitalismo

 La gran crisis económica de 1929 modificó fundamentalmente, en primer lugar, la actitud de la burguesía y de sus ideólogos con respecto al Estado; a continuación, modificó la actitud de esta misma burguesía con relación al futuro de su propio régimen.

 Hace algunos años, tuvo lugar en los Estados Unidos un proceso que provocó un gran escándalo, el proceso de Alger Hiss, que, durante la guerra, fue suplente del ministro de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos. En este proceso, un periodista de la Maison Luce llamado Chambers, uno de los amigos más íntimos de Alger Hiss, había sido el testigo de cargo clave contra Hiss en la acusación imputada a éste de ser comunista, de haber robado documentos del Departamento de Estado y de haberlos puesto en manos de los soviéticos. Este Chambers, que fue un hombre un tanto neurótico, y que, después de haber sido comunista durante los primeros diez años de su vida adulta, terminó su carrera como redactor de la página religiosa del semanario Time, escribió un grueso libro titulado Witness (Testigo). En este libro, hay un párrafo que dice aproximadamente lo siguiente a propósito del período de 1929-1939: “En Europa, los obreros son socialistas y los burgueses conservadores; en Norteamérica, las clases medias son conservadoras, los obreros son demócratas, y los burgueses, comunistas”.

Evidentemente, es absurdo presentar las cosas de esta manera tan dislocada. Pero no hay la menor duda de que el año 1929 y el período que siguió a la gran crisis de 1929-1932 fue una experiencia traumatizante para la burguesía norteamericana, burguesía que, dentro de toda la clase capitalista mundial, era la única que sentía una confianza total, ciega, en el porvenir del régimen de la “libre empresa”. Durante esta crisis de 1929-1932, sufrió un terrible choque que, en verdad, para la sociedad americana constituyó la toma de conciencia de la cuestión social y el inicio del proceso de régimen capitalista, que, a grandes rasgos, corresponde a lo que se había vivido en Europa durante el nacimiento del movimiento obrero socialista, en el período de 1865-1890 del siglo pasado.

Esta revisión del régimen por parte de la burguesía adoptó diversas formas a escala mundial. Tomó la forma de tentativa para consolidar el capitalismo por medio del fascismo y de las diferentes experiencias autoritarias en ciertos países de Europa occidental, central y meridional. Tomó una forma violenta en Estados Unidos, y fue esta sociedad americana de los años 1932-1940 la que prefiguró lo que hoy se llama neocapitalismo.

¿Cuál es la razón de que no se haya extendido y generalizado la experiencia fascista, y sí más bien la experiencia de un “relajamiento idílico” de las tensiones sociales que dio su característica fundamental al neocapitalismo?

El régimen fascista era un régimen de crisis social, económica y política extrema, de tensión extrema de las relaciones entre las clases, determinada en último término por un largo período de estancamiento de la economía en el que el margen de discusión, de negociación, entre la clase obrera y la burguesía se había reducido casi hasta cero. El régimen capitalista se había hecho incompatible con la supervivencia de un movimiento obrero más o menos independiente.

En la historia del capitalismo, al lado de las crisis periódicas que se producen cada 5, 7 ó 10 años, distinguimos ciclos a más largo plazo, de los que ha hablado por primera vez el economista ruso Kondratief, y que se pueden llamar ondas de largo plazo de 25 a 30 años. A una onda de largo plazo, caracterizada por tasas de crecimiento elevadas, le sucede a menudo una onda de largo plazo caracterizada por una tasa de crecimiento más reducida. Me parece evidente que el período de 1913 a 1940 fue una de esas ondas de largo plazo de estancamiento de la producción capitalista, en la que todos los ciclos que se sucedieron desde la crisis de 1938, fueron marcadas por depresiones particularmente duras, debido a que la tendencia a largo plazo era una tendencia al estancamiento. La onda de largo plazo que comenzó con la segunda guerra mundial y en la que estamos todavía -digamos el ciclo 1940-1945 o 1940-1970- se caracterizó por el contrario, por la expansión, y debido a esta expansión, el margen de negociación, de discusión entre la burguesía y la clase obrera se vio ampliada. Así se creó la posibilidad de consolidar el régimen sobre la base de concesiones hechas a los trabajadores, política practicada a escala internacional en Europa occidental y en América del Norte, y que quizás también lo sea pronto en varios países de Europa meridional, política neocapitalista basada en una colaboración bastante estrecha entre la burguesía expansiva y las fuerzas conservadoras del movimiento obrero, y fundada en una elevación tendencial del nivel de vida de los trabajadores.

Sin embargo, el trasfondo de toda esta evolución es el inicio del rechazo del régimen, la duda sobre el futuro del régimen capitalista; en este plano, ya no hay discusión posible. En todas las capas decisivas de la burguesía reina ahora la convicción profunda de que el automatismo de la propia economía, de que los “mecanismos del mercado” son incapaces de asegurar la supervivencia del régimen, de que ya no se puede remitir al funcionamiento interno, automático, de la economía capitalista, y que hace falta una intervención consciente cada vez más amplia, cada vez más regular, cada vez más sistemática, para salvar a este régimen.

En la medida en que la propia burguesía ya no confía en el mecanismo automático de la economía capitalista para mantener su régimen, se hace precisa la intervención de otra fuerza para salvarlo a largo plazo, y esa otra fuerza es el Estado. El neocapitalismo es un capitalismo caracterizado ante todo por una intervención creciente de los poderes públicos en la vida económica. Por otra parte, desde este punto de vista es cómo se considera que la experiencia neocapitalista actual de Europa occidental no es más que la prolongación de la experiencia de Roosevelt en los Estados Unidos.

Para comprender los orígenes del actual neocapitalismo, hay que tener en cuenta, sin embargo, un segundo factor que explica la intervención creciente del Estado en la vida económica, a saber la guerra fría, o más generalmente el desafío que el conjunto de las fuerzas anticapitalistas lanzó al capitalismo mundial. Este clima de desafío hace que, para el capitalismo, se haga absolutamente insoportable la perspectiva de una nueva crisis económica grave tal como la de 1929-1933. Imagínese lo que sucedería en Alemania, si en la República Federal Alemana, para darse cuenta de los razones de tal imposibilidad desde el punto de vista político. Por ello es por lo que la intervención de los poderes públicos en la vida económica de los países capitalistas es anticíclica, ante todo, o, si se quiere, anticrisis.

Una revolución tecnológica permanente

Detengámonos un momento en este fenómeno sin el cual no es comprensible el neocapitalismo concreto que conocemos desde hace quince años en Europa occidental, a saber, el fenómeno de expansión a largo plazo.

Para comprender este fenómeno, para comprender las causas de este ciclo a largo plazo que comienza en los Estados Unidos con la segunda guerra mundial, hay que tener en cuenta que en la mayoría de los otros ciclos expansivos que hemos conocido en la historia del capitalismo, encontramos todavía y siempre una misma constante, a saber, las revoluciones tecnológicas. No es casual el que hubiera un ciclo de expansión del mismo género que el que precedió al período de estancamiento y de crisis de 1913-1940. Es un período extremadamente pacífico en la historia del capitalismo de finales del siglo XIX, durante el que no hubo guerra, o casi no la hubo, fuera de las guerras coloniales, y en el que se empezaron a aplicar toda una serie de investigaciones, de descubrimientos tecnológicos que se habían iniciado durante la fase precedente. En el período de expansión que conocemos actualmente, asistimos incluso a un proceso de aceleración del proceso técnico, de verdadera revolución tecnológica, para la cual incluso el término exactamente el adecuado. En realidad, nos encontramos ante una transformación casi ininterrumpida de las técnicas de producción, y este fenómeno es más bien un subproducto de la carrera de armamentos permanentes, de la guerra fría en que estamos instalados desde la segunda guerra mundial…

En efecto, si se examina atentamente el origen del 99% de las transformaciones de las técnicas aplicadas a la producción, se verá que su origen es militar, que se trata de subproductos de las nuevas técnicas que se han aplicado, en primer lugar, en el campo militar y que, a continuación, a más o menos largo plazo, tienen aplicación en el campo productivo, en la medida en que entran a formar parte del dominio público.

Este hecho es tan cierto que, actualmente, en Francia, lo utilizan como un argumento principal los partidarios de la force de la frappe francesa, que explican que si no se le desarrolla no se llegaría a conocer la técnica de aquí a 15 ó 20 años determinará una parte importante de los procedimientos productivos industriales, todos los subproductos de las técnicas nucleares y técnicas conjuntas en el campo industrial.

No quiero polemizar aquí con esta tesis que, por otra parte, considero inaceptable; simplemente, quiero subrayar que incluso confirma de una manera completamente “extremista” el hecho de que la mayoría de las revoluciones tecnológicas que continuamos viviendo en el campo de la industria y de la técnica en general son subproductos de las revoluciones técnicas en el campo militar.

En la medida en que estamos instalados en una guerra fría permanente, que se caracteriza por una búsqueda permanente de una transformación técnica en el terreno de los armamentos, existe ahí un factor nuevo, una fuente extraeconómica, por decirlo así, que alimenta las transformaciones constantes de la técnica productiva. En el pasado, cuando no existía esta autonomía de la investigación tecnológica, cuando la investigación tecnológica correspondía esencialmente a las firmas industriales, había una razón preponderante para determinar un ritmo cíclico de esta investigación. Se decía que había que reducir ahora las innovaciones porque tenemos instalaciones extremadamente costosas y lo primero que hay que hacer es amortizarlas. Es preciso que esas instalaciones se hagan rentables, que se cubran sus gastos de instalación antes de lanzarse a una nueva fase de transformación tecnológica.

Esto es cierto hasta tal punto que economistas como, por ejemplo, Schumpeter llegaron a adoptar este ritmo cíclico de las revoluciones técnicas como elemento de explicación básica para la sucesión de los ciclos a largo plazo expansivos o de los ciclos a largo plazo de estancamiento.

Actualmente, este móvil económico ya no actúa de la misma manera. En el plano militar no hay motivos válidos para detener la búsqueda de nuevas armas. Por el contrario, existe siempre el peligro de que el adversario encuentre una nueva arma antes de la que descubra uno mismo. Hay, por tanto, una verdadera estimación para una búsqueda permanente, sin interrupción, y prácticamente sin consideración económica (por lo menos, para los Estados Unidos), lo que hace que, ahora, la corriente no se detenga. Ello quiere decir que vivimos una verdadera época de transformación tecnológica ininterrumpida en el campo de la producción. Uno no tiene más que recordar todo lo que se ha producido a lo largo de los 10-15 últimos años, a partir de la liberación de la energía nuclear, a través de la automatización, del desarrollo de las máquinas de calcular electrónicas, de la miniaturización, del láser, y de toda una serie de otros fenómenos, para verificar esta transformación, esta revolución tecnológica ininterrumpida.

Pero, quien dice revolución tecnológica ininterrumpida dice acortamiento, reducción del período de renovación del capital fijo. Lo cual explica, a la vez, tanto la expansión a escala mundial que, como toda expansión a largo plazo en el régimen capitalista, está determinada esencialmente por la dimensión de las inversiones fijas, como la reducción de la duración del ciclo económico de base, duración que está determinada por la longevidad del capital fijo. En la medida en que este capital fijo se renueve ahora a un ritmo más rápido, la duración del ciclo se acortará también; ya no tenemos crisis cada 7 ó 10 años, sino recesiones cada 4-5 años, es decir, hemos entrado en una sucesión de ciclos mucho más rápidos y mucho más breves que los ciclos del período anterior a la segunda guerra mundial.

Finalmente, para determinar este examen de las condiciones en que se desarrolla el neocapitalismo de hoy, hay una transformación bastante importante que se ha producido a escala mundial de las condiciones en que existe y se desarrolla el capitalismo.

Por una parte, hay la extensión del campo llamado socialista, y, por otra, hay la revolución colonial. Y, aunque el balance del refuerzo del campo llamado socialista sea efectivamente un balance de pérdidas desde el punto de vista del capitalismo mundial – se puede decir pérdidas de materias primas, pérdida de campo de inversión de capitales, pérdida de mercado, pérdida en todos los planos-, el balance de la revolución colonia, por paradójico que pueda parecer, todavía no ha tenido como resultado una pérdida de sustancia para el mundo capitalista. Por el contrario, uno de los factores concomitantes que explican la amplitud de la expansión económica de los países imperialistas que hemos conocido en esta fase, es el hecho de que, en la medida en que la revolución colonial permanece encuadrada en el mercado mundial capitalista (salvo en el caso en que da lugar al nacimiento de otros estados llamados socialistas), estimula la producción y la exportación de bienes de equipo, de los productos de la industria pesada de los países imperialistas. Es decir, la industrialización de los países subdesarrollados, el neocolonialismo, el desarrollo de una nueva burguesía en los países coloniales, constituyen juntamente con la revolución tecnológica, otro soporte de la tendencia expansiva a largo plazo en los países capitalistas avanzados, puesto que, en el fondo, tiene los mismos efectos, conduce también al incremento de producción de las industrias pesadas y de las industrias de construcción mecánica, de las industrias de  fabricación de maquinaria. Parte de estas máquinas sirven para la renovación acelerada del capital fijo de los países capitalistas avanzados; otra parte de estas máquinas sirve para la industrialización, para el equipamiento de los países coloniales recientemente independizados.

De esta manera, podemos comprender el trasfondo de esta experiencia neocapitalista que estamos viviendo, trasfondo que es, pues, el de un período de expansión a largo plazo del capitalismo, período que, en mi opinión, está limitado en el tiempo al igual que los períodos análogos del pasado (no creo en absoluto que este período de expansión vaya a durar eternamente ni que el capitalismo haya encontrado ahora la piedra filosofal que le permitiría evitar no sólo las crisis sino también la sucesión de ciclos a largo plazo de expansión y de estancamiento relativo), pero que por el momento, enfrenta al movimiento obrero de Europa occidental con los problemas particulares de esta expansión.

¿Cuáles son, ahora, las características fundamentales de esta intervención de los poderes públicos en la economía capitalista?

La importancia de los gastos de armamento

El primer fenómeno objetivo que facilita enormemente una intervención creciente de los poderes públicos en la vida económica de los países capitalistas es precisamente esta permanencia de la guerra fría y esta permanencia de la carrera de armamentos. Ya que quien dice permanencia de la guerra fría, permanencia de la carrera de armamentos, permanencia de un presupuesto militar extremadamente elevado, dice también control por el Estado de una importante fracción de la renta nacional. Si se compara la economía de todos los grandes países capitalistas de antes de la primera guerra mundial, se aprecia de inmediato el cambio estructural extremadamente importante que se ha producido, y que es independiente de toda consideración teórica y de toda investigación teórica. Es el resultado de la amplificación de este presupuesto militar en el presupuesto de los Estados que, antes de 1914, absorbía el 5%, 6%, 4%,7% de la renta nacional, mientras que el presupuesto de los estados capitalistas de hoy representa el 15%, el 20%, el 25%, o incluso el 30%, en algunos casos, de la renta nacional.

Ya desde un principio, e independientemente de cualquier consideración en el plano del intervensionismo, y gracias al hecho de la amplificación de estos gastos de armamento permanentes, el Estado, pues, controla una parte importante de la renta nacional.

He dicho que esta guerra fría sería permanente durante un largo período. Personalmente estoy convencido de ello. Es permanente porque permanente es la contradicción de clase entre los dos campos en presencia a escala mundial, porque no existe ninguna razón lógica que permita prever a corto o medio plazo, ya sea un desarme voluntario de la burguesía internacional ante los adversarios con los que se encuentra enfrentada a escala mundial, ya sea un acuerdo entre la Unión Soviética y los Estados Unidos que permitiera reducir bruscamente esos gastos de armamento a la mitad, a un tercio, a un cuarto.

Partimos, pues, de esto: los gastos militares permanentes tienden a elevarse en volumen y en importante con respecto a la renta nacional o, por lo menos, a estabilizarse, es decir, a aumentar en la medida en que la renta nacional esté en extensión constante en esta fase. Y por el mismo hecho de esta extensión de los gastos militares se deduce el lugar importante que los poderes públicos ocupan en la vida económica.

Quizás conozcan ustedes el artículo que Pierre Naville publicó en la Nouvelle Revue Marxiste hace algunos años. En él reproducía una serie de cifras dadas por el ponente del presupuesto en 1956, que marcaban la importancia práctica de los gastos militares para toda una serie de rama industrial. Existen numerosas ramas industriales entre las más importantes, entre las que están en punta del proceso tecnológico, que trabajan esencialmente con pedidos del Estado, y que se verían condenadas a una muerte rápida si tales pedidos del Estado desaparecieran: Tal es el caso de la aeronáutica, de la electrónica, de la construcción naval, de las telecomunicaciones e incluso de las obras públicas, sin olvidar la industria nuclear. En los Estados Unidos existe una situación análoga; pero, en la medida en que estas ramas de punta están allí más desarrolladas y en que la economía norteamericanas es más vasta, la economía de regiones enteras se basa en estas ramas. Puede decirse que California, que es el estado de la Unión con una mayor expansión, vive en gran parte del presupuesto militar de los Estados Unidos. Si este país tuviera que desarmarse y seguir siendo capitalista, se produciría una catástrofe para el Estado de California donde están localizadas la industria de los cohetes, la industria de la aviación militar, la industria electrónica. No hace falta dar muchos detalles para explicar las consecuencias de esta situación particular sobre la actitud de los políticos burgueses de California: no se les encontrará en cabeza en la lucha por el desarme.

El segundo fenómeno, que, a primera vista, parece contradecir al primero, es la extensión de lo que se podría llamar los gastos sociales de todo lo que, de cerca o de lejos, está ligado a los seguros sociales que ocupan un lugar en alza constante en los presupuestos públicos, en general, y sobre todo en la renta nacional en cuanto tal, desde hace 25-30 años.

Cómo las crisis son “amortiguadas” en la recesión

Este aumento de los seguros sociales resulta de varios fenómenos concomitantes.

En primer lugar, existe la presión del movimiento obrero que desde siempre intenta atenuar una de las características más significativas de la condición proletaria; la inseguridad de la existencia. Puesto que el valor de la fuerza de trabajo no cubre, por lo general, más que las necesidades de su constitución corriente, cualquier interrupción de la venta de esta fuerza de trabajo –es decir, cualquier accidente que impida al obrero trabajar normalmente: paro, enfermedad, invalidez, vejez- arroja al proletario a un abismo de miseria. En los inicios del régimen capitalista no hubo más que la “caridad”, la beneficiencia privada o pública, a las que podía dirigirse el obrero sin trabajo en su indigencia, con resultados materiales insignificantes pero al precio de terribles heridas para su dignidad de hombre. Poco a poco, el movimiento obrero impuso el principio de seguros sociales, voluntarios primero, y obligatorios después, contra estos accidentes del destino: seguro de enfermedad, seguro de paro, seguro de vejez. Finalmente, esta lucha desembocó en el principio de seguridad social que, en teoría, debería cubrir al asalariado contra cualquier pérdida de salario corriente.

Está, después, un cierto interés del Estado. Las Cajas que reciben las importantes sumas que sirven para financiar esta seguridad social, disponen, a menudo, de capitales líquidos importantes. Pueden colocar esos capitales en fondos del Estado, es decir, prestarlos al Estado (en principio, a corto plazo). El régimen nazi había aplicado esta técnica que, después, se ha extendido a la mayoría de los países capitalistas. El aumento, cada vez más importante, de estos fondos de seguridad social llegó, por otra parte, a una situación particular que plantea un problema teórico y práctico al movimiento obrero. Éste considera, con razón, que el conjunto de las cantidades entregadas a las Cajas de seguridad social –ya sea por los patronos, ya por el Estado, ya por retención de los salarios de los mismos obreros- constituye simplemente una parte del salario, un “salario indirecto” o “salario diferido”. Es el único punto de vista razonable que, además, concuerda con la teoría marxista del valor, puesto que, efectivamente, hay que considerar como precio de la fuerza de trabajo al conjunto de la retribución que el obrero percibe a cambio de ella, sin que importe que le sea entregada directamente (salario directo) o más tarde (salario diferido). Por esta razón, la gestión “paritaria” (Sindicatos-patronos o sindicatos-Estado) de las Cajas de seguridad social debe ser considerad como una violación de un derecho de los trabajadores. Puesto que los fondos de estas Cajas sólo pertenecen a los obreros, es de rechazar cualquier injerencia en su gestión por parte de otras fuerzas sociales distintas a los sindicatos. Del mismo modo que los capitalistas no admiten la “gestión paritaria” de sus cuentas bancarias, los obreros tampoco deben admitir la “gestión paritaria” de sus salarios…

Pero el aumento de las cantidades entregadas a la seguridad social ha podido crear una cierta “tensión” entre el salario directo y el salario diferido, ya que este último se eleva a veces hasta el 40% del salario total. Numerosos medios sindicales se oponen a nuevos aumentos de los “salarios diferidos” y querrían concentrar cualquier ventaja nueva en el sueldo directamente percibido por el obrero. Hay que comprender, sin embargo, que por debajo del “salario diferido” y de la seguridad social, subyace el principio de solidaridad de clases. En efecto, las Cajas del seguro de enfermedad, de accidentes, no están basadas en el principio de la “recuperación individual” (cada cual recibe, a fin de cuentas, lo que ha entregado o lo que el patrón o el Estado ha entregado por él), sino sobre el principio del seguro, es decir, de la media matemática de los riesgos, es decir, de la solidaridad: los que no sufren accidentes pagan para que los accidentados puedan quedar completamente cubiertos. El principio que subyace en esta práctica es el de la solidaridad de clases, es decir, el del interés de los trabajadores por evitar la constitución de un subproletariado que no sólo disminuiría la combatividad de la masa trabajadora (al temer cada individuo el caer, tarde o temprano, en ese subproletariado) sino que también podría hacerle competencia e influiría en los salarios. En estas condiciones y más que quejarnos de la importancia “excesiva” del salario diferido, deberíamos poner de manifiesto su escandalosa insuficiencia que hace que la mayoría de los trabajadores viejos sufra un deterioro terrible de su nivel de vida, incluso en los países capitalistas más prósperos.

La respuesta eficaz al problema de la “tensión” entre el salario directo y salario indirecto consiste en reclamar la sustitución del principio de solidaridad limitada solamente a la clase laboriosa por el principio de la solidaridad ampliada a todos los ciudadanos, es decir, la transformación de la seguridad social en servicios nacionales (de la Salud, del Pleno Empleo, de la Vejez) financiados por el impuesto progresivo sobre las rentas. Únicamente de esta forma podrá el sistema del “salario diferido” desembocar en un verdadero reajuste importante de los salarios, en una verdadera redistribución de la renta nacional a favor de los asalariados.

Hay que reconocer que, hasta ahora, esto no se ha realizado nunca a gran escala en el régimen capitalista, e incluso habría que plantearse la cuestión de saber si esta realización sería posible sin provocar una reacción capitalista tal que rápidamente se llegara a un período de crisis revolucionaria. Es cierto que las experiencias más importantes de Seguridad Social, como la realizada en Francia antes de 1944 o, sobre todo, el Servicio Nacional de la Salud en Gran Bretaña después de 1945, fueron financiadas mucho más por una imposición sobre los mismos trabajadores (sobre todo por el crecimiento de los impuestos indirectos y por el aumento de la fiscalidad directa que incluso afectó a los salarios modestos, tal como ocurrió, por ejemplo, en Bélgica) que por la imposición sobre la burguesía. Por ello es por lo que en el régimen capitalista no se ha producido nunca una verdadera y radical distribución de la renta nacional mediante el impuesto, uno de los grandes “mitos” del reformismo.

Hay todavía otro aspecto de la importancia creciente del “salario diferido”, de los seguros sociales, en la renta nacional de los países capitalistas industrializados, y es precisamente su carácter anticíclico. Aquí encontramos otra razón de que el Estado burgués, el neocapitalismo, tenga interés en amplificar el volumen de este “salario diferido”. Y es que actúa a modo de muelle que impide una caída demasiado brusca y demasiado fuerte de la renta nacional en caso de crisis.

Antes, cuando un obrero perdía su empleo, veía su renta disminuir hasta cero. Cuando un cuarto de la mano de obra de un país quedaba en paro, las rentas de los asalariados bajaban automáticamente en una cuarta parte. Se han descrito a menudo las consecuencias terribles de este descenso de rentas, de este descenso de la “demanda global” para el conjunto de la economía capitalista. Le daba a la crisis capitalista el aspecto de una reacción en cadena que progresaba con una lógica y una fatalidad terroríficas.

Supongamos que la crisis estalla en el sector que fabrica bienes de equipo, y que este sector se vea obligado a cerrar empresas y a despedir a sus trabajadores. La pérdida de rentas que éstos sufren reduce radicalmente sus compras de bienes de consumo. Debido a ello, rápidamente hay sobreproducción en el sector que fabrica bienes de consumo, sector que, a su vez, se ve obligado a cerrar empresas y a despedir a su personal. Así, las ventas de bienes de consumo bajarán una vez más, y se acumularán los stocks. Al mismo tiempo, las fábricas que producen bienes de consumo, al verse seriamente afectadas, reducirán, o suprimirán, sus pedidos de bienes de equipo, lo cual provocará el cierre de nuevas empresas de la industria pesada, y, por tanto, el despido de un grupo suplementario de trabajadores y, por tanto, un nuevo descenso del poder de compra de bienes de consumo, y, por tanto, una nueva agravación de la crisis en el sector de la industria ligera que, a su vez, provocará nuevos despidos, etc.

Pero a partir del momento en que se pone a punto un sistema de seguro de paro eficaz, esos efectos acumulativos de la crisis quedan amortiguados: y cuanto más elevado sea el subsidio de paro más fuerte será la amortización de la crisis.

Veamos de nuevo la descripción del principio de la crisis. El sector que fabrica bienes de equipo tiene sobreproducción y se ve obligado a despedir a parte del personal. Pero, si el subsidio de paro se eleva –digamos a 60% del salario-, el despido ya no significa la supresión de todas las rentas de esos parados sino tan sólo la reducción de sus rentas en un 40%. El que hay un 10% de parados en un país ya no significa entonces un descenso de la demanda global de un 10%, sino tan sólo de un 4%; un 25% de parados ya no suponen más que un 10% de reducción en las rentas. Y el efecto acumulativo que provoca esta reducción (que en la ciencia económica académica, se calcula aplicando un multiplicador a esta reducción de la demanda) quedará reducido considerablemente. Las ventas de bienes de consumo, por consiguiente, se verán mucho menos reducidas; la crisis no se extenderá de una manera tan acusada al sector de los bienes de consumo; este sector, pues, despedirá a mucho menos personal; y podrá mantener una parte de sus pedidos de bienes de equipo, etc. En resumen, la crisis deja de ampliarse en forma de espiral; se ha detenido a medio camino. Lo que hoy se llama “recesión” no es más que una crisis capitalista clásica “amortiguada” por efecto, principalmente, de los seguros sociales.

En mi Tratado de Economía marxista cito una serie de datos relativos a las últimas recesiones norteamericanas que confirman empíricamente este análisis teórico. En realidad, según tales cifras, parece que el principio de las recesiones de 1953 y de 1957 fue fulgurante y de una amplitud comparable en todos los aspectos a la de la crisis capitalistas más graves del pasado (1929 y 1938). Pero, al contrario de estas crisis de antes de la segunda guerra mundial, la recesión de 1953 y 1957 dejó de amplificarse después de un cierto número de meses y, por tanto, se detuvo a medio camino, para empezar a reabsorberse después. Ahora comprendemos una de las causas fundamentales de esta transformación de la crisis en recesiones.

Desde el punto de vista de la distribución de la renta nacional entre Capital y Trabajo, el hinchamiento del presupuesto militar tiene un efecto opuesto al del hinchamiento del “salario diferido” ya que, en todo caso, parte de este salario proviene siempre de desembolsos suplementarios de la burguesía. Pero, desde el punto de vista de sus efectos anticíclicos el hincha miento del presupuesto militar (de los gastos públicos en general) y el hinchamiento de los seguros sociales desempeñan un papel idéntico para “amortiguar” la violencia de las crisis y dar al neocapitalismo uno de sus aspectos particulares.

La demanda global puede dividirse en dos categorías: demanda de bienes de consumo y demanda de bienes de producción (bienes de equipo). El hinchamiento de los fondos de seguros sociales permite evitar una caída total de los gastos (de la demanda) en bienes de consumo después del inicio de la crisis. El hinchamiento de los gastos públicos (sobre todo de los gastos militares) permite evitar una caída total de los gastos (de la demanda) en bienes de equipo. Así, en los dos sectores, estos rasgos distintos del neocapitalismo operan, no para suprimir las contradicciones del capitalismo –las crisis estallan como antes, el capitalismo no ha encontrado el medio de procurarse un crecimiento ininterrumpido, más o menos armonioso- sino para reducir (al menos, temporalmente, en el marco de un período a largo plazo de crecimiento acelerado y al precio de una inflación permanente) su amplitud y gravedad.

La tendencia a la inflación permanente

Una de las consecuencias de todos los fenómenos de que acabamos de hablar, cada uno de los cuales tiene efectos anticíclicos, es lo que podría llamarse la tendencia a la inflación permanente que, desde 1940, desde el inicio o en vísperas de la segunda guerra mundial, se manifiesta de manera evidente en el mundo capitalista.

La causa fundamental de esa inflación permanente es la importancia del sector militar, del sector armamento, en la economía de la mayoría de los grandes países capitalistas. Ya que la producción de armamentos tiene la característica particular de ser creadora de un poder adquisitivo, exactamente de la misma manera que la producción de bienes de consumo o la producción de bienes de producción –en las fábricas donde se construyen tanques o cohetes se pagan salarios igual que en las fábricas donde se construyen máquinas o productos textiles, y los capitalistas propietarios de estas fábricas se embolsan un beneficio exactamente igual como lo hacen los capitalistas propietarios de las fábricas metalúrgicas o de las textiles –pero, a cambio de este poder suplementario de compra, no hay mercancías suplementarias que se lleven al mercado. Paralelamente a la creación de poder adquisitivo en los dos sectores de base de la economía clásica, el sector de los bienes de consumo y el sector de los bienes de producción, se produce también la aparición en el mercado de una masa de mercancías que pueden reabsorber dicho pode adquisitivo. Por el contrario, la creación de poder adquisitivo en el sector de armamentos no viene compensado por el aumento de la masa de las mercancías, ya sea de bienes de consumo, ya sea de bienes de producción, cuya venta podría reabsorber el poder adquisitivo así creado.

La única situación en la cual los gastos militares no crearían inflación sería aquella en la cual dichos gastos fuesen íntegramente pagados por el impuesto, y ello en proporciones que permitieran subsistir exactamente las proporciones entre el poder adquisitivo de los obreros y los capitalistas por una parte, y, por otra, entre el valor de los bienes de consumo y el de bienes de producción [1]. Esta situación no existe en ningún país, ni siquiera en los países donde la fiscalidad es mayor. Sobre todo, en los Estados Unidos el conjunto de los gastos militares no queda cubierto en modo alguno por la fiscalidad, por la reducción del poder de compra suplementario, y, debido a ello, existe una tendencia a la inflación permanente.

Hay, igualmente, un fenómeno de naturaleza estructural en la economía capitalista de la era de los monopolios que produce el mismo efecto, a saber, la rigidez de los precios orientados a la baja.

El hecho de que los grandes trusts monopolísticos ejerzan un control elevado, si no total, sobre toda una serie de mercados, principalmente sobre los mercados de bienes de producción y de los bienes de consumo duraderos, se traduce en la ausencia de competencia en los precios en el sentido clásico de la palabra. Cada vez que la oferta permanece inferior a la demanda aumentan los precios, mientras que cada vez que la oferta supera a la demanda, los precios permanecen estables, en lugar de bajar, o bien bajan únicamente de modo imperceptible. Este es un fenómeno que se observa en la industria pesada y en la industria de bienes de consumo duraderos desde hace cerca de 25 años. Por otra parte, es un fenómeno ligado tendencialmente a esta fase de extensión a largo plazo de que hablábamos más arriba, ya que hay que reconocerlo honradamente, no podemos predecir la evolución de los precios de los bienes de consumo duraderos cuando este período de expansión a largo llegue a su fin.

No se debe excluir el que, cuando en la industria del automóvil, se amplifique la capacidad de producción excedentaria, ello desemboque en una nueva lucha de competencia entre los precios y en bajas espectaculares. Podría defenderse la tesis de que la famosa crisis del automóvil, que se espera en la segunda mitad de los años 60 (1965, 1966, 1967), podría quedar reabsorbida en Europa occidental con una relativa facilidad si el precio de venta de los coches pequeños descendiera a la mitad, es decir, el día en que un 4 CV o un 2 CV se vendiera a dos mil francos o a dos mil quinientos francos. Se produciría entonces una extensión tal que la demanda que, verosímilmente, la capacidad excedentaria desaparecía normalmente. En el marco de los acuerdos actuales, ello no parece posible; en la industria del automóvil en Europa, tal eventualidad no hay que descartarla. Añadamos también que hay una eventualidad más probable, y es la de la capacidad de producción excedentaria suprimida por el cierre y desaparición de toda una serie de firmas, y que la desaparición de esta capacidad excedentaria impedirá entonces que se produzca ninguna baja importante de los precios.

Esta es la reacción normal ante una situación parecida en el régimen capitalista de los monopolios. No hay que excluir totalmente la otra reacción, pero, por el momento, no la hemos visto en ningún aspecto; por ejemplo, el petróleo, existe un fenómeno de sobreproducción potencial que dura desde hace seis años, pero las bajas de precio consentidas por los grandes trust, que obtienen tasas de beneficios del 100% y del 150%, son totalmente insignificantes; son bajas de precio del 5 ó 6%, mientras que, si lo consideran, podrían reducir el precio de la gasolina a la mitad.

La “programación económica”

El otro reverso de la medalla del neocapitalismo es el conjunto de los fenómenos que, sumariamente, se ha resumido bajo la etiqueta de “economía concertada”, “programación económica”, o también “planificación indicativa”. Es ésta otra forma de intervención consciente en la economía, contraria al espíritu clásico del capitalismo, pero es una intervención que se caracteriza por el hecho de que ya no es esencialmente resultado de la acción de los poderes públicos sino más bien de una colaboración, de una integración entre los poderes públicos, por una parte y los grupos capitalistas, por otra.

¿Cómo explicar esta tendencia general a la “planificación indicativa”, a la “programación económica”, o a la “economía concertada”?

Hay que partir de una necesidad real del gran capital, necesidad que deriva precisamente del fenómeno que hemos descrito en la primera parte de este trabajo. Hemos hablado allí de la aceleración del ritmo de renovación de las instalaciones mecánicas a consecuencia de una revolución tecnológica más o menos permanente. Pero quien dice aceleración del ritmo de renovación del capital fijo dice también necesidad de amortizar los gastos de inversión cada vez mayores en un lapso de tiempo cada vez más corto. Es verdad que esta amortización debe ser planificada, calculada de una manera tan exacta como sea posible, a fin de preservar a la economía contra las fluctuaciones a corto plazo que pudiesen crear una gran confusión en los conjuntos que trabajan con miles de millones. En este hecho fundamental reside la causa de la programación económica capitalista, de la corriente hacia la economía concertada.

El capitalismo de los grandes monopolios de hoy reúne decenas de miles de millones en inversiones que deben ser amortizadas rápidamente. Ya no puede permitirse el lujo de asumir el riesgo de amplias fluctuaciones periódicas. Aparece, pues, la necesidad de garantizar la reabsorción de tales gastos de amortización, de estar seguro de estas rentas al menos durante esos períodos del medio plazo que corresponde más o menos a la duración de amortización del capital fijo, es decir, durante períodos que actualmente se extienden a lo largo de 4 ó 5 años.

El fenómeno, por otra parte, se ha producido en el mismo interior de la empresa capitalista, donde la complejidad cada vez mayor del proceso de producción implica trabajos de planning más y más precisos para que el conjunto pueda funcionar. En último análisis, la programación capitalista no es más que la extensión, o más exactamente, la coordinación, a escala de la nación, de lo que ya se hacía antes a escala de la gran capitalista, o del grupo capitalista, del trust, del cártel, que implicaban a toda una serie de empresas.

En la planificación socialista, que tiene una naturaleza esencialmente diferente, no se trata tanto de fijar una serie de objetivos en cifras de producción ni de asegurar que tales objetivos se alcancen efectivamente, como de coordinar los planes de inversión ya elaborados por las empresas privadas, y efectuar esta coordinación necesaria todo lo más algunos objetivos considerados prioritarios a escala de los poderes públicos, es decir, que correspondan al interés global de la clase burguesa.

En un país como Bélgica o como la Gran Bretaña, la operación se ha llevado a cabo de una forma asaz basta; en Francia, donde todo sucede a un nivel intelectual mucho más refinado, y donde se practica mucho el camuflaje, la naturaleza de clase del mecanismo es menos aparente. Pero no es menos idéntica a la de la programación económica de los otros países capitalistas. En lo esencial, la actividad de las “comisiones del Plan”, de las “Planbureau”, de las “Oficinas de Programación”, consiste en consultar a los representantes de los distintos grupos de patronos, en compulsar sus proyectos de inversiones y previsiones sobre el estado del mercado y en poner en marcha estas previsiones, unas con otras, por sectores, intentando evitar los cuellos de botella y los dobles empleos.

Sobre este punto, Gilbert Mathieu publicó tres buenos artículos en Le Monde (2, 3 y 6 de marzo de 1962) en los que indica que, por 280 sindicalistas que participaron en los trabajos de las distintas comisiones y subcomisiones del Plan, hubo 1280 empresarios o representantes de los sindicatos patronales. “Prácticamente, estima –François Perroux-, el Plan francés se ha confeccionado a menudo y puesto en acción bajo la influencia preponderante de las grandes empresas y de los grandes organismos financieros”. Y Le Brun, que es sin embargo uno de los dirigentes sindicales más moderados, afirma que la planificación francesa “está esencialmente concertada entre los grandes servidores del capital y los grandes servidores del Estado, teniendo normalmente los primeros mucho más peso que los segundos”.

Esta confrontación y coordinación de las decisiones de las empresas, por otra parte, es extremadamente útil para los empresarios capitalistas; constituye una especie de sondeo del mercado a escala nacional, concertado a largo plazo, cosa muy difícilmente factible con la técnica corriente. Pero la base de todos los estudios, de todos los cálculos, la constituyen, a pesar de todo, las cifras adelantadas como previsiones por los patrones.

Hay, pues, dos aspectos fundamentales características de este género de programación o de planificación indicativa.

Por una parte, permanece muy centrada en los intereses de los patronos que constituyen el elemento de partida de cálculo. Y cuando se dice patronos no se trata de todos los patrones como de las capas dominantes de la clase burguesa, es decir, de los monopolios, de los trusts. En la medida en que pueda producirse, a veces, un conflicto de intereses entre monopolios muy potentes (recuérdese el conflicto que, el año pasado, opuso en América a los trusts productores y los trusts consumidores de acero a propósito del precio del acero), hay un cierto papel de arbitraje desempeñado por los poderes públicos a favor de tal o cual grupo capitalista. En cierta forma, actúan a modo de consejo de administración de la clase burguesa para el conjunto de los miembros de la clase burguesa, en interés del grupo dominante y no en interés de la democracia y del gran número.

Por otra parte, hay la incertidumbre de permanecer en la base de todos estos cálculos, incertidumbre que resulta del carácter puramente previsional de la programación, así como del hecho de que no haya instrumento de realización en manos de los poderes públicos ni por otra parte, en manos de los intereses privados para poder realizar efectivamente lo que se había previsto.

En 1956-1960, tanto los “programadores” de la CECA como los del Ministerio Belga de Asuntos Económicos fallaron estrepitosamente en dos ocasiones en sus previsiones sobre el consumo de carbón en Europa occidental, y en particular en Bélgica. La primera vez, en vísperas y durante la crisis de aprovisionamiento provocada por la crisis de Suez, habían previsto para 1960 un fuerte incremento del consumo y, por tanto, de la producción del carbón, de forma que la producción belga debía pasar de 30 millones de toneladas de carbón por año a cerca de 40 millones de toneladas. En realidad, sin embargo, la producción descendió en 1960 de 30 a 20 millones de toneladas; los “programadores” habían cometido un error, lo cual no es poco. Pero en el momento en que se registró dicho error cometieron otro, pero esta vez en sentido inverso. Una vez puesto en marcha el movimiento a la baja del consumo del carbón, predijeron que proseguiría y afirmaron que sería necesario continuar con los cierres de las minas de carbón. Sin embargo, lo que se produjo entre 1960 y 1963 fue todo lo contrario: el consumo belga de carbón pasó de 20 a 25 millones de toneladas anuales, lo que explica que después de haber suprimido una tercera parte de la capacidad de producción de carbón hubo penuria aguda de carbón, sobre todo en el invierno de 1962-1963, hasta el punto de que se hizo necesario importar carbón, incluso del Vietnam.

Este ejemplo nos permite captar en vivo la técnica que los “programadores” se ven obligados a utilizar nueve veces de cada diez en sus cálculos por sectores; se trata de una simple proyección hacia el futuro de la tendencia actual de evolución, corregida todo lo más por un coeficiente de elasticidad de la demanda que tiene en cuenta las previsiones de tasa general de expansión.

La garantía estatal de beneficio

Otro aspecto de esta “economía concentrada”, que subraya su carácter peligroso para el movimiento obrero, es que la idea de “programación social” o de “política de rentas” está implícitamente contenida en la idea de la “programación económica”. Es imposible poder asegurar a los trusts la estabilidad de sus gastos y de sus rentas durante un período de cinco años, hasta que todas las nuevas instalaciones hayan quedado amortizadas, sin que igualmente se asegure la estabilidad de los gastos salariales. No se puede “planificar los costes” sí no se “planifica” al mismo tiempo los “costes de mano de obra”, es decir, si no se prevén tasas fijas de aumentos de salarios y se intenta respetarlas de modo rígido.

Tanto los patronos como los gobiernos han intentado imponer esta tendencia a los sindicatos en todos los países de Europa occidental, y sus esfuerzos se traducen, principalmente, en la prolongación de la duración de los contratos, en la legislación que hace cada vez más difíciles las huelgas por sorpresa o que prohíbe las huelgas salvajes, en toda una campaña de propaganda a favor de una “política de rentas”, que aparentemente constituye la única “garantía” contra las “amenazas de inflación”.

La idea de que hay que orientarse hacia esta “política de rentas”, de que se puede calcular exactamente las tasas de aumento de los salarios y de que, así, se pueden evitar los gastos de las huelgas “que no benefician a nadie, ni a los obreros ni a la nación”, esta idea, repetimos, empieza también a extenderse cada vez más en Francia, e implica la idea de integración profunda del sindicalismo en el régimen capitalista. En el fondo, y desde esta óptica, el sindicalismo deja de ser un instrumento de combate de los trabajadores para conseguir modificar el reparto de la renta nacional, y se convierte en avalista de la “paz social”, en un avalista, cara a los patronos, de la estabilidad del proceso continuo e interrumpido del trabajo y de la reproducción del capital, en un avalista de la amortización del capital fijo durante todo el período de renovación de éste.

Claro está que esto es una trampa para los trabajadores y para el movimiento obrero por muchas razones en las que no puedo detenerme ahora pero, si que se debe a una razón que deriva de la misma naturaleza de la economía, capitalista, de la economía de mercado en general, y que Massé, actual comisario del Plan francés, admitió en una conferencia que pronunció recientemente en Bruselas.

En régimen capitalista, el salario es el precio de la fuerza de trabajo. Este precio oscila en torno al valor de esta fuerza de trabajo. Este precio oscila en torno al valor de esta fuerza de trabajo según las leyes de la oferta y de la demanda. Pero ¿cuál es normalmente la evolución de las relaciones de fuerza en el juego de la oferta y de la demanda de mano de obra, a lo largo del ciclo, en la economía capitalista? Durante el período de recesión y de recuperación, existe un paro que incide sobre los salarios, de forma que los trabajadores tienen grandes dificultades para conseguir aumentos considerables de salario.

¿Cuál es la fase del ciclo más favorable para la lucha por el aumento de los salarios?

Evidentemente, la fase durante la que hay pleno empleo, e incluso penuria de mano de obra, es decir, durante la fase última del boom, de la alta coyuntura “recalentada”.

En esta fase es cuando la huelga por el aumento de los salarios es más fácil y cuando los patronos tienen más tendencia a conceder aumentos de salarios, e incluso sin que haya huelgas, bajo la presión de la penuria de mano de obra. Pero cualquier técnico capitalista de la coyuntura dirá que, precisamente, durante esta fase, es, desde el punto de vista de la “estabilidad” y siempre que no se ponga en discusión la tasa de beneficio capitalista (puesto que esto se sobreentiende siempre en este tipo de razonamientos) cuando se hace más “peligroso” desencadenar huelgas y hacer aumentar los salarios; ya que si se aumenta la demanda global cuando hay pleno empleo de todos los “factores de producción”, la demanda suple mentaria se convierte automáticamente en inflacionaria.

En otras palabras, toda la lógica de la economía concertada consiste precisamente en intentar evitar las huelgas y los movimientos reivindicativos durante la única fase del ciclo en que las relaciones de fuerza entre las clases juegan a favor de la clase obrera, es decir, durante la única fase en que la demanda de la mano de obra supera ampliamente a la oferta, durante la única fase del ciclo en que los salarios podrían dar un salto arriba y en que la tendencia a la deterioro del reparto de la renta nacional entre salarios y beneficios a expensas de los asalariados podría quedar modificada.

Lo cual quiere decir que se concierta para impedir los aumentos llamados inflacionarios de los salarios, a lo largo de esta fase precisa del ciclo, y que simplemente se llega a reducir la tasa global de aumento de los salarios con respecto al conjunto del ciclo, es decir, se llega a un ciclo en el que la parte relativa de los asalariados en la renta nacional tenderá a bajar en permanencia. Ya tiene tendencia a bajar a lo largo del período de recuperación económica, porque éste es, por definición, un período de alza de la tasa de beneficio (si no, no habría recuperación); y si, a lo largo del período de alta coyuntura y de pleno empleo se impide que los obreros corrijan esta tendencia, ello quiere decir que se perpetúa la tendencia a la deterioro del reparto de la renta nacional.

Hay, por otra parte, una demostración práctica de las consecuencias de una política de rentas completamente rígida y controlada por el Estado con la colaboración de los sindicatos; esta política fue practicada en Holanda desde 1945 y los resultados ahí están: un deterioro indiscutible de la parte relativa de los salarios en la renta nacional que no tiene equivalente en toda Europa, ni siquiera en Alemania occidental.

En un plano puramente “teórico”, hay por otra parte dos argumentos perentorios que oponer a los partidarios de la “política de rentas”:

1-. Si, por razones “coyunturales”, se reclama que los aumentos de salarios no superen el aumento de la productividad en el período de pleno empleo, ¿por qué no reclamar aumentos de salarios más elevados en período de paro? Coyunturalmente, tales aumentos se justificarían en ese momento, puesto que impulsarían de nuevo la economía al aumentar la demanda global…

2-. ¿Cómo puede practicarse una “política de rentas”, por poco eficaz que sea, si lo único que en realidad se conoce son las rentas de los asalariados? ¿No exige cualquier “política de rentas” como dato previo el control obrero de la producción, la apertura de los libros de contabilidad, y la abolición del secreto bancario, aunque sólo fuera para determinar las rentas exactas de los capitalistas y el aumento exacto de la productividad?

Por otra parte, esto no significa en absoluto que debamos aceptar la argumentación técnica de los economistas burgueses; ya que es absolutamente falso decir que el aumento de los salarios superior al incremento de la productividad es automáticamente inflacionario en período de pleno empleo. No lo es más que en la medida en que se deje intacta y estable la tasa de beneficio. Si, como dice el manifiesto comunista, se quiere reducir la tasa de beneficio mediante una intervención tiránica contra la propiedad privada, no se produce inflación en absoluto; simplemente, se les quita un poder adquisitivo a los capitalistas para dárselo a los trabajadores. La única objeción que se puede hacer es que con ello se corre el riesgo de espaciar las inversiones. Pero se puede resolver la técnica capitalista contra sus propios autores diciéndoles que no es mal asunto reducir las inversiones cuando hay un período de pleno empleo y de “recalentamiento”; que, por el contrario, esta reducción de las inversiones empieza a producirse en ese mismo momento y que, desde el punto de vista de la política anticíclica es más inteligente reducir los beneficios y aumentar los salarios, permitiendo que la demanda de los asalariados, de los consumidores, releve a las inversiones para mantener la alta coyuntura, amenazada por la tendencia inevitable de las inversiones productivas al caer a partir de un determinado momento.

De todo esto podemos sacar la conclusión siguiente: la intervención de los poderes públicos en la vida económica, la economía concertada, la programación económica, la planificación indicativa, no son en absoluto neutras desde el punto de vista social. Son instrumentos de intervención en la economía en manos de la clase burguesa o de los grupos dominantes de la clase burguesa, y, desde luego, no los árbitros entre la burguesía y el proletariado. El único arbitraje real que efectúan los poderes públicos capitalistas es un arbitraje entre diversos grupos capitalistas en el seno de la clase capitalista.

La naturaleza real del capitalismo, de la intervención creciente de los poderes públicos en la vida económica puede resumirse en esta fórmula: en un sistema capitalista que, abandonado a su propio automatismo económico corre el riesgo de perderse definitivamente, el Estado debe convertirse en el avalista del beneficio capitalista cada vez más, en el avalista del beneficio en las capas monopolísticas dominantes de la burguesía. Lo garantiza en la medida en que reduce la amplitud de las fluctuaciones cíclicas. Lo garantiza a través de los pedidos de Estado, ya sean militares o paramilitares, que cada día son más importantes. Lo garantiza también mediante técnicas ad hoc que precisamente aparecen en el marco de la economía concertada, tales como los “cuasi contratos” en Francia que, de una manera explícita, son garantías de beneficio para corregir ciertos desequilibrios de desarrollo, ya sea desequilibrio regional, ya sea desequilibrio entre las ramas. El Estado les dice a los capitalistas: “si ustedes invierten sus capitales en tal o cual región, o en tal o cual rama, se les garantizará un 6 ó 7% sobre su capital, ocurra lo que ocurra, incluso si lo que ustedes fabrican no se vende, incluso si ustedes se ven abocados al fracaso”. Esta es la forma suprema y más clara de la garantía estatal del beneficio monopolístico que, por otra parte, no fue inventada por los técnicos franceses, puesto que MM. Schacht, Funk y Goering ya la habían aplicado en el marco de la economía de armamento y del Plan cuadrienal de rearmamento.

Al igual que todas las técnicas anticíclicas verdaderamente eficaces en régimen capitalista, esta garantía estatal del beneficio representa, en último análisis, una redistribución de la renta nacional a favor de los beneficios de los grupos monopolísticos dirigentes por el biés del Estado, por la distribución de subsidios, por la reducción de impuestos, por la concesión de créditos a interés reducido, técnicas todas que, en último análisis, conducen a un alza de la tasa de beneficios, lo cual, en el marco de una economía capitalista que funcione normalmente, sobre todo en una fase de expansión a largo plazo, evidentemente estimula las inversiones y actúa en el sentido previsto por los autores de estos proyectos.

O bien si se sitúa uno de una manera completamente lógica y coherente en el marco del régimen capitalista y, entonces, hay que reconocer efectivamente que no hay más que un único medio de asegurar un aumento constante de las inversiones, un relanzamiento industrial basado en el aumento de las inversiones privadas y esto es el aumento de la tasa de beneficio.

O bien, en tanto que socialista, uno se niega a actuar en el sentido del aumento de la tasa de beneficio, y entonces no hay más que un único medio de salir del paso, es decir, el desarrollo de un potente sector público en la industria al lado del sector privado, es decir, salir en la práctica del marco capitalista y de la lógica del capitalismo y pasar a lo que entre nosotros se llama reformas de estructuras anticapitalistas. En la historia del movimiento obrero belga de los últimos años hemos vivido este conflicto de orientación que, en Francia, les espera a ustedes en los próximos años, en cuanto se produzca la primera oleada de paro.

Algunos dirigentes socialistas, cuya honradez  personal no quiero poner en duda, han llegado a decir de manera tan brutal y cínica como acabo de decirlo hace un momento: “si ustedes quieren absorber el paro a corto plazo en el marco del régimen existente, no tienen más solución que aumentar la tasa de beneficio”. No añadieron, pero es evidente, que eso implica una redistribución de la renta nacional a expensas de los asalariados. Es decir que, sin engañar a la gente, no se puede pregonar al mismo tiempo una expansión económica más rápida, que en régimen capitalista significa un alza de las inversiones privadas, y una redistribución de la renta nacional en beneficio de los asalariados. En el marco del régimen capitalista, ambos objetivos son absolutamente incompatibles, por lo menos a corto y medio plazo.

El movimiento obrero, por tanto, se encuentra ante la opción fundamental entre una política de reforma de estructuras neocapitalistas, que implica la integración de los sindicatos en el régimen capitalista y su transformación para mantener la paz social a lo largo de la fase de amortización del capital fijo, y una política radicalmente anticapitalista, que implica el desarrollo de un programa de reformas de estructuras anticapitalistas a medio plazo, cuyo objetivo esencial consiste en arrebatar las palancas de mando de la economía los grupos financieros, a los trusts y a los monopolios, para ponerlas en manos de la nación, de crear un sector público que tenga un peso decisivo en el crédito, en la industria y en los transportes, y de basar el conjunto de estas medidas en el control obrero, es decir, en la aparición de una dualidad de poder en la empresa y en la economía en su conjunto, lo cual desembocará rápidamente en una dualidad de poder político.

NOTA

[1] La fórmula no es completamente exacta. Para simplificar, no tendremos en cuenta la fracción del poder adquisitivo de los capitalistas destinada a: 1º al propio consumo de los capitalistas; 2º al consumo de los obreros suplementarios contratados gracias a las inversiones capitalistas.

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